Índice
CAPÍTULO UNO. Vigilando
CAPÍTULO DOS. El dragón
CAPÍTULO TRES. No pisar el césped
CAPÍTULO CUATRO. La prima Divina
CAPÍTULO CINCO. Cien veces
CAPÍTULO SEIS. Clase de ballet
CAPÍTULO SIETE. Ojos en la oscuridad
CAPÍTULO OCHO. El unicornio blanco
CAPÍTULO NUEVE. Corazón de dragón
CAPÍTULO DIEZ. Encontrar un baile
CAPÍTULO ONCE. ¡Respondona!
CAPÍTULO DOCE. El Claro de las Piedras Preciosas
CAPÍTULO TRECE. Detrás de la hiedra
CAPÍTULO CATORCE. Salvar a Tripita
CAPÍTULO QUINCE. Puf-puf
CAPÍTULO DIECISÉIS. El unicornio fugitivo
CAPÍTULO DIECISIETE. Vacas
CAPÍTULO DIECIOCHO. Alimentar a Puf-puf
CAPÍTULO DIECINUEVE. En el claro
CAPÍTULO VEINTE. Teatro al aire libre
CAPÍTULO VEINTIUNO. Ensayo general
CAPÍTULO VEINTIDÓS. Iris sopla el cuerno
CAPÍTULO VEINTITRÉS. Un salto arriesgado
CAPÍTULO VEINTICUATRO. Amor de madre
CAPÍTULO VEINTICINCO. Un nuevo hogar para Iris
CAPÍTULO VEINTISÉIS. La función debe seguir
Lou Kuenzler
Otra vez, a mis chicas
- LK



La princesa Gracia se había encaramado a la copa de un árbol que estaba sobre el acantilado de la costa de la isla de la Pequeña Corona. Desde allí miraba al cielo azul sin nubes con unos prismáticos viejos que llevaba colgando de un cordel alrededor del cuello.
—¡Chivi! ¿Estás bien allí abajo? —preguntó al desaliñado unicornio blanco y negro mientras apartaba los prismáticos. Lo había atado al tronco con la faja del uniforme de la Escuela para Princesas de los Cien Torreones.

Gracia estaba segura de que la regla «Una princesa siempre debe estar segura de usar su faja cuando lleva el pichi del uniforme» no se refería precisamente a eso. La estricta tutora de primer curso, el hada madrina Huesillo, no se alegraría demasiado si supiera que Gracia usaba la faja de satén para amarrar al unicornio, sobre todo porque el extremo comenzaba a deshilacharse por culpa de Chivi, que se entretenía mordisqueándolo.
Pero era viernes y las princesas podían montar los unicornios durante una hora al salir de la escuela.Tan pronto como acabó la clase, Gracia tomó los prismáticos y corrió a los establos. No se había entretenido en buscar una soga adecuada… ni tampoco una silla de montar. Se limitó a poner el ronzal a Chivi y salir disparada hacia la playa. Así, a pelo.
Mientras regresaba sin prisa a la escuela por el camino del acantilado, vio un árbol que podía resultar un mirador perfecto. Cientos de pájaros revoloteaban por las rocas buscando el mejor sitio para construir sus nidos de primavera.
Pero a Gracia no le interesaban los pájaros.
—¿Quién está ahí arriba? ¿Qué haces? —dijo una voz aguda desde abajo.
Gracia miró a través de las ramas y vio al guardabosques de la escuela con una ballesta colgada a la espalda. Su sobrina pequeña, Iris, estaba de pie, justo detrás.

—Oh, eres tú, princesa Gracia —suspiró el guarda—. Debía de haberlo adivinado.
El guarda Halcón era un hombre de aspecto feroz, con ojos pequeños y movimientos rápidos como un zorro. Siempre encontraba a Gracia en el lugar equivocado y en el momento equivocado.
—Hola, allá arriba —saludó la pequeña.
Iris no podía ser más distinta de su tío: tenía la cara redonda, amplia, con grandes ojos siempre muy abiertos y unas cuantas pecas en la punta de la nariz.
—Me encanta tu unicornio. ¿Puedo acariciarlo? —preguntó. —Por supuesto —respondió Gracia—. Su nombre es Chivi. Ráscale detrás de las orejas. Le encanta.
Pero el guarda Halcón tosió y dio un codazo con furia a su sobrina.
—¿Dónde están tus modales, Iris? —gruñó.

—Perdón. —Iris se sonrojó y se dejó caer sobre una rodilla en una profunda reverencia—. Buenas tardes, Majestad. Espero que esté pasando un día agradable.
—Muy agradable —sonrió Gracia—. Pero no necesitas hacerme reverencias…
Parecía ridículo. La chica era más o menos un año mayor que la hermana de Gracia, la princesa Pitufa. Y, como ella, también deseaba tener su propio unicornio.
«Sé cómo te sientes», pensó Gracia. Hasta que llegó a Cien Torreones el pasado trimestre, siempre había soñado con tener su propio unicornio.
—Adelante —sonrió—. Acaricia a Chivi todo lo que quieras.
—Es muy amable de su parte. Pero Iris debe saber cuál es su sitio —dijo el guarda con una rígida reverencia—. Tiene suerte de vivir conmigo después de que su pobre madre muriese. Su amable directora, Lady DuLac, ha sido muy generosa al dejarle que se quede en la Isla de la Pequeña Corona. El trabajo de Iris es ayudarme en las tareas…
—... como alimentar a los pavos y las palomas —añadió la niña con aplomo.
—Pero debes recordar que eres una empleada, Iris. No eres una princesa como las otras chicas —rugió el guarda.
Al oír el duro tono de su voz, Iris dio un brinco como si hubiera recibido una bofetada.
—Perdón, tío —murmuró—. Solo quería acariciar al unicornio; eso es todo.
—Bueno, cuida tus modales —le espetó el guarda. Gracia estaba sorprendida de lo estricto que era. El guarda se inclinó otra vez y se volvió hacia ella—. ¿Está observando pájaros allí arriba, joven Majestad?
—No. No observo pájaros, estoy buscando… —dijo mientras descendía a una rama más baja— dragones.
—¿Dragones? —El guarda Halcón levantó la cabeza y miró a Gracia con los ojos entrecerrados—. ¿Ha visto alguno?
—Todavía no —respondió Gracia.
Iris se echó a reír.
—No hay dragones en la Isla de la Pequeña Corona —dijo con una risilla—. Si vivieran aquí, se comerían a todas las princesas. Son su comida favorita.Todo el mundo lo sabe.
—¡Chitón! Esa no es forma de hablar a una princesa —espetó el guarda Halcón mientras hacía callar a su sobrina—. Pero Iris tiene razón —prosiguió—; no ha habido dragones en esta isla en los últimos quince años. Lo he comprobado yo mismo.

—En la Purga de los Dragones se los expulsó a todos —dijo Gracia con pena.
No quería que la comiera un dragón, por supuesto. Pero a pesar de todo estaba fascinada por aquellas magníficas criaturas que respiraban fuego. Había leído en la biblioteca de la escuela cómo los feroces dragones de diadema escarlata que solían visitar la isla cada primavera tuvieron que ser trasladados a nuevos sitios de anidación para mantener a salvo a las princesas de Cien Torreones.Ahora se creía que los escasos dragones rojos se habían extinguido.
—Pero nunca se sabe lo que podría ver… Seguiré observando por si acaso —dijo con seguridad.
—Haga cuanto le plazca. Pero no verá nada —añadió el guarda Halcón encogiéndose de hombros—. Me juego mi trabajo si no mantengo a los dragones fuera de la isla.Ahora que los diadema escarlata se han extinguido, este lugar es seguro para todo el mundo —y chasqueó los dedos para que Iris le siguiera—.Vamos, tenemos mucho trabajo por hacer. Dejemos a esta joven princesa con sus agradables juegos.
Gracia enrojeció. ¿Estaba siendo una tonta al creer que podía ver un dragón?
Pero Iris se quedó atrás un momento mientras su tío se alejaba.
—Si descubre algo, avíseme —susurró poniéndose de puntillas y mirando hacia arriba del árbol—. Sobre todo si es del tamaño de un rinoceronte volador con escamas de color rojo vivo…
—Lo haré —prometió Gracia, mientras Iris mandaba un beso a Chivi y se alejaba.


Gracia observó cómo Iris corría para alcanzar a su tío.
—Si la princesa Gracia se comportara como las otras alumnas de esta escuela… —oyó que el guardabosques comentaba con desaprobación mientras Iris lo alcanzaba.
—Creo que es divertida —dijo Iris— y su unicornio es el más bonito que he visto nunca.
Gracia sonrió. Era verdad. No podía imaginar a nadie de su clase subiendo a lo alto de un árbol para tener un puesto de observación de dragones. Sus largas trenzas de color castaño estaban llenas de ramas y hojas, y su pichi estaba metido en un par de bombachos a rayas azules y amarillas. (Si Gracia hubiera obedecido la normativa de la escuela, deberían ser bombachos blancos.)
La chica se movió con cuidado entre las ramas del árbol, dirigiendo los prismáticos hacia las torres enroscadas y las agujas centelleantes de la Escuela para Princesas de los Cien Torreones, que brillaban como una corona en el borde de una bahía. Por lo menos Iris no pensó que era un desastre total como princesa. Pero Gracia podía comprender por qué el guardabosques Halcón no estaba tan seguro. A veces, incl
