Las muchas vidas de John Lennon

Albert Goldman

Fragmento

Sabor mañanero

Sabor mañanero

En la oscuridad que precede al amanecer de una mañana de diciembre de 1979 llega Kit Carter aleteando, Central Park West arriba, como una flecha zen que vuela a través de la noche. Al alcanzar el cruce con la calle Setenta y dos, levanta la vista hacia el Dakota, que centellea tenuemente a la luz de una farola solitaria, como un fantasmal castillo germánico. Atraviesa veloz la calle hasta llegar junto al rastrillo de hierro semejante a un túnel que protege la entrada de vehículos, y pulsa el timbre de noche, que suena con un único y agudo sonido. Se agita inquieto intentando protegerse del viento glacial que sopla del parque, a la espera de que el portero salga de detrás de la mampara de madera y cristal que rodea la entrada del edificio resguardándola del viento. En cuanto chasquea la cerradura del portillo, Kit se desliza a través de la abertura, sube los escalones que conducen a la oficina del conserje y, tras un breve saludo con la cabeza al portero de noche, se sumerge en el laberinto de pasadizos que le conducen a la alta puerta de roble del estudio uno, el despacho de Yoko Ono.

Golpea levemente con los nudillos y recibe una respuesta inmediata, pues se oye el chasquido metálico del cerrojo al correrse. Se abre la inmensa puerta de madera y en el hueco aparece la menuda Yoko, con el rostro oculto tras velos negros. Kit se dice que parece estar muy enferma, se da cuenta también de que viste la misma blusa y los vaqueros negros que ha llevado toda la semana. Con ademán felino, Yoko le arrebata un paquete de papel de estaño que tiene en la mano. Luego, refugiándose en su cuarto de baño particular, cierra de golpe la puerta y abre al máximo los grifos del agua. Mientras Kit se quita los zapatos, gesto preparatorio para entrar en la oficina del fondo, oye por encima de la torrentera de agua una serie de fuertes bufidos seguidos de desagradables arcadas.

El refugio de Yoko es suntuoso y fantástico. En la mullida alfombra blanca brillan luces ocultas que proyectan sombras en el techo y reflejos en los espejos de cristal ahumado que se alzan desde el revestimiento de roble de la pared que llega a media cintura. Un inmenso escritorio de estilo egipcio ocupa uno de los rincones, en diagonal con las ventanas de persianas echadas que dan al patio; los laterales de caoba centelleantes están incrustrados con grandes relieves de marfil con la cabeza de ibis de Tot y el disco y la cobra, símbolo alado del sol. El sillón de mando de Yoko es una réplica exacta del trono encontrado en la tumba del faraón Tutankamón.

Kit se deja caer sobre el diván de piel de un blanco marfil contemplando los objetos que confieren a la habitación su aspecto mágico. La pequeña calavera gris entre los dos teléfonos Princess blancos, el pectoral infantil egipcio de oro, la serpiente de bronce que se desliza a lo largo del travesaño de la mesa de café de Giacometti. Han transcurrido seis semanas desde que empezara a hacer esas entregas, pero todavía recuerda la primera vez.

Estaba tan aterrado que había metido la heroína en el hueco que practicó en un libro, envolviéndolo todo en papel de estraza. Encontró a Yoko en la oficina exterior, sentada a la mesa del contable Richie DePalma, hablando por teléfono en japonés. Durante cinco largos minutos siguió parloteando sin tregua, con igual despreocupación que si estuviera haciendo esperar al chico de los recados de la farmacia.

Por fin colgó el auricular.

—Ah, hola. Tú eres Kit —dijo con tono indiferente. Sin mediar palabra, sin una mirada siquiera, alargó la mano y cogió el paquete, indicándole por su actitud que podía marcharse. Más adelante Kit se enteró de que había despertado una gran curiosidad en Yoko, pero en esas situaciones ella solía fingir indiferencia.

Comenzó haciendo las entregas una o dos veces por semana. La víspera solía recoger la droga de manos de un joyero de la calle Cincuenta y siete, que era el intermediario. Inicialmente el precio de un gramo de heroína era de quinientos dólares, pero en cuanto Yoko empezó a adquirir el hábito, el precio subió. Ahora Kit paga setecientos cincuenta dólares por ese mismo gramo, con lo que el hábito de Yoko asciende a cinco mil dólares semanales. Un drogadicto callejero puede darse ese gusto por la cuarta parte de lo que paga Yoko, pero eso a ella no le importa. ¿Por qué habría de importarle? John Lennon es un hombre rico.

Cuando Yoko se reúne con Kit anda como la Sonámbula, tratando de aparentar frialdad y despreocupación, pero la leve huella de polvo blanco alrededor de las aletas de la nariz la traiciona. Como es habitual, lleva en las manos una bandeja con dos tazas turquesa que contienen sendas bolsitas de té Lipton. Al principio Kit se sintió desconcertado ante la insistencia de Yoko de servir té cada vez que él hacía una entrega, hasta que se dio cuenta de que una dama japonesa de alta alcurnia no podía paladear el primer sabor de su despertar como un vulgar drogadicto. Tiene que guardar las apariencias disfrazando la sórdida transacción con una amable ceremonia.

—¿Cómo te encuentras hoy? —pregunta Yoko cortésmente, como si viera a Kit por primera vez esa mañana—. Me doy cuenta de que eres desdichado —sigue diciendo antes de que él conteste. Enciende y da una chupada a un Nat Sherman, antes de apartarlo de la boca con un gesto teatral—. ¡Todos somos desdichados! —salmodia con su voz monótona, soñolienta, añadiendo luego, como si ofreciera el broche final—: ¡Yo soy desdichada! —Luego, sin la menor ironía, cita a Woody Allen como si fuera Confucio—: Nuestra vida transcurre entre dos estados…, el desdichado y el horrible.

Un prolongado silencio da a entender que se ha agotado el tema.

Mientras Yoko y Kit toman el té, se encienden de repente, entre grandes destellos, las luces de la instalación, controladas por un mecanismo impredecible. Kit se encoge con un reflejo instintivo esperando oír una voz fuerte que grite: «¡Que nadie se mueva! ¡Esto es un atraco!». Una vez satisfechas las exigencias del decoro oriental, Yoko se levanta pausadamente y se encamina como sonámbula a su macizo escritorio, golpeándolo al pasar con la cadera. Abre un cajón y saca su bolso antiguo, lo abre a su vez con un chasquido y coge un grueso fajo de billetes de cien dólares. Saca ocho billetes de un fresco color menta y se los alarga sin decir palabra a Kit, que siempre recibe una propina de cincuenta dólares. Antes de que dé la vuelta para marcharse, Yoko se instala en su trono.

—John nunca debe saberlo —le advierte, clavando en él una mirada imperiosa a través de sus gafas Porsche oscuras.

John Lennon vuelve a la consciencia antes del alba entre un derroche de luz proyectada por dos focos situados sobre la madera oscura y pulimentada de la cabecera de su cama, que es como un reclinatorio de iglesia. Esas luces jamás se apagan porque John tiene horror a despertar en un dormitorio a oscuras. Para él la oscuridad es la muerte. Lo primero que buscan sus débiles ojos son los brumosos reflejos rojos del gran espejo oval que hay sobre su cama. Esos manchones le garantizan que su sistema de supervivencia funciona, porque vive noche y día sumergido en sonidos tranquilizadores e imágenes evanescentes, como un paciente en una habitación de reposo.

Tan levemente late el ritmo del día en su cámara aislada que solo su reloj interior puede despertar a John. Ni el más ligero sonido procedente de abajo, de las calles, penetra por los muros enormemente gruesos de ese edificio con un siglo de antigüedad, bajo cuyos suelos hay toneladas de tierra de la excavación del Central Park. La luz del día queda retenida por las persianas de madera oscura y el tejido torpemente colgado que cubre el gran ventanal que, desde una altura de siete pisos, da a la calle Setenta y dos y, a través del parque, a los rascacielos del centro de Manhattan. Sombría como un desván, la habitación rebosa de trastos. Una mecedora vieja, un tocador art déco, cajas de cartón, montones de revistas y periódicos viejos, un piano vertical con la tapa cerrada. Incluso la futurista guitarra roja, colgada sobre la cama, es un testigo polvoriento de su caída en desuso. De no ser por los sonidos susurrantes de los altavoces por encima de la cabeza de John y el parpadeo coloreado de los dos grandes televisores instalados a sus pies, esa cámara oscura, con su pequeño derroche de luz artificial, podría ser una tumba.

Durante los tres últimos años Lennon se ha confinado voluntariamente en esa habitación. Salvo las vacaciones estivales que pasa en Japón, rara vez abandona su enorme cama, a la que se aferra como un marinero a una balsa salvavidas. Gran parte del tiempo lo pasa durmiendo, acaso la mitad del día, en períodos de dos a cuatro horas. El resto de la jornada permanece sentado, en la postura del loto, con la cabeza envuelta en una nube de humo de tabaco o marihuana, leyendo, meditando o escuchando cintas, incluidos casetes de autohipnosis con títulos tales como «I Love My Body» o «There’s No Need To Be Angry». A veces hace una entrada en su libro de navegación, un periódico New Yorker con una viñeta en cada página que, ocasionalmente, dibuja o titula de nuevo. Todo cuanto tiene en mayor estima, las drogas, los manuscritos, revistas juveniles, la armónica británica, lo conserva a los pies de la cama, en un pequeño cofre abombado con la etiqueta LIVERPOOL. Su balsa está provista de un excelente sistema de comunicaciones, con todos los controles perfectamente al alcance de su mano derecha, en una consola de formica blanca. Con una provisión incalculable de libros y casetes, discos y cintas de vídeo, tiene cuanto necesita para las jornadas que le llevan no solo hasta los confines de la tierra, sino hacia atrás, a través de la lista de las civilizaciones, y hacia delante, a través del espacio, al mundo del futuro.

Aun cuando yace en el seno de su familia, John no estaría más apartado de ellos que si pasara la vida en la calle. Solo los ve durante una o dos horas por la mañana, a la hora de la cena y poco después, cuando Daddy, como le gusta llamarse a sí mismo, ve la televisión con su hijito, Sean. El resto del día lo pasa en su habitación, solo y en silencio.

Los tres únicos acompañantes de Lennon a bordo de su balsa son sus tres gatos, Sasha, Mishay y Charo, unos persas de pelaje negro, ojos amarillos y cara de búho. La lista de encargos de cada mañana siempre va encabezada con cuanto necesitan los gatos. Si le parece que uno de ellos se ha perdido, John pulsa la alarma en el intercomunicador que suena en la cocina y al punto las doncellas empiezan a buscarlo por todas partes, llamando, incluso, a las puertas de los vecinos. Aun cuando es enemigo de cualquier tipo de esfuerzo físico, a John le gusta cortar en minúsculos bocados la exquisita ternera y el costoso hígado destinados a los gatos, y acicalar sus centelleantes pelajes con una serie de peines, cepillos y maquinillas. A los demás miembros de la casa no les gustan esos animales porque ensucian las habitaciones con los pelos y excrementos, pero John insiste en que se trate a sus animales favoritos como si vivieran en el antiguo Egipto.

A fin de satisfacer su necesidad de desempeñar un papel en la vida familiar, John se ha adjudicado el de «amo de casa». Él y Yoko han intercambiado los estereotipos sexuales, convirtiéndose ella en la que gana el sustento y él en quien amasa el pan. Yoko ha mantenido su papel con decisión inflexible y se pasa la vida encerrada en el despacho. El papel de John es, en gran parte, pura fantasía. En cierta ocasión intentó hacer pan, pero lo que en realidad quería sacar del horno era una bandeja con pastelillos desmigados. De seguir sus inclinaciones John se regodearía con la comida basura: Whoppers de Burger King, trozos grandes y pringosos de pizza, barras de Hershey de una libra. Pero lo que ha practicado durante la mayor parte de su vida de adulto es morirse de hambre a la perfección. Lejos de ser un buen panadero o, incluso, un excelente comilón, John Lennon es un artista del hambre.

La raíz de su anorexia se remonta al año 1965, cuando algún estúpido le describió, en letra impresa, como el beatle gordo. El calificativo caló tan hondo en su frágil ego que la herida nunca llegó a cicatrizar. En la actualidad, a los treinta y nueve años, el objetivo supremo de su vida es recuperar la imagen corporal que tenía a los diecinueve. Podrían llenarse volúmenes con la historia de sus severas dietas, los peligrosos ayunos y el lacerante complejo de culpabilidad que le asalta cada vez que toma una taza más de café o una tostada adicional. Se pasa la vida leyendo la clase de libros que aconsejan: «Nuestro será el triunfo, siempre que podamos tomar, con una sonrisa, una comida compuesta por diez guisantes cuidadosamente contados, sazonados con finas rodajitas de rábanos en conserva». Ascético por naturaleza, John puede negárselo todo al cuerpo salvo el café y los cigarrillos. Su adicción a esas dos sustancias legales le ha dado más motivos de preocupación que su consumo habitual de, prácticamente, todas las drogas que figuran en la lista 1. Claro está que hoy día ha aflojado algo su guerra contra la comida. Suele tomar un par de bocados de pescado o pollo con su arroz integral y verduras al vapor. Pero aún sigue midiéndose la cintura cada mañana al levantarse y, si peca al comer algo prohibido, se recluye en el cuarto de baño y se mete un dedo hasta la garganta.

Ahora, cuando sale de la cama para practicar sus ejercicios de yoga, muestra un cuerpo que es como el saco de huesos de un faquir indio. Los brazos son como boquillas de pipa de arcilla, no sencillamente flacos, sino tan desprovistos de músculos que cuando coge una guitarra de cuerpo hueco se lamenta de su peso. Se podría verter una taza de agua en los huecos que forman sus clavículas. Las piernas, un día bien formadas, se asemejan a las patas de las aves acuáticas. Como es lógico, está pálido, ya que nunca se expone al sol, pero lo extraño es cómo brilla su epidermis. Ese brillo poco natural tiene su origen en que se baña doce veces al día y se lava la cara y las manos veinticuatro veces.

Le repele el contacto de la piel o de los tejidos, rara vez lleva ropa, aparte de un par de babuchas. Si sobre la alfombra, de un blanco puro, que recubre el suelo de toda la casa, ve algunos ásperos pelos largos y negros de su mujer, convoca al punto a la doncella para que retire esos restos ofensivos. En ocasiones, y en presencia de Yoko, suele levantar la nariz y olfatear con delicadeza. Luego, con una expresión de desagrado, da media vuelta y abandona la habitación. Por regla general evita tocar a nadie. Si en uno de sus raros accesos de afecto paternal sienta a Sean en sus rodillas, John se asegurará siempre de sentar al niño de espaldas a él a fin de que el chiquillo no tenga la oportunidad de plantar un beso húmedo y pegajoso en la cara de su padre.

Al escurrirse John en el interior de su cuarto de baño, tan impoluto como un quirófano y cuya inmensa y anticuada bañera no permite que nadie friegue sino él mismo, la imagen que refleja el espejo es sobrecogedora. No es de extrañar que en las raras ocasiones en que sale de casa y se desliza pegado al muro del edificio, bajando luego por la calle Setenta y dos para comprar un periódico, nadie le reconozca. John Lennon ya no es siquiera un reflejo de sí mismo. Hace mucho que desaparecieron los lentes de la abuelita que constituían su sello peculiar, sustituidos por unas gafas corrientes de plástico de cristales azulados para proteger sus débiles y cargados ojos, tan sensibles a la luz que llega a molestarle el centelleo de las minúsculas bombillas del árbol de Navidad. La famosa nariz Lennon sigue tan prominente, pero se le ha hundido tanto a los lados que ahora se asemeja a la probóscide de un ave rara. El resto de su cara queda oculto bajo una barba fea, rala y desaseada, y un delgado bigote. El pelo le ha crecido tanto que lo lleva recogido en una cola de caballo, sujeto con un pasador, adornado con una minúscula Barbie o un muñeco Ken. John alega que se asemeja al príncipe Mishkin, de El idiota, el héroe epiléptico que quiere dar la imagen de Cristo y que cuando sufre un ataque lanza unos alaridos tan violentos que llegan a aterrar a su supuesto asesino, quien arroja el cuchillo y huye aterrado. A decir verdad, Lennon se parece más a un viejo pordiosero que a un príncipe.

En cuanto John se convence de que está perfectamente limpio, cruza la cortina de cuentas blancas confeccionada por los indígenas tairona de Colombia, que Yoko compró por sesenta y cinco mil dólares para proteger el dormitorio de la intrusión de espíritus malignos. Tras doblar una esquina, abre la puerta que conduce de su habitación al largo corredor central semejante a un túnel. Avanza por él con su andar patituerto y nervioso, pasa por delante de una serie de grandiosas salas blancas que ofrecen vistas panorámicas del Central Park. Deja atrás el salón Blanco, atestado de mobiliario blanco y el piano blanco de Imagine; el salón Pirámide repleto de antigüedades egipcias, entre ellas un sarcófago dorado que contiene una momia de tres mil años de antigüedad; el salón Negro, con sus muebles con acabado de ébano, donde John fue recluido en cuarentena a raíz del affaire Pang; la biblioteca, que ofrece un divertido contraste entre el altar shinto en laca negra de Yoko y la colección de revistas juveniles y libros pornográficos de John; la habitación de juegos que da al patio trasero, cuyo tono ambiental lo dan metros y más metros de papel de estraza adosado a las paredes, depositario fiel de los garabatos hechos con lápices de colores y acuarelas manejados con entusiasmo por Sean y sus compañeros de juegos. Finalmente llega a la habitación más septentrional, la del niño, donde Sean, si es que no se ha colado en la cama de Daddy, estará profundamente dormido en brazos de su niñera, ya que Yoko habrá pasado la noche en su despacho, haciendo llamadas a ultramar o dormitando en su cama napoleónica de campaña tapizada de visón.

Luego gira rápidamente a la izquierda; John sigue la estela de luz que llega de la cocina, iluminando un espacio tan amplio como un granero, dividido en zonas separadas, destinadas al trabajo y al ocio. En primer lugar, un centro de distracciones hogareñas, equipado con los últimos aparatos audiovisuales y con miles de LP, amontonados en estanterías de casi cinco metros; a continuación un vestíbulo con dos sofás, uno frente a otro y separados por una mesa de cóctel; adosado a la pared de enfrente, un escritorio para Yoko, con todos los útiles, y junto a él una puerta que da a un cuarto de baño completo. Por fin, la cocina propiamente dicha, con sus paredes recubiertas de aparatos y estanterías, y también mostradores de formica blanca. Una vez lleno el hervidor y puesto a calentar en la cocina con campana, por su tamaño más propia de un restaurante, John lucha por encender la luz piloto, tarea que siempre se le resiste. Mientras el agua se calienta examina minuciosamente las estanterías en busca de artículos comestibles que figuren en su índice expurgatorius, en el que aparece incluida la inmensa mayoría de las cosas que la gente come. Si llega a descubrir algún artículo que tenga prohibido, lo arrojará al cubo de la basura gruñendo una palabrota. La cocinera siempre se está quejando de que cuando busca un ingrediente nunca está segura de encontrarlo.

Una vez preparado el té, John se instala a la mesa recubierta de mármol de carnicero, colocada delante del gran ventanal en forma de arcada que da al patio central. Toma asiento en una silla de director con respaldo amarillo de lona acolchada y se deleita con la serenidad de la hora que precede al amanecer. El desayuno es su comida favorita y lo celebra con un ritual que consiste en comer de forma invariable los mismos alimentos: cereales de Nabisco y galletas de miel y salvado untadas con mermelada de naranja Hain. Aunque encarnizadamente contrario al azúcar que, según él, provoca the sugar blues, de acuerdo con un libro que él muestra a la gente como si fuese un tratado de religión, John consume la mermelada por kilos. La misma irracionalidad ha mostrado durante años en su consumo de té, todavía más inmoderado. Solo bebía Red Zinger con la ilusión de que no contenía teína. Al enterarse de que ese favorito de los hippies sí que contenía el temido estimulante, lo cambió por una marca inglesa de garantía…, pero no dejó de seguir bebiendo de veinte a treinta tazas de té o café diarias.

Una vez saciado su escaso apetito y con un Gitanes con filtro humeando entre los largos dedos manchados de nicotina, saca un bolígrafo y un pedazo de papel del cajón de la mesa. Escribiendo con dificultad en letras de imprenta, hace la lista personal de sus necesidades diarias. Como se pasa la vida en la cama, John solo puede satisfacer sus deseos a través de un agente, alguien que deambule por el mundo cumpliendo sus encargos. Su lista matinal es posible que contenga diez o doce encargos, que pueden ir desde el mal funcionamiento de uno de los canales de televisión hasta un libro nuevo que quiere leer o un artículo alimentario que se está agotando, como el Meow Mix. Algunos de los encargos van acompañados de comentarios ácidos, en los que expone su desagrado por la forma en que esa orden fue cumplida la última vez. Cuando ha terminado coloca la nota sobre el mostrador para que la recoja su ayudante, Fred Seaman.

Hace casi treinta años que la familia Seaman se relaciona con Yoko Ono. Norman Seaman, el tío de Fred, un pequeño promotor de conciertos, fue el primer mánager de Yoko allá por el año 1960, cuando empezaba a actuar profesionalmente. La mujer de Norman, Helen, es la niñera de Sean. En la constelación familiar Lennon, Norman y Helen desempeñan los papeles de abuelos de Sean. El joven Fred, rubio y guapo, hijo de un concertista de piano estadounidense y de una alemana, fue educado entre Europa y Estados Unidos. Recién salido del City College, donde se licenció en periodismo, hace casi un año que trabaja para John, yendo de un lado a otro, entre su escritorio en el estudio uno y el dormitorio o conduciendo por la ciudad una gran ranchera Mercedes y haciendo sus encargos. Durante todo ese tiempo solo en una ocasión ha tenido Fred una larga entrevista cara a cara con su patrón…, cuando Lennon soltó un extraño y revelador monólogo, que duró desde la medianoche hasta el amanecer en una mansión vacía de Palm Beach.

Sintiéndose con ánimo para escribir un poco, John decide a continuación dejar una nota para Yoko. Se sienta ante el escritorio de ella, mete en la máquina de escribir una hoja de papel y se lanza a la caza de las letras. Estos días se siente muy desgraciado por la forma en que Yoko lo ignora, diciendo siempre que está ocupada. La cosa ha empeorado tanto que tiene que acordar una cita con un miembro del personal de ella solo para hablar con Yoko por teléfono; tampoco se le permite entrar en su oficina privada si está hablando por teléfono, como hace día y noche. Por eso John se ha acostumbrado a dirigirle pequeñas notas; aguijonea suavemente su sensación de culpabilidad sin llegar a provocarla. Después de todo él fue quien descargó toda la responsabilidad de su familia y su fortuna en su regazo al dar autorización legal y convertirla en su apoderada para todas y cada una de las cuestiones financieras. Si quiere vivir absolutamente libre de preocupaciones tiene que pagar el precio. De ahí el tono más bien patético de ese título: CUÁNDO IGNORAR LO QUE TU MARIDO DICE.

El mensaje es solo una lista de todos aquellos momentos del día en que siente que Yoko le desatiende: 1) cuando se despierta; 2) antes de tomar el café; 3) después de tomar el café; 4) a primera hora de la mañana o a última de la tarde; 5) por la noche, mientras está encendido el televisor; 6) cuando acaba de fumarse un porro…, en pocas palabras, en todo momento. Después de firmarla con un DADDY VISIBLE EN EL DORMITORIO, saca el papel de la máquina y coge la pluma para estampar su firma característica.

Adornando la larga línea de su nariz con dos pequeñas lazadas a modo de lentes, da unos toques en la boca y la barba antes de coronar su cabeza con grandes mechas de pelo, trabajando las espirales de la izquierda hasta formar la letra «W» y en las de la derecha las letras ill. Will es el título de un best seller de G. Gordon Liddy al que John ha dedicado especial atención últimamente, sobre todo a aquellas partes en las que Liddy explica cómo llegó a controlar su temperamento violento y de qué manera se ganó el respeto de los demás presos manteniendo una cerilla encendida bajo su palma sin inmutarse.

Una vez que John ha terminado su caricatura mira por encima del hombro hacia la ventana de la cocina y descubre que en el ala de enfrente empieza a reflejarse la luz rosada de la aurora. Ante esa señal se levanta bruscamente y recorre a grandes zancadas el largo corredor hasta su dormitorio umbrío e inmutable.

El apartamento 72 permanece tranquilo hasta que, alrededor de las ocho, llegan Myoko y Uda-San, unas mujeres pequeñas con rostros vigorosos de campesinas. Cuando empiezan sus tareas diarias, hacer la colada o sopa miso, Yoko entra por la puerta trasera del apartamento sobre la que campea una placa de bronce en la que se lee «Embajada Nutopian». Al punto comienza a dar órdenes en japonés. En el preciso momento en que se sienta ante su escritorio y descuelga el teléfono, el pequeño Sean, de cuatro años, entra como un torbellino en la habitación, perseguido por su niñera.

Sean, un chiquillo realmente guapo, no se parece lo más mínimo a su famoso padre. Su aspecto es netamente euroasiático, con la cara redonda y una tez levemente cetrina. Tampoco se parece a Yoko. Con la nariz pequeña y recta, la boca semejante a un capullo de rosa y el brillante pelo caoba, parece que lo hayan cambiado por otro; por eso, cuando John se enfada, dice que Sean no es hijo suyo.

Sean, hijo de la naturaleza, se ha criado desde su nacimiento completamente libre de todo freno y de las reglas que se imponen normalmente a los niños. Nunca le destetaron ni le acostumbraron a ir al retrete; con cuatro años corre por todas partes todavía con los pañales y chupando un biberón que ya ha empezado a producirle caries y a provocarle ceceo. Si quiere ensuciar las paredes blancas con pintura, estrellar una pizza en una colcha nueva u orinarse en el asiento trasero de la limusina, puede hacerlo sin la menor repulsa o reprensión por parte de los criados ni de su madre, que mantiene una calma desusada ante sus salvajes travesuras. De hecho, Yoko se enorgullece de tratar a los niños como a iguales, de la misma manera que habitualmente trata a los adultos como niños.

John se comporta con su hijo con característica ambivalencia, encantado por la precoz creatividad del chiquillo aunque atacándole ferozmente si hace algo capaz de perturbar la tranquilidad de ánimo de Daddy. Tampoco se muestra absolutamente contrario a castigar a Sean. Cuando una madre se quejó a John de que Sean había mordido a su pequeña, cogió el brazo de su hijo y le mordió a su vez. Es posible que tales acciones intimiden a algunos niños, y Sean se muestra cauteloso con su padre, pero a diferencia de su hermano por parte de padre, Julian, a quien el temor paraliza en presencia de John, Sean jamás renuncia a engatusar a su padre, tan fácilmente irritable. A menudo se sube a las rodillas de John con movimientos felinos, porque Sean es lo bastante listo para darse cuenta de que los gatos son los favoritos de John.

Poco después de las nueve suena el timbre de la puerta trasera. Después de atisbar por la mirilla, Yoko abre y entra, desbordante, una gran oleada de vida normal. Marlene Hair, la única amiga íntima y confidente de Yoko, llega cada mañana a esa misma hora, junto con sus dos hijos de tez pálida y aspecto céltico. Caitlin, de cuatro años, y Sam, de nueve. En cuanto los chiquillos atraviesan la puerta empiezan a gritar y a danzar en torno a Sean, que es como un hermano para ellos porque no solo juegan con él todos los días, sino que, con frecuencia, también duermen juntos por la noche, bien allí, en casa de Sean, o en la suya. Al punto, Helen Seaman, una mujer robusta de sesenta y tantos años, se precipita a su encuentro y lleva a los niños a la habitación de juegos contigua. Luego se retira a su pequeño piso, en busca de un bien ganado descanso e intimidad.

Marn the Barn, como John llama a Marnie Hair, es una figura muy importante en la economía emocional de los Lennon, aun cuando no tenga el más leve atisbo de cuál es su verdadero papel en ese excéntrico hogar. Marnie es, al igual que todo acontecimiento importante en la vida de Yoko Ono, la realización de la profecía de un oráculo. Un año después de que naciera Sean, John Green, el lector de tarot de Yoko, predijo que encontraría a una mujer que vivía en el mismo edificio de Yoko y que había traído al mundo un hijo el mismo día y en el mismo lugar que ella. Esa mujer estaba destinada a convertirse en el alma gemela de Yoko. Poco después de la predicción, Masako, la primera niñera de Sean, informó de que había encontrado a una mujer que vivía solo a unas puertas de distancia. Rápidamente invitó a Marnie a tomar el té al tiempo que conseguía y examinaba su ficha psíquica.

Para acoplarse a los hechos, la profecía de John Green requería ciertos ajustes. Caitlin había nacido el mismo año que Sean, aunque ocho meses antes. Sin embargo, Sam, aunque era cinco años mayor, había nacido el 9 de octubre, la fecha más importante del calendario de los Lennon, pues era el cumpleaños tanto de John como de Sean. De manera que, fundiendo a los dos niños Hair en un solo cuerpo mágico y diciendo luego una pequeña mentira blanca a Marnie, que Yoko había dado a luz en el hospital Lenox Hill, cuando en realidad Sean vino al mundo en el hospital de Nueva York, quedaba cumplida la profecía.

Pero el significado real de las relaciones de los Lennon con Marnie Hair se encuentra en la figura crucial de su matrimonio: la madre ausente. Como John y Yoko llegaron a saber a través de la terapia fundamental, sus problemas básicos así como su afinidad básica se derivaban del hecho de que ambos se habían visto privados de los cuidados maternales que tanto anhelaban siendo niños. Para John la solución de ese problema fue convertir a Yoko en su madre, una identificación que proclama cada vez que se dirige a ella llamándola «madre» o «mamá», especialmente cuando le habla con un balbuceo infantil. Por su parte, Yoko trata de resolver su problema negando de forma constante cualquier identificación posible con su madre. De ahí su eterna insistencia en que no desea ni tiene las cualidades necesarias para ser madre. Por el contrario, Marnie es la madre ideal.

Aunque a primera vista parezca un ama de casa despreocupada y descuidada, de vigorosos rasgos irlandeses, de expresión pensativa y seria, y un cuerpo vigoroso de hombros anchos y un gran busto, Marnie no tiene más que dejar descansar la cabeza sobre la mano y mirarte directamente a los ojos para que empieces a sentir afecto y gratitud hacia ella. Su mera presencia produce un efecto tranquilizador y fortificante. Aun cuando tiene toda una serie de licenciaturas en inglés y lingüística, así como el grado de capitán en excedencia de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, siente una inextinguible pasión por los niños, que, sin duda, tiene mucho que ver con el hecho de ser huérfana. Yoko Ono, cuya principal habilidad es la capacidad para utilizar a la gente, debió de darse cuenta rápidamente de que Marnie ofrecía la solución suprema al oneroso problema de criar a Sean.

Claro que el niño tenía una niñera excelente, pero una niñera no es más que una empleada, una mujer que cumple las órdenes de su señora. Lo que Yoko deseaba para Sean era una mujer a la que se le pudiera confiar a menudo una absoluta responsabilidad en lo referente al niño, incluida la de tomar esas decisiones difíciles que se presentan en momentos de crisis como, por ejemplo, una enfermedad repentina o una herida. De hecho, lo que al parecer anelaba Yoko era un generoso pecho maternal que poder dar a Sean, capaz de colmarlo de amor, abundancia y seguridad. De manera que alentó a Marnie para que extendiera sus alas protectoras sobre Sean, para que le tratara como a uno de sus hijos, le permitiera dormir por las noches con Caitlin y lo vigilara día a día mientras los niños jugaban.

La prueba más evidente del papel de Marnie como la sustitución de la madre ausente es el hecho de que, tan pronto como aparece, surge de su cubil el ermitaño del dormitorio trasero y hace su segunda caminata de la mañana por el largo corredor hasta la cocina. La brusca entrada de John en el escenario del apartamento es mucho más audaz que sus entradas como beatle. ¡Se presenta ante su auditorio formado por damas de mediana edad en cueros vivos! Sin pensar ni un solo momento con quién puede encontrarse, hombre o mujer, amigo o forastero, el gran Lennon se presenta au naturel, desnudo como una almeja en su media concha, y pone a calentar el agua para el té.

Nadie se muestra jamás violento por esos ágapes al desnudo porque John es el emperador que no lleva ropa. Puede permanecer sentado una hora larga, con los pies sobre la mesa de mármol de trinchar, con el falo descansando tranquilamente entre las piernas, como un cachorro dormido sin que nada de eso provoque el menor estremecimiento. Sexualmente hablando, John está fuera de onda.

La llegada de Lennon es la señal para que las mujeres interrumpan su tête-à-tête en el vestíbulo y se acerquen a la mesa de la cocina, donde John está ya cómodamente instalado con un tazón de té en una mano y un Gitanes con filtro en la otra. Ese es uno de sus momentos favoritos del día: La disertación del Profesor Desnudo. Marn the Barn es la alumna perfecta, de hecho acaba de regresar del último semestre de sus cursos para posgraduados en Colorado. John no le va a la zaga como profesor, porque puede mantenerse firme durante todo el día y terminar más vigoroso que al empezar. Sus propias ideas le estimulan, pero necesita un oyente atento y comprensivo para tener el valor que le permita enfrentarse con su propia mente.

¿El tema de hoy? Será ese gran tema contemporáneo… el asesinato. Pero no os equivoquéis. John Lennon no está interesado por la cuestión desde un punto de vista político. Lo que le intriga de los asesinatos famosos es el aspecto de la confabulación. Por ejemplo, cuando Marnie le pregunta: «¿Cuál es la historia real del asesinato de Martin Luther King?», John explota: «¿A quién diablos le importa quién asesinó a ese negro? ¡Lo que importa es el sistema!». Su obsesión por el oscuro mundo de los tenebrosos gobiernos, los pistoleros a sueldo y las cabezas de turco víctimas del lavado de cerebro hace que se muestre agresivo con las víctimas. Al mismo tiempo se muestra comprensivo con los asesinos, a los que considera las verdaderas víctimas. Opina que a James Earl Ray le tendieron una trampa. El juicio de Ray fascinaba a Lennon. Había días en que hacía que Marnie se levantara del otro lado de la mesa para que viera con él cómo se desarrollaba el juicio. «¡Mírale! —solía exclamar Lennon—. ¡Si es evidente! No tiene que pedir un vaso de agua, tampoco ir a orinar. ¡Está drogado!»

Las teorías sobre la conspiración no son más que el envoltorio de la obsesión de Lennon por esos terribles crímenes. Si se le coge en una buena mañana profundizará mucho más. En el mejor de los casos, John Lennon es un vidente, un Tiresias ciego con la mirada clavada en la pantalla del televisor del mundo moderno. Lo que él ve no es la imagen reproducida, sino el eco que produce en su mente. En lugar de sentirse fascinado por el espectáculo de un hombre que recibe una bala, lo habitual en todo filme de aventuras, John está obsesionado por saber cómo se siente uno al estar en el lugar de quien recibe la bala. El año pasado tuvo la maravillosa oportunidad de satisfacer su curiosidad, cuando dispararon contra Norman Seaman delante del Carnegie Hall.

El anciano bajaba conduciendo por la Séptima Avenida e iba a torcer en dirección a la calle Cincuenta y siete, cuando el conductor que lo seguía, impaciente por la lentitud de Seaman, aceleró su coche y bloqueó a Norman. Ambos hombres bajaron de sus respectivos vehículos para intercambiar palabras iracundas. Cuando se encontraban en plena refriega, bajó una mujer del coche que circulaba delante de ellos. Apuntando con un arma a Norman, le disparó a bocajarro. Luego ella y su compañero desaparecieron por la calle Cincuenta y siete abajo. La única prueba del delito fue el proyectil, del tipo habitualmente utilizado por la policía.

Fue un verdadero milagro, pero Norman Seaman sobrevivió. En cuanto le dieron el alta en el hospital Roosevelt, fue convocado ante la presencia de John Lennon, quien le asaeteó a preguntas. ¿Puede verse la bala al salir del arma? ¿Qué te pasa por la mente cuando te das cuenta de que te han alcanzado y tal vez te estés muriendo? Una vez hubo asimilado toda esa información de primera mano, el Profesor Desnudo se encontraba mejor preparado para ocuparse de su tema favorito. Ahora, sus mañanas se dedican con frecuencia a describir con mordaz detalle las sensaciones experimentadas cuando te disparan. En ocasiones hace chistes macabros o medita tristemente sobre el significado de ese acto, que él describe como una forma contemporánea de crucifixión, con balas de plomo sustituyendo los clavos de hierro.

La muerte y la agonía, incluso la crucifixión, no son temas nuevos para John Lennon. Toda su vida ha estado obsesionado por esas cuestiones. Muchas han sido las ocasiones en que temía estar a punto de morir durante su época de beatle, en un avión ardiendo, a manos de sus enloquecidos fans o como blanco de algún religioso fanático en el Sur Profundo. La solución suprema de Lennon a todo el problema de la mortalidad humana consiste en abrazar la doctrina de la reencarnación. Insiste en que el karma es la clave de la vida, pero para nacer de nuevo con lo mejor del karma, se ha de morir bien, firme, centrado y afrontando tu destino. John quiere morir de pie, como un santo, como Jesús, haciendo frente a su asesino con un alma sublime y en paz.

Cuando ataca ese tema alarmante, John no muestra la más mínima emoción. Por ejemplo, dirá: «No tengo miedo a morir. Es como bajar de un coche y subir a otro». Sin embargo, Marnie adivina el miedo que subyace bajo esa desusada exhibición de sang froide. Se siente turbada y le pregunta: «¿Por qué te interesa tanto la muerte?», también suele reprenderle, describiendo esa obsesión como «malsana» y de forma inevitable acaba exhortándole: «¡Haz algo por ti mismo! ¡Sal afuera a correr!».

John se pondrá al punto a la defensiva. «¡Yo puedo hacer lo que quiera! —protesta como un niño hosco—. ¡Puedo decir lo que quiera! No tengo por qué dar explicaciones a nadie. Soy yo. ¡Soy John Lennon!» Ha estado diciendo eso desde que era niño; en Liverpool solía ir en los autobuses de un pasajero a otro repitiendo la misma frase, «Soy John Lennon», como si se sintiera sorprendido de que la gente no le reconociese.

En cuanto Marnie se da cuenta de que ha perturbado a John, vuelve a su papel habitual, sentada al otro lado de la mesa, con los ojos clavados en John mientras que él, con la mirada perdida en el espacio, habla como si estuviera transmitiendo por una emisora de radio. Mientras Marnie escucha la disertación, su mirada vaga hasta Yoko, sentada a un extremo de la mesa, con el rostro impávido, las manos cruzadas sobre el vientre. Sintiendo todavía los efectos de su sabor matinal, está dispuesta a adormilarse y, sin embargo, debajo de su imperturbable máscara, late vigilante y activo un diablillo rebosante de malicia.

Mientras John prosigue con su letanía, Marnie ve cómo Yoko, con astucia, pone fuera del alcance de John su tazón de té o el cenicero, de tal manera que cuando él sacude la ceniza de su cigarrillo se encuentra de repente tratando de cogerla en el aire o ensuciando la mesa. Algunas mañanas, cuando Yoko y Marnie están sentadas en el salón tomando el té y charlando, Yoko levanta de repente la cabeza al oír los pasos de John resonando en el vestíbulo. Rápida como un rayo, se pone en pie de un salto y corre hasta la caja del gato, de donde coge una cagarruta y la pone en el camino de John. Y cuando el señor de la casa hace su solemne entrada pone el pie de lleno sobre la mierda del gato.

Sin embargo, hay también esas mañanas en las que Yoko se muestra más bien lenta y ¡John la coge in fraganti! Entonces es cuando se arma el lío. John agarra a Yoko por su gran mata de pelo y la lleva en vilo, chillando y arañando, hasta el fogón, donde la amenaza con prenderle fuego en el pelo. Ese es el motivo por el que en esa cocina no haya nunca una sola cerilla. A veces, cuando Marnie llega por la mañana, mira al suelo y descubre que está sembrado de pelos arrancados a Yoko.

Aun cuando Marnie pasa mucho tiempo escuchando a Lennon, que habla interminablemente, prefiere con mucho esos momentos, acaso dos o tres mañanas a la semana, en las que John propone que se reúnan con los niños en la habitación de juegos. Equipado como un patio de recreo, con toda una serie de elementos de gimnasia, tobogán, cuerda, trampolín y un montón de bloques de construcción, en el cuarto hay también una máquina de discos infantil y una colección de enormes animales de peluche. Aun cuando esta inmensa sala está alumbrada solo por una bombilla que cuelga en el centro, el techo produce un gran efecto porque en él han pintado un mural de tebeo en el que aparecen John como Supermán, Yoko como la Mujer Maravilla y Sean como el Capitán Marvel, la familia de héroes rodeada por un séquito de animales del Reino Mágico.

En la habitación hay también una vieja silla vertical en la que se instala John, preparado para dar a los niños una lección de cómo componer la letra de una canción.

«¡Decidme una palabra!», les apremia, intentando demostrar lo fácil que es convertir cualquier cosa en música. «¡Toe!», grita uno de los niños. «Esa es una buena palabra —contesta John. Luego pregunta—: ¿Qué sonido es el que rima con toe? —Canta: “Do, re, mi” y vuelve al “do”, golpeando la nota repetidamente en el piano mientras canta: Do… toe… do—. ¡Excelente!»

Ahora ya necesitan otra palabra, una que vaya con «toe». «¡Nail!», grita otro de los niños. «¡Toenail!», repite John, que comienza a interesarse por el juego, precisamente cuando el interés de los niños empieza a decaer.

Mientras John les pide más palabras y más sonidos para componer la nueva canción, empieza a darse cuenta de que los niños ya no le siguen, y cuando uno de ellos ríe en un momento inoportuno, se desata la tormenta. Poniéndose en pie de un salto, John cierra de golpe la tapa del piano, en un tris de pillarle los dedos a uno de los niños.

«¡Maldita sea, es increíble lo poco que estos niños pueden mantener la atención! —vocifera, volviéndose furioso hacia Marnie—. ¿Cómo es posible que les enseñes algo a estas apestosas ratas?» Dicho lo cual sale de estampida del cuarto cruzando el vestíbulo en dirección a su cubil.

Una vez que John se encuentra de nuevo encaramado en su cama, se instala en la posición del loto y abre violentamente el cajoncito de su escritorio plano de viaje. Cogiendo un tallo thai que sobresale doce centímetros de la parte superior de una planta sujeta con un hilo blanco a una astilla de bambú, desmenuza la hierba sin siquiera desenvolverla y la enrolla formando un gran porro. Mientras hace llegar a sus pulmones el humo picante aspirando con fuerza, coge una carta que escribió un día a su tía Mimi, la mujer que le había criado en Liverpool.

Al cabo de todos los años transcurridos todavía siguen enzarzados en las mismas peleas sobre las mismas cuestiones que les enfrentaban cuando John era un adolescente rebelde. Lo que mortifica a John es que incluso ahora, cuando todo el mundo le considera un genio, su condenada tía no admite que haya logrado algo en la vida. Aún sigue criticándole y le castiga como si fuera un niño díscolo. «Creo en mí… ¿En quién más podría hacerlo, maldición?», escribe desafiante, como si tuviera que defender su propia existencia de aquella vieja dama, a quien no ve desde hace diez años.

Los libros desperdigados sobre el edredón de Lennon son testigos vivos de lo mucho que todavía sigue esforzándose por romper las trabas de su infancia. Dejando de lado la carta a Mimi que jamás enviará, coge el libro que más ha significado para él desde The Primal Scream, de Arthur Janov. The Continuum Concept aduce que la solución al problema de la dependencia neurótica reside en adoptar la técnica de la crianza de los niños de los pueblos primitivos, cuyas mujeres atan a sus hijos a sus cuerpos y se dedican a su trabajo con los niños amarrados, en cada uno de los momentos de la experiencia de sus nuevas vidas, con un contacto físico continuo con sus madres. Es una idea que atrae enormemente a John, quien siempre ha creído que su madre lo abandonó. Ese era el tema de su disco más obsesivo y angustioso, Mother, un psicodrama que revelaba la angustia de su corazón.

Comenzando con el tañido de las campanas de la iglesia tocando a duelo, viejas y marchitas como el mundo que simbolizan, el disco se fija en un piano y una voz. El piano emite solo un acorde cada vez, dejando que las notas vayan decayendo y desvaneciéndose con la resonancia melancólica de una habitación vacía. La voz es igualmente estéril y triste, como un prisionero en una mazmorra o un lunático en un desván. Aun cuando la voz grita una protesta, no hay pasión en ella. Suena más bien como un hombre que repite una idée fixe o que recita un verso de una canción de cuna psicótica.

Pero de súbito la voz cambia. Estalla una aterradora explosión de emoción, como un ataque de histeria. Lennon chilla primero por su madre, luego por su padre. ¡Finalmente, solo chilla y chilla! Pero sus gritos no son las notas hondas de un cantante de espirituales o el alarido desenfrenado de una película de terror. Sus gritos son tan ahogados que parecen los que acompañan al vómito. John Lennon está luchando por vomitar su pasado. Pero por más que se esfuerce no puede expulsarlo de su organismo.

Fred y Ginger

Fred y Ginger

Empezaban a sonar las sirenas antiaéreas alrededor de las seis y media de la madrugada del 9 de octubre de 1940 cuando Mimi Smith cruzaba la puerta del hospital de la Maternidad de Liverpool. Durante las últimas veinticuatro horas había llamado constantemente al hospital intentando saber algo sobre el estado de su hermana favorita. Hacía ya treinta horas que Julia Lennon estaba de parto y los médicos se disponían finalmente a hacerle la cesárea.

«Yo seguía llamando y llamando —contaba Mimi—. Tenía los nervios de punta. Finalmente me dijeron que era un niño. Lo solté todo y salí corriendo de la casa. Fue la noche de las constantes incursiones. Oía sonar las sirenas. Pero nada iba a impedirme estar allí… ¡ni siquiera Hitler! Seguía pensando: “¡Es un chico!” No se puede imaginar lo emocionada que estaba. ¡Todos lo estábamos! Era una novedad tener un chico en la familia. Era algo que todos ansiábamos. Cuando llegué al hospital no podía apartar los ojos de él. Era un bebé precioso. Incluso las enfermeras lo comentaban. Había nacido con el pelo rubio y recuerdo que pesaba tres kilos cuarenta. ¡Exactamente el peso adecuado! Ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Desde el primer momento que contemplé a John supe que iba ser algo especial.»

A Mimi no se le permitió mirar mucho tiempo a aquel codiciado bebé. Una enfermera con un largo delantal blanco y una voluminosa cofia entró deprisa en la habitación, cogió al niño de los brazos de Julia y lo metió bajo la cama como medida de seguridad. Luego ordenó a Mimi que bajara al sótano o que se fuera de inmediato del hospital. Entre el estruendo de la incursión aérea, Mimi volvió corriendo a su casa para llevar la buena nueva a sus padres.

—¡Es precioso, madre! —dijo irrumpiendo precipitadamente en la casa.

—Tenía que ser mejor que cualquier otro —gruñó Pop Stanley, el padre de Mimi, un acerbo y viejo lobo de mar.

Cuando Julia Lennon dio a luz a John tenía veintisiete años, pero se comportaba como una niña. Retozona, divertida, rebosante de malicia, era también muy dada a flirtear. Con su largo pelo caoba formando un brillante halo, sus bien formadas piernas bajo las faldas cortas y zapatos de tacón alto, y con uno de esos rostros que pertenecen al teatro, de pómulos altos y prominentes, las cejas formando un arco audaz y unos labios intensamente pintados, había trastornado a muchos hombres. Sobre ella habían llovido ofertas de matrimonio, a menudo de hombres con un futuro excelente, pero nadie podía interponerse entre ella y su acompañante favorito. Freddie Lennon.

Freddie era el Fred Astaire de Julia al igual que ella era la Ginger Rogers de él. Elegante y ágil, con una hermosa voz irlandesa de tenor y un «perfil perfecto», como reconocía incluso la desaprobadora Mimi, Freddie decidió vivir en la vida real de la misma manera que su famoso homónimo lo hacía en la pantalla. ¿Quién más se hubiera comportado como Freddie lo hizo la primera vez que vio a Julia?

«Estaba sentado en Sefton Park con un amigo que me enseñaba cómo abordar a las chicas —contaba Freddie a Hunter Davies—. Me había comprado una boquilla para el cigarrillo y un sombrero. Tenía la impresión de que eso las impresionaría de veras. Y allí estaba aquella chiquilla a la que enseguida echamos el ojo. [Tanto Freddie como Julia tenían por entonces dieciséis años.] Al pasar por delante de ella me dijo: “Estás ridículo”. Y yo le dije: “Tú estás encantadora”, y me senté a su lado. Todo era de lo más inocente. Yo no sabía de la misa la mitad. Ella dijo que si me iba a sentar a su lado tendría que quitarme ese ridículo sombrero. Así lo hice. Y lo arrojé al lago.»

Aquel gesto encantó a Julia, a quien le gustaba escandalizar a los demás.

En Freddie era natural actuar como un atractivo cantante y bailarín, porque había crecido embelesado por la imagen de su padre muerto, Jack Lennon, un cantor británico y pionero que había recorrido Estados Unidos allá por la década de 1890 con los Kentucky Minstrels de Andrew Roberton. Cuando Freddie estaba en el mar trabajando en los maravillosos y viejos transatlánticos de los años treinta, solía embadurnarse la cara de negro y hacer una exacta y perfecta imitación del gran Al Jolson, hincado sobre una rodilla y cantando «Mammy». En realidad, lo que los Lennon, Jack, Freddie y John, representaban era todo un siglo de cómicos ingleses tocados por la magia del mojo del hombre negro.

Jack Lennon murió cuando Freddie tenía siete años, más o menos la misma edad que John cuando perdió a Freddie y que Sean cuando perdió a John, y dejó a su hijo al cuidado del hospital Blue Coat, la principal institución de caridad de Liverpool. Freddie se sentía orgulloso de vestir la indumentaria tradicional, levita azul, sobretodo con botones de plata y bandas blancas en el cuello, y sombrero de copa, pero lo que en realidad añoraba era el escenario. A la primera oportunidad se fugó del orfanato y se unió a la Will Murray’s Gang, una popular compañía infantil. Conducido de nuevo a la institución y tras haber recibido el oportuno castigo, se vio obligado a asistir a clase hasta los quince años, de modo que, a pesar suyo, recibió una excelente educación. Sin embargo, durante toda su vida se sintió atormentado por la idea de haberse alejado de su vocación. La primera vez que vio actuar a su famoso hijo en Londres, en una pantomima navideña, el pobre Freddie se vino abajo y rompió a llorar. «¡Ahí es donde yo debería estar!», dijo entre sollozos, señalando el escenario.

Para reemplazar las tablas, Freddie se comportaba siempre como si estuviera actuando. Durante una década representó su papel con Julia Stanley, riendo y cantando, pero sin llegar jamás a una intimidad física con ella porque estaban «actuando» más como los mejores amigos del mundo que como amantes. Hubiera podido seguir más tiempo con ese estilo juvenil si Julia no se le hubiera ofrecido. Aquel ofrecimiento tan poco convencional fue el resultado de la exigencia de su padre de que se casara o dejara de salir con su inadecuado pretendiente. Pop Stanley pensó que con su amenaza podría poner punto final a tan estúpidas relaciones. Por el contrario, aquello le proporcionó a la audaz Julia la idea de proponer a Freddie que vivieran juntos, lo que escandalizó al joven camarero.

«Yo me había criado en un orfanato —contaba Freddie—. Dije que nos leerían las amonestaciones y nos casaríamos como Dios manda. Ella dijo: “¡Apuesto a que no lo haces!”. Así que lo hice… solo como una broma. Resultó muy divertido casarnos.»

Los preparativos para aquella unión tan frívola tuvieron que hacerse en secreto porque ninguna de las dos familias habría aprobado el matrimonio. Los Stanley miraban por encima del hombro a Freddie porque no era más que un camarero de barco, mientras que el viejo Stanley era un marinero auténtico, un hombre que había aprendido su oficio de navegante antes de que el vapor hubiera conquistado los siete mares. Por su parte, los Lennon tenían una mala opinión de Julia, porque la consideraban una pequeña y frívola coqueta.

Cuando el 3 de diciembre de 1938 Freddie llegó al hotel Adelphi en la mañana de su boda, estaba absolutamente sin blanca porque hacía meses que no trabajaba. Cruzó la calle hasta la tienda de un sastre militar, en cuyo sótano trabajaba el miembro más responsable de su familia, su hermano mayor Sydney, y bajo una cruda luz Freddie le contó el apuro en que se encontraba. Sydney hizo un último esfuerzo por disuadir a su hermano pequeño. Finalmente aceptó aprovechar la hora del almuerzo para actuar como testigo junto a otro hombre llamado Edwards. Sydney tuvo también el gesto de prestarle una libra.

Julia llegó al Registro Civil en Bolton Street, detrás del hotel, cuando ya estaban a punto de cerrar, acompañada de un par de jóvenes que trabajaban con ella como acomodadoras en el cine Trocadero. El funcionario leyó el Book of Common Prayer y la pareja intercambió sus promesas. Sydney invitó al almuerzo y a unas copas en un pub cercano. Luego Julia y Freddie se fueron al cine, que fue hasta donde llegó su luna de miel. Aquella noche, cuando el novio y la novia volvieron con sus respectivas familias, Julia todavía era virgen.

Mimi recordaba con amargura la forma en que Julia les dio la noticia: «Sencillamente entró y dijo: “¡Ya está! Me he casado con él”. Luego tiró el certificado sobre la mesa. Todos sabíamos que de aquello no saldría nada bueno, pero era inútil decírselo. No creo que pensara jamás en las consecuencias. Era típico en ella».

Varios días después, Freddie se embarcó en un crucero por el Mediterráneo. A su regreso, Pop Stanley, ante la alternativa de aceptar aquel matrimonio o perder a su hija favorita, propuso que Freddie fuera a vivir con los Stanley. Hacía poco que habían abandonado la vieja casa en Toxteth para ocupar otra nueva en el número 9 de Newcastle Road, en el distrito de Penny Lane. Sin embargo, aquella pequeña casa, una de tantas en fila, de aspecto más bien modesto, supuso un gran paso adelante en comparación con el ruinoso vecindario que más tarde cobraría notoriedad como Liverpool 8. No solo el nuevo hogar de la familia se encontraba situado en un barrio conveniente, sino que estaba provisto de dos preciadas comodidades, retrete interior y un pequeño patio. En esa casa, en enero de 1940, fue concebido John Lennon, durante la tregua en las hostilidades de la llamada Phoney War.

Cuando Julia salió de cuentas, la guerra se había convertido en la batalla de Inglaterra. La Luftwaffe bombardeaba Liverpool noche tras noche, provocando incendios en los muelles y causando grandes daños en los barrios residenciales. Cuando sonaban las sirenas, Julia y su familia se retiraban a una especie de refugio que habían construido colocando una losa de cemento sobre un angosto callejón, detrás de la casa.

Rodeada de una familia que solo tenía ojos para el bebé, Julia empezó a sentirse abandonada. Primero murió su madre. Luego Mimi se fue a vivir con su marido, una vez que este se licenció del ejército. Freddie no estaba en casa, ya que se encontraba en el frente como uno más entre los millares de valientes marinos mercantes que arriesgaron sus vidas burlando el bloqueo de los submarinos alemanes. Reaccionando rápidamente ante la apurada situación de su hermana, Mimi propuso que Julia se trasladara a un cottage propiedad de su marido, situado cerca de su casa, en el 120A de Allerton Road, en el área suburbana de Woolton.

Al abandonar Julia el hogar, toda su vida cambió. Noche tras noche iba a bailar al pueblo, a cuyos pubs acudían constantemente hombres uniformados, que bebían, cantaban y alborotaban de un modo atolondrado, típico en tiempo de guerra. Julia, que no bebía, empezó a darle a la botella, aunque, en un principio, dos copas de jerez eran suficientes para producirle incontrolados ataques de risa. Como no podía permitirse una niñera y tampoco podía pedirle a Mimi que vigilara a John mientras su madre se dedicaba a recorrer los pubs, adoptó la costumbre de salir con sigilo cuando John se quedaba dormido, dejándolo solo.

John, un niño muy mimado y acostumbrado a que lo vigilaran estrechamente, se despertaba en medio de la oscuridad y descubría que, no solo nadie se ocupaba de él, sino que la casa estaba vacía. Asustado, imaginaba que había un fantasma o un duendecillo junto a su cama. Lloraba aterrorizado, y organizaba tal escándalo que, a veces, los vecinos se veían obligados a averiguar qué pasaba.

Al volver Freddie del mar se enteró de las escapadas nocturnas de Julia y la regañó. Ella se vengó derramándole una taza de té hirviendo en la cabeza. Freddie, furioso, le dio una bofetada: esa fue la única vez que le pegó, y a ella le sangró la nariz. Llamaron a Mimi, que había sido enfermera, quien una vez contenida la hemorragia, sermoneó con acritud a su errabunda hermana por su impropio comportamiento.

Julia volvió a la casa paterna de Penny Lane, en 1943, cuando su padre se fue a vivir con su hermana. Allí pudo organizar mucho mejor sus veladas, poniéndose de acuerdo con otras dos madres jóvenes que vivían en la misma manzana, Dolly Hipshaw y Ann Stout. Entre las tres contrataban a una niñera para que se ocupase de todos los niños. Aquellas veladas sociales transcurrían tranquilamente, sin que hubiera nada incorrecto, hasta que Freddie Lennon se vio en dificultades.

El fatídico crucero que hundió el matrimonio de los Lennon se inició el 14 de julio de 1943, cuando Freddie embarcó en el Samothrace rumbo al puerto de Nueva York. En un principio el problema residía en que Freddie, recientemente ascendido a camarero de salón (camarero jefe), se dejó persuadir para enrolarse en ese crucero con la graduación más baja de camarero ayudante, y luego temió que hubiera puesto en peligro su ascenso. Lo consultó a su anterior capitán durante una prolongada escala en Nueva York y no se presentó al zarpar de nuevo su barco sino que se presentó ante el cónsul británico para exponerle su caso. Este funcionario no mostró la más mínima comprensión. Ordenó que Freddie se hiciera al mar sin su graduación y le destinó al Sammex, que zarpaba el 9 de febrero de 1944 con destino al puerto argelino de Bône.

Pronto descubriría Freddie que toda la tripulación, salvo el capitán y el telegrafista, estaban implicados en una red de contrabando para el mercado negro. Y sin embargo no fue a los contrabandistas a quienes detuvieron cuando el barco atracó en África del Norte, sino a Freddie, porque la patrulla costera le encontró bebiendo una botella de cerveza que no figuraba entre las existencias del barco. Condenado a nueve días de cárcel en una horrible prisión militar, al ser puesto en libertad descubrió que estaba muy lejos de casa.

Durante los seis meses siguientes Freddie vivió todo un cúmulo de peligrosas aventuras. Se vio involucrado en el movimiento clandestino local después de que su líder, un holandés llamado Hans, salvara a Freddie de una pandilla de árabes en la kashba. Tras un par de travesías en un barco tripulado por holandeses que trasladaba tropas desde África del Norte a Nápoles, consiguió un pasaje en un navío que iba a Inglaterra y llegó a Liverpool en noviembre de 1944, dieciocho meses después de su partida.

Desde su detención en Bône, la paga de Freddie había quedado retenida y por lo tanto también la asignación a Julia, pero hasta los meses finales de su ausencia la había mantenido informada de su situación mediante largas y afectuosas cartas. Sin embargo, en años posteriores, cuando Mimi se vio obligada a explicarle al pequeño John la desaparición de su padre, inventó la historia de que Freddie había abandonado el barco y a su familia, cuento que recogió y difundió la prensa de forma irresponsable. Esa explicación ocultaba la verdadera historia de la disolución del matrimonio de los Lennon, que se inició al regresar Freddie a casa y descubrir el comportamiento de su mujer.

En la primavera de 1944 Julia Lennon había conocido a un rubio soldado galés llamado Taffy Williams, perteneciente a una unidad antiaérea acantonada en los cuarteles de Mossley Hill. Williams se presentó una noche en el club de la Legión Británica acompañado de un hombre muy guapo, de tez oscura y fino bigote, como dibujado a lápiz, que respondía al nombre de John Dykins. Julia flirteó alegremente con el soldado mientras que Dykins charlaba con Ann Stout. Al terminar la velada, Dolly se fue a casa sola dejando a sus vecinas con sus nuevos acompañantes.

A partir de esa noche, Julia y Taffy con Ann y Bobby, como llamaban a Dykins, formaron un cuarteto, acompañados a menudo por Dolly. Dykins resultó ser un perfecto animador de fiestas. Al ser bodeguero en el Adelphi, podía proporcionar artículos entonces raros, como cigarrillos, fruta fresca, chocolate auténtico y whisky escocés. Julia se encontraba en su ambiente en aquella compañía amante del placer. Era un chica alegre y aquella era su manera natural de vivir. Durante seis meses fue muy feliz, acaso más feliz de lo que lo había sido en toda su vida. Hasta que descubrió que estaba embarazada.

A Taffy no le molestó en modo alguno el descubrimiento. Quería que Julia abandonara su casa y se fuese a vivir con él. Después de todo, rara vez veía a su marido. ¿Por qué no sustituir a aquel hombre ausente por alguien con quien podía disfrutar de la vida? Era una oferta tentadora y desde luego Julia se hubiera ido con Taffy de no haber sido porque este no quería llevarse a John. La negativa de Julia a abandonar a su hijo coincidió con el traslado de Taffy, al otro lado del Mersey, a la península de Wirral. En ese momento los amantes se separaron… y Freddie llegó a casa.

Había transcurrido un año y medio cuando Freddie volvió a ver a su mujer. Julia lo dejó desconcertado al comunicarle que estaba embarazada de otro hombre, e insistió en que ese embarazo no era culpa suya. Charles, el hermano pequeño de Freddie, que tenía un permiso de la Artillería Real, fue testigo de ese lance, que describió así: «Alfred vino a verme —recordaba—. Me dijo que había vuelto a casa y la había encontrado embarazada de seis semanas, aunque no se le notaba. Aseguraba que un soldado la había violado. Dio el nombre. Fuimos a Wirral, donde el soldado estaba acantonado. Me permitieron entrar en el recinto militar y hablar con su oficial, quien dio autorización al soldado para que me acompañara al exterior a fin de que pudiera hablar con mi hermano. Freddie no era un hombre violento; tenía un temperamento impulsivo, pero no violento. Nuestra familia no es violenta. Freddie le dijo: “Creo que tiene relaciones con mi mujer y ella le acusa de haberla violado”. “De ningún modo —repuso él—. No fue una violación, todo ocurrió con su consentimiento. Estuve con ella bastante tiempo, hasta que tuve que cruzar el charco para instalarme en el área de West Derby.” El soldado regresó con nosotros, pero no sirvió para nada. Julia lo recibió a patadas, se rió en sus narices al tiempo que le gritaba: “¡Lárgate de aquí, condenado idiota!”, pese a estar embarazada de un hijo suyo. Mi hermano Alfred decidió dejar a John con mi otro hermano, Sydney, que vivía en Maghull, un pueblo al norte de Liverpool. Jamás en la vida quiso que Mary [Mimi], la hermana de Julia, tuviera responsabilidad alguna sobre John».

Mimi no pudo conseguir nada de Sydney, que era su réplica en la familia Lennon, de manera que centró su atención en el embarazo de Julia. En primer lugar, Pop Stanley le dijo a Julia que no estaba dispuesto a deshonrar su casa albergando a un bastardo, de manera que ella o la criatura tendrían que marcharse. Cuando Julia aceptó renunciar al bebé, Mimi adoptó las medidas necesarias. Fue a un orfanato de niñas del Ejército de Salvación próximo a su casa, un fantasmal edificio estilo Tudor, que parecía más bien el castillo del ogro de un cuento de hadas, llamado Strawberry Field (no Fields). La matrona le dio a Mimi el nombre de una clínica de North Mossley Hill Road, donde Julia podría dar a luz. Al regresar Freddie de su sexta travesía, acudió a la Elmswood Nursing Home y le suplicó a Julia que le permitiera dar su apellido a la criatura que iba a nacer. Ella se negó alegando: «No lo haré, porque algún día, cuando te enfades, dirás: “Mira ese pequeño bastardo”». Entonces Freddie recurrió a Mimi y le suplicó que se hiciera cargo de la criatura, algo que Mimi rechazó con desdén.

Julia puso a la niña, nacida el 19 de junio de 1945, el nombre de Victoria, que armonizaba con la conclusión triunfante de la guerra en Europa y también con el otro patriótico nombre que ella le puso a John: Winston. «La recuerdo muy bien —rememoraba Anne Cadwallader, hermana de Julia—. Era una niña preciosa, pero jamás supimos quién era el padre. Un día llegó un capitán del Ejército de Salvación y se llevó al bebé. Fue la última vez que la vimos.» Cuando Freddie suplicó al Ejército de Salvación que le informara sobre la suerte que había corrido la niña, se le dijo que tenían como norma no facilitar información ni a los padres biológicos ni a los padres adoptivos de una criatura. Todo lo que reveló la matrona fue que la había adoptado la familia del capitán de un barco noruego. Posiblemente la hermana materna de John Lennon fue educada en Noruega, pero todos los esfuerzos por seguir su rastro han fracasado.

Tras librarse de Victoria, Julia insistió en que Freddie fuera a casa de Sydney y le devolviera a John. Sydney protestó con vehemencia, exponiendo todos los motivos por los que la reconciliación de Freddie con su mujer no duraría mucho tiempo y lo peligroso que sería para el niño que se produjeran nuevas peleas y separaciones. Freddie no prestó atención a sus objeciones. Estaba convencido de que podría recomponer su matrimonio utilizando a John como mortero.

Sydney demostró ser un verdadero profeta. Nada más regresar John a casa de su madre surgieron nuevas complicaciones en la vida de la mujer, que desembocaron en un nuevo problema. John Dykins, que entonces ya había roto con Ann Stout, empezó a cortejar a Julia. Le ofreció una vida muy distinta de la que había tenido con Freddie. Dykins ganaba bastante y le gustaba vivir bien. Era muy atractivo y tenía gran experiencia con las mujeres. Pronto empezó a pasar mucho tiempo en la casa de Newcastle Road, donde se congració con Pop, que estaba viviendo de nuevo con Julia.

Solo había una dificultad en aquella nueva situación: John Lennon se mostraba en extremo trastornado con la presencia de aquel nuevo hombre en su casa. La rabia y el resentimiento le inducían a mostrar un comportamiento hostil, sobre todo atacando a niños más débiles. Por ejemplo, Dolly Hipshaw tenía la costumbre de invitar por las tardes a John a su casa para tomar el té con sus tres hijas pequeñas, Pauline, Helen y Carol, de cinco, tres y medio y dos años y medio. Era frecuente que durante aquellas meriendas John, que ya tenía cinco años, atacara a una de las niñas y la hiciera gritar asustada. Como Julia nunca había corregido a John, fue Dolly quien tuvo que ocuparse de castigar al muchacho.

Las cosas empeoraron cuando Pauline y John empezaron a ir al parvulario, en noviembre de 1945, en la cercana Mosspits Infants’ School. John solía permanecer oculto hasta que la chiquilla salía de su casa. Entonces salía de repente de su escondite y la asustaba. Pauline llegó a sentir tanto miedo de esas emboscadas que se negó a ir al colegio. Dolly tuvo que castigar otra vez a John. Finalmente llegó a la conclusión de que era «difícil… muy difícil». A esa misma conclusión llegaron en Mosspits Infants’ School, y en abril de 1946 expulsaron a John Lennon por mala conducta, cuando tenía cinco años y medio.

La expulsión de John del parvulario estaba estrechamente ligada a otra serie de incidentes bastante perturbadores producidos en casa. El 26 de marzo de 1946, Freddie Lennon, recién desembarcado del Dominion Monarch, llegó a Newcastle Road y se enfrentó con Julia, John Dykins y Pop Stanley, quien informó a su yerno de que en el cuaderno de alquileres (el libro en el que firma el casero al serle abonado el alquiler) había vuelto a cambiar el nombre de «Alfred Lennon» por el de «George Stanley». Al iniciarse una discusión sobre el asunto intervino Dykins y acusó a Freddie de pegar a Julia, una alusión al incidente del té hirviendo. «¡Ni siquiera sé quién es usted!», exclamó Freddie, ofendido, tras lo cual los dos hombres empezaron a darse tortazos y el furioso camarero arrojó al acicalado bodeguero de la casa. Cuando la pelea alcanzaba su punto álgido, John bajó del piso superior y fue testigo de los puñetazos entre su padre y el amante de su madre…, una escena que jamás olvidó.

Entonces Julia tomó cartas en el asunto. Tras informar a Freddie de que se iba a vivir con Dykins, ella y Dolly empezaron a trasladar todos los muebles a la casa contigua. Freddie corrió desesperado a casa de su madre, en el 57 de Copperfield Street.

«¡Julia me abandona, mamá!», gritó. «Regresa y quédate en esa casa hasta que ella se vaya, aunque solo deje la silla en la que estás sentado», le dijo su madre con severidad.

De manera que el pobre Freddie tuvo que ser testigo del traslado de su mujer y echarle una mano con los bultos más pesados.

«¿Es que no vas a dejarme siquiera una silla?», dijo finalmente, recordando las palabras de su madre. Julia señaló, despectiva, un sillón viejo y roto, y le dijo a Freddie que podía quedárselo para el resto de su vida.

Después de pasar la mayor parte del mes de abril intentando recomponer su matrimonio, Freddie tuvo que ir a Southampton para embarcar como camarero de noche en el Queen Mary. No bien hubo atravesado la puerta, Julia volvió a meter todo el mobiliario en la casa. Su retirada había sido una añagaza para convencer a Freddie de que el matrimonio había llegado a su fin. Así, no resultaba extraño que el pequeño John se comportara tan mal en el colegio que tuvieran que expulsarle. En el pasado, cuando se sentía muy trastornado, huía de su casa, dirigiéndose a la de Mimi en un tranvía que reconocía por los asientos de cuero negro, y a veces acababa perdiéndose si subía en el tranvía equivocado. Hasta el fin de sus días recordaría el olor de aquellos asientos de cuero. Ahora huía de nuevo.

Cuando Mimi abrió la puerta y vio a John allí, en pie, con aspecto desamparado, se puso furiosa con Julia. «¡Lo único bueno que ha hecho es tenerte a ti», exclamó Mimi…, frase de la que mucho tiempo después Mother se hizo eco.

En cuanto Mimi descubrió cómo estaban las cosas en Newcastle Road, hizo una llamada urgente al Queen Mary, que estaba a punto de zarpar. Mimi le dijo a Fred que volviera a casa de inmediato porque John había huido. Luego le pasó el aparato a John, quien dijo que no le gustaba su nuevo papá y que quería que Freddie volviera a casa. Este prometió que regresaría en cuanto pudiera salir del barco.

Fiel a su palabra, Freddie apareció en casa de Mimi dos semanas después, tras haber sacrificado el mejor puesto de su carrera. Mimi le dijo que había inscrito a John en la Dovedale Infants’ School, de Penny Lane. También le comunicó que le había comprado al niño un montón de ropa nueva y le presentó la factura. A la mañana siguiente, cuando Freddie estaba sentado con su hijo, le dijo que le enseñara sus nuevas cosas. John contestó que no le habían dado ropa nueva.

Convencido de que el interés de Mimi era puramente mercantil, Freddie preguntó a John si le gustaría pasar unas vacaciones en Black pool, la famosa playa de veraneo situada al norte de Liverpool. John se puso loco de contento. Mimi no podía negarse a dejar que Freddie se llevara al niño de vacaciones. De manera que ambos se fueron con la intención de no volver nunca.

Durante seis semanas John vivió en Blackpool en un mundo de ensueño infantil. Durante el día podía ver a los excursionistas, con las cabezas cubiertas con pañuelos y los pantalones remangados hasta la rodilla, caminando por la arena como aves zancudas. Como era de rigor, montó en burro y subió a la torre de hierro desde la que se dominaba todo el lugar, contemplando el crepúsculo sobre el resplandor de Golden Mile. John Lennon, por fin a solas con el papá que tan dolorosamente había echado de menos, experimentaba todos aquellos placeres de los que los niños disfrutan tanto con sus padres y también, por primera vez en su vida, saboreaba el encontrarse en un mundo de hombres.

Freddie se alojaba con un viejo camarada de navegación que proyectaba emigrar a Nueva Zelanda. Siguiendo un impulso, Freddie decidió unirse a él en la aventura. La emigración les permitiría empezar de nuevo: el anhelo de todo el mundo después de la guerra. Para John fue una noticia maravillosa, porque siempre había soñado salir al mar a bordo de un gran barco blanco junto a papá.

El sueño del pequeño John pronto se convirtió en una pesadilla. Julia apareció de forma inesperada con Bobby Dykins. Le dijo a Freddie que ahora que ya estaba instalada con su nuevo hombre quería que John regresara. Freddie le contó que se disponían a emigrar a Nueva Zelanda, y ofreció llevarse a Julia con él. Ella inició una pelea. Finalmente, Freddie dijo que sería el niño quien tomara la decisión.

«Llamé a John —recordaba Freddie—. Vino corriendo y saltó a mis rodillas al tiempo que me preguntaba si ella volvía con nosotros. Eso era a todas luces lo que él quería. Le contesté que no y que ahora él tenía que decidir si quería quedarse conmigo o irse con ella; dijo que conmigo. Julia volvió a preguntarle, pero John siguió diciendo que conmigo. Julia se dirigió a la puerta y estaba a punto de salir cuando John corrió tras ella. Esa fue la última vez que lo vi o que lo oí, hasta que me dijeron que se había convertido en uno de los Beatles.»

El pequeño John había elegido a su madre, pero con quien se encontró fue con su tía. En cuanto Julia regresó con su hijo, lo puso en manos de su hermana, que se convirtió en su madre adoptiva. Aquella traición final fue suficiente para convencer a John, de una vez por todas, de que su madre no lo quería. De hecho, lo que de veras pensaba era que nadie lo amaba porque nadie quería tenerlo consigo. Freddie Lennon, que realmente amaba a John, desapareció esa vez para siempre de su vida. Profundamente abatido por la pérdida de su mujer, a la que siguió queriendo durante los veinte años siguientes, Freddie se hizo a la mar. En esta ocasión, y de golpe, John había perdido a su padre y a su madre.

Si la desaparición de Freddie de la vida de John por aquel entonces está clara, no lo está menos el motivo de la desaparición simultánea de Julia. Al haber consentido a la petición de su padre de que no expusiera a John a los efectos de una situación irregular, Julia se vio obligada a cederle el muchacho a Mimi, quien a su vez exigió que Julia se mantuviera apartada del camino de John, para evitar que sus apariciones dificultaran su tarea. Julia podría haberlo solucionado divorciándose de Freddie y casándose con Dykins, del que pronto tendría dos hijos, pero sabía que Freddie jamás consentiría el divorcio, de manera que Julia siguió siendo la señora de Alfred Lennon hasta el fin de sus días, pese a que ella se presentaba al mundo como la señora de John Dykins.

Después de aquella escena desgarradora en Blackpool, Freddie Lennon permaneció en el mar de forma casi ininterrumpida durante dieciocho meses. Finalmente, después de un viaje a Nueva Zelanda, volvió a Inglaterra la semana anterior a la Navidad de 1949, decidido a reclamar a John y a llevar a cabo su plan original de emigración. Tratando de hacer acopio de valor para el tan ansiado encuentro con Julia, Freddie se emborrachó en Londres con un camarada del barco. Mientras paseaba tranquilamente por Oxford Street, vio de repente en un escaparate un precioso maniquí de pelo rojo que le recordó a su mujer. Rompió el cristal y, cogiéndolo, empezó a bailar como un loco en plena calle hasta que fue arrestado por la policía. Después de comparecer ante un severo juez, Freddie tuvo que elegir entre pagar doscientas cincuenta libras, una cantidad que superaba con mucho el salario anual de un trabajador, o cumplir seis meses de cárcel. Ante la imposibilidad de pagar, encerraron a Freddie en Wormwood Scrubs.

Desde la cárcel escribió a Mimi pidiéndole ayuda para recuperar a John. Suponía, como era de prever, que el niño vivía con su madre. Solo al recibir la mordaz respuesta de Mimi se dio cuenta de la verdadera situación. Mimi, que siempre había despreciado a Freddie, ahora le consideraba un réprobo que amenazaba su custodia de John. Irguiéndose como la mortífera orca de Simbad el Marino, se lanzó arrolladora contra el desventurado marinero, abrumándole con acres reproches por haber llevado la «ignominia y el escándalo» a su inocente familia.

Para asegurarse de que Freddie no volviera a intentar la reclamación de John, le advirtió que si trataba de ponerse en contacto con el muchacho le diría a John que su padre era un criminal y un presidiario. Eso acabó con Freddie Lennon.

Después de su encarcelamiento ya no pudo volver a servir en la marina mercante, a la que había dedicado dieciséis años de su vida. Acababan de darle la libertad cuando se enteró de la muerte de su madre. Tras haber perdido a su mujer, a su hijo y a su madre, acaso lo que más hizo sufrir a Freddie fue que se le negara volver al mar que, con el paso de los años, había reemplazado su antiguo amor por los escenarios. Ya entonces, a los treinta y dos años, era un hombre acabado. Metió sus escasas pertenencias en una baqueteada maleta y se dedicó a viajar por todo el país, aceptando cualquier trabajo que se le ofreciera en el sector de la restauración, por lo general como friegaplatos en la cocina de algún hotel.

Cuando el pequeño John se instaló en casa de su tía Mimi ya había sufrido un trauma emocional capaz de quebrantar el ánimo del más fuerte. Había sido desatendido, desarraigado, se lo habían pasado de mano en mano y se había visto obligado a hacer una elección imposible: la de renunciar a su madre para conservar a su padre, o abandonarle a él para retener a su madre, quien a fin de cuentas resultó que en realidad no lo quería con ella. Después de una experiencia tan demoledora no es sorprendente que John desarrollara una amnesia protectora semejante a la de los soldados que sufren neurosis de guerra.

«Pronto olvidé a mi padre —recordaba John—. Era como si hubiese muerto. Pero sí que veía a mi madre de vez en cuando, y mi cariño hacia ella nunca se extinguió. Pensaba a menudo en ella, aunque nunca me di cuenta de que vivía tan solo a ocho o diez kilómetros. [En realidad eran cinco.] Mimi nunca me lo dijo. Se limitaba a decir que vivía muy, muy lejos.»

Julia aparecía de vez en cuando por Mendips, pero sus visitas no se debían a preocupación alguna por su hijo, sino a los peligros de su turbulenta vida. John recuerda vívidamente uno de aquellos incidentes.

«Mi madre vino a vernos con un abrigo negro y sangrándole la cara. Había sufrido algún accidente. No podía soportarlo. “Es mi madre, que está sangrando”, pensé. Me fui al jardín. Yo la quería, pero no tenía ganas de verme complicado en nada. Supongo que me comporté como un cobarde moral. Lo que quería era ocultar cualquier sentimiento.»

Sin duda, el «accidente» era una paliza que le había dado Bobby Dykins, que cuando bebía se mostraba violento. Julia había acudido a Mimi en busca de ayuda, pero se encontró con una explosión de indignación moral que hizo que huyera de la casa. Ese día estaba allí Leila Harvey, la prima mayor de John. Recuerda lo violenta que se sintió al oír a Mimi inculpar a Julia delante de John, clamando con la voz de un juez de Jehová: «¡No eres digna de ser la madre de este niño!».

Hijo del matriarcado

Hijo del matriarcado

Una vez que Mimi Smith se hubo convertido en la madre adoptiva de John Lennon, se consagró a esa insólita tarea con gran celo.

«Ni una sola vez, a lo largo de diez años, he cruzado de noche el umbral de la puerta», afirmaba, estableciendo de manera implícita el contraste con Julia que, de haber estado la puerta cerrada a cal y canto, se hubiera escurrido por la ventana.

Por su parte, John Lennon siempre rindió homenaje a su tía por haberle dado todas esas cosas, hogar, educación y la presencia de unos padres preocupados por su porvenir, de las que se había visto privado por la locura de los suyos. Pero al mismo tiempo John sentía un profundo resentimiento contra Mimi, a la que culpaba de haberle hecho perder la razón por la forma en que le había educado. Porque, a pesar de sus buenas intenciones y su prolongada abnegación, Mimi Smith no estaba dotada para ser madre, y mucho menos la madre de un muchacho profundamente inquieto como era John. Más matrona que madre, Mimi era la típica tía que declaraba querer a los niños pero que no se entendía muy bien con ellos porque en su interior no había conservado al niño que todos llevamos. Su propia infancia desgraciada constituye la mejor explicación de sus deficiencias maternales.

Al ser la mayor de cinco hijas, se esperaba de Mimi, incluso cuando no era más que una chiquilla, que se comportara de forma responsable en la crianza de sus hermanas más jóvenes. Como había experimentado una dosis tan masiva de maternidad siendo todavía una niña, ya de adulta Mimi se encabritaba ante semejante perspectiva. Sin embargo, en un principio su rebeldía contra el papel que le destinaron no fue lo suficientemente grande para impedirle hacerse enfermera. A los diecinueve años dejó su casa para ingresar como interna en prácticas en el hospital Woolton Convalescent, donde trabajó y vivió durante años; gradualmente ascendió a enfermera y a jefa de enfermeras al frente de una sala de pacientes mentalmente trastornados.

Al trabajar como enfermera, Mimi se liberó de su familia sin necesidad de casarse, pero ello no colmaba su verdadera ambición, que era vivir como una dama. Alcanzó su objetivo al convertirse en la secretaria particular de un hombre acaudalado llamado Vickers, propietario de una fábrica de maquinaria de pastelería cerca de Manchester. Mimi vivía en la mansión de los Vickers en la pintoresca ciudad galesa de Bettws-y-Coed, como si fuera el ama de llaves de una novela victoriana. La trataban como a un miembro más de la familia y se le concedían grandes privilegios, como navegar a bordo del yate de su patrón, que nunca salía a mar abierto sino que lo hacía serenamente por el estrecho de Menai, entre la isla de Anglesea y la costa galesa.

En cuanto a casarse, a Mimi nunca le encandiló la perspectiva.

«No tengo intención de casarme —contaba—. En realidad me encanta la compañía de los hombres. Pero no me apetece verme sujeta a los fogones o al fregadero.»

Así que cuando el joven al que la prometieron a edad muy temprana se fue a Kenia, a Mimi le importó bien poco. Y cuando un lechero, joven y atractivo, llegaba cada mañana al hospital conduciendo un carruaje marrón tirado por un caballo, lleno de lecheras plateadas, y vestido como un granjero, con pantalones de montar, polainas y un pañuelo atado al cuello, Mimi, una figura escultural con la larga bata azul, el delantal blanco y la cofia de enfermera, respondía con frialdad, acaso con cierta altivez, al risueño saludo del campesino.

Sin embargo, George Smith siguió prodigándole atenciones y, finalmente, él y Mimi iniciaron uno de esos noviazgos prolongados típicos de las hermanas Stanley.

«Solía telefonearle cuando tenía hambre o me quedaba atascada en la ciudad», recordaba Mimi.

Aquellas relaciones unilaterales se prolongaron durante más de una década, hasta que una noche George forzó un desenlace: «¡Escúchame! Ya estoy harto de ti. ¡O te casas conmigo o hemos terminado!», dijo deteniéndose en mitad de la calle. «¿Por qué tienes que gritar? Lo haré», le replicó Mimi. Loco de contento, George la cogió en alto haciéndola girar. Luego, dejándola de nuevo en el suelo, alargó la mano. «¡Choca esos cinco! —le dijo—. Los granjeros siempre se estrechan la mano cuando hacen un trato.» «¡Trato hecho!», dijo con firmeza Mimi alargando a su vez la mano.

Se casaron el 15 de septiembre de 1939, exactamente doce días después de que Gran Bretaña declarara la guerra a Alemania. La perspectiva de ser llamado a filas había inducido a George a hacer la proposición. George debió de querer que, en caso de que muriera, Mimi cobrara su pensión. Ella tenía treinta y tres años cuando se casó, pero siguió viviendo en su casa durante los tres siguientes, hasta que licenciaron a George. Entonces se trasladaron a Mendips, a una casa de siete habitaciones, semi-apartada, en el 251 de Menlove Avenue, en un suburbio de clase media de Allerton. Llegado ese momento, en vez de tener un hijo propio adoptó, aunque no de forma oficial, a uno de los hijos de su hermana.

La mujer en cuyas manos se encontraba ahora John Lennon era, en todos los aspectos, el polo opuesto de su madre, lo que justifica en cierto modo la tendencia de John, durante toda su vida, a tener dos criterios respecto a todo. Mientras Julia se mostraba alegre e infantil, dada a la risa, a cantar y a jugar con John en el baño, Mimi se mostraba fría y distante, profundamente preocupada por el pequeño que tenía a su cargo, aunque no dispuesta a tolerar tonterías. Si bien la madre de John había sido siempre en extremo coqueta, y llevaba incluso a sus amantes a casa, lo que despertaba los celos del chiquillo —otro problema que John arrastraría toda su vida—, Mimi y George vivían como una pareja seria de mediana edad, jamás mostraban su afecto y mucho menos su intimidad física. De hecho, John tenía la impresión de que Mimi se ocupaba más de los gatos persas que de su marido. La diferencia más palpable y evidente entre ambos hogares era más bien ambiental. Mientras que la casa de Julia aparecía desaliñada, sin el menor indicio de orden y regularidad, Mimi gobernaba su gran vivienda de la misma manera que una jefa de enfermeras dirige una sala. En realidad Mimi contaba con esa insistencia en la disciplina y la rutina, reforzadas por la tranquilidad y el aislamiento, para estabilizar a John, al que veía como un paciente perturbado, necesitado de cuidados extremos. Gracias a la hermana Mimi, John Lennon creció en Mendips como el único ocupante de un hospital de convalecencia para huérfanos emocionalmente perturbados.

El régimen que había establecido Mimi estaba encaminado a dos objetivos. Por una parte, había que mantener a John bajo un absoluto control, y, por la otra, tenía que recibir una educación superior a la de su nivel social. De ahí que se le prohibiera de manera expresa jugar con otros niños que no fueran los elegidos por Mimi, mientras se le alentaba de manera tácita a jugar solo, bien en su habitación o, cuando el tiempo era bueno, en su casa del árbol en el jardín trasero. Las actividades más recomendadas para él eran leer, escribir y pintar y nada de juegos violentos. A fin de borrar de su mente cualquier huella de sus orígenes obreros, Mimi le tenía prohibido acudir a lo que ella llamaba las cuevas de las películas, al lugar vulgar de los niños vulgares, y fijó su ración oficial de cine en dos películas al año: los pases oficiales Disney en Pascua y Navidad. Fuera de programa, veía alguna de vaqueros con su tío George, cuando ese bondadoso ser lograba el permiso de su mujer. La televisión nunca estuvo permitida en Mendips y, ni que decir tiene, tampoco porquerías tales como los tebeos. A John solo le daban a leer los libros de Just William, en los que se refieren las cómicas desventuras sufridas por un muchacho de la clase media alta en un opulento país imaginario allá por los años veinte.

De manera que John Lennon creció en un ambiente cultural inexorablemente perfeccionista, con toda la atención fija en su valiosa tarjeta de la biblioteca, su afectada forma de hablar —le habían acostumbrado a decir «mater» y «pater»— y los estudios, concebidos para que se convirtiera en el primer muchacho de la familia en lograr distinción profesional. En sus esfuerzos pedagógicos, a Mimi la ayudaba su marido, quien, aunque era hijo de un lechero, procedía de una familia en la que hubo cierto número de maestros, incluido un excéntrico hermano que formaba parte del profesorado del Instituto de Liverpool. El propio George Smith había aspirado a ser arquitecto y ganado premios en dibujo e idiomas, pero lo expulsaron del colegio por darle un puntapié a una pelota pese a que se lo habían prohibido. Empezó a trabajar con su padre en la lechería, pero durante la guerra vendieron la granja tras el suicidio del viejo Frankie Smith en un estanque cubierto de verdín, víctima, decían las malas lenguas, de la persecución de su mujer.

Después de licenciarse, George había trabajado por las noches en una fábrica de aviones, en Speke. Luego, acabada la guerra, se encontró sin trabajo. Gran aficionado a las carreras de caballos, le convencieron para que abriera un «garito» clandestino fuera de Mendips, pero George carecía del ingenio y de los tortuosos instintos esenciales en ese negocio. Tras sufrir fuertes pérdidas, que fueron motivo de violentas discusiones con Mimi, cerró la oficina y recaló en un estado de jubilación forzosa, todavía en la cuarentena, de modo que sus ingresos quedaron reducidos a las rentas de algunos cottages que había heredado. Llegados a ese punto, Mimi empezó a alojar estudiantes de medicina con derecho a cama y comida. A partir de entonces, los ingresos de la familia empezaron a disminuir de forma sistemática y John, más adelante, se quejaría de que cuando era un muchacho en pleno crecimiento no comía lo suficiente, frustración que acaso fuera el origen de sus ulteriores problemas con la dieta.

El fracaso del negocio de George le dejó a este mucho tiempo libre, parte del cual empleó en educar al joven John. George enseñó al niño a leer sentándolo en sus rodillas y mostrándole las palabras en el Echo de Liverpool. George también enseñó a John a dibujar y a pintar a la acuarela; así fue como dio inicio su carrera como artista. Ni George ni Mimi eran aficionados a la música, pero esta sonaba durante todo el día en la gran radiogramola que había en la sala y que John escuchaba mediante una extensión con altavoz en su pequeña habitación del tamaño de una cabina que había sobre la puerta de entrada. Le gustaba tumbarse en la cama, con los pies apoyados en la pared y la cabeza en un extraño ángulo, leyendo las exóticas novelas de aventuras de H. Rider Haggard o los volúmenes que enviaba con regularidad el club del libro de Mimi.

Aun cuando estaban educando cuidadosamente a John para que llegara a ser miembro de la clase media, ni Mimi ni George eran socialmente aceptables entre los miembros de esa clase social. La señora de Fran Bushnell, que vivía al otro lado del muro común que dividía la casa, citaba tres motivos para el ostracismo de la familia: 1) los Smith pertenecían a la clase obrera por muy finos que parecieran, 2) Mimi Smith era una persona distante y poco amable que en diez años jamás había invitado una sola vez a la señora Bushnell a Mendips, aunque ambas hablaban con frecuencia a través del muro de separación y 3) el negocio de apuestas de George jamás había merecido la aprobación de sus vecinos. Todas esas observaciones contribuyen en gran manera a explicar el desajuste social de John Lennon durante toda su vida.

Inducido a pensar que pertenecía a la clase media, estaba condenado a descubrir, a través de lo que debió de ser toda una serie de incidentes confusos y embarazosos, la desalentadora realidad de que no era así. El resultado fue una ira de por vida, no solo contra la comunidad que le había rechazado o contra la clase media, sino contra toda la sociedad, incluidas sus formas más bohemias y fuera de la ley. Como observara poco antes de su muerte: «Quieres pertenecer, pero no quieres pertenecer porque no puedes pertenecer».

La única vida social en Mendips era la que proporcionaban las hermanas de Mimi, Anne, Harriet y Mary Elizabeth con su prole. El viejo Pop Stanley había pasado la mayor parte de su vida en el mar, de modo que la autoridad había quedado en manos de su esposa, una bella y plácida mujer satisfecha de ver sus poderes usurpados por su madre, una anciana formidable que no hablaba más que galés y que dirigía la casa con mano férrea. La abuela Mary Elizabeth era la raíz oculta del carácter de John Lennon aun cuando ella muriera ocho años antes de nacer él, porque había dejado impresa su personalidad en los nietos, especialmente en la que llevaba su mismo nombre, la tía Mimi de John, quien a su vez dejó impreso su carácter en su descendencia.

La fuente de la autoridad de la abuela Mary Elizabeth está en relación directa con la extraña naturaleza religiosa de Lennon, ya que la anciana señora se sustentaba en esa absoluta certeza acerca del bien y el mal que confiere la incontestable fe en un credo. Miembro durante toda su vida de la Welsh Chapel, puritano culto metodista, bien conocido por su ardor y severidad, la abuela rigió el hogar de su hija con rigor hebraico. En sabbat no se le permitía a ningún niño perturbar la paz, ni siquiera haciendo botar una pelota o abriendo un periódico. Tan rigurosamente fueron mantenidas a raya las hermanas Stanley, que incluso hasta hoy, setenta años después, Anne no puede por menos que exclamar ante la simple mención del nombre de su abuela: «¡Un santo terror!». Resulta interesante comprobar que Marnie Hair utiliza virtualmente la misma expresión al describir cómo solía intimidar John a Sean y a sus compañeros de juegos: «¡John podía hacer que sintierais la ira de Dios!». En realidad así era, porque a él mismo se la hicieron sentir a edad muy temprana.

Tan acusado era el carácter matriarcal en la familia de John Lennon que, ya mayor, él lo describía como exclusivamente femenino: «Cinco mujeres fueron mi familia… Cinco mujeres fuertes, inteligentes y hermosas. Una de ellas era mi madre». Exactamente la misma impresión transmitía Leila Harvey, doctora en medicina. «Eran cinco hermanas que se consideraban una familia —observaba—. Las hermanas iban turnándose en el papel de madre del hogar. En verano, Elizabeth, la segunda, a quien los niños llamaban mater, recibía a todos los chiquillos en su casa de Edimburgo o en su pequeña granja de las Highlands. En Navidad y Pascua les tocaba el turno a Mimi, en Allerton, o a Harriet, en la cercana Woolton.» Dondequiera que los niños se encontraran estaban siempre bajo el control exclusivo de las mujeres porque, como decía Leila Harvey, «En nuestra familia las mujeres y los niños son importantes; los hombres se encuentran, en cierto modo, en segundo término». John Lennon expresaba la misma idea de forma más contundente: «En nuestra familia los hombres eran invisibles. Yo siempre estuve con las mujeres. Siempre las oía hablar de los hombres y de la vida. Ellas siempre sabían lo que pasaba. Los hombres nunca lo sabían».

La razón por la que los hombres nunca «lo sabían» es que se les aislaba dentro de sus propias familias. «En nuestra familia los hombres jamás opinaban. Tenían que aceptar lo que decidían las mujeres», observaba Leila. Ni que decir tiene que la mayoría de esos hombres eran débiles, pasivos y fracasados, como George Smith, que aceptaba de buen grado el papel secundario que se le asignaba en el hogar; incluso un par de ellos se vieron obligados a dormir separados de sus mujeres. Julia, la hermanastra de John, resumía toda la cuestión con el humor característico de su madre. Al preguntarle si su familia era matriarcal, contestó tajante: «Más bien amazónica. ¡Todas las mujeres se habían cortado la teta izquierda!».

Jano Lennon

Jano Lennon

El signo astrológico de Lennon era Libra, símbolo perfecto de su personalidad dicotómica. En parte introvertido y pasivo y, en parte, jactancioso y agresivo, se caracterizaba a sí mismo como mitad «monje» y mitad «pulga activa». El Lennon monástico era un producto natural de su educación enclaustrada en Mendips, confinado en un régimen estricto y alentado a dar la espalda al mundo exterior, concentrado en actividades intelectuales. Así, desde muy joven aprendió el precio que tenía que pagar por la protección. «¡Vi la soledad!», exclamaba cuando, ya más adelante, recordaba aquellos años. Pronto tuvo visiones aún más extrañas, cuando su existencia, solitaria y yerma emocionalmente, empezó a hacerle sufrir alucinaciones.

Mirándose fijamente a los ojos en el espejo durante una hora seguida descubrió que podía entrar en trance. «Me veía mirando esas imágenes alucinantes de mi cara cambiante, con los ojos enormemente agrandados al tiempo que desaparecía la habitación», le dijo Lennon a Hunter Davies, biógrafo de los Beatles. Esa capacidad para entrar en el espejo abrió al muchacho todo un campo de experiencia visionaria y espectral que, más adelante, trataría de explorar a fondo mediante el consumo de drogas hipnóticas y psicodélicas.

Una de las consecuencias más importantes del genio visionario de Lennon fue hacerle temer que estaba loco. Y, sin embargo, al mismo tiempo, sus alucinaciones le enorgullecían porque era posible que tuvieran su origen en los estigmas del genio. «¿Estoy loco o soy un genio?», ese era el interrogante para John Lennon, antes o después. Una vez hubo leído algo sobre el fascinante Vincent van Gogh, Lennon fue capaz de armonizar esos conflictivos puntos de vista acerca de sí mismo con la idea del «genio loco». Imbuido por esta idea advirtió a Mimi, cuando esta tiró sus versos o dibujos, que algún día lamentaría esos actos vandálicos porque estaba destruyendo el trabajo de un genio.

Como no había vestigio alguno de genio ni de un talento poco usual en los dibujos infantiles o los escritos que sobrevivieron a la limpieza general de Mimi, nos vemos obligados a incorporar al retrato del Lennon muchacho un toque de megalomanía, rasgo que se reveló en un principio de manera muy sutil, como cuando se mostraba sorprendido de que en el autobús no le reconocieran los pasajeros, pero que más tarde, cuando empezó a proclamarse Jesús o a declarar que en su próxima reencarnación se convertiría en el Mesías, llegó a ser embarazosamente evidente. Desde un principio, los dos principales pesares de John Lennon estaban a un tiempo inspirados y mitigados por su grandiosidad, rasgo natural en un muchacho al que se disputaron desde su nacimiento, a semejanza de la Ciudad Santa.

Aun cuando la idea de que él era el centro del universo puso los cimientos para su papel ulterior de superestrella, la base real de su triunfo futuro residía en su peculiar sentido de la palabra. Sea cual fuere el fallo de Mimi Smith como madre sustituta, no se le puede imputar, ciertamente, el haber acallado a John. El futuro héroe de la cultura oral fue siempre un gran hablador y su modo natural de manifestarse tenía una evidente deuda con la forma de expresión característica de su tía. Ese estilo de decir las verdades al lucero del alba, que años después tanto deleitaría a unos como consternaría a otros cada vez que Lennon abría la boca, era el de Mimi, que se limitaba a afirmar que ella «siempre había creído en decir lo que pensaba». En el lenguaje de Lennon se escuchaba con frecuencia el tono característico de Mimi, severo, altanero, de indignación moral, en especial después de haberse separado de los Beatles y de asentarse como sabio. Pero ya incluso en sus brevísimos años del pop, las letras de sus canciones destacaban por su franqueza y seriedad, tan diferentes de los clichés insustanciales de la canción pop típica o de la verborrea de Bob Dylan, su principal rival.

Sin embargo, cuando el joven John se propuso salvar la brecha entre la palabra hablada y la escrita, dio un enorme traspiés. Cabe imaginar la consternación de sus profesores al descubrir que aquel chico inteligente, que hacía alarde de un amor inmenso por la cultura y utilizaba un amplio vocabulario, era incapaz de aprender a deletrear incluso las palabras más sencillas. No solo invertía constantemente las letras sino que mostraba una inconfundible tendencia a transformar una palabra en otra de sonido similar. De esa manera funds se convertía en funs y chicken pox en chicken pots. Solo en un período ya avanzado de su vida llegaría Lennon a descubrir que la causa de esos errores habituales, al igual que su incapacidad durante toda la vida para deletrear, se debía a la dislexia, una dolencia neurológica común. Según la parte del cerebro que tenga afectada, el disléxico tiene dificultad para imaginar los sonidos de las palabras por su representación, o en el caso contrario, como era el de Lennon, para imaginar la palabra por su sonido, e incluso retener su imagen después de haberla consultado en el diccionario. En cualquiera de los dos casos existe la misma tendencia a invertir sonidos y letras; esta extraña dolencia alcanza su grado extremo con la escritura especular.

Aun cuando la dislexia sea habitualmente una molestia, es posible que para John Lennon representara una gran ventaja, ya que hizo amplio uso de esa inversión, no solo como recurso compositivo sino como medio para disfrazar su huella cuando tomaba una frase de la música de otro compositor. En realidad, lo más característico de la mente de Lennon era su tendencia a invertirse a sí mismo. En música jamás fijaba una clave, sino que constantemente doblaba sus frases en uno u otro sentido, de manera que su dirección podía construirse en términos de claves alternas, algo así como un juego de palabras musical. De igual manera, era dado a deslizarse dentro y fuera de la modalidad, que se puede construir como lo opuesto a la tonalidad. También se sentía fascinado por el rebobinado de la cinta, efecto que descubrió accidentalmente una noche en que volvía del estudio e intentó tocar su última canción, el monótono ritmo de «Rain». La cinta estaba sin rebobinar, de manera que lo que se oyó a través de los altavoces no fue «Rain» sino una especie de bostezos y masticaciones fantasmales. Encantado con aquella disparatada sinfonía, John incorporó parte de ella al final de la grabación. A partir de entonces los Beatles se convirtieron en los practicantes de la inversión de cintas más destacados del mundo, perversión que, finalmente, condujo a la manía de «Paul está muerto».

Más acusada todavía que los posibles efectos de la dislexia en la música de Lennon, es la forma en que el mal funcionamiento de su léxico parece haber afectado a su estilo literario. Así como su descubrimiento de «Heartbreak Hotel», de Elvis Presley, le galvanizó a los quince años convirtiéndole en un rockero, el hallazgo mucho antes del «Jabberwocky» de Lewis Carroll en A través del espejo condujo a John por el sendero que finalmente le llevaría a sus escritos humorísticos y sus canciones surrealistas. El truco de pronunciación que más le intrigaba era lo que Carroll llamaba «palabras portmanteaw», palabras formadas pensando simultáneamente en dos términos asociados, por ejemplo chuckle y snort, integrándolas para formar shortle. Compárese esa ilustración aportada por Carroll con la respuesta de John Lennon más celebrada ante la prensa. Reportero: «¿Sois mods o rockers?». Lennon: «Ninguna de las dos cosas. Somos mockers». Finalmente, Lennon llegó a ser tan diestro en ese juego de palabras que era capaz de coger un libro convirtiéndolo en portmanteau, que es como compuso «At the Dennis», de In His Own Write, paráfrasis palabra por palabra de una lección contenida en A Manual of Conversation English-Italian, del profesor Carlo Barone. Desde esa perspectiva, la culminación del desarrollo estético de Lennon es «I Am the Walrus», donde sintetizó sus juegos de palabras musicales con los verbales, logrando de esa manera el mágico conjuro que durante tanto tiempo admirara en «Jabberwocky».

Si bien la dislexia presentaba una ventaja que compensaba con creces sus efectos negativos, no puede decirse lo mismo de la miopía y el astigmatismo, que influían de forma opuesta. Quejas fácilmente subsanadas que jamás debieron dar motivo a un problema más serio que el de unas gafas rotas, esos defectos oculares se convertían en algo desorbitado por la fobia hacia ellos de Lennon, que los magnificaba hasta convertirlos en una trascendental incapacidad que influyó de manera profunda y destructiva en toda su vida futura. Aun cuando no le diagnosticaron defecto alguno en la vista hasta los once años, John alegaba, después de haber sido sometido a un tratamiento básico, que sus ojos empezaron a estar mal a raíz de la ruptura de sus padres: «Lo canalicé todo a través de la vista, así que, literalmente, no podía ver lo que estaba pasando», decía. Psicológicamente tiene sentido; fisiológicamente, no lo tiene en absoluto. Toda la familia Lennon veía mal, lo mismo que tenían narices largas. Lo que para John empeoraba las cosas no eran sus ojos, sino su negativa a llevar gafas, por parecerle que lo desfiguraban y afeminaban. Sin gafas, John Lennon era absolutamente cegato. A semejanza de un juvenil míster Magoo, veía el mundo como un desconcertante manchón borroso, como si mirara a través de un parabrisas empañado. En el cine, por ejemplo, siempre estaba fastidiando a su acompañante para que le contara lo que pasaba en la pantalla. En la calle, a veces tenía que trepar al rótulo para saber dónde se encontraba. En cierta ocasión lanzó su bici contra un coche aparcado, aunque resultó ileso al saltar por encima del vehículo como un volatinero. Sin embargo, a fin de cuentas, lo perjudicial no consistió tanto en el peligro de un accidente como en el daño que el propio Lennon se infligió en su desarrollo mental y emocional a causa de la ceguera…

Como las únicas cosas que John podía ver con toda claridad eran las que tenía delante de su nariz —que levantaba de forma instintiva para tener una imagen más nítida, gesto que le hizo adquirir reputación de engreído—, cayó en la peligrosa costumbre de ignorar cuanto no podía ver. De manera que el muchacho solitario y concentrado en sí mismo se hundía cada vez más en la soledad y el solipsismo. Aun cuando volvía la mirada hacia su interior seguía siendo miope, ya que la visión mental está en concordancia con la ocular, lo que se reveló con toda claridad cuando se empezó a estudiar la manera en que Lennon escribía sus canciones.

Su posición como compositor era la de un hombre que mira a través de un microscopio un minúsculo escenario donde reúne retazos y fragmentos de sonido y lenguaje. Recurriendo casi de manera exclusiva a las partículas más rudimentarias, la salmodia de una o dos notas, el tono monótono, el motivo breve, operaba con un oído tan corto como su vista. Cuando George Martin intentó introducir a Lennon en Dafnis y Cloe, este se quejó de que no podía seguir la partitura porque sus melodías eran «demasiado largas». Por eso resulta en extremo apropiado que el motivo omnipresente en toda la música de Lennon resultara ser el tema de tres notas «Three Blind Mice», germen de canciones tan distintas como «All You Need Is Love», «Instant Karma» y «My Mummy’s Dead». Incluso llegó a utilizar ese motivo en el tintineo de identificación de su contestador telefónico.

En la personalidad de Lennon no era menos conspicua su faceta de «pulga activa» que su introversión. De hecho, esas dos características al parecer tan dispares estaban, en el fondo, estrechamente relacionadas, porque la incomodidad que John Lennon sentía, en principio, en cualquier situación social le impulsaba a intentar controlar el momento convirtiéndose en foco de la atención. Pero semejante estrategia no sirvió más que para distanciarle más, al sentir que se dirigía al mundo a través de una brecha abierta entre el intérprete y el auditorio.

La otra estrategia a la que recurría para tratar con los demás era la de mostrarse camorrista. Como precisamente ese comportamiento era el que había dado pie a su expulsión del parvulario, cuando, en agosto de 1946, Mimi le inscribió en la escuela primaria de Dovedale tomó la decisión de acompañarle diariamente a la ida y al regreso del colegio para que no se metiera en líos. Fue tal el berrinche que le dio a John al enterarse de esto, que su tía se vio obligada a desistir, aunque pese a todo Mimi siguiera en sus trece. «Le dejaba salir de casa y luego le seguía para asegurarme de que no provocaba trifulcas», contaba Mimi. Y hay que reconocer que no andaba desencaminada con su preocupación. En menos que canta un gallo, en el colegio John Lennon adquirió fama de camorrista. «Nos tenía a todos atemorizados —recordaba un antiguo alumno, añadiendo luego—: Las madres no le perdían de vista, como advirtiendo: “Mantente alejado de él”.» Resulta significativo el hecho de que el primer momento en que aparece forjada la personalidad de John Lennon es con ocasión de una pelea que recordaba su amigo más íntimo, Pete Shotton.

Pete, un chiquillo albino de ocho años, un año más joven que Lennon, estaba cruzando cierto día un descampado cuando John salió de su escondite y amenazó a Shotton con sacudirle si volvía a humillarle llamándole Winnie, un apodo que detestaba. Pete aceptó al punto el desafío y ambos chicos se enzarzaron a puñetazo limpio. John, mayor y más fuerte, pronto tiró a Shotton al suelo, donde le hizo prometer lo que quería. Sin embargo, apenas lo hubo soltado, Pete salió corriendo y desde una distancia prudencial empezó a gritar: «¡Winnie! ¡Winnie! ¡Winnie!».

John estaba furioso. Con la cara contraída por la ira, le amenazó con el puño al tiempo que vociferaba: «¡Te lo haré pagar, Shotton!». «Bien, antes tendrás que cogerme. ¿Lo harás, Lennon?», gritó a su vez Pete.

Los dos chicos permanecieron allí en pie, mirándose furiosamente, hasta que Pete se dio cuenta de que la expresión de John empezaba a cambiar. «De forma muy gradual —recordaba Pete—, en su cara apareció una gran sonrisa.» Desde aquel momento se hicieron buenos amigos.

Las estrechas relaciones de John con Pete establecieron la norma de todas sus amistades futuras, porque, como Shotton observó con gran agudeza, «Aunque todavía no he conocido una personalidad tan fuerte e individualista como la de John, él siempre tenía que tener un compañero». Esa era tan solo la exigencia mínima de Lennon para reforzar su frágil ego, pero prefería tener toda una pandilla. Como recordaría años más tarde: «Siempre tuve un grupo de tres, cuatro o cinco chicos a mi alrededor, que desempeñaban diversos papeles en mi vida, como ayudantes a mis órdenes, pues yo era el chico que los dominaba». Esas pandillas fueron muy importantes en el desarrollo personal de Lennon y como prototipos de los Beatles. También pertenecían a la típica cultura juvenil de Liverpool, única por su capacidad de transformar sus pandillas pendencieras en agresivos grupos rockeros. La característica más importante de las pandillas de Lennon era, sencillamente, que prolongaban su propia personalidad. Tenía muy buen cuidado de adoctrinar a sus miembros con sus creencias que, como las de cualquier renegado, se basaban en el rechazo de toda autoridad convencional. «Los padres no son Dios —solía sermonear John a sus jóvenes secuaces—, porque yo no vivo con el mío.»

Durante años John Lennon mantuvo una guerra de guerrillas contra el mundo adulto, lo que le hizo adquirir una pésima reputación en aquel plácido barrio de clase media. Metía petardos en los buzones, merodeaba después de oscurecer llamando a los timbres, rompía las farolas de la calle con bombas caseras, afanaba discos en las tiendas, les bajaba las bragas a las niñas en público e incluso, en cierta terrible ocasión, prendió fuego un día antes a la fogata del Guy Fawkes.

Las bromas de John Lennon derivaban de forma casi invariable en un cruel engaño. Por ejemplo, solía colocarse en medio de la calle, caído en el suelo con la bici al lado como si hubiera sido víctima de un coche que no se hubiese detenido. El primer vehículo que pasaba solía dar un fuerte frenazo y pararse; el conductor, horrorizado ante lo que parecía ser el cuerpo inerte de un colegial, acaso muerto, salía del coche, pero cuando llegaba al lugar donde yacía el muchacho, la víctima había desaparecido.

Otra de sus maldades favoritas requería la utilización del teléfono, instrumento al cual todavía no estaban muy habituados en la provinciana Liverpool. Cabe imaginar cómo se sentiría la víctima de Lennon cuando en plena noche sonaba su teléfono y se oía interpelado por una voz bronca, como la de un gángster en una película norteamericana. La voz solía advertir que la casa de la víctima estaba vigilada y que se encontraba en serias dificultades. ¡Y nada de llamar a la policía!

El blanco favorito de semejante broma pesada era un profesor del instituto llamado Dolson, que durante la guerra había sufrido una crisis nerviosa. En cuanto Lennon se enteró del punto débil de aquel pobre hombre, se lanzó sobre él como un chacal. Solía telefonear a Dolson cuando ya había oscurecido y, hablando con voz sorda y amenazadora, exigía: «¡La caja! ¡Queremos la caja!». Al día siguiente John se dedicaba a estudiar el rostro del profesor para ver si la amenaza había causado el efecto deseado. Dolson, que nunca sabía cuándo volvería a sonar el teléfono con otro mensaje amenazador, pronto empezó a mostrar síntomas de ansiedad. John y su pandilla se refocilaron con su éxito.

Cuando llegó el momento de que John se inscribiera en el instituto, todos los miembros de la familia instaron a Mimi para que enviara al muchacho al mejor colegio de la ciudad, el Liverpool Institute. Pero ella estaba muy preocupada ante la idea porque el instituto se encontraba en pleno corazón de Liverpool 8, el sórdido distrito bohemio. De manera que enviaron a John a un centro de enseñanza situado a tres kilómetros de Mendips, en Calderstones, uno de los más hermosos barrios residenciales de la ciudad.

En septiembre de 1952, un mes antes de que cumpliera los doce años, todavía con pantalón corto y tocado con la gorra de colegial, John Lennon entró por primera vez en el majestuoso vestíbulo circular de la Quarry Bank Grammar School, una institución pública que se asemejaba en gran manera a una escuela privada. Una mansión imponente, imitación Tudor, construida con ladrillo y piedra labrada, revestida con espléndido roble victoriano taraceado, este distinguido instituto británico era la antítesis del marco clásico del rock and roll, el inmenso y moderno instituto norteamericano. En Quarry Bank los muchachos llevaban chaqueta y gorra negra, jerséi gris y pantalón ceñido, camisa blanca y corbata negra con rayas marrones y doradas, adornada con el blasón del colegio, una cabeza de venado coronada por cuatro caracolas marinas y debajo la leyenda Ex hoc metallo Virtutem, «Con este tosco metal forjamos excelencia».

Aun cuando los alumnos vivían en sus hogares, estaban organizados como en un internado, en casas integradas por muchachos de diferentes distritos y gobernadas por maestros internos. Había monitores para imponer la disciplina y el maestro interno, con indumentaria negra, administraba los palmetazos y en su libro de castigos registraba cada una de las infracciones. Desde un punto de vista académico, Quarry Bank era un instituto de primera clase, en especial en humanidades. Al ajustarse estrechamente a esas ciudadelas privilegiadas que eran las antiguas escuelas privadas británicas, resultó en extremo apropiado que, después de haber dado un par de primeros ministros socialistas, la prensa le pusiera el sobrenombre del «Eton del Partido Laborista».

John Lennon fue un escolar reacio a quien su tía tenía que despertar cada mañana. Después de ponerse el detestado uniforme, bajaba a la luminosa sala de estar y devoraba su desayuno. Con los libros colgando del manillar de la bici, pedaleaba por Menlove Avenue, se detenía en el cruce con Vale Road, donde se reunía con Pete Shotton, el único muchacho del barrio que había elegido asistir a Quarry Bank. Se exigía a los alumnos que estuvieran en el instituto a las ocho y media, pero Lennon siempre procuraba llegar antes para tener tiempo de pavonearse delante de los chicos y las chicas que se reunían todos los días ante las grises estatuas cubiertas de musgo de las Four Seasons, que se encuentran a la entrada de Calderstones Park. Allí John solía arengar a su auditorio; causaba un impacto notable por el gran número de palabras y locuciones académicas que soltaba, como «congruentemente».

Meg Dogherty, por entonces Meg Drinkwater, que vivía cerca de Mendips, asistía a Calderstones, el instituto femenino contiguo a Quarry Bank, y era testigo de aquellas sesiones, describía la actitud de John a los trece años como «arrogante, muy arrogante y seguro de sí mismo». También recordaba su crueldad: «Tenía una gran habilidad para descubrir cualquier motivo de vergüenza… como, por ejemplo, un hogar roto, la ausencia de tu padre, una enfermedad de tu madre. Si había algo fuera de lo normal, se molestaba en averiguarlo para luego manipularlo a su antojo. Entonces lograba que los otros se burlaran de ti. Una chica no tenía muchas posibilidades ante aquellas bromas malignas». De la misma manera, Lennon sabía dar con rapidez un nuevo giro a una conversación si el tema le parecía molesto. «En cuanto alguien mencionaba a sus padres o había ido a alguna parte con su familia, por ejemplo, alguien decía: “mis padres me llevaron al cine”, se alzaba una barrera, un gran muro, y enseguida cambiaba completamente de tema. Además, jamás respondía con seriedad a una pregunta. Siempre con risas y bromas.»

La crueldad de John no se limitaba a las palabras. Atacaba de forma instintiva a quien le irritara. Cierto día Meg se dirigía al instituto pedaleando con una bici de carreras Dawes de segunda mano que le habían regalado el día de su cumpleaños. Cuando ya alcanzaba las Four Seasons, John la seguía muy de cerca. Los adolescentes quedaron tan impresionados con la nueva bicicleta de Meg que ignoraron a John. Aquello le enfureció tanto que, inclinándose hacia delante, dio tal empellón a Meg que esta cayó al suelo. También él cayó de su bici a causa del esfuerzo, pero en el momento en que tocaba el pavimento logró emitir una apagada risa. Al contar la historia Meg se levantó la falda para enseñar una cicatriz en la rodilla izquierda.

Las características esenciales de Lennon en la primera etapa de su vida y más adelante fueron una hostilidad extrema y al mismo tiempo una actitud a la defensiva. Ambos rasgos atenazaban a John con tal fuerza que llegaron a doblegarle, dándole una configuración y una manera de andar características. «Solía andar encorvado —recordaba Pete Shotton—, con la cabeza y los ojos bajos, como un conejo asustado que hubiera sido acorralado, pero dispuesto a atacar.» Como la mayoría de los pendencieros, Lennon estaba en el fondo asustado. Intentaba dominar ese miedo mediante la pura agresión, en especial lanzando ataques por sorpresa. Pero si tropezaba con alguien más grande o fuerte que él, según Shotton, recurría a tácticas psicológicas, «minando su moral con improperios o sarcasmos». En caso de fallarle todo, Lennon ponía pies en polvorosa.

En el instituto, el maestro interno, el bien conocido Ernie Taylor, con frecuencia propinaba palmetazos a John y a Pete, pero por mucho que le golpearan, Lennon jamás se corregía; en cambio, adoptaba una actitud de intocable, como si nada importara lo que hiciera o los castigos que recibiese.

La tía Mimi estaba muy preocupada por las quejas que recibía constantemente del instituto, hasta el punto de llegar a sentir escalofríos cada vez que sonaba el teléfono. Hacía ya mucho que había fracasado en sus esfuerzos por educarlo. Por duros que fueran los castigos, era como si le inyectaran una fuerza todavía mayor para cometer nuevas y mayores atrocidades. George Smith, el hombre de la casa, de quien hubiera cabido esperar que corrigiera a John, se pasó la vida atornillado a una butaca de la sala de estar mientras Mimi regía el cotarro. De manera que, enzarzados John y Mimi en combate, y George parapetado detrás del periódico, la situación se volvió crítica en Mendips al cumplir Lennon los trece años.

Los acontecimientos de aquella época problemática quedaron grabados tan profundamente en la mente de John, que jamás los olvidó. Cuando escribió a Mimi en el último año de su vida, sacó de nuevo a colación los viejos motivos de queja contra ella. Es interesante comprobar que lo que más resentimiento le había causado fueron sus intentos de intimidarle. La acusaba de arrojar contra él ceniceros de cristal y de incitar al maestro interno a que le propinase «seis de los más fuertes», porque era «demasiado listo, para su propio bien».

Resulta evidente, por el trato que Mimi infligió a Freddie, que su arma principal contra los hombres era avergonzarlos y humillarlos. Es indudable que recurría a esas mismas prácticas con el joven John, pero sus esfuerzos fueron vanos. De ahí la furia que la impulsaba a recurrir a la violencia. Por su parte, John forcejeaba por imponerse intentando abochornar a Mimi, insistiendo en lo inconsecuente de su comportamiento o recurriendo a todo aquello que pudiera darle ventajas. Tenía muchos motivos auténticos de queja. Mimi lo controlaba, lo manipulaba, lo espiaba y le privaba de todos aquellos placeres de los que los otros niños disfrutaban libremente. Tenía, pues, motivos para rebelarse, en especial en ese momento en que empezaba a sentir su naciente masculinidad. Pero por mucho que ansiara alcanzar el control de su vida, a los trece años todavía tenía necesidad de un hogar y un tutor.

Resulta irónico que encontrara en su madre, Julia, la aliada que necesitaba en su rebeldía contra la matriarcal Mimi.

Extraño refugio

Extraño refugio

El número 1 de Blomfield Road, hogar de la familia Dykins, no era en modo alguno atractivo. Una casa pareada, con aspecto de cajón, la primera de una manzana de casas idénticas. Su aspecto era de abandono. El césped sin cortar, el jardín invadido por la cizaña, los desagües atascados. Sin embargo, una vez en el interior, el visitante encontraba un ambiente cálido y agradable. Un bóxer dorado saltaba hociqueando cariñoso al visitante, una vieja y sólida radiogramola lanzaba las notas de «The Laughing Policeman», un arcaico disco festivo, y dondequiera que el visitante mirara se encontraba con chucherías y curiosidades. Pero lo más sobresaliente de la sala era un mueble bar acolchado que ofrecía una tentadora reserva de las más excelentes bebidas.

Cualquiera que fuese la hora, Julia aparecía vestida de punta en blanco y perfectamente maquillada, con el oscuro pelo rojo brillando como una aureola. Liberada de las labores domésticas por Dykins, que pasaba en casa todo el día y a quien le gustaba ir a la compra, colgar las cortinas limpias e incluso hacer empanadas, Julia podía dedicarse a sus pasatiempos favoritos, por ejemplo, sentarse a la pianola, con la pared del fondo revestida de seda, tocando y cantando canciones de espectáculos musicales, music-halls y películas.

La casa de Julia era un refugio para todos los niños quejumbrosos de la familia Stanley. Leila recordaba haber acudido allí muchas veces después de una riña con su madre: «Me metía en la sala del televisor y Judy se daba cuenta de que no estaba bien, así que se limitaba a darme una pequeña manzana. Después, cuando empezaba a sentirme mejor, me iba a la cocina. Una hora con ella y nos partíamos de risa. ¡Era muy divertida! Siempre lo lograba. Era algo absolutamente espontáneo. Si ibas a casa de Julia te pasabas el tiempo llorando de risa».

Pete Shotton recuerda que cuando le presentaron a la madre de John, ella empezó a contonearse al tiempo que exclamaba: «¡Oh! Tienes unas caderas encantadoramente delgadas». Al alargarle Pete la mano para estrechar la suya, Julia empezó a darle palmadas en las caderas, riendo sin parar. Cuando John le confesó que estaban haciendo novillos, Julia dijo alegremente: «No os preocupéis por el instituto. No os preocupéis por nada. Todo saldrá bien».

John, que siempre tenía un apodo degradante para todo el mundo, llamaba Twitchy al hombre que vivía con su madre, y caricaturizaba el tic nervioso que tenía, consistente en toser y luego llevarse la mano a la cara como para asegurarse de que la nariz seguía en su sitio. Pero en realidad John se llevaba bien con John Dykins, porque opinaba que Twitchy era un blando. Siempre que John y Pete aparecían por allí, Dykins los llevaba hasta una pecera donde guardaba las propinas semanales y les permitía «un buceo de la suerte». También le compró a John la primera camisa de colores y otros artículos de vestir que la tía Mimi no aprobaba o no podía permitirse. Cuando John fue lo bastante mayor para que se le permitiera tomar una cerveza, la amistad entre él y su padrastro se hizo más estrecha.

John Dykins, guapo y de excelente constitución, tenía un ligero aire exótico, debido a su tez morena «española» y al fino bigote al estilo de los actores de cine. (Los Stanley le llamaban Spiv, apodo que integraba al hábil traficante del mercado negro y de manera implícita a un judío.) Se comportaba con las mujeres de manera dominante, que era lo que volvía loca a Julia y no había encontrado en Freddie. Sin embargo, a pesar de sus cualidades viriles, a Dykins su siguiente mujer, Rona, lo consideraba básicamente homosexual. Durante los tres años que estuvieron saliendo y los otros tres de matrimonio, Rona se dio cuenta de que casi todos los amigos de su marido eran maricas.

Trabajador excelente, siempre solicitado como sumiller o camarero por los buenos hoteles y los clubes de juego, Dykins, cuando no trabajaba, estaba siempre borracho, en ocasiones hasta el punto de que cuando regresaba a casa tenía que parar el coche en mitad de la calle para serenarse. (Murió el 1 de junio de 1966 en un accidente de coche.) Derrochador impulsivo, dado a gastar dinero y a hacer que todo el mundo se divirtiera, se mostraba sin embargo negligente cuando estaba fuera de la ciudad, hasta el punto de que Julia tenía que ir a pedir prestado a los vecinos para comprar comida para la familia o carbón para calentar la casa.

Por lo general, Dykins mimaba a Julia y a sus dos bonitas hijas, Julie y Jacqueline, a quienes complacía en todos los caprichos. No obstante, de vez en cuando, se despertaba con violencia en mitad de la noche, atacando físicamente a Julia y arrojándolas a ella y a las dos chiquillas a la calle. Mientras permanecían allí de pie, temblando de frío, Dykins vociferaba: «¡Esta es mi casa!». Entonces Julia y sus hijas se veían obligadas a atravesar Alberton Golf Course, a la luz de una linterna, hasta llegar a Mendips, donde encontraban refugio para pasar la noche. Pero el maltrato de la mujer era algo bastante corriente entre la clase trabajadora de Liverpool y Julia ya no tenía edad para encontrar otro hombre. De manera que seguía con Dykins; quizá encontraba cierto placer perverso en sus manifestaciones de violencia, al igual que disfrutaba frotando con sal una herida producida por un corte.

Tal vez el rasgo más revelador del comportamiento diario de John Dykins fuera el empeño demencial con que buscaba divertirse. Era un calavera, un buscador incansable e inquieto del placer hasta el punto de que, en una sola noche, era capaz de recorrer todos los bares y clubes del barrio. Su hermano Leonard, que era taxista, y la mujer de este, Evelyn, recuerdan que muchas noches les despertaban unos fuertes golpes en la puerta. Al mirar por la ventana descubrían a John abajo, enarbolando una botella. En cuanto le hacían entrar les servía a cada uno de ellos una copa e insistía en que se la echaran al coleto. Luego tenían que vestirse, salir a la calle y detenerse en cada pub para pedir que les sirvieran una copa y apurarla.

La gente que pasaba mucho tiempo con John y Julia, como Leonard Dykins y su esposa, tenía la impresión de que la pareja mantenía una relación romántica. John se mostraba afectuoso y considerado con Julia. Fumador empedernido, con las solapas de satén del esmoquin a menudo con restos de ceniza blanca, cuando estaba con Julia jamás encendía un cigarrillo sin encender otro para ella. Cuando Evelyn preguntaba a su cuñado por qué no se casaba con Julia, él le contestaba: «Hay algo en no estar casados, Ev, que nos acerca más el uno al otro». Comoquiera que fuese, John y Julia se comportaban exactamente como si fueran marido y mujer. Julia llevaba el anillo de boda y siempre se dirigían a ella como la señora Dykins. Julia y Jacqueline jamás supieron que sus padres no estaban casados hasta que los dos murieron. Se suponía que nadie en la familia Stanley sabía la verdad sobre algo tan vergonzoso.

Al parecer John Dykins tuvo una acusada influencia sobre John Lennon, lo que no es sorprendente si se considera el hecho de que John no tenía modelos masculinos, salvo el tío George, que era un hombre débil y pasivo. Cada uno de los rasgos distintivos de Dykins, incluidos el alcoholismo, el maltrato a la mujer, la oculta homosexualidad y los esfuerzos compulsivos por divertirse, aparecerían tiempo después en el comportamiento de Lennon. Resulta significativo que tan pronto como John dio en la diana le comprase a Twitchy un deportivo Riley, grande y blanco, con el asiento trasero descubierto.

Si Julia y Twitchy ofrecieron a John Lennon un escape temporal de aquellas siete sombrías habitaciones de Menlove Avenue, la tía Elizabeth le facilitó una salida todavía más atractiva. Después de la muerte de su primer marido, el capitán Charles M. Parkes, arquitecto naval, Elizabeth volvió a casarse en 1949 con Robert Hugh Sutherland, un dentista de Edimburgo. Todos los veranos hasta cumplir los quince años, enviaban a John primero a casa de su tía en la ciudad, en el 15 de Ormidale Terrace, en Auld Reekie, y luego a la pequeña granja que la familia tenía en Sangobeg, cerca de Durness, en la costa más septentrional de Escocia, una hermosa región desierta que evocaba Islandia y Escandinavia. La granja, un edificio de ladrillo, se calentaba con un hogar inmenso alimentado con turba y se iluminaba con lámparas de parafina.

El joven John salía de exploración con sus primos mayores, Stanley Parkes y Leila Birch, caminando durante kilómetros a través de colinas rocosas o por tierras pantanosas o de esponjosa turba, siempre con una gran montaña alzándose en la lejanía; encontraban ruinas que se remontaban a la Edad de la Piedra y practicaban deportes propios de la vida en medio de la naturaleza. John aprendió a pescar con mosca salmones y a disparar con un rifle a conejos, faisanes y urogallos; escuchaba el fascinante modo de hablar de los highlanders, que le encantaba imitar. Los domingos leía las viñetas cómicas del Sunday Post, un periódico escocés, gracias al cual se aficionó a personajes de cómic como The Broons y Oor Willie. Escocia fue una experiencia que John jamás olvidó. Veinte años después escribiría a su tía que recordaba Escocia con más cariño que Inglaterra.

Escocia constituyó un tónico tal para Lennon, que no es de extrañar que fuera allí donde percibió los primeros indicios de su futura vocación. Un día en que fue a pasear entró en una especie de trance. «Quedé como alucinado —recordaba—. La tierra empezó a descender entre mí y el brezal y podía ver aquella montaña en la lejanía. Y me invadió una especie de sentimiento. Pensé: “¡Esto es algo! ¿Qué es esto? Ya, esto es de lo que siempre están hablando, lo que te impulsa a pintar o a escribir porque es tan arrollador que tienes que decírselo a alguien… y entonces lo traduces a poesía”.»

John estaba de acampada en Escocia cuando murió George Smith, el 5 de junio de 1955, a los cincuenta y dos años. Aquel fatídico día George se había levantado de la cama para ir al cuarto de baño cuando empezó a vomitar sangre. Trasladado con urgencia al hospital Sefton General, murió a causa de una gran hemorragia provocada por una cirrosis. Un par de días después, enviaron a casa a John sin comunicarle la muerte de su tío. Al entrar corriendo en la cocina preguntando por el tío George se encontró «a Mimi llorando sobre las zanahorias y a sus huéspedes, los estudiantes, intentando mostrarse compungidos». Cuando Mimi le dio la noticia, John se encerró en sí mismo. «Me fui arriba —recordaba—, y luego llegó mi prima Leila, que también subió. Los dos sufrimos un ataque de histeria y empezamos a reír como locos. Luego me sentí muy culpable.»

La muerte del tío George hizo que John se sintiera más ligado a su hogar alternativo en Blomfield Road, pero lo que según él daba un carácter indispensable a la casa de su madre eran sus tres obsesiones, todas ellas puro anatema para Mimi: vestir a lo teddy boy, joder a las chicas y dirigir una banda skiffle.

La identificación con los teddy boy era algo natural en un muchacho tan rebelde como Lennon. Los teds, cuyo nombre respondía a su uniforme, el traje de salón eduardiano de larga chaqueta y cuello de terciopelo, imitación de los uniformes de los jóvenes oficiales de la guardia de elevada cuna, eran chicos pertenecientes a la clase trabajadora, que proporcionaron a Inglaterra su primera experiencia de delincuencia juvenil de inspiración norteamericana.

1956 fue el año de los teds. En septiembre, al estrenarse en Gran Bretaña Rock Around the Clock, protagonizada por Bill Haley, los teds aprovecharon la ocasión para celebrar su culto destrozando salas cinematográficas por todo el país. Aquella explosión de vandalismo conmocionó a John Lennon, que sintió una súbita afinidad con las clases más bajas pero que, a diferencia de los teds, no trabajaba en una fábrica para ganar dinero y ataviarse con una chaqueta en forma de botella, pantalones de tubo, cordón por corbata con un medallón representando una calavera y zapatillas con suela de goma o botas. Todo lo que podía hacer un pobre muchacho de la clase media que asistía al «Eton del Partido Laborista» era llevar un tupé lleno de brillantina y unas buenas patillas, así como estrechar sus anchos pantalones con la máquina de coser de su tía, pero para ponerse esos pantalones necesitaba el refugio del despreocupado hogar de su madre.

La iniciación a fondo de John en el sexo, en contraposición con los manoseos en los anfiteatros o en la penumbra de los cines, era algo que requería también la ocultación que facilitaba Blomfield Road. Mimi no solo había descubierto el diario secreto en el que John registraba sus hazañas sexuales, sino que había dado con la clave mediante la cual intentaba disimular esos actos malvados. John comprendió entonces que en su casa no podía mantener nada en secreto.

Años más tarde John diría que una «mujer mayor» le inició en el sexo. Barbara Baker no era mayor que John Lennon, pero sí más experimentada. Barbara recuerda la primera vez que se fijó en John, una tarde de domingo, cuando volvía a casa después de la escuela dominical. Ella y otra jovencita se habían refugiado en una callejuela para protegerse de un chaparrón primaveral. Apenas se habían resguardado cuando John y Pete llegaron por el camino. Cuando John vio la larga cola de caballo de Barbara, gritó: «¡Caramba, ahí está cara de caballo! ¡Cola de caballo y cara de caballo!». Barbara reconoció a John como aquella «pequeña peste» que solía encaramarse a un árbol y tirarle flechas cuando volvía a casa al salir del instituto. Se sorprendió al verle tan elegantemente vestido, con camisa blanca, la corbata del instituto y una chaqueta azul. Una breve conversación acabó en una invitación a salir de paseo unas noches después.

Pronto Barbara y John «llegaron hasta el fin». El informe de John a Pete fue de una franqueza característica: «Bueno, Pete —le anunció—. Por fin lo he hecho. He jodido por primera vez. Me las he visto y deseado para entrar en Barb. Era como intentar meterme en la oreja de un ratón. En realidad creo que fue más bien una masturbación».

Pero Barbara perseguía a John. «Podía haber plantado una tienda, con todo el tiempo que se pasaba delante de casa —dijo en una ocasión Julia Dykins—, vigilándola, y también los jardines, las ventanas y las puertas.» John Lennon era un hipócrita tan perfecto a sus quince años, que llegó a pedirle a su madre que saliera y le dijese a Barbara que se marchara. Al acercarse Julia a la adolescente, esta salió corriendo, perseguida por Julie y Jacqueline, que sentían una gran curiosidad por aquel misterioso asunto. Barbara le pidió a Julie, que entonces tenía nueve años, que le dijera a John que quería verlo sin que su madre se enterase. Al recibir John el mensaje salió de la casa con aires de gran indiferencia, simulando que solo lo hacía para tomar el aire. De lo que no se dio cuenta el bobo del muchacho es de que sus hermanas le seguían de cerca. Le pescaron tumbado en la hierba abrazando apasionadamente a Barbara. John se sintió tan aterrado al ser descubierto que compró el silencio de las niñas con media corona. Aquella misma noche, mientras tomaban el té, Julia compadeció a John por la persecución de que era objeto por parte de aquella terrible chica. John se quedó mirando a Julie y le dio un puntapié por debajo de la mesa para que mantuviera la boca cerrada.

Barbara Baker era una jovencita muy sensual, capaz de poner en pie de guerra a un adolescente. John podía disfrutar con ella sin renunciar a su amistad con Pete, que tenía su propia amiga. Muchas veces las dos parejas copulaban en la misma habitación o, incluso, en la misma cama. Una escena de lo más estrafalario tuvo lugar, según contaba Shotton, cierta tarde, cuando los cuatro se encontraban en casa de la amiga de Pete. En cuanto la madre de la muchacha salió de la sala de estar para preparar el té, John y Barbara empezaron a hacerlo en el sofá mientras la amiga de Pete se quitaba las bragas y se instalaba a horcajadas de este en una silla. Cuando estaban en pleno ardor, los muchachos se sobresaltaron al oír que llamaban a la puerta. «¡Adelante!», gritó John, subiéndose con rapidez la cremallera de los pantalones.

La señora de la casa entró en un revoloteo, gorjeando: «¡El té está listo!».

Pete estaba horrorizado, pero, sea como fuere, logró evitar que se diese cuenta. Sin embargo, John no podía dejar pasar aquella ocasión para mortificar a su amigo. Poniéndose en pie para ayudar a la anfitriona, echó al pobre Pete de su asiento, donde había intentado desesperadamente reducir su protuberante miembro. «¡Vamos, Pete! —exclamó John—. ¿Se puede saber qué te pasa?»

Durante el último año de John en el instituto y el primero en la escuela de arte, tuvo un intenso amorío con Barbara. Finalmente Barbara conoció a Julia, quien recibió a la joven con actitud cordial. Mimi era harina de otro costal. «Iba tan bien vestida y hablaba tan bien —recordaba Barbara—, que tuve la impresión de que más valía cuidar mi lenguaje.» Mimi causaba en todo el mundo una sensación de arrogancia. «Siempre tenía que adoptar esa actitud —decía Barbara. Y añadía—: No creo que fuese muy popular.» Por su parte, Barbara le pareció a Mimi «muy atrevida». La propia

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