Londres, mayo de 1889
—Ya han pasado más de ocho meses desde que la niña desapareció...
—«La niña» tiene nombre, querido Mycroft —interrumpe Sherlock disimulando la crispación en su voz para no ofender a su hermano, que lo ha invitado a cenar. A pesar de su carácter ermitaño y solitario, Mycroft es un anfitrión excelente y ha esperado hasta terminar el pastel de pichón con salsa de grosellas para sacar a colación el problema poco agradable de su hermana pequeña, Enola Holmes—. Enola. Por desgracia, no se puede decir que desapareciera en el sentido exacto del término —añade Sherlock en un tono más calmado, casi enigmático—. Se rebeló, huyó a la velocidad del rayo y, hasta el día de hoy, ha estado eludiéndonos deliberadamente.
—No es eso lo único que ha hecho deliberadamente... —Con un gruñido provocado por las molestias que su amplitud frontal le ocasiona al incorporarse, Mycroft extiende la mano hacia el decantador de cristal tallado.
Consciente de que tiene algo importante que decir, Sherlock espera en silencio mientras su hermano vuelve a llenar las copas con la excelente bebida que está haciendo posible y aceptable su conversación. Ambos hombres se han aflojado las corbatas negras y los cuellos almidonados de sus camisas.
Mycroft bebe varias veces de la copa antes de continuar con su habitual tono cargante y enojoso.
—Durante estos ocho meses, ha contribuido decisivamente a rescatar a tres personas desaparecidas y a llevar ante la justicia a tres peligrosos criminales.
—He reparado en ello —reconoce Sherlock—. Y eso, ¿qué importa?
—¿No detectas un patrón de comportamiento de lo más alarmante?
—En absoluto. Tropezó por casualidad con el caso del marqués de Basilwether, encontró a Lady Cecily Alistair mientras ayudaba a los pobres de las calles disfrazada de monja, y...
—Y también fue capaz de identificar a su captor casualmente.
Sherlock baja la mirada ante el ácido comentario de Mycroft.
—Y, como iba diciendo, en lo que respecta a la desaparición de Watson, dudo que se hubiese involucrado si nuestra relación no fuera de dominio público.
—No sabes ni cómo ni por qué se involucró en ese caso.
—Cierto —admite Sherlock Holmes—. No lo sé. —Gracias en parte a la influencia balsámica del oporto añejado que ha servido su hermano y en parte al paso del tiempo y a ciertos acontecimientos ocurridos recientemente, los pensamientos sobre su hermana ya no le causan aquel profundo dolor, ni siquiera una intensa ansiedad—. Y no es la primera vez que me supera en inteligencia —dice casi con orgullo.
—¡Bah!, ¿de qué le servirán esos trucos y su temeridad cuando se convierta en una mujer?
—De muy poco, supongo. Lo que sí es cierto es que, como hija, honra a la sufragista de nuestra madre. Pero al menos, de momento, no temo por su seguridad. Resulta evidente que es bastante capaz de cuidar de sí misma.
Mycroft hace un gesto como si tratara de espantar a un insecto molesto.
—Esa no es la cuestión. Lo que está en juego no es la supervivencia inmediata de la muchacha, sino su futuro. ¿Qué será de ella en unos cuantos años? ¡No habrá caballero, con o sin ingresos, que quiera casarse con una jovencita tan independiente que además muestra interés por las actividades criminales!
—Solo tiene catorce años, Mycroft —puntualiza con paciencia Sherlock—. Cuando alcance la edad de merecer, dudo que todavía oculte una daga en el escote.
—¿De verdad crees que acabará por ceder a las expectativas de la sociedad? —dice Mycroft alzando sus pobladas y puntiagudas cejas—. ¿De verdad piensas tú eso, tú, que rechazaste estudiar una profesión reconocida y que, en su lugar, te inventaste tu propio oficio y vocación?
El primer y único detective privado del mundo gesticula con desdén.
—Es una mujer, querido Mycroft. Los imperativos biológicos de su género la impulsan a construir un nido y a procrear. Los primeros azotes de la madurez femenina la llevarán a...
—¡Bah!, ¡tonterías! —Mycroft ya no puede disimular su acritud—. ¿De verdad piensas que la renegada de nuestra hermana echará raíces y se casará con...?
—¿Y por qué no? ¿Qué crees tú que hará? —replica Sherlock, algo dolido; el gran detective no está acostumbrado a que califiquen sus argumentos de «tonterías»—, ¿crees que se dedicará de por vida a buscar a personas perdidas y a atrapar a malhechores?
—Es posible.
—¿¡Cómo!? ¿De verdad crees que se establecerá por su cuenta? ¿Haciéndome la competencia?
El enfado de Sherlock se convierte en diversión y empieza a reírse entre dientes.
—Yo no lo descartaría —dice Mycroft con calma.
—¡Sí, y lo siguiente que hará será fumar puros! —Sherlock ríe ahora a carcajadas—. ¿Has olvidado que nuestra hermana no es más que una chiquilla rebelde? Es imposible que tenga tal determinación. ¡Ridículo, querido Mycroft, completamente ridículo!
Capítulo primero
Hasta aquel momento, los únicos clientes que había tenido como «Dr. Leslie T. Ragostin, perditoriano científico» habían sido una viuda robusta y entrada en años ansiosa por encontrar a su perrito faldero, una mujer aterrada que no podía localizar un rubí en forma de corazón que le había regalado su marido, y un general del ejército cuyo recuerdo más preciado de la guerra de Crimea —concretamente, su tibia, agujereada por las balas y con el autógrafo del médico de campaña que se la amputó— había desaparecido.
Todos ellos casos insignificantes. Debería haber empleado mi energía en un objetivo mucho más importante: encontrar a mamá. Sabía que mi madre estaba vagabundeando en compañía de los gitanos y me había prometido a mí misma que, nada más llegar la primavera, me dispondría a averiguar su paradero, no para reprocharle algo o coaccionarla, sino únicamente para volver a reunirme con mi... con mi miembro amputado de la familia, por decirlo de algún modo.
Sin embargo, había llegado el mes de mayo y yo todavía no había hecho el más mínimo esfuerzo por encontrar a mamá, y no tenía excusa para ello, excepto que los negocios me retenían en Londres.
¿Negocios? ¿Un perrito faldero, una piedra preciosa y una tibia?
«Un cliente es un cliente», me dije a mí misma. Evidentemente, ninguno de ellos tuvo necesidad (ni ocasión) de conocer en persona al ilustre (y ficticio) doctor Ragostin. Fue más bien la «señorita Ivy Meshle», su ayudante de confianza, la que retornó la mascota, un spaniel adorable de pelo rizado, a su agradecida propietaria, una vez que lo hubo recuperado en el barrio de Whitechapel a un tratante de perros de pura raza robados. De forma similar, la «señorita Meshle» resolvió con agilidad el asunto de la joya perdida cuando hizo que un mozo trepara por el tilo que asomaba por la ventana de la alcoba de la dama y mirara en el interior del nido de una urraca. (Qué sencillo hubiera sido para mí trepar a aquel árbol, ¡y cómo me apetecía hacerlo! Pero el sentido del decoro me lo prohibía.) Y en lo que respectaba a la tibia del general, estaba siguiéndole el rastro con poco entusiasmo cuando, por casualidad, me vi envuelta en un caso bastante más enigmático y, como resultó más tarde, mucho más urgente.
Me avergüenza confesar que el encuentro inicial ocurrió en un establecimiento de Oxford Street de reciente apertura, el cual no solía aparecer en las conversaciones civilizadas, aunque en él concurrieran habitualmente las damas respetables que van de compras en ese barrio pudiente: los primeros Baños Públicos para Damas de Londres.
Aquella espléndida innovación, que reconocía de forma tácita que las mujeres de buena familia ya no pasaban sus días en casa a unos pocos pasos de sus propios inodoros, costaba un penique, bien invertido en caso de necesidad, incluso a sabiendas de que la misma cantidad habría proporcionado un día de pan, leche y educación a una criatura del East End. Aquella tarifa básicamente garantizaba que solo las mujeres de las clases más altas tuvieran acceso, aunque en ocasiones también podía aventurarse en su interior alguna chica trabajadora, como, por ejemplo, Ivy Meshle, con sus rizos falsos y atuendo barato, de confección y a la moda.
Sin embargo, aquel día no iba disfrazada de la algo ordinaria Ivy Meshle. Más bien al contrario: mis pesquisas me habían conducido al vecindario del Museo Británico —frecuentado por mis dos hermanos, para mi fastidio— e iba vestida de estudiante, con mi pelo carente de atractivo recogido en un sencillo moño y mi rostro amarillento y alargado escondido tras unos anteojos con montura de marfil que, aunque minimizaban el efecto de mi alarmante nariz, también me hacían pasar desapercibida, ya que ninguna dama elegante que se preciase habría llevado gafas. Enfundada en un vestido de sarga de buena calidad, aunque también algo provinciano, lóbrego y sin adornos, y con un sombrero igualmente oscuro y sencillo sobre la cabeza, me había sentado para descansar un instante en el cómodo salón de los Baños Públicos para Damas, decorado con mármol falso y piel de color marrón oscuro, agradeciendo la seguridad de que ni Sherlock ni Mycroft iban a entrar allí dentro persiguiéndome.
Hasta aquel momento, el día estaba resultando un calvario —las estudiantes no levantan mucha admiración entre la población masculina de Londres—, pero allí dentro no llamaba la atención: era bastante habitual que una compradora extenuada descansara al cobijo de la serenidad y frescura que ofrecían las sombras de las molduras de yeso de aquel salón antes de aventurarse de nuevo al polvo y al calor de la calle.
Al sonido de una campanilla, una doncella cruzó el salón de los baños para abrir la puerta y entraron tres damas. Pasaron muy cerca de mí, puesto que yo ocupaba un canapé afelpado de color rojizo al lado de la entrada. Por descontado, no levanté la mirada del periódico que tenía entre las manos, y no les habría prestado mayor atención de no ser porque, desde el instante en que llegaron, noté que algo ocurría, algo grave. Se percibía una gran tensión entre ellas.
Cuando pasaron ante mí, no oí más que el crujido de las enaguas de seda, nada más. No se dirigían la palabra.
Preguntándome qué podía suceder, alcé la mirada sin mover la cabeza (hubiese sido de muy mala educación husmear abiertamente), pero no logré extraer muchas conclusiones desde la perspectiva que me ofrecían sus espaldas: dos damas vestidas suntuosamente, con sus voluminosas faldas arrastrándose por el suelo, flanqueaban a una mujer más joven y delgada, ataviada con la última moda de París —de hecho, era la primera vez que veía una falda acampanada en una persona real y no en un maniquí de un escaparate. Aunque unos enormes lazos de color amarillo se ahuecaban y colgaban a modo de polisón o de cola, la falda en sí misma, de un color más oscuro entre el amarillo y el verde, estaba recogida con cintas que no se veían para simular una segunda cintura a la altura de las rodillas. Debajo de esta, se extendía de nuevo para formar una «campana» guarnecida con volantes que escondía los pies de la muchacha; a decir verdad, sus pies apenas movían los fruncidos cuando caminaba, pues la falda limitaba la longitud de su zancada a tal vez no más de veinticinco centímetros. Hice una mueca mientras observaba cómo se alejaba torpemente; aunque su esbelta silueta no se acomodaba exactamente al canon de belleza del «reloj de arena», a mi parecer era una criatura muy hermosa. Se parecía a un ciervo al que le hubiesen causado una cojera. Por supuesto, siempre se ha sacrificado el sentido común en aras del estilo —faldas anchas, polisones—, pero pensé que aquella muchacha ¡debía de ser una chiflada de la moda para llevar un vestido en el que apenas podía mantener el equilibrio!
Cuando el trío se aproximó a la entrada del sanctasanctórum de los baños, la joven se detuvo en seco.
—Date prisa, niña —ordenó una de las mujeres.
En lugar de eso, sin pronunciar palabra, la muchacha de la falda acampanada se sentó con poca elegancia. De hecho, se desplomó, casi cayendo al suelo, en uno de los sillones de piel oscura al otro lado de la estancia en la que yo estaba.
Y cuando su rostro se volvió hacia mí, tuve que ahogar un grito ante la impresión y sorpresa que me llevé: ¡conocía a aquella chica! No podía estar equivocada: nuestras aventuras, el sentimiento fraternal que había experimentado por ella, mi miedo cuando el estrangulador la había atacado, todo aquello permanecía de forma indeleble en mi memoria; ante la visión de sus delicados y refinados rasgos, quedé magnetizada. Era la hija del baronet, la dama zurda que había encontrado y rescatado en el pasado... Era la ilustre Cecily Alistair.
Sin embargo, no reconocí a las mujeres que la acompañaban. ¿Dónde estaba la madre de Cecily, la hermosa Lady Theodora?
Y en lo que respectaba a Lady Cecily, a pesar de que el pasado invierno la había visto muerta de frío, hambrienta, vestida con harapos y sin brillo en sus ojos resplandecientes, nada me hubiese podido preparar para la preocupación que me sobrevino al examinar la apariencia que presentaba en aquel momento. Su rostro parecía incluso más demacrado que cuando la vi por última vez, y su expresión, más afligida. Con la mandíbula apretada, sus carnosos labios afilados con desafío y una rebeldía salvaje y desesperada en su mirada, se enfrentó a las dos mujeres que se elevaban como dos torres sobre su cabeza.
—No, de ningún modo, señorita —dijo una de ellas en un tono autoritario que la posicionaba como algo más que una simple acompañante (¿una abuela, tal vez, o una tía?)—. Tú vienes con nosotras.
Agarró de un codo a la muchacha, que permaneció sentada, mientras la otra mujer la sujetó por el otro.
En aquel momento, yo ya había levantado la cabeza y observaba sin disimulo la escena con la boca abierta. Por suerte, aquellas dos señoronas miraban hacia el otro lado y centraban toda su atención en la muchacha de dieciséis años que estaba en el sillón.
—No podéis obligarme —replicó Lady Cecily en voz baja a la vez que se hundía más y más en el asiento, arruinando sus adornos amarillos y dejándose caer, encorvada y cabizbaja hasta tal punto que si las dos mujeres querían que se incorporara, tendrían que ponerla en pie a la fuerza, algo que habría provocado un escándalo, aunque de no haber sido por mi presencia, por la manera en que miraron a su alrededor para ver quién las observaba, creo que habrían obrado de tal modo. Rápidamente, clavé mis ojos de nuevo en el periódico, pero no eran estúpidas.
—Bien —escuché que decía una de ellas con voz quebrada—, supongo que tendremos que hacer turnos.
—Ve tú —respondió la otra—. Yo me quedaré con ella.
A continuación, una de ellas entró en el baño y al oír cómo se cerraba la puerta, volví a levantar la vista. La segunda señorona se había sentado en otro sillón y observaba con interés las telas sedosas que conformaban la decoración. Justo en aquel instante, Lady Cecily alzó la cabeza y, como si fuera una prisionera consciente de una posible oportunidad de escapar, me miró directamente.
Y me reconoció. E incluso a pesar de solo haber coincidido en una ocasión en el pasado —la noche en que su secuestrador casi la asesina—, supo quién era. ¡Chas! Nuestras miradas se cruzaron con la fuerza de un latigazo y también con su velocidad; rápidamente inclinó la cabeza hacia el suelo, sin duda para ocultar a su carabina la expresión de asombro en sus ojos.
Yo hice lo mismo mientras me preguntaba si sería capaz de recordar mi nombre, que le revelé de forma tan impulsiva e irreflexiva: Enola Holmes. Experimenté un sentimiento de fraternidad hacia aquella mente tan genial como infeliz, hacia la hija de un baronet con doble personalidad: la artista zurda que era capaz de compadecerse y plasmar la difícil situación de los pobres en unos extraordinarios dibujos en carboncillo, pero que estaba obligada a ser la dócil y diestra Lady Cecily de cara a la sociedad.
Sin embargo, yo conocía muchos más detalles de su vida que ella de la mía; me imagin
