Cautivo de mis deseos (Saga de los Malory 8)

Johanna Lindsey

Fragmento

Capítulo 1

1

Le habían ordenado que se escondiera y que no abandonara su escondite. Eso fue también lo primero que se le ocurrió hacer a Gabrielle Brooks cuando, llevada por el ruido, subió a cubierta y descubrió el motivo de tanto alboroto. Sin embargo, no fue el capitán quien le dio la orden. El hombre tenía una fe ciega en su habilidad para dejar atrás al barco que se acercaba a ellos. Incluso se rió a carcajadas y blandió el puño contra la bandera pirata que ondeaba en el mástil del barco que intentaba abordarlos y que en aquel momento podía divisarse a simple vista. Su entusiasmo (¿o debería decir deleite?) había supuesto todo un alivio para Gabrielle. Hasta que el primero de a bordo la hizo a un lado y le ordenó que se escondiera.

A diferencia del capitán, Avery Dobs no parecía esperar con ansia el inminente enfrentamiento. Con el rostro tan blanco como las velas adicionales que la tripulación izaba a toda prisa, no se anduvo con muchos miramientos cuando la empujó hacia las escaleras.

—Utilice uno de los barriles vacíos de comida que hay en la bodega. Hay muchos. Con un poco de suerte, los piratas abrirán un par de ellos y se olvidarán del resto al ver que están vacíos. Le diré a su doncella que se esconda también. ¡Váyase! Y, oiga lo que oiga, no salga de la bodega hasta que alguien cuya voz reconozca vaya a por usted.

No había dicho «hasta que yo vaya en su busca». Su pánico resultó contagioso y su rudeza, sorprendente. Era probable que le hubiera dejado un moratón en el brazo allí donde la había agarrado. Un cambio significativo, ya que se había comportado con ella del modo más solícito desde que comenzara la travesía. Daba la impresión de estar cortejándola, aunque era improbable. Avery tenía más de treinta años y ella acababa de salir del colegio. Habían sido sus modales solícitos, su agradable tono de voz y la inusitada atención que le había prestado durante las tres semanas transcurridas desde que abandonaran Londres lo que la había llevado a pensar que le gustaba más de la cuenta.

Avery había conseguido contagiarle el pánico y Gabrielle bajó a la carrera las escaleras, en dirección a las entrañas del barco. Fue fácil encontrar los barriles de comida que había mencionado; casi todos se encontraban vacíos, puesto que estaban a punto de llegar a su destino en el Caribe. Unos cuantos días más y habrían llegado al puerto de Saint George, en Granada, el último paradero conocido de su padre, desde donde podría haber comenzado con la búsqueda.

No conocía muy bien a Nathan Brooks, si bien sólo guardaba recuerdos agradables de él; sin embargo, era lo único que le quedaba tras la muerte de su madre. Aunque nunca había dudado del cariño que le profesaba su progenitor, éste jamás había convivido con ella durante largos períodos de tiempo. Un mes o tal vez dos, e incluso un verano entero en una ocasión; pero, después, pasaban años enteros hasta la siguiente visita. Nathan era el capitán de su propio barco mercante y recorría rutas comerciales muy lucrativas en las Indias Occidentales. Les enviaba dinero y regalos extravagantes, pero en raras ocasiones los llevaba en persona.

Había intentado que su familia se trasladara a una residencia más cercana a su lugar de trabajo, pero Carla, la madre de Gabrielle, no había querido ni oír hablar del tema. Inglaterra había sido su único hogar. No le quedaba familia en el país, pero sus amistades y todo aquello que apreciaba seguían allí y, de todos modos, jamás había aprobado la ocupación de su marido. ¡El comercio! Siempre había pronunciado la palabra con repulsión. Aunque no poseía título nobiliario alguno, su árbol genealógico contaba con la suficiente sangre aristocrática como para mirar por encima del hombro a todo aquel que se dedicara al comercio, incluyendo a su propio esposo.

Era un milagro que se hubieran casado. A decir verdad, no parecían profesarse mucho afecto cuando estaban juntos. Y Gabrielle nunca, jamás, le mencionaría a su padre que sus largas ausencias habían hecho que Carla tomara un... bueno, ni siquiera era capaz de pensar la palabra, mucho menos de decirla en voz alta. Le avergonzaban demasiado sus propias conclusiones. Pero, en el transcurso de los últimos años, Albert Swift se había convertido en un visitante asiduo de la residencia familiar de dos plantas ubicada en las afueras de Brighton, y Carla se comportaba como una jovencita recién salida del colegio cada vez que el caballero estaba en la ciudad.

Cuando sus visitas cesaron y llegaron a sus oídos los rumores de que estaba cortejando a una heredera en Londres, el carácter de Carla sufrió un cambio radical. De la noche a la mañana, se transformó en una mujer amargada que odiaba al mundo en general y lloraba por un hombre que ni siquiera le pertenecía.

Nadie sabía si Albert le había hecho alguna promesa o si ella había tenido la intención de divorciarse de su esposo, pero las noticias de que el caballero dispensaba sus atenciones a otra mujer parecían haberle partido el corazón. Mostraba todos los síntomas de una mujer traicionada; y cuando cayó enferma a principios de primavera, cosa que empeoró su trastorno anímico, no hizo intento alguno por recuperarse. Las indicaciones del doctor cayeron en saco roto y dejó de comer.

El declive de su madre le rompió el corazón. Por supuesto que no aprobaba la obsesión de Carla por Albert ni su renuencia a poner más empeño en salvar su matrimonio, pero la quería mucho e hizo todo lo que se le ocurrió para animarla. Inundó su habitación con flores que cortaba por todo el vecindario, le leyó en voz alta e incluso insistió en que el ama de llaves, Margery, pasara una buena parte del día velando a la enferma, puesto que era una mujer muy habladora y solía hacer comentarios muy divertidos. Margery ya llevaba varios años con ellas. Pelirroja y de mediana edad, con ojos de un azul intenso y una infinidad de pecas, era obstinada, franca y no se dejaba acobardar por la aristocracia. También era una mujer muy cariñosa y consideraba a las Brooks como si fueran de la familia.

Gabrielle creyó que sus esfuerzos estaban dando frutos y que su madre había recuperado las ganas de vivir. Carla había vuelto a comer y ya no mencionaba a Albert. Por eso fue un golpe devastador que muriera durante la noche. Aunque jamás se lo diría a su padre, su conclusión personal era que había «languidecido de pena», ya que se estaba recuperando de la enfermedad. De todos modos, la muerte de Carla la había dejado completamente sola.

Si bien disponía de una enorme cantidad de dinero procedente del patrimonio familiar heredado por su madre, no recibiría ni un solo chelín hasta que alcanzara la mayoría de edad a los veintiún años, y para eso aún quedaba mucho. Su padre enviaba fondos con regularidad, y el dinero destinado a los gastos domésticos le duraría bastante tiempo, pero acababa de cumplir los dieciocho.

Y, además, la dejarían en manos de un tutor. El abogado de su madre, William Bates, se lo había mencionado el día de la lectura del testamento. Abrumada por el dolor, no le había prestado mucha atención, pero cuando descubrió el nombre se quedó horrorizada. El tipo era un donjuán y todo el mundo lo sabía. Según se rumoreaba, perseguía a las criadas por toda la casa e incluso a ella misma llegó a pellizcarle el trasero durante una recepción al aire libre cuando tenía sólo quince años...

No quería ni oír hablar de un tutor, y mucho menos de ése. Su padre seguía vivo. Lo único que tenía que hacer era encontrarlo; así pues, decidió ponerse manos a la obra. Aunque primero tuvo que superar unos cuantos temores, como el de atravesar en barco medio mundo o el de dejar atrás todo lo que le resultaba conocido. A punto estuvo de cambiar de opinión en dos ocasiones; pero, a la postre, decidió que no le quedaba otra alternativa. Y al menos Margery había accedido a acompañarla...

La travesía había ido muy bien, mucho mejor de lo que había anticipado. Nadie había cuestionado los motivos por los que viajaba sin más compañía que su doncella. Después de todo, gozaba de la protección del capitán, al menos mientras durara el viaje, y había insinuado que su padre estaría esperándola cuando atracaran; una pequeña mentira para evitar preocupaciones innecesarias.

En esos momentos, el hecho de pensar en Nathan y en su búsqueda la ayudó a mantener el pánico a raya durante un ratito. Se le habían quedado dormidas las piernas, agazapada como estaba dentro del barril. No le había resultado difícil meterse dentro. Era delgada y no muy alta, con su poco más de metro sesenta. El único problema era que se le había clavado una astilla en la espalda al agacharse, justo antes de colocar la tapa del barril en su sitio, y ni aun contando con el espacio suficiente podría habérsela sacado.

Además, estaba consternada por el hecho de que un barco pudiera izar una bandera pirata en los tiempos que corrían. Se suponía que los piratas habían desaparecido de la faz de la tierra en el siglo XVIII, bien ahorcados o bien indultados. Se suponía que navegar por las cálidas aguas del Caribe era tan seguro como dar un paseo por la campiña inglesa. De no haber estado convencida de ello, jamás habría reservado un pasaje rumbo a esa parte del mundo. Con todo, había visto la calavera y las tibias con sus propios ojos.

Tenía el estómago encogido por el miedo y, además, vacío, cosa que incrementaba su malestar. Se había saltado el desayuno y tenía la intención de remediarlo a la hora del almuerzo, pero el barco pirata había llegado antes de que se sirviera. Y de eso habían pasado ya horas. Al menos, eso le parecía allí agazapada dentro del barril, sin pista alguna de lo que ocurría en la cubierta.

Suponía que les llevaban bastante delantera a los piratas; pero si los hubieran dejado atrás, ¿no habría bajado Avery a decírselo? De repente, un cañonazo sacudió el barco, seguido de otro y de otro más, todos ellos ensordecedores. También percibió otras señales del comienzo de la batalla: el olor de la pólvora de los cañones que se filtraba hasta la bodega, gritos roncos y algún que otro alarido. Después, mucho después, llegó el horrible silencio.

Era imposible saber quién había ganado la batalla. La situación resultaba de lo más enervante. Su miedo aumentó con el paso del tiempo. Estaba segura de que pronto empezaría a chillar. De hecho, no acababa de entender cómo había sido capaz de contenerse hasta ese momento. Si hubieran resultado vencedores, ¿no habría ido Avery a buscarla a esas alturas? A menos que estuviera herido y que no le hubiera dicho a nadie dónde se encontraba. A menos que estuviera muerto. ¿Sería capaz de salir de su escondite para averiguarlo?

Pero ¿y si habían ganado los piratas? ¿Qué hacían con los barcos capturados? ¿Los hundían? ¿Se los llevaban para venderlos o se los entregaban a sus hombres? En ese caso, ¿qué hacían con la tripulación original y con los pasajeros? ¿Los mataban? Un chillido estaba a punto de brotar de su garganta cuando alguien arrancó de cuajo la tapa del barril.

Capítulo 2

2

¡Piratas! Gabrielle obtuvo pruebas irrefutables de que los piratas no habían desaparecido de la faz de la tierra cuando uno de ellos la sacó por el pelo del barril en el que se había escondido, la llevó a cubierta sin muchos miramientos entre las carcajadas y vítores de sus compañeros y la arrojó a los pies del pirata más feo de todo el grupo, su capitán.

Estaba tan aterrada a esas alturas que ni se imaginaba lo que iba a sucederle a continuación. Aunque sí estaba segura de que sería horrible. La única escapatoria que se le ocurrió fue tirarse por la borda a la menor oportunidad.

El hombre que la miraba tenía una melena castaña, rala y muy sucia que le llegaba hasta los hombros, cubierta por un ajado tricornio adornado con una lacia pluma teñida de rosa y rota por dos lugares distintos. Por si eso no fuera lo bastante extraño, también llevaba un chaleco de satén de color naranja chillón y un largo pañuelo de encaje al cuello, pasado de moda un siglo atrás. Las prendas estaban en unas condiciones tan lamentables que sin duda alguna procedían de esa época.

Antes de que pudiera ponerse en pie para tirarse por la borda, el hombre dijo:

—El capitán Brillaird, a su servicio, señorita. —Hizo una pausa para echarse a reír—. Al menos, ése es el nombre que uso durante este mes.

Puestos a inventar nombres, bien podría utilizar «Lunar», pensó ella. Jamás había visto tantos en el rostro de nadie.

Presa de los temblores, no replicó al comentario, pero sus ojos se desviaron hacia la barandilla del barco.

—Puede olvidarse de sus miedos —añadió—. Es demasiado valiosa para sufrir daño alguno.

—Valiosa ¿en qué sentido? —consiguió preguntar Gabrielle, que se puso en pie muy despacio.

—Como rehén, claro está. Los pasajeros son un negocio mucho más lucrativo que los cargamentos, que pueden pudrirse antes de encontrar un lugar donde venderlos.

Comenzaba a sentir una pizca de alivio, suficiente para dejar de mirar la barandilla.

—¿Qué pasa con los hombres?

El pirata se encogió de hombros.

—También suelen obtenerse buenos rescates por el capitán y los oficiales de un navío capturado.

No sabía muy bien si el hombre estaba intentando calmarla de forma deliberada o si sólo le gustaba hablar, porque, acto seguido, procedió a darle una charla sobre los rehenes y sus rescates.

Gabrielle descubrió así que tanto a su familia como a la de Margery se les pediría un rescate por sus personas. El capitán no le preguntó en ningún momento si tenía familia, se limitó a asumir que así era. Lo único que tenía que decirle era con quién contactar para la cuestión del pago, y el pirata no parecía estar ansioso por conseguir dicha información. Tanto él como sus camaradas tenían que encargarse primero de otros menesteres... que incluían al resto de los prisioneros.

Echó un vistazo a la cubierta. Si alguno de los miembros de la tripulación había muerto durante la lucha, se habían deshecho de las pruebas antes de que la subieran a rastras. Avery yacía en la cubierta con una brecha en la cabeza y estaba maniatado como el resto de los pasajeros y oficiales, a la espera de que lo trasladaran al otro barco. El suyo había sufrido daños graves y comenzaba a hacer agua.

Margery también se encontraba allí, maniatada como el resto, si bien era la única prisionera que estaba amordazada. Seguramente había sido demasiado elocuente en su desagrado hacia los piratas y les habría echado un buen sermón por su audacia. Cuando sentía la necesidad de quejarse le daba igual a quién ofendía.

En cuanto a los marineros, se les dio a elegir: unirse a los piratas y hacer su juramento o darse una vuelta por el fondo del mar, lo que quería decir que los arrojarían por la borda para que se ahogaran.

Como era de esperar, la mayoría aceptó la primera propuesta con relativa celeridad. Uno de ellos, un corpulento yanqui, se negó con bastante vehemencia.

Gabrielle se vio obligada a contemplar, espantada, cómo dos piratas se acercaban al marinero en cuestión y lo cogían de los brazos para arrastrarlo hasta la barandilla. Supo sin ningún género de dudas que lo iban a tirar por la borda. Aun así, el hombre no cambió de opinión, sino que continuó maldiciéndolos hasta que le golpearon la cabeza contra la barandilla, dejándolo inconsciente. Los piratas prorrumpieron en carcajadas. Ella no acababa de entender qué tenía de gracioso hacerle creer al hombre que iba a morir cuando no tenían pensado matarlo, pero al parecer los piratas lo encontraban muy divertido.

Al marinero acabaron arrojándolo por la borda, pero no fue hasta el día siguiente, cuando avistaron tierra. Se trataba de una isla desierta, pero tierra al fin y al cabo. Probablemente acabaría por morir, pero al menos tenía una oportunidad. Tal vez incluso consiguiera llamar la atención de algún barco que pasara cerca para que lo rescatasen. Era un destino mucho mejor del que Gabrielle había esperado cuando el hombre desafió a los piratas.

Horas después, llegaron a otra isla que también parecía desierta. Se internaron en las cristalinas aguas de una amplia ensenada. Prácticamente en el centro de dicha ensenada se encontraba un pequeño islote. Sin embargo, Gabrielle se dio cuenta, a medida que se iban aproximando, de que no se trataba de un islote, sino de un manglar artificial, compuesto por un gran número de árboles muertos y plantas frondosas que se alimentaban en su mayoría del mantillo acumulado sobre los tablones, que no sobre tierra firme. Se parecía mucho a un desordenado embarcadero, aunque en realidad era una densa jungla artificial, ideada para ocultar a los ojos de cualquier navío que pasara por mar abierto los barcos fondeados al otro lado.

La bandera de cuarentena ondeaba en los dos navíos que se encontraban allí, lo que quería decir que habían padecido alguna enfermedad a bordo, de ahí que tuvieran ese aspecto tan abandonado.

Los piratas no tardaron mucho en conseguir que su navío presentara el mismo aspecto, tras lo cual bajaron los botes al agua y llevaron a los prisioneros a tierra. No sin antes izar también la bandera de cuarentena. Fue entonces cuando Gabrielle comprendió que los barcos no eran más que una estratagema para impedir que cualquier otro navío se adentrara en la ensenada con intención de investigar los motivos de su presencia en la isla.

—¿Adónde vamos? —le preguntó al pirata que las había ayudado a Margery y a ella a bajar del bote.

Sin embargo, el aludido no pareció sentirse obligado a responder. Se limitó a empujarla para que se pusiera en marcha.

Tomaron un sendero que conducía al interior de la isla. No esperaron a que todos abandonaran el barco, aunque, gracias a Dios, Avery se encontraba en el primer grupo que llegó a la orilla. Era la primera vez que tenía la oportunidad de hablar con él desde que los capturaran.

—¿Está bien? —le preguntó él cuando se puso a su lado.

—Sí, estoy bien —le aseguró.

—¿Nadie la ha... tocado?

—De verdad, Avery, no he sufrido el menor daño.

—Gracias a Dios. No se puede ni imaginar lo preocupado que estaba.

Le sonrió para tranquilizarlo.

—Van a pedir un rescate por mí. El capitán Brillaird dejó muy claro que soy demasiado valiosa como para hacerme sufrir daño alguno. —Señaló la enorme brecha que el primero de a bordo tenía en la frente—. ¿Qué tal la cabeza? Lo vi inconsciente ayer.

El hombre se tocó la herida.

—No es más que un arañazo.

Aunque por el respingo que dio, Gabrielle supo que debía de dolerle.

—Según he sacado en claro, el capitán también planea pedir rescate por usted.

—Yo no estoy tan seguro —replicó él con un suspiro—. No provengo de una familia rica.

—Pues entonces hablaré con mi padre cuando venga a buscarme —le dijo ella—. Estoy segura de que podrá hacer algo para conseguir que lo liberen.

De lo que no estaba tan segura era de si podrían localizar a Nathan. ¿Qué pasaría con Avery y con ella si los piratas no daban con su padre?

—Es muy amable de su parte —le agradeció antes de añadir con premura—: Pero escúcheme bien, Gabrielle, por muchas garantías que le hayan dado, los he oído decir que habrá más gente de su calaña en el lugar al que nos dirigimos. La mejor manera de que salga ilesa de esta aventura es pasando desapercibida. Sé que será difícil, porque es muy hermosa, pero...

—Por favor, no diga nada más —lo interrumpió al tiempo que se sonrojaba—, sé muy bien que no estaremos a salvo hasta que perdamos de vista al último de estos malhechores. Haré todo lo posible por pasar desapercibida.

Se separaron cuando uno de los piratas empujó a Avery para que acelerara el paso.

El primer indicio de vida en la isla fue la torre de vigilancia que dejaron atrás mientras continuaban por el transitado sendero. Estaba construida con troncos y era lo bastante alta como para tener una buena panorámica del mar en tres direcciones. Ellos prosiguieron el camino de ascenso a las colinas que había tras ella. La torre estaba ocupada, si bien el centinela que había en su diminuta choza estaba dormido. Un guardián nada diligente, pensó Gabrielle cuando uno de los piratas asestó una patada a la base de la torre para despertarlo mientras otro lo maldecía en un francés muy fluido.

Margery también expresó la opinión que le merecían cuando llegó a su lado.

—Vagos inútiles, todos ellos. Esperemos que cuando llegue la ayuda, el centinela tampoco se despierte.

A Gabrielle le habría encantado compartir su optimismo, pero las probabilidades de que alguien acudiera en su ayuda antes de que pagaran el rescate eran ínfimas.

—En cuanto encuentren a mi padre...

—Si es que lo hacen —la interrumpió Margery—. ¿Qué probabilidades hay de que lo consigan cuando ni nosotras mismas estábamos seguras de lograrlo? Vamos, dímelo. Jamás debimos emprender este viaje. ¿No te advertí que sería peligroso?

—Podrías haberte quedado en casa —le recordó—. Aunque se suponía que no debía ser peligroso. ¿Te habrías creído que seguía habiendo piratas a estas alturas si alguien te lo hubiera dicho? No, te habrías reído de quien fuera en la cara.

—Eso no viene al caso —replicó la mujer—. Ahora, escúchame antes de que volvamos a separarnos. Busca un arma, cualquier cosa, aunque sea un tenedor si encuentras alguno, y no te separes de ella en ningún momento. Si uno de estos malnacidos intenta algo contigo, se lo clavas en la barriga, ¿entendido? No lo dudes.

—Lo tendré en mente.

—Será mejor que lo hagas, muchacha. No sé qué sería de mí si llegara a ocurrirte algo.

Daba la sensación de que Margery estaba al borde de las lágrimas. Su preocupación era mayor de lo que dejaba entrever. Y su desasosiego era contagioso. A Gabrielle le habría encantado echarse a llorar contra el hombro de su amiga, pero consiguió controlarse y reunir algo de coraje en beneficio de ambas.

—Te preocupas demasiado. No nos pasará nada. El capitán Brillaird me lo ha asegurado.

Eso no era totalmente cierto, aunque sí era lo que Margery necesitaba oír y consiguió arrancarle una débil sonrisa.

Poco después, llegaron a una especie de asentamiento rodeado de árboles, situado en la cima de la colina. En el centro se emplazaba un edificio enorme construido con planchas de madera, que, según supo después, habían sacado de uno de los barcos abordados en alta mar. El resto de los edificios estaban desperdigados por los alrededores y eran simples cabañas con tejado de caña. Puesto que tenían las puertas abiertas, Gabrielle comprobó que muchas de ellas estaban llenas de cofres y cajas, y servían como almacenes para los botines que los piratas obtenían en sus correrías. A empujones, metieron a Avery y al resto de los rehenes en una cabaña, y también la separaron de Margery, a quien se llevaron a otra mientras le decía a voz en grito:

—¡Que no se te olvide, muchacha! ¡En la barriga!

—¿Adónde la lleváis? —inquirió Gabrielle.

El pirata que la empujaba hacia el enorme edificio central soltó una risotada burlona.

—No se paga rescate por las criadas, pero la liberarán contigo en cuanto se cumplan las exigencias del capitán. Tú eres valiosa, así que vas a quedarte aquí, donde será más fácil vigilarte. No queremos que ninguno de los otros te manosee y eche a perder el cuantioso rescate que pagarán por ti. —Le guiñó un ojo de forma obscena y ella fue incapaz de reprimir un estremecimiento.

Una vez en el interior, el pirata la condujo a una larga mesa que había en la enorme estancia, la sentó en una silla y después se alejó. Una mujer le puso un cuenco de comida por delante y le dijo con voz amable:

—Espero que tengas a alguien que pague el rescate, tesoro. Yo retrasé cuanto pude el momento de decirles que no me quedaba familia alguna, y por eso sigo aquí.

La mujer de mediana edad, que se presentó como Dora, se sentó y mantuvo una breve charla con ella. Le habían permitido quedarse en la isla para pagar su rescate con su trabajo. Cocinaba para los piratas y les ofrecía otros servicios si así lo estimaban conveniente, cosa que mencionó con total despreocupación.

Llevaba dos años en aquel lugar y había llegado a considerarse una de ellos, así que trabajaba allí por voluntad propia.

—No están ahí para hacerse un nombre, como los piratas del siglo pasado de los que seguro has oído hablar. De hecho, se cambian de nombre con bastante frecuencia, cambian el nombre de sus barcos o incluso consiguen embarcaciones nuevas, y se disfrazan. Están en esto para hacer dinero, no para que los cuelguen. Han pasado a operar en secreto e incluso cambian de base cada pocos años.

—¿Eso es este lugar, su base? —preguntó Gabrielle con curiosidad.

Dora asintió.

—Esta isla es tan remota que jamás ha recibido nombre. Es un lugar muy agradable, demasiado en realidad. En un par de ocasiones se vieron obligados a ahuyentar a algunos colonos que eran de la misma opinión.

—¿Quién los lidera?

—Nadie. Todos los capitanes tienen voz y voto, pero su autoridad se limita a sus propias tripulaciones. Cuando hay que decidir algo que les afecta a todos, votan.

—¿Cuántos capitanes usan esta base? —preguntó Gabrielle.

—Cinco en la actualidad. El año pasado había seis, pero uno murió por causas naturales y su tripulación se repartió entre los cinco barcos restantes.

Gabrielle se mostró sorprendida por el hecho de que un número tan reducido ocupara lo que parecía ser un asentamiento bastante grande y así se lo dijo a la mujer.

—No desean que haya demasiados hombres aquí. Creen que cuanta más gente haya, mayores serán las probabilidades de que salga una manzana podrida que revele la ubicación de la base.

La mujer se marchó en cuanto el capitán Brillaird entró en el edificio. A Gabrielle aún no le habían dicho su nombre real y jamás iba a saberlo. Cambiaba tanto de nombre que sus tripulantes se limitaban a llamarlo «capitán», y lo mismo hacía ella cuando le era necesario dirigirse a él. Sin embargo, en ese momento el hombre se limitó a tomar nota del sitio en el que estaba sentada para después hacer caso omiso de su presencia durante el resto del día... Y durante los días siguientes.

Cinco días más tarde, aún no le había preguntado a quién debía dirigirse para pedir un rescate. De modo que acabó consumida por la preocupación de cómo explicar que, si bien sabía que su padre podía hacer frente al rescate, no tenía ni idea de dónde encontrarlo. No tenía esperanzas de que el capitán la creyera, ni podía imaginarse lo que sucedería cuando llegara el momento. Dora le explicó que no le habían pedido la información porque al capitán no le hacía falta hasta que estuviera dispuesto para levar ancla de nuevo, y eso era algo que nadie sabía. La esposa del capitán vivía en la isla y llevaba dos meses sin verla.

Los piratas comían, dormían, bebían, jugaban, peleaban, bromeaban y contaban historias. Gabrielle dormía en una pequeña habitación situada en la parte posterior del edificio principal y le permitían estar en el salón durante el día, de manera que no podía quejarse de que su estancia fuera aburrida. Desquiciante, sí, pero no aburrida. Le llevaban a Margery durante un par de horas cada día para que charlaran, y se quedó más tranquila al saber que su antigua ama de llaves estaba soportando bien el cautiverio, por más que se quejara sin cesar del delgado jergón de paja en el que se veía obligada a dormir y de la mísera calidad de las comidas.

Al sexto día de cautiverio, atracaron dos barcos más y el salón principal se llenó a rebosar con los nuevos tripulantes. Los recién llegados no eran muy amistosos. De hecho, algunos de ellos la dejaron paralizada de miedo con una sola mirada. Y uno de los capitanes la contempló durante tanto rato y con tanta intensidad que no le quedó la menor duda de que quería hacerle daño.

Alto y musculoso, parecía rondar los cuarenta años, aunque costaba trabajo asegurarlo con esa espesa barba negra, tan enredada que dudaba mucho que supiera lo que era un peine. La gente lo llamaba Pierre Lacross, aunque seguramente no fuera francés de verdad. Había demasiados piratas que fingían ser lo que no eran y ninguno utilizaba su auténtico nombre. No obstante, descubrió que ése en particular era la excepción a la regla. Realmente era francés. Tenía un fuerte acento que no era capaz de ocultar a voluntad como el resto. No era feo, aunque el brillo cruel de sus ojos azules arruinaba lo que podría haber sido un rostro apuesto.

Ese hombre tenía un halo perverso, y no era la única que se percataba de ello. Los demás hombres se apartaban de su camino y evitaban mirarlo a los ojos. El problema era que esos gélidos ojos azules no dejaban de posarse una y otra vez sobre ella, hasta que casi se echó a temblar por el miedo que el pirata le inspiraba.

Había dejado Inglaterra con una inocencia absoluta en lo que a los deseos masculinos se refería. Su madre jamás le había explicado lo que debía esperar del lecho conyugal. Sin duda lo habría hecho antes de su primera temporada en Londres, pero, para entonces, Carla estaba inmersa en su romance con Albert y, más tarde, la traición de su amante la dejó sumida en la tristeza. Sin embargo, había aprendido muchísimas cosas sobre los hombres gracias a los piratas.

No se mordían la lengua cuando ella andaba cerca, y les encantaba explayarse con sus conquistas sexuales. De manera que no tuvo el menor problema para comprender cuáles eran las pretensiones del malvado capitán Pierre Lacross cuando se inclinó sobre ella el día posterior a su llegada y le dijo:

—Voy a comprarte. Y después seré yo, y no mi amigo, quien decida qué hacer contigo.

Deseó no comprender lo que sus palabras implicaban, pero lo hizo. ¿Le importaría al capitán Brillaird la procedencia del dinero de su rescate siempre que le pagaran? ¿Se atrevería a prometerle más dinero del que Pierre podría pagar? Ésa era la única manera que se le ocurría para evitar que la «poseyeran».

No tenía lugar al que huir aunque consiguiera escabullirse del edificio, no tenía forma de escapar de la isla salvo con los piratas. El capitán Brillaird seguía siendo su única alternativa, por más que supiera que no la ayudaría guiado por la bondad de su corazón. ¿Qué bondad? ¡Era un pirata! El dinero era su única preocupación.

No obstante, sabía de forma instintiva que acabaría muy mal parada si Pierre le ponía las manos encima, razón por la que la aterraba tanto. Además, tuvo la desgracia de presenciar la crueldad del francés cuando aplicó un castigo a un miembro de su tripulación. Azotó al hombre en el salón, y no con un látigo cualquiera, sino con uno de nueve colas cuyas puntas metálicas arrancaban la piel como si de un cuchillo se tratara. La expresión de los ojos de Pierre mientras empuñaba el látigo dejaba bien claro lo mucho que estaba disfrutando.

El francés comenzó a impacientarse mientras esperaba a que el capitán Brillaird apareciera, para así poder comprarla. Se sentaba a la mesa junto a ella y la atormentaba diciéndole todo lo que pensaba hacerle.

—¿Por qué no me miras, chérie? Las damas como tú sois demasiado orgullosas. No te quedará orgullo después de que haya acabado contigo. ¡Mírame!

Ella se negó. Había evitado su mirada desde aquel primer día.

—Váyase, por favor.

El pirata se echó a reír.

—Pero qué refinada eres. Qué educada. Me pregunto cuánto te durará la educación después de que te convierta en mi mascota. ¿Serás una mascota obediente, chérie, o tendré que castigarte a menudo? —El pirata escuchó el jadeo que se le escapó y añadió—: Ya has visto de lo que soy capaz, pero no te preocupes por tu preciosa y aristocrática piel. Jamás estropearía tu belleza. Hay otras maneras de adiestrar a una mascota...

La atormentaba, pero nunca la tocaba. Ponía mucho cuidado en no hacerlo con tantos testigos en el salón. Aunque era evidente que eso era lo que deseaba. Dora le dijo que semejante autocontrol le ocasionaba tal frustración que se emborrachaba todas las noches hasta caer inconsciente en cualquier sitio y que no regresaba hasta la tarde siguiente.

Fue todo un golpe de suerte para Gabrielle que la esposa del capitán Brillaird mantuviera ocupado a su marido hasta que el último de los cinco capitanes fondeó en la ensenada. El quinto capitán por fin había arribado a la isla. El hombre entró en el edificio una mañana, acompañado del capitán Brillaird, ambos desternillados de la risa por algo que uno de ellos había dicho. El recién llegado vio a Gabrielle de inmediato. Se detuvo y la observó detenidamente antes de rodear los hombros de su camarada con un brazo y ofrecerse a comprarla. Pierre no andaba por allí para quejarse de juego sucio, aduciendo que él había pensado hacerlo primero. Estaba convencida de que lo habría hecho y que incluso se habría desatado una pelea.

Sin embargo, seguía durmiendo la mona de la noche anterior. Y al capitán Brillaird parecía darle igual quién pagara, tal y como ella había sospechado. Lo vio encogerse de hombros antes de sellar el pacto con un apretón de manos y de que el quinto capitán le arrojara una bolsa repleta de monedas.

Gabrielle estaba anonadada. Todo había sucedido demasiado deprisa. Más tarde descubrió que el quinto capitán era un intermediario. No era la primera vez que compraba a los rehenes que había en la isla y los devolvía a sus familias a cambio de una buena suma. Era un método con el que todos los involucrados quedaban satisfechos y que permitía al resto de los capitanes regresar al mar para capturar más barcos en lugar de tener que ocuparse de ese aspecto de su negocio. A él se le daba bien ese tipo de negociación, así como los disfraces. Casi no lo reconoció...

—¿Qué demonios haces aquí, Gabby, y dónde está tu madre?

La sacó del asentamiento de inmediato y tiró de ella colina abajo por el sendero que llevaba a la ensenada. La mayor parte de su tripulación seguía a bordo, pero se cruzaron con dos de sus marineros, a los que ordenó regresar al navío sin mediar explicaciones. Cuando Gabrielle lo obligó a detenerse y le explicó que tenían que liberar también a su ama de llaves, el capitán envió a uno de los hombres en busca de Margery.

Gabrielle tenía miles de preguntas que hacerle, pero todas quedaron olvidadas al recordar la pérdida de su madre.

—Ha muerto, papá. Por eso me marché de Inglaterra. He venido a buscarte, para vivir contigo —dijo entre sollozos—. Pero no en esta isla, si no te importa —añadió de forma remilgada.

Capítulo 3

3

El padre de Gabrielle se sintió en extremo avergonzado el día que la rescató. Su madre y ella no se habían enterado, ni siquiera habían llegado a sospechar, que había llevado una vida cuajada de aventuras durante todos esos años. Nathan Brooks, el pirata. Costaba un poco acostumbrarse a eso.

En esos momentos parecía muy diferente. Le había resultado muy difícil reconocerlo. Siempre que iba a Inglaterra a visitarla, se aseaba, se afeitaba la barba y se cortaba la larga melena que lucía en esos instantes. Ése era el único aspecto que había conocido en toda su vida de aquel hombre, y creía parecerse a él, al menos en lo que al cabello y los ojos se refería. Ambos tenían el cabello negro y los ojos de un azul claro. Sin embargo, no había heredado su altura, algo de agradecer si se tenía en cuenta que era un hombre alto, de algo más de metro ochenta; Gabrielle tenía la estatura de su madre, un metro y sesenta y dos centímetros. Pero ese hombre no se parecía en nada al padre que ella conocía y amaba. A decir verdad, su aspecto y su atuendo eran tan extravagantes como los del resto de los piratas que había conocido. ¡Incluso llevaba un pequeño arete de oro en la oreja!

Se quitó a toda prisa el pendiente. Un buen indicio de lo avergonzado que estaba después de que su vida secreta hubiera quedado al descubierto ante ella.

Un par de horas después de que zarparan del puerto, Gabrielle se dio cuenta de que el barco de su padre había aminorado la marcha. Subió a la cubierta para enterarse de lo que ocurría ¡y se dio de bruces con Pierre Lacross! Su barco los había alcanzado. ¡Pierre los había seguido desde la base pirata!

Aún no le había mencionado su nombre a Nathan. No habían dispuesto de mucho tiempo para hablar todavía y, además, seguía tratando de asimilar el impactante descubrimiento de que su padre era un miembro de la confederación pirata. Aunque al menos se había sentido a salvo una vez que su padre la rescató y había albergado la certeza de que jamás volvería a saber nada de tipejos como Pierre.

Sin embargo, allí estaba, en la cubierta de La joya quebradiza, de pie junto a Nathan y hablando con él como si fueran viejos amigos. Se le ocurrió de repente que debían de conocerse desde hacía años, ya que eran dos de los cinco capitanes que compartían la base.

La mirada ávida y fría de Pierre se clavó en ella de inmediato y la dejó paralizada sobre los tablones de la cubierta templada por el sol. El pánico volvió a apoderarse de ella. Debía de haberse puesto pálida, porque su padre se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros en un gesto protector.

—Te la llevaste demasiado pronto, mon ami —dijo Pierre, sin molestarse en ocultar la razón por la que se encontraba allí—. Quería comprarla para mí.

—No está en venta —aseguró Nathan.

—Por supuesto que sí. Tú pagaste por ella, y yo te pagaré más. Obtendrás buenos beneficios y ambos nos daremos por satisfechos.

—No lo entiendes. Es mi hija —aclaró Nathan con frialdad.

Pierre pareció sorprendido. Se produjo un silencio tenso mientras asimilaba la situación y su mirada recorría una y otra vez a padre e hija. Debió de darse cuenta de que no podría llevársela sin luchar y cejó en su empeño; soltó una carcajada y maldijo su mala suerte con el tono más amistoso que podría esperarse de alguien como él. Dicho tono pareció convencer a Nathan de que Lacross sabía que Gabrielle estaba fuera de su alcance, pero a ella no la engañó. Tenía el presentimiento de que el pirata consideraba la conversación con Nathan una simple demora. Se alejó en su barco, pero mucho se temía que no sería ésa la última vez que iba a verlo.

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