PRÓLOGO
LA CONCIENCIA DE UN ESCRITOR
Notas preliminares
La exigencia estilística y la pasión reflexiva, junto al afán de conocimiento, son las características esenciales de la producción literaria de Hermann Broch. Enfrentado a los desafíos y enigmas del siglo XX, su dedicación artística jamás le distrajo de su responsabilidad ante la gravedad del drama humano. De ahí la complejidad de sus páginas y la tensión conflictiva que manifiestan. Amante de la vida en sus varios aspectos (las páginas descriptivas de paisajes alpinos o de vistas al mar y de rostros humanos así lo demuestran), Broch pulsó su lado de sombra desde finales del siglo XIX a 1918 en la trilogía Los sonámbulos. Sus protagonistas son aristócratas extraviados en sus códigos, empleados contables insatisfechos y burgueses resultantes de un pragmatismo que arrasará con todos los valores. Desde la renuncia a los idealismos hasta la fijación en el poder, sin olvidar que son vulnerables, estos personajes pretenden dominar a los otros o descubrirse en ellos. Descritos con ironía y piedad, son la ilustración de las dificultades de un humanismo europeo siempre en crisis.
La experiencia humana del escritor, sus inquietudes científicas y su curiosidad inquisitiva por las formas diversas de la cultura configuran la imagen de un europeo que dio testimonio crítico de un momento, de un lugar y de unos personajes imprescindibles para comprender el sentido de nuestro presente. Nos referimos a la Viena de principios del siglo XX, habitada por los pintores Gustav Klimt, Egon Schiele y Oskar Kokoschka, por los arquitectos Josef Hoffmann, Otto Wagner y Adolf Loos, por Sigmund Freud y por Robert Musil; aquella capital de un imperio imposible, reducido desde 1918 a ser solo una referencia en el mapa de la cultura, sin poder efectivo. Se imponía entonces la revisión crítica del exceso de ornamentación que algunos —como Loos o el propio Broch— denunciaron como la sombra de su propio vacío. En registros variados dicha vocación la proseguirían autores como Ludwig Wittgenstein o Thomas Bernhard.
Hermann Broch nació en Viena el 1 de noviembre de 1886, en el seno de una familia judía burguesa, dedicada a la industria textil. Obediente a los deseos de su padre, obtuvo el título de ingeniero industrial y dirigió la empresa familiar hasta 1928, en que la vendió obligado por dificultades financieras y por la voluntad de asumir su vocación literaria. Desde 1908, excepto los dos años de servicio militar, había publicado ensayos críticos, poesías y narraciones, y había empezado a relacionarse con artistas como el músico Alban Berg y escritores como Franz Blei, Franz Werfel, Robert Musil o Elias Canetti, este último encargado en 1936 de pronunciar el discurso en homenaje a su cincuenta cumpleaños. Y fue Canetti quien, pensando en Broch, resumía la grandeza o la función real de todo verdadero escritor en tres exigencias: la entrega a su tiempo, una sed de universalidad capaz de sintetizar su época y, finalmente, la de estar a la vez en su contra. Precisamente por cumplir la tercera, en marzo de 1938 fue encarcelado por motivos políticos; en libertad el día 31, consiguió huir a Inglaterra gracias a la intervención de Edwin y Willa Muir, traductores al inglés de Los sonámbulos, y después a Estados Unidos. En 1945 aparecería en edición bilingüe (alemán e inglés) La muerte de Virgilio, obra que le consagró universalmente. Broch pasó luego a interesarse por el fenómeno de las masas y su psicología, por el porvenir de un mundo a reconsiderar tras los desastres de la Segunda Guerra Mundial y por las propuestas de una política universal y educativa digna de esa tradición ilustrada europea que los acontecimientos desmentían. Pronunció conferencias y estimuló debates para superar la crisis del humanismo, y vivió modestamente sin materializar su máximo anhelo, el retorno a Europa. El 30 de mayo de 1951 moría en New Haven, Connecticut, dejando una nutrida variedad de escritos que guarda el archivo de la Universidad de Yale.
Pasenow o la caducidad del romanticismo
La fama de Hermann Broch es inseparable de Los sonámbulos, obra publicada a sus 45 años (1931-1932), en momentos nada propicios a la recepción de un texto estilísticamente singular. Es la época de la ascensión del nazismo, llena de dificultades para la distribución y recepción serenas de una obra cuya lectura trasciende el mero entretenimiento. El muy leal editor de Broch, Daniel Brody, comprendía la alarma del autor por la difusión de su obra, pero aquellos eran años en los que «el editor propone y Hitler dispone».
La trilogía supone una revisión de los siglos XIX y XX a partir de tres fechas significativas: 1888, 1903 y 1918. Su andadura narrativa se corresponde con el auge del desarrollo industrial y económico en el cambio de siglo, que en Alemania, al igual que la expansión imperialista, transcurre tras los pasos de Inglaterra y Francia, una influencia que se acusa más, naturalmente, desde la segunda parte. La primera, Pasenow o el romanticismo, gira en torno al final de un idealismo entumecido de nostalgias frente a una época que acabará con rituales de honor convencionales y obsoletos. En Pasenow, lo romántico —su alargada sombra inútil— resulta ser un refugio frágil y patético ante las circunstancias. Centrada en figuras que encarnan las líneas de tensión ilustrativas del conflicto entre lo viejo y lo nuevo, la narración articula un discurso claro y sucesivo del tiempo evocado y, entre líneas, irónicamente aludido. Pero a la vez supone un diagnóstico de lo inerme en las figuras ancladas en el pasado. Joachim von Pasenow, paciente sufridor de un padre que le condena a un destino prescrito, es su emblema. Frente a él, la figura de Bertrand ilustra el sentido de una independencia emergente. De una parte, el ritual de un honor que constriñe y bloquea las posibilidades mismas de conocerse; de otra, encarnado en Bertrand, el abandono de la carrera militar y el cambio al ámbito de los negocios; en rigor, al trato despierto con el mundo. Pender del destino o intentar construirlo, he aquí el esquema de la dicotomía que el autor plantea respetando el drama interior que transciende al mero contraste de dos talantes distintos ante la sociedad.
El lector advierte el «doblestar» latente en los personajes. El joven Pasenow reprime sus apetencias vitales en beneficio de normas que garanticen su seguridad aunque bloqueen su libre albedrío; Bertrand, afín a los tiempos nuevos, es consciente, sin embargo, de lo aleatorio que es su papel. Aparte de su relieve —reaparece al sesgo y de manera dramática en Esch o la anarquía, y sus comentarios transparentan el clima intelectual del autor—, Bertrand desmiente con su escepticismo el lado triunfalista de un positivismo en ciernes y que irá en aumento con el avance de la trilogía. Ese «doblestar» es como un vivir entre dos tiempos, en rigor la encrucijada genérica del sonámbulo y de su indeterminación entre la vigilia y el sueño. Si Pasenow no logra zafarse de las condiciones de clase que le determinan, Bertrand tampoco accede a una idealidad que él compensa, de manera vicaria, con la sutileza de sus conversaciones. Comprende el mundo y ve en los otros aspectos que ellos no saben ni quieren reconocer —como en los diálogos con Joachim o en la impresionante escena con Elizabeth—, pero él también es una suerte de «huésped de su propia vida» (Ein Gast seines Lebens) en la precisa y memorable fórmula de Hermann Broch.
A excepción del padre de Joachim von Pasenow, emblema inerte pero aún coactivo del ámbito familiar y social inmediato, los personajes pugnan por dar un sentido a su vida pero, a veces alarmados —Elizabeth—, otras frustrados y recelosos Joachim—, tal empeño les resulta o bien opaco o bien inalcanzable. Así, Joachim querrá dar por terminadas sus frustraciones gracias al orden seguro y fijo, estable, de la carrera militar. Pasenow encarna a un ser vacilante entre la nostalgia y la dependencia y admiración inconfesadas por Bertrand, que le llevan por lo mismo a desconfiar de él. La novela ilustra los imponderables de clase y muestra cómo estos juegan la baza decisiva. Muerto el hermano de Joachim, que dirigía la hacienda familiar, este ha de reemplazarle sin remedio. Así son las cosas, como también es casi una imposición el enamoramiento —el compromiso entre apellidos— entre un P
