Agosto es un mes diabólico | Noche

Fragmento

Tripa

Capítulo 1

1

La oficina meteorológica pronosticaba sol. No se equivocaba. Hacía cinco días que el cielo ardía y la ciudad de Londres hervía a fuego lento a sus pies. La gente que había anhelado la llegada del verano suspiraba ahora por una brisa y un pequeño respiro. Ellen solo sentía el fresco por la noche, mientras regaba el jardín, y luego, más tarde, cuando se sentaba en el banco de piedra. Una piedra previsora. Devolvía el calor que había acumulado a lo largo del caluroso día y Ellen veía en ella algo humano, como la madre que reserva un poco de amor para cuando es más necesario. A menudo se quedaba allí sentada una hora, acariciando la piedra, atenta a los ruidos de su hijo cuando el niño estaba en casa, escuchando en cualquier caso, que es lo que una hace cuando está a solas por la noche en un jardín callado envuelto en sombras. Esa era su mejor hora, allí sentada, recibiendo el calor y en calma, y también algo triste. Pero el día siguiente volvería a hacer un calor espantoso. El padre del niño había decidido que irían al campo. Acamparían, había dicho, y harían fuego e irían de pesca y harían las cosas que el chico deseaba hacer. Había bastado un día para adquirir los diversos utensilios, y lo tenían todo a punto para marcharse el jueves.

Estaban sentados en el extremo sombreado de la cocina, tomando un té, ella en su cubilete, él en la taza de porcelana azul reservada para los invitados; casi sin hablar. A través del cristal de la puerta de la cocina observaban a su hijo mientras montaba la tienda de campaña en el jardín. Ya estaba fijada por los dos extremos, era grande, azul y flameaba como una bandera. El padre había montado esa parte y el niño estaba colocando las varillas, a la vez que daba instrucciones a George.

—Entiérralas bien, George —dijo el niño.

George no era nadie. El niño lo había inventado tres años antes, cuando tenía cinco. Un tal George había venido de visita, pero no tardó en cansarse de la compañía de un niño de cinco años y se marchó a su casa alegando un dolor de cabeza. Pero el niño continuó charlando con él tras su partida, y siguió aferrado a él mientras iban pasando los años.

—Es un bonito color azul —dijo ella, mientras observaba a través del resplandor del sol cómo el niño tensaba una cuerda y la lona se hinchaba.

—Me han cobrado de menos —dijo su esposo, que estaba apilando monedas de seis peniques, de chelín y de dos chelines sobre la mesa para calcular cuánto había pagado por la tienda de campaña, las herramientas y los dos colchones hinchables.

Siempre lento para sumar, hacía las cuentas al volver a casa y por algún motivo siempre le cobraban de menos. «Por su expresión despectiva —pensó ella—, porque asusta a las vendedoras y las confunde, y posiblemente alguna debe de encontrarlo atractivo.»

—Me ha salido todo por nueve chelines y once peniques —declaró él.

—¿Quieres que lo devuelva? —le preguntó ella.

—Ni soñarlo.

Despreciaba la honradez en cuestiones de poca monta, pero ya no se sentía obligado a corregirla por esa u otras insuficiencias.

—Mira —dijo ella apuntando con el dedo.

La tienda de campaña se había hinchado, y cuando el niño tensó la última cuerda, se alzó como un cono azul hacia el cielo lacerantemente luminoso.

—Es un niño fuerte —dijo—, para ser capaz de hacer esto.

—Creo que es importante enseñarle estas cosas —respondió su esposo, mientras reunía las diferentes monedas y se las guardaba en el bolsillo de la chaqueta que tenía colgada en el respaldo de la silla. En una de sus visitas, la había dejado colgada de un gancho y ella había hurgado en los bolsillos en busca de pistas, en un retorno a los hábitos de casada. Él debió de notarlo. Desde entonces, jamás se separaba de su chaqueta y la cogía y se la llevaba incluso para recorrer el corto trayecto hasta el excusado exterior pasando por el fregadero.

—¿Necesitas algo más para el viaje? —le preguntó con sentimiento de culpa.

No, él ya se había ocupado de todo. En el maletero del coche tenía latas de conservas, un hornillo, sacos de dormir, naranjas, esparadrapo, desinfectante y diversas medicinas que había trasvasado con un embudo de los grandes frascos económicos a frasquitos más pequeños, fáciles de transportar. Era previsor, esmerado y exigente. Ella ya nada podía aportar, salvo una caja de galletas.

—Podrías acompañarnos —dijo con frialdad él cuando ella sacó las galletas y le aseguró, falsamente, que estaban hechas en casa. Todavía acobardada. Rechazó la invitación con un movimiento de cabeza. Haría falta una invitación menos insípida para inducirla a regresar. Se habían separado dos años antes y compartían el niño entre ambas casas. El crío se había inventado a George por necesidad. Habían superado el terrible pasado, la amargura del primer tiempo tras su partida, cuando él le mandaba por correo peines rotos, polveras medio consumidas y viejas almohadillas como parte de su campaña para librarse de lo que quedaba de ella. Habían superado ese momento y se habían habituado a mantener una especie de paz hosca, pero ahora hablaban como ella siempre había temido que pudieran llegar a hacerlo, como extraños que jamás hubieran estado enamorados.

—Nos está llamando —dijo, contenta de haber encontrado una escapatoria.

—Mamá, papá, papá, mamá —decía el niño, con voz aguda y feliz.

Salió al jardín y se deshizo en elogios sobre la tienda de campaña, y le dijo que era un genio.

—Ahora puedes desmontarla —dijo sobriamente su padre.

Se la había hecho montar como práctica.

—Te ayudaré —le dijo ella, arrodillándose, más que para ayudarlo, para poder estar más cerca, besar su cabello limpio y rozarle la mejilla y aprovechar al máximo esos últimos minutos de contacto. Al niño le habría encantado que los acompañara. La habría abrazado diciéndole: «Mi querida mamaíta», pero ella no podía hacerlo. Se consoló, no obstante, pensando que él estaba contento. Si ella también fuera, todo sería melancólico, y no podía soportar la idea de la noche y de las indicaciones de su marido sobre dónde debía dormir cada uno: él y ella en los extremos de los nuevos colchones hinchables y el niño entre los dos, agitado y removiéndose inquieto por el calor. Durante el último año de su matrimonio, él la evitaba en la cama, y no quería revivir eso. Habrían sido unos días de prueba, sin música, sin teléfono, sin suelos que barrer, sin nada que llenara las horas de falsedad que se interponían entre ellos. No podía ir.

—¿Me escribirás cartas desordenadas? —le dijo a su hijo.

—Desordenadas, no —replicó él mientras desenterraba las varillas, sonrojado por el calor y la sensación de importancia.

Continuaba dando órdenes a George. Partieron exactamente a las tres menos cuatro minutos. Ella miró el reloj para aparentar que era una persona práctica. El sol se había escondido detrás de una nube y la luz caía difuminada sobre el coche gris mientras se alejaban; el niño, en el asiento trasero, apretujado entre un montón de bultos. Su padre siempre lo hacía sentar atrás por si tenían un accidente.

—Adiós, adiós.

Agitaba la manita detrás de la ventanilla mandándole besos. Sus dedos golpeaban el cristal. Tenía una mueca en la cara, por los nervios y quizá también porque estaba a punto de llorar.

—Adiós, adiós.

Le costó un esfuerzo seguirlos con la mirada.

Entró en la casa, recogió los calzoncillos y la camiseta que se había quitado el niño, los sostuvo en la mano, los miró, los olió y finalmente los lavó y los tendió a secar. Luego se sentó junto a la mesa de la cocina y hundió la cara entre los brazos. Las sandalias que el niño había desechado estaban encima de la mesa. A una de las hebillas le faltaba un clavo. Su padre había dicho que las guardaran, que tal vez podrían ser útiles. Puede que sí o puede que no. Allí sentada, sintió lástima, por la fuerza de la costumbre, por el clavo que faltaba, con la cabeza entre los brazos, el antebrazo húmedo de lágrimas y la oscuridad que empezaba a caer. Los pececillos de plata que habían llegado con un pedido del almacén correteaban por el suelo en busca de migajas y azúcar derramado.

—Adiós, adiós.

Ya estaban muy lejos; incluso era posible que ya hubieran montado la tienda de campaña y estuvieran instalados para pasar la noche, el niño rápidamente dormido, el padre sentado afuera, con una lona extendida sobre la hierba para protegerse de la humedad, inhalando el aire, feliz. Le gustaba el campo y tenía el sueño ligero.

Tripa-1

Capítulo 2

2

Pasada una semana, podía permitirse reír al recordar esa noche de monstruosa soledad. Como se dijo para sus adentros, reclinada sobre el muro del jardín: «Siempre ocurre algo inesperado».

Un taciturno compañero estaba de pie a su lado y el interludio habría sido perfecto de no ser por esa arenilla suelta sobre el muro que le rozaba los brazos desnudos. Ya llevaban más de una hora allí y empezaba a estar cansada de mantenerse erguida y por eso se había reclinado sobre el muro. Para él, la situación era distinta porque las mangas de la chaqueta le protegían los codos. A intervalos regulares uno u otro extendía una mano para evitar que se deslizara la manta de viaje que compartían. Se la habían echado sobre los hombros, como un chal, porque él había dicho que había relente. Cuando lo dijo, pareció algo bueno, el rocío que no podían ver cayendo suavemente sobre ellos como un don. En Gales, el relente caería sobre su esposo y su hijo. Estaban allí. Había recibido una postal. El niño había escrito el mensaje, el padre la dirección. El mensaje decía: «Estamos en un campo con vacas», seguido de un montón de besos y sin espacio suficiente para su nombre, de manera que había firmado con solo tres letras. Pensó que las vacas seguramente se reunían alrededor de la tienda de campaña y se asomaban para mirarlos. Y la hierba no debía de ser demasiado alta, porque las vacas la desmochaban. Y sería fácil comprar leche. En la oscuridad, las vacas debían de acomodarse debajo de los árboles, tosiendo y jadeando, y el niño se dormiría acunado por ese sonido sedante, poco familiar, y el padre vigilante continuaría vigilando. Por la mañana, muy temprano, tal vez incluso ordeñaría un cubilete de leche ilícita antes de que el granjero fuera a recoger las vacas para ordeñarlas de verdad. La leche del cubilete estaría caliente al principio, pero para cuando hubiera hervido la tetera y el té estuviera listo, ya se habría enfriado. Al niño le encantaba el té y se servía tres cucharadas de azúcar y mojaba el pan cuando no había cerca ninguna persona con autoridad que pudiera verlo.

Era la primera noche que no los añoraba desesperadamente. Pero era porque tenía compañía.

Estaban en el jardín trasero de su casa, contemplando las luces que se reflejaban en el Támesis. El río corría pegado al fondo del jardín. Una posición envidiable. Envueltos en la manta y muy juntos, miraban exactamente en la misma dirección, hacia el agua donde se veían tres grupos de luces: luces plateadas que dibujaban seis tuberías de plata sobre el agua, con su sombra detrás y ligeramente ladeada, luego en el centro los tubos dorados de luz como pilares de oro en una iglesia y al fondo, a la derecha, otros negro-verdosos, del color de las botellas de cerveza. Esa noche podían verse muchas otras cosas en Londres —anuncios de Bovril y una luna y el grueso contorno de un gasómetro circular—, pero habían optado por mirar solo los tubos de luz que descendían describiendo un semicírculo, de izquierda a derecha, en el punto donde el río formaba una curva antes de continuar su curso en dirección a la lejana Battersea, creando posiblemente otras imágenes para otros amantes en ciernes.

—Si fuera un cuadro intentaríamos explicarlo —dijo él.

—Intentamos explicarlo todo —respondió ella.

En realidad, él hablaba mucho menos que cualquier otro de sus anteriores compañeros. Los dos hablaban tan poco que podían oír cada sonido, hasta el aleteo preparatorio de un pato antes de levantar el vuelo.

—Algo ha importunado a un pato —dijo ella.

Él suspiró. ¿Se aburría?

—No, mi respiración no es profunda. Suspiro continuamente.

—Debe de ser agradable para las personas próximas —comentó ella y luego se excusó por el ruido del tren que pasaba.

Ella ya se había habituado a oírlo. Para él tampoco era una molestia.

—Nuestra rana va avanzando —dijo él.

Una rana iba camino del estanque que había en el centro del jardín. Había salido poco antes de debajo del seto espeso y sus movimientos, aunque bruscos, resultaban casi imperceptibles, y esos movimientos y la respiración superficial del hombre y el fluir del río y el relente que caía —tenía que confiar en su palabra al respecto— conferían una lentitud a la noche, como si cada segundo se alargara y ellos pudieran percibir cuanto sucedía. Todo el día había transcurrido igualmente lento, y perfecto.

—Casi ha llegado —anunció.

Había girado la cabeza para observar los progresos de la rana y ahora se había vuelto de nuevo hacia el río, dando un leve tirón a la manta para asegurarla. Notó que se acercaba más a ella y luego sus caderas se tocaron y permanecieron así, sin importunarse, solo aproximándose poco a poco el uno al otro mientras miraban la otra orilla del río y los tubos de luz a sus pies. Pasado un rato sus brazos se entrelazaron y sus hombros se rozaron como embrujados. La mano de él rodeó su cintura y la manta comenzó a deslizarse porque habían empezado a dedicar las manos restantes —las dos de ella y la otra de él— a usos amorosos, resiguiendo el contorno de sus rostros, tocándose, entreteniéndose, alejándose, percibiendo el grosor de un labio y descubriéndose. Ahora se alegraba de tener los brazos desnudos porque el contacto de la mano de él los hacía revivir al deslizarla en un sentido y luego en otro.

—Están cantando —dijo—, mis brazos.

Enmohecidos por la falta de uso, comenzaron a revivir. Corrientes de placer recorrían esos brazos desnudos, blancos, enmohecidos.

—Así que te haces tú mismo las velas, por Navidad.

Él le había contado antes que, por Navidad, habían fundido velas blancas y les habían puesto carmín y habían conseguido unas velas veteadas de color. Habían.

—¿Cómo se te ha ocurrido pensar en eso ahora? —le preguntó él.

—Por esas vetas de color que recorrían las velas, como yo siento ahora oleadas de sensaciones que recorren mi cuerpo.

Deseó que él tuviera mil manos y pudiera hacer revivir todo su cuerpo a la vez. Él ya hacía cuanto podía. Los brazos de ella cantaban y sus caderas se estremecían agitadas por finas corrientes de gozo que atravesaban su cuerpo como pequeños arrebatos. Tras un año de reclusión en régimen de aislamiento.

—Estoy desentrenada —le dijo.

—Una chica como tú.

No podía creerlo. ¿Quién lo creería? Tenía veintiocho años y una piel de melocotón, y era una mujer libre con largas piernas esbeltas y una abundante cabellera indómita, color de otoño.

—Ha habido momentos en que anhelaba que me tocasen —le dijo—, pero no es algo que una pueda pedir a otros, solo puedes pedírtelo a ti misma.

—¿A ti misma? —dijo él.

—Sí —respondió ella pesarosa.

—Mala cosa —dijo él.

Cogió la manta de viaje que estaba a punto de caer sobre la hierba húmeda y la levantó con ambas manos cubriéndose la espalda, los hombros y finalmente la cabeza.

—¿Te he escandalizado? —preguntó ella.

Él esbozó una sonrisa de perdón y luego extendió la manta para cubrir también su cabeza, y cuando ambas cabezas estuvieron ocultas bajo la manta, la soltó para abrazarla y buscó su boca y la palpó, primero con la cara exterior de los labios y luego con la cara interior, que era mucho más suave. Sus lenguas empezaron a girar al compás de un ritmo perfecto, embriagador, y él le dijo que abriera más y más la boca. Ella lo acogió hasta el fondo de su boca, hasta rozar sus papilas gustativas, y pese al temor de ahogarse también se dijo que estaba saboreando un gustoso fruto que no había probado jamás. Sus huesos cantaban mientras sentía sabor a magia en la boca. Cuando necesitaron respirar, él apartó la manta y la acomodó como un velo alrededor de su cara y pudieron respirar libremente un instante y observarse. Él tenía una bonita cara: pálida, lánguida y, en ese momento, feliz. De costumbre parecía aburrido. Tenía una buena osamenta y la costumbre de humedecerse continuamente el labio superior con la lengua. Le costaba poco esfuerzo sonreír. Sonreía con gran dulzura, exquisitamente, pero su rostro no se desfiguraba nunca surcado por una grieta vulgar. Sonreía con el contorno de los ojos y allí tenía muchísimas arruguitas. Seguramente sonreía mucho.

—¿Por qué viniste? —le preguntó ella, que había estado posponiendo la pregunta durante todo el día.

Había llegado esa mañana a las ocho y ella había bajado a abrir la puerta en un camisón de manga larga con el dobladillo torcido, convencida de que era el cartero que traía un paquete o una carta certificada. Lo vio allí de pie, con un traje oscuro, una irreprochable camisa blanca y gafas oscuras. Tardó varios segundos en reconocerlo, pues solo lo había visto una vez.

—¿Es demasiado temprano? —preguntó él.

—Entra —le respondió ella y echó a correr escaleras arriba antes de que él pudiera ver su camisón.

Se puso una faja y un vestido y luego bajó, le estrechó formalmente la mano y lo invitó a desayunar. Su visita le extrañó y se dijo que no era correcto estarle friendo huevos con tocino sin haberse puesto las bragas. Sentía el frío entre las piernas y pensó que era agradable sentir el frescor de su cuerpo y la distancia que la separaba de ese hombre que sin duda había ido a verla porque tenía algún problema. Solo un problema podía haberlo hecho salir de casa a esa hora, desafiando al mundo tras un par de gafas oscuras. Él se quedó todo el día, durmió en el jardín sobre la manta que ella había cogido de su cama y había transportado hasta abajo. Bebió varios gin-tonics con seis cubitos de hielo por vaso, y era tal su afición al hielo, que llenó de agua la bandeja de metal de doce secciones y puso el mando del refrigerador al máximo para poder disponer de más hielo mientras iba consumiendo su bebida.

—¿Por qué crees que he venido? —le preguntó.

—¿Problemas? —Pero le alegraba que fuera así.

—Miranda —dijo él— se ha convertido en mi inquilina. Tengo una inquilina que no quiere marcharse.

—Tendrás que utilizar la zapa —dijo ella mientras pensaba cuán deprisa se desvanece un gran amor.

Miranda era su amante. Ellen los había visto juntos hacía un año, Miranda tal-y-tal y ese hombre pálido, distante, que se había parado a hablar con ella unos instantes y le había preguntado a qué se dedicaba. Le respondió que trabajaba en una pequeña revista dedicada al teatro y que había estado casada y que no le gustaba y que tenía un hijo. Pasaron a hablar del matrimonio. Él también había estado casado. Tenía una caterva de hijos y una mujer descolorida. Pero Miranda lo estaba llamando.

—Sí, cariño.

—Están tocando la yenka.

Tenía los brazos abiertos para recibirlo. Era una chica alta con una cabellera abundante, donde podrían anidar los pájaros. Lo llevaba teñido en diversas tonalidades boscosas de verde-gris y se la veía muy femenina con los brazos abiertos para atraerlo hacia ella. Miranda tal-y-tal. El anfitrión de la fiesta había dicho que era tonta y no paraba de hablar de las trompas de Falopio. Ellen suspiró aliviada, porque las probabilidades habrían sido escasas si su temperamento hubiera estado a la altura de su hermosa cara y su adorable melena silvestre. Ya no volvió a hablar con él esa noche, excepto cuando se le acercó para despedirse antes de partir. Unos días después, la llamó a la oficina para hablarle de una mujer que ponía tiras de goma en vez de tocino en sus trampas para ratones y preguntarle, de pasada, cómo estaba. Le dijo que estaba bien y algo desanimada —lo estaba—, y él le preguntó cómo iba vestida y ella le respondió que llevaba un vestido marrón con mangas de gasa y un collar de cuentas de ámbar y el cabello recién lavado, lo cual era cierto.

—Tal como imaginaba —comentó groseramente él, dando a entender que envidiaba a quienquiera que ella fuera a ver, de lo cual dedujo que se interesaba por ella, en la medida en que un hombre con cuatro hijos, una esposa abandonada y una amante, puede permitirse el lujo de pensar en otra mujer.

Desde entonces había transcurrido más de un año. Había pasado unos cuantos días o tal vez semanas pensando en él y sufriendo, pero el pesar se había desvanecido gradualmente como todos sus otros pesares provocados por falsas alarmas, y cuando él se presentó con sus gafas oscuras, tuvo un sobresalto al pensar que durante algún tiempo él había hecho mella en sus pensamientos.

—Te molesta que haya venido. Te aburro —dijo él.

—La verdad es que no. Hemos cenado bien. De no haber sido por ti, tal vez no me hubiera decidido a cocinar.

Estaba de vacaciones del trabajo en la oficina y solía ir a la cafetería por las noches para tomar un tentempié. Cocinar la entristecía cuando no estaba su hijo y no tenía invitados. Cuando estaba sola, comía de pie para no convertirlo en una ceremonia.

—¿Y ahora qué? —preguntó él. Había vuelto a cubrir sus cabezas con la manta y reanudaron los besos.

—Como antes —dijo él.

—Nunca me había abierto tanto —respondió ella.

—Si eso es cierto, debería llevarte a la cama y enseñarte todas mis malas artes.

Fue la primera y la única cosa ingeniosa que dijo. Comenzaron a ascender hacia la parte alta del jardín y subieron las escaleras de la terraza para dirigirse a la habitación que daba al río.

—Tienes suerte de que te hayan prestado esta casa.

Una mujer rica que se había ido de viaje a África le había prestado la casa por un año.

—Siempre tengo suerte —dijo ella, indicándole el camino hacia su dormitorio.

Él dijo que no era necesario encender la luz y ella, a su vez, le preguntó si quería que corriera las cortinas.

—Déjalas abiertas —dijo él—. Veremos el sol por la mañana.

—¿Quién ha dicho que hará sol?

«Qué alivio. Piensa quedarse hasta mañana», pensó, y la idea la alegró tanto como que tuviera la intención de acostarse con ella. Recordó un hombre que se había levantado y se había marchado inmediatamente después de correrse, cuando ella aún estaba encendida de deseo.

En la cama, se abrió por completo. Y lo llamó dedalera porque esta también se alza amoratada en un oscuro claro secreto del bosque. Él encendió la lámpara de la mesilla de noche. Sintió como se endurecía y se alargaba dentro de su cuerpo como un tallo. La suavidad y la dureza unidas. Le hizo el amor como jamás se lo había hecho ningún otro hombre, ni siquiera el marido que la había desgarrado por primera vez iniciando el ciclo de deseo y amor y dolor y remordimiento. Porque esa clase de amor te acaba dejando vacía.

—Me has hecho el amor maravillosamente —le dijo.

Él tenía la espalda bañada de sudor. Se había esforzado por ella y le estaba desaforadamente agradecida.

—Te refrescaré —dijo mientras sumergía la mano en la jarra de agua para extenderla sobre su espalda mezclándola con el sudor hasta formar un bálsamo refrescante. Luego él se tumbó boca arriba y dijo buenas noches aunque ya estaba dormido.

Recostada contra el hueco de su brazo, se quedó escuchando su ronquido. No le molestó que roncara. Se sentía demasiado feliz para dormir y siguió allí tendida sin pensar en nada excepto que era feliz.

—Dime que lo lamentas —le dijo por la mañana cuando él se despertó y parpadeó cegado por la luz que entraba a raudales y miró a su alrededor observando la habitación extraña y luego el cabello rojo desconocido desparramado sobre la almohada contigua. Lo dijo en broma y para adelantársele.

—¡Decir que lo lamento! —replicó él—. ¿Que lamento qué?

—Solo si lo lamentas.

—¿Y tú?

—No, yo me siento feliz.

—Yo estoy confundido —dijo él—. No puedo creerlo. Te había visto solo una vez.

—Dos veces —respondió ella—. Si cuentas el día de ayer. Pero nunca sin toneladas de maquillaje en la cara.

Su cara le gustaba más así. Sin máscara. Y volvió a hacerle el amor y habló muy poco excepto para decirle cuán adorable era todo.

Desayunaron y se quedaron sentados en el jardín hasta que ella tuvo que irse porque había quedado con alguien para comer. Más sol. Él se adormeció y charló un poco y luego se preguntó en voz alta qué podía hacer.

—Supongo que tendré que marcharme —dijo—. Es muy injusto que siempre sea el hombre quien tenga que irse.

—No siempre —dijo ella, pensando en su propia situación y en cómo se había marchado y había tenido que buscarse la vida.

—Supongo que no puedo pedirle que se vaya —dijo él.

Ellen hubiera querido decirle tantas cosas y preguntarle tantas otras…, pero no dijo nada por temor a arriesgar sus posibilidades. Disimuló todas sus mezquindades y le sirvió una bebida repleta de cubitos de hielo. Se quedaron sentados recostados espalda contra espalda, de vez en cuando uno u otra tarareaba una canción muy popular en aquel momento titulada «Cualquiera que tuviera corazón», y las palabras sonaban especialmente bien debido a lo que ambos sentían. Al mediodía, él se ofreció para llevarla hasta el centro de Londres.

—¿Por qué sonríes? —le preguntó mientras avanzaban a trompicones.

Era sábado y había mucho tráfico.

—¿Por qué? —respondió burlonamente ella.

Habían pasado tantas cosas… Se sentía como nueva. Amable e indulgente con los atascos. Mirando el lóbulo de su oreja, recordó, y se lo dijo, cómo, en la cama, había visto una gotita de sudor que se deslizaba por detrás y que parecía talmente un cristal a punto de desprenderse. No paraba de moverse para estirar gozosamente todos sus miembros.

—Tienes tanta energía… —dijo él.

—Solo soy muy movida.

Él se la quedó mirando y sonrió, y luego se miró en el espejo y se sonrió. También estaba satisfecho.

—No ocurre cada día que recibas un regalo y también puedas regalar algo —dijo ella.

Querría hacer algo encantador y adorable para él. Regalarle un jardín en flor —le gustaban las flores y cultivaba margaritas en macetas— o una piedra de mil colores, algo de lo que no quisiera desprenderse jamás. Estuvo hablando la mayor parte del rato y abrazándose el cuerpo con alegría, y él la besó en dos ocasiones cuando quedaron retenidos ante un semáforo. Ella tenía claro que volverían a verse y que no sería necesario presionarlo para saber cuándo y dónde.

—Supongo que nos telefonearemos —dijo él cuando ella bajó del coche y se quedó de pie en la acera sujetando la puerta.

—Supongo que sí.

Se sentía segura, recubierta con el suave barniz del amor. Sus ojos relampagueaban. Volverían a verse y ella se abriría de nuevo. El río de él fluiría hasta la pradera de su cuerpo. Llegó al restaurante pensando en ello.

Tripa-2

Capítulo 3

3

Con lo cual, la comida la aburrió. Un productor de teatro tacaño le preguntaba qué obras debía representar. A ella. Una semana antes tal vez se habría sentido halagada. Esa cara bien conocida con su traje a rayas y sus gemelos de plata mexicana en una mesa especial junto a la ventana, mientras alguna actriz intentaba atraer su atención desde algún sitio. La había llevado hasta el jardín de la terraza del hotel y desde allí sentados contemplaban las monstruosidades de Londres: un batiburrillo de edificios y la apariencia, visto desde arriba, de una casi total ausencia de árboles y solo un aparcamiento polvoriento en medio del laberinto de casas disparejas y calles estrechas.

—¿Así que todavía no ha encontrado al hombre perfecto? —dijo él.

—No, pero ya he presentado una solicitud.

Él probó su sopa fría. No estaba en su punto. Hizo señas para llamar a un camarero. El que acudió no hablaba inglés, de modo que sacó el plato de sopa espesa de su baño de hielo y lo señaló para indicarle que debían servirla más fría. Alegó que no estaba fría y que el zumo de naranja natural que habían pedido no era natural sino envasado. Tuvo la impresión de que la gente los miraba. El camarero había salido airoso y ella estaba perdiendo el tiempo.

—¿Y qué piensa hacer con su vida? —le preguntó su acompañante, mientras esperaba que le trajeran el segundo plato de sopa.

—Solo dejar que transcurra —respondió ella. Una cosa insólita en su caso, ella que estaba siempre angustiada, preguntándose qué sucedería luego, si una relación sería eterna, o si quería demasiado a su hijo, o si las ruedas del coche en el que viajaban se desprenderían y los dejarían tirados en la carretera medio muertos.

—Se está volviendo razonable —dijo él.

—Me estoy haciendo mayor.

Hacía años que no se había visto tan joven ni se había sentido tan feliz, tan satisfecha y, por tanto, juvenil. La cuenta subía mucho y él se marchó malhumorado.

Aquella tarde, Ellen estuvo esperando y leyó un poco (Keats) y dio vueltas por la casa y se acercó hasta el extremo del jardín para asegurarse de que los tubos de luz seguían allí. Sujetó la puerta con una piedra por si sonaba el teléfono. Al atardecer reinaba el silencio y el sonido se transmitía perfectamente, de manera que pudo oír el primer timbrazo y echó a correr atravesando el césped, dejando atrás el estanque para subir los escalones a toda prisa. Por algún motivo sin ninguna relación con su carrera, se le rompió el collar que llevaba y las cuentas rodaron escalera abajo mientras subía corriendo, pero no le importó.

—¿Sí? —dijo al descolgar intentando que no se notara que había corrido.

—¿Puedes venir a tomar una copa?

No era él, sino otro hombre que la llamaba a menudo para invitarla a salir de improviso.

—No puedo. Estoy esperando a alguien.

—Infiel —dijo él.

Él la quería un poco y ella le decía a menudo que era una lástima que no fuera capaz de liarse con alguien por quien sentía afecto. El temor y el odio eran el motor de sus pasiones.

—Espero que sea un pigmeo —dijo él.

—Casi lo es —contestó ella, y le prometió que tomaría unas copas con él otro día y colgó.

Luego fue a recoger las cuentas desperdigadas. Pudo localizar algunas con facilidad, pero cuando oscureció tuvo que escudriñar los rincones de las escaleras cubiertas de musgo con el haz de la linterna y palpar con los dedos en busca de las minúsculas cuentas nacaradas que iban intercaladas entre las grandes cuentas azules y las cuentas medianas de cristal transparente. Era importante encontrarlas todas, no solo para arreglar el collar, sino porque lo interpretó como un augurio. Cuando hubo conseguido reunir una pila, la sostuvo entre las palmas de las manos y empezó a pasar las cuentas de una mano a otra, matando el rato, bajando de vez en cuando una mano para localizar otra en la oscuridad, en un rincón o debajo de una mata. Era curioso cómo podía seguir encontrándolas. Más tarde entró en la casa, se sentó frente al teléfono y se quedó mirándolo fijamente, esperando que cobrara vida, esperanzada, suplicando, levantándolo de vez en cuando para asegurarse de que tenía línea, para volver a colgarlo rápidamente luego, aliviada tras escuchar su zumbido regular, por si él estuviera marcando en ese mismo instante su número, pero no era así.

La noche siguiente decidió llamarlo ella. Él trabajaba por la noche en un periódico, como redactor.

—No sé por qué te llamo —dijo animadamente.

Él le preguntó cómo estaba y qué había estado haciendo. Ella mintió un poco y dijo que había salido mucho y que su collar había quedado esparcido por todo el jardín y luego se oyó decir, desvergonzadamente, en voz queda:

—Fue encantador estar contigo.

Él dijo que también para él y que hacía años que no se sentía tan feliz y que no lamentaba nada.

—¿Y? —dijo ella.

—No lo sé —dijo él—. Amo a Miranda, lo descubro cada vez que la dejo y luego vuelvo a su lado. Supongo que quiero tenerlo todo y me siento tan…

Quería decir «culpable», cargado de problemas, de responsabilidades, pero no lograba encontrar ninguna palabra capaz de expresarlo todo a la vez. Dijo que volverían a verse pronto y ella comprendió que posiblemente sería así, pero que sería un encuentro de compromiso, de cortesía.

—¿Estás bien? —le preguntó él—. Quiero decir si no estás preocupada.

—No mucho —respondió ella.

Tendría que resignarse a volver a estar sola, sola como estaba la otra mañana cuando él había acudido a ella en busca de consuelo, salvo que ahora había perdido esa calma espaciosa lograda tras meses de práctica, de disciplina y de abstinencia, de trabajar y de querer a su hijo y de regar el jardín.

—Creo que eres una de las personas más agradables que conozco —dijo él.

Y lo decía en serio.

—Tú también —dijo ella, y se dijeron unas cuantas amabilidades más y luego tuvieron que colgar porque a él lo estaban llamando por el otro teléfono. No era mentira, ella podía oírlo sonar.

—La gente obtiene lo que se merece —musitó mientras se alejaba del teléfono.

Creía firmemente en el castigo. Se preguntó si él le habría dicho a Miranda dónde había estado.

El par de días siguientes fueron malos. Estuvo rondando por la casa en camisa de dormir, pensando en él, pensando en su hijo y en cómo se había propuesto pasar sus vacaciones. Tenía la intención de pasear por Londres y convertirse en una especie de turista, haciendo cosas de turista, como coger un autobús para ir al campo y recoger hojas o comprar piezas de cerámica para llevárselas a casa. El temor de que él quizá no volviera a llamarla era tan grande que tuvo que descolgar el teléfono para eliminar toda posibilidad de que lo hiciera, pero luego volvía a colgarlo esperanzada. Bebió mucho y se acostó borracha dos noches sintiendo que le rodaba la cabeza y el colchón se desvanecía, y se quedó echada en la cama con las cortinas descorridas.

Al tercer día salió a comprar comida. Hacía un día sombrío para el mes de agosto. Sobre la calle flotaba una bruma y no estaba claro si saldría el sol o llovería. La gente se veía alicaída.

—No hemos tenido verano —dijo el verdulero, sin recordar el tiempo que hacía cinco días antes.

Compró fresas para animarse.

—¿Se marcha? —le preguntó el hombre.

Le respondió que no, ¿y él? El hombre le dijo que más adelante iría de viaje a España con su hermana y comerían lombrices y beberían vino y regresarían bronceados a casa.

—Es asombroso —dijo— cómo uno se aficiona al sol. Es como un demonio, sí, es una cosa demoníaca, como un diablo. Usted que ha viajado sabe lo que quiero decir. Uno lo acaba anhelando, es irresistible…

—Sé lo que quiere decir —dijo ella mientras echaba a andar para continuar cuesta arriba por High Street, dejando atrás la floristería y el hombre que ofrecía y publicitaba roperos de plástico pero no vendía ninguno, rumbo a la librería donde se proponía comprar un nuevo libro para distraerse. Se sentaría en el banco en la parte alta de High Street y leería un rato y miraría pasar a la gente y contemplaría la gran taberna al otro lado de la calle con el letrero que decía BANQUETES, RECEPCIONES y el chipriota tal vez estaría allí. Acudía casi a diario. Un hombretón triste, grande y fornido, con una hermana simplona. Se sonreían y una vez él separó un gajo de la naranja que estaba comiendo y se lo ofreció.

Nunca había advertido que hubiera una oficina turística en aquel lugar, pero de pronto divisó una en una bocacalle, a unos cuatro portales de la esquina. Se acercó al escaparate y vio una fotografía en color de dos chicas con sombreros de paja debajo de una sombrilla que sonreían dando la bienvenida a alguien que no se veía en la foto. Las chicas llevaban biquinis rojos y sus vientres eran de color chocolate con los ombligos maravillosamente cóncavos, y Ellen volvió a pensar en él y cómo la segunda vez que habían hecho el amor, por la mañana, no la había penetrado, sino que la había tocado con su cuerpo, descubriendo nuevos lugares de placer hasta entonces vírgenes, y lo deseó, allí en la calle, y pensó que lo peor que había hecho había sido presentarse así y darle falsas esperanzas y hacerla revivir durante una noche cuando ella ya se había resignado a estar casi muerta. ¿Quién, entre las personas que pasaban empujando cochecillos de niño, transportando la compra y cestitas de fresas sanguinolentas, podría imaginar el escozor que sentía entre las piernas allí de pie frente al escaparate? Era demoníaco, como había dicho el verdulero, y al levantar la mirada y ver el cielo encapotado, maldijo su sombra y también su propia oscura vida conventual. La habían educado para creer en el castigo; el pecado en un campo y luego la larga y terrible

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos