Capítulo 1
Miro por la ventanilla del avión en un intento de entretenerme para lograr permanecer despierto; el silencio, acompañado del suave zumbido de los motores y la tenue luz, no ayuda. Por fin veo las luces de la ciudad en el horizonte. Son las once y trece minutos cuando aterrizo en el aeropuerto de Bremen, mi ciudad natal. Por suerte solo llevo equipaje de mano; juro que, si tuviera que esperar por una maleta, caería dormido, hipnotizado por el movimiento de la cinta que las transporta. Estoy total y absolutamente agotado. La espera del taxi se hace eterna; solo cinco quilómetros me separan de mi casa.
El trabajo me tiene absorbido por completo; los últimos meses han sido una locura en el Starten que, por fortuna, funciona a tope: el esfuerzo tiene sus recompensas. Y no puedo desestimar la gran ayuda de mi colega italiano Piero; gracias a él, he podido escaparme unos días. Tener una persona como él a mi lado me facilita la vida. Cada día estoy más contento de haberlo escuchado; como mejores amigos, siempre velamos mutuamente por el bienestar del otro: no en vano somos inseparables desde hace más de veinte años.
¿Cómo un italiano y un alemán llegaron a ser tan amigos? Pues la respuesta está en el dinero de nuestras respectivas familias o, para ser más exactos, de ambos padres. Con seis años me matricularon en Le Rosey, un exclusivo internado de Suiza. Allí era fácil hacer amigos por una sencilla razón: el noventa y nueve por ciento de los que estábamos allí no queríamos estar, y eso une. ¿Acaso quiere algún niño de esa edad estar alejado de sus padres, de su hogar y de todo lo que conoce y le aporta seguridad? Claramente la respuesta es: no.
Los dos éramos hijos únicos con padres defensores férreos de la rectitud y la responsabilidad, y con la creencia de que había que hacerse un hombre, aunque fuera a base de golpes. Por suerte, nuestras madres eran todo lo contrario, e hicieron lo posible por darnos una infancia normal y feliz dentro de las circunstancias que nos había tocado vivir.
La educación en el internado Le Rosey se impartía en francés y en inglés, y 120 profesores educaban, estrictamente, a un máximo de 400 alumnos, escogidos escrupulosamente entre los miles de solicitudes de admisión. Las clases, durante la primavera y el verano, se impartían en Rolle, una ciudad preciosa apodada La Perla del Lago Lemén, a treinta quilómetros de Ginebra. Y en invierno nos trasladaban a un exclusivo resort de Gstaad, una estación invernal cumbre de la pirámide social, con mucha fama en el círculo de la aristocracia y realeza europeas. Un lujazo al que solo unos pocos tenían acceso; dos de esos afortunados fuimos Piero y yo.
La barrera idiomática, para ambos, era otro problema a tener en cuenta: Piero no sabía ni un pijo de alemán, y yo ni un pijo de italiano, ni tampoco entendíamos el inglés ni el francés, pero sí el español. Un día oí a Piero hablar por teléfono con su madre en mi lengua materna y lloré de alegría; en ese mismo instante supe que aquel chico enclenque de pelo ensortijado y mirada verde y profunda iba a convertirse en mi amigo, mi salvación en aquel lugar. Como no podía ser de otra manera, Piero también se alegró de tener un compañero con el que poder expresarse. La indignación de los profesores era patente cada vez que nos escuchaban cuchichear en castellano, y nos costó más de un castigo que, por el hecho de cumplirlo juntos, dejaba de ser algo negativo y se convertía en ratos divertidos en que podíamos ser nosotros mismos.
El esfuerzo que hicimos por integrarnos en el ambiente del colegio fue muy grande, pero en poco tiempo hicimos buenos amigos, que nos ayudaron con los idiomas. Así las clases dejaron de ser incomprensibles e indescifrables.
Piero y yo siempre estábamos juntos; nos apoyábamos mutuamente. De este modo, se forjó una sólida amistad, que se trasladó también a nuestras respectivas madres. Mi madre es natural de Murcia y la de Piero, de Zaragoza. Dos españolas que por amor dejaron su país natal y que, gracias a nuestra amistad, entablaron una relación estupenda y verdadera que les aportó felicidad y sosiego a lo largo de sus vidas. Rememoro con cariño aquellos fines de semana en que ellas nos visitaban: lo pasábamos genial los cuatro. Gané entonces una segunda madre, que se fue antes de tiempo, y un hermano, cuya amistad espero poder mantener durante toda la vida.
Fueron unos años duros que nunca podré olvidar, aunque aprendí muchas cosas; la mejor de estas fue descubrir lo que es la amistad verdadera, la que se forja en la adversidad. Conservo amigos del internado y recuerdos fabulosos, pero no es vida para un niño, que necesita de verdad, por encima de la educación, el amor y calor de una familia. Entonces, con apenas seis o siete años y sin saber lo que la vida me depararía, juré que nunca mandaría a un hijo mío a un lugar así y, tantos años después, todavía sigo firme en cumplir la promesa.
Piero y yo nos hicimos mayores y, después del internado, vino la universidad: Piero estudió derecho y criminología y yo, gestión y dirección de empresas y economía, ya que, como hijos únicos, éramos los herederos de las empresas familiares y los responsables de dirigirlas en un futuro.
Con la universidad llegó el desmadre total y absoluto. Por primera vez en nuestras vidas éramos libres, y la libertad nos volvió algo golfos, muy mujeriegos y unos juerguistas de campeonato. Como no podía ser de otra forma, nos unimos a una fraternidad y, aunque estudiamos también en universidades privadas de mucho prestigio, las fiestas y las borracheras eran un constante cada fin de semana. Es que, en realidad, todos los universitarios son iguales, sea cual sea el volumen de la cartera de sus padres.
Con veinticuatro años separamos nuestros caminos: Piero se fue a Italia para hacerse cargo del bufete de abogados de su padre y yo, a Bremen para hacer lo propio con la empresa de transporte internacional de la familia. El tiempo nos convirtió en hombres fuertes, luchadores y de éxito.
A los pocos años de que Piero se hiciera cargo del negocio familiar, murió Aurora, su madre y, pocos años después, era mi padre el que fallecía.
No nos vimos mucho durante aquella época, ya que las obligaciones familiares y profesionales nos absorbieron por completo, pero nunca perdimos el contacto y siempre pudimos contar el uno con el otro.
Durante unos años estuvimos sumergidos en un espiral de trabajo y soledad, pero el Starten nos volvió a unir en un momento de nuestras vidas que se volvió crítico para ambos. Al igual que pasó en el internado, la vida nos volvió a unir brindándonos la oportunidad de sanarnos juntos. Por una parte, la vida de Piero había dado un giro inesperado de ciento ochenta grados que marcaría su vida para siempre (y no solo la suya), y yo necesitaba un respiro para dejar atrás mucha de la porquería que me rodeaba. Fue entonces cuando me propuso el proyecto del Starten, proyecto al que nos aferramos con todas nuestras fuerzas. Fue una vía de escape, un cambio, una salida; de ahí el nombre que elegí para el local: Starten, que significa comienzo, inicio.
La idea del local se fraguó por Skype, entre copas de whisky y habanos en una noche de bajada a los infiernos total por parte de ambos. Cuando Piero lo planteó, pese a su considerable borrachera, no lo dudé ni un segundo. Durante la noche lo calibré y, al día siguiente, con una resaca de un par de narices, lo llamé para decirle que el proyecto ya estaba en marcha y pedirle que fuera mi socio, pero se negó, aunque sí aceptó ser el encargado y supervisor de todo lo relacionado con el negocio. Se afincó definitivamente en España y actualmente es mi mano derecha. Con él al frente, me siento seguro: sé que velará siempre por mis intereses como si fueran los suyos propios,
El cambio no fue fácil para ninguno de los dos porque él amaba su país y le dolió el cambio que, aunque necesario, se vio forzado a dar y yo, por tener que abandonar durante semanas a las dos personas que más amo en el mundo. Pero lo logramos, y ambos estamos encantados.
Es extraño cómo dos personas completamente opuestas en todos los sentidos pueden llegar a ser tan afines. Físicamente, somos el día y la noche: él, castaño; yo, moreno; él, de ojos verdes; yo, de ojos marrones. Por no hablar de los caracteres: él, divertido, descarado y mal hablado; yo, aburrido, frío y reflexivo. Pero nos complementamos perfectamente porque el respeto y el cariño son fundamentales en una relación de cualquier tipo, y de eso sentimos mucho el uno por el otro.
Llego a Bremen y, por fin, estoy con las dos personas que más ansiaba ver.
—Darek, hijo, al final lo vas a despertar. —No puedo evitar besar a mi hijo una y otra vez, olerlo, acariciarlo. Duerme plácidamente ajeno a todo, como debe ser. Solo tiene seis años.
—Lo he echado tanto de menos, mamá… —Ella acaricia mi espalda en un intento de consolarme. —Y a ti también, por cierto.
Hace cinco años que mi madre vive conmigo. Es gracias a ella que puedo ocuparme del Starten y trabajar todas las horas que trabajo. Es una mujer de cincuenta y ocho años, guapa, alegre y rebosante de simpatía y amor. Salimos de la habitación y la abrazo. Es mi lugar seguro; su olor es el mismo que tengo grabado en la pituitaria desde que nací: el olor a hogar y seguridad.
—Lo sé, hijo. Nosotros también te echamos de menos, pero estamos muy bien, cariño. Todo está bajo control. —Bajamos al piso de abajo y nos sentamos en la cocina. ¿¡Qué tendrán las cocinas!?
—¡Uf! Estoy agotado, mamá, pero feliz de estar en casa. Cuéntame, ¿todo bien, necesitáis algo?
—¡Claro! Y no necesitamos más de lo que ya nos das —comenta mientras prepara un té verde para ambos.
—¿Ha habido problemas? —No hace falta decir nada más: ella sabe perfectamente a qué me refiero. Se sienta frente a mí con las tazas humeantes entre los dos.
—Para nada. Vino ayer; se lo llevó a merendar y lo trajo a la hora acordada.
Respiro aliviado, aunque no tranquilo. Ulrike es una arpía y la madre de mi hijo, lo que hace que la situación sea difícil de sobrellevar. Nuestra historia empezó en el entorno laboral: era la becaria de mi padre. Poco a poco, por edad, entablamos una relación de amistad, que en pocos meses se convirtió en sexual y luego en un compromiso formal. A los seis meses de habernos conocido, nos casamos. Tengo que reconocer que el primer año fue bien pero, al comenzar el segundo y quedar embarazada, todo cambió: se volvió fría y distante, y el embarazo no ayudó. Es cierto que no habíamos hablado todavía de tener hijos, pero nos llevábamos bien y gozábamos de una buena posición económica. Por eso, y por ir contra natura, me pareció egoísta y repugnante el rechazo acuciante por el bebé que crecía en sus entrañas. Pensé que, cuando lo viera por primera vez, todo cambiaría; lo deseé con todas mis fuerzas, pero no fue así. En cuanto Bastian nació, contrató a una señora para que cuidara de él y poder así dedicarse única y exclusivamente a ella; salía con sus amigas, frecuentaba a diario centros de belleza para eliminar de manera obsesiva cualquier rastro del embarazo y del posparto, y salía por las noches con sus amigos. No le dedicaba a nuestro hijo ni una hora de su tiempo.
Un día, harto de su comportamiento, le planté cara en un intento de hacerla volver, pero fue al contrario: se destaparon su verdadero carácter y sus intenciones. No quería seguir casada conmigo; me pidió el divorcio y una pensión desorbitada a cambio de visitar a Bastian y no desaparecer de su vida para siempre. Me quedé destrozado por Bastian y por mí, que seguía enamorado de ella. Deseaba con todo mi corazón que su inexplicable comportamiento fuera a causa de las hormonas gestantes, pero no fue así. Se lo acepté todo: quedarme con mi hijo y que no perdiera el cariño de su madre era lo único que me importaba. Ese mismo día pasé de amarla y desearla a odiarla con todas mis fuerzas.
De eso hace ya cinco años. Sigue teniendo contacto con Bastian; de hecho, se lo exijo. Mi hijo tiene derecho a tener contacto con su madre, y un buen dinero me cuesta, aunque sea la peor madre del mundo. Pero eso me obliga a mí también a tenerlo y, más aún, a mi madre. Ella dice que lo lleva bien; nunca muestra la rabia que sé que siente hacia ella. Lo cierto es que Ulrike nunca le cayó bien.
—Siento que tengas que tratar con ella cuando yo no estoy: sé lo mucho que te disgusta.
—Para nada; esa arpía es la madre de mi nieto y por él haré lo que haga falta. Pero una cosa sí te digo: como se pase un pelo, la arrastro por el moño. —Sonrío ante la afirmación de mi madre; me encanta cuando saca su vena española.
—De eso estoy seguro, ja, ja, ja. —Mi madre siempre consigue arrancarme una sonrisa y es algo que extraño en mi día a día.
—¿Cómo está mi Piero? El otro día lo llamé y me pareció cansado. Trabajáis demasiado —dice claramente preocupada.
—Está bien, tranquila. Ya sabes que, cuando habla contigo, se ablanda como si fuera un chiquillo. Todo marcha perfectamente. Por cierto, te manda muchos besos. —Mi madre sonríe emocionada. Para ella Piero es como un hijo al que adoptó en cuanto lo conoció; lo adora.
—Venga, cariño, acuéstate, que te estás durmiendo, y mañana a primera hora vas a tener al pequeño granuja levantado y con toda la energía del mundo. Ya tendremos tiempo de darle a la sin hueso.
Beso a mi madre una vez más y subo a mi cuarto. En poco más de cinco horas, Bastian estará levantado y con la energía por las nubes. Después de una ducha, me meto en la cama; estoy exhausto. Por suerte, tengo cuatro días por delante para descansar, estar con los míos y darme un respiro.
Últimamente mi vida se está complicando bastante. Por una parte, está el negocio, que ha crecido hasta el punto de tener que contratar a un camarero más y a Mike, un buen tipo que mantiene a raya a todo aquel que quiera liarla en mi local. Y, por otra, está mi vida sentimental, que cada día es más promiscua e insulsa. Sé que pueden parecer términos contrarios, pero no lo son: es promiscua por ser insulsa y, a su vez, se hace insulsa por ser promiscua.
Mantengo una especie de relación con Laura, una rubia esbelta, guapa y sexi, que me acompaña la mayoría de las noches, pero no es la única. Ella lo sabe y lo acepta; si no fuera de ese modo, no tendría nada con ella. Ahora mismo no puedo mantener una relación seria, aunque quiera: necesito más tiempo. Mi trabajo propicia el tener relación con muchas mujeres, cosa que me permite la situación provisional que en este momento debo mantener en el plan sentimental y sexual.
Pero estoy algo cansado de mujeres que pasan sin pena ni gloria por mi cama y por mi vida, ¿veis la contradicción?
Los rayos de sol mañaneros me obligan a abrir los ojos; se me olvidó bajar la persiana de la habitación, y se filtran libremente a través de las cortinas. En ese instante la puerta se abre de par en par y, sin necesidad de mirar, sé de quién se trata. Mi corazón se llena de alegría.
—¡Pa! —El pequeño cuerpecito de Bastian se precipita sobre el mío.
—¡Hola, grandullón! —La necesidad de él me hace apretarlo contra mi pecho.
—¿Sabes una cosa? El otro día la abuela se puso a hacer madalenas y se le volvieron a quemar. Toda la casa olía mal, muuuy mal. —Su sonrisa precipita la mía.
—¡Pobre abuela! Por más que lo intenta, las madalenas se le siguen resistiendo, ¿verdad? —afirma con la cabeza, y entonces veo que le falta un diente.
—Pero ¿qué te ha pasado en la boca? —pregunto teatralmente.
—Pa, me hago mayor, y ya se me ha caído un diente, ¿ves? —dice a la vez que se aparta el labio con el dedo y me muestra el hueco en la encía.
—Sí, cariño, te haces mayor ¿Te trajo algo el Ratoncito Pérez?
—Lo puse debajo de la almohada y me lo cambió por una chocolate. —Aunque habla a la perfección, a veces dice alguna que me hace gracia.
—Una chocolatina. Pues me alegro. ¿Qué te parece si pasamos el día fuera?
—¡Sí, sí, sí! —dice saltando sobre la cama loco de contento.
—Pues ve a vestirte. Se lo diremos también a la abuela.
—Voy corriendo a decírselo, y tú no tardes. ¡Venga, levanta!
Sale como un torbellino de la habitación dando saltitos de alegría. Antes de comenzar el día, decido llamar a Piero para ver cómo va todo.
—Buenos días, capullo. —El humor no es su mejor cualidad recién levantado.
—Buenos días. Deduzco que no has dormido bien. —No puedo evitar que el tono de mi voz refleje lo mucho que me divierte la situación.
—Eres muy listo, macho. Pues no, no he dormido ni bien ni mal; simplemente no lo he hecho.
—Tienes que decirle a Gloria que te dé un respiro: te va a dejar seco. —Siempre es él quien se ríe de mí, pues hoy está probando de su misma medicina.
—Ojalá no hubiera dormido por pasarme la noche entre las piernas o tetas de Gloria, pero no ha sido el caso. —Ahora viene cuando se me borra la sonrisa de la cara.
—¿Qué pasa? —Algo grave le debe ocurrir porque Piero siempre ha dormido como una marmota.
—Tranquilo, en el local todo está bien. Mis mierdas, Darek. Nada nuevo.
—De tranquilo, nada: tu bienestar me importa más que el local. ¿Quieres explicarte?
—Es algo que no sé explicar: una sensación de la que no consigo desprenderme me martillea la cabeza y me dice que algo va a cambiar. —Callo durante unos segundos, reflexionando sobre sus palabras. No es la primera vez que hablamos de fantasmas mutuos del pasado; pero sí es la primera que saca a relucir ese tema, porque sé perfectamente a lo que se refiere.
—Lo siento, Piero. No sé qué decirte… ¿Has sabido algo que te haya hecho volver ahí?
—Lo cierto es que no. Mis confidentes no me han informado de nada nuevo. En fin, no te preocupes, pasará. Son temporadas de bajón, supongo que fruto del cansancio. —Intenta quitarle hierro al asunto, pero mi preocupación crece.
—Piero, si necesitas unos días de vacaciones, solo tienes que decírmelo; lo que necesites lo tienes.
—Lo sé, hermano, quédate tranquilo. Tú disfruta de tus días libres. Y dime, ¿cómo están mamá y mi sobrino favorito? —Noto cierta melancolía en su tono de voz. Sé que necesita cambiar de tema, y este es el único capaz de sosegarlo en este momento. Porque, al igual que me pasaba a mí con Aurora, mi madre y mi hijo son la única familia que posee.
—Están bien. Mamá sigue sin conseguir hacer unas madalenas decentes, y Bastian ha perdido ya un diente: se hace mayor. —Lo imagino riéndose al imaginar a mi hijo mellado.
—Me muero de ganas de verlos… Supongo que les habrás dado todos los abrazos y besos que te mandé para ellos, ¿no? —Estoy seguro de que sabe la respuesta: no soy nada dado a los arrumacos.
—Bueno, les dije que los quieres mucho y que les mandas besos.
—Ja, ja, ja, ¡eres tan estirado! No entiendo cómo consigues follar tanto, de verdad.
—¿Quieres hacer el favor de hablar bien? Me molesta mucho, y lo sabes. —Es incapaz de decir dos palabras sin meter un taco entre estas.
—Eres de lo que no hay, chaval. Bueno, voy a ver si logro conciliar el sueño, aunque sea solo un rato. Disfruta de tus vacaciones y de tus dos amores.
—Lo haré. Y relájate. Si me necesitas a cualquier hora del día o de la noche, llámame. Parece que reírte de mí te ayuda a desestresarte.
—Ja, ja, ja, vale. Un abrazo.
—Un abrazo, hermano.
Me he quedado algo preocupado. Parece que Piero pasa de todo; siempre está contento y de buen humor, pero lo conozco: es especialista en ocultar sus sentimientos tras bromas y risas. Por esa razón verlo tan depre me ha hecho saltar las alarmas.
El tema que lo perturba es un episodio espinoso de su vida y opino como él: el clan de Los turcos no va a olvidar. Tarde o temprano tendremos noticias de ellos; solo espero que esta vez también logremos salir ilesos.
Capítulo 2
Gloria se acaba de marchar. Es una mujer espectacular físicamente, porque a nivel intelectual no hay nada que le interese. Claro que, para la rica heredera de un imperio inmobiliario que no va a tener que trabajar en toda su vida, no es de extrañar. Me ha dejado hecho polvo; joder, esta mujer va a dejarme seco, como bien dice mi buen amigo Darek.
Mientras me sirvo un whisky, me río del fetiche que tiene Gloria con los escritorios: solo quiere hacerlo en mi mesa de trabajo; es curioso, la verdad. Es la primera vez que encuentro a una mujer así. Las he conocido con morbo por lugares públicos; otras a la que les gustaba que las atara; algunas que se ponían cachondas al decirles palabras sucias; e incluso alguna que hablaba sin cesar hasta el punto de cortarme el rollo. Pero el fetichismo de Gloria es raro y me divierte.
Cuando Darek y yo éramos jóvenes, nos corrimos juergas épicas. Una vez que fuimos liberados del internado, la universidad se convirtió en algo nuevo y emocionante. La libertad y los placeres del sexo femenino se mostraban ante nosotros; no había que esconderse para estar con chicas ni dar explicaciones a nadie. El escenario perfecto para dos chicos ávidos de experiencias. Compartíamos habitación en la fraternidad. No era gran cosa, pero cumplía su cometido a la perfección; nos proporcionaba la intimidad y libertad de la que nunca habíamos gozado y era un hogar, teniendo en cuenta de dónde veníamos. Tuvimos unos años de desfase importante, pero sin perder de vista nuestros objetivos, hasta conseguirlos y alcanzar las expectativas de nuestros progenitores.
Al poco tiempo de compartir el bufete con mi padre, este enfermó gravemente y, de golpe y porrazo, me encontré al frente del negocio y con más de veinte empleados a mi cargo, más los casos que debía litigar personalmente.
Ocuparme del bufete de abogados de mi familia en solitario me tuvo absorto en el trabajo durante mucho tiempo: no podía fallar. Mi familia pertenece a una larga y excelente saga de abogados, los mejores de Florencia durante generaciones, y yo no podía ser menos. Debía mantener el legado intacto. Siempre tenía sobre mi mesa los casos más importantes de Italia, ya fuesen de divorcios, custodias o litigios por herencias, lo normal para cualquier abogado. Lo peculiar eran los clientes: personas poderosas e influyentes, lo que me dio cierta fama entre la flor y nata de la sociedad florentina de ganar todo caso que se me ponía por delante. Esa fama llegó a los oídos de cierto gremio, y así fue cómo la mafia pasó a formar parte de mi cartera de clientes. Sus chanchullos me daban igual. Yo, siempre con la ley por delante, hacía mi trabajo para ellos; ganaba y cobraba unas minutas millonarias. La ley tiene tantos vacíos legales que te permite incluso defender a un mafioso y que salga indemne, aunque sus actos sean más que censurables. Me metí en un mundo peligroso y lo sabía, pero lo hice igualmente. Durante aquellos años de arduo trabajo, gané algunos amigos y muchos enemigos, pero no me arrepiento.
Fue una época convulsa, caótica y oscura, que me proporcionó una holgura económica que me permitiría vivir sin trabajar el resto de mi vida. Pero no se puede abusar: una retirada a tiempo es una victoria, así que, cuando tuve un respiro, cerré el bufete y me vine a España para ocuparme del negocio de mi amigo, el Starten.
Ahora me dedico a estudiar casos de personas que están en la cárcel y aseguran ser inocentes; si lo son, los saco; si no, se pudren entre rejas. El Starten me permite seguir ejerciendo la abogacía, que adoro, sin agobios, y actualmente me ocupo de uno o dos casos al año.
En cuanto a mi día a día, siendo como soy un hombre hasta arriba de trabajo, no tengo tiempo de ir ligando por ahí, y Gloria me tiene satisfecho en el aspecto sexual. La conocí hace cosa de un año y me vino al pelo porque, con el volumen de trabajo y el poco tiempo del que dispongo para dedicarle a la conquista, pese a mis necesidades sexuales, es una buena solución, dadas las circunstancias. Ella busca lo mismo, así que es perfecto.
En estos últimos meses, mi vida es un caos; tengo varios flancos abiertos, y a cual más complicado. El primero: el negocio, que funciona muy bien, pero el volumen de gente ha crecido exponencialmente y, con ello, los problemas han ido en aumento. Por suerte, cuento con un jefe/hermano que es un diez de tío y con la insuperable ayuda de Mike, un tipo serio y algo intimidante que el destino propició para que se unieran nuestros caminos, y que ahora es mi amigo y colega.
El segundo: el puto pasado que se empeña en volver para darte por culo. Nunca, nada de lo que haces en la vida pasa sin dejarte huella, pero hay cosas que te marcan especialmente, y ese tema también le afecta a Mike, porque es lo que nos unió. Pero no es algo extraño, ya que, si te metes en los suburbios, en el barro de la sociedad, y le pones la zancadilla a quien se cree intocable, pues tiene consecuencias.
Y el tercero: una mujer, que no es Gloria, se está metiendo en mi cabeza hasta el punto de soñar con su pelo negro como la noche y sus preciosos ojos rasgados. No es propio de mí obsesionarme con una mujer, pero Juno me despierta un instinto de protección, una atracción y un deseo inquietante que me tienen todo el día desquiciado, y es algo inevitable ya que es una de las camareras del Starten. Imposible escapar de ella y su hechizo.
El reloj del despacho marca las once y veinte de la noche; Darek debe haber llegado ya a Bremen. En ese instante, me llega un wassap suyo diciéndome que ha aterrizado sin problemas. Otra cosa menos en la que pensar. A las cuatro de la mañana Mike y yo echamos el cierre y me ofrezco a llevarlo a casa.
—¿Va todo bien, Mike? —Hoy lo he notado más tenso de lo habitual.
—Sí, todo bien… Piero ¿puedo hacerte una pregunta?
—Pues claro, dispara —lo animo.
—¿Estás tranquilo respecto del tema que ya sabes? ¿No tienes la sensación de tener la espada de Damocles sobre nuestras cabezas constantemente? —Si me hubiera apostado algo referente a lo que me iba a preguntar, hubiera ganado la apuesta. Precisamente es el tema que me preocupa últimamente, pero por su bien debo restarle importancia.
—Mike, amigo, tienes que olvidarlo. Sé que no es fácil, pero no puedes vivir así. Y sí, estoy tranquilo porque no me queda otra opción. Tu caso no es el único que podría hacer peligrar mi cabeza. Los Turcos son solo una parte de mi infierno, pero me niego a vivir con miedo. Han pasado ya dos años, y seguimos vivos. —Miento lo mejor que puedo; por suerte es de noche y no puede ver mi cara de preocupación respecto del jodido tema.
—Tienes razón, pero antes era más fácil. Cuando trabajaba desde casa, me sentía más seguro. Vaya por delante que te agradezco enormemente la oportunidad que me has dado en el Starten y estoy muy contento pero, tío, a la vez me siento más expuesto que nunca, vulnerable incluso, y no me gusta.
—Es solo la falta de costumbre. Saliste de la cárcel, cambiaste de ciudad y te encerraste en tu casa, prácticamente sin contacto con el mundo, solo con tu hermana, tu madre y conmigo. Es normal que te sientas inseguro al empezar a vivir de nuevo. Tranquilo, todo está bien. Los Turcos se disolvieron con la detención de Burak; la banda quedó rota.
—¿Y qué me dices de Cemil y de Ozan? ¿Crees que ellos van a olvidar? —Prefiero no contestar a esa pregunta cuya respuesta es: «No, ni de coña».
—Deja de preocuparte; sabes que esos dos no saben ni aguantarse la churra para mear si no está Burak con ellos, y faltan muchos años para que eso suceda. Mis contactos me mantienen informado y, ante cualquier movimiento por parte de alguno de ellos, lo sabré. Quédate tranquilo. —Mike suspira profundamente y se da por vencido. Llegamos a su casa y aparco en la puerta.
—Quizás tengas razón, y es solo cuestión de tiempo que me acostumbre a mi nueva vida. Bueno, muchas gracias por todo.
—Vive, Mike, echa un polvo y disfruta de tu nueva vida. Anda, sal del coche, que parece que estás esperando un besito de buenas noches. —Por fin consigo arrancarle una sonrisa, misión cumplida.
—¡Ya te vale! Hasta mañana, amigo.
—Hasta mañana, que descanses.
Conduzco hacia mi casa envuelto en una extraña sensación, porque una cosa es que yo ande desde hace un tiempo algo emparanoyado con el tema de Los Turcos, y otra, que Mike comparta la misma preocupación. Me espera una noche en vela.
Lo dicho: me meto en la cama después de una larga ducha con la que buscaba relajarme, pero no ha sido suficiente para calmar la maraña de pensamientos que hierven dentro de mi cabeza.
La cosa viene de lejos: saqué a Mike de la cárcel y metí a Burak, el jefe de la banda de Los Turcos. Mike era inocente, y Burak no. Hice mi trabajo y me siento orgulloso de ello. Pero, como dije antes, cuando te metes en las cloacas de la sociedad, es imposible no salir hasta arriba de mierda.
Tengo unos cuantos amigos de los bajos fondos a los que ayudé en su momento y que ahora trabajan para mí. Ellos respiran el ambiente, viven y se rodean de los despojos de la sociedad y sé que, si Los Turcos estuvieran movilizándose, lo sabría al instante. Y no ha sido el caso. Pero mi instinto no acostumbra a equivocarse, y algo me dice que no tardaré en tener noticias suyas.
Cuando el sol apunta por el horizonte, decido levantarme, cansado de dar vueltas en la cama sin conseguir dormir ni cinco minutos. Menuda mierda. Me duelen todos los huesos del cuerpo; uno ya no tiene edad para pasarse la noche despierto y comenzar el día como si nada. Me levanto renqueando con intención de prepararme un café y comer algo sólido. Puede ser que, después de desayunar, los desvelos nocturnos me den una tregua y pueda echar una cabezada.
Capítulo 3
Después de haberle confesado mis miedos a Piero, me quedé más tranquilo. Él tiene contactos y gente que lo pondrían sobre aviso si algo estuviera sucediendo. Ayer me empleé a fondo con el ejercicio físico. Hago deporte todos los días; me ayuda a desfogarme y a descansar mejor; esta noche he logrado dormir toda la noche de un tirón sin pesadillas. Una novedad.
Al amanecer, Dobby, el labrador más bueno del mundo, p
