El suelo bajo sus pies

Salman Rushdie

Fragmento

1. EL CRIADOR DE ABEJAS

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EL CRIADOR DE ABEJAS

El día de San Valentín de 1989, último día de su vida, Vina Apsara, la legendaria cantante popular, se despertó sollozando porque había soñado con un sacrificio humano en el que ella era la víctima prevista. Hombres de torso desnudo que se parecían a Christopher Plummer la agarraban por muñecas y tobillos. Su cuerpo estaba despatarrado, desnudo y retorciéndose sobre una piedra pulida con la imagen tallada de Quetzalcóatl, el ave-serpiente. La abierta boca de la serpiente emplumada rodeaba un agujero oscuro excavado en la piedra y, aunque Vina tenía la boca dilatada por sus propios gritos, el único ruido que podía oír era el estallido de lámparas de flash; sin embargo, antes de que pudieran cortarle el cuello, antes de que su sangre vital burbujeara en aquella horrible copa, se despertó al mediodía en la ciudad de Guadalajara (México), en una cama desconocida y con un extraño semidifunto al lado, un mestizo desnudo de veintitantos años, identificado en los innumerables artículos de prensa que siguieron a la catástrofe como Raúl Páramo, el playboy heredero de un magnate local de la construcción, bien conocido, una de cuyas sociedades era propietaria del hotel. Ella había sudado copiosamente y las sábanas empapadas apestaban a la sordidez sin sentido de aquel encuentro nocturno. Raúl Páramo estaba inconsciente, tenía los labios pálidos y su cuerpo era sacudido, cada pocos momentos, por espasmos que Vina reconoció como idénticos a sus propios retorcimientos en sueños. Al cabo de unos instantes, el mestizo comenzó a hacer ruidos horrorosos en el fondo de su tráquea, como si alguien le estuviera cortando el cuello, y su sangre fluyera por la sonrisa escarlata de una herida invisible y serpenteara cayendo en una copa fantasma. Vina, presa del pánico, saltó de la cama, agarró su ropa, los pantalones de cuero y el corpiño de lentejuelas doradas con que había hecho su última salida la noche anterior al escenario del centro de congresos de la ciudad. Despreciativa, desesperadamente, se había entregado a aquel don nadie, a aquel muchacho que tenía la mitad de sus años, lo había elegido más o menos al azar entre la multitud que había entre bastidores, los resbaladizos, untuosos pretendientes de flor en el ojal, los magnates de la industria, la aristodesgracia, los reyezuelos de la droga, los príncipes del tequila, todos con limusinas, champán y cocaína, y hasta puede que con diamantes para obsequiar al lucero vespertino.

Aquel hombre había empezado a presentarse, pavonearse y hacerle fiestas, pero ella no quiso saber su nombre ni el saldo de su cuenta bancaria. Lo había elegido como a una flor y ahora quería tenerlo entre los dientes, lo había encargado como si fuera un plato «para llevar» y ahora lo alarmaba con la ferocidad de sus apetitos, porque comenzó a darse un festín de él en el momento mismo en que se cerró la puerta de la limusina, antes de que el chófer hubiera tenido tiempo de subir el cristal que daba intimidad a los pasajeros. Luego, él, el chófer, habló con reverencia de su cuerpo desnudo; mientras los periodistas le servían tequila sin parar, susurraba cosas sobre aquella desnudez trepadora y depredadora como si fuera un milagro; quién hubiera podido pensar que ella estuviera ya muy allá de la parte mala de los cuarenta, supongo que alguien allí arriba quería que se conservase como era. Yo hubiera hecho cualquier cosa por una mujer así, gimió el chófer, hubiera conducido a doscientos kilómetros por hora si ella hubiera querido velocidad, me hubiera estrellado contra una pared de cemento si ella hubiera deseado morir.

Sólo cuando ella salió tambaleándose al pasillo del piso undécimo del hotel, semidesnuda y confusa, tropezando con periódicos no reclamados cuyos titulares sobre los ensayos nucleares franceses en el Pacífico y la agitación política en la provincia meridional de Chiapas le mancharon las plantas de los pies descalzos con su tinta estridente, sólo entonces comprendió que la suite que había abandonado era la suya, había cerrado la puerta de golpe y no tenía la llave y, en aquel momento de vulnerabilidad, tuvo suerte porque la persona con que tropezó era yo, Mr. Umeed Merchant, fotógrafo, alias «Rai», su compinche, por decirlo así, desde los viejos tiempos de Bombay, y el único aficionado al disparador en muchas millas a la redonda que no soñaría en fotografiarla en aquel desaliño tan delicioso y escandaloso, con todo su ser momentáneamente desenfocado y, lo peor de todo, representando su edad; con el único ladrón de imágenes que nunca le hubiera robado aquel aspecto tan deshilachado y acosado, aquel desamparo tan legañoso e indiscutiblemente ojeroso, con la enmarañada fuente de cabello rojo hirsuto y teñido temblándole sobre la cabeza en un moño de Pájaro Loco, la encantadora boca temblorosa e insegura y los diminutos fiordos de los años despiadados profundizando en las comisuras de su boca, el arquetipo mismo de la diosa del rock duro, a mitad de camino hacia la desolación y la ruina. Había decidido convertirse en pelirroja para aquella gira, porque, a los cuarenta y cuatro, estaba empezando de nuevo, una carrera en solitario sin Él, por primera vez en años estaba en la carretera sin Ormus, por lo que no era realmente sorprendente que la mayor parte del tiempo se sintiera desorientada y desconcertada. Y sola. Había que admitirlo. Vida pública o vida privada, daba igual, ésa era la verdad: cuando no estaba con él no importaba con quién estuviera, porque siempre estaba sola.

Desorientación: pérdida del Oriente. Y de Ormus Cama, su sol.

Y no era sólo chamba eso de chocar conmigo. Yo siempre estaba allí para ella. Siempre cuidando de ella, siempre esperando su llamada. Si ella hubiera querido, habría habido docenas de nosotros, cientos, miles. Pero creo que sólo estaba yo. Y la última vez que pidió socorro no pude prestárselo, y ella murió. Terminó en mitad de la historia de su vida, fue una canción inacabada, abandonada en el puente, privada del derecho a seguir sus versos vitales hasta la rima final y perfecta.

Dos horas después de haberla rescatado del abismo insondable del pasillo de su hotel, un helicóptero nos llevó a Tequila, en donde Don Ángel Cruz, propietario de una de las mayores plantaciones de agave azul y de la celebrada destilería Ángel, un caballero legendario por la suave amplitud de su voz de contralto, la gran rotonda de su barriga y la esplendidez de su hospitalidad, iba a dar un banquete en honor de ella. Entretanto, habían llevado al hospital al amante playboy de Vina, paralizado por ataques provocados por la droga tan extremos que acabaron siendo mortales y, durante días, a causa de lo que le sucedió a Vina, el mundo se vio obsequiado con análisis minuciosos del contenido del torrente sanguíneo del difunto, su estómago, sus intestinos, su escroto, sus órbitas, su apéndice, su cabello y en realidad todo salvo el cerebro, que no se creía contuviera nada de interés, y había sido tan concienzudamente revuelto por los estupefacientes que nadie pudo comprender las últimas palabras que dijo, durante su comatoso delirio final. Unos días más tarde, sin embargo, cuando la información se había abierto paso hasta la Internet, un chalado por la literatura fantástica, apodado <elrond@rivendel.com>, que clamaba desde el distrito Castro de San Francisco, explicó que Raúl Páramo había hablado orco, el lenguaje infernal imaginado por Tolkien para los servidores de Sauron, el Señor Oscuro: Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg thrakatulûk agh burzum-ishi krimpatul. Después de eso, los rumores de prácticas satánicas, o quizá saurónicas, se extendieron imparablemente por la Red. Se hizo correr la idea de que el amante mestizo había sido un adorador del diablo, sirviente de sangre del Inframundo, y había dado a Vina Apsara un anillo inestimable pero maligno que había causado la catástrofe que siguió, arrastrándola al Infierno. Pero para entonces Vina estaba pasando ya a ser un mito, convirtiéndose en un recipiente en el que cualquier imbécil podía verter sus estupideces, o digamos en un espejo de la cultura, y podemos comprender mejor la naturaleza de esa cultura si decimos que encontró su espejo más fiel en un cadáver.

Un anillo para gobernarlos a todos, un anillo para encontrarlos, un anillo para traerlos a todos y someterlos en la oscuridad. Yo estaba sentado junto a Vina Apsara en el helicóptero a Tequila, pero no vi ningún anillo en sus dedos, salvo la talismánica piedra lunar que llevaba siempre, su vínculo con Ormus Cama, el recuerdo de su amor.

Había enviado a su séquito por carretera, eligiéndome a mí como único compañero aéreo:

—De todos, hijos de puta, es el único en quien puedo confiar. —Había gruñido.

Ellos habían salido una hora antes que nosotros, todo aquel maldito zoo, su serpentino director de gira, la hiena de su secretario, los gorilas de la seguridad, el pavo real de su peluquero y el dragón de la publicidad, pero ahora, mientras el helicóptero descendía sobre la caravana, la oscuridad que había envuelto a Vina desde nuestra partida pareció levantarse, y ella ordenó al piloto que diera una serie de pasadas a los coches, cada vez más bajo, vi cómo los ojos de él se dilataban de miedo, sus pupilas eran agujeritos negros, pero estaba tan embrujado como todos nosotros e hizo lo que a ella se le antojaba. Yo era quien gritaba más alto, por favor más alto en el micrófono sujeto a nuestros auriculares protectores, mientras su risa resonaba en mis oídos como una puerta que golpeara en el viento y, cuando la miré para decirle que tenía miedo, vi que estaba llorando. La policía había sido sorprendentemente amable con ella al llegar al escenario de la sobredosis de Raúl Páramo, contentándose con advertirla de que podría ser objeto de una investigación. Sus abogados pusieron fin a la reunión en aquel momento, pero ella parecía después tensa, inestable, demasiado brillante, como si estuviera a punto de deshacerse como una bombilla que explotara, como una supernova, como un universo.

Entonces dejamos atrás los vehículos y volamos sobre las colinas y valles, a los que las plantaciones de agave volvían de un azul grisáceo, y ella volvió a cambiar de humor, comenzó a reírse en el micrófono y a insistir en que la llevábamos a un lugar que no existía, un destino fantástico, un país de las maravillas, porque ¿cómo era posible que existiera un lugar llamado Tequila?

—Es como decir que el whisky viene de Whisky o que el gin se hace en Gin —exclamó—. ¿Acaso hay un río Vodka en Rusia? ¿Fabrican el ron en Ron? —Y luego, ensombreciéndose de pronto y con voz que se había vuelto muy suave, casi inaudible bajo el ruido de los rotores—: Y la heroína es de los héroes, y el crack de Cracovia.

Era posible que yo estuviera presenciando el nacimiento de una canción. Después, cuando interrogaron al capitán y al copiloto sobre el viaje en helicóptero, se negaron lealmente a divulgar detalles de aquel monólogo a bordo, en el que ella oscilaba, de un momento al siguiente, entre la euforia y la desesperación.

—Estaba muy animada —dijeron—, y hablaba en inglés, de manera que no la entendimos.

No sólo en inglés. Como únicamente estaba yo, podía parlotear en un argot barriobajero de Bombay, el Mumbai ki kachrapati baat-cheet, en el que una frase podía comenzar en un idioma, lanzarse por un segundo y hasta un tercer idioma, y volver a desviarse hacia el primero. Nuestro acronímico nombre para ello era, en inglés, Hug-me (es decir, Hindi Udu Gujarati Marathi Eglish): abrázame. Los bombayitas como yo eran gente que hablaba mal cinco idiomas y ninguno bien.

Separada de Ormus Cama en aquella gira, Vina había descubierto las limitaciones, musicales y letrísticas, de su propio material. Había escrito canciones nuevas para lucir aquella voz celestial que tenía, aquella escalera al cielo de octavas múltiples, tipo Yma Sumac, de un instrumento que, pretendía ella ahora, nunca había sido suficientemente aprovechado por las composiciones de Ormus; pero en Buenos Aires, San Pablo, México, D.F. y Guadalajara había podido oír por sí misma la tibia respuesta del público a esas canciones, a pesar de la presencia de sus tres enloquecidos percusionistas brasileños y de la pareja de guitarristas argentinos duelistas, que amenazaban terminar todas sus actuaciones con un duelo a cuchillo. Ni siquiera la aparición como invitado del veterano superstar mexicano Chico Estefan había podido entusiasmar a su público; al contrario, la cara de él, quirúrgicamente estirada y con la boca llena de dientes falsos, sólo subrayaba que la juventud de ella se estaba marchitando, algo que se reflejaba en la edad media de la multitud. Los chicos no venían, o no los suficientes, ni mucho menos.

Sin embargo, rugidos de aclamación seguían a cada uno de los viejos éxitos del antiguo catálogo VTO, y la verdad ineludible era que, durante esos números, la locura de los percusionistas se acercaba más a lo divino, los guitarristas duelistas ascendían en espiral hacia lo sublime, y hasta Estefan, aquel viejo libertino, parecía regresar de sus verdes prados al otro lado de la colina. Vina Apsara cantaba las palabras y la música de Ormus Cama, y enseguida la minoría de jovencitos del público se animaba y comenzaba a enloquecer, y las miles y miles de manos de la multitud empezaban a moverse al unísono, formando, con el lenguaje de los gestos, el nombre de la gran orquesta, al ritmo de unos vítores atronadores:

¡V! ¡T! ¡O!

¡V! ¡T! ¡O!

Vuelve a él, decían. Os necesitamos juntos. No tiréis vuestro amor. Queremos que, en lugar de romper, os reconciliéis.

Vertical Take-Off (Despegue Vertical). O Vina to Ormus (Vina para Ormus). We two (Nosotros Dos), traducido al hug-me por V-To. O una referencia a las bombas V-2. O V por peace, la paz que ansiaban, T for two, té para ellos dos, y O por love, su amor. O un homenaje a uno de los grandes edificios de la ciudad natal de Ormus: Victoria Terminus Orchestra. O un nombre inventado hacía mucho, cuando Vina vio un letrero de neón de la antigua bebida refrescante Vimto con sólo tres de sus letras iluminadas, Vimto sin im.

V... T... Ohh.

V... T... Ohh.

Dos gritos y un suspiro. El orgasmo del pasado, cuyo anillo llevaba ella en el dedo. Al que tal vez sabía que, a pesar de mí, tenía que volver.

El calor de la tarde era seco y feroz, lo que la encantaba. Antes de aterrizar, habían informado al piloto de suaves temblores de tierra en la región, pero él nos tranquilizó: habían pasado y no había razón para abortar el aterrizaje. Luego maldijo en francés.

—Después de cada ensayo nuclear, puedes contar cinco días: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y la tierra tiembla.

Posó el helicóptero en un polvoriento campo de fútbol, en el centro de la pequeña ciudad de Tequila. Las que debían de ser todas las fuerzas de policía de la ciudad mantenían a raya a la población local. Cuando Vina Apsara descendió majestuosamente (siempre princesa, se estaba convirtiendo ahora en realeza), surgió un grito, sólo su nombre, Viiinaaa, alargando las vocales para que no fuera ella quien les diera largas, y se dio cuenta, y no por primera vez, de que, a pesar de todo el hiperbólico jolgorio y de la pública exhibición de su vida, a pesar de sus payasadas de estrella, de sus nakhras, nunca se lo tomaban a mal; había algo en su forma de ser que desarmaba a la gente, y lo que les salía burbujeando no era bilis sino un cariño milagroso e incondicional, como si ella fuera la niña recién nacida del mundo entero.

Podéis llamarlo amor.

Unos chicos pequeños rompieron el cordón policial, perseguidos por polis sudorosos, y allí estaba ya Don Ángel Cruz, con sus dos Bentley plateados que imitaban exactamente el color de su pelo, disculpándose por no saludarnos con un aria, pero el polvo, el desafortunado polvo es siempre una dificultad, y ahora, con el temblor, el aire está lleno de polvo, por favor, señora, señor y, con una tosecita contra el dorso de la mano, nos condujo hasta el primer Bentley, que saldrá enseguida, por favor, y comenzará el programa. Él se sentó en el segundo vehículo, secándose con pañuelos gigantescos y manteniendo aquella enorme sonrisa en la cara mediante un gran esfuerzo de voluntad. Casi se podía ver su distracción, que iba aumentando bajo aquella superficie de anfitrión perfecto.

—Está preocupado —dije a Vina cuando nuestro coche salió hacia la plantación.

Ella se encogió de hombros. En octubre de 1984 había atravesado el puente de la bahía de Oakland, yendo hacia el oeste, mientras probaba en carretera un automóvil de lujo para un artículo publicitario en Vanity Fair, y al llegar al otro lado se dirigió a una estación de gasolina, bajó del coche y lo vio elevarse del suelo, con las cuatro ruedas, y quedarse suspendido en el aire como si fuera del futuro o de Regreso al futuro al menos. En aquel momento, el puente de la bahía se estaba derrumbando como si fuera de juguete. Por eso:

—No trates de terremotearme —me dijo con su voz dura de pelar, avezada a desastres, en cuanto llegamos a la plantación, en donde empleados de Don Ángel nos aguardaban con sombreros vaqueros de paja para protegernos del sol, y maestros del machete se disponían a demostrarnos cómo se corta a tajos una planta de agave para convertirla en una gran piña azul, lista para la máquina batidora—. No trates de Richtearme, Rai, cariño. Me han escalado otras veces.

Los animales actuaban extrañamente. Chuchos mestizos corrían en círculo gañendo y se oían relinchos de caballos. Aves proféticas revoloteaban ruidosamente allá en lo alto. La actividad sísmica subcutánea aumentaba también, bajo la afabilidad, cada vez más ampulosa, de Don Ángel Cruz, mientras nos arrastraba por toda la destilería: éstas son nuestras cubas de madera tradicionales, y aquí están nuestras flamantes maravillas tecnológicas, nuestra inversión de capital para el futuro, nuestra enorme inversión, nuestra inversión incalculable. El miedo había comenzado a rezumar de él en glóbulos de sudor rancio. Distraídamente, se daba golpecitos con sus empapados pañuelos para secar el flujo oloroso, y en la planta de embotellado sus ojos se abrieron aún más de sufrimiento mientras contemplaba la fragilidad de su fortuna, líquido acunado en cristal, y el miedo al terremoto comenzaba a filtrársele húmedamente por el rabillo del ojo.

—Las ventas de vinos y licores franceses han disminuido, desde que comenzaron los ensayos nucleares, quizá en un veinte por ciento —musitó, sacudiendo la cabeza—. Las bodegas chilenas y nuestra gente, aquí en Tequila, han sido los beneficiados. La demanda de exportaciones se ha disparado hasta tal punto que no se lo creerían. —Se secó los ojos con el dorso de una mano insegura—. ¿Por qué habría de hacernos Dios ese regalo sólo para quitárnoslo después? ¿Por qué tendría que poner a prueba nuestra fe? —Nos miró con ojos escrutadores, como si realmente pudiéramos ofrecerle una respuesta. Cuando comprendió que no había respuesta disponible, agarró de pronto las manos de Vina Apsara, y se convirtió en suplicante de su corte, empujado a aquel acto de familiaridad excesiva por la fuerza de una gran necesidad. Ella no trató de librarse de sus manos.

—No he sido malo —dijo Don Ángel a Vina, en tono implorante, como si le estuviera rezando—. He sido justo con mis empleados y cariñoso con mis hijos, y hasta fiel a mi mujer, salvo, seamos sinceros, un par de incidentes sin importancia, ocurridos quizá hace veinte años, señora, usted es una dama refinada y puede comprender las flaquezas de la edad madura. ¿Por qué tendría que llegar un día como éste? —De hecho... inclinó la cabeza, soltándole ahora las manos para juntar las suyas y llevárselas temerosamente a los dientes.

Ella estaba acostumbrada a dar absoluciones. Poniendo sus recién liberadas manos en los hombros de él, comenzó a hablarle con aquella Voz, a murmurarle como si fueran amantes, rechazando el temido terremoto como a un niño travieso, mandándolo a un rincón, prohibiéndole causar problemas al excelente Don Ángel, y tal era el milagro de sus facultades vocales, del sonido de su voz, más que cualquier cosa que pudiera decir, que aquel tipo afligido dejó realmente de sudar y, con un renacimiento vacilante e indeciso de su buen humor, levantó su cabeza de querubín y sonrió.

—Muy bien —dijo Vina Apsara—. Ahora vamos a comer.

En la vieja hacienda de la empresa familiar, que ahora se usaba sólo para grandes fiestas como aquélla, encontramos una larga mesa puesta en un claustro que daba sobre un patio con una fuente y, cuando Vina entró, un mariachi comenzó a tocar. Luego llegó la caravana de automóviles y de ella salió desordenadamente todo el horrible zoo del mundo del rock, gritando y agitándose, y empezó a soplarse el tequila añejo de su anfitrión como si fuera cerveza de lata o vino de cartón, alardeando de su viaje a través de los temblores de tierra; el secretario siseando su odio hacia aquella tierra inestable, como si tuviera intención de demandarla judicialmente, el director de la gira riéndose con el regocijo que sólo mostraba normalmente cuando había firmado un nuevo contrato en condiciones de explotación vergonzosa, el pavo real con aspavientos y exclamaciones, los gorilas gruñendo monosilábicamente, los guitarristas argentinos, como de costumbre, como el perro y el gato, y los percusionistas —¡ay, los percusionistas!— ahuyentando el recuerdo de su pánico mediante una serie de críticas a todo volumen, lubricadas con tequila, a la forma de tocar del mariachi, cuyo jefe, reluciente en su traje de negro y plata, tiró el sombrero al suelo y estaba a punto de echar mano a la pistola de seis tiros que llevaba al muslo cuando intervino Don Ángel y, para fomentar un ambiente más cordial, ofreció con benevolencia:

—Por favor, si me lo permiten, intentaré cantar para divertirlos.

Una auténtica voz de contralto hace callar todas las disputas, su dulzura sideral, como la música de las esferas, nos hace avergonzarnos de nuestra mezquindad. Don Ángel Cruz nos regaló el Trionfi Amore de Gluck, y las voces del mariachi hicieron un trabajo meritorio como coro de Orfeo.

Trionfi Amore! E il Mondo intero

Serva all’impero della beltà.

La infortunada conclusión de la historia de Orfeo, Eurídice perdida para siempre por haber mirado Orfeo hacia atrás, siempre fue un problema para compositores y libretistas. Eh, Signor Calzabigi, ¿qué clase de final es ése? Qué deprimente, ¿voy a mandar a la gente a casa con una cara tan larga como una wurst? ¿Eh? ¡Alégremelo un poco, ja...! Claro que sí, Herr Gluck, no se ponga tan agitato. ¡No hay problema! El amor es más fuerte que el Hades. El amor hace a los dioses clementes. ¿Y si la devolvieran de todas formas? «¡Escápate, chica, ese muchacho está loco por ti! ¿Qué es una miradita?» Entonces los amantes dan una fiesta, ¡y qué fiesta! Baile, vino, toda la pesca. De manera que tienes tu gran final, todo el mundo sale tarareando... Para mí vale. Muy bien hecho, Raineri... Estupendo, Christoph Willibald. Olvidadme.

Y allí estaba el sensacional finale. El triunfo del amor sobre la muerte. El mundo entero sirve al imperio de la belleza. Para asombro de todos, yo incluido, Vina Apsara, la estrella de rock, se levantó y cantó los dos papeles de soprano, tanto Amore como Eurídice, y, aunque no soy experto, sonaba perfecta en palabras y música, con la voz en un éxtasis de plenitud, finalmente, parecía decir, habéis descubierto para qué estoy hecha.

E quel sospetto, ch’il cor tormenta

Al fin diventa felicità.

El corazón no sólo encuentra la felicidad, eso es: se convierte en felicidad. En cualquier caso, ésa es la historia. Eso dice la canción.

La tierra comenzó a temblar en cuanto ella terminó, aplaudiendo su actuación. La gran naturaleza muerta del banquete, las fuentes de carne y los cuencos de fruta, las botellas del mejor tequila Cruz y hasta la propia mesa comenzaron entonces a saltar y bailar al estilo Disney, objetos inanimados animados por el pequeño aprendiz de brujo, ese ratón presuntuoso; o como inducidos por la simple fuerza de la canción a unirse a la chaconne final. Cuando intento recordar la secuencia exacta de los acontecimientos, me encuentro con que mi memoria se ha convertido en una película muda. Pero tuvo que haber ruido. El pandemonio, la ciudad de los diablos y sus tormentos, difícilmente podía haber sido más ruidoso que aquella ciudad mejicana, mientras las grietas correteaban como lagartos por las paredes de sus edificios, separando los muros de la hacienda de Don Ángel con sus largos dedos trepadores, hasta que sencillamente se desvaneció como una ilusión, una fachada de película y, a través de la nube de polvo que levantó su derrumbamiento, fuimos devueltos a aquellas calles que se inclinaban y corcoveaban, mientras corríamos para salvar la vida, sin saber hacia dónde correr pero corriendo, como fuera, con tejas cayendo de los tejados y árboles lanzados al aire y alcantarillas que estallaban en las calles y casas que explotaban y maletas hacía tiempo guardadas en desvanes que comenzaban a llover del cielo.

Sin embargo, sólo recuerdo silencio, el silencio de un gran horror. El silencio, para ser más exacto, de la fotografía, porque ésa era mi profesión, de forma que, naturalmente, fue a lo que recurrí en el momento en que el terremoto empezó. Todos mis pensamientos eran para los pequeños rectángulos de película que pasaban por mis viejas cámaras, Voigtländer, Leica, Pentax, para las formas y colores que quedaban registrados en ellos por los accidentes del movimiento y el acontecimiento, y desde luego por la habilidad o la falta de ella con que lograba apuntar la lente en la dirección acertada o equivocada en el momento acertado o equivocado. Allí estaba el eterno silencio de rostros y cuerpos y animales y hasta de la propia Naturaleza, capturados —sí— por mi cámara, pero capturados cuando eran presas del miedo a lo imprevisible y de la angustia de la pérdida, en las garras de aquella metamorfosis odiada, el silencio atroz de una forma de vida en el momento de su aniquilación, de su transformación en un pasado dorado que nunca podría reconstruirse por completo, porque, una vez que has vivido un terremoto, sabes, aunque sobrevivas sin un rasguño, que, como un ataque al corazón, permanece en el pecho de la tierra, horriblemente posible, prometiendo siempre volver, golpearte de nuevo con fuerza todavía más devastadora.

Una fotografía es una decisión moral tomada en un octavo de segundo, o un dieciseisavo, o un cientoveintiochoavo. Chasquead los dedos; una instantánea es más rápida. A medio camino entre voyeur y testigo, gran artista y escoria humana, ahí es donde he hecho mi vida, tomando en un parpadeo mis decisiones. Está bien, está muy bien. Todavía estoy vivo, y sólo me han escupido e insultado unos centenares de veces. No me importa que me insulten. Los que me preocupan son los hombres con artillería pesada. (Y son hombres casi siempre, todos esos exterminadores con sus Arnold, todos esos celosos suicidarios con su barba de escobilla de retrete y sin pelo en el labio superior, desnudo como un bebé; pero cuando las mujeres hacen ese trabajo son a menudo peores.)

He sido un yonqui de los acontecimientos, yo. La acción ha sido el estimulante de mis decisiones. Siempre me ha gustado pegar la cara a la superficie rota, caliente y sudorosa de lo que se estaba haciendo, con los ojos abiertos, bebiendo y con el resto de los sentidos apagados. Nunca me importó que apestara, o que su tacto viscoso te diera ganas de vomitar, ni lo que podría hacer con tus papilas gustativas si lo lamías, ni siquiera que gritara tan fuerte. Sólo el aspecto que tenía. Eso fue lo que durante mucho tiempo busqué como sensación, y como verdad.

Lo que Realmente Ocurre: no hay nada que lo supere cuando estás apretado contra ello, mientras no te partan la cara. No hay emoción igual en el mundo.

Hace tiempo desarrollé cierta habilidad para la invisibilidad. Eso me permitía ir derecho a los actores del teatro mundial, los enfermos, los moribundos, los enloquecidos, los enlutados, los ricos, los avariciosos, los extáticos, los desposeídos, los coléricos, los asesinos, los reservados, los malos, los niños, los buenos, los de interés periodístico; meterme bailoteando en su espacio encantado, en medio de su rabia o pesar o excitación trascendente, penetrar en el instante definidor de su estar en el mundo y conseguir mi foto de mierda. En muchas ocasiones, el don de la desmaterialización me ha salvado la vida. Cuando la gente me decía: no vayas por esa carretera infestada de francotiradores, no entres en la fortaleza de ese caudillo, harías mejor en rodear ese feudo de la milicia, me sentía atraído casi irresistiblemente. Nadie ha entrado ahí con una cámara y ha salido vivo, me advertía alguien, e inmediatamente me ponía en marcha y pasaba por el control sin retorno. Cuando volvía, la gente me miraba de una forma rara, como si viera un fantasma, y me preguntaba cómo me las había arreglado. Yo movía la cabeza. Sinceramente, con frecuencia no lo sabía. Tal vez si lo supiera no podría hacerlo ya y me matarían en alguna zona de combate mal pensada. Puede ocurrir cualquier día.

Lo más que puedo decir es que sé cómo pasar inadvertido. No físicamente inadvertido, porque soy un tipo más bien alto, fornido, sino psíquicamente. Me limito a sonreír con mi sonrisa autodespectiva y a encogerme hasta resultar insignificante. Con mi actitud, persuado al francotirador de que no merezco una bala, mi forma de comportarme convence al caudillo de que debe conservar limpia su hacha. Les hago comprender que no merezco su violencia. Tal vez funciona porque soy sincero, porque realmente trato de autodespreciarme. Hay experiencias que llevo conmigo, recuerdos a los que puedo acudir cuando quiero recordar mi escaso valor. De ese modo, una forma de modestia adquirida, producto de mi vida y fechorías anteriores, ha logrado mantenerme vivo.

—Chorradas —era lo que opinaba Vina Apsara—. Es sólo otra versión de tu técnica para ligar.

La modestia funciona con las mujeres, es cierto. Pero con las mujeres la finjo. Mi sonrisa amable, tímida, mi lenguaje corporal recesivo. Cuanto más retrocedo con mi chaqueta de ante y mis botas de campaña, sonriendo tímidamente bajo la cabeza calva (¡con frecuencia me han dicho que tengo una cabeza hermosa!), tanto más insistentemente avanzan ellas. En el amor se avanza retrocediendo. Sin embargo, lo que yo entendía por amor y lo que entendía, por ejemplo, Ormus Cama por esa misma palabra eran dos cosas diferentes. Para mí, era siempre una habilidad, el ars amatoria: la primera aproximación, la desviación de las ansiedades, el despertar del interés, el amago de abandono, el regreso lento e inexorable. La pausada espiral interior del deseo. Kama. El arte de amar.

Mientras que para Ormus Cama era simple cuestión de vida o muerte. El amor era para toda la vida y perduraba más allá de la muerte. El amor era Vina, y más allá de Vina no había más que el vacío.

Sin embargo, nunca he sido invisible para las pequeñas criaturas del mundo. Esos terroristas enanos de seis patas me han cogido el número, de eso no hay duda. Enseñadme (o, preferiblemente, no me enseñéis) una hormiga, llevadme (no me llevéis) a una avispa, una abeja, un mosquito, una pulga. Se me desayunará: o me destinará a otros ágapes más sustanciosos. Todo lo que es pequeño y muerde me muerde a mí. Y así, en un momento determinado, en pleno terremoto, mientras fotografiaba a un niño perdido llorando por sus padres, fui picado, una vez, fuertemente, como por la conciencia, en la mejilla y, cuando aparté bruscamente el rostro de la cámara, justo a tiempo (gracias, supongo, a la horrible cosa que blandía aquel aguijón; no la conciencia, probablemente, sino un sexto sentido de francotirador) pude ver el comienzo de la riada de tequila. Las muchas cubas gigantes de almacenamiento de la ciudad habían estallado.

Las calles eran como látigos que reptaran y restallaran. La destilería Ángel fue una de las primeras en sucumbir ante los latigazos. La vieja madera se abrió y el metal nuevo se combó y partió. El orinoso río de tequila se abrió un espumoso camino hacia los callejones de la ciudad, la ola de cabeza del torrente alcanzó a la población que escapaba, derribándola, y era tal la potencia del brebaje que los que tragaron bocanadas de aquella oleada angélica no sólo salieron empapados y jadeantes sino borrachos. La última vez que vi a Don Ángel Cruz, corría por las plazas ahogadas en tequila con una cacerola en la mano y dos cafeteras colgadas del cuello con cuerdas, tratando patéticamente de salvar lo que pudiera.

Así es como se comporta la gente cuando su vida cotidiana queda destruida, cuando por unos momentos ven, sencilla y sin adornos, alguna de las grandes fuerzas que conforman la vida. La calamidad los mira con sus ojos hipnotizadores, y empiezan a buscar y escarbar en los escombros de sus días, tratando de arrancar el recuerdo de lo cotidiano —un juguete, un libro, una prenda de vestir, incluso una fotografía— de los montones de basura de lo irrecuperable, de su pérdida abrumadora. Don Ángel Cruz convertido en pordiosero era la imagen ingenua y fabulosa que necesitaba, una figura inquietantemente reminiscente del surrealista Hombre de la Cacerola de algunos de los libros favoritos de Vina Apsara, la serie del Árbol Lejano de Enid Blyton, que viajaba con ella adondequiera que fuera. Envolviéndome en invisibilidad, comencé a disparar.

No sé cuánto tiempo hizo falta para todo eso. La mesa temblorosa, el derrumbamiento de la hacienda, las calles convertidas en montaña rusa, la gente jadeando y dando tumbos en el río de tequila, el descenso de la histeria, la risa de muerte de los sin hogar, los quebrados, los desempleados, los huérfanos, los muertos... pedidme que haga una estimación y el resultado sería nulo. ¿Veinte segundos? ¿Media hora? Que me registren. La capa invisible y mi otro truco de desconectar todos mis sentidos y canalizar todas mis facultades de percepción por mis ojos mecánicos... son cosas que tienen, como dicen, sus desventajas. Cuando me enfrento con las enormidades de lo real, cuando el gran monstruo ruge hacia mi lente, pierdo el control de las otras cosas. ¿Qué hora es? ¿Dónde está Vina? ¿Quién ha muerto? ¿Quién vive? ¿Es un abismo eso que se abre bajo mis botas de campaña? ¿Qué ha dicho? ¿Que hay un equipo médico tratando de llegar hasta esa mujer moribunda? ¿De qué habla? ¿Por qué se interpone en mi camino, a quién coño cree que puede mangonear? ¿No ve que estoy trabajando?

¿Quién estaba vivo? ¿Quién había muerto? ¿Dónde estaba Vina? ¿Dónde estaba Vina? ¿Dónde estaba Vina?

Reaccioné. Los insectos me picaban en el cuello. El torrente de tequila cesó, el precioso río desapareció en la tierra agrietada. La ciudad parecía una postal rota por un niño furioso y reconstruida minuciosamente por su madre. Había adquirido la calidad de lo fracturado, se había convertido en miembro de la gran familia de lo roto: platos rotos, muñecas rotas, inglés destrozado, promesas rotas, corazones rotos. Vina Apsara venía hacia mí tambaleándose a través del polvo.

—Rai, gracias a Dios.

A pesar de todos sus coqueteos con sabios budistas (Rinpoche Hollywood y Ginsberg Lama) y cimbalistas de la Consciencia de Krishna y gurús tántricos (aquellos exhibicionistas kundalini) y rishis de lo TrascendentalTM y maestros de esta o aquella sabiduría demente, Zen y el Arte del Negocio, el Tao del Sexo Promiscuo, Autoamor e Iluminación, a pesar de todas sus manías espirituales, siempre, en mi propia impiedad, encontré difícil creer que ella creyera realmente en un Dios realmente existente. Pero probablemente creía; probablemente me equivocaba también en eso: y, en cualquier caso, ¿qué otra palabra hay? Cuando sientes esa gratitud por la suerte loca de tu vida, cuando no hay nadie a quien dar las gracias pero tienes que dar las gracias a alguien, ¿qué dices? Dios, decía Vina. A mí la palabra me sonaba como una forma de deshacerse de la emoción. Era un lugar en donde poner algo que no tenía ningún otro lugar.

Desde el cielo, un insecto mayor se nos echaba encima, abrumándonos con la insistente corriente de sus alas estentóreas. El helicóptero había despegado a tiempo para escapar a la destrucción. Ahora el piloto lo hacía descender casi hasta una cota cero e, inmóvil en el aire, nos hacía señales.

—¡Vámonos de aquí! —gritó Vina.

Yo sacudí la cabeza.

—¡Vete tú! —le grité a mi vez. Antes es la obligación que la devoción. Tenía que transmitir mis fotografías—. ¡Te veré luego! —bramé.

—¿Qué?

—¡Luego!

—¿Qué?

El plan había sido que el helicóptero nos llevara, para un fin de semana de descanso, a una villa remota de la costa del Pacífico, Villa Huracán, de la que era copropietario el presidente de la compañía discográfica Colchis y que estaba situada al norte de Puerto Vallarta, en aislamiento privilegiado, emparedada como un reino mágico entre la jungla y el mar. Ahora no había forma de saber si la villa seguía existiendo. El mundo había cambiado. Sin embargo, como la gente de la ciudad que se aferraba a sus fotografías enmarcadas, como Don Ángel con sus cacerolas, Vina Apsara se aferraba a la idea de continuidad, al itinerario convenido. Pero hasta que mis imágenes secuestradas hubieran llegado a las redacciones del mundo y se hubieran salvado, no habría Shangri-las tropicales para mí.

—¡Entonces me voy! —gritó ella.

—Yo no puedo irme.

—¿Qué?

—¡Vete!

—¡Que te follen!

—¿Qué?

Y ella estaba ya en el helicóptero que se elevaba, y yo no me había ido con ella, y nunca volví a verla, ninguno de nosotros, y las últimas palabras que me gritó me rompen el corazón cada vez que pienso en ella, y pienso en ella unos cientos de veces diarias, todos los días, y luego están las noches interminables e insomnes.

Adiós, esperanza.

Comencé a utilizar el nombre profesional de «Rai» cuando me contrató la famosa Nebuchadnezzar Agency. Seudónimos, nombres artísticos, nombres profesionales: para escritores, espías, son máscaras útiles que esconden o alteran la verdadera identidad. Pero cuando empecé a llamarme Rai, príncipe, fue como quitarme un disfraz, porque estaba dejando que el mundo conociera mi secreto más querido, que era que, desde mi infancia, ése había sido el nombre cariñoso que me había dado Vina, la insignia de mi amor adolescente.

—Porque te comportas como un pequeño rajá —me dijo ella cariñosamente, cuando yo sólo tenía nueve años y un aparato corrector en los dientes—, de forma que sólo tus amigos sabemos que eras tonto del culo.

Ése era Rai, un principito. Pero la infancia termina y, en la vida adulta, fue Ormus Cama quien se convirtió en Príncipe Azul de Vina, y no yo. Sin embargo, me quedó el apodo. Y Ormus tuvo la amabilidad de usarlo también, o digamos que se le pegó de Vina como una infección, o digamos que nunca soñó que yo pudiera competir con él en nada, que pudiera ser una amenaza, y por eso podía pensar en mí como amigo... Pero eso no importa ahora. Rai... Significaba también deseo: la inclinación personal de un hombre, la dirección en que decidía ir; y voluntad, la fuerza de carácter de un hombre. Todo ello me gustaba. Me gustaba que fuera un nombre que viajaba bien; todo el mundo podía pronunciarlo, sonaba bien en cualquier lengua. Y si, en alguna ocasión, se convertía en «Hey, Ray!» en esa poderosa democracia de la mala pronunciación, Estados Unidos, no estaba dispuesto a discutir, aceptaba los trabajos que eran un chollo y me largaba. Y, en otra parte del mundo, el Rai era música. En el hogar de esa música, ay, los fanáticos religiosos han comenzado últimamente a matar a los músicos. Creen que la música es un insulto a Dios, que nos dio voces pero no quiso que cantásemos, que nos dio una voluntad libre, rai, pero prefiere que no seamos libres.

En cualquier caso, ahora todo el mundo lo dice: Rai. Sólo ese nombre, es fácil, es un estilo. La mayor parte de la gente no conoce siquiera mi verdadero nombre. Umeed Merchant, ¿lo he dicho? Umeed Merchant, criado en un universo diferente, en una dimensión temporal diferente, en un bungalow de Cuffe Parade (Bombay) que se quemó hace tiempo. El apellido Merchant, quizá debería explicarlo, significa «comerciante». Las familias de Bombay llevan a menudo apellidos derivados del tipo de trabajo de algún antepasado muerto. Engineer, Contractor, Doctor. Sin olvidar los Readymoney (Dinero fácil). Cashondeliveri (Contra reembolso) o Fishwala (Pescadero). Y un Mistry es un albañil, y un Waqdia un constructor naval, y un abogado es un Vakil, y un banquero un Shroff. Y del largo idilio de la sedienta ciudad con las bebidas gaseosas viene no sólo Battliwala (Hombre de las botellas) sino también Sodawaterbattliwala (Hombre de las botellas de soda), y no sólo Sodawaterbattliwala sino también Sodawaterbattliopenerwala (Hombre del abridor de las botellas de soda).

Que me muera si no.

—Adiós, Esperanza —gritó Vina, y el helicóptero ascendió de forma pronunciadamente inclinada y desapareció.

Umeed, comprendéis. Nombre, femenino. Significa esperanza.

¿Por qué nos importan los cantantes? ¿En dónde radica la fuerza de las canciones? Quizá deriva de la pura extrañeza de estar cantando en el mundo. La nota, la escala, el acorde; melodías, armonías, arreglos, sinfonías, ragas. Ópera china, jazz, los blues: que esas cosas existan, que hayamos descubierto los intervalos y distancias mágicos que producen el pobre racimo de notas, todo al alcance de la mano humana, a partir del cual podemos construir nuestras catedrales de sonido, es un misterio tan alquimista como el de las matemáticas, o el vino o el amor. Tal vez los pájaros nos han enseñado. Tal vez no. Tal vez seamos sólo criaturas en busca de una exaltación. No tenemos mucha. Nuestras vidas no son lo que se merecen; son, convengámoslo, deficientes en muchos sentidos penosos. Las canciones las convierten en algo distinto. La canción nos muestra un mundo digno de nuestros anhelos, nos muestra a nosotros mismos cómo podríamos ser si fuéramos dignos de esa palabra.

Cinco misterios guardan las llaves de lo oculto: el acto del amor, y el nacimiento de un niño, y la contemplación del gran arte, y estar en presencia de la muerte o el desastre, y escuchar la voz humana elevándose en una canción. Ésas son las ocasiones en que se abren de golpe los pernos del universo y se nos ofrece un vislumbre de lo que está escondido; un «ef» de lo inefable. En esos momentos la gloria estalla sobre nosotros: la oscura gloria de los terremotos, la resbaladiza maravilla de la vida nueva, el resplandor del canto de Vina.

Vina, a la que venían hasta los extraños, siguiendo su estrella, esperando ser redimidos por su voz, por sus ojos grandes y húmedos, por su contacto. ¿Cómo era posible que una mujer tan explosiva, incluso amoral, pudiera ser considerada un emblema, un ideal, por más de la mitad de la población del mundo? Porque no era un ángel, dejadme que os lo diga, pero intentad decírselo a Don Ángel. Tal vez sea una suerte que no naciera cristiana ni trataran de hacer de ella una santa. Nuestra Señora de los Estadios, nuestra virgen del ruedo, mostrando sus cicatrices a las masas como Alejandro Magno enardeciendo a los soldados para la guerra; nuestra Antivirgen borracha, sangrando lágrimas rojas por los ojos y música ardiente por la garganta. A medida que dejamos la religión, nuestro antiguo opiáceo, se producen síntomas de abstinencia, muchos efectos secundarios del género apsárico. El hábito de adorar no se pierde fácilmente. En los museos, las salas de iconos están abarrotadas. Siempre preferimos nuestras figuras icónicas lastimadas, acribilladas de flechas o crucificadas cabeza abajo; las necesitamos despellejadas y desnudas, queremos ver cómo su belleza se desmorona lentamente y observar su dolor narcisista. No las adoramos a pesar de sus defectos sino por sus defectos, venerando sus debilidades, su mezquindad, sus matrimonios fracasados, su uso indebido de sustancias, su rencor. Mirándonos en el espejo de Vina, y perdonándola, nos perdonábamos también a nosotros mismos. Ella nos redimía de nuestros pecados.

Yo no era distinto. Siempre la necesité para arreglar las cosas: algún trabajo chapucero, alguna contusión en mi orgullo, alguna mujer que se iba y cuyas últimas palabras crueles conseguían metérseme bajo la piel. Pero sólo hacia el final de su vida reuní valor suficiente para pedirle amor, para hacerle mi oferta, y por un momento embriagador creí realmente que podría arrancarla de las garras de Ormus. Luego murió, dejándome con un dolor que sólo su contacto mágico hubiera podido aliviar. Pero ella no estaba allí para besarme la frente y decirme, está bien, Rai, tontorrón, déjalo estar, deja que te ponga mi ungüento en esas picaduras malas y feas, ven con mamá y deja que las cosas sean como son.

Eso es lo que siento ahora cuando pienso en Don Ángel Cruz llorando ante ella en su frágil destilería: envidia. Y celos también. Quisiera haberlo hecho, haberle abierto mi corazón y haberle rogado antes de que fuera demasiado tarde, y también quisiera que no le hubiese tocado a usted, gusano capitalista en bancarrota, gimoteante y de voz chillona.

Todos buscábamos en ella la paz, pero ella misma no estaba en paz. Y por eso he decidido escribir aquí, públicamente, lo que ya no puedo susurrarle al oído en privado: es decir, todo. He decidido contar nuestra historia, la suya y la mía y la de Ormus Cama, todo, hasta el último detalle, y entonces quizá pueda encontrar ella una especie de paz aquí en la página, en este inframundo de tinta y mentiras, el respiro que le negó la vida. Por eso estoy a la puerta del infierno del idioma, hay un perro que ladra y un barquero que espera, y una moneda bajo mi lengua para el pasaje.

«No he sido malo», gimoteó Don Ángel Cruz. Oquey, yo también voy a gimotear un poco. Escucha, Vina: tampoco yo soy malo. Aunque, como confieso de plano, he sido traidor en el amor y, siendo hijo único, no tengo hijos aún y, en nombre del arte, he robado imágenes a los lastimados y los muertos, y he mariposeado, y me he encogido de hombros (desalojando de la percha de mi espalda a los ángeles que velaban por mí), y cosas peores aún, y sin embargo me considero un hombre entre los hombres, un hombre como son los hombres, ni mejor ni peor. Aunque esté condenado a ser picado por los insectos, no he llevado una perversa vida de villano. Puedes estar segura: no lo he hecho.

¿Conocéis la cuarta Geórgica del bardo de Mantua, Publius Vergilius Maro? El padre de Ormus Cama, el temible Sir Darius Xerxes Cama, clasicista y amante de la miel, conocía su Virgilio y, a través de él, aprendí algo también. Sir Darius, claro, era un admirador de Aristaeus; Aristaeus, el primer apicultor de la literatura universal, cuyos indeseados requerimientos a la dríade Eurídice hicieron que ella pisara una serpiente, con lo que la ninfa del bosque pereció y las montañas lloraron. El tratamiento por Virgilio de la historia de Orfeo es extraordinario: la cuenta en setenta y seis versos centelleantes, desplegando todos sus recursos, y luego, en treinta versos someros más, deja que Aristaeus realice su sacrificio ritual expiatorio, y eso es todo, se acabó el poema, no hay que preocuparse más de esos amantes tontamente condenados. El verdadero héroe del poema es el criador de abejas, el «maestro de Arcadia», autor de un milagro mucho mayor que el arte del desdichado cantor tracio, que ni siquiera supo resucitar a su amante de entre los muertos. Lo que podía hacer Aristaeus era: engendrar espontáneamente nuevas abejas en la carcasa podrida de una vaca. Tenía «el don celestial de obtener miel del aire».

Muy bien. Y Don Ángel podía producir tequila del agave azul. Y yo, Umeed Merchant, fotógrafo, puedo engendrar espontáneamente un nuevo significado en la carcasa putrefacta de lo que sea. Tengo el don diabólico de hacer aparecer respuesta, sentimiento, quizá incluso comprensión en ojos indiferentes, poniendo ante ellos los rostros silenciosos de lo real. Yo también estoy comprometido, nadie sabe mejor que yo cuán irremediablemente. Y no hay sacrificios que pueda hacer, ni dioses que propiciar. Sin embargo, mis nombres significan «esperanza» y «voluntad», y eso es algo, ¿no? Vina, ¿no tengo razón?

Claro que sí, baby. Claro que sí, Rai, honey. Eso es algo.

Música, amor, muerte. Sin duda un triángulo, si se puede llamar así: tal vez incluso un triángulo eterno. Sin embargo, Aristaeus, que trajo la muerte, trajo también la vida, un poco como Lord Shiva en mi país. No sólo era un bailarín, sino Creador y Destructor, ambas cosas. No sólo picado por abejas sino también alguien que hace nacer picaduras de abeja. Así pues, música, amor y vida-muerte: las tres cosas. Lo mismo que en otro tiempo fuimos tres, Ormus, Vina y yo. No teníamos miramientos los unos con los otros. Por eso, en esta narración no tendré miramientos. Vina, tengo que traicionarte para poder dejar que te vayas.

Comienzo.

2. MELOD&#205;AS Y SILENCIOS

2

MELODÍAS Y SILENCIOS

Ormus Cama nació en Bombay (India), en las primeras horas del 27 de mayo de 1937, y unos minutos después de su nacimiento comenzó a hacer con ambas manos unos movimientos de dedos extraños y rápidos que cualquier guitarrista hubiera identificado como una progresión de acordes. Sin embargo, no había guitarristas entre los invitados a admirar al recién nacido en la clínica de maternidad de las Hermanas de María Gratiaplena en Altamount Road, ni, luego, en el apartamento de la familia en Apollo Bunder, y el milagro hubiera podido pasar inadvertido de no haber sido por la película monocromática de 8 mm impresionada el 17 de junio con una Bolex Paillard sostenida a pulso, propiedad de mi padre, Mr. V. V. Merchant, entusiasta aficionado al cine familiar. El Vivvy movie («La película de V. V.»), como lo llamaron, sobrevivió afortunadamente en un estado razonable, hasta que, muchos años más tarde, las nuevas tecnologías informáticas de ampliación permitieron al mundo ver, en primeros planos digitalmente ampliados, las regordetas manos de Ormus bebé tocando indiscutiblemente su guitarra aérea y moviéndose en silencio a través de una serie compleja de riffs monstruosos y licks vertiginosos, con una velocidad y un sentimiento de los que los mejores ejecutantes de ese instrumento se hubieran sentido orgullosos.

En los comienzos, sin embargo, la música fue lo último en que pensó nadie. A Lady Spenta Cama, madre de Ormus, le dijeron en la trigésimo quinta semana de embarazo que el niño que llevaba en sus entrañas había muerto. En aquella fecha tardía, no tuvo otra opción que pasar por todo el dolor de las contracciones y, cuando vio el cuerpo muerto de Gayo, el hermano mayor de Ormus y su gemelo dicigótico no idéntico, su desdicha fue tan grande que creyó que el movimiento que seguía notando dentro de sí era su propia muerte tratando de nacer, a fin de que pudiera reunirse de inmediato con su hijo muerto.

Hasta aquel momento infeliz, había sido una persona plácida, endomorfa y astigmática, de gafas y cuerpo gruesos, propensa a cierta rotación bovina de la mandíbula que Sir Darius Xerxes Cama, su locuaz, irascible e imprevisible marido, ectomorfo, extravagantemente bigotudo y de ojos penetrantes bajo un fez rojo de borla dorada, tomaba con frecuencia, deliberadamente, por estupidez. No lo era. Era la imperturbabilidad de un alma plenamente ocupada en el plano espiritual o, más exactamente, de un alma que había encontrado en sus rutinas cotidianas el medio de estar en comunión íntima con lo divino. Lady Spenta Cama estaba en buenas relaciones con dos de los ángeles parsis, los amesha spentas cuyo nombre llevaba: el ángel Buenos Pensamientos, con el que silenciosas conversaciones le ocupaban una hora todas las mañanas (se negaba rotundamente a revelar la naturaleza de esas charlas, ni a su marido ni a nadie), y el ángel Rectitud Debida, bajo cuya tutela se volvió minuciosamente atenta a los asuntos de la casa, cuya supervisión le ocupaba la mayor parte de las tardes. De los diversos spentas sobrenaturales, aquél era el dúo con el que Lady Spenta Cama sentía más afinidad. El ángel Excelencia y el ángel Inmortalidad estaban muy por encima de ella, admitía humildemente, y en cuanto al ángel Soberanía Perfecta y el ángel Piedad Divina, hubiera sido inmodesto pretender una conexión demasiado estrecha con ellos.

El concepto cristiano y musulmán de los ángeles, le gustaba presumir, se «derivaba» de aquellos originales zoroástricos, lo mismo que los diablos descendían de «nuestros daevas»; era tal su sentimiento de propiedad, su orgullo por la primacía parsi, que hablaba de aquellas fuerzas malignas como si fueran sus mascotas o uno de los muchos adornos de porcelana con que abarrotaba el apartamento lleno de trastos de Apollo Bunder, ese mirador de Bombay tan codiciado, con sus cinco altos ventanales que daban saladamente al mar. No obstante, era sorprendente que alguien tan próximo a la virtud cediera tan espectacularmente a los daevas Sufrimiento, Falsa Apariencia y Mente Perversa, llorando desconsoladamente de aflicción.

Arré, ven pues, llévame, por qué no, Oh Muerte, sé mi dominio —chillaba Lady Spenta.

Las dos señoras grandiosamente valquirias que había a su cabecera fruncieron el ceño con desaprobación. Ute Schaapsteker, consultora principal de ginecología del María Gratiaplena (conocida en las más altas esferas de la ciudad por «Snooty Utie» («Utie la Estirada») o, alternativamente, por «Sister Adolf» (Hermana Adolf) hizo una serie de observaciones duramente admonitorias sobre la impropiedad de desear prematuramente la muerte, que sin duda llegaría, sin ser deseada, en el momento apropiado. Su ayudante, la comadrona Hermana John, era todavía joven en aquellos tiempos pero tenía ya todas las trazas de convertirse en aquel siniestro galeón sentado a la cabecera de las camas cuya formidable tristeza y su lunar del labio superior malograron muchos nacimientos de Bombay en los cincuenta años siguientes.

—¡Grandes nuevas de alegría y júbilo! —bramó agriamente—. Porque quien es Todopoderoso ha cosechado para sí el alma de ese niño afortunado, como si fuera un grano de santo arroz.

Las dos hubieran continuado sin duda en esa vena un rato considerable si Lady Spenta no hubiera añadido de pronto, en tono totalmente distinto y de hecho comprensiblemente asombrado:

—Siento tal opresión en mi conducto posterior... : o estoy haciendo una deposición o hay algún otro chokra que trata de entrar en escena.

Naturalmente, no se trataba de su muerte retorciéndose en su interior. Y sus intestinos tampoco corrían peligro de relajarse. Dio rápidamente a luz a un niño pequeño pero sano, una anguila de niño de cuatro libras y media cuya forma viva había quedado oculta en los reconocimientos de la Doctora Schaapsteker, tanto durante el embarazo como durante el parto, por el cuerpo, mayor, de su hermano gemelo muerto. Curiosamente, los Cama tenían ya una pareja de gemelos dicigóticos de cinco años, Khusro y Ardaviraf, conocidos por todos como «Cyrus y Virus». Sir Darius Xerxes Cama, que conocía bien su mitología griega, estaba al tanto de la práctica de las deidades del Olimpo de insertar a un niño (Idas, Polidectes) de origen semidivino en un útero que se estuviera preparando para dar también a luz a algún niño totalmente humano (Linceo, Cástor). En el caso de Khusro, precoz y de múltiples talentos —un niño con la falta de piedad auténticamente malvada de un verdadero héroe— y de Ardaviraf, corto de entendederas y de carácter amable, los antiguos griegos hubieran tenido muy pocas dificultades para identificar al niño cuyo padre era un dios. En esta segunda ocasión, presumiblemente, el muerto Gayo era el niño terrenal y el Ormus vivo el de pedigrí y anhelos inmortales. Por lo tanto, Sir Darius se consideraría padre de un zoquete y cadáver, destino ignominioso. Sin embargo, la erudición es una cosa y la paternidad otra, y Sir Darius Xerxes Cama, «el apolíneo de Apollo Bunder», era un racionalista acérrimo educado en Cambridge y un eminente abogado en ejercicio que había «tenido sus cenas» en Middle Temple, dedicando luego su vida a lo que llamaba, con rasgo de ingenio intencionadamente oximorónico, «el milagro de la razón». No cedió sus derechos de paternidad a ningún dios, cualquiera que fuera su origen, tomó las riendas como padre y, con estricta imparcialidad, se dedicó a oprimir a todos sus hijos por igual.

El niño vivo fue llevado a la incubadora por la ceñuda Hermana John, que encontraba más difícil celebrar un nacimiento que una «cosecha» de Dios. El muerto fue eliminado (hay espectáculos demasiado fuertes para los ojos masculinos), y finalmente se permitió a Sir Darius Xerxes Cama entrar en la sala de partos. Spenta era presa de remordimientos.

—En el momento del nacimiento dejé que los sirvientes de la Mentira se apoderaran de mi lengua —confesó.

Hacía tiempo que Sir Darius encontraba difíciles de tratar las diversas manifestaciones de la religiosidad literal de su esposa. Escondió como pudo su desazón, pero no pudo ahuyentar la imagen de la lengua de Lady Spenta manipulada por criaturas de alas de murciélago enviadas por Angra Mainyu, alias Ahrimán en persona. Cerró los ojos y se estremeció.

Lady Spenta atacó de nuevo:

—Después de todo, ¿de quién fue la idea de llamar Gayo al pobre chico? —preguntó, olvidando, con el sofoco y la ambigüedad emotiva del momento, que había sido idea suya. Su marido, demasiado galante para recordárselo, inclinó la cabeza y asumió la culpa. Gayomart, el Primer Hombre Creado, fue muerto por Angra Mainyu hace mucho tiempo.

—¡Un nombre mal elegido! —gritó Lady Spenta, rompiendo a llorar nuevamente. La cabeza de Sir Darius Xerxes Cama se inclinó más; Lady Spenta se encontró dirigiéndose a la parte superior con borla del fez. Golpeó en ella con firmeza y el fez sonó a hueco—. La única forma de remediarlo —insistió sollozando— es dar enseguida al chico superviviente el nombre de un dios.

Horuz o bien Ormazd, derivados locales de Ahura Mazda, fueron las opciones que ofreció, y Sir Darius Xerxes Cama, clasicista, lo latinizó enseguida en Ormus. Su mujer se aplacó. Se secó los ojos y la pareja visitó junta la sala de incubadoras, en donde Ute Schaapsteker les confirmó que el niño, al parecer, viviría.

—Mi pequeño Ormie —ronroneó Lady Spenta Cama a su pequeñito a través del cristal de la incubadora—. Mi pequeña quisquilla. Ahora estás a salvo del Infierno. Ya no pueden abrir la tierra y tragarte.

Sir Darius, habiendo sido tranquilizado por Snooty Utie sobre las perspectivas de Ormus, se disculpó, besó incluso a su mujer y se fue corriendo, demasiado ansioso para el gusto de Lady Spenta, a jugar al críquet. Era un gran partido. Aquel año, el Torneo Cuadrangular anual entre los equipos británico, hindú, musulmán y parsi de la ciudad se había convertido en Pentangular, y aquel día Sir Darius había sido seleccionado para jugar con los parsis contra los nuevos muchachos, El Resto, un once formado con cristianos, angloindios y judíos de Bombay. Sir Darius Xerxes Cama, a los cuarenta y tres años, poseía aún la fuerza física y la divina musculatura de un héroe del deporte completo, culturista y ex campeón de lucha amateur. Su elegante bateo zurdo seguía siendo muy buscado; su golpe distintivo era un corte retrasado, ejecutado con indolencia y, por consiguiente, alarmante, pero sumamente eficaz. Y durante períodos cortos podía hacer lanzamientos de una velocidad perturbadora: los «rayos de Darius» como los llamaban desde hacía tiempo. Cuando se puso su atuendo blanco, despojándose del largo abrigo y el alto fez de caballero parsi tras sus ansiosas horas nocturnas en la maternidad, sintió que lo invadía un orgulloso alivio. ¡Ya no tenía que merodear por aquella periferia de las «cosas de mujeres»! Era un tigre desencadenado, y su orgullo desbordante al ser padre de un tercer niño repercutiría pronto en el enemigo en forma de grandes hazañas con el bate y la bola. Esa transformación de ciudadano en deportista, en la intimidad de una tienda de campaña que hacía de vestuario al borde del gran maidan era, de todos los rituales de la vida, aquel del que Sir Darius disfrutaba más. (Cuando, después de una jornada de feroces alegatos, se quitaba la toga y la peluca del Derecho y cogía su palo de sauce, se sentía como si entrara en una naturaleza mejor, en un yo más excelente de furia y gracia olímpicas.) Su compañero bateador de apertura, un joven bien parecido llamado Homi Catrack, le preguntó si se sentía capaz de jugar después de haber perdido una noche de sueño.

—¡Bah! —exclamó Sir Darius, avanzando a grandes zancadas para luchar por su raza.

En el maidan, una muchedumbre numerosa y ruidosa aguardaba su aparición. A Sir Darius no le había gustado nunca el comportamiento de los espectadores de Bombay. Era la única imperfección de aquellos días por lo demás encantadores. Los silbidos, los gritos, el estruendo de trompetas, el estrépito de dhols, el canto que se elevaba cuando algún especialista del ritmo entraba en el estadio, los abucheos, las voces de los vendedores de refrescos, las risotadas, en pocas palabras, el clamor incesante, creaban, en opinión de Sir Darius, un ambiente inapropiado para la práctica del noble juego. Los caciques imperiales del país, al observar la indecente conducta de la plebe, sólo podían sentirse decepcionados por el persistente atraso de aquellos a quienes habían gobernado tan sabiamente durante tanto tiempo. Sir Darius Xerxes Cama, al salir a batear, tenía ganas de gritarles:

—¡Ánimo! ¡Portaos como quienes sois! Los británicos os miran.

El día en que Ormus Cama nació fue «un buen día». Esa expresión antigua en Bombay, hace tiempo caída en desuso, solía significar un día en que una inesperada cubierta de nubes traía un fresco alivio del calor. A los niños de las escuelas se les había dado una «fiesta de buen día», como era a veces costumbre en aquellos tiempos lejanos. Aquel buen día, sin embargo, era desafortunado. Verdad era que había nacido un niño vivo, pero otro lo había hecho muerto. Se había invocado a demonios y daevas, y las desaprobaciones flotaban en el aire. En la clínica de maternidad de las Hermanas de María Gratiaplena, la desaprobación de Snooty Utie Schaapsteker ante la autoconmiseración de Lady Spenta se había mezclado con la desaprobación de Sir Darius por lo que en otra ocasión hubiera llamado «supersticiones» de su mujer, creando un ambiente que no tenía nada de festivo. También en el terreno de críquet se oían inesperados ruidos de reprobación. Un grupo de simpatizantes nacionalistas había llegado con diversos instrumentos musicales ensordecedores, y desde el comienzo del juego se pusieron a perturbar la concentración de los jugadores con interrupciones musicales que Sir Darius consideró especialmente carentes de gusto.

—¡No nos lo pongáis tan mal! —gritaban los alborotadores, al son de tambores y el tañido de trompetas—. ¡Prohibid el críquet comunal!

Sir Darius Xerxes Cama sabía que el Mahatma Gandhi y sus seguidores habían denunciado el Torneo Pentangular como un retroceso antinacional y comunalmente divisor, en el que hombres de mentalidad colonializada actuaban como monos para divertir a los británicos, prestando una ayuda poco grata a la política de divide y gobernarás. Sir Darius no era un especialista en Independencia. ¡Nacionalistas! Tenía las dudas más serias sobre la prudencia de entregar el gobierno de la India a hombres de sentido musical tan limitado. A Mr. Gandhi en persona le concedía respeto a regañadientes, pero estimaba que si pudiera persuadir a aquel gran hombre a ponerse pantalones y aprender los rudimentos del juego, el Mahatma se persuadiría de la importancia del torneo para afinar el espíritu de competición, sin el cual ningún pueblo podía ocupar un lugar en la vanguardia de la comunidad mundial.

Cuando llegó al área, uno de los alborotadores cantó «¡Lady Daria juega ahora!». Inmediatamente, un sector penosamente grande de la multitud —deben de ser cristianos, anglos o judíos, resopló Sir Darius disgustado— inició un insultante canto. «¡Lady Cama, danos drama! ¡Intercepta y sé un encanto!» Bocina, redoble, gongo. «Danos drama, Lady Cama.»

Entonces Sir Darius notó que sus propios hijos, los gemelos de cinco años Cyrus y Virus, estaban sentados con su ayah en la hierba, cerca de los alborotadores nacionalistas, sonriendo felices y con todo el aspecto de estar disfrutando de aquellas payasadas aguafiestas. Dio unos pasos hacia ellos, blandiendo el bate.

—¡Khusro! ¡Ardaviraf! ¡Fuera de ahí! —gritó.

Ni los muchachos ni el ayah pudieron oírlo con aquel barullo y supusieron que los estaba saludando. Lo saludaron a su vez. Los alborotadores, creyendo que Sir Darius los amenazaba con el bate y encantados de haberlo provocado, redoblaron sus esfuerzos. La música de su alegre hostilidad resonó en los oídos de Sir Darius Xerxes Cama, que abordó el lanzamiento de mal talante.

Mr. Aaron Abraham, que comenzó a lanzar para El Resto, logró que la bola se curvara molestamente en aquellas condiciones opresivas. Sir Darius tuvo la suerte de sobrevivir a sus tres primeros lanzamientos. Al verlo luchar, la claque nacionalista se volvió aún más ruidosa. Gongo, redoble, bocina. Los tambores y trompetas improvisaron una melodía y, una y otra vez, los atormentadores cantaron: «Lady Daria, venga ya. Mete pata y haz cuacuá.» Y luego vino una variante, en versión evidentemente más popular: «Lady Donald, mete pata.»

Sir Darius recorrió el campo a grandes zancadas para conferenciar con un compañero.

—¿Cuacuá dicen? —bufó, balanceando el bate—. Ya les daré cuacuá, pero ¿qué es eso de Donald?

Sin embargo, mientras hacía la pregunta, recordó que recientemente había estado en el cine con los gemelos viendo Tiempos modernos de Chaplin, película que Sir Darius admiraba, entre otras cosas, por seguir siendo «muda». Y como complemento había una película de dibujos animados, «A beneficio de los huérfanos», en el que aparecía un nuevo antihéroe, anárquicamente violento, palmípedo y espantosamente ruidoso. Sir Darius se iluminó.

—¿Donald, eh? —rugió—. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! A esos sinvergüenzas les voy a dar pato para rato.

Homi Catrack trató inútilmente de calmarlo.

—No hagas caso de la gente. Juega como tú sabes, y entonces sabrán lo que es bueno.

Pero Sir Darius había perdido la cabeza. La cuarta bola del over de Aaron Abraham fue un lanzamiento flojo, eminentemente bateable, y Sir Darius aprovechó la oportunidad. Golpeó con toda su fuerza y no hay duda de que trató de lanzar la bola directamente contra el grupo de músicos nacionalistas alborotadores. Más tarde, presa de unos remordimientos imposibles de calmar, admitió que su vanidad herida había predominado sobre la prudencia paterna que hubiera debido ser su mayor preocupación, pero para entonces era demasiado tarde; la pelota de críquet se dirigía a gran velocidad hacia la divisoria y ya no era posible hacer que volviera.

No podía acertar a los alborotadores y no había forma de corregir su rumbo, pero muchos espectadores se agacharon para apartarse de su camino, porque avanzaba a una velocidad auténticamente aterradora, y allí, justo en su trayectoria, sin moverse a izquierda ni a derecha, estaban los hijos gemelos no idénticos de Sir Darius Xerxes Cama, puestos de pie para aplaudir el gran bateo de su padre, y sin miedo alguno, porque, ¿cómo hubiera podido causarles el menor daño su querido padre?

Sin duda las lentas reacciones del ayah fueron parcialmente reponsables del accidente, pero, desde el momento en que comprendió lo que iba a ocurrir, Sir Darius no culpó a nadie más que a sí mismo. Rugió un aviso a todo pulmón, pero los tambores y bocinas fueron más fuertes que su grito, la música impidió que pudiera dar la alarma y, un instante después, el encantador y lento Ardaviraf Cama recibió el impacto de la pelota de críquet disparada, exactamente entre los ojos, y cayó al suelo cuan largo era, como si estuviera hecho de madera, como un leño.

Quizá en el preciso instante en que la historia de la familia Cama estaba siendo reescrita para siempre con la adición de aquel renglón cruel, la trayectoria de una pelota de críquet roja desde el bate del padre a la frente del hijo, mi madre y mi padre se encontraron por primera vez en la clínica de maternidad de las Hermanas de María Gratiaplena.

Cuando se trata de amor, no es posible decir de qué cosas puede convencerse la gente. A pesar de todas las pruebas de que la vida es discontinua, un valle de fisuras, y de que la casualidad desempeña un importante papel en nuestros destinos, seguimos creyendo en la continuidad de las cosas, en la causalidad y el sentido. Sin embargo, vivimos sobre un espejo roto, y todos los días aparecen en su superficie grietas nuevas. Las personas (como Virus Cama) pueden deslizarse por esas grietas y perderse. O, como mis padres, verse lanzadas por la suerte una en brazos de otra, y enamorarse. Sin embargo, en contradicción directa con sus respectivas filosofías de la vida, predominantemente racionales, mi padre y mi madre creyeron siempre que fueron juntados por el Destino, que estaba tan decidido a unirlos que se manifestó de cuatro formas diferentes al menos: social, genealógica, gastronómica y Hermana John.

Los dos habían ido a visitar a Lady Spenta Cama y estaban ambos inapropiadamente vestidos de luto, porque no habían sabido del nacimiento del pequeño Ormus y, sencilla y amablemente, trataban de consolar a Lady Spenta por haber tenido que soportar la dolorosa experiencia de un nacido muerto. Mis padres eran una generación más jóvenes que Sir Darius y Lady Spenta, y los dos eran amigos relativamente recientes de la familia. Había surgido una amistad inverosímil entre los dos hombres, que habían encontrado puntos de coincidencia en el tema de Bombay; Bombay, la gran metrópoli creación de los británicos, de la que mi padre —V. V. Merchant, arquitecto regresado de Inglaterra y dedicado historiador local (y pronto inseguro autor de una película familiar más tarde celebrada)— llegaría a ser el cronista más destacado. A Sir Darius Xerxes Cama, honrado con un título de baronet por sus servicios a la abogacía india, le gustaba decir, con una gran carcajada, que también él era una creación metropolitana de los británicos, y que estaba orgulloso de ello.

—Cuando escriba la historia de esta ciudad, Merchant —rugió una noche ante una cena en el club a base de mulligatawny y palometa—, puede que descubra que es mi autobiografía lo que ha escrito.

En cuanto a mi madre, había conocido a Lady Spenta Cama en las reuniones de la Bombay Literary Society. Lady Spenta era la menos leída de las mujeres, pero su serena despreocupación ante su propia ignorancia casi himaláyica inspiraba a Ameer, que era más joven (e infinitamente más brillante), una especie de divertido respeto que, de haber tomado los acontecimientos otro rumbo, hubiera podido hacerse más profundo y convertirse en amistad.

En la sala de espera de la clínica, rodeados por radiantes parientes de niños recién nacidos y parientes obstinadamente alegres de niñas recién nacidas, mis futuros padres formaban una extraña pareja, él con traje negro y expresión lúgubre y ella en un sencillo sari blanco, sin joyas y con un mínimo de maquillaje. (Muchos años más tarde, me confió que «siempre estuve segura del amor de tu padre, porque cuando se enamoró de mí yo tenía un aspecto menos atractivo que el de una búfala de agua».) Como únicos plañideros en un lugar de júbilo, era natural que se acercaran y se presentaran mutuamente.

Los dos debían de sentirse incómodos ante la perspectiva de enfrentarse con Lady Spenta y Sir Darius, en un momento que creían de profundo dolor. Mi padre, afable y de corazón blando, debía de estar cambiando continuamente su peso de un pie a otro y sonriendo con su sonrisa avergonzada, de dientes protuberantes, a causa de una dificultad emocional para expresarse que lo ahogaba y le hacía difícil revelar al mundo exterior las grandes profundidades de los sentimientos de su pecho, y también a un temperamento poco mundano que lo llevaba a preferir el moho de los archivos al insondable desorden de la vida de Bombay. Ameer, mi madre —«rica por casa, y el verdadero dinero de la familia», según su ulterior y sardónica autodescripción— debía de sentirse también mal, porque ni las condolencias ni las felicitaciones acudían fácilmente a sus labios. No quiero decir que fuera insensible ni fría; muy al contrario. Mi madre era una altruista decepcionada, una mujer enojada que había venido a la tierra esperando un lugar mejor, había aterrizado en un lujo asiático y nunca se había recuperado del descubrimiento desilusionado de que el sufrimiento triste y no la alegría fácil eran la norma. Ni su filantropía ni sus rabietas —aunque impresionantes ambas— bastaban para calmar su decepción ante el planeta y ante su propia especie. Por eso, sus reacciones al nacimiento y la muerte, conformadas y coloreadas como estaban por su sensación de haber sido defraudada por el cosmos, podían parecer, a un oído no avezado, un poquitín, bueno, cínicas. O, para ser francos, crueles, brutales y mortalmente ofensivas también. ¿Niño muerto? ¿Qué se podía esperar? De todas formas, así estará mejor. ¿Niño vivo? Pobre crío. Imagínate lo que le espera. Ése era su estilo natural.

Sin embargo, antes de que pudiera iniciar un discurso de esa índole y alejar a mi padre para siempre, se le anticipó un sorprendente descubrimiento, y la historia, como un tren desviado por un repentino cambio de agujas, siguió un rumbo enteramente diferente.

—Me llamo Merchant —se presentó mi padre—. Como Uvejota, pero no es pariente mío, aunque también yo soy V. De hecho, V. V.

Ameer frunció el ceño, no porque no supiera que V. J. Merchant era una estrella ascendente del críquet indio, sino porque...

—¿Cómo puede llamarse Merchant? —objetó—. No puede llamarse «Merchant». Yo —se señaló el pecho para mayor énfasis—, yo me llamo Merchant. Ameer.

—¿Usted? (perplejo).

—Yo (enfática).

—¿Merchant? (sacudida de cabeza).

—A. Merchant. Señorita (encogimiento de hombros).

—Entonces los dos somos Merchant —confirmó V. V., sorprendido.

—No sea idiota —replicó Ameer.

V. V. Merchant soltó entonces una larga parrafada:

—Hasta la época de mi abuelo nos llamábamos Shetty o Shetia o Sheth. Él anglificó el nombre, lo normalizó. Y se convirtió además. En una especie de mal musulmán. Estrictamente no practicante, como hemos seguido siendo todos. Usted se preguntará: Entonces, ¿por qué preocuparse? A lo que yo respondería sólo: ¿Por qué no?

—Sheth, dice —reflexionó Ameer, centrándose en el tema.

—Y ahora Merchant.

—Entonces, se llama usted Merchant —admitió ella.

—Para servirla.

—Pero no somos parientes.

—Desgraciadamente no.

Durante la conversación mencionada, mi madre había llegado a una decisión importante, aunque todavía provisional. Bajo la timidez de V. V. Merchant y tras sus dientes salidos, había adivinado la existencia de un alma grande, un alma de constancia profunda, una piedra sobre la cual, como le gustaba presumir luego blasfemamente, podría edificar su iglesia. Por ello, con gran audacia, manifestó con una voz que no admitía contradicción:

—Entre un Merchant, un comerciante, y otro no hay término medio: o tendremos que ser rivales jurados o tendremos que asociarnos.

Mi padre se ruborizó, tan profundamente que su cabello despeinado y que ya le clareaba comenzó a temblar de placer.

Lo que las circunstancias sociales iniciaron y la coincidencia de nomenclatura fomentó fue confirmado además por los pequeños regalos de consuelo que habían traído para Lady Spenta. Con sorpresa, Mr. V. V. Merchant vio la bolsita que llevaba Miss Ameer Merchant; con la misma sorpresa, Miss Ameer Merchant se dio cuenta de que Mr. V. V. Merchant llevaba una bolsa idéntica. Ambas bolsas exhibían destacadamente el nombre de cierto almacén de comestibles próximo a Kemp’s Corner; y dentro de las bolsas se escondían idénticos tarros de cristal.

—Miel —explicó V. V. Merchant—. Miel del valle de Cachemira. Para recordarle la dulzura de la vida.

—¿Cómo puede ser miel de Cachemira? —exclamó Ameer—. Esto es miel de Cachemira.

Le enseñó su tarro; él le enseñó el suyo. Ella empezó a irritarse y luego, en cambio, comenzó a reír. Mi padre se rió también.

El trabajo de unas abejas lejanas había allanado el sendero del amor.

Por último, y de forma concluyente, su destino se encarnó en una monja furiosa, porque en aquel momento se encontraron ante la presencia voluminosa y severa de una mujer, tan sombría como un eclipse parcial de sol.

—¿Bueno? —gritó la Hermana John, tan ferozmente que, ay, hundió a los ya excitados Merchant en un ataque de hilaridad.

—Estamos aquí —explicó V. V. Merchant, partiéndose de risa— para consolar a Lady Spenta Cama en estos momentos trágicos.

—Qué horrible —se lamentó mi madre, secándose lágrimas de regocijo—. Dar a luz un niño muerto.

—Cuidado —dijo la Hermana John, con voz de Juicio Final—. Porque podéis arder en el fuego del infierno por vuestros pecados.

Se hizo el silencio en la sala de espera. Los dos Merchant, escocidos por la admonición de la comadrona, se acercaron instintivamente: cerrando filas. Una mano (la de él, la de ella) rozó otra (la de ella, la de él). En los años que siguieron, disentirían agradablemente sobre quién había hecho el primer movimiento, qué dedos habían buscado a cuáles, cuál de los dos había sido el agarrante y quién el agarrado. Lo que no puede negarse —por «avanzado» y «licencioso» que pueda llamarse indudablemente su comportamiento— es que la Hermana John unió sus manos, que no se separarían luego a menudo. Hasta que, muchos años más tarde, una tercera persona las separó. Sí, una amante por decirlo así o, en cualquier caso, una Amada. Una anciana señora que ni siquiera era un ser humano. Me refiero a la ciudad.

—En cualquier caso —añadió la Hermana John, encogiéndose de hombros—, ha habido también un nacimiento.

Los dos Merchant recibieron entonces de la Hermana John la noticia de la llegada inesperada de un ser vivo que nadie sabía muy bien cómo celebrar, porque su nacimiento estaba estrechamente confundido con la tragedia de Gayomart Cama, que acabó antes de empezar. Al faltar Sir Darius, la hosca monja estaba a cargo y cerró el paso a mis padres.

—Lady Spenta está descansando. Vuelvan más tarde.

Después de mucha persuasión, aquella aguerrida comadrona de cinco remos accedió a llevar a Uveuve y Ameer a que vieran al pequeño Ormus, que era canijo pero indudablemente movía los dedos, dormido en su incubadora de cristal llena de luz, echado sobre la espalda y con una rodilla levantada, no muy distinto de un dios, y con un pequeño moratón en el párpado izquierdo, como la sombra del globo ocular. Cuando mi madre lo vio resplandeciente en aquella caja, no pudo evitar decir:

—Este Pulgarcito parece más Blancanieves en su ataúd de cristal.

Dos bruscas inhalaciones la informaron de que aquel símil desafortunado había escandalizado no sólo a la Hermana John sino también a la propia Lady Spenta Cama; a Lady Spenta, que se había levantado para saludar a sus visitantes y los había seguido vacilantemente, para ser golpeada entre los ojos por aquella ducha helada verbal.

—Oh —dijo Lady Spenta, parpadeando horrorizada, clavada en el suelo e imprimiendo un movimiento de rotación a su floja mandíbula—. Ha dicho un ataúd. ¡Ay Dios, ay Dios! Una bruja ha echado una maldición sobre mi hijo.

Mi padre trató a trompicones de apaciguarla, pero era demasiado tarde. Demasiado tarde para salvar nada en aquel día que no era tan bueno.

Lo repito: hasta el día del nacimiento de Ormus, Lady Spenta Cama había sido, por naturaleza, casi preternaturalmente tranquila. La nueva rudeza de sus expresiones era por ello indicación del carácter transformador y malhadado del momento. A partir de entonces su personalidad cambió, haciéndose nerviosa, inestable y agitada. Además, después de oír la supuesta maldición de mi madre, Spenta se volvió incapaz de amar como merecía a aquel niño maldecido. En lugar de ello, se apartó de él, como si padeciera alguna enfermedad.

Gracias al afecto de ratón y topo entre Sir Darius Cama y V. V. Merchant —el hombre maduro, un deportista llamativo con su blazer; el más joven, uno de los oscuros prestatarios de la vida— se presentó una oportunidad, rápidamente aprovechada, para remediar las cosas. Para entonces, Ameer y Vivy se habían vuelto inseparables. Fueron del brazo a Apollo Bunder. V. V. Merchant llevó su Bolex Paillard, filmó al pequeño Ormus en su cuna y regaló la película a Lady Spenta en prenda de paz, que ella, que había recuperado aparentemente su habitual serenidad de talante, se mostró dispuesta a aceptar. Mi madre y la madre de Ormus, sin embargo, nunca fueron realmente íntimas.

Pero no debo adelantarme demasiado a mi relato.

Después del faux pas involuntario de Miss Ameer Merchant, mi padre acompañó a mi madre malhumoradamente indiferente, fuera de allí. Lady Spenta Cama se metió en el lecho con frenesí supersticioso. El nacimiento de su hijo Ormus, acontecimiento de por sí ambiguo, se había manchado además por la metáfora de Ameer de la muerte en su ataúd de cristal. Y cuando, poco después, la Hermana John le llevó la noticia dolorosa de que Sir Darius Xerxes Cama había corrido desde el partido de críquet en el Oval Maidan hasta la sala de urgencias de la críquet de maternidad parsi con el cuerpo flácido de su hijo Virus en brazos, Lady Spenta dejó deaferrarse durante algún tiempo a la cordura.

Ardaviraf Cama recobró el conocimiento en la unidad de cuidados intensivos unas horas más tarde, sin padecer aparentemente más que conmoción cerebral y visión doble. El médico atribuyó al shock su renuencia a hablar. Sin embargo, pronto fue evidente que la mente de Ardaviraf había resultado dañada. Dejó de hablar por completo y respondía a las preguntas con cabezadas tristes y lentas, o melancólicos movimientos de cabeza. Sin embargo, gradualmente cesaron incluso esos gestos, y Virus se retiró a un silencio impasible del que ya nunca saldría. Como si se hubiera convertido en una fotografía de sí mismo. Como si fuera una película de cine, una película «sonora» incomprensiblemente despojada de su banda de sonido, devuelta a una época anterior, sin adición siquiera de títulos o de un acompañamiento de piano. Como si el golpe mal dirigido de su padre hubiera dañado su fe en todos los padres, su confianza en la confianza misma, y necesitara un retiro permanente.

Aunque no hablaba, reaccionaba a las peticiones y órdenes sencillas. Si se le decía que la comida estaba en la mesa, se sentaba silenciosamente a comer. Si se le informaba de que era hora de acostarse, se iba a su cuarto sin decir palabra y se echaba de cara a la pared. No pasó mucho sin que el mejor dictamen médico de la ciudad se declarase incapaz de ayudarlo. Él volvió a sus estudios en la Cathedral School, en donde, durante las clases, se sentaba en su pupitre como antes, pero nunca levantaba la mano para hablar ni se dignaba responder a las preguntas de ningún maestro. Tras un período inicial de adaptación, la escuela aceptó la nueva situación. Virus había sido siempre un niño lento y ahora lo era más, pero los maestros estaban dispuestos a dejar que estuviera allí y escuchara, con la esperanza de que con el tiempo pudiera mejorar.

Resultó también evidente que Virus no deseaba participar ya en juegos de ninguna clase. En la escuela, en los períodos de recreo, se sentaba como un yogui con las piernas cruzadas en una esquina del campo, con aspecto de perfecta calma meditativa y aparentemente olvidado del bullicioso tumulto de su alrededor. Sin decir palabra, a medida que creció se fue alejando de todas las actividades deportivas, tanto hockey sobre hierba como críquet, y también atletismo. Fue el año en que el maharajá de Patiala, entre sus diversas relaciones extramaritales, encontró tiempo para inaugurar el gran Estadio de Brabourne, y desde entonces se celebró siempre en tan augusto lugar el Día del Deporte. Sin embargo, ese día Virus se quedaba sencillamente en la cama, con su aspecto habitual de serena ausencia, y nadie tenía valor para obligarlo a salir. Después del colegio, Cyrus, su hermano gemelo, y sus amigos trataban con frecuencia, sin éxito, de atraerlo a sus juegos callejeros de siete tejos o gilli-danda. Hasta los juegos de tablero y de cartas estaban proscritos de la vida de Virus: el carom y el rummy, el totopolio y el «familias felices», las damas chinas y el snap. Se había trasladado al misterio del espacio interior y no tenía tiempo para jugar.

Ante un niño que, a los cinco años, había decidido sacrificar las cosas infantiles, Sir Darius Xerxes Cama se castigó a sí mismo renunciando para siempre a su amado críquet; y también a sus amores menores: la lucha, la esgrima, la natación y el squash. Y como además de a sí mismo culpaba a la música del accidente, la música de todo tipo quedó prohibida en el apartamento de los Cama, sin esperanza de volver. Sir Darius vendió la radiogramola y rompió todos los discos de su colección, y cuando, en la estación matrimonial, procesiones alborotadoras pasaban por Apollo Bunder para dirigirse a recepciones en el hotel Taj, se apresuraba frenético de un lado a otro, cerrando de golpe las ventanas, a fin de no dejar entrar las canciones de los invitados a las bodas. Cyrus y Virus habían comenzado a tomar clases de piano y flauta india. Las clases se interrumpieron. Despidieron al profesor y cerraron con llave el piano de media cola del salón. A petición de su marido, Lady Spenta guardó la llave en un medallón de plata, que durante muchos años llevó colgado al cuello.

El silencio de Virus se hizo familiar, incluso agradable. Sir Darius comprendió que en realidad se sentía aliviado por el hecho de que su afligido hijo nunca perturbara la paz del desayuno gorjeando Dios sabe qué absurdos comentarios infantiles. El silencio de Virus tenía gravedad. Era, decidió Sir Darius, elocuente. La Historia seguía un camino equivocado. El silencio de Virus comenzó a parecer un gran repudio. El tren de la Independencia avanzaba ahora —¡aquella Independencia cuya turba de partidarios gamberros había hecho que Sir Darius hiriese a su propio hijo!— y la Pax Britannica terminaría pronto.

—Nos aguardan malos tiempos —solía decir Sir Darius—. Hay demasiada gente profiriendo demasiadas palabras, y al final esas palabras se convertirán en balas y piedras. El silencio de Ardaviraf habla por todos los que tememos el poder de esas palabras metamórficas.

Así fue como Sir Darius Xerxes Cama se convenció casi de que el mutismo de su hijo Virus era de hecho una especie de habla sutil. Eso lo hizo sentirse algo mejor, pero curiosamente, mientras se exoneraba a sí mismo de una parte al menos de su culpa, su retórica antimusical se hizo más extrema. Comenzó a considerar a la música responsable de todos los males del mundo e incluso, cuando estaba bebido, sostenía que sus ejecutantes debían ser eliminados, erradicados como una peste. La música era un virus, una infección, y los amantes de la música comparables a los inmorales trotamundos sexuales, cuyas actividades innombrables se habían traducido en la difusión mundial de la sífilis. Eran enfermos, y Virus Cama, con su digno silencio, quien estaba sano.

Después de la retirada de Virus al silencio, Lady Spenta se retiró a su vez a aquel mundo espiritual que ahora, más que nunca, le parecía más habitable que el nuestro.

—Sé adónde ha ido mi hijo —anunció a su marido en tono que no admitía discusión—. Ha atravesado el puente de Chinvat en el viaje de su alma. Debemos guardar su cuerpo sano hasta que el alma regrese.

Con ayuda de su aliado el ángel Rectitud Debida, se dedicó a la tarea, lavando el cuerpo de Virus en el baño como si fuera un bebé, y dándole de comer en la boca como si no supiera utilizar sus propias manos.

—Todo su empeño está en su poderoso viaje a través del Otromundo —explicó—. De modo que debemos evitarle los esfuerzos terrenales de todo tipo.

Virus Cama se sometía pasivamente a todos esos cuidados, sin mostrar placer ni disgusto. Tampoco Sir Darius, con su pesada carga de culpa, era capaz de objetar nada.

El lavado y la alimentación del pequeño Ormus, sin embargo, quedó en manos de los empleados del hogar.

Virus Cama había recibido el nombre de un místico zoroástrico que vivió en algún momento comprendido entre los siglos iii y vii de la era cristiana y dejó un relato detallado del viaje que Lady Spenta estaba convencida que había emprendido también su hijo. Si estaba en lo cierto, Virus Cama había presenciado por primera vez, en el puente Chinvat del mundo de los espíritus, el encuentro del alma muerta con la encarnación de sus buenas acciones, una hermosa muchacha de pechos enormes «hinchados hacia abajo, lo que resulta encantador para el corazón y el alma», y fue guiado luego por el ángel Obediencia Divina y el ángel Fuego Llameante del Pensamiento en una gira por el limbo de lo Permanentemente Quieto, en donde los que eran buenos y pecadores por igual eran transformados en estatuas; el lugar de las estrellas y la luna, en donde habían terminado los que eran irreligiosos pero buenos por otros conceptos; y, más allá de los niveles superiores de virtud y resplandor, la luz pura del propio Ahura Mazda; y desde allí —porque era un viaje en dirección opuesta al de Dante— echó una larga ojeada al Infierno, en donde las serpientes se metían por el culo de los hombres y les salían por la boca, etc. Había observado la extraordinaria atención prestada a los pechos femeninos y también a los excrementos, y el feroz regocijo con que las legiones de pecadores eran roídas por Bestias Nocivas. Las adúlteras eran colgadas de los pechos y obligadas a abrírselos con peines de hierro; las mujeres que no habían amamantado a sus hijos eran obligadas a utilizar los pechos para excavar en colinas rocosas. El orinar de pie se castigaba con especial dureza, y se obligaba a las mujeres que se acercaban al agua o el fuego cuando estaban menstruando a tomar copa tras copa de meados y mierda masculinos. No puede extrañar que Lady Spenta, al imaginar a su Ardaviraf siguiendo a su tocayo en aquella excursión, se obsesionara por mantenerlo limpio y alimentarlo de copas llenas de algo no tan repugnante.

Cuanto más duraba el silencio de Virus Cama, tanto más se desesperaba Lady Spenta. Había llegado a confiar tanto en la fantasía del viaje de su hijo, viaje del que volvería sin duda alguna, que esa fantasía comenzó a envolverla, como si fuera ella el alma que atravesara el puente de Chinvat para ver cosas grandiosas y terribles y enfrentarse con el testimonio de pechos caídos de sus buenas acciones y con las supurantes manifestaciones de sus pecados. Cuando no estaba ocupada con Virus y sus necesidades, tenía un aspecto a la vez ausente e inquieto, y se comportaba de un modo a la vez remoto y agitado. (Con Ormus siguió siendo distante, nunca cariñosa. Los acontecimientos habían castrado sus sentimientos maternales hacia él. Criado por criados, Ormus tuvo que encontrar amor donde pudo.)

Lo que inició una pelota de críquet no podía pararse. Uno por uno, los miembros de la familia Cama iban escindiéndose de la realidad y entrando en mundos privados.

El propio Sir Darius Xerxes Cama fue el siguiente miembro de la familia que se retiró de la vida cotidiana. El Derecho, que le había dado tanto sustento moral durante toda su vida adulta, se había convertido, como muchos de sus colegas habían comenzado a proclamar abiertamente, en un «coñazo». En aquel período, la administración imperial había comenzado a utilizar toda la fuerza del sistema jurídico contra los nacionalistas y, aunque Sir Darius era un destacado defensor de la civilización británica y adversario del Congreso, comenzó a experimentar una sensación de profunda inquietud ante lo que estaba ocurriendo. Muchos de sus respetados colegas se había

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