Olvidados (Saga Olvidados 1)

Michael Grant

Fragmento

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Índice

 

 

Portada

Créditos

Mapa

Mapa

Dedicatoria

UNO

DOS

TRES

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

OCHO

NUEVE

DIEZ

ONCE

DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

DIECINUEVE

VEINTE

VEINTIUNO

VEINTIDÓS

VEINTITRÉS

VEINTICUATRO

VEINTICINCO

VEINTISÉIS

VEINTISIETE

VEINTIOCHO

VEINTINUEVE

TREINTA

TREINTA Y UNO

TREINTA Y DOS

TREINTA Y TRES

TREINTA Y CUATRO

TREINTA Y CINCO

TREINTA Y SEIS

TREINTA Y SIETE

TREINTA Y OCHO

TREINTA Y NUEVE

CUARENTA

CUARENTA Y UNO

CUARENTA Y DOS

CUARENTA Y TRES

CUARENTA Y CUATRO

CUARENTA Y CINCO

CUARENTA Y SEIS

FINAL

Otros títulos

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Para Katherine, Jake y Julia

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UNO

 

299 HORAS, 54 MINUTOS

 

 

 

EL PROFESOR HABLABA de la guerra civil. Y, al cabo de un instante, desapareció.

Así, sin más.

Desaparecido.

Sin hacer «puf». Sin un destello de luz. Sin explosión alguna.

Sam Temple estaba sentado en la clase de historia de la tercera hora mirando fijamente la pizarra, pero con la mente muy lejos de allí. En su mente estaba en la playa, con Quinn. En la playa con las tablas, gritando, braceando tras zambullirse en las aguas frías del Pacífico.

Por un instante le pareció que se lo había imaginado, eso de que el profesor había desaparecido. Por un instante pensó que soñaba despierto.

Sam se volvió hacia Mary Terrafino, que estaba sentada a su izquierda:

—¿Has visto eso, no?

Mary miraba fijamente el lugar donde había estado el profesor.

—Oye, ¿dónde está el señor Trentlake? —intervino Quinn Gaither, el mejor y quizás único amigo de Sam.

Quinn estaba sentado justo detrás de él. Los dos preferían asientos junto a la ventana porque a veces, si adoptabas el ángulo correcto, podías llegar a ver una franja diminuta de agua brillante entre los edificios de la escuela y las casas que había a lo lejos.

—Debe de haber salido —respondió Mary, pero su tono de voz no indicaba que se lo creyera.

Edilio, un chico nuevo que a Sam le resultaba potencialmente interesante, intervino:

—No, tío. Ha hecho puf —dijo, e hizo una cosa con los dedos que ilustraba muy bien el concepto.

Los chicos se miraban los unos a los otros, estirando el cuello a un lado y al otro, entre risitas nerviosas. Nadie estaba asustado. Nadie lloraba. Lo sucedido resultaba bastante chocante.

—¿El señor Trentlake ha hecho puf? —preguntó Quinn, aguantándose la risa.

—Oye —intervino alguien—, ¿dónde está Josh?

Varias cabezas se volvieron a mirar.

¿Había venido hoy?

—Sí, estaba aquí. Estaba aquí mismo a mi lado. —Sam reconoció su voz. Era Bette. La vivaracha Bette—. Acaba de... bueno... de desaparecer —afirmó la chica—. Como el señor Trentlake.

Se abrió la puerta que daba al pasillo. Todos los ojos se fijaron en ella. Pensaron que entraría el señor Trentlake, puede que con Josh, a explicarles cómo había hecho ese truco de magia, y que luego volvería a hablar con su voz emocionada y forzada de una guerra civil que a nadie le importaba.

Pero no se trataba del señor Trentlake. Era Astrid Ellison, conocida como Astrid la Genio, porque... bueno, porque era un genio. Astrid estaba en todas las clases avanzadas que había en la escuela. Y, en algunos casos, seguía cursos online de la universidad.

Astrid tenía el pelo rubio y le llegaba a la altura de los hombros. Le gustaba ponerse blusas blancas de manga corta que siempre captaban la atención de Sam. Sam sabía que Astrid estaba fuera de su alcance, pero ninguna ley le prohibía pensar en ella.

—¿Dónde está vuestro profesor? —preguntó Astrid.

Todos se quedaron sin saber qué decirle.

—Ha hecho puf —aclaró Quinn, como si fuera algo gracioso.

—¿No está en el pasillo? —preguntó Mary.

Astrid negó con la cabeza.

—Está pasando algo raro... Mi grupo de estudio de matemáticas... éramos tres, más la profesora. Y acaban de desaparecer todos.

—¿Qué? —exclamó Sam.

Astrid lo miró. Sam no pudo apartar la vista, como solía hacer, porque la chica no lo miraba desafiante y escéptica como de costumbre, sino asustada. Sus ojos azules, habitualmente duros y penetrantes, estaban muy abiertos, dejando ver gran parte de la esclerótica.

—Ya no están. Sencillamente han... desaparecido.

—¿Y tu profesora? —preguntó Edilio.

—Ella tampoco está.

—¿No está?

—Ha hecho puf —intervino Quinn, que ya no se reía tanto y empezaba a pensar que quizá no se trataba de una broma.

Sam oyó un ruido. En realidad más de uno. Alarmas de coche a lo lejos, procedentes de la ciudad. Se levantó cohibido, como si no tuviera que hacerlo, y se acercó rígidamente hasta la puerta. Astrid se apartó para dejarlo pasar. Sam notó el olor de su champú al acercarse.

El chico miró a la izquierda, hacia el aula 211, donde se juntaban los empollones de mates de Astrid. Un chico sacó la cabeza por el aula siguiente, la 213, medio asustado y medio aturdido, como si estuviera en una montaña rusa.

A su derecha, en la 207, los alumnos se reían demasiado alto. Demasiado. Eran de quinto. Al otro lado del pasillo, del aula 208 salieron de repente tres chicos de sexto y se pararon en seco, mirando a Sam como si fuera a gritarles.

La escuela de Perdido Beach era la típica escuela de una ciudad pequeña, de modo que todos desde el parvulario hasta el noveno curso estaban en un único edificio, con el colegio y el instituto juntos. Los últimos cursos se impartían en San Luis, a una hora de distancia.

Sam se dirigió hacia el aula de Astrid. Quinn y la chica lo siguieron.

La clase estaba vacía. Las sillas de las mesas, la de la profesora, todas vacías. Había libros de matemáticas abiertos en tres pupitres. Y las libretas también. Los ordenadores, una hilera de seis MAC antiguos, mostraban pantallas parpadeantes sin imágenes.

En la pizarra se leía claramente que habían escrito la palabra «Polin».

—Estaba escribiendo la palabra «polinomio» —aclaró Astrid, susurrando como si estuviera en una iglesia.

—Sí, ya me lo parecía —intervino Sam con brusquedad.

—Una vez tuve un polinomio —intervino Quinn—. El médico me lo sacó.

Astrid ignoró su penoso intento de bromear.

—Ha desaparecido mientras escribía la «o». Lo sé porque yo la estaba mirando.

Sam se movió un poco e hizo una seña. Había un trozo de tiza en el suelo, justo donde habría caído si alguien estuviera escribiendo la palabra «polinomio» —fuera lo que fuera aquello— y hubiera desaparecido antes de acabar de redondear la «o».

—Esto no es normal —opinó Quinn.

El chico era más alto y más fuerte que Sam, e igual de bueno surfeando. Pero sonreía como si estuviera medio loco y se vestía como si llevara un disfraz: hoy tocaba pantalones anchos, botas militares, un polo de golf rosa y un sombrero fedora gris que había encontrado en el desván de su abuelo, lo que le hacía parecer un tipo raro y que algunos se apartaran de él y otros lo temieran. Quinn tenía su propio rollo, y quizá por eso Sam y él se llevaban bien.

Sam Temple quería pasar desapercibido. Siempre llevaba tejanos y camisetas discretas, nada que atrajera la atención. Había pasado gran parte de su vida en Perdido Beach, iba a aquel colegio y todo el mundo lo conocía, pero poca gente lo conocía bien. Era surfero pero no frecuentaba a los surferos. Era listo, pero no un cerebrito. Era guapo, pero no tanto como para que las chicas lo consideraran un tío bueno.

Lo único que la mayoría de los chicos sabía sobre Sam Temple era lo de Sam Bus Escolar. Se había ganado el apodo cuando iba a séptimo. La clase iba camino de una excursión cuando el conductor del autobús sufrió un ataque al corazón. Iban por la carretera 1. Sam apartó al hombre del asiento, condujo el bus hasta el arcén, consiguió pararlo sin que nadie resultara herido y marcó con calma el número de la policía con el móvil del conductor.

Si hubiera dudado ni que hubiera sido un segundo, el autobús se habría despeñado y caído al océano. Su foto salió en el periódico.

—Los otros dos chicos, además de la profesora, se han esfumado. Todos excepto Astrid —resumió Sam—. Y eso desde luego no es normal —intentó no tartamudear al pronunciar el nombre de la chica, pero no lo consiguió. Astrid le producía ese efecto.

—Sí. Parece que está todo muy tranquilo por aquí, colega —comentó Quinn—. Estoy listo para despertarme —por una vez, Quinn no bromeaba.

Entonces alguien gritó.

Los tres salieron a trompicones al pasillo, que se había llenado de niños. Una chica de sexto llamada Becka era la que gritaba. Sostenía su teléfono móvil.

—¡No hay respuesta, no hay respuesta! —chillaba—. ¡No se oye nada!

Se quedaron todos paralizados durante dos segundos. Entonces se oyeron crujidos y repiqueteos, seguidos por el ruido de un montón de dedos pulsando un montón de teclados.

—No hace nada...

—Mi madre estaría en casa, respondería... y ni siquiera suena.

—¡Dios mío, y tampoco hay internet! Me sale señal, pero luego nada.

—Yo tengo tres barras.

—Yo también, pero no funciona.

Alguien empezó a llorar, un llanto espeluznante que ponía la piel de gallina. Todos hablaban a la vez, y el parloteo se convirtió en griterío.

—Prueba a llamar a la policía —pidió una voz asustada.

—¿A quién crees que he llamado, atontado?

—¿No hay policía?

—No hay nada. He probado con todos los números de la memoria, y ninguno funciona.

El pasillo estaba lleno de chicos como lo habría estado durante un cambio de clase. Pero los alumnos no corrían hacia la clase siguiente, ni tonteaban, ni abrían sus taquillas. No iban a ningún sitio. Se quedaban ahí, como el ganado esperando salir en estampida.

Entonces sonó el timbre de clase, tan alto como si fuera una explosión. Los alumnos se estremecieron como si no lo hubieran oído antes.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó más de una voz.

—Tiene que haber alguien en el despacho —gritó alguien—. Ha sonado la alarma.

—Está programada, idiota —contestó Howard.

El chico era un gusano, pero también el pelota número uno de Orc, un matón ceñudo de octavo, una mole de grasa y músculo que asustaba incluso a los de noveno. Nadie le cantaba la caña a Howard. Cualquier insulto contra Howard era un ataque a Orc.

—Hay un televisor en la sala de profesores —recordó Astrid.

Sam y Astrid salieron disparados hacia la sala de profesores con Quinn corriendo detrás de ellos. Bajaron las escaleras volando, hasta la planta baja, donde había menos aulas y menos niños. Cuando Sam puso la mano en el picaporte de la puerta de la sala de profesores, se detuvieron de repente.

—Se supone que no tenemos que entrar ahí —advirtió Astrid.

—¿Y te importa? —replicó Quinn.

Sam abrió la puerta. Los profesores tenían nevera, y estaba abierta. Un cartón de yogur de arándanos Dannon se había derramado y manchado la alfombra raída. La televisión estaba encendida, pero no se veía nada, solo electricidad estática.

Sam buscó el mando. ¿Dónde estaba?

Quinn lo encontró. Empezó a cambiar de canal, pero no había nada ni en uno ni en otro ni en el de más allá.

—No va el cable —afirmó Sam, a sabiendas de que era una afirmación estúpida.

Astrid pasó un brazo por detrás del aparato y toqueteó el cable coaxial. La pantalla parpadeó y la electricidad cambió un poco, pero por mucho que Quinn cambiara de canal no había nada ni en un sitio ni en el otro ni en el de más allá.

—El canal nueve siempre sale —afirmó—. Incluso cuando no hay cable.

—Los profesores, algunos alumnos, el cable y la televisión en general, los móviles, ¿todos han desaparecido a la vez? —Astrid frunció el ceño mientras trataba de entender lo que sucedía. Sam y Quinn esperaban como si ella tuviera la respuesta. Como si pudiera decir: «Ah, claro, ya lo tengo». A fin de cuentas era Astrid la Genio. Pero lo único que dijo fue—: Es que no tiene sentido.

Sam descolgó el auricular del teléfono de pared, el fijo.

—No hay señal, ¿hay una radio por aquí?

Pero no había ninguna. Se abrió la puerta de golpe y entraron dos chicos de quinto, enloquecidos, excitados.

—¡La escuela es nuestra! —gritó uno, y el otro le dio la réplica.

—Vamos a reventar la máquina de caramelos —anunció el primero.

—Puede que no sea una buena idea —advirtió Sam.

—No puedes decirnos lo que podemos hacer —replicó el otro chico, beligerante pero no convencido, no sabía si tenía razón.

—Es verdad, pequeñajo. Pero mira, ¿qué te parece si todos nos calmamos hasta que sepamos lo que está pasando?

—¡Cálmate tú! —gritó el crío.

El otro volvió a darle la réplica, tras lo cual se marcharon.

—Supongo que estaría mal pedirles que me trajeran un Twix —murmuró Sam.

—Quince... —intervino Astrid.

—No, colega, debían de tener como diez años —la corrigió Quinn.

—No, ellos no. Los chicos de mi clase. Jink y Michael. Los dos eran unos hachas en mates, mejores que yo, pero tenían problemas de aprendizaje, dislexia, por eso iban retrasados. Eran un poco mayores. Yo era la única de catorce años.

—Creo que Josh, el de nuestra clase, tenía quince años —añadió Sam.

—¿Y?

—Que tenía quince años, Quinn. Y acaba... acaba de desaparecer. Un parpadeo y adiós.

—No fastidies —Quinn meneó la cabeza—. ¿Todos los adultos y chicos mayores de este colegio han desaparecido? Eso no tiene sentido.

—No es solo este colegio... —sugirió Astrid.

—¿Qué? —replicó Quinn.

—¿Los teléfonos y la tele?

—No, no, no, no y no.

Quinn meneaba la cabeza y medio sonreía, como si le hubieran contado un chiste malo.

—Mi madre... —se acordó Sam.

—Colega, no digas eso —protestó Quinn—. ¿De acuerdo? No tiene gracia.

Por primera vez Sam experimentó una punzada de pánico, como un hormigueo en la base de la columna. El corazón le latía con fuerza, trabajosamente, como si hubiera estado corriendo.

Sam tragó saliva. Inhalaba, pero apenas cogía aire. Miró el rostro de su amigo. Nunca había visto a Quinn tan asustado. El chico llevaba gafas de sol, pero le temblaba la boca, y una mancha rosada le subía por el cuello. Astrid seguía calmada, aunque no dejaba de fruncir el ceño, concentrada, tratando de entender lo que estaba pasando.

—Tenemos que comprobarlo —decidió Sam.

Quinn exhaló una especie de sollozo. Empezó a alejarse, dándose la vuelta, cuando Sam lo agarró del hombro.

—Déjame ir, colega —le espetó Quinn—. Me tengo que ir a casa. Tengo que ir a ver si...

—Todos tenemos que ir a casa, pero será mejor que vayamos juntos —sugirió Sam.

Quinn volvió a hacer el gesto de marcharse, pero Sam lo sujetó con más fuerza.

—Quinn. Juntos. Vamos, tío, es como cuando la ola te da un revolcón, ¿sabes? Te lanza por los aires, ¿y qué haces?

—Intentas no desesperar... —murmuró Quinn.

—Pues eso es. Mantienes la cabeza fría mientras te revuelca. ¿De acuerdo? Y luego nadas hacia la luz.

—¿Una metáfora de surf? —preguntó Astrid.

Quinn dejó de resistirse. Dejó de respirar como si se ahogara.

—De acuerdo, sí. Tienes razón. Vamos juntos. Pero primero iremos a mi casa. Esto es un lío. Un lío tremendo...

—¿Astrid?

Sam le preguntó sin estar seguro, sin saber si quería ir con Quinn y con él. Le parecía impertinente preguntarle, y mal no hacerlo.

Astrid observó a Sam, lo miraba como si esperara hallar algo en su rostro. De repente, Sam se dio cuenta de que Astrid la Genio no sabía qué hacer, ni adónde ir, igual que él. Y le parecía imposible.

Una cacofonía de voces procedentes del pasillo iba en aumento. Hablaban en voz alta, asustados. Algunos parloteaban como si todo fuera a ir bien mientras no dejaran de hablar. Otras voces ya sonaban desenfrenadas.

No era un sonido agradable. Daba miedo.

—Ven con nosotros, Astrid, ¿vale? —le propuso Sam—. Estaremos más seguros juntos.

Astrid se estremeció al oír las palabras «más seguros». Pero accedió.

La escuela se había convertido en un lugar peligroso. A veces las personas asustadas hacían cosas que daban miedo, incluso los niños. Sam lo sabía por propia experiencia. El miedo podía resultar peligroso. El miedo podía provocar que la gente saliera lastimada. Y el miedo campaba a sus anchas por toda la escuela.

La vida en Perdido Beach había cambiado. Algo importante y terrible había sucedido.

Sam esperaba no ser la causa.

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DOS

 

298 HORAS, 38 MINUTOS

 

 

 

LOS CHICOS SALÍAN a riadas de la escuela, solos o en grupos pequeños. Algunas de las chicas iban en tríos, abrazadas las unas a las otras, con las lágrimas resbalándoles por la cara. Algunos de los chicos caminaban encorvados, encogidos, como si se les pudiera caer el cielo encima, sin abrazar a nadie. Y muchos de ellos también lloraban.

Sam recordó de repente vídeos de noticias que había visto sobre tiroteos en escuelas. La imagen le resultaba muy familiar. Los chicos estaban perplejos, asustados, histéricos, u ocultaban la histeria tras risas y armando alboroto.

Los hermanos y las hermanas permanecían juntos. Los amigos, también. Algunos de los niños pequeños, los párvulos, los de primero, deambulaban por el patio sin dirigirse a ninguna parte. Eran demasiado pequeños para saber volver solos a casa.

La mayoría de los preescolares de Perdido Beach iban a la guardería Barbara, un edificio del centro decorado con aplicaciones desvaídas de personajes de dibujos animados. Estaba junto a la ferretería Ace, al otro lado de la plaza donde se hallaba el McDonald’s.

Sam se preguntaba si estarían bien los pequeñines que habían ido a la guardería. Probablemente. No era responsabilidad suya. Pero tenía que decir algo.

—¿Y qué pasa con los pequeños? —preguntó—. Saldrán a la calle y los atropellará un coche.

Quinn se detuvo y se quedó mirando, no a los pequeños sino hacia la calle.

—¿Ves algún coche circulando?

La luz del semáforo cambió de rojo a verde. Pero no había ningún vehículo preparado para arrancar. Las alarmas de los coches sonaban cada vez más fuerte, puede que sonaran tres o cuatro distintas a la vez, quizá más.

—Primero vamos a ver a nuestros padres —dijo Astrid—. No es que no haya ningún adulto —pero no estaba segura de ello, así que se corrigió—, quiero decir, que es improbable que no haya adultos.

—Sí —afirmó Sam—. Tiene que haber adultos, ¿verdad?

—Lo más probable es que mi madre esté en casa o jugando al tenis —explicó Astrid—. Si no tiene una cita o algo parecido. Mi madre o mi padre estarán con mi hermano pequeño. Mi padre estará en el trabajo. Trabaja en la CNPB.

La CNPB era la Central Nuclear de Perdido Beach. La central quedaba a dieciséis kilómetros de la escuela. Nadie en la ciudad pensaba mucho en ella, pero mucho tiempo atrás, en los años noventa, se produjo un accidente. Un accidente insólito, así lo calificaron. Una coincidencia que solo se da una vez en un millón de años. Nada de qué preocuparse.

La gente decía que ese era el motivo por el que Perdido Beach seguía siendo una ciudad pequeña, que por eso no había crecido de verdad como Santa Bárbara, que estaba más abajo en la costa. El apodo de Perdido Beach era Rincón Radiactivo. No había mucha gente que quisiera mudarse a un lugar llamado Rincón Radiactivo, aunque hubieran limpiado toda la lluvia radiactiva que cayó.

Los tres chicos, con Quinn unos pasos por delante gracias al rápido caminar que sus largas piernas le permitían, bajaron por Sheridan Avenue hasta girar a la derecha por Alameda.

En la esquina de Sheridan y Alameda había un coche con el motor en marcha. El coche había chocado contra un monovolumen aparcado, un Toyota. La alarma del Toyota iba y venía, sonando y callando alternativamente.

Los airbags del Toyota se habían desplegado: unos globos blancos mustios, desinflados, caían del volante y el salpicadero.

Sam se dio cuenta de algo, pero no quiso decirlo en voz alta.

—Las puertas siguen cerradas. ¿Ves los tiradores? Si hubiera habido alguien dentro y hubiera salido, las puertas estarían abiertas —señaló Astrid.

—Alguien iba conduciendo y se ha esfumado —resumió Quinn.

No lo dijo como si fuera divertido. La diversión se había terminado.

La casa de Quinn quedaba a solo dos manzanas siguiendo por Alameda. El chico intentaba contenerse, intentaba permanecer tranquilo. Intentaba seguir comportándose como Quinn el calmado. Pero de repente echó a correr.

Sam y Astrid también echaron a correr, pero Quinn iba más rápido. Se le cayó el sombrero. Sam se inclinó y lo recogió.

Cuando llegaron junto a él, Quinn había abierto de golpe la puerta de entrada de su casa y se hallaba ya en su interior. Sam y Astrid llegaron hasta la cocina y se detuvieron.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Eooo!

Quinn estaba arriba, gritando. Cada vez gritaba más fuerte. Más fuerte y más rápido, y sus sollozos resultaban ahora más audibles. Y les costaba fingir que no lo oían.

Quinn bajó las escaleras acelerado. Aún llamaba a su familia, pero a cambio solo obtenía silencio.

No se había quitado las gafas, por lo que Sam no le veía los ojos, pero las lágrimas le resbalaban por las mejillas, y su voz se quebró con el llanto. Sam casi podía sentir el nudo que se había formado en la garganta de Quinn porque también él tenía un nudo en la garganta. No sabía qué hacer para ayudar.

Sam dejó el sombrero de Quinn en la encimera.

Quinn se detuvo al llegar a la cocina. Respiraba con dificultad.

—No está aquí, colega. Mi madre no está aquí. Los teléfonos no funcionan. ¿Ha dejado una nota o algo? ¿Ves alguna nota? Busca alguna nota.

Astrid encendió un interruptor de la luz.

—La electricidad aún funciona.

—¿Y si están muertos? —preguntó Quinn—. Esto no puede estar pasando. Se trata de una pesadilla o algo parecido. Esto... esto no es ni siquiera posible.

Quinn levantó el auricular del teléfono, pulsó el botón para hablar y escuchó. Volvió a pulsar el botón y a ponerse el auricular en el oído, tras lo cual marcó, pulsando botones con el dedo índice y parloteando constantemente.

Al fin colgó el teléfono y se lo quedó mirando. Lo miraba como si esperara que sonara en cualquier momento.

Sam estaba desesperado por llegar a casa. Desesperado y asustado, deseando y, al mismo tiempo, temiendo saber. Pero no podía meter prisa a Quinn. Si le obligaba a salir de su casa en aquel momento, sería como decirle que se rindiera, que sus padres habían desaparecido.

—Anoche me peleé con mi padre —comentó Quinn.

—No pienses en eso ahora... —le aconsejó Astrid—. Si algo sabemos es que tú no has provocado esto. Ninguno de nosotros lo ha hecho.

Puso la mano sobre el hombro de Quinn, como si le diera la señal para poder venirse abajo. Quinn sollozó abiertamente, se quitó las gafas y las dejó caer en el suelo de baldosas.

—Todo saldrá bien —lo consoló Astrid.

Parecía que intentaba convencer a Quinn, pero también a sí misma.

—Sí —afirmó Sam sin creérselo—. Claro que sí. Esto no es más que... —pero no sabía cómo terminar la frase.

—Igual ha sido Dios —se le ocurrió a Quinn. Y levantó la vista, súbitamente esperanzado. Tenía los ojos rojos y miraba con una intensidad repentina y maníaca—. Ha sido Dios.

—Igual... —intervino Sam.

—Claro, ¿si no qué? Ass.. ass... Assí —Quinn se contuvo; ahogó el tartamudeo fruto del pánico—. Así que todo irá bien —pensar en alguna explicación, cualquier explicación, por débil que fuera, parecía ayudarle—. Claaro, claro que irá bien. Irá muy bien.

—Ahora toca la casa de Astrid —indicó Sam—. Es la que está más cerca.

—¿Sabes dónde vivo? —se extrañó Astrid.

Aquel no era un buen momento para admitir que una vez la había seguido hasta su casa, porque quería hablar con ella y puede que preguntarle si quería ir a ver una peli, pero no se atrevió; así que Sam procuró fingir indiferencia.

—Debo de haberte visto alguna vez.

Había diez minutos caminando hasta la casa de Astrid, una casa de dos pisos más bien nueva, con piscina en la parte de atrás. Astrid no era rica, pero su casa era mucho mejor que la de Sam. Le recordaba a la vivienda en la que Sam vivía antes de que su padrastro se marchara. Su padrastro tampoco era rico, pero tenía un buen trabajo.

Sam se sentía raro en la casa de Astrid. Todo lo que había en ella parecía bueno y un poco pijo. Pero estaba todo recogido. No había nada tirado por en medio que pudiera romperse. Las mesas tenían cojincitos de plástico en las esquinas. Los enchufes estaban tapados. En la cocina los cuchillos estaban en una vitrina con un cierre en el tirador. También los mandos de la cocina eran a prueba de niños.

Astrid se dio cuenta de que Sam había reparado en ello.

—No es por mí —explicó—. Es por mi hermano Pete.

—Ya lo sé. Él es... —Sam no encontraba la palabra correcta.

—Es autista —Astrid terminó la frase tranquilamente, como si no tuviera importancia—. Bueno, aquí no hay nadie —anunció.

Su tono de voz indicaba que era lo que esperaba, y que le parecía bien.

—¿Y tu hermano? —preguntó Sam.

Entonces Astrid gritó, que era algo que Sam no sabía que podía hacer.

—Pues no lo sé, ¿de acuerdo? No sé dónde está —y la chica se tapó la boca con la mano.

—Llámalo —sugirió Quinn, con una voz extraña, formal, vocalizando perfectamente.

Le avergonzaba el sofocón de antes. Pero al mismo tiempo no había terminado de desahogarse del todo.

—¿Que lo llame? ¡Si no podrá responder! —replicó Astrid apretando los dientes—. Es autista. Profundo. Él no... él no comprende. No va a responder, ¿de acuerdo? Me puedo pasar todo el día gritando su nombre.

—Vale, Astrid. Vamos a asegurarnos —trató de tranquilizarla Sam—. Si está aquí, lo encontraremos.

Astrid asintió y se tragó las lágrimas.

Inspeccionaron la casa palmo a palmo. Bajo las camas. En los armarios.

Cruzaron la calle y fueron a casa de una señora que a veces cuidaba del pequeño Pete. Allí tampoco había nadie. Inspeccionaron todas las habitaciones. Sam se sentía como un ladrón.

—Debe de estar con mi madre, o quizá mi padre se lo ha llevado a la central con él. Es lo que hace cuando nadie puede hacerse cargo de él.

Sam percibió la desesperación de su voz.

Puede que hubiera transcurrido media hora desde la desaparición repentina. Quinn seguía conmocionado. Astrid parecía a punto de desmoronarse. Aún no había llegado la hora de comer, pero Sam ya se preguntaba qué pasaría cuando fuera de noche. Los días eran cortos, estaban a 10 de noviembre, quedaba poco para del día de Acción de Gracias. Días cortos, noches largas.

—Sigamos —aconsejó Sam—. No te preocupes por el pequeño Pete. Lo encontraremos.

—¿Lo dices para tranquilizarme o te comprometes a ello? —preguntó Astrid.

—¿Perdona?

—No, perdóname a mí. Quiero decir que... ¿me ayudarás a encontrar a Petey? —le pidió Astrid.

—Claro.

Sam quería añadir que la ayudaría en cualquier momento y lugar, por siempre jamás, pero era su miedo el que hablaba, el que le empujaba a querer parlotear. En vez de eso empezó a caminar hacia su casa, sabiendo sin duda alguna lo que encontraría allí. Pero necesitaba comprobarlo de todos modos, y también comprobar algo más. Necesitaba comprobar si estaba loco.

Necesitaba ver si aún seguía ahí.

Todo aquello era una locura. Pero para Sam, la locura había empezado mucho tiempo atrás.

 

 

Por enésima vez, Lana estiró el cuello y se volvió para ver qué hacía el perro.

—Está bien. Deja de preocuparte —la riñó el abuelo Luke.

—Igual salta.

—De acuerdo con que es tonto. Pero no creo que salte.

—No es tonto. Es un perro muy listo.

Lana Arwen Lazar estaba en el asiento delantero de la camioneta abollada y antiguamente roja de su abuelo. Patrick, su labrador canela, iba detrás, con las orejas ondeando en la dirección de la brisa y la lengua fuera.

Patrick había recibido su nombre de Patrick Star, el personaje no demasiado brillante de Bob Esponja. Lana quería que fuera delante con él. Pero el abuelo Luke se negó.

El abuelo puso la radio. Música country.

El abuelo Luke era realmente viejo. Muchos chicos tenían padres más bien jóvenes. De hecho, los otros abuelos de Lana, los de Las Vegas, eran mucho más jóvenes. Pero el abuelo Luke era viejo como el cuero arrugado. Tenía la piel y las manos de un tono marrón oscuro, en parte debido al sol, en parte porque era indio chumash. Llevaba un sombrero vaquero de paja manchado de sudor y gafas de sol oscuras.

—¿Y qué se supone que voy a hacer el resto del día? —preguntó Lana.

El abuelo Luke dio un volantazo para evitar un bache.

—Haz lo que te dé la gana.

—No tienes ni tele ni DVD ni internet ni nada.

El llamado rancho del abuelo Luke estaba tan aislado, y el viejo era tan tacaño, que la única tecnología con la que contaba era una radio antigua que solo captaba una emisora religiosa.

—Has traído unos libros, ¿no? O puedes limpiar el establo. O subir por la colina. —Señaló con la barbilla en dirección a las colinas—. Hay buenas vistas allí arriba.

—Vi un coyote en la colina.

—Los coyotes suelen ser inofensivos. La mayoría. El viejo hermano coyote es demasiado listo para meterse con los humanos.

—Llevo una semana aquí —protestó Lana—. ¿No es suficiente? ¿Cuánto tiempo se supone que tengo que quedarme? Quiero irme a casa.

El viejo ni la miró.

—Tu padre te pilló sacando vodka de casa para algún gamberro.

—Tony no es un gamberro.

El abuelo Luke apagó la radio y adoptó el tono de voz con que solía sermonearla.

—Un chico que utiliza a una chica de ese modo, que la mete en sus líos, es que es un gamberro.

—Si yo no se lo hubiera conseguido, habría intentado usar un carné falso y podría haberse metido en líos.

—No digas podría. Si un chico de quince años bebe alcohol, seguro que se mete en líos. Yo empecé a beber a tu edad, a los catorce años. Malgasté treinta años de mi vida con la botella. Y ahora llevo treinta y un años, seis meses y cinco días sobrio gracias a Dios que está ahí arriba y a tu abuela, que en paz descanse —y, dicho esto, volvió a encender la radio.

—Además, la tienda más cercana está a más de quince kilómetros, en Perdido Beach.

—Sí, eso también ayuda —se rio el abuelo Luke.

Al menos tenía sentido del humor.

La camioneta rebotaba como una loca por el borde de un barranco seco que se extendía más de treinta metros, hasta donde había más arena y artemisa, pinos raquíticos, cornejos y pastos secos. El abuelo Luke le había explicado que unas cuantas veces al año llovía y luego el agua bajaba a todo correr por el barranco, formando a veces un torrente repentino.

A Lana le costaba imaginárselo mientras miraba sin comprender la larga pendiente.

Y em aquel momento, sin previo aviso, la camioneta se salió de la carretera.

Lana se quedó mirando el asiento vacío donde estaba sentado su abuelo una fracción de segundo antes.

Había desaparecido.

La camioneta avanzaba directa hacia el barranco. Lana daba bandazos contra el cinturón de seguridad.

El vehículo cogió velocidad, chocó con fuerza contra un árbol joven y lo partió.

Caía rodeado de una nube de polvo, dando botes tan fuertes que Lana se golpeó contra el techo de la camioneta, y se dio con los hombros contra la ventana. Le castañeteaban los dientes. Agarró el volante, pero daba sacudidas como un loco y, de repente, la camioneta dio un vuelco.

Y otro y otro y otro.

A Lana se le había desabrochado el cinturón, y daba vueltas en la cabina sin poder hacer nada. El volante la golpeaba como el agitador de una lavadora. El parabrisas le destrozaba el hombro, la palanca de cambios era como si un bastón le pegara en la cara, y el retrovisor se hizo añicos en su nuca.

Hasta que la camioneta se detuvo.

Lana yacía boca abajo, con el cuerpo contorsionado de un modo imposible, piernas y brazos extendidos por todas partes. El polvo le obturaba los pulmones. Tenía la boca llena de sangre. Tenía un ojo cerrado y no veía nada.

Lo que sí veía con el ojo bueno no tenía ningún sentido. Lana estaba boca abajo, mirando unos cactus bajos que parecían formar un ángulo recto respecto a ella.

Tenía que salir. Se orientó lo mejor que pudo y trató de alcanzar la puerta.

Pero no podía mover el brazo derecho.

Lo miró y gritó. Su antebrazo derecho, del codo a la muñeca, ya no describía una línea recta. Estaba doblado y formaba un ángulo como de V aplanada. Estaba torcido de tal modo que la palma de la mano miraba hacia fuera. Los extremos irregulares de los huesos rotos amenazaban con asomar a través de la carne.

Aterrorizada, Lana vomitó.

Le dolía tanto que puso los ojos en blanco y se desmayó.

Pero no durante mucho tiempo. No el suficiente.

Cuando despertó, el dolor del brazo, la pierna izquierda, la espalda, la cabeza y el cuello le revolvieron el estómago. Vomitó a través de lo que había sido el techo andrajoso de la camioneta.

—Ayuda... —dijo con voz ronca—. Ayuda. ¡Que alguien me ayude!

Pero, aun en su agonía, sabía que no había nadie que pudiera ayudarla. Estaban a kilómetros de Perdido Beach, donde había vivido hasta que un año antes sus padres se mudaron a Las Vegas. Aquella carretera no conducía a ningún lugar salvo al rancho. Puede que pasara alguien más, pero solo una vez por semana, algún mochilero perdido o la anciana que jugaba a damas con el abuelo Luke.

—Voy a morir —dijo Lana a la nada.

Pero aún no estaba muerta, y el dolor no disminuía. Tenía que salir de la camioneta.

Y Patrick. ¿Qué le había pasado a Patrick?

Lana graznó su nombre, pero no se oyó nada.

El parabrisas estaba hecho añicos y abollado, pero no lograba darle una patada con la pierna buena.

Solo podía salir por la ventanilla del conductor, que quedaba detrás de ella, pero sabía que el mero hecho de darse la vuelta le produciría un dolor insoportable.

Entonces apareció Patrick, olisqueándola con el morro oscuro, jadeando, gimoteando, ansioso.

—Buen chico...

Patrick meneó la cola.

Patrick no era un perro de novela que de repente aprendía a ser listo y heroico. No sacó a Lana de los restos humeantes, pero permaneció con ella la hora infernal que tardó en salir arrastrándose hasta la arena.

Entonces Lana descansó con la cabeza bajo la sombra de un cornejo. Patrick le lamió la sangre de la cara.

Con la mano buena, Lana empezó a palpar sus heridas. Tenía un ojo cubierto de la sangre que le brotaba de un corte en la frente. Tenía una pierna rota, o al menos torcida hasta el punto de no poder moverla. Algo le dolía en el interior de la parte donde acababa la espalda, cerca de los riñones. Tenía el labio superior entumecido. Y escupió un diente roto y ensangrentado.

Pero lo peor, de lejos, era el amasijo horripilante en que se había convertido su pierna derecha. No podía ni mirarlo. Trató de levantarla pero lo descartó de inmediato: el dolor era insoportable.

Lana se desmayó y volvió en sí mucho más tarde. El sol seguía implacable. Patrick yacía enroscado junto a ella. Y en el cielo que quedaba sobre su cabeza media docena de buitres, con las alas negras extendidas, revoloteaban, esperando.

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TRES

 

298 HORAS, 05 MINUTOS

 

 

 

—ESE CAMIÓN... —SEÑALÓ Sam—. Otro choque.

Un camión de FedEx había arrasado un seto y chocado contra un olmo del jardín de la casa de alguien. El motor estaba al ralentí.

Se toparon con dos niños, uno de cuarto y su hermana pequeña, que jugaban sin ganas a pillar en su jardín.

—Nuestra madre no está en casa —explicó el mayor—. Se supone que tengo que ir a clase de piano esta tarde. Pero no sé cómo ir.

—Y yo tengo claqué. Vamos a comprar los disfraces para el recital —explicó la menor—. Yo iré de mariquita.

—¿Sabéis cómo llegar a la plaza? ¿Lo sabéis? ¿A la plaza de la ciudad?

—Creo que sí.

—Deberíais ir hasta allí.

—No debo salir de casa —protestó la pequeña.

—Nuestra abuela vive en Laguna Beach —pensó el niño de cuarto—. Podría venir a buscarnos. Pero no consigo hablar con ella por teléfono. El teléfono no funciona.

—Ya lo sé. Podríais bajar a esperar a la plaza, ¿no? —Pero cuando el niño se limitó a mirarlo fijamente, Sam trató de tranquilizarlo—. Oye, no te pongas así, ¿vale? ¿Tienes galletas o helado en casa?

—Creo que sí.

—Bueno, pues no hay nadie para decirte que no te comas una galleta, ¿verdad? Tus padres vendrán pronto. Pero, mientras tanto, cómete una galleta, y luego baja a la plaza.

—¿Y esa es tu solución? ¡Comerse una galleta! —exclamó Astrid.

—No, mi solución es bajar a la playa y esconderme hasta que todo esto haya terminado —gruñó Sam—. Pero una galleta nunca hace daño.

Sam, Quinn y Astrid siguieron su camino. La casa de Sam quedaba al este del centro. Su madre y él compartían una casa pequeña y estrecha de una sola planta con un diminuto jardín vallado en la parte de atrás y sin jardín delantero, tan solo la acera. La madre de Sam no ganaba mucho dinero como enfermera de la Academia Coates. El padre de Sam era un completo desconocido, no sabía nada de él. Era un misterio en la vida de Sam. Y el año anterior también se había marchado su padrastro.

—Es aquí —señaló Sam—. No nos gusta alardear con una casa grande y tal.

—Bueno, vives cerca de la playa.

Astrid indicó la única ventaja de la casa o el barrio.

—Sí. Dos minutos caminando. Menos si atraviesas el jardín de la casa donde vive la pandilla de moteros.

—¿Pandilla de moteros? —preguntó Astrid.

—No, no viven todos, solo Asesino y su novia Cómplice. —Astrid frunció el ceño, y Sam se disculpó—: Perdona. Un mal chiste. No es un barrio fantástico.

Ahora que habían llegado, Sam no quería entrar. Su madre no estaría allí.

Y había algo en su casa que quizá Quinn, y sobre todo Astrid, no debían ver.

Los condujo por los tres escalones de madera gris descolorida que crujían al pisarlos. El porche era estrecho, y un par de meses atrás alguien había robado la mecedora que su madre había sacado para sentarse y mecerse por la noche antes de ir a trabajar. Ahora tenían que sacar las sillas de la cocina.

Aquel era siempre el mejor momento del día para ellos, el comienzo de la jornada laboral de la madre de Sam y el fin de la del chico. Sam volvía a casa del colegio, y su madre se había despertado tras pasar gran parte del día durmiendo. Ella se tomaba una taza de té, y Sam un refresco o un zumo. Ella le preguntaba cómo le había ido el colegio aquel día y, aunque él no le contaba mucho, le gustaba pensar que podía hacerlo si quería.

Sam abrió la puerta. El interior estaba silencioso, a excepción de la nevera. Tenía un compresor antiguo y ruidoso. La última vez que habían hablado en el porche, con los pies apoyados en la verja, su madre se preguntaba si tendrían que arreglar el compresor, o si saldría más barato comprarse una nevera de segunda mano. Y cómo se la llevarían a casa sin furgoneta.

—¿Mamá? —llamó Sam en dirección al salón familiar vacío.

No hubo respuesta.

—Igual está en la colina —sugirió Quinn.

«En la colina» era la frase que los de la ciudad usaban para hablar de la Academia Coates, el internado privado. Más que una colina era una montaña.

—No —replicó Sam—. Ha desaparecido como todos los demás.

La cocina estaba encendida. Una sartén se había quemado del todo. Pero no había nada en ella. Sam apagó el fogón.

—Esto va a ser un problema en toda la ciudad —aseguró.

—Sí, las cocinas encendidas, los coches en marcha. Alguien tiene que darse una vuelta y asegurarse de que las cosas están apagadas y los niños están con alguien. Y están las pastillas, el alcohol, y la gente que tiene armas —consideró Astrid.

—En este barrio, algunos tienen artillería pesada —intervino Sam.

—Tiene que ser Dios —afirmó Quinn—. Quiero decir, si no, ¿cómo?, ¿verdad? ¿Nadie más podría hacer esto... hacer que desaparezcan los adultos?

—Todos los de quince años o más —le corrigió Astrid—. Uno de quince no es un adulto. Créeme, yo iba a clase con ellos. —La chica se paseó por la habitación, como si buscara algo—. ¿Puedo ir al baño, Sam?

Sam asintió, un tanto reacio. Le avergonzaba que ella estuviera allí. Ni Sam ni su madre cuidaban mucho la casa. El lugar estaba más o menos limpio, pero no como la casa de Astrid.

La chica cerró la puerta del baño. Sam oyó correr el agua.

—¿Qué hemos hecho? —preguntó Quinn—. Eso es lo que no capto. ¿Qué hemos hecho para molestar a Dios?

Sam abrió la nevera y se quedó mirando la comida del interior. Leche. Un par de refrescos. Medio melón pequeño cortado boca abajo sobre un plato. Huevos. Manzanas. Y limones para el té de su madre. Lo de siempre.

—Quiero decir que hemos hecho algo para merecer esto, ¿verdad? —insistió Quinn—. Dios no hace cosas como esta sin motivo.

—No creo que haya sido Dios —opinó Sam.

—Tío, tiene que haber sido.

Astrid había vuelto.

—Igual Quinn tiene razón. No hay nada... en fin... normal... capaz de hacer esto, ¿verdad? No tiene sentido. No es posible, y aun así ha pasado —razonó la chica.

—A veces pasan cosas imposibles —reflexionó Sam.

—No, no pasan —replicó Astrid—. El universo tiene leyes. Todo lo que aprendemos en clase de ciencias. Ya sabes, leyes como la del movimiento, o la de que nada puede ir tan rápido como la luz. O la de la gravedad. Las cosas imposibles no pasan. Eso es lo que significa imposible. —Astrid se mordió la lengua—. Lo siento. No es momento de que me ponga a sermonear, ¿verdad?

Sam dudaba. Si se lo mostraba, si cruzaba esa línea, no conseguiría que se les olvidara. Le insistirían hasta que se lo contara todo.

Lo mirarían distinto. Se asustarían como se asustó él.

—Me voy a cambiar de camiseta. En mi cuarto. Ahora vuelvo. Hay cosas para beber en la nevera. Servíos.

Y cerró la puerta de su habitación tras de sí.

Le repateaba su cuarto. La ventana daba a un callejón y el cristal era translúcido, de esa clase de vidrio que no te permitía ver el exterior. Era una habitación fúnebre incluso cuando hacía sol. Y por la noche estaba muy oscuro.

Sam detestaba la oscuridad.

Su madre le obligaba a cerrar la casa a cal y canto de noche cuando ella estaba en el trabajo.

—Ahora eres el hombre de la casa, pero de todos modos me quedaría más tranquila si supiera que has cerrado la puerta —le decía.

A Sam no le gustaba que le dijera eso, no le gustaba que le dijera que era el hombre de la casa. El hombre de la casa, ahora.

Ahora.

Igual no quería decir nada. Pero ¿cómo no? Habían pasado ocho meses desde que su padrastro se marchó de su antigua vivienda. Seis meses desde que Sam y su madre se mudaron a aquella casa vieja en aquel barrio decadente y su madre se vio obligada a aceptar un trabajo mal pagado con un horario horrible.

Dos noches atrás se había producido una tormenta eléctrica y las luces se apagaron durante un rato. Sam se hallaba en la oscuridad más absoluta, a excepción de unos relámpagos débiles que convertían las cosas familiares de su cuarto en objetos inquietantes.

Consiguió dormir un rato, pero lo despertó el estruendo de un trueno. Pasó de una pesadilla aterradora a la oscuridad total en una casa vacía.

La combinación le resultó insoportable. Gritó llamando a su madre. Un chico mayor y duro como él, de catorce años, casi quince, gritando «mamá» en la oscuridad... Extendió la mano, tratando de empujar la oscuridad... y entonces... surgió la luz.

Apareció en un rincón del interior de su armario. Podía ocultarla cerrando la puerta, pero cuando intentaba cerrarla del todo, la luz pasaba a través de ella, como si no hubiera puerta. Así que la puerta estaba cerrada, pero no del todo. Colgó algunas camisas de cualquier manera sobre la parte superior de la puerta para bloquear gran parte de la luz, pero aquel engaño tan tonto no iba a durar mucho. Su madre lo acabaría viendo... bueno, cuando volviera, lo vería.

Sam abrió la puerta del armario. Las camisas cayeron al suelo.

Y la luz seguía allí.

Era escasa, pero penetrante. Y permanecía allí, sin moverse, sin vincularse a nada, sin ataduras. No era ni una lámpara ni una bombilla, tan solo una bolita de luz pura.

Era imposible. Era algo que no podía existir. Pero ahí estaba. La luz que se limitó a aparecer cuando Sam la necesitó, y no se apagó.

La tocó, o eso creyó. Los dedos la atravesaron y notaron solamente un brillo cálido, no más caliente que el agua del baño.

—Sí, Sam —susurró para sí—, sigue ahí.

Astrid y Quinn pensaban que aquel día era el comienzo, pero Sam sabía muy bien que no era así. La vida normal empezó a desmoronarse ocho meses atrás. Y luego volvió la normalidad. Y luego vino la luz.

Catorce años de normalidad para Sam. Y entonces la normalidad empezó a apartarse de su camino.

Y, aquel día, la normalidad se estrelló y empezó a arder.

—¿Sam?

Astrid lo llamaba desde el comedor. Sam miró hacia la entrada, ansioso porque pudiera acercarse y verlo. Se apresuró todo lo que pudo a esconder de nuevo la luz y volvió con sus compañeros.

—Tu madre estaba escribiendo en su portátil —le comentó Astrid.

—Debía de estar mirando el correo.

Cuando Sam se sentó a la mesa y miró la pantalla, había un documento de Word abierto, no un navegador.

Era un diario. Tan solo tres párrafos de una página.

 

Anoche pasó otra vez. Ojalá pudiera decírselo a G. Pero pensará que estoy loca. Podría perder el trabajo. Creerá que tomo drogas. Si tuviera el modo de poner cámaras por todas partes, podría conseguir pruebas. Pero no tengo pruebas. Y la «madre» de C. es rica y generosa con la A. C. Me echarían. Aunque le cuente toda la verdad a alguien, me echarán pensando que soy una madre alterada. Tarde o temprano, C. o alguno de ellos hará algo grave. Alguien saldrá herido. Como le pasó a S. con T. Puede que me enfrente a C. No creo que confiese. ¿Cambiaría algo si lo supiera todo?

 

Sam miró fijamente la página. No la había guardado. Sam buscó por el escritorio del ordenador y encontró la carpeta llamada «Diario». Hizo clic en ella. Tenía contraseña. Si su madre hubiera guardado la última página, también habría tenido contraseña.

«A. C.» era fácil: Academia Coates. Y «G.» debía de ser la directora de la escuela. Grace. «S.» también era fácil: Sam. Pero ¿quién era «C.»?

Una de las frases parecía vibrar mientras Sam la miraba: «Como le pasó a S. con T.».

Astrid leía por encima de su hombro. Intentaba ser sutil, pero era obvio que estaba mirando.

—Vámonos.

—¿Adónde? —preguntó Quinn.

—A cualquier sitio lejos de aquí —dijo Sam.

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CUATRO

 

297 HORAS, 40 MINUTOS

 

 

 

—VÁMONOS A LA plaza —indicó Sam.

Cerró la puerta de casa tras de sí, con llave, y se la guardó en los tejanos.

—¿Por qué? —preguntó Quinn.

—Probablemente es donde irá la gente —explicó Astrid—. No hay ningún otro sitio, ¿verdad? A no ser que vuelvan a la escuela. Si alguien sabe algo, o si queda algún adulto, ahí es donde deben de estar.

Perdido Beach ocupaba un cabo al sudoeste de la carretera costera. En el lado norte de la carretera las colinas se alzaban abruptamente, de un marrón seco y un verde irregular, formando una serie de cadenas que desembocaban en el mar al noroeste y al sudeste de la ciudad, de manera que limitaban sus dimensiones y extensión.

Había poco más de tres mil residentes en Perdido Beach, y ahora unos cuantos menos. El centro comercial más cercano estaba en San Luis. El centro comercial grande más cercano quedaba a más de treinta kilómetros costa abajo. Al norte, costa arriba, las montañas estaban tan pegadas al mar que no había espacio para construir, a excepción de una franja estrecha donde se encontraba la central nuclear. Más allá había parques nacionales y un bosque de secuoyas antiguas.

Perdido Beach se había quedado reducida a una ciudad pequeña y adormecida de calles rectas y arboladas y casas estucadas de estilo español, más bien viejas, con tejados naranja inclinados o planos anticuados. La mayoría de la gente tenía un césped que conservaban bien recortado y verde. Y tenía un jardín vallado en la parte de atrás. En el centro diminuto, rodeando la plaza, había palmeras y muchas plazas de aparcamiento en semibatería.

Perdido Beach contaba con un hotel de veraneo al sur de la ciudad, y con la Academia Coates en las colinas, y con la central nuclear, pero, aparte de eso, solo había unos pocos comercios: la ferretería Ace, el McDonald’s, una cafetería llamada Café Tera, un local de Subway, un par de tiendas abiertas veinticuatro horas, una tienda de comestibles y una estación Chevron en la carretera.

Cuanto más se acercaban Sam, Astrid y Quinn, más chicos encontraban caminando en dirección a la plaza. Era como si, de alguna manera, todos los chicos de la ciudad hubieran decidido que querían estar juntos. La unión hace la fuerza. O puede que fuera solamente la soledad aplastante de los hogares que de repente ya no resultaban hogareños.

A media manzana de distancia, Sam notó olor a humo y vio a unos chicos correr.

La plaza era un espacio pequeño y abierto, una especie de parque con parcelas de hierba y una fuente en medio que casi nunca funcionaba. Había bancos y aceras de ladrillo y papeleras. En lo alto de la plaza, el modesto ayuntamiento y una iglesia se hallaban codo con codo. La plaza estaba rodeada de tiendas, algunas de ellas cerradas para siempre. Encima de algunas de las tiendas había apartamentos. Salía humo de la ventana de un apartamento en el segundo piso, situado encima de una floristería cerrada y una sórdida agencia de seguros. Cuando Sam se detuvo, jadeando, una llamarada naranja surgió de la ventana superior.

Había varias docenas de niños de pie, mirando. Una multitud que a Sam le resultó muy extraña, hasta que se dio cuenta de por qué: no había adultos, solo niños.

—¿Hay alguien ahí? —gritó Astrid. Nadie respondió.

—Podría extenderse... —señaló Sam.

—No hay policía —señaló alguien.

—Si se extiende, podría quemar media ciudad.

—¿Ves a algún bombero en alguna parte?

No sabían qué hacer.

La guardería compartía una pared con la ferretería, y ambas quedaban a tan solo un callejón estrecho de distancia del edificio en llamas. Sam calculó que les daría tiempo de sacar a los niños de la guardería si actuaban con rapidez, pero no podían permitirse perder la ferretería.

Debía de haber cuarenta niños plantificados, mirando boquiabiertos. Nadie parecía dispuesto a actuar.

—Genial —dijo Sam. Agarró a un par de chicos a los que conocía de vista—. Chicos, id a la guardería y decidles que saquen a los pequeños.

Los niños se lo quedaron mirando sin moverse.

—Ahora. Vamos. ¡Haced lo que os digo!

Los chicos salieron corriendo.

Sam señaló a dos chicos más:

—Tú y tú. Entrad en la ferretería y coged la manguera más grande que encontréis. Y también una boquilla para rociar. Creo que hay un grifo en el callejón. Empezad a echar agua en el lado de la ferretería y apuntad al techo.

Esos dos también lo miraban sin reaccionar.

—Tíos: mañana, no. Ahora. Ahora. ¡Vamos! ¿Quinn? Ve con ellos. Tenemos que remojar la ferretería, ahí es donde el viento hará que llegue el fuego.

Quinn dudó.

La gente no lo entendía. ¿Cómo es que no podían ver que tenían que hacer algo, y no quedarse parados?

Sam se abrió paso hasta la parte delantera de la multitud y gritó:

—¡Eh, escuchad! ¡Esto no es el Disney Channel! No podemos quedarnos mirando. No hay adultos. No hay bomberos. Nosotros somos los bomberos.

Edilio estaba ahí, y añadió:

—Sam tiene razón. ¿Qué necesitas, Sam? Estoy contigo.

—Vale. ¿Quinn? Las mangueras de la ferretería. ¿Edilio? Cogeremos las mangueras grandes del parque de bomberos y las engancharemos a la boca de riego.

—Pesarán mucho. Necesitaré a unos cuantos chicos fuertes.

—Tú, tú, tú y tú. —Sam cogió a cada uno del hombro, sacudiéndolos, obligándolos a moverse—. Vamos. Tú. Tú. ¡Vamos!

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