La costurera

Frances de Pontes Peebles

Fragmento

cap

PRÓLOGO

Recife, Brasil

14 de enero de 1935

Emília despertó sola. Se hallaba tendida sobre la cama maciza y antigua que antaño había sido el lecho nupcial de su suegra y ahora era el suyo. Tenía el color del azúcar quemado y en su gigantesca cabecera estaban tallados los racimos de la fruta del cajú. Las jugosas frutas campaniformes que asomaban de la madera de jacarandá parecían tan suaves y reales que los primeros días Emília había imaginado que maduraban durante la noche, al tiempo que sus cáscaras de madera se tornaban rosadas y amarillas y su compacta pulpa se ablandaba y se impregnaba de perfume con el amanecer. Al final del primer año en la casa de los Coelho, Emília había desistido de tales fantasías infantiles.

Fuera estaba oscuro. La calle, en silencio. La blanca casa de la familia Coelho era la más espaciosa entre las nuevas propiedades construidas sobre la Rua Real da Torre, una calle recientemente empedrada que se extendía desde el viejo puente Capunga hacia las tierras pantanosas que aún no habían sido reclamadas. Emília siempre se despertaba antes del amanecer, antes de que los vendedores ambulantes invadieran las calles de Recife con sus ruidosas carretas y sus voces que se elevaban hasta su ventana como los gritos de aves extrañas. En su antigua casa en el campo acostumbraba a despertarse con los gallos, con las oraciones susurradas por su tía Sofía, y más que nada con la respiración rítmica y acalorada de su hermana Luzia sobre el hombro. De niña, a Emília no le gustaba compartir la cama con su hermana. Luzia era demasiado alta; abría el mosquitero, pateándolo con sus largas piernas. Tiraba de las mantas. Su tía Sofía no podía permitirse el lujo de comprarles camas separadas, e insistía en que era beneficioso tener una compañera de cama, porque eso enseñaría a las niñas a ocupar poco espacio, a caminar con discreción, a dormir en silencio, preparándolas para ser buenas esposas.

En los primeros días de matrimonio, Emília había permanecido en su lado de la cama, temerosa de moverse. Degas se quejaba de que su piel era demasiado tibia, su respiración demasiado fuerte, sus pies demasiado fríos. Después de una semana, él se mudó al otro lado del pasillo, volviendo a las sábanas bien ceñidas y el estrecho colchón de su cama de niño. Emília aprendió rápidamente a dormir sola, a estirarse, a ocupar lugar. Sólo había un hombre que compartía el cuarto con ella y dormía en el rincón, en una cuna que se estaba quedando demasiado pequeña para albergar su cuerpo cada vez más grande. Con tres años de edad, las manos y los pies de Expedito casi alcanzaban los barrotes de madera de la cuna. Un día, así lo esperaba Emília, tendría una cama de verdad en su propia habitación, pero no aquí. No sería así mientras vivieran en la casa de los Coelho.

Salió el sol y aclaró el cielo. Emília oyó los gritos en las calles. Seis años antes, la primera mañana en la morada de los Coelho, había temblado y había levantado la sábana bien arriba, hasta que se dio cuenta de que las voces del otro lado de las verjas no pertenecían a intrusos. No era a ella a quien llamaban, sino que voceaban los nombres de frutas y vegetales, canastas y escobas. Cada carnaval, las voces de los vendedores ambulantes eran reemplazadas por el redoble atronador de los tambores maracatú y los gritos embriagados de los juerguistas. Cinco años antes, durante la primera semana de octubre, los vendedores ambulantes habían desaparecido por completo. En todo Brasil había disparos y llamamientos a instaurar un nuevo presidente. Al año siguiente, las cosas se habían calmado. El gobierno había cambiado de manos. Los vendedores ambulantes estaban de vuelta.

Sus clamores eran ahora un bálsamo para Emília. Los hombres y mujeres voceaban los nombres de sus mercancías:

—¡Naranjas! ¡Escobas! ¡Alpargatas! ¡Cinturones! ¡Cepillos! ¡Agujas!

Las voces eran fuertes y alegres, un respiro después de los cuchicheos que Emília había tenido que padecer durante toda la semana. Una larga cinta negra pendía de la campana soldada a la verja de hierro de los Coelho. La cinta prevenía a los vecinos, al lechero, al hombre de la carreta de hielo y a todos los muchachos de reparto que traían flores y tarjetas de pésame ribeteadas de negro de que la casa estaba de luto. En su interior, la familia se hallaba sumida en el dolor, y no debía ser perturbada por fuertes ruidos ni visitas innecesarias. Aquellos que hacían sonar la campana llamaban con timidez. Algunos daban palmas para anunciar su presencia, temerosos de tocar la cinta negra. Los vendedores ambulantes la ignoraban. Gritaban por encima del muro, y sus voces franqueaban la maciza verja de metal, atravesaban las cortinas echadas en la casa de los Coelho y se adentraban en los oscuros corredores.

—¡Jabón! ¡Cordel! ¡Harina! ¡Hilo!

A los vendedores no les preocupaba la muerte: hasta la gente de luto precisaba las cosas que vendían, tenía que cubrir las necesidades básicas de la vida.

Emília se levantó de la cama.

Se puso un vestido por la cabeza, pero no subió la cremallera: el ruido podría despertar a Expedito. Estaba acostado, atravesado en su cuna, a salvo debajo del mosquitero. Su frente aparecía perlada de sudor. Su boca era una tensa línea delgada. Hasta en sueños era un niño serio. Había sido así de bebé, cuando Emília lo había hallado, raquítico y cubierto de polvo.

—Un huérfano —le decían las sirvientas—. Un niño del interior.

Había nacido allí durante la tristemente célebre sequía de 1932. Era imposible que recordara a su madre real, o aquellos terribles primeros meses de su vida, pero algunas veces, cuando Expedito fijaba sus ojos oscuros y hundidos en Emília, tenía la mirada reservada y madura de un viejo. A menudo, desde el entierro, había mirado a Emília así, como recordándole que no debía permanecer en casa de los Coelho. Debían volver al campo, por su bien y por el de ella. Debían llevar un mensaje. Debían cumplir con su promesa.

Emília sintió una opresión en el pecho. Durante toda la semana había sentido como si tuviera una soga en su interior, extendida desde los pies hasta la cabeza y anudada en el corazón. Cuanto más permanecía en casa de los Coelho, más se apretaba el nudo.

Salió de la habitación y se subió al fin la cremallera del vestido. La tela despedía un olor acre y metálico. La habían puesto en remojo en una cuba de tintura negra y luego la habían sumergido en vinagre, para fijar el nuevo color. El vestido había sido azul claro. Tenía un estilo moderno, con mangas suaves y etéreas y una falda estrecha. Emília marcaba tendencia. Ahora todos los vestidos de un solo color habían sido teñidos de negro y los estampados habían sido guardados hasta que terminara oficialmente el año de luto. Emília había escondido tres vestidos y tres toreras en una maleta debajo de su cama. Las chaquetas estaban pesadas; cada una tenía cosido un grueso fajo de billetes dentro del forro de raso. También había llenado una diminuta maleta con la ropa, los zapatos y los juguetes de Expedito. Cuando huyeran de la casa de los Coelho, sería ella misma quien tendría que cargar con las maletas. Sabiendo esto, había guardado sólo lo necesario. Antes de su matrimonio, Emília le daba demasiada importancia a los lujos. Había creído que los bienes suntuarios tenían el poder de transformar; que poseer un vestido de moda, un fogón a gas, una cocina con azulejos o un automóvil borrarían sus orígenes. Tales posesiones, pensaba Emília, harían que la gente viera más allá de los callos de sus manos o de sus rústicos modales campestres, y reconociera a una dama. Después de su matrimonio y su llegada a Recife, Emília descubrió que no era así.

A mitad del descenso de las escaleras olió las coronas fúnebres. Los arreglos florales circulares abarrotaban el vestíbulo y la entrada. Algunos eran tan pequeños como platos, otros tan grandes que descansaban sobre caballetes de madera. Todos estaban atiborrados con flores blancas y púrpuras —gardenias, violetas, azucenas, rosas— y tenían cintas oscuras que atravesaban los centros vacíos. Escritos sobre las cintas, en letras doradas, aparecían los nombres de los remitentes y frases de condolencia: «Nuestro más sentido pésame», «Nuestras oraciones te acompañan». Las coronas más viejas estaban mustias, las gardenias, amarillentas, y las azucenas, marchitas. Despedían un olor pútrido y ácido que impregnaba el aire.

Emília se aferró a la barandilla de la escalera. Poco tiempo atrás, su esposo, Degas, se había sentado con ella sobre esos escalones de mármol. Había intentado advertirla, pero ella no le había hecho caso; Degas ya la había engañado demasiadas veces. Desde su muerte, Emília pasaba los días y las noches preguntándose si la advertencia de Degas había sido, después de todo, un engaño o un último intento de redimirse.

Emília caminó hacia la entrada de la casa. Había una corona nueva, de rígidas y gruesas azucenas, con los estambres hundidos bajo el polen naranja. Emília sentía pena por esas azucenas. No tenían raíces, ni tierra, ni forma de preservarse, y sin embargo estaban en flor. Se comportaban como si siguieran siendo fecundas y fuertes, cuando en realidad ya estaban muertas, aunque no lo sabían. La joven viuda sintió que el nudo en su pecho se tensaba. Intuía que Degas había estado en lo cierto, que su advertencia había sido sincera. Ella era como una de esas coronas funerarias, otorgándole el reconocimiento que tan desesperadamente había buscado en vida, pero que sólo recibió al morir.

La corona fúnebre era un objeto propio de Recife. El campo, en cambio, era demasiado árido para cultivar flores. La gente que moría durante los meses de lluvia gozaba a la vez de una bendición y una maldición: sus cadáveres se descomponían más rápidamente, y los deudos tenían que taparse la nariz durante el entierro, pero había dalias, crestas de gallo, rosas agrupadas en gruesos ramos colocados dentro de la hamaca del difunto antes de ser llevado al pueblo. Emília había asistido a muchos funerales. Entre ellos, el de su madre, a la que apenas recordaba. Luego llegó el funeral de su padre, cuando Emília tenía 14 años y Luzia 12. Después, fueron a vivir con la tía Sofía, y aunque Emília quería a su tía, lo único que deseaba era huir y vivir en la capital. De niña, Emília siempre había creído que dejaría a Sofía y a Luzia. En lugar de ello, fueron ellas quienes la dejaron.

Emília cogió una tarjeta con los bordes negros de la corona más reciente. Estaba dirigida a su suegro, el doctor Duarte Coelho.

«El dolor no puede ser medido —decía la tarjeta—, ni tampoco el aprecio que le guardamos. ¡Vuelva pronto a trabajar! De: Sus colegas en el Instituto de Criminología».

Las coronas y tarjetas no estaban destinadas a Degas. Los regalos que llegaban a casa de los Coelho eran enviados para granjearse el favor de los vivos. La mayoría de los arreglos florales provenían de políticos, o de compañeros del Partido Verde, o de subalternos en el Instituto de Criminología del doctor Duarte. Algunas de las coronas eran de mujeres de sociedad que esperaban caer en gracia a Emília. Las mujeres habían sido clientas en su tienda de ropa. Esperaban que el duelo no acabara con su afición por la confección de vestidos. Las mujeres respetables no tenían una profesión, por lo que la próspera tienda de Emília era considerada una distracción, como las reuniones sociales o el trabajo de beneficencia. Emília y su hermana habían sido costureras. En el campo se tenía en gran estima su profesión, pero en Recife este escalón de respetabilidad no existía: una costurera estaba al nivel de una sirvienta o una lavandera. Y para gran pesar de los Coelho, su hijo se había casado con una de ellas. De conformidad con los Coelho, Emília tenía dos excepcionales méritos: era bonita y no tenía familia. No habría padres ni hermanos que llamaran a la puerta pidiendo limosna. El doctor Duarte y su esposa, doña Dulce, sabían que Emília tenía una hermana, pero creían que ésta, como los padres de Emília y su tía Sofía, había muerto. Emília no se molestó en contradecir esa suposición. Como costureras, ella y Luzia sabían cómo cortar, cómo remendar y cómo ocultar.

—Una gran costurera debe ser valiente —solía decir tía Sofía. Emília estuvo en desacuerdo durante mucho tiempo. Creía que ser valiente implicaba un riesgo. En la costura, todo se medía, se trazaba, se probaba y se revisaba. El único riesgo era el error.

Una buena costurera tomaba medidas exactas y luego, con un lápiz afilado, trasladaba esas medidas al papel. Trazaba el contorno del molde de papel sobre el liencillo, cortaba los pedazos, y confeccionaba una prenda de muestra para que la clienta se la probara y ella, como costurera, prendiera con alfileres y volviera a medir, corrigiendo los defectos del patrón. El liencillo siempre tenía una apariencia deslucida y poco atractiva. Cuando llegaba ese momento, la costurera debía ser entusiasta, imaginando la prenda en una tela hermosa y convenciendo a la clienta de las maravillas de su visión. A partir de los alfileres y las marcas sobre el liencillo, ajustaba el molde de papel y trazaba el contorno sobre buena tela: seda, lino fino tejido o algodón resistente. Luego cortaba. Finalmente, unía aquellas piezas cosiéndolas, planchando después de cada paso, para obtener dobleces impecables y costuras rectas. No había valor en ello. Tan sólo, paciencia y minuciosidad.

Luzia jamás hacía liencillos o moldes. Trazaba las medidas directamente sobre la tela final y cortaba. A ojos de Emília, esto tampoco tenía especial valor: tan sólo se requería habilidad. Luzia era hábil para medir a la gente. Sabía exactamente dónde envolver la cinta métrica alrededor de brazos y cinturas para obtener las medidas más exactas. Pero su habilidad no estaba sujeta a la precisión. Luzia veía más allá de los números. Sabía que los números pueden mentir. Tía Sofía les había enseñado que el cuerpo humano carece de líneas rectas. La cinta métrica podía errar al calcular la curvatura de una espalda torcida, el arco de un hombro, la inflexión de una cintura, el ángulo de un codo. Luzia y Emília habían aprendido a desconfiar de las cintas métricas.

—¡No confiéis en una cinta extraña! —les gritaba a menudo su tía Sofía—. ¡Confiad en vuestros propios ojos!

Entonces Emília y Luzia aprendieron a distinguir dónde había que retocar una prenda, agrandarla, alargar o acortar, incluso antes de desenrollar sus cintas métricas. Coser es un lenguaje, solía decir su tía. Un lenguaje de formas. Una buena costurera podía imaginar una prenda ciñendo un cuerpo y ver la misma prenda extendida horizontalmente sobre la mesa de corte, separada en piezas individuales. Una pieza rara vez se asemejaba a la otra. Cuando estaban extendidas sobre la mesa, las piezas de una prenda eran formas extrañas, divididas en dos mitades. Cada pedazo tenía su equivalente, su reflejo exacto.

A diferencia de Luzia, Emília prefería utilizar los patrones de papel. No se sentía tan segura tomando medidas y se ponía nerviosa cada vez que empuñaba las tijeras y cortaba la tela final. El corte no perdona. Si se cortan los pedazos de una prenda de manera incorrecta eso significa horas de trabajo frente a la máquina de coser. A menudo estas horas son inútiles, pues en la costura algunos errores son imposibles de solucionar.

Emília volvió a colocar la tarjeta de pésame. Pasó al lado de las coronas fúnebres. Al final del vestíbulo había un caballete sin flores. En su lugar, había un retrato. Los Coelho habían encargado una pintura al óleo para el velatorio de su hijo. El río Capibaribe era profundo y su corriente fuerte, pero la policía había logrado encontrar el cuerpo de Degas. Estaba demasiado hinchado para realizar el velatorio con el féretro abierto; en lugar de ello, el doctor Duarte mandó que se pintara un retrato de su hijo. En éste, el esposo de Emília lucía sonriente, delgado y seguro de sí mismo. Todo lo que jamás había sido en vida. El único aspecto que el pintor había acertado a plasmar era las manos de Degas. Los dedos eran estrechos, con uñas pulidas, inmaculadas. Degas había sido corpulento, con un cuello grueso y brazos rollizos y carnosos, pero sus manos era delgadas, casi femeninas. Emília lamentó no haberlo advertido en el mismo instante en que lo conoció.

La policía estimó que la muerte de Degas había sido accidental. Los oficiales eran leales al doctor Duarte, porque había fundado el primer Instituto de Criminología del Estado. Pero Recife era una ciudad que amaba el escándalo. Los accidentes eran aburridos; la culpa, interesante. Durante el velatorio, Emília había escuchado los cuchicheos de los deudos. Intentaron arrancar de raíz las causas probables: el coche, la tormenta, el puente resbaladizo, las aguas encrespadas del río, o Degas mismo, solo frente al volante de su Chrysler Imperial. Doña Dulce, la suegra de Emília, insistió en la versión de los hechos que daba la policía. Sabía que su hijo había mentido al decir que se dirigía a su oficina para recoger documentos de un viaje de negocios en ciernes, el primero de una serie de viajes que Degas jamás había realizado. Nunca fue a la oficina. En cambio, condujo sin rumbo por la ciudad. Doña Dulce no le echaba la culpa a Emília de la muerte de Degas. Culpaba a su nuera por la indolencia que lo había llevado a ella. Una esposa como Dios manda —una joven bien educada en la ciudad— habría combatido las flaquezas de Degas y le habría dado un hijo. El doctor Duarte se mostró más comprensivo hacia Emília. Su suegro había organizado el supuesto viaje de negocios de Degas. A espaldas de doña Dulce, el doctor Duarte había reservado un lugar para su hijo en el prestigioso sanatorio Pinel, en São Paulo, creyendo que los tratamientos eléctricos de la clínica lograrían lo que el matrimonio y la autodisciplina no habían podido conseguir.

Emília dio un paso hacia el retrato, como si la proximidad pudiera acercarla a la persona retratada. Tenía 25 años y ya era una viuda, de luto por un esposo al que no había comprendido. Por momentos lo había odiado. En otros, había sentido una insospechada afinidad con Degas. Emília sabía lo que era amar algo prohibido, y rechazar ese amor, traicionarlo. Este tipo de sentimiento resultaba un agobio, una carga tan pesada que podía arrastrar a una persona al fondo del río Capibaribe e impedir que volviera a salir.

Había sido torpe con su vida. Estaba tan deseosa de abandonar el campo que eligió a Degas sin examinarlo, sin medirlo. En los años transcurridos desde su huida, había intentado reparar los errores de sus precipitados inicios. Pero algunas cosas no merecían ser reparadas. Cuando se dio cuenta, Emília comprendió finalmente el significado que tía Sofía había dado al valor. Cualquier costurera podía ser puntillosa. Tanto la novata como la experta podían preocuparse obsesivamente por las medidas y los patrones, pero la precisión no garantizaba el éxito. Una costurera del montón entregaba prendas mal cosidas sin intentar disimular los errores. Las buenas costureras se sentían comprometidas con sus proyectos y pasaban días tratando de corregirlos. Las grandes costureras no lo hacían. Eran lo suficientemente valientes como para comenzar de nuevo. Como para admitir que se habían equivocado, arrojar sus intentos fallidos a la basura, y comenzar de nuevo.

Emília se apartó del retrato funerario de Degas. Descalza, salió del vestíbulo y entró en el patio de la casa de los Coelho. En el centro de éste, rodeada de helechos, había una fuente. Una criatura mítica —mitad caballo, mitad pez— echaba agua por su boca cobriza. Al otro lado del patio, las puertas acristaladas del comedor estaban abiertas de par en par. Las cortinas que cubrían la entrada estaban cerradas, meciéndose con la brisa. Detrás, Emília oyó a doña Dulce. Su suegra se dirigía con tono severo a una de las sirvientas, diciéndole que pusiera la mesa de manera correcta. El doctor Duarte se quejaba de que su periódico llegaba tarde. Como Emília, siempre esperaba ansioso el periódico.

A la derecha del patio había unas puertas que conducían al despacho del doctor Duarte. Emília caminó rápidamente hacia allí, con cuidado de no tropezar con caparazones. Las tortugas siempre se escabullían por el patio. Eran reliquias de familia, tenían 50 años y habían sido compradas por el abuelo de su esposo. Las tortugas eran los únicos animales a los que se les permitía entrar en la casa de los Coelho, y se contentaban con tropezar contra las paredes de azulejos esmaltados del patio, esconderse entre los helechos y comer restos de fruta que les traían las sirvientas. A Emília y a Expedito les gustaba levantarlas cuando nadie lo advertía. Eran objetos pesados; Emília tenía que emplear las dos manos. Las extremidades arrugadas de las tortugas se agitaban furiosas cada vez que Emília las sostenía en el aire, y cuando quería acariciar sus caras, intentaban morderle los dedos. Sólo se podían tocar sus caparazones, gruesos e insensibles, como las tortugas mismas.

En el campo había vivido rodeada de animales. Había lagartijas en los meses secos de verano y sapos en el invierno. Había colibríes, ciempiés y gatos callejeros que reclamaban un poco de leche en la puerta de servicio. Tía Sofía criaba gallinas y cabras, pero éstas estaban destinadas al consumo familiar, motivo por el cual Emília jamás se encariñaba con ellas. Pero Emília solía tener tres pájaros cantores en jaulas de madera. Cada mañana, después de alimentarlos, metía el dedo por los barrotes de la jaula y dejaba que los pájaros picotearan debajo de sus uñas.

—A estos pájaros les tendieron una trampa —decía Luzia cada vez que veía a Emília dándoles de comer—. Deberías dejarlos en libertad.

Luzia sentía aversión por la manera en que habían sido cazados. Los niños de la zona ponían un pedazo de melón o calabaza en una jaula y esperaban al acecho; en cuanto entraba un pájaro dando saltitos, cerraban con pestillo las puertas de la jaula. Luego los muchachos vendían los pinzones de pico rojo y los diminutos canarios en el mercado semanal. Cuando los pájaros salvajes caían en la cuenta de la trampa que les tendían los muchachos y evitaban la comida dentro de las jaulas vacías, los cazadores de pájaros empleaban otra estrategia, una que jamás fallaba. Ataban un pájaro domesticado dentro de la jaula, para conseguir que los salvajes creyeran que no había peligro. Sin percatarse del engaño, un pájaro atraía a otro.

En su despacho, el suegro de Emília tenía un loro que había entrenado para cantar la primera estrofa del himno nacional. Habitualmente reinaba un gran alboroto en la cocina de los Coelho, en donde la suegra de Emília regentaba a su legión de sirvientas para preparar mermeladas, quesos y dulces. Pero algunas veces, por encima del ruido, Emília oía al pájaro cantando las notas sombrías del himno, como un fantasma que clamaba desde el interior de las paredes.

El pájaro gorjeó cuando Emília abrió con cuidado las puertas del despacho. El ave estaba en una jaula de bronce, en mitad del escritorio del doctor Duarte, entre sus gráficos de frenología, su colección de órganos incoloros conservados en formol u otros conservantes, que flotaban en frascos de vidrio, y la hilera de calaveras de porcelana, con sus cerebros clasificados y numerados. Emília sintió que las axilas se le humedecían. Notó un olor rancio, y no supo si se trataba de la tintura de su vestido o de su propio sudor. El doctor Duarte tenía prohibido que entrara gente en su estudio sin permiso: ni siquiera las criadas podían pasar. Si la pillaban, Emília diría que estaba observando al loro. Hizo caso omiso del pájaro y fue directa al escritorio del doctor Duarte. Había sobre éste montones de tarjetas de pésame que aún no habían sido respondidas. Había notas que enumeraban las mediciones de la cabeza de todos los presos del centro de detención de la capital. También un borrador escrito a mano de un discurso que el doctor Duarte pronunciaría a fin de mes. Algunas palabras habían sido tachadas. La conclusión del discurso estaba en blanco; el doctor Duarte aún no había obtenido el espécimen más valioso, la delincuente femenina cuyas medidas craneales confirmarían sus teorías y serían la conclusión de su discurso. Emília hojeó las pilas de papeles. No había nada que se pareciera a un recibo de venta. No había formularios aduaneros, registros de trenes, pruebas con fechas de un envío inusual al Brasil. Buscó palabras escritas en alguna lengua extranjera, porque sabía que reconocería una en particular: Bergmann. El nombre era el mismo en alemán y en portugués.

Emília sólo encontró recortes de periódicos. Tenía una colección similar guardada bajo llave en su joyero, para que las sirvientas de los Coelho no pudieran encontrarla. Algunos artículos estaban amarillentos después de años de permanecer expuestos a la humedad de Recife. Algunos aún conservaban el olor a tinta. Todos se centraban en el brutal cangaceiro, el bandolero Antonio Teixeira, apodado el Halcón por su tendencia a sacar los ojos a sus víctimas, y su esposa, conocida como la Costurera. No se habían escapado, porque nunca habían sido atrapados. No eran bandidos, porque el campo no sabía de leyes, al menos hasta hacía poco, cuando el presidente Gomes había intentado imponer las suyas. La definición de un cangaceiro dependía de la persona que preguntara por ella. Para los arrendatarios, eran héroes y protectores. Para los vaqueiros y comerciantes, eran ladrones. Para las labradoras, eran diestros bailarines y héroes románticos. Para las madres de aquellas niñas, los cangaceiros eran violadores y demonios. Los niños de edad escolar, que a menudo jugaban a las luchas de cangaceiros contra la policía, se disputaban representar el papel de los bandidos, aunque sus maestros los reprendieran por ello. Finalmente, para los coroneles, los grandes terratenientes del campo, los cangaceiros eran un mal inevitable, como las sequías que asfixiaban los cultivos de algodón o la mortal brucelosis que infectaba al ganado. Los cangaceiros eran plagas que los coroneles y sus padres, abuelos y bisabuelos habían tenido que soportar. Vivían como nómadas en medio del monte de tierras salvajes cubiertas de espinos, robando reses y cabras, asaltando poblados, buscando vengarse de los enemigos. Eran hombres a los que resultaba imposible amedrentar o someter mediante castigos.

El Halcón y la Costurera eran una nueva raza de cangaceiros. Sabían leer y escribir. Enviaban telegramas a las oficinas del periódico Diario de Pernambuco y hasta despachaban notas personales al gobernador y al presidente que los periódicos reproducían y reimprimían. Las notas estaban escritas en papel de lino fino, con el sello del bandido —una gran «H»— en relieve en la parte superior. El Halcón condenaba en ellas el proyecto del gobierno de construir una carretera, la Transnordeste, y juraba atacar todas las obras que se llevaran a cabo en el monte. El Halcón insistía en que no era un ladrón de cabras de poca monta; era un líder. Ofrecía dividir el estado de Pernambuco, dejando la costa para la república y el interior para los cangaceiros. Emília analizó la caligrafía del Halcón. Tenía un trazo redondeado de características femeninas, que se asemejaba mucho a la letra cursiva que el padre Otto, el sacerdote inmigrante alemán que dirigía su antigua escuela, les había enseñado a ella y a Luzia de niñas.

Los informes señalaban que había entre veinte y cincuenta hombres y mujeres bien armados en el grupo del Halcón. La líder femenina, la Costurera, era famosa por su brutalidad, por su habilidad con el rifle y por su aspecto. No era atractiva, pero era tan alta que sobrepasaba la altura de la mayoría de los hombres. Y tenía un brazo tullido, con el codo permanentemente doblado. Nadie conocía el origen del apodo «la Costurera». Algunos decían que se debía a la precisión en el tiro: la Costurera podía acribillar a un hombre a balazos igual que una máquina de coser perforaba la tela con su aguja. Otros decían que sabía coser de verdad y que estaba a cargo de la elaborada vestimenta de los cangaceiros. El Diario había impreso la única foto del grupo: Emília guardaba una copia en su joyero. Los cangaceiros usaban chaquetas y pantalones de buena confección. El ala de los sombreros, quebrada y doblada hacia arriba, tenía forma de media luna. Todo lo que llevaban los cangaceiros —desde sus morrales de gruesas tiras hasta los cinturones para cartuchos— estaba decorado minuciosamente con estrellas, círculos y otros símbolos indescifrables. Su vestimenta estaba recargada de bordados. Las correas de cuero de los rifles llevaban grandes remaches y detalles repujados. Según el parecer de Emília, los cangaceiros tenían un aspecto soberbio y ridículo a la vez.

La última teoría sobre el origen del nombre de la Costurera era la única válida para Emília. Llamaban Costurera a esa mujer alta y malherida porque mantenía unido a su grupo cangaceiro. A pesar de la sequía de 1932, a pesar de los esfuerzos del presidente Gomes por exterminar al grupo, a pesar de las recompensas en efectivo que el Instituto de Criminología ofrecía a cambio de las cabezas de los bandidos, los cangaceiros habían sobrevivido. Incluso aceptaron mujeres entre sus filas. Muchos atribuían este éxito a la Costurera. Circulaban teorías —que aún no habían sido comprobadas pero perduraban— que afirmaban que el Halcón había muerto. Era la Costurera quien había planeado todos los ataques a la carretera, había escrito las cartas dirigidas al presidente, había enviado telegramas que llevaban la firma del Halcón. La mayoría de los políticos, la policía y hasta el mismo presidente Gomes consideraban imposible esta teoría. La Costurera era alta, salvaje y pérfida, pero no por ello dejaba de ser una mujer.

Emília buscó entre el último montón de papeles sobre el escritorio de su suegro. Los recortes de periódico se pegaban a sus manos sudorosas. Las sacudió para que se desprendieran. Jamás había comprendido el comportamiento de la Costurera, pero Emília admiraba la audacia de la cangaceira, su fortaleza. Ella misma había deseado poseer esos atributos en los días posteriores a la muerte de Degas.

En la casa de los Coelho sonó una campanada. El desayuno estaba servido. La suegra de Emília conservaba una campana de bronce al lado de su silla en el comedor. La usaba para llamar a los sirvientes y para indicar los horarios de las comidas. La campana sonó por segunda vez; a doña Dulce le fastidiaban los rezagados. Emília ordenó los papeles sobre el escritorio de su suegro y se marchó.

Se sentó en el lugar que tenía asignado, en el otro extremo de la mesa del comedor, alejada de los demás comensales. Su suegro estaba sentado en la cabecera, bebiendo a sorbos el café en su taza de porcelana y desplegando su periódico. La suegra de Emília estaba sentada a su lado, pálida y rígida, ataviada con el vestido de luto. Entre ellos había una silla vacía con el respaldo cubierto por una tela negra, que había correspondido al esposo de la joven.

En el sitio de Degas se había colocado, cuidadosamente, la porcelana azul y blanca de los Coelho, como si doña Dulce esperase que su hijo volviera. Emília posó la mirada sobre su propio lugar en la mesa. La cantidad de cubiertos era excesiva. Había una cuchara de tamaño mediano para mezclar el café, una cuchara más grande para la sémola, una cuchara diminuta para la mermelada y una variedad de tenedores para los huevos y los plátanos fritos. Años atrás, durante las primeras semanas con los Coelho, Emília no había sabido qué cubierto usar. Tampoco se había atrevido a probar uno u otro, bajo la mirada escrutadora que su suegra le lanzaba desde el otro lado de la mesa. No había necesidad de tales complicaciones, tal refinamiento por la mañana, y durante sus primeros meses frente a la mesa de los Coelho Emília creía que su suegra exageraba el número de vasos y cubiertos solamente para confundirla.

La viuda no hizo caso de los huevos ni de la humeante fuente de sémola que estaba en el centro de la mesa. Bebió el café a sorbos. Cerca de ella, el doctor Duarte tenía el periódico levantado y sonreía. Sus dientes eran grandes y amarillentos.

—¡Mirad! —gritó, al tiempo que sacudía las páginas del Diario de Pernambuco. El titular del periódico se agitó delante de los ojos de Emília—. ¡Exitosa redada contra los cangaceiros! ¡La Costurera y el Halcón posiblemente muertos! Cabezas transportadas a Recife.

Emília se puso en pie. Se acercó a la cabecera de la mesa.

El artículo señalaba que el presidente de la república no toleraría la anarquía. Las tropas habían sido enviadas al interior, dotadas de la nueva arma, la ametralladora Bergmann. El arma de fuego había sido importada de Alemania por Coelho & Hijo, Sociedad Limitada, la firma de importación y exportación perteneciente al famoso criminólogo, el doctor Duarte Coelho, y su recientemente fallecido hijo, Degas. El cargamento de las Bergmann había llegado en secreto, antes de lo que esperaban.

El artículo informaba de que, antes de la emboscada, los cangaceiros habían saqueado e incendiado una obra de construcción de la carretera. Habían arrasado un pueblo. Testigos presenciales —arrendatarios y el músico de acordeón del lugar— dijeron que los bandidos habían adquirido en buena ley un frasco de agua de colonia Fleur d’Amour y habían arrojado monedas de oro a los niños en las calles. Dijeron que los cangaceiros habían asistido a misa y hasta se habían confesado. Luego la Costurera y el Halcón llevaron a sus cangaceiros al río San Francisco, para alojarse en la finca de un doctor. Otrora amigo de confianza de los cangaceiros, el doctor se había pasado en secreto al bando del estado y había enviado un telegrama a las tropas que se hallaban en las inmediaciones para informarles de la presencia del Halcón. «El pájaro está en casa», escribió el doctor en su mensaje.

Los cangaceiros estaban acampando en un agreste barranco cuando irrumpieron las tropas del gobierno. Estaba oscuro y era difícil apuntar. Pero con sus nuevas armas Bergmann, las tropas no tuvieron que esforzarse. Dieron con facilidad en el blanco. A la mañana siguiente, un ganadero que llevaba el ganado a pastar al amanecer, dijo que había visto a algunos cangaceiros huyendo de la batalla con las tropas. Aseguró que vio un pequeño grupo de individuos —todos con los sombreros de cuero característicos de los cangaceiros, con el ala doblada— cruzando exhaustos la frontera del estado. Pero los funcionarios policiales proclamaron que todos los forajidos estaban muertos, abatidos a tiros y decapitados, incluida la Costurera.

Emília leyó la última línea del artículo y no se dio cuenta de que la taza de porcelana se le resbalaba de las manos y se hacía pedazos contra el suelo de pizarra. No sintió el líquido hirviendo que salpicaba sus tobillos, no oyó a su suegra, que gritaba y exclamaba que no tenía modales, no vio a la sirvienta que gateaba bajo la mesa veteada de mármol para limpiar el desastre.

Emília subió corriendo la escalera de baldosas hasta su dormitorio..., el último cuarto al final del pasillo alfombrado y con olor a humedad. Allí se encontraba Expedito. Estaba sentado sobre la cama de Emília, mientras la niñera le peinaba el cabello mojado. Emília mandó a la sirvienta que se retirase. Levantó a su niño de la cama.

Cuando se retorció en su férreo abrazo, Emília lo soltó. Sacó una caja de madera pulida de debajo de la cama. La mujer desabrochó la cadena de oro que llevaba alrededor del cuello y utilizó la pequeña llave de bronce que colgaba de ella para abrir la cerradura de la caja. Dentro había una bandeja forrada de terciopelo, casi vacía, excepto por un anillo y un collar de perlas. Degas le había comprado el joyero más grande que había encontrado y le había prometido llenarlo. Emília levantó la bandeja. Oculta debajo, en un profundo hueco —un lugar destinado a colgantes, tiaras o gruesas pulseras—, estaba la colección de artículos periodísticos de Emília, atados con una cinta azul. Debajo había una pequeña fotografía enmarcada. Dos niñas estaban de pie, una al lado de la otra. Ambas vestían trajes blancos. Ambas tenían una Biblia en la mano. Una niña tenía una amplia sonrisa. Pero sus ojos no acompañaban la rígida felicidad de su boca. Parecían ansiosas, como si estuvieran esperando algo. La otra niña se había movido en el momento de sacar la foto, y aparecía algo borrosa. A menos que se mirara de cerca, a menos que uno la conociera, no era posible distinguir quién era.

Emília había llevado ese retrato de comunión acunado en sus brazos cuando salió cabalgando de su pueblo natal de Taquaritinga. Lo había mantenido en el regazo durante el accidentado viaje en tren a Recife. Una vez en casa de los Coelho, lo había puesto en el joyero, el único lugar en el que las sirvientas de la casa tenían prohibido hurgar.

Emília se arrodilló al lado del retrato. Su muchacho la imitó, apretándose las manos con fuerza sobre el pecho, como Emília le había enseñado. La miró fijamente. Con la luz del sol de la mañana, sus ojos no parecían tan oscuros como otras veces, pequeñas motas verdes salpicaban el fondo castaño. Emília inclinó la cabeza.

Rezó a Santa Lucía, la santa patrona de los ojos, tocaya y protectora de su hermana. Rezó a la Virgen, la gran custodia de las mujeres. Y rezó con especial fervor a san Expedito, el que respondía a todos los ruegos imposibles.

Emília había renunciado a muchas de sus viejas y tontas creencias en aquella casa, un lugar en donde su esposo no había sido esposo suyo, sino un extraño que no tenía interés en conocer, donde las sirvientas no eran sirvientas, sino espías enviadas por su suegra, donde las frutas no eran frutas, sino madera pulida y muerta. Pero Emília aún creía en los santos. Creía en sus poderes. Expedito había rescatado a su hermana de la muerte una vez. Podía volver a hacerlo.

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Capítulo

1

EMÍLIA

Taquaritinga do Norte, Pernambuco

Marzo de 1928

 

1

Debajo de la cama, tía Sofía guardaba una caja de madera con los huesos de su marido. Cada mañana Emília oía el susurro de las sábanas almidonadas, el crujido de las rodillas de tía Sofía cuando se agachaba y arrastraba la caja por el suelo.

«Mi difunto», susurraba su tía, porque a los muertos no se les permiten nombres. Tía Sofía lo llamaba así en sus días buenos. Si se despertaba irritada, por molestias de la artritis o la mente plagada de preocupaciones por Emília y Luzia, se dirigía a la caja con severidad, llamándola «mi esposo». Si había permanecido despierta hasta tarde la noche anterior, meciéndose en su silla y escudriñando los retratos de la familia, al día siguiente tía Sofía se dirigía a la caja con un murmullo grave y dulce, llamándola «mi muerto». Y si la sequía empeoraba, había poco trabajo de costura o Emília había vuelto a desobedecerla, tía Sofía suspiraba y decía: «Oh, mi cadáver..., mi carga».

Tal era la forma en que Emília adivinaba el humor de su tía. Sabía cuándo pedir tela nueva para un vestido y cuándo permanecer callada. Sabía cuándo podía aplicarse un toque de perfume y de colorete sin que la castigaran, y cuándo llevar la cara limpia.

Sus aposentos estaban divididos por una pared encalada que tenía tres metros de altura y luego se detenía, dejando paso a postes de madera que sostenían las vigas del techo e hileras de tejas color naranja. Las oraciones susurradas por tía Sofía subían por encima de la pared baja del dormitorio. Emília compartía una cama con su hermana. Un rayo de luz polvoriento brilló a través de una grieta en las tejas del techo. Perforó el mosquitero amarillento. Emília entornó los ojos. Oyó el chasquido de las cuentas del rosario que se movían entre las manos de su tía. Hubo un gruñido, luego el crujido hueco de los huesos de tío Tirso cuando tía Sofía lo volvió a meter bajo la cama. Allí donde arrastraba la caja a diario se había formado una huella, una zona de suelo degastado, dos hendiduras más claras que el ladrillo brillante que cubría todos los cuartos de la casa excepto la cocina.

El suelo de la cocina estaba hecho de tierra compactada; era naranja y siempre estaba húmedo. Emília juraba que la humedad se filtraba a través de las suelas de sus sandalias de cuero. Tía Sofía y Luzia caminaban descalzas sobre ese suelo, pero Emília insistía en llevar zapatos. De niña había deambulado por la casa sin zapatos y las plantas de los pies se le habían vuelto de color naranja, como las de su tía y su hermana. Emília se frotó las plantas con agua hervida y una esponja vegetal para que volvieran a ser blancas, como debían ser los pies de una dama. Pero las manchas persistieron y Emília le echaba la culpa al suelo.

Ese año las lluvias de invierno habían sido escasas y las de enero ni siquiera habían llegado. Los árboles cafeteros de los vecinos no habían florecido. Las flores moradas de las plantas de alubias que tía Sofía cuidaba en el jardín se habían marchitado y habían perdido la mitad de la cosecha anual. Hasta el suelo de la cocina estaba reseco y resquebrajado. Emília tenía que barrerlo tres veces al día para evitar que el polvo color naranja se adhiriera a las ollas, se posara dentro de las jarras de agua y manchara los bajos de sus vestidos. Estaba ahorrando para instalar un suelo como Dios manda, cosiendo camisas de dormir y pañuelos adicionales para sus patrones, el coronel Pereira y su esposa, doña Conceição. Cuando tuviera la cantidad suficiente de dinero, Emília compraría media bolsa de polvo de cemento y la tierra compactada desaparecería bajo una gruesa y decente capa dura.

El lado de la cama donde dormía Luzia estaba vacío. Su hermana había ido a rezar, sin duda, como hacía cada mañana, frente al altar de sus santos, en un rincón de la cocina. Emília se deslizó bajo el mosquitero y salió de la cama; ella tenía su propio altar. Sobre el baúl que hacía las veces de tocador había una pequeña imagen de san Antonio, recortado del último número de Fon Fon, su revista favorita, que incluía patrones de costura, novelas románticas por entregas y, cada tanto, una guía de oración. Doña Conceição le regalaba a Emília números antiguos de Fon Fon y de otra revista que Emília disfrutaba, O Capricho. Las conservaba en tres montones ordenados debajo de su cama, aunque tía Sofía insistía en que atraerían ratones.

Emília se arrodilló ante el viejo baúl negro. Fon Fon ordenaba colocar la imagen de san Antonio —el santo casamentero— frente a un espejo con una rosa blanca a su lado. «¡Encuentra tu pareja! —rezaba la revista—. Una oración para que consigas pretendiente». Fon Fon aseguraba a los lectores que tres padrenuestros y tres avemarías a san Antonio todas las mañanas harían el milagro.

Emília había colocado la imagen del santo al lado de su espejo, en realidad un pedazo de vidrio del tamaño de su palma, que había comprado con sus ahorros. No se acercaba ni remotamente al espejo de cuerpo entero que tenía Doña Conceição en su probador, pero Emília podía apoyar su espejito sobre el baúl que usaban de tocador y echar un buen vistazo a su cara y su pelo. Pero no había rosas blancas en su pueblo. No había ningún tipo de flores. Las cordiales beneditas que crecían a lo largo de los caminos habían perdido todos sus pétalos rosas y amarillos y habían dejado caer sus semillas sobre la tierra dura y reseca. Las dalias de tía Sofía colgaban con sus pesadas cabezas, y al final desaparecieron dentro de sus bulbos bajo la tierra, huyendo del calor. Hasta las hileras de árboles de cajú y las plantas de café parecían enfermas, con las hojas amarillentas por el sol implacable. Por ello Emília había cosido una rosa con retazos sueltos de tela: san Antonio tendría que comprenderlo. Cruzó las manos y oró.

Tenía 19 años y ya era una solterona. El comadreo del pueblo había predicho que ella y Luzia serían solteras, pero por motivos diferentes. El destino de Luzia había sido sellado con el accidente que había sufrido de niña: a los 11 años se había caído de un árbol alto y casi había muerto. La desgracia había deformado su brazo y dejado a Luzia —según los rumores— ligeramente impedida. Ningún hombre elegiría a una esposa tullida, decían, y mucho menos a una que tuviera el carácter de Luzia. Emília no tenía deformidades físicas, gracias al buen Dios. Había tenido muchos pretendientes; se habían presentado en la casa como perros callejeros. Tía Sofía les ofrecía café y tarta de mandioca mientras Emília se escondía en su habitación y le rogaba a Luzia que los espantara.

Si insistían en quedarse, Emília permanecía junto al marco de la puerta y miraba furtivamente hacia la cocina. Sus pretendientes eran granjeros jóvenes que parecían mayores. Usaban sombreros deformes, se sentaban con las piernas abiertas y hacían crujir sus enormes dedos callosos. Durante el cortejo eran torpes y risueños. Pero Emília los había visto regateando en el mercado semanal, gritando y pavoneándose, levantando los gallos de las alas y rompiendo velozmente el pescuezo de las aves. Después de rechazar a un pretendiente, Emília solía verlo desfilar con una nueva chica en el mercado de los sábados, conduciendo a su tímida novia de un lado a otro, como si la joven fuera un animal receloso que pudiera escaparse del control de su futuro esposo.

Emília leía las novelas románticas en Fon Fon. Más allá de Taquaritinga había otra raza de hombres. Caballeros perfumados y elegantes. Tenían los bigotes acicalados, el pelo peinado con gomina, las barbas bien recortadas, la vestimenta planchada. No tenía nada que ver con la riqueza, sino con el porte. No era pretenciosa, como decía el cotilleo del pueblo. Lo que anhelaba era refinamiento, no riqueza. Misterio, no dinero. De noche, después de las oraciones, Emília se imaginaba como una de aquellas heroínas elegantemente vestidas de Fon Fon, enamoradas de un capitán cuyo barco estaba perdido en alta mar. Se imaginaba a sí misma plantada sobre una duna de la playa, gritando su nombre por encima de las olas. O como su enfermera, curándolo al regresar. Había enmudecido, y ella era su voz, observando sus oscuras cejas que subían y bajaban, comunicándose en un lenguaje que sólo ella comprendía. Este misterio, este triste anhelo que recorría todas las historias de Fon Fon parecía ser la fuente del amor. Emília rogaba que le llegara su turno. Dormía sin almohada, renunció a los dulces, se pinchó el dedo treinta veces con la aguja de coser, como sacrificio ofrecido a los santos para pedir su ayuda. Nada había funcionado. La rosa blanca y las oraciones de Fon Fon eran su última esperanza.

Emília colocó el recorte de san Antonio en sus manos y lo apretó.

—El profesor Celio —dijo entre una oración y otra.

Celio, su instructor de costura, no era ni misterioso ni trágico. Era un hombre delgado, con la mirada perdida y largos dedos. Pero era diferente a los muchachos de Taquaritinga. Llevaba trajes recién planchados y zapatos lustrosos. Y venía de São Paulo, la gran ciudad de Brasil, y volvería allí cuando acabara el curso de costura.

—Por favor, san Antonio —susurró Emília—, permíteme ir con él.

—No deberías pedir cosas triviales a los santos —dijo Luzia. Estaba de pie en la puerta de entrada al dormitorio. Su cabeza rozaba la parte superior del marco encalado. Cuando entraba en una habitación parecía ocuparla toda, creando la sensación de que existía menos espacio del que había. Sus hombros eran anchos y los músculos de su brazo derecho —el brazo bueno— eran torneados y duros, ejercitados tras años de hacer girar la rueda de la máquina de coser de tía Sofía. Sus ojos eran su mejor rasgo, el más femenino. Emília los envidiaba. Tenían los párpados amplios, como los de un gato, y eran de color verde. Bajo las gruesas cejas y negras pestañas de Luzia, su color resultaba extraordinario, como los brotes de dalias de tía Sofía, que emergían de la tierra negra. Luzia acunaba su brazo izquierdo —el brazo tullido— en el derecho. El codo del brazo se había atascado para siempre en un tosco ángulo recto. Los dedos y el hombro de Luzia funcionaban a la perfección, pero el codo nunca se había curado bien. Tía Sofía echaba la culpa a la curandera por su pésima labor al encajar los huesos rotos.

—El amor no es algo frívolo —dijo Emília. Cerró los ojos para reanudar sus rezos.

—San Antonio ni siquiera es el santo al que hay que pedirle eso —dijo Luzia—. Elegirá erróneamente. Si pides un semental, te dará un burro.

—No creo, Fon Fon dice lo contrario.

—Deberías rezarle a san Pedro.

—Tú di tus oraciones y yo diré las mías —dijo Emília, apretando con más fuerza la foto de san Antonio entre sus manos.

—Deberías encender una vela para que te preste atención —siguió Luzia—. Las flores no funcionan. Y ésa ni siquiera es una flor de verdad.

—¡Cállate! —le gritó Emília con brusquedad.

Luzia encogió los hombros y se marchó. Emília intentó concentrarse en sus oraciones, pero no pudo. Se acomodó el pelo detrás de las orejas, besó su fotografía de san Antonio y salió de la habitación, siguiendo a su hermana.

2

La casa de tía Sofía era pequeña, pero sólida, con ladrillos en la parte exterior y paredes bien terminadas por dentro, encaladas. Cuando acudía gente de visita, extendía las manos para tocar la tersa superficie de las paredes, sorprendida por semejante lujo. Tía Sofía también había instalado un excusado atrás, completo, con una puerta de madera y una cavidad revestida de arcilla en el suelo de tierra. La gente decía que jugaba a ser rica, que malcriaba a sus jóvenes sobrinas con tales derroches. Su tía era la mejor costurera del pueblo. Había otras mujeres que cosían, pero, según tía Sofía, no eran profesionales; sus puntadas eran burdas y no reforzaban las costuras de los pantalones, ni sabían cómo confeccionar la camisa de un caballero. La máquina de coser de tía Sofía —una Singer manual, es decir sin pedal, con una rueda y una base de madera— era vetusta. La rueda de la máquina estaba oxidada y era difícil hacerla girar, la aguja estaba desafilada y la palanca que hacía saltar la base de la aguja de coser hacia arriba y hacia abajo se atascaba a menudo. Pero tía Sofía insistía en que la excelencia de una costurera no dependía de la máquina de coser. Una buena costurera debía prestar atención al detalle, reconocer el contorno del cuerpo de la gente y saber cómo caerían o se adherirían a esas formas diferentes tipos de tela, ser eficiente con esas telas, sin cortar jamás demasiado ni demasiado poco, y finalmente, una vez que la tela era cortada y calzada debajo de la aguja de la máquina, no podía dudar, no podía titubear. Una buena costurera debía ser resuelta.

Cuando eran muy pequeñas, tía Sofía les hacía ropa para las muñecas recortando papel de estraza y luego trazaba los patrones sobre retazos de tela de verdad. Les enseñó a dar puntadas, a mano primero, lo que le había resultado más fácil a Luzia, y luego les enseñó a manejar la máquina de coser. La máquina manual había sido un desafío para la hermana de Emília. El brazo bueno de Luzia le daba a la rueda mientras el brazo petrificado movía la tela bajo la aguja. Como su brazo no podía doblarse, Luzia tenía que mover todo el torso para evitar que la tela se deslizara y para mantener las puntadas en línea recta. La mayoría de la gente contrataba a tía Sofía, Emília y Luzia para coser los vestidos de primera comunión de sus hijos, para los vestidos de novia de sus hijas, para los trajes funerarios de sus padres, pero se trataba de ocasiones solemnes y excepcionales. Sus clientes principales eran el coronel y su esposa, doña Conceição.

A Emília le encantaba coser en casa del coronel. Le encantaba comer las azucaradas tortas que la sirvienta llevaba al cuarto de costura como merienda. Le encantaba el fuerte olor a cera para el suelo, el sonido de los tacones de doña Conceição sobre las baldosas negras y blancas, el repique profundo del reloj de pie que había en el vestíbulo. El cielorraso del coronel estaba recubierto de yeso y pintura, ocultando las tejas naranja del techo. Era terso y blanco como la superficie glaseada de una tarta.

Doña Conceição había comprado hacía poco una máquina de última generación: una Singer que se manejaba con pedal. La máquina estaba apoyada sobre una pesada base de madera con patas de hierro. Tenía diseños florales grabados sobre su brillante superficie de metal. Habían sido necesarias dos de las mulas de carga del coronel para subir la Singer por el sinuoso sendero de montaña hasta el pueblo. Era mucho más difícil de manejar que la antigua máquina manual de tía Sofía. Por ello, la compañía Singer enviaba instructores a todo Brasil y ofrecía siete clases gratuitas con cada compra. Doña Conceição insistió en que fueran Emília y Luzia quienes las tomaran. Luzia no apreciaba las clases, pero Emília sí. Le habían presentado al profesor Celio, de quien ella esperaba que le presentara el mundo.

Los días que tenían clases, Emília abreviaba sus oraciones a san Antonio para tener tiempo de lavarse el pelo. Debía estar completamente seco para que tía Sofía le permitiera salir de la casa. Su tía creía en los peligros del pelo mojado: causaba fiebres, enfermedades terribles, hasta deformidades. Cuando eran niñas, tía Sofía a menudo repetía la historia de una pequeña rebelde que salió con el cabello mojado. El viento la golpeó y la encorvó para el resto de su vida, torciendo e inutilizando todo su cuerpo.

Emília se dirigió a la cocina. La leña ardía y se amontonaba sobre la boca llena de hollín del fogón. Tía Sofía removía el fuego con su largo atizador, y luego agitaba un abanico delante de un pequeño agujero que había en la cocina de ladrillo, bajo las llamas.

Las piernas de su tía eran tan gruesas como los postes de una gran valla; los tobillos no se distinguían de los muslos. Gruesas venas azules se hinchaban bajo la piel de sus tobillos y detrás de sus rodillas, producto de todos los años que se había pasado sentada frente a una máquina de coser. Una larga trenza blanca colgaba sobre la espalda de tía Sofía.

—Bendígame, tía —dijo Emília con tono rutinario.

Su tía dejó de abanicar el fogón. Besó la frente de la chiquilla.

—Bendita seas. —Tía Sofía frunció el ceño. Tiró del pelo de Emília—. Pareces un hombre con este... Eres como uno de esos cangaceiros.

Las modelos del último Fon Fon —bocetos de mujeres con largos cuerpos y labios coloreados— tenían oscuras, cortas y brillantes melenas como de seda fina, que enmarcaban sus rostros con formas muy simétricas. Una semana antes, Emília había cogido las grandes tijeras de coser y había copiado el corte de pelo. Tía Sofía casi se desmaya cuando la vio con aquel nuevo aspecto.

—¡Santo cielo! —había gritado la buena mujer. Agarró a Emília del brazo y la llevó ante el altar de los santos para que pidiera perdón. Desde entonces, tía Sofía la había obligado a atarse un pañuelo sobre la cabeza cada vez que salía de la casa. Emília había previsto esa reacción de su tía. Hacía años que el tío Tirso había fallecido, y sin embargo tía Sofía sólo usaba vestidos negros, con dos camisolas por debajo. Llevar menos ropa era, según ella, el equivalente de caminar desnuda. Jamás permitía que Luzia o Emília llevaran algo de color rojo, o encarnado, como solía llamarlo tía Sofía, porque era el color del pecado. Y cuando Emília usó su primer sostén, tía Sofía había ajustado tan fuerte las tiras del corpiño que Emília casi se desvaneció.

—Tía, ¿debo llevar un pañuelo hoy? —preguntó Emília.

—Por supuesto. Lo usarás hasta que te vuelva a crecer el pelo.

—Pero en la capital todo el mundo lleva el pelo así.

—No estamos en la capital, aquí somos decentes.

—Por favor, tía, sólo hoy. ¡Sólo para la lección de costura!

—No. —Tía Sofía abanicó el fuego con mayor velocidad. Las ramillas se tiñeron de naranja.

—Es que parezco una recolectora de café.

—¡Mejor parecer una recolectora de café que una mujer fácil! —gritó tía Sofía—. No hay deshonra en ser recolectora de café. Tu madre recogía café cuando era niña.

Emília soltó un largo suspiro. No le gustaba imaginarse a su madre de esa manera.

—No te enfades —dijo tía Sofía, señalando con el atizador la cabeza de Emília—. Debiste pensarlo antes de hacer... eso.

—Sí, señora —replicó Emília. Quitó el trapo que cubría la jarra de arcilla al lado del fogón y vertió el contenido de una taza de agua en la palangana de metal. En el rincón más alejado de la cocina, tía Sofía había instalado una cortina precaria, para que se pudieran bañar en privado. Emília cogió la barra de jabón perfumado de su escondite en el alféizar de la ventana. Era un regalo de doña Conceição. Emília lo prefería al ordinario jabón negro que compraba tía Sofía, que le daba a todo un cierto olor a cenizas. Se sentó en cuclillas al lado de la palangana y ahuecó las manos para echarse el agua sobre la cabeza. Frotó la pelotita pequeña y perfumada en sus manos.

—Bendígame, tía —dijo Luzia. Entró descalza por la puerta de atrás, con un cuenco vacío en sus grandes manos. Había estado echando maíz a las gallinas «pintadas». A Emília le desagradaban esas gallinas moteadas: siempre que les daba de comer le picoteaban los dedos de los pies y revoloteaban alrededor de su cara. Con Luzia, las gallinas se comportaban correctamente. Se apartaban cuando pasaba y soltaban un cacareo inusualmente agudo, que sonaba como una tribu de ancianas que repetían las palabras: «Soy débil, soy débil, soy débil».

—¿Otra vez te vas a lavar la cabeza? —preguntó Luzia. Como Emília la ignoró, posó las manos sobre las caderas—. Estás gastando agua. ¿Qué pasa si no llueve durante los próximos cuatro meses?

—No soy un animal —replicó Emília, sacudiendo la cabeza. Pequeñas gotitas oscurecieron el suelo de tierra—. Me niego a oler como uno de ellos.

Tía Sofía cogió un mechón enredado del cabello de Luzia y se lo llevó a la cara. Arrugó la nariz:

—¡Hueles como las gallinas! Deja de regañar a tu hermana y lávatelo tú también. No permitiré que vayas a tu clase de costura sucia.

—Odio esas clases —dijo Luzia, poniéndose fuera del alcance de su tía.

—¡Cállate! —gritó tía Sofía—. Deberías mostrarte agradecida por poder asistir a ellas.

Luzia se dejó caer sobre una banqueta de madera de la cocina. Acunó el brazo rígido con el sano, una costumbre que daba a ambos un aspecto normal, como si Luzia estuviera exasperada y tan sólo cruzara los brazos delante del pecho.

—Estoy agradecida —farfulló—. Sólo tengo que observar a Emília, verla adular a nuestro profesor una vez al mes.

—¡No lo adulo! —El rostro de Emília se tiñó de rojo—. Le manifiesto respeto. Es nuestro profesor.

Tía Sofía jamás estaría de acuerdo con las cartas perfumadas, las sonrisas secretas. Su tía creía que ir de la mano era vergonzoso, que un beso en una plaza pública era signo de estar camino al altar.

—Estás celosa —dijo Emília—. Yo puedo manejar la Singer, y tú no.

Luzia la miró.

—No estoy celosa de ti, culo de cesta —dijo.

Emília dejó de secarse el cabello. Los niños del colegio de curas la habían llamado así cuando su cuerpo cambió y los vestidos comenzaron a quedarle apretados. Emília ya no podía ni siquiera mirar las enormes, redondas canastas que se vendían en el mercado sin sentir una punzada en el alma.

—¡Gramola! —clamó Emília.

Durante unos segundos, los ojos de Luzia se abrieron de par en par, y sus pupilas, como rayos, atravesaron aquellos brillantes círculos verdes. Luego se entornaron. Luzia cogió el jabón perfumado y lo arrojó por la ventana. Emília se levantó, y casi echa a rodar la palangana. Su jabón de lavanda yacía cerca del excusado, tirado en medio de restos de maíz seco. Las gallinas lo picoteaban. Emília salió corriendo afuera, ahuyentándolas de una patada.

—¡Menudas dos burras! —gritó tía Sofía. Siguió a Emília y le echó una toalla sobre los mojados rizos—. ¡He criado a dos burras!

La tía Sofía se santiguó y le dirigió la palabra al techo, como si Emília y Luzia no estuvieran presentes:

—Santo Dios, lleno de misericordia y de gracia, haz que estas muchachas se den cuenta de que son de la misma sangre. ¡Que están solas frente al mundo!

Luzia salió de la cocina. Emília le quitó al jabón los pedacitos de maíz. Intentó ignorar la voz de su tía. Había escuchado esa salmodia un montón de veces y en cada ocasión había deseado que no fuera cierta.

3

Sólo tía Sofía y Emília empleaban el nombre de pila de Luzia. Todos los demás la llamaban Gramola.

El nombre se había originado en el patio de recreo del padre Otto. Emília había sido la primera niña de la clase de Religión en desarrollarse —sus caderas y sus pechos crecieron tan rápido que tía Sofía tuvo que rasgar sus vestidos por la mitad y agregar unas tiras de tela—. Cuando cumplió 13 años, un muchacho la cogió durante el recreo y apretó los labios con violencia contra su cuello. Emília chilló. Intentó escabullirse, pero el chico volvió a abrazarla.

Luzia contempló la escena, y sus gruesas cejas se contrajeron. Caminó a grandes zancadas hacia ellos. Sólo tenía 11 años, pero ya era más alta que la mayoría de los chicos de su clase. Aquel invierno se había vuelto tan delgada y desgarbada como un árbol de papaya. Tía Sofía había dejado de soltar el vuelo de sus vestidos y, en cambio, comenzó a agregar tiras de tela mal emparejadas alrededor del dobladillo.

—Suelta a mi hermana —dijo Luzia con una voz grave y ronca. Olía a leche cortada. El rígido codo estaba envuelto en tela y embadurnado con manteca y grasa de cerdo. Tía Sofía y la curandera aún creían que se podía aflojar la articulación con grasa.

El muchacho sonrió maliciosamente.

—¡Gramola! —gritó—. ¡Brazo de gramola!

Sólo dos ciudadanos en Taquaritinga poseían el lujoso tocadiscos de cuerda así llamado. Una vez al año, durante la fiesta de San Juan, llevaban las gramolas a la plaza pública. Los altavoces de bronce de las máquinas parecían enormes flores de campana. Tocaban música a todo volumen, y cuando terminaba una canción, sus dueños movían cuidadosamente el brazo doblado de bronce sobre un disco de pasta nuevo.

—¡Gramola! ¡Gramola! —gritaron riendo los demás niños. Luzia dejó caer la cabeza sobre el pecho. Emília creyó que estaba llorando. De pronto, Luzia se irguió, encabritada. Cuando iban al colegio, las dos hermanas pasaban a menudo delante de cabras que pastaban entre la hierba. Cuando los animales peleaban, embestían al enemigo con la frente, y luego levantaban la cabeza hacia arriba para perforar un ojo o una barriga con sus cuernos. Luzia embistió al muchacho de esa forma, de cabeza. Hubiera retrocedido y vuelto a hacerlo si su maestro, el padre Otto, no la hubiera detenido. Llevó al muchacho, sumido en llanto, con la boca y la camisa ensangrentadas, al interior de la capilla. Después del incidente, la gente comenzó a llamar Gramola a Luzia. Al principio, lo hicieron en secreto, pero el nombre se impuso rápidamente y todos, hasta el padre Otto, lo empleaban. Al poco tiempo, Luzia desapareció y Gramola ocupó su lugar.

Antes del accidente, había sido una niña alegre y llena de vida. La gente la llamaba la Yema y a Emília, la Clara, un sobrenombre que había irritado a Emília, porque implicaba que su hermanita tenía más concentración nutritiva, más poder. Después del accidente, el nombre de Luzia fue reemplazado por el de Gramola, y era una chiquilla callada y taciturna. Le gustaba sentarse sola y bordar retazos de tela amontonados en su casa. Sobre esos trapos desechables bordaba armadillos con cabezas de gallina, panteras con alas, halcones y búhos con rostros humanos, cabras con patas de rana. En el colegio, Gramola no sentía interés alguno por las clases. No había buenos pupitres en las aulas, tan sólo largas mesas con bancos de madera que, a media mañana, ya le provocaban dolor en la espalda. Un crucifijo colgaba de la pared delantera, sobre el escritorio del padre Otto. La pintura a los pies del Cristo se había descascarillado, dejando a la vista un yeso gris. Él los miraba fijo, con ojos compasivos, mientras hacían las tareas. Gramola lo miraba a su vez. Se rascaba el rígido brazo, como si pudiera reanimar los huesos, y miraba a Jesús con los ojos entornados. El padre Otto sabía que Gramola no prestaba atención durante las clases, pero, como creía que estaba consumida por el dolor de Cristo, no la castigaba como lo hubiera hecho con Emília o cualquier otro niño de la clase. Pero cuando Emília veía que los ojos de su hermana se ponían vidriosos sabía que la mirada de Luzia estaba yendo más allá de Jesús, perdida en su propio mundo. Su hermana entraba a menudo en ese estado en su casa. Quemaba el arroz o derramaba el agua o cosía torcido hasta que Emília la sacudía y le decía que se despertara.

Aunque Luzia sobrevivió al accidente, había dejado atrás una parte esencial de sí en algún otro mundo al que nadie podía acceder. Desamparó a Emília cuando tuvo que lidiar con la feroz maledicencia del pueblo, las supersticiones de su tía y su propio cuerpo que se transformaba, volviéndose, de un día para otro, exuberante y suave. Emília ya no quería agacharse en la tierra y hurgar en los hormigueros ni romper los nidos de arcilla de las avispas con las muchachas de su edad. Esos juegos le parecían monótonos y vulgares. Luzia tampoco deseaba participar en sus juegos, pero por motivos diferentes. Las niñas se burlaban de su brazo, de su tamaño, y Luzia terminaba por atacarlas, por tirarles del pelo, y dejaba a los niños con la nariz ensangrentada. Emília era la única que podía calmar a su hermana. Por ello, las dejaban tranquilas, aisladas en la sólida casa de tía Sofía, en compañía de la costura y los retratos familiares.

Tres retratos familiares colgaban en el salón delantero de la casa de tía Sofía. De niña, a Emília le gustaba subirse a la mesa de costura de madera donde tía Sofía medía y cortaba la tela. Apoyaba sus manos a cada lado de las fotos enmarcadas. La pared encalada se notaba fría y tersa bajo sus manos.

La primera fotografía era un retrato matrimonial de sus padres en blanco y negro. En los bordes estaba abombado por el agua de lluvia que se había escurrido del techo y filtrado dentro del marco. Estaban sentados el uno al lado del otro, y la mano de su padre aparecía, borrosa, sobre la de su madre. Parecían asustados. El pelo de él estaba peinado con gomina, con raya al medio. Su piel era de un pálido gris, mientras que la tez de su madre, ligeramente oscurecida por el velo que le llegaba hasta el mentón, era oscura, del color de las cenizas o la piedra. En la fotografía aparecía mordiéndose los labios, como si estuviera temblando. Su madre había muerto desangrada inmediatamente después de dar a luz a Luzia, y tras el entierro tía Sofía quitó las sábanas y el colchón manchado relleno con hierba y los quemó en el patio, allá por donde estaba el excusado.

Su padre era el hermano menor de tía Sofía. Era un hombre alto que se ganaba la vida como colmenero; tenía varias colmenas sobre el lado rocoso de la montaña, y vendía miel, polen y propóleo; Emília tenía recuerdos nebulosos de haber jugado con el propóleo... haciendo una pelota con la sustancia pegajosa en sus manos, antes de que su padre cogiera el trozo y lo colocara dentro de la caldera de metal. Recordaba el improvisado traje de colmenero de su padre: guantes de cuero, gruesa chaqueta de lona y un sombrero con un velo de tela metálica estirado y ajustado alrededor del cuello. Algunos colmeneros podían meter las manos descubiertas dentro de la colmena sin recibir una sola picadura. Su padre no era uno de ellos.

Cuando Emília tenía cinco años y Luzia tan sólo tres, las dejó en casa de tía Sofía y nunca más volvió a buscarlas. Prefería sentarse delante de las chozas de chapa a la vera del camino y consumir licor de caña. Se transformó en un borracho con voz rasposa y aspecto abandonado que gustaba de recostarse sobre los troncos de árbol o sentarse en las esquinas de las calles, hablando consigo mismo o con los transeúntes. Cuando tenía un buen día, visitaba la casa de tía Sofía, oliendo a vómito y a colonia barata. Sus ojos asombrosamente verdes brillaban entre los pliegues arrugados de su rostro, que se había vuelto opaco y tosco como una silla de montar de mulero.

Cada vez que Emília le preguntaba a su tía sobre el mal que aquejaba a su padre, Sofía le respondía lo mismo:

—Tiene un temperamento nervioso.

Luego hacía girar la rueda de su máquina de coser con más fuerza, o revolvía más rápidamente una olla con frijoles sobre el fogón, dando por terminada la conversación.

Si tenía un mal día, el padre veía a sus pequeñas hijas cuando se dirigían caminando a la escuela del padre Otto, y confundía a Emília con su esposa muerta. Las uñas de sus pies estaban rotas, con un reborde de sangre reseca por sus constantes tropiezos. Tendía a perder los zapatos, y una vez al mes tía Sofía le compraba sandalias baratas de esparto. «¡María!», llamaba a voces, arrastrando las últimas letras del nombre de su madre, y Emília miraba hacia abajo, hacia sus sandalias, y seguía caminando, asustada de la mirada de su padre.

Cuando Emília tenía 14 años y Luzia 12, volvió a sus colmenas. El sendero de la montaña estaba cubierto de maleza. Las tapas de las cajas de las colmenas chorreaban propóleo. Las abejas se habían vuelto iracundas y salvajes. Dos granjeros tuvieron que vestirse de pies a cabeza con la ropa de cuero de vaqueiro para trasladar a su padre cuesta abajo. Llevaban su cuerpo macilento —que para Emília tenía el aspecto de un saco de piel lleno de agua— cuesta abajo por el sendero principal, hacia el pueblo. Emília y Luzia le cosieron el traje mortuorio.

Cada domingo, Luzia y ella ponían flores sobe la tumba de sus padres. Ella colocaba flores decentes: ramos de dalias mezcladas con largas varas de crestas de gallo de color rojo sangre, al lado de los ramilletes de florecillas que le gustaba recoger a Luzia. Una vez al año, el Día de Difuntos, Emília y Luzia llevaban un cubo de cal y brochas al cementerio y blanqueaban la sepultura. Cada vez que pasaba y repasaba el líquido calcáreo sobre la tumba de sus padres, Emília sentía cierto malestar, pues creía que los demás cuerpos inertes que había en ese camposanto la estaban observando y deseaban una nueva mano de pintura sobre sus propias moradas de reposo. Había hileras de diminutas sepulturas —del tamaño del costurero de Emília— para los «ángeles», como los apodaban sus madres desconsoladas, que habían nacido demasiado débiles para sobrevivir. Había tumbas más grandes, decoradas con rosarios y fotografías de los muertos, en su mayoría hombres, al lado de cuyos retratos se veían las fundas de cuero de sus puñales. Taquaritinga era como cualquier otro pueblo del interior: poseer un cuchillo era más común que tener un par de zapatos. Los llamaban peixeiras, y sus breves hojas se afilaban sobre rocas planas para lograr una lámina cortante y pulida. Cortaban gruesas sogas; troceaban tallos de maíz; seccionaban melones; rebanaban pescuezos de cabras y novillos, y luego los desollaban y destripaban. Cuando había una discusión, se resolvía con los cuchillos. Taquaritinga no tenía un comisario, tan sólo un sargento de la Policía Militar, que aparecía dos veces al año y cenaba con el coronel. El padre Otto alentaba a los hombres a resolver las diferencias con palabras, y Emília sentía lástima por él durante esos sermones. Antes de que llegara, no había escuela. Las palabras eran esquivas, torpes, difíciles de comprender. Con el cuchillo era mucho más fácil. La gente hallaba cuerpos apuñalados y abandonados sobre senderos apartados. Casi siempre el muerto había insultado a la esposa de otro hombre, o había robado, o había comprometido el honor de alguien y debía ser castigado. Algunas veces las peleas se transformaban en disputas familiares, y una familia entera perdía a sus hombres, uno por uno, dejando a las mujeres vivas para enterrarlos. Las mujeres también corrían riesgos. Los partos eran a menudo seguidos de entierros, y una de las amigas que Emília había hecho en su infancia en la escuela de la iglesia —una niña callada, con dientes prominentes— había sido víctima de la ira de su esposo. La muerte, con todos sus ritos y rituales, su incienso y sus oraciones, sus largas misas y blancas hamacas para enterrar al difunto, era común, mientras que la vida era excepcional. Vivir era algo aterrador. Hasta Emília, que les tenía aversión a las supersticiones tanto como al aspecto descuidado, terminaba sus frases, sus planes y sus oraciones con la expresión «si Dios quiere». Parecía que no había certeza de nada. Cualquiera, en cualquier momento, podía ser alcanzado: un brazo atrapado en una prensa, una coz de burro imprevista o un accidente semejante al del tío Tirso.

El segundo retrato sobre la pared de tía Sofía era una pintura del tío de Emília. El hombre del cuadro era joven, la boca se le torcía hacia abajo y levantaba el mentón en un gesto serio. Tenía un grueso bigote y un sombrero de gamuza de ala corta sujeto con una correa debajo de la barbilla. La pintura había sido encargada por el primer coronel Pereira, que había muerto en 1915, dejándole a su único hijo, el segundo y actual coronel Pereira, mil cabezas de ganado, ochocientas hectáreas de tierra y su título. Muchos murmuraban por lo bajo que el primer coronel Pereira había comprado el título sobornando a un político en Recife. Los coroneles no eran oficiales militares, aunque tenían pequeños grupos de hombres que les eran leales. En las tierras paupérrimas, los coroneles eran los principales terratenientes. Por ello, creaban y dictaban sus propias leyes y se ocupaban de hacerlas cumplir. Muchos coroneles empleaban redes de capangas, hombres silenciosos y leales entrenados para dar un castigo ejemplar a ladrones, disidentes y rivales políticos, cortándoles una mano, marcándoles la cara con hierro candente o haciéndoles desaparecer por completo, enviando a los ciudadanos locales el mensaje de que su coronel podía ser magnánimo o cruel, dependiendo de su grado de obediencia.

Emília sabía que había dos tipos de coroneles: aquellos que habían heredado o comprado sus títulos, como el actual coronel Pereira, y aquellos que los habían obtenido a la fuerza, granjeándose reputaciones indómitas, contratando pequeños ejércitos de hombres leales y después forjando una trayectoria sangrienta mediante la adquisición de tierras, más adelante dinero y por fin influencia. Ambos tipos de coroneles eran sumamente ricos, pero uno era más poderoso que el otro. El coronel Chico Heraclio de Limoeiro era tan rico que se rumoreaba que tenía la boca llena de dientes de oro. El coronel Clovis Lucena disparó a un hombre por ensuciarle los zapatos. Y se decía que el coronel Guilherme de Pontes, que dirigía Caruaru, era el más poderoso de todos, dueño de una parte tan grande del estado que se rumoreaba que tenía reuniones privadas con el gobernador.

El tío Tirso había trabajado de vaqueiro, conduciendo ganando para el difunto coronel Pereira durante la gran sequía de 1908. De acuerdo con tía Sofía, las personas y los animales subsistían con cactus, por igual. Las vacas del viejo coronel se desplomaban.

«Perder una vaca o un caballo era más trágico que perder a un hombre», solía explicar tía Sofía a Emília y Luzia. Les contaba la historia de tío Tirso por la noche, mientras les masajeaba los dedos y las manos antes de irse a la cama. El masaje de tía Sofía se volvía invariablemente menos entusiasta, la presión más ligera y menos concentrada cuando se perdía en sus recuerdos. A su fallecido le gustaba el café negro. Su fallecido se peinaba el bigote antes de ir a la iglesia. Su fallecido cuidaba el ganado del coronel como si fuera el propio. Y un día no regresó con la manada. Nadie supo qué le había sucedido: si lo habían capturado los cangaceiros, si había sido picado por un escorpión o una víbora, o si sencillamente había muerto de frío.

El coronel envió a otros dos vaqueiros a buscarlo. Recorrieron los espesos matorrales de la base de la montaña, gritaron su nombre; otearon el horizonte en busca de buitres. Tres días más tarde, hallaron su cuerpo sepultado en los pastizales áridos, completamente despedazado. El primer coronel encargó un retrato y una caja de madera para los huesos. El padre Otto bendijo la caja, admitiendo que, siempre que enterraran a tío Tirso algún día, no le perjudicaría permanecer cerca de sus seres queridos. A Luzia le parecía romántica la caja de huesos, pero la muchacha no sabía nada del amor. Prenderse el pañuelo del ser amado en la parte interior de la blusa era romántico. Intercambiar notas perfumadas era romántico. Vivir con la llama del amor no correspondido en el corazón, como las mujeres de las novelas de Fon Fon, era romántico. Pero guardar huesos, pensó Emília, era algo que hacían los perros.

El tercer y último retrato que colgaba sobre la pared frontal era una fotografía de Luzia y ella. Era el retrato de su primera comunión. El padre Otto estaba de pie entre ellas, posando una mano blanca sobre un hombro de cada una. Tía Sofía decía que cuando el padre Otto llegó al pueblo por primera vez había sido un espectáculo, subiendo la montaña en un carro de bueyes lleno de libros, baúles y mapas enrollados. Sonreía y sudaba, y su cara era de un fuerte color rosado por encima del alzacuellos de sacerdote. Tía Sofía jamás había visto a un hombre de ese color, que era como la pulpa de la guayaba. Pero en la foto no parecía de color rosa: en el retrato era tan blanco como sus vestidos de comunión.

El padre Otto había llegado de Alemania durante la Gran Guerra. Todas las mañanas tocaba las campanas de la iglesia de Taquaritinga y esperaba que los pocos estudiantes se dirigieran a su escuela. La escuela del padre Otto era la única que había en el pueblo, pero sus bancos jamás estaban totalmente ocupados. El coronel Pereira contrataba tutores privados para sus hijos, y muchos otros residentes de Taquaritinga creían que la escuela era un desperdicio. Los niños terminarían siendo inevitablemente lo mismo que sus padres: granjeros o vaqueiros, o el capanga del próximo coronel. No necesitaban leer o escribir. En cuanto a las labradoras, la alfabetización era un obstáculo más que un valor. Las esposas que sabían leer podían presumir de ser mejores, engañar a sus maridos analfabetos y, lo peor, ser capaces de escribir cartas de amor. Sin embargo, unos pocos residentes —mercaderes, carpinteros y otros comerciantes— valoraban la escuela del padre Otto. Aunque no sabía ni leer ni escribir, tía Sofía estaba entre ellos. Los patrones de vestidos impresos se estaban volviendo cada vez más populares y la mayoría de las máquinas de coser venían con gruesos y detallados manuales de instrucciones. Tía Sofía quería que Emília y Luzia estuvieran a tono con la época.

La Geografía era la asignatura preferida de Emília. Debajo del crucifijo había un mapamundi con los países pintados en colores pastel y los nombres escritos en letra cursiva. El padre Otto tomaba la lección todos los días a la clase, y todos, excepto Luzia, recitaban los nombres de los países al unísono. Cuando gritaban «¡Alemania!», Emília siempre imaginaba un lugar lleno de personajes como el padre Otto, hombres y mujeres bajos y rechonchos con caras sonrosadas, ojos azules y el pelo tan fino y rubio que parecía harina de mandioca.

Había también un enorme mapa de Brasil. El padre Otto señalaba el estado de Pernambuco muchas veces durante cada lección. Estaba cerca de la parte superior de la república, y era más largo que ancho. Emília pensaba que parecía un brazo estirado que se extendía hacia la costa. A la altura del hombro se encontraba el inmenso espacio de matorral, la caatinga —a menudo llamado el sertão—, donde escaseaba el agua y sólo crecía el cactus. El padre Otto decía que los esclavos fugitivos, los soldados holandeses y los indios que se alejaban de la costa se habían establecido allí, protegidos por el inhóspito clima del desierto. Emília intentaba imaginarse a esas tribus oscuras y claras de hombres que habitaban juntos, cazando víboras y halcones para subsistir. En el codo del estado estaba su pueblo, Taquaritinga, situado sobre una pequeña cadena de montañas, la puerta de entrada a la caatinga. En la muñeca estaban las plantaciones, las extensiones de bosque atlántico que habían sido taladas y quemadas para dejar sitio a la caña de azúcar. En los nudillos se situaba la capital —Recife—, con sus calles de adoquines, sus hileras de casas estrechamente amontonadas y su inmenso puerto, que Emília imaginaba lleno de barcos de guerra y cañones humeantes, por los cuadros que representaban la invasión holandesa que había visto en uno de los libros de Historia del padre Otto. Y en las puntas de los dedos de su estado se hallaba el mar. Emília soñaba con visitar aquel océano, con meter el pie en el agua salada. Se lo imaginaba verde, verde oscuro, aunque los océanos del mapa estuvieran todos pintados de azul pálido.

Taquaritinga estaba a una semana de viaje de la costa, sobre la cima de una montaña, cerca de la frontera con el estado de Paraíba. Lo primero que veía la gente cuando trepaba por el sendero curvo de montaña era el campanario de la iglesia; pero durante la estación lluviosa del invierno sólo podían ver una nube de bruma. La plaza principal, alrededor de la iglesia, había sido de tierra hasta que el coronel encargó que fuera empedrada, y durante meses hubo montones de rocas y se escucharon los sonidos de trabajadores levantando los mazos y machacando la piedra contra la tierra. Emília preguntaba a menudo al padre Otto cómo eran las ciudades de verdad.

—Atiborradas de gente —respondía él, y Emília lo imaginaba con la oscura capa de sacerdote abriéndose paso a través de multitudes de mujeres y niños que llevaban vestimentas coloridas y sombreros decorados con plumas de avestruz—. Atiborradas de gente y ni la mitad de hermosas que Taquaritinga —le aseguró el padre Otto. Emília no lo creía.

En su primera comunión, el padre Otto les había regalado a Emília y Luzia dos biblias blancas del tamaño de la palma de la mano, especialmente encargadas en Recife. Tenían las biblias abrazadas al pecho cuando posaron para su retrato de comunión. Tía Sofía había ahorrado durante tres meses para pagar al fotógrafo. El hombre delgado tomaría tan sólo una instantánea. Emília quería que el retrato fuera perfecto. Se quedó quieta durante lo que le pareció una eternidad, esperando que pulsara el botón disparador. Las comisuras de sus labios temblaban. Intentó permanecer totalmente quieta, para que el rosario que colgaba de sus dedos no se meciera. Luzia no se quedó quieta. Tal vez estuviera avergonzada de su brazo doblado, que el fotógrafo disimuló cubriéndolo con un retazo de encaje. Tal vez no le agradara el tímido hombre que se ocultaba bajo la tela negra de la cámara. O quizá fue porque Luzia no se dio cuenta, como Emília, de que tenían una sola oportunidad para que saliera bien la fotografía, de que con un clic quedarían plasmadas para siempre.

Justo en el momento en que se disparó el flash, Luzia se movió. Su rosario se balanceó, su velo de comunión se torció, y el retazo de encaje se deslizó de su brazo y se cayó al suelo. Cuando el retrato volvió del laboratorio del fotógrafo, Emília se sintió amargamente decepcionada. Su hermana aparecía borrosa. Parecía como si hubiera un fantasma que se movía detrás de Luzia, como si hubiera tres niñas en la foto en lugar de dos.

4

El sol se elevó lentamente sobre el campanario amarillo de la iglesia. Luzia caminó a paso rápido. Se colgó el costurero sobre el brazo doblado. Había encontrado modos sutiles de sacarle provecho al brazo gramola, como si lo prefiriera así. Emília intentó mantenerse al paso de las largas zancadas de Luzia, pero le dolían los pies. Tenía un par de zapatos negros de charol que alguna vez habían sido de doña Conceição. Las tiras y los estrechos costados del zapato se le incrustaban en los pies. Caminó con cautela por el sendero de tierra.

Las clases de costura tenían lugar en Vertentes, un pueblo de verdad. Había un angosto camino de tierra que lo conectaba con Surubim y luego iba más allá. Tenía el primer médico oficial de la región y el primer abogado, ambos diplomados de la Universidad Federal de Recife. Emília sabía que en Vertentes la gente era juzgada por los zapatos. La gente respetable usaba alpargatas con tiras de cuero y suela de goma. Los granjeros usaban chancletas de esparto. Los pobres no usaban zapatos, directamente; tenían que rasparse las plantas de los pies cubiertas de barro seco con los filos romos de sus cuchillos antes de entrar en las tiendas o asistir a misa. Los caballeros usaban zapatos con cordones, y las damas —las damas de verdad— llevaban zapatos con tacón. Tía Sofía no aprobaba los zapatos con tacón, así que Emília escondía los zapatos en su bolsa de costura y se los ponía después de salir de casa.

Luzia redujo la marcha. Miró con desaprobación los zapatos de Emília, pero no dijo nada. Emília agradeció el silencio de su hermana; no quería volver a discutir. Dos mujeres barrían las escaleras frente a sus casas, levantando una nube de polvo alrededor de sus pies. Se apoyaron sobre sus escobas cuando vieron pasar a Emília y Luzia.

—Buenos días —dijo Luzia, con un gesto de la cabeza.

—Hola, Gramola —respondió la mujer mayor.

—Hola, Emília —dijo la más joven de las dos, y luego se tapó la boca para reprimir la risa. La mujer mayor sonrió y sacudió la cabeza. Emília asió fuerte el pañuelo que cubría su cabeza rapada.

—Estás muy bien —susurró Luzia. Dirigió una mirada de repudio a las mujeres que se escondían tras sus tontas risitas, y gritó—: ¡Si queréis reír, comprad un espejo y mirad vuestra propia cara!

Emília sonrió. Dio un apretón a la mano de su hermana. Unos meses antes, Emília había visto un sombrero en Fon Fon, una hermosa creación con plumas que se sujetaba al pelo con horquillas, como un pequeño casquete. Emília quedó tan prendada del sombrerito que confeccionó uno para ella. No pudo hallar plumas negras suaves como las que había en el sombrero de la modelo, así que cuando tía Sofía sacrificó un gallo, Emília guardó las plumas más bonitas: rojas, naranjas y algunas negras moteadas de blanco. A pesar de las objeciones de tía Sofía, Emília usó su casquete con plumas para ir al mercado. Se sentía muy elegante, pero a medida que caminaban entre los puestos del mercado la gente se reía y la llamaban gallina exótica. Emília quería arrancarse el sombrero de la cabeza de pura vergüenza, pero Luzia le susurró: «No te lo quites». Le ofreció el brazo doblado y Emília lo agarró. Mientras dejaban atrás los puestos de verduras y rodeaban los de los carniceros, Luzia miró hacia delante, con el cuerpo alto y erguido y el rostro ferozmente quieto. Luzia no tenía el aspecto pálido y delicado de una modelo Fon Fon, pero había adoptado su aire de elegancia, su ademán de confiado desdén. Emília había intentado copiar esa mirada en su pequeño espejo. Jamás pudo conseguirlo.

—¿Sabes?, Lu, eres bastante buena manejando la nueva máquina de coser —susurró Emília.

Luzia se encogió de hombros:

—Tú lo haces mejor. Siento lo de tu jabón.

Emília asintió. Podría haber sido peor. Al menos Luzia no había revelado nada acerca de las notas. Emília había comprado un fajo de tarjetas azules en la papelería de Vertentes. Todos los meses enviaba una al profesor. Afilaba el grueso lápiz de costura hasta lograr una punta perfecta (no tenían pluma de escribir, aunque Emília deseaba fervientemente una) y componía sus mensajes sobre pedazos de papel de estraza antes de transcribir cuidadosamente las palabras a la tarjeta. Los mensajes eran dubitativos al principio:

Me gustaría felicitarlo por sus habilidades para enseñar.

Sinceramente,

María Emília do Santos

El profesor Celio le respondió:

El motivo es que tengo alumnas con talento.

Y los mensajes de Emília se volvieron más audaces:

Estimado profesor:

Mi corazón late con fuerza cada vez que se pone al lado de mi máquina de coser.

Y él replicó de forma adecuada, en su nota favorita hasta el momento:

Mi querida Emília:

He observado la manera en que guías la tela a través de la máquina.

Tienes dedos hermosos y ágiles.

Atentamente,

Profesor Celio Ribeiro da Silva

Emília le dio una palmadita a su bolsa de costura. El sobre que estaba dentro tenía dos círculos húmedos en donde Emília había rociado su perfume —agua de colonia de jazmín que había comprado con una parte sustancial de sus ahorros—. Esta tarjeta era la más audaz hasta el momento, y sugería un encuentro después de la clase. Emília sintió que un temblor nervioso la recorría. Se aferró más fuerte a su bolso.

La casa del coronel Pereira estaba situada a una distancia prudencial del ajetreo del mercado. Era una enorme mansión blanca en la cima de una colina, detrás de la iglesia. Una cascada de buganvillas rojas y naranjas caía sobre los lados de la cerca. Dos capangas del coronel estaban de pie a ambos lados de la verja delantera, con los pies separados, los sombreros ladeados y las manos sobre las fundas de las pistolas. A su lado, el canoso peón del coronel ajustaba las monturas de dos mulas.

Al principio, doña Conceição le había ofrecido las clases de costura a tía Sofía. Ella rehusó, alegando que ya sabía coser.

—Pero acompañaré a las niñas —dijo tía Sofía. No era seguro que las jóvenes viajaran solas. El trayecto a Vertentes llevaba tres horas para descender de la montaña y cuatro horas de regreso. Emília pasó una noche sin dormir, preocupada por la presencia de tía Sofía en clase. Su tía no se quedaría quieta; interrumpiría al instructor diciéndole cómo coser una puntada u otra, avergonzando a Emília. Antes de que comenzaran las clases, la muchacha habló confidencialmente con doña Conceição, que convenció a tía Sofía de que su anciano peón era un hombre fiable y siempre atento. El viejo estuvo a la altura de su reputación. Si llovía durante el trayecto, detenía las mulas y sacaba un paraguas de su bolso. En Vertentes no permitía que Emília y Luzia llegaran a pie a la clase: no era decoroso que las jóvenes deambularan solas, y guiaba sus mulas hasta la puerta de entrada de la clase. Emília odiaba llegar sobre el lomo de una mula. Luzia y ella montaban al estilo amazona, como damas decentes, apretadas entre los salientes de la silla de montar, que golpeaban sus caderas, y con las grandes canastas de carga rozando sus piernas. Emília debía ajustarse constantemente la falda del vestido, que se le subía durante el accidentado trayecto.

Emília hubiera preferido llegar a la clase en los caballos del coronel, dos purasangres cuyos trotes eran lo suficientemente fluidos como para agradar a doña Conceição. ¡O en automóvil! El coronel guardaba su coche en Vertentes. Era un Ford negro, con una manivela de arranque en la parrilla delantera. El coronel lo subió a Taquaritinga sólo una vez, sobre un c

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