El feminismo ha pasado de moda, y lo que en los años setenta fueran verdades recién dichas, descubrimientos heroicos, hoy son obviedades que da vergüenza repetir. El feminismo ha dejado de ser un proyecto revolucionario, un futuro prometedor, y hoy se ha convertido en una realidad que, lejos de ser «ideal», es triste y dura. La realidad atestigua que el feminismo no ha pasado en vano. Igual que los huracanes tropicales arrasan las costas americanas, el feminismo ha arrasado la familia, y las rupturas o crisis matrimoniales están a la vista. Las jóvenes generaciones se distancian —y con razón— de sus mayores. La imagen que los mayores ofrecemos no es ciertamente muy linda; también nuestras esperanzas están en las generaciones futuras. Sabemos, por algo somos más viejos, que no basta con criticar ni con «llevar la contraria»; que el cambio conlleva tiempo y que el tiempo es vida. Cambiar el mundo interno —no digamos el externo— no es fácil, supone dolor y esfuerzo. No basta con decirlo, hay que vivirlo para lograrlo. Pero los padres ya no somos un ejemplo para los hijos y ellos se encuentran solos; obligados a inventarse su propio ejemplo, necesitados de descubrir en sí mismos qué significa «hombre», «mujer», «padre», «madre», «familia»... No es fácil inventarse ideales, pero menos aún ponerlos en práctica. La Historia está sembrada de buenas intenciones y de «malos ejemplos»...
Pero si el feminismo ha pasado a la historia, algo ha quedado en nosotras. No quedan (casi) opresiones por delatar o derechos por exigir y, sin embargo, queda todo (o casi todo) por hacerse. Ya no nos manifestamos las mujeres con aquella ingenuidad de entonces: sabemos que los cambios son costosos y lentos, y que afectan profundamente la intimidad. Nosotras, las que éramos feministas, ya no somos las mismas y las reuniones feministas congregan hoy a toda clase de mujeres. Por encima de diferencias de edad, de clase social, de profesión o de intereses, las mujeres hablan de sí mismas, discuten y descubren entre ellas qué es ser mujer.
El feminismo ha calado en las mujeres y hoy es una lucha sorda y callada que no se da ya en las calles, sino dentro de cada mujer. El feminismo es ahora un conflicto interno y doloroso, una batalla sin tregua contra una misma, una auténtica revolución personal. El libro de Colette Dowling es un testimonio de ello y una excelente respuesta a la pregunta: ¿qué es el feminismo hoy?
Porque las mujeres siguen estando encerradas en casa y atrapadas por sus problemas, pero no están solas ni resignadas. Corre por entre nosotras, como si del virus de la gripe o de un sabroso chisme se tratara, la buena nueva que el feminismo sembrara en la mujer. Son conscientes —y esa es, hoy, la diferencia— de que el problema está en ellas y, por lo tanto, en ellas la solución. El hábito de muchos siglos pesa en nuestras cabezas y tenemos miedo de romper con el pasado y tomarnos, sin pedir permiso y por derecho propio, la libertad.
Betty Friedan habló del «problema sin nombre» que agobia al ama de casa. Colette Dowling lo analiza y le da un nombre: «complejo de Cenicienta». Pone al alcance de todas nosotras (con esa frescura de las escritoras norteamericanas no sujetas a ningún supuesto saber y no comprometidas sino con ellas mismas) una serie de reflexiones acerca de la guerra que libra la mujer contra sí misma (porque la guerra, nos recuerda la autora, es contra nosotras mismas). Cuando dejamos de responsabilizar al sistema o de pretender que el hombre nos entienda y, manos a la obra, nos ocupamos de nosotras mismas, las preocupaciones, las quejas, las denuncias ya no se pierden en disputas abiertas sino que nos llevan a ahondar en el dolor: en nosotras mismas. Cuando vemos que el problema está dentro, comprendemos que o hacemos de hadas madrinas de nosotras mismas o nadie va a venir a salvarnos del fogón.
Colette Dowling se explica y, al hacerlo, da voz a muchas otras mujeres que comparten su experiencia y que, como ella, nos hablan del miedo, de la inseguridad, de la nostalgia enorme de un padre o una madre que velara por ellas... Por un lado, la voz de la niña abandonada, de la mujercita que no puede dar un paso sola, que necesita, para sobrevivir, la aprobación del otro, su halago, su mano, su compañía. Por otro, la voz de la mujer guerrera. Las mujeres hablan de su coraje, de la rabia que sintieran contra sí mismas, del gran esfuerzo que les supusiera asumir su vida y reorganizarse sin más amor, protección o guía que la que ellas mismas se dieran... No es fácil. En cada mujer existe una niña enamorada y temerosa, y un «hombrecito» valiente que también suspira, que quiere vivir. Simone de Beauvoir, como señala Colette Dowling, es un buen ejemplo. Cuando más enamorada estaba de Sartre, Simone se dio cuenta de que, en aras del amor, se traicionaba a sí misma y renunciaba a su verdadera vocación, de modo que decidió separarse y andar sola por el mundo. Al cabo de algún tiempo, la vagabunda errante se convirtió en audaz y feliz aventurera. De feliz aventurera, en dueña y señora de su vida y su amor. Volvió con Sartre y, como sabemos, compartió con él buena parte de su vida.
El libro de Colette Dowling hallará un eco en cada lectora que al leerlo se busque y se encuentre reflejada a sí misma. Y hay que leerlo con atención, pues el «complejo de Cenicienta» no solo revela importantes aspectos de la actual lucha de la mujer, sino que señala un camino que, siendo muy distinto al de los cuentos de rosas, apunta también a un final feliz.
Con todo, y antes de dar paso al texto, quisiera hacer una breve consideración acerca del papel que juega el otro sexo. El hombre ya no es el «blanco» del feminismo. No ocupa en nuestro discurso el lugar del «otro»: ha dejado de ser «el malo», «el enemigo». Y, sin embargo, es un hecho que está ahí. El hombre es un padre, o un marido, un hermano, o un hijo. Está presente en nuestras vidas y es amor lo que nos une a él.
Las mujeres somos (a la que nos descuidamos) madres, y la vida de nuestros hijos está en nuestras manos. Sabemos que queremos criar niñas distintas y que para ello hace falta una familia y una educación también distintas. Pero ¿y los niños? Los hombres nos vienen con el cuento de que «los han hecho así» y de que, por consiguiente, ellos nada pueden hacer... Así pues, la pregunta no será: ¿Qué más podemos hacer las madres?, sino: ¿Qué podemos dejar de hacer? Por ejemplo: ¿Podemos dejar de hacerles todo cuando chicos...? ¿Podemos dejarlos solos en la cocina, llorando a gritos en medio de un montón de platos sucios, rotos? ¿Podemos? ¿Podemos abandonarlos y que a fuerza de errores y fracasos aprendan a coserse sus dobladillos? ¿Podemos dejar que se sientan solos y que aprendan a bastarse por sí mismos? ¿Podemos exigir a los hombres lo mismo que a una mujer? ¿Compartir con ellos la casa como compartimos, ya, los trabajos, los esfuerzos? A fuerza de sudor y lágrimas las mujeres hemos aprendido a «hacernos hombres», y feminizar a los niños no es vestirlos de color de rosa. Es una empresa difícil y dolorosa. Es aprender a tolerar su llanto, su torpeza en casa, su falta de encanto, su agresividad. Es enseñarles a aceptarse débiles, torpes, agresivos, y a no culpar de ello a una mujer.
Las guerras, decía alguien, son el producto de tanto llanto reprimido... El día en que los hombres se permitan llorar todo lo que llevan dentro —y eso viene también de siglos— dejarán de pelearse y hallarán, por fin, una cierta paz interior. Tengamos presente las madres, las «educadoras», que la guerra de los niños debe llegar a ser, como la de la mujer, una lucha interna y creativa.
MAGDA CATALÁ
Barcelona, mayo de 1982
Quisiera dar las gracias a Lowell Miller y a mis hijos, Gabrielle, Conor y Rachel, por comprender —y aceptar— que estuviese cerrada la puerta de mi estudio. Durante mi último año de trabajo en este libro, dicha puerta a menudo no se abría hasta medianoche. No obstante, las quejas de mis seres más queridos fueron pocas y nunca injustificadas.
Al principio de mi investigación, trabajé con entusiasmo en dos bibliotecas determinadas y pensé que, con demasiada frecuencia, las bibliotecas se olvidan a la hora de agradecer una colaboración tan esencial. Por eso quiero expresar mi reconocimiento a la biblioteca de la Universidad de Princeton y a la de la Academia de Medicina de Nueva York. La primera de ellas tiene siempre abierto su depósito de libros (incluso al público), lo cual es una bendición para el investigador serio. En cambio, los depósitos de libros de la biblioteca de la Academia de Medicina de Nueva York están cerrados a todo el mundo, pero su personal bibliotecario es rápido y competente e indefectiblemente amable con quienquiera que acuda a él en busca de ayuda.
Las mujeres que entrevisté se mostraron maravillosamente francas y deseosas de colaborar conmigo. Considero que su «material» es lo más importante de este libro. La información que encontré en las bibliotecas y las entrevistas que tuve con varios sociólogos me facilitaron los elementos para construir el esqueleto de El complejo de Cenicienta; las historias de las mujeres me proporcionaron la carne y la sangre con que rellenarlo.
Mis continuadas y excelentes relaciones con mi psicoanalista, Steven Breskin, han sido de importancia capital para el desarrollo de mi propia independencia, así como para el estímulo de mi deseo de comunicar a otras mujeres lo que aprendí. Fue el primer adulto en mi vida —al contrario de lo que hicieron mis profesores, mis amigos y las personas para las que trabajé— que no apoyó mi dependencia.
Lowell Miller fue el segundo adulto en mi vida con igual comportamiento. (Resulta ahora interesante considerar el hecho de que no fueron mujeres las personas que se negaron a apoyar mi inclinación a la dependencia, sino dos hombres.)
Paul Bresnick, de Summit Books, dedicó su esmero al original de mi obra en sus etapas finales, y gracias a sus esfuerzos el libro mejoró.
Además de ser el tipo de agente literaria con que muy pocos escritores tienen la suerte de contar, Ellen Levine fue para mí una constante inspiración con su siempre creciente independencia.
Finalmente, quiero dar las gracias a mi hija Gabrielle, que empezó a pasar a máquina mi original a la edad de dieciséis años y terminó de mecanografiarlo —tres borradores después— a los diecisiete, y que fue tan sensible al material, y tan inteligente, que al final me hizo valiosas sugerencias respecto a su redacción.
Estoy acostada, sola, en el tercer piso de nuestra casa con un mal acceso de gripe, procurando no contagiar mi enfermedad a los demás. La habitación es grande y fría y, a medida que pasan las horas, la noto cada vez menos acogedora, extrañamente inhospitalaria. Empiezo a recordarme a mí misma como a una niña: pequeña, vulnerable, desamparada. Al caer la noche, mi aflicción alcanza su máxima intensidad. Me hace sentir más enferma la angustia que la gripe. «¿Qué hago aquí, tan solitaria, tan separada de los demás, tan... desplazada?», me pregunto. Qué sensación más extraña, la de sentirme tan trastornada, tan apartada de la familia, de mi vida atareada y constantemente llena de exigencias..., aquí, tan desconectada...
De pronto, algo interrumpe esta corriente de pensamientos y reconozco... que siempre estoy sola. Esta es la verdad en cuyo rechazo he gastado tantas energías. Detesto estar sola. Quisiera vivir, encontrarme inserta, en la piel de otra persona. Más que el aire, la energía y la vida misma, lo que necesito es sentirme segura en un ambiente grato, y que haya quien cuide de mí. Esto —me sorprende descubrirlo— no es nada nuevo. Ha estado presente, formando parte de mí misma, desde hace mucho tiempo.
Desde aquel día de reposo obligado en la cama, he ido descubriendo que hay otras mujeres como yo, miles y miles de nosotras que crecieron de cierta manera y que no han podido enfrentarse con la realidad de un mundo de adultos en el que solo nosotras somos responsables de nosotras mismas. Podemos defender de palabra esta verdad, pero en nuestro interior no la aceptamos. Todo lo que se relaciona con la manera en que fuimos criadas nos ha venido diciendo que hemos de formar parte de alguien más, que debemos ser protegidas, apoyadas y animadas por la felicidad conyugal hasta el día de la muerte.
Por supuesto, fuimos descubriendo —cada una por su cuenta— la mentira que encerraba esta afirmación. Pero hasta los años setenta no ocurrió un cambio cultural que hiciera observar a las mujeres, pensar en ellas y tratarlas de manera distinta que en cualquier otro momento anterior. Se esperaban cosas diferentes de nosotras. A partir de entonces, se nos dijo que nuestros antiguos sueños de juventud eran débiles e innobles, y que había cosas mejores que desear: el dinero, el poder y —la más esquiva de las condiciones— la libertad. Y también se nos hizo conscientes de que podíamos hacer con nuestra vida lo que se nos antojara y lo que creyéramos más importante. Se nos dijo asimismo que más vale tener libertad que seguridad; que la seguridad atrofia nuestras facultades.
Pero la libertad, según descubrimos pronto, asusta. Se nos presenta con un sinfín de posibilidades para cuyo aprovechamiento no estamos preparadas: promociones, responsabilidad, la posibilidad de viajar solas sin ningún hombre que nos oriente, la ocasión de tener amigos propios, etc. Con gran rapidez, se abrieron a las mujeres oportunidades de todas clases, pero esta libertad trajo nuevas exigencias: que creciéramos y nos desenvolviéramos en la vida sin la necesidad de escondernos tras el amparo de una persona considerada por nosotras como «más fuerte»; que comenzáramos a tomar decisiones basadas en nuestra propia valía, y no en la de nuestro marido, nuestros padres o nuestros profesores. La libertad exige que seamos auténticas, sinceras con nosotras mismas. Y aquí es donde surge, de pronto, la primera dificultad: cuando no podemos seguir pasando por una «buena esposa», una «buena hija» o una «buena estudiante». Aunque nos parezca inverosímil, cuando iniciamos el proceso de separación de los personajes que tienen autoridad sobre nosotras para apoyarnos sobre nosotras mismas, descubrimos que los valores que considerábamos como nuestros no lo son. Pertenecen a otras personas, a seres que nos sojuzgaron en el dominante ambiente que nos rodeó siempre por completo. Y llega el momento de la verdad: «En realidad no tengo ninguna convicción propia. En realidad, no sé qué opino o qué creo».
Y este puede ser un momento aterrador. Cuanto teníamos por seguro parece desmoronarse como la blanda arcilla de un desprendimiento de tierras, dejándonos inseguras de todo, y horrorizadas. Esta aturdidora pérdida de estructuras de apoyo ya pasadas de moda —de creencias en las que hemos dejado de creer para siempre— puede señalar el principio de la verdadera libertad. Pero el hecho de que resulte aterradora puede hacernos retroceder de nuevo hacia la seguridad, lo familiar, lo conocido.
¿Por qué, cuando tenemos la oportunidad de dar un paso hacia delante, tendemos a retroceder? Porque las mujeres no están habituadas a enfrentarse con el miedo y a vencerlo. Se nos ha acostumbrado a evitar cuanto pueda asustarnos. Así se nos ha venido enseñando desde los tiempos en que éramos demasiado jóvenes para desear otra cosa que no fuera la comodidad y la seguridad. En realidad, no estábamos adiestradas para la libertad, sino educadas para todo lo contrario: la dependencia.
El problema tiene su origen en la infancia, en la niñez, cuando nos sentíamos seguras, cuando nos hallábamos para todo en manos del cuidado ajeno, cuando podíamos contar con papá y mamá siempre que los necesitábamos. Las noches no se iban en pesadillas, ni en insomnio, ni en obsesivas letanías de las cosas malas que habíamos hecho durante el día o de las que hubiéramos podido hacer mejor; eran un puro descansar escuchando cómo el viento acariciaba los árboles hasta la llegada del sueño. He llegado a descubrir cierta relación entre nuestra tendencia a la domesticidad y los cautivadores ensueños infantiles que parecen bullir bajo la superficie de nuestra conciencia. Esto tiene que ver con la dependencia: la necesidad de apoyarse en alguien, la necesidad, volviendo a la infancia, de que se nos oriente, de que se nos cuide y se nos mantenga apartadas de todo daño. Estas necesidades subyacen en nosotras aun en la edad adulta, y claman por ser satisfechas junto con nuestra necesidad de ser autosuficientes. Hasta cierto punto, la necesidad de dependencia es completamente normal, tanto para los hombres como para las mujeres. Pero a las mujeres, como veremos, se las ha inclinado hacia la dependencia hasta un grado realmente malsano. Toda mujer acostumbrada a observar su propio interior sabe que jamás fue educada en el sentido de que le agradara la idea de cuidar de sí misma, de sostenerse por sí misma, de hacer valer sus propios derechos. A lo sumo, puede haberse entregado al juego de la independencia, envidiando interiormente a los chicos (y más tarde a los hombres) porque parecían autosuficientes de una manera tan natural.
No es la naturaleza lo que confiere a los hombres esta autosuficiencia; es el adiestramiento, la práctica. Los hombres reciben lecciones de independencia desde el mismo día de su nacimiento; del mismo modo que sistemáticamente se enseña a las mujeres que tienen una salida, que algún día, de algún modo, serán salvadas. Este es el cuento de hadas, el mensaje que se nos inculca desde nuestra más temprana edad. Podemos aventurarnos a hacer algunas salidas al exterior por nosotras mismas. Podemos ir a la escuela, trabajar, viajar; incluso podemos ganar nuestro buen dinero, pero detrás de todo eso nuestros sentimientos al respecto muestran siempre cierta cualidad finita. Según este cuento infantil, basta con que la mujer sepa esperar lo suficiente. Alguien vendrá algún día a llenar sus ansias de vivir de veras. (El único salvador que conoce el muchacho es él mismo.)
He de deciros ya desde ahora que mi descubrimiento del problema de la independencia femenina tuvo lugar a través de la experiencia personal, y recientemente, por cierto. Durante mucho tiempo había engañado a todo el mundo, y a mí misma, con una sofisticada actitud de seudoindependencia: una fachada que había ido construyendo a lo largo de los años para ocultar mi (aterrador) deseo de que se cuidara de mí. El disfraz era tan convincente que hubiese podido seguir creyendo en él indefinidamente si no hubiera sucedido algo que produjo una inquietante grieta en la delgada capa exterior de mi pretendida independencia.
Acaeció cuando yo tenía treinta y cinco años. Una serie de hechos inesperados me hizo experimentar unos sentimientos que nunca había creído que anidaran en mí, unos sentimientos de incompetencia tan amenazadores para mi seguridad que hubiera hecho cualquier cosa para manipular a alguien a fin de que se hiciera cargo de la situación. Fue en un momento en que la vida me mostró su lado adverso, cuando sus exigencias comenzaron a hacerse sospechosamente lógicas y reales, unas exigencias para adultos, muy distintas de las simples incursiones de una chica precoz en un mundo al que los juegos permiten entrar de matute. Tras varios años fuera del matrimonio, con tres hijos jóvenes que mantener sin ayuda de nadie, me hallaba a punto de entrar en un período de notable madurez. Sorprendentemente, sus dolorosas circunstancias empeoraron por el hecho de que me había enamorado.
EL DERRUMBAMIENTO DE LA AMBICIÓN
En 1975 dejé Nueva York, y lo que había sido una lucha solitaria de cuatro años como única aportadora de medios de vida a mi rota familia, para irme a vivir con mis hijos a una población rural del valle del Hudson, a unos ciento cincuenta kilómetros de Manhattan. Había conocido a un hombre que parecía el compañero perfecto: sensato, inteligente y de un humor estupendo. Encontramos para nosotros una casa de alquiler grande y acogedora, rodeada de un terreno lleno de flores, hortalizas y árboles frutales. En mi nueva euforia, creía que ganarme la vida escribiendo no sería más difícil en el villorrio de Rhinebeck que en la metrópoli de Manhattan. Lo que no había sospechado —lo que no había podido prever— era el sorprendente derrumbamiento de mi ambición. Lo experimenté tan pronto como empecé a compartir de nuevo mi hogar con un hombre.
Sin ninguna decisión consciente, e incluso sin darme cuenta de ello, mi vida cambió dramáticamente. Antes de trasladarme a aquel lugar, solía pasarme varias horas al día escribiendo, desarrollando una carrera que había comenzado diez años antes. En Rhinebeck, mi tiempo parecía írseme en tareas de ama de casa, en dichosas tareas de ama de casa. Después de varios años de comidas improvisadas e insustanciales por estar demasiado ocupada para hacer otra cosa, me puse a cocinar de nuevo. Al cabo de seis meses de haberme trasladado al campo, mi peso había aumentado cuatro kilos y medio. «Eso es saludable —me dije a mí misma, extrañamente contenta de aquel cambio—. Claro, como vivimos todos más relajados...» Comencé a llevar camisas a cuadros y «monos» más bien holgados. Siempre me encontraba vagando un poco: cuidando de una maceta, encendiendo fuego, mirando por la ventana. El tiempo parecía volar. Los esplendorosos días de otoño me condujeron insensiblemente al invierno, y yo me puse botas y una chaqueta rellena de plumas y empecé a cortar leña. Por la noche dormía sin soñar, y eran muchos los días en que me costaba levantarme por la mañana. No había nada que me obligara a abandonar la cama.
Mi nueva retirada a las tareas domésticas —todo un síntoma— hubiera debido de ser más desconcertante de lo que fue. Al fin y al cabo, era capaz de mantenerme yo misma; en realidad, lo había hecho durante cuatro años. Sí, pero habían sido cuatro años azarosos; cuatro años que, día tras día, fueron para mí un verdadero desafío. El padre de los niños estaba demasiado enfermo para poder ayudarles, por lo que yo me había acostumbrado a pagar las facturas. Pero había vivido asustada la mayor parte del tiempo: asustada de los precios cada vez más altos, asustada del casero, asustada de no poder seguir aguantando nuestra situación, de no poder continuar a flote mes tras mes, año tras año. El hecho de que dudara profundamente de mi propia competencia no me parecía extraño ni insólito. ¿No era un sentimiento común a todas las «madres solas»?
Mi traslado al campo en aquel espléndido otoño había significado para mí el término de lo que yo, más bien vagamente, consideraba «mi lucha». El azar me había llevado a un lugar diferente, a un espacio limitado no muy distinto de aquel en que había vivido de niña: un mundo de manzanas, de tartas de cerezas, de edredones en la cama y vestidos de verano recién planchados. Ahora tenía un terreno y flores, una gran casa con muchas habitaciones, muchos escondrijos y muchos rincones. Al sentirme segura por primera vez desde hacía varios años, me dispuse a convertir en realidad la tranquila morada que suele permanecer como una especie de «recuerdo encubierto» de los aspectos más positivos de nuestra infancia. Hice un nido, y lo aislé con el algodón y el plumón más blanco y suave que pude encontrar.
Y entonces me escondí en él.
Por la mañana, lavaba la ropa y barría. Por la tarde, preparaba grandes comidas y las extendía sobre la mesa de un auténtico comedor. Al llegar la noche, haciendo el papel de ayudanta, me ponía a mecanografiar los borradores de Lowell. Extrañamente, aun cuando yo había escrito como profesional por espacio de diez años, tenía la impresión de que escribir a máquina para otra persona era el trabajo más adecuado para mí. Me sentía... bien (lo que significaba, según veo ahora, que me encontraba cómoda y segura). Y así siguieron las cosas durante varios meses. Lowell escribía y hablaba por teléfono sentado ante la gran mesa que tenía frente al fuego en el cuarto de estar. Yo, entretanto, llenaba mis horas vacías poniendo láminas decorativas en las paredes del dormitorio de mi hija. De vez en cuando, me acercaba a mi escritorio y probaba la agilidad de mi mano en algún trabajo o ponía orden en mis papeles, pensativa y llena de preocupaciones. Frustrada por tener momentáneamente la impresión de que había perdido mis facultades de escritora, un día pensé: «Mi suerte cambiará».
No era en absoluto una cuestión de suerte. Sin advertirlo a nivel consciente, la idea que tenía de mí misma, había cambiado radicalmente. Y lo mismo podía decir de las esperanzas que había puesto en Lowell. Para mí, se había convertido en el proveedor del hogar. ¿Y yo? Yo descansaba de una lucha de varios años, sostenida a medias contra mi voluntad, que debía conducirme a la plena responsabilidad personal de mis actos. ¿Qué mujer liberada hubiera podido imaginarse alguna vez tal situación? Desde el momento en que se me presentó la oportunidad de apoyarme en alguien, cesé de avanzar; de hecho, me detuve en una vía muerta. Dejé de tomar decisiones, nunca iba a ninguna parte, ni siquiera veía a mis amigos. Por espacio de seis meses, no me había visto apremiada para presentar en su día ningún trabajo, ni me había expuesto al tira y afloja que siempre supone conseguir un buen contrato de un editor. Me había bastado un momento de bienestar para deslizarme de nuevo hacia el papel tradicional de simple auxiliar femenina. Una subordinada. Una amanuense. La mecanógrafa de los sueños de otra persona.
EL ABANDONO DEL ESFUERZO
Como tan astutamente observó Simone de Beauvoir hace más de un cuarto de siglo, las mujeres aceptan el papel de persona sumisa «para evitar el esfuerzo que supone tomar a su cargo una existencia auténtica». Este abandono del esfuerzo había llegado a ser mi meta. Me había ido deslizando hacia atrás —volviendo a la cómoda inacción, como si me hallara en un baño de agua tibia— porque era más fácil. Porque cuidar de las flores, encargarse de las compras y ser una buena —y bien dotada, para el caso— «compañera» provoca menos angustia que encontrarse ahí fuera, en el mundo de los adultos, desenvolviéndose por sí misma.
Lowell, sin embargo, no era lo que pudiera llamarse un «macho tradicional», porque no apoyaba mi regresión. Descontento de lo que parecía ir tomando carácter de abuso (él pagaba las facturas, yo hacía las camas), decidió por fin encararse conmigo: yo no aportaba ni un céntimo a los gastos de la casa, dijo, mientras que él me mantenía a mí y a mis tres hijos, y además ni siquiera parecía darme cuenta de aquella injusticia. Le dolía, afirmó también, que me gustase quedarme en segundo término y aprovecharme de su buena voluntad y su desinteresada ayuda.
La alusión a que yo, por así decirlo, no ponía toda la carne en el asador, me resultó altamente ofensiva. Era la primera vez que un hombre me acusaba de no dar cuanto podía de mí misma. ¿Acaso no me agradecía todo lo que estaba haciendo por él, mis esfuerzos para hacer cada día más encantador nuestro hogar, mis maravillosas tartas y pasteles? ¿No se había dado cuenta de que, cuando venían amigos a pasar el fin de semana con nosotros, era yo quien cambiaba las sábanas y limpiaba la habitación y el cuarto de baño de los huéspedes?
Era cierto que, considerando nuestra distribución de las obligaciones domésticas, yo era la que hacía el «trabajo sucio». Era también cierto que yo misma había asumido aquel papel, sin el menor comentario. Pero la verdad más absoluta era que, interiormente, yo deseaba hacer el trabajo sucio. El trabajo sucio es el más seguro de todos. Por hacerlo, puede exigirse a cambio una retribución desmedida: la total manutención de la mujer.
Cuando Lowell y yo decidimos dejar Nueva York para irnos a vivir juntos en el campo, acordamos que cada uno de los dos seguiría haciendo frente a sus propios gastos. ¡Con qué facilidad me escabullí de aquella promesa! Tenía varias ideas para escribir libros y artículos de revistas y empecé a trabajar en ellas, pero no estaba emocional ni intelectualmente entregada a lo que hacía. Me sorprende ahora, al recordarlo, que en realidad no sentía la necesidad de trabajar. En vez de eso, disfrutaba de las ventajas de ser una esposa. Pero Lowell decía: «No es justo». Y yo pensaba: «¿Por qué no es justo? ¿No es así como se supone que debe ser?».
Había sufrido una transformación interior. Cuando me hallaba sola y no tenía otro remedio que mantenerme a mí misma y a mis hijos, mis resoluciones eran claras y sin ambigüedades; conseguí seguir mi carrera y comportarme al menos con independencia. Sin embargo, cuando Lowell pasó a formar parte de nuestro hogar, mi regresión fue un hecho. No tardé en pensar, sentir y actuar con la misma dependencia con que había vivido durante los nueve años de mi matrimonio. Entonces, el reconocimiento por mi parte de la situación fue el estímulo que me llevó a abandonar el matrimonio: había comenzado a detestar mis sentimientos de dependencia. Había vivido en una atmósfera asfixiante y restrictiva, y por ello me liberé. Pero ahora volvía a actuar como antes, con la sola diferencia de que estaba rodeada de árboles, de humo de leña y de las paredes de una casa grande y antigua que dulcificaban el ambiente.
La economía de la situación era decisiva para lo que estaba sucediendo. Como yo había dejado sobre sus hombros la responsabilidad de pagar todas las facturas, me sentía serenamente al margen de la angustia que puede implicar ganarse la vida. Ahora me es difícil admitirlo, pero mi actitud hacia Lowell fue explotadora. No quería hacer el esfuerzo que suponía el hacerme responsable de mi bienestar. Considerando las cosas desde el ángulo del dinamismo, yo consideraba natural que Lowell trabajara con más ahínco que yo y se expusiera a mayores riesgos porque era un hombre. Así lo creía, al menos en parte, porque tal convencimiento hacía mi vida más fácil. Y aquí es donde aparece el aspecto relacionado con la explotación. (También creía que había algo no enteramente «femenino» en un verdadero compromiso de trabajar y arrimar el hombro siempre que fuera necesario. ¡Como si fuese a convertirme en un marimacho por el hecho de ponerme a bregar en el mercado común de la economía de los adultos! A la larga, esta pequeña y mal examinada sospecha jugaría un sorprendente papel en mi lucha por la independencia.)
Una vez al mes, Lowell tomaba su talonario de cheques y hacía por correo los pagos del alquiler de la casa, de la electricidad, el agua y los combustibles. También costeaba el mantenimiento del coche. (Sobre este punto he de decir que él también conducía nuestro automóvil; yo sentía una verdadera fobia hacia la posibilidad de conducir, y no podía ni quería aprender a hacerlo.) Para demostrar a Lowell mi colaboración de niña esforzada, no compraba o adoptaba nada que fuese personal: ningún vestido, ni maquillaje, ni peinado, ni objeto artístico u original para la casa. Me enorgullecía de hacer pequeños arreglos decorativos con cosas viejas que encontraba en la bodega. Mi distanciamiento de todo lo relacionado con el dinero me permitía permanecer aparte en un aspecto fundamental. «Me gustaría trabajar —le decía con insistencia a Lowell—. Si alguien me encargara alguna cosa, me encantaría escribir. ¿Es culpa mía que mis ideas no tengan comprador?»
—¿Y si continúas así, qué sucederá? —preguntó por último un día, al cabo de un año.
Aquel «¿qué sucederá?» me estremeció. Para mí, fue la prueba de que no representaba mucho para él. De otro modo, ¿por qué me empujaba de aquel modo? ¿Por qué no me decía, lisa y llanamente: «No quiero cuidar de ti»?
El hecho de que no me dedicara a ningún trabajo remunerado comenzó a corroer mi amor propio. Solo fueron necesarios tres o cuatro meses de aquel año para convertirme en una Hausfrau, para que mi dependencia llegara a ser un hecho evidente. Mi dichosa vida hogareña parecía desvanecerse al llegar la noche, momento en que la depresión cuajaba en mí como el hielo en un lago invernal. Me daba cuenta, para empezar, de que tenía muy pocos derechos. Casi sin ser consciente de ello, había comenzado a pedir permiso a Lowell para muchas cosas. ¿Le importaría que me quedara hasta tarde en Manhattan para visitar a una amiga? ¿Le parecía bien que fuese con ella al cine el próximo viernes por la noche?
Inevitablemente, creció mi deferencia hacia él. Comencé a sentirme intimidada por el hombre que me mantenía. Fue entonces cuando empecé a encontrarle defectos, a criticarle y censurarle por las cosas más ridículas. Era una señal segura de lo impotente que me sentía.1 Me fastidiaba la soltura —mucho mayor que la mía— con que Lowell trataba a la gente, la suavidad con que era capaz de avanzar y retroceder en un tira y afloja, ya al contratar sus trabajos, ya en la vida social. Parecía tener tanta confianza en sí mismo... Descubrí que le odiaba por ello.
Mientras Lowell avanzaba constantemente, al parecer con el éxito esperándole a la vuelta de cada esquina, yo me sentía deprimida y angustiada, hasta el punto que apenas podía conciliar el sueño por la noche. Me encontré anhelando los momentos de intimidad sexual —o, más exactamente, anhelando el contacto que llevaba consigo la sexualidad—, pues había empezado a tener dudas sobre mi atractivo físico, entre muchos otros recelos hacia mí misma. Fue un período en que, desde mi punto de vista, la totalidad de mi imagen estuvo en entredicho. Había perdido la confianza en mis aptitudes de escritora, en mi posibilidad de abrirme camino en el mundo, y también —inevitablemente— en mis facultades de amante.
Y, quizá lo más sintomático de todo, había perdido la perspectiva que permite ver el aspecto humorístico de las cosas. Se había creado en mí un círculo vicioso: había perdido el respeto a mí misma y, por esta razón, no encontraba el modo de recuperar mi amor propio. Me estaba acobardando y tenía el convencimiento de que solo podía recuperar la confianza perdida si alguien me ayudaba a levantarme. Quería que Lowell se diera cuenta de la situación en que me hallaba y que se identificara con ella. Quería que se percatara de que todos los hechos de mi vida se habían conjurado contra la posibilidad de sostenerme, de mantenerme en pie por mí misma. Lo creía profundamente. Me sentía como si hubiera sido objeto de una mutilación que me afectase para el resto de mi vida.
—Fíjate en lo que estoy pensando —dije cierta vez a Lowell—. Nadie esperó nunca que tuviera que ganarme la vida yo misma año tras año. ¿Cómo podía esperarlo yo?
—Mala cosa —respondió él—. Te ganaste muy bien la vida durante todos esos años en que estuviste sola. Y ahora, de golpe, te has quedado paralizada. A ti te pasa algo.
Lo peor de todo era que, intelectualmente, tanto él como yo sustentábamos la misma idea. Ambos creíamos que las mujeres debían ser responsables de sí mismas. ¿Cómo era posible que yo hubiera sufrido aquella regresión tan rápida? ¿Qué me había sucedido?
Muchísimas cosas, según llegaría a saber después. Muchas de las dificultades que experimentaba tenían un decisivo origen en mi infancia. Pero ello no era motivo para que dejara las cosas tal como estaban. Me ayudaba el hecho de que, en medio del dolor y la confusión, comprendía que tenía cierta responsabilidad en el mantenimiento de aquella situación, que había algunas deformaciones en mi modo de ver el panorama, y que yo estaba manteniendo activamente aquellas deformaciones.
En efecto, mis relaciones con Lowell —entre él, el proveedor, y yo, la protegida— se habían deformado, y lo mismo sucedía con las relaciones conmigo misma. Por alguna razón, me veía menos fuerte y menos competente que Lowell. Aquella era una deformación de importancia a la que, consiguientemente, se añadía otra: Lowell «debía» cuidar de mí. Sí, esta es la retorcida moralidad de los débiles (o de los que persisten en verse a sí mismos como tales). Son la «carga» que se ven obligados a arrastrar consigo los fuertes; si no lo hacen, nosotros no paramos de decirles, de todas las formas posibles, que no sobreviviremos.
Cuando hube reconocido que me irritaba la idea de volver a tomar en mis manos la responsabilidad de mi vida, que Lowell me ponía furiosa porque pretendía «rehacerme», me sentí avergonzada y profundamente aislada. ¿Por qué me asustaba tanto la independencia? En lo tocante al feminismo, había vuelto a la Época Glacial. ¿Quién, de entre las personas que conocía, de entre las que había conocido, prefería —como era al parecer mi caso— ser dependiente a ser independiente?
A lo largo de mi vida, cuando me encontraba sola y asustada, siempre había sentido la necesidad de escribir. Esta vez no era una excepción. Si describía mi experiencia, quizá descubriría que había en el mundo otras personas como yo. La idea de que yo pudiera ser una anomalía, una especie de caso perdido, un ser desambientado que solo podía vivir en la dependencia, me horrorizaba.
Hasta que no describiera tales sentimientos, no cobraría el valor necesario para hablar de ellos con alguien. Nunca había oído hablar a nadie de semejante experiencia. Un simpático conocido mío, director de una revista, me decepcionó cuando le expliqué el artículo que yo había escrito y él pareció no enterarse de qué le hablaba. Respiré profundamente y volví a la carga, porque, a decir verdad, si aquel individuo no me entendía, mal podría hacerlo cualquier otro del oficio. Cuando comencé a contarle de nuevo lo sucedido desde que me había ido a vivir al campo y las razones por las que quería escribir sobre ello, algo volvió a hacérseme evidente: yo sabía algo, había aprendido algo, y no iba a permitir que aquello se perdiera porque alguien no captara su sentido. Le dije que lo que yo había experimentado y aprendido era importante. Era importante que las mujeres, especialmente ellas, conocieran los problemas contra los que yo había tenido que luchar. Mi experiencia mostraba algo real e inquietante: un fenómeno psicológico con el que el movimiento femenino no se había aún enfrentado. El artículo que yo quería que él publicara explicaba lo que obtienen las mujeres por mantener en la vida su posición de dependencia —su postura de amas de casa sumisas y bonachonas—: lo que los psiquiatras llaman «ganancias secundarias».
—Creo que comienzo a ver de qué me habla —dijo el director de la revista.
