Dalia azul (Trilogía del jardín 1)

Nora Roberts

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Memphis, Tennessee, agosto de 1892

Tener un hijo bastardo no entraba en sus planes. Cuando se enteró de que llevaba en sus entrañas un hijo de su amante, la sorpresa y el pánico se transformaron rápidamente en ira.

Podía arreglarse, claro. Una mujer de su posición tenía recursos y contactos, pero le asustaban, y tenía casi tanto miedo de los defensores del aborto como del hijo no deseado que llevaba en su interior.

La amante de un hombre como Reginald Harper no podía permitirse quedar embarazada.

Ya hacía casi dos años que la mantenía, y muy bien, por cierto. También mantenía a otras, claro —incluyendo a su mujer—, pero eso no le preocupaba.

Aún era joven, y hermosa. Y la belleza y la juventud son productos que se pueden vender fácilmente. Ella llevaba casi una década haciéndolo, con mente y corazón de hierro. Y los había aprovechado, puliéndolos con la gracia y el encanto que había aprendido observando y emulando a las damas que visitaban la gran casa junto al río donde su madre trabajaba.

Había recibido cierta educación... Pero, más que educarse con libros y música, había aprendido el arte del flirteo.

La primera vez que había vendido su cuerpo tenía quince años y, aparte de dinero, también ganó en conocimiento. Pero la prostitución no era su objetivo, no más de lo que podían serlo el trabajo doméstico o encaminarse penosamente a una fábrica cada día. Ella conocía muy bien la diferencia entre una puta y una amante. Una puta ofrecía sexo frío y rápido a cambio de calderilla, y quedaba olvidada antes de que al hombre le diera tiempo a abotonarse la bragueta.

Pero una amante —una amante inteligente y admirada—, junto con el producto que llevaba entre las piernas, ofrecía también romance, sofisticación, conversación, alegría. Era una compañera, un paño de lágrimas, una fantasía sexual. Una amante ambiciosa sabía exigir poco y conseguir mucho.

Amelia Ellen Conner tenía ambiciones.

Y había conseguido lo que quería. Al menos en su mayoría.

Había escogido a Reginald con mucho cuidado. No era guapo, ni especialmente brillante. Pero, como le habían confirmado sus pesquisas, era muy rico y muy infiel a la esposa delgada y correcta que tenía en la mansión Harper.

Tenía una amante en Natchez, y decían que había otra en Nueva Orleans. Y podía permitirse una tercera. Así que Amelia se propuso conseguirlo y lo hizo.

A sus veinticuatro años, vivía en una bonita casa en South Main y tenía tres sirvientes propios. Su guardarropa estaba lleno de hermosas vestiduras y su joyero relucía.

Cierto que no podía codearse con las damas a las que antes envidiaba. Pero existía otro mundo alternativo donde sí recibían a las que eran como ella. Donde la envidiaban.

Ella ofrecía fiestas espléndidas, viajaba, vivía de verdad.

Y entonces, cuando hacía poco más de un año que Reginald la había instalado en aquella bonita casa, su mundo tan inteligentemente planeado se vino abajo.

Amelia se lo habría ocultado hasta que hubiera reunido el valor para ir a los barrios bajos y acabar con aquello. Pero la descubrió, la descubrió porque se puso muy enferma y, cuando él estudió su rostro con aquellos ojos oscuros y astutos, lo supo.

Y no solo se mostró complacido, sino que le prohibió poner fin al embarazo. Para su sorpresa, le compró un brazalete de zafiros para celebrarlo.

Ella no quería el bebé, él sí.

Así que empezó a comprender lo mucho que aquella criatura podía hacer por ella. Como madre del hijo de Reginald Harper —por mucho que fuera un bastardo—, él se ocuparía de ella a perpetuidad. Es posible que perdiera interés por acudir a su lecho conforme la juventud la fuera dejando y la belleza se disipara, pero siempre la mantendría, a ella y al bebé.

Su esposa no había podido darle un hijo varón. Pero tal vez ella sí lo haría.

Llevó aquel hijo en su vientre a través de los últimos rigores del invierno, durante la primavera, y estuvo planificando su futuro.

Y entonces algo extraño sucedió. El bebé se movía en su interior. Se estiraba, se agitaba, daba pataditas. El hijo que no quería se convirtió de verdad en su hijo.

Crecía en su interior como una flor que solo ella podía ver, sentir, conocer. Y con ese hijo nació un sentimiento de amor poderoso y sobrecogedor.

Durante los calurosos y sofocantes meses del verano, Amelia estuvo radiante, y por primera vez en su vida supo lo que era amar algo que no fuera su propia persona y su seguridad.

El bebé, su hijo, la necesitaba. Y ella lo protegería con todas sus fuerzas.

Con las manos apoyadas en su enorme vientre, supervisó la decoración del cuarto para el pequeño. Paredes verde claro y cortinas de encaje blanco. Un caballito balancín importado de París, una cuna hecha a mano en Italia.

Guardó la ropa diminuta en el pequeño armario. Encaje irlandés y bretón, sedas francesas. Todo con las bonitas iniciales del bebé en un exquisito bordado. Se llamaría James Reginald Conner.

Amelia tendría un hijo. Por fin, algo suyo. Alguien a quien amar. Ella y su precioso niño viajarían juntos. Le enseñaría el mundo. Iría a las mejores escuelas. Aquel hijo era su orgullo, su alegría, su vida. Y, aunque durante el bochornoso verano Reginald cada vez iba menos a verla a la casa de South Main, no le importó.

No era más que un hombre. Lo que ella sentía crecer en su interior era un hijo.

Nunca más volvería a estar sola.

Cuando sintió los dolores de parto, no temió. Durante las largas horas de dolor, solo tuvo una cosa en su mente. Su James, su hijo. Su bebé.

Los ojos se le nublaban por el agotamiento y el calor, que era como un monstruo viviente y casi peor que el dolor.

Vio que el médico y la comadrona intercambiaban miradas con expresión sombría. Pero ella era joven y estaba sana, lo conseguiría.

El tiempo había dejado de existir. Una hora daba paso a la siguiente bajo aquella luz de gas que llenaba la habitación de sombras móviles. A pesar del cansancio, Amelia oyó un leve gimoteo.

—Mi hijo. —Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas—. Mi hijo.

La comadrona le impidió que se incorporara y no dejaba de murmurar:

—Ahora descanse. Beba un poco, descanse.

Ella dio unos sorbos para aplacar su garganta seca y notó el sabor del láudano. Antes de que pudiera decir nada, se quedó profundamente dormida. Muy profundamente.

Cuando despertó, la habitación estaba a oscuras, con las cortinas echadas sobre las ventanas. Al ver que se movía, el médico se levantó de su silla y se acercó para cogerle la mano y comprobar el pulso.

—Mi hijo, mi pequeño. Quiero ver a mi pequeño.

—Pediré que le traigan un caldo. Ha dormido mucho rato.

—Mi hijo. Seguro que tiene hambre. Pida que me lo traigan.

—Señora. —El médico se sentó en un lado de la cama. Sus ojos parecían muy claros y atribulados—. Lo siento, el niño ha nacido muerto.

Amelia sintió que las zarpas ardientes del miedo y el dolor le desgarraban el corazón.

—Yo lo oí llorar. ¡Es mentira! ¿Por qué me dice una cosa tan terrible?

—La niña no gritó. —Le cogió las manos con dulzura—. Ha sido un parto largo y difícil. Cuando terminó estaba usted delirando. Lo siento. La niña que ha alumbrado ha nacido muerta.

Amelia no quería creerlo. Gritó y aulló y lloró y, aunque la sedaron, cuando despertó gritó y aulló y lloró de nuevo.

Al principio no quería a aquel hijo y ahora era lo único que quería.

Su dolor estaba más allá de las palabras, más allá de toda razón.

Y la hizo enloquecer.

Capítulo 1

1

Southfield, Michigan, septiembre de 2001

La salsa de crema se le había quemado. Stella siempre recordaría aquel detalle irritante, junto con el retumbar del trueno de aquella tormenta de finales de verano y las voces de sus hijos peleándose en la sala.

Recordaría el olor acre, el repentino sonido de la alarma de detección de humos, y la forma mecánica en que había apartado la sartén del fuego y la había tirado al fregadero.

No era una gran cocinera pero, en general, podía decirse que era eficiente. Para aquella comida de bienvenida había pensado preparar pollo Alfredo, uno de los platos favoritos de Kevin, combinado con una bonita ensalada vegetal y pan crujiente y recién hecho con salsa de pesto.

Ya tenía todos los ingredientes preparados en su ordenada cocina de su bonita casa de un barrio residencial, y el libro de recetas estaba apoyado en su soporte, con el protector de plástico sobre las hojas.

Sobre los pantalones ligeros y la camiseta llevaba puesto un delantal azul marino, y se había recogido en lo alto de la cabeza su mata de pelo rizado y rojo para que no le estorbara.

Había empezado a cocinar más tarde de lo que esperaba, porque en el trabajo había tenido un día de locos. En el centro de jardinería ya habían puesto a la venta las flores para la temporada de otoño, y el buen tiempo atraía a los clientes a carretadas.

Pero no le importaba. Le encantaba el trabajo como directora del invernadero, lo adoraba. Era agradable volver a trabajar a jornada completa, ahora que Gavin ya había empezado en el colegio y Luke era lo bastante mayor para ir unas horas a una guardería. ¿Cómo era posible que su hijo hubiera crecido tanto para empezar en primero?

Y, antes de que se diera cuenta, Luke ya tendría edad para ir al jardín de infancia.

Ella y Kevin quizá tendrían que ponerse un poco más en serio si querían de verdad ese tercer hijo. Quizá esta noche, pensó con una sonrisa. Cuando pasara al estadio final y más íntimo de su cena de bienvenida.

Mientras se ocupaba en medir ingredientes, oyó un estruendo y los lloriqueos que venían de la otra habitación. Este niño no se cansa de que lo castigue, pensó mientras se apresuraba para ir a ver qué había ocurrido. Con los dos que tenía ya le alcanzaba para volverse loca, y aún pensaba en tener otro.

Entró en la sala y allí estaban. Sus pequeños ángeles. Gavin, rubio, con mirada perversa, sentado inocentemente haciendo chocar dos coches de cajas de cerillas mientras Luke, con el mismo pelo rojo que ella, berreaba porque sus bloques de madera yacían tirados por el suelo.

No necesitaba verlo para saber qué había pasado. Luke había construido, Gavin había destruido.

En su casa, aquello era el pan de cada día.

—Gavin, ¿por qué lo has hecho? —Cogió a Luke en brazos, le dio unas palmadas en la espalda—. No pasa nada, cariño. Puedes hacer otro.

—¡Mi casa! ¡Mi casa!

—Ha sido un accidente —proclamó Gavin, todavía con aquel destello picarón como si estuviera a punto de escapársele la risa—. Ha sido el coche.

—Ya me lo imagino... después de que tú lo dirigieras a la casa, claro. ¿Por qué no puedes jugar como las personas? No te estaba molestando.

—Estaba jugando. Luke es un crío.

—Eso es verdad. —Y su mirada hizo que Gavin bajara los ojos—. Y si lo que quieres es comportarte como un crío tú también, mejor lo haces en tu habitación, solo.

—Era una casa fea.

—¡Nooo! Mamá. —Luke cogió el rostro de su madre entre las manos y la miró con aquellos ojos ávidos y húmedos—. Era bonita.

—Puedes hacer otra mejor, ¿vale? Gavin, déjalo en paz. Lo digo en serio. Yo estoy ocupada en la cocina, y papá llegará pronto. No querrás estar castigado como bienvenida a tu padre, ¿no?

—No. Nunca puedo hacer nada.

—Qué pena. Es una pena que no tengas tus propios juguetes. —Dejó a Luke en el suelo—. Haz tu casita, Luke. Y tú, Gavin, déjalo tranquilo. Si me obligas a venir otra vez te aseguro que no te va a gustar.

—¡Quiero jugar en la calle! —se quejó el niño.

—Lo siento, pero está lloviendo. Tenemos que quedarnos todos aquí, así que compórtate.

Algo acalorada, Stella volvió a su libro de recetas y trató de aclararse la cabeza. Con un movimiento irritado, encendió el televisor de la cocina. Dios, cómo añoraba a Kevin. Los niños habían estado muy alterados toda la tarde, y ella se sentía tensa y agobiada. Kevin había estado fuera cuatro días, y ella había tenido que ir corriendo de un lado a otro como una loca. La casa, los niños, el trabajo, los recados; había tenido que hacerlo todo sola.

¿Por qué todo aprovechaba para estropearse cuando Kevin se iba? El día antes, había sido la lavadora; y aquella misma mañana la tostadora se había quemado.

Cuando estaban juntos, todo iba tan bien... Se repartían el trabajo y compartían la responsabilidad y la compañía de sus hijos. Si hubiera estado en casa, mientras ella cocinaba Kevin podría haberse sentado a jugar con los niños y haber impuesto un poco de paz entre ellos.

O, mejor aún, él habría cocinado y ella habría podido jugar con los niños.

Añoraba su olor cuando se acercaba desde atrás y se inclinaba para rozarle la mejilla con la suya. Poder acurrucarse a su lado en la cama y hablar con él en la oscuridad sobre sus planes, o reír sobre algo que habían hecho los niños.

Por Dios, ni que llevara fuera cuatro meses y no cuatro días.

Mientras removía la salsa de crema y veía el viento agitando las hojas al otro lado de la ventana, Stella escuchaba a medias cómo Gavin trataba de convencer a su hermano para que construyeran juntos un rascacielos y luego lo derribaran.

Cuando a Kevin le dieran el ascenso ya no tendría que viajar tanto. Pronto, se recordó. Había trabajado muy duro para lograrlo, y ya casi lo tenía. Y ese dinero de más les iría de perlas, sobre todo si tenían otro hijo... una niña, a poder ser.

Con el ascenso de él y ella trabajando a jornada completa otra vez, quizá podrían llevar a los niños a algún sitio en verano. Disney World tal vez. Eso les encantaría. Seguro que podían arreglarse, incluso si ella quedaba embarazada. Había estado arañando algo de dinero para la hucha de las vacaciones... y la del coche nuevo.

Tener que comprar una nueva lavadora mermaría un poco la hucha, pero no pasaba nada.

Cuando oyó que los niños reían, se sintió aliviada. Sí, la vida era maravillosa. Era perfecta, como siempre la había imaginado. Estaba casada con un hombre estupendo del que se había enamorado en cuanto le había puesto los ojos encima. Kevin Rothchild, con su sonrisa dulce y tranquila.

Tenían dos hijos preciosos, una bonita casa en un buen vecindario y planes de futuro compartidos. Y cuando hacían el amor aún sonaban las campanas.

Con aquello todavía en la cabeza, se imaginó la reacción de Kevin cuando, después de acostar a los niños, se pusiera la lencería sexy que había comprado en su ausencia.

Un poquito de vino, unas velas y...

Esta vez el estruendo le hizo levantar los ojos al techo, aunque al menos los niños rieron y no hubo lloriqueos.

—¡Mamá! ¡Mamá! —Luke entró corriendo con el rostro iluminado—. Hemos tirado todo el edificio. ¿Puedo comerme una galleta?

—No, la cena ya casi está.

—¡Por favor, por favor, por favor!

Le estaba tirando de los pantalones, tratando de encaramarse a su pierna. Stella dejó la cuchara y lo apartó de la cocina.

—No, antes de la cena no, Luke.

—Nos morimos de hambre —dijo Gavin sumándose a la conversación y haciendo chocar los coches—. ¿Por qué no podemos comer si tenemos hambre? ¿Por qué tenemos que comernos ese Alfredo tan malo?

—Porque sí. —De pequeña a ella siempre le fastidiaba mucho cuando le decían aquello, pero ahora lo encontraba muy útil—. Comeremos todos juntos cuando llegue tu padre. —Pero miró por la ventana preocupada porque el avión quizá llegaba con retraso—. Venga, podéis compartir una manzana.

Cogió una del frutero que había en la encimera, y un cuchillo.

—No me gusta la piel —se quejó Gavin.

—No tengo tiempo de pelarla. —Y removió la salsa—. La piel es muy buena. —Lo era ¿no?

—¿Puedo beber? ¿Puedo beber algo? —Luke tiraba y tiraba de su pantalón—. Tengo sed.

—Dios, dadme cinco minutos, ¿vale? Solo cinco. Id a construir algo. Luego os podréis comer unas rodajas de manzana y un zumo.

Sonó un trueno y Gavin se puso a dar brincos y a gritar.

—¡Terremoto! ¡Terremoto!

—No es un terremoto.

Pero el niño no dejaba de girar y girar, con la cara resplandeciente por la emoción, y al final salió corriendo.

—¡Terremoto! ¡Terremoto!

Luke, que se animó también, echó a correr detrás de su hermano.

Stella se llevó una mano a la cabeza. ¡Cuánto alboroto! Pero quizá eso los mantendría ocupados hasta que consiguiera encarrilar la cena.

Se volvió hacia el horno y, sin prestar mucha atención, oyó que anunciaban un avance informativo.

Las palabras penetraron a través del dolor de cabeza y la hicieron volverse hacia el televisor como una autómata.

Accidente aéreo en un vuelo interno. Cubría la ruta entre Detroit Metro y Lansing. Diez pasajeros a bordo.

La cuchara se le cayó de la mano. El corazón se le desbocó.

Kevin. Kevin.

Los niños gritaban asustados y divertidos mientras se sucedían los truenos. En la cocina, Stella cayó al suelo cuando su mundo se vino abajo.

Fueron a comunicarle que Kevin había muerto. Unos desconocidos llamaron a su puerta, con expresión solemne. Stella no podía asimilarlo, no podía creerlo. Aunque lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que había oído la voz del periodista en el televisor portátil de la cocina.

Kevin no podía estar muerto. Era un hombre joven y sano. Volvería a casa y cenarían pollo Alfredo.

Pero la salsa se le había quemado. El humo había hecho saltar las alarmas, y su bonita casa parecía un manicomio.

Tuvo que mandar a los niños a la casa de los vecinos para que se lo pudieran explicar.

Pero ¿cómo se explica lo imposible, lo impensable?

Un error. La tormenta, un rayo, y todo cambió para siempre. Un instante y el hombre al que amaba, el padre de sus hijos, ya no existía.

¿Tiene alguien a quien pueda llamar?

¿A quién iba a llamar sino a Kevin? Él era su familia, su amigo, su vida.

Le hablaron de detalles que resonaban por su cabeza, preparativos, apoyo psicológico. Lamentaban la pérdida.

Se fueron, y Stella se quedó sola en la casa que ella y Kevin habían comprado cuando estaba embarazada de Luke. La casa para la que habían ahorrado, que habían pintado y decorado juntos. La casa con unos jardines que ella había diseñado personalmente.

La tormenta había pasado y todo estaba en silencio. ¿Había estado alguna vez tan silencioso? Stella oía los latidos de su corazón, el zumbido del calentador, la lluvia que caía de los canalones.

Y oyó sus propios lamentos, cuando se desplomó en el suelo, ante la puerta de la calle. Se encogió formando un ovillo, en un gesto defensivo, de negación. No había lágrimas, todavía no. Estaban apelmazadas, como una bola dura y caliente en su interior. La pena era tan profunda que las lágrimas no le salían. Solo fue capaz de quedarse allí tirada, profiriendo aquellos gemidos lastimeros.

Ya estaba oscuro cuando se incorporó, tambaleándose, mareada y enferma. Kevin. En algún lugar de su mente su nombre no dejaba de sonar, una vez y otra y otra.

Tenía que ir a buscar a sus hijos, llevarlos de vuelta a casa. Tenía que decírselo.

Oh, Dios. Dios. ¿Cómo se lo iba a decir?

Buscó la puerta a tientas y salió al fresco de la noche, con la mente en blanco. Dejó la puerta abierta, caminó entre las pesadas cabezuelas de los crisantemos y los ásteres, entre el verde reluciente de las hojas de las azaleas que ella y Kevin habían plantado un día de primavera.

Cruzó la calle como una ciega, mojándose los pies en los charcos, entre la hierba húmeda, en dirección a la luz del porche de la casa de los vecinos.

¿Cómo se llamaba la vecina? Curioso, compartían coche para ahorrar, y a veces iban juntas de compras, pero no lograba recordar su nombre...

Oh, sí, claro. Diane. Diane y Adam Perkins, y sus hijos, Jessie y Wyatt. Una bonita familia, pensó atontada. Bonita y normal. Habían hecho una barbacoa todos juntos hacía solo dos semanas. Kevin había preparado el pollo a la parrilla. Le encantaba hacerlo. Tomaron un buen vino, rieron, y los niños jugaron. Wyatt se había caído y se hizo daño en una rodilla.

Pues claro que se acordaba.

Pero se quedó parada ante la puerta sin saber muy bien qué hacía allí.

Los niños. Claro. Había ido para recoger a sus hijos. Tenía que decírselo...

No pienses. Se abrazó a sí misma con fuerza y se meció. No pienses. Si piensas te desmoronarás. Te romperás en un millón de pedacitos que no podrás volver a unir.

Sus hijos la necesitaban. La necesitaban en aquellos momentos. Solo la tenían a ella.

Contuvo aquella bola dura y caliente y llamó al timbre.

Veía a Diane como si la estuviera mirando a través de una pantalla de agua. Ondulándose, como si en realidad no estuviera. La oía débilmente. Notó el contacto de los brazos que la rodearon en una muestra de apoyo y comprensión.

Pero tu marido sigue vivo, pensó Stella. Tu vida no se ha terminado. Tu mundo sigue siendo el mismo que hace cinco minutos. Así que no puedes saber cómo me siento, no puedes.

Cuando notó que empezaba a sacudirse, se apartó.

—Ahora no, por favor. Ahora no puedo. Tengo que llevar a los niños a casa.

—Puedo acompañarte. —Diane tenía lágrimas en las mejillas. Extendió el brazo y le tocó el pelo—. ¿Quieres que me quede contigo?

—No. Ahora no. Quiero... a los niños.

—Voy a buscarlos. Pasa, Stella.

Pero ella se limitó a menear la cabeza.

—De acuerdo. Están en la sala. Iré a buscarlos. Stella, si hay algo, lo que sea, solo tienes que llamar. Lo siento, lo siento muchísimo.

Stella se quedó fuera, mirando a la luz del interior, y esperó.

Oyó las protestas, las quejas, el arrastrar de pies. Y allí estaban: Gavin, con el pelo rubio de su padre, Luke con su boca.

—No queremos marcharnos —le dijo Gavin—. Estábamos jugando. ¿Podemos terminar la partida?

—Ahora no. Tenemos que ir a casa.

—Estaba ganando yo. No es justo y...

—Gavin, tenemos que irnos.

—¿Ya ha llegado papá?

Stella miró a Luke, con su expresión feliz e inocente, y estuvo a punto de desmoronarse.

—No. —Lo cogió en brazos y rozó con los labios esa boca que se parecía tanto a la de Kevin—. Vamos a casa.

Cogió a Gavin de la mano y echó a andar de vuelta a su casa vacía.

—Si papá estuviera en casa me dejaría quedarme. —Unas lágrimas de frustración le empañaron la voz—. Quiero a papá.

—Lo sé. Yo también.

—¿Podemos tener un perro? —le preguntó Luke, y le cogió la cara con las manos para que lo mirara—. ¿Podemos preguntárselo a papá? ¿Podemos tener un perro como Jessie y Wyatt?

—Hablaremos de eso después.

—Quiero a papá —volvió a decir Gavin con voz cada vez más estridente.

Lo sabe, pensó Stella. Sabe que algo está mal. Tengo que hacerlo ahora.

—Ahora quiero que nos sentemos. —Con cuidado, con mucho cuidado, cerró la puerta a su espalda y llevó a Luke hasta el sofá. Se sentó con él en el regazo y le pasó el brazo por los hombros a Gavin.

—Si tuviera un perro —le dijo Luke solemnemente—, yo lo cuidaría. ¿Cuándo llegará papá?

—No va a venir.

—¿Está ocupado?

—Él... —Dios, ayúdame a hacer esto—. Ha habido un accidente y papá estaba allí.

—¿Como cuando se chocan dos coches? —preguntó Luke, pero Gavin no dijo nada, se limitó a mirarla con los ojos muy brillantes.

—Ha habido un accidente muy grave. Y papá ha tenido que irse al cielo.

—Pero luego tiene que volver a casa.

—No puede. Ya no podrá volver a casa. Ahora tendrá que quedarse en el cielo.

—Yo no quiero que se quede en el cielo. —Gavin trató de apartarse, pero Stella lo agarró con fuerza—. Quiero que venga a casa.

—Yo tampoco quiero que se quede en el cielo, pero ya no puede volver, por mucho que nosotros queramos.

Los labios de Luke temblaban.

—¿Está enfadado con nosotros?

—No, no, no, mi niño. No. —Hundió el rostro en su pelo, mientras el estómago se le sacudía y lo que le quedaba del corazón palpitaba como una herida—. No está enfadado. Nos quiere, siempre nos querrá.

—Está muerto. —La voz de Gavin sona

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