De viva voz

Federico García Lorca

Fragmento

Nota sobre la edición y un comentario

Nota sobre la edición y un comentario

Lorca era un seductor irresistible. Cuando llegaba Federico «no hacía frío de invierno ni calor de verano: hacía... Federico», resumió célebremente Jorge Guillén. Su carisma se imponía por igual en las reuniones íntimas de la Residencia de Estudiantes y en los teatros abarrotados de Buenos Aires, en los ateneos de Barcelona y en las aldeas castellanas. Entre 1922 y 1935 las crónicas de prensa constataron decenas de veces que sus conferencias y alocuciones terminaban siempre entre los aplausos entusiastas de la concurrencia. En guerra constante contra lo que él llamaba «el moscardón del aburrimiento», el orador lograba una y otra vez que el público pasara de la expectación al arrobo, del silencioso interés a la carcajada rendida sin remedio.

Aunque se ayudaba siempre de los textos, sin improvisar, no solía leer dos veces la misma conferencia, sino que podía tachar y añadir frases casi sobre la marcha, consciente de los diferentes auditorios a los que se enfrentaba y de la necesidad de dar con el tono adecuado para conquistar el favor de cada uno.

Si leemos sus conferencias, alocuciones y homenajes no solo nos envuelve la sensación de estar ante una personalidad arrolladora, confiada en una portentosa capacidad para hacernos llegar sus argumentos en forma metafórica. También nos convencen, con Christopher Maurer, la reivindicación de los valores culturales del arte español, la ponderación de la doble tradición, culta y popular, que nutre su obra, las explicaciones sobre el misterio del proceso creador, la defensa de determinados artistas (Soto de Rojas, María Blanchard, José López Rubio) poco conocidos por el público.[1] En el fondo, Lorca está hablando siempre de lo mismo: de su visión personal de la poesía, del arte, de la cultura en tanto que lo mejor de que es capaz el ser humano. Vistos en su conjunto, diríamos que los textos de estas charlas componen una formidable poética implícita. Pues hable de lo que hable (el cante jondo, los toros, la pintura de vanguardia, las nanas, las canciones populares), Lorca está tomando posiciones en el bosque de las ideas literarias. Y lo hace de manera ensayística y no académica, es decir, literaria. Sus conferencias son, «a su manera, poemas».[2]

Alguna vez pensó el poeta en juntar estos textos en un libro, igual que lo había pensado de sus dibujos. Nunca sucedió. La variedad de versiones de que disponemos de muchos de ellos, entre borradores, copias y reseñas en prensa, harían casi imposible una edición definitiva, salvo que se tratase, como dice Maurer, de una editio variorum, diacrónica, que fuese capaz de recoger todas las modificaciones, todos los matices, y que estuviera siempre abierta a sumar nuevos datos.[3]

Desde 1997 no se reunían en un solo volumen las conferencias, alocuciones y homenajes de Federico García Lorca.

Lo hizo entonces, y con resultados excelentes, Miguel García-Posada. Pero aquellos textos se publicaron junto con las entrevistas, el epistolario y otras prosas en un tomo que a su vez formaba parte de un conjunto de Obras completas, de modo que podríamos decir que De viva voz supone la primera aparición individualizada, exenta, de las prosas que Lorca concibió para ser leídas en público.

No es la nuestra una edición crítica, sino una edición concebida con voluntad de llegar a todos los lectores. Los textos que proponemos provienen en gran parte de la edición de García-Posada (Galaxia Gutenberg, 1997), quien a su vez se basó en la fundamental de Maurer (Alianza, 1984), entre otras. Tomando esas versiones como punto de partida, hemos corregido erratas y modernizado la ortotipografía, así como realizado modificaciones menores, en la mayoría de los casos a partir del cotejo con las reseñas aparecidas en la prensa de la época. El resultado es el conjunto compacto que forman tanto las versiones canónicas de las conferencias como las deliciosas alocuciones y los breves y generosos textos de homenaje (aquí hemos incluido tanto los que fueron leídos en público como los que solo tenemos constancia de que se publicaron, para ofrecer una visión completa de este conjunto), además de unos apenas conocidos apuntes o fragmentos de charlas que Lorca concibió y nunca desarrolló. Los textos van acompañados de notas al pie con breves referencias a las fechas donde se leyeron o publicaron, apoyadas también en gran medida en la edición de García-Posada. Cierra el volumen un apéndice documental con materiales de la Fundación Federico García Lorca, la University of Miami y la Real Academia Galega.

Los textos están ordenados por orden cronológico en subgrupos genéricos (conferencias, alocuciones, homenajes, apuntes). Hemos decidido ofrecer, por su interés, las dos variantes de la conferencia lorquiana sobre el cante jondo, la de 1922, «Importancia histórica del canto primitivo andaluz llamado cante jondo», muy orientada a la defensa de la realización del primer Concurso de cante jondo en la Alhambra de Granada, y la de 1930, «Arquitectura del cante jondo», permeada por la irrupción del duende en la poética lorquiana y el reconocimiento de las individualidades en el cante; contienen notables diferencias de escritura y de enfoque. De la conferencia sobre Góngora hemos optado por publicar, siguiendo a Andrés Soria Olmedo, no la versión de 1926, sino la de 1930,[4] que contiene un entusiasmo mucho más matizado por el poeta cordobés. Incluimos, por último, un apartado de apuntes y fragmentos de conferencias que Lorca concibió y no pudo desarrollar, sobre las hadas, sobre «el viento, la brisa y el huracán» en la poesía del XVI y sobre «la Virgen del gótico» en Alfonso X el Sabio y Gonzalo de Berceo.

Creemos que las conferencias, alocuciones y homenajes de Federico García Lorca forman un grupo de textos de enorme atractivo, pese a no ser tan conocido como su poesía o su teatro, y que merece nueva atención. Si el poeta logró fascinar a todos aquellos ante los que se expresó de viva voz, los textos que le sirvieron de guía seguirán ejerciendo la misma fascinación a través de esa otra forma de conversación que es la lectura.

Introducción: el paraíso abierto

Introducción: el paraíso abierto

Quiero poner toda mi buena voluntad para ver si logro entreteneros un rato con este juego encantador de la emoción poética.

FEDERICO GARCÍA LORCA

«La imagen poética de don Luis de Góngora»

Escribir para ser leído en público. Hacer del acto literario algo que va mucho más allá de la letra impresa. Transmitir la «emoción poética» a la vez que se es testigo directo de cómo es recibida por el público. Estos son algunos de los principales objetivos del Federico García Lorca conferenciante, aquel que se presenta en teatros y ateneos con sus cuartillas para hablar directamente a su auditorio, mirarlo a la cara y hacer de actor y director de escena de su propia obra. El Lorca conferenciante, que reunimos en este volumen, es un caso único dentro de su propia generación, con la excepción de los que se dedicaron a dar clases —Jorge Guillén o Pedro Salinas— o a realizar lecturas públicas de su obra ante grandes auditorios —Rafael Alberti—.

El poeta siempre quiso dirigirse personalmente al público, incluso en su teatro, como si hubiera comprendido la necesidad de añadir una explicación. Lo comprendió desde el principio, según vemos en la pieza con la que se estrenó como dramaturgo, El maleficio de la mariposa, donde expuso, a la manera de una introducción:

Señores: La comedia que vais a escuchar es humilde e inquietante, comedia rota del que quiere arañar a la luna y se araña su corazón. El amor, lo mismo que pasa con sus burlas y sus fracasos por la vida del hombre, pasa en esta ocasión por una escondida pradera poblada de insectos donde hacía mucho tiempo era la vida apacible y serena. Los insectos estaban contentos, solo se preocupaban de beber tranquilos las gotas de rocío y de educar a sus hijuelos en el santo temor de sus dioses.

Este gusto o esta necesidad por la explicación no se limita a los primeros momentos de su teatro, esos movimientos iniciales de un autor que necesita justificarse ante un texto que viene dirigido por las intenciones empresariales. Si remiramos en los cajones del escritorio del último Lorca, aquel que se marcha de Madrid en julio de 1936 en dirección a Granada y a su muerte, nos encontraremos con la llamada Comedia sin título, en la que el personaje que se identifica con el Autor nos declara:

Señoras y señores: No voy a abrir el telón para alegrar al público con un juego de palabras, ni con un panorama donde se vea una casa en la que nada ocurre y a donde dirige el teatro sus luces para entretener y haceros creer que la vida es eso. No. El poeta, con todos sus cinco sentidos en perfecto estado de salud, va a tener, no el gusto, sino el sentimiento de enseñaros esta noche un pequeño rincón de realidad. Ángeles, sombras, voces, liras de nieve y sueños existen y vuelan entre vosotros, tan reales como la lujuria, las monedas que lleváis en el bolsillo, o el cáncer latente en el hermoso seno de la mujer, o el labio cansado del comerciante. Venís al teatro con el afán único de divertiros y tenéis autores a los que pagáis, y es muy justo, pero hoy el poeta os hace una encerrona porque quiere y aspira a conmover vuestros corazones enseñando las cosas que no queréis ver, gritando las simplísimas verdades que no queréis oír.

El Lorca conferenciante va de la mano de su proyección pública. Es su voluntad romper la timidez del autor encerrado en su jaula de cristal, rodeado en su habitación por sus cuartillas y su tintero. Esos primeros pasos, esa presentación ante un auditorio, comienza a dibujarse en 1916, siendo alumno de Martín Domínguez Berrueta, el profesor de Teoría de las Artes y de la Literatura en la Universidad de Granada, con el que recorre buena parte de la geografía artística española. Federico es el músico del grupo, es la atracción al piano que sorprende al auditorio formado por las autoridades locales, algo que recogen con nada ocultos elogios los periódicos de esas ciudades que el grupo estudiantil visita. Sin embargo, el músico poco a poco va dejando paso al escritor. La muerte de Antonio Segura Mesa, el maestro que cree en el Lorca pianista, y el rechazo de don Federico García Rodríguez a que su hijo se traslade a ampliar sus estudios en París, hace que surja otra voz, no interpretando una partitura sino escribiendo versos. El impulso recibido por Federico en la segunda parte de sus excursiones universitarias con Berrueta, especialmente de la mano de un maestro de la talla de Antonio Machado, lo llevará hasta la letra impresa. Será en ese momento cuando se atreva también a leer públicamente sus primeros trabajos. Es, sin que él lo sepa, también el nacimiento del Lorca conferenciante.

En 1922 tiene lugar en Granada el Primer Concurso de Cante Jondo, una iniciativa de Manuel de Falla en la que el poeta tiene un papel destacado dentro de la organización, al igual que otros amigos suyos como Manuel Ángeles Ortiz, Hermenegildo Lanz o Ángel Barrios. Si bien los dos primeros pueden expresar su adscripción a la causa a través del arte —son los autores del cartel— o el tercero mediante la música, a Lorca le queda la palabra para exponer su proximidad a las ideas de Falla que justifican que se realice tan importante acto de recuperación del primitivo canto andaluz. Tiene dos formas de hacerlo: la palabra impresa o la palabra leída. Escoge los dos caminos, aunque el de la publicación no llegará hasta 1931 cuando vea la luz su libro Poema del cante jondo. Es el conferenciante quien se encarga de presentar en el Centro Artístico de Granada, el 19 de febrero de ese 1922, su personal visión del cante jondo. Pero pasa aquí un hecho que será uno de los ejes del conferenciante: sus textos serán reescritos a medida que pase el tiempo y el poeta considere que puede incorporar nuevas apreciaciones o corregir aquellas que ya no comparte. Esa charla, que en un primer momento tituló «Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado cante jondo», conocerá nuevas versiones con los años. En 1930, durante su estancia en Nueva York, volverá a retomar el texto y trabajará a fondo en una nueva versión que leerá durante su paso por Cuba, ahora ya bajo el título de Arquitectura del cante jondo.

Lorca no fue nunca un autor que improvisara. Todo debía permanecer fijado por escrito, a veces desechando una primera versión del texto. Ya fuera una conferencia, una breve intervención ante los micrófonos de la radio argentina o un acto de homenaje a algún amigo, como podía ser Luis Cernuda con motivo de la publicación de La realidad y el deseo, el poeta no era dado a crear de manera espontánea ante un auditorio. Eso indica por un lado que los manuscritos que nos han llegado, afortunadamente la mayoría de estos textos, son las palabras exactas. Todo obedece a una necesidad de presentarse ante el público, dirigirse directamente al espectador, algo que también es resultado de su papel como dramaturgo. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en una entrevista con Proel, en La Voz, el 18 de febrero de 1935, en la que apunta que «en nuestra época, el poeta ha de abrirse las venas para los demás. Por eso yo [...] me he entregado a lo dramático, que nos permite un contacto más directo con las masas».

Federico García Lorca solamente publicó un libro de prosas, Impresiones y paisajes, una obra que también puede verse como una tentativa de la faceta ensayista de su autor, en este caso con el arte como telón de fondo. Es ese mismo terreno el que pisa el conferenciante. Ya sea reflexionando sobre la poesía de Pedro Soto de Rojas o Luis de Góngora, la nueva pintura del momento, las nanas infantiles o su visión del duende, nos encontramos ante el ensayista. La conferencia se le presenta como un vehículo más práctico y rápido para expresar sus ideas ante el auditorio. La palabra escrita, en un país con una alta tasa de analfabetismo, puede ser un obstáculo para que sus ensayos/conferencias puedan llegar a más gentes. Es, en este sentido, un precedente inmediato de lo que hará más tarde cuando, junto con Eduardo Ugarte, se encargue de la dirección del teatro universitario La Barraca, poco después de que fuera proclamada la Segunda República, en 1931. No puede olvidarse, en este sentido, que cada una de las representaciones que esta compañía realizaba por los pueblos de España iba precedida de una breve alocución en la que el poeta presentaba la obra que levantaba el telón, detalles necesarios para contextualizar el drama o la comedia ante un público que pocas veces antes había disfrutado de una representación parecida. Es el caso de sus intervenciones en las que expresa su personal lectura de La vida es sueño o Peribáñez o el Comendador de Ocaña, ya sea en Almazán o en Santander.

Ese gesto, el de introducir el teatro clásico español, también lo emplea para dar a otros públicos las pautas necesarias para comprender su papel como autor dramático. En algunos casos lo considera casi una obligación, como cuando lleva a los escenarios bonaerenses su Mariana Pineda mucho tiempo después de su escritura, y sabiendo que ese texto ya no representa sus objetivos estéticos y artísticos. Pero ese mismo camino también sirve para su poesía. Sabemos, por el testimonio de algunos de sus amigos, que a Lorca no le gustaba explicar su obra poética, tener que dar explicaciones sobre sus versos. Por eso resulta excepcional que lo hiciera a propósito de dos de sus libros, las conferencias-recitales dedicadas al Romancero gitano y Poeta en Nueva York, en el primero de los casos por creer que no se había entendido y todo se había limitado a una imagen folclórica, y, en el segundo, como campo de pruebas antes de llevar el texto a la imprenta. Que de todo esto sabía hacer algo más que una sencilla lectura hay numerosos testigos, como Rafael Alberti, quien en La arboleda perdida rememora la intervención de Lorca en el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, diciembre de 1927: «El fervor llegó a su apogeo cuando Lorca recitó una selección de sus romances gitanos. Se agitaron pañuelos, y Adriano del Valle, amigo de Federico desde 1918, se emocionó tanto que subió sobre su silla y le arrojó la americana, el cuello de la camisa y la corbata, como si el granadino acabase de hacer un pase soberano en el ruedo».

El poeta y el conferenciante, pues, van de la mano. Lorca no es solamente el gran especialista, por ejemplo, en Góngora, en el cante jondo o en las canciones populares españolas, sino que es también quien sabe que sus intuiciones son las de un inspirado creador de metáforas. Y eso es precisamente lo que buscaba el público que asistía a sus intervenciones.

A lo largo de su corta carrera literaria, interrumpida violentamente con su asesinato en agosto de 1936, Lorca se esforzó por demostrar a sus padres que podía vivir de las letras. El joven escritor, que había decidido dar la espalda a una carrera universitaria, tal y como le insistía sobre todo su padre, tuvo en las conferencias una de sus primeras fuentes de ingresos, no solamente en España sino también en sus viajes por América. Ese hecho lo encontramos con especial fuerza en su estancia en Cuba, donde no puede olvidarse que es invitado a dictar cinco conferencias. Entre los espectadores de esas charlas estuvo el poeta cubano Nicolás Guillén, quien apuntaría que «en esas mañanas habló García Lorca, y sus conferencias alcanzaron una resonancia única, tan otra cosa como eran de las conferencias-conferencias, almidonadas y con vaso de agua, que dan las personas importantes cuando tienen que dar conferencias».

Su paso por Argentina fue el espaldarazo definitivo que necesitaba para sus conferencias. Si bien en un principio su regreso al continente americano estaba centrado en apoyar el estreno de su teatro por la compañía de la actriz Lola Membrives, el espectacular éxito logrado hace que el público bonaerense pida más de él. Son las conferencias, con el auditorio lleno, uno de los mejores vehículos para seguir proyectando su obra ante un público que quiere más de él. En esos días llenará el teatro gracias a sus charlas, incluso teniendo la posibilidad de pulir y rehacer algunas de ellas, especialmente «Juego y teoría del duende». En un perfil de Lorca publicado en la revista Nosotros, en octubre de 1933, podemos leer:

García Lorca es, además, conferencista. Amigos del Arte le ha brindado su tribuna. Hasta el momento en que escribimos estas líneas sólo ha dado dos de las cuatro conferencias que tiene anunciadas: «Juego y teoría del duende», originalísima presentación de una vieja verdad, ya vista por muchos: la muerte como signo del clasicismo español; y «Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre», animada, sentida, colorida evocación de su ciudad de Granada, a través de sus canciones, en la cual el poeta ilustró con jovial desenvoltura las diferentes canciones con el piano y el canto a media voz. Su éxito fue rotundo. Esperamos las restantes, que no dudamos lo confirmarán y acrecentarán.

De aquella experiencia, además, surgió un titular en la prensa argentina —en Crisol— que resumía perfectamente las intenciones de nuestro autor con cada una de sus charlas: «García Lorca democratiza sus conferencias». Ese hecho se constata incluso en las cartas que escribe por esos días en las que se le demanda su participación en actos públicos. Eso es lo que ocurrió cuando un periodista gallego, Xavier Bóveda, le pide que acuda a Córdoba para ofrecer una conferencia. La respuesta del poeta es concluyente sobre la finalidad última de sus intervenciones públicas:

Buenos Aires, 13 de noviembre de 1933

Señor: Xavier Bóveda

Querido Amigo:

Recibí tu carta. El miércoles por la noche podría salir para Córdoba aceptando las condiciones de tu carta, o sea todos los gastos de viaje y hotel y los trescientos pesos.

Contesta telegráficamente qué conferencia puedo leer ahí. A mí me gustaría leer «Juego y Teoría del Duende». Desde luego la entrada será por invitación no pudiéndose bajo ningún punto de vista vender entradas.

Tengo muchos deseos, como sabes, de conocer Córdoba y me agrada extraordinariamente hablar en la Universidad.

Por cierto que los tres días que pienso estar ahí quisiera estar al contacto con los estudiantes y te agradecería en el alma me evitaras periodistas y gente oficial casi siempre seca.

Recibe un abrazo de tu amigo Federico Contesta telegráficamente

Esa idea democratizadora aparece con fuerza en una de sus alocuciones más celebradas, la que realiza con motivo de la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaqueros, en septiembre de 1931. Con la Segunda República recién instaurada, corrían nuevos tiempos. En esta alocución Lorca dio algunas claves sobre su proceder al dirigirse al público:

Debo deciros que no hablo sino que leo. Y no hablo, porque lo mismo que le pasaba a Galdós y en general, a todos los poetas y escritores nos pasa, estamos acostumbrados a decir las cosas pronto y de una manera exacta, y parece que la oratoria es un género en el cual las ideas se diluyen tanto que solo queda una música agradable, pero lo demás se lo lleva el viento. Siempre todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que hablar, pero, al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí.

Pero hablábamos de la intención democratizadora del autor granadino, uno de los principales aspectos de su compromiso social. En la intervención ante los que habían sido sus vecinos de la infancia, Lorca no desaprovechó la ocasión para exclamar que «los padres luchan por sus hijos y por sus nietos, y egoísmo quiere decir esterilidad. Y ahora que la humanidad tiende a que desaparezcan las clases sociales, tal como estaban instituidas, precisa un espíritu de sacrificio y abnegación en todos los sectores, para intensificar la cultura, única salvación de los pueblos».

Nos gustaría pensar que esa idea, la de llevar la cultura a todas partes con las conferencias como vehículo, debió de rondarle la cabeza durante el tiempo en que permaneció oculto en casa de la familia Rosales, en agosto de 1936, mientras sus enemigos lo buscaban por Granada para matarlo. Sabemos que allí y en esos días, según el testimonio de Luis Rosales, fue donde volvió a leer a Gonzalo de Berceo, uno de sus poetas favoritos. ¿Pensaría en la posibilidad de dedicarle algún día una conferencia, cuando acabara una guerra que iniciaba su triste y largo recorrido con demasiadas víctimas a su alrededor? No lo podemos saber, pero es probable que mientras volviera a las páginas de los Milagros de Nuestra Señora pensara en que un día tuvo en mente la idea de escribir una conferencia sobre Berceo de la que se conservan unas pocas notas. Con aquel proyecto, que no pudo materializarse, continuaba su idea de llevar a la gente la cultura, tratando de que no fuera, como tituló su charla sobre Soto de Rojas, «paraíso cerrado para muchos, jardín abierto para pocos».

Cronología

Cronología

1898 Nace el 5 de junio en Fuente Vaqueros, un pueblo de la Vega de Granada. Es el primer hijo del matrimonio formado por el terrateniente Federico García Rodríguez y la maestra de primera enseñanza Vicenta Lorca Romero.

1898-1908 Su infancia transcurre entre Fuente Vaqueros y el cercano pueblo de Asquerosa (hoy Valderrubio). Aprende sus primeras letras en la escuela primaria.

1900 Nace su hermano Luis, que morirá dos años más tarde.

1902 Nace su hermano Francisco.

1903 Nace su hermana Concha.

1908-1909 Estudia en el instituto de Almería con su maestro Antonio Rodríguez Espinosa, el mismo que había tenido en Fuente Vaqueros. Una enfermedad obliga al pequeño Federico a regresar a Valderrubio con los suyos de forma prematura.

1909 La familia se traslada a Granada y se instala en el número 66 de la calle Acera del Darro. Ese otoño García Lorca ingresa en el colegio del Sagrado Corazón de Granada. Nace su hermana Isabel.

1909-1914 Estudia el bachillerato, aunque lo que de veras le interesa es la música y sueña con hacer carrera como pianista. Para ello será fundamental su maestro Antonio Segura Mesa. En su último año de bachillerato realiza un curso preparatorio en la Universidad de Granada.

1915 Inicia dos carreras en la Universidad de Granada: la de Derecho y la de Filosofía y Letras. Serán fundamentales para él dos maestros: el catedrático de Derecho Político Español Comparado, Fernando de los Ríos, y el catedrático de Teoría de las Artes y la Literatura, Martín Domínguez Berrueta. En este tiempo se convierte en un habitual de la tertulia que un grupo de jóvenes intelectuales y artistas granadinos mantienen en el Café Alameda. Se trata de El Rinconcillo, de la que forman parte, entre otros, Melchor Fernández Almagro, Hermenegildo Lanz, Manuel Ángeles Ortiz, Constantino Ruiz Carnero, Francisco Soriano Lapresa, Manuel Fernández Montesinos o Ángel Barrios. De esta etapa datan algunos de los primeros dibujos conocidos del poeta.

1916 En abril escribe la prosa autobiográfica «Mi pueblo», donde rememora su infancia en la Vega de Granada. En mayo fallece Antonio Segura Mesa. En junio inicia una serie de viajes de estudios, con Martín Domínguez Berrueta, por distintas poblaciones andaluzas. En una de ellas, Baeza, conoce al poeta Antonio Machado, a quien admira profundamente. Escribe algunas obras musicales. En otoño, vuelve a viajar con Berrueta por Castilla y Galicia.

1917 Publica la prosa «Fantasía simbólica» en el Boletín del centro artístico de Granada, en un número especial dedicado al centenario del nacimiento de Zorrilla. En junio vuelve a viajar a Baeza con Domínguez Berrueta y se reencuentra con Machado. El 29 de junio escribe «Canción. Ensueño y confusión», considerado como su primer poema. En otoño, viaja de nuevo con Berrueta por lugares que inspirarán algunos textos publicados en periódicos locales, como el Diario de Burgos, material que dará luego pie a su libro Impresiones y paisajes. Está enamorado de una bella muchacha granadina llamada María Luisa Egea, que lo acabará rechazando.

1918 Año de gran actividad literaria, en el que escribe numerosas prosas y poemas. Publica su primer libro, Impresiones y paisajes, costeado por su padre y fruto de los viajes con el profesor Berrueta. Conoce a Emilia Llanos, que será una de sus mejores amigas y confidentes. Publica su primer poema en Renovación, una revista de la que no se ha conservado ningún número. Representa La historia del tesoro en la taberna del Polinario de Granada, junto con sus amigos Miguel Pizarro, Manuel Ángeles Ortiz y Ángel Barrios.

1919 Trabaja en algunas piezas teatrales breves. Viaja a Madrid, donde visita la Residencia de Estudiantes. Lleva consigo cartas de recomendación para Alberto Jiménez Fraud, director de la institución, y para Juan Ramón Jiménez. Conoce al grupo de jóvenes residentes formado por Luis Buñuel, José Bello y José Moreno Villa, y se reencuentra con sus amigos malagueños Emilio Prados y José María Hinojosa. En junio conoce en Granada al dramaturgo Gregorio Martínez Sierra y a la actriz Catalina Bárcena. En septiembre visita Granada Manuel de Falla, que se convertirá en uno de los más importantes amigos del poeta, y que se acabará instalando en la ciudad al año siguiente.

1920 El 22 de marzo estrena El maleficio de la mariposa, su primera obra teatral, en el Eslava de Madrid, de la mano de Martínez Sierra y con un reparto encabezado por Catalina Bárcena y Encarnación López, la Argentinita. La representación resulta un fracaso total. Sus padres le obligan a regresar a sus estudios universitarios de Filosofía y Letras, aunque acudirá muy poco a las aulas. Comienza a trabajar en sus primeras Suites.

1921 En junio aparece Libro de poemas, la primera recopilación de sus versos, de nuevo gracias a la ayuda económica de su padre. El libro genera algunas reseñas; especialmente importante es la de Adolfo Salazar en el diario El Sol, uno de los más leídos en España. Trabaja en nuevas Suites, pero también en el futuro Poema del cante jondo y en la pieza teatral Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita.

1922 En febrero pronuncia su primera conferencia, «El cante jondo. Primitivo canto andaluz», acompañado a la guitarra por Manuel Jofré, en el Centro Artístico, Literario y Científico de Granada. En junio se celebra el Concurso de Cante Jondo, en Granada, en el que participa activamente como uno de sus responsables junto con Manuel de Falla, Ignacio Zuloaga y Miguel Cerón. Con motivo del certamen, lee en público algunas de las composiciones de Poema del cante jondo. En verano, da a conocer ante un grupo de amigos Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita.

1923 El 5 de enero, junto con Falla, ofrece una función de guiñol y música en la casa familiar de la calle Acera del Casino, con la representación de las piezas Misterio de los Reyes Magos, Los dos habladores y La niña que riega la albahaca. Trabaja en Lola la comedianta, que debía contener música de Manuel de Falla. En febrero logra concluir la carrera de Derecho. Regresa a la Residencia de Estudiantes, donde conoce a Salvador Dalí, alumno de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de la academia de San Fernando, desde septiembre del año anterior. Participa en la fundación de la Orden de Toledo, junto con Buñuel, Bello, Moreno Villa y Dalí. Comienza a trabajar en su obra teatral Mariana Pineda, así como en las composiciones que darán lugar al Romancero gitano.

1924 En julio Juan Ramón Jiménez y su esposa, Zenobia Camprubí, visitan Granada, donde Lorca será uno de sus guías. Trabaja en los poemas del Romancero gitano, además de en Mariana Pineda y La zapatera prodigiosa. Conoce a Rafael Alberti. Asiste con regularidad a la tertulia de Ramón Gómez de la Serna en el café de Pombo. Idea con Salvador Dalí el llamado Libro de los putrefactos, un proyecto que nunca se llegará a materializar pese a las insistencias del pintor.

1925 En enero termina Mariana Pineda. Inicia su intercambio epistolar con Jorge Guillén, así como otro, aunque breve, con Luis Buñuel. En abril, invitado por Salvador Dalí, viaja por primera vez a Cataluña. Se queda con el pintor en Cadaqués y Figueres, además de visitar Girona, Empúries y el cabo de Creus. Ante la familia Dalí lee Mariana Pineda. También dará a conocer esta obra y algunos de sus poemas durante una lectura en el Ateneo de Barcelona. Inicia su correspondencia con Salvador y Anna Maria Dalí. Trabaja en la oda dedicada al amigo pintor y en Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Sufre una importante crisis sentimental y conoce al escultor Emilio Aladrén, con quien mantendrá una relación. La familia adquiere la huerta de san Vicente, donde el poeta permanecerá largas temporadas a su paso por Granada.

1926 Entre enero y febrero realiza varias excursiones por las Alpujarras acompañado por Manuel de Falla y Francisco García Lorca, además de amigos como Alfonso García Valdecasas, Antonio Luna, José Segura y Manuel Torres López. En febrero dicta la conferencia «La imagen poética de don Luis de Góngora» en el Ateneo Literario, Artístico y Científico de Granada. En abril aparece en las páginas de la Revista de Occidente su «Oda a Salvador Dalí». Jean Cassou le dedica una reseña a ese poema en Le Mercure de France, donde lo califica como «la manifestación más brillante de ánimo absolutamente nuevo en España». En el Ateneo de Valladolid, presentado por Jorge Guillén y Guillermo de Torre, recita los poemas de los libros que prepara: Suites, Canciones, Poema del cante jondo y Romancero gitano. Las presiones de sus padres le hacen barajar la posibilidad de prepararse para convertirse en profesor de literatura. Se encuentra con la actriz Margarita Xirgu, a quien entrega una copia de Mariana Pineda con la esperanza de que quiera estrenarla. En octubre pronuncia la conferencia «Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos», sobre Soto de Rojas, en el Ateneo de Granada. Aparecen en la revista Litoral, dirigida por sus amigos Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, algunas composiciones del Romancero gitano, libro en el que sigue trabajando.

1927 Comienza a preparar, junto con un grupo de amigos granadinos, la revista gallo, que verá la luz al año siguiente, y que continúa la estela de las publicaciones literarias de vanguardia que se dan en España en esos años. En febrero, Margarit

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