El camino oscuro

Ma Jian

Fragmento

cap-1

 

PALABRAS CLAVE: esterilizada, refugio subterráneo, leche materna, brigada de planificación familiar, palmera, relicario de longevidad, cueva de Nuwa.

El espíritu bebé ve a la madre sentada al borde de la cama, agarrándose el vientre hinchado, con las piernas temblando de miedo…

 

Meili deja descansar las manos en el vientre preñado y nota el latido del feto como un reloj bajo una almohada. El fuerte golpeteo en la entrada de la finca se intensifica, la tenue bombilla que cuelga del techo se balancea. Los funcionarios de planificación familiar han venido a por mí, se dice. Saca los pies de la palangana con agua caliente donde los tenía en remojo, se esconde bajo el edredón y espera a que echen la puerta abajo.

Esta tarde, mientras la cálida luz del sol derretía los últimos restos de nieve de los fardos de maíz del patio, su vecina Fang ponía a secar semillas de sésamo con el bebé de tres semanas pegado a la teta cuando de repente tres funcionarios de planificación familiar han entrado por la fuerza y se la han llevado a rastras para esterilizarla. Fang pateaba y aullaba como una puerca camino del matadero. El cuenco de arroz pegajoso para los dumplings que tenía en el suelo se ha volcado y dos patos se han apresurado a picotear los granos. Al final consiguieron maniatarla y meterla en la parte de atrás del furgón. Para entonces se le había rasgado la camiseta blanca y tenía los hombros manchados con la sangre derramada de la nariz del funcionario de cabeza rapada al que había pateado la cara. El hombre estaba agachado a sus pies, atándole las piernas con cuerdas y sujetándola a las barras metálicas. Inmovilizada de cintura para abajo, Fang se ha inclinado hacia un lado y ha gritado: «¡Maldigo a ocho generaciones de vuestros ancestros! ¿Habéis olvidado que a todos vosotros os crió vuestra madre? ¿Y ahora os atrevéis a arrancar a un bebé del pecho de la suya? ¡Que en vuestras familias no nazcan niños durante nueve generaciones!». Meili ha trepado por la pared y ha cogido al bebé en brazos, y le ha suplicado a un funcionario uniformado que soltara a Fang.

—Si la esterilizan, se le cortará la leche. Esperad al menos a que el bebé tenga tres meses.

—No te metas —le ha replicado él, frotándose las manos frías y rojas—. ¿No has leído el comunicado público? Si una mujer se queda preñada sin autorización, se castigará a todos los hogares a cien metros a la redonda. Deberías haberla denunciado antes de que naciera el niño. Al ser la vecina de al lado tendrás que pagar una multa de como mínimo mil yuanes.

Meili no ha reconocido a los funcionarios, así que supone que los habrán reclutado en los condados vecinos. Si no le hubiera dado miedo que se fijaran en el bulto de su barriga, habría corrido hacia Fang con una manta para echársela sobre los hombros. En cambio, se ha quedado clavada en el suelo contemplando cómo se alejaba el furgón con Fang botando dentro y la leche goteándole de los pezones, enrojecidos y desnudos.

Los golpes de la puerta cesan y vuelven a comenzar. «Soy yo: ¡Kongzi!» —oye gritar a su marido—. «¡Abre!» Por fin Meili recuerda que hace un par de horas calzó una pala contra la puerta para que no se abriera desde fuera y sale corriendo al patio para dejarle pasar.

Kongzi entra a trompicones en la casa, despeinado y con la mirada perdida, y camina sin descanso por la habitación. Acaba de volver de una reunión del Partido.

—La brigada de planificación familiar que llegó ayer venía de Hexi. La oficina del Partido del pueblo no es lo bastante grande para sus propósitos, de modo que han requisado un aula de la escuela donde hacen los abortos y las esterilizaciones. Es una campaña sin piedad.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Meili con el miedo en la mirada.

—No lo sé. Los funcionarios han sido claros: a cualquier embarazada sin permiso le espera el aborto inmediato y una multa de diez mil yuanes.

—¿Diez mil yuanes? No los conseguiríamos ni vendiendo la casa. Menos mal que el mes pasado compramos el permiso de nacimiento falso.

—No los engañará —dice Kongzi, quitándose las gafas y frotándose la cara—. Esta vez examinan los permisos con atención, buscan falsificaciones.

—¿A cuántas han detenido hoy? —pregunta Meili, con náuseas.

—Bueno, delante de la sede del Partido había diez mujeres maniatadas. Entre ellas la mujer del conserje de la escuela, que ha intentado rescatarla. Pero los funcionarios de planificación le han golpeado la cabeza con un martillo, se lo han llevado a la escuela y lo han encerrado en la cocina. La vieja costurera que vive en el sendero de la Acacia ha intentado esconder a su hija embarazada y la han matado a palos.

—¿La han matado?

Meili ahoga un grito. Se acaricia el vientre hinchado y observa cómo Kongzi deambula por la habitación, con los rabillos de los ojos alzados como alas extendidas. Kongzi gesticula y gruñe. Meili nunca le ha visto tan alterado. De repente, Kongzi se desploma a su lado y vuelca la palangana de agua que tenía a sus pies. Un charco oscuro se extiende por el suelo de cemento. Pequeñas plumas se reúnen sobre la superficie, como frágiles botes en un lago.

—¿Por qué no has vaciado la palangana? —dice Kongzi, levantándose de un salto—. ¿Ves? Se me han mojado los zapatos.

—Te guardaba el agua. Ven. Vuelve a sentarte.

Meili coge el termo, vierte un poco de agua caliente en la palangana, luego se arrodilla, le quita los zapatos a Kongzi y le lava los pies sucios. Después de secárselos con una toalla, friega el suelo.

—Se han suspendido las clases. De todos modos, dudo de que se hubieran presentado muchos alumnos. A algunos ya los han mandado con parientes de otras provincias hasta que termine la campaña.

—¿Seguirás cobrando?

—¡Ja! Hace tres meses que no cobro lo que me corresponde. El departamento de educación pagaba unos miserables cien yuanes a la semana, pero ahora ni siquiera eso. La semana pasada solo recibí una lata pequeña de diésel y un fajo de papel de escribir. Y las autoridades comarcales tienen el cuajo de decir que esta campaña contra los infractores de la planificación familiar se ha organizado ¡a fin de recaudar dinero para las escuelas rurales! Bien, ten por seguro que nuestra escuela no recibirá ni un yuan.

Meili mira a la derecha y ve a su hija, Nannan, acuclillada en un rincón cerca de un montón de zapatos, con la vista clavada en el suelo mojado.

—¿Qué haces aquí, Nannan? Vuelve a la cama.

Nannan levanta los ojos adormilados hacia Kongzi.

—Quiero pis, papá.

—Pues ve sola. Ya tienes dos años. No debería darte miedo la oscuridad.

Nannan se dirige de malhumor a la puerta, pero no puede girar el picaporte. Meili lo abre por ella y empuja la puerta. Una ráfaga fría se cuela dentro y le tensa la piel del vientre.

Kongzi tirita y se enciende un cigarrillo. En la pared, detrás de él, hay un enorme mural de mosaico de las montañas verdes y los ríos azules que su amigo Cao el Viejo, un artista local de renombre, le hizo cuando Kongzi construyó la casa, hace tres años. El año pasado, Cao el Viejo se mudó a una ciudad a cincuenta kilómetros de allí para vivir con su hijo y su nuera, un cuadro de bajo nivel, en un bloque de apartamentos de lujo para los empleados del gobierno. A la izquierda de Kongzi, junto a la entrada de la cocina, cuelgan un pergamino del texto confuciano infantil El clásico de los tres caracteres y una fotografía enmarcada de Kongzi y Meili en la plaza de Tiananmen durante su luna de miel en Pekín. A su derecha se encuentra el umbral que conduce al cuarto de Nannan, donde, bajo los sacos de abono y pienso para cerdos de debajo de la cama, se esconde el refugio subterráneo que Kongzi construyó para cuando Meili ya no pudiera disimular el embarazo.

—Huan el Viejo, el jefe de planificación familiar del distrito, estaba en la reunión —continúa Kongzi tras dar una honda calada al cigarrillo—. Ha dicho que la campaña es en todo el condado. Han movilizado a todos los oficiales. Los brigadistas reciben presiones para cumplir los objetivos. Mañana quieren colocarles un DIU a todas las mujeres del pueblo que ya tengan un hijo.

—¡No dejaré que me metan una de esas espirales metálicas! Yan dice que duelen muchísimo, no puede agacharse en el campo.

—Sí, y si te ponen uno, podrías perder al niño. Así que mañana quédate en casa. Si aparecen los de planificación familiar, convéncelos de que no estás preñada, enséñales el permiso de nacimiento y diles que no necesitas un DIU porque te han autorizado a tener un segundo hijo. Mi padre todavía está bien visto en el Partido, así que con un poco de suerte te dejarán en paz.

—Pero se me nota la barriga. Y ayer paseando por el pueblo me vinieron náuseas matinales y vomité en la calle. La mujer de Kong Dufa pasó por mi lado y me miró raro.

Meili ilumina con la linterna a Nannan, que sigue fuera, agachada junto al muro bajo que corre entre su casa y la de los padres de Kongzi.

—¡Tonta! ¿Y si te ha delatado a la policía? Ahora pagan cien yuanes por chivatazo. —Al ver que Nannan regresa y se le acerca sigilosamente, le dice—: A la cama, que te vas a resfriar.

—Ha sido un pis grande, papá —dice la niña, pisando un lío de cables—. Teno sed.

Kongzi aparta la mirada y levanta las manos.

—¡Abortos, esterilizaciones, DIU! ¿En qué se ha convertido este país? Confucio decía que el peor incumplimiento de los deberes filiales es el de no dejar heredero. Ahora, dos mil años después, yo, su descendiente masculino de la generación setenta y seis, tengo prohibido cumplir mi deber sagrado de traer al mundo al descendiente masculino de la generación setenta y siete.

—No quiero que mañana me arrastren hasta la escuela. Me esconderé en el refugio.

—La conejera de Ma se ha pasado dos meses en un refugio secreto, pero ayer los de planificación familiar la encontraron. La sacaron, se la llevaron para esterilizarla y le confiscaron los trescientos conejos.

Meili nota un sabor vomitivo, podrido, que le llena la boca y la nariz, y se pregunta si procede de la oscuridad exterior o de las profundidades de su cuerpo.

—Mira, papá, ¡mi barriga también crece! —dice Nannan, levantándose el jersey y sacando barriga.

—¡A la cama! ¡Ya! —grita el padre.

Nannan rompe a llorar y corre a brazos de la madre.

—Odio papá —grita—. ¡Quiero otro papá!

La madre acuesta a Nannan, la arropa con el edredón y le suelta las finas trenzas.

El espíritu bebé ha reproducido el recorrido del padre y la madre viajando marcha atrás, flotando contracorriente por los paisajes acuosos por los que ellos descendieron durante nueve años. Ahora, por fin ha alcanzado su lugar de origen. Este es el hogar por derecho del segundo hijo de la madre, en quien debía habitar el espíritu bebé hasta nacer con éxito.

Solo las escenas que tuvieron lugar en la oscuridad le son claramente visibles al espíritu bebé. Ve sombras temblorosas, como agitadas por el viento, y oye ecos del pasado colarse por la casa ahora sin ventanas ni tejado y detenerse junto a un trozo de mosaico todavía pegado a una pared en ruinas. El patio está negro como el tizón, y vacío, salvo por una palmera inclinada sobre el suelo y unas ramas sin hojas que nacen del tronco… El padre contó que cuando descubrieron que la madre estaba embarazada por segunda vez plantó una palmera en el patio para garantizar que el bebé fuera niño y debajo enterró un relicario de longevidad para que naciera sano y salvo. La madre dijo que antes de plantar la palmera la llevó a la cueva de Nuwa y la frotó contra la grieta sagrada para que, en años venideros, todos sus hijos nacieran bajo el árbol y recibieran las bendiciones de la diosa. El padre también mencionó que en el refugio secreto de debajo de la cama de Nannan hay un arcón de laca roja con una edición antigua de las Analectas de Confucio y un volumen encuadernado del libro de familia de los Kong. El arcón rojo sigue allí, enterrado ahora bajo la cama aplastada y los gruesos escombros de la pared derruida por el bulldozer. Los penetrantes ojos negros de los ratones brillan entre los hierbajos y las tejas rotas.

En el callejón de detrás, un sauce se yergue sobre un montículo de mazorcas chamuscadas como una grácil hada en plena danza. Más allá, tras una pared roja, hay dos osmantos pequeños y la carretera pública que sale del pueblo.

cap-2

 

PALABRAS CLAVE: DIU, putos comunistas, llamas, trompas de Falopio, Kong el Segundo Hijo, enemigo de clase.

Vecinos consternados se apiñan sentados en la cama de Meili y Kongzi, en el sofá de enfrente y por el suelo. Casi todos ellos, como Kongzi, son miembros del clan Kong, descendientes directos del más famoso de los Kong: Confucio. Meili ocupa el extremo de la cama, con las manos cuidadosamente cruzadas sobre la barriga. Sospecha que los padres de Kongzi han adivinado que está embarazada. El padre de Kongzi está sentado junto al cabecero, lanzándole miradas furtivas mientras chupa el cigarro. Fue el jefe del pueblo durante veinte años y, aunque se ha retirado hace poco, todavía impone respeto, lo que explica por qué esta noche se han reunido aquí tantos vecinos para desahogarse.

Kong Qing, ex soldado de artillería, se ha desplomado en el rincón, llorando y maldiciendo, con una venda ensangrentada alrededor de la cabeza. «Putos comunistas —llora—, quitarme a mi hijo… Mi rama de la familia se ha extinguido…» Cuando la brigada de planificación familiar golpeó su puerta ayer, Kong Qing y su mujer, en avanzado estado de gestación de su tercer hijo, escaparon por un túnel secreto y huyeron a los juncos altos del embalse. Por la noche, el padre de él les llevó comida sin saber que la policía le seguía. Graznó como un pato —la señal secreta habitual— y en cuanto Kong Qing y su mujer salieron de entre los juncos la policía se les echó encima. Arrastraron a la mujer a la escuela, donde los funcionarios de planificación familiar la ataron a una mesa de madera y le clavaron dos inyecciones en el abdomen. Ahora el feto abortado yace a los pies de Kong Qing en un cuenco de plástico. Tiene la nariz chata y los ojos pequeños de su padre. Restos de líquido amniótico cuajado siguen pegados a su pelo negro.

—Ex jefe del pueblo, tienes que dar la cara por nosotros —dice Kong Zhaobo, un miembro destacado del clan que estudió secundaria en Hexi y ahora posee la única motocicleta del pueblo—. La piedad filial exige que tengamos hijos y nietos. La línea masculina debe continuar. No podemos permitir que el Partido la rompa.

—Y de todos modos las autoridades dijeron que los campesinos podemos tener un segundo hijo si el primero es niña —dice un hombre apodado Pie Deforme, que está sentado junto al televisor aferrado al bastón de caminar—. ¿Por qué ponen el DIU a mujeres que solo han tenido un hijo? Si esto sigue así, nos convertiremos en un pueblo donde los niños no tendrán hermanos ni hermanas, tíos ni tías. ¿Qué futuro nos espera?

Pie Deforme siempre anda buscando maneras de ganar dinero. El año pasado se compró un ordenador, navegó por la red e informó a todo el mundo de que podía amasarse una fortuna criando una raza de patos silvestres que ponen huevos de yema dorada. Su casa ocupa el lugar de un templo ancestral dedicado a Confucio que construyó el abuelo de Kongzi y derribó la Revolución Cultural.

Habla una mujer débil y larguirucha cuya tercera hija, Xiang, fue alumna de Kongzi.

—La brigada de planificación familiar ha venido hoy a casa y nos ha exigido el pago de diez mil yuanes por el nacimiento ilegal de Xiang. ¡Si ya tiene doce años, por amor de Dios! Les he dicho que no teníamos dinero, pero han registrado la casa y han encontrado los dos mil yuanes que nos mandó mi hija mayor después de matarse a trabajar durante un año en una fábrica de Shenzhen. Se han llevado el dinero, los sacos de arroz, los cacharros, hasta el reloj de la cocina, y quieren que paguemos el resto antes de finales de la próxima semana.

—¿Y sabes adónde irá a parar todo ese dinero? —pregunta Pie Deforme, frotando el pomo del bastón—. Directo a los bolsillos de los burócratas corruptos de Hexi. ¿Habéis visto la nueva sede del distrito que se ha construido el Partido? Es inmensa. Tan grande como las puertas de Tiananmen. Y en cuanto nos hayan chupado el dinero, vendrán a matar a nuestros bebés. Bueno, pues esta vez no podemos permitir que se salgan con la suya. ¡Tenemos que pelear!

—No, sería una locura —dice el padre de Kongzi, apagando el cigarrillo y echándose hacia atrás el pelo, ya blanco—. La carretera que sale del pueblo está bloqueada y una lancha de la policía patrulla el embalse. Estamos atrapados. Si peleamos, nos aplastarán.

—La brigada tiene los nombres del centenar de mujeres del pueblo en edad fértil —dice Kong Wen, presidenta del equipo de planificación familiar del pueblo—. Tuvimos que mandarles la lista la semana pasada. A cuarenta mujeres se les insertará un DIU y las sesenta que tienen dos o más hijos serán esterilizadas.

Kong Wen trabajó tres años en una fábrica de ropa en Cantón, cosiendo cremalleras en pantalones. Casi todas las mujeres del pueblo visten vaqueros Lee de los que se trajo al regresar. Cuando la informaron de que la campaña era inminente, le entregó a su hermana embarazada una carta de presentación con sello oficial y le aconsejó que huyera a Pekín. De resultas le han encargado la insignificante tarea de llevar el archivo de la campaña y probablemente la despedirán en cuanto concluya.

Yuanyuan entra en la casa apestando a col podrida. Está de ocho meses. Su casa no tiene refugio, de modo que ha estado escondida en la choza de las verduras de su vecino. Mientras se encajona junto a Meili anuncia:

—Acabo de ver a una mujer subiéndose a un árbol. ¡Está mal de la cabeza! Se niega a bajar. Dice que su bebé está entre las ramas. —Yuanyuan fue a Cantón con Kong Wen y encontró trabajo en una fábrica de Apple, adonde piensa volver después de dar a luz. La mira y le dice—: Cuando volviste te dedicaste a darle coba a los cuadros del Partido confiando en que te nombraran jefa del pueblo. ¿Qué? ¿Ya estás contenta, ayudándoles a matar a nuestros bebés? Somos mujeres de Nuwa, descendientes de la diosa Nuwa, que creó al pueblo chino con la tierra amarilla de la llanura. ¡Y ahora el gobierno quiere que no tengamos hijos! ¿Es que intenta eliminar a la raza china?

Yuanyuan es la única mujer del pueblo que tiene un par de botas de cuero altas hasta la rodilla. Meili sueña con el día en que pueda comprarse unas.

Los vecinos del patio que no caben en la casa asoman la cabeza por las ventanas abiertas.

—¡Hasta los perros tiene derecho a ladrar antes de que los maten! —grita uno de ellos.

—Kongzi, ¿por qué no nos lideras y hablas por nosotros?

—¡Sí, Kongzi! —conviene Kong Zhaobo, acariciándose el cuello, alto y negro, del jersey—. Eres elocuente y culto, y siempre has tenido una vena rebelde.

La naturaleza desafiante de Kongzi se manifestó cuando tenía nueve años. Cuando toda la escuela repetía «Lin Piao y Confucio son unos bribones», Kongzi se atrevió a cambiar la letra de la cantinela por «Confucio era un caballero y un sabio» y lo llevaron a la comisaría del distrito. Gracias a los contactos de su padre, lo soltaron al día siguiente, con la condición de que cantara cien veces la canción correcta. En realidad Kongzi se llama Kong Lingming, pero después de esa valiente expresión de apoyo a su antepasado, comenzaron a llamarlo Kongzi, el nombre con el que suele aludirse a Confucio. A veces le llaman Kong Lao—er, que significa Kong el Segundo Hijo, el apodo despectivo que se dio al sabio durante la Revolución Cultural, o simplemente Lao—er, por abreviar, que también significa «polla». Al ir creciendo fue profundizando en su interés por su antepasado y se convirtió en el experto del pueblo en la vida y la obra del sabio.

—Has estudiado El arte de la guerra de Sunzi —dice Kong Dufa, un miembro del Partido con cara de pocos amigos casado con la contable del pueblo—. Elige una de las treinta y seis estrategias y trázanos un plan.

Kongzi levanta las manos abiertas.

—No, no, puede que sea maestro, pero no tengo formación académica. No soy más que un campesino, un campesino que ha leído algunos libros. No se me ocurren ideas…

Desesperada por evitar que su marido se involucre en la protesta política, Meili le lanza una mirada cargada de intención. Él no se da cuenta. Así que, para atraer su atención, Meili se inclina hacia Nannan, que está ovillada en el regazo de la madre de Kongzi, y la pellizca con fuerza.

—¡Ay! —grita Nannan—. Me ha mordido un ratón, abuela.

—Chsss…, pequeña —dice la madre de Kongzi, frotándole el brazo a su nieta—. Toma, un caramelo de malta.

—No, mí quiero chocolate.

Nannan detesta que los caramelos de malta se le peguen a los dientes. Los aldeanos se los ofrecen al dios del hogar en la Fiesta de la Primavera para que cuando se reúna con el Señor del Cielo no pueda abrir la boca y hablar mal de ellos.

—Me han dicho que los campesinos han marchado hasta la ciudad de Hexi a quejarse de la campaña —dice Li Peisong—. Han entrado por la fuerza en la Comisión de Planificación Familiar y han destrozado los ordenadores y los dispensadores de agua. Deberíamos escabullirnos del pueblo esta noche y unirnos a ellos.

Durante la Revolución Cultural Li Peisong dirigió el comité revolucionario del pueblo y en 1966 lo mandaron a la provincia de Shandong a ayudar a la Guardia Roja a destruir el Templo de Confucio de la ciudad natal del sabio, Qufu. Imbuido de espíritu revolucionario, se cambió el nombre a Miekong: «Borrar a Confucio». Pero en 1974, en el punto álgido de la campaña «Contra Lin Piao, Contra Confucio», cambió de opinión. No solo no denunció a Confucio en las reuniones, sino que volvió a recuperar el nombre de Li Peisong y se casó con una mujer del clan Kong. Tienen dos hijos. El segundo, Gordito, tiene dos años, pero todavía no han pagado la multa por su nacimiento ilegal.

—¿Qué es un dispensador de agua? —pregunta Cara Marcada, un hombre con la frente desfigurada por una quemadura de infancia. Es indigente, y paga la educación de sus tres hijas con judías mezcladas con arena.

—Ya sabes: esos botes de plástico grandes que tienen los cuadros en el despacho llenos de agua mineral que se supone que cura mil enfermedades. ¡Te sale a mao el vaso!

Este hombre fornido, Kong Guo, fue a Wuhan el año pasado a trabajar en la construcción, pero lo arrestaron porque no tenía el permiso de residencia urbano temporal necesario, le multaron con dos mil yuanes y la policía lo escoltó de vuelta al pueblo.

—Así que sencillamente se beben nuestro dinero —dice un hombre afable y moderado que cada mañana recoge los huevos de los vecinos para venderlos en el mercado comarcal. Apoya los puños en la mesa de metal, apretados con fuerza.

Un campesino despeinado llamado Wang Wu se levanta, incapaz de seguir conteniendo la rabia.

—Querían veinte mil yuanes por los partos ilegales de mis dos hijas pequeñas. Les dije que no tengo dinero ni para comprar semillas. Así que ataron un cable al alero central de mi casa por una punta y a un tractor por la otra. Cuando el tractor arrancó, se llevó el tejado de la casa. ¿Dónde quieren que vivamos esos hijos de puta?

De pronto se oyen unos fuertes golpes metálicos, la verja delantera se abre y entran unos policías de distrito seguidos por miembros de las brigadas de planificación familiar. Las mujeres de la casa corren a la cocina y los hombres afuera. Antes de tener tiempo de lanzar su diatriba, Wang Wu acaba en el suelo de un porrazo. El padre de Kongzi se sube a un taburete de bambú y grita:

—No peléis. ¡Nada de violencia!

Aferrado al cuenco de plástico con su hijo abortado dentro, Kong Qing brama:

—¡Fascistas asesinos! ¡Me vengaré! ¡Ojo por ojo!

Huan el Viejo, director de la Comisión para la Planificación Familiar de Hexi, se adelanta entre los policías.

—Te lo advierto, Li Peisong —dice, pinchándole agresivamente con el dedo—. Si esta noche no has pagado los noventa mil yuanes pendientes por el nacimiento de Gordito, te confiscaremos la cocina, las ollas y el wok, ¡y derribaremos la casa!

Kong Guo se abre paso a codazos hasta primera fila y mete cucharada:

—¡Adelante! Si nos tiráis las casas, nos mudaremos con vosotros.

Los policías se dirigen a la puerta principal de Kongzi gritando:

—Se ha visto a Yuanyuan entrando aquí. ¡Tenemos que registrar la casa!

—¡Como entréis os mato! —chilla Kongzi, blandiendo un cuchillo carnicero, irreconocible si se le compara con el maestro con traje de nailon gris que va a pie a la escuela todas las mañanas con un maletín negro.

Sin embargo no es su primera experiencia protestando. En 1989 viajó a Pekín a visitar al hombre al que todavía llama profesor Zhou, un urbanita en su juventud al que destinaron a la aldea Kong durante la Revolución Cultural y fue el maestro de Kongzi. Juntos, Kongzi y el profesor Zhou se manifestaron por las calles de Pekín con los estudiantes, ondeando pancartas y coreando consignas a favor de la democracia y la libertad. La Agencia de Seguridad Pública del Condado guarda una ficha detallada de las actividades subversivas en las que participó en su mes de estancia en la capital.

En el patio, que solo tiene la mitad del suelo cubierto de cemento, la muchedumbre está cada vez más alterada. Los aldeanos comienzan a dar empujones, chocan con la joven palmera datilera sujeta con palos de bambú. Niños y perros trepan a un montón de ladrillos rotos del rincón para escapar al derrumbe.

El secretario del Partido del distrito, Qian, el miembro más anciano de la brigada, emerge de la multitud acompañado por un matón mercenario y grita:

—Kongzi, como miembro del Partido, tienes el deber de colaborar con la brigada. Si no te comportas, acabarás entre rejas.

—No te atrevas a amenazar a mi hijo, señor Qian —advierte el padre de Kongzi con serena autoridad, tirando la colilla y aplastándola con el tacón—. Sal del patio.

Kongzi se coloca junto a su padre.

—Sí, ¡es mi casa! Un hogar Kong, y aquí decidimos los Kong. No he cometido delito alguno. De modo que largo, ¡y llévate a tus subalternos contigo!

—¿Queréis pelea, eh? —dice el policía de la cabeza afeitada que arrestó a Fang dos días atrás—. Os quemaremos vivos.

Lanza una mirada al mercenario, le indica que le dé una paliza a Kongzi.

Pero antes de que pueda golpearle, Kong Qing, que está de pie detrás de él, levanta el cuenco y al grito de «¡Jódete!» se lo aplasta en la cabeza. De inmediato los vecinos se arman con ladrillos y palas y atacan a funcionarios y policías. Los niños tiran piedras a la espalda del secretario Qian desde lo alto de la tapia. Dentro de la casa, la madre de Kongzi se acuclilla con las otras mujeres en la cocina, abrazando con fuerza a Nannan, mientras Meili se encoge en la punta de la cama, estrujando el edredón doblado contra el vientre y apretando los ojos cerrados.

Kongzi entra corriendo para ayudar a Yuanyan a esconderse en el refugio subterráneo, luego coge una pala, vuelve a la carga y golpea a Huan el Viejo en un hombro. Sucio y apaleado, Wang Wu lanza una azada al pecho de un policía gritando: «Ojalá te derriben la casa». El funcionario rapado ase el arma y la gira, pero entonces le golpean en las costillas con una pala. En un arranque de valentía, la madre de Xiang, alta y flaca, se abalanza sobre un policía y le hunde los dientes en el hombro. Kong Guo atenaza a un funcionario con una llave y lo tira al suelo mientras grita: «Me cago en tu madre, hijo de puta». Superados en número y fuerza, los intrusos huyen despavoridos. Kong Zhaobo y Li Peisong ven a Huan el Viejo espatarrado en un rincón, gimoteando, de modo que lo levantan y lo echan a la calle.

—¡Atranca la puerta, Meili! —ordena la madre de Kongzi en cuanto se han ido todos.

Meili abre por fin los ojos, coge la linterna y se aventura fuera. Las estelas rojas y doradas que había colgado a cada lado de la puerta para la Fiesta de la Primavera están hechas jirones. Han derribado la palmera y el hijo abortado de Kong Qing yace pisoteado en el suelo. Mientras a lo lejos resuena un disparo, Meili se apresura a cerrar la puerta del patio y luego la atranca con una pala y corre de vuelta a la casa.

En los callejones, aldeanos enfadados salen de sus casas con azadas y palas y marchan a la escuela liderados por Kongzi y sus alumnos armados con palos y piedras. Cuando llegan a los muros del colegio, los policías que vigilan la entrada alzan las porras y los atizan.

—¡Corra, maestro Kong! —gritan los niños.

Los manifestantes se dispersan presos del pánico. Gordito intenta no perder a su padre, Li Peisong, agarrándose a la punta de la chaqueta, pero la muchedumbre lo tira al suelo y lo separa de él. Otra procesión de aldeanos furiosos llega desde un callejón por el norte, cargando en volandas el cadáver de la vieja costurera y gritando: «¡Vengaremos cada muerto!» y «¡Devolvednos lo nuestro!». Kongzi y sus alumnos, que se enfurecen al ver el cadáver, dan media vuelta y atacan a los policías de la verja. Unos jóvenes meten un haz de paja debajo de un coche patrulla y le lanzan cerillas encendidas mientras Pie Deforme persigue a un perro policía con el bastón. Las mujeres encerradas en la cocina de la escuela se abren camino a porrazos hasta el patio, arrojan sillas a los de planificación familiar y salen disparadas a por los sacos de arroz y abono que les habían confiscado en sus casas. El sargento de policía dispara otra vez y las mujeres sueltan los sacos y se baten en retirada. Fuera, en el callejón, un humo negro envuelve el coche patrulla y luego, con un estruendo ensordecedor, el vehículo explota y se convierte en una bola de fuego. Los jóvenes prenden antorchas en las llamas y las lanzan al patio por encima de los muros del colegio. «¡El hombre de la Comisión de Planificación Familiar del Distrito! —grita una voz—. «¡Cogedlo! ¡Matadlo!»

El espíritu bebé ve otra vez aquella noche de febrero de hace nueve años cuando la aldea Kong se convirtió en un campo de batalla. La madre ha salido a buscar al padre. Viste un chaquetón blanco. El viento del norte le levanta el pelo. Cuando se oye un disparo, la madre se arrodilla y se acurruca, temblando de frío y de miedo… Un hombre con uniforme de sargento enciende un megáfono y grita: «¡Aldeanos! Si no se frena el excesivo crecimiento de la población china toda la sociedad sufrirá. Nuestra nación no podrá alcanzar un crecimiento económico sostenible y ocupar el lugar que le corresponde en el mundo. Deng Xiaoping nos ha ordenado tomar medidas que garanticen el descenso de la tasa de natalidad. Un enemigo de las políticas de planificación familiar es un enemigo del Estado. Un enemigo de clase. Las masas no deben dejarse manipular por un puñado de alborotadores. El grano y el mobiliario confiscados pertenecen ahora al Estado. No los toquéis…». Antorchas en llamas vuelan al patio e incendian las montañas de puertas, marcos de ventanas de aluminio y vigas de madera expropiadas de las casas derribadas. Algo más lejos, bajo una acacia, las llamas prenden en un montón de armarios, librerías, neveras, palanganas de esmalte y cerdos confiscados. Un grupo de patos y pollos escapan a un rincón oscuro, espantados por el ruido, mientras los agentes de planificación familiar van de un lado para otro en un intento frenético de sofocar las llamas. Fuera, en el callejón, una turba enfadada blande azadas y palas contra una consigna blanca pintada en la tapia de la escuela que dice: CORTAD LAS TROMPAS DE FALOPIO DE LA POBREZA, INSERTAD LOS DIU DE LA PROSPERIDAD. Se abre una grieta que va agrandándose hasta que cae toda la tapia. Los agentes de planificación familiar, temiendo por su vida, corren hacia una escalera y huyen por el muro trasero del complejo.

La madre permanece junto a la verja y contempla cómo los aldeanos ocupan el patio y rebuscan en los motones, recuperan sus palas, palanganas o sillas. Una mujer larguirucha y frágil con un reloj de cocina pegado al pecho vaga entre la muchedumbre chillando: «Xiang, Xiang, ¿dónde estás?». Dos chicos con gorra militar y una vara larga conducen un rebaño de patos variopintos por encima de las ruinas de la tapia derruida hacia el oscuro callejón. La madre, incapaz de encontrar al padre, corre a casa. Sin soltar la linterna eléctrica, recorre los callejones sin árboles iluminados por el destello naranja de las hogueras. En una esquina azotada por el viento del norte hay un montón de nieve salpicada por cacas de perro y restos rojos de los petardos que tiraron en la Fiesta de la Primavera.

cap-3

 

PALABRAS CLAVE: permiso de nacimiento, río Aguas Oscuras, agente de planificación familiar, furgoneta de propaganda, Cielo Allende el Cielo, consignas subversivas.

Justo cuando empieza a amanecer, Kongzi se arrastra de vuelta a casa, se derrumba en la cama y se quita las gafas sucias.

—Las autoridades del condado van a enviar mil policías antidisturbios al pueblo y un camión de perros alsacianos. Tenemos que escapar enseguida.

—¿Adónde? —pregunta Meili—. ¿Por qué no nos escondemos en el refugio?

—No, Kong Guo sabe que lo tenemos. Lo han arrestado, seguro que nos delata.

—¿Por qué llevas un brazalete negro?

Meili apenas ha echado una cabezadita y le pesan los párpados por el sueño.

—Anoche la policía mató a dos vecinos a palos. Estábamos tan enfurecidos que fuimos a Hexi y nos unimos a los manifestantes ante la sede del Partido. Estaba rodeada por treinta mil campesinos. ¿Te lo imaginas? Habían venido de pueblos de todo el condado para protestar contra la campaña. El cordón policial era de cuatro líneas, pero aun así conseguimos incendiar el edificio. La Comisión de Planificación Familiar, cerca de allí, ya había ardido. Como no retiren pronto la Política del Hijo Único estallará una revolución.

—¿Eso de las manos es sangre? —pregunta ella, inquieta.

—No, pintura roja. He pintado algunos lemas en la pared. Si no estuvieras preñada, habría ido a comisaría a intentar rescatar a Kong Guo y los demás.

—¿Consignas subversivas? ¿Estás loco?

Meili se pasa los dedos entre los nudos del pelo, que todavía huele a la humedad del edredón.

—Solo he escrito: «Abajo el secretario del Partido del condado. Ejecutad al jefe comarcal». No me he atrevido con: «Abajo el Partido Comunista».

—¡Otra vez alardeando de caligrafía! ¿Cómo puedes ser tan tonto? Podrían caerte cinco años de cárcel.

—No podrán cargármelo a mí. El condado entero se ha alzado. Tenemos que irnos hoy o el bebé no sobrevivirá. Los agentes merodean por el pueblo con los ojos inyectados de sangre, practican abortos a plena luz del día. Me acaban de contar lo de Yuanyuan. Anoche salió del zulo y se escondió cerca del embalse, pero los de planificación familiar la encontraron. La tiraron en la orilla, le inmovilizaron los brazos con las rodillas y le inyectaron desinfectante en la barriga… Mis padres han adivinado que estás embarazada. Quieren que nos marchemos. ¿Anoche Nannan durmió con ellos? Bueno, podemos recogerla de camino. Hagamos las maletas. Regresaremos en cuanto nazca el niño. ¡Corre! Necesitaremos los permisos de residencia, los permisos de nacimiento, el certificado de matrimonio, dinero…

—Pero ¿adónde vamos a ir? ¿A Wuhan con tu hermano o al Tíbet con tu hermana?

El hermano mayor de Kongzi trabaja en la construcción en Wuhan y su hermana pequeña tiene una tienda de souvenirs frente a un monasterio de Lhasa.

—No, iremos al río Aguas Oscuras, descenderemos hasta el Yangtsé y nos quedaremos con mi primo en Sanxia. Van a echar abajo la ciudad para dejar sitio a la presa de las Tres Gargantas. Aquello es un caos, de modo que no podrán aplicar la política de planificación familiar de forma estricta. Allí estaremos a salvo. Rápido, prepara nuestras cosas.

Palpa detrás del armario de madera y extrae un saco grande de cáñamo.

Todavía no se huelen los brotes primaverales en el aire frío de febrero. Los álamos jóvenes que crecen en la cuneta parecen rejas clavadas en la tierra. La brisa gélida que sopla por la carretera de cemento que lleva a Hexi no levanta polvo, pero cuando pasa un camión o un autobús, los restos de bolsas de plástico esparcidos por el suelo salen volando en espiral.

Un ciclista se detiene al pasar y les avisa de que más adelante hay un control de policía.

Kongzi se tapa la cara con la gorra azul. Las gafas de sol se le empañan al exhalar. Lleva la mano derecha metida en el bolsillo del pantalón, aferrada al permiso de nacimiento falso de Meili.

Escudriña a lo lejos y ve un coche patrulla que se aproxima con la luz roja del techo encendida. Salta a la cuneta, llevándose a Meili con él, y esperan agazapados a que el coche pase de largo.

—¿Qué llevas ahí? —pregunta Kongzi, mirando el saco enorme que ha cogido Meili.

—Poca cosa. Algo de ropa, dos mantas, una pastilla de jabón. Los zapatos y los lápices de Nannan…

—¡Nannan! Dios mío, se nos ha olvidado recogerla. Tengo que volver a casa de mis padres a por ella. Tú espérame aquí.

—Ya que vas, pásate por casa y coge mi agenda, y los patrones del cajón de arriba del armario y también los calzoncillos largos de lana…

Meili, con el chaquetón blanco y limpio y la bufanda roja, parece una guía turística, no una madre ilegal a la fuga.

Cuando Kongzi regresa a la carretera y se pierde en dirección al pueblo, Meili tiene un ataque de náuseas matinales. Luego se levanta con cautela y mira alrededor. En el campo nevado de su izquierda ve la tumba de uno de los parientes lejanos de Kongzi. Solo quedan algunos pétalos de papel de la corona de bambú que depositaron durante el Festival de los Muertos. Detrás, tallos secos se arquean hacía la nieve como mechones de pelo negro sobre el cuero cabelludo blanco de un hombre.

Al otro lado de la carretera se levanta una planta procesadora de pienso. El eslogan blanco e inmenso —MEJOR DIEZ NUEVAS TUMBAS QUE OTRA CUNA— que mandaron pintar a Kongzi el año pasado sigue destacándose sobre la pared roja del edificio. Los dos osmantos de delante son más pequeños que el del jardín de sus padres en Nuwa, pero en primavera dan unas flores blancas preciosas. El mayo pasado Meili recogió algunas ramas y las puso en una botella verde con hojas de bambú, y aguantaron frescas dos semanas.

Bien, pues dejaré el pueblo de Kong, la ciudad de Hexi, el condado de Nuwa, se dice. Aparte de la breve luna de miel en Pekín, Meili nunca se ha alejado más de diez kilómetros de su lugar de nacimiento. Ha visto en televisión imágenes del sur de Nuwa, con sus montañas boscosas y sus ciudades prósperas donde los hombres visten como cuadros de alto nivel y las mujeres como recepcionistas de hotel, pero ignora lo que hay más allá de la frontera sur del condado. Aunque no tiene motivos para preocuparse. Kongzi la guiará. Mientras encuentren un lugar seguro para dar a luz todo irá bien, ya se encargará ella de no volver a quedarse preñada nunca más.

A lo lejos distingue el edificio de dos plantas donde conoció a Kongzi. El profesor Zhou vino desde Pekín para construirlo y lo llamó el Hotel del Cielo Allende el Cielo. Hace cuatro años, Meili salió del pueblo de Nuwa para una entrevista y enseguida se convirtió no solo en asistente de sala, sino en esposa de Kongzi, que por entonces trabajaba de director del hotel. Recuerda al profesor Zhou presentándose con un autocar de turistas de una ciudad lejana todavía más elegantes que la gente de Nuwa del sur. La primera noche, los clientes se bañaron en la laguna y dos de las mujeres se atrevieron a quedarse en ropa interior… Meili ve una columna de humo que se eleva desde un pueblo de una colina al este y se pregunta si sus habitantes también habrán incendiado la oficina de planificación familiar.

Al mirar de nuevo hacia el norte, la vista sigue una línea de postes del teléfono que se van acortando hasta desaparecer en el suelo. Más allá, el monte Nuwa se extiende por el horizonte. A sus pies queda el pueblo de Nuwa, donde todavía viven los padres de Meili. Meili sabe que si ahora es madre es solo porque hace tres años subió a la cueva de Nuwa y frotó la grieta sagrada de la diosa. A los pocos días se quedó embarazada de Nannan. Tras nacer Nannan, Kongzi dijo que el próximo bebé tenía que ser niño. Cuando descubrió que Meili volvía a estar en estado, pagó a un sacerdote taoísta para que escribiera un antiguo hechizo en un papel que luego guardó en un relicario de la longevidad y enterró debajo de la palmera al tiempo que decía: «Aquí nacerá el descendiente masculino número setenta y siete de Confucio».

Se acerca una camioneta de propaganda. Desde el gran altavoz del techo una voz atrona: «La Comisión para la Planificación Familiar del Condado ha enviado agentes al pueblo. Esta mañana visitarán todos los hogares para proporcionar a las mujeres en edad fértil un dispositivo intrauterino e informarlas sobre salud reproductiva y control de natalidad…». La sigue de cerca un camión con la parte trasera abierta, cargado de embarazadas con las piernas atadas por sogas. Meili ve a una amiga de primaria entre ellas y aparta la mirada. Al cabo de un minuto llega el minibús violeta con el que Shan, el primo de Kongzi, reparte material entre las fábricas locales y transporta aldeanos a la ciudad para vender huevos y verduras. Cobra la mitad que los autobuses públicos, de modo que el servicio tiene mucho éxito. Meili vuelve a la carretera y le saluda. El minibús se detiene brevemente, sigue adelante, después retrocede y frena de golpe. El juez Wang, el corpulento presidente del tribunal de Hexi, se apea seguido de dos policías que agarran a Meili de los brazos.

—¡Soltadme! —chilla ella, pateando la puerta mientras intentan empujarla dentro—. ¡Tengo permiso! ¡Tengo permiso para estar embarazada, no necesito un DIU!

—Entonces los funcionarios de planificación familiar querrán comprobar si ya has concebido —replica el policía más alto de los dos.

—Es el primo de mi marido —dice Meili señalando al conductor—. ¡Shan, diles que no estoy preñada!

—No puede estar embarazada, juez Wang —dice Shan, encogiéndose de hombros para protegerse del frío—. Tuvo una niña hace dos años y le pusieron el DIU justo después.

—Bueno, los funcionarios tendrán que comprobar que todavía lo lleva —dice el otro policía—. Venga, adentro.

De repente aparece Kongzi con Nannan pisándole los talones.

—¡Soltad a mi mujer o incendio el autobús! —grita, encendiendo el mechero y acercando la llama a una camisa de algodón que llevaba en el saco—. No se puede ir arrestando a la gente sin motivo. ¿Es que no conocéis las leyes?

Shan asoma la cabeza por la ventanilla.

—No me incendies el minibús, primo —suplica, mientras el viento le echa el flequillo para atrás.

—Mí quiero hacer pis, papá —gimotea Nannan, tirando a Ko

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos