Judíos, moros y cristianos y otros escritos de viaje

Camilo José Cela

Fragmento

Nota sobre esta edición

Nota sobre esta edición

Judíos, moros y cristianos (1956) es, después de Viaje a la Alcarria (1948) y Del Miño al Bidasoa (1952), el tercero de los grandes libros de viajes de Camilo José Cela. El subtítulo, Notas de un vagabundaje por Segovia, Ávila y sus tierras, ciñe muy estrictamente el recorrido que propone. Por las fechas en que el libro apareció, Cela ya había dado a luz algunas de sus notas de viaje por esas mismas tierras. En 1952 publicó en la revista Destino una serie de diez entregas reunidas luego bajo el título Cuaderno del Guadarrama (1952) y recogidas en el presente volumen. También ese año —el mismo de la publicación de Del Miño al Bidasoa— apareció Ávila, puñado de apuntes sobre la ciudad destinados a una colección de la editorial Noguer titulada «Andar y Ver. Guías de España» (un librito profusamente ilustrado con fotografías de Egen Haas que no disimulaba su condición de guía práctica, con sugerencias de itinerarios urbanos y de excursiones por los alrededores, recomendaciones gastronómicas y reseñas de productos locales, fiestas y tradiciones). De 1955 es Vagabundo por Castilla, apenas un cuadernillo de veinte páginas con ilustraciones en color de Marcos Aleu. Un año después, Judíos, moros y cristianos retomaba con toda su ambición uno de los más viejos proyectos de Cela: el de cartografiar literariamente buena parte España, ofreciendo a la larga poco menos que una guía lo más exhaustiva posible de sus tierras y de sus gentes.

En su prólogo a Judíos, moros y cristianos, Cela deja entrever que el libro forma parte de un proyecto más amplio titulado, precisamente, Guía de Castilla la Vieja. Estaba en su ánimo, pues, cuando lo escribió, prolongar el recorrido propuesto con nuevas entregas. Pero —como ocurre con tantos de los proyectos emprendidos por Cela— no fue así, y el siguiente libro de viajes que publicó, ya descartada esta perspectiva, sería el Primer viaje andaluz (1959), que en esta colección se recoge en el volumen titulado Del Miño al Bidasoa y otros vagabundajes.

Subrayar cierta vocación de «guía» en la literatura viajera de Cela es algo que no cabe hacer sin muchas reservas: las mismas que emplea el propio autor, en el prólogo a Judíos, moros y cristianos, cuando dice que «los viajes didácticos suelen ser plúmbeos e insoportables», y añade que en él «no aparecerán demasiados datos», pues «los datos se olvidan con facilidad y, además, están apuntados en multitud de libros».

«Lo que el vagabundo imagina que podrá valer de algo al caminante de Castilla la Vieja que le haga la merced de llevar este libro en la maleta —o al sedentario lector que prefiera la Castilla la Vieja desde su butaca, al lado de la chimenea— es que se le sirva, en vez del dato, el color; en lugar de la cita, el sabor, y a cambio de la ficha, el olor del país; de su cielo, de su tierra, de sus hombres y sus mujeres, de su cocina, de su bodega, de sus costumbres, de su historia, incluso de sus manías. En todo caso, el dato, la cita y la ficha, cuando aparezcan, estarán siempre al servicio del impreciso y tumultuoso aire de Castilla».

Todo un programa que, sin embargo, Cela incumple de forma flagrante conforme se progresa en el libro, que en sus dos capítulos finales —el VII y el VIII— comienza a desgranar cuadros de altitudes, mapas y toda suerte de itinerarios (con sus alternativas) detallados entre una catarata de topónimos que a ratos aturde al lector. A este respecto se diría que Judíos, moros y cristianos está escrito con dos poéticas superpuestas: los primeros capítulos —deslumbrantes— hilvanados con un talante cordial y sensual, muy semejante al que gobierna los rumbos del Viaje a la Alcarria; los últimos, convertidos en desván de eruditos saberes geográficos, zoológicos y botánicos, de noticias y de datos históricos y antropológicos y gastronómicos.

La comparación con Viaje a la Alcarria sirve para destacar otro aspecto en el que Judíos, moros y cristianos marca una diferencia respecto a los anteriores libros de viaje de Cela: el empleo de un léxico aquí mucho más rebuscado y específico, plagado de arcaísmos, localismos e incluso —aunque sólo muy ocasionalmente— de jergas de oficio (como, en el capítulo III, la del afilador con el que el vagabundo se topa en la carretera de Segovia). A tanto llega a momentos el alarde idiomático, que Cela se siente llamado, en al menos dos ocasiones, a brindar al lector un glosario de los términos empleados. «El vagabundo», se lee ya en el capítulo I, «que en nada es autoridad, después de llegar al fin —al fin, por ahora— de su escritura, se da cuenta de que algunas de las palabras que quedan escritas a lo mejor nadie las encuentra si las busca donde su sentido común le dicta que las ha de hallar, y arbitra el copiarlas antes de pasar más adelante, imaginando que a quien las conoce nada se le pierde con recordarlas y que, a quien las ignora, bien pudiera ser que le agradase el que se las dijeran».

No es de extrañar, siendo así, que en el prefacio antepuesto a la edición de 1966, la de sus Obras completas (que es la que se sigue aquí), diga Cela que «Judíos, moros y cristianos fue el libro que me llevó a la Academia». En efecto: en ella ingresaría el escritor a los pocos meses, en 1957, provisto de todas las credenciales necesarias, entre las que se contarían sin duda estas páginas. Y es que, como escribió Antonio Vilanova en la reseña que les dedicó, «pocas veces el genio idiomático de Camilo José Cela ha llegado a tal punto de maestría estilística y dominio del lenguaje como en este libro, que le acredita una vez más, por la elegancia y riqueza de su prosa, unas veces llana y castiza, otras sugerente y poética, como el máximo prosista español de nuestros días» (Destino, 26 de mayo de 1956).

Pese a lo cual, también en este aspecto se aprecia cierto regodeo, cierto alambicamiento que en algunos pasajes gravan la lectura.

Conviene recordar que, si bien las correrías que Cela narra tuvieron lugar entre 1946 y 1952, fecha en que tomaría la mayor parte de las notas que sustancian el libro, Judíos, moros y cristianos se terminó de escribir en el otoño de 1955, es decir, pocos meses después de publicada La catira (1955), novela cuya redacción fue precedida de exhaustivos trabajos de documentación lexicográfica, y que se daba acompañada de un vocabulario de venezonalismos (pues es en la región de los Llanos de Venezuela donde transcurre la acción de la novela). De lo que se desprende que por aquella época Cela se hallaba especialmente volcado en la tarea de preservar e ilustrar el rico, inabarcable patrimonio lingüístico del castellano en sus más diversos ámbitos y estratos.

Después de la profunda inmersión en las formas del habla de Venezuela, y tras la ruidosa polémica a que dio lugar la osada determinación por parte de Cela de escribir toda una novela en un registro lingüístico que no era el suyo propio, el autor invirtió el signo de sus búsquedas y se adentró en los rincones más íntimos del castellano, allí donde, por así decirlo, se crio, y donde supuestamente se mantiene en su mayor pureza.

Por lo demás, Judíos, moros y cristianos tiene mucho de tributo que Cela rinde a Castilla al poco de haber tomado la determinación de abandonar su vida allí y residir en la isla de Mallorca. El libro destila la nostalgia de unos escenarios hasta hacía poco muy frecuentados y siempre muy queridos por el escritor. Él mismo recuerda, en el artículo de 1964 que cumple aquí funciones de prefacio, los veranos pasados en Cebreros, provincia de Ávila, de 1947 a 1950. Desde esa localidad realizó la mayor de las excursiones a pie que el libro —también en esto diferente al Viaje a la Alcarria, y a Del Miño al Bidasoa, más fieles a un itinerario real— sintetiza con mucha verosimilitud en una sola.

El tributo a Castilla, por otro lado, se convierte en un tributo indirecto a la constelación de escritores, artistas y pensadores en que se formó la sensibilidad literaria, lingüística, paisajística y hasta social y moral del propio Cela, que a través de Castilla homenajea a los maestros del 98 y del novecentismo, a cuya tradición se incorpora explícitamente cuando repara en el hecho de que «los más hondos y sagaces entendimientos de Castilla» provengan, precisamente, «de no castellanos: Unamuno, bilbaíno; Azorín, alicantino de Monóvar; Baroja, donostiarra; Antonio Machado, sevillano; Rusiñol, el de los verdes, pero castellanos al fin, jardines de Aranjuez, barcelonés, y Zuloaga, guipuzcoano de Éibar».

Detrás de todos ellos, Camilo José Cela, gallego de Iria Flavia, provincia de La Coruña, se adentra asimismo en el alma de Castilla, en sus caminos, en sus pueblos, en sus fondas, en sus rincones, también en sus tradiciones y en su historia, y escribe algunas de las más bellas y amables páginas de toda su obra.

Casi diez años posterior a Judíos, moros y cristianos, Viaje al Pirineo de Lérida (1965) sería el último intento serio de continuar la serie emprendida en su día bajo el epígrafe «Las botas de siete leguas». Tal era el antetítulo de Viaje a la Alcarria, en 1948, convertido ahora en título de la colección de Alfaguara en que se encuadraba el nuevo libro de Cela, que había fundado esta editorial el año anterior, en 1964.

Viaje al Pirineo de Lérida es la crónica de una excursión a pie emprendida por Cela en 1956, en compañía del periodista y escritor catalán Josep Maria Espinàs, del doctor José Luis Barros y de Felipe Luján, padre de Nestor Luján y suegro de Espinàs. La excursión había sido proyectada por este último, y Cela se apuntó de muy buen grado, comprometiéndose con Espinàs a escribir los dos una crónica de la misma. Espinàs lo hizo mucho antes que Cela: Viatge al Pirineu de Lleida, escrito en catalán, apareció en 1957, pocos meses después de realizada la excursión. Cela no cumpliría con su parte del pacto hasta 1965, lo que significa que sólo se puso a elaborar las notas tomadas cuando habían transcurrido ya más de siete años. Algo de lo que el lector atento se percata al observar cómo, desvanecida en parte la frescura de las experiencias vividas, Cela echa mano de su bien probada técnica como narrador para dibujar situaciones y personajes y reconstruir diálogos.

Las maneras acuñadas en sus anteriores libros de viaje las retoma Cela aquí con un virtuosismo que tiende, en efecto, a estilizar y novelizar el relato, plagándolo más que nunca de referencias históricas y geográficas. Ya la figura misma de «el viajero» solitario que lo protagoniza es, como casi siempre, fingida en buena medida. En el relato no queda rastro de sus compañeros de andanzas, y la tonalidad circunspecta del mismo está evidentemente impostada. Lo cual queda muy lejos de ser reprobable, pues, por muy ceñido que se quiera a sus pasos reales, la narración de un viaje no deja de ser eso mismo: una narración, sujeta en cuanto tal a sus propias cláusulas de verosimilitud y a un punto de vista del que no se espera otra cosa que sea persuasivo y convincente, además de ameno e ilustrativo, como sin duda es el empleado por Cela.

Una vez más, como ya en Del Miño al Bidasoa y en Judíos, moros y cristianos, uno de los alicientes de Viaje al Pirineo de Lérida es su cuidadosa documentación lingüística. Cela se sirve del género de la literatura de viaje para acreditar su genio lingüístico y ejercitar su buen oído. El catalán pirenaico es observado y registrado por él con la mayor atención y sin ninguna condescendencia. Y en plena dictadura franquista, y en un diario como el ABC, donde el texto de Viaje al Pirineo de Lérida se publicó por entregas, no deja de tener una importante carga política una consideración como la que hace durante su travesía del condado de Ribagorza, ya en tierras aragonesas, donde todavía se oye el catalán:

«Las lenguas nunca son derrotadas como pudiera serlo un gladiador; obsérvese que hasta los más cruentos fracasos de los hombres y sus instituciones no llevan jamás aparejada la derrota de la lengua. […] Las lenguas no mueren como el animal, por causas inmediatamente fisiológicas, ni como el hombre, por razones morales o políticas, sino que se transforman —igual que las nubes cambian su silueta— por sinrazones poéticamente imprevisibles. El viajero cree que para que los catalanes, por ejemplo, hablasen mejor el castellano sería prudente que en las escuelas, además del castellano, se les enseñase también el catalán. El amor que el viajero siente por el castellano (y supone, el viajero, que ha de reconocérsele) no sólo es compatible con el respeto que le producen el catalán y cualquier otra lengua, sino que, en cierto modo, hasta es condicionado por la evidencia de esas mismas lenguas y por el reconocimiento que pregona de su realidad, gloriosa siempre y, a las veces, heroica. El castellano es la lengua que los españoles no castellanos —que formamos legión y somos mayoría— admitimos como común y apta y suficiente para entendernos entre todos; la denominación de lengua oficial —aunque lo sea— es impopular y le perjudica en el afecto de los no castellanos».

A esta resuelta declaración de simpatía por la lengua catalana, cabe añadir una viva y sincera afición a su tierra y a su paisanaje, que movió al ya mencionado Antonio Vilanova, en el puntual comentario que también dedicó a este libro, a escribir —otra vez desde las páginas del semanario barcelonés Destino, esta vez en el número del 22 de mayo de 1965—: «Es justo reconocer que ninguno de los grandes españoles no catalanes, desde la generación del 98 hasta nuestros días, ha realizado un esfuerzo semejante para reflejar la vida y el paisaje de un pedazo de nuestra tierra. Al margen de sus mayores o menores aciertos, los lectores catalanes debemos a Camilo José Cela gratitud y afecto por el profundo esfuerzo de acercamiento, amor y comprensión de que ha dado muestras en las páginas de este libro. Por la curiosidad limpia y despierta con que ha procurado entender las costumbres y el vivir de nuestras gentes, y por el noble y generoso desinterés con que, en el mejor castellano que hoy se escribe en España, ha tomado la defensa de nuestra lengua».

El mismo Vilanova, en su comentario, acierta al establecer una aguda comparación entre la literatura viajera de Cela y la de uno de los pocos escritores de su tiempo —si bien de una generación anterior— que pueden competir con él en cuanto a maestría en el género: el catalán Josep Pla. «Frente a la primordial importancia que el gran escritor ampurdanés concede a los factores geopolíticos, económicos y sociales para comprender el espíritu y la mentalidad de un país determinado —escribe Vilanova—, el gran novelista gallego, individualista a ultranza, extrae de su personal impresión de la tierra y de las gentes que la habitan el contacto humano que le depara el azar de lo imprevisto. Pese a ser un pintor magistral de tipos y paisajes, el autor de Viaje a pie y de Viaje en autobús [dos títulos de Josep Pla] no se contenta con el papel de mero contemplador y siente un indomable afán de saber, que le lleva a inquirir de continuo el porqué de las cosas. Por el contrario, el autor de Viaje a la Alcarria toma las cosas como son y relata sólo lo que ve: “Retratando al hombre y su paisaje, sin meterse en camisas de once varas y en berenjenales que le lleven a sacar conclusiones filosóficas, morales o políticas, que ya sacará el lector, si quiere y acierta”. En una palabra, mientras Josep Pla tiende a explicar la esencia y la razón de ser del mundo que describe, Cela se limita a reflejarlo tal y como discurre ante sus ojos».

Una observación que rige para todos los textos reunidos en este volumen, el tercero y último de los que, entre los dieciséis que integran esta Biblioteca de Camilo José Cela en Debolsillo —que pone al alcance del lector sus obras «casi» completas—, está enteramente dedicado a su importante y muy influente vena viajera.

Como se ha dicho ya, Cuaderno del Guadarrama se publicó por primera vez en la revista Destino, en diez entregas aparecidas en los meses de julio a octubre de 1952, y editadas como libro en 1960, por Ediciones Arión (Madrid). La edición que aquí se sigue es la del ya referido volumen 6 de las Obras completas de Camilo José Cela (Barcelona, Destino, 1966).

A diferencia de los anteriores libros de viaje de su autor, Judíos, moros y cristianos. Notas de un vagabundaje por Segovia, Ávila y sus tierras no tuvo una vida previa en la prensa periódica. La primera edición de este título es la de la editorial Destino en su colección «Ancora y Delfín», núm. 120, Barcelona, 1956. En la misma editorial y colección se publicaron, con muy escasas variantes, la segunda y la tercera edición, de 1957 y 1965, respectivamente. Estas tres primeras ediciones llevaban por subtítulo Notas de un vagabundaje por Ávila, Segovia y sus tierras, invirtiendo el orden real del trayecto. El error fue reparado en la cuarta edición, la recogida en el volumen 6 de las Obras completas de Camilo José Cela (Barcelona, Destino, 1966), que, conforme se ha dicho ya, es la que aquí se emplea como base (apenas se han enmendado unas pocas erratas y errores). El texto que figura aquí como prefacio, bajo el título «Recuerdo en paz la tierra por la que anduve…», se publicó por primera vez en el número XCVI de Papeles de Son Armadans, en marzo de 1964. La «Nota del editor» situada a continuación del prólogo pertenece a la edición original del libro, del que se han suprimido unos pocos planos dibujados a mano por el autor, debido a su escaso interés y utilidad, y a su dificultad para ser reproducidos de forma adecuada en el formato de la presente edición.

Viaje al Pirineo de Lérida. Notas de un paseo a pie por el Pallars Sobirà, el valle de Arán y el condado de Ribagorza se publicó por primera vez, como también se ha señalado, en el diario ABC, en 47 entregas aparecidas del 5 de octubre de 1963 al 7 de junio de 1964. La edición que aquí se sigue es la del volumen 21 de las Obras completas de Camilo José Cela (Barcelona, Destino, 1968), a la que Cela antepuso el artículo «(Posible) Despedida del camino, con veinte años más y tres arrobas de sobra», publicado previamente en Papeles de Son Armadans (Palma de Mallorca, núm. CXIV, septiembre de 1965). Dada la irregularidad con que Cela transcribe los términos en catalán, se ha optado por unificarlos conforme a la grafía correcta, y destacarlos en cursiva. Asimismo se han unificado los topónimos, que Cela transcribe de muy varias maneras, y se ha regularizado la ortografía de los parlamentos y citas en catalán.

Completan este volumen dos curiosidades; dos breves colecciones de viñetas descriptivas de lugares y motivos señalados de las ciudades de Madrid y Barcelona. Fueron las primeras entregas de un proyectado «Calidoscopio callejero, marítimo y campestre para el Reino y Ultramar» que, como tantas iniciativas de Cela, se quedó a medio camino. Madrid (1967) y Barcelona (1979) son libros de apenas 78 páginas y formato mediano que se presentaban acompañados con ilustraciones a color (las de Madrid, de Juan Esplandiu, y las de Barcelona, de Federico Lloveras). Se dan aquí a modo de muestra del arte de Cela como retratista urbano, patente también en otros textos por lo general breves, como el ya mencionado Ávila.

Como viene siendo corriente en esta Biblioteca de Camilo José Cela, se prescinde de las variantes registradas en las ediciones de referencia y, aparte de enmendarse errores, se adaptan los usos editoriales a los establecidos para las ediciones de Debolsillo.

Cierra este volumen, como todos los de esta Biblioteca de Camilo José Cela en Debolsillo, una somera cronología de la vida y obra del autor cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela.

IGNACIO ECHEVARRÍA

CUADERNO DEL GUADARRAMA

CUADERNO

DEL GUADARRAMA

Una rutina técnica

Una rutina técnica

Este cuaderno es un libro rústico y enamorado, vaga y honestamente cachondillo, montaraz, liberal y un sí es no es antiguo y atrabiliario. Si los escritores fuésemos ganado decente —y según síntomas estamos muy lejos (o al menos algo lejos) de serlo—, procuraríamos escribir como los escarabajos y las alondras viven, esto es: sin mayores ataduras y como quien lava (también se dice como quien mea, pero es más azaradora e imprecisa forma de señalar).

La sierra de Guadarrama fue literario paisaje que tuvo siempre —hasta la guerra, más o menos, tiempo en el que se amansó y popularizó— un viejo tufillo aristocraticista y desnudo, librepensador y suavemente herético, que la hacía muy civil y hospitalaria, muy acogedora y habitable. Después, a medida que fue abriendo sus puertas y vistiéndose de cretonas y prejuicios, perdió encanto y se convirtió en un barrio de la ciudad, en un arrabal bullicioso y poblado de niños mastuerzos, padres en mangas de camisa y madres tetonas y gritadoras que hacen gala de sus distonías neurovegetativas; a veces, el atroz panorama se redondea con los restos de la generación anterior (jubilados prostáticos, abuelas sordas y bigotudas, etc.).

Es una lástima que por la sierra de Guadarrama no retumbe ya el vivificador eco del buen vividor el Arcipreste, clérigo dado a mozas y otros escarceos de la carne (todos de fácil perdón en el sacramento de la penitencia que para eso se inventó a su tiempo debido y sin mayores alardes). Las cosas marchan mejor o peor (unas cosas marchan mejor y otras peor) pero, por los caminos del monte, las mujeres siguen siendo las mismas y algunas, alegremente hospitalarias, continúan, por suerte de quien las descubre y goza, fornicando al pairo o de costadillo, que todos los medios son buenos si sirven a un buen fin reconfortador y lastrado del escabeche que barre la remordedora congoja: el orín que se ceba en el espíritu del sedentario habitado por los malos pensamientos.

Este cuaderno es también un libro escolar, un cartapacio de obispillo barbiponiente en la licencia de los caminos, la credencial de los humores al raso y la patente de corso del tímido bucanero del secano, el hombre a quien el tiempo marca sus singladuras a punta de navaja y sobre la doliente carne del corazón: Marujita (que se escapó con un torero), Paquita (que se fue monja), Lolita (que casó con viudo de posibles), Visi (¡qué rijosa era Visi!), Pepita (a la que mató el tren), Soledad (que cantaba con voz de tiple), Julita (que no había tenido nunca novio) y otras, tan cualificadas, que sería indiscreto recordar.

Al cabo de los años, el vagabundo —que, si no la cabeza, parece que va sentando ya las posaderas— relee este cuaderno con el ánimo mieliamargo y medio infestado de las pertinaces moscas de la añoranza. ¡Tiempos, tiempos, válganos el calendario y la memoria del emperador Constantino Nombre de Caca! Pero ¡ay!, de aquellos polvos al desgaire brotaron los atenazadores barrizales de después (todavía no de ahora), ¡y nunca peor! Que si los acontecimientos achuchan sólo se consuela el que está harto de bailar. Amén.

Al cabo de los años, el vagabundo entiende que sus meditaciones de los Cerrillos; sus siestas en Collado Albo; mis remordimientos de conciencia en las peñas que dicen la Mujer Muerta; sus escaladas a los Siete Picos, más allá de la pradera de Navarrulaque; sus impaciencias de Navacerrada; sus elegíacos pensamientos en el alto monte que nombran la Maliciosa; sus cavilaciones y sus quebraderos de cabeza en las agrestes Cabezas de Hierro; mis gimnasias del prado de Navalhorno; sus dudas de Peñalara, y su tímida fe del Paular…, al cabo de los años —se venía diciendo—, el vagabundo supone que quizá puedan bien servir a la siembra del capullito de la paz en su corazón: ese avispero rodeado de flores de piorno por entre las que corre un agua fresca y sin nombre que, a lo que se va viendo, lo mismo le sirve para un roto que para un descosido.

Sí; este cuaderno es un libro rústico y pecador, montuno, mañoso y rebosante de mínimas pleitesías. Hubiera podido dedicarse a cualquier poeta medieval de toscos modos y cueros y corazón zurrado pero, según la ley que el vagabundo se impuso para estos trances, va en porreta: igual que el niño que se chapuza en la fuente.

Andados ya sus caminos —el caminante entonces, y el libro ahora—, el vagabundo, que tiene un poco de ambos por aquello, quizá, de que del mismo barro nos hizo Dios a todos, escribe esta cuartilla inicial sin demasiada ilusión ni desmedido jolgorio. El oficio de sepulturero, que empezó siendo arte de santos, no es ya más cosa que una rutina técnica.

Palma de Mallorca, 18 de marzo de 1965

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo, la sierra gris y blanca, la sierra de mis tardes madrileñas que yo veía en el azul pintada?

Por tus barrancos hondos y por tus cumbres agrias, mil Guadarramas y mil soles vienen, cabalgando conmigo, a tus entrañas.

ANTONIO MACHADO

I. Estética en los Cerrillos

I

Estética en los Cerrillos

Sentado al borde de los Cerrillos con los montes enfrente —la Maliciosa, los Siete Picos, con el pico de Majalasna más a la mano, el Montón de Trigo, la Peñota— y el valle del Guadarrama al pie, el vagabundo, ¡que Dios se lo perdone!, se siente esteta y piensa, menos mal que con imprecisión, en los vanos pensamientos que pueblan su cabeza con terquedad.

El sol, a la tardecica ya, se ha ido a los campos de Segovia por encima de la Peñota, y el cielo, en esta hora de luz que aún resta, se divierte pintándose con todos los colores que a la tierra le sobran.

Sobre la cabeza de un pastorcillo de cabras ataviado con las eternas y siempre jóvenes y de viejo aspecto, prendas de sus industrias y de sus oficios de lobezno, pasan, como veloces pájaros viciosos, los metálicos sones de las descaradas radios de los chalets. El pastorcillo que, ¡bendito sea!, pinta geometrías con su navaja sobre una vara de fresno ni levanta la cabeza para verlos pasar. A lo mejor —cosas más raras se han visto por estos montes— ni los escucha siquiera.

Como contrapunto, el esquilón del cabestro que pace, henchido de sabiduría, en el pradillo verde, suena y retumba como un extraño reloj que marcase las misteriosas horas por todos ignoradas.

El azul del cielo se ha tornado malva y de color de rosa, y la malva y la color de rosa del cielo se van tornando pálidamente azules, con los tenues y delicados tonos que ya presienten la oscuridad.

Por la vía del tren, meditativamente, discurre una lenta y silenciosa pareja, una mujer y un hombre adiestrados en el vocabulario de las pausas. Son jóvenes todavía, aunque no ya niños, y tiñen su mirar con cierto aire de contenido desconsuelo, de progresado amargor.

El vagabundo, sentado al borde de los Cerrillos, piensa, al verlos cruzar —tan herméticos, tan rítmicos, tan enlazados de la mano—, en los geológicos trasfondos de estos amores de montaña, previstos, inexorables y rigurosos como los eclipses.

Una moza vaquera, bisnieta de otras vaqueras fermosas, pasa, arreando casi con mimo a su yunta de vacas por el pedregoso camino del establo. Lleva la sonrisa pintada, ¿inútilmente?, en la cara y se mueve con un raro ritmo, con una desusada y alada diligencia.

El vagabundo, si tuviera menos años y mejor ver, se hubiera llegado hasta el sendero a verla pasar más cerca y a desearle que no envejeciera jamás, que es lo más prudente y amoroso que al prójimo puede deseársele en este mundo tan viejo, en esta vieja decoración del Guadarrama.

Alfonso de Aragón, rey de Nápoles, pensaba que eran cinco las cosas que agradaban a la ancianidad: leña seca para quemar, caballo viejo en el que cabalgar, vino añejo del que beber, amigos de su porte al conversar y libros antiguos donde leer.

Pero el vagabundo piensa, sentado al borde de los Cerrillos, que tampoco es mala para el viejo, si se le quita la envidia, la fantasmagórica visión de la juventud, que rompe, con una grácil pirueta, con un complicado y elemental mohín, la tersa sequedad de un paisaje, al que no hay quien se atreva a faltarle a los debidos cumplidos y respetos.

—¡Adiós, galana!

—¡Adiós, buen hombre!

Vaya, ha habido suerte.

El grillo del crepúsculo rasca su violoncelo entre la mata de roble que la cabra no deja crecer, y las más perezosas palomas de los últimos palomares vuelven a casa, a que el palomo les riña por casquivanas, con un apresurado y bien medido revolar.

Por el valle —Los Molinos, Collado Mediano, Guadarrama, Villalba— late una civilizada vida que, por las noches, tiene crisis de miedo, espantables pesadillas, conciencias remordedoras. Los automóviles y los trenes eléctricos huyen, veloces, de la noche que amenaza con cogerlos vivos por el Guadarrama, y las almas de la ciudad, los corazones de la ciudad empiezan a esconder la cabeza, como los pájaros, bajo el ala.

Un niño perdido llora, sobrecogidamente, por el sendero del pueblo.

Un can sin dueño y lleno de desesperanzas marcha, con su aburrido trotecillo ligero, camino de ningún lado.

Un murciélago tontiloco hace equilibrios y esguinces entre los robles y los altos chopos, erguidos como lanzas.

Las luces de los automóviles se tiran a plomo por las cuestas del Alto del León.

Sí, ya no hay remedio. Al vagabundo, sentado al borde de los Cerrillos, se le vino la noche encima, como un toro de sombras.

Parece un sueño, pero no es más que una honesta estética cotidiana.

II. Lógica en Collado Albo

II

Lógica en Collado Albo

El vagabundo, por la vía del trenillo que sube al puerto de Navacerrada, se llega hasta Collado Albo para leer al rabí Sem Tob, poeta lógico.

Collado Albo es buena decoración para recitar a los poetas lógicos —el rabí Sem Tob, Pedro Guillén de Segovia, Juan de Padilla el Cartujano, los Argensola, José Marchena, a quien a poco guillotina Robespierre en Francia y quema la Inquisición en España, Antonio Machado…

El vagabundo sabe bien que los poetas lógicos no siempre son los mejores, pero esta sería harina de otro costal.

Collado Albo es el paisaje lógico del Guadarrama, el recoleto rincón donde la lógica puede pincharse con un alfiler, como hacen los niños y los profesores del instituto con las maripositas del Señor, que son azules y coloradas y amarillas y blancas con un desorden encantador con una lógica rigurosa.

En Collado Albo, cuando el vagabundo asoma, dos mozas juegan a perderse entre los pinos: las retamas del monte les arañan las piernas, el vientecillo que baja por la ladera les ahueca el pelo y el sabio lagarto que sestea sobre la piedra al sol las colma, igual que un patriarca que haya dado ya mucho juego en el amor, de bendiciones sin fin, de bendiciones de fecundidad sin fin.

Las mozas que, para su fortuna, no se han alobado con la tímida aparición del vagabundo, saltan como corzas por sobre las matas y gritan, como novias, al aromado aire que no termina.

El vagabundo, al verlas hacer y acontecer, piensa —y tampoco lo pudo evitar— en las riadas que vacían los montes por las torrenteras, y en los colores que las amanecidas pintan sobre algunas cabezas, y en los aromas que guardan misteriosamente las fuentes donde todavía nadie bebió.

Sí; por la cuesta arriba de la vía del tren, Collado Albo es buena escala para volverse a sentir inmensamente bueno y caritativo.

La zurana escapa, rebosante de honestidad, del alcotán que no la quiere para nada bueno, y el andarríos, perito en las artes de curvar bastones, busca, optimistamente resignado y hábil, la rama del hojaranzo que ha de servirle para su vieja industria.

(A veces, tampoco tiene una importancia excesiva que el rabí Sem Tob, judío de Carrión de los Condes, sea un poeta lógico.)

Si el vagabundo supiese cantar, menester para el que Dios no le trajo a este valle de desesperanzas, se hubiera quedado sin voz en Collado Albo, allí donde aquellas mozas que eran tan felices no hubieran necesitado más que unas suaves endechas tarareadas en provenzal o en gallego.

Pero el vagabundo, que no sabe cantar, se siente herido de ala para hacer el amor. Y para consolarse piensa, quizá sin lógica, que la poesía, de cuando en cuando, también puede servir, a falta de peores usos, para hablar a las mozuelas que brincan —nadie duda que ignorándolo todo— con las carnes rosadas y las enaguas de una brilladora y pálida color azul celeste y limpia.

—¿Queréis, mocitas, bellas y solitarias mocitas en agraz, que os diga de memoria proverbios del señor Sem Tob, poeta lógico?

Las mocitas, como si les hubiese soplado un paralís en el alma, se quedaron quietas y temerosas, atónitas y fieramente airadas.

—¡Váyase!

El vagabundo, por la cuenta que le tenía, prefirió templar gaitas.

—Collado Albo, gentiles mocitas, es de todos los hombres y de todas las alimañas a los que el Señor permita llegarse por aquí…

El vagabundo pensaba seguir explicando que Collado Albo, como las truchas de los ríos y la leña caída en el húmedo y sombrío tapiz de los bosques, es de quien lo coja primero o, dicho con palabras más científicas, de todos a la vez.

Pero el vagabundo, aunque lo hubiera querido, no lo hubo de conseguir.

—¿Qué ha dicho usted a las niñas?

El hombre que hablaba con el vagabundo no tenía aires de fuerza. Al vagabundo no le hubiera costado gran trabajo echarlo a rodar por los repechos de Collado Albo.

—Nada malo, señor, que les decía si era de su agrado que les recitase, y le juro que lo hubiera hecho como mejor supiera, los proverbios del señor Sem Tob, poeta lógico y de mucha responsabilidad.

El hombre que hablaba con el vagabundo le amenazó con entregarlo a la guardia civil caminera. Y campesina. Y montaraz. El vagabundo, que no es hombre partidario de vanas diligencias, se calló para no complicar sus días libres y amables.

—¡Largo de aquí!

El vagabundo recogió sus bártulos —su cayada, su navaja, su macuto, sus versos de Sem Tob— y se marchó mustio y cariacontecido.

En el corazón del vagabundo ni habitó la amarga voz del hombre que gastaba la pólvora en salvas.

III. Nenias a la Mujer Muerta

III

Nenias a la Mujer Muerta

Sobre los Tres Picos, el monte al que algunos dicen la Peñota, sobre la doliente cara de la Mujer Muerta, que mira al cielo desde que el Guadarrama lo es, cae, mansamente, la fina lluvia de agosto, el agua que, por las madrugadas de la sierra, busca entre pinos la madre de las fuentes y de los veneros.

El vagabundo, que va calado hasta los huesos a pesar del capote que le regaló otro vagabundo —el vagabundo Roy Campbell, traductor de san Juan al inglés— cuando se lo topó por tierras de Segovia, aún no hace mucho, piensa que el agua que hace crecer las plantas merma y encoge a los hombres y a las bestias a los que sorprende.

Con el ánimo agachado, el vagabundo busca una cueva donde guarecerse. La boca de la cueva, acogedora y negra como la misma muerte, está adornada de helechos crecidos, de matas de oloroso cantueso, de piedras que fingen raras figuraciones, de misteriosos alientos y presentimientos.

A la boca de la cueva, con los lomos dentro, el vagabundo enciende la pira que lo ha de confortar, el fuego al que todos los vagabundos adoran como a un benévolo y complaciente dios.

La ardilla, que buscaba lo que buscara el vagabundo, se acerca recelosa, y el sabio búho de resignado mirar se esponja, casi con pudor, en el hueco pino al que el rayo mató de un navajazo.

Por la ladera a un tiro de honda, cruza la meseta el lanar que va de camino con su pastor que sabe las sendas que llevan a la Extremadura, con el mastín lobero de dura carlanca al cuello y el acompañador gozquecillo de carea, el cativo can que come de milagro y que levanta las orejas, con un aire gentil, al escuchar el silbo jolgorioso de la flauta de caña.

Más allá, buscando el túnel de Tablada, un tren de mercancías, un hermoso y ruinoso tren de destartalados vagones, jadea por la cuesta arriba, anhelante y violento como un hombre cansado.

El vagabundo, ya más seco, prueba a fumar un pitillo del tabaco que lleva escondido cerca del corazón. El humo agrio del tabaco, al trasluz de la boca de la cueva, danza unas raras piruetas, unos indecisos pasos de pavana que es lástima no poder retratar.

El vagabundo, mientras el agua cae con una constante paciencia, piensa y cavila sobre la suerte de las espantadizas, las tibias bestezuelas del bosque —grises, pardas, apagadas— que ingenian sus madrigueras con la boca a contrapelo del monte, para no recibir la visita de las aguas: el zorro y el conejo, el lobo, la liebre y la garduña, los huéspedes del monte a quienes los veraneantes van empujando fuera.

Un ave altanera, quizás un alimoche, revuela entre las nubes sin mover las alas, adivinando, por encima de la lluvia, el nutricio hedor del morueco muerto que se despelleja al pie de la dura peña.

A la sombra del pino, acunándose en el más suave musgo, brotan el gibelurdín y la galamperna, el robellón y el níscalo, las setas que no quieren mal a nadie.

El vagabundo, con el capote sobre las orejas, las arranca, casi con dolor, para entretenerse, vuelto a la cueva, en refreírlas con una gota de aceite, como es de ley, en las ascuas que el fuego le va dejando.

Con la panza llena —es un decir—, el vagabundo, en vista de que no quiere escampar, se tumba al calorcito para llamar al sueño. Con el oído en la tierra, la cueva suena igual que un mundo entero, y el lagarto aparece, y el sapo no huye, y el ciempiés colea, y el escarabajo bulle, y zumba el moscón.

El vagabundo, entre el vivir que se muestra, se siente menos solo que nunca y nota que, por las carnes arriba, le suben los contentos en tropel.

Sí. Son los Tres Picos, es la Peñota, es la cara de la Mujer Muerta, que mira al cielo desde que el Guadarrama lo es, lo que vive en la cueva, lo que se esconde del agua que cae y de la chispa que apuñala el cielo.

Las nenias que el vagabundo pensara en loor y alabanza de la Mujer Muerta huyen, llevadas por el vientecillo que lame la ladera, hasta la desierta garganta del Espinar, hacia la rigurosa sierra de Malagón, allá donde las piedras no quieren que la yerba las vea.

Y el vagabundo, pensando en sus amenidades, se duerme como un bendito —como un lirón, también— mientras sueña, con el alma sonriente, que está en un paraíso poblado de animalillos que brincan, y corren, y saltan, y viven sin preocupación.

Quizá sea ese el milagro del monte, todo pudiera ser. Y cosas más raras se han visto.

Quizá también el permanente milagro que el agua y el monte siembran en los corazones de los vagabundos, ¡quién sabe!

IV. Resignadas filosofías en siete picos

IV

Resignadas filosofías en siete picos

PRIMER PICO

El primer pico de la izquierda, visto desde el valle del Guadarrama, es más bajo que los otros seis y queda algo separado, como campando por sus respetos, igual que el dedo gordo de la mano diestra, mirada por el dorso, una mano que tuviera siete dedos en lugar de cinco.

El vagabundo, que viene de empaparse en la Peñota, le mete el diente a los Siete Picos por el pico más bajo y solitario, por el pico que toma la vida con el fiero ademán de Robinsón serrano de todos los pequeños herejes que en el mundo han sido.

Para entretenerse, el vagabundo piensa, en el pico primero, en los porqués de la compañía y de la soledad. Lope de Vega decía que la pena nunca viene a buscar las soledades. Todo pudiera ser.

Por el senderillo que viene de Collado Ventoso y que, bordeando el pico de Majalasna, el primero de los siete hermanos, se mete por la paradera de Navarrulaque hasta las puertas mismas de Cercedilla, pasan dos excursionistas mocitos con el abultado macuto a cuestas. El vagabundo, cuando los ve pasar, se siente silencioso decano de atorrantes y, encogiéndose, procura no darles los buenos días.

SEGUNDO PICO

En el segundo pico, después de sudar lo suyo, el vagabundo se encuentra, anudado al tronquillo de un pino adolescente, un lazo de un desvaído azul que lleva, pintado en un oro ya despintado, un nombre de mujer: Lolita Pérez Aguirre.

Al vagabundo le hubiera gustado conocer a Lolita Pérez Aguirre, la montañera que le regaló su lazo a un pino. ¿Cómo sería Lolita Pérez Aguirre? ¿Alta, trigueña, deportiva? ¿Regordeta, rosada, jadeante?

El vagabundo, en el segundo pico, cavila, por hacer algo, en el amor y en el desamor. El amor, desde el segundo pico, brota sin más razones que las que mantienen a la nubecica en el aire. Juan Ruiz, el Arcipreste, buen conocedor de estos parajes y mejor lidiador en esos menesteres, pensaba que de chica centella nasce grand llama e grand fuego. Juan Ruiz sabía bien por dónde se andaba; mejor, quizá, que Lolita Pérez Aguirre, la doncella que se dejó su lazo, rebosante de gozo, en una tibia sombra.

TERCER PICO

En el tercer pico, el vagabundo se asoma a la Ventana del Diablo. El vagabundo tiene un amigo biógrafo del diablo, el orensano don Vicente Risco, que hubiera podido aleccionarle sobre el diablo y su ventana del tercer pico.

Acodado en la Ventana del Diablo, el vagabundo, por no aburrirse, razona sobre la luz y la tiniebla. El vagabundo, que es un hombre sencillo, prefiere a veces la luz, en ocasiones la penumbra y, en determinados momentos —por ejemplo, cuando llora de desconsuelo—, la más negra y honda de las tinieblas.

Es un poco confuso el panorama de los corazones mirados desde la Ventana del Diablo, el balcón desde el que Barrabás se asoma.

CUARTO PICO

En el cuarto pico, en el Cuerno del Cuarto Pico el vagabundo ve la culebra y el águila volando sobre su cabeza: la culebra muriendo en la garra del águila: el águila sin poder posarse hasta que la culebra muera y la destrabe, y el gorrión gitano deje de tocar hierro.

El vagabundo, por buscarle al gato los tres pies que no acaba de encontrarle, discurre, en el cuarto pico, alrededor del bien y del mal, esas dos estaciones de la conciencia. Al vagabundo le preocupan las palabras de Burke —el que confunde el bien y el mal es un enemigo del bien.

El águila, ¡santo Dios!, tiene tan por su bien el mal de la culebra como la culebra la ruina del águila. Pero la culebra confundió los terrenos y se dejó llevar en volandas. Quien bien tiene y mal escoge, dice el refrán, del mal que le venga no se enoje. Y las reclamaciones, al maestro armero.

QUINTO PICO

Otra vez subiendo y bajando como un rebeco, el vagabundo se llega al quinto pico, vencida ya la modorra y casi espantado el miedo que juega al escondite con el ánimo.

El quinto pico está desierto y mudo con un rigor que sobrecoge. La noche se viene encima con un trotecillo de lobo acosado, y las rosadas nubes que adornaban el Montón de Trigo y el collado de Tirobarra se van tornando plomizas y misteriosas.

En la noche, antes de dormirse aculado contra la amorosa peña que lo había de cobijar, el vagabundo, por llamar al sueño, medita sobre el calor y el frío, que es poco fatigosa meditación.

A punto de rayar el alba, cuando el vagabundo quiso despertarse, notó que no era verdad lo que la noche anterior creyera. El frío y el calor de la mañana son distintos, quizá más picudos y heridores, que el calor y el frío de las tardes.

SEXTO PICO

Con el sol ya en la cara, el vagabundo se arrimó al sexto pico, a ver subir los camiones por la carretera del puerto.

Pudiera ser que, para sentir correr la sangre por sus venas, el vagabundo, en el sexto pico, distrae sus ocios queriendo explicarse las razones y las sinrazones de la pereza y de la diligencia, el lastre y el motor que nos deja varados como lanchas a las que sorprendió la bajamar o que nos empuja por las más difíciles cuestas, lo mismo que a iluminados sin oriente.

La Biblia dice que el perezoso quiere y no quiere al mismo tiempo. Miguel de Cervantes, el gran malaventurado diligente, pensaba que la diligencia es madre de la buena ventura. ¡Qué gran crueldad!

SÉPTIMO PICO

En el séptimo pico, el último pico y el más alto, el vagabundo, que va a tirar por la cuesta abajo camino del puerto de Navacerrada, echa su último mirar a las dos Castillas mientras rumia las misteriosas razones de la historia, eso tan complicado.

Aguzando mucho la vista pudiera verse, por la parte segoviana, una recua de mulas gimnastas tirando de un carro que parece como no querer subir.

El vagabundo, que sigue andando, pronto deja el canchal por el pinar, el duro granito por el pino verde, que dicen, los que saben tangos, que es el color de la esperanza.

V. Ética en el puerto de Navacerrada

V

Ética en el puerto de Navacerrada

El balcón del puerto de Navacerrada cae sobre la provincia de Segovia, sobre los pinos del Berracón, que se prolongan más allá de Valsaín —o Balsaín, que tanto monta—, hasta las puertas de La Granja.

El balcón del puerto de Navacerrada está ya en tierra segoviana, a diez pasos aún, bien es verdad, del campo madrileño.

El vagabundo, desde el balcón del puerto de Navacerrada, deja, a su derecha, al alto de las Guarramillas y al cerro de Valdemartín y, detrás, a las dos Maliciosas, la Alta y la Baja, y a las peñas Horcón y Pintada.

El balcón del puerto de Navacerrada finge una araña de largas patas: las carreteras de Villalba, por el Ventorrillo; de La Granja, por las Siete Revueltas y la Boca del Asno, y de Rascafría, por el puerto del Paular, y bordeando la bajada del Noruego, y los caminos del refugio de la Maliciosa: de las ruinas de la Machorra, por el Cogorro de Maravillas, y del puerto de la Fuenfría, por los corrales de Navalazar y de Navalviento, por donde se pelean el lobo y el viento.

El vagabundo, en el balcón del puerto de Navacerrada, entre excursionistas civilizados y damitas en calzón, y con varias lenguas silbándole en el oído, no se siente del todo a gusto y confiado. El vagabundo no va vestido para asomarse, sin producir escrúpulo, al balcón del puerto de Navacerrada, ese disparadero de máquinas de retratar.

Nadie sabe si está bien o mal que los montes se pueblen con las gentes de la ciudad, con las gentes que vienen a tiro hecho y no a la que salte, que sería, al entender del vagabundo, lo conveniente y lo honesto.

Pero el vagabundo, que ya se va acostumbrando a no tener la razón y a ir viviendo sin ella, tampoco se decide a pensar que a los montes habría que acotarlos con alambre de espino, para que la gente de la ciudad no se colara.

Un autocar reluciente descarga, al mismo pie del balcón del puerto, su flete de turistas que miran por encima del hombro al vagabundo.

El vagabundo, con su mejor ademán, se acerca a un grupito que lo acoge en silencio.

—Ilustres veraneantes, altos señores, el otro día, en Collado Albo, que cae ahí abajo, por el otro lado, unas mocitas no me dejaron recitar al rabí Sem Tob, importante poeta a mi entender. ¿Quisieran ustedes escucharme aquello de

Sennor noble, rrey alto,
oyd este sermón

que vos dise don Santo,
judío de Carrión
?

Los turistas se apartaron, mientras el vagabundo porfió:

—Nada les he de cobrar por ello, viajeros que viajáis como la mesta, aunque con menos paz, y sí en cambio algo provechoso pienso que habréis de sacar, que tenéis aire de no conocer al rabí ni de oídas.

El grupo se impacientó y se escindió. Una señorita de buen ver le sacó un retrato, casi a traición; unos mocitos tarambanas dijeron que lo mejor era dejarlo, que estaba loco, y un señorón pipudo le soltó un ¡lárguese! al que el vagabundo correspondió largándose porque no había enemigo.

Las gentes de la ciudad, las gentes que se arriman al monte en autocar y quizá con una pistola en el bolsillo porque piensan que el monte muerde tienen una moral que, para ellos, les sirve, aunque sea más falsa que Judas.

El vagabundo, sentado en los repechos desde los que se domina el balcón de donde lo echaran —¡y para qué discutir!—, pensó que la vieja ley de los caminos, aquella de dar la mano y la media capa a tiempo, estaba ya tan agonizante y en desgracia como un ave a la que hubiera pillado la tormenta en un calvero.

Pero al camino, y ya se irán dando cuenta los que no lo saben, no se puede salir sin llevar pintados en el pecho los mandamientos de esa ley anciana como el mundo, de esa ley que tiene un poco de brújula y otro poco de catecismo clemente.

Buscando la sombrecica del pinar, quizá para que no lo vieran, el vagabundo se sentó a comer de lo que encima llevaba, que era lo bastante para no pasar hambre y no tener, tampoco, que cambiarse por los hombres a los que la ciudad secuestra.

Con su pan y su queso y su sorbo de vino, el vagabundo se creyó un poderoso rodeado de miserables magníficos y opulentos. Dios, que está aún más alto que los más altos montes, no habrá desperdiciado una ocasión de sonreír.

El vagabundo no volvió al balcón del puerto hasta que oyó rezongar el camión que se llevó a sus enemigos, los hombres a los que no correspondía en su enemistad, porque el monte, al final, seguía entero y en el mismo sitio. Como su honesto corazón.

Y si lo hubieran entendido, quizás, incluso, les hubiera dicho adiós con la mano, les hubiera dado un adiós tímido y jamás de vencedor, que es feo darlo a entender.

Aunque lo fuera, que es cosa que importa menos que saberlo.

VI. Retórica y poética en la Maliciosa

VI

Retórica y poética en la Maliciosa

La Maliciosa Alta levanta por encima del centenar de varas la altura de la Maliciosa Baja, que tampoco es pequeña.

El vagabundo, para aprender retórica y poética, se llega a la Maliciosa dándose un garbeíllo por el albergue del ventisquero de la Condesa, más allá de la fuente. Al vagabundo le gusta andar los montes a vueltas, de un lado para otro, sin prisas y con hartas pausas, casi como sin querer.

Desde la Maliciosa, en los días claros, se ve toda la tierra de Madrid hasta los montes de Toledo, toda la tierra que ya tiene color y sabor de Mancha, parda color y amorosa y agria sabor de Mancha.

La Maliciosa —la Maliciosa Alta, que queda detrás y al nordeste de la Baja— es una inmensa roca pelada, fácil de subir, por donde el vagabundo va y ya no tan fácil por el lado contrario, por las escarpaduras que usan los montañeros para probar sus difíciles habilidades, esas habilidades que, a veces, los llevan desde la Maliciosa hasta el otro mundo, el limbo lleno de querubines de excursionistas.

Debajo de la Maliciosa quedan, acurrucados en su ladera, los pueblos de Cerceda, Becerril, Boalo, Matalpino; más allá, el castillo de Manzanares el Real se pone de puntillas sobre sus viejas piedras para mirarse en las aguas del embalse de Santillana.

El vagabundo, que ya sabe lo que son un soneto, una lira o una octava real y, bien mirado, piensa que no le sirve para nada, quiere, sentado en las piedras de la Maliciosa, repasar la retórica y la poética serranas, aquellas ciencias que llenan de sonoros encantos los nombres de este suelo, los ancianos nombres que hacían chiribitas en los oídos de Juan Ruiz, clérigo de buenos hábitos.

Quizá de todos los bautismos del Guadarrama, se le ocurre al vagabundo, los más misteriosos, los más olvidados también sean aquellos que se llaman como se llamaron los hombres que, hace ya muchos años, por allí anduvieron: Garci Sancho, el serrano que pasó la sillada que lleva hasta el Lozoya; Pedro Víquez, pescador de truchas en el arroyuelo del Espinar; Pepe Hernando, explorador de la más grande hoya glaciar de Peñalara; Pablo Santos, bandolero de Manzanares; Juan Plaza, del mismo oficio, merodeador de los montes de Cueva Valiente.

Al vagabundo le hubiera gustado ser amigo de aquellos hombres que se imagina magros y pequeños, como es de ley entre serranos, y duros y valerosos como lobos del monte. El vagabundo piensa —y quién sabe hasta dónde acertará o dejará de acertar— que hubiera hecho buenas migas con aquellas gentes de los tiempos remotos, con aquellas gentes vestidas de piel de cabra, tocadas de piel de cabra, calzadas de piel de cabra para pegarse mejor a los canchales y a las cortadas del duro terreno que vivieron.

Pero el vagabundo, ¡ay!, fue puesto en este mundo muchos años después, por los tiempos en que Juan Plaza, el sanguinario, y Pablo Santos, el generoso, y Pepe Hernando, el fuerte, y Pedro Víquez, el mañoso, y Garci Sancho, el decidido, ya se habían borrado de las arenas de la memoria, ya se habían dejado robar el nombre por el implacable y tozudo vientecillo serrano, el zurrusco que se alimenta de vivos y latidores corazones.

Por la llanada de Colmenar Viejo, ya en el enredado camino de Madrid, se adivinan la cigüeña y el toro bravo sesteando al sol del mediodía. Un cochecillo veloz baja, apresuradamente, por el camino de Villalba. En la peña del Yelmo, en la Pedriza, allá a la izquierda del vagabundo, alguien habrá, a no dudarlo, haciendo cálculos y preparativos para la escalada.

Sobre la Maliciosa, y no muy alta, se pasea, confiadamente, el águila; el gorrión, lleno de sabia cautela, se ha quedado a media ladera o aún más abajo, como las señoras que se cansan.

El vagabundo, parado como un muerto, no se cansa de mirar la vida desde la Maliciosa, no se harta de sentirse solo y por encima, que es el único premio que algunos hombres, con frecuencia los más modestos y miserables, reciben de quien puede darlo.

Y el vagabundo, casi feliz, entorna los ojos porque no le cabe tanta Castilla dentro, porque le marea tanta y tanta legua retórica y poética, tanta y tanta ancha mar poblada por los fantasmas de tanto y tanto vagabundo como en el tiempo han sido.

El piorno como el oro amarillea en las cuestas de la Maliciosa; vive, igual que el vagabundo, donde le dejan, y pinta de verano maduro las grises y duras piedras eternamente frías y en soledad.

El vagabundo, que ha de seguir andando porque no otro es su oficio, piensa, antes de decirle adiós a la Maliciosa, en que los altos montes son buena compañía para quienes prefieren andar huyendo de las compañías.

Ya de retirada, un lagarto de todos los colores se queda mirando, casi con amor, para el vagabundo.

VII. Geometría desde las Cabezas de Hierro

VII

Geometría desde las Cabezas de Hierro

En la más alta de las dos Cabezas, con el puerto del Paular al norte y por debajo, La Granja al fondo y el pico de Peñalara haciéndole la competencia en el camino de los cuatro puertos del Arcipreste —puerto del Reventón, puerto de Malagosto, puerto del Montón de Trigo y puerto de Lozoya—, el vagabundo estudia las rayas de la geometría mirando para los caminos que llevan a Miraflores y a Chozas de la Sierra, a Manzanares el Real y a Colmenar Viejo.

El vagabundo piensa, con el frío vientecillo de la montaña haciéndole entornar los ojos, que las rayas que la geometría pinta sobre la tierra deben de ser parecidas a las hoces, los vallecicos y las cañadas que Dios pintó en la sesera de los hombres.

En la sesera de los hombres, los pensamientos buenos corren entre altos vientos desbocados, con el cielo por techo, mientras las malas ideaciones discurren por los umbríos parajes donde la sombra, la fresca y deleitosa sombra, se torna vicio placentero y adormecedor, vicio que casi no se nota enviciar.

Un hato de cabras brinca por el fragüin que caerá al arroyuelo de la Garganta, mientras el pastor, un hombre al que el monte puso cara de chivo, se muere, quieto como una estatua de madera, con el alma hendida por la amarga y profunda arada que la geometría, esa ciencia que no tiene escape, se divirtió en tatuarle: igual, ¡vaya por quien la coja!, que el ancla viajera del marino o la mujer de largos y blondos cabellos que duerme en el revuelto pecho del soldado.

Hacia la peña del Yelmo, dos nubes fingen amarse con un honesto impudor. En el Viejo Testamento, allá por los tiempos en que los griegos se divertían ensayando coyundas con las estrellas del cielo, los centauros de los bosques de limas y las espumas más tiernas del archipiélago, el amor debía de ser algo bastante parecido a este amor.

El vagabundo, herido, como la garza, de mal de amores, se consuela pensándose amador feliz que vela el sueño de su imposible amada sobre las geometrías, ¡qué pequeñas desde las Cabezas de Hierro!, de la Pedriza.

Una fantasma soltera, voladora y tierna como la picazuroba, rompió a llorar entre las sabinas del pie del puerto de la Morcuera, camino de la sierra Retuerta y del misterioso cerro del Almajón.

Sobre el castillo de Manzanares, en el terreno que dio de comer y de beber al marqués de Santillana, las chovas que no se ven asaetean el cielo a gráciles fintas de florete, mientras el hacendoso gusanito devora, implacable como un hijo ejemplar, las más nobles e inútiles y remotas memorias, aquellas de las que ni se guarda memoria.

El vagabundo, casi con sobresalto, palpa la tierra gris de las Cabezas de Hierro, la tierra a la que el aire libre oreó de malos pensamientos, y bendice sus flacas carnes, sus zurrados cueros que, a pesar de todos los pesares, aún conocen los caminos que llevan hasta donde los hombres, sin grave pecado, pueden llegar.

En la más alta de las dos Cabezas de Hierro, con el mundo allá abajo, el vagabundo escucha la tímida y bien medida conversación de la flor del piorno, dorada y geométrica como los más gallardos y rendidos sentimientos.

Si el vagabundo fuera un escritor muy bueno, un escritor tan bueno como jamás lo hubiera ni nunca lo pudiera haber, probaría a copiar, sin que nadie lo supiera, los versos que se dicen al oído, quizá ruborizándose de su perfección, las flores del piorno, las amarillas y solitarias flores del anciano cambroño.

El vagabundo, para no sentirse morir, se da a la geometría. Desde las Cabezas de Hierro, la geometría es un arte fácil, un arte que se siente latir, como un zorzal herido que gime en la palma de la mano.

Del pico de Peñalara, por encima de los árboles más altos, llega el vientecillo que dio en la cara a las novias de Oteruelo del Valle, las mozas que tienen la buena fama de la virtud y del amor, la buena fama sobre la que duermen, ilusionadas y felices, como en un lecho de plumas descansadoras.

En la más alta de las dos Cabezas, por encima de la Maliciosa y del alto de las Guarramillas, el vagabundo, como un can sin mejor menester, se echó a dormir.

Con los ojos medio entornados debajo de la boina, el vagabundo entrevió el cielo cruzado de misteriosas geometrías, poblado de rayas fingidoras de las más raras y desconocidas y difíciles geometrías.

Después, como tenía la conciencia tranquila, se fue durmiendo.

VIII. Gramática en la pradera de Navalhorno

VIII

Gramática en la pradera de Navalhorno

La pradera de Navalhorno, ¡ay!, se ha poblado de tiendas de campaña, de voces altas como los montes, de agudos clarinazos.

Non jazmines con sus flores

había, nin praderías;

nin por sus altos alcores

resonaban ruiseñores,

nin sus dulces melodías.

Gómez Manrique, el paladín que acarició la dura testa de piedra de los toricos de Guisando, ya no da su lección de gramáticas sabidurías por la pradera de Navalhorno.

El vagabundo, sentado más allá del paciente pino verdinegro, piensa que la gramática es la llamita ardiendo que cae, graciosamente, misteriosamente, mágicamente sobre la lengua y el mirar de algunos hombres: el arriero que —arrieros somos y en el camino nos encontraremos— gobierna su recua de mulas; el herrero que forja el balcón de la novia y la herradura del lento buey y la potranca de la primavera; el pastor que conoce las sobrecogedoras señales del lobo; el clérigo que lee latines de corrido; el estudiante que comercia las hambres en humanidades; el zoquetero que guarda un manso pajarito en el corazón.

Sí; al vagabundo, algunas mañanas, entre las mil veladas luces del alba, también se le aparece, como santa María a los niños pequeños, la gramática vestida de níveo y esplendoroso camisón, diáfano como el agua de la fuente.

Por la pradera de Navalhorno, galopando camino de la llanura, se escapa el desobediente trasgo del monte, el agua fría del monte, el descarado vientecillo del monte que nadie puede sujetar porque es rebelde y mañoso como un lobezno.

El vagabundo, en la fuente clara, se lava la garganta, ese nido de víboras, de malos pensamientos gramaticales, de las ruines figuraciones que amenazaban con poblarle la cabeza de hormigas insaciables y tumultuarias.

Un hato de ovejas en desgarbados cueros, de ovejas recién y cruelmente trasquiladas, pace la fresca y nutricia yerba que pronto abandonará, mientras el zagal dialoga, quién sabe si de altos menesteres guerreros, con el canijo gozquecillo de carea: can de los pueblos, morito y lucero, valeroso y rabón.

Escapando del olor del tomillo, del seco y hondo olor que la envenena, una libélula de color de lirio vuela, pintando zigzags por el perdido rastro del río Valsaín, mientras la tropezadora y torpe pollada de perdiz que el lejano camión espantara despliega en guerrilla por entre las matas del plateado cantueso, por entre las musguecidas piedras de la pradera.

El vagabundo, con el mirar clavado en las torres de La Granja, se aplica a figurarse los antiguos calendarios de la pradera de Navalhorno, cuando la poblaban las tímidas, las amorosas bestezuelas del monte —el venado, el corzo, el gamo— y la hacían resonar, como un caramillo, los suspiros de los amantes.

Un gazapo atrevido columpia sus orejas en el aire mientras la urraca de dos colores mata su impaciencia a brincos, como los niños que juegan ante la escuela que todavía, de tan temprano que es, no abrió sus puertas.

Al borde del sendero, un asnillo trabado, un asnillo jovencito y gris como los estudiantes de bachillerato, se siente rozno del paraíso devorando el cardo sin elegir.

De su mismo color, una nube de gorriones golfea y merodea entre los majuelos de rojillos frutos, minúsculos como las cuentas de un collar.

El vagabundo, tumbado sobre la yerba de Navalhorno, trata de imaginarse los tiempos que no conoció, los tiempos que se fueron para siempre hace ya muchos años, los tiempos cuya huida llorara Gómez Manrique, el capitán que, por orden de su rey, desafiara, a la sombra de los muros de Toro, a don Alfonso V de Portugal.

Sí, sin duda. La gramática es la llamita que arde, con su fuego sin color, por detrás del mirar, por dentro de la lengua de algunos hombres que sonríen con agrado y timidez, como queriendo hacérselo perdonar.

Pero el vagabundo, que sabe ser feliz a fuerza de no pedir nada, absolutamente nada, ha retorcido, hace ya tantas lunas que ni lleva la cuenta, el pescuezo al ciego topo de los siempre inútiles antojos.

Y, si se mirara en el agua de la charca, a lo mejor también veía refulgir, también adivinaba latir, parpadeándole en los ojos atónitos, cierta llamita imprecisa y muda, cierto fueguecillo tímidamente soberbio.

Pero el vagabundo no se mira en el espejo de la fuente. ¿Para qué?

IX. Historia en Peñalara

IX

Historia en Peñalara

Por encima del pico de Peñalara no quedan sino las nubes que ocultan, con su blando rebozo, el cielo azul.

El vagabundo, mientras escala, paciente y resignadamente, las altas cuestas y los duros repechos del pico de Peñalara, allá donde las dos Castillas se divorcian, piensa, sin gran rigor, bien es cierto, en la sosegada, en la monótona y siempre resuelta vida de la llanura, el terreno donde las torrenteras se visten de mansos y pausados arroyos y el hombre que va de camino no siente, en la brújula de sus piernas, el bandazo que le anuncia que se va despegando, como un globo sin ancla, de la tierra.

Más allá del pico de Peñalara, en el camino de Rascafría, se esconde el monasterio del Paular, el rincón donde se curan, como en los viejos milagros, los males del mundo, los amables males que se pintan de galanas rosas del camino.

El vagabundo, a media altura aún, no sabe si su vida, aplicada, como la vida del lobo, al errabundaje, se sentiría latir con más firmeza, con más sólido y pausado son, en los callados claustros del Paular que en los silenciosos horizontes del monte.

Desde el pico de Peñalara, la historia, esa sombra que queda ahí abajo, se ve dibujada con los amables e imprecisos trazos de los divertimientos, esos escapes que los hombres supieron inventar a tiempo para no sentirse morir con una excesiva desilusión.

La historia de España, la revuelta historia de España, es algo que cuesta mucho trabajo entender desde Peñalara, algo cuya clave queda muchos cientos de varas por debajo.

Pero el vagabundo, que es hombre que, quizá por oficio, ha perdido afición a calentarse la cabeza con vanos menesteres, se conforma con no entender lo que, de buenas a primeras, no quiere dejarse entender, y se da a mirar el pájaro y a oler la flor que se le brinda, a calentarse al sol y a refrescarse con el vientecillo que se le ofrece tímido y por estrenar, como una virgen.

Hacia Castilla la Nueva, vuela la cigüeña de aletear mesurado y bíblico. Hacia Castilla la Vieja, navega el alcotán que esconde su nido en las peñas bañadas por las viejas aguas del Arlanzón, allá por donde se perdió el capitán.

El vagabundo, a caballo sobre las dos Castillas, duda entre la judería que le atrae, haciendo sonar su solitaria flauta por las calles de Toledo, o la judería burgalesa de Raquel y Vidas, que también le tienta las carnes y le muestra el brillo relucidor de sus perdidos doblones.

En su indecisión, el vagabundo, como siempre hace, huye por la cuesta arriba porque sabe, y su trabajo le costó aprenderlo, que los hombres, al revés de los lobos y de las culebras, no persiguen a sus víctimas más odiadas sino en la cuesta abajo.

Sí. Por encima del pico de Peñalara no quedan sino las nubes que tapan con su velo de aire el cielo. Y ese azor presumido a quien le espera el castigo de los ángeles soberbios, el castigo cruel que les corta las alas, como a maduros racimos de uvas, y se las tiñe de negro, que es color de las vidas que ardieron, a lo mejor por descuido como pavesas a quienes el pecado sopló en la diana de la brasa.

El vagabundo, temeroso de haber llegado adonde la discreción se lo hubiera impedido, piensa, vagamente, en la historia de España, de esta España que se ve desde los cuatro vientos de Peñalara, y, por la parte segoviana, por la ladera en la que los infantes de Lara probaron sus fuerzas, que eran tan grandes como las del león, se vuelve en busca del mundo, del alentar de los mesones y de las ventas y del resoplar de las caballerías y de los arrieros, para ver de lavar sus culpas confundiéndose con la misma tierra de donde salió.

Otra vez a mitad de la cuesta, aunque con el m

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