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Santander, 2017
Julieta llegó temprano. Santander seguía manteniendo el mismo olor a salitre que ella recordaba a pesar de los años que hacía desde la última vez que estuvo en la ciudad.
«¡Por fin!», se dijo al bajar del tren. Atrás quedaba su otra vida, esa que le había agradado y también, a ratos, desilusionado. Esa que había intentado disfrutar sin éxito, en la que quiso enamorarse y no consiguió encontrar de quién. Atrás dejaba sus amigos de siempre, su trabajo cansino y monótono, la lluvia de París y las turbias aguas del Sena. Todo quedaba ya lejano. Acababa de cerrar una puerta y abría despacio, sin demasiadas ganas, una nueva que daba al mar. Empezar de cero de la mano de su tía abuela Inés era algo que no le ofrecía muchas garantías. Intentaría disfrutar de ella todo el tiempo que pudiese, cuidarla y mimarla con cariño y ganas. Aunque primero tendría que conocerla. Sus recuerdos de niña no eran tantos como para hacerse una idea de cuál era el carácter de la mujer con la que iba a vivir.
Estaba nerviosa, no veía el momento de reencontrarse con ella; esa mujer que en su recuerdo le parecía alegre pero al mismo tiempo distante. Siempre pensó que guardaba un gran secreto, uno de esos inconfesables que se esconden tras una sonrisa, tras una mueca que sirve de coraza y refugio para una felicidad fingida que intenta esconder la verdad más dura.
Pero eso seguramente eran imaginaciones suyas, como siempre le decía su madre, ya que no tenía la más mínima sospecha de que su tita Inés, como ella la llamaba, sufriera o no por algo; había tenido una vida intensa, y ahora que iban a pasar muchas horas juntas, intentaría conocer su historia. El recuerdo que guardaba de ella era el de una mujer alta, rubia, con esos ojos verdes como la hierba en julio y derrochando una elegancia innata. Aunque solo fuera por su maravilloso aspecto, le costaba entender que no hubiera tenido una gran historia de amor, o desamor, tal vez de odio, o incluso de envidia; una vida tan larga no podía estar llena de días sin vivencias, todo lo contrario. Sabía que Inés era inteligente, educada y que tenía don de gentes. Las fotos que había visto de cuando su abuela y ella eran jovencitas constataban su belleza. Una larga melena sujeta con un moño bajo y un estilo impecable, elegante y dulce; aunque tuviese el mandil puesto, parecía una actriz de aquella época. Por eso Julieta siempre quiso saber de su tita, y el momento sin duda había llegado.
Tirando de una gran maleta, recorrió las calles. Caminaba lentamente mientras admiraba la ciudad; quería respirar tranquila el ambiente sereno, apacible y amable que le regalaba Santander. Acostumbrada a una enorme urbe como era París, todo le parecía pequeño, pero había algo que llenaba la atmósfera, algo de lo que carecía la capital francesa: el mar.
Se acercó a la calle Calderón de la Barca. Al llegar a uno de los bares, arrimó la valija a la pared y se sentó en la terraza. El Machi se llamaba. No lo recordaba así, la zona estaba cambiada: la plaza era nueva, los bares y las tiendas, distintos, pero el monumento al Machichaco seguía siendo el mismo, aunque juraría que también había cambiado de lugar. Lo que no había cambiado era la impresionante y bella bahía. El edificio del Centro Botín llamó su atención, rompiendo el paisaje que tenía guardado en su retina. Sin embargo, le pareció majestuoso, posado sobre las azules y bravas aguas del Cantábrico; los rayos de sol infundían un efecto brillante reflejado en el mar que creaba miles de pequeños soles. La ciudad seguía siendo radiante y limpia. Bella.
Un camarero se acercó y le preguntó qué quería tomar. Pidió un mediano, le hacía ilusión pedir así el café; solamente en esa ciudad sabían lo que era y recordó que siempre que hablaba con su tía por teléfono y esta le relataba lo que había hecho durante la tarde, decía: «Fui a tomar un mediano con mis amigas al Suizo». No pudo evitar esbozar una sonrisa.
Rebuscó en su bolso y encontró el teléfono móvil. Quería decirle a su tita que ya había llegado y que en breve estarían juntas para siempre.
Después de repetir la llamada hasta en tres ocasiones, desistió. Posiblemente la anciana había ido a hacer algún recado, aunque, en cierto modo, le preocupó que no contestara. Cuando días atrás habló con ella, la encontró triste, diferente a otras ocasiones. «Debería haberla llamado ayer», pensó mientras saboreaba lentamente el café.
Con la vista puesta en el paisaje que le regalaba el momento, Julieta recordó todo lo que le había pasado en un espacio de tiempo muy corto, y que la había llevado a trasladarse a Santander.
Nació en París, y allí fue donde su abuela —a su abuelo no lo conoció— podría decirse que la crio. No pudo disfrutar mucho tiempo de sus padres: cuando tenía doce años, su padre murió a raíz de un accidente, y ocho años más tarde lo siguió su madre, tras una dolorosa enfermedad.
En aquella bella y luminosa ciudad había vivido lo bueno y lo malo que la vida le había dado. Estudió, se enamoró por primera, por segunda vez, y ni se acordaba de cuántas más, lo superó todo con ayuda de su abuela y supo seguir adelante. Hizo grandes amigos que aún conservaba, algunos de ellos lo serían para siempre. Encontró el trabajo de sus sueños, para el que había estudiado muy duro, tanto durante la carrera como en la oposición. Sin embargo, bastaron apenas unos minutos para que, después de veinte años, la despidieran. La acusaron de robar o de no haber mantenido a resguardo uno de los documentos que iban a formar parte de la exposición que al año siguiente la Biblioteca Nacional de Francia iba a poner en marcha. Un texto manuscrito de María Antonieta en el cual, ante su inminente ejecución, escribió: «¡Dios mío, apiádate de mí!». Lo titularon Libro de horas, y en él la monarca escribió con inmensa pena sus últimos pensamientos.
Qué injusto había sido su despido, pero claro, había que considerar que Julieta tuvo la brillante idea de empezar un idilio con Roland, el esposo de la directora de la BNF, y eso no se podía consentir. La mujer amenazó a su marido con un escándalo, y ante la disyuntiva, él se amilanó y, en lugar de defenderla, prefirió quedarse junto a su mujer y consiguió que despidieran a Julieta. Ella se defendió todo lo que pudo, pero no sirvió de nada. Por supuesto, discutió largo y tendido con su amante, y aunque él le prometió que abandonaría a su esposa, Julieta decidió romper con aquella relación clandestina que mantenía desde hacía cuatro años: si no se había separado durante ese tiempo, desde luego no lo iba a hacer ahora. Ya no era una niña para que le tomaran el pelo. Estaba cansada y, en cierto modo, también le apetecía cambiar de aires, así que decidió no luchar más.
Levantó la mano reclamando la presencia del camarero y abonó la nota. Asió su gran maleta y se dirigió sin prisa hasta su nueva casa.
Caminó lentamente admirando el paisaje. Cuando pasó junto al Centro Botín no pudo evitar sacar el móvil y hacer alguna foto al majestuoso edificio que estaba a punto de ser inaugurado. Miró hacia los Jardines de Pereda y observó lo poco que tenían que ver con los que ella recordaba. Muchas tardes, Inés y su abuela la traían a jugar allí. Sobre el pequeño puente que cruzaba el coqueto estanque, las tres lanzaban migas de pan a los patos. Ahora apenas había árboles, o al menos aquellos que ella recordaba; ni tan siquiera las flores que adornaban cada uno de los caminos. El cemento era lo que más resaltaba, quizá porque la obra no había terminado. Tendría oportunidad de verlo acabado dentro de unos meses. Seguro que volvería a estar igual de bonito que entonces.
Se dio cuenta de que la gente la miraba y no sabía muy bien por qué, pero enseguida fue consciente del motivo. Aquella era una ciudad pequeña donde no era muy habitual ver a una mujer caminar sola con una gran maleta por los Jardines de Pereda y, lógicamente, llamaba la atención de los viandantes. La situación le sacó una sonrisa. Ella venía de París, donde ver turistas cargando con sus maletas por toda la ciudad era de lo más normal.
Al doblar la esquina de la calle donde se hallaba la vivienda de Inés, se encontró a doña Carmina, una amiga y vecina de su tita de toda la vida. Acompañada de otras mujeres, hablaba y gesticulaba señalando la casa de Inés. Al ver a Julieta, fue a su encuentro corriendo, y esta se echó hacia atrás; esa mujer era como un terremoto, hablaba rápido y alto y tenía la mala costumbre de dar pequeños golpes en los brazos de las personas con las que conversaba, algo que a Julieta le ponía de los nervios.
—¡Niñuca, qué guapa estás! ¡Qué ganas de verte, hijuca! ¡Menos mal que has venido! Me dijo la Inés que llegarías un día de estos y que te ibas a quedar a vivir con ella. ¡Menos mal! La pobre mujeruca está muy sola, es tan mayor, aunque aún va tiesa a menudo. No veas cómo sale por las mañanas, sigue siendo la misma señorona que era, pero... ¡Ay, guapina! ¡Estoy muy preocupada! Hace dos días que no la veo. He llamado al timbre y no me abre. La he llamado por teléfono y no me coge. Ya no sabía qué hacer. Hace un ratuco que acabo de llamar a la policía. Tengo miedo de que le haya pasado algo.
La voz de grillo de doña Carmina, el tono y la rapidez de sus palabras aturdieron por un momento a Julieta.
—Pero ¿qué me está diciendo? ¿Le ha pasado algo a mi tita?
—No lo sé, hijuca, ya no sabía qué hacer, y como no me contestaba he avisado a la policía, para que abran la puerta.
Julieta soltó su equipaje y corrió hacia el portal.
Subió tan deprisa las escaleras que casi se quedó sin aire. No estaba acostumbrada a correr y, además, los nervios se iban apoderando de ella según se acercaba a su destino. Revolvió en su bolso hasta encontrar las llaves. Su tita se las había entregado hacía años, pero esa iba a ser la primera vez que las utilizara. Nunca le gustó abrir la puerta sabiendo que ella estaba dentro, prefería llamar al timbre y esperar el sonido de la voz melodiosa y dulce de la anciana preguntando «¿Quién es?». Recordó en aquel momento que ya siendo mayor, durante uno de aquellos veranos en que la visitó, su tía se las entregó; tanta fue su insistencia, que no le quedó otra que aceptarlas. «Por si me pasa algo, mujer. Tú cógelas», le había dicho.
En cuanto abrió la puerta, los pies se le quedaron pegados al suelo. No se atrevía a caminar. En ese momento supo que algo malo estaba pasando allí. Un olor desagradable se respiraba por todo el piso. Caminó con cautela por las diferentes estancias de aquella enorme casa mientras llamaba a su tía insistentemente. Por momentos el miedo se apoderó de ella, la situación se estaba volviendo dolorosa. Segundo a segundo, sus peores presagios iban siendo más profundos.
Frente a ella, al fondo del pasillo, vio una puerta cerrada; era la habitación de Inés. Temerosa, dio unos pasos más, agarró con fuerza la manecilla y abrió con prudencia.
El espectáculo resultó desolador. La estancia despedía un olor incómodo. Un montón de vasos se acumulaban sobre las dos mesitas junto a la cama, pastillas de todo tipo encima de la cómoda, sobres de azúcar vacíos por el suelo, ropa desperdigada por todos lados, y sobre la cama, adornada con un cabecero de barrotes plateados, un anciano al que no conocía. A su lado, rodeada por los brazos de aquel extraño, estaba su tita Inés.
Apenas había empezado a acercarse para comprobar si la mujer respiraba cuando oyó el murmullo de las personas que entraban. El personal del 061 ya había llegado y, apartándola hacia un lado, examinaron a la anciana, que aún respiraba. En un abrir y cerrar de ojos, salieron con ella a toda prisa escaleras abajo.
Después de dos largas horas de espera, la auxiliar de urgencias pronunció el nombre de su tía abuela. La mujer la acompañó hasta el box donde estaba la anciana y le recomendó que no la atosigara mucho ya que estaba muy débil. Al llegar a su lado, Julieta apretó la arrugada y suave mano de su querida tita y la besó en la frente. La anciana, que estaba conectada a un sinfín de aparatos, parecía dormida, pero al notar su presencia, abrió los ojos. La mirada de Inés se clavó en los ojos de su sobrina.
—Se acabó —susurró casi sin aliento.
—No diga eso, tita. Ya verá que pronto nos iremos a casa a tomar un chocolate de esos que tanto le gustan.
—No, hija, eso no va a poder ser. Ya no me queda mucho tiempo.
La anciana cerró de nuevo los ojos. Julieta se la quedó mirando y dejó que descansara. La recordaba como una mujer alta y hermosa, de porte erguido, pero ahora eso solo era un espejismo. Inés tenía el pelo completamente blanco, las arrugas llenaban todo su rostro, parecía mucho más bajita que antaño, sus grandes manos ahora ya no lo eran tanto y se las veía débiles y extremadamente blancas.
Inés abrió de nuevo los ojos y fijó la mirada en Julieta. Tosió levemente y le hizo a su sobrina un gesto señalando el vaso de agua que había en la mesita. Julieta se lo acercó a la boca y la ayudó a tomar unos sorbos.
Sabía que no era el momento más apropiado, pero la curiosidad era demasiado poderosa y no pudo evitar preguntar:
—Dígame, tita..., ¿quién era ese hombre que estaba en su cama? ¿Qué hacía con usted en casa? ¿Le hizo daño? Dígame... porque no entiendo nada.
Inés la hizo callar con un gesto y, tirando de su mano, la invitó a acercarse un poco más. Apenas sin voz, le dijo:
—Muchas veces, cuando nos ponemos a pensar en nuestra vida, miramos aquí dentro intentando sacar todo aquello que duerme, que vive escondido en el rincón más remoto de nuestras entrañas. Queremos apresar lo que nos hizo felices, pero también lo que nos hizo daño; recordar lo bueno, lo malo, lo doloroso, lo temido, lo ganado y lo perdido, la crueldad que infligimos y la que padecimos. Y, una vez rescatadas todas esas cosas, nos autoevaluamos. En esos momentos, reflexionando, nos damos cuenta de todas esas cosas que hicimos, bien, mal o regular. —Le costaba hablar, pero inspiró profundamente y continuó—: Tomamos decisiones en algunos momentos de nuestra vida que pueden ser apropiadas, exageradas, escasas, pobres, lentas, buenas o malas, pero en cuanto ya está decidido, no hay vuelta atrás. Por eso debemos afrontarlas con valentía.
»Pero ahora, si tienes tiempo, nena, escucha lo que voy a contarte, quizá así entiendas muchas cosas. Mi historia no ha sido como podría parecer. Ha estado llena de espinas y de turbios momentos. Hace muchos años tomé una decisión que sin lugar a dudas cambió el rumbo de mi vida. Tal vez fuera impropia, indecente, vulgar, inadecuada, ruin, pero creo que no solo fui yo la culpable. Las circunstancias que me rodeaban, el entorno, las ganas de ver y conocer sitios nuevos y, sobre todo, el ansia por salir de mi casa, me llevaron a hacer lo que hice. Puede que pienses que no fue para tanto, pero influyeron demasiado en mí algunos acontecimientos que me tocó vivir. Hay mucho que contar.
»Y sobre ese hombre te contaré todo lo que quieras saber a su debido tiempo. Pero, para empezar, te diré que vivía conmigo desde hacía unos meses.
—¿Y cómo no me dijo nada, tita? Quizá todo hubiera sido más fácil para usted.
—Nunca supiste de él porque yo no quise. No quería compartir esa parte de mi vida. Me llegó muy tarde, sí, demasiado tarde, pero ha sido tan fuerte el cariño, tan intensos los días, tan grande la ilusión, que no quería... no quería compartir con nadie mi alegría, no me apetecía tener que escuchar reproches, tener que ver malas caras, aguantar tonterías. Es mi vida, y está en su recta final. Siempre he actuado de cara con los demás, procurando no incomodar a nadie, fingiendo y disimulando mis sentimientos. Y ¿sabes, nena?, me cansé de ser así, y decidí hacer lo que me diera la gana, aunque solo fuera por una vez, para notar en mi cuerpo lo que se siente cuando alguien es libre de espíritu y hace lo que realmente quiere hacer.
—Pero... ¡¿cómo puede pensar que yo...?! Jamás se me ocurriría poner un solo pero a cualquier cosa que haga, tita. A mí no me gusta que me controlen, ni que me digan qué debo hacer; por tanto, no me gusta decirle a nadie cómo debe obrar en su vida. Pero sí me gustaría saber quién es ese hombre, sin críticas ni reproches.
—Escucha, Julieta, escucha. Una tarde coincidimos en el parque. Su cara me resultó conocida y, cuando comenzamos a hablar, el sonido de su voz me llenó de recuerdos. Era él. Tengo que reconocer que así me lo pareció desde el primer momento, aunque tenía mis dudas; me resultaba imposible, pues tenía entendido desde hacía muchos años que había muerto. Sin embargo, ahí estaba. Él también me reconoció, posiblemente antes que yo a él, pero... no se atrevió a decirme nada hasta que yo tomé la iniciativa. Conocí a este hombre hace muchísimos años y podríamos decir que fue un buen amigo... Aunque, en realidad, fue mucho más que eso. Me contó que estuvo viviendo en otro país, algo que yo sabía, pero un cúmulo de circunstancias le hicieron volver a su tierra decenas de años después de su partida. Yo sé muchas cosas de su vida; tantas, que te sorprenderías. Para mí, como te digo, no era ningún desconocido, todo lo contrario; tenía tantas y tantas cosas de que hablar con él... —Su respiración era lenta, paró y tomó aliento para continuar—. Vivía conmigo desde hacía unos meses, como ya te he dicho, y los motivos..., niña, los motivos son tan sencillos como las ganas que sentía de tener a mi lado a una persona que me abrazara, que me besara de repente cuando menos lo esperaba, que me mirara de reojo cuando estaba leyendo, o cosiendo o simplemente inmersa en mis pensamientos. Como ves, los motivos son la necesidad de cariño, que me dijera lo guapa que estaba aunque llevara el delantal puesto, esos detalles pequeños, casi insignificantes que solo notan los que están enamorados. Eso que nunca he tenido, de lo que no he podido disfrutar a lo largo de mi vida. Eso que llaman amor.
»Cuando nos reencontramos fue como volver a mi juventud. Al principio tomábamos café en el bar de Fidel, allí pasábamos las horas hablando de nuestras vidas y recordando historias. Y, entonces, un día decidimos quitarnos las caretas, poner sobre la mesa las cartas y tomar una decisión, la de vivir juntos. Era el momento de aprovechar el poco tiempo que nos quedaba, por eso le pedí que se viniera a mi casa. No reparé en nada ni en nadie, lo único que me importaba era yo misma, algo que jamás había hecho en toda mi vida. Por un momento pensé tan solo en mí, en lo que había dejado atrás por no ser egoísta. No estaba dispuesta a dejar pasar esta oportunidad. Deseaba ver el sol cada mañana, aunque estuviera lloviendo; había llegado el momento de ver el azul del cielo cada día, de olvidarme de mi vida gris y triste, y eso solo lo conseguiría si estaba a su lado, aunque fuera poco tiempo. Nada me importaba, necesitaba sentir esa sensación de ser amada.
»Debo reconocer que me costó un poco convencerle —prosiguió Inés—. Él temía que aquello me pudiera ocasionar problemas, pero al final lo conseguí y me lo llevé a casa. Quizá parezca que lo hice por pena, pero no, lo hice por egoísmo de revivir el pasado, y eso me llevó a despertar este corazón mío que estaba dormido a los sentimientos. Me enamoré como una quinceañera, hasta tal punto que buscaba incesante el roce de su cuerpo, el calor de sus besos, la escasa fuerza de sus manos al apretar las mías y la dulzura de sus caricias. —Después de unos segundos en silencio, añadió—: Te estaré resultando patética y ridícula, ¿verdad? Ya no me importa en absoluto lo que nadie pueda pensar, porque para conseguir este logro ha sido indispensable transitar por un camino lleno de sacrificios que solamente yo conozco y he padecido.
Julieta miró a su tía con cariño y le apretó la mano. Con palabras llenas de ternura, la muchacha le hizo ver que no era así, que ella la entendía, que comprendía perfectamente lo que le estaba contando, y la instó a que prosiguiera.
—Ha sido todo maravilloso —dijo Inés—, como un cuento donde el príncipe consigue a su princesa, donde todo son sonrisas y el llanto no es de tristeza sino de alegría, donde reposar la cabeza en el hombro de la persona amada es más dulce y agradable que subir a las nubes y caminar descalza sobre ellas. He sentido la pasión de los momentos, la ilusión del amor, la ternura desmedida de las miradas, me he estremecido entre sus brazos, me he dejado llevar olvidando la edad, las arrugas, incluso dejé de percibir el peso de los años en mi cuerpo, me he sentido deseada como nunca, he disfrutado de mi cuerpo como si fuese el de una chiquilla. He amado como no sabía que se podía hacer. Pero... todo ha terminado. En cuatro días él enfermó y mi cuerpo volvió a hacer gala de los años que le correspondían. Volví a sentirme sola, vieja y torpe, y decidí que lo mejor era dejarme llevar. Quiero seguir su camino, tal vez le encuentre al otro lado, tal vez me espere en las puertas del paraíso, o quizá en las del infierno para coger mi mano y seguir disfrutando como locos de todo lo que ese otro mundo nos pueda ofrecer.
Los ojos de Julieta estaban llenos de lágrimas, la descripción de su tía abuela la sobrecogió. Ella no podía decir que conociera aquellas sensaciones que Inés describía con tanta pasión.
—Creo que ha llegado el momento de que alguien sepa la verdad de mi vida —dijo Inés—. Bueno, de mi vida y de la de algunas personas que han compartido este mundo conmigo. Me gustaría contarte tantas cosas, explicarte cuáles fueron mis motivos, cómo he sufrido, cuánto he luchado, pero, sobre todo, lo pesado y doloroso que ha sido para mí caminar por esta injusta vida. Además, se lo debo a tu abuela Gema y a tu abuelo Ignacio, mi querido hermano. Les prometí que, si estaba en mi mano, no me iría de este mundo sin hablar antes contigo de nuestra historia. Pero ahora voy a pedirte un favor.
—Lo que quiera, tía, dígame.
—Quiero que te ocupes de su entierro, es importante para mí. No deseo que le entierren de cualquier manera. En mi habitación, en el cajón de la mesita de noche, están los papeles del banco. Cógelos y haz los trámites que sean necesarios. Hay dinero suficiente en esa cuenta. Y, por favor, ya que yo no puedo, no le dejes solo. Acompaña su cuerpo en el funeral y no permitas que mientras le metan en el nicho esté solo. Hazlo por mí, te lo ruego.
—Pero ¿de qué entierro me habla? —replicó Julieta—. Él no ha muerto, está en coma pero aún sigue con vida.
—¡Gracias, Dios mío! Entonces ¿está vivo? ¿No me mientes, nena?
—¡No! Se lo juro, está vivo.
—En ese caso, gestiona con el de arriba un par de meses más. —Inés le guiñó un ojo a su sobrina nieta y esbozó una débil sonrisa.
—Eso está hecho. Pero en lugar de dos meses, voy a pedir por lo menos quince años más. ¿Qué le parece, tía?
Ambas sonrieron ante la ocurrencia de Julieta.
—¡Válgame Dios! No pides tú nada, ¡que tengo noventa años! —exclamó Inés—. Gracias, hija. No sabes qué alegría siento por tenerte a mi lado en este momento. En mi último momento. Necesito fuerzas para poder hablar, para expresarme con claridad, para contarte tantas cosas.
—Cuente, tita, estoy deseando saber. Creo que dejaría de ser yo si no consiguiese enterarme de todas esas cosas.
La anciana cerró los ojos e inspiró. Julieta agarró su mano con fuerza, se acercó a ella y la besó en la frente.
—¿Quiere descansar un poquito?
—No, hija, tengo que hablar ahora. Si me dejo llevar por esta pesadez que tengo adherida al corazón, posiblemente mi reposo sea eterno.
Una enfermera se asomó al box y en tono cariñoso dijo:
—No creo que la señora Inés esté en condiciones de mantener ninguna conversación. Será mejor que se vaya. Mañana, si continúa estable, la subiremos a planta y ya tendrá tiempo de estar con ella en la habitación. Ahora, debe descansar. ¡Ah!, y déjenos su teléfono por si hay que llamarla.
Tía y sobrina se miraron y la anciana, gesticulando con las manos, indicó a Julieta que era mejor que se fuera.
—Prometo volver mañana a primera hora, tita. Estas no me van a llamar porque no te va a pasar nada. Estate tranquila y descansa.
2
Julieta salió de urgencias con los ojos llenos de lágrimas, las noticias que el doctor le había dado al salir del box eran mucho más alarmantes de lo que ella creía. Su tía abuela padecía un montón de afecciones que se habían agravado por la desnutrición debida a los días que llevaba sin apenas comer ni beber por estar al lado de su amado. Caminó absorta en sus pensamientos, preocupada por las dolencias de la anciana.
Inés había regentado durante muchos años una pensión céntrica en la ciudad. Julieta nunca supo cómo llegó a desempeñar ese trabajo, ni cómo pudo hacerse con aquel hermoso piso donde, como podía, alojaba durante días a personas que en la mayoría de las ocasiones no abonaban su estancia. Pero a la mujer no le importaba. «Son buenas personas, no las voy a dejar en la calle», recordaba Julieta que era la respuesta que siempre les daba a su abuela y a su madre cuando estas le decían algo al respecto. Y al tiempo les recordaba que era una buena manera de estar ocupada y acompañada.
Por el camino pensó que no sería mala idea volver a poner la pensión en funcionamiento, aunque por lo poco que había visto, la casa no estaba precisamente en unas condiciones muy aceptables para hacerlo de inmediato. Antes tendría que cambiar y actualizar un poco las estancias, darles un buen lavado de cara, y, por supuesto, informarse de cómo funcionaban ese tipo de negocios. Pero bueno, para eso ya tendría tiempo. Ahora lo único que le apetecía era descansar; entre el viaje y el recibimiento que había tenido, lo único que estaba deseando era meterse en la cama. Mañana sería otro día, el primero de su nueva vida. Una vida que estaba dispuesta a vivir, junto a su tía, durante el tiempo que el destino les tuviera asignado.
Estaba abriendo la puerta del portal cuando escuchó tras ella una voz que le resultó familiar:
—Pero ¿qué hace por aquí una señorita de París?
—¡Antonio! Dios mío, ¡qué alegría! ¿Qué haces tú en Santander? ¿No te fuiste a Barcelona hace años?
El hombre se encogió de hombros en señal de respuesta.
—Hace un año y medio que regresé. Me separé, perdí el trabajo, no tengo hijos... ¿Qué se me había perdido a mí en Barcelona en esa situación? Además, ya sabes que necesito olor a salitre, que me dé el nordeste en la cara y... comer rabas los domingos, los sábados y cuando cuadre, vamos.
Ambos se abrazaron y durante un instante la cercanía de sus cuerpos los hizo respirar el mismo aire. Ninguno de los dos insistió en separarse y continuaron hablando abrazados. Solo la aparición de un vecino que salía del edificio hizo que sus cuerpos se separaran.
—Oye, ¿por qué no vamos a tomar algo y recordamos viejos tiempos? ¿Qué te parece? Así nos ponemos al día.
—Pues, ¿sabes una cosa?, acabo de llegar, tengo a mi tía hospitalizada y estoy agotada.
—Lo entiendo. En ese caso, lo dejamos para otro momento.
—No te importa, ¿verdad? Quiero deshacer las maletas y preparar ropa para llevar al hospital. Pero... tenemos que vernos y, a poder ser, enseguida. Te doy mi número y cuando quieras hablamos. ¿De acuerdo?
—Claro que sí, franchute, puedes tener por seguro que te llamaré. Dame un besuco, guapa.
—Llámame, ¿eh?
—Seguro.
Julieta se quedó mirando cómo su amigo se alejaba; por un momento tuvo ganas de llamarle a gritos y aceptar su invitación, pero no lo hizo. Realmente ese no era el momento.
Al salir del ascensor, notó que la puerta de la casa no estaba cerrada del todo. Quizá con tanto lío, los sanitarios al salir la dejaron entreabierta, o incluso ella misma la dejó así. Con las prisas y ante una situación tan estresante, no se había parado a pensar en si cerraba o no. No obstante, antes de entrar se aseguró de que el piso estaba vacío.
El olor era áspero, duro. A humedad, a cerrado. Se quitó la cazadora, la posó sobre un viejo sofá y se dedicó a abrir todas las ventanas de la casa. Como si no hubiera más tiempo ni más días, buscó bajo el fregadero productos de limpieza, bayetas y cualquier cosa que sirviera para fregar.
Consiguió limpiar al menos las zonas que iba a utilizar, dos habitaciones, el baño y, como pudo, la cocina. Estaba agotada, se dio una ducha, se tomó un café con unas galletas que encontró perdidas en un armario y cayó rendida en la cama.
Eran las ocho de la mañana cuando el tono repetitivo de llamada de su teléfono la despertó. Saltó de la cama asustada, pensando que algo malo le podía haber pasado a su tía. Pero al mirar la pantalla pudo ver que era Simona quien la llamaba, su compañera de piso y mejor amiga, una mujer que supo estar a su lado en los peores momentos cuando perdió a su abuela y con la que decidió vivir hace unos años cuando Simona perdió su trabajo y, a consecuencia de ello, no podía hacer frente sola a los gastos de un piso. Julieta entonces no dudó un segundo en ofrecerle su casa y hasta que la mujer no encontró un nuevo empleo, ella se hizo cargo de los gastos mientras su compañera se ocupaba de las labores propias de la casa.
Lo dejó sonar, no tenía muchas ganas de hablar; además, con ella tenía la suficiente confianza para llamarla en otro momento y explicarle lo que ocurría. Se arregló y salió a la calle, no sin antes volver a abrir todas y cada una de las ventanas del piso.
Al regresar al hospital y comprobar que su tía ya no estaba en el box donde la dejó la noche anterior, la informaron de que la paciente había sido trasladada a la torre D, planta quinta, habitación 515.
Julieta tocó la puerta y asomó la cabeza. Allí estaba Inés, con la mirada perdida en la ventana. Sus ojos estaban tristes, alicaídos, y su cara mostraba signos de cansancio, continuaba con la mascarilla pegada a su boca y el sonido acompasado de la máquina parecía acunar su descanso.
—Hola, tía, ¡qué susto!, pensé que se había ido de juerga.
—Para juergas estoy yo, hija.
—¿Qué tal está? ¿Ha dormido algo?
—Bueno, estoy, y eso me vale —dijo la anciana—. ¿Dormir? Los viejos apenas dormimos. Pasamos las noches recordando nuestra vida y pensando en cuándo nos llegará el momento de decir adiós a este mundo. Nos levantamos veinte veces, damos vueltas en la cama, y ya de madrugada, cuando el sol asoma, cerramos los ojos y conseguimos conciliar el sueño. Es como si esperásemos la luz para sentirnos seguros. Como si tuviéramos claro que la oscuridad es lo que nos puede arrebatar la vida, arrancarnos de esta tierra. Qué tontería, ¿verdad? Pero así es, niña.
»Bueno, sobrina —continuó Inés—, creo que ha llegado el momento de comenzar a narrar mi historia, esa que ayer te comenté. Te mostraré cómo ha sido mi vida, te contaré lo que he padecido y lo que he disfrutado; aunque en ese aspecto el relato será breve. Voy a abrir mi corazón y mi alma, voy a dejarte lo mejor que tengo, la historia de mi vida y parte de la de tu familia.
—Estoy deseando saber. Pero antes, ¿me deja darle un beso?
La anciana sonrió y atrajo hacia sí a Julieta. Luego, con la mano le señaló el sillón que había cerca de la cama y la invitó a sentarse.
—Antes de empezar, quiero darte un consejo: cuando encuentres algo que realmente merezca la pena, no te importe nada ni nadie, agárralo con fuerza y no lo dejes escapar. Solo si te duele, si te causa daño, aléjalo, pero hasta que ese momento llegue, lucha contra todo por conseguir lo que quieres. Aférrate con ganas, híncale tus uñas y no permitas que te lo arrebaten. Y si en algún momento dejaste ir tus ilusiones, tu amor o tus sueños, corre a por ello, recupera el tiempo perdido. La vida es corta, demasiado corta, es dura, desagradecida y opresora, pero depende de nosotros darle la vuelta. No pienses en lo que opinan los demás, ni hagas jamás aquello que les guste, es un gran error. No tenemos que perder la libertad. Nunca vivas la vida que te ofrecen, vive la que tú quieras; acierta o falla, pero siempre por decisiones tuyas. Y así, aunque el resto del mundo crea que has perdido, en realidad habrás ganado porque hiciste lo que realmente querías.
»Es triste, muy triste comprobar que todo esto lo he aprendido en solo seis meses —prosiguió Inés—. Casi noventa años perdidos creyendo que vivía una vida maravillosa. Mentira. Eso era lo que los otros pensaban, pero yo sabía que no se podía ser más desgraciada. Sin embargo, estos seis últimos meses han servido para resarcirme de todo. Por eso, querida sobrina, goza de la vida al máximo sin perjudicar a los que te rodean, pero sin olvidar nunca quién es el primero. Lucha por ti y vive para ti, porque nadie va a agradecer tu esfuerzo ni tus penurias.
Julieta se levantó y se acercó despacio a su tía abuela nonagenaria, tomó su mano y besó su arrugada frente. Luego ocupó de nuevo el gran sillón azul, lo arrimó todo lo que pudo a la cama y, sin soltarle la mano, escuchó lo que tenía que decirle.
—Bueno, nena, esta es mi historia, espero no aburrirte con ella —empezó Inés—. Hace años le hice a tu abuela una promesa y ha llegado el momento de cumplir con ella. Vas a conocer mi vida, porque a pesar de lo que tú crees, solo conoces mi nombre. Descubrirás lo que he pasado, ya que has oído hablar de lo que he hecho. Quiero que sepas de dónde vengo para comprender dónde estoy, y aunque siempre me has visto riendo, te explicaré cuánto he llorado.
Julieta apretó la mano arrugada pero sedosa de su tita y con un gesto gracioso, moviendo sus dedos como si de unos labios se tratasen, le indicó que comenzara a hablar.
3
Escalante, provincia de Santander, 1945
Inés Román se afanaba por terminar las tareas diarias, la casa le llevaba su tiempo y, además, tenía que recoger las gallinas, ayudar a su padre con las vacas y dejar la cena de sus hermanos preparada.
Era día de fiesta en la villa y, como cada 22 de agosto, Escalante entero salía a la calle para llevar en volandas a su Virgen de la Cama. La primera vez fue para rogarle que cesara una terrible epidemia de cólera que asolaba el municipio. De eso hacía más de noventa años, y desde entonces los vecinos, en agradecimiento por los muchos milagros otorgados, procesionaban devotos, acompañados por el fervor y el cariño de los lugareños. Cada año, las autoridades, con su alcalde a la cabeza, se acercaban hasta el convento de Santa Clara y pedían a las hermanas clarisas, custodias de tan bella y dulce talla de rostro sereno y limpio, autorización para procesionar la imagen por sus calles principales. Aquella escultura yacente, obra de un vallisoletano de nombre desconocido, se dirigía a hombros de sus beatos vecinos hasta la cercana ermita de San Roque, donde el santo se incorporaba a tan magna y bella procesión, acompañado del gentío fervoroso que rezaba el rosario mientras recorrían los barrios de la hermosa villa trasmerana, que lucía florida de punta a punta.
Inés no podía ser menos y, al igual que sus vecinos, acompañaba la procesión con gran recogimiento. Era una de sus pequeñas ilusiones. De alguna manera se lo prometió a su madre cuando esta falleció: acompañaría a su querida Virgen todos los años de su vida, haciendo gala de ser una buena cristiana fervorosa y una orgullosa escalantina.
Tras la procesión llegaban los actos lúdicos a los que asistían los mozos y mozas del pueblo con ganas de pasarlo bien, y ya cuando empezaba a oscurecer y se acercaba el momento de la verbena, no veían el momento en que empezara a sonar la música.
Para Inés, aquel iba a ser el primer año que asistiría sola. Por fin había conseguido que su padre la dejara hacerlo sin el abrigo de sus hermanos mayores, aunque realmente eso no era ningún problema para ella. Sin perderla de vista, la dejaban departir con sus amigas, y si algún mozo se acercaba, no eran excesivamente pesados, tan solo se hacían notar dando unas vueltas por alrededor, y luego, sin más, continuaban con lo suyo.
Quedarse huérfana de madre con once años, poco después del final de la guerra, hizo que desde ese momento pasara a llevar todo el peso de la casa, que incluía, claro está, atender a un padre exigente y duro al que nunca le había escuchado una sola palabra de cariño. Los hermanos Román procuraron alejarse de los trabajos del campo lo antes posible. El mayor, Ignacio, consiguió que una tía materna lo acogiera en la carpintería que regentaba su marido y con la excusa de la cantidad de trabajo que tenían, apenas echaba una mano en casa. En cuanto al mediano, Lisardo, quiso estudiar, pero su padre no se lo permitió. Con decir que eso era cosa de ricos y que ellos lo que tenían que hacer era trabajar la tierra y obedecer, tenía suficiente. Cada vez que intentaba sacar el tema, el hombre hacía lo mismo: daba dos voces acompañadas de un par de golpes sobre la mesa y zanjaba la conversación. No obstante, Lisardo volvía a intentarlo cada cierto tiempo, pero era inútil; tan solo conseguía enfurecer más a su padre, hasta el punto de recibir en alguna ocasión algún que otro golpe por lo que el hombre consideraba una insolencia y una falta de respeto. Al final, el chico se colocó en una fábrica de ladrillos, pero durante las horas libres, «el tarugo», apodo con el que era conocido su padre, seguía exigiendo de malos modos su colaboración. El muchacho no ponía objeción alguna y cumplía rigurosamente sus órdenes.
Inés se afanaba en las labores cuando escuchó la voz risueña y cantarina de una de sus amigas:
—¡Inés, Inés!
—¿Qué pasa? ¿A qué vienen esas voces, Gema?
—¿Vas a bajar a la verbena? No veas cómo está la plaza de bonita, y la orquesta ya se está preparando.
—Chisss, ¡calla!, que está el tarugo remontao. Hace un rato que vino de la taberna y debe de tener una tajada de no te menees —dijo casi susurrando—. Voy a terminar la labor, hago una tortilla de patatas pa los hombrones... y me voy.
—Pero ¿qué pasa?, ¿no te deja ir el animal ese o qué?
—Sí. Sí que me deja, al menos eso me dijo ayer. Pero ya te digo, esta cargadito de tinto. Por cierto, ¿sabes si vendrá el mozo ese, el que es conocido de tus hermanos, el de Meruelo?
—No sé. ¿Quieres que se lo pregunte al Hipólito?
—No, tonta, ¿cómo se lo vas a preguntar?
—Te gustó, ¿eh? Ya lo noté yo el otro día. Te pusiste colorá como una manzana cuando se acercó.
—Anda, vete, que tengo que acabar la faena. Luego nos vemos.
Era cierto, los ojos claros de aquel trasmerano dejaron a Inés sin aliento, y se pasó toda la jornada mirando de reojo los movimientos del mozo.
Fue a principios de junio, en la romería de los Remedios en Meruelo. Como cada año, Inés y Gema asistieron a aquella hermosa fiesta. En aquella ocasión fueron por primera vez en bicicleta, el padre de su amiga había conseguido un par de ellas y decidieron que era mejor hacer el trayecto sobre ruedas. Así, además, comprobarían si serían capaces de aprender a manejarlas sin problemas. Estuvieron horas practicando hasta lograr mantener el equilibrio sobre la bici, no sin sufrir alguna caída, por supuesto, pero mereció la pena. Las dos horas y media de caminata hasta Meruelo se vieron sensiblemente reducidas en unos cuarenta y cinco minutos.
Una vez hubieron llegado a las inmediaciones de la villa, dejaron las bicicletas apoyadas contra un cercado, se cambiaron el calzado con el que habían dado a los pedales por los zapatos de los domingos y caminaron hacia el centro del pueblo. Y allí estaba él, conversando animadamente con los hermanos de Gema. Las dos muchachas no se atrevieron a acercarse a los jóvenes, pero en cuanto Hipólito las vio, fue a buscarlas para, sobre todo, tenerlas vigiladas de cerca. Inés quedó prendada de la mirada de aquel muchacho, sus ojos verdes la encandilaron desde el primer instante, y eso que él aún no había reparado en su presencia.
Desde entonces, Inés estaba deseando volver a verle, y con un poco de suerte, hoy iba a ser el día. Se pondría bien guapa, se perfumaría con el agua de colonia que su hermano mediano le había regalado y luciría los pendientes de su madre. De repente sintió unas ganas terribles de acabar la faena, no veía el momento de estar en la plaza con Gema. Tenía que ponerse guapa; consideraba que los ojos claros de su amiga y su pequeño cuerpo, bien formado, siempre le hacían parecer la fea. Gema era una chica más resultona, pero Inés no tenía nada que envidiar, aunque a ella le pareciera que sí porque su amiga siempre tenía más éxito con los chicos que ella, pero solo eran apreciaciones suyas; Gema era más parlanchina, era la que siempre contestaba, la que siempre entablaba conversación antes, pero ambas eran buenas mozas.
En cuanto hubo terminado todo lo que tenía pendiente, subió hasta su habitación. Allí había llevado una palangana grande donde se aseaba a diario. Prefería hacerlo en la intimidad de su cuarto, lejos de las miradas de su padre y sus hermanos. De pequeña no le importaba, pero ahora ya le resultaba incómodo pensar que podían entrar y verla desnuda. Lavó su cuerpo y lo secó debidamente, se enroscó en un paño que solo utilizaba para ella y se dispuso a preparar la ropa que iba a ponerse. Por la mañana había colocado sobre su cama el vestido, lo sacudió con mucho cuidado y volvió a dejarlo sobre el catre. Bajó de encima del armario una caja donde guardaba los zapatos de los domingos, y de otra, que estaba junto a la primera, sacó un bonito pañuelo que pensaba colocarse sobre los hombros cuando refrescara al entrar la noche. Del cajón de la cómoda cogió una pequeña cajita que contenía unos maravillosos zarcillos de oro con unas pequeñas piedras verdes a las que alguien, en algún momento que no recordaba, denominó «esmeraldas». Era la herencia que recibió de su querida madre, de hecho, lo único que tenía de ella. A su cabeza vino su imagen, pero sobre todo rememoró el modo en que la pobre mujer, ya moribunda, se los quitó, casi arrancándoselos de las orejas; su deseo no era otro que los tuviera su hija, y aprovechando un rato en que ambas estaban solas, se los entregó. Inés sabía que había más alhajas de su madre, pero las tenía escondidas su padre, igual que el dinero.
Los gritos del tarugo reclamando su presencia le hicieron acelerar el ritmo. Se puso nerviosa y los pendientes se le cayeron de la mano. En lugar de ponerse el vestido, optó por cubrir su cuerpo con una bata ajada y descolorida de su madre que aún conservaba y apenas utilizaba. Justo cuando salía de la habitación se topó con su padre. Era alto y fornido. Su fuerza era conocida por todos en el pueblo: era capaz de levantar un tronco de grandes dimensiones y trasladarlo el solo. Estaba enfurecido. Sus ojos se clavaron en los de Inés y, sin saber por qué, la muchacha recibió un bofetón que hizo que su cuerpo se tambaleara. Consiguió entrar de nuevo en la habitación y cerrar la puerta, pero su padre le pegó una patada y la abrió sin problema. Inés intentaba esquivarle, pero el espacio era reducido y no encontraba el modo de escapar. Estaba como loco, totalmente fuera de sí. No era la primera vez que le pegaba sin motivo aparente, era habitual que descargara su ira en ella. Pero ese día fue distinto, no estaba en su sano juicio, la expresión de su cara daba miedo y por su boca salían todo tipo de improperios hacia la chica.
Inés intentó calmar su rabia con gestos y palabras pausadas, pero no lo consiguió. Estaba aterrada y comenzó a notar una sensación que la bloqueó por completo. Algo le hizo ver que aquello no era un simple enfado, la expresión de su padre era distinta, buscaba algo más, otro tipo de desahogo.
El tarugo consiguió agarrarla y sujetó con fuerza su brazo; tanto, que Inés sintió que se lo arrancaba. La atrajo con furia hacia él y susurró algo a su oído que la chica no pudo entender. El hedor a alcohol que salía de su boca le produjo una arcada. Él paralizó su cara sujetándola tan solo con los dedos pulgar e índice, pero infligiendo tal fuerza sobre su mandíbula que pensó que se la rompía. Metió su lengua en la boca de Inés y se la llenó de una saliva espesa y agria. La joven no soportaba que sus bocas se tocaran, y por más que pugnaba por liberarse de su agresor, de sus grandes y sucias manos, no lo lograba. A la mínima ocasión, mordió con todas sus fuerzas el labio inferior de su padre, y este, al sentir el dolor intenso que le produjo el bocado, le propinó un puñetazo tan fuerte que la lanzó sobre la cama, dejándola inconsciente.
Al ver que la muchacha no se movía, la levantó y la zarandeó casi en el aire. Como seguía sin obtener respuesta, volvió a tirarla de malas maneras sobre el lecho y la estuvo observando con deseo desmedido. Su cabeza no regía, absolutamente perdida en aquel cuerpo que le incitaba. Arrancó la bata que cubría su joven cuerpo de un solo tirón e Inés quedó desnuda ante sus ojos. El tarugo estaba excitado, sintió su sexo erecto y las ganas de fornicar invadieron su ser de una forma brutal. Aquella chica que estaba allí tirada no era su hija, simplemente era un objeto que iba a servirle para su desahogo. Comenzó a sobar a la desvanecida chiquilla con avidez y deseo. La cara de Inés estaba ensangrentada, pero al tarugo eso no le importó en absoluto y sus manos recorrieron ansiosas cada una de las partes del joven cuerpo. Igual que un lobo hambriento, baboseó su blanca piel y la apretó con rabia hasta que se cansó. Al ver que la muchacha no volvía en sí, abofeteó de nuevo su rostro, deseoso de su reacción.
Inés abrió por fin los ojos y encontró a su agresor encima. Intentó de nuevo levantarse, pero le faltaban las fuerzas. Entonces sintió cómo aquel salvaje separaba sus piernas con ímpetu e introducía en su vagina el pene con una fuerza que la hizo sentir que se rompía por dentro. Estaba totalmente inmovilizada y lo único que hizo fue apartar la vista de la cara de aquel animal que estaba desgarrándola. Cada vez que el hombre empujaba, ella sentía romperse sus entrañas. Fueron apenas unos minutos, pero sin duda le resultaron los peores que había vivido.
Cuando el tarugo se desahogó, se levantó, se abrochó los pantalones y salió de la habitación sin dejar de insultar a Inés y haciéndole ver que aquello que había pasado no era más que algo que ella llevaba tiempo buscando.
—Ya no hace falta que vayas a ningún baile. Ya te has meneado bastante hoy. —Esas fueron las últimas palabras que Inés escuchó de su boca.
Aturdida, buscó con las manos la colcha que tenía debajo y se cubrió la desnudez, pero antes observó en qué condiciones estaba. Su cuerpo tenía tantos puntos dañados que no sabía diferenciar qué parte le dolía más. Su rostro echaba fuego, lo notaba hinchado y el gusto de la sangre inundaba su boca, tenía marcas de dedos en los muslos, igual que en los brazos y el cuello, y sus pechos estaban llenos de mordiscos y comenzaban a amoratársele. Intentó paliar el dolor que sentía en ellos cobijándolos con sus manos, pero desistió; no podía siquiera rozarlos del dolor que sentía. Llevó una mano a su entrepierna y apreció que estaba mojada, la palma se impregnó de la sangre que salía de su vagina. Se encogió en un rincón de la cama y lloró desconsoladamente hasta que se quedó dormida.
Mientras tanto, en la plaza del pueblo, Gema estaba preocupada; no encontraba a su amiga y tampoco se atrevía a acercarse a su casa. A lo lejos vio a Ignacio, bien apoyado en la barra del bar, y caminó hacia él. El chico, cuando la vio acercarse, se puso colorado; aquella chica le gustaba desde que eran niños. La había visto crecer junto a su hermana y soñaba con la idea de hacerse su novio, pero no se atrevía a dar el primer paso, ella era mucho más extrovertida que él y siempre tenía a punto una réplica rápida para ahuyentar a sus pretendientes, por eso tenía miedo a ser rechazado y jamás había comentado nada con nadie, aunque Inés en más de una ocasión le había preguntado si le gustaba Gema y si quería que hablara con ella para intentar mediar, a lo que Ignacio siempre se había negado en redondo.
—Hola, guapo —lo saludó—. No encuentro a Inés. ¿Sabes si está en casa? Igual tu padre al final no la ha dejado venir.
—No, no la he visto —respondió Ignacio—. Estuve cenando en casa, pero allí no estaba... Bueno, al menos no la vi. El viejo estaba dormido sobre la mesa con una tajada considerable, pero a ella no la vi. Pensé que estaba contigo.
—Pues no, no sé. Bueno, me voy, supongo que no tardará en aparecer.
—Espera, ¿te apetece tomar algo?
—No, gracias. Me están esperando. Hasta luego. Ah, y no te quedes ahí parado toda la noche, así no vas a echarte novia nunca. ¿No has visto cuántas chicas guapas hay hoy? Aprovecha, seguro que alguna estará encantada de bailar contigo.
Ignacio dio un trago de vino y dejó el vaso sobre el mostrador. Jamás iba a conseguir salir con Gema.
Para Inés, los días que siguieron a aquella noche de verbena fueron un auténtico calvario. Intentaba no dejarse ver demasiado por el pueblo, y cuando no le quedaba más remedio, procuraba ocultar al menos su rostro, la parte más visible de su cuerpo magullado: un labio roto, un ojo morado... A todo el que le preguntaba, contestaba que se había caído por las escaleras de casa cuando bajaba cargada con la palangana que tenía en su habitación. En cuanto a su padre, no volvió a cruzar una sola palabra con él. A pesar de que la casa no era excesivamente grande, consiguió librarse no solo de su presencia, sino también de sus miradas. A veces le escuchaba gritar o llamarla, pero no contestaba.
Estaba triste y preocupada. Continuaba con dolores, sus ovarios a ratos parecía que iban a explotar, y sus pechos estaban llenos de pequeños bultos que no terminaban de desaparecer. Solo tenía un pensamiento, una fijación, una meta: salir de aquel lugar lo antes posible, desaparecer, empezar una nueva vida y olvidar aquella brutal agresión. Pero no sabía cómo podía hacerlo; estaba sola y nadie podía ayudarla. Además, no se atrevía a contarle a ninguna persona la verdad de lo que le había pasado, ni tan siquiera a su amiga Gema.
De alguna manera, Inés siempre había temido que algo así pudiera ocurrirle. Su padre, desde bien pequeña, buscaba su entrepierna o tocaba sus escuetos senos incluso antes de que los tuviera formados, y ella sabía muy bien que aquellas caricias no eran buenas. Muchas veces, al pasar a su lado, él la sentaba sobre sus piernas y la acariciaba, y cuando la muchacha intentaba irse, él la retenía con excusas y seguía tocando su cuerpo. A medida que Inés fue creciendo intentó cuidarse tanto de sus miradas como de sus largas manos. Por las noches, frente a la puerta de su habitación colocaba un gran baúl que arrastraba para impedir que nadie desde fuera pudiera entrar, e incluso ella misma había puesto una tranca que cruzaba el umbral, pero aquella vez la pilló desprevenida y no pudo escapar a una agresión tan brutal. El odio inundó todos y cada uno de los poros de su piel y la hizo desear su muerte con ganas; ella misma sería incluso capaz de matarlo con sus propias manos. No podía apartar de su cabeza lo sucedido, no sabía cómo salir del bucle en el que estaba inmersa. Lo único que podía hacer era cuidarse, quitarse de su vista y alejarse lo más posible hasta que buscara la manera de salir de aquella casa.
Sin embargo, no todo podía ser tan negativo, y unos días más tarde, cuando el sol de mediados de septiembre calentaba aún con fuerza, Inés escuchó desde el desván, donde últimamente pasaba las horas cosiendo, los gritos de su padre nada más regresar de la taberna, por supuesto embriagado. Discutía con un vecino sobre los novillos que iba a llevar al mercado. Como siempre, el dinero era el tema de conversación. Inés se asomó por el pequeño ventanuco y vio que la persona con la que estaba hablando el tarugo era el tío de Gema, quien justo pasaba por allí con su sobrina. El hombre, consciente del lamentable estado de su interlocutor, aprovechó la mínima ocasión para seguir su camino junto con la muchacha, dejando al padre de Inés con la palabra en la boca. Gema miró hacia arriba y, cuando vio a su amiga, levantó la mano saludándola, a lo que Inés correspondió con una sonrisa. Su padre también levantó la mirada, pero, por suerte, ella ya se había retirado de la ventana.
El hombre entró en la casa llamando a su hija a voces, pero la joven, como hacía últimamente, no le contestó. Corrió asustada y arrastró hasta la trampilla del desván un mueble que colocó encima para evitar que pudieran abrirla desde abajo. Miró por la ventana que daba al patio y vio cómo su padre se metía en la cuadra dando tumbos. Inés se relajó, cogió de nuevo los calcetines y siguió zurciendo.
Sin embargo, el solo hecho de volver a escuchar aquellos gritos de su agresor la llenaron otra vez de ira, así que dejó la labor que tenía entre manos y casi de una manera inconsciente bajó del desván y se dirigió hasta la cuadra. Entró despacio pero con la mirada atenta para encontrar algún apero que pudiera servir de arma. Apoyada en una esquina, tomó una pala de ganchos para recoger el estiércol y esperó.
Sin percatarse de su presencia, el tarugo se dispuso a dar de comer a las vacas, como siempre hacía, acercando al comedero la hierba a brazadas y extendiéndola a todo lo largo con una vara. Tan cargado iba de aguardiente que perdió la vertical y cayó al suelo. Se levantó como pudo e intentó salir de entre los animales. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, Inés pinchó con fuerza los cuartos traseros de una de las vacas, que dio un respingo e hizo que el resto de sus hermanas también se sobresaltaran. Inés no tenía otra pretensión que alguna de ellas le diera a su padre un buen golpe, pero lo que el tarugo recibió fue una coz en el pecho que lo dejó sin resuello, desplomándose encima del hacha de doble filo que él mismo siempre dejaba clavada en el picadero. La cabeza fue a parar sobre el apero y el fuerte golpe que recibió al chocar contra este se la abrió.
Inés se quedó impactada. Había deseado muchas veces la muerte de su padre, pero no daba crédito a lo que había pasado. Un sudor frío recorrió su cuerpo mientras sus ojos no podían apartar la vista de la cabeza abierta del hombre. Soltó la pala y salió corriendo de la cuadra.
No sabía qué hacer ni qué decir. Había matado a su padre, aunque en realidad todo había sido un accidente, un terrible accidente. Ella solo quería que recibiera unos cuantos golpes, pero la cosa se le había ido de las manos. Pinchó con tanta fuerza al animal que este reaccionó con desmesura. No era su culpa, ella era una víctima, por eso debía tranquilizarse, alejarse de la casa hasta que alguien lo encontrara allí tirado. Por todos era sabido que su padre se pasaba casi todo el día borracho, así que no iba a resultar difícil que sacaran la conclusión de que había sufrido un accidente.
Inés se sentó en la cocina, tenía que pensar qué haría y qué diría cuando encontraran el cuerpo del tarugo. La puerta se abrió de repente y la chica se sobresaltó. Entre susurros escuchó la voz de Gema, que repetía su nombre mientras asomaba la cabeza.
—¿Puedo pasar?
—Sí, claro, pasa.
—Como tú no vienes a verme, he pensado que lo mejor sería hacerlo yo.
—He estado muy liada, ya sabes, el ganao, la casa y todos estos hombrones que me dan mucho que hacer.
—Ya, ¿y esos negrones de la cara?
Inés se llevó la mano al rostro intentando disimular, sin embargo no era tan sencillo, su amiga sabía que su padre le pegaba en ocasiones y también que la acosaba casi a diario.
—Ha sido el cabrón del tarugo, ¿verdad?
La chica guardó silencio. Bajó la vista y asintió con la cabeza.
—¿Te apetece que demos una vuelta? —dijo Inés.
—Claro, vamos. Estaría bien que me contaras lo que te pasa, sabes que puedes confiar en mí, y en mi madre, ella sabe también lo que pasa. Lo siento, pero se lo conté hace días, y me dijo que si querías, te podía ayudar, que ella no le tiene miedo.
—No, deja, eres un poco bocazas, te lo conté para que lo supieras tú nada más, no para que fueses corriendo a decírselo a tu madre.
—Cómo eres, chica, solo quiero ayudarte. No puedes vivir con un animal así. No sé por qué no se lo dices a tus hermanos, que parece que también estén ciegos, ¿acaso no ven lo que te hace?
—Déjalo, anda, no merece la pena. Venga, cuéntame algo. Me duele un poco la cabeza de tanto estar encerrada.
—Bueno, vale. Pero me debes una explicación. He tenido la sensación de que no querías hablar conmigo, chica.
—Y no te falta razón. Ni contigo ni con nadie.
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado? —Gema notó que algo le ocurría a su amiga, los ojos se le habían llenado de lágrimas—. Y... ¿quieres hablar? ¿Me cuentas qué ha pasado? Soy tu amiga, puedes confiar en mí. De verdad, Inés, no sé por qué, pero me parece que es muy gordo lo que sucede.
Inés contestó afirmativamente con la cabeza. Las dos muchachas subieron por la colina en silencio, buscando aquel lugar donde de niñas se sentaban a ver pasar las nubes. Era un lugar relativamente alejado del pueblo y poco transitado por los vecinos. Al llegar, se sentaron, como siempre hacían, sobre una gran piedra en la que de pequeñas habían grabado sus iniciales.
