Capítulo 1
Minstrel Valley, Hertfordshire
Abril de 1837
Las botas nuevas de Edward Hastings pisaron la grava con recelo, como si antes tuvieran que comprobar la temperatura. Tratándose del camino desnivelado y fangoso de un pueblo inglés, se podría considerar una medida preventiva y no reticencias a conocer por fin su destino... Aunque también las tenía. Albergaba muchas y grandes reticencias. Pero tras haber sido víctima de un insufrible trayecto de casi tres horas y media, sometido al vaivén de un carruaje alquilado, no solo habría puesto los dos pies sobre el infierno para poder estirar la espalda, sino también las manos.
Tuvo que entornar los ojos para evaluar el terreno. Había dejado atrás al Londres del segundo diluvio para que un rayo de sol estuviera a punto de cegarlo. Veintitrés años vivo, veintitrés años como ciudadano británico, y todavía le causaba rechazo la volubilidad del clima. Eso solo en un día normal. En un día espantoso como aquel, lo único que no le inspiraba un arrollador desprecio era la convicción de que se marcharía de Minstrel Valley antes de volver a acostumbrarse.
—¡Por fin! —exclamó una voz que se le hacía conocida—. Llevamos esperándote media hora.
Edward usó la mano como visera para captar el paseo renqueante de su tío, la razón en carne y hueso por la que estaba allí, y también el motivo de su tormento. No se atrevía a exteriorizar su molestia porque, a fin de cuentas, él no era el tullido, ni tampoco el que no podría ejercer su trabajo por ello. Pero había sido una inconveniencia que no se le hubiera ocurrido nada mejor que hacerse un esguince de tobillo apenas unos días antes de la apertura de la temporada.
El señor Lionel Hastings, aparte de ser el efusivo tocón que le daba la bienvenida con un abrazo, era un miembro indispensable de la escuela de señoritas de Minstrel Valley. Estas señoritas acudirían a uno de sus primeros bailes en sociedad en tan solo unos días. Por el momento, llenaban de vida la lujosa mansión de lady Acton, una obra de arquitectura francesa espectacular. La entrada estaba enmarcada por dos filas de sirvientes, preparados para darle la bienvenida.
—Créeme —masculló de mal humor—, yo también esperaba llegar media hora antes.
—¿Por qué? ¿Impaciente por ocupar mi lugar? —se recochineó el muy miserable, esbozando una sonrisa juguetona.
¡Desde luego que estaba impaciente! Siempre había sido el sueño de su vida plantarse delante de toda una escolanía de mentecatas para...
«Esa no es la actitud», se recordó. «Estás haciendo un favor. Qué menos que fingir que no te importa, o que no te lo vas a cobrar muy caro en cuanto tengas oportunidad».
—No eres el único —continuó Lionel—. Le he hablado a las jovencitas de tu incorporación y están deseando conocerte. Estos días andan muy nerviosas por la presentación, así que es posible que te haya vendido como un manjar suculento.
Edward dejó de acomodarse la chaqueta para mirarlo con el ceño fruncido.
—¿Perdón?
—Necesitaban inspiración, Edward —le reprochó, echando el peso del cuerpo sobre uno de los soportes de madera. El otro lo utilizó para darle un toquecito en la cadera—. Y sabes que no me gusta dar malas noticias sin una buena, menos aún en estas fechas. Si hubieras visto sus caras cuando les dije que tendrían que bailar con ellas mismas, te puedo asegurar que habrías dicho cualquier cosa para animarlas.
—¿No es eso lo que se lleva haciendo desde que Londres era un solar? Las mujeres siempre han practicado juntas.
—Pero ellas se han acostumbrado a la figura masculina, y ya no se les puede negar. Dejémoslo aquí y entremos. Lady Acton y la señorita Harper han pospuesto el desayuno para darte la bienvenida. Jack puede encargarse de llevar tus maletas a la habitación contigua a la mía.
A continuación, Lionel llamó a un muchacho que estaba escondido en una de las filas de criados. El susodicho asintió y procedió a encargarse del único baúl. A Lionel no se le escapó la ligereza de este, y no perdió la oportunidad de comentarlo en voz alta. Su sobrino le seguía de cerca, vigilando que no pusiera la muleta donde pudiera tropezar.
—Dijiste que solo sería un mes —contestó—. He traído lo justo y necesario. Comprenderás que no puedo alargarlo más. Tengo unos compromisos que requieren mi presencia en la capital.
—¿Qué compromisos son esos? —inquirió. Edward saludó con la cabeza a los miembros del servicio; así se perdió la sonrisa divertida de su tío—. ¿Alguno con tirabuzones?
A decir verdad, ni con tirabuzones, ni con trenzas. El único compromiso que Edward tenía pendiente era el de sustituirle por tiempo reducido, más por la ridícula lealtad que se le debía a la familia que otra cosa. Pero más allá de eso, no recordaba haber señalado nada relevante o inaplazable en su agenda durante el siguiente... año y medio. Claro que tenía un mejor amigo con el síndrome del marqués egocéntrico, y tenerlo contento requería tanta dedicación como para considerarse un trabajo a tiempo completo. Se cumplían unas horas desde que Clive le había armado toda una escena por atreverse a abandonarlo en plena temporada, y encima cargando con la responsabilidad de encontrar una esposa.
Como si el propio Edward no actuara ya como tal.
—¿Sabes? —seguía hablando Lionel—. Lo bueno de todo esto, aparte de los magníficos profesionales con los que tratarás, es que puedes echarles un ojo a las muchachas. La mayoría tienen ya dieciocho, y están listas para casarse. Tal vez, alguna de ellas...
—No llevo aquí ni cinco minutos y ya me estás arrojando a los brazos de una mujer —interrumpió—. Dios santo, pensé que el reencuentro traería un poco de originalidad por tu parte. Te veo con el mismo discurso con el que te dejé hace dos años.
—Bueno, muchacho, no se puede decir que tú estés resultando inspirador; te veo con la misma cara de vinagre con la que te dejé hace dos años. Hablando de eso, sería un detalle que la cambiaras antes de conocer a lady Acton y a la directora. Se toman muy a pecho todo lo relacionado con su institución, y dudo que les guste que esa sea tu actitud respecto al contrato.
Edward no contestó por pereza. Se limitó a seguir en silencio al chico de los recados y a Lionel, que ni mantenía el ritmo de la marcha ni tampoco le importaba. No se dejó impresionar por la magnificencia del edificio, que en poco se parecía a las mansiones estilo regencia o neoclásicas que imperaban ahora en Londres. Se daba más un aire a un castillo de reducido tamaño, enmarcado por sus torres y amplias arquerías. Tuvieron que acceder a la entrada subiendo una hermosa escalinata que habría complicado el equilibrio del perjudicado Lionel, quien aun así, resolvió con estilo.
Su tío era uno de esos hombres autoritarios sin quererlo. Marcaba el compás de los movimientos del resto solo caminando junto a ellos, despertando la envidia hacia su agilidad y el respeto por su trabajo, lo que ya era una victoria cuando se codeaba con aristócratas muy pagados de sí mismos. Se trataba de un caballero en el sentido estricto de la palabra. Alto, heredero de la melena rubia de los Hastings y portador de la misma mirada desafiante de su difunto padre. Vestía tallas algo más ajustadas que el clásico hombre delgado, pero eso no le hacía desgarbado o huesudo y, aunque así fuera, su seguridad al ser y estar seguiría haciendo que más de una se diera la vuelta al cruzárselo por la calle.
Al margen de los atractivos físicos de un tipo cercano a los cuarenta, Lionel era el único bailarín que conocía que sabía dotar de profesionalidad a su pareja en medio de un vals, cuando con otro de su misma estatura y destreza habría parecido un pato mareado. Durante su época en Francia, donde no definió precisamente su técnica como danzarín clásico —más bien se movió en el barrio de Montparnasse, estando presente durante el nacimiento y asimilación del cancán, desconocido en Inglaterra—, se alzó el rumor de que era capaz de hipnotizar a su acompañante para hacerla bailar a su son. Edward podía dar fe de que su tío era la excepción del famoso dicho dos no bailan si uno no quiere, porque, efectivamente, conseguía que lo hicieran, y con honores, sin quererlo. Le sobraba talento para ambos, y eso le generaba una molesta sensación de incompetencia. Iba a reemplazar a alguien que le parecía insustituible, y en un momento donde las muchachas tendrían los nervios a flor de piel. Esperarían magia de un desconocido durante los últimos ensayos antes de volar a un salón real, cuando lo único que él sabía hacer era mantener el ritmo.
Se consolaba pensando que los caballeros que firmarían sus carnés de baile no serían expertos. Edward se había fijado en que la inmensa mayoría era torpe y no le daba importancia a la técnica: usaban la música como excusa para ponerle la mano encima a su preferida.
Quien estuviera libre de pecado...
Sacudió la cabeza y dedicó un vistazo al techo. No había tenido mucho tiempo para valorar la mansión por fuera, ni tampoco era un apasionado de las decoraciones; se podía decir que Edward tenía el gusto por lo hermoso a la vista algo atrofiado, y un ejemplo eran las prendas sobrias y oscuras con la que se había vestido para la ocasión. Aunque, a decir verdad, no había ocasiones. A Edward no le importaba ponerse lo mismo para viajar que para bailar. Si establecía distinciones era por simples cuestiones de etiqueta y saber estar. Pero, aun y con su falta de gusto, supo valorar la salita a la que le condujeron, donde tres mujeres esperaban manteniendo una charla comedida. Reconoció el ambiente hogareño, el amueblado estilo Sheraton y las paredes forradas de damasco. Hasta ahí llegó su observación, antes de que una de las mujeres se levantara y dirigiese a él desde su sitio con una pose... adecuada.
Sí, así la describiría. Adecuada.
—Milady, señorita Harper; tal y como les prometí, les presento al rescatador de las bailarinas. Mi sobrino, Edward Hastings —intervino Lionel, haciendo un gesto divertido—. Edward, permite que te presente a lady Acton, dueña de todo lo que ves; a la señorita Eleanor Harper, directora de la escuela; y a la honorable señorita Melanie Chatham.
—Señor Hastings —saludó la primera, acercándose para tenderle la mano—. Bienvenido a Minstrel Valley. Habíamos salido a recibirle, pero sabiendo de la borrasca en Londres supusimos que la espera se prolongaría. Espero que haya tenido un viaje agradable.
Edward aceptó su bienvenida con timidez. La impecable cortesía de la mujer fue opacada por la mirada que le dirigió, empañada de un aire melancólico desconcertante.
—Los caminos del pueblo son algo angostos en determinadas zonas, pero nada insoportable. —Esbozó una sonrisa amigable y se dirigió a las otras damas presentes, a las que saludó con una sencilla reverencia—. Señorita Harper. Señorita Chatham.
No se llevó ninguna sorpresa al advertir las limitaciones físicas de la fundadora de la escuela; Lionel ya le había puesto sobre aviso, no fuera que se le escapara una mueca de lástima que pudiera tensar el ambiente. En cualquier caso, su situación no le restó eminencia, sino todo lo contrario. A Edward no le costó imaginar la reputación que tendría allí. Su presencia y elegancia resultaban, hasta cierto punto, intimidatorias. Contrarrestadas, gracias al cielo, por la buena de Melanie, que la acompañaba a todas partes.
—Señor Hastings..., sentía curiosidad por conocerlo. Es posible que no le esté captando del todo bien, pero es usted casi igual a su tío —comentó lady Acton—. Si lo que me han contado es cierto, también lo igualará en destreza musical.
—Si sus referencias vienen de Lionel y lo conoce solo un poco, sabrá que exagera.
—Por supuesto que no ha exagerado. No olvidamos el gran favor que nos hace, señor Hastings —continuó la señorita Harper—. Nos habría resultado imposible encontrar un bailarín del nivel de su tío en tan poco tiempo. Su aceptación y precipitado viaje han sido una bendición. Las niñas estarán muy agradecidas.
—Es un honor para mí ser útil.
«Aunque preferiría ser útil en mi casa».
—Por supuesto que lo estarán, pero haríamos bien en avisarle de que también pondrán a prueba su paciencia —intervino lady Acton, evaluándolo con la mirada—. Si no tiene experiencia tratando con jóvenes, espero que al menos adquiera la pericia necesaria en el menor tiempo posible. Y si en algún momento se siente incómodo con alguna que otra en concreto... —Chatham y Harper intercambiaron una rápida mirada cómplice, como si todo el mundo supiera ya de quién estaban hablando—, siéntase libre de comunicárnoslo para que las supervisoras puedan meterla en cintura.
»Hay unas cuantas que tienden a poner ojos de cordero cuando hacen una trastada, y otros que son demasiado blandos para reprenderlas como merecen. Espero que, ya que sustituye al señor Hastings, sea más tajante con ellas en ese sentido.
—He captado la indirecta —asintió Lionel, divertido—. Puede estar segura de que mi sobrino no es fácil de conmover. Convertirá esto en un regimiento si se lo pide.
—No es necesario que lleguemos a tanto. Soy consciente de que es un esfuerzo para usted, ya que es músico y no bailarín especializado. Por eso le agradezco en persona que ponga a nuestra disposición uno de sus talentos. Sepa que todos ellos serán valorados —añadió—. Por mi parte, soy una entusiasta de la buena música. Si no tenemos la oportunidad de oírle tocar en esta ocasión, procuraremos contar con otra.
Edward se tensó de manera inapreciable para todos, excepto para sí mismo. Conociendo al taimado de Lion, y su tendencia a la grandilocuencia, habría vomitado un discurso sobre sus capacidades. Unas que perdió hacía bastante tiempo, motivo por el que preferiría no ponerse a prueba.
—Un placer conocerle —dijo lady Acton para terminar—. Con su permiso, voy a retirarme. Nuestra directora le dará las indicaciones pertinentes y enseñará los emplazamientos.
—Las niñas están recibiendo su lección de Aritmética —intervino Harper—, pero mañana mismo, cuando se haya instalado y familiarizado con la escuela, se las presentará el señor Hastings en el salón de baile. Y hablando de señores Hastings... —continuó—, tal vez debiéramos hacer alguna diferenciación, para que las muchachas no se confundan.
Lionel se puso al cargo de la conversación, de la que fue elegantemente expulsado unos minutos después, cuando la señorita Harper señaló que disponía de poco tiempo para guiarlo por la mansión. Era un trabajo del que podría haberse encargado algún sirviente, pero la directora se mostró tajante y comprometida con lo que le concernía. Se hizo evidente para Edward que allí las cosas se hacían a la manera particular de las responsables, lo que imprimía cierta intimidad al lugar. No dejaba de ser una mansión adaptada por una dama de alta alcurnia para satisfacer un deseo de realización personal.
Por lo que sabía, hacía un año o dos desde que lady Acton llegó a la conclusión de que debía hacer alguna aportación al mundo; una que diera sentido a su existencia. Era una lástima que no se le hubiera ocurrido nada mejor que fundar una fábrica de muñecas idénticas. Si de Edward hubiera dependido, habría construido una biblioteca monumental, o una exclusiva academia de música, como aquella en la que tuvo la suerte de destacar no hacía mucho tiempo: la Royal Academy of Music.
Pero todo esto tuvo la decencia de pensarlo cuando se quedó a solas en sus aposentos, una vez concluido el interminable turismo por las amplias y ostentosas habitaciones dedicadas a... Ni siquiera se acordaba de las descripciones o los pasillos para acceder a ellas. Se había aprendido de memoria el camino de su habitación al salón de baile, y de este a la puerta de entrada y a la cocina, todo cuanto necesitaba para desempeñar su labor sin decepcionar a nadie.
La escuela no iba por libre, pero las restricciones tampoco eran severas, lo que significaba que no tenía por qué permanecer en Minstrel House durante todo el día. Era una buena noticia para un hombre que se sentía encerrado cuando pasaba más de unas horas en el mismo espacio, al que le gustaban las expediciones campestres y dormir al aire libre. Y también para alguien que estaba haciendo algo que iba contra todos sus principios.
No podría haberse negado. Lionel le necesitaba, había toda una escuela de niñas pendiente de su respuesta, y él no estaba lo bastante atareado para no hacerse responsable con razón. Sin embargo, todo lo que aquel lugar representaba le producía un rechazo automático. Quizá los cimientos se salvaran, la deslumbrante fachada y belleza decorativa, pero ese adiestramiento tan banal... Era insultante. Y si solo sirviera para atraer a hombres superficiales, no estaría tan en contra. Lamentablemente, ni los estúpidos ni los inteligentes se resistían a una jovencita con las mejillas coloradas, debutando como pianista en una velada de tarde. Incluso el temblor de sus dedos estaba estudiado, la mayoría de las veces.
Pero no iba a amargarse con pensamientos de ese tipo. Se levantó de la cama, tras haber colocado con religiosa meticulosidad sus pertenencias, y salió a la aventura de descubrir el pueblo de la infancia de su madre. De la suya.
Minstrel Valley no era ningún desconocido para él. Todavía recordaba las historias que le acompañaron de joven, la mayoría de corte mítico. ¿Quién, en todo el pueblo, no conocía la destacada leyenda sobre el juglar y la esposa del cruzado? Dicho así, sonaba interesante, pero tenía que sustentarse en un romance trágico del todo absurdo para amargarla. La tendencia a las invenciones épicas era un tópico frecuente —manido, diría él— en lugares irrelevantes como aquel. Tal vez, pensaba, porque sus vidas eran tan aburridas que sentían la necesidad de poner a prueba su imaginación.
Llegó al jardín trasero rodeando la casa, impulsado por la invitación de la señorita Harper, que había hecho especial hincapié en el maravilloso trabajo del jardinero. Llevaba la mano encajada en el bolsillo del chaleco y el ceño fruncido por culpa del sol cegador. No había visto un día tan voluble como ese en años, lluvia torrencial durante el viaje y, de repente, calor del trópico.
Con el ánimo desmoralizador que arrastraba desde primera hora de la mañana, no prestó su admiración a las curiosidades del espacio. Era un amplio jardín coronado en su centro por una fuente de agua fresca, donde la naturaleza crecía más o menos en libertad. La particularidad era el cercado del patio, constituida por los restos de una vieja muralla que parecía de origen antiguo.
Pretendía acercarse a valorarlo, cuando un coro de risas captó su atención.
Edward levantó la cabeza como un perro de caza y siguió el murmullo. En solo unos pasos distraídos se plantó delante de un grupo de cinco jóvenes: tres distanciadas, y una agarrando a otra por los hombros. Lo primero en lo que se fijó fue en que todas, sin excepción, tenían el borde de la falda manchado de barro, seguramente de esa misma mañana. Y después...
—¡Ya! Ahora... Todo el mundo en silencio —ordenó una muchacha rubia con seguridad. Se alejó de la que había estado conteniendo como si le hubiera dado un calambre. Añadió, en voz baja—: Recordad que no podéis salir del patio. Ni hablar.
—Tú estás hablando.
—Y tú también.
—¿Quién es la que habla ahora?
Un contundente «shhh» de la rubia las calló a todas. Segundos después, estaba palpando la corteza de uno de los árboles para decidir si merecía la pena arriesgarse a escalarlo, huyendo de los brazos extendidos de la que se quedaba sola.
Edward no le prestó mucha atención a la osada. Estaba concentrado intentando adivinar a qué jugaban. No le resultó difícil cuando una de ellas se giró, no muy segura sobre su eje, y mostró que tenía los ojos vendados.
Recordaba ese juego. Sus primas maternas le habían estado persiguiendo para que se uniera a ellas a la gallinita ciega durante toda su infancia. Era popular incluso en fiestas de adultos y picnics.
Pensó en darse la vuelta y seguir su camino, pero entonces, la intrépida delgaducha de la melena rubia reparó en su presencia. Sus grandes ojos azules se abrieron de par en par y su dedo índice no tardó en apuntarlo. Edward arqueó una ceja cuando la vio cubrirse la boca con la mano libre. Así inició una especie de conversación con signos en la que la muchacha preguntaba, haciendo grandes aspavientos, si era el nuevo profesor de baile. Fue gracioso verla gesticular, haciendo la pose del vals y encarnando al maestro con el ademán de regaño.
Él solo asintió.
—¿No tenéis clase ahora? —se le ocurrió—. En vuestro programa dice que a estas horas debéis estar en...
La chica agitó las manos con violencia para cerrarle el pico.
—¿Quién ha hablado? —inquirió la joven de la venda, girándose hacia él. Avanzó a tientas, algo desequilibrada. Nada fuera de lo común; a las gallinitas se les daba vueltas hasta que se mareaban, y aquella además tenía el aspecto de una. Pequeña y curvilínea—. ¿Tibey? ¿Eres tú? Tienes que dejar de poner voz de hombre, como te escuche la señorita Sherman...
Edward estuvo a punto de preguntar dónde intuía el parecido entre su tono de voz y el de una de sus compañeras adolescentes, pero le desorientó que se dirigiera a él caminando con seguridad.
No tenía ningún sentido que se sintiera acorralado. Vías de escape no le faltaban y, sin embargo, allí permaneció, pendiente de a dónde iba. El instinto le susurró que necesitaría una mano cuando se tropezara.
—Tibey, si estoy acercándome a ti, muévete —dijo con firmeza. Tenía una voz muy musical, como si estuviera cantando un poema—. No tiene ninguna gracia si te ofreces a que te atrape solo porque te gusta ser la gallinita...
—¿Gallinita? ¡En todo caso gallo! —exclamó la rubia, con una sonrisa que era todo dientes—. No te asustes, Molly, solo se nos ha unido alguien al juego. Estás muy cerca de atraparlo. Solo sigue andando...
—¡Qué pena que no puedas verlo! —se lamentó otra.
Edward le dedicó una mirada expectante a esa última, sin saber si reírse o molestarse por el comentario. Se le ocurrían mil maneras de abordar o referirse a un caballero, y esa no era ni de lejos la más apropiada. Claro que, visto de otra manera, tampoco era muy conveniente ponerse a jugar cuando no eran horas de recreo. Si no estuvieran en el patio trasero de la propiedad de lady Acton, habría imaginado que eran muchachas corrientes como todo hijo de vecino, sin ningún proyecto de matrimonio. Tal vez por eso no se movió, intrigado por cómo resolverían aquella muestra de espontaneidad.
—¿Quién se ha unido? —quiso saber Molly—. ¿Es alguien del pueblo? ¿Lo conozco?
La muchacha rubia lanzó una mirada brillante a Edward, tan expresiva que no le hizo falta que gesticulara para entender lo que esperaba de él. Era obvio que quería que la marease más aún, que le siguiera el juego.
Con amigas como esa... ni enemigos necesitaba.
—No nos han presentado todavía —respondió él, algo incómodo—. Las circunstancias tampoco son las más propicias para ello.
—¿Es el padre Ellis? —probó la joven Molly, sin escucharlo—. ¿El padre Roberts?
—¡Pero si el padre Roberts está muerto!
—Bueno, quién sabe… ¿El señor Lewis? ¿Thomas Barry? —Se acercaba cada vez más—. ¿Sabe usted quién soy yo, señor?
Edward se fijó en que se humedecía los labios, pensativa. Sus ojos no fueron a parar allí por ningún motivo en especial. Fue fruto de la pura casualidad, igual que el extraño y breve pinchazo que sintió en el estómago.
—No tengo el placer.
Observó que dudaba antes de dejarse llevar por la curiosidad.
—¿Es usted... un caballero?
La pregunta le divirtió, pero era demasiado pronto para reconocerlo.
—Solo cuando me conviene.
—Oh. Entonces es un hombre corriente.
—Depende del aspecto al que nos refiramos. ¿Por qué? ¿Eso la decepcionaría?
—No. Los hombres corrientes son más interesantes, puesto que desarrollan sus habilidades para desempeñar actividades nobles, mientras que, por lo general, lo único y principal que atrae de un caballero es su apellido, su dinero, o ambas.
Edward levantó las cejas. Miró a la muchacha rubia, que ya se había acomodado en la rama más gruesa del árbol. Esta se encogió de hombros, como diciéndole que Molly ya era así cuando la encontró. Una entusiasta de las respuestas largas o, en su defecto, una redicha.
—Esa ha sido una generalización odiosa, señorita.
—Por supuesto que no son todos así. Pero si se ofende, debe ser porque me ha mentido y sí es un caballero.
—Bueno... Hay muchas formas de ser un caballero.
—Ajá. ¿Y usted es de los que toman la mano cuando una joven va a bajar el último escalón, o de los que alardean de título nobiliario?
Su discurso sería el ideal antinobleza si lo acomodara en tono desdeñoso, pero Molly no discutía la honorabilidad de nadie. Solo sonaba ansiosa por adivinar su identidad, y también objetiva, como si supiera que la aristocracia era, de forma resumida, tal y como la había definido.
—Soy de los que prefieren hacer algo productivo a quedarse esperando a una mujer al pie de la escalera. Confío en que no rodará si no cuenta con mi ayuda.
—Entonces es un cínico —apostilló, ilusionada por tener una pista más. Al ladear la cabeza, un rayo de sol se apoyó en su pelo, tiñéndolo del color del vino tinto.
Edward sonrió por primera vez en todo el día.
—Eso depende de con quién esté hablando. Hay quienes no darían esa descripción de mí.
—¿Y qué descripción darían de usted?
Edward empezó a encontrar divertido el interrogatorio. No respondió: un solo paso más y lo encontraría. Lo miraría a los ojos y lo definiría a su gusto. Se sorprendió esperando que lo pospusiera un poco más para poder fijarse en sus detalles sin tener que dar explicaciones.
Y, como si ella hubiera descubierto su deseo irracional, no se quitó la venda al poner la mano sobre su pecho. Sin connotaciones de ningún tipo. Solo una mano pequeña, intrépida, descansando sobre su corazón. Edward dirigió allí la vista con gesto inexpresivo. Carraspeó de manera imperceptible.
—Interesante —comentó ella.
—¿El qué es interesante?
—Lleva un pañuelo de seda casi nuevo... Pero el chaleco es de algodón y muy fino, diría que desgastado. Por otro lado, la chaqueta... —Molly pasó la mano por su brazo—. Este spencer es algo más corto de como se lleva ahora, y no tiene ningún detalle. Ni madroños, ni cordoncillos... Su atuendo parece desfasado y aburrido. Dudo que un caballero vistiera de esta manera, a no ser que esté arruinado. Aunque, si fuera un señor sin más, ¿no llevaría una corbata? Deberé preguntarle a la señorita Sherman.
Edward fue a resolver el misterio aduciendo que no le causaban simpatía las corbatas, pero entonces ella, como si supiera a dónde se dirigía, le cubrió la mejilla con la mano. Su cuerpo no respondió, pasmado con la espontaneidad del gesto. Era... diminuta. Cálida. Sobre todo, decidida. Estaba tan segura de que no había nada malo en estar allí, que logró convencer al propio Edward.
Despegó los labios para decir algo que se quedó atascado en su garganta.
—Es usted muy joven, señor —dedujo, mientras sus dedos husmeaban por el puente de su nariz, sus sienes, su frente... Su barbilla—. Está bien afeitado, no tiene arrugas, ni marcas... —Dejó de hablar un instante al rozar sus labios, casi sin querer. Edward tragó saliva de forma involuntaria al apreciar que se sonrojaba con suavidad—. ¿Puede... puede ser un aprendiz de abogado? ¿Un comerciante rico, pero tacaño consigo mismo? ¿O solo se ha v
