Capítulo 1. Correo personal
No sé cómo explicar que la situación que tanto se repite en mi vida ha perjudicado con seriedad mi salud. De hecho, es la primera vez en mi existencia que me desmayo y, si no llega a ser por los rápidos reflejos de Ian, a estas alturas estaría en el hospital con un buen golpe en la cabeza, como poco. Por fortuna, desperté en los brazos de un desconcertado y preocupado hombre que me miraba con extrema curiosidad cuando volví a abrir los ojos.
Con demasiada cautela para mi gusto, explicó, con el rostro desencajado y con gesto nervioso, que Freddy se había marchado y que tan solo había dejado una carta para mí. Una carta. Miré el sobre, que lucía blanco inmaculado, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Empecé a temblar como un animalito aterido de frío; le pedí a Ian que, por favor, lo guardara en el cajón del escritorio.
—¿No vas a leerla? —preguntó con marcado asombro.
—No. Ahora no me siento con fuerzas —respondí—; estoy hecha un lío, y ya no sé qué es real y qué no. Necesito tiempo —inspiré con fuerza—; esto ya es demasiado.
—Te comprendo a la perfección. —Aunque lo dijo bajito, bastó para desatar la tormenta.
—¿Comprenderme? —¡Ay, madre, que me veo que exploto!—. No creo que puedas comprenderme más allá de la sorpresa. Te lo digo con sinceridad, Ian. —Trato de contener el tono y la mala leche—. Estoy harta y no entiendo nada con respecto a tu hermano. Hoy está vivo; mañana, muerto; y pasado, vivo de nuevo. Yo no puedo vivir así con esta incertidumbre; yo necesito...
—Estabilidad. —Se levanta para colocarse a mi lado y toma mis manos con delicadeza—. Déjame dártela, Eva. Yo puedo hacerte feliz y lo sabes. —Deposita un tierno beso en mis dedos.
Sus preciosos y cristalinos ojos azules me suplican una oportunidad y puedo ver a través de estos el desconcierto que hay en su corazón. Me fascina perderme en ese azul tan profundo que parece que estuviera escrutándome el alma.
—Ian, yo... Mira, cielo. —Vuelvo a inspirar hondo antes de proponerle—. Creo que es mejor que aparquemos el tema de momento. —No quiero hacerle daño, que me conozco y, de verdad, pienso que no nos merecemos discutir por Freddy—. ¿Qué te parece si vemos una peli? —Le regalo media sonrisa—. Ya pensaremos mañana en todo lo demás —propongo al tiempo que le planto un tierno beso en la mejilla con el fin de relajar la situación.
—¿De miedo? —Él también cambia de actitud y se lo agradezco en el alma. Parece que retomamos nuestra feliz rutina.
—¡Sorpréndeme! –exclamo y me acomodo en el sofá.
Y lo hizo poniéndome la película de Ouija, que hace mucho tiempo que tenía ganas de ver y no tenía con quién. Vale, lo explico: me encanta el cine de terror, pero me da mucho miedo ver sola las películas, y a mi hermana no le gusta el género porque es un poco cagona. Así que llevo un montón de tiempo a la espera de ver, ahora además la segunda parte, sin haber encontrado compañía para hacerlo hasta hoy.
El cansancio del viaje y los emocionantes acontecimientos de los días previos hicieron el resto y provocaron que nos sumergiéramos en un profundo y placentero sueño, enredados en el sofá bajo la manta. Eso sí, con el cuerpo hecho polvo porque, ¡vaya que no es incómodo el puñetero sofá!
Como siempre, él se levanta primero y pone la cafetera antes de meterse en la ducha. A tenor de que no está el cuerpo ni el lugar para remolonear, voy a preparar el resto del desayuno mientras pienso lo feliz que podría sentirme en ese momento, si el puñetero Freddy no hubiera aparecido de nuevo en mi vida. ¿O será que nunca salió de ella?
Ian está guapísimo cuando entra en la cocina y me encuentra sentada frente al café, fumando el primer cigarrillo del día. Lleva unos vaqueros blancos que se ajustan con delirio en torno a sus moldeadas piernas, a juego con una camiseta de algún cuerpo especial. ¡A mí sí que me parece especial su cuerpo!
Se acerca a darme un beso y, de forma inconsciente, inunda mis fosas nasales con un aroma inconfundible, embriagador y muy suyo. Unas gotas resbalan por su pelo mojado y van a parar a mi cuello para provocar un estremecimiento demasiado sensual para el momento.
Se sienta frente a mí y toma su taza; apenas da un par de sorbos, y suspira. Parece como si quisiera decir algo y no se atreviera a romper este ruidoso silencio que se interpone entre los dos. Supongo que hay un tema pendiente, y ninguno de los dos quiere abordarlo.
—Tengo que ir a la comisaría —dice al fin—. Ya sabes, hay cosas de la investigación que hay que aclarar todavía. —Resopla con cierto fastidio.
Los dos sabemos de sobra las cosas que hay que aclarar, aunque nadie deje constancia verbal de ello.
—Sí, claro —carraspeo porque no me sale ni la voz—. No te preocupes, me vendrá bien un rato a solas. —El sobre grita desde el otro lado de la casa y me recuerda que esta ahí en el cajón, esperándome. Me pregunto si él también habrá pensado en la carta.
—Te llamo luego... —La frase queda suspendida en el aire.
No está claro si es una pregunta o una afirmación, si bien la duda grita en su mirada y juraría que por unos instantes retiene el aire en los pulmones.
—Sí, claro... —He procurado que sonara más entusiasta, pero es lo que me ha salido al final; aunque, nada más decirlo, reparo en que eso ya lo he dicho antes y que debe ser la primera vez en mi vida que no sé qué decir. ¡De qué se puede hablar en una situación como esta!
Apura el café y sale de mi casa, no sin dejarme antes un tierno beso en los labios que procuro retener ahí para siempre. Ese beso me ha sabido a despedida y me doy cuenta de eso en el preciso instante en que oigo cerrarse la puerta de mi casa, y rompo a llorar sin tener claro el motivo; aunque, como dice Sabina, nos sobran los motivos.
Trato de calmarme y ahogo mis penas en el café que, como se me hace poco, tengo que suceder con otro. Una vez que consigo serenarme, pienso en leer la carta que me dejó Freddy, y me acerco hasta el escritorio, que hoy parece llamarme más que nunca.
El tirador del cajón me da una pequeña descarga al tocarlo y se me antoja como una clara señal de que no puedo hacer esto sola. Cojo el teléfono y llamo a mi hermana, mi eterna y fiel confidente, compañera de risas y fatigas.
—¿María?
—Sí, Eva, ya sé lo que vas a decirme —contesta sin ganas—. Jorge me puso ayer al corriente. —La oigo soltar el aire apesadumbrada y casi puedo ver su cara de fastidio.
—Bueno yo... —Me cuesta mucho hablar—... él me dejó una carta.
—¿¡Una carta!? —Su tono se ha espabilado junto con su interés—. ¿Qué te pone?
—No lo sé, aún no la he leído —Musito con cierta vergüenza porque me siento cobarde.
—¿Quieres que vaya y la leemos juntas? —propone; adoro a mi hermana, y la necesito mucho en este momento.
—Me has leído el pensamiento, tata.
—Estoy allí en media hora. —Y cuelga sin dejarme decir nada más.
Aprovecho el tiempo para ducharme y vestirme. Preparo otra cafetera para cuando venga María que, desde luego, Juan Valdés conmigo se forraba.
Con la precisión de un reloj suizo, en el tiempo predicho llega con unos bollos rellenos de chocolate, pues ha debido pensar que nos va a hacer falta algo dulce para superar este amargo trago, y nos sentamos en la cocina con el sobre blanco encima de la mesa entre las dos. Yo tengo el estómago cerrado y me dedico a dar vueltas al café de manera compulsiva, conforme miro el objeto de la discordia con disimulo.
Durante unos instantes, las dos lo examinamos como si fuera un tratado de paz universal, sin atrevernos a decir nada. María rompe la fijación cuando coge el sobre, y el corazón me da un vuelco al tiempo que lo eleva y lo abre con determinación, poniendo fin a la angustia para dar paso al terror. No sé muy bien a qué se debe tanto miedo, pero lo cierto es que lo siento.
Saca una cuartilla de papel, pero no un papel cualquiera, no; es un papel de color amarillento y con unas decoraciones de rosas rojas en la esquina superior que lo hacen maravilloso. Por un momento pienso que ha tenido en cuenta lo especial que soy con los papeles, pero enseguida me digo a mí misma que esos detalles son más propios de Ian, y no de Freddy.
—¿La lees tú o te la leo yo? —pregunta mi hermana, decidida a terminar con la intriga.
Dudo porque no sé qué será mejor, pero al final resuelvo que la carta es para mí y he de tener valor para leerla yo. Así que, con el pulso tembloroso, recojo la dichosa carta de la mano de María y procuro recoger todo el aire que puedo para apaciguar el miedo antes de comenzar a leer:
Querida Eva:
Sé que hay muchas cosas por explicar y, si tú quieres y me das la oportunidad, lo haré con todo lujo de detalles. Pero creo que lo más importante para mí en este momento es que tú conozcas mis verdaderos sentimientos hacia ti, Eva.
Cuando te conocí, todo mi mundo se volvió patas arriba; no sabía qué hacer. Sabía que lo que hacía no estaba bien pero, por una parte, estaban mis hijos y por la otra... estabas tú, mi amor.
Me pasaba el día entero pensando en ti y en las cosas que juntos hicimos; no podía sacarte de mi cabeza.
En el fondo, mi mente quería negarlo, pero la verdad es que me encantaban tus abrazos, tus besos, tu olor, tu sensualidad, el roce de tu cuerpo con esa piel tan suave, tu pelo largo y sedoso y, sobre todo, ese volcán de ideas y sentimientos entremezclados que siento cuando estoy contigo. Y digo: “Siento” porque, solo con pensar en ti, mi corazón sigue acelerándose a pesar del tiempo y de la distancia.
Lo nuestro es muy, muy especial, Cenicienta; pocas personas llegan a tener semejante química con nadie, y tú y yo la tenemos. Nosotros nos complementamos demasiado bien, cielo; mira lo que nos reímos juntos y la cantidad de locuras que juntos también somos capaces de inventar.
Siento haberte causado tanto dolor; solo espero que puedas perdonarme o, al menos, la oportunidad de explicarme.
Te quiere, tu Freddy.
Al acabar de leerla, me doy cuenta de que lagrimones como puños ruedan sin control y humedecen mis mejillas; María también llora. Sin palabras es cómo nos hemos quedado las dos, y en mi interior un silencio sepulcral anuncia una tempestad inevitable.
Mientras me preparo psicológicamente para lo que está por venir, le digo a mi hermana que quiero estar sola el resto del día y desconecto todos los teléfonos para poder pensar con claridad y tratar de escuchar los gritos de mi mente, que intenta hacer reaccionar al corazón, desde que quedó paralizado al ver a Freddy de nuevo en la puerta de mi casa.
¿Qué probabilidad hay de que se repitan las mismas escenas una y otra vez en tu vida?
Está claro que al Universo le encanta reírse de mí y ponerme en situaciones que cada vez se me antojan menos realistas y más enrevesadas. ¡Qué poco sabía yo en aquel entonces la cantidad de vueltas que daría aún mi vida! La cantidad de lágrimas que tendría que derramar en el futuro, si bien he de decir que no todas serían de tristeza.
Voy a prepararme mi famoso sucedáneo de Martini y, conforme relleno el vaso con hielo, me asalta la idea de estar atrapada entre dos amores bien diferentes. Una sacudida de espanto recorre mi cuerpo, porque nunca hubiera deseado verme en esta tesitura de tener que elegir entre Freddy o su hermano Ian. Pero es que a estas alturas yo ya estoy a punto de derrumbar mis muros de contención y dispuesta a considerar con seriedad la propuesta de Ian de ir a vivir juntos y, ahora... él está aquí; Freddy está aquí. Todavía me cuesta creerlo. Tengo que asimilar que está vivo a pesar de haber estado en su entierro.
No sé cómo poner orden en el caos que me domina; es imposible sacar nada en claro de mi cabeza, y mucho menos del otro órgano en conflicto: el corazón. Creo que lo mejor será releer la carta con calma. Enciendo un cigarrillo para aspirar el humo en profundidad, como si con ello quisiera calmar el acelerado bombeo que atenaza desde lo más profundo. El papel tiembla, y tal parece que baila animado ante la sacudida de mis gelatinosos dedos.
Apenas comienzo a leer las primeras palabras, las lágrimas impiden que pueda seguir adelante con la completa inundación de mis ojos, en un mar que me arrasa por dentro. Desde el ordenador, Vanesa Martín parece entregada al mismo propósito de Freddy y me sacude la letra de su canción.
No finjas que no vas a oírme, sabes que lo harás.
No dejes que el orgullo se lo lleve todo.
Conozco esa mirada y sé que ahora puedo pasar.
Dejemos las excusas, que no nos llevan a nada.
Acércame tus manos. Mira quién te habla, este es mi corazón,
le puede la emoción de verte aquí, aquí y aquí.
Cuando por fin consigo calmarme un poco, respiro hondo varias veces y trato de analizar el texto. Habla de explicaciones y yo no sé qué tipo de explicaciones pueda darme que me saquen de esta incertidumbre; porque, si lo pienso bien, ¿qué parte es la que en realidad deseo que me explique? ¿La de su muerte y resurrección? ¿O la de mi repentino abandono y posterior reaparición, para echar abajo de nuevo mis renovados planes de vida?
Con respecto a su familia, no veo que quede nada por explicar. Está todo clarísimo.
Cuando ya creí que me había olvidado de él, cuando ya pensaba en formar un futuro junto a Ian, cuando empezaba a pintar una realidad en la que no había sitio para Freddy, vuelve de nuevo, y yo ahora... no sé ni por dónde empezar. No sé qué hacer ni con él, ni con Ian, ni conmigo. Siento que me vuelvo loca. y el sentimiento que lo secunda es el de la pena. Me da lástima que se acabe la historia de Ian, antes siquiera de empezar; me da pena por él y por mí.
De pronto, Freddy empieza a parecer un extraño en este macabro círculo amoroso, y me digo a mí misma que es él quien se tiene que adaptar a la nueva situación, que no deja de ser sino una consecuencia de sus actos, cualesquiera que estos hayan sido; que no lo sé y tampoco sé si quiero saberlo ya. Al fin y al cabo, es lo de menos, porque Ian ya entró en escena y no es por nada, pero... ¡vaya aparición!
A estas alturas da igual cuáles hayan sido las circunstancias; lo hecho hecho está, y ahora no hay quien dé vuelta atrás. No hay forma de borrar todo lo que hemos vivido Ian y yo; el pensar que íbamos a morir allí juntos en aquel almacén abandonado y luego los maravillosos días en Granada. Sus detalles, su paciencia, su pasión, su carácter, su forma de devorarme con la mirada, la avidez de sus manos cuando recorre mi cuerpo... es demasiado bueno para negarlo.
Pero Freddy... mi Freddy... ¿qué hago contigo, amor? Amor tóxico que llega y me embauca para luego abandonarme con un millón de sentimientos encontrados. Sé de sobra que debería ser racional y mandar a paseo a ese hombre tan egoísta e infiel, y más después de todo el daño que me ha hecho. No puedo dejar de evocar el dolor que sentía en el pecho cuando pensé que había muerto, cuando creí que nunca más volvería a besar sus labios y sus manos... ya no volverían a sujetar mis caderas con esa fuerza en los dedos del deseo arrasador formado entre nuestros cuerpos. Y ahora... está aquí de nuevo y yo... ya no sé si quiero besarle.
Capítulo 2. El reencuentro
Me ahogo, me asfixio, me falta el aire y una presión en el pecho que me devora sin piedad hace que coja las llaves del coche para salir a la calle a toda prisa, en busca de una bocanada de aire que me insufle vida fresca. Llevo puesto lo primero que he pillado, que han sido unos piratas negros y una camiseta de tirantes rosa.
Cuando le doy al contacto, veo en el reloj que son las doce de la noche, y una sarcástica sonrisa sale espontánea de mi boca al reparar en que es la hora de la Cenicienta. Acto seguido, un cabreo monumental me hace girar la llave del contacto con el ansia de escapar a toda costa de mí misma, pero el jodido Paco hoy no quiere arrancar. Por más que lo intento, no hay forma humana y pienso que es mejor dejarlo, porque me voy a cargar la batería, que tampoco está para muchos trotes. Mi rabia impotente explota en un llanto imparable y, al reposar la cabeza en el volante, doy rienda suelta al nudo de mi garganta, que amenazaba ya con asfixiarme.
En ese preciso momento, alguien toca en la ventanilla y me da un tremendo susto que quedará en nada cuando levante la cabeza y me encuentre de frente con unos preciosos luceros verdes que me miran interrogantes, sin comprender con exactitud el motivo de mi disgusto.
Abre la puerta del coche con cautela y se agacha a mi lado; coloca su mano sobre mi pierna como si quisiera pedir permiso y pregunta con una embaucadora voz:
—¿Qué te pasa, Cenicienta?
—¿Que qué me pasa? —La explosión es imparable, y mi tono se ha elevado varios decibelios—. ¿Y tú tienes la poca vergüenza de preguntar qué me pasa, Freddy? ¿De veras no tienes ni idea de lo que me ocurre? —Contengo la rabia al ver su expresión de tristeza en respuesta a mi ironía.
Agacha la cabeza y suspira como si pretendiera coger fuerzas para enfrentar la situación. Se incorpora con lentitud y, al extender su mano, solicita la mía con suma delicadeza para indicarme que salga del coche. Le obedezco cual manso corderito conforme me pregunto dónde está mi rabia ahora y, cuando estamos uno frente a otro, me abraza con fuerza, con demasiadas ganas.
Estoy desconcertada por mis propios reflejos traicioneros. Intensifica la fuerza del agarre y noto que vuelca una magnitud de sentimientos que soy incapaz de gestionar; siento los fuertes latidos de su corazón al golpear mi pecho y tiemblo como una niña. Acurruco mi cuerpo entre sus brazos y continúo lo que hacía cuando me interrumpió en el coche: llorar.
No sé cuánto tiempo hemos estado así, pero solo vuelvo a la realidad cuando se separa con timidez y fija su mirada en la mía. Al hacerlo, veo un par de lágrimas asomar con cautela por sus párpados y no puedo evitar sorprenderme; no conozco a este hombre.
—Tienes que saber que, pase lo que pase, de aquí en adelante, para mí eres lo más dulce y bonito que me ha regalado la vida. Te quiero, Eva —susurra antes de besarme con dulzura, con ternura, con cariño, y hasta con el alma.
Mi desconcierto es total; la situación me supera con creces y, aunque al principio correspondí su beso, enseguida apareció Ian por mi mente para hacerme reaccionar al tiempo que aparto a Freddy de mí con un ligero empujón en el pecho.
—No puedo, Freddy, yo no... han pasado cosas y... —No encuentro palabras que decirle.
—Eva, déjame explicarte; lo necesito, necesito que tú sepas....
—¿Lo que tú necesitas? —Por fin aparece la rabia y le interrumpo. — ¿Y qué pasa con lo que necesito yo? —Inspiro y trato de calmarme para que esta sea una conversación lo más normal posible—. Eres un egoísta, Freddy, siempre lo has sido. Tú vas por la vida como si creyeras que las personas no tienen sentimientos, por lo cual te crees con derecho a pisotearlos como si nada y a jugar con todo el mundo a tu real antojo. Pues déjame decirte una cosa, ¡Narciso de pacotilla!, estás muy equivocado. El amor es el motor que mueve el mundo. Los sentimientos son lo más importante, y todas las personas los tienen; parece que hasta tú. —Hago un gesto y le invito a que se mire las lágrimas—. No está bien hacer daño a las personas que te quieren, y tú nos lo has hecho a todos sin excepción: a tu mujer, a tus hijos, a tu hermano y a mí. ¡Hasta a tu compañero de trabajo le has jodido! —exclamo al recordar todo lo que ha pasado mi hermana también—. Pobre Jorge, cada vez que pienso que...
—Eva, yo.... —me corta incómodo ante la mención de Jorge.
—¡Cállate, Freddy! No quiero escucharte —Le detengo con la palma de la mano en alto—. Hoy no.
Preferí darme la vuelta y marcharme a mi casa con la ilusión de una excursión nocturna frustrada. Me quedé bastante ancha al decirle todo lo que pensaba y solo esperaba poder pasar página ayudada por la almohada. Pero la noche no fue tan reparadora como yo esperaba, más bien llegué a pensar que me iba a volver loca, pues el resumen rápido de la historia quedó en mi cabeza de la siguiente forma: si Ian me besa, me acuerdo de Freddy; si me besa Freddy, me acuerdo de Ian.
Cual hámster en la rueda, me vi atrapada en una situación que representaba con perfección la pescadilla que se muerde la cola. Mi corazón y mi mente no pararon de discutir en toda la noche y por la mañana ya no sabía dónde meterme para no escuchar a ninguno de los dos.
Es muy difícil huir de una misma, aunque ahora mismo me resulta más difícil dilucidar mis sentimientos. ¿Podría decir que los quiero a los dos? No, no; el solo pensamiento me produce escalofríos. Son tan diferentes entre sí....
¿Cómo se puede escoger entre la ternura o la pasión desbordada? ¿Entre la consideración y la estabilidad, o la aventura de vi
