Trilogía Reina Roja (edición pack con: Reina roja | Loba negra | Rey blanco) (Antonia Scott)

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

 Una interrupción

Una interrupción

Antonia Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día.

Para otras personas, tres minutos pueden ser un período minúsculo de tiempo.

No para Antonia. Diríamos que su mente lleva muchos caballos debajo del capó, pero la cabeza de Antonia no es como el motor de un deportivo. Diríamos que es capaz de muchos ciclos de procesamiento, pero la mente de Antonia no es como un ordenador.

La mente de Antonia Scott es más bien como una jungla, una jungla llena de monos que saltan a toda velocidad de liana en liana llevando cosas. Muchos monos y muchas cosas, cruzándose en el aire y enseñándose los colmillos.

Por eso en tres minutos —con los ojos cerrados, sentada en el suelo con los pies descalzos y las piernas cruzadas— Antonia es capaz de:

– calcular la velocidad a la que impactaría su cuerpo contra el suelo si saltara desde la ventana que tiene enfrente;

– la cantidad de miligramos de Propofol necesarios para un sueño eterno;

– el tiempo y la temperatura a la que tendría que estar sumergida en un lago helado para que la hipotermia imposibilitara los latidos de su corazón.

Planea cómo conseguir una sustancia controlada como el Propofol (sobornando a un enfermero) y saber dónde está el lago helado más cercano en esa época del año (Laguna Negra, Soria). Sobre saltar desde su ático prefiere no pensar, porque el ventanuco es bastante estrecho y ella sospecha que la comida repugnante que le sirven en la cafetería del hospital está yendo directa a sus caderas.

Los tres minutos en los que piensa cómo matarse son sus tres minutos.

Son sagrados.

Son lo que la mantiene cuerda.

Por eso no le gusta nada, nada, cuando unos pasos desconocidos, tres pisos más abajo, interrumpen el ritual.

No es ninguno de los vecinos, reconocería la manera de subir las escaleras. Tampoco un mensajero, es domingo.

Sea quien sea, Antonia está segura de que viene a buscarla. Y eso le gusta aún menos.

PRIMERA PARTE

JON

En mi país —jadeó Alicia—,

cuando se corre tan rápido

como lo hemos estado haciendo

y durante algún tiempo,

se suele llegar a alguna otra parte...

¡Un país bastante lento!

replicó la Reina—.

Aquí hace falta correr

todo cuanto una pueda

para permanecer en el mismo sitio.

Si se quiere llegar a otra parte

hay que correr por lo menos

dos veces más rápido.

LEWIS CARROLL, Alicia en el país de las maravillas

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1

Un encargo

A Jon Gutiérrez no le gustan las escaleras.

No es una cuestión de estética. Son antiguas (el edificio es de 1901, se ha fijado al entrar), crujen y están hundidas por el centro después de ciento diecinueve años de uso, pero son firmes, están bien cuidadas y barnizadas.

Hay poca luz, y las bombillas de 30W que cuelgan del techo sólo sirven para hacer las sombras más densas. Por debajo de las puertas, a medida que va subiendo, se escapan voces extranjeras, olores exóticos, músicas extrañas de extraños instrumentos. Al fin y al cabo, estamos en Lavapiés, es domingo por la tarde y se acerca la hora de cenar.

Nada de todo esto le molesta a Jon de las escaleras, porque Jon está acostumbrado a lidiar con cosas del siglo pasado (vive con su madre), con lugares oscuros (es gay) y ciudadanos extranjeros de ingresos dudosos y en dudosa situación (es inspector de policía).

Lo que a Jon Gutiérrez le jode de las escaleras es tener que subirlas.

Malditos edificios antiguos, piensa Jon. Sin sitio para instalar ascensores. Esto en Bilbao no pasa.

No es que Jon esté gordo. Al menos, no tan gordo como para que el comisario le llame la atención. El inspector Gutiérrez tiene un torso en forma de barril, y dos brazos a juego. En el interior, aunque no se aprecie, hay músculos de harrijasotzaile. Levantar 293 kilos es su propio récord, nada menos, y eso sin entrenar mucho, por puro hobby. Por echar la mañana del sábado. Por que no le toquen los huevos los compañeros, a cuenta de ser marica. Que Bilbao es Bilbao y los polis son polis, y muchos tienen la mentalidad más antigua que estas puñeteras escaleras centenarias que Jon asciende con tanta dificultad.

No, Jon no está tan gordo como para que su jefe le regañe, y el comisario tiene mejores motivos por los que echarle la bronca, además. Para echarle la bronca y para echarle del cuerpo. De hecho, Jon está suspendido de empleo y sueldo, oficialmente.

No está tan gordo, pero el barril de su torso está montado sobre dos piernas que, por comparación, parecen palillos de dientes. Así que nadie en su sano juicio llamaría a Jon un tipo ágil.

A la altura del tercero, Jon descubre una maravilla inventada por los ancestros: un descansillo. Es una humilde tabla con forma de cuarto de círculo clavada contra una esquina en el rellano. A Jon le parece el paraíso, y se deja caer sobre ella. Para recuperar el aliento, para prepararse para un encuentro que no le apetece nada en absoluto y para reflexionar sobre cómo demonios se ha podido ir su vida a la mierda tan rápido.

En menudo lío estoy metido, piensa.

2

Un flashback

—... un lío de cojones, inspector Gutiérrez —concluye la frase el comisario. Tiene la cara de color bogavante, y respira como una olla a presión.

Estamos en Bilbao, en la comisaría de la Policía Nacional de la calle Gordóniz, el día antes de que Jon se enfrente a seis pisos de escaleras en el barrio de Lavapiés, en Madrid. Por ahora a lo que se está enfrentando es a sendos delitos de falsedad documental, alteración de pruebas, obstrucción a la justicia y deslealtad profesional. Y a una pena de cuatro a seis años de cárcel.

—Si el fiscal se encabrona puede pedir hasta diez años. Y el juez tan contento, te los carga. Porque a nadie le gustan los policías corruptos —dice el comisario, pegando una palmada encima de la mesa de acero. Están en la sala de los interrogatorios, que es un sitio en el que a nadie le apetece entrar como invitado de honor. El inspector Gutiérrez está recibiendo el paquete premium: la calefacción alta en ese puntito confortable entre el calor asfixiante y la muerte por sofocación, las luces fuertes, la garrafa de agua vacía, pero a la vista.

—No soy corrupto —dice Jon, resistiendo la tentación de aflojarse la corbata—. Nunca me he metido un céntimo en el bolsillo.

—Como si eso importara. ¿En qué carajo estabas pensando?

Jon estaba pensando en Desiree Gómez, alias la Desi, alias la Brillos. Desi tiene diecinueve años mal cumplidos, y ya lleva tres en la calle. Pateándola, durmiéndola, metiéndosela en la vena. Muñequita de salón, tanguita de serpiente. Nada que Jon no haya visto antes. Pero algunas de estas chicas se te cuelan en el corazón sin saber tú cómo, y de pronto todo es una canción de Sabina. Nada serio. Una sonrisa, un invitarla a un café a las seis y nunca de la mañana. Y de pronto te importa que el chulo la infle a hostias. Y hablas con el chulo, a ver si para. Y el chulo no para, porque en el cerebro le faltan tantas piezas como en la dentadura. Y ella te llora, y tú te vas calentando. Y antes de que te quieras dar cuenta le has plantado en el coche cuarto y mitad de caballo. Lo justo para que le caigan de seis a nueve años.

—No estaba pensando en nada —contesta Jon.

El comisario se pasa la mano por la cara, se la frota como si quisiera borrar su expresión de incredulidad. No funciona.

—A ver, si al menos te la estuvieras tirando, Gutiérrez. Pero a ti no te van las mujeres, ¿no? ¿O ahora pescas en las dos aceras?

Jon niega con la cabeza.

—Si el plan no era malo —ironiza el comisario—. Quitar a esa basura de la calle era una idea cojonuda. Trescientos setenta y cinco gramos de heroína, directo al penal. Sin atenuantes, ni historias. Sin molestos trámites.

El plan era estupendo. El problema fue que le pareció tan bueno que se le ocurrió contárselo a la Desi. Para que supiera que ese ojo morado y esos cardenales y esa costilla fisurada iban a ser los últimos. Y a la Desi, cocidita de jaco, le dio pena su chulo, pobre. Y se lo contó. Y el chulo instaló a la Desi en una esquina, pero escondida y grabando con el móvil. Y el vídeo se lo vendieron a la Sexta por trescientos euros —que me lo quitan de las manos—, al día siguiente de la detención del chulo por narcotráfico. Y se lio bien gorda. Portada en todos los periódicos, el vídeo en todos los informativos.

—Yo no sabía que me estaban grabando, comisario —dice Jon, avergonzado. Se rasca el pelo, ondulado y tirando a pelirrojo. Se mesa la barba, espesa y tirando a cana.

Y recuerda.

La Desi tenía un pulso de mierda y un encuadre nefasto, pero grabó lo suficiente. Y la carita de muñeca daba muy bien en los platós. Interpretaba de Oscar el papel de novia de un inocente inculpado injustamente por la policía. Al chulo no lo sacaban en los programas de por la tarde ni en las tertulias de la noche con su aspecto actual —camiseta sobaquera, dientes marrones—. No, ponían una foto de hace diez años, con la primera comunión aún sin digerir. Un angelito desviado, la sociedad es la culpable, todo ese rollo.

—Has dejado la reputación de esta comisaría por los suelos, Gutiérrez. Hay que ser imbécil. Imbécil e inocente. ¿De verdad no te olías lo que pasaba?

Jon niega por segunda vez con la cabeza.

Se enteró del asunto porque el vídeo le llegó al WhatsApp, entre meme y meme. Había tardado menos de dos horas en hacerse viral en todo el país. Jon se presentó de inmediato en la comisaría, donde el fiscal ya estaba pidiendo a gritos su cabeza, con los testículos de guarnición.

—Lo siento, comisario.

—Y más que lo vas a sentir.

El comisario se levanta, resoplando, y sale de la habitación propulsado por su justa indignación. Como si él no hubiera retocado pruebas nunca, estirado el Código Penal o hecho una trampita aquí y otra allá. Presuntamente. Lo que no había sido era tan tonto como para que le pillaran.

A Jon le dejan tiempo para que se cueza en su propio jugo. Le han quitado el reloj y el móvil, procedimiento estándar para que pierda la noción del tiempo. El resto de objetos personales están en un sobre. Sin nada con lo que entretenerse, las horas pasan muy despacio, dejándole bastante hueco para torturarse por su estupidez. Con el juicio mediático perdido, ya sólo le queda preguntarse cuántos años tendrá que chuparse en Basauri. Un sitio donde le esperarán unos cuantos amigos con los puños apretados y muchas ganas de pillar —tres contra uno— al poli que les alojó allí. O quizás le manden más lejos para protegerle, a algún sitio donde su amatxo no podrá ir a visitarle. Ni llevarle una tartera con sus famosas cocochas de los domingos. Nueve años, a cincuenta domingos por año, le salen cuatrocientos cincuenta domingos sin cocochas. A bulto. Mucho castigo le parece. Y su amatxo ya es mayor. Que le tuvo a los veintisiete, casi virgen del todo, como Dios manda. Y ahora él con cuarenta y tres y ella con setenta. Cuando Jon salga ya no estará amatxo para hacer cocochas. Si es que la noticia no la mata del susto. Ya se lo habrá contado la del 2.º B, menuda lagarta, lengua bífida, pues anda la que montó con lo de los geranios.

Pasan cinco horas, aunque a Jon le parecen cincuenta. Nunca ha sido de quedarse muy quieto en un sitio, así que el futuro entre rejas se le antoja imposible. No piensa en matarse, porque Jon valora la vida por encima de todo y es un optimista irredento. De esos de los que Dios se ríe con más ganas cuando les deja caer encima una tonelada de ladrillos. Pero tampoco encuentra modo alguno de escurrirse fuera de la soga que él mismo se ha colocado al cuello.

Jon está inmerso en estos negros pensamientos cuando se abre la puerta. Espera ver de nuevo al comisario, pero en su lugar hay un hombre alto y delgado. Cuarentón, moreno, de entradas pronunciadas, bigote recortado fino y ojos de muñeca, que parecen más pintados que reales. Traje arrugado. Maletín. Caros.

Sonríe. Mala señal.

—¿Es usted el fiscal? —pregunta Jon, extrañado.

No le ha visto nunca, y sin embargo el desconocido parece encontrarse como en casa. Aparta una de las sillas de acero, que arranca un chillido del cemento, y se sienta al otro lado de la mesa, sin dejar de sonreír. Saca unos papeles del maletín y los estudia como si Jon no estuviera a menos de un metro de él.

—Que si es usted el fiscal —insiste Jon.

—Mmmm... No. No soy el fiscal.

—¿Abogado, entonces?

El desconocido suelta un resoplido, entre ofendido y divertido.

—Abogado. No, no soy abogado. Puede llamarme Mentor.

—¿Mentor? ¿Eso es nombre o apellido?

El desconocido sigue ojeando los papeles, sin levantar la vista.

—Su situación es bastante comprometida, inspector Gutiérrez. Le han suspendido de empleo y sueldo, para empezar. Y tiene unos cuantos cargos encima de la mesa. Ahora vienen las buenas noticias.

—¿Tiene usted una varita mágica para hacerlos desaparecer?

—Algo por el estilo. Lleva más de veinte años en el cuerpo, un buen número de detenciones. Algunas quejas por insubordinación. Poca tolerancia a la autoridad. Le encanta tomar atajos.

—No siempre se pueden seguir las normas al pie de la letra.

Mentor guarda de nuevo los papeles en el maletín con parsimonia.

—¿Le gusta el fútbol, inspector?

Jon se encoge de hombros.

—Algún partido del Athletic de vez en cuando.

Por inercia. Que el Athletic es el Athletic.

—¿Ha visto jugar a un equipo italiano? Tienen una máxima, los italianos: Nessuno ricorda il secondo. A ellos les importa poco cómo ganen, mientras ganen. Simular un penalti no es ninguna deshonra. Dar una patada forma parte del juego. Un sabio llamó a esta filosofía mierdismo.

—¿Qué sabio?

Ahora es Mentor quien se encoge de hombros.

—Usted es un mierdista, como prueba su última hazaña con el maletero del vehículo del proxeneta. Claro que la idea es que el árbitro no le vea, inspector Gutiérrez. Y menos aún que la repetición de la jugada acabe en las redes sociales con el hashtag #DictaduraPolicial

—Oiga usted, Mentor, o como se llame —dice Jon, poniendo sus enormes brazos sobre la mesa—. Estoy cansado. Mi carrera se ha ido a la mierda y mi madre tiene que estar loca de preocupación porque no he ido a casa a cenar y no he podido avisarla todavía de que me voy a tirar un puñado de años sin verla. Así que vaya al grano o váyase a tomar por culo.

—Voy a proponerle un trato. Usted hace algo que yo quiero, y yo le saco de este... ¿cómo lo llamó su jefe? De este lío de cojones.

—¿Va a hablar con la fiscalía? ¿Y con los medios? Venga ya, hombre. Que no nací ayer.

—Entiendo que le resultará difícil escuchar a un desconocido. Seguro que tiene alguien mejor a quien recurrir.

Jon no tiene a nadie mejor a quien recurrir. Ni mejor, ni peor. Lleva cinco horas dándose cuenta de ello.

Se rinde.

—¿Qué es lo que quiere?

—Lo que quiero, inspector Gutiérrez, es que conozca a una vieja amiga. Y que la saque a bailar.

Jon suelta una carcajada en la que no hay ni pizca de alegría.

—Me temo que le han informado mal sobre mis aficiones, oiga. No creo que a su amiga le guste bailar conmigo.

Mentor sonríe de nuevo. Una sonrisa de oreja a oreja, aún más preocupante que la primera.

—Por supuesto que no, inspector. De hecho, cuento con ello.

3

Un baile

Así que Jon Gutiérrez afronta el último tramo de escalera del número 7 de la calle Melancolía (barrio de Lavapiés, Madrid) de un humor bastante agrio. El comisario tampoco quiso explicarle nada cuando Jon le preguntó por Mentor:

—¿De dónde coño ha salido? ¿Del CNI? ¿De Interior? ¿De los Vengadores?

—Haz lo que te diga y no preguntes.

Jon sigue suspendido de empleo y sueldo, aunque los cargos contra él se han paralizado. Y el vídeo en el que se le ve plantando el caballo en el coche del chulo ha desaparecido —¡magia!— de las televisiones y de los periódicos.

Tal y como le había prometido Mentor que ocurriría si aceptaba su extraña propuesta.

La gente sigue hablando del tema en las redes sociales, pero a Jon le importa poco. Es cuestión de tiempo que las hienas de Twitter encuentren otro cadáver que roer hasta dejar los huesos mondos y blancos.

Sin embargo, la respiración del inspector Gutiérrez está agitada y su corazón encogido. Y no es sólo por la escalera. Porque a Mentor no le basta con que Jon conozca a su amiga Antonia Scott. También le ha exigido otra cosa a cambio de su ayuda. Y por lo poco que Mentor le ha explicado, esa segunda parte será la más difícil.

Al llegar al último piso, se encuentra la puerta del ático.

Verde. Antigua de narices. Descascarillada.

Abierta. De par en par.

—¿Hola?

Extrañado, entra en el piso. El recibidor está desnudo. Ni un solo mueble, ni perchero, ni un triste cenicero con la tarjeta de descuento del Carrefour. Nada salvo una pila de túpers vacíos, resecos. Huelen a curry, a cuscús y a otros seis o siete países. Los mismos olores que emanaban de los pisos que Jon se ha ido encontrando en su ascensión.

Al otro lado del recibidor hay un pasillo, también despejado. Sin cuadros, sin estanterías. Dos puertas a un lado, una al otro, una más al fondo. Todas abiertas.

La primera da a un baño. Jon se asoma, y ve sólo un cepillo de dientes, Colgate sabor fresa, una pastilla de jabón. Una botella de gel en la ducha. Media docena de botes de crema anticelulitis.

Vaya, así que cree en la magia, piensa Jon.

A la derecha sólo hay un dormitorio. Vacío. En el armario empotrado, abierto, atisba unas cuantas perchas. Pocas están ocupadas.

Jon se pregunta qué clase de persona vive así, con tan sólo un puñado de objetos. Piensa si se habrá marchado. Teme haber llegado tarde.

Más adelante, a la izquierda, una cocina minúscula. Hay platos en la pila. La encimera es un océano de silestone blanco. Una cuchara de postre, sucia, naufraga a mitad de camino del fregadero.

Al fondo del pasillo, el salón. Abuhardillado. Las paredes de ladrillo visto, las vigas de madera oscura. La luz, tenue, se cuela por dos claraboyas practicadas entre ellas. Y por una ventana.

Fuera, el sol se pone.

Dentro, Antonia Scott está sentada en el suelo, en mitad de la habitación, en la posición del loto. Treinta y tantos. Vestida con unos pantalones negros y una camiseta blanca. Tiene los pies descalzos. Frente a ella hay un iPad, conectado a la corriente por un cable muy largo.

—Me has interrumpido —dice Antonia. Le da la vuelta al iPad, y coloca la pantalla hacia el ajado suelo de parquet—. Es de muy mala educación.

Jon es de esos que cuando se mosquean pasan al contraataque. Preventivo. Por deporte. Por sus huevos morenos.

—¿Siempre dejas la puerta abierta? ¿No sabes en qué barrio vives? ¿Y si fuera un psicópata violador?

Antonia parpadea, desconcertada. No maneja el sarcasmo muy bien.

—No eres un psicópata violador. Eres policía. Vasco.

En lo de vasco, Jon no se engaña, el acento no deja lugar a dudas. Pero que le haya calado como madero, le sorprende. Normalmente los polis apestan a polis. Jon, que no tiene que pagar alquiler, y se deja todo el sueldo en ropa, parece más bien un director de marketing, con su traje de tres piezas de lana fría cortado a medida y sus zapatos italianos.

—¿Cómo sabes que soy policía? —dice Jon, apoyándose en el quicio de la puerta.

Antonia señala el lado izquierdo de la chaqueta de Jon. Pese al cuidado que ha puesto el sastre para compensar el bulto del arma, no lo ha conseguido del todo. Tampoco él ha ayudado con su dieta.

—Soy el inspector Gutiérrez —admite Jon. Duda si ofrecerle la mano, pero se contiene a tiempo. Le han advertido que a esta mujer no le gusta el contacto físico.

—Te envía Mentor —dice Antonia.

No es una pregunta.

—¿Te ha avisado de mi llegada?

—No hace falta. Aquí nunca viene nadie.

—Vienen tus vecinos, a traerte comida. Deben de apreciarte mucho.

Antonia se encoge de hombros.

—Soy la dueña del edificio. Bueno, mi marido lo es. Esa comida es el alquiler que les cobro.

Jon hace un cálculo rápido. Cinco plantas, a tres pisos por planta, a mil euros por piso.

—Vaya. El cuscús te sale por un pico. Ya puede estar bueno.

—No me gusta cocinar —dice Antonia, con una sonrisa.

Es entonces cuando Jon se da cuenta de que es hermosa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. A primera vista, el rostro de Antonia pasa desapercibido, como una hoja en blanco. El pelo, negro y lacio, cortado en media melena, no ayuda mucho. Pero cuando sonríe, su cara se ilumina como un árbol de Navidad. Y descubres que los ojos que parecían marrones son en realidad de un verde aceituna, que un hoyuelo se forma a cada lado de la boca, dibujando un triángulo perfecto con el que le parte la barbilla.

Después se pone seria, y el efecto desaparece.

—Ahora vete —dice Antonia, abanicando el aire con la mano en dirección a Jon.

—No hasta que escuches lo que he venido a decirte —responde el inspector.

—¿Crees que eres el primero que envía Mentor? Ha habido otros tres antes que tú. El último hace sólo seis meses. Y a todos os digo lo mismo: No me interesa.

Jon se rasca el pelo —ondulado tirando a pelirrojo, habíamos dicho— y respira hondo. Llenar ese torso enorme lleva unos cuantos segundos y bastantes litros de oxígeno. Sólo está ganando tiempo, porque en realidad no sabe qué demonios decirle a esa mujer extraña y solitaria a la que ha conocido hace tres minutos. Y todo lo que le había pedido Mentor era: consigue que se suba al coche. Promete lo que quieras, miente, amenaza, engatúsala. Pero consigue que se suba al coche.

Que se suba al coche. No le ha dicho lo que pasará después. Y eso es lo que le obsesiona.

¿Quién es esta tía, y por qué es tan importante?

—Si lo llego a saber, hubiera traído cuscús. ¿Qué pasa, eras policía?

Antonia chasquea la lengua con disgusto.

—No te lo ha dicho, ¿verdad? No te ha contado nada. Te habrá pedido que me subas a un coche, sin saber a dónde vamos. Para uno de sus ridículos encargos. No, gracias. Me va mucho mejor sin él.

Jon hace un gesto hacia la habitación vacía y las paredes desnudas.

—Ya se ve. El sueño de cualquiera: dormir en el suelo.

Antonia se retrae un poco, entorna los ojos.

—No duermo en el suelo. Duermo en el hospital —escupe.

Eso le ha dolido, piensa Jon. Y cuando le duele, habla.

—¿Qué te pasa? No, a ti no. Es a tu marido, ¿verdad?

—No es de tu incumbencia.

De pronto las piezas encajan, y Jon no puede dejar de hablar.

—Le ocurre algo, está enfermo, y tú quieres estar con él. Es comprensible. Pero ponte en mi lugar. Me han pedido que te convenza de que subas al coche, Antonia. Si no lo consigo, habrá consecuencias para mí.

—Eso no es mi problema. —La voz de Antonia se vuelve glacial—. No es mi problema lo que le ocurra a un poli gordo e incompetente, que la ha cagado tanto como para que le manden a buscarme. Y ahora márchate. Y dile a Mentor que deje de intentarlo.

El inspector Gutiérrez, con el rostro de cemento, da un paso atrás. No sabe qué más decirle a aquella chalada. Se maldice por haberse dejado embarcar en este asunto, que ha sido una enorme pérdida de tiempo. No le queda otra que volverse a Bilbao, enfrentarse al comisario y apencar con las consecuencias de su estupidez.

—Está bien —dice Jon, antes de darse la vuelta y enfilar el pasillo, con el rabo entre las piernas—. Pero me pidió que te dijera que esta vez es distinto. Que esta vez te necesita.

4

Una videollamada

Antonia Scott ve desaparecer la enorme espalda del inspector Gutiérrez por el pasillo. Cuenta los pasos, lentos y pesados, que se alejan. Cuando llega a trece, le da la vuelta al iPad.

—Ya podemos seguir, abuela.

La pantalla muestra a una anciana de ojos amables y pelo cardado. En su rostro arrugado hay más surcos que en un viñedo riojano. Lo cual viene al caso porque la anciana está apurando una copa de vino.

—¿Por qué me has llamado? Aún falta para las diez.

—He llamado cuando le he oído subir. Quería que estuvieras ahí por si la cosa se ponía fea.

Ambas hablan en inglés. Georgina Scott vive en Chedworth, a las afueras de Gloucester, en un pueblo pequeñísimo de la campiña inglesa donde el calendario se detuvo hace siglos. Un pueblecito de postal. Con su villa romana. Sus muros cubiertos de musgo. Su conexión a internet de alta velocidad a través de la cual la abuela Scott y Antonia hablan dos veces al día.

—Ese hombre parecía guapo. Tenía voz de guapo —dice la anciana, que está deseando que su nieta se saque las telarañas.

—Es gay, abuela.

—Tonterías, niña. Ninguno es gay cuando le acercas la mano al grifo. En su día yo curé a unos cuantos.

Antonia pone los ojos en blanco. La abuela Scott está convencida de que «políticamente correcto» significa Winston Churchill.

—Eso está muy feo, abuela.

—Tengo noventa y tres años, niña —dice la anciana, por toda justificación, y comienza a servirse más vino.

—Mentor quiere que vuelva al trabajo.

El chorro de burdeos tiembla un poco, y algo de líquido se derrama sobre la mesa. Inaudito. La abuela Scott apenas es capaz de firmar su nombre sin salirse del papel, pero en cuestiones de escanciar el vino sigue teniendo el pulso de un cirujano plástico.

—Pero no es eso lo que quieres, ¿verdad? —dice la abuela. La voz va disfrazada de inocente ovejita, casi no se ve el lobo.

—Ya sabes que no —admite Antonia, que no quiere volver a discutir con ella.

—Claro, querida.

—Por mi culpa, Marcos está en una cama desde hace tres años. Por mi culpa y por ese trabajo.

—No, Antonia —replica la abuela, bajando la voz—. Por tu culpa no. Por culpa del malnacido que apretó el gatillo.

—Al que yo no supe parar.

—Yo sólo soy una vieja chocha, cariño —dice la abuela, con el lobo enseñando ya los dientes—, pero me parece que si te acusas del pecado de inacción, eso valdría también para quedarte sentadita en ese ático.

Antonia se queda en silencio durante un instante. Suficiente para que los monos de su cabeza trabajen a toda velocidad, intentando en vano salir de la trampa.

—¿Por qué me haces esto, abuela? —protesta.

—Porque estoy harta de verte pudrirte ahí, sola. Porque tienes un don que estás desperdiciando. Pero sobre todo, por puro egoísmo.

—¿Egoísmo tú, abuela? —se sorprende Antonia. A los diecinueve años, Georgina Scott se había alistado voluntaria como enfermera, y había desembarcado en Normandía setenta horas después del Día D, con el casco enorme medio caído sobre las cejas y abrazada a una maleta de cartón llena de ampollas de morfina. Los nazis estaban a tiro de piedra, y ella ahí, dale que te pego, corta piernas, cose heridas y pincha analgésicos.

Para Antonia, pensar en su abuela como un ser capaz de albergar el más mínimo egoísmo resulta impensable.

—Egoísmo, sí. Te has convertido en un terrible aburrimiento. Te pasas todo el día encerrada, y las noches... aún peor. Echo de menos cuando trabajabas. Y me contabas. Ya me queda poco por lo que vivir. Esto —dice la anciana, levantando la copa—. Y tú. Y el vino ya no me sabe como antes.

Antonia suelta una carcajada de incredulidad. La abuela cree que los dos únicos propósitos del agua son el baño y cocer marisco. Pero Antonia comprende lo que pretende hacer con ella. Desde lo que pasó,

desde lo que hiciste

el mundo ha virado sobre su eje. No ella, claro. Ha sido el mundo, un mundo en el que ella ya no encaja. Un mundo en el que, reconoce a regañadientes, los días son una letanía interminable de culpa y aburrimiento.

—Quizás tengas razón —dice Antonia, al cabo de un instante—. Quizás ocupar un poco la cabeza me venga bien. Sólo por esta noche.

La abuela da otro trago al vino y esboza una sonrisa beatífica, una sonrisa de anuncio de caramelos.

—Sólo una noche, niña. ¿Qué podría salir mal?

5

Dos preguntas

Jon desciende la escalera casi tan despacio como la ha subido. No es lo habitual. Se suele vengar de la muy cabrona en el descenso, aprovechando el tirón gravitacional, que en su caso es considerable (no es que esté gordo). Pero ahora, derrotado en ese encargo tan absurdo como engañosamente fácil, no sabe qué hacer, y la indecisión ralentiza sus pasos.

A la altura del tercer piso, junto al descansillo, suena el teléfono. Jon se sienta para atender la llamada. No le gusta hablar mientras camina, para que no se le note el resuello entrecortado.

El número es desconocido, pero Jon ya sabe quién llama.

—Ha dicho que no —dice, al descolgar.

Al otro lado de la línea, Mentor gruñe con desaprobación.

—Eso es muy decepcionante, inspector Gutiérrez.

—No sé qué es lo que esperaba. Esa mujer no anda bien de la olla. Vive en un piso vacío, sin un solo mueble. Los vecinos la alimentan, por el amor de Dios. Y dice no sé qué de un marido enfermo.

—Su marido está en el hospital. En coma, desde hace tres años. Scott se culpa de ello. Podría ser una palanca para moverla a la acción, pero se lo desaconsejo. Cuando vuelva a hablar con ella...

—¿Cómo dice? Oiga, yo ya he cumplido con mi parte y he transmitido su mensaje. Así que quiero que usted cumpla con la suya.

Mentor suspira. Es un suspiro largo, histriónico.

—Si los deseos fueran pasteles de chocolate, inspector, todo el mundo estaría gordo. Apáñeselas como pueda, pero la necesitamos a bordo de ese coche ahora mismo.

Jon echa una moneda a la tragaperras.

—Quizás si se dejara de tantos secretitos y me contara qué se trae entre manos...

Al otro lado de la línea hay un silencio, un silencio largo. Jon casi puede escuchar las ruedas de la tragaperras dando vueltas.

—Debe entender que todo esto es confidencial. Habría graves consecuencias para usted.

—Por supuesto.

Y de pronto, contra todo pronóstico, salen las tres fresas.

—Quiero que Antonia me ayude en un caso muy complicado. Permítame que le ilustre al respecto.

Entonces Mentor comienza a contarle al inspector Gutiérrez. Habla durante menos de un minuto, pero es suficiente. Jon escucha, al principio escéptico, después sin creer lo que está escuchando. Sin darse cuenta, se ha puesto en pie. Y, contra su arraigada costumbre, comienza a dar vueltas sin darse cuenta.

—Entiendo. ¿Me dirá al menos para quién trabaja?

—Eso es lo de menos. Cuando llegue el momento, le contaré lo que deba usted saber. Por ahora, lo único que debe preocuparle es llevar a Antonia Scott a la dirección que acabo de mandarle a su móvil.

Jon siente cómo el aparato le vibra en la oreja.

—¿Por qué es Scott tan importante? Seguro que hay seis o siete expertos en Criminalística, en la Sección de Análisis de Conducta que puedan...

—Los hay —le interrumpe Mentor—. Pero ninguno es Antonia Scott.

—¿Qué coño es lo que hace tan especial a esa señora? ¿Es Clarice Starling, y yo no me he enterado? —le apremia Jon, que empieza a estar hasta las narices.

Mentor se aclara la voz. Cuando responde, lo hace con cierto esfuerzo. Renuente. Como si no quisiera compartir lo que va a decir. Y no quiere.

—Inspector Gutiérrez... Esa señora, como usted la llama, no es policía, ni es criminalista. Nunca ha empuñado un arma, ni ha llevado una placa, y sin embargo ha salvado decenas de vidas.

—¿Cómo?

—Podría decirlo, pero no quiero arruinarle la sorpresa. Y por eso necesito que la suba a un coche y la ponga a trabajar. Ahora.

Mentor cuelga. Jon va a darse la vuelta y volver a subir la escalera, cuando una voz le llama.

—Inspector.

Jon se asoma por la barandilla. Tres pisos más abajo, en la penumbra, Antonia le saluda con la mano.

Esta mujer es sorgin, es bruja, o qué hostias, piensa Jon, que es bastante malhablado para sus adentros, y a veces para sus afueras.

Cuando la alcanza, ella está sonriendo.

—Tengo que hacerte dos preguntas. Si la respuesta es correcta, te acompañaré esta noche.

—¿Cómo...?

Antonia levanta un dedo. Apenas le llega al pecho a Jon, no medirá más de metro sesenta, zapatos incluidos. Y, sin embargo, impone. Ahora que está más cerca, Jon ve unas marcas en su cuello. Como gruesos raspones en la piel. Antiguos. Se pierden por debajo de la camiseta.

—Primera pregunta. ¿Qué has hecho? Sé que la has cagado mucho. Mentor escoge a gente a la que no le quedan opciones. Tiene la absurda teoría de que nadie elegiría trabajar conmigo.

—Una teoría absurda, en verdad —responde Jon.

El sarcasmo resbala sobre Antonia como la lluvia sobre un abrigo de GoreTex recién comprado. Se limita a mirarle, expectante, tironeándose de la correa del bolso bandolera que lleva cruzado sobre el pecho. A Jon no le queda otra que contestar.

—Yo... planté trescientos setenta y cinco gramos de heroína en el maletero de un proxeneta.

—Eso está mal.

—Escoria que zurra a una de sus chicas. Acabará matándola.

—Sigue estando mal.

—Lo sé. Pero no lo siento. Lo que siento es que me pillaran. Fui tan idiota que se lo conté a la prostituta, y ella me grabó en vídeo. Se ha montado una buena. Puedo acabar en la cárcel.

Antonia asiente.

—Sin duda, tienes problemas.

—Sin duda eres muy aguda. ¿Y tu segunda pregunta?

—¿Este tipo de irregularidades son habituales en tu comportamiento? ¿Obstruyen tu labor y afectan tu juicio?

—Claro, intento poner pruebas falsas siempre que puedo, mentir, apalear a los testigos, sobornar a los jueces para conseguir condenas. ¿Cómo te crees que he llegado a inspector?

Antonia ni siquiera parpadea. Pero algo en el tono de voz de Jon le hace pensar que el significado de sus palabras quizás no sea exactamente literal.

—Te replanteo la pregunta de forma más simple. ¿Eres un buen policía?

Jon ignora el insulto. Porque la pregunta es demasiado importante. Es, en realidad, todo.

—¿Que si soy un buen poli?

Él mismo lleva haciéndosela una y otra vez desde que empezó todo aquel lío. Y el error infantil que ha cometido no le ha permitido ver la verdad hasta ese instante.

—Sí, sí lo soy. Soy un poli de la hostia.

Antonia le estudia sin parpadear. Hay pesos y balanzas, cintas métricas, básculas en esos ojos. Jon se siente juzgado, y lo está siendo.

—Está bien —concluye ella—. Te acompañaré esta noche. Y luego me dejaréis en paz.

—Espera un momento. Ahora soy yo quien quiere hacerte una pregunta. ¿Cómo demonios has bajado sin que yo te vea?

Ella señala a su espalda.

—Detrás de esa puerta hay un ascensor.

Jon mira boquiabierto a la puerta, que no se le ocurrió abrir. Si casi no se ve. Y menos a la luz de esas bombillas tan cutres. Cuando se recompone tiene que trotar detrás de Antonia, que ya camina hacia la puerta de la calle.

—Espero que no sea una pérdida de tiempo. Ya que sólo voy a hacer esto una vez más, espero que valga la pena.

—¿Que valga la pena?

—Que sea interesante.

Jon se ríe para sus adentros, pensando en todo lo que Mentor le ha contado por teléfono. Interesante, dice.

—Ay, bonita. Vas a flipar.

6

Un trayecto

Antonia sonríe cuando ve el vehículo que les espera —tres ruedas sobre la acera, privilegios de poli—. Un Audi A8 enorme. Negro metalizado, lunas tintadas, llantas de aleación, cien mil y pico euros. Jon nunca ha sido de coches caros —tiene un Prius eléctrico para ligar con millennials—, pero reconoce la sonrisa.

—¿Te gusta el carro que me ha prestado tu amigo Mentor?

Antonia asiente.

Jon aprovecha y le enseña las llaves como el que le agita un sonajero a un bebé. Lo último que le apetece después de darse la paliza de conducir desde Bilbao es volver a ponerse detrás del volante de un coche, incluso de uno como éste, que es más grande que el salón de amatxo.

—¿Quieres llevarlo tú?

Antonia niega con la cabeza.

Y esa es toda la conversación que tienen durante el trayecto. Y no porque el inspector Gutiérrez no se esfuerce, ojo. Que le lanza varios intentos de búsqueda de información camuflados de preguntas bienintencionadas. Pero Antonia no pica, cosa rara, y se limita a apoyar la cabeza en la ventanilla con los ojos cerrados.

Es lo que tienen los críos, en cuanto los subes al coche, se duermen, piensa Jon, que todo lo que sabe de niños lo ha aprendido viendo Modern Family.

Veinte minutos más tarde el Audi se detiene con una suave sacudida en la ubicación que le ha dado Mentor por WhatsApp. Antonia se incorpora en el asiento.

—¿Hemos llegado ya?

—Casi.

Están parados frente a una barrera de seguridad. Dos guardias salen de la garita y rodean el coche, uno por cada lado. El potente haz de una linterna LED impacta en las ojeras de Jon y en los ojos soñolientos de Antonia.

—¿Hacéis el favor de bajar la linternita, corazones? —dice Jon, sacando la placa por la ventana.

El guardia se acerca. Su rostro es apenas visible en la oscuridad, acentuada por la gorra calada hasta las cejas, pero Jon percibe que está muy nervioso. Estudia la placa con detenimiento, sin llegar a tocarla. Al cabo de unos segundos hace girar el dedo índice en dirección a su compañero para que levante la barrera.

—Puede continuar.

—¿Estaba usted aquí hace dos noches?

Una pausa.

—No, me tocaba librar.

Miente o me oculta algo, recela Jon.

—¿Y su compañero?

—Aquí nadie ha visto nada. Siga todo recto hasta la segunda rotonda, y allí continúe por el camino de la derecha hasta el final.

Jon prefiere no insistir y arranca de nuevo el coche, ahora que la barrera está levantada. Los faros de xenón iluminan un letrero de acero pulido en el que se lee el nombre del lugar:

LA FINCA

Están a seis canciones y otros tantos mundos de distancia de Lavapiés, como Jon puede observar en cuanto recorre unos centenares de metros por aquellas calles privadas, nítidas, impolutas.

El último lugar del mundo en el que se puede llevar un polo rosa sin ser comercial de Evax.

Al principio del recorrido encuentran varios grupos de adosados cerca del camino principal, pero éstos empiezan a espaciarse a medida que van dejando paso a chalets de diseño cada vez mayores y más caros, cuyas luces cálidas sobresalen como islas en la oscuridad.

—He leído acerca de este sitio. Una urbanización de superlujo para millonarios celosos de su intimidad —dice Antonia, que ha sacado el iPad del bolso bandolera y navega por la web en busca de información—. Empresarios, jugadores de fútbol. El precio de las casas alcanza los veinte millones de euros. Dicen que es el lugar más seguro de Europa.

Jon tiene el vago recuerdo de un reportaje en la tele sobre La Finca. La mitad de la plantilla del Real Madrid vive en esa maqueta a escala 1:1. Aunque el reportaje no mostraba gran cosa, más allá de las mismas calzadas sintéticas y bien iluminadas que ahora recorrían. Salvo que, de noche, el paraíso de privacidad cobraba un cariz algo más siniestro.

—No sé si será tan seguro como presumen —dice Jon, pensando en lo que Mentor le ha contado por teléfono.

Conduce despacio, con las ventanillas bajadas, intentando comprender el universo en el que se están adentrando. No hay un alma a la vista. El único ruido que se escucha es el de los grillos en el césped impecable y el de la brisa soplando sobre el lago artificial, que Jon deja a la derecha en la segunda rotonda, tal y como el guardia le había indicado. Allí pasan una segunda barrera de seguridad, que el guardia se apresura a descender en cuanto han cruzado.

Es como una zona VIP dentro de la urbanización VIP, piensa Jon.

En esa zona los caminos de entrada se espacian aún más. Las farolas que iluminan las aceras son más escasas, y los muros y portalones que limitan el acceso a las casas son más altos. Medio kilómetro después de la barrera, Jon vislumbra el final de la calle. Justo delante, atravesado en mitad de la calzada, antes del portalón de entrada a la última de las casas, hay atravesado un Audi A8 negro, igual que el que Jon conduce.

—Habrá aprovechado una oferta —dice Jon, aparcando junto al bordillo.

Apoyado en el costado del otro coche se encuentra Mentor, mirando el reloj con estudiada impaciencia. Lleva el mismo traje de la víspera, aunque se ha cambiado de camisa por una limpia y planchada. Sin embargo, nada ha podido hacer para disimular el gris ceniciento de su rostro cansado, acentuado por la luz de los faros, ni un brillo vidrioso en sus ojos de muñeca.

Jon apaga el motor y baja del vehículo. Antonia no le imita.

—Bien hecho, inspector Gutiérrez —dice Mentor, sin moverse del sitio.

Jon se acerca a él y señala a su espalda. Misión cumplida.

—Aquí tiene a su mascota. Estamos en paz.

—Ateniéndonos a la letra de nuestro acuerdo —reconoce Mentor, tras un carraspeo—, en efecto, estaríamos en paz. Pero supongo que su curiosidad profesional le estará pidiendo a gritos saber de qué va todo esto, ¿verdad? Y ni su jefe, el comisario, ni yo querríamos que esa curiosidad quedara insatisfecha.

Jon suelta un bufido de exasperación. Aquel cabrón no pensaba dejarle en paz tan fácilmente. Se maldice por haber sido tan estúpido.

—Me dijo que todo lo que tenía que hacer era subirla a un coche. Soy el primero de todos sus chantajeados que no se ha estrellado contra el muro que ha levantado esa mujer.

—Y por eso mismo no puedo dejar que se marche a casa, inspector —explica Mentor, remarcando cada sílaba, como si el razonamiento por el que había cambiado las condiciones de su acuerdo fuera de una obviedad insultante, como un grano en la punta de la nariz.

—Me ha prometido que estará esta noche con usted. Y que luego se irá a casa. Dentro de unas horas no le serviré de mucho.

Mentor se encoge de hombros.

—Tengo la intuición de que, cuando Scott vea lo que hay ahí dentro, querrá seguir. Y necesito que usted cuide de ella mientras tanto. A ella no se le da demasiado bien.

—Ni que lo diga.

—Tenemos un acuerdo, entonces.

Jon se toma unos instantes para responder. La bilis le arde en la garganta, pero que Mentor le haya engañado era lo menos que cabía esperar. De las pocas cosas que le enseñó su padre antes de largarse, ésta era la que mejor recordaba y la que siempre obviaba: «Cuando un trato parece demasiado bueno para ser verdad, adivina el resto».

Tampoco es que tenga muchas opciones. No sabe qué ha hecho ese hombrecillo elegante y misterioso para que el vídeo de la Desi desaparezca del primer plano de la opinión pública, pero sospecha que, sea lo que sea, podría deshacer esa magia con sólo chasquear los dedos. A la verga su carrera, a la verga las cocochas de amatxo.

Y Mentor tiene razón en una cosa. Llegados a este punto, el inspector Gutiérrez necesita saber a qué viene tanto misterio.

—Qué remedio. Me tiene cogido por los huevos —se rinde Jon.

—Me alegro de que se dé cuenta.

Jon se vuelve hacia el coche en el que sigue aguardando Antonia.

—¿Por qué no baja?

Mentor coge a Jon por el codo y lo aparta aún más del Audi.

—No la mire ahora. Se está preparando. Esto no tiene que ser fácil para ella.

7

Un ejercicio

A solas en el interior del coche, Antonia respira con dificultad. El tiempo que ha pasado con los ojos cerrados durante el trayecto apenas ha conseguido calmarla.

Ha probado algunos de sus mejores trucos, incluyendo:

– calcular el número de vueltas que han dado las ruedas del coche en el trayecto (en torno a 7.300);

– recitar, en orden inverso, la lista de los reyes godos (se ha atascado dos veces en Gesaleico, porque Jon no paraba de hablar);

– trazar el recorrido más corto entre su casa y el parque del Retiro sin pasar por calles que empiecen por una vocal (11 minutos más si hay tráfico).

Nada ha servido de mucho. Su corazón está acelerado, el aliento entrecortado. Ahora que Jon no está a su lado, el pánico la invade. O quizás —más bien— es que ella permite al pánico entrar tan sólo cuando no hay nadie para juzgarla.

Después de todo este tiempo huyendo de lo que es, de lo que puede hacer, la realidad ha acabado alcanzándola. Antonia es cinturón negro en mentirse a sí misma, pero incluso ella es capaz de reconocer que desea tanto como teme bajar del coche y volver al viejo juego.

Aunque no sea una buena idea.

Aunque se haya jurado no volver, por todo el daño que causó al hombre que ama.

Aunque el peso plomizo en la boca del estómago le pida cambiarse al asiento del conductor, poner el coche en marcha, pisar el acelerador a fondo y salir de aquella jaula de oro. Golpe de melena, chirrido de neumáticos.

Aunque decepcione a la abuela Scott.

Entonces mira por la ventana y contempla con cierta sorpresa la superficie del lago artificial.

Mångata.

En sueco, el reflejo de la luna como un camino en el agua.

Antonia tenía —tengo, tengo, tengo, se repite a sí misma, tan alto que casi se alcanza a escucharla— un juego con Marcos. Encontrar palabras imposibles, palabras que reflejen sentimientos bellos e intraducibles, de esas que necesitan un párrafo en castellano. Cuando uno de los dos hallaba una palabra, se la ofrecía al otro como un tesoro. Y justo ahora —golpe de viento y claro de nubes mediante— una de sus favoritas se acababa de materializar frente a sus ojos, una línea plateada, trémula e imperfecta.

Mångata.

Una señal del universo como cualquier otra, que significa lo que Antonia quiera que signifique. Que para eso nos manda el universo las señales, para que hagamos con ellas lo que nos convenga.

El peso en el pecho se aligera, la respiración se ralentiza. Los monos de su cabeza gritan un poco más bajo. Eso es lo hermoso de las certezas, aunque sean temporales. Nos nutren con un cierto alivio.

Antonia exhala el aire que había estado reteniendo y abre la puerta del coche.

8

Un escenario

El camino que asciende hasta la casa está iluminado por focos incrustados en enormes baldosas de piedra caliza. A medida que se acercan, Jon es consciente del enorme tamaño de la mansión, y no le cabe duda de que cuando Antonia había dicho que algunas propiedades de La Finca superaban los veinte millones de euros se estaba refiriendo a una de éstas. Todas las luces aparecen encendidas, tanto las que tiñen la fachada blanca de un destello dorado como las de las habitaciones. La piscina, visible en parte desde la entrada principal, mide al menos diez metros. Su parte exterior, la que se cierne sobre el lago artificial, está formada por un grueso cristal. Jon intuye que, vistas de día desde la casa, ambas masas de agua deben dar la ilusión de ser la misma.

—Vayamos por detrás —indica Mentor.

Antonia y su antiguo jefe no se han saludado. Se ha limitado a echar a andar tras él.

Un sendero de la misma piedra que se ha usado en el camino y en la fachada rodea la casa hasta la piscina. Cuando doblan la esquina aparece ante ellos un comedor al aire libre, sillas de diseño bajo pérgola de acero negro. El suelo de madera comunica la zona de la piscina con el comedor, y llega a alcanzar la gigantesca puerta acristalada del salón, que está abierta. El interior queda oculto a la vista por gruesas cortinas drapeadas.

Una mujer alta, vestida con el clásico mono de plástico de la Policía Científica, espera en una de las sillas del comedor, con un cigarro en la mano y el móvil en la otra.

—Eso acabará matándola, doctora —saluda Mentor.

La mujer murmura algo ininteligible sin levantar la vista del teléfono y le da otra calada al cigarro.

Mentor chasquea la lengua con desaprobación, y se vuelve hacia Antonia, que le mira expectante, balanceando el peso del cuerpo de un pie a otro, como un corredor en la línea de salida. Mentor se inclina un poco hacia ella, hasta que sus labios le rozan la oreja derecha, y le pregunta:

—¿Cómo era tu rostro antes de nacer?

Antonia no contesta, se limita a dar un paso dentro del salón iluminado.

¿A qué demonios ha venido eso?, piensa Jon

Va a seguirla, pero Mentor le pone una mano en el pecho.

—Una cosa más. Antes de que entre, quiero advertirle de que lo que está a punto de ver, esta investigación, mi mera existencia o la de la señora Scott son estrictamente confidenciales. Verá y oirá cosas que le parecerán extrañas, con las que no estará de acuerdo. ¿Será usted un buen soldado?

—Nunca me ha gustado que me lleven de la correa —contesta Jon, intentando avanzar.

Mentor es fuerte —mucho más fuerte de lo que aparenta debajo de su traje carísimo—, pero no es rival para la inmensidad física de Jon, y baja el brazo con reticencia. La arruga que deja en la pechera del inspector Gutiérrez aumenta otro poquito las ya considerables ganas de darle una hostia que Jon lleva acumulando desde hace dos días.

—No me obligue a forzarlo —insiste Mentor—. Tampoco le estoy pidiendo tanto. Sólo que esté callado y juegue.

Los dos hombres miden de nuevo sus fuerzas, ahora con la mirada. La balanza se inclina del lado contrario. Jon tiene que tragar saliva y reprimir su furia. Ya llegará el momento en que explote, pero no es éste.

—Jugaremos un rato —dice su boca, aunque sus ojos extienden una promesa muy distinta.

Mentor se contenta con un alto el fuego y se echa a un lado.

Afuera la noche está templada. En el interior hace muchísimo frío. Alguien ha puesto el termostato en modo congelador, percibe Jon al apartar las cortinas.

Cuando entra en el salón, dos cosas que creía saber se tambalean un poco.

Para empezar, creía que conocía, aunque fuera de lejos, el lujo. Su madre es maestra de primaria, de las de mucha vocación y el sueldo justo para apañárselas al principio con las cuatro perras que les pasaba el padre cuando se fue con otra. Pero amatxo tenía amigos que recibían de vez en cuando, unos cuantos en Bilbao, otros pocos en Vitoria. Apellidos dobles, terrenos, coches. Joselito cortado a mano para merendar, Vega Sicilia las más de las noches, alguna montería los domingos consumían las tres partes de su hacienda. Y tras visitarles, te ibas a tu piso en la otra orilla del Nervión y te dormías creyendo que habías tocado el cielo.

Y años más tarde entras en aquel salón y comprendes que no sabías ni de qué color era el cielo.

El espacio es inabarcable, aunque el arquitecto había dedicado mucho esfuerzo a intentar adaptarlo a una escala humana. Doble altura, abierto al piso superior, tragaluz en el techo, ventanal de cuatro metros de alto. En un lado el comedor con su chimenea, al fondo el muro que lo separaba del hall de entrada, con su estanque y todo. Cuadros colgados con gusto. Jon reconoce un Rothko y dos Miró. Quiere reconocer a otro, tiene el nombre en la punta de la lengua, es holandés seguro. Al fin desiste, limitándose a un cálculo por lo bajo: las pinturas del salón valen diez veces la casa.

Nadie que viva aquí puede tener el más mínimo contacto con la realidad, ni la más remota idea de lo que es ser humano. El pensamiento invade su cabeza y se marcha, tan fugaz como llegó, dejando atrás un ligero desconcierto.

Al otro extremo del salón está la sala de estar. Hay una tele de ochenta pulgadas, tan fina que parece pintada sobre la pared. Sofás de cuero duro y terso, y en la esquina, lo que hace tambalearse las creencias de Jon por segunda vez.

Los polis se parecen en algo a los perros: un año se lleva siete en el alma.

Después de más de veinte años, Jon ha visto muerte de sobra. Un yonqui rajado en un callejón, un chaval que salta desde el puente de Miraflores, dos ancianos cosidos a cuchilladas por sus vecinos adolescentes. Cuando has visto tanto, te das cuenta de que todos los finales son el mismo repetido. Un apagarse los latidos, ruido de cristales, y al final, la soledad. Echas callo, crees que nada puede ya sorprenderte ni afectarte.

Y entonces miras al adolescente muerto sobre el sofá y comprendes tu inmenso error.

—Rediós —exclama Jon.

No tendrá más de dieciséis o diecisiete años. Está vestido con camisa y pantalones blancos, casi indistinguibles de la piel del sofá y de la suya propia, que en su día fue morena y ahora es mortecina, casi transparente. Todo asomo de vida ha abandonado el cuerpo, imposiblemente delgado, y sin embargo sigue sentado, muy derecho, con una pierna cruzada sobre la otra, la mano derecha sobre la rodilla, la izquierda sosteniendo una copa de vino llena a rebosar de un líquido espeso y negruzco. No lleva zapatos ni calcetines, y los pies desnudos tienen una tonalidad cerúlea, la misma que los labios. Los ojos están abiertos, y la esclerótica presenta un color amarillento.

La boca abierta, en una parodia de sonrisa, es lo más obsceno de todo. Un coágulo de sangre le resbala del labio inferior y se acumula en el hoyuelo de la barbilla.

Jon contiene una arcada primaria, inmisericorde, que le exige expulsar una cena que no ha tomado. Aprieta los puños con una mezcla de rabia y compasión, para mantener el contenido del estómago dentro y la profesionalidad por fuera.

Cuando logra calmarse, vuelve su mirada hacia Antonia que, en cuclillas junto al cadáver, estudia el rostro de la víctima, los rostros tan pegados que parecen a punto de besarse.

—Scott —llama Mentor con suavidad—. Cuéntanos lo que estás viendo.

Jon no le ha escuchado entrar, pero el misterioso personaje está a tan sólo unos pasos detrás de él. Su voz tiene un doble efecto: sirve para calmar a Jon y para que Antonia vuelva al mundo real. O al menos se comunique con ellos desde dondequiera que se encuentre.

—No hay signos de violencia —dice, en voz baja, tanto que Jon tiene que acercarse para escucharla—. Sin heridas superficiales, ni marcas defensivas en las manos ni en los brazos.

Vuelve a detenerse, como si le costara un esfuerzo físico seguir hablando.

—Causa de la muerte —le guía Mentor.

Antonia saca de su bolsa bandolera un par de guantes de nitrilo, se los pone, presiona el dedo pulgar del cadáver.

—Choque hipovolémico o hipoxemia, o ambas. Sus riñones debieron de fallar al mismo tiempo que su corazón se quedó sin nada que bombear al resto del cuerpo. Una muerte lenta y dolorosa. La cianosis es muy escasa, tan sólo la presentan los labios y los dedos de los pies. Debía de estar sedado y tumbado, de lo contrario estaría también presente en las manos. El dolor en la cabeza y las náuseas habrían hecho que se doblase sobre sí mismo y se retorciese. Tendría marcas de sus propios dedos sobre la piel.

—¿En cristiano? —pregunta Jon.

—Murió desangrado —dice alguien a la espalda de Jon.

9

Un hijo

—Les presento a la doctora Aguado, nuestra forense. Lleva desde ayer por la tarde trabajando en la escena del crimen —dice Mentor.

La mujer que esperaba fuera se ha unido a ellos, aunque ahora se ha quitado el gorro de plástico del mono y deja ver su pelo, largo y rubio, recogido en una coleta. Rondará los cuarenta. Pestañas largas, maquillaje desvaído, piercing en la nariz, sonrisa cansada en los labios, una pícara languidez en la mirada. No le ofrece la mano, y Jon lo agradece en silencio. Las manos de los forenses le dan repelús.

—¿Desangrado? ¿Cómo, de un navajazo, de un tiro?

—El asesino le introdujo una cánula en la carótida, y le vació —contesta la doctora.

—Lo hizo muy despacio —añade Antonia, más para sí misma que para ellos—. Se tomó su tiempo.

La extrema delgadez del cadáver cobra sentido. El cuerpo humano contiene entre cuatro y cinco litros de sangre. Sin todo aquel líquido, el resultado era el cascarón vacío que tenían frente a ellos. Una oleada de compasión inunda a Jon Gutiérrez al imaginar los últimos instantes del muchacho.

—Ha dicho que no hay heridas defensivas. ¿Cómo logró reducir a la víctima? —pregunta.

—He tomado muestras de mucosas y hay restos de benzodiazepinas. Es todo lo que puedo decirles sin poder realizar la autopsia.

—Ya hemos hablado de eso, Aguado. No tenemos permiso de la familia, así que no insista —le avisa Mentor.

Jon no comprende nada. Cuando hablaron por teléfono en las escaleras de la casa de Antonia, Mentor le había dicho que había habido un asesinato imposible, que el asesino había entrado en un lugar que disponía de una seguridad extrema y que se había marchado sin dejar rastro. Lo que no esperaba encontrar Jon era aquel sinsentido.

La decisión sobre la autopsia cuando hay un crimen violento no corresponde a los familiares, sino al juez de instrucción. El cual, por cierto, brilla por su ausencia. Todo en aquella escena del crimen, en aquella investigación, está mal, no sigue ningún protocolo ni se atiene a Ley de Enjuiciamiento Criminal ni a las normas establecidas. ¿Una sola investigadora forense? ¿Sin unidades de apoyo, sin inspectores —excluyéndole a él, claro—? ¿Qué puede causar que...?

Jon se interrumpe. No está haciéndose, claro, una pregunta importante.

—¿Quién es la víctima?

La doctora Aguado sale unos instantes y regresa con una carpeta. En ella hay una foto de un muchacho alto y delgado, de pelo rizado y ojos tristes. Está en la playa, posando desganado, como corresponde a su edad y condición. Inmortal, invulnerable, sin una sola preocupación en el mundo. La foto debe de ser de ese mismo verano, deduce Jon. Dios, como odia las fotos del antes. Odia reconciliar el ser humano intacto que muestran, ignorante ante el destino que se dirige hacia él con las fauces abiertas, con el despojo que queda atrás.

El muchacho le da la mano a una niña de unos ocho o nueve años, que sostiene una pelota de plástico y dedica a la cámara una sonrisa desdentada.

Ahí hay una niña que ya no volverá a jugar con su hermano, piensa Jon. Me pregunto cómo se lo dirán. Ésa siempre es la parte más difícil. Mirar a alguien a la cara y decirle que su mundo se ha roto en pedazos. Que no hay manera de recomponerlo, porque alguien se ha llevado unos cuantos.

Al pie de la foto, Aguado ha escrito el nombre de la víctima. Jon lo lee en voz alta, deteniéndose en el apellido. Sonoro. Inconfundible.

—Espere un momento. Álvaro Trueba. El chico es...

—Sí. Es el hijo. Uno de ellos —le interrumpe Mentor—. ¿Tiene cuenta en el banco de su madre, inspector?

Jon respira hondo. La cabeza le da vueltas al intuir dónde se está metiendo.

—En Bilbao somos más del BBVA o de la BBK, por eso de barrer para casa.

—Me deja usted de piedra —responde Mentor, la voz alicatada en sarcasmo.

De pronto, Jon cae en la cuenta de por qué el aire acondicionado de la casa está puesto al máximo. Ahí dentro debe hacer 13 o 14 grados como mucho.

—Nada de esto está pasando, ¿verdad? Por eso esto es una puta nevera. Para que el cuerpo de ese crío aguante intacto lo máximo posible. Cuando ustedes hayan acabado con él, alguien se lo dará a la familia de tapadillo. Dirán que el chaval se ahogó en la piscina, o algo así, y tendrán un funeral sin escándalo ni prensa.

—Y con féretro abierto. Le sorprendería lo que es capaz de lograr un embalsamador motivado.

Jon hace un gesto en derredor, al salón inmenso y los cuadros millonarios.

—Todo este dinero, este poder, compra mucha motivación, ¿verdad? ¿Es eso a lo que se dedica usted, con sus coches caros, sus secretitos y sus frases cínicas? ¿A tapar la mierda de los ricos?

Mentor se vuelve hacia él, con los labios apretados y un nubarrón flotando en la mirada turbia.

—¿Eso es lo que cree que está pasando?

—No tengo ni idea de lo que ocurre, ya se ha encargado usted de ello. Lo que veo, lo que creo, es que a usted le importa una mierda el niño muerto del sofá. Están demasiado ocupados sirviendo a... —Jon vacila un instante, pero no puede evitar el tópico— otros intereses.

—¿Y va a decirme usted lo que está bien? ¿El poli gordo de segunda fila?

—Al menos no soy el lacayo de nadie.

Mentor observa a Jon con aire divertido, como el que mira a un animal del zoo que acaba de hacer algo inesperado.

—Le pido que me perdone, inspector. Mi trabajo no es sencillo y no siempre acierto en lo que pretendo.

Jon no se acaba de creer la disculpa. De hecho, no se la cree nada. Pero como la otra opción es cruzarle la cara, opta por fingir.

—Todos estamos cansados —dice Jon—. Y la situación no ayuda.

—Y es peor para usted, que está trabajando a oscuras —Mentor señala en dirección a Antonia, que apenas se ha movido desde que entró, y cambia una mirada extraña con la doctora Aguado—. Dejémosle espacio, inspector. Si me acompaña fuera, le contaré la verdad.

10

Una copa

Ajena al intercambio que se ha producido a su espalda, ajena a que Jon y Mentor han salido de la casa, Antonia Scott se deja llevar por su entrenamiento, absorbe cada detalle de la escena del crimen. Su mirada pasa de uno a otro elemento en un bucle incesante en el que las paradas son:

– La camisa blanca, abotonada hasta arriba.

– La posición antinatural del cuerpo. 

– La ausencia total de sangre en el suelo de roble, en el sofá, en la alfombra de hilo tejida a mano en la India.

Los ojos, la manosobrelarodillalaotrasostienelacopanoesdemasiado.

—Me estoy ahogando —dice, con voz ronca.

Sigue en cuclillas, los ojos cerrados tratando de que no le desborde la información, que no la devore. Intenta volver a visualizar Mångata, pero está muy lejos, al otro lado de un muro de ladrillos compuesto

[camisa, cuerpo, la copa sobre el brazo del sofá]

de imágenes.

Creía que podía sola.

Pero.

No puede, ella sola no. Los detalles la inundan, imponen sus propias, abrumadoras condiciones.

Al final, se rinde.

Sólo esta vez. Será la última.

Extiende la mano. Casi suplicando.

La doctora Aguado se acerca por detrás. Lleva un pequeño recipiente de metal del que extrae una cápsula roja que deposita en la palma de la mano de Antonia.

—¿Quiere un poco de agua?

Antonia ni siquiera contesta, se limita a cerrar el puño y meterse la cápsula en la boca. Rompe la gelatina con los incisivos, liberando el ansiado polvo amargo, y lo recibe debajo de la lengua, dejando que la mucosa absorba el cóctel químico y lo lleve a su torrente sanguíneo a toda velocidad.

Cuenta hasta diez, dejando una respiración entre cada número, descendiendo un peldaño cada vez, hacia el lugar donde necesita estar.

De pronto el mundo se vuelve más lento, más pequeño. La electricidad que le hormiguea en las manos, el pecho y la cara, se disuelve.

—Gracias —consigue decir. A la doctora, a la cápsula, al universo en general—. Gracias.

—Así que es usted —dice Aguado—. Estaba deseando conocerla. He leído mucho sobre su trabajo. Lo que hizo en Valencia...

—Soy yo —interrumpe Antonia. Y es verdad. Es ella, otra vez—. Y usted es la nueva forense.

—Robredo se marchó el año pasado, harto de esperar a que volviera. Un trabajo en Murcia. Me pregunto quién querría ir a Murcia —dice Aguado, tendiéndole la carpeta a Antonia— teniendo la oportunidad de trabajar con usted.

Alguien listo, piensa Antonia. Rechaza la carpeta con un gesto. Aún no está preparada. Antes necesita verlo todo por sí misma.

—Ni una gota de sangre en la escena del crimen —dice—. Si exceptuamos la copa, claro.

El líquido espeso ya ha empezado a solidificarse contra las paredes del cristal de Bohemia que el muchacho sostiene en la mano. Cuando el asesino colocó ahí la sangre, debía de remedar vino, servido hasta el borde.

—¿Es la de la víctima?

—He hecho la prueba del bromecresol. Por ahora sólo puedo decirle que la sangre de la copa y la de la víctima son del mismo grupo, B positivo. Sabremos más cuando tengamos la confirmación de ADN.

O sea, cinco días. Yo no estaré aquí para entonces.

—¿Qué es esta sustancia en el pelo? —pregunta Antonia, que se ha incorporado para examinarlo más de cerca.

La cabeza del chico brilla bajo los focos. Lleva el pelo rizado peinado hacia atrás, y a simple vista parece gomina, pero la apariencia es demasiado untuosa, apelmazada. Una gota minúscula desciende por la sien.

—Aceite de oliva al noventa y nueve por ciento. —Lee la doctora—. Canela y otro compuesto que aún no hemos identificado. He venido en el MobLab, está aparcado en la parte de atrás, pero no tengo suficientes herramientas aquí.

El MobLab es una furgoneta cargada hasta los topes de herramientas de análisis forense. Por fuera parece una Mercedes Sprinter negra, sin ventanas, normal y corriente. Por dentro es como visitar una nave espacial, llena de probetas, productos químicos y ordenadores. Pero tiene sus límites.

—¿Ha mandado muestras a la División?

—Sabremos algo en unas horas —dice Aguado.

Tener que esperar por una pieza del rompecabezas frustra a Antonia. Toda la escena que están viendo ha sido compuesta hasta el mínimo detalle con un propósito, y saber cuál es lo más importante. Señala la copa.

—¿Ha mirado en la cocina?

—Hay un hueco en el aparador. La marca y el modelo encajan.

El asesino ha usado los elementos que había en la casa para mandar un mensaje. Lo único que ha traído consigo es el aceite.

Vino y aceite. Antonia ha leído antes algo así. O escuchado. El recuerdo viene de pronto. Ella, de niña. Siete años, dos meses y ocho días. En la basílica de la Mercé. Todos vestidos de negro. El aroma de las anastasias, la flor favorita de su madre.

Es un salmo —dice Antonia, señalando al cadáver—. El salmo veintitrés. No recuerdo qué versículo.

La doctora Aguado la mira, desconcertada.

Creía que usted recordaba todo lo que leía.

Es que no lo he leído. Lo escuché en un funeral. Hace tres décadas. Desde ese día no tuvo mucho sentido leer la Biblia.

—No siempre —dice Antonia.

Aguado consulta en su móvil.

—Creo que lo tengo. «Preparas la mesa ante mí, en presencia de mis enemigos. Unges mi cabeza con aceite, y mi copa rebosa» —recita Aguado—. ¿Es a esto a lo que se refería?

Antonia suelta un gruñido ambiguo. La copa rebosante con la sangre, la cabeza aceitada. Mucha casualidad. Y ella no cree en casualidades.

—Ya estoy lista para su carpeta, doctora Aguado.

Antonia tarda quince minutos en leer las cien páginas de datos, esquemas e información que le ha preparado la forense. Es un trabajo magnífico, mucho más pulcro e incisivo que el de su predecesor. Antonia duda si felicitarla, porque se supone que debe mostrarse lo más distante posible con el equipo (Directriz número 11 del Reglamento) y no empatizar con ellos (Directriz número 3) para que la relación sea lo más unidireccional posible (Directriz número 17). En el pasado, hacía caso al reglamento.

Ya no.

—Enhorabuena por su informe, doctora. Me alegra que Robredo se haya ido a Murcia, hemos ganado con el cambio.

Aguado se vuelve —tarde— para que Antonia no vea el rubor en sus mejillas.

Antonia por su parte se centra en las páginas de nuevo. La peor parte llega cuando encuentra la foto del muchacho en la playa. Antonia sabe que no debe ver a las víctimas como personas. Todo su entrenamiento le ha llevado a construir una barrera emocional que les convierta en hechos, en partes de un jeroglífico que empieza con una imagen y concluye con un resultado. Antes era capaz de hacerlo, si bien con gran esfuerzo.

Ya no.

Todo cambió después de lo de Marcos. De lo que le hice. De lo que nos hice.

Se descubre haciéndole una promesa al chico de la foto. Una promesa que no puede cumplir, porque colisiona con la promesa que le ha hecho a Marcos. Que se ha hecho a sí misma. Que a su vez es lo contrario que espera la abuela Scott de ella.

Cogeré al que te ha hecho esto, le dice al chico de la foto.

Según se forman las palabras en su mente, se arrepiente. No tiene, tampoco, manera de desdecirse. Es lo malo de prometer cosas a los muertos.

Es más difícil pedirles disculpas cuando les fallas.

11

Una explicación

Mentor camina hasta el comedor exterior y se sienta en una de las sillas. Le Corbusier o similar. Cara e incómoda, concluye Jon, cuando hace lo propio y nota que el respaldo no se fabricó para alguien de su tamaño. A no ser que tuvieran la tortura en mente.

Sobre la mesa ha quedado olvidado el Marlboro Light de la doctora Aguado. En la foto disuasoria de rigor impresa en el paquete se ve el ataúd de un niño.

La macabra coincidencia encoge el corazón de Jon, que aparta la mirada.

Menos escrupuloso, Mentor alarga la mano al paquete de tabaco, le ofrece uno al inspector, que niega con la cabeza. Mentor se enciende uno, da tres caladas, tose como un endemoniado, lo apaga en la superficie de cristal, empapada de agua de los aspersores.

—¿No le preocupa contaminar la escena?

—Ojalá hubiera algo que contaminar. Aguado lleva veintiséis horas seguidas trabajando, ha revisado la casa entera y recogido las huellas.

Jon silba de admiración. Había que acotar y delimitar cada uno de los metros cuadrados con una cuadrícula, tomar fotografías, buscar anomalías. En una casa tan grande, era tarea para cuatro o cinco personas.

—Menuda fiera.

—La doctora Aguado es la mejor de España. Por suerte para mí, y por desgracia para ella, le toca trabajar conmigo.

—¿Algún resultado?

—Lo sabremos cuando tengamos las de la familia y el servicio, para descartar. No espero nada. Hay pelos y fibras, pero vete a saber. Ya sabe que nunca sirven para una mierda. Ojalá fuera como en la tele.

Jon lo sabe muy bien. Las series de televisión han ofrecido una imagen tan distorsionada del trabajo de la científica que a veces los propios policías caen en la misma trampa que el público, creer en los milagros.

Mentor vuelve a estrujar el cigarrillo ya apagado contra la mesa y aleja de sí el paquete de tabaco.

—Lo dejé hace meses. De vez en cuando me recuerdo a mí mismo por qué.

—Es más fácil no hacerse mucho daño haciéndose un poquito de daño.

—Exacto. ¿Por qué se hizo policía, inspector Gutiérrez?

Jon hace una mueca de desagrado.

—Hemos salido aquí para que hable usted.

—Deme el gusto, inspector.

Pausa. Jon no sabe qué respuesta darle. La oficial, la que cuenta a los amigos, la que se cuenta a sí mismo, o la auténtica. Sea por la hora, sea por las emociones, al final es esta última la que sale.

—Para que no me hicieran daño —admite.

Ahora es el turno de Mentor de mostrarse sorprendido ante la honestidad.

—Vaya...

—Lo sé, lo sé. Un hombre grande y fuerte como usted, y toda esa mierda. No me joda con el psicoanálisis. Mi padre nos abandonó, me gustan las pollas, vivo con mi madre. Me sé todos los chistes y las explicaciones baratas. Lo cierto es... que tengo miedo. He tenido miedo siempre.

—¿Miedo a qué?

—A todo. A los atentados, cuando era un adolescente. A que me rajaran a la vuelta del cole. A los accidentes, a que me peguen el sida, yo qué sé. Trabajar de policía ayuda. Estar cerca de todo esto, ver las desgracias de otros. Te da una especie de escudo mágico. Como si no fuera contigo.

—Un poquito de daño para no hacerse mucho daño —dice Mentor.

—Exacto.

—Pero hoy no ha sido así, ¿no?

Jon no contesta. No tiene por costumbre responder a obviedades.

Los dos hombres se camuflan en el silencio durante un rato, recuperando posiciones. Mentor se incorpora un poco en la silla y se esfuerza en recobrar con las puntas de los dedos el paquete de tabaco que tan diligente había apartado antes de sí. La llama del mechero roba durante unos instantes su rostro a la oscuridad de la noche. A este cigarro no le da tres caladas apresuradas, sino que se deleita en el humo, tragándolo a conciencia.

—La idea surgió hace cinco años, en Bruselas. En el Fischer Institute. ¿Lo conoce?

—No tengo el gusto.

Es un think tank de la Unión Europea.

—Lo del think tank sí sé lo que es: un montón de capullos universitarios ricos que creen que saben mejor que nadie lo que más le conviene al mundo.

Mentor se ríe entre dientes, alza los brazos.

—Culpable. El caso es que los capullos a veces acertamos. Hubo un estudio, hace años. ¿Recuerda el atentado de 2012 en el aeropuerto de Tenerife?

Jon asiente. Cómo olvidarlo. Las cámaras de seguridad más cercanas habían captado la bomba estallando antes de volverse a negro. Las demás cámaras contaron una historia igual de terrible: a gente corriendo despavorida por la terminal arrojando al suelo y pisoteando a los más lentos por el camino.

—El estudio examinaba los datos disponibles por los distintos cuerpos policiales antes del atentado. Las policías locales, la autonómica canaria, la Guardia Civil, la Policía Nacional. Todos ellos tenían piezas del puzzle. Ninguno las compartió con los demás.

—Una vieja historia —confirma Jon. Bien la conoce él, que es policía nacional en Bilbao, y tiene que lidiar casi a diario con la Ertzaintza. La relación de los cuerpos policiales entre sí es amarga como domingo de jubilado. Envidias, diferencias de sueldo. Resquemor de años. Y al final, la gente salía herida.

—Lo de Tenerife es lo mismo que pasaría en Turín en 2015 y en Las Ramblas de Barcelona en 2017, aunque eso fue mucho después. El estudio lo hicieron unos alemanes. Ellos tienen lo suyo también. Dieciocho cuerpos de policía.

—Puto caos.

—El estudio no se limitaba a terrorismo, consideraba otros casos de perfil alto. Asesinos en serie atípicos, como Remedios Sánchez. Diez ataques en veinticuatro días, tres ancianas muertas. O como Kovacs, el payaso de Düsseldorf.

—Cisnes negros. Impredecibles.

Una mueca de extrañeza se dibuja en el rostro de Mentor cuando Jon dice eso. Un cisne negro es, según una teoría reciente, un suceso terrible de alto impacto que ni la ciencia ni la historia podría haber anticipado, y que sólo puede ser racionalizado a posteriori. Como el 11-S, la crisis inmobiliaria de 2008 o el regreso de las riñoneras.

—No me esperaba que leyese usted a Taleb, inspector —dice Mentor, que mira a Jon como si lo viese por primera vez.

—Nunca me subestime —responde Jon, que ni muerto reconocería que se había quedado con el concepto hojeando una revista ajada en la consulta del dentista.

—Prometo no hacerlo. La conclusión del estudio fue que en Europa hemos generado un mundo nuevo. Sin fronteras, sin aduanas. Cinco millones de kilómetros cuadrados donde los malos pueden moverse a su antojo. Y cientos de organismos de policía que compiten entre sí. Entonces fue cuando surgió el proyecto Reina Roja.

—¿Como la de Alicia? ¿Que le corten la cabeza?

—De ahí viene el nombre. Es una vieja teoría evolutiva. ¿Recuerda el pasaje del libro en el que Alicia y la Reina corren y corren, y no se mueven del sitio?

Jon hace un gesto vago con la mano. Es lo malo de querer parecer más listo de lo que se es, la farsa no aguanta mucho.

—La Reina Roja le dice a Alicia que en su país hace falta correr sólo para permanecer quietos —continúa Mentor—. Aplicado a la evolución, es necesaria una adaptación continua para mantenerse al nivel de los depredadores.

—Pero nosotros ya lo hacemos —se defiende Jon.

—¿Cómo? ¿Más policías? ¿Más ordenadores? ¿Más armas? ¿O se refiere usted al curso que le dieron el año pasado en la comisaría sobre ciberdelincuencia?

—No sabría decirle. Me lo pasé entero jugando al Angry Birds.

—Al final la ventaja la tienen los criminales, porque se mueven más rápido, invisibles, sin dar cuentas a nadie.

Jon vuelve la mirada hacia la casa.

—Creo que comienzo a entender.

—El proyecto comenzó como un experimento. Una división central y una unidad especial en cada país de la Unión Europea. Con objetivos muy especiales. Objetivos que había que mantener ocultos a la opinión pública.

—Póngame un ejemplo.

—Asesinos en serie. Criminales violentos especialmente escurridizos. Pedófilos. Terroristas.

—Escoria solitaria —asiente Jon.

—Al igual que ellos, nuestra unidad no tiene ataduras. Ni jerarquías. Ni rivalidades internas. Ni burocracia. Sólo un agente de enlace, con el nombre en clave Mentor.

—Vaya, y yo que creía que era su apellido de verdad.

El otro sonríe sin humor.

—A su cargo, cada Mentor tiene un equipo de técnicos que están siempre fuera de los cauces normales. Ni medallas, ni premios, ni ascensos. Y en la punta de lanza, en el terreno de juego, dos personas. Un Escudero —dice señalando a Jon— y una Reina Roja.

—Mi papel ha quedado claro: chófer prescindible con placa y pistola.

—No se venda tan barato. Es necesario un policía con experiencia para proteger y aconsejar al activo principal.

—Si usted lo dice. ¿Y ella?

Mentor hace una pausa y se enciende otro cigarro.

—La Reina aparece en la escena del crimen, mira y se marcha. Nuestra unidad nunca se encarga en exclusiva del asunto, sea cual sea. Se limita a trabajar en los márgenes, mirando por encima del hombro de los policías de verdad.

—Salvo esta vez.

—Salvo esta vez, que han surgido circunstancias... especiales.

Jon se ríe entre dientes y sacude la cabeza ante el cinismo de Mentor. Siempre ha sido el inspector partidario de llamar a las cosas por su nombre. Miembro, acción armada, económicamente débil. Con lo clarito que se entienden polla, atentado y pobre.

—¿Cómo llegaron hasta ella?

—En cada país comenzó un proceso de selección muy largo y muy costoso. Los candidatos tenían que tener una serie de características muy difíciles de encontrar: escasas relaciones personales, libertad de movimientos, enormes capacidades para el pensamiento lateral. Poco importaba si eran altos o bajos, hombres o mujeres, gordos o delgados. No buscábamos al próximo James Bond. Buscábamos cerebros especiales. Que pudieran mirar como nadie más mira.

Hay un matiz de orgullo en la voz de Mentor que no pasa desapercibido al inspector.

—Fue usted quien la encontró, ¿verdad?

—España era el único país sin su Reina tres meses antes de iniciar el proyecto —dice Mentor—. Y ya llevábamos un año de búsqueda incesante. Consulté miles de expedientes y entrevisté a cientos de personas. Por fin, apareció ella. Y lo supe.

Madrid, 14 de junio de 2013

El hombre alto y delgado se restriega los ojos de puro cansancio. Y la jornada ni siquiera ha empezado.

El escenario de esta semana es una aproximación nueva al problema. Hasta entonces habían estado usando una combinación de test de personalidad con pruebas de inteligencia. El hombre alto está especializado en psicología cognitiva y en análisis del comportamiento. Pero no le ha servido de mucho hasta el momento a la hora de identificar pruebas válidas. Ha probado las más glamurosas, diseñadas por la CIA, FBI, MI6. Todas ellas se quedaban cortas en lo esencial. Reflejaban la inteligencia del candidato, pero no su capacidad para la improvisación.

A quién quiero engañar. El problema es la materia prima.

Esta semana están probando algo distinto. El test ha sido diseñado por una entidad mucho menos sexy que las agencias de inteligencia: una multinacional petrolera. Lo usan para evaluar las reacciones a una situación de crisis con final imposible. Al hombre alto le pareció más divertido que útil cuando la asistente se lo propuso, pero sería un cambio interesante después de tantas pruebas repetitivas e infructuosas. O eso pensaban. Después de varias decenas de intentos, está resultando tan ineficaz como los anteriores.

—Al menos nos ahorramos recitar la lista de cosas que lleva el sujeto en la nave espacial.

—El test de la NASA es muy útil —dice la asistente, dándole un sorbo al café.

El hombre alto la mira de reojo con envidia. Se muere de ganas de meterle cafeína al cuerpo, pero sabe que si toma un tercer cortado antes de comer, pasará la tarde de un humor insoportable. Aún más insoportable.

—Por el amor de Dios, hasta mi abuela sabría que si se queda abandonada tendría que elegir el oxígeno antes que el agua. Y que la brújula o la pistola no deben cogerse. ¡Están en la luna! En fin, empecemos. ¿Quién es el primer candidato de hoy?

—Número 793. Veintiséis años. Ingeniero industrial.

—Que entre.

La asistente aprieta un botón en el teclado frente a ella, y la puerta se abre.

Se encuentran en la facultad de Psicología de la Universidad Complutense. Nada mejor para camuflar aquellas pruebas y que nadie sospeche en absoluto que hacerlas pasar por ensayos estudiantiles. Y el lugar es apropiado. Una sala blanca, sin ventanas, en la que se puede controlar la temperatura, provista de visor unidireccional. Cristal por un lado, espejo por el otro. Una cabina de control y unos altavoces.

Al hombre alto y delgado le hizo gracia el sitio cuando comenzó el proceso de selección, hace casi un año. De familia bien, había cambiado la protección del hogar paterno por la protección, de los estudios primero, del Fischer Institute después. Su vida había sido más bien aburrida. Por eso al entrar en el laboratorio había sentido una extraña sensación. Se sentía como en una película de espías. O en Gran Hermano.

—Me siento como en una película de espías.

—O en Gran Hermano, ¿verdad? —había dicho la asistente.

Al hombre alto le caía bien. Es una buena persona. Flor mañanera. De esas que llegan al trabajo como una rosa después de haber corrido cinco kilómetros y que ve siempre el lado positivo de todo. Con el tiempo ha ido mejorando su opinión de ella. Hay días en los que ya casi no quiere estrangularla, ni a ella ni a la colección de tarados, cerebritos y bichos raros que han pasado por allí. Más de setecientos.

En todo este tiempo han hecho una preselección de seis que podrían dar el perfil. Pero tras una tercera prueba, han sido descartados. Ya no queda ninguno de los preseleccionados. Lo que quiere decir que están empezando de nuevo.

Nada. No tenemos nada. Y todos los demás países ya han iniciado el proyecto.

Sabía bien que los responsables de Bruselas estaban a punto de darle una patada en el culo. Y no le gustaba. Todo lo que había hecho en su vida antes era sentarse delante de un libro. A absorber ideas de otros, sobre todo. Se le daba mejor repetir que crear. Por eso cuando le habían propuesto formar parte del proyecto Reina Roja había saltado dentro de la oportunidad con los ojos cerrados. Ahora se estaba dando un chapuzón increíble dentro de su propio fracaso.

El 793 duró en la prueba casi media hora. Por supuesto, se rindió al final, la plataforma petrolífera se hundió y murieron todos. Ése era el intríngulis. Hiciese lo que hiciese, respondiese lo que respondiese, el candidato no podía ganar. El software que generaba las preguntas seguiría lanzando desafíos y problemas al escenario, hasta que la persona se diese por vencida o cometiese un error.

—No ha dado mala puntuación —dijo la asistente.

Un destello de esperanza...

—¿Habría sido seleccionado?

—Uuuuy... casi en la zona verde, pero no.

... que se apaga rápido. El hombre alto se frota los ojos de nuevo, suplicando paciencia.

—Que pase el 794.

La mujer es pequeña. Fibrosa. No aparenta ser gran cosa hasta que sonríe al espejo, y entonces parece guapa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. Pero tiene algo.

—Buenos días —dice el hombre alto, apretando el botón del interfono, que comunica la cabina con la sala de observación—. Voy a plantearle una historia. Todas las respuestas que dé serán válidas para la puntuación que usted obtenga en nuestro estudio. Le rogamos que se esfuerce al máximo, ¿de acuerdo?

La mujer no responde.

—¿Me ha escuchado? Creo que hay problema con el interfono —dice el hombre alto, sin darse cuenta de que no ha soltado el botón.

—Le escucho muy bien. Estaba esforzándome al máximo —dice la mujer.

El hombre alto sonríe, aunque aún no lo sepa, es la primera de las muchas veces que querrá matar a esa mujer.

—Está bien, comencemos —dice, empezando a leer el texto que va apareciendo en la pantalla, y cuyo principio, después de una semana casi conoce de memoria—. Es usted la capitana de la plataforma petrolífera Kobayashi Maru, situada en alta mar. Es de noche y está usted disfrutando de un plácido sueño. De pronto su asistente le despierta en mitad de la noche. Las luces de emergencia están encendidas, la alarma sonando. Hay una alerta de colisión. Un petrolero se dirige hacia ustedes.

—¿Dónde está situada la plataforma? —pregunta la mujer.

—En mitad del mar, lejos de toda ayuda.

—Necesito la localización exacta.

—La localización exacta es irrelevante.

—Yo la necesito —insiste la mujer.

—Hay un petrolero que se dirige hacia usted. A bordo lleva trescientas mil toneladas de crudo. ¿Cuál es su primera reacción?

—Sacar una carta náutica y ubicar la localización exacta de mi plataforma.

El hombre alto está desconcertado. Nadie había dado esa respuesta antes.

—Señorita —dice el hombre alto, intentando que la exasperación no se le note en la voz—. ¿Puedo preguntar por qué ese empeño sobre un dato irrelevante?

Antonia parpadea varias veces, y abre las manos, como si la pregunta se respondiese sola.

—Para encontrar cualquier solución hay que saber dónde estás respecto al problema.

El hombre alto se vuelve hacia la asistente.

—Pregúntale al software la localización de la plataforma.

—83 grados 44 minutos Norte, 64 grados 35 minutos Oeste —responde, tras un breve tecleo.

El hombre alto repite la localización, a través del interfono.

—Bien, ahora que conoce su localización exacta, ¿cuál es su segunda reacción? Le recuerdo que el tiempo de reacción es esencial para salvar las vidas de las personas a su cargo.

La mujer se queda pensativa durante unos segundos.

—Miro un calendario.

El hombre alto suelta un resoplido de incredulidad por la nariz. Tan fuerte, que los papeles que hay frente a él se agitan.

—Porque además del dónde hay que buscar el cuándo, ¿no? —dice, sin llegar a apretar el botón del interfono.

La asistente ha vuelto a teclear y le muestra la fecha en la pantalla al hombre alto.

—Según su calendario es 23 de enero de 2013. ¿Cuál es su curso de acción, señorita?

—Me vuelvo a la cama.

—Disculpe, creo que no la he entendido bien.

—Me vuelvo a la cama —insiste la mujer—. La localización de la plataforma que me ha dado está, a ojo, en pleno océano Ártico. Teniendo en cuenta la latitud y la fecha, el mar está completamente congelado, así que el petrolero no podrá acercarse a mucha velocidad. ¿Hemos concluido el experimento?

Aturdido, el hombre alto apaga el interfono y se vuelve a la asistente, que ha terminado de introducir los datos en el programa.

—Ha sacado la máxima puntuación —dice, boquiabierta—. Según los desarrolladores, sólo una persona de cada siete millones daría una respuesta así.

—¿Quién coño es esta mujer?

La asistente busca entre sus papeles.

—Candidata 794: Antonia Scott.

—Un apellido curioso.

—Nació en Barcelona, hija única. En profesión del padre ha puesto «Cuerpo diplomático». Es todo lo que ha marcado en el formulario.

La voz de la mujer suena a través de los altavoces.

—¿Hola? ¿Puedo irme ya?

—Espere un momento, si es tan amable. Estamos evaluando los resultados —dice, apresurado el hombre alto, antes de soltar de nuevo el botón—. ¿No tienes nada más?

—Del formulario que ella ha rellenado, no. Déjame consultar nuestra propia prospección. Veamos... Ha venido por insistencia de un amigo, que no quería hacer el «ensayo» solo. Está en paro. Novio guapo. Estudió Filología Hispánica. Un expediente académico bastante mediocre, la verdad. Nota media, seis.

Es una decepción para el hombre alto, después de tantos candidatos con un expediente académico brillante como han pasado por allí.

—De hecho, ha sacado un seis en todas las asignaturas de la carrera —dice la asistente, tras una búsqueda en el ordenador.

Al oír aquello, el hombre alto se queda parado un instante y luego se echa a reír.

—Claro. Claro —dice, dándose una palmada en la rodilla.

—¿Qué es lo que te parece tan divertido?

—¿Sabes qué es lo único más difícil que acertar todos los números del Euromillones?

—La verdad es que nunca juego. La mejor lotería es el trabajo y la economía.

El hombre alto está tan excitado que incluso olvida enfurecerse ante aquella frase, indigna incluso de una taza de Mister Wonderful.

—Lo único más difícil que acertar todos los números del Euromillones es fallarlos todos.

—No veo la relación —dice la asistente, con cara de extrañeza.

—¿Sabes lo difícil que es sacar la misma nota, exacta, en todos los exámenes de una carrera? ¿Teniendo exámenes tipo test, orales, de preguntas y respuestas, de desarrollo? ¿Con tantos profesores distintos, evaluando subjetivamente? Sacar todas las veces un seis es mucho más complejo que sacar matrícula de honor.

La asistente abre mucho los ojos y pone boca de chupar limones.

—Oh. Oh. —Y, de nuevo—. Oh.

—Exacto. Ahí delante tienes a alguien que lleva toda la vida esforzándose mucho para esconderse a plena vista.

El hombre alto acaricia el rostro de la mujer a través del espejo, como el que llama a los abstraídos peces tocando el cristal del acuario.

Pero yo te he encontrado, señorita Scott.

12

Un poco de envidia

—¿Cómo lo supo? —pregunta Jon—. ¿Cómo supo que era ella?

Mentor apaga el cigarro con un golpe seco.

—Me temo que no puedo revelarle eso. Pero España tenía a su Reina Roja, y no una cualquiera.

—¿A qué se refiere?

—Supongo que se habrá dado cuenta de que Antonia es peculiar.

—Peculiar es un eufemismo. Sería sencillo confundir su comportamiento con locura o estupidez.

—Sería equivocado. La verdad es bien distinta. Antonia Scott es el ser humano más inteligente del planeta.

Jon resopla, incrédulo. Una cosa es dar por hecho que has ido a pasear en el coche a una chalada disfuncional, y otra descubrir que estabas en presencia de un genio, sin saberlo. ¿Qué dice eso de uno mismo?

—Repita eso, hágame el favor —dice, cruzándose de brazos.

—El ser humano más inteligente del planeta. Que sepamos —se cuida en salud Mentor—. Igual hay un pastor de cabras en Bangladesh con un CI de doscientos cuarenta y tres. Uno nunca puede estar seguro del todo. Por lo pronto, el ser humano con el cociente intelectual más alto registrado es Antonia Scott. Podría estar trabajando para la NASA, dirigiendo el país o cualquier cosa que ella quisiera. Y en lugar de eso la convencí de trabajar para mí.

—Hasta que se largó, ¿no? —dispara, a mala uva, el inspector.

Una sombra espesa y fugaz atraviesa los ojos de Mentor.

—Al principio todo fue bien. Antonia superó un entrenamiento duro para ella y costoso para nosotros. Participó en once casos, y resolvió diez de ellos.

—¿Alguno que yo conozca?

—La razón de ser del proyecto es encargarse de casos importantes de forma quirúrgica. Sin titulares. Cuando acabamos, nos hacemos a un lado.

—¿Y algún policía anónimo registra una detención?

—Algo parecido. El caso es que Antonia consiguió los mejores resultados de todo el proyecto. Y hace tres años todo se fue a la mierda.

—¿Qué fue lo que lo jodió?

—Lo que lo jode todo siempre. El amor verdadero.

Jon, que tiene el culo pelado en cuestiones románticas, que busca con regularidad pasmosa alguien a quien poner a su nombre todas las olas del mar —van seis en nueve años—, se incorpora en la silla como un resorte.

—Lo del marido, ¿no? Cuente, cuente.

Mentor se da un par de golpecitos en la barbilla, pensativo. Niega con la cabeza.

—Traicionaría su confianza si lo hiciese.

Jon se derrumba de nuevo en la silla, con los hombros hundidos por la decepción.

—Menudo narrador, se guarda lo mejor de la historia.

—Ya se lo contará ella más adelante. Si lo cree oportuno.

Hay que reconocer que el cabrón tiene confianza en sí mismo, piensa Jon.

—Supone usted que querrá volver. Ya le he dicho que ha sido muy clara. Sólo esta noche.

La sonrisa de suficiencia de Mentor ondea, trémula.

—Eso no sería bueno.

—¿Para el caso o para usted?

—He recibido muchas presiones en estos tres años —admite Mentor—. Ha habido amenazas a la seguridad muy graves en España para las que hemos hecho falta, y no hemos podido ayudar. Desde que ella se fue, hemos estado atascados.

—¿No intentaron buscar un sustituto a Antonia?

—Lo intentamos... —una carretada de frustración en esos puntos suspensivos— y fallamos. Sin la Reina, esta unidad no tiene sentido. Es la última oportunidad de que este proyecto sobreviva.

—Por eso ha estado mandando mensajeros a Antonia. Por eso vino a buscarme a mí.

—Necesitaba alguien a quien poder chantajear.

Jon recuerda un día, hace años, en el que regresó a casa y se encontró al amor de su vida en el sofá con un tercero. Jon dio un paso atrás volvió a cerrar la puerta, discreto —nunca ha sido él de molestar a nadie—. Antes de que se cerrara por completo, el novio infiel volvió la cabeza en dirección a Jon. Sus miradas se cruzaron, y siguió con la faena.

La crudeza cristalina y cruel que quedó flotando entre ambos —esto es lo que hay, no me arrepiento, son lentejas— fue muy similar a la que experimenta el inspector cuando Mentor admite sin ambages que, para él, sólo es una herramienta. Y lo que deja en su ánimo es una mezcla curiosa de compasión, asombro y repulsión. Y quizás, también, un poquito de envidia.

—¿Cómo puede dormir por las noches?

Pausa. Mentor compone un rostro humilde, contrito. O una imitación casi perfecta de uno, bien trabajada frente a un espejo.

—Mi trabajo exige compromisos, me consuelo pensando en que sale algo bueno de todo esto.

Casi, casi me lo creo.

—Duerme como un bebé, ¿verdad?

—Toda la noche. De un tirón.

Definitivamente, envidia. Jon siempre ha admirado a los hijos de puta químicamente puros, de esos que ponen un circo y les encogen los enanos. Quizás por lo imposible que le resulta a él convertirse en uno de ellos. Coitao, que eres un coitao. De bueno, bueno, eres tonto, le dice su madre cada dos por tres. Y Jon, en realidad, lo que quiere ser es una pizquita malo, como Mentor.

Mal que le pese, aquel cabrón empieza a caerle bien.

—¿Esto es toda la verdad? ¿Sin mentiras, esta vez?

—Casi toda, y muy pocas —dice Mentor, sonriendo con suficiencia—. De lo contrario, no sería yo.

Es entonces cuando Antonia les llama desde la casa.

Mentor se pone en pie y se abrocha el botón de la chaqueta con elegancia.

—¿Qué me dice, inspector? ¿Se apunta a trabajar?

Jon se levanta a su vez, se retuerce, estira los enormes brazos, hace crujir los nudillos.

—Cualquier cosa con tal de levantar el culo de esta mierda de silla.

Cuatro horas antes

(Más o menos a la hora en la que Jon y Antonia

llegan a La Finca.)

Carla Ortiz va más atenta a la pantalla de su portátil que a la ruta por la que le lleva Carmelo. La lluvia les ha acompañado todo el camino desde La Coruña, una lluvia insistente, que reventaba contra el parabrisas del enorme Porsche Cayenne. Carla apenas le prestaba atención, enfrascada en el crucial informe en el que está trabajando en el asiento de atrás.

Sólo al pasar el túnel de Guadarrama, cuando la lluvia deja paso a una noche despejada, Carla alza la cabeza del ordenador.

—¿Estará bien Maggie?

Carmelo le dirige una mirada tranquilizadora a través del retrovisor. Los ojos azules, cargados de arrugas. Carla ha visto esa mirada en el retrovisor —divertida, jodona, cariñosa— desde que puede recordar. Lleva con la familia toda la vida. Es de la familia.

—Mejor que en brazos, señora. La van esa nueva es un lujo de caray.

Carla no las tiene todas consigo. Es verdad que la van —el remolque de caballos enganchado al todoterreno— es la mejor que el dinero puede comprar, y que el viaje hasta Madrid no es largo. Pero Carla siempre se ha preocupado mucho por sus compañeros. Cuando era niña, en el club hípico en el que aprendió a montar, presenció cómo tres hombres intentaban subir a un remolque a un potro que estaba nervioso y no quería moverse. Le empujaban, tiraban de la brida. El animal se resistía. Cuando sus cascos tocaron el interior de la van, el cambio en el sonido hizo que su miedo se transformara en pánico. Se puso de manos, intentando zafarse. El impulso le hizo golpearse la nuca con el borde del remolque y cayó al suelo, muerto. Carla nunca olvidará el sonido que produjo su cuerpo al desplomarse, volcando el remolque y arrastrando a dos de los hombres en su caída.

Maggie no es ningún potro asustadizo. Es una yegua holsteiner de once años, educada y criada por algunos de los mejores entrenadores del mundo. También es muy cara. Su padre la había comprado en una subasta por 4,3 millones de euros. Pero para Carla el precio —cualquier precio, de cualquier cosa— es irrelevante. Maggie lleva con la familia seis años. Es de la familia.

—Paremos un momento.

Carmelo frena en la primera área de servicio el tiempo suficiente para que Carla baje, estire las piernas, dé un par de caladas a un cigarro y compruebe cómo está Maggie. La yegua asoma el hocico por la ventanilla y Carla lo acaricia despacio, dos veces, recorriendo con el dedo la preciosa mancha blanca sobre la piel alazana.

Decían que estropeaba el conjunto. Qué sabrán esos idiotas.

—¿Cuánto queda para llegar, Carmelo? —pregunta, cuando regresa al coche.

—Algo menos de una hora —dice el chófer, tras consultar el GPS—. Pero si quiere la acerco primero a casa y después llevo yo a Maggie al Centro Hípico.

Carla lo piensa durante un instante. Por tentador que resulte meterse cuarenta minutos antes en la cama, quiere ser ella la que guarde a la yegua en su box. Dormirá mejor esta noche, y pasado mañana tienen que competir. Al fin y al cabo, para eso ha desechado venir a Madrid en el avión privado, para poder acompañarla. No tendría sentido dejar a Maggie en manos de Carmelo sólo por unos minutos más de sueño.

—No, sigamos. Luego me dejas en casa.

Intenta concentrarse en la presentación que está preparando para la junta de accionistas del próximo lunes. Está satisfecha con sus resultados, aunque sabe que no será suficiente. Es la responsable de desarrollo de negocio del imperio textil de su padre, y cada año éste le exige un crecimiento sostenido. Aunque ha logrado alcanzarlo por tercer ejercicio consecutivo, su padre se quejará del escaso empuje entre las mujeres de dieciocho a veinticinco años, o de que las tiendas crecen menos de lo esperado. Siempre encuentra algo por lo que no estar satisfecho. Pero claro, no se llega a ser el hombre más rico del mundo siendo un conformista.

Cierra el portátil, frustrada y agotada, y saca el móvil. Son más de las doce de la noche. Es muy tarde para hablar con Mario, pero sabe que Therese, la institutriz, seguirá despierta. Probablemente viendo The Crown en la tele grande del salón, a pesar de que lo tiene prohibido y de que ella dispone de una de cuarenta pulgadas en su propio dormitorio. Pero Carla procura no reñir al servicio por las pequeñas transgresiones. Hay que darles un poco de cuartelillo. Y Therese lleva con la familia desde que Mario nació. Casi es de la familia.

Le queda poca batería, menos de un diez por ciento.

Suficiente para mandar un WhatsApp, ahora lo cargaré, piensa.

Imagen decorativa

Unos segundos después Therese le manda una foto de Mario, tumbado en su cama, boca abajo, roncando a pierna suelta con su pijama de Spiderman, sin una sola preocupación en el mundo. Carla siente una punzada de culpabilidad por no haber estado en casa a tiempo para bañarlo y acostarlo, pero se calma enseguida. Al fin y al cabo ella se crio también con institutrices y viendo poco a su madre, y no ha salido tan mal.

El trabajo por encima de todo, piensa Carla, mientras se arrebuja en el fular y cierra los ojos un instante, sólo un instante, una cabezada...

Le despierta un frenazo seco, que hace que el portátil se le caiga del regazo.

—¿Qué ocurre, Carmelo?

—Han cortado el camino de acceso al Centro Hípico. Según el GPS estamos a sólo doscientos metros, pero hay una señal de obras.

Carla se asoma a través del parabrisas. El lugar es un centro puntero que se inaugura pasado mañana en una urbanización nueva cerca de Las Rozas aún sin alumbrado definitivo. Afuera sólo se ve oscuridad y árboles. Los faros del Porsche iluminan un cartel de DESVÍO POR OBRAS, con sus luces destellantes.

—Ahí hay alguien —dice Carla, señalando al frente.

Una figura se acerca, con un bastón luminoso en la mano.

—Es un guardia de seguridad, parece.

Les señala hacia un camino de tierra que hay a la izquierda, casi oculto entre los árboles.

—Habrá que dar la vuelta y rodear el Centro Hípico —supone Carla.

Deja la tarea de orientarse en manos de Carmelo, y emprende por el suelo la búsqueda del portátil. Lo recoge con una mueca de disgusto, lo que le faltaba ahora, perder la presentación. Eso sería el fin del mundo.

Lo peor que podría pasarme ahora mismo, piensa.

Con el frenazo también ha ido al suelo su móvil. Ahora no puede ver dónde está. Palpa con los dedos en su busca con la mano derecha, mientras que con la izquierda se apoya contra el asiento.

¿Dónde coño te has metido?

El cuello le duele, por lo incómodo de la posición, casi paralelo al respaldo.

—¿Llegamos ya? —le pregunta a Carmelo. Sus dedos rozan la familiar forma del iPhone. Se ha colado debajo del asiento delantero. El aparato vibra, ha llegado un WhatsApp.

Casi lo tengo, piensa, estirando el brazo. Sólo un poco más.

—No me lo puedo creer —dice Carmelo, dando una palmada en el volante—. ¿Otro desvío?

Carla ceja en su intento contorsionista y se incorpora, ya cogerá el teléfono cuando lleguen y pueda encender la luz del techo, ahora no quiere deslumbrar a Carmelo.

—Pero ¿por dónde quieren que vayamos ahora? Si el Centro Hípico está ahí —dice Carla, señalando los altos muros, a menos de cien metros a su derecha.

Una figura ataviada con casco y chaleco reflectante se acerca, lleva otro bastón luminoso en la mano enguantada. Hace un gesto a Carmelo para que baje la ventanilla. El chófer obedece.

—Buenas noches —dice el hombre del bastón luminoso.

—Hágame el favor, ¿podría indicarme por dónde puedo acceder al Centro Hípico? Es que es tarde y la yegua tiene que dormir —dice Carmelo.

Cuando está cansado o tenso el acento de Arteixo se le acentúa, piensa Carla, divertida. Acento se acentúa, encantada con su juego de palabras. Dios, qué tarde es y qué cansada estoy. Se imagina en su cama, arropada por las mantas. Mañana le espera un día muy duro.

—Es muy sencillo, si baja del coche se lo indico enseguida.

Carmelo abre la puerta del coche, y pone un pie en el camino de tierra. El hombre del bastón luminoso lo alza y apunta con él a la oscuridad, al tiempo que se inclina hacia el chófer, como si quisiera indicarle mejor por dónde debe acceder al edificio.

—Mire, es por ahí.

—¿Dónde?

Maggie, en el remolque, se agita inquieta, relincha, piafa nerviosa.

Los caballos saben.

Carla ve brillar algo en la mano derecha del hombre del bastón un instante antes de que Carmelo lo capte también con el rabillo del ojo y se vuelva, extrañado. Tarde. El cuchillo se hunde en el cuello del chófer con un movimiento descendente y un chasquido húmedo, atravesando la prominente capa de grasa, seccionando la yugular. El desconocido sujeta con el brazo izquierdo a Carmelo contra él, usando el bastón como una palanca con la que aprisiona el pecho de Carmelo, que intenta alcanzar eso que hay en su cuello, ese elemento extraño incrustado en su interior. Catorce centímetros de acero afilado que ahora abandonan su carne, seguidos de un surtidor de sangre desoxigenada que, en lugar de acudir al corazón de Carmelo, salpica la puerta abierta del Porsche, se cuela en la guantera y empapa la tierra.

Carmelo cae de rodillas, intentando desesperadamente parar la hemorragia, volver a meter dentro de su cuerpo la vida que se le escapa entre los dedos. Emite un sonido borboteante que poco a poco se va transformando en un chillido vidrioso.

Carla no ha abierto la boca, aunque quiere gritar, pero su garganta está atenazada por el miedo y la sorpresa, la terrible disonancia que encuentra entre el cuerpo agonizante que cae al suelo y el hombre afable, educado y cariñoso

es de la familia

que ella conoce y aprecia, y recuerda al potro de su infancia al tiempo que piensa que Carmelo ya no podrá ver más a sus nietos, a uno ella lo conoce, tiene la misma edad de Mario y una vez jugaron juntos en la finca y

Mario. Oh, Dios. Mi hijo.

Carla se da cuenta entonces de que ella es la siguiente, que el hombre del cuchillo —ya no es el hombre del bastón, ahora sólo es el hombre del cuchillo— ya se da la vuelta y comienza a rodear el Porsche, cruzando por delante de los faros, y que si quiere volver a ver a Mario tiene que hacer algo ya, inmediatamente, pero sus dedos no aciertan con la manija, resbalan, empapados en sudor y atenazados por el miedo, y de pronto lo logra, suena un chasquido metálico y la puerta está abierta, y el hombre del cuchillo está ahí mismo.

Entonces Carla empuja la puerta del coche y se arroja al exterior.

13

Una foto

—No murió aquí. —Es lo primero que dice Antonia, cuando los dos hombres vuelven al salón.

El muchacho ya no está en el sofá. Concluido el análisis de Antonia, la doctora lo había colocado en una bolsa negra con cremallera, que reposa en el suelo.

—Continúa —pide Mentor.

—Ésta es una escena secundaria. El chico no murió aquí, habría sido imposible hacerlo sin dejar rastro. El asesino se limitó a dejar aquí el cadáver y organizar un espectáculo. Para quién, no lo sé.

Jon la mira, extrañado. Algo ha cambiado en ella. Cuando llegó, era como un conejillo asustado, hipnotizado por los faros de un coche. Inspiraba ternura, pese a irradiar la sensación permanente de que no estaba del todo allí. Ahora está tranquila, serena. Está. Incluso su postura ha cambiado, los hombros algo más levantados, la barbilla erguida.

Distinta.

—Nosotros tampoco. ¿Quieres que te resuma lo que sabemos?

Antonia asiente y se apoya en la pared, con las manos en los bolsillos, expectante.

—Hace seis días recibí una llamada de arriba —cuenta Mentor, el dedo índice apuntando al cielo—. Me preguntaban si estabas lista para volver al trabajo. Dije que no lo sabía, pero que podría intentarlo. Entonces me explicaron que quizás no sería necesaria tu participación, pero que había sucedido algo grave.

—El chico había desaparecido —aventura Jon.

—Correcto. Estaba en clase, se excusó para ir al baño y no regresó. Es todo lo que sabemos. El colegio no tiene cámaras de seguridad, y los profesores pensaron que había decidido fumarse la clase de matemáticas. Al parecer pasa con cierta frecuencia, así que el profesor decidió mandarle un email a los padres. El padre contestó casi inmediatamente diciendo que el chico no se encontraba bien, y que no iría a clase al día siguiente.

—Los padres ya lo sabían —afirma Antonia—. El que se lo llevó les había avisado de que había cogido al chico.

Jon se pasa la mano por el pelo.

—Y también les diría que no denunciaran el secuestro a la policía.

—Los padres son gente con contactos. Sabían a quién acudir. En cuanto el asesino colgó el teléfono, empezaron a moverse las piezas en los despachos de más arriba. Yo recibí la llamada tan sólo hora y media después de que el chico desapareciera.

La justicia es igual para todos, piensa Jon, que necesita urgentemente tomarse una cerveza, o diez.

—¿Y después?

—Después nos ordenaron no hacer nada. Prepararnos para intervenir si era necesario. Nada más.

Cinco días perdidos, piensa Jon. Cinco días en los que el asesino tuvo campo libre para moverse a su antojo, y hacer lo que quiso con el pobre Álvaro.

—Ayer a las siete de la mañana el personal de servicio descubrió el cadáver de Álvaro Trueba —interviene la doctora Aguado—. Y entonces nos pidieron que interviniéramos.

—Confiando en que tú te unieras a la fiesta —añade Mentor.

Antonia se incorpora y se acerca a ellos.

—¿Qué pasará con el chico?

—Dirán que fue meningitis. Una fiebre fulminante. Uno de nuestros médicos lo certificará.

Antonia le mira sin pestañear.

—No es así como hemos trabajado nunca, Mentor. Antes hemos torcido las reglas un poco. Nos hemos escurrido por los márgenes. Pero esto... esto no está bien.

—Quizás no estuviera bien antes, Antonia —dice Mentor, encogiéndose de hombros—. Pero luego tú te fuiste. Nos dejaste tirados.

—No te atrevas a echarme eso en cara —dice ella, apuntándole con el dedo.

Mentor saca la fotografía de la carpeta, en la que se ve al muchacho y a su hermana en la playa y se la muestra a Antonia.

—Y tú no te atrevas a decirme que a este niño se le hará mejor justicia si su nombre aparece arrastrado en los programas de la mañana. Si los lobos despedazan cada parcela de su vida cuando sea trending topic en Twitter. Si su hermana crece con el recuerdo constante de lo que le pasó de verdad. A otra niña puede que le dejaran olvidarlo. Esta chiquilla —dice Mentor, golpeando con el índice en la foto— es la hija de la presidenta del banco más grande de Europa. No le dejarán que lo olvide nunca. En cada reportaje en el que salga, en cada foto que le hagan, añadirán «marcada por la tragedia». ¿Querrías eso para tu hijo?

Mentor concluye, y se queda mirando a Antonia con una bien ajustada máscara de integridad.

Jon, por su parte, está tentado de aplaudir.

El cabrón está manipulándola con material de primera clase. Una mentira tan parecida a la verdad que es casi indistinguible. Ahora comprendo a qué se refería con mierdismo. Este tío pisaría el cuello de su abuela moribunda con tal de ganar.

—Espera un momento, ¿tienes un hijo? —pregunta Jon, cuando el significado de la última frase que ha escuchado alcanza su cerebro.

Antonia no contesta, su mirada se ha trabado con la de Mentor.

—Dime que quien ha hecho esto no va a volver a matar —dice éste, con voz suave.

Antonia respira hondo. Tarda en contestar, y cuando lo hace, habla muy despacio.

—Una planificación exhaustiva en el secuestro. Un crimen sin escrúpulos especialmente cruento. Quien ha hecho esto es extremadamente inteligente y sí, volverá a matar. Esto es sólo el principio.

—¿Estamos ante un asesino en serie? —pregunta la doctora Aguado.

—No —responde Antonia—. Es algo distinto. Una clase de animal diferente. Algo que nunca había visto.

Tres horas antes

Carla abre la puerta del Porsche. El hombre lanza su cuerpo contra ella, tarde. La puerta se cierra a su espalda como unas fauces hambrientas, pero Carla ya está fuera, cae sobre las manos. Sus pies no hacen suficiente contacto con el suelo, sus zapatos planos patinan sobre el terreno irregular.

No caigas, no caigas ahora.

Si caes, te cogerá.

Carla trastabilla, los músculos sin fuerzas tras tantas horas en el coche, pero logra incorporarse lo suficiente como para correr. Un paso, dos pasos, es todo lo que necesita, correr, alejarse de allí. Una mano se cierne hacia ella.

Crac, suena.

El cuerpo de Carla se detiene en seco, la respiración se corta en su garganta.

Los dedos del hombre han logrado aferrarse al fular —el sonido de la tela chasqueando es lo que ha escuchado, y no, como temía ella, su cuello rompiéndose—, y tiran hacia él.

Carla gira sobre sí misma, llevada por el impulso. La casualidad quiere que lo haga de izquierda a derecha, como las educadas y obedientes manecillas del reloj, y que su cuerpo quede libre, y el fular en manos del hombre del cuchillo, que lo deja caer y emprende la persecución.

—Ven aquí —gruñe, la voz a su espalda.

Carla rodea el van de Maggie, que relincha a su paso, y hace un quiebro en dirección contraria, interponiendo el remolque entre ella y su perseguidor. Al otro lado sólo hay carretera, ningún sitio adónde ir, y ella no llegará muy lejos con esos zapatos planos, casi unas sandalias. Quitárselas no es una opción, tampoco. El camino está lleno de arena y piedras, huele a polvo y a sequedad. Descalzos, sus pies acabarían destrozados en cuestión de segundos, y su perseguidor —con sus suelas resistentes, sus piernas largas y fuertes de hombre— la alcanzaría enseguida.

Hay luces en el Centro Hípico.

Ve hacia allí, idiota,

oye en su cabeza, y la voz que le habla es la de su madre, aunque no es posible, porque su madre murió hace once meses.

Carla corre, su cuerpo rebasa el coche y entonces ve el bastón luminoso, delante de él en el camino de tierra que asciende al Centro Hípico, y no comprende cómo ha podido moverse tan rápido. Quiebra de nuevo y salta el arcén, se mete entre los árboles, nota las ramas de un arbusto partiéndose, lacerándole las pantorrillas y lamenta, no por última vez, haber elegido un vestido en lugar de unos vaqueros.

Tarde. La tela se le enreda en una rama, y Carla cae hacia delante, manoteando. Lo que detiene la caída es el tronco de un árbol, sobre el que aterriza de cara. Se oye un chasquido. No puede contenerse, suelta un quejido.

Está sangrando por la nariz. Mucho.

Me la he roto. Dios cómo duele.

Aprieta los dientes.

Sigue.

A su espalda se oyen los pasos del hombre, pesados, implacables, internándose en el bosquecillo. Pero ahora Carla tiene ventaja: unos pocos metros y la oscuridad, la bendita oscuridad. Se parapeta detrás de un árbol —es una encina, nota la corteza rugosa y gruesa en la espalda, sus manos están pringosas por la resina, el olor se mete en su nariz, leñoso y fragante—, intentando pensar qué hacer.

Llamaré a la policía.

El teléfono está en el coche,

bajo el asiento.

Cogeré una rama y le atacaré, le pillaré por sorpresa.

Es mucho más grande que tú.

Entonces correré hacia el remolque y me subiré en Maggie, picaré espuelas y galoparé como el viento.

Te cortará el paso antes.

Y necesitarás unos segundos

para abrir el pestillo y ayudar

a Maggie a bajar. Incluso aunque

montes a pelo, de una vez

y sin resbalarte, aunque logres

mantener el equilibrio, puede

subir al Porsche y perseguirte

mucho antes de que logres

encontrar la carretera principal

en la oscuridad.

La voz, que sigue pareciéndose a la de su madre, no le ha dejado más opciones.

Tienes que ir al Centro Hípico

y pedir ayuda.

—Ven aquí —repite el hombre—. Ven aquí. —Cada vez está más cerca.

El haz de una linterna escudriña entre los árboles como un tentáculo ansioso, en su búsqueda.

Carla se agacha, palpa, a ciegas. Mantillo. Ramas secas que le desgarran las uñas. Algo pastoso que prefiere no identificar. Una piña, no, esto no sirve. Por fin su mano se cierra alrededor de una piedra, pequeña, rugosa.

Los pasos del hombre del cuchillo están casi encima de ella. Puede escuchar su respiración, rota y ronca.

Carla arroja la piedra en dirección contraria, lo más lejos que puede. No es mucho. El sonido suena lastimosamente próximo.

Ésa es toda la ventaja que tienes, aprovéchala.

El hombre del cuchillo se ha girado, el haz de luz explora, hambriento, más cerca del remolque. Carla decide quitarse los zapatos, sabe que dolerá, que dolerá mucho, pero también que hará menos ruido y ahora mismo evitar el ruido es su única forma de escapar. Echa a andar, encorvada, en dirección al Centro Hípico. Cada paso es una tortura para el alma, cada pisada parece resonar por todo el bosque, gritando ¡estoy aquí, cógeme!

A la tortura mental se une el dolor físico cuando las agujas de pino que alfombran el suelo comienzan a clavarse en la planta de los pies, en el espacio, suave y vulnerable, entre los dedos. El dolor acumulado y reiterado es, paradójicamente, más soportable que el individual que produce un solo pinchazo, y Carla deja que la adrenalina tome el control. La lucidez absurda que nos invade, a veces, en los momentos de mayor pánico, le hace remedar una frase que aprendió en la universidad.

Un pinchazo es una tragedia, mil pinchazos son estadística.

Veinte metros más adelante se acaban los árboles y allí están los muros del Centro Hípico, a tiro de piedra, al final de una cuesta llena de arbustos secos y restos de materiales de obra.

No hay camino. No hay puertas.

Tendrás que rodear el muro.

Pero estaré expuesta. Podrá verme.

Cerca de la esquina visible hay unas cuantas vigas de acero y sacos de arena. Si corre hasta allí, podría usarlos como escondrijo antes de doblar la esquina.

Serán ochenta metros. Quizás menos. En la universidad

hubieras logrado hacerlo en doce segundos. Un esprint

glorioso, con los brazos doblados en ángulo recto, los dedos

extendidos y cara de velocidad.

Carla palpa sus pies descalzos y maltrechos, llenos de heridas. Arranca como puede algunas de las agujas, aunque otras se han metido entre la piel y el músculo y se han partido, harán falta unas pinzas, un baño de agua caliente con desinfectante y un millón de tiritas.

Cuando llegue a casa. Cuando llegue a casa. Voy a llegar a casa esta noche. Voy a besar a mi hijo esta noche.

Se incorpora un poco y mira hacia atrás, pero no ve ni oye rastro del hombre del cuchillo. Quizás lo haya perdido. Quizás se haya cansado y marchado a su casa. Quizás los percebes aprendan a cantar esta primavera.

Sale al camino, despacio, intentando pisar con cuidado, y comprende ahora, en carne propia, que la traicionera cama de agujas de pino era un paraíso en comparación con el terreno pedregoso, que le dobla los tobillos y envía espasmos de dolor a su cerebro cuando las piedras, rugosas y afiladas, entran en contacto con su piel. Cada paso es un sufrimiento en tres tiempos. Primero, la anticipación del dolor que va a sentir, con el pie aún en el aire. Segundo, el dolor que causan las heridas que ya tiene al entrar en tímido contacto con el suelo. Tercero. El dolor auténtico, real, cuando todo el peso del cuerpo cae sobre el pie, y tiene que apretar los dientes fuerte para no romper a gritar.

Cincuenta pasos.

Veinte.

Voy a conseguirlo.

Entonces los faros del Porsche, que apuntan al muro en ángulo recto a la posición donde ella se encuentra, se mueven. Carla se apresura, saca fuerzas del único lugar que le queda: el deseo inquebrantable, casi físico, de estar de nuevo en casa con su hijo.

El coche se desplaza e ilumina a Carla justo cuando logra alcanzar los sacos de arena. Se acuclilla detrás, se encoge.

No me ha visto. No ha podido verme.

El coche se acerca, se detiene.

Carla escucha cómo se abre la puerta.

—Ven aquí —dice el hombre del cuchillo. No debe de estar ni a seis metros—. Ven aquí, o bajaré y degollaré a tu caballo.

Es una yegua. Es una yegua, y se llama Maggie.

Carla intenta hacerse diminuta, aprieta la cabeza contra los sacos de arena, como si quisiera fundirse con ellos y desaparecer. Pero eso no va a ocurrir.

—Ven aquí —repite el hombre del cuchillo—. Ven aquí, ahora. O degollaré a tu caballo.

Y Carla aprieta los puños, y grita de miedo y de frustración.

No lo hagas. Sólo es una yegua,

dice la voz de su madre.

No puedo permitir que le hagan daño. Es de la familia.

Y entonces se pone en pie, y el hombre del cuchillo está ya a su lado, echándose sobre ella, con su respiración ronca y sus brazos fuertes, y Carla nota el metal en el cuello, y el mundo desaparece.

14

Una furgoneta

—Está bien —interviene Jon—. Empecemos por lo que sí sabemos.

Jon y Antonia están sentados en el MobLab, comparando sus notas, mientras la doctora Aguado —despojada ya de su mono, vestida con vaqueros y jersey— teclea en su MacBook, con los cascos puestos. La música está muy alta, alguna clase de rock extranjero que Jon no consigue identificar.

El interior de la furgoneta tiene espacio para que cuatro personas trabajen con comodidad. A través de la puerta abierta, Jon puede ver a Mentor, organizando a un equipo de tres hombres vestidos con monos azul oscuro que han venido en otra furgoneta negra sin ventanas. Sacan cajas de metal y bolsas de plástico que apilan sobre el terrazo blanco que cubre el acceso al garaje de la mansión. Aunque Jon no escucha lo que Mentor les dice, tiene claro cuál será el cometido de los recién llegados: borrar toda huella de lo sucedido en la casa.

—El chico desapareció en el colegio, antes de que acabaran las clases. Los padres pidieron ayuda casi inmediatamente, de forma discreta.

—El asesino habló con ellos —afirma Antonia—. Después, nada hasta ayer por la mañana, en el que el cadáver del muchacho aparece, como por arte de magia, en el salón de casa de sus padres. ¿Por dónde empezarías tú si esto fuera un caso de los tuyos?

Jon sonríe con amargura. Los casos en los que él trabaja son apuñalamientos por cuestiones de drogas, putas que se esfuman (con suerte, a otros pastos; sin suerte, debajo de ellos), coches que desaparecen de aquí y aparecen, quemados, allá. Vidas de mierda que culminan en actos de mierda.

—Éste no es un caso de los míos.

—Inténtalo, al menos.

El inspector Gutiérrez enuncia una lista rápida. Informes financieros de los padres; registros bancarios y de tarjetas de crédito, los familiares, amigos y gente del entorno; teléfono, ordenador del muchacho; entrevistas con testigos potenciales. Eso sería lo primero que pediría.

—Nada de todo eso sirve —admite Antonia—. Los padres no son gente normal. Sus informes financieros nos tendrían atrapados durante meses. No hay testigos, más allá del profesor que dice que el chico se levantó para ir al baño.

—Quizás haya alguien que viera algo y no lo haya contado. O no lo sepa. Podríamos ir al colegio.

Antonia señala fuera, adonde Mentor da órdenes y gesticula.

—No te dejaría. No es así como hacemos las cosas. Además, a los seis minutos de que estuviésemos en el colegio uno de los chavales subiría nuestra foto a Instagram. Al cuarto de hora aparecerían los periodistas.

Jon se pega una palmada en el muslo, exasperado.

—El secretismo no va a ayudar a encontrar al asesino de ese chico. Las cosas no se hacen de esta forma.

—La policía no hace las cosas de esta forma. Nosotros no somos la policía. La policía es lenta, segura, predecible. Es un elefante que agacha la cabeza, se fija una meta y arrasa todo a su paso. Nosotros somos otra cosa.

Yo sí soy la policía, piensa Jon. Lento, confiable. Pero no un elefante, no estoy gordo.

Luego sigue la dirección de la vista de Antonia, que vuelve a indicarle la puerta del MobLab, y a Mentor, que aguarda fuera, ahora ocupado en hablar por teléfono.

Jon, frustrado, se niega a darle la razón. Se siente como si le hubieran arrojado al Nervión con la ropa puesta y dos pesas atadas a los pies.

—No sé si quiero jugar a vuestro juego.

—Yo no te lo he pedido —dice Antonia—. Por mí, puedes irte cuando quieras.

—Ojalá eso fuese verdad.

—Si estás aquí es porque cometiste un error.

Quizás un ratón, atrapado por una trampa que acaba de cerrarse con un sonoro chasquido, con la espalda partida y el queso fuera de su alcance podría explicar mejor que Jon la broma macabra que el destino parecía querer jugarle.

—Está bien. Nosotros no somos un elefante. ¿Qué somos?

—Nosotros cogemos lo que hay, y nos apañamos.

—¿Y qué hay que podamos usar?

Antonia vuelve a repasar mentalmente todos los elementos del caso, uno por uno. El cadáver, manipulado pero sin pistas. Una escena preparada. Elementos de la casa empleados como parte del perturbado propósito del asesino.

Puede verlo colocando el cuerpo, una sombra negra que se mueve, con total precisión. Que entra y que sale de una urbanización impenetrable.

—Cuando un ser humano mata a otro siempre es un caos enorme —dice Antonia—. Hay sangre por todas partes. Sillas volcadas, muebles rotos.

Y dientes, y cristales y botellas desparramadas, piensa Jon, que ha visto lo que pasa cuando el hombre es lobo para el hombre.

—Pero eso es algo que tenemos en contra. Dijiste que el asesino mató al chico en otro sitio, y por eso no hay pistas.

—No hay huellas, ni pelos, ni fibras. Tampoco se dejó el DNI encima de la mesa de la cocina.

—Hubiera sido un detalle por su parte.

—Pero te equivocas, sí es algo que podemos usar. Sabemos que dejó un mensaje, o hay razones suficientes para pensarlo. El aceite en el pelo del chico.

—El salmo veintitrés. ¿Un motivo religioso?

—No lo sé. Pero sabemos que se esforzó mucho por dejar ese mensaje y que lo hizo sin cometer errores. Y eso nos habla más acerca de él que lo contrario. Mira esto.

Antonia busca en su iPad y le muestra una foto. No es bonita.

—¿Un caso antiguo? —pregunta Jon, intentando no apartar la mirada.

—De los primeros.

En la imagen se ve a una mujer muerta en un dormitorio. La ropa de cama está deshecha y llena de manchas oscuras. La cara de la víctima está cubierta por una funda de almohada.

—Un asesino en serie. Sevilla, hace años. Tres víctimas antes de que lo cogiéramos. Ésta es la tercera, aunque fueron todas similares. El asesino era el dueño de un bar de carretera en Écija.

—El asesino de las Tijeras. Lo recuerdo. ¿Fuiste tú la que le cogió? —dice Jon, con repentino respeto.

Antonia le dedica una sonrisa indescifrable que parece pintada por Da Vinci.

—Historial de abusos sexuales y malos tratos desde el instituto. Asuntos feos, pero se iba librando.

—Hasta que un día el angelito decidió subir el listón.

—Era un tipo astuto. Intentó cubrir sus huellas lo mejor que pudo, por eso logró pasar del primer crimen. Si no hay más asesinos en serie en España es casi siempre porque cometen errores y les cogen antes de que lleguen a la víctima número dos. Éste era listo. Aun así, observa la escena.

—Es un desastre.

—Caos. Un estallido de violencia mientras él obtiene lo que quiere, el objeto de su placer y de su deseo. Los cortes en el cuerpo de ella no son limpios, vacila antes de clavar las tijeras. Y cuando acaba... la culpa, el remordimiento.

—Por eso le tapa la cara —dice Jon, señalando la foto.

Antonia toca en el brazo a la doctora Aguado, que se quita los cascos y la mira con cara de interrogación.

—Puede poner en las pantallas las fotos de la escena, ¿por favor?

La forense asiente y echa mano del ratón. Un instante después los siete monitores de treinta pulgadas que cubren una de las paredes del MobLab comienzan a mostrar en bucle las fotos que ha tomado Aguado. Muestran el salón, las habitaciones, y, por supuesto, el sofá y la víctima.

—¿Qué es lo que no ves? —pregunta Antonia.

—No hay culpa, ni remordimiento.

Antonia no continúa. Tiene la mirada clavada en el carrusel de fotografías, sus pupilas van de una a otra. Jon espera, paciente, pero intuye que algo no va bien. A los ojos de Antonia ha asomado de nuevo el mismo brillo tembloroso que tenía antes cuando estudiaba el cadáver, acuclillada en el salón.

—¿Estás bien?

Una eternidad después, Antonia parece registrar la pregunta. Pero elige contestar otra, una que se está haciendo a sí misma.

—Todo es artificial —dice—. Esto no es por...

Se para en mitad de la frase, muy despacio.

Como si le hubiesen quitado las pilas, piensa Jon.

La doctora Aguado se interpone entre Antonia y él, le ofrece algo. Antonia le aparta la mano.

—No. Debo pensar.

—Será más fácil así.

—He dicho que no. Márchese.

—Señora Scott...

—He dicho que se marche —dice Antonia, la voz dura y chillona. Un diamante rayando vidrio.

Aguado se incorpora, incómoda, se alisa los vaqueros, se tira de las mangas del jersey.

—Voy a salir a ver si Mentor necesita ayuda —dice, como si se le acabara de ocurrir.

Jon espera ha

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