Nunca soñaron con la posteridad

Raymond Chandler

Fragmento

Prólogo: Que me ahorquen si lo sé, por Juan Manuel Ibeas

«Que me ahorquen si lo sé»

Los pulps y la Ley de Chandler

Por Juan Manuel Ibeas

Como todo el mundo sabe, nadie en el mundo sabía quién mató al chófer en El sueño eterno. Cuenta la leyenda —y la contaba Lauren Bacall, luego tiene que ser verdad— que durante el rodaje de la película (1946) Bogart se lo preguntó al director Howard Hawks. Hawks no tenía ni idea y transmitió la pregunta a sus prestigiosos guionistas —Leigh Brackett, Jules Furthman y nada menos que William Faulkner—, pero ellos tampoco lo sabían. De modo que Hawks le envió un telegrama a Raymond Chandler, preguntándole por el asesino del dichoso chófer. Chandler tenía que saberlo; él había escrito la novela en 1939.

La legendaria respuesta de Chandler fue: «Que me ahorquen si lo sé».

Lo relevante de esta anécdota es que a aquellas alturas de la historia, mediados de los años cuarenta, a casi nadie le importaba quién hubiera matado a quién en este tipo de relatos. Desde luego, a la gente de Hollywood —incluido a Faulkner, por mucho que le fastidie que le incluyamos— no le importaba lo más mínimo. En pocos años, el relato de misterio tradicional (iniciado por Conan Doyle y consagrado por Agatha Christie e innumerables más, en su mayoría ingleses) había ido dejando paso al estilo hard-boiled de las revistas pulp. Y los relatos de las revistas pulp, donde reinaba Dashiell Hammett, se inspiraban más en el cine que en las historias de misterio de la tradición inglesa.

Tal como explicaba el propio Chandler en El simple arte de matar, en el relato criminal clásico lo único importante era el desenlace final. Lo que conducía a este desenlace era más o menos un relleno decorativo. Lo que la gente compraba era un buen enigma seguido por un ejercicio de lógica y deducción, más o menos brillante según la capacidad del autor. Resuelto el misterio, resuelta la historia. En cambio, la premisa básica de los relatos típicos de Black Mask era que la escena era más importante que el enigma, y se consideraba que un buen argumento era el que generaba buenas escenas. Exactamente igual que en el cine.

En el mismo ensayo, Chandler cuenta que un productor de cine «muy inteligente» le había dicho que no se puede hacer una buena película a partir de un relato de misterio, porque todo dependía de una larga explicación que llegaba cuando el público ya se estaba poniendo el sombrero y abandonando la sala. Se refería, por supuesto, al misterio tradicional de la escuela inglesa. La norma de Hollywood era que las explicaciones debían reducirse al mínimo y darse sobre la marcha, en pequeñas dosis, siempre acompañadas de algún tipo de acción.

¿Dónde encontrar aquel tipo de historias? En los pulps, naturalmente.

Eran revistas baratas, impresas en papel malo, con portadas chillonas y truculentas en las que abundaban las mujeres poco vestidas en situaciones de peligro, dominación o tortura. También abundaban en sus portadas las calaveras, las pistolas y los puñales. Y solo contenían ficción; nada de reportajes, artículos, fotografías y consejos para la vida social, como en las revistas finas de papel cuché. En un principio, en cada una de estas publicaciones podía haber relatos de varios géneros, pero pronto se fueron especializando: aventuras, fantasía y ciencia ficción, guerra, misterio, Oeste, amor, amor en el Oeste…

Durante la primera mitad del siglo XX, junto con el cine y antes que los cómics y la televisión, las revistas pulp fueron el entretenimiento de masas supremo en Estados Unidos. Los jóvenes americanos las devoraban, coleccionaban, intercambiaban y compraban a millones. La Edad de Oro de los cómics aún no había comenzado, y los héroes populares eran Tarzán, La Sombra, Doc Savage, Nayland Smith (si este no les suena, es porque nunca salía en los títulos ni en las portadas; es el inconveniente de ser el antagonista de Fu Manchu, un villano mucho más famoso que «su» héroe) y centenares de vaqueros, soldados y detectives sin cara, totalmente intercambiables.

A juzgar por las portadas, los textos contenían abundante violencia y todo el sexo que se pudiera meter, sin hacerle ascos al sadismo. (Y sin duda, a juzgar por las portadas, en aquellas historias aparecían muchas calaveras, algunas de ellas con serpientes venenosas saliendo por las cuencas de los ojos.)

Todos los hombres eran muy duros, excepto algún flojucho introducido para crear contraste y ser avasallado. Todas las mujeres eran muy guapas y ligeras de cascos. No todas eran damiselas en apuros. En los relatos de Chandler, cualquier groupie de diecinueve años lleva una pistola en el bolso. Aquellas chicas sabían dónde se metían.

Todos los autores americanos de géneros populares trabajaron para aquellas revistas: Edgar Rice Burroughs (The All-Story, Argosy), H.P. Lovecraft y Robert E. Howard (Weird Tales), Robert A. Heinlein e Isaac Asimov (Astounding Science Fiction), etc. Algunos no salieron nunca de los pulps; otros adquirieron fama posterior como novelistas o guionistas de televisión.

Raymond Chandler fue uno de aquellos autores que escribían para los pulps, primero para Black Mask y después para Dime Detective. De algún modo tenía que ganarse la vida durante la Gran Depresión, después de haber sido despedido, a causa de sus borracheras, de la empresa petrolera en la que había ocupado altos cargos. Había estado cobrando sueldazos y de pronto se encontraba sin ninguna fuente de ingresos y en plena Depresión. Era 1933 y él tenía cuarenta y cuatro años.

Pensó que se le podía dar bien escribir relatos policíacos y eligió para su debut la revista Black Mask, donde había triunfado Dashiell Hammett.

Black Mask se había fundado en 1920. En 1923 publicó la primera aventura del Agente de la Continental, de Dashiell Hammett. En 1930, bajo la dirección de Joseph Thompson Shaw, vendía cien mil ejemplares al mes.

Al principio, Black Mask publicaba relatos de distintos géneros. Según sus editores, era «cinco revistas en una: los mejores relatos de aventuras, los mejores relatos de misterio y policíacos, los mejores relatos de amor, los mejores relatos de ocultismo…». El subtítulo bajo la cabecera decía «Western, Detective and Adventure Stories». Después, Shaw, entusiasmado por los relatos de Hammett, Erle Stanley Gardner y Horace McCoy, decidió especializarse en el género criminal y el subtítulo pasó a ser «Smashing Detective Stories». Los relatos que aparecían en Black Mask eran cada vez más violentos, más negros, con diálogos cada vez más duros y sarcásticos. Hard-boiled.

Chandler decidió dedicarse a los pulps, pero antes tenía que aprender el oficio. Su aprendizaje consistió en leerse los números atrasados de la revista.

Entre 1922 y 1930, Dashiell Hammett había publicado veintisiete relatos y novelas en Black Mask (las novelas como Cosecha roja, El halcón maltés y La llave de cristal se publicaron por entregas, divididas en tres o cuatro partes), y Chandler no tardó en darse cuenta de que destacaba sobre los demás. No era de extrañar: Hammett había trabajado como investigador para la agencia Pinkerton y sabía de lo que hablaba. Escribía sus narraciones como si fueran informes profesionales, con descripciones escuetas y precisas, diálogos cortantes y acción dura y seca. Si alguien cree que esto equivale a «frío», está muy equivocado. Era puro ritmo, pura pasión.

Hammett contaba historias que utilizaban como pretexto el misterio y la investigación para hacer comentarios sobre la vida contemporánea (primero, la Ley Seca; después, la Gran Depresión), haciendo hincapié en la corrupción de las autoridades y los peces gordos, y mezclando a los prohombres con elementos de los bajos fondos. Chandler pensó que él podía hacer lo mismo.

En 1934, a los cuarenta años y en el apogeo de su éxito, Hammett dejó de escribir (o al menos de publicar) para siempre. Chandler tomó el relevo.

En lo que no se parecían nada los dos maestros hard-boiled era en el lenguaje. Al lado del minimalismo salvaje de Hammett, Chandler es Góngora.

Bueno, Góngora precisamente, no. Nada de metáforas en nuestros bajos fondos, por favor. Que el diablo se lleve las metáforas. Lo que sí encontraremos serán perlas sarcásticas de este tipo:

«Las pestañas no le llegaban del todo a la barbilla».

«Pasaba tan inadvertido como una tarántula en un plato de natillas».

«Tomé el número de la matrícula [del coche en el que escapa el asesino] de la misma manera en que gané mi primer millón».

«Una alfombra de pelo naranja en la que una ardilla habría podido pasar una semana sin asomar la cabeza».

Pasó cinco meses escribiendo su primer relato, «Los chantajistas no matan»: cobró por él ciento ochenta dólares, a un centavo la palabra.

En 1936, las ventas de Black Mask habían bajado y el editor-director Shaw fue despedido por negarse a bajar las tarifas de los escritores. Muchos de estos dejaron la revista al marcharse él. Chandler se pasó a Dime Detective, un pulp que competía con Black Mask y que procuraba arrebatarle a sus autores pagándoles más.

Entre 1933 y 1939, Chandler publicó once trabajos en Black Mask y diez en Dime Detective. El formato de todos es el de relato largo o novela corta (novelette): los relatos de Black Mask tienen aproximadamente cincuenta páginas (unas veinte mil palabras); los de Dime Detective, de sesenta a setenta páginas (treinta mil palabras).

En 1939 ya se consideraba capacitado para empezar a escribir novelas.

Y para ello recurrió al socorrido truco de la «canibalización», palabra que inventó él mismo. Consiste en tomar elementos (y argumentos enteros) de varios relatos y mezclarlos en una trama más amplia y complicada. Ocho de los relatos fueron canibalizados para sus novelas, algunos para más de una. De uno de ellos, «La dama del lago», se reaprovechó hasta el título. Mientras vivió, Chandler prohibió que se reeditaran los relatos canibalizados, pero a su muerte empezaron a publicarse de nuevo, recopilados en libros.

El sueño eterno salió a la venta en 1939, con componentes de «Asesino bajo la lluvia» y «El telón». Era un paso importante en su carrera. Las novelas recibían críticas, no todas buenas, pero al menos se comentaban. Eran libros. Los relatos de los pulps no recibían la atención de ningún crítico. Por ahí le vino a Chandler la llamada de Hollywood. Pero esa es ya otra historia.

Además de sus narraciones, ensayos, guiones, artículos y cartas, Chandler nos dejó otro legado, que también dice mucho sobre el estilo de trabajo en su período pulp:

LA LEY DE CHANDLER

«En caso de duda, haz que entre por la puerta un hombre con una pistola en la mano».

En los talleres de escritura, esto se conoce como «la Ley de Chandler», y es un consejo práctico para los escritores de ficción que se han metido en un callejón argumental sin salida y no saben cómo seguir con la historia. Añadiendo un nuevo adversario o una nueva complicación se puede sacar al protagonista del atasco.

Desde luego, Chandler utilizaba con frecuencia este sistema, pero aunque esta «ley» lleve su nombre, no fue él quien la inventó ni quien la impuso. Era el consejo que se daba a los autores que trabajaban en los pulps para que la acción no parara. Y Chandler se limitó a describir la situación de aquellos escritores años después, en 1950, en una introducción a una reedición de varios de sus relatos (La violencia es lo mío, Debolsillo):

«… lo que se exigía era acción constante; si te parabas a pensar, estabas perdido. En caso de duda, haz que entre por la puerta un hombre con una pistola en la mano. Esto podía llegar a ser muy tonto, pero de alguna manera no parecía importar».

Lo que da validez a la Ley de Chandler es la calidad de la obra del propio Chandler. Es como si en los talleres literarios antes mencionados estuvieran convencidos de que si lo hacía Chandler, entonces estaba bien. Pero advirtamos que el propio Chandler dice que «podía llegar a ser muy tonto».

Y el propio Chandler, en la misma introducción, confiesa: «Cuando vuelvo la mirada hacia mis propios relatos, sería absurdo no desear que hubieran sido mejores. Pero si hubieran sido mucho mejores no se habrían publicado».

Chandler se había propuesto infundir calidad en la literatura popular de género, que muchos no consideraban literatura. Pudiendo escribir bien, ¿para qué conformarse con hacerlo mal? Pero el medio tenía sus limitaciones. A Chandler se le aplicó la Ley de Chandler cuando aún no tenía este nombre.

De todas maneras, no podemos quejarnos de los resultados. Muchos críticos opinan que los relatos son mejores que las novelas, y dicen que el formato largo se le hacía muy cuesta arriba a Chandler y que sus novelas, a pesar de los alardes de estilo que tanto nos gustan, son demasiado farragosas y se pierden por demasiados vericuetos (de ahí que no se sepa quién mató a algunos personajes). ¿Por qué entonces las novelas son más famosas? Porque están protagonizadas por Philip Marlowe.

Philip Marlowe: palabras mayores. Uno de los grandes héroes de ficción del siglo XX. Marlowe, el estoicismo andante. El rey absoluto de la réplica sarcástica. Ese Marlowe que cuando le dicen que es alto, responde: «No era esa mi intención». Ese Marlowe, caballero y hombre de honor, que recibe más golpes que los que da, pero que siempre se levanta y no necesita más que un trago para ponerse otra vez en marcha.

Naturalmente, Philip Marlowe necesitaba el formato largo para explayarse.

Marlowe no aparece como tal en ninguno de los relatos (excepto en «El lápiz», escrito en 1959 y publicado póstumamente). Pero no surgió de la nada: se fue gestando desde el principio, se desarrolló con diversos nombres (Mallory, Carmady, Dalmas…) hasta acabar cristalizando en el Philip Marlowe de El sueño eterno. Estos proto-Marlowe estaban tan cerca del personaje definitivo que muchos de los relatos se reeditaron años después, reunidos en libros, con el nombre original del protagonista cambiado a Marlowe.

Pero no todo va a ser hard-boiled. Hay cuatro relatos que se salen del canon de la «serie negra». Con excepción de «La puerta de bronce», todos son tardíos. No son las tentativas de un jovencito que quiere ser escritor y está buscando o desarrollando su estilo. Son los experimentos de un hombre maduro que ya tiene un estilo propio pero quiere salirse del género en el que ha estado trabajando. En tres de ellos hay crímenes y policías, pero en un contexto muy diferente del habitual. Al parecer, «La puerta de bronce» y «El rapé del profesor Bingo» iban a formar parte de un volumen de relatos fantásticos, un proyecto que no pasó de ahí (hay doce años de distancia entre uno y otro). «Verano inglés», que el autor describe como «novelita gótica», parece un intento de reivindicar las raíces inglesas de Chandler. La verdad es que no puso mucho empeño en la reivindicación: aunque la ambientación es muy británica, el protagonista y narrador es americano y no pierde ocasión de comentar irónicamente los modos y maneras de los ingleses.

Y por último está «Una pareja de escritores», que no encaja en ninguna clasificación. Parece una fantasía completamente personal de Chandler, como si se imaginara a sí mismo en una realidad virtual junto a un avatar de su amada Cissy, que no solo tiene la misma edad que él (la Cissy real era dieciocho años mayor que Raymond), sino que también es escritora. Cuando se lo envió a su editor, le advirtió de que no le veía ningún valor comercial, pero que le parecía que estaba «muy bien escrito».

Estamos de acuerdo en las dos cosas.

SPOILER: Viendo la película es imposible averiguarlo (y ya sabemos que a nadie le importaba), pero si se lee con atención la novela El sueño eterno, el único que pudo matar al chófer es Joe Brody. Puede que Chandler no se acordara, pero también es posible que se estuviera haciendo el interesante.

LISTA CRONOLÓGICA DE LOS RELATOS, con la revista en que se publicaron y el nombre del protagonista, si lo tiene: Solo el último, «El lápiz», («Marlowe Takes on the Syndicate», también publicado con los títulos «Wrong Pigeon» y «The Pencil»), se escribió con Marlowe como protagonista original. Pero varios de ellos se reeditaron cambiando el nombre del protagonista por el de Marlowe.

• «Los chantajistas no matan» («Blackmailers Don’t Shoot», diciembre de 1933), Black Mask; Mallory.

• «Pasarse de listo» («Smart-Aleck Kill», julio de 1934), Black Mask; Mallory.

• «El testigo de la acusación» («Finger Man», octubre de 1934), Black Mask; sin nombre, probablemente Carmady.

• «Asesino bajo la lluvia» («Killer in the Rain», enero de 1935), Black Mask; sin nombre, probablemente Carmady; canibalizado para El sueño eterno.

• «Gas de Nevada» («Nevada Gas», junio de 1935), Black Mask; Johnny De Ruse.

• «Sangre española» («Spanish Blood», noviembre de 1935), Black Mask; Sam Delaguerra, un policía de origen español.

• «Tiroteo en el Cyrano’s» («Guns at Cyrano’s», enero de 1936), Black Mask; Ted Malvern.

• «El hombre que amaba a los perros» («The Man Who Liked Dogs», marzo de 1936), Black Mask; Carmady; canibalizado para Adiós, muñeca.

• «Encuentro en Noon Street» («Noon Street Nemesis», 30 de mayo de 1936), Detective Fiction Weekly; retitulado «Pick-up on Noon Street»; Pete Anglich, policía.

• «Peces de colores» («Goldfish», junio de 1936), Black Mask; Ted Carmady.

• «El telón» («The Curtain», septiembre de 1936), Black Mask; Carmady; canibalizado para El sueño eterno y el principio de El largo adiós.

• «Busquen a la chica» («Try the Girl», enero de 1937), Black Mask; Carmady; canibalizado para Adiós, muñeca.

• «El jade del mandarín» («Mandarin’s Jade», noviembre de 1937), Dime Detective Magazine; John Dalmas; canibalizado para Adiós, muñeca.

• «Viento rojo» («Red Wind», enero de 1938), Dime Detective Magazine; John Dalmas.

• «El rey de amarillo» («The King in Yellow», marzo de 1938), Dime Detective Magazine; Steve Grayce, vigilante de hotel reciclado en detective.

• «Blues de Bay City» («Bay City Blues», junio de 1938), Dime Detective Magazine; John Dalmas; canibalizado para La dama del lago, La ventana alta y La hermana pequeña.

• «La dama del lago» («The Lady in the Lake», enero de 1939), Dime Detective Magazine; John Dalmas; canibalizado para La dama del lago y La ventana alta.

• «Las perlas son una molestia» («Pearls Are a Nuisance», abril de 1939), Dime Detective Magazine; Walter Gage, joven ricachón, ocioso y borrachín.

• «Los líos son mi negocio» («Trouble Is My Business», agosto de 1939), Dime Detective Magazine; John Dalmas.

• «Estaré esperando» («I’ll Be Waiting», 14 de octubre de 1939), Saturday Evening Post; Tony Reseck, detective de hotel.

• «La puerta de bronce» («The Bronze Door», noviembre de 1939), Unknown Magazine; relato fantástico.

• «No hay crímenes en las montañas» («No Crime in the Mountains», septiembre de 1941), Detective Story; John Evans; canibalizado para La dama del lago.

• «El rapé del profesor Bingo» («Professor Bingo’s Snuff», Park East, junio, julio y agosto de 1951; también apareció en los mismos meses de 1951 en Go); relato fantástico. 

• «Una pareja de escritores» (1951), publicado póstumamente en Raymond Chandler Speaking (1962).

• «El lápiz» («Marlowe Takes on the Syndicate», 6-10 de abril de 1959, London Daily Mail; republicado como «Philip Marlowe’s Last Case» en Ellery Queen Mistery Magazine, enero de 1962; como «The Pencil» en Argosy, septiembre de 1965; como «Wrong Pigeon» en Manhunt, febrero de 1969), el único protagonizado originalmente por Marlowe.

• «Verano inglés» («English Summer», Antaeus, otoño de 1976; publicado póstumamente); novelita gótica.

Los chantajistas no matan

Los chantajistas no matan

1

El hombre del traje azul cobalto —que no era azul cobalto bajo las luces del Club Bolívar— era alto, de ojos grises y separados, nariz fina y mandíbula de piedra. Tenía una boca bastante sensible. El pelo era negro y encrespado, con ligerísimos toques de gris que parecían aplicados por una mano casi tímida. La ropa le sentaba como si tuviera alma propia, y no solo un pasado dudoso. Por cierto, se llamaba Mallory.

Sostenía un cigarrillo entre los fuertes y precisos dedos de una mano. Puso la palma de la otra mano sobre el mantel blanco y dijo:

—Las cartas le van a costar diez de los grandes, señorita Farr. No es demasiado.

Miró muy brevemente a la chica que tenía enfrente; después miró por encima de las mesas vacías hacia la pista en forma de corazón donde los bailarines evolucionaban bajo luces de colores cambiantes.

Los clientes estaban apretujados alrededor de la pista de baile, tan juntos que los sudorosos camareros tenían que hacer equilibrios como funámbulos en la cuerda para pasar entre las mesas. Pero cerca de donde se sentaba Mallory solo había cuatro personas.

Una mujer delgada y morena estaba bebiendo un combinado en una mesa, frente a un hombre cuyo rojo y grueso cuello brillaba a causa del vello húmedo. La mujer miraba su vaso con gesto de malhumor y jugueteaba con una gran petaca plateada de licor que tenía en el regazo. Más allá, dos hombres ceñudos y aburridos fumaban unos cigarros largos y finos sin hablarse el uno al otro.

Mallory habló con consideración:

—Diez grandes lo arreglan todo, señorita Farr.

Rhonda Farr era muy guapa. Para esta ocasión vestía toda de negro, excepto el cuello de piel blanca, ligero como la pelusa de cardo, de su abrigo de noche. Y exceptuando también una peluca blanca que pretendía servir de disfraz y le daba un aspecto de muchachita. Tenía los ojos azules como el aciano, y la clase de piel con la que sueñan los viejos libertinos.

Habló en tono desagradable, sin levantar la cabeza:

—Eso es ridículo.

—¿Por qué es ridículo? —preguntó Mallory, que parecía un poco sorprendido y bastante molesto.

Rhonda Farr alzó la cara y le dirigió una mirada dura como el mármol. Después sacó un cigarrillo de una pitillera de plata que estaba abierta sobre la mesa y lo encajó en una larga y delgada boquilla, también negra. Siguió hablando:

—¿Las cartas de amor de una estrella de cine? Ya no son para tanto. El público ha dejado de ser una dulce ancianita con pololos largos de encaje.

Una luz bailó con desprecio en sus ojos azul violeta. Mallory la miró con firmeza.

—Pues ha venido bien deprisa a hablar de ellas —dijo— con un hombre al que no conoce de nada.

Ella hizo un gesto con la boquilla del cigarrillo y dijo:

—Me ha debido de dar una chifladura.

Mallory sonrió con los ojos, sin mover los labios.

—No, señorita Farr. Tenía usted muy buenas razones. ¿Quiere que le diga cuáles son?

Rhonda Farr lo miró irritada. Después apartó la mirada y casi pareció olvidarse de él. Levantó la mano que sostenía la boquilla, la miró, adoptó una pose. Era una mano preciosa, sin ningún anillo. Las manos bonitas son tan raras como un jacarandá en flor, en una ciudad donde las caras bonitas son tan corrientes como las carreras en las medias de un dólar.

Volvió la cabeza y miró a la mujer de la mirada malhumorada, y más allá de ella, hacia la multitud que rodeaba la pista de baile. La orquesta seguía sonando meliflua y monótona.

—Odio estos antros —dijo con voz apagada—. Da la impresión de que solo existen de noche, como los ladrones de tumbas. La gente es viciosa sin elegancia, pecadora sin ironía. —Bajó la mano hasta el mantel blanco—. Ah, sí, las cartas. ¿Qué las hace tan peligrosas, chantajista?

Mallory se echó a reír. Tenía una risa vibrante, con un toque duro, un sonido rechinante.

—Es usted buena —dijo—. Puede que las cartas no sean gran cosa. Bazofia sexy y nada más. Los recuerdos de una colegiala a la que han seducido y no puede parar de hablar de ello.

—Eso es una grosería —replicó Rhonda Farr con una voz como el terciopelo helado.

—Es el hombre al que se le escribieron lo que las hace importantes —dijo Mallory fríamente—. Un maleante, un jugador, un chico de dinero rápido. Y todo lo que eso implica. Un tipo con el que usted no puede dejar que la vean hablando… y seguir en la cumbre.

—No hablo con él, chantajista. Hace años que no hablo con él. Landrey era un chico muy agradable cuando lo conocí. Casi todos tenemos algo en el pasado de lo que preferiríamos no entrar en detalles. En mi caso, es cosa del pasado.

—¿Ah, sí? Y yo me lo creo —dijo Mallory con un repentino gesto de desprecio—. Acaba de ir a pedirle que le ayude a recuperar sus cartas.

Ella sacudió la cabeza. Pareció que la cara se le descomponía y se convertía en un simple conjunto de rasgos sin control. Los ojos parecieron anunciar un grito, pero fue solo durante un segundo.

Casi al instante, recuperó el control de sí misma. Los ojos perdieron el color y quedaron casi tan grises como los de él. Dejó la boquilla negra del cigarrillo con exagerado cuidado y cruzó los dedos. Los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Tanto conoce a Landrey? —dijo con amargura.

—A lo mejor es solo que voy por ahí averiguando cosas… ¿Hacemos un trato o seguimos gruñéndonos el uno al otro?

—¿De dónde sacó usted las cartas? —dijo ella con voz todavía áspera y amarga.

Mallory se encogió de hombros.

—En nuestro oficio no se cuentan cosas como esa.

—Tengo mis motivos para preguntarlo. Hay otras personas que han intentado venderme esas mismas malditas cartas. Por eso he venido aquí. Sentí curiosidad. Pero supongo que usted no es más que uno de esos que intentan asustarme para que me decida subiendo el precio.

—No, yo trabajo por mi cuenta —dijo Mallory.

Ella asintió. Su voz era poco más que un susurro.

—Ah, entonces está bien. Pensé que a alguna mente brillante se le había ocurrido hacer una edición privada de mis cartas. Fotocopias… Bueno, pues no voy a pagar. No conseguiría nada con ello. No hay trato, chantajista. Por mí, puede usted salir cualquier noche oscura y tirarse desde el muelle con sus asquerosas cartas.

Mallory arrugó la nariz y se la miró bizqueando con aire de intensa concentración.

—Muy bien dicho, señorita Farr. Pero eso no nos lleva a ningún sitio.

—Ni lo pretendía —dijo ella deliberadamente—. Podía haberlo expresado mejor. Y si me hubiera acordado de traer mi pistolita con cachas de nácar, se lo podría decir con balas y terminar de una vez. Pero no busco esa clase de publicidad.

Mallory alzó dos delgados dedos y los examinó críticamente. Parecía divertido, casi complacido. Rhonda Farr se llevó una delgada mano a la peluca blanca, la mantuvo allí un momento y la dejó caer.

Un hombre que estaba sentado a una mesa a cierta distancia se levantó de pronto y se dirigió hacia ellos.

Se acercó deprisa, caminando con paso ligero y ágil, y balanceando un sombrero flexible negro contra el muslo. Iba muy peripuesto con su esmoquin.

Mientras llegaba, Rhonda Farr dijo:

—No pensaría que me iba a meter aquí sola, ¿verdad? Yo no voy sola a clubes nocturnos.

Mallory sonrió.

—Y no tendría por qué hacerlo, muñeca —dijo secamente.

El hombre llegó a la mesa. Era pequeño, bien proporcionado, moreno. Tenía un bigotito negro que brillaba como si fuera de raso, y esa clara palidez que los latinos valoran más que los rubíes.

Con un gesto suave y un pelín teatral, se inclinó sobre la mesa y cogió uno de los cigarrillos de Mallory de la pitillera plateada. Lo encendió con movimientos ceremoniosos.

Rhonda Farr se llevó la mano a los labios y bostezó.

—Este es Erno, mi guardaespaldas —dijo—. Cuida de mí. Qué bien, ¿verdad?

Se levantó despacio. Erno la ayudó con el abrigo. Después estiró los labios en una sonrisa sin alegría, miró a Mallory y dijo:

—Hola, nene.

Tenía unos ojos oscuros, casi opacos, con luces ardientes dentro.

Rhonda Farr se envolvió en su abrigo, asintió ligeramente, esbozó una breve sonrisa sarcástica con sus delicados labios, dio media vuelta y echó a andar por el pasillo entre las mesas. Iba con la cabeza alta y orgullosa, la expresión un poco tensa y cautelosa, como una reina en peligro. No sin miedo, pero sí negándose a mostrarlo. Le salió muy bien.

Los dos hombres aburridos le dirigieron una mirada de interés. La mujer morena se concentraba con aire sombrío en la tarea de prepararse un combinado que habría tumbado a un caballo. El hombre del cuello gordo y sudoroso parecía haberse quedado dormido.

Rhonda Farr subió los cinco peldaños cubiertos con una moqueta carmesí que llevaban al vestíbulo y se cruzó con el camarero jefe, que inclinó la cabeza a su paso. Atravesó unas cortinas doradas y desapareció.

Mallory la observó hasta que se perdió de vista y después miró a Erno.

—Bueno, choricillo, ¿en qué estás pensando? —dijo.

Lo dijo en tono insultante, con una sonrisa fría. Erno se puso rígido. Su mano enguantada sacudió el cigarrillo que sostenía hasta que cayó algo de ceniza.

—¿Te haces ilusiones, nene? —preguntó al instante.

—¿Acerca de qué, chorizo?

En las pálidas mejillas de Erno aparecieron manchas rojas. Sus ojos se estrecharon hasta convertirse en ranuras negras. Movió un poco la mano derecha, que no tenía guante, y curvó los dedos de modo que las pequeñas y rosadas uñas brillaran. Habló con voz fina:

—Acerca de unas cartas, nene. Olvídalo. ¡De eso nada, nene, nada!

Mallory lo miró con exagerado y cínico interés, se pasó los dedos por el encrespado pelo negro y dijo despacio:

—A lo mejor no sé de qué me hablas, pequeñajo.

Erno se echó a reír. Un sonido metálico, un sonido forzado y letal. Mallory conocía aquella clase de risa: en algunas partes es el preludio a la música de las pistolas. Vigiló la rápida mano derecha de Erno y habló en tono áspero.

—Anda, lárgate, guaperas. Podrían entrarme ganas de quitarte de un guantazo esa pelusa que tienes sobre el labio.

La cara de Erno se crispó. Las manchas rojas de sus mejillas se hicieron más visibles. Alzó la mano que sostenía el cigarrillo, la alzó despacio y disparó el cigarrillo encendido directamente a la cara de Mallory. Este movió un poco la cabeza y el cilindro blanco pasó haciendo un arco sobre su hombro.

No había expresión en su enjuto y frío rostro. En tono distante y apagado, como si fuera otra voz la que hablaba, dijo:

—Ten cuidado, chorizo. La gente sale herida por cosas como esta.

Erno rio con la misma risa metálica y forzada.

—Los chantajistas no pegan tiros, nene —gruñó—. ¿O sí?

—¡Que te largues, espaguetini de mierda!

Las palabras y el tono frío y despreciativo desataron la furia de Erno. Su mano derecha se movió como una serpiente que ataca. Una pistola apareció en ella, salida de una funda sobaquera. Después se quedó inmóvil, echando fuego por los ojos. Mallory se inclinó un poco hacia delante, con las manos en el borde de la mesa, los dedos curvados bajo el borde. Las comisuras de su boca esbozaron una débil sonrisa.

Sonó un chillido apagado, nada ruidoso, de la mujer morena. El color huyó de las mejillas de Erno, que quedaron pálidas y hundidas. Con una voz que silbaba de furia, dijo:

—Está bien, nene. Vamos afuera. En marcha, so…

Uno de los hombres aburridos que estaban a tres mesas de distancia hizo un movimiento repentino sin importancia. Pero por ligero que fuera, llamó la atención de Erno. Su mirada llameó. Entonces la mesa se levantó y le pegó en el estómago, tirándolo al suelo despatarrado.

Era una mesa ligera y Mallory no era un peso ligero. Hubo un confuso ruido de golpes. Unos cuantos platos tintinearon, y algo de cubertería. Erno estaba tendido en el suelo con las piernas abiertas y la mesa sobre los muslos. Su pistola había ido a parar a más de un palmo de su mano engarfiada. Tenía la cara distorsionada.

Durante un instante, el tiempo quedó suspendido como si la escena estuviera atrapada en un cristal y no fuera a cambiar nunca. Después, la mujer morena chilló otra vez, más fuerte. Todo se convirtió en un torbellino de movimiento. La gente se puso en pie por todas partes. Dos camareros alzaron los brazos al aire y empezaron a vociferar en violento napolitano. Un asistente de mesas, sudoroso y acelerado, se lanzó al ataque, con más miedo al camarero jefe que a una muerte súbita. Un hombre rechoncho y colorado con cabello pajizo bajó corriendo unos escalones agitando un manojo de menús.

Erno se liberó las piernas de un tirón, se las arregló para ponerse de rodillas y recuperó su pistola. Giró sobre sí mismo escupiendo maldiciones. Mallory, solo, indiferente en el centro de la confusión, se inclinó y descargó un duro puño contra la frágil mandíbula de Erno.

La consciencia se evaporó de la mirada de Erno. Se derrumbó como un saco de arena medio lleno.

Mallory lo observó con atención durante un par de segundos. Después recogió su pitillera del suelo. Todavía quedaban en ella dos cigarrillos. Se metió uno entre los labios y se guardó la pitillera. Sacó unos cuantos billetes del bolsillo del pantalón, dobló uno a lo largo y se lo encasquetó a un camarero.

Echó a andar sin prisa hacia los cinco escalones con moqueta carmesí que llevaban a la salida.

El hombre del cuello gordo abrió un ojo cauteloso y sin brillo. La mujer borracha se puso en pie tambaleándose con un cacareo de inspiración, agarró un cuenco de cubitos de hielo con sus finas manos enjoyadas y lo vació sobre el estómago de Erno con bastante precisión.

2

Mallory salió de debajo de la marquesina con su sombrero flexible bajo el brazo. El portero le lanzó una mirada inquisitiva. Mallory meneó la cabeza y dio unos pasos por la acera curva que bordeaba la entrada privada semicircular. Se detuvo en el borde de la acera, en la oscuridad, pensando a toda máquina. Al cabo de un ratito, un Isotta-Fraschini pasó despacio junto a él.

Era un carricoche descapotable enorme, incluso para la ostentación deliberada de Hollywood. Resplandeció como un coro de Ziegfeld al pasar ante las luces de la entrada y después quedó gris mate con reflejos plateados. Un chófer con librea se sentaba al volante, tieso como un atizador, con una gorra de visera ladeada coquetamente sobre un ojo. Rhonda Farr iba sentada en el asiento trasero, bajo la media capota, con la rígida inmovilidad de una figura de cera.

El coche se deslizó sin ruido por el sendero de entrada, pasó entre un par de columnas de piedra achaparradas y se perdió entre las luces del bulevar. Mallory se puso el sombrero con aire distraído.

Algo se movió en la oscuridad detrás de él, entre los altos cipreses italianos. Se volvió y miró el leve brillo del cañón de un arma.

El hombre que empuñaba el arma era muy alto y corpulento. Llevaba un amorfo sombrero de fieltro en la parte de atrás de la cabeza y un informe abrigo que colgaba a los lados del estómago. La débil luz de una ventana alta y estrecha dejaba ver unas cejas frondosas y una nariz ganchuda. Había otro hombre detrás de él.

—Esto es un revólver, compañero —dijo—. Hace pum-pum y los tíos caen al suelo. ¿Quieres comprobarlo?

Mallory lo miró con la mirada vacía y dijo:

—A ver si maduras, pies planos. ¿De qué va esto?

El hombretón se echó a reír. Su risa tenía un sonido sordo, como el de las olas rompiendo en las rocas entre la niebla. Habló con marcado sarcasmo.

—El chico listo nos tiene calados, Jim. Uno de nosotros dos debe de tener pinta de poli. —Miró bien a Mallory y añadió—: Te hemos visto sacarle una pipa a un pequeñajo ahí adentro. ¿Te parece bonito?

Mallory tiró el cigarrillo y lo miró describir un arco a través de la oscuridad. Habló con cautela.

—¿Bastarían veinte pavos para que lo vierais de otra manera?

—Esta noche no, señor. Casi cualquier otra noche sí, pero esta no.

—¿Y un billete de cien?

—Ni siquiera eso, señor.

—Eso ha tenido que ser muy duro —dijo Mallory muy serio.

El hombretón rio de nuevo y se acercó un poco más. El hombre que tenía detrás salió de las sombras contoneándose y plantó una mano blanda y gordezuela en el hombro de Mallory, quien se escurrió de lado sin mover los pies. La mano cayó.

—¡Quítame las zarpas de encima, pies planos!— dijo.

El otro hombre hizo un ruido parecido a un gruñido. Algo silbó en el aire. Algo golpeó a Mallory con mucha fuerza detrás de la oreja izquierda. Cayó de rodillas. Estuvo un momento arrodillado y balanceándose, sacudiendo con violencia la cabeza. Se le despejaron los ojos. Podía ver el diseño de rombos de la acera. Se puso en pie de nuevo, muy despacio.

Miró al hombre que le había pegado con una cachiporra y lo maldijo con voz pastosa y apagada, con una ferocidad concentrada que hizo que el hombre retrocediera con la floja boca temblando como caucho derretido.

—¡Maldita sea tu alma, Jim! —dijo el hombretón—. ¿Por qué demonios has hecho eso?

El llamado Jim se llevó la gruesa mano a la boca y se la mordió. Guardó la cachiporra en el bolsillo lateral de su abrigo.

—¡Olvídalo! —dijo—. Vamos a llevarnos a este cabrón y acabemos con esto. Necesito un trago.

Echó a andar por la acera. Mallory se volvió despacio y lo siguió con la mirada, frotándose un lado de la cabeza. El hombretón movió su revólver con aire profesional y dijo:

—Andando, compañero. Vamos a dar un paseo a la luz de la luna.

Mallory caminó. El hombretón se puso a su lado. El tal Jim se situó al otro lado. Se dio un fuerte golpe en la boca del estómago y dijo:

—Necesito un trago, Mac. Estoy de los nervios.

El grandullón dijo apaciblemente:

—¿Y quién no, corderito?

Llegaron a un turismo aparcado en doble fila cerca de las columnas achaparradas del borde del bulevar. El que había golpeado a Mallory se puso al volante. El grandullón empujó a Mallory al asiento de atrás y se sentó junto a él. Sujetó el revólver sobre su grueso muslo, se echó el sombrero un poco más atrás y sacó un paquete de cigarrillos arrugado. Encendió uno con cuidado, con la mano izquierda.

El coche salió al mar de luces, rodó un corto trecho hacia el este y después torció al sur bajando una larga cuesta. Las luces de la ciudad eran una interminable lámina resplandeciente. Los letreros de neón se encendían y apagaban. El lánguido rayo de un reflector se abría camino entre nubes altas y tenues.

—La cosa es así —dijo el hombretón soltando humo por sus anchas ventanas nasales—. Te teníamos echado el ojo. Estabas intentando venderle unas cartas falsas a esa chica, Farr.

Mallory soltó una risa breve y sin alegría.

—Los pies planos me dais dolor de cabeza —dijo.

El hombretón pareció pensárselo, mirando hacia delante. Las farolas que pasaban arrojaban rápidas oleadas de luz sobre su ancho rostro. Al cabo de un rato dijo:

—Eres tú, ya lo creo. En nuestro trabajo tenemos que saber esas cosas.

Los ojos de Mallory se estrecharon en la oscuridad. Sus labios sonrieron.

—¿Cuál es ese trabajo, poli?

El grandullón abrió mucho la boca y la cerró con un chasquido.

—Más vale que hables, listillo —dijo—. Ahora sería un momento estupendo. Jim y yo no somos muy difíciles de tratar, pero tenemos amigos que no son tan delicados.

—¿Y de qué tendría que hablar, teniente? —dijo Mallory.

El hombretón se estremeció con una risa silenciosa y no respondió. El coche pasó ante el pozo de petróleo que se alza en medio del bulevar La Ciénaga, y después se metió por una calle tranquila bordeada de palmeras. Se detuvo a mitad de la manzana, delante de un solar vacío. Jim apagó el motor y las luces. Después sacó una botella plana de la guantera de la puerta y se la llevó a la boca, suspiró con fuerza y pasó la botella por encima del hombro.

El hombretón echó un trago, meneó la botella y dijo:

—Tenemos que esperar aquí a un amigo. Vamos a hablar. Me llamo Macdonald, del departamento de investigación. Estabas intentando extorsionar a la chica Farr. Entonces su guardaespaldas se puso delante de ella y le sacudiste. Fue un bonito número y nos gustó. Pero no nos gustó la otra parte.

Jim echó la mano atrás reclamando la botella de whisky, tomó otro trago, olfateó el cuello de la botella y dijo:

—Estábamos allí para vigilarte. Pero no nos imaginábamos que ibas a descubrir tu juego con tanto descaro. No es razonable.

Mallory apoyó un brazo en el lateral del coche y miró hacia fuera y hacia arriba, al sereno firmamento azul salpicado de estrellas.

—Sabes demasiado, poli —dijo—. Y no lo has sabido por la señorita Farr. Ninguna estrella de cine acudiría a la policía por un asunto de chantaje.

Macdonald meneó la enorme cabeza. Sus ojos brillaban débilmente en el oscuro interior del coche.

—No hemos dicho de dónde sacamos la información, listillo. Así que estabas intentando chantajearla, ¿eh?

—La señorita Farr es una vieja amiga mía —dijo Mallory muy serio—. Alguien está intentando chantajearla, pero no soy yo. Yo solo tengo una corazonada.

—¿Y por qué te sacó una pistola el espagueti? —preguntó Macdonald rápidamente.

—No le caí bien —respondió Mallory en tono aburrido—. Fui grosero con él.

—¡Y un cuerno! —dijo Macdonald, gruñendo de rabia.

El hombre del asiento delantero dijo:

—Atízale en los morros, Mac. Verás como al muy cabrón le gusta.

Mallory estiró los brazos hacia abajo, haciendo girar los hombros como quien tiene calambres de tanto estar sentado. Notó el bulto de su Luger bajo el brazo izquierdo. Habló despacio:

—Dices que yo estaba intentando vender unas cartas falsas. ¿Qué te hace pensar que las cartas son falsas?

—A lo mejor sabemos dónde están las auténticas —replicó Macdonald con suavidad.

—Eso es lo que yo pensaba, poli —dijo Mallory arrastrando la voz y echándose a reír.

Macdonald se movió de repente, levantó el puño cerrado y le pegó en la cara, pero no muy fuerte. Mallory rio de nuevo y después se tocó con dedos cuidadosos la parte magullada detrás de la oreja.

—He acertado, ¿verdad? —preguntó.

Macdonald maldijo en voz baja.

—A lo mejor solo eres un maldito sabelotodo, listillo. Creo que lo averiguaremos dentro de un rato.

Se quedó callado. El hombre del asiento de delante se quitó el sombrero y se rascó una mata de pelo gris. Del bulevar, a media manzana de distancia, llegaba un stacatto de bocinazos. Un chorro de faros pasaba por el extremo de la calle. Al cabo de un rato, un par de ellos torcieron en una amplia curva y proyectaron rayos blancos bajo las palmeras. Un bulto oscuro bajó por la media manzana y se arrimó a la acera enfrente del coche de los policías. Las luces se apagaron.

Un hombre salió y caminó hacia ellos.

—Hola, Slippy —dijo Macdonald—. ¿Cómo ha ido todo?

El hombre era un tipo alto y flaco con la cara en sombras bajo una gorra calada. Ceceaba un poco al hablar.

—Sin problemas —dijo—. Nadie se volvió loco.

—Vale —gruñó Macdonald—. Deja ese trasto y conduce este cochazo.

Jim se metió en la parte de atrás del turismo y se sentó a la izquierda de Mallory, clavándole un codo al hacerlo. El larguirucho se deslizó bajo el volante, arrancó el motor, condujo de vuelta a La Ciénaga, torció al sur hasta Wilshire y después otra vez al oeste. Conducía deprisa y de manera brusca.

Se saltaron un semáforo en rojo sin darle importancia, pasaron ante un gran palacio del cine con la mayoría de las luces apagadas y su taquilla de cristal vacía, y se metieron en Beverly Hills por pistas interurbanas. El tubo de escape se puso ruidoso al subir una cuesta con altos terraplenes a los lados de la carretera. De pronto, Macdonald habló:

—Demonios, Jim. Olvidé registrar a este pájaro. Sostén mi arma un momento.

Se inclinó por delante de Mallory, muy cerca de él, echándole a la cara el aliento cargado de whisky. Una mano enorme le cacheó los bolsillos, se metió bajo la chaqueta y le repasó las caderas, subió bajo el brazo izquierdo. Allí se detuvo un momento, palpando la Luger en la sobaquera. Pasó al otro lado, se retiró del todo.

—Muy bien, Jim. El listillo no lleva pistolas.

Una llamarada de asombro se encendió en el fondo del cerebro de Mallory. Se le juntaron las cejas; sintió la boca seca.

—¿Os importa que me encienda un cigarrillo? —pregunto tras una pausa.

Macdonald habló con falsa cortesía.

—¿Por qué nos iba a importar una cosilla así, cariño?

3

El edificio de apartamentos se alzaba en una colina por encima de Westward Village, y era nuevo y con pinta de bastante barato. Macdonald, Mallory y Jim se apearon frente a él, y el turismo siguió rodando, dobló la esquina y desapareció.

Los tres hombres atravesaron un vestíbulo silencioso, pasaron ante una centralita en la que no había nadie en aquel momento y subieron al séptimo piso en el ascensor automático. Recorrieron un pasillo y se detuvieron delante de una puerta. Macdonald sacó una llave suelta del bolsillo y la abrió. Entraron.

Era una habitación muy nueva, muy luminosa, muy cargada de humo de cigarrillos. Los muebles estaban tapizados en colores chillones, la moqueta era un caos de rombos verdes y amarillos. Había una repisa con botellas.

Dos hombres estaban sentados a una mesa octogonal con vasos largos a sus lados. Uno tenía el pelo rojo, las cejas muy oscuras y una cara blanca mate con ojos oscuros muy hundidos. El otro tenía una ridícula nariz grande e hinchada, nada de cejas y pelo del color del interior de una lata de sardinas. Este dejó despacio una baraja y cruzó la habitación con una amplia sonrisa. Tenía una boca floja y afable, una expresión cordial.

—¿Algún problema, Mac? —dijo.

Macdonald se frotó la barbilla y negó agriamente con la cabeza. Miró al narizotas como si lo odiara. Este seguía sonriendo. Dijo:

—¿Le has cacheado?

Macdonald torció la boca en un gesto de desprecio y cruzó la habitación hacia la repisa y las botellas. Habló en tono desagradable:

—El listillo no lleva pistola. Trabaja con la cabeza. Es así de listo.

De pronto, volvió a cruzar la habitación y golpeó a Mallory en la boca con el dorso de la mano. Mallory sonrió levemente y no se movió. Se quedó de pie delante de un gran sofá de color bilis con cuadrados rojos de aspecto furioso. Las manos le colgaban a los lados y el humo del cigarrillo subía de entre sus dedos para unirse a la niebla que ya cubría el áspero techo en arco.

—No pierdas los papeles, Mac —dijo el narizotas—. Ya has hecho tu numerito. Tú y Jim marchaos ya. Engrasad las ruedas y largaos.

Macdonald gruñó.

—¿A quién le das tú órdenes, pez gordo? Yo me quedo aquí hasta que este mangante reciba su merecido, Costello.

El hombre llamado Costello se encogió de hombros un instante. El pelirrojo de la mesa se giró un poco en su asiento y miró a Mallory con el aire impersonal de un coleccionista que estudiara un escarabajo pinchado. Después sacó un cigarrillo de una pulcra pitillera negra y lo prendió cuidadosamente con un encendedor de oro.

Macdonald volvió a la repisa, echó en un vaso algo de whisky de una botella cuadrada y se lo bebió solo. Se apoyó de espaldas en la repisa, con el ceño fruncido.

Costello estaba de pie delante de Mallory e hizo crujir las articulaciones de unos dedos largos y huesudos.

—¿De dónde sales tú? —preguntó.

Mallory lo miró con aire soñador y se llevó el cigarrillo a la boca.

—De la isla McNeil —dijo con cierto tono de diversión.

—¿Cuánto hace que has salido?

—Diez días.

—¿Por qué te metieron?

—Falsificación —Mallory daba la información con voz suave y satisfecha.

—¿Habías estado aquí antes?

—Nací aquí —respondió Mallory—. ¿No lo sabías?

La voz de Costello sonó suave, casi sosegante.

—Noo. No lo sabía —respondió—. ¿A qué has venido… hace diez días?

Macdonald cruzó de nuevo la habitación como con esfuerzo, balanceando sus gruesos brazos. Abofeteó a Mallory en la boca por segunda vez, inclinándose sobre el hombro de Costello al hacerlo. En la cara de Mallory apareció una marca roja. Meneó la cabeza de delante hacia atrás. Había un fuego mate en sus ojos.

—Joder, Costello, este piojoso no viene de McNeil. Te está tomando el pelo. —Su voz atronaba—. Este listillo no es más que un chantajista barato de Brooklyn o Kansas City… de una de esas ciudades calientes donde todos los polis son inválidos.

Costello levantó una mano y empujó con suavidad el hombro de Macdonald.

—No te necesitamos aquí, Mac —dijo con voz plana, sin entonación.

Macdonald cerró el puño con rabia. Después se echó a reír, dio un paso adelante y clavó un talón en el pie de Mallory. Este dijo «¡Maldita sea!» y se dejó caer con fuerza en el sofá.

Al aire de la habitación se le había agotado el oxígeno. Solo había ventanas en una pared y, sobre ellas, colgaban pesados visillos, rectos e inmóviles. Mallory sacó un pañuelo y se secó la frente: se palpó los labios.

—Tú y Jim podéis largaros, Mac —dijo Costello con la misma voz desentonada.

Macdonald bajó la cabeza y lo miró fijamente a través del marco de las cejas. Tenía la cara brillante por el sudor. No se había quitado el andrajoso y arrugado abrigo. Costello ni siquiera volvió la cabeza. Al cabo de un momento, Macdonald volvió con paso pesado a la repisa, apartó de un codazo al policía del pelo gris y agarró la botella cuadrada de escocés.

—Llama al jefe, Costello —rugió por encima del hombro—. Tú no tienes cerebro para este negocio. ¡Me cago en…, a ver si haces algo más que hablar! —Se giró un poco hacia Jim, le dio un golpe en la espalda y dijo con una mueca de desprecio—: ¿Querías una copa más, poli?

—¿A qué has venido aquí? —le preguntó de nuevo Costello a Mallory.

—Buscaba un contacto —dijo Mallory, mirándolo perezosamente. El fuego de sus ojos se había apagado.

—Pues tienes una manera curiosa de hacerlo, chico.

Mallory se encogió de hombros.

—Pensé que si montaba un numerito entraría en contacto con la gente adecuada.

—A lo mejor has montado el numerito equivocado —dijo Costello en tono tranquilo. Cerró los ojos y se frotó la nariz con la uña del pulgar—. A veces es difícil acertar en estas cosas.

La voz áspera de Macdonald resonó en la habitación cerrada.

—El listillo no comete errores, amigo. No con ese cerebro que tiene.

Costello abrió los ojos y miró por encima del hombro al pelirrojo, que se giró con soltura en su asiento. Tenía la mano derecha sobre la pierna, floja, medio cerrada. Costello se volvió hacia el otro lado y miró directamente a Macdonald.

—¡Fuera! —ladró fríamente—. Ya te estás largando. Estás borracho y no pienso discutir contigo.

Macdonald se frotó los hombros contra la repisa y metió las manos en los bolsillos laterales de su chaqueta. El sombrero le colgaba, amorfo y arrugado, de la parte de atrás de su enorme cabeza cuadrada. Jim, el poli de cabellos grises, se apartó un poco de él y lo miró tenso, con la boca temblorosa.

—¡Llama al jefe, Costello! —gritó Macdonald—. Tú a mí no me das órdenes. No me gustas lo suficiente para aceptarlas.

Costello vaciló y después se dirigió al teléfono. Sus ojos estaban fijos en un punto en lo alto de la pared. Levantó el aparato de su soporte y marcó el número dándole la espalda a Macdonald. Después se apoyó en la pared, sonriendo levemente a Mallory por encima del teléfono. Esperando.

—Hola… sí… Costello. Todo va bien, excepto que Mac está borracho. Está bastante hostil… No se quiere marchar. Aún no sabemos… Un chico de fuera de la ciudad. Muy bien.

Macdonald hizo un movimiento y dijo:

—Espera…

Costello sonrió y colgó el teléfono sin prisa. Los ojos de Macdonald lo fulminaron con un fuego verdoso. Escupió en la moqueta, en el rincón entre una silla y la pared.

—Ta ha salido fatal —dijo—. Fatal. No puedes llamar a Montrose desde aquí.

Costello movió las manos en un gesto indefinido. El pelirrojo se puso en pie. Se apartó de la mesa y se quedó relajado, inclinando la cabeza hacia atrás de manera que el humo de su cigarrillo subiera sin metérsele en los ojos.

Macdonald se balanceó furioso sobre los talones. Su mandíbula era una línea blanca y muy marcada contra el rostro enrojecido. Sus ojos tenían un brillo profundo y duro.

—Está bien, vamos a jugar de esta manera —dijo.

Sacó las manos de los bolsillos con naturalidad y su revólver azulado de reglamento se movió en un arco apretado y muy profesional.

Costello miró al pelirrojo y dijo:

—Duro con él, Andy.

El pelirrojo se puso rígido, escupió el cigarrillo de entre los pálidos labios y levantó una mano con la velocidad del rayo.

—No eres lo bastante rápido —dijo Mallory—. Fíjate en esta.

Se había movido tan veloz y tan poco que parecía que no lo hubiera hecho en absoluto. Se inclinó un poco hacia delante en el sofá. La larga y negra Luger apuntaba con firmeza al vientre del pelirrojo.

La mano del pelirrojo bajó despacio desde la solapa, vacía. La habitación estaba en completo silencio. Costello miró una vez a Macdonald con infinito disgusto y después extendió las manos hacia delante, con las palmas arriba, y se las miró con una sonrisa inexpresiva.

Macdonald habló despacio y con tono amargo.

—Lo del secuestro es demasiado para mí, Costello. No quiero meterme en eso. Me salgo de esta banda de pringados. Me la jugué a que el listillo me echaría una mano.

Mallory se puso en pie y se movió de lado hacia el pelirrojo. Cuando estaba a medio camino, el poli del pelo gris, Jim, soltó una especie de chillido ahogado y se lanzó contra Macdonald, buscando con la mano en un bolsillo. Macdonald lo miró con sorpresa. Estiró su enorme mano izquierda y agarró las dos solapas del abrigo de Jim, por la parte de arriba. Jim le golpeó con los dos puños y le dio en la cara dos veces. Macdonald separó los labios enseñando los dientes y le dijo a Mallory:

—Vigila a estos pájaros.

Con mucha calma, dejó su revólver sobre la repisa, buscó en el bolsillo del abrigo de Jim y sacó la cachiporra de cuero.

—Eres un piojo, Jim —dijo—. Siempre has sido un piojo.

Lo dijo en tono reflexivo, sin rencor. Después movió la cachiporra y golpeó al hombre del pelo gris en un costado de la cabeza. El tipo se derrumbó despacio hasta quedar de rodillas. Intentó agarrarse a los faldones del abrigo de Macdonald. Este se inclinó y le pegó otra vez con la cachiporra en el mismo sitio, con mucha fuerza.

Jim se dobló de lado y cayó al suelo perdiendo el sombrero y con la boca abierta. Macdonald hizo oscilar despacio la cachiporra de un lado a otro. Una gota de sudor le resbalaba por un costado de la nariz.

Costello habló:

—Eres un tío duro, ¿eh, Mac?

Lo dijo en tono apagado, como ausente, como si le interesara muy poco lo que estaba pasando.

Mallory se dirigió hacia el pelirrojo. Cuando estuvo detrás de él, dijo:

—Las manos bien arriba, pistolero.

Cuando el pelirrojo obedeció, Mallory le pasó la mano libre por encima del hombro y se la metió bajo la chaqueta. Sacó una pistola de una funda sobaquera y la dejó caer al suelo detrás de él. Palpó el otro lado, palmeó bolsillos. Retrocedió y dio la vuelta hacia Costello, que no iba armado.

Mallory se situó enfrente de Macdonald, de manera que tuviera delante a todos los de la habitación, y dijo:

—¿A quién han secuestrado?

Macdonald recogió su revólver y su vaso de whisky.

—A la chica Farr —dijo—. Supongo que la han pillado de camino a su casa. Lo planearon cuando el guardaespaldas espagueti les contó lo de la cita en el Bolívar. No sé adónde la habrán llevado.

Mallory separó bien los pies y arrugó la nariz. Sostenía su Luger con soltura, con la muñeca floja.

—¿A qué ha venido este numerito tuyo? —preguntó.

Macdonald habló en tono sombrío.

—Explícame tú el tuyo. Te he dado una oportunidad.

Mallory asintió.

—Claro —dijo—. Porque te convenía. Me contrataron para buscar unas cartas que pertenecen a Rhonda Farr.

Miró a Costello, quien no daba ninguna muestra de emoción.

—Me lo creo —dijo Macdonald—. Pensé que se trataba de algún tipo de trampa. Por eso corrí el riesgo. Solo quiero es salirme de este asunto, nada más.

Movió la mano en un gesto amplio que abarcaba la habitación y todo lo que había en ella.

Mallory cogió un vaso, miró a ver si estaba limpio, sirvió en él un poco de escocés y se lo bebió a sorbitos, dándole vueltas a la lengua dentro de la boca.

—Hablemos de ese secuestro —dijo—. ¿A quién ha telefoneado Costello?

—A Atkinson. Un abogado importante de Hollywood. Es la fachada de los muchachos. Y también es el abogado de la chica Farr. Un buen tipo, ese Atkinson. Una sabandija.

—¿Está metido en el secuestro?

Macdonald se echó a reír y dijo:

—Claro.

Mallory se encogió de hombros.

—Parece un apaño muy tonto… para él —dijo.

Pasó por delante de Macdonald y siguió la pared hasta donde estaba Costello. Pegó el cañón de la Luger a la barbilla de este y empujó su cabeza contra el yeso rugoso.

—Costello es un buen chico —dijo con aire pensativo—. No secuestraría a una chica. ¿Verdad que no, Costello? Un poquito de extorsión tranquila, puede que sí, pero nada violento. ¿Tengo razón, Costello?

Costello puso los ojos en blanco, tragó saliva y dijo entre dientes:

—Déjate de rollos. No tienes gracia.

—Pues la cosa es cada vez más graciosa —dijo Mallory—. Pero a lo mejor tú no lo sabes todo.

Levantó la Luger y pasó el cañón por el costado de la narizota de Costello, apretando. Dejó una marca blanca que se convirtió en un arañazo rojo. Costello parecía un poco preocupado.

Macdonald terminó de meterse una botella de escocés casi llena en el bolsillo del abrigo y dijo:

—Déjame que me trabaje un poco a este…

Mallory meneó la cabeza de lado a lado, muy serio, mirando a Costello.

—Demasiado ruidoso. Ya sabes cómo están construidos estos pisos. Atkinson es el tipo que hay que ver. Hay que ir siempre a ver al que manda… si puedes llegar a él.

Jim abrió los ojos, plantó las manos en el suelo e intentó incorporarse. Macdonald levantó un pie enorme y lo posó descuidadamente en la cara del hombre del pelo gris. Jim volvió a tumbarse. Tenía la cara de color gris turbio.

Mallory le echó una mirada al pelirrojo y se acercó al soporte del teléfono. Descolgó el aparato y marcó un número de mala manera con la mano izquierda.

—Voy a llamar al hombre que me contrató —dijo—. Tiene un coche grande y rápido… Vamos a poner a estos tíos en remojo durante un tiempo.

4

El gran Cadillac negro de Landrey rodaba sin ruido subiendo la larga cuesta que llevaba a Montrose. Brillaban luces abajo a la izquierda, en la falda del valle. El aire era fresco y despejado, y las estrellas estaban muy luminosas. Landrey miró hacia atrás desde el asiento delantero y pasó un brazo sobre el respaldo del asiento, un brazo largo y negro que terminaba en un guante blanco.

Dijo por tercera o cuarta vez:

—Así que es su propio representante el que la extorsiona. Vaya, vaya, vaya.

Sonrió suave y deliberadamente. Todos sus movimientos eran suaves y deliberados. Landrey era un hombre alto y pálido con dientes blancos y ojos negros como el azabache que centelleaban bajo la luz del techo.

Mallory y Macdonald iban en el asiento trasero. Mallory no dijo nada; miraba fijamente al exterior por la ventanilla del coche. Macdonald le pegó un viaje a su botella cuadrada de escocés, perdió el corcho en el suelo del coche y soltó un taco al inclinarse para buscarlo al tacto. Cuando lo encontró, se echó hacia atrás y miró con malhumor la cara despejada y pálida de Landrey por encima de la bufanda de seda blanca.

—¿Todavía tiene usted ese local en Highland Drive? —preguntó.

—Sí, poli, lo tengo —dijo Landrey—. Y no me va muy bien con él.

Macdonald gruñó.

—Es una verdadera lástima, señor Landrey —dijo.

Después apoyó la cabeza en la tapicería y cerró los ojos.

El Cadillac torció y salió de la autopista. El conductor parecía saber adónde iba. Tomó una curva y se metió en una zona ajardinada con casas de lujo esparcidas. Las ranas arborícolas croaban en la oscuridad y había un olor a flores de azahar.

Macdonald abrió los ojos y se inclinó hacia delante.

—La casa de la esquina —le dijo al conductor.

La casa se alzaba bastante apartada de una amplia curva. Tenía un gran tejado de tejas, una entrada como un arco normando y farolas de hierro forjado encendidas a ambos lados de la puerta. Junto a la acera había una pérgola cubierta de rosales trepadores. El conductor apagó sus luces y se dirigió con pericia hasta la pérgola.

Mallory bostezó y abrió la puerta del coche. Había coches aparcados en la calle alrededor de la esquina. Las puntas de los cigarrillos de un par de chóferes que holgazaneaban resaltaban en la suave y azulada oscuridad.

—Una fiesta —dijo—. Qué bonito.

Salió y se quedó un momento de pie mirando hacia el otro lado del césped. Después echó a andar sobre la blanda hierba hasta un sendero de baldosas mates, espaciadas de modo que creciera la hierba entre ellas. Se paró entre las dos farolas de hierro forjado y llamó al timbre.

Una doncella con cofia y delantal abrió la puerta. Mallory dijo:

—Lamento molestar al señor Atkinson, pero es importante. Me llamo Macdonald.

La doncella vaciló y después volvió entrar en la casa, dejando la puerta de la calle abierta una rendija. Mallory la empujó tranquilamente para abrirla y vio un espacioso pasillo con alfombras indias en el suelo y las paredes. Entró.

A los pocos metros de pasillo, una puerta daba a una habitación en penumbra forrada de libros y con olor a buenos cigarros. Por encima de las butacas había sombreros y abrigos esparcidos. Al fondo de la casa zumbaba una radio con música de baile.

Mallory sacó su Luger y se apoyó en el quicio de la puerta, por dentro.

Un hombre con esmoquin venía por el pasillo. Era rechoncho, con espeso cabello blanco sobre un rostro astuto, rosado e irritable. Los hombros impecablemente vestidos no lograban distraer la atención del exceso de estómago. Sus densas cejas estaban juntas y fruncidas. Caminaba deprisa y parecía furioso.

Mallory salió por el umbral de la puerta y clavó su pistola en el estómago de Atkinson.

—Me estaba usted buscando —dijo.

Atkinson se detuvo, resopló un poco e hizo un ruido ahogado con la garganta. Tenía los ojos muy abiertos y sobresaltados. Mallory alzó la Luger y puso el frío cañón en la garganta de Atkinson, justo por encima de la V del cuello de la camisa. El abogado levantó un poco un brazo, como para apartar el arma. Después se quedó muy quieto, con el brazo alzado en el aire.

—No hable. Solo piense —dijo Mallory—. Le han traicionado. Macdonald le ha delatado. Costello y otros dos muchachos están ataditos en Westwood. Queremos a Rhonda Farr.

Los ojos de Atkinson eran de color azul mate, opacos, sin luz interior. La mención del nombre de Rhonda Farr no pareció causarle mucha impresión. Se retorció bajo la presión de la pistola y dijo:

—¿Por qué viene a verme a mí?

—Creemos que usted sabe dónde está —dijo Mallory sin entonación—, pero no hablemos de eso aquí. Vamos afuera.

Atkinson se estremeció y tartamudeó:

—No, no… Tengo invitados.

—La invitada que buscamos no está aquí —dijo Mallory en tono frío, apretando con la pistola.

Una repentina oleada de emoción cruzó el rostro de Atkinson. Dio un corto paso atrás e intentó agarrar la pistola. Mallory apretó los labios. Giró la muñeca en círculo y el punto de mira del arma raspó la boca de Atkinson. Salió sangre de sus labios. La boca empezó a hinchársele. Se puso muy pálido.

—No pierdas la cabeza, gordo —dijo Mallory—, y puede que acabes vivo esta noche.

Atkinson dio media vuelta y salió inmediatamente por la puerta abierta, andando deprisa, a ciegas.

Mallory le agarró del brazo y lo dirigió a la izquierda, hacia el césped.

—Despacio —dijo en voz baja.

Rodearon la pérgola. Atkinson extendió las manos delante del cuerpo y caminó dando bandazos hasta el coche. Un largo brazo salió por la puerta abierta y lo agarró. Entró y se dejó caer en el asiento. Macdonald le plantó una mano en la cara y se la empujó hacia atrás, contra la tapicería. Mallory entró y cerró de un portazo la puerta del coche.

Los neumáticos chirriaron cuando el coche describió una rápida curva y salió disparado. El conductor avanzó una manzana antes de volver a encender las luces. Después volvió un poco la cabeza y dijo:

—¿Adónde, jefe?

—A cualquier sitio —dijo Mallory—. Volvamos a la ciudad. Y ve con cuidado.

El Cadillac entró de nuevo en la autopista y empezó a bajar la larga cuesta. Una vez más se veían luces en el horizonte, lucecitas blancas que se movían muy despacio por el fondo del valle. Faros de coches.

Atkinson se acomodó en el asiento, sacó un pañuelo y se limpió la boca. Miró a Macdonald y dijo con voz serena:

—¿De qué va esto, Mac? ¿Extorsión?

Macdonald soltó una risa ronca. Después hipó. Estaba un poco borracho. Habló con voz pastosa:

—Demonios, no. Esta noche los muchachos le han echado el guante a la chica Farr. A estos amigos suyos no les gusta. Pero usted no sabe nada del asunto, ¿a que no, pez gordo?

Rio de nuevo, en tono burlón.

—Es curioso… —dijo Atkinson despacio—, pero no sé nada. —Alzó más la blanca cabeza y continuó—: ¿Quiénes son estos hombres?

Macdonald no respondió. Mallory encendió un cigarrillo, protegiendo la llama de la cerilla con las manos ahuecadas. Habló despacio:

—Eso no es importante, ¿no cree? O bien sabe usted adónde se han llevado a Rhonda Farr, o al menos podrá darnos una pista. Piénseselo. Tenemos mucho tiempo.

Landrey volvió la cabeza y miró hacia atrás. Su cara era un borrón claro en la oscuridad.

—No es mucho pedir, señor Atkinson —dijo muy serio. Tenía una voz serena, suave, agradable. Tamborileó en el respaldo del asiento con los dedos enguantados.

Atkinson miró hacia él unos momentos y después volvió a apoyar la cabeza en la tapicería.

—Supongamos que no sé nada del asunto —dijo en tono cansado.

Macdonald levantó la mano y le golpeó en la cara. La cabeza del abogado chocó contra el tapizado. Mallory habló con voz fría y desagradable:

—Ya está bien de idioteces, poli.

Macdonald le soltó una palabrota y volvió la cabeza en otra dirección. El coche siguió su camino.

Ya estaban en el fondo del valle. El faro tricolor de un aeropuerto oscilaba en el cielo no muy lejos. Empezaba a haber laderas arboladas y pequeñas entradas a valles entre colinas oscuras. Un tren bajó rugiendo el túnel de Newhall, ganó velocidad y siguió adelante con un prolongado ruido de cosas que se rompen.

Landrey le dijo algo al conductor. El Cadillac torció y se metió por un camino de tierra. El chófer apagó las luces y siguió por allí a la luz de la luna. El camino de tierra terminaba en una extensión de hierba parda y seca con arbustos bajos alrededor. Había latas viejas y periódicos rasgados y descoloridos apenas visibles en el suelo.

Macdonald sacó su botella, la empinó y tomó un ruidoso trago. Atkinson dijo con voz pastosa:

—Estoy algo desfallecido. Dame un poco.

Macdonald se volvió, apartó la botella, gruñó «¡Vete al infierno!» y se la guardó en el abrigo. Mallory sacó una linterna de la guantera de la puerta, la encendió y enfocó el rayo de luz en la cara de Atkinson.

—Habla —dijo.

Atkinson puso las manos sobre las rodillas y miró directamente al rayo de la linterna. Tenía los ojos vidriosos y sangre en la barbilla. Habló:

—Esto es un plan de Costello. No sé cómo va el asunto, pero si es cosa de él, un tipo llamado Slippy Morgan tiene que estar metido. Posee una cabaña en la meseta junto a Baldwin Hills. Puede que hayan llevado allí a Rhonda Farr.

Cerró los ojos, y a la luz de la linterna se pudo ver una lágrima. Mallory habló despacio:

—Macdonald debería saber eso.

Atkinson mantuvo los ojos cerrados.

—Supongo que sí —dijo. Su voz sonaba apagada y sin ningún sentimiento.

Macdonald cerró el puño, se movió de lado y le golpeó otra vez en la cara. El abogado gimió y se desplomó de costado. La mano de Mallory tembló, haciendo tambalear la linterna. También su voz temblaba de furia.

—Vuelve a hacer eso —dijo— y te meto una bala en la tripa, poli. Por Dios que lo hago.

Macdonald se apartó con una risa tonta. Mallory apagó la linterna. Habló en tono más tranquilo.

—Creo que dice la verdad, Atkinson. Vamos a ver esa cabaña de Slippy Morgan.

El conductor giró, dio marcha atrás y retomó el camino hacia la autopista.

5

Una valla de estacas blancas se dejó ver por un instante antes de que se apagaran los faros. Detrás, cuesta arriba, las formas sombrías de un par de torres de petróleo apuntaban al cielo. El coche sin luces siguió adelante despacio y se detuvo enfrente de una casita de madera. En aquel lado de la calle no había casas; no había nada entre el coche y el campo petrolífero. En la casa no se veían luces.

Mallory se apeó y cruzó la calle. Un sendero de grava conducía a un cobertizo sin puerta, bajo el cual había un turismo aparcado. En el sendero crecía hierba fina y mustia, y detrás había un solar marchito que en otro tiempo había sido un césped. Había un tendedero de alambre y una escalerilla de entrada con una puerta de rejilla oxidada. La luna permitía verlo todo.

Más allá de los escalones había una única ventana con la persiana bajada; por los bordes de esta se veían dos finas rendijas de luz. Mallory regresó al coche, caminando sin ruido sobre la hierba seca y la superficie de tierra.

—Vamos, Atkinson —dijo.

Atkinson salió con dificultad y cruzó la calle tambaleándose como si estuviera medio dormido. Mallory lo agarró por un brazo. Los dos hombres subieron los escalones de madera y cruzaron el porche en silencio. Atkinson buscó a tientas y encontró el timbre. Lo apretó. Sonó un zumbido apagado dentro de la casa. Mallory se aplastó contra la pared, por el lado que no quedaría tapado al abrirse la puerta de rejilla.

Entonces, la puerta de la casa se abrió sin ruido, y se vislumbró una figura detrás de la rejilla. Tras ella no había luz. El abogado balbuceó:

—Soy Atkinson.

El pestillo de la rejilla se descorrió. La puerta se abrió hacia fuera.

—¿Cómo se te ocurre? —dijo una voz ceceante que Mallory ya había oído antes.

Mallory se movió, empuñando la Luger a la altura de la cintura. El hombre del umbral giró hacia él. Mallory se echó sobre él rápidamente, haciendo un sonido de cloqueo con la lengua y los dientes y moviendo la cabeza con aire de reprobación.

—No tendrás una pistola, ¿verdad, Slippy? —dijo, empujándole suavemente con la Luger—. Date la vuelta y tómatelo con calma, Slippy. Cuando sientas algo en la espalda, entra, Slippy. Nosotros entraremos contigo.

El hombre larguirucho levantó las manos y dio media vuelta. Volvió a entrar en la oscuridad, con la pistola de Mallory en la espalda. Un pequeño cuarto de estar olía a polvo y a comida cocinada. Una puerta tenía luz detrás. El larguirucho bajó una mano muy despacio y la abrió.

Una bombilla sin pantalla colgaba del centro del techo. Debajo de la bombilla había una mujer delgada con una bata blanca sucia y los brazos colgando fláccidos a los costados. Unos ojos apagados e incoloros se refugiaban bajo una espesa cabellera rojiza. Sus dedos se agitaban y temblaban en contracciones involuntarias de los músculos. Hizo un sonido agudo y lastimero, como un gato que tiene hambre.

El larguirucho fue a colocarse contra la pared de enfrente de la habitación, apretando las palmas de las manos contra el empapelado. En su cara había una sonrisa fija e inexpresiva.

La voz de Landrey dijo desde atrás:

—Yo me encargaré de los amigos de Atkinson.

Entró en la habitación con una gran automática en la mano enguantada.

—Bonita casita —añadió en tono amable.

En un rincón de la habitación había una cama metálica. Rhonda Farr estaba tendida en ella, envuelta hasta la barbilla en una manta marrón del ejército. La peluca blanca se le había medio caído de la cabeza y asomaban rizos dorados y húmedos. Tenía la cara blanco-azulada, una máscara en la que llameaban el colorete y la pintura de labios. Estaba roncando.

Mallory metió la mano bajo la manta y le tomó el pulso. Después le levantó un párpado y miró con atención la pupila girada hacia arriba.

—Drogada —dijo.

La mujer de la bata se humedeció los labios.

—Un chute de morfina —dijo con voz floja—. No le hace ningún daño, señor.

Atkinson se sentó en una silla dura que tenía una toalla sucia colgada en el respaldo. Su camisa de gala resplandecía bajo la luz desnuda. Tenía la parte inferior de la cara manchada de sangre seca. El larguirucho lo miró con desprecio y golpeó el sucio papel de la pared con las palmas de las manos. A continuación, Macdonald entró en la habitación.

Tenía el rostro enrojecido y sudoroso. Se tambaleó un poco y pasó una mano por el marco de la puerta.

—Hola, muchachos —dijo sin entonación—. Deberían ascenderme por esto.

El larguirucho dejó de sonreír. Se agachó hacia un lado muy deprisa y una pistola apareció en su mano. El ruido llenó la habitación, un ruido fuerte y atronador. Y después, otro.

La agachada del larguirucho se convirtió en un resbalón, y el resbalón degeneró en caída. Quedó despatarrado sobre la sobria moqueta, en una postura que parecía cómoda. Estaba completamente inmóvil, con un ojo medio abierto que parecía mirar a Macdonald. La mujer delgada abrió mucho la boca, pero de ella no salió ningún sonido.

Macdonald levantó la otra mano hacia el marco de la puerta, se dobló hacia delante y empezó a toser. De la barbilla le caía sangre de color rojo brillante. Sus manos bajaron despacio por el marco de la puerta. Después, un hombro cayó hacia delante y él rodó como un nadador en una ola que rompe y se estrelló contra el suelo. Cayó de cara, con el sombrero todavía en la cabeza y el pelo ratonil de la nuca asomando por debajo en un rizo despeinado.

—Dos menos —dijo Mallory, y miró a Landrey con expresión de disgusto.

Landrey bajó la mirada hacia su enorme automática y la ocultó de la vista, en el bolsillo lateral de su fino abrigo oscuro.

Mallory se agachó sobre Macdonald y le puso un dedo en la sien. No había latido. Probó en la vena yugular con el mismo resultado. Macdonald estaba muerto, todavía con un terrible olor a whisky.

Había una leve voluta de humo bajo la bombilla, y un olor acre a pólvora. La mujer delgada se dobló por la cintura y trató de llegar gateando a la puerta. Mallory le puso una mano firme en el pecho y la empujó hacia atrás.

—Estás muy bien donde estás.

Atkinson levantó las manos de las rodillas y se las frotó como si se le hubieran quedado insensibles. Landrey se acercó a la cama, bajó una mano enguantada y tocó el pelo de Rhonda Farr.

—Hola, nena —dijo en voz baja—. Cuánto tiempo sin verte.

Salió de la habitación diciendo:

—Voy a traer el coche a este lado de la calle.

Mallory miró a Atkinson y preguntó con naturalidad:

—¿Quién tiene las cartas, Atkinson? Las cartas que pertenecen a Rhonda Farr.

Atkinson alzó poco a poco su inexpresiva cara y bizqueó como si la luz le hiciera daño en los ojos. Habló con voz confusa, que sonaba lejana:

—No… no lo sé. Costello, tal vez. Yo no las he visto nunca.

Mallory soltó una risa breve y áspera que no cambió nada las líneas duras y frías de su cara.

—Sería la mar de divertido que eso fuera verdad.

Se inclinó sobre la cama del rincón y envolvió bien a Rhonda Farr en la manta marrón. Cuando la levantó, ella dejó de roncar, pero no se despertó.

6

En la fachada delantera del edificio de apartamentos, una o dos ventanas tenían luz. Mallory levantó una muñeca y miró el reloj de esfera convexa que llevaba por dentro. Las manecillas débilmente luminosas marcaban las tres y media. Habló hacia el interior del coche.

—Deme unos diez minutos. Después, suba. Yo me encargo de las puertas.

La entrada principal del edificio de apartamentos estaba cerrada con llave. Mallory la abrió con una llave maestra y dejó la puerta abierta. Había un poco de luz en el vestíbulo, de la bombilla de una lámpara de pie y de una luz con pantalla encima de la centralita telefónica. Un hombrecillo marchito de cabellos blancos estaba dormido en una butaca junto a la centralita, con la boca abierta y el aliento saliendo en largos y lastimeros ronquidos, como los quejidos de un animal herido.

Mallory subió un tramo de escalones alfombrados. En la segunda planta pulsó el botón para llamar al ascensor automático. Cuando llegó retumbando desde arriba, entró y pulsó el botón marcado con un 7. Bostezó. Los ojos se le nublaban de cansancio.

El ascensor se detuvo con una sacudida y Mallory avanzó por el corredor iluminado y en silencio. Se paró ante una puerta gris de madera de olivo y pegó la oreja al tablero. Después metió despacio la llave maestra en la cerradura, la hizo girar poco a poco y empujó la puerta hacia atrás unos centímetros. Escuchó de nuevo y entró.

Había luz de una lámpara de pie con pantalla roja, situada junto a una butaca. Un hombre estaba despatarrado en la butaca y la luz le daba de lleno en la cara. Tenía las muñecas y los tobillos atados con tiras de una cinta adhesiva ancha. También tenía una tira de cinta adhesiva tapándole la boca.

Mallory fijó el picaporte de la puerta y la cerró. Cruzó la habitación con pasos rápidos y silenciosos. El hombre de la butaca era Costello. Su cara tenía un color amoratado por encima de la cinta adhesiva blanca que le sellaba los labios. El pecho se le movía a sacudidas y su respiración hacía un ruido similar a un bufido en su enorme nariz.

Mallory arrancó de un tirón la cinta de la boca de Costello, puso el canto de una mano en la barbilla del hombre y tiró para abrirle del todo la boca. La cadencia de la respiración cambió un poco. El pecho de Costello dejó de dar sacudidas y el color violáceo de su cara se redujo a palidez. Se agitó y soltó una especie de gemido.

Mallory cogió de la repisa una botella de whisky de centeno sin abrir y arrancó con los dientes el precinto metálico del tapón. Empujó hacia atrás la cabeza de Costello, vertió un poco de whisky en la boca abierta y le abofeteó con fuerza en la cara. Costello se atragantó y tragó entre convulsiones. Parte del whisky le salió por la nariz. Abrió los ojos y los enfocó poco a poco. Murmuró algo incomprensible.

Mallory pasó entre unas cortinas aterciopeladas que colgaban en un vano al fondo de la habitación y salió a un corto pasillo. La primera puerta daba a una alcoba con camas gemelas. Había una luz encendida, y un hombre tumbado y atado en cada cama.

Jim, el policía del pelo gris, estaba dormido o todavía inconsciente. En un lado de la cabeza tenía un pegote de sangre coagulada. La piel de la cara era de color gris sucio.

Los ojos del pelirrojo estaban muy abiertos, relucientes como diamantes, furiosos. La boca se movía por debajo de la cinta adhesiva, intentando masticarla. Había rodado de lado y casi se había salido de la cama. Mallory lo empujó hacia el centro y dijo:

—Esto es parte del juego.

Volvió al cuarto de estar y encendió más luces. Costello había conseguido incorporarse en la butaca. Mallory sacó una navajita del bolsillo, metió la mano detrás de él y cortó la cinta que le sujetaba las muñecas. Costello separó las manos de un tirón, gruñó y se frotó los dorsos de las muñecas, uno contra otro, allí donde la cinta había arrancado pelos. Después se dobló y arrancó la cinta de los tobillos.

—Esto no me ha sentado nada bien. Yo respiro por la boca —dijo. Su voz era floja, plana y sin cadencia.

Se puso en pie y sirvió cinco centímetros de whisky en un vaso, se lo bebió de un trago, volvió a sentarse y apoyó la cabeza en el alto respaldo de la butaca. La vida volvió a su cara; el brillo volvió a sus ojos apagados.

—¿Qué novedades hay? —preguntó.

Mallory hurgó con una cuchara en un cuenco de agua que había sido hielo, frunció el ceño y bebió un poco de whisky solo. Se frotó con cuidado el lado izquierdo de la cabeza con las puntas de los dedos y dio un respingo. Después se sentó y encendió un cigarrillo.

—Varias cosas —dijo—. Rhonda Farr está en su casa. Macdonald y Slippy Morgan han muerto. Pero eso no es importante. Busco las cartas que intentabas vender a Rhonda Farr. Sácalas.

Costello alzó la cabeza y gruñó.

—Yo no tengo las cartas —dijo.

—Saca las cartas, Costello. Ahora mismo —dijo Mallory, espolvoreando con cuidado la ceniza del cigarrillo en el centro de un rombo verde y amarillo del diseño de la moqueta.

Costello hizo un movimiento de impaciencia.

—No las tengo —insistió—. No las he visto nunca.

Los ojos de Mallory eran de color gris pizarra, muy fríos, y su voz era cortante.

—Es lamentable lo poco que sabéis los chorizos de vuestro propio negocio —dijo—. Estoy cansado, Costello. No tengo ganas de discutir. Estarías feísimo con esa narizota aplastada a un lado de la cara con el cañón de una pistola.

Costello levantó una mano huesuda y se frotó la piel enrojecida de alrededor de la boca, irritada por la cinta adhesiva. Echó un vistazo por la habitación. En la puerta del fondo hubo un ligero movimiento de las cortinas aterciopeladas, como si una brisa las hubiera agitado. Pero no había brisa. Mallory miraba fijamente la moqueta.

Costello se puso en pie despacio y dijo:

—Tengo una caja fuerte de pared. La voy a abrir.

Cruzó la habitación hasta la pared en la que estaba la puerta de entrada, descolgó un cuadro e hizo girar el disco de una pequeña caja fuerte empotrada, de forma circular. Abrió la puertecita redonda y metió el brazo en la caja fuerte.

—Quédate como estás, Costello —dijo Mallory.

Cruzó la habitación con aire perezoso y pasó la mano izquierda por debajo del brazo de Costello, metiéndola en la caja. La sacó empuñando una pequeña automática con cachas de nácar. Hizo un sonido silbante con los labios y se guardó la pistolita en el bolsillo.

—No aprenderás nunca, ¿eh, Costello? —dijo con voz cansada.

Costello se encogió de hombros y volvió a cruzar la habitación. Mallory metió las manos en la caja fuerte y volcó su contenido en el suelo. Se dejó caer sobre una rodilla. Había unos cuantos sobres blancos alargados, un montón de recortes sujetos con una pinza para papeles, un talonario de cheques grueso y estrecho, un pequeño álbum de fotografías, una agenda de direcciones, algunos papeles sueltos y varias cartas bancarias amarillas con cheques dentro. Mallory abrió uno de los sobres alargados descuidadamente, sin mucho interés.

Las cortinas de la puerta del fondo se movieron de nuevo. Costello se puso rígido delante de la repisa. Una pistola salió de entre las cortinas, en una mano pequeña y muy firme. Un cuerpo delgado siguió a la mano y una cara blanca con ojos llameantes: Erno.

Mallory se puso en pie, con las manos a la altura del pecho, vacías.

—Más arriba, nene —graznó Erno—. ¡Mucho más arriba, nene!

Mallory levantó las manos un poco más. Tenía la frente arrugada con fuerza. Erno entró en la habitación, con la cara reluciente. Un mechón de pelo negro y engominado le caía sobre una ceja. Enseñaba los dientes en una sonrisa rígida.

—Creo que te vamos a dar lo tuyo aquí mismo, traidor —dijo.

Su voz tenía una inflexión interrogante, como si esperara la confirmación de Costello.

Este no dijo nada.

Mallory movió un poco la cabeza. Sentía la boca muy seca. Miró los ojos de Erno y los vio tensos. Habló bastante deprisa.

—Te han traicionado, tío feo, pero no he sido yo.

La sonrisa de Erno se ensanchó para gruñir. Echó la cabeza atrás. El dedo del gatillo se puso blanco en la primera articulación. Entonces se oyó un ruido al otro lado de la puerta de entrada, y esta se abrió.

Entró Landrey. Cerró la puerta con un empujón del hombro y se apoyó en ella con gesto teatral. Llevaba las dos manos metidas en los bolsillos laterales de su abrigo fino y oscuro. Los ojos, bajo el sombrero flexible negro, brillaban de manera diabólica. Parecía satisfecho. Movió la barbilla sobre la bufanda de seda blanca que llevaba enroscada descuidadamente alrededor del cuello. Su rostro pálido y atractivo parecía tallado en marfil viejo.

Erno movió un poco su pistola y esperó. Landrey habló en tono animado.

—Te apuesto mil pavos a que tú tocas primero el suelo.

Los labios de Erno se torcieron bajo su reluciente bigotito. Dos pistolas dispararon al mismo tiempo. Landrey se balanceó como un árbol movido por una ráfaga de viento; el fuerte rugido de su 45 sonó de nuevo, un poco amortiguado por la tela y la proximidad de su cuerpo.

Mallory se metió detrás del sofá, rodó por el suelo y se levantó con la Luger extendida delante de él. Pero la cara de Erno ya se había quedado inexpresiva.

Cayó despacio; su ligero cuerpo parecía arrastrado por el peso de la pistola que tenía en la mano derecha. Se dobló por las rodillas al caer y se deslizó hacia delante contra el suelo. La espalda se le arqueó una vez y después quedó floja.

Landrey sacó la mano izquierda del bolsillo del abrigo y extendió los dedos delante de él como si estuviera empujando algo.

Poco a poco y con dificultad, sacó la gran automática del otro bolsillo y la levantó centímetro a centímetro, mientras giraba sobre los talones. Torció el cuerpo hacia la figura rígida de Costello y apretó una vez más el gatillo. Saltó yeso de la pared junto al hombro de Costello.

Landrey sonrió vagamente y dijo «¡Maldita sea!» en voz baja. Después, los ojos se le pusieron en blanco y la pistola cayó de sus dedos inertes y rebotó en la moqueta. Landrey fue cayendo articulación por articulación, con suavidad y elegancia, quedó de rodillas, osciló un momento antes de derrumbarse de lado y se desparramó en el suelo casi sin ningún sonido. Mallory miró a Costello y dijo con voz tensa y airada:

—¡Chico, vaya suerte que tienes!

El timbre zumbaba con insistencia. Tres lucecitas rojas se encendieron en el tablero de la centralita telefónica. El hombrecillo marchito de pelo blanco cerró la boca con un chasquido y se esforzó por incorporarse medio dormido.

Mallory pasó a toda prisa por delante de él, con la cabeza vuelta hacia el otro lado, atravesó el vestíbulo a gran velocidad y salió por el portal del edificio de apartamentos, bajó los tres escalones con revestimiento de mármol, cruzó la acera y la calle. El conductor del coche de Landrey ya había arrancado el motor. Mallory se deslizó a su lado, jadeando, y cerró de golpe la puerta del coche.

—¡Vámonos zumbando! —dijo con voz ronca—. Y no te metas por el bulevar. La poli llegará en cinco minutos.

El chófer lo miró y preguntó:

—¿Dónde está Landrey? He oído tiros.

Mallory levantó la Luger y dijo, muy rápido y frío:

—¡Arranca, chaval!

El motor se puso en marcha, el Cadillac saltó hacia delante, el conductor dobló una esquina temerariamente, mirando la pistola con el rabillo del ojo.

—Landrey ha tragado plomo. La ha palmado —dijo Mallory, levantando más la Luger y metiendo el cañón bajo la nariz del conductor—. Pero no ha sido mi pistola. Huélela, amigo. ¡No se ha disparado!

El conductor dijo «¡La leche!» con la voz quebrada y le dio un bandazo salvaje al coche, salvando la acera por unos centímetros.

Estaba empezando a hacerse de día.

7

—Publicidad, cariño —dijo Rhonda Farr—. Simple publicidad. Cualquier tipo de publicidad es mejor que ninguna. No estoy muy segura de que me vayan a renovar el contrato y lo más probable es que la necesite.

Estaba sentada en una butaca muy mullida, en una habitación grande y larga. Miraba a Mallory con ojos azul-violeta perezosos e indiferentes, y alargó la mano hacia un vaso largo y empañado. Bebió un trago.

La habitación era enorme. El suelo estaba forrado de alfombras chinas de colores suaves. Había mucha madera de teca y mucha laca roja. Marcos dorados brillaban en lo alto de las paredes, y el techo parecía lejano y difuso, como el atardecer de un día caluroso. Una enorme radio de madera tallada emitía melodías apagadas e irreales.

Mallory arrugó la nariz y parecía que se estaba divirtiendo, de una manera siniestra.

—Es usted una rata asquerosa —dijo—. No me gusta.

—Oh, sí —dijo Rhonda Farr—. Sí que te gusto, cariño. Estás loco por mí.

Sonrió y encajó un cigarrillo en una boquilla de jade verde que hacía juego con su pijama de vestir verde jade. Después estiró su bien formada mano y apretó el botón de un timbre instalado en el tablero de una mesita baja de madera de teca y nácar que tenía a su lado. Un callado mayordomo japonés con chaqueta blanca entró flotando en la habitación y preparó más cócteles.

—Eres un chico muy listo, ¿verdad, cariño? —dijo Rhonda Farr cuando el japonés hubo salido—. Y tienes en el bolsillo unas cartas que crees que son cuerpo y alma para mí. Pues nada de eso amigo, nada de eso. —Tomó un sorbo del nuevo cóctel—. Las cartas que tienes son falsas. Se escribieron hace un mes. Landrey nunca las recibió. Él me devolvió sus cartas hace mucho tiempo… Lo que tienes no es más que atrezo.

Se llevó una mano al maravillosamente ondulado cabello. La experiencia de la noche anterior no parecía haber dejado ninguna huella en ella.

Mallory la miró con atención.

—¿Cómo va a demostrar eso? —dijo.

—Por el papel de las cartas… si es que tengo que demostrarlo. Hay un hombrecillo en la esquina de la Cuarta con Spring que hace estudios de esa clase de cosas.

—¿Y la letra? —dijo Mallory.

Rhonda Farr sonrió levemente.

—La letra es fácil de imitar, si tienes mucho tiempo. Por lo menos, eso me han dicho. De todas maneras, esa es mi versión.

Mallory asintió y bebió un sorbo de su cóctel. Metió la mano en el bolsillo interior del pecho y sacó un sobre de papel manila, de tamaño normal. Lo colocó sobre la rodilla.

—Cuatro hombres murieron anoche a causa de estas cartas falsas —dijo como sin darle importancia.

Rhonda Farr lo miró con dulzura.

—Dos maleantes, un policía corrupto, eso hacen tres. ¿Voy a perder el sueño por esa basura? Como es natural, lamento lo de Landrey.

—Es muy amable por su parte lamentar lo de Landrey —dijo Mallory de manera educada.

Ella dijo apaciblemente:

—Landrey, como ya te conté, era un muchacho muy agradable hace unos años, cuando intentaba introducirse en el cine. Pero eligió otro oficio, y en ese oficio tarde o temprano iba a detener una bala.

Mallory se frotó la barbilla.

—Es curioso que él no recordara que le había devuelto sus cartas. Muy curioso.

—A él no le importaba, cariño. Era de esa clase de actores, y le gustaba el espectáculo. Le daba una oportunidad de poner una buena pose. Eso le gustaba una barbaridad.

Mallory dejó que la cara se le endureciera y expresara asco.

—A mí el trabajo me pareció legítimo. No sabía mucho de Landrey, pero él conocía a un buen amigo mío de Chicago. Se le ocurrió una manera de llegar a los tipos que la estaban presionando y yo me fie de su corazonada. Ocurrieron cosas que lo hicieron más fácil… pero mucho más ruidoso.

Rhonda Farr dio golpecitos con sus brillantes uñitas en sus brillantes dientecitos.

—¿Qué eres en ese sitio donde vives, cariño? —dijo—. ¿Uno de esos maleantes a los que llaman detectives privados?

Mallory soltó una risa áspera, hizo un movimiento impreciso y se pasó los dedos por el pelo oscuro y encrespado.

—Déjalo ya, nena —dijo en voz baja—. Déjalo.

Rhonda Farr lo miró con sorpresa y después soltó una risa estridente.

—Molesta, ¿verdad? —pio. Después continuó con voz seca—: Atkinson me ha estado sangrando durante años, de una manera o de otra. Amañé las cartas y las dejé donde él pudiera encontrarlas. Desaparecieron. Pocos días después, un hombre con una de esas voces duras me llamó y empezó a meterme presión. Lo dejé rodar. Pensé que de algún modo comprometería a Atkinson y que nuestras dos reputaciones juntas servirían para un escándalo que a mí no me haría mucho daño. Pero la cosa se salió de madre y me asusté. Se me ocurrió pedirle a Landrey que me ayudara. Estaba segura de que le iba a gustar.

Mallory dijo bruscamente:

—Así es usted, una chica simple y directa, ¿verdad? ¡Y un cuerno!

—No sabes mucho de este negocio de Hollywood, ¿verdad, cariño? —dijo Rhonda Farr. Ladeó la cabeza y tarareó en voz baja. La melodía de una orquesta de baile flotó lentamente en el aire silencioso—. Es una melodía preciosa… copiada de una sonata de Weber… Aquí la publicidad tiene que hacer un poco de daño. De lo contrario, nadie se la cree.

Mallory se puso en pie y levantó de su rodilla el sobre de papel manila. Lo dejó caer en el regazo de ella.

—Le van a costar cinco de los grandes —dijo.

Rhonda Farr se echó hacia atrás y cruzó las piernas verde jade. Un zapatito verde cayó de su pie a la alfombra y el sobre manila cayó junto a él. Ella no se movió hacia ninguna de las dos cosas.

—¿Por qué? —preguntó.

—Soy un profesional, nena. Se me paga por mi trabajo. Landrey no me pagó. El precio era cinco mil. Era el precio para él y ahora es el precio para usted.

Ella lo miró casi con indiferencia con sus plácidos ojos azules como el aciano y dijo:

—No hay trato, chantajista. Ya te lo dije en el Bolívar. Tienes toda mi gratitud, pero me gasto mi dinero en mí.

—Esta podría ser una manera buenísima de gastar parte de él —dijo Mallory con aspereza.

Se inclinó, cogió el vaso de ella y bebió un poco. Cuando dejó el vaso, le dio unos golpecitos con las uñas de dos dedos. Una pequeña sonrisa apretada le arrugó las comisuras de la boca. Encendió un cigarrillo y tiró la cerilla en una maceta de jacintos. Habló despacio.

—Por supuesto, el chófer de Landrey ha hablado. Los amigos de Landrey quieren verme. Quieren saber por qué apiolaron a Landrey en Westwood. La poli dará conmigo en algún momento. Seguro que alguien les da un soplo. Anoche estuve presente en cuatro homicidios y, naturalmente, no voy a salir huyendo. Lo más probable es que tenga que contar toda la historia. Los polis te van a dar un montón de publicidad, nena. Los amigos de Landrey… esos no sé lo que harán. Pero yo diría que algo muy doloroso.

Rhonda Farr se puso en pie de un salto, buscando con los dedos del pie el zapatito verde. Tenía los ojos muy abiertos y sobresaltados.

—¿Me… delatarías? —jadeó.

Mallory se echó a reír. Sus ojos estaban brillantes y duros. Miró al suelo, a la mancha de luz de una de las lámparas de pie. Habló con voz de aburrimiento:

—¿Por qué demonios tendría que protegerla? No le debo nada. Y es demasiado rácana con su dinero para contratarme. No tengo antecedentes, pero ya sabe cuánto quieren los chicos de la ley a los tipos como yo. Y los amigos de Landrey solo van a ver una sucia trampa que le costó la vida a un buen muchacho. Por amor de Dios, ¿por qué iba a dar la cara por una intrigante como usted?

Mallory resopló con furia. En sus mejillas bronceadas aparecieron manchas rojas.

Rhonda Farr se quedó muy quieta y negó muy despacio con la cabeza.

—No hay trato, chantajista —dijo—. No hay trato.

Su voz sonaba débil y cansada, pero su mentón se alzaba fuerte y valeroso.

Mallory extendió una mano y recogió su sombrero.

—Es usted todo un hombre —dijo sonriendo—. ¡Dios! Debe de ser difícil llevarse bien con las chicas de Hollywood.

De pronto se inclinó hacia delante, puso la mano izquierda tras la cabeza de ella y la besó en la boca con fuerza. Después le pasó las puntas de los dedos por la mejilla.

—Eres una chica agradable… en algunos aspectos —dijo—. Y una mentirosa normalita. Solo normalita. Tú no falsificaste ninguna carta, nena. Atkinson no habría picado en una trampa así.

Rhonda Farr se agachó, recogió del suelo el sobre manila y volcó su contenido: un conjunto de cuartillas grises escritas con letra apretada, con barba en los bordes y finos monogramas dorados. Las miró con un temblor en las ventanas de la nariz.

—Te enviaré el dinero —dijo despacio.

Mallory puso la mano en la barbilla de la actriz y le empujó la cabeza hacia atrás. Habló en un tono bastante amable:

—Te estaba tomando el pelo, nena. Tengo esa mala costumbre. Pero hay dos cosas raras en estas cartas. No hay ningún sobre ni nada que indique a quién iban dirigidas. Nada en absoluto. Y la segunda es que Landrey las tenía en el bolsillo cuando lo mataron.

Asintió y dio media vuelta. Rhonda Farr dijo con voz cortante:

—¡Espera! —De pronto su voz sonaba aterrada.

—Ya lo has pillado, ahora que se ha terminado —dijo Mallory—. Toma un trago.

Dio unos pasos por la habitación y volvió la cabeza.

—Debo irme —dijo—. Tengo una cita con un elemento muy peligroso… Envíame flores. Flores silvestres, azules como tus ojos.

Salió bajo un arco. Una puerta se abrió y se cerró de golpe. Rhonda Farr se quedó sentada sin moverse durante mucho tiempo.

8

El humo de los cigarrillos hacía arabescos en el aire. Un grupo de personas vestidas de etiqueta tomaban cócteles de pie a un lado de la entrada encortinada que conducía a las salas de juego. Al otro lado de las cortinas, una intensa luz caía sobre el extremo de una mesa de ruleta.

Mallory apoyó los codos en la barra y el camarero abandonó a dos chicas en traje de fiesta y arrastró una bayeta blanca por la madera pulida en dirección a él.

—¿Qué va a ser, jefe? —dijo.

—Una cerveza pequeña —dijo Mallory.

El camarero se la sirvió, sonrió y volvió con las dos chicas. Mallory tomó un sorbo de cerveza, hizo una mueca y miró en el largo espejo que ocupaba toda la pared detrás de la barra y se inclinaba un poco hacia delante, de modo que se veía todo el suelo hasta la pared de enfrente. Una puerta se abrió en esta pared y un hombre con esmoquin salió de ella. Tenía el rostro moreno y arrugado, y el pelo del color de las virutas de acero. Captó la mirada de Mallory en el espejo y atravesó la sala asintiendo.

—Soy Mardonne —dijo—. Ha sido muy amable al venir.

Tenía una voz suave y ronca, la voz de un hombre gordo, pero no estaba gordo.

—No es una visita social —dijo Mallory.

—Subamos a mi despacho —dijo Mardonne.

Mallory bebió un poco más de cerveza, hizo otra mueca y empujó el vaso sobre la barra, alejándolo de él. Salieron por la puerta y subieron por una escalera alfombrada que a mitad de camino se encontraba con otra escalera. De una puerta abierta en el descansillo salía luz. Entraron donde la luz.

La habitación había sido una alcoba, y no se habían tomado muchas molestias en transformarla en un despacho. Tenía paredes grises y dos o tres grabados en marcos estrechos. Había un gran archivador, una buena caja fuerte, butacas. Sobre un escritorio de nogal había una lámpara con pantalla de pergamino. Un joven muy rubio estaba sentado en una esquina del escritorio, balanceando una pierna cruzada sobre la otra. Llevaba un sombrero flexible con una cinta de colores.

—Muy bien, Henry —dijo Mardonne—. Voy a estar ocupado.

El rubio se bajó del escritorio, bostezó, se llevó la mano a la boca con un afectado giro de muñeca. En uno de sus dedos había un diamante grande. Miró a Mallory, sonrió y salió despacio de la habitación, cerrando la puerta.

Mardonne se sentó en un sillón giratorio de cuero azul. Encendió un cigarro delgado y empujó un humidificador por la superficie veteada del escritorio. Mallory ocupó una butaca al extremo del escritorio, entre la puerta y un par de ventanas abiertas. Había otra puerta, pero la caja fuerte estaba delante de ella. Encendió un cigarrillo y dijo:

—Landrey me debía dinero. Cinco de los grandes. ¿Hay alguien aquí interesado en pagármelos?

Mardonne puso sus manos morenas en los brazos de su sillón y se balanceó de delante hacia atrás.

—No hemos venido a eso —dijo.

—De acuerdo —respondió Mallory—. ¿A qué hemos venido?

Mardonne entrecerró sus ojos mates. Su voz era plana y sin entonación.

—A saber cómo mataron a Landrey.

Mallory se metió el cigarrillo en la boca y cruzó las manos por detrás de la cabeza. Expulsó humo y habló a través de él, dirigiéndose a la pared por encima de la cabeza de Mardonne.

—Traicionó a todo el mundo y después se traicionó a sí mismo. Interpretaba demasiados papeles y confundió los diálogos. Y le gustaba pegar tiros. Cuando tenía una pipa en la mano, tenía que dispararle a alguien. Alguien le devolvió los tiros.

Mardonne siguió balanceándose.

—Tal vez podría usted ser un poco más claro.

—Claro… Podría contarle una historia… sobre una chica que una vez escribió unas cartas. Creía que estaba enamorada. Eran unas cartas atrevidas, la clase de cartas que escribiría una chica que tenía más agallas de las convenientes. Pasó el tiempo y de algún modo las cartas llegaron al mercado del chantaje. Unos fulanos empezaron a presionar a la chica. No a lo bestia, nada que pudiera preocuparla, pero parece que a ella le gustaba hacer las cosas a la manera difícil. A Landrey se le ocurrió ayudarla. Tenía un plan, y para el plan necesitaba a un hombre que pudiera llevar un traje, sacar una cucharilla de una taza de café y que no fuera conocido en esta ciudad. Me encontró a mí. Tengo una pequeña agencia en Chicago.

Mardonne se volvió hacia las ventanas abiertas y miró las copas de unos árboles.

—Conque detective privado, ¿eh? —gruñó impasible—. De Chicago.

Mallory asintió, le dirigió una breve mirada y volvió a mirar el mismo punto de la pared.

—Y se supone que soy un tío legal, Mardonne. Nadie lo diría, a juzgar por algunas de las compañías que he tenido últimamente.

Mardonne hizo un rápido gesto de impaciencia y no dijo nada.

Mallory continuó:

—Pues bien, decidí echarle un vistazo al asunto, y ese fue mi primer y peor error. Estaba progresando un poco cuando la extorsión se convirtió en un secuestro. Mal asunto. Me puse en contacto con Landrey y él decidió venir conmigo. Encontramos a la chica sin muchas dificultades. La llevamos a su casa. Todavía teníamos que encontrar las cartas. Cuando yo estaba intentando sacárselas al tipo que yo creía que las tenía, uno de los malos entró por detrás y quiso jugar con su pistola. Landrey hizo una entrada triunfal, adoptó una buena pose y se enfrentó a tiros con el bandido. Encajó algo de plomo. Fue bonito, si te gusta esa clase de cosas, pero a mí me dejó en muy mala situación. Así que tal vez sea un poco subjetivo, pero tuve que escabullirme y ordenar mis ideas.

Los ojos castaños y mates de Mardonne mostraron una efímera chispa de emoción.

—La versión de la chica también podría ser interesante —dijo en tono frío.

Mallory exhaló una pálida nube de humo.

—La drogaron y no sabe nada. Y aunque lo supiera, no hablaría. Y no sé su nombre.

—Yo sí —dijo Mardonne—. El chófer de Landrey también ha hablado conmigo. Así que no tendré que molestarle por esa parte.

Mallory siguió hablando apaciblemente:

—Esa es la historia contada desde fuera, sin comentarios. Los comentarios la hacen más divertida… y mucho más sucia. La chica no le pidió ayuda a Landrey, pero este estaba enterado del chantaje. Él había tenido las cartas, porque se las escribieron a él. Su plan para seguirles la pista era que yo le entrara a la chica, le hiciera creer que yo tenía las cartas y la convenciera de citarse conmigo en un club nocturno donde pudiera observarnos la gente que la estaba extorsionando. Ella vendría, porque tenía esa clase de agallas. Y la verían, porque tenía que haber un infiltrado: la doncella, el chófer o algún otro. Los muchachos querrían saber quién era yo. Vendrían a por mí y, si no me quitaban de en medio de un golpe, podría enterarme de quién era quién en el enjuague. Un bonito plan, ¿no le parece?

—Un poco flojo en algunas partes —dijo Mardonne fríamente—. Siga hablando.

—Cuando el señuelo funcionó, supe que me había metido en una trampa. Seguí con ello, porque para entonces no me quedaba otra. Poco después hubo otra jugada sucia, esta vez no ensayada. A un poli grandote que estaba cobrando sobornos de la banda le entró miedo de repente y lo echó todo a perder para los muchachos. No le importaba un poco de extorsión, pero lo del secuestro le pareció pasarse de la raya. La traición me facilitó las cosas, y no perjudicó nada a Landrey, porque el pies planos no estaba enterado de todo. Tampoco lo estaba el matón que se cargó a Landrey, creo yo. Este estaba solo resentido, porque pensaba que le iban a birlar su parte.

Mardonne deslizaba sus manos morenas por los brazos del sillón, arriba y abajo, como un agente de ventas que se pone nervioso durante una conversación de negocios.

—¿Se suponía que usted iba a averiguar las cosas como lo ha hecho? —preguntó con una mueca burlona.

—Usé la cabeza, Mardonne. No lo bastante pronto, pero la usé. Puede que no me contrataran para pensar, pero eso tampoco me lo explicaron. Si me enteraba de algo, mala suerte para Landrey, que tendría que encontrar una salida. Si no me enteraba, yo era lo más parecido a un desconocido honrado que podía permitirse tener a su lado.

—Landrey tenía mucha pasta —dijo Mardonne con suavidad—. Y tenía algo de cerebro. No mucho, pero sí un poco. No se dejaría enredar en una jugada barata como esa.

Mallory se echó a reír con una risa áspera.

—No era tan barato para él, Mardonne. Quería a la chica. Ella le había dejado y había ascendido, fuera de su clase. Él no podía subir hasta ella, pero podía tirar de ella hacia abajo. Las cartas no eran suficiente para arrastrarla. Pero añadamos un secuestro y un falso rescate por un antiguo novio convertido en delincuente y tenemos una historia que ninguna revistucha se abstendría de publicar. Si se difundía, ella se quedaría sin trabajo de golpe y porrazo. Y adivine cuál sería el precio por no difundirla, Mardonne.

—Ajá —dijo este, y siguió mirando por la ventana.

—Pero ahora todo eso son cuentas pasadas —siguió Mallory—. A mí me contrataron para encontrar unas cartas, y las encontré… sacándolas del bolsillo de Landrey cuando lo liquidaron. Me gustaría que se me pagara por mi tiempo.

Mardonne giró en su sillón y puso las manos sobre el tablero del escritorio.

—Pásemelas —dijo— y veré lo que valen para mí.

Los ojos de Mallory se volvieron mordaces y amargos.

—El problema con ustedes los malos es que no son capaces de imaginar que alguien pueda ser honrado. Las cartas están fuera de la circulación. Han dado muchas vueltas y están gastadas.

—Es una idea muy bonita —dijo Mardonne en tono burlón—. Para otro que no sea yo. Landrey era mi socio y yo le apreciaba mucho… Así que usted regala las cartas y yo le pago por dejar que liquiden a Landrey. Debería escribir eso en mi diario. Me da la impresión de que ya le ha pagado mucho… la señorita Rhonda Farr.

—Ya me figuraba que usted lo vería así —dijo Mallory, sarcástico—. A lo mejor le gustaría más la historia de esta manera… La chica se harta de tener a Landrey detrás de ella. Falsifica unas cartas y las deja donde su avispado abogado pueda encontrarlas, y él se las pasa a un hombre que dirige una brigada de intimidación que el abogado utiliza de vez en cuando en su negocio. La chica escribe a Landrey pidiéndole ayuda y él me llama a mí. La chica viene a mí con una oferta mejor. Me contrata para que ponga a Landrey en la línea de tiro. Yo le sigo el juego a Landrey hasta que lo pongo delante de la pistola de un matón que estaba fingiendo que iba a por mí. El matón le da lo suyo, y yo me cargo al matón con la pistola de Landrey, para que todo quede bonito. Después me tomo una copa y me voy a casa a dormir un poco.

Mardonne se inclinó y apretó un timbre que había a un lado de la mesa.

—Esta me gusta mucho más —dijo—. Me pregunto si podría hacer que colara.

—Podría intentarlo —dijo Mallory perezosamente—. No creo que fuera la primera moneda de plomo que intenta pasar.

9

Se abrió la puerta de la habitación y el chico rubio entró paseando. Tenía los labios extendidos en una sonrisa satisfecha, y le asomaba la lengua. Llevaba una automática en la mano.

—Ya no estoy ocupado, Henry —dijo Mardonne.

El rubito cerró la puerta. Mallory se puso en pie y retrocedió despacio hacia la pared.

—Ahora viene lo divertido, ¿eh? —dijo en tono sombrío.

Mardonne levantó unos dedos morenos y se pellizcó la parte blanda de la barbilla. Habló concisamente:

—Aquí no va a haber tiros. A esta casa viene gente muy fina. Puede que no le tendiera una trampa a Landrey, pero no le quiero por aquí. Se está cruzando en mi camino.

Mallory siguió retrocediendo hasta tener los hombros contra la pared. El chico rubio frunció el ceño y dio un paso hacia él.

—Quédate donde estás, Henry —dijo Mallory—. Necesito espacio para pensar. Podrías meterme una bala, pero no podrías impedir que mi pistola hablara un poco. El ruido no me importa lo más mínimo.

Mardonne se inclinó sobre su escritorio, mirando de lado. El rubio se detuvo. La lengua seguía asomando entre los labios. Mardonne habló:

—Aquí en el escritorio tengo unos cuantos billetes de cien. Le voy a dar a Henry diez de ellos. Va a ir con usted a su hotel. Incluso le va a ayudar a hacer el equipaje. Cuando esté usted en el tren del Este, le dará la pasta. Si vuelve aquí después de eso, habrá un nuevo trato… y usted saldrá perdiendo.

Bajó despacio la mano y abrió el cajón del escritorio.

Mallory no le quitaba ojo al rubio.

—Henry podría hacer un cambio en el plan —dijo en tono agradable—. Henry me parece un poco inestable.

Mardonne se puso en pie y sacó la mano del cajón. Dejó caer un fajo de billetes sobre el escritorio y dijo:

—No creo. Normalmente, Henry hace lo que se le dice.

Mallory sonrió con los labios apretados.

—A lo mejor es eso lo que me da miedo —dijo. Su sonrisa se hizo aun más apretada y torcida. Le brillaban los dientes entre los pálidos labios—. Ha dicho que apreciaba mucho a Landrey, Mardonne. Eso es un cuento. Landrey ya no le importa un pimiento, ahora que está muerto. Seguro que ya se ha quedado con su mitad del negocio y aquí no hay nadie que haga preguntas. Así funcionan estos negocietes. Quiere que me marche porque piensa que todavía puede vender sus trapos sucios, en el sitio adecuado, por más de lo que ingresa este garito de segunda en un año. Pero no puede venderlos, Mardonne. El mercado está cerrado. Nadie va a pagarle cinco centavos agujereados por publicarlo o no publicarlo.

Mardonne carraspeó suavemente. Seguía en la misma postura, de pie y un poco inclinado sobre el escritorio, con las dos manos en el tablero y el fajo de billetes entre las manos. Se lamió los labios y dijo:

—Muy bien, genio. ¿Por qué no?

Mallory hizo un gesto rápido pero expresivo con el pulgar derecho.

—Yo soy el primo en este juego. Usted es el tío listo. Le he contado la verdad a la primera, y me da la corazonada de que Landrey no estaba solo en aquel bonito apaño. Usted estaba metido hasta el cuello… Pero metió la pata dejando que Landrey anduviera por ahí cargando con esas cartas. Ahora la chica puede hablar. No mucho, pero sí lo suficiente para obtener apoyo de una organización que no va a dejar que se arruine una reputación de un millón de dólares solo porque un jugador de tres al cuarto quiere pasarse de listo… Si su dinero le dice otra cosa, va a recibir tal sacudida que tendrá que sacarse los colmillos de los calcetines. Va a ver la mejor operación de encubrimiento que Hollywood ha amañado hasta ahora.

Hizo una pausa y le dirigió una rápida mirada al chico rubio.

—Y otra cosa, Mardonne. Cuando planee un tiroteo, búsquese un pistolero que conozca su oficio. Este galante caballerete ha olvidado correr el seguro.

Mardonne se quedó congelado. La mirada del chico rubio bajó vacilante a su pistola durante una fracción de segundo. Mallory saltó a toda velocidad a lo largo de la pared y la Luger apareció en su mano. La cara del rubio se tensó, su pistola disparó. A continuación disparó la Luger, y una bala se clavó en la pared junto al bonito sombrero de fieltro del rubio. Henry se agachó con elegancia y escupió plomo de nuevo. El balazo empujó a Mallory contra la pared. Su brazo izquierdo cayó muerto.

Sus labios se retorcieron de rabia. Se estabilizó. La Luger habló dos veces, muy seguidas.

El brazo derecho del rubio dio una sacudida hacia arriba y la pistola salió volando contra lo alto de la pared. Sus ojos se ensancharon, la boca se le abrió en un grito de dolor. Después se volvió, abrió la puerta con el cuerpo torcido y cayó en el descansillo con un fuerte golpe.

Un chorro de luz de la habitación salió tras él. Alguien gritó en alguna parte. Sonó un portazo. Mallory miró a Mardonne y habló en tono firme.

—¡Me ha dado en el brazo! ¡Habría matado a ese cabrón cuatro veces!

La mano de Mardonne se alzó del escritorio con un revólver azulado. Una bala se estrelló en el suelo a los pies de Mallory. Mardonne se tambaleó como un borracho y tiró el revólver como si estuviera al rojo vivo. Sus manos intentaron agarrar el aire. Parecía muerto de miedo.

—¡Ponte delante de mí, pez gordo! —dijo Mallory—. Voy a salir de aquí.

Mardonne salió de detrás del escritorio. Se movía a sacudidas, como una marioneta. Tenía los ojos tan muertos como un par de ostras pasadas. Le corría un reguero de saliva barbilla abajo.

Algo apareció en el umbral de la puerta. Mallory saltó hacia un lado, disparando como un loco hacia la puerta. Pero el sonido de la Luger quedó superado por el tremendo estampido de una escopeta. Un fuego abrasador traspasó el costado derecho de Mallory. Mardonne recibió el resto de la descarga.

Cayó de cara, muerto antes de llegar al suelo.

Una escopeta recortada cayó por la puerta abierta. Un hombre barrigudo en mangas de camisa se derrumbó lentamente en el marco de la puerta, agarrándose a ella y girando al caer. Un sollozo ahogado salió de su boca y una mancha de sangre se fue extendiendo por la pechera plisada de su camisa.

En el piso de abajo estalló un súbito alboroto. Gritos, carreras, una risa chillona y desafinada, un sonido agudo que podría haber sido un chillido. Motores arrancando, neumáticos chirriando en el sendero de entrada. Los clientes estaban huyendo. En alguna parte se rompió un panel de cristal. Había un vago rumor de pies que corrían por la acera.

En la franja iluminada del descansillo no se movía nada. El chico rubio gimió en voz baja, tendido en el suelo detrás del muerto del umbral.

Mallory caminó casi a rastras por la habitación y se dejó caer en la butaca que había al extremo del escritorio. Se limpió el sudor de los ojos con el canto de la mano que empuñaba el arma. Apoyó las costillas en el escritorio, jadeando y vigilando la puerta.

Le palpitaba el brazo izquierdo y la sensación en la pierna derecha parecía las plagas de Egipto. Por dentro de la manga le corría sangre que llegaba a la mano y goteaba por las puntas de dos dedos.

Al cabo de un rato apartó la mirada de la puerta y miró el fajo de billetes depositado en el escritorio, bajo la lámpara. Extendió un brazo y lo empujó hacia el cajón abierto con el cañón de la Luger. Con los dientes apretados por el dolor se inclinó lo suficiente para cerrar el cajón. Después abrió y cerró los ojos varias veces, muy deprisa, y por fin los abrió mucho de golpe. Aquello le despejó un poco la cabeza. Tiró del teléfono hacia él.

Ahora había silencio en la planta baja. Mallory dejó la Luger, levantó el teléfono de su soporte y lo colocó junto a ella.

Habló en voz alta.

—Lástima, nena… Puede que me haya equivocado, después de todo… Es posible que el muy piojoso no tuviera agallas para hacerte daño… Bueno… Vamos a tener que hablar.

Cuando empezaba a marcar, el sonido de una sirena se fue haciendo más fuerte.

10

El policía de uniforme que estaba detrás de la mesa de la máquina de escribir habló por un dictáfono y después miró a Mallory y agitó un pulgar hacia una puerta con panel de cristal y un rótulo que decía «CAPITÁN DE INSPECTORES. PRIVADO».

Mallory se incorporó con rigidez de una silla dura y cruzó la salita, se apoyó en la pared para abrir la puerta con panel de cristal y entró por ella.

La habitación en la que entró tenía pavimento de linóleo sucio y estaba amueblada con esa peculiar y espantosa sordidez que solo los locales municipales pueden conseguir. Cathcart, el capitán de inspectores, estaba sentado en el centro, solo, entre un escritorio de tapa corredera lleno de cosas que tendría por lo menos veinte años y una mesa plana de roble, lo bastante grande para jugar al ping-pong en ella.

Cathcart era un irlandés grandote y desastrado, con cara sudorosa y una sonrisa de labios flojos. Su bigote blanco estaba manchado de nicotina en el centro. Tenía un montón de verrugas en las manos.

Mallory se acercó despacio a él, apoyándose en un grueso bastón con contera de goma. Sentía la pierna derecha hinchada y caliente. El brazo izquierdo lo llevaba en un cabestrillo de seda negra. Estaba recién afeitado. Tenía la cara pálida y los ojos negros como pizarra.

Se sentó ante la mesa del capitán de inspectores, colocó su bastón sobre la mesa, sacó un cigarrillo y lo encendió. Después preguntó con naturalidad:

—¿Cuál es el veredicto, jefe?

Cathcart sonrió.

—¿Cómo te sientes, muchacho? Pareces un poco hecho polvo.

—No estoy mal. Un poco agarrotado.

Cathcart asintió, carraspeó y revolvió innecesariamente unos cuantos papeles que tenía delante.

—Estás libre sin cargos —dijo—. Es una barbaridad, pero estás libre. Chicago nos envía un historial limpio, condenadamente limpio. Tu Luger se cargó a Mike Corliss, un tío con dos condenas. Me la voy a guardar como recuerdo, ¿vale?

Mallory asintió.

—De acuerdo. Me compraré una del 25 con balas de cobre. Una pistola de tirador. No impresiona tanto, pero va mejor con la ropa de etiqueta.

Cathcart lo miró con atención unos momentos y continuó:

—Las huellas de Mike están en la escopeta. La escopeta se cargó a Mardonne. Nadie ha llorado mucho por eso. El chico rubio no está grave. La automática que encontramos en el suelo tenía sus huellas, y eso lo mantendrá enjaulado durante algún tiempo.

Mallory se frotó la barbilla con aire cansado.

—¿Y qué hay de los otros?

El capitán alzó unas cejas enmarañadas y sus ojos adoptaron una expresión ausente.

—No sé de nada que te implique en eso —dijo—. ¿Y tú?

—Nada de nada —dijo Mallory como disculpándose—. Era solo por preguntar.

—Pues no te preguntes nada —dijo el capitán en tono firme—. Y no hagas conjeturas si alguien te pregunta. Ese asunto de Baldwin Hills, por ejemplo. Tal como nosotros lo vemos, a Macdonald lo mataron en acto de servicio y se llevó con él a un traficante de drogas llamado Slippy Morgan. Tenemos una orden de busca y captura contra la mujer de Slippy, pero no creo que la detengamos. Mac no estaba en narcóticos, pero era su noche libre y era de esos tipos que se dedican a investigar en sus noches libres. A Mac le encantaba su trabajo.

Mallory sonrió débilmente y dijo en tono cortés:

—¿Ah, sí?

—Sí —dijo el capitán—. En el otro asunto parece que ese Landrey, un conocido jugador… que por cierto era socio de Mardonne, qué curiosa coincidencia… fue a Westwood a cobrarle un dinero a un tal Costello, un corredor de apuestas en las carreras del Este. Le acompañaba Jim Ralston, uno de nuestros muchachos. No debería haber ido, pero conocía mucho a Landrey. Hubo algún problema con el dinero. A Jim le pegaron con una cachiporra, y Landrey y un choricillo se liquidaron el uno al otro. Había otro tipo allí, del que no sabemos nada. Tenemos a Costello, pero se niega a hablar y no nos gusta pegar a un viejo. Le va a caer algo por lo de la cachiporra, pero supongo que sabrá defenderse.

Mallory se fue hundiendo en su silla hasta apoyar la nuca en el borde del respaldo. Exhaló humo directamente hacia el sucio techo.

—¿Y qué hay de lo de anteanoche? —preguntó—. ¿O fue entonces cuando la rueda de la ruleta falló y el cigarro explosivo abrió un agujero en el suelo del garaje?

El capitán de inspectores se frotó con fuerza las sudorosas mejillas y después sacó un pañuelo muy grande y se sonó la nariz.

—Ah, eso —dijo en tono negligente—. Eso no fue nada. El chico rubio… Henry Anson o algo parecido… dice que todo fue culpa suya. Era el guardaespaldas de Mardonne, pero eso no quería decir que pudiera liarse a tiros con quien le diera la gana. Eso le perjudica, pero vamos a ponerle las cosas fáciles por contar la verdad.

El capitán se interrumpió de pronto y miró con intensidad a Mallory, que estaba sonriendo.

—Claro que si no te gusta su versión… —añadió el capitán fríamente.

—Todavía no la he oído —dijo Mallory—. Seguro que me va a gustar mucho.

—De acuerdo —murmuró Cathcart, apaciguado—. Pues bien, el tal Anson dice que Mardonne le llamó cuando tú y su jefe estabais hablando. Tú estabas protestando de algo, puede que de una ruleta trucada en la planta baja. Había algo de dinero sobre el escritorio y a Anson se le ocurrió que podía ser una extorsión. Le pareciste bastante sospechoso y, como no sabía que eras detective, se puso un poco nervioso. Se le disparó la pistola. Tú no disparaste inmediatamente, pero el pobre infeliz siguió pegando tiros y te acertó. Entonces, qué demonios, tú le diste en el hombro, ¿quién no lo habría hecho? Aunque si hubiera sido yo, le habría sacado las tripas. Entonces entra el tío de la escopeta, se lía a tiros sin hacer preguntas, se carga a Mardonne y tú le metes un balazo. Al principio pensamos que el tío se podía haber cargado a Mardonne a propósito, pero el chico dice que no, que tropezó al entrar por la puerta… Demonios, no nos gusta que pegues tantos tiros, siendo forastero y todo eso, pero un hombre debería tener derecho a defenderse contra armas ilegales.

—¿Y el fiscal del distrito y el forense? —preguntó Mallory con suavidad—. ¿Qué pasa con ellos? Me gustaría volver tan limpio como llegué.

Cathcart frunció el ceño hacia el linóleo sucio y se mordió un pulgar como si le gustara hacerse daño.

—Al forense le importa un pepino toda esta basura. Y si el fiscal quiere ponerse quisquilloso, puedo recordarle unos cuantos casos que su oficina no dejó tan bien aclarados.

Mallory recogió su bastón de la mesa, empujó hacia atrás su silla, apoyó su peso en el bastón y se levantó.

—Tienen ustedes un departamento de policía estupendo —dijo—. No creo que tengan crímenes por aquí.

Echó a andar hacia la puerta de salida. El capitán le habló a la espalda:

—¿Vuelves a Chicago?

Mallory encogió con cuidado el hombro derecho, el bueno.

—Podría quedarme por aquí —dijo—. Uno de los estudios me ha hecho una oferta. Casos de extorsión personal. Chantajes y cosas parecidas.

El capitán sonrió con buen humor.

—Estupendo —dijo—. Eclipse Films es una compañía estupenda. Siempre me han parecido estupendos… Un trabajo bonito y fácil, eso del chantaje. No tienes por qué meterte en líos peligrosos.

Mallory asintió solemnemente.

—Un trabajo ligerito, jefe. Casi afeminado, si entiende lo que quiero decir.

Salió, recorrió el pasillo hasta el ascensor, bajó a la calle. Se metió en un taxi. De vuelta a su hotel se sentía desfallecido y mareado.

Pasarse de listo

Pasarse de listo

1

El portero del Kilmarnock medía un metro ochenta y cinco. Vestía un uniforme azul claro, y unos guantes blancos que hacían que sus manos parecieran enormes. Abrió la puerta del taxi amarillo con la misma suavidad con que una anciana solterona acaricia un gato.

Johnny Dalmas salió y se volvió hacia el taxista pelirrojo, diciendo:

—Será mejor que me esperes a la vuelta de la esquina, Joey.

Este asintió, empujó un palillo de dientes un poco más adentro en la comisura de la boca y maniobró expertamente el taxi, alejándolo de la zona de carga y descarga marcada en blanco. Dalmas cruzó la soleada acera y entró en el enorme y fresco vestíbulo del Kilmarnock. Las alfombras eran gruesas y silenciosas. Los botones aguardaban con los brazos cruzados y los dos recepcionistas situados detrás del mostrador de mármol tenían un aire severo.

Dalmas se dirigió a los ascensores. Entró en uno con paredes de madera y dijo:

—Último piso, por favor.

La última planta tenía un vestíbulo pequeño y silencioso con tres puertas, una en cada pared. Dalmas se dirigió a una de ellas y tocó el timbre.

Derek Walden abrió la puerta. Tendría unos cuarenta y cinco años, puede que algo más, mucho pelo gris empolvado y una cara atractiva y disoluta que estaba empezando a tener bolsas. Vestía un batín con iniciales y sostenía una copa llena de whisky en la mano. Estaba un poco borracho.

Habló con voz pastosa y arrastrada:

—Ah, es usted. Pase, Dalmas.

Dio media vuelta y empezó a andar, dejando abierta la puerta. Dalmas la cerró y lo siguió hasta una habitación larga, de techo alto, con un balcón en un extremo y una serie de puertas de dos hojas en el lado izquierdo. Fuera había una terraza.

Derek Walden se sentó en una butaca parda y dorada pegada a la pared y estiró las piernas hasta un escabel. Agitó el whisky en su copa, mirándolo con atención.

—¿Qué se le ofrece? —preguntó.

Dalmas lo miró un poco ceñudo. Al cabo de un momento, respondió:

—He venido a decirle que renuncio.

Walden se bebió el whisky y dejó la copa en la esquina de una mesa. Tanteó en busca de un cigarrillo, se lo metió en la boca y se olvidó de encenderlo.

—¿Ah, sí? —Su voz era confusa pero indiferente.

Dalmas le dio la espalda y se acercó a una de las ventanas. Estaba abierta y fuera ondeaba un toldo. El ruido del tráfico en el bulevar casi no llegaba.

Habló por encima del hombro:

—La investigación no está llegando a ninguna parte… porque usted no quiere que llegue a ninguna parte. Usted sabe por qué le están haciendo chantaje, yo no. Eclipse Films está interesada porque tiene un montón de pasta invertida en películas suyas.

—Que se vaya a la mierda Eclipse Films —dijo Walden casi con tranquilidad.

Dalmas negó con la cabeza y se volvió.

—No desde mi punto de vista. Tienen mucho que perder si se mete usted en un lío que los sabuesos de la publicidad no puedan manejar. Usted me contrató porque se lo pidieron. Ha sido una pérdida de tiempo. No ha cooperado ni una pizca.

Walden habló en tono desagradable:

—Manejo esto a mi manera y no me estoy metiendo en ningún lío. Haré el trato por mi cuenta… cuando pueda comprar algo que se quede comprado. Y usted lo único que tiene que hacer es que la gente de Eclipse crea que la situación está controlada. ¿Está claro?

Dalmas fue hasta la mitad de la habitación. Permaneció de pie con una mano encima de una mesa, junto a un cenicero repleto de colillas que tenían marcas de pintalabios muy oscuras. Las miró con aire ausente.

—Eso no se me explicó, Walden —dijo con frialdad.

—Pensé que era usted lo bastante listo para figurárselo —se burló Walden. Se inclinó hacia un lado y vertió un poco más de whisky en su copa—. ¿Quiere un trago?

—No, gracias —dijo Dalmas.

Walden encontró el cigarrillo en su boca y lo tiró al suelo. Bebió.

—¡Qué demonios! —bufó—. Usted es un detective privado y se le paga para que haga unos cuantos movimientos que no significan nada. Es un trabajo limpio… teniendo en cuenta su oficio.

—Esa es otra gracia que habría preferido no oír —replicó Dalmas.

Walden hizo un movimiento brusco y airado. Sus ojos centellearon. Las comisuras de la boca se le estiraron hacia abajo y su rostro adoptó una expresión mustia. Eludió la mirada de Dalmas.

—No estoy contra usted —dijo Dalmas—, pero tampoco he estado nunca de su parte. No es la clase de hombre con quien me comprometería, nunca. Si hubiera cooperado conmigo, habría hecho lo que hubiera podido. Y todavía lo haré… pero no por usted. No quiero su dinero… y cuando le apetezca, puede quitarme de encima a esos tipos que me siguen.

Walden puso los pies en el suelo. Dejó la copa con mucho cuidado en la mesa que tenía al lado. Toda la expresión de su cara cambió.

—¿Que le siguen? No lo entiendo. —Tragó saliva—. No lo he hecho seguir.

Dalmas lo miró fijamente. Al cabo de un momento, asintió.

—Está bien. Volveré atrás para pillar al próximo y veré si consigo que me diga para quién trabaja… Lo averiguaré.

—Yo no haría eso si fuera usted —dijo Walden muy tranquilo—. Está… está usted jugando con gente que se puede poner muy desagradable. Sé de lo que hablo.

—No voy a dejar que eso me preocupe —dijo Dalmas con voz firme—. Si es la gente que está intentando sacarle dinero, ya hace mucho tiempo que se pusieron desagradables.

Sostuvo el sombrero delante de él y lo miró. La cara de Walden brillaba a causa del sudor. Sus ojos parecían mareados. Abrió la boca para decir algo.

Sonó el timbre de la puerta.

Walden hizo un gesto rápido de desagrado y soltó una palabrota. Se quedó mirando al otro extremo de la habitación, pero no se movió.

—Maldita sea, demasiada gente viene aquí sin anunciarse —gruñó—. Mi chico japonés tiene el día libre.

El timbre sonó de nuevo y Walden empezó a levantarse.

—Yo veré quién es —dijo Dalmas—. De todos modos, ya me iba.

Saludó a Walden con la cabeza, cruzó la habitación y abrió la puerta.

Entraron dos hombres armados. Una pistola se hundió con fuerza en las costillas de Dalmas, y el hombre que la empuñaba dijo en tono urgente:

—Atrás, y ligerito. Esto es uno de esos atracos sobre los que habrás leído.

Era moreno, atractivo y alegre. Tenía la cara tan nítida como un camafeo, casi sin ninguna dureza. Sonreía.

El que iba detrás de él era bajo y de pelo amarillento. Tenía el ceño fruncido.

El moreno dijo:

—Este es el sabueso de Walden, Noddy. Quédate con él y regístralo por si va armado.

Noddy, el hombre del pelo amarillento, apretó un revólver de cañón corto contra el estómago de Dalmas, mientras su compañero cerraba la puerta de una patada y caminaba descuidadamente por la habitación hacia Walden.

Noddy sacó un Colt del 38 de la axila de Dalmas, dio vueltas a su alrededor y le palpó los bolsillos. Guardó su arma y se pasó el Colt de Dalmas a su mano buena.

—Vale, Ricchio, este está limpio —dijo con voz gruñona.

Dalmas dejó caer los brazos, dio media vuelta y volvió a entrar en la habitación. Miró pensativo a Walden. Este estaba inclinado hacia delante con la boca abierta y una expresión de intensa concentración en el rostro. Dalmas miró al asaltante moreno y dijo en voz baja:

—¿Ricchio?

El moreno se volvió a mirarlo.

—Ponte ahí, junto a la mesa, encanto. Ya me encargo yo de hablar.

Walden hizo un sonido ronco con la garganta. Ricchio se plantó delante de él, mirándolo desde arriba con gesto amable, con la pistola colgando de un dedo por la guarda del gatillo.

—Eres demasiado lento en los pagos, Walden. ¡Jodidamente lento! Así que hemos venido a hablar contigo del tema. Hemos seguido a tu sabueso hasta aquí. ¿No te parece genial?

Dalmas habló muy serio, en voz baja:

—Si esta basura se llama Ricchio… entonces era su guardaespaldas, Walden.

Este asintió en silencio y se humedeció los labios. Ricchio le gruñó a Dalmas:

—Te lo repito; no te pases de listo, sabueso. —Lo miró con ojos llameantes y después volvió a dirigir la atención a Walden y consultó el reloj de pulsera—. Son las tres y ocho minutos, Walden. Seguro que un tipo de tu categoría todavía puede sacar pasta del banco. Te damos una hora para reunir diez de los grandes. Una hora exacta. Y nos llevamos a tu fisgón para arreglar lo de la entrega.

Walden asintió de nuevo, todavía en silencio. Puso las manos sobre las rodillas y las apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Ricchio siguió hablando:

—Nosotros jugamos limpio. Si no, nuestra empresa valdría menos que una cucaracha aplastada. Tú también vas a jugar limpio. Si no, tu sabueso se va a despertar en un montón de basura. Solo que no se va a despertar. ¿Lo pillas?

—Y si paga —dijo Dalmas en tono de desprecio—, supongo que me soltaréis para que os denuncie.

Con mucha suavidad, sin mirarlo, Ricchio replicó:

—También tengo una respuesta para eso… Diez grandes hoy, Walden. Los otros diez al principio de la semana. A menos que tengamos molestias… En ese caso, tendrás que pagarnos por las molestias.

Walden hizo un gesto indefinido, de derrota, con las dos manos extendidas.

—Creo que puedo arreglarlo —dijo a toda prisa.

—Estupendo. Pues vamos allá.

Ricchio asintió brevemente y guardó su pistola. Sacó del bolsillo un guante marrón de cabritilla, se lo puso en la mano derecha, dio unos pasos y recogió el Colt de Dalmas de la mano del hombre del pelo amarillento. Lo observó, lo metió en un bolsillo lateral y lo sostuvo allí con la mano enguantada.

—En marcha —dijo con un movimiento de cabeza.

Salieron. Derek Walden se quedó mirándolos con aire triste.

El ascensor estaba vacío, con excepción del ascensorista. Bajaron en el entresuelo y atravesaron un salón en silencio, pasando ante una vidriera con luces detrás para dar el efecto de luz solar. Ricchio caminaba medio paso detrás de Dalmas, a su izquierda. El hombre del pelo amarillento marchaba a su derecha, casi encima de él.

Bajaron unos escalones alfombrados hasta una galería de tiendas de lujo, la atravesaron y salieron del hotel por la entrada lateral. Al otro lado de la calle estaba aparcado un pequeño sedán marrón. El hombre del pelo amarillento se puso al volante, se metió el revólver debajo de una pierna y puso en marcha el motor. Ricchio y Dalmas se instalaron detrás. Ricchio habló arrastrando las palabras:

—Al este por el bulevar, Noddy. Tengo que pensar.

Noddy gruñó.

—No fastidies —refunfuñó por encima del hombro—. Llevar a un tío por Wilshire a plena luz del día.

—Tú conduce, payaso.

El hombre del pelo amarillento volvió a gruñir. Separó el pequeño sedán de la acera, pero tuvo que detenerse un momento después en el semáforo del bulevar. Un taxi sin pasajeros se despegó de la acera oeste, cambió de sentido en medio de la manzana y se colocó detrás. Ya en verde, Noddy torció a la derecha y siguió adelante. El taxi hizo lo mismo. Ricchio le echó una mirada sin interés. Había mucho tráfico en Wilshire.

Dalmas se recostó en la tapicería y dijo, pensativo:

—¿Por qué Walden no ha avisado por teléfono cuando estábamos bajando?

Ricchio le sonrió. Se quitó el sombrero y se lo puso sobre las rodillas. A continuación, sacó la mano derecha del bolsillo y la metió bajo el sombrero con el revólver empuñado.

—No quería que nos enfadáramos con él, sabueso.

—Y deja que un par de chorizos me lleven de paseo.

—No es esa clase de paseo —dijo Ricchio con frialdad—. Te necesitamos para nuestro negocio. Y no somos chorizos, ¿vale?

Dalmas se frotó la mandíbula con dos dedos. Sonrió brevemente y dijo:

—¿Seguimos derecho por Robertson?

—Sí. Todavía estoy pensando —contestó Ricchio.

—¡Qué cerebro! —se burló el hombre del pelo amarillento.

Ricchio sonrió con la boca apretada y mostró unos dientes blancos y uniformes. Media manzana más adelante, el semáforo cambió a rojo. Noddy maniobró y se puso en primera línea en el cruce. El taxi vacío se colocó a su izquierda. No exactamente al mismo nivel. El conductor tenía el pelo rojo. Llevaba la gorra inclinada y silbaba animadamente con un palillo en la boca.

Dalmas colocó los pies contra el asiento y apoyó su peso en ellos. Apretó la espalda con fuerza contra el respaldo. El semáforo se puso verde y el sedán arrancó, pero tuvo que detenerse un momento para dejar paso a un coche que se metió torciendo deprisa a la izquierda. El taxi avanzó y el conductor pelirrojo se inclinó sobre el volante y lo giró de golpe hacia la derecha. Se oyó un ruido rechinante, lacerante. El guardabarros remachado del taxi se había metido bajo el guardabarros del sedán marrón y se había quedado encajado sobre su rueda delantera izquierda. Los dos coches se detuvieron con una sacudida.

Detrás de los dos coches sonaron airados e impacientes bocinazos.

El puño derecho de Dalmas chocó contra la mandíbula de Ricchio. Su mano izquierda se cerró sobre el revólver. Se lo arrebató mientras Ricchio se desplomaba en un rincón. La cabeza de Ricchio se bamboleaba. Los ojos se le abrían y cerraban intermitentemente. Dalmas se apartó de él deslizándose sobre el asiento y se guardó el Colt bajo el brazo.

Noddy estaba sentado completamente inmóvil en el asiento delantero. Su mano derecha se movió despacio hacia el revólver que tenía bajo el muslo. Dalmas abrió la puerta del sedán y salió, cerró la puerta, dio dos pasos y abrió la puerta del taxi. Se quedó de pie al lado del taxi mirando al hombre del pelo amarillento.

Las bocinas de los coches parados trompetearon con furia. El conductor del taxi estaba fuera, tirando de los dos coches con un gran despliegue de energía y sin ningún resultado. El palillo de dientes oscilaba de arriba abajo en su boca. Un policía motorizado con gafas de color ámbar sorteó el tráfico, examinó la situación con aire cansado y le hizo un gesto con la cabeza al taxista.

—Entre en su coche y retroceda —le aconsejó—. Discútanlo en algún otro sitio. Necesitamos este cruce.

El taxista sonrió y rodeó corriendo la parte delantera del taxi. Se metió dentro, lo puso en marcha y lo hizo retroceder con muchos toques de bocina y aspavientos de brazos. El coche se desenganchó. El hombre del pelo amarillento miraba con cara de palo desde el sedán. Dalmas entró en el taxi y cerró la puerta de un tirón.

El policía sacó un silbato y dio dos fuertes pitidos. Extendió los brazos de este a oeste. El sedán marrón atravesó el cruce como un gato perseguido por un perro policía.

El taxi fue detrás de él. Media manzana más allá, Dalmas se inclinó hacia delante y dio unos golpecitos en la mampara de vidrio.

—Deja que se vayan, Joey. No puedes alcanzarlos y no los necesito… Has hecho un buen trabajo de rutina.

El pelirrojo acercó la barbilla a la abertura de la mampara.

—Ya lo creo, jefe —dijo sonriendo—. Póngame a prueba algún día en un asunto serio.

2

El teléfono sonó a las cinco menos veinte. Dalmas estaba tumbado de espaldas en la cama. Estaba en su habitación del Merrivale. Extendió la mano hacia el teléfono sin mirarlo.

—¿Diga? —preguntó.

La voz de mujer era agradable y un poco tensa.

—Soy Mianne Crayle. ¿Se acuerda?

Dalmas se sacó un cigarrillo de entre los labios.

—Sí, señorita Crayle.

—Escuche. Por favor, vaya a ver a Derek Walden. Está preocupadísimo por algo y se está matando a copas. Hay que hacer algo.

Dalmas miró más allá del teléfono, al techo. La mano que sostenía el cigarrillo tamborileó en un lado de la cama. Habló despacio:

—No responde al teléfono, señorita Crayle. He intentado llamarle una o dos veces.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Después, la voz dijo:

—He dejado mi llave debajo de la puerta. Será mejor que entre directamente.

Los ojos de Dalmas se estrecharon. Los dedos de su mano derecha quedaron inmóviles.

—Voy ahora mismo, señorita Crayle —dijo despacio—. ¿Dónde puedo encontrarla a usted?

—No estoy segura… Puede que en casa de John Sutro. Pensábamos ir allí.

—Muy bien —dijo Dalmas.

Esperó el clic y después colgó y dejó el teléfono en la mesilla de noche. Se incorporó hasta quedar sentado en un lado de la cama y miró un haz de luz en la pared durante uno o dos minutos. Después se encogió de hombros y se puso de pie. Se terminó una bebida que había junto al teléfono, se puso el sombrero, bajó en el ascensor y entró en el segundo taxi de la fila que había fuera del hotel.

—Al Kilmarnock otra vez, Joey. Y deprisa.

En quince minutos llegaron allí.

El baile de la tarde había terminado y las calles alrededor del gran hotel eran una masa de coches que pugnaba por salir desde las tres entradas. Dalmas salió del taxi media manzana antes y se cruzó con grupos de ruborizadas jovencitas y sus acompañantes hasta llegar al portal de la entrada. Entró, subió los escalones hasta el entresuelo, cruzó el salón y se metió en un ascensor lleno de gente. Todos salieron antes de llegar a la última planta.

Dalmas tocó dos veces el timbre de Walden. A continuación, se agachó y miró debajo de la puerta. Había un hilillo de luz cortado por una obstrucción. Volvió la mirada hacia los indicadores de los ascensores y después se tiró al suelo y sacó algo de debajo de la puerta con la hoja de una navajita. Era una llave plana. Entró con ella… se detuvo… miró…

La muerte estaba en la gran habitación. Dalmas fue hacia ella despacio, andando sin hacer ruido, escuchando. Había un brillo duro en sus ojos grises, y el hueso de la mandíbula formaba una línea bien definida, más clara que el bronceado de su mejilla.

Derek Walden estaba hundido casi cómodamente en el sillón pardo y dorado. Tenía la boca medio abierta. En la sien derecha había un agujero ennegrecido. La sangre formaba un diseño como de encaje sobre ese costado de la cara y en el hueco del cuello, hasta el cuello blando de la camisa. La mano derecha estaba caída sobre el tupido pelo de la alfombra. Los dedos agarraban una pequeña automática negra.

La luz del día estaba empezando a desvanecerse en la habitación. Dalmas se quedó completamente inmóvil y miró a Derek Walden durante un largo rato. No se oía ningún sonido por ninguna parte. La brisa se había reducido a un soplo y los toldos estaban inmóviles fuera de los ventanales.

Dalmas sacó un par de guantes de ante fino de su bolsillo izquierdo y se los puso. Se arrodilló en la alfombra al lado de Walden y desprendió con cuidado la pistola de los dedos, que ya se estaban poniendo rígidos. Era una 32 con cachas de nogal y acabado negro. Le dio la vuelta y miró la culata. Apretó la boca. El número se había borrado, las marcas de la lima brillaban débilmente sobre el negro mate del acabado. Dejó la pistola sobre la alfombra y se puso de pie, caminó despacio hacia el teléfono que estaba en el extremo de una mesa, al lado de un florero chato con flores cortadas.

Extendió la mano hacia el aparato pero no lo tocó. Dejó caer la mano a un costado. Se quedó allí un momento, después dio media vuelta, volvió rápidamente sobre sus pasos y recogió la pistola. Sacó el cargador, expulsó el casquillo que había en la recámara, lo recogió y lo metió en el cargador. Con dos dedos de la mano izquierda hizo una pinza sobre el cañón. Echó hacia atrás el martillo, hizo girar el bloque de la recámara y desmontó la pistola. Llevó la culata a la ventana.

El número que estaba duplicado en el interior de la culata no había sido limado.

Volvió a montar el arma rápidamente, puso el casquillo vacío en la recámara, metió el cargador en su sitio, amartilló la pistola y la encajó de nuevo en la mano muerta de Derek Walden. Se quitó los guantes de ante y apuntó el número en un cuaderno.

Salió de la suite, bajó en el ascensor y dejó el hotel. Eran las cinco y media y algunos de los coches del bulevar habían encendido las luces.

3

El hombre rubio que abrió la puerta de la casa de Sutro lo hizo a conciencia. La puerta chocó contra la pared y el rubio quedó sentado en el suelo… con el picaporte todavía en la mano.

—¡Dios, un terremoto! —exclamó indignado.

Dalmas lo miró desde arriba sin que pareciera que le hacía gracia.

—¿Está aquí la señorita Mianne Crayle… si es que tiene idea de quién hay? —preguntó.

El rubio se levantó del suelo y empujó la puerta, alejándola de él. Se cerró con otro golpetazo. Habló con voz fuerte:

—Aquí está todo el mundo menos el gato del Papa… y se espera que venga.

Dalmas asintió.

—Debéis de tener una fiesta estupenda.

Atravesó el vestíbulo dejando atrás al rubio y torció bajo un arco para entrar en un gran salón de estilo anticuado, con armarios empotrados para la porcelana y un montón de muebles destartalados. En la habitación había siete u ocho personas y todas estaban enrojecidas por la bebida.

Una chica en pantalones cortos y polo verde jugaba a los dados en el suelo con un hombre vestido de etiqueta. Un hombre gordo con gafas de nariz hablaba en tono severo por un teléfono de juguete. Estaba diciendo «Conferencia con Sioux City… ¡y date un poco de prisa, hermana».

La radio tocaba «Sweet Madness» a todo volumen.

Dos parejas estaban bailando descuidadamente, chocando entre ellas y con los muebles. Un hombre que se parecía a Al Smith estaba bailando solo, con una copa en la mano y una expresión ausente en la cara. Una rubia alta, de cara pálida, agitó el brazo hacia Dalmas, derramando el licor de su copa.

—¡Cariño! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —gritó.

Dalmas la esquivó y se dirigió hacia una mujer de color azafrán que acababa de entrar en la sala con una botella de ginebra en cada mano. Las dejó encima del piano y se apoyó en él con aire aburrido. Dalmas llegó hasta ella y le preguntó por la señorita Crayle.

La mujer de color azafrán sacó un cigarrillo de un paquete abierto que había sobre el piano.

—Afuera, en el patio —dijo sin entonación.

—Gracias, señora Sutro —dijo Dalmas.

Ella lo miró sin expresión. Él pasó bajo otro arco, a una sala a oscuras con muebles de mimbre. Una puerta llevaba a un porche acristalado, con otra puerta que daba a unos escalones. Por allí se bajaba a un sendero que ondulaba entre árboles poco definidos. Dalmas siguió el sendero hasta el borde de un risco de piedra que dominaba la parte iluminada de Hollywood. Al borde del risco había un banco de piedra. En él estaba sentada una mujer joven, de espaldas a la casa. La brasa de un cigarrillo brillaba en la oscuridad. La chica giró la cabeza despacio y se puso de pie.

Era pequeña, morena y de aspecto delicado. La boca se veía oscura debido al carmín, pero no había suficiente luz para verle la cara con claridad. Sus ojos estaban en sombras.

—Tengo un taxi afuera, señorita Crayle —dijo Dalmas—. ¿O ha traído usted su coche?

—No tengo coche. Vámonos. Esto es un asco, y no bebo ginebra.

Regresaron por el sendero y dieron la vuelta por un lado de la casa. Una puerta con un enrejado en lo alto los llevó a la acera, y siguieron la verja hasta donde esperaba el taxi. El conductor estaba apoyado en él con un tacón enganchado en el borde del estribo. Abrió la puerta del taxi. Entraron.

—Para en un drugstore para comprar cigarrillos, Joey —pidió Dalmas.

—Vale.

Joey se deslizó detrás del volante y arrancó. El taxi bajó una cuesta empinada y ondulante. Había un poco de humedad en la superficie del asfalto, y las fachadas de las tiendas devolvían el eco del sonido zumbante de los neumáticos.

Al cabo de un rato, Dalmas dijo:

—¿A qué hora dejó usted a Walden?

La chica habló sin volver la cabeza hacia él.

—A eso de las tres.

—Digamos que un poco más tarde, señorita Crayle. A las tres estaba vivo… y había alguien con él.

La chica hizo un sonido flojo y angustiado, como un sollozo contenido. Después habló con mucha suavidad:

—Ya lo sé, está muerto.

Alzó las manos enguantadas y se apretó las sienes.

—Desde luego —dijo Dalmas—. No seamos más mentirosos de lo necesario. Puede que tengamos que serlo… bastante.

Ella habló muy despacio, en voz baja:

—Cuando fui allí ya estaba muerto.

Dalmas asintió. No la miró. El taxi siguió adelante y al cabo de un rato se paró delante de un drugstore que hacía esquina. El conductor se volvió en su asiento y miró hacia atrás. Dalmas dirigió sus ojos hacia él, pero le hablaba a la chica.

—Debería haberme dicho más por teléfono. Podría haberme metido en un lío de mil demonios. Puede que ya esté metido en un lío de mil demonios.

La chica se inclinó hacia delante y empezó a caer.

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