PRÓLOGO
Dentro de los límites del palacio de Versalles, tras el largo tapial que separa la Huerta del Rey del bosque de la Butte-Gobert, se ubica una bonita mansión, cuya entrada está flanqueada por dos ciervos de granito. En su interior se halla el hospicio que en el año 1753 madame de Pompadour ordenó restaurar para albergar a las concubinas del rey. En esos amplios salones y alcobas se hospedaban las viudas de los oficiales caídos, aunque más tarde, por temor a que Luis XV contrajese sífilis, fueron alojadas jóvenes niñas que, semanalmente, madame de Pompadour reclutaba en las zonas aledañas a París.
A esta residencia, conocida como Parc-aux-Cerfs, pronto llegaría Violet d’Estaing, la hermosa normanda que había captado de inmediato la atención del rey. Portadora de un singular encanto, esta jovencita había calado tan profundamente en el corazón de Luis, que bastó con que se lo sugiriera para que el rey desplazase a la Pompadour y le otorgase a su nueva favorita el control de la casa. Una amante había derrocado a otra; tal era el juego en Versalles, donde el arte más intrincado consistía en destruir para conservar los privilegios.
Una década más tarde, en 1763, a sus treinta años, madame d’Estaing era considerada la dama más importante del Jardín de los Ciervos.
—¡Mi señora! —exclamó una criada entrando bruscamente en la habitación de madame d’Estaing, que en esos momentos estaba mirando por la ventana.
—Pero bueno, ¿a qué se debe tanto revuelo? —preguntó.
—Se trata de la señorita que impuso el duque, madame. Su gasa no está limpia... Debéis verlo vos misma.
Madame d’Estaing guardó silencio. Sentía el pálpito de toda cortesana experimentada. El carruaje que aguardaba en el patio había aparecido sin previo aviso y lucía en las portezuelas el blasón del rey; tras la noticia que llevaba la criada, estaba alimentando sus peores miedos. Dejó caer las cortinas y se acercó a la sirvienta.
—Dime, ¿quién ha llegado en la carroza?
—Un emisario del rey con un obsequio.
—¿Obsequio? —preguntó madame d’Estaing.
No obtuvo respuesta. Pero tras mirar largamente a los ojos de la doncella, Violet sabía que su silencio equivalía a una confirmación. Su premonición, aquella que sentía en su piel como si estuvieran a punto de clavarle un puñal, se había hecho realidad.
—Andando, deseo ver a esa señorita —murmuró madame d’Estaing sin poder ocultar el enfado que la noticia le causaba.
Momentos más tarde se encontraba en el altillo. Lejos de toda mirada y ubicadas por detrás de un biombo hecho con telas, tres de las quince pupilas que habitaban la mansión aguardaban a ser inspeccionadas por la señora. Aquel examen era de rigor, tanto para las recién ingresadas como para las más antiguas, durante su ciclo menstrual. Con la llegada de madame d’Estaing, una criada ordenó a las muchachas que se desnudaran y formasen una fila bajo el ventanal, con la mirada al frente. Ninguna de ellas tenía permitido hablar o hacer preguntas a menos que la señora lo consintiera. Desnudas, con sus cinturones menstruales como única prenda, las jóvenes obedecieron. Habían pasado la última noche en el altillo separadas del resto.
Madame d’Estaing se paseó por delante de ellas, mirándolas a los ojos, hasta detenerse frente a una, a quien pidió amablemente que abriese las piernas. Violet destrabó el cinturón, y metiendo los dedos, retiró la gasa que tenía entre las piernas sujeta por el arnés. La contempló ante las velas. Por último, cerró los ojos, sabedora del fatídico desenlace. La gasa estaba tan limpia que no cabían dudas al respecto.
—Estás encinta —afirmó madame d’Estaing con la mirada atravesada de dolor—. Ordenaré hoy mismo tu expulsión.
La muchacha lloró. Violet la contuvo en sus brazos. Era su pupila preferida, quien había sabido acompañarla durante más de tres años. Pronto arreglaría para ella un buen matrimonio, pero antes debía saber, debía preguntar.
—¿Con quién has estado, mi niña, los últimos veinte días? —susurró a su oído.
—Con el rey —respondió—. Y una noche, con dos nobles que le acompañaban.
—Lo recuerdo; sé quiénes son.
Entonces, madame d’Estaing llamó a un asistente, a quien pidió que escribiera una nota de petición dirigida al abad del convento de los Celestinos de París. No podía correr el riesgo de dejarla ir, siquiera en matrimonio, teniendo en su vientre un posible hijo ilegítimo del rey. Era mejor que diese a luz en el convento y entregase su hijo a la Iglesia. Por último, besó a la jovencita en la frente.
—Ve a tu habitación y recoge tu ropa para estar lista al amanecer —le dijo antes de pasar a la siguiente muchacha de la fila.
La segunda pupila era la viuda de un oficial de la Marina, muy bonita, que había llegado a la casa el verano anterior.
—Abre las piernas —le pidió madame d’Estaing.
Tomó la gasa y la estudió ante el candelabro. Tras un instante, miró a la viuda alzando una ceja.
—¿Con quién has estado, muchacha?
—Dos veces con el canciller sueco, una con el ministro de los asuntos de la Casa Real, y otra, con el joven duque de Lorena.
Madame d’Estaing habló al oído de su secretario y le pidió que redactase una carta para el agregado militar de palacio, para que buscase un oficial de rango dispuesto a desposar a aquella hermosa viuda encinta, quien también debía abandonar la mansión.
—No te preocupes. Tendrás un padre para tu hijo, y un marido de posición que te mantenga de por vida. Prepara el equipaje para mañana, te irás al alba.
Dicho esto, dio un paso más para colocarse delante de la última pupila.
—Hace poco que llegaste —le dijo.
—Sí, madame; apenas hace una semana que estoy aquí.
—Y lo hiciste por la recomendación del duque de Richelieu.
—Sí, madame. Por él estoy aquí.
—¿Y de quién es esta aguja tan bonita que llevas adornando el cabello?
—Es mía, madame.
—¿Tuya? ¿Con ese diamante tan costoso?
—Fue un obsequio.
—¿De quién? ¿Quién puede haberte regalado algo tan valioso?
—El rey de Francia.
Violet se quedó atónita ante aquella jovencita que le devolvía con cierto descaro la mirada. Vio en ella el brío de la juventud y la ambición de una aspirante a la ponzoñosa vida de palacio. Y vio también, en cierta forma, un reflejo de ella misma, con diez años menos.
—Abre las piernas —le ordenó con desprecio.
Madame d’Estaing tomó la gasa que acercó con celeridad a la luz de las velas. Levantó los ojos un momento para mirar a la criada que le había llevado la noticia. Luego se volvió hacia la joven.
—¿Cómo te llamas?
La pupila sonrió y la miró airosa, casi con soberbia, antes de responder:
—Me llamo Jeanne. Pero Su Majestad me ha bautizado como madame du Barry.
Violet d’Estaing sintió el frío de una daga entrando en su carne; soltó aquel apósito manchado de sangre y abandonó el altillo.
Esa misma noche la mansión acogió a Su Majestad. Llegó en compañía del duque de Richelieu, que por entonces detentaba gran poder dentro de la corte. Madame d’Estaing aguardaba como anfitriona, sentada en un enorme sillón de terciopelo, rodeada por sus muchachas. Luis XV descendió los peldaños de mármol de la escalera que conducía al salón y caminó hasta detenerse bajo la pesada araña que iluminaba su centro. Observó los techos dorados, ricamente decorados, y también aquel cuadro que señalaba el edificio como antiguo coto de caza de la familia real. Era un óleo con ciervos pastando, del que pronto el rey retiró la vista.
—Parece que está mirando hacia aquí —susurró una joven pupila al oído de madame d’Estaing.
Violet no apartaba los ojos del rey. Atenta a cada movimiento, a la espera de algún ademán que anticipase sus intenciones. Aquel carruaje por la tarde, el mensajero, el obsequio, y ahora la presencia del duque de Richelieu junto a Luis, no eran para ella signos de buen augurio.
—¿Qué pensáis, madame? —preguntó la pupila a su oído.
—Nada, nada —dijo, y dibujando una sonrisa, acarició los hombros de la joven—. Eres la más bonita del Jardín de los Ciervos, lo sabes. Es el momento de que hagas uso de tu encanto.
—Sí, madame.
Violet comprobó que estaba lista. Olió su cuello, impregnado por una exquisita fragancia. Luego acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja, para que los diminutos aretes de brillantes se apreciasen en todo su esplendor. Por último, bajó la vista al escote, satisfecha del encanto que la muchacha escondía bajo la camisa.
—Divina mía —dijo madame d’Estaing a su pupila—, le llevarás una copa al rey, y te tomarás el tiempo necesario para que te mire mientras se la sirves. —Y diciendo esto, le acarició el pecho por encima de la suave tela hasta despertar los pezones—. Vete ahora mismo.
La muchacha obedeció y atravesó la sala; su silueta se recortó de luces y sombras bajo la araña hasta que se detuvo ante el rey. Luis XV levantó la vista hacia la muchachita, aceptó de su mano la copa, bebió, y volvió a observarla admirando las largas y torneadas piernas que se traslucían bajo la batista. Percibió el perfume de su piel y sus pequeños senos, visiblemente marcados bajo la camisa.
—¿Cómo te llamas?
—Lissette, majestad.
—Y ¿qué edad tienes, Lissette?
—Diecisiete.
Entonces Luis, señalando con su dedo enjoyado, pidió a la jovencita que acompañase a su ministro; este acababa de llegar a la mansión y se había sentado en un silloncito. Ella obedeció.
Madame d’Estaing se quedó sin respiración; su gema más preciada había sido rechazada. La observó caminar y luego sentarse en el silloncito junto al ministro, sabiendo que su noche ya tenía un destino. Violet dirigió su mirada hacia el rey y parpadeó; tal vez aquello que presenciaba no era lo que suponía. Tal vez no suponía un rechazo, y aquella corazonada que la había atormentado durante el día no resultaba más que una efímera alucinación. Si su niña más bonita no era pieza de atención para el soberano, quizá lo sería alguien más. Tal vez aquello que acababa de ver significara, por inesperado que pareciese, un reverdecer de sus años como amante de Luis.
Violet d’Estaing se puso en pie y atravesó la sala, como la reina sin corona que era, procurando acariciar a las pupilas que halló a cada paso, con sus cuerpos a medio vestir, para detenerse a unos pasos de Luis. Este la miró. Violet le sonrió y, mientras lo hacía, soltó el broche de oro que sujetaba su chemise, y esta cayó para mostrarla desnuda.
El cuerpo de madame d’Estaing conservaba las curvas que años atrás tanto habían seducido al rey; sus muslos firmes y sus pechos, abundantes, entallados por una piel lozana y blanca como el mármol. Madame intensificó su mirada: el rey había vuelto a reclamarla. Luis la miró largamente; aquel cuerpo era para él como un mapa, un sitio seguro donde no iría a perderse más que en el placer. Entonces el rey sonrió, con una complicidad que solamente una mujer de su agrado podía interpretar. Violet volvió a sonreír, embelesada, disimulando apenas el temblor que la aquejaba.
Bajo los caireles, el rey consintió con un movimiento de cabeza, pero no fue Violet sino una damisela quien, como un cisne negro emergido de entre las sombras, había captado la atención de Luis. Esta muchacha dio los pasos que madame d’Estaing había interpretado como destinados a ella. La señorita llegó hasta el rey, que tuvo a bien besar su mano y por si fuese poco, ante la vista de todos, le ofreció el brazo. Aquel cisne negro no era otra que su nueva pupila, madame du Barry, quien ahora atraía las atenciones de todos aquellos que allí, reunidos a la penumbra de la luz de las velas, la consideraban como nueva favorita.
Madame d’Estaing sintió una mano en el hombro, y al darse la vuelta, descubrió al duque de Richelieu, que se inclinó para susurrar a su oído:
—Madame, el rey Luis ya no os quiere en la mansión. Procurad abandonarla antes del amanecer. —Y dicho esto se retiró, para dejarla allí, desnuda y humillada, quieta como una estatua vieja que se agrieta con el paso del tiempo.
Era de madrugada cuando Violet d’Estaing subió a un carruaje en el patio de la mansión con las pocas pertenencias que había logrado empacar. Miró por última vez la casa, escuchó las risas y gemidos que de su interior provenían; miró los jardines, bajo una hermosa luna que resplandecía como nunca. Cuando el carruaje se puso en marcha, se quedó absorta, mirando por la ventanilla, su mano pegada al cristal; su aliento empañándolo para alejarla de la visión que tanto le dolía. Se despidió para siempre del Jardín de los Ciervos. Y juró vengarse.
PRIMERA PARTE
El palacio de las mañanas
1
EL BOSQUE OSCURO
Promediaba el otoño de 1788 cuando Simone Belladonna llegó a las inmediaciones del castillo. Encontró allí, en un claro del bosque, el enorme portón de estilo gótico que daba acceso a un camino tapizado por el barro y las hojas caídas de los árboles. Descendió del carruaje y dejó su equipaje en el suelo mientras se aseguraba de que había llegado al lugar correcto. Tras un momento, se volvió hacia el cochero, apenas visible entre la niebla, que desde el pescante aguardaba sus instrucciones.
—Es aquí —le dijo Belladonna—; podéis regresar.
El cochero, que tenía el rostro cubierto por una bufanda de lana que apenas traslucía sus ojos, se limitó a asentir con la cabeza y, sin decir palabra, chasqueó el látigo para ponerse en marcha.
Belladonna se inclinó a recoger el equipaje y, al hacerlo, casi de rodillas, quedó embelesado por el encanto de una hoja de roble de un rojo perfecto que había sobrevivido al barro y la nieve, de tal manera que acabó por tomarla. La olfateó y admiró, creyendo apreciar en ella un aroma a tormentas; decidió conservarla, metiéndola entre las páginas de su cuaderno de viaje. Ya en pie tomó el equipaje, debía darse prisa. El crepúsculo había comenzado a proyectar su sombra sobre el bosque.
En las cartas, la vizcondesa d’Estaing, señora de esa propiedad, le había garantizado que el portón estaría abierto y así lo halló. No tuvo más que traspasarlo y echar a andar por el sendero que discurría entre los árboles, siniestros en su desnudez. De pronto, un escalofrío lo embargó y, aterido ante la huida inaplazable del sol, pensó en sus pasos perdidos y en la Commedia de Dante que lo había llevado hasta allí, en el parecido que tenía aquel trayecto al canto primero. Al final de la arboleda, dio con un puentecillo de madera y, al otro extremo, donde los jardines se veían bien cuidados, distinguió el castillo iluminado por un hermoso atardecer que le cegaba la vista.
En el portillo aguardaba una joven criada; lo recibió y guió a través del vestíbulo hasta llegar a un amplio salón que parecía haber sido construido y decorado para resaltar la figura de la mujer que allí dentro esperaba.
—Bienvenido a Martinvast —dijo la señora del castillo.
Violet d’Estaing era una mujer madura, más cerca de los sesenta que de los cincuenta, que había heredado recientemente no solo el castillo sino lo que se suponía una inmensa fortuna. Vestía de luto y lucía, como único adorno, el encaje que descendía desde el busto hasta la cintura, allí donde empezaba el brocado de la falda. Su rostro pálido y sus ojos oscuros de mirada serena quedaban resaltados por el color del vestido.
—Es un placer estar aquí, señora vizcondesa —dijo Simone, quien dedujo que la viuda, que lo miraba de arriba abajo, lo estaba estudiando, quizá sorprendida de que su huésped no fuese un hombre mayor sino un caballero que promediaba los treinta y con el acento de un extranjero.
Belladonna tenía la mirada intensa, el rostro afilado y lucía un bigote muy fino. Excepto por la camisa (con lazo al cuello y largas puñetas sin encaje) y las medias blancas, iba vestido de negro en casaca, capa corta al hombro y calzones de tafetán que dejaban entrever sus vigorosas piernas.
—La marquesa de Calvert me habló de vos —dijo la vizcondesa—. Sé que habéis hecho algún trabajo bibliográfico para ella y pensó que podríais ayudarme en cierto asunto de parecida índole. Habéis sido gentil al aceptar mi invitación. Dijo que erais de Córcega, ¿cierto?
—Sí, madame. De Ajaccio.
—Sois italiano entonces. Pero veo que podremos entendernos.
—Sin ningún problema: el francés es mi segunda lengua; hace años que resido en París.
—Lo celebro y en verdad me place teneros aquí.
—Y yo estoy encantado de conocer vuestro castillo —replicó él tomando la mano blanca de la señora para besarle el anillo. Esta aguardó a que las criadas se retiraran y cerraran las puertas para ofrecerle asiento.
—Supongo que la marquesa os habló de mí, ¿no es cierto?
—Lo hizo —contestó el corso—. De los buenos recuerdos que atesora de una época en la que frecuentabais la corte.
La marquesa de Calvert le había contado el paso de madame d’Estaing por la corte de Versalles como una de las damas que, en tiempos de Luis XV, había logrado enamorar al soberano, quien mostró por ella un interés no menor al que tuvo siempre por madame de Pompadour. La marquesa la recordaba como dueña de una astucia admirable; una mujer perspicaz que sabía moverse muy bien en los salones del poder, que llegó a tener influencia en las decisiones del rey, y que más tarde, por causa de madame du Barry, debió abandonar el palacio para siempre.
—Pues bien, monsieur —prosiguió ella—, por no perder un tiempo que se me antoja muy valioso, permitidme que os hable sin más del asunto que os ha traído a mi castillo. Como bien sabéis, prometí a la marquesa que os mostraría la preciada pieza y dejaría su valoración en vuestras manos. —Simone asintió sin dejar de mirar a la viuda a los ojos—. Sin duda, estaréis al tanto de que, al morir mi esposo el vizconde, que Dios tenga en su gloria, a quien dimos sepultura hace tres semanas en el cementerio de Saint-Vaast, pasé a ser la propietaria de todo esto —dijo al tiempo que con un gesto del brazo intentaba abarcar el castillo, las bodegas y las fincas colindantes— y también de la valiosa biblioteca que a él pertenecía.
—La marquesa de Calvert me informó de todo. Y, si me lo permitís, os diré que soy de la opinión de que hacéis lo correcto, madame. La Biblioteca Real tiene verdadero interés por la joya que atesoráis.
—En tal caso, no perdamos más el tiempo.
La vizcondesa se puso en pie y abrió una vitrina de cuyo interior extrajo un cofre de buena hechura, con esquinas y roblones hechos en bronce.
—Este cofre, monsieur, ha estado en la torre del castillo desde que tengo memoria. He pedido que lo trajeran para que vos pudierais echarle un primer vistazo.
Simone lo observó con detenimiento. Luego preguntó:
—¿Lo habéis abierto ya?
—Aún no. Os esperaba. —Entonces sacó de entre los pliegues del vestido una cadenita con dos llaves; tomó la más pequeña y la entregó a su huésped—. Monsieur Belladonna, ¿queréis hacer los honores?
Simone abrió el candado y quedó maravillado al revelarse el contenido que escondía la tapa. Pasados unos segundos, en los que hubo de sobreponerse a la admiración, tomó del interior un grueso libro con ambas manos y lo depositó encima de la mesa.
—Ahí la tenéis —exclamó la vizcondesa, con un ligero estremecimiento—: la Commedia de Dante.
Belladonna acercó el candelabro que había en la mesa para poder observar mejor el preciado objeto. Acarició con los dedos el relieve labrado en la cubierta sin que a sus ávidos ojos se les escapara ninguno de aquellos detalles que cobraban vida a la luz de las velas.
—La marquesa de Calvert dijo que tenéis un don —murmuró la viuda—, que sois muy hábil detectando falsificaciones.
Belladonna apartó las manos del ejemplar, como si hubiera cometido un sacrilegio, y se las llevó a la cara. Al instante, empezó a acariciarse el bigote sin decir palabra, absorto en el libro.
—Dice bien la marquesa —respondió, volviendo de sus pensamientos.
—Es curioso; mi esposo mantuvo este libro oculto a cualquier mirada que no fuera la suya durante más de veinte años. Nadie conocía su existencia hasta que no se abrió el testamento. Y bien, monsieur, ¿qué pensáis?
La luz de las velas titilaba en los ojos de Belladonna. Lo palpado cuando acercó los dedos a la cubierta le causó buena impresión. También la encuadernación robusta, en piel escarlata, con cinco tejuelos en el lomo. Y las esquineras, adornadas, como el cofre, con roblones de bronce. Abrió el libro con mucho tino para comprobar el pie de imprenta: Johannes Numeister, Umbría, 1472.
Muy despacio, tras volverlo a cerrar, levantó su mirada hacia la señora.
—Lo que tenéis aquí, parece, efectivamente, una joya. Podría tratarse de una edición príncipe: la primera Commedia en salir de una imprenta de Gutenberg. Confío en que, como me habéis dicho, nadie excepto el vizconde la haya abierto en estos años.
Madame d’Estaing oyó la primera valoración sin poder evitar sonreír.
—Puedo aseguraros que así ha sido... ¿Aventuraríais una cifra aproximada de su valor, monsieur?
—Sería una temeridad —respondió él, algo sorprendido por la urgencia de la dama— sin haberlo sometido antes a una inspección detenida.
Al decir esto, volvió a posar las manos sobre el volumen y regresó a su actitud ausente. Pero ella, motivada de pronto, dijo a su oído casi en susurros:
—Mi esposo jamás hubiese permitido que tocarais esa piel como lo estáis haciendo ahora.
—Estad tranquila; la piel que toco no es ningún secreto para mí.
—Eso lo intuyo —siguió ella, y sin menguar su curiosidad preguntó—: ¿Cómo pensáis proceder para saber su valor?
—Demandará días, puede incluso que me lleve una semana —respondió Belladonna—. Durante ese tiempo, haré un informe detallado para mi clienta, la marquesa, que tomará de referencia esa cifra por la que habéis preguntado. En el caso de que el ejemplar fuera lo que parece, ella será la encargada de agilizar los trámites para su adquisición por parte de la Biblioteca Real.
—Magnífico. Lo tendréis a vuestra disposición a partir de mañana, en la habitación que hemos dispuesto para vos en la torre. Allí podréis pasar el tiempo que necesitéis junto al libro y escribir el informe con el debido...
Un chirrido de una de las puertas había interrumpido a la vizcondesa. Al salón entró una joven que iluminaba su camino con una lamparilla de alabastro. Al descubrirlos, se quedó muy quieta. La luz le bañaba el rostro de un fulgor amarillento que parpadeaba con la llama.
—¡Santo Dios! —exclamó madame d’Estaing—. Acércate, querida. Me has dado un buen susto.
La joven alzó con gracia una pulgada la falda y fue hasta la cabecera de la mesa.
—Monsieur Belladonna, os presento a mi sobrina, Giordana.
Simone la saludó con una inclinación de cabeza.
—Perdonad la irrupción, tía —dijo la joven, cuyos ojos verdes chispeaban como dos piedras preciosas—; no sabía que teníais visita.
—Monsieur Belladonna acaba de llegar de París y se quedará una semana en el castillo. Apenas coincidiréis, ninguno de los dos debe distraerse de sus tareas —replicó la señora, con un tono que más parecía una orden que la afirmación de un hecho.
Ella miró de reojo el cofre y el libro y asintió dirigiéndose a su tía.
—Venía a deciros que las doncellas aguardan en la biblioteca. En breve comenzará la lectura.
—¡Oh, casi lo olvido! —dijo Violet d’Estaing llevándose una mano a la boca—. Claro, iremos ahora mismo; espérame y voy contigo.
La llegada de la muchacha había marcado el final de la conversación.
—Debéis excusarnos —dijo la viuda señalando a Belladonna la puerta doble por la que había asomado una criada—. El ama de llaves os llevará a vuestro aposento: una bonita alcoba en la torre. Espero que podáis descansar. Buenas noches, monsieur.
El corso asintió con la cabeza, se levantó y caminó hasta la puerta. Giordana d’Estaing siguió los pasos del huésped con la mirada hasta verlo desaparecer tras la puerta. Entonces miró a su tía con curiosidad. Los rumores que cundían eran ciertos; el hombre de letras ya estaba alojado en el castillo.
2
VANIDADES
La habitación de Giordana era amplia y bien amueblada. La cama, coronada por un pequeño dosel forrado de un tafetán de color hueso, recamado con labor dorada, hacía las veces de diván durante el día, en el que la joven se sentaba a leer a la luz del amplio ventanal; el tapizado de los dos sillones y el escabel que ocupaban el centro del cuarto era idéntico al lienzo de los cortinajes, y todo remitía a los colores y labores de las telas que cubrían el lecho. Contra una de las paredes, sobre una cómoda de encina de cuadradas y robustas patas, estaban los antiguos retratos de la familia. Había un óvalo enmarcado en alpaca que llamaba la atención por encima del resto: el retrato de una joven que bien podría haber sido madame d’Estaing en su juventud.
Antes de acostarse, Giordana tenía costumbre de invitar a su cuarto a su amiga Juliette, una protegida de su tía, criada y pupila al mismo tiempo. Habían crecido juntas y aprovechaban el momento para compartir las confidencias del día. Juliette cepillaba la larga cabellera castaña de su amiga mientras charlaban.
—El parecido con tu tía es asombroso —dijo Juliette, mirando el retrato encima de la cómoda.
Giordana se dejaba hacer y asentía. Juliette se detuvo un instante y Giordana encontró en el espejo los ojos de su amiga.
—Ha pasado tanto tiempo... —suspiró la joven, con el cepillo suspendido en la mano y la mirada clavada en el reflejo de su amiga.
Diez años. Sí. Una década. Ese tiempo había pasado desde que se conocieron, desde que muriera la madre de Giordana y esta llegara al castillo para vivir bajo la protección de su tía. La afinidad entre las dos muchachas, de distinta condición social pero idéntica edad y parecida curiosidad innata por la vida, las unió con unos lazos tan poderosos como los de la sangre.
—Tendremos que separarnos —siguió diciendo Juliette, a quien la estancia en el castillo había dotado de unos modales exquisitos y una esmerada educación, además de un apellido sonoro que la vizcondesa insistía en emplear cuando se refería a ella, «Juliette Montchanot», orgullosa de haberla bautizado por segunda vez.
—No podremos evitarlo —respondió Giordana—; nuestro destino ya está escrito.
—Si acaso sirve de consuelo, diré que todos en este castillo, en algún momento, de manera inexorable, tendremos que afrontar nuestros destinos.
—Ya sabes que no busqué el mío —suspiró Giordana—. Y me resisto a él.
—Sin embargo, ¡en París podrás hacer tantas cosas que quedan fuera de nuestro alcance en Martinvast! —Juliette intentaba consolarla—. Estoy segura de que tu prometido te presentará en sociedad. Harás amistades nuevas. ¡Piensa en la ópera, y en los teatros, y en todos los libros que te ofrecerá la capital del reino, para que te entregues a la lectura con más ocasión todavía que aquí!
Giordana guardó silencio, concentrándose en la imagen que le devolvía el espejo.
—Pero ya no podré estar contigo —suspiró.
—¡Claro que podrás! Seguro que en verano venís a disfrutar del castillo.
—No es cierto, July, nada volverá a ser como antes...
Giordana recordó su tránsito común entre la niñez y la juventud, así como las tardes al lado de su amiga, que se pasaban volando; tardes persiguiendo las primeras mariposas del verano entre los árboles, descubriendo los rincones más recónditos del bosque; las horas transcurridas, cuando las vencía el sueño en alguna de sus incursiones en territorios que a las dos les parecían prohibidos y buscaban cobijo a la sombra de algún pajar para descansar en el mullido heno. Juliette, que parecía ajena a aquellos recuerdos, continuó cepillando el pelo de su amiga, los mechones sedosos que le cubrían las sienes.
—De nada sirve que intentes consolarme, July; lo noto en tu mirada porque te conozco bien. Sé que no deseas que viaje a París y mucho menos que despose al barón.
Juliette pestañeó. Desde que Giordana le revelara, en ese mismo aposento, cuando se disponía a las confidencias y a cepillarle el pelo como todas las noches, la noticia de que su tía la iba a casar con un hombre muy rico, mayor que ella, pero bueno y dadivoso, el mejor partido que una joven de su condición podía anhelar, según palabras textuales de madame d’Estaing, Juliette había adoptado una actitud extraña, como si esa noticia no tuviera que ver con ella.
—No podremos evitarlo —suspiró Juliette—, tú lo dijiste. De nada sirve que diga todo lo que pienso. ¿Cuándo vendrá a por ti?
—Mañana.
—¿Tan pronto? Pensé que los preparativos en el castillo eran por el hombre de letras...
—Son por el barón: permanecerá en el castillo una semana, y a su regreso, yo partiré con él. —Alzó los ojos Giordana para mirar a su amiga—. Traerá consigo el contrato nupcial; solo resta la firma de mi tía y la llegada de un escribano para certificarla.
—Ojalá pudiésemos detener el tiempo...
El tiempo.
No es frecuente que los jóvenes hablen de él. No es habitual que aquellas muchachas convertidas ya en mujeres, que se conocían desde los once años, invocasen al tiempo con nostalgia. Estaban descubriendo que el tiempo es un tirano que avanza de manera ineludible, acorrala a las personas y las derrota mientras las conduce a destinos inesperados; las despoja de los vestidos de la niñez y, más tarde, les arranca los de la juventud, sin detenerse hasta llegar a una tragedia mayor: la vejez y la muerte. El tiempo es, en fin, una sucesión irrepetible de oportunidades; oportunidades que, en muchas ocasiones, por temores o por vicisitudes del destino, las personas malgastan.
Tiempo, pues, perdido, que nunca volverá, eran esos valiosos segundos que ahora se les escurrían entre los dedos. El tiempo perdido, sí; eso mismo pensaban las muchachas mirándose al espejo.
—¿Quieres que te cuente una cosa? —susurró Giordana—. Esta noche vi al hombre de letras...
—¿Lo has visto?
—Fue casualidad.
—¡Cuéntame! —exigió Juliette.
—Momentos antes de la tertulia, llegué al salón y estaba hablando con mi tía.
Juliette dejó el cepillado, muy intrigada, y obligó a su amiga a volverse para que se dirigiera a ella directamente y no a través del espejo.
—¿Cómo es? —preguntó. Giordana tardó un instante en responder, lo que hizo que insistiera en su ruego—: ¡Vamos, vamos! ¡Cuéntame!
—Un hombre... ¿serio? —respondió Giordana, como dudando.
—Puede que no tanto; tu tía sabe imponerse en el primer encuentro. Y eso hace que todos tengan aspecto de serios nada más conocerla.
—Había algo en su mirada... —siguió diciendo Giordana—. No sé, un brillo, algo que percibí mientras me miraba fijamente, aunque fue apenas un instante.
—¡Qué inesperado! ¿Y de qué color tiene los ojos?
—¿Color? Son como la miel, y muy expresivos.
—Y... ¿te habló? —continuó Juliette con el interrogatorio.
—Ni una palabra. Pero sí le oí hablar con mi tía.
—¿Y su voz?
—Muy calma, con acento, yo creo que italiano.
—¡Italiano! —Juliette suspiró—. Permíteme que cierre los ojos e imagine... Sí, sí, veo un veneciano, quizá un Casanova: amante de los libros tanto como de las pasiones...
—¡Pues este Casanova aparenta ser un hombre serio! —replicó Giordana riendo.
—Y no hay peor pecado que ese: la seriedad.
—Seguramente está casado.
—¿Casado? ¡Oh! Bueno, supongamos que lo esté —reflexionó Juliette—. Lo que importa es que al castillo ha llegado solo, y precisamente ahora su esposa, si la tiene, ha de estar bien lejos de aquí.
—¡Nada más cierto! —exclamó Giordana.
—¿Sabes dónde lo han alojado?
—En un aposento de la torre.
Juliette dejó de preguntar y se quedó mirándola con una media sonrisa. «Mal asunto», pensó Giordana, conocedora de los gestos de su amiga. Intentó cambiar de tema.
—Mi tía... Dejó caer un comentario que venía a significar: mi sobrina es fruto prohibido, monsieur...
—¿Y por qué habría de hacerlo...? ¡Ah! Te está protegiendo de tentaciones ajenas a tu prometido que, además, llega mañana. —Entonces Juliette sujetó a su amiga por las manos—. Ella conoce bien al barón, es muy celoso. El curso de tu boda, al parecer, no debe someterse al más mínimo sobresalto y...
—¿Y?
—Tu curiosidad por los libros... Claro, no debe provocar una imprudencia en este momento.
—¿Teme que yo le hable al huésped... de libros? —preguntó Giordana.
—Puede, aunque es una excusa para ocultar su verdadero temor: que el barón no se sienta a gusto en su presencia. Y menos si tú estás pululando cerca de él.
—Por momentos ella me trata... ya sabes...
—Como si fueras una muñeca y no tuvieras voluntad propia.
—Eso mismo.
Entonces Juliette, ante el sinsabor que aquello provocaba a su amiga, se inclinó sobre su hombro y murmuró:
—¿Recuerdas aquel verano, hace unos años, cuando tu tía nos prohibía reunirnos con los amigos de mis hermanas?
—Lo recuerdo.
—Pues era eso mismo: celo protector.
—Nosotras teníamos dieciséis años y tus hermanas y sus amigos eran algo mayores que nosotras.
—Cómo olvidarlo. ¿Recuerdas aquel muchacho —continuó Juliette—, aquel que tanto nos fastidiaba porque creía que éramos unas niñas?
—¡Claro que lo recuerdo! Nos hicimos las encontradizas en un pajar...
—Sin que nadie lo supiese... —continuó Juliette la frase, sonriendo abiertamente.
—En secreto... —precisó Giordana—. ¿Recuerdas tú su carita de asombro? Pobre muchacho, tan mayor como se creía, tembló como hoja al vernos dispuestas.
—Nunca más volvió a tratarnos como a niñas —asintió Juliette—. Tu tía jamás se enteró.
—Echo de menos aquellos años, era todo tan...
—Mágico —la interrumpió Juliette.
—Sí, mágico. Y hermoso. Con cada día comenzaba un universo sin límites.
—Sí, tú temías enseñar tus muslos —añadió Juliette.
—Aún tiemblo cada vez que veo el cobertizo.
—Éramos tan...
—Audaces.
—Sí, audaces, esa es la palabra —concluyó Juliette mientras obligaba a Giordana a mirar de nuevo hacia el espejo para seguir cepillándole el cabello.
Volvieron a mirarse a través del azogue, pensando en sus recuerdos con sonrisa pícara.
—¿Tú crees que ya se habrá acostado? —retomó la conversación Juliette, tras un largo suspiro.
—¿Quién?
—El huésped serio con ojos de miel... Podríamos acercarnos a su aposento —continuó diciendo, ya que su amiga parecía no querer seguir con la conversación— a ver si tiene la vela encendida...
—¡Estás loca!
—¡Chis! —Juliette se llevó un dedo a los labios—. ¡Silencio! La imaginación no cuesta ni trae desgracias...
—Te escucho —dijo Giordana no muy convencida.
—Imagínate que estuviera despierto... Y que llamáramos suavemente a la puerta y nos abriera... Una vez dentro podríamos hablar con él. ¿Imaginas la cara que pondría al tenernos en su habitación, de madrugada, y justamente a ti, la señorita «prohibida»?
—Ya; estás buscando que mi tía me destierre —dijo Giordana al borde de la carcajada—. Eso supondría colarse en la habitación de todo un hombre, nada parecido a llevar a un muchacho a un cobertizo.
—¿Y qué hay mejor que eso, Giordana? Una mente madura y fecunda para bucear en sus secretos durante una larga noche de otoño. ¡Olvida ya a ese muchacho y el cobertizo, que tenemos veintiún años!
Entonces dejó el cepillo en el tocador y puso las manos en los hombros de Giordana, la obligó a volverse y a caminar hacia la cama.
—Ven. Ensayemos —dijo Juliette.
Tomó una almohada y la colocó en vertical, en el centro del lecho, como si fuera el torso de un hombre.
—Pues bien —continuó—, imaginémonos ahora que esta almohada es en verdad el huésped italiano. Imaginémonos que esta habitación es la de la torre y que tú entras de incógnito. Muéstrame qué harías en esa circunstancia.
—¡No, por Dios! —exclamó Giordana—. Estás ruborizándome...
—Hazlo —ordenó su amiga, intentando ponerse seria.
Entretenida de pronto con aquella parodia, Giordana se fue hasta la puerta y desde allí, figurando ser una visita de incógnito, caminó de nuevo hacia la cama para sentarse al lado de la almohada.
—Monsieur italiano —dijo susurrando—, ¿qué os parece si esta madrugada, sin que se entere mi tía, me aceptáis en vuestra alcoba?
—¡No! ¡Es que ya estás en su alcoba! —se rio Juliette—. Vamos, así ni siquiera llamarás su atención. Todo lo contrario: lo espantarás. Debes ser más decidida, ¿entiendes?, más resuelta. Mírame.
Juliette caminó hasta la puerta y desde allí regresó a la cama, para sentarse también junto a la almohada.
—Monsieur extranjero —susurró insinuante—. Despertaos. Mirad este cuerpo... el mismo que tanto espiabais en el salón.
Y de un saltito, se montó a horcajadas en la almohada y comenzó a desatarse el lazo que cerraba su camisón sobre el pecho.
—Vais a querer aceptarme, ¿no es cierto? —continuó diciendo, abriendo lentamente el escote y liberando uno de sus hombros.
En ese instante se detuvo y miró a Giordana.
—¿Qué te ha parecido?
—Eres tan hermosa... —respondió Giordana, sonriendo con ternura.
—Ahora hazlo tú —ordenó Juliette abandonando a su amante de tela y pluma.
—No.
—¡Vamos! —la animó—. Siéntate sobre la almohada... Muy bien, así, con una pierna a cada lado. ¡Oh, sí, lo haces muy bien! ¿Lo sientes, sientes el roce por debajo?
—Lo siento —murmuró Giordana, que comenzaba a notar cómo su cuerpo se llenaba de una inquietud muy agradable.
—Ahora desátate el camisón... Así... Perfecto.
—July... esto es muy indecoroso —replicó Giordana completamente ruborizada.
—Bien. Es todo tuyo. Háblale y dile lo que te venga a la mente.
—Monsieur extranjero —balbuceó Giordana hacia la almohada—, no creo que podáis esta noche con una francesita como yo.
Luego se desplomó sobre la cama, en medio de risas, a un lado de su amiga.
—Quiero que sepas que me haces feliz —le dijo Juliette acariciándole el cabello.
—Y tú a mí, July.
Ambas sabían que la pronta separación les dejaría un amargo vacío. Miró entonces Giordana a los ojos de su amiga, grises y llenos de encanto, y a sus labios, arqueados y terminados en pequeñas comisuras, tan carnosos como higos maduros.
—Siempre te recordaré —le dijo, besándola en la mejilla—. Esperaré con impaciencia a que llegue cada verano para volverte a ver.
—Déjame dormir contigo esta noche —pidió Juliette.
—Sí, quédate —consintió Giordana, feliz—, y despertemos juntas mañana.
Se cobijaron pues bajo sábanas y mantas, y apagaron el candelabro.
—Mi tía le encargó al ama de llaves acomodar al «hombre de letras» en la alcoba del ala sur de la torre y darle acceso a la biblioteca. —Giordana suspiró—. Habrán tenido que esforzarse, sobre todo en esta última, pues está llena de polvo; desde que murió mi tío, nadie la usa. Sin embargo, oí decir que el scriptorium debía permanecer cerrado a cal y canto...
Juliette entrelazó las piernas con las de su amiga.
—¿Sabes cuándo irá a la biblioteca? —preguntó.
—No exactamente, imagino que tras el almuerzo de mañana —respondió, mientras acomodaba una de sus manos sobre el muslo de Juliette—. Descansa, y abrázame, te lo ruego, hasta que se nos calienten los pies.
Juliette cerró los ojos, entregándose al sueño. Sin embargo, la sobrina de la vizcondesa permaneció despierta admirando el resplandor de la chimenea. En su mente habían florecido tentaciones inesperadas.
3
DESCENSO AL ABISMO
El día siguiente, con las primeras luces de la mañana, Belladonna se dispuso a comenzar el trabajo por el que había dejado París. Contaba con una estancia acondicionada, en lo alto de la torre, con vistas al jardín. Esa habitación era la misma que, la víspera, madame d’Estaing había señalado como depositaria del cofre de su difunto marido. Allí estaba, en el centro de la mesa, cerrado con llave. En la mesa también halló una bandeja con todo lo necesario para sobrellevar una fría mañana de otoño. Madame d’Estaing parecía estar atenta a los detalles, pues en la bandeja encontró un juego de taza y tetera de loza fina, y junto a este, sobre la estufa de hierro que el servicio acababa de encender, una jarra que mantenía el agua caliente.
El té. Un detalle que ella había recordado de sus conversaciones con madame de Calvert. Belladonna tenía debilidad por el té, al que solía agregarle unas gotas de limón para darle más sabor. Por supuesto, el limón no faltaba, estaba en una bandejita de plata.
Sobre la chimenea, presidiendo la estancia, había un retrato del vizconde que mostraba a un hombre de gesto altivo y facciones definidas. La pintura había logrado iluminar unos ojos que, hundidos en el rostro alargado, parecían mirar desde una oscuridad maligna.
Simone se acercó a la mesa, y sin sentarse, sacó la llave que la vizcondesa le había dado para abrir el cofre. De su interior extrajo el ejemplar, envuelto en un paño de terciopelo escarlata. Se sirvió una taza de té antes de sacar de su equipaje una lupa con mango de nácar, cuatro pinzas, unas tijeras, agujas curvas, gubia, estilete e hilo y, por último, un pequeño martillo de madera. Fue alineando cuidadosamente los objetos sobre la mesa en un orden preciso.
Bebió un poco de té y, después, le quitó al libro el paño que lo cubría. Dedicó un instante a observar esa Commedia de Dante. El ejemplar estaba revestido de guadamecí brocado, un fino cuero que, hacia los cantos, estaba abroquelado con bronce y clavo. Tocó la piel, y advirtió que el degaste parecía obedecer al paso del tiempo, era muy suave; cerró los ojos, palpándolo con las yemas, como la noche anterior, constatando el armónico esmerilado que solo el transcurso de tres siglos podía lograr. No era un asunto menor para quien buscase la autenticidad en un ejemplar, pues en el arte del engaño imitar el desgaste de las pieles constituía una proeza. No obstante, algunos falsarios, los más sagaces, eran capaces de curtir las pieles con ácido para lograr un acabado similar a simple vista, pero no al tacto, y más si se trataba de un experto como Belladonna quien acariciaba la piel. Anotó aquel detalle en su cuaderno de viaje.
Tomó la lupa. A través de la lente de aumento comprobó que el guadamecí era de una sola pieza; después, lo olfateó. Desprendía aroma de curtiembre, aceites y alumbres, ni rastro de ácido. Tomó nota de aquello. En el momento de la edición, supuso Simone, esa piel habría sido de un tono más intenso, como la sangre fresca, mas ahora se veía deslucida y de un tono tan oscuro como la borra del vino.
Observó los cantos con la lupa: las esquineras de bronce se fijaban cada una a un roblón, metales que, al igual que el guadamecí, estaban desgastados.
Fijó su atención en el lomo, robusto, atravesado por cinco tejuelos, algo coherente, al menos en su hechura, con el estilo de encuadernación clásico utilizado en Europa hasta el siglo XVI, en el que el lomo revestía gran protagonismo. Parecía hallarse ante un incunable, es decir, un libro impreso antes de la Pascua de 1501. Dejó a un lado la lupa y escribió en su cuaderno estos detalles no menores para él.
Después de un sorbo de té, abrió el libro; el aroma que brotó del interior era de página antigua. Contempló la portada, en la que estaban escritos el pie de imprenta y el título, este último con letras doradas y estampadas en relieve:
Commedia
Se llevó la lupa a los labios en un gesto involuntario que le ayudaba a pensar. El título del libro, más que la factura de su acabado en oro y relieve, o incluso su pie de imprenta, era muy relevante en el caso de esa obra para poder corroborar la fecha de impresión. Belladonna sabía bien que las bibliotecas estaban plagadas de copias, de falsificaciones, que la humanidad entera, además de los expertos, había terminado por considerar auténticas. El tiempo colaboraba en gran medida con la adulteración, borrándola a su paso, además de barnizar con autenticidad aquello que no había nacido como tal.
Le vino al pensamiento la Luperca capitolina, reconocida por ser el símbolo universal de Roma. La loba que amamantaba a los fundadores de la ciudad, Rómulo y Remo, difícil de datar, parecía ser etrusca. Sin embargo, no tantos sabían que los gemelos habían sido añadidos en 1471 y que nada tenían que ver con la escultura original. No obstante, nadie podía ya separar a los gemelos de la loba.
Algo similar había ocurrido con la Commedia. La obra de Dante Alighieri, considerada en Occidente como una de las más impresas tras la Biblia, guardaba un secreto para los profanos, no para los expertos. Todo bibliófilo que se preciara como tal sabía que Dante bautizó a su obra en 1321 con el título de Commedia; y que, medio siglo más tarde, Giovanni Boccaccio, un poeta florentino que pasó parte de su vida recitando la obra de Dante por las principales ciudades de Italia, la rebautizó como Divina Commedia. Así pues, al igual que la loba era indisociable de los gemelos como símbolo de Roma, de la maternidad y de la lactancia, gracias al entusiasmo de Boccaccio, la Commedia llevaba un agregado desde que Ludovico Dolce, editor veneciano, la imprimiera por primera vez en 1555.
El año 1555 y el título Divina Commedia marcaban un antes y un después en la datación de los ejemplares del libro; todos los anteriores a esa fecha debían titularse como el que Belladonna tenía ante sí: Commedia. Este hecho concordaba, aunque no corroboraba con exactitud, el pie de imprenta. Por tanto, el ejemplar de la vizcondesa bien podía ser un incunable salido de la imprenta de Johannes Numeister en Umbría, en 1472.
Había oído hablar de esa edición, la primera Commedia impresa con tipos móviles. En la siguiente página halló un grabado, impreso a dos tintas y a página completa que ilustraba el primer cuerpo de la obra. La cabeza de un demonio que parecía un dragón abría sus enormes fauces y dejaba ver, detrás de los amenazadores colmillos, el fondo rojo de su boca, formado por múltiples llamas trenzadas. En ellas se quemaban varios hombres y mujeres desnudos, con la cara desencajada por el dolor y la desesperación. Algunos imploraban con las manos juntas sobre el pecho; otros las alzaban, impotentes, o se abrazaban a sus desolados congéneres. Era el infierno. Al pie, justo debajo del grabado, halló una frase escrita a mano alzada.
—Qui, dove il rogo arse... —leyó en voz alta el corso.
Era una frase en italiano, una advertencia: «Aquí, donde el fuego arde». Belladonna se quedó atónito y tardó un instante en comprender. La tinta del pie parecía fresca a simple vista, hecho que corroboró al pasar un dedo y mancharse. Simone ahogó una exclamación. No había dudas: alguien había escrito ese mensaje pocos minutos antes. Alguien que había entrado en su estancia. ¿Era acaso un mensaje para él?
4
EL PRÍNCIPE
La reunión se celebró lejos de París, a puerta cerrada, en la abadía benedictina La Chaise-Dieu, en Auvernia, uno de los centros religiosos de primer orden de Francia, donde se habían formado muchas personalidades desde el siglo XI, y en aquel momento, un lugar desierto tras varios incendios y reconstrucciones a los que habían sobrevivido milagrosamente algunos tapices del siglo XVI situados sobre el coro de la iglesia.
Una de las sencillas habitaciones del claustro era el lugar que el cardenal Louis de Rohan, el prelado más rico y poderoso del reino de Francia, había elegido para su exilio desde aquel bochornoso episodio que los parisinos recordaban como l’affaire du collier, del que fue principal protagonista: el escándalo de la corte más estridente que el Siglo de las Luces pudiera rememorar. El vórtice de aquella tormenta había sido la vanidad, cristalizada en un costoso collar de diamantes espléndidamente engarzado por los joyeros Boehmer & Bassenge, con un precio equivalente al de un buque de guerra: más de un millón y medio de libras.
El cardenal fue responsable de la fatal imprudencia de adquirirlo. Se había dejado llevar por malos consejer
