Para Ana y Daniel:
la parte verdadera
La literatura no es autobiografía en código, y no es acontecimientos reales. No estoy escribiendo mi autobiografía y no escribo cosas según me sucedieron, excepción hecha del uso de ciertos detalles: tormentas y ese tipo de cuestiones. No, no es nada que me haya sucedido. Es tan sólo una posibilidad. Es una idea.
JOHN CHEEVER
No tenía aún la menor idea de que, a veces, la vida se vuelve literatura; no por mucho tiempo, desde luego, pero sí el tiempo suficiente para ser lo que mejor recordamos y con la suficiente frecuencia como para que lo que al final entendemos por vida sean esos momentos en que, en vez de ir de lado, hacia atrás, hacia delante o en ninguna dirección, la vida forma una línea recta, tensa e inevitable, con una complicación, un clímax y, si hay suerte, una purgación, como si la vida fuese algo que se inventa y no algo que sucede.
NORMAN MACLEAN
La gente dice que lo que importa en la vida no es lo que sucede, sino lo que piensas que sucede. Pero, evidentemente, esa definición no sirve de mucho. Es muy posible que el acontecimiento central de tu vida sea algo que no ha sucedido o algo que crees que no ha sucedido. De lo contrario, no habría necesidad de ficción y sólo habría memorias e historias, legajos clínicos; con lo que ha sucedido —con lo que realmente sucedió y lo que crees que ha sucedido— sería suficiente.
GEOFF DYER
Hay una historia, siempre delante de ti. Apenas existiendo. Sólo gradualmente te acoplas a ella y la alimentas. Descubres entonces el caparazón que contendrá y pondrá a prueba tu carácter. De este modo encuentras el sendero de tu vida […]. Y a su tiempo aprendes a alterar esa vida […]. Todas esas cosas que están a la vista de todos.
MICHAEL ONDAATJE
Vemos partes de cosas, intuimos cosas completas.
IRIS MURDOCH
No se hará aquí ningún intento serio de competir con la verdad.
ROBERT MUSIL
Aquí el autor. Quiero decir, el verdadero autor, el ser humano sosteniendo un lápiz, no una de esas abstractas personas narrativas […]. Todo esto es verdad. Este libro es realmente verdadero.
DAVID FOSTER WALLACE
¿Es éste el más noble objetivo de una ficción? ¿Convencer al lector de que aquello sobre lo que escribes está en verdad sucediendo o ha sucedido? No lo creo.
JOSEPH HELLER
Todo sucedió de verdad.
BRET EASTON ELLIS
Todavía hoy me parece increíble que todo esto haya sucedido.
CHRISTOPHER ISHERWOOD
No estoy seguro de que lo que me sucedió ayer sea verdad.
BOB DYLAN
Todo esto sucedió, más o menos.
KURT VONNEGUT
Nada de esto sucedió.
JAMES SALTER
¿Puedo llamar a esto una novela?
MARCEL PROUST
Esto no es una pipa.
RENÉ MAGRITTE
I
EL PERSONAJE REAL
Jueves 4 de junio, 1959
BIOY: Habría que escribir sobre los primeros pasos de un escritor.
BORGES: Sí, pero habría que hacerlo exagerando un poco.
ADOLFO BIOY CASARES, Borges
Los finales son esquivos, las partes del medio no se encuentran por ningún lado; pero lo peor de todo es empezar, empezar, empezar.
DONALD BARTHELME, «The Dolt»
Cómo empezar.
O mejor todavía: ¿Cómo empezar?
(Añadir los signos de interrogación que, nada es casual, tienen la forma de anzuelos, o de garfios. Curvas afiladas y punzantes ensartando tanto a quienes leen como a quienes son leídos. Tirando de ellos, trayéndolos desde el claro y calmo fondo hasta la turbia e inquieta superficie. O haciéndolos volar por los aires hasta caer justo dentro de la playa de estos paréntesis. Paréntesis que más de uno criticará o juzgará ortográfica y estéticamente innecesarios pero que, en la incertidumbre de la partida, son, ah, tan parecidos a manos juntándose en el acto de rezar rogando por un buen viaje que ya comienza. «Lasciate ogni speranza o voi ch’entrate», leemos; «Once more unto the breach, dear friends, once more», oímos. Y buena suerte a todos, les desea esta voz a la que la mordaza de los paréntesis vuelve desconocida. Aunque —como suele ocurrir con algunas canciones inolvidables, donde la melodía se impone al título y hasta a los versos del identificador estribillo, ¿cómo se llamaba?, ¿cómo decía?— esta voz también recuerda a la de alguien cuyo nombre no se alcanza a identificar y reconocer del todo. Y, sí, de ser posible, evitar este tipo de párrafos de aquí en más porque, dicen, espanta a muchos de los lectores de hoy. A los lectores electrocutados de ahora, acostumbrados a leer rápido y a leer breve en pantallas pequeñas. Y, sí, adiós a todos ellos, al menos por el tiempo que dura y dure este libro. Desenchufarse de fuentes externas para sólo alimentarse de electricidad interna. Y ésa es —warning!, warning!—, al menos en principio y en el principio, la idea aquí, la idea de aquí en más, están advertidos.)
O mejor aún: ¿Empezar así?
Y, apenas más abajo, lo que sigue.
La luz que se hace para hacer. La súbita pero no inesperada aparición de un paisaje.
Ir de lo general a lo particular, al individuo, al «héroe» del asunto.
El tipo de inicio —el firme establecimiento y fundación de todo un mundo dentro de una página y entre sus líneas, antes de que aparezcan sus habitantes, desplazándose de izquierda a derecha— al que se veían obligadas las novelas del siglo XIX. Novelas cuyos autores, en muchos casos, han sido completamente olvidados pero recién luego de haber redactado comienzos todavía inolvidables —¿hay alguien allí que recuerde a un autor titulado Edward Bulwer-Lytton, a una novela llamada Paul Clifford?— como aquél de «It was a dark and stormy night…». Novelas que, desde el siglo XXI, muchos lectores —no demasiados, cada vez menos— exploran con la feliz extrañeza retrovintage de quien debe aprender otra vez a respirar. A respirar así: como se respiraba entonces al abrir y entrar en uno de esos libros con perfume a libro y no, ya se apuntó, con olor a máquina, a motor eléctrico, a velocidad y a ligereza y a frase breve no por sabio poder de síntesis sino a burda base de abreviaturas. Respirar, en cambio, lentamente y hasta bien adentro. Respirar libros que, si hay suerte y si tienen suerte, los lectores enseguida disfrutarán como el oxígeno puro de bosque verde luego de tanto tiempo perdidos en las negras profundidades de una virtual mina de carbón. Ese bosque, ese lugar del que nunca debieron partir y al que, bienvenidos, regresan corriendo como sólo saben correr los niños. Como niños sabios que corren sin pensar, aún, en que alguien los mira correr. Niños que corren sin ser conscientes de que, por desgracia, por total ausencia de gracia, pronto habrá una manera uniforme y vigente y respetable y armoniosa de correr porque se sabrán observados y juzgados y comparados a otros corredores. Pero todavía no. Y correr es leer. Y acelerados sean los lectores que corren como alguna vez corrieron, como cuando aún no sabían leer pero tenían tantas ganas de saberlo, como en una fiesta de los músculos y de los fémures y de las rótulas y de las tibias y de las calientes risas. Sin vergüenza ni recato o temor al qué dirán y al qué verán. Sin esa incomodidad que sentirán dentro de unos pocos años, en unas fiestas tempranas, en los primeros bailes. En esos bailes que son como correr sin avanzar: porque lo que en realidad se quiere y se desea allí es no moverse; pero, por favor, sin que se note demasiado nuestra quietud. Y, así, adornarla con mínimos movimientos de brazos y de piernas y algún espasmo despeinador de cabeza. Todos esos temblores, esos pequeños terremotos íntimos a un costado de la improvisada pista de baile con sonido mono para, un tanto simiescos, desde allí, hacer en digitalizado, con ojos videntes intensos como dedos invisibles, lo que de verdad importa: no dejar de mirarla moverse a ella o de mirarlo moverse a él. Como si se los leyera. Como si se quisiera aprenderlos de memoria para después recitarlos a solas, en la oscuridad, acostados pero como corriendo. Ella o él moviéndose tan bien, mientras nosotros intentamos movernos lo mejor posible. Y no pensar en cómo nos movemos, en lo ridículos que nos vemos cuando nos vemos bailar y, tal vez de ahí, la humillante proliferación de espejos en las discotecas que enseguida te empujan a detenerte e ir hasta la barra y gastar una pequeña fortuna en sucesivos y coloridos alcoholes con demasiado hielo y agua. Algo —el vernos bailar, encontrarnos desde afuera, a un lado de nosotros mismos, como esos objetos raros aunque muy conocidos a los que se mira de cerca— tan inquietante como oír la propia voz grabada, o descubrirnos de perfil en una foto. O, ya se dijo, como en uno de esos espejos de varios cuerpos, cuando nos obligamos o nos obligan a comprar y probarnos ropa nueva que nunca nos queda como deseamos que nos quede. Ropa que no nos cambia, que no es un disfraz, que lo único que hace es hacernos más nosotros y entonces dejamos escapar un gemido. ¿Así sonamos? ¿Somos así ? Terrible revelación: no, no somos ni sonamos como pensamos que sonamos y somos. Un efecto similar al que se experimenta, en ocasiones, cuando se lee algo que uno escribió hace mucho tiempo. Algo que se entiende por escrito, pero que no puede entenderse para qué fue que se lo escribió y en qué circunstancias. O más terrible e iluminador aún y menos comprensible todavía: el cómo fue que pudo escribirse algo por el estilo. Cómo es posible haber pasado tanto tiempo aprendiendo a escribir para acabar escribiendo eso que, no, por favor, no digan que es nuestro, que salió de nosotros, que alguna vez se pensó así, y que hasta se lo puso por escrito. Y, de pronto, así/eso está aquí de nuevo para atormentarnos y encadenarnos como un fantasma de las navidades pasadas.
Pero aún falta mucho para preocuparse por estas cuestiones y, se preguntarán, cuál ha sido el propósito o la razón de ser de abrir la puerta para que salga a jugar semejante digresión. Fácil pero no sencillo: porque así piensan los adultos (saltando de un punto a otro, como dibujando/uniendo puntos) cuando se sienten particularmente infantiles y dejándose llevar por ráfagas de ideas que son como páginas sueltas arrastradas por la tormenta. Mejor dicho: así piensan (y hay gente que consume drogas durante años para intentar, sin conseguirlo, pensar así por un rato) los escritores más o menos adultos, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, doce meses al año, hasta el infinito y más allá. Entonces, desear pensar así apenas un rato; porque si el efecto se prolonga demasiado la cosa pierde la gracia —y cansa y da demasiado trabajo— y luego no tiene demasiado sentido el poder decir cosas como «No puedes imaginarte el trip que tuve».
Pero —por ahora y aquí, muy cerca, tan cerca como están todas las cosas que ya pasaron— suficiente de esto.
Mejor oigan soplar el viento, aunque en realidad el viento no sopla.
El viento hace otra cosa para lo que no se ha creado un verbo preciso, justo, correcto.
El viento —más que soplar— corre.
El viento corre sobre sí mismo.
El viento no es circular sino que es un círculo.
Entonces —allá vamos, aquí llegamos, corriendo— es una playa en los bordes de un lugar llamado Canciones Tristes. Y hay un niño que corre por esa playa. Una playa a la que va a dar un bosque o un bosque que va a dar a una playa, según desde donde se mire, se la mire, se lo mire. Un bosque profundo y robusto y una playa larga y delgada que es, en realidad, una fina frontera entre agua y sal y madera y clorofila. Una frontera a punto de ser cruzada por un niño.
Y advertencia: aquí se dice «niño» cuando tal vez debería decirse chico: esa tan práctica palabra que conjuga edad con tamaño. Pero sabiendo ya quién y cuán digresivo será ese chico de grande —y por motivos que tienen que ver con la trascendencia y por el modo en que se suele preferir la versión más universal de todo lo que toca y se cae y se rompe— entonces, mejor, por las dudas, «niño»… «El niño»… «El Niño»…
Y El Niño tiene esa edad difícil de precisar.
La primera de esas edades/frontera: entre tres o cuatro años o entre cuatro o cinco años. Ese año —un perfecto desperfecto en la textura del tiempo— que en realidad dura dos años o algo así y en el que, de pronto, suceden tantas cosas. Los rasgos de El Niño todavía no han dejado de ser los que han sido hasta ahora; pero ya comienzan a ser los que serán hasta ese segundo paso-doble de un territorio a otro: el de los once o doce años. Mirarlo fijo produce entonces la mareante sensación de contemplar una foto movida y, además, El Niño no deja de moverse. Ni cuando duerme. El Niño es lo que se conoce como «un niño inquieto», aunque todavía queda por descubrir la existencia de algún «niño quieto»; porque es sabido que los niños sólo se aquietan, como en un microtrance, durante esos pocos segundos en los que deciden en qué próxima dirección van a moverse, a inquietarse y a inquietar.
Aquí viene entonces. Corriendo. Respirando por la boca, por el esfuerzo. Como si no estuviese de pie y moviéndose, sino sentado e inmóvil. Aunque, lo mismo, de pie y moviéndose. Como se sentiría, más adelante, sosteniendo cualquiera de sus muchas novelas favoritas. Con los ojos muy abiertos y con uno de esos libros que, con el paso veloz del tiempo, con el correr del tiempo, de entrada, te imponen el peaje de aprenderlo todo de nuevo: un flamante juego de reglas y, ya se advirtió, una respiración propia cuyo ritmo hay que asimilar y seguir si lo que se quiere es arribar a la orilla de la última página.
Y esa playa, inmortal, lleva milenios allí; pero tiene apenas unos pocos años (tantos años como los de El Niño) de ser reconocida como playa por los mortales, de figurar en guías de bañistas y de gente a la que le gusta tenderse para cambiar de color y de humor, bajo ese sol que alguna vez fue reloj preciso o deidad ardiente para quienes lo miraban y adoraban. La playa es, entonces, una de esas playas entre prehistóricas y futuristas. Allí no hay tiempo, no hay nada, no hay nombre. No hay ningún cartel que diga «Esto es una playa». No existe señal alguna que la bautice con nombres poco originales como «Nueva Atlántida» o «Punta Sirenas» o «Mar Dulce». Lo suyo es, apenas, el apellido del pueblo más cercano que se corresponde con el de un prócer independentista de tercera clase. Aun así, los padres de El Niño, sintiéndose colonos y fundadores, insisten en llamarla La Garoupe, remitiéndose así a otra playa para connoisseurs y a otra pareja exclusiva y tan inspiradora para ellos. Una y otra —playa famosa, pareja célebre, fantaseando con que sus distantes pero poderosas radiaciones los alcancen a ellos, a los padres de El Niño— lejanas en el tiempo y en el espacio y en el conocimiento de El Niño, que ya llegará a ellos y a ella, en una posible novela; pero a no adelantarse, a no correr demasiado rápido y tan lejos. Ahora, esta playa como una de esas playas en la que, tal vez, ustedes jamás estuvieron pero que, seguro, alguna vez dibujaron cuando, lo siento, ustedes eran chicos y no niños. Una zona blanca y horizontal, pero nunca recta y firme. Un sol amarillo ahí arriba. Unos golpes de azul de ultramar para el cielo y de azul cielo para el agua ultramarina. Pero no. Éste no es un azul conocido y pantoneizado y atrapado por la madera de lápices o el metal de pomos de óleo. Es un azul antiguo, un azul que nada tiene que ver con el azul con el que los niños pintan cielo o agua ni con el azul perfecto de los mejor rankeados dioses indios. Ese azul es algo que está ahí desde siempre y, aun así, para El Niño, la sensación de que todo eso —como el mantel de una mesa— se tiende todas las mañanas y se recoge todas las noches, como si se tratase de una escenografía que vuelve a montarse con cada amanecer. Una de esas playas que —de poder subir o bajar su temperatura a voluntad— podría ser tanto un desierto africano como una estepa siberiana. Aquí, el mar ni siquiera es mar: es la desembocadura de un río en el mar. El agua no es dulce ni salada ni —lo ve recién ahora, de cerca— azul ni marrón. La playa es blanca y salvaje y es el mediodía, la hora exacta en la que todo pierde su sombra y gana cuerpo. Y es el momento en que El Niño luminoso al que muchos adultos le adjudican un carácter más bien sombrío corre desde los médanos, que no son muchos ni muy grandes. Todo, hasta donde alcanza la vista, parece como petrificado en el instante exacto de un flash. Una postal de pupilas rojas a revelar sin apuro. Hay un barranco de piedras y más arriba un bosque profundo, sí. Pero la playa es angosta y parece acabarse casi enseguida. Más que una playa es el boceto de una playa, o de algo que alguien prefirió dejar inconcluso luego de pensarlo un poco o de no pensarlo demasiado, de irse a mirar otra vista a pintar.
Así que El Niño corre primero sobre la arena caliente (tan sólo dos o tres metros de arena gruesa, como de piedras y caracoles molidos por la marea de los siglos y, sí, más paréntesis, disculpas, y nada que perdonar) y el dolor curiosamente disfrutable en la planta de los pies le hace correr más rápido y correr más raro. Correr como —ya se dijo— corren los niños, como casi desarmándose. El Niño no grita pero todo su cuerpo se sacude como un grito, como un grito mudo, hasta alcanzar la arena húmeda de la orilla y calmar allí sus pies y el dolor ha tenido sentido para poder disfrutar de este alivio de ese dolor. «Puedo entender perfectamente por qué los niños adoran la arena», escribió tiempo atrás un filósofo que El Niño leerá tiempo después; pero, aun así, El Niño ya está completamente de acuerdo con él.
Este niño —ahora que lo vemos más de cerca, ahora que llevamos viéndolo por unos minutos— es, en realidad, contrario a lo que pensamos en un principio: es un niño inquietantemente quieto. Le gusta estar inmóvil, le gusta moverse por el solo placer de detenerse. Le gusta quedarse largos ratos mirando fijo el fuego o el agua (más adelante, El Niño jamás podrá precisar, a pesar de ya no ser un niño, si el agua y el fuego son entidades u organismos vegetales, minerales o animales; tampoco le conformarán del todo las explicaciones y definiciones que con los años le ofrezcan al respecto) y le gusta, de pronto, como atravesado por la flecha de un deseo, cargado de tensa energía, ponerse de pie y salir corriendo en cualquier dirección para así sentir la alegría enérgica de ir cansándose hasta alcanzar ese punto donde sólo queda pararse, detenerse.
Por eso, ahora corre. Corre como ese Correcaminos al que el Coyote no puede dejar de perseguir; porque ese Correcaminos, al que nunca alcanzará, es, después de todo y antes que nada, lo único que se mueve en ese panorama de líneas mínimas y desérticas. Y ese Correcaminos es lo que le obliga al Coyote a moverse. A El Niño le gusta pensarse correcaminos y que detrás de él vienen, mucho más despacio, dos jóvenes coyotes adultos, un hombre y una mujer, el padre y la madre, sin dudas.
El padre y la madre no tienen fuerza, o tienen el tipo de fuerza —débil, poca, decreciente, minúscula— que tienen los padres en el ecuador de unas largas vacaciones. De ahí que no sean Los Padres y que, desde su paternidad, se sientan reducidos, jibarizados como si un ente parásito y alien les estuviese absorbiendo su vitalidad. El padre y la madre no persiguen a El Niño. El padre y la madre son, más bien, arrastrados por El Niño. El padre y la madre arrastran los pies, y una canasta de mimbre, y una sombrilla, y toallas, y sus propios cuerpos. El padre y la madre son arrastrados por El Niño. Como si fuese él quien los llevase, enlazados, tirando de ellos, estrangulados por una soga invisible y ya imposible de cortar, rodeando sus cuellos. No es que el padre y la madre hayan intentado cortarla, pero tampoco es que no hayan pensado muchas veces en cómo sería cortarla. Y de este modo —¡presto!— volver mágicamente al pasado, a esas otras playas en las que El Niño no existía a no ser como una fantasía cómoda y egoísta. El padre y la madre regresan allí, cada vez más lejos, a El Niño apenas como una idea en la que se pensaba de tanto en tanto. Una idea a disfrutar por un rato y que luego, enseguida, se guardaba bajo llave (una de esas llaves que nunca encuentras cuando la buscas y que parecen haberse vuelto invisibles con la ayuda de un par de paréntesis) en los cajones de un más o menos posible futuro, siempre adelante o, por lo menos, en un futuro lateral, en la posible variación de un posible futuro. Con eso, aunque jamás lo confiesen, sueñan todos los padres y las madres del universo cuando cierran los ojos. Justo entonces. Ahí. Antes de dormirse para soñar en cualquier otra cosa, en caídas libres, en desnudos en público, en greatest hits de la pesadilla comunal. Pero primero algo así como los avances de una película que ya nunca se estrenará. Y que trata de cómo era no ser padres y madres. De cómo era lo de despertarse en un planeta en el que nadie descansaba —pero sin dejar de agitarse y de hacer ruidos— en la habitación de al lado. De esos tiempos en que se acostaban tarde o ni siquiera se acostaban. Tiempos en los que la mañana siguiente para ellos continuaba siendo una especie de continuación luminosa de la noche donde, antes de derrumbarse, compraban el periódico recién hecho y se sentaban a desayunar en un bar y se leían en voz alta y enamorada cosas como que un grupo de científicos con mucho tiempo libre (con tanto tiempo libre como ellos) había llegado a la conclusión de que, milenios atrás, los hijos eran siempre muy parecidos físicamente a sus padres. Ésta era la manera genética y narcisista, argumentaban, gracias a la cual la especie había garantizado su supervivencia: los seres primitivos cuidan mejor y quieren más y no dejan tirado por cualquier parte a aquello que más les recuerda a sí mismos. Ahora ya no tanto, ahora ya no hace tanta falta, parece: el parecido entre padres e hijos ha disminuido mucho estadísticamente porque los seres humanos se quieren más o fingen mejor que se quieren o se sienten cultural y sociológicamente obligados a ello. Y así El Niño no se parece en nada a sus padres. Y de acuerdo, lugar común, vista cansada: no puedes escoger a tus padres. Pero también es verdad que los padres tampoco pueden escoger a sus hijos. Y cabe preguntarse si estos dos, de haber podido acceder a otros modelos, habrían escogido a ese uno. O si este uno hubiera escogido a esos dos. Y cómo fue en primer lugar que los padres se escogieron entre ellos: ¿se sentían idénticos o complementarios o veían en el otro lo que querían que el otro viese en ellos? Haya sido lo que haya sido, ahora entienden —aunque no se atrevan a decirlo abiertamente— que todo fue un malentendido. Un espejismo disfrazado de oasis. Ahora el efecto ya ha pasado y lo único que queda de él no es su recuerdo sino la certeza de que ya pasó lo que les pasaba. Lo que sienten ahora es que lo que los une es, tal vez, lo que menos les gusta de sí mismos reflejado en y por el otro en el cristal no de un favorecedor espejo sino de una implacable lente de aumento a la que todo le parece elemental, mi querido. Y que El Niño no es otra cosa que la resultante de esa de pronto muy precisa distorsión. Algo realmente irreal. Algo que, por momentos, les parece como la resaca de un sueño que ya se olvida en el acto mismo de intentar recordarlo. Algo que fue pero no es posible que haya sido. Y hay veces en que los sueños de él se cruzan con los sueños de ellos y se produce un raro fenómeno: El Niño sueña que corre por la playa sin ellos y el padre y la madre sueñan que corren por la playa sin él. Y unos y otro son tan felices. Aunque a la mañana siguiente comprendan que ya no pueden vivir solos; que todavía, aunque cada vez menos, se necesitan; que ya nada ni nadie puede o podrá separarlos y deshacer el nudo de sus vidas.
Sin embargo, lo invulnerable de ese instante de amor puro dura poco; y ahora El Niño busca alejarse de ellos, corriendo. Y el padre y la madre lo persiguen, trastabillando como sonámbulos, repitiendo su inmenso nombre pequeño, cada vez más enojados, agregándole a ese nombre su apellido para así conseguir, piensan, un efecto de mayor autoridad, de rigor colegial. El padre y la madre dicen primero el nombre y el apellido y después —más escolares aún, cuando comprenden que lo primero no funciona— el apellido y luego el nombre. El Niño todavía no ha entrado al colegio primario. Pero ya aprendió que, en boca de sus padres, su nombre seguido por su apellido y su apellido seguido por su nombre significan que la paciencia de los adultos se agota, que están agotados por su infancia.
(Y su nombre y su apellido que no serán revelados aquí; porque escribirlos y leerlos equivaldría a hacer desaparecer a ese niño, y a que ese niño sea, siniestra y violentamente, no por arte de magia sino por arte de brujería, suplantado por ese adulto en el que se convirtió, en el hombre que todos saben quién es y de quien tanto se ha hablado y escrito últimamente; el desaparecido que aparece en todas partes, el hombre que tantos quisieron conocer y tan pocos conocen y que por eso, ahora, leen sin comprenderlo ni disfrutarlo pero para poder estar a la moda, en tema, deformemente informados.)
Su nombre y su apellido saltan sobre la arena como si fueran mascotas más o menos domesticadas o por qué no, mejor, como peluches que no muerden ni cagan ni mueren. Como si buscasen sus talones; y es por eso que El Niño corre aún más rápido bajo los relampagueantes rayos del sol. No van a alcanzarme, piensa El Niño, no lo conseguirán. Pero lo consiguen. Y lo consiguen de una manera que no estaba en los planes de El Niño: el padre y la madre se cansan. Buscan y encuentran un sitio en la arena. Extienden las toallas. Arrojan sobre ellas un par de libros con el mismo título y nombre de autor en su portada y los mismos personajes en su interior, aunque en ediciones diferentes. Clavan y abren la sombrilla y destapan los termos llenos de té frío mezclado con algún licor. El libro de la madre tiene varias líneas y párrafos subrayados a lo largo de sus páginas. El libro del padre sufre abundantes tachaduras y números y notas en los márgenes y, en la última página, una lista de palabras que incluyen «flapper», «bob», «crack-up». Y ambos lectores y ambos libros se sientan a leer al mar de frente y de reojo a El Niño quien, sintiéndose ya no perseguido sino ignorado, alcanzado, se detiene y vuelve sobre sus pasos. Despacio, no en línea recta sino en curvas elegantes, girando sobre sí mismo, postergando lo más posible el Momento Kodak de los tres juntos otra vez: padre-madre-hijo; un organismo de tres cabezas y tres cuerpos pero, aun así, indivisible a no ser que se tomen decisiones radicales y terminales. Y, ya se dijo, decisiones están a punto de ser tomadas. Todas. De un trago.
El padre y la madre y El Niño están —El Niño la entiende y la repite como una sola e indivisible palabra— devacaciones. Y, signifique lo que eso signifique, estar devacaciones es, fundamentalmente, estar en otra parte. Todo el tiempo juntos. Y a ver qué pasa, a ver si algo pasa, a ver si el clima interior mejora alentado por el buen tiempo exterior. El padre y la madre están allí, incomunicados (lejos de todo y todos, inaccesibles; lo más parecido que existe entonces a los teléfonos móviles sólo aparece en películas con espías muy a go-go bailando entre minifaldas) y haciendo todo lo posible por comunicarse. Pero enseguida, al poco de llegar, el padre y la madre se descubren descubiertos y sin cobertura y sólo deseando volver a la gran ciudad, donde es tanto más fácil perderse del otro para encontrarse uno.
Son los casi primeros días devacaciones y El Niño no se ha ajustado aún al nuevo ritmo —suave por momentos, acelerado por otros— de una nueva rutina. Todo es nuevo y todo es raro y El Niño extraña sus juguetes a los que baldes y palas no pueden suplantar. A El Niño nunca le gustó el plástico y extraña el metal. En especial el metal de ese hombrecito de lata con una maleta. Un juguete que resultó defectuoso —no avanza al dársele cuerda sino que retrocede— y que El Niño insistió en conservar igual y no cambiarlo por otro igual pero funcionando bien porque, intuitivamente, le gusta su defectuoso mecanismo de defensa. Eso de estar preparado y vestido para el futuro y, sin embargo, sólo poder proyectarse hacia el pasado. Un pequeño turista viajando de espaldas hasta el borde de una mesa y, allí, media vuelta y hasta el otro borde. Sin caer nunca, cortesía de un ingenio simple pero efectivo. Un tope en sus pies que le impide precipitarse a un vacío lleno de patas de sillas pero, aun así, no privándose del asomarse una y otra vez al abismo para que le cuenten una historia.
El padre y la madre —al borde de otro abismo, su historia casi contada— ya no extrañan nada y juegan consigo mismos y habitan un puro presente. No se mueven ni hacia atrás (porque el pasado engaña, distorsiona) ni hacia delante (porque mañana nunca se sabe). Así, el reino del minuto a minuto. Un desplazarse despacio, como patinando sobre hielo muy delgado o junto a los traicioneros filos de un precipicio. Sabiendo que carecen de la tecnología primitiva que los ayudará a no caer y a no estrellarse en los riscos de su mutuo desencanto: porque el amor es una enfermedad, se autodiagnostican con una rara mezcla de tristeza y alivio, de la que ellos ya se han curado.
El Niño no lo sabe; aunque sí lo sospecha sin poder explicarlo. O explicárselo. Con esa rara capacidad para percibirlo todo, de ser permeables a todo, que tienen ciertos niños: sí, sí, sí, el padre y la madre ya han tomado una de esas decisiones. Sí, son los albores de una era en la que El Niño irá de uno a otra, de un lado a otro. Y, de tanto en tanto, uno y otra se juntarán para volver a separarse. Respetando el espasmódico pero estricto ritmo de un nuevo calendario en el que las estaciones pasarán a ser algo secundario y casi vulgar. Algo sólo útil para esa variedad de niños poco experimentados, para los cada vez más contados ejemplares de esa especie demodé que va desapareciendo, para los hijos que todavía viven con ambos padres en un mismo lugar.
En cambio, para los cada vez más numerosos miembros de esa nueva raza de niños —para estas flamantes mutaciones— los fines de semana y las vacaciones serán las nuevas formas de fraccionar y de explicar el paso del tiempo. Días largos. Tanto más largos que sus contadas veinticuatro horas. Y que parecen, cada uno, dividirse en tres días: el día de la mañana, el día de la tarde y el día de la noche. Tres actos bien precisos y perfectamente delimitados. Como en las tragedias y en las comedias. O como en ambas al mismo tiempo; porque durante la infancia, en un mismo día, se puede llorar mucho antes del almuerzo y dormirse entre carcajadas luego de la cena. En la infancia, cada día es una vida entera. ¿Qué hora es? ¿Qué importa? No les importa a los padres —quienes impusieron la costumbre a varios amigos, como si el gesto implicara la contraseña para pertenecer a una secta de elegidos—, que llevan sus relojes boca abajo. Con la esfera y las agujas de cara a sus muñecas. Al revés. Con la afectación supuestamente original de aquellos que dicen que el tiempo y su paso no les importa en absoluto cuando, en realidad, fugitivos, no hay otra cosa que les importe más que el tiempo y su paso y ellos pasando a través, atravesados por el tiempo. Y no le importa a El Niño; cuya vida todavía no ha sido reducida a horas y horarios estrictos y externos y que se rige tan sólo por la intimidad de comidas y sueños y despertares.
(Muchos años después, El Niño que ya no sería niño —pero se sentiría como uno al descubrir, siempre, cosas nuevas e inesperadas— leería, pasmado, que hubo un tiempo en que no existía un tiempo general y universal. Que la abstracción de un mismo tiempo para todos consiguió imponerse y asimilarse recién a finales del siglo XIX; cuando se coordinaron relojes por la llegada y salida de los ferrocarriles transcontinentales por la obligación de estar en hora en la estación para no perder el tren y, por fin, pronto y de pronto, todos estaban de acuerdo en que eran las doce del mediodía al oír el tañido de bronce de las campanas junto al silbato de acero de la locomotora.)
El padre y la madre y El Niño llegaron a esa playa en un tren agonizante, en uno de los últimos trenes de un país descarrilado. Y —El Niño no lo sabe pero, ya se dijo, de algún modo lo siente, lo presiente— otro tren se avecina a toda marcha. Humo sucio y fuego impurificador brotando de su chimenea: el Divorcio Express. El vehículo representativo de una época de grandes cambios. Un tren que no unirá sitios distantes sino que los separará con una serie de barreras, con rieles que desvían y sobre los que de tanto en tanto se arrojará un poeta enredado en sus propios versos o se depositará la flor de una damisela atada. Estaciones donde ya nadie espera nada, porque nada ya llegó hace tiempo, y llegó para quedarse. Y de ahí la poca imaginación de este veraneo en el que nada parece suceder. En el que todo está aparentemente bien pero de la peor manera posible. En el que las sonrisas del padre y la madre son siempre finas y tensas como el surco húmedo que queda al paso de una navaja demasiado afilada o como el filo helado de la navaja demasiado afilada. Da igual, es lo mismo. El surco, el filo: uno termina en el punto exacto donde empieza el otro: las sonrisas del padre y de la madre hieren y son heridas. La sonrisa de El Niño mientras decodifica esas sonrisas aunque no conozca su idioma —la suya todavía es una de esas sonrisas que son nada más que una sonrisa— no sabe por qué sonríe. Y aun así sonríe por las dudas, con cautela, y por eso esa necesidad irresistible de salir de allí. De correr sin parar. De creerse desde un poco lejos, con la ayuda de una mínima perspectiva, aquello de apenas unos metros atrás. Eso de «… comprenden que ya no pueden vivir solos; que todavía, aunque cada vez menos, se necesitan; que ya nada ni nadie puede o podrá separarlos y deshacer el nudo de sus vidas». (Dentro de muchos años, El Niño leería —en una novela cuyo protagonista enloquece más o menos civilizadamente, enviando cartas a vivos y a muertos, a celebridades y desconocidos— la frase «Las playas sientan bien a los locos con tal de que no estén demasiado locos» y, alzando los ojos del libro, se diría a sí mismo: «Exacto. De acuerdo. Mis padres eran locos que, por entonces, todavía, no estaban demasiado locos. Después, unos pocos veranos más tarde, dos o tres, bueno, la cosa ya fue muy diferente, muy demasiado…».) Pero ésa sería una novela compleja, una novela de respiración complicada. Aquí y ahora, entonces, El Niño en la playa tiene «preocupaciones» más infantiles aunque igual de difíciles de solucionar. Muchas de ellas —a El Niño le faltan y le hacen falta palabras, maneras de ordenarlas— más intuidas que verbalizadas y pensadas; otras que recién se le aparecieron un poco después; pero que él evocará, siempre, como parte y partes de una infancia sin límites ni fronteras claras. Asuntos que, por momentos, parecen enloquecerlo lo justo, en la playa, porque él todavía no está «demasiado loco». Ejemplos sueltos que, de traducirlos a un formato adulto, sonarían más o menos así:
* ¿Por qué Superman parece hacer el mismo esfuerzo —la misma tensión de músculos, su ceño fruncido— a la hora de levantar un automóvil o alterar a empujones la órbita de todo un planeta? Lo que lo lleva a: ¿Es realmente algo positivo para la humanidad el que Superman y sus amigos —entiéndase: Batman & Co.— velen tanto y tan eficazmente por nosotros? ¿No es un tanto inquietante que cada vez que el Hombre de Acero o el Hombre Murciélago son momentáneamente neutralizados por alguno de sus demasiados archienemigos —entiéndase Lex Luthor o The Joker— ni la policía ni el ejército ni la ciudadanía en masa puedan hacer algo? ¿Y que se limiten, rendidos a la contemplación de la aplicación del superpoder o de la megahabilidad, a no hacer nada salvo rogar por la, afortunadamente, inevitable y nunca muy tardía recuperación y fulminante victoria del paladín hasta la siguiente aventura en la que todo vuelve a comenzar, a seguir así? (Mucho después, El Niño definiría a los cada vez más absurdamente evolucionados y multifuncionales teléfonos móviles y sus aplicaciones de tipo «social» como «superhéroes de bolsillo sin los cuales ya no podemos existir y de los que dependemos sin siquiera imaginar que son supervillanos».)
* ¿Quién es el culpable de que haya tantos Sugus de color rojo y tan pocos Sugus de color verde en los paquetes de caramelos surtidos?
* ¿Por qué sus padres parecían empeñados en que él muriese por sobredosis de Patty con puré marca Maggi?
* ¿Por qué los expedicionarios que llegan a la Skull Island de King Kong no optan por llevar a la civilización a un más fácil de controlar dinosaurio de cerebro pequeño y apetitos sencillos —tanto más vistoso e impresionante como espectáculo— en lugar de a un inestable mono gigante y fascinado por las rubias? ¿Y por qué en las películas esas con monstruos japoneses alguien siempre deja de correr y se da la vuelta y alza los brazos y grita, inmóvil, para ser aplastado por pata de reptil gigante?
* ¿Cómo es posible que el yoga que practica su madre —visiones aterrorizantes del pie de ella sobre su cabeza, de su cabeza entre sus piernas, la elasticidad plastilínica de todo su cuerpo— es algo que haga bien y no todo lo contrario?
* ¿Por qué en todos y cada uno de los espectáculos infantiles a los que lo llevan hay un momento terrible en que los actores o los que hablan al público bajan del escenario dando saltitos, y se dirigen lanzando risitas y con voz chillona directamente hacia él para hacerlo participar, obligado y delante de todos, en algo que nunca quiso ni quiere ni querrá hacer mientras todos lo miran?
* ¿A qué se debe el que haya agujeros en el queso?
* ¿Y no sería mucho más cómodo y lógico ponerse los calcetines al revés, con las costuras para el lado de afuera?
* ¿Por qué la gente que te canta el «Cumpleaños feliz» parece siempre estar pensando en cualquier otra cosa y algunos, incluso, no cantan sino que se limitan a mover los labios sin emitir ningún sonido; como cuando, lo comprobará dentro de poco, se canta el Himno Nacional en los actos escolares? ¿Y por qué están los que te lo cantan con indisimulado odio, como si te deseasen lo peor, como si se burlaran de que festejes el paso del tiempo, de tu tiempo?
* ¿Quiénes son las personas que deciden los colores de los países en mapas y globos terráqueos y si se puede conseguir trabajo haciendo eso?
* ¿Por qué los dedos de la mano tienen nombre y los del pie no? (Cuestión que se hará más intrigante al descubrir en el colegio que, en inglés, a los dedos de la mano se les dice «fingers» y a los del pie se les dice «toes».)
* ¿Es la aureola rodeando el cráneo de Jesucristo la representación gráfica de la poderosa migraña causada por la corona de espinas?
* ¿Por qué todos se empeñan en encontrarle parecido a los bebés cuando es perfectamente obvio que los bebés no se parecen a nadie, a nada, salvo a los bebés?
* De acuerdo, puede entender por qué Barbazul asesina a curiosas y sucesivas esposas, pero ¿por qué mató a la primera de ellas?
* ¿La gelatina es algo animal, vegetal o mineral o interplanetario?
* ¿Por qué los chistes nunca se pueden retener —por qué resulta imposible no recordarlos sino no olvidarlos— y se disuelven tan velozmente en la memoria? (Enigma que crecerá con él y, más adulto, se traducirá en un «¿Estarán hechos los chistes de la misma materia de los sueños?».)
* ¿Y por qué a la hora de los cuentos de genios —tanto más interesantes que los cuentos de hadas— el último y tercer deseo nunca es «Quiero tres deseos más» y, así, hasta el infinito, y pudiendo entonces incluir pedidos absurdos como que el mejor alumno no se sepa jamás las lecciones, que el agua de una piscina se convierta en Coca-Cola, o que el fin de semana dure todo un año o que, sobrando los deseos, haya paz y amor en todo el mundo, incluyendo entre sus padres?
* Y ese magno misterio que sus padres no han conseguido aclararle: ¿Por qué de todos los alimentos sólo los espárragos consiguen transferir su sabor al olor del pis anulando incluso al olor del pis?
Y el último, el que acaba de añadir a su lista:
* ¿A qué se debe que en las playas —no en ésta, que, como se precisó, es una playa salvaje, sin domesticar, sin ninguna señal de ser explotada o explotable— flameen banderas rojas o azules informando del líquido e inasible humor de las aguas pero no del estado de ánimo de la arena, siempre movediza, donde sus padres suelen comportarse de maneras más impredecibles que el clima y las corrientes y donde suceden tantas cosas inexplicables para El Niño?
Hay decenas, cientos de interrogantes como éstos bailando dentro de la cabeza de El Niño. Y no todas sus «preocupaciones» son, por supuesto, tan sofisticadas. También está su pánico a las mujeres gordas; que, para él, no son simplemente malas sino, en disney-lingua, malignas o malévolas o maléficas. Pero el mal ya está hecho o el mal funcionamiento ya ha sido activado. Y El Niño ya es alguien no demasiado cuerdo y que ya piensa como alguno de esos primitivos juguetes a cuerda y de lata. Como su juguete favorito. Juguete —aunque El Niño ni siquiera pueda aún imaginarse algo así, el que las cosas dejen de ser— próximo a ser dejado de producir. Listo para ser descontinuado como lo serán esos trompos chispeantes o aquel mono golpeando platillos. Modelo en retirada a preservar por coleccionistas: el eslabón perdido entre la eterna tracción a sangre de juguetes políticamente correctos y el sonido y la furia de engendros electrónicos e informatizados por aterrizar e invadir.
Y, aunque El Niño no lo sepa, hay muchos niños como él. Ahí fuera. Desarrollándose en secreto y listos para la línea de montaje. Infiltrados en hogares terrestres como aliens esperando la señal para activarse y comenzar a hacer lo suyo para alegría de psicólogos especializados. Niños cuyas infancias serán modificadas por la separación en serie de padres poco serios. Niños que, de pronto, para no pensar en eso tan raro comenzarán a pensar en cosas más raras todavía, a pensar mucho, todo el tiempo, para pensar lo menos posible. «Hey, aquí vienen los nuevos Hijos de Padres Divorciados. ¡Pídeselo a papi y a mami para estas fiestas!»
Y el virus aumentará su intensidad dentro de muy poco y para siempre. Y más preguntas, preguntas crecientes, a medida que él vaya creciendo sin por eso ser más grande o menos juguetón:
* ¿Qué tiene que hacer una coma metiéndose entre números? ¿No son las matemáticas algo creado exclusivamente para enloquecerlo, una conjura universal en la que todos fingen entender algo que, sin dudas, es incomprensible y no tiene ningún sentido ni lógica? ¿Y por qué un psicótico es aquel seguro de que 2 + 2 hacen 5 mientras un neurótico sabe que 2 + 2 hacen 4 pero no puede soportarlo? ¿Y qué será el que siempre pensó que 2 + 2 equivale a 1 + 1 + 1 + 1 o al número exacto de veces que hay que dejar sonar un teléfono antes de atenderlo o de cortar?
* ¿Por qué, en series de televisión y en películas, la velocidad más extrema sólo parece poder expresarse en la más lenta de las cámaras?
* ¿Por qué las personas pegan fotos de sus seres queridos en las puertas de los refrigeradores? ¿Los consideran materia fría o alimento a calentar?
* ¿Por qué los cantantes en las bandas de heavy metal cantan con esa voz tan aguda cuando, por definición e intención, debería ser una voz grave, metálica, pesada?
* ¿Por qué las víctimas de los zombis son siempre alcanzadas por lo no-muertos o no-vivos cuando éstos son tan torpes para moverse sin ninguna aparente urgencia? ¿Por qué los zombis necesitan tanto alimentarse de cerebros (brrrrrrrrainsssss…) si su consumo no incrementa ni en un gramo su ínfima inteligencia?
* ¿Cómo es que los extraterrestres —en lugar de abducir a mandatarios mundiales, científicos descollantes o grandes artistas— optan por llevarse siempre a burdos granjeros o a tristes peluqueras de barrio o a cualquiera que pasara por allí, mirando al cielo?
* ¿Y por qué los que antes se detenían a ayudar a alguien víctima de un accidente ahora —¿no-muertos?, ¿marcianos?— se limitan a filmarlo con sus teléfonos y subirlo rápidamente a YouTube?
* Lo que lo lleva a: *¿Por qué todos esos famosos adictos al sexo que se internan en clínicas para superar semejante mal —luego de arrasar con varios harenes de diosas de piernas largas y pechos altos— jamás son sorprendidos por sus esposas con mujeres «normales», poco agraciadas, o incluso ancianas?
* ¿Por qué las chicas temen tanto ser espiadas en ropa interior pero no vistas en bikini y dicen siempre «No sé qué me pasa» cuando en realidad lo saben perfectamente?
* ¿Y por qué las mujeres —bajo sábanas y mantas, aun en verano— siempre tienen los pies fríos?
* ¿El alma sale por los pies en el momento de la muerte; de ahí el que todo aquel que es atropellado por un vehículo pierda, en el aire de un último salto verdaderamente mortal, los zapatos que siempre caen a unos metros del cuerpo?
* ¿A qué se debe que haya tan pocos relojes en los aeropuertos más modernos y que todo lo que se vende en los aeropuertos sea más caro que fuera de ellos?
* ¿Por qué ahora, después, la gente que te canta el «Cumpleaños feliz» siempre parece estar pensando en su propio cumpleaños, en cuánto falta, en cuántos quedan, en si son o no cumpleaños felices?
* ¿Por qué cuando la gente te dice «No es tu culpa» en realidad te quiere decir todo lo contrario? (¿Aunque a ti ni se te haya pasado la palabra «culpa» por la cabeza; palabra que ahora está ahí, para siempre, y que de aquí en más es toda tuya, por siempre?)
* ¿O por qué son cada vez más las personas que se detienen en el umbral de puertas o al pie de escaleras mecánicas o en salidas de medios de transporte a consultar dispositivos electrónicos?
* ¿De verdad se pensarán más evolucionados los soñadores de países nórdicos —y los encargados de sus frígidos hoteles— por haber renunciado a las sábanas y dormir a puro edredón?
Y aunque lo de * King Kong y lo de * los espárragos y lo de * los pies y el alma y los zapatos, como tentáculos desde una infancia profunda, continúan inquietándole y mucho (y, en el último caso, siempre, con el tiempo, le producirá la rara e injustificada científicamente calma de comprobar, o al menos convencerse de ello, de que sus tripas continúan funcionando como en el principio de sus tiempos porque lo de * los espárragos continúa sucediendo puntualmente) lo más intrigante de todo es esa pregunta. Esa pregunta que se planta en la infancia pero que, con el paso del tiempo, sus raíces continúan extendiéndose sin pausa por esa tierra en la que alguna vez seremos enterrados para dar de comer a árboles por crecer:
* ¿Le gusto o no le gusto o le sigo gustando o ya no le gusto más o le gusté alguna vez? A ella. A él. A todos. A sí mismo.
Pero todavía le queda un poco de tiempo antes de tener que preguntarse todo eso. (Aquí viene desde tan lejos, tan lejos que es como si llegase desde una dimensión alternativa, desde un posible tal vez y, ah, otro de esos paréntesis como onda expansiva. Y El Niño no posee aún los conocimientos necesarios para resistir el aluvión que, dentro de unos años y continuará…)
Y mientras tanto El Niño seguiría preguntándose —de nuevo allí, en aquel presente, devacaciones— * cómo es que el sol comienza a descolgarse, se suelta de los bordes de la pared, de lo más alto. Y cómo, con su dejarse ir y caer, van reapareciendo las sombras. * ¿De qué color son las sombras?, se pregunta El Niño. Porque está claro que no son negras exactamente. Tampoco grises. Las sombras son del color de aquello que cubren y cambian: porque, a la sombra, todo adquiere una tonalidad sombría y un aire sombrío. Pero ahora, todavía, eso no es un problema. Las sombras —sombras nuevas, las sombras que siguen al mediodía apenas superado— son breves, son un boceto de sombra. Hace calor, hace azul del cielo y hace azul más oscuro del mar —un azul turbio y amarronado por la llegada del río— y hace amarillo de la arena. Todo es tan delicado, tan fácil de quebrarse. Todo parece recién hecho pero, de pronto, el aire es de cristal. Y el oxígeno es como copos de nieve llenos de puntas y que duele un poco al ser respirado.
Y El Niño se deja caer junto a sus padres. Allí junto a ellos hace más frío. Menos grados de temperatura. Como si sus padres refrigeraran el aire que los rodea. Y El Niño siente la exquisita sensación del sudor limpio secándose sobre la piel de su cuerpo que, enseguida, recibe un nuevo zarpazo de electricidad. Y, así, otra vez en movimiento y de pie y saltando y moviendo los brazos y lanzando alaridos de pájaro muy pero muy loco. «Un pájaro más loco que un pájaro loco», piensa y se ríe El Niño y casi se pregunta, con un temor raro, si acaba de inventar un chiste, o algo así, y se promete no olvidarlo. Y sigue graznando, haciendo ruido. Todo lo que sea necesario, cualquier cosa para romper la belicosa tregua en la que yacen sus padres: la calma que precede a la tormenta que precede al huracán que precede al tsunami que precede a la grieta que se abrirá en el mundo que precede al agujero negro que devorará toda la luz que precede a toda esa oscuridad que ya no precederá a nada, porque ya no habrá nada después de ella. The End.
Más adelante, con el correr o caer de los años, El Niño sabrá cómo neutralizar y desoír la llamada de ese abismo: abriendo un libro, precipitándose allí adentro en la más libre de las caídas, cerrar la tapa de la realidad, ya no delante sino detrás de él, y abrir los ojos. Y nunca dejar de maravillarse ante el hecho de que, cada vez que coge por primera vez un libro —le han dicho que a otros les pasa lo mismo con los revólveres—, siempre se sorprenderá por el haberlo pensado, independientemente del número de páginas y tipo de encuadernación, más liviano o pesado pero nunca así. Y enseguida le parecerá lógico y narrativamente apropiado que cada libro se sienta único y diferente y singular. Pero todavía falta un poco para eso. Para leer y escribir. Falta casi la mitad de la vida que lleva vivida. Así que, como protesta ante la lentitud de su aprendizaje (con cada día que pasa incorpora a su vocabulario entre diez y veinte palabras cuyo significado desconoce o apenas percibe; lo que no le impide disfrutar de su sonido, del gusto que despiden dentro de su boca al repetirlas; hoy, en este hoy que ahora recuerda, ha escuchado y probado por primera vez la palabra «paréntesis»), El Niño no deja de moverse. El Niño —antes de que llegue la era del sentarse a leer y a escribir, de moverse de otro modo— corre y gira y salta y baila y se derrumba por el solo placer de ponerse otra vez de pie para volver a correr y a girar y a saltar y a bailar y a derrumbarse.
Y sus padres lo contemplan con una mezcla de pasmo, resignación y cansancio: El Niño inquieto es también, según su pediatra, un niño «proclive a los accidentes».
En su corta pero accidentada existencia El Niño ya ha pasado por los siguientes trances: a) un parto difícil en el que casi muere o, en realidad, murió por unos minutos, primero, estrangulado por su propio cordón umbilical y, segundo, cuando una enfermera lo dejó caer al suelo (no lo sabe aún, no lo recuerda, se lo contarán dentro de un tiempo y «un tiempo» es la unidad cronológica que suele equivaler a un cuarto de siglo o algo así, ¿no?); b) un encuentro indeseado con un cactus más grande que él; c) un nunca del todo aclarado episodio en triciclo en el que también intervinieron un camión, dos motocicletas y una silla de ruedas; d) un principio de incendio; e) un final de inundación con cortocircuito incluido; f ) un segundo principio de incendio; g ) un combate cuerpo a cuerpo con uno de esos perros mutantes entrenados para matar que, nadie sabe cómo, se quitó su bozal justo cuando El Niño pasaba por ahí (ver cicatriz de mordida a la altura del talón izquierdo; ver perro al que le falta un ojo); h) una intoxicación con productos de limpieza que, para desconcierto del médico de urgencias, habría matado a cualquier organismo vivo… y así hasta llegar a z) lo de, días atrás, cuando se clavó la concha de una almeja en el centro de su frente donde, ahora, hay una marca con forma de sonrisa y, próximamente, en cualquier momento, otra vez a), volver a empezar, alfabéticamente, como con los nombres centrifugados que les ponen a los huracanes caribeños.
Así es la vida, así es su vida.
Un constante y generalizado ensayo para una muerte que se estrenó en el primer segundo de su existencia y cuyo aplauso mudo no ha dejado de oír desde entonces y que seguirá oyendo hasta el instante último del saludo final que, en su caso, si todo va bien para él y mal para el resto de la humanidad será un constante enter/exit ghost. Mientras tanto y hasta entonces, una indefensa y todopoderosa y esclavizada tiranía a base de sucesivos desastres (y la fría planificación y ejecución de ese Muy Particular Gran Desastre que lo pondrá en boca y ojos de todos) con el desastre de sus padres como entrecortado hilo musical. (Varios capítulos más adelante, en el paréntesis horizontal de un diván, un psicoanalista le interpretará que esa sucesión de cataclismos infantiles fue el sistema que él utilizó, inconscientemente, para mantener unidos a sus padres en la adversidad de su matrimonio, tenerlos unidos para que así pensaran que lo cuidaban de sus descuidos catastróficos cuando en realidad era él quien los protegía a ellos y los perpetuaba como pareja.) Padres que, a su vez, se encuentran sitiados por ejércitos mercenarios a merced de sus propios y cada vez más vencidos y rendidos sentimientos. Otro capítulo de su saga. El mismo capítulo de siempre con cada vez más incorrectas correcciones, con erratas que se multiplican, con faltas de ortografía y cortesía.
En la playa, bajo el sol, el padre y la madre leen el mismo libro. No es la primera vez que lo hacen. Así se conocieron: los dos leyendo el mismo libro. En un tren, en el más romántico de todos los medios de transporte. Ese mismo libro que no dejan de leer. Y, seguro, no hay mejor argumento para iniciar la marcha de una conversación y adentrarse en el túnel del amor que ése. Pero como suele suceder con todo lo que parece encantador en los primeros tiempos del romance, ahora ese rito de leer juntos pero separados —de leer dos libros distintos pero iguales, al mismo tiempo— lo único que les produce es una cierta irritación. El tipo de molestia que se experimenta cuando después de mucho tiempo seguimos sintiéndonos obligados a algo a lo que empezamos a obligarnos nosotros mismos. Y, entonces, uno no puede sino preguntarse por qué estoy haciendo esto, maldita sea, maldito sea, como es que llegué aquí, acaso se puede ser más idiota.
El libro elegido por el padre y la madre no es, además, de lo más apropiado para los tiempos que corren, para el tiempo por el que ellos se arrastran. Ese libro empieza en una playa y narra —con exquisitez de detalle, con dolorosa elegancia— el vertiginoso a la vez que pausado apocalipsis de un matrimonio al que muchos envidiaron y consideraron perfecto. El libro es, también, un clásico indiscutible. Lo que significa que no se puede dejar de leerlo; pero sí que se fantasea con que el otro se canse, o se dé por vencido, o retroceda espantado ante el espejo cruel y revelador de esas páginas. Y lo deje. Y me deje en paz, leerlo yo solo y a solas, ¿sí? Nada de eso por el momento. Y el padre se identifica con el protagonista de la novela y la madre se identifica, también, con el protagonista de la novela. Porque la protagonista de la novela, la esposa del protagonista, está loca o, si se prefiere, «perturbada»: esa manera sutil y elegante y educada y un tanto vintage de informar que alguien está completa y absolutamente chiflada. Y el protagonista sufre y la sufre tanto. Y, en las primeras páginas, ella y él —los protagonistas de la novela— están en una playa. Y ella está demasiado loca como para que una playa le «siente bien». O tal vez sea al revés. Tal vez el padre y la madre de El Niño estén identificados con ella y no con él; porque es muy posible que él tenga algo que ver con la locura de ella. O tal vez la confusión para identificarse clara y precisamente se deba a las ediciones y traducciones diferentes. El ejemplar del libro del padre tiene una foto de una antigua bañista en la portada, el de la madre el póster turístico de un balneario en la Costa Azul. Y el padre y la madre no lo saben aún pero leen versiones diferentes de la misma novela del mismo modo en que escriben versiones diferentes de su matrimonio y de los inminentes alegatos para su defensa y/o acusación. Porque el autor del libro decidió, casi desesperado y poco antes de morir, alterar el fluir temporal de la trama —que inicialmente no era lineal sino sinuoso, presente y pasado y presente— y reordenarla cronológicamente. Para —y es que él había dedicado tanto esfuerzo a esas páginas que a nadie parecían interesarle demasiado y se consideraban como triunfal fracaso o algo así— ver si de ese modo la novela mejoraba, si gustaba más, si vendía más. Indicaciones que siguió, post-mortem, su albacea literario. Esa versión nueva fue considerada inferior y se volvió a la primera, a la que —al igual que el tiempo real— iba hacia delante y hacia atrás y otra vez hacia delante. Pero, para entonces, en inglés y en traducción, uno y otro modelo coexistirán por algunos años. Y El Niño —cuando ya no era niño, cuando pudo leer y comparar ambas, varias veces— nunca estuvo del todo seguro de cuál había leído su padre y cuál su madre. Cuál de ellos se proyectaba recto y firme desde el pasado al futuro y quién daba vueltas sobre sí mismo. No importa demasiado, pensará. Importa ahora, sí, la ausencia de su juguete metálico en reversa y el que el padre le dice a la madre «Zelda» y la madre le dice al padre «Zeldo». Con cariño tóxico. Y, cuando El Niño pregunta por qué se llaman así el uno al otro, le responden que es algo que tiene que ver con el libro, con los personajes del libro, con el autor del libro y con su esposa, que son como los personajes del libro, pero no exactamente. A El Niño, esta revelación de que la no-ficción y la ficción puedan ser una sola cosa le provoca un fuerte dolor de cabeza, más o menos el mismo dolor que le provocarán, ya se dijo, las películas de argumentos espacio-temporales. Una aureola beatífica y jesuítica, otro desconcierto a archivar junto a * Superman y a * King Kong y a * las mujeres obesas y a * la poderosa fragancia de los espárragos en la orina. Y tal vez, piense, todo se deba a que sus padres también extrañen a sus juguetes. Porque sus padres tienen más juguetes que él, piensa: almohadones plateados, máscaras plásticas, recipientes de vidrio con líquido de colores que sube cuando se los rodea con el calor de la mano, péndulos de varias bolas que chocan entre ellas de una en una o de dos en dos o de tres en tres, una ola azul prisionera en un rectángulo de acrílico que se bambolea, exóticos instrumentos musicales que no saben tocar pero son tan graciosos de ver, caleidoscopios psicodélicos, lámparas de fría lava; y vaya a saber uno qué otros juguetes tienen escondidos y lejos de él, bajo llave.
Ahora, aquí, sin nada de eso, el padre y la madre vuelven a pelearse. A «polemizar», prefieren decir ellos. Y El Niño se cubre los oídos para no oír lo que no puede dejar de oír. Cubrirse los oídos con las manos es, lo sabe, un deseo no necesariamente concedido.
Así que El Niño decide poner tierra de por medio y meterse al agua. Antes de entrar se toca el traje de baño, como revisando su uniforme de superhéroe. Es azul y con un ancla blanca y le queda como le quedan los trajes de baño a todos los niños: muy bien. Todavía está lejos de la adolescencia y aún más de la primera juventud (cuando los trajes de baño pueden quedar bien mal, y es tan vital el que queden bien-bien), o de la última madurez (cuando quedan siempre mal-mal, pero ya nadie se preocupa demasiado por ello). El Niño entra al agua como quien entra a un lugar que no conoce del todo bien. Con cautela, frío y calor. Y, con el agua a la cintura, se lleva una mano mojada a la boca y un sabor —¿existirá esa palabra, pertenecerá al mismo idioma que devaca
