Dos corazones y un mismo amor

Paula Alaimo

Fragmento

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Prólogo

Presente...

Hoy venta de ejemplares y firma

Hasta llegar a vos

Autora - Ludmila Dagostino

Así rezaba la invitación, recorrió las letras con un dedo queriendo cerciorarse de que fuera real, tangible, sin duda se la guardaría como uno de los más bellos recuerdos. Era uno de sus mayores logros, y literal, el sueño más loco que pudo hacer realidad.

No podía creer cuán bendecida se sentía, no solo por haber podido vivir aquella descabellada aventura, sino por lo que la vida le había regalado, una maravillosa fantasía con mezcla de magia y milagro.

Lila entró al auditorio, que pronto se abriría al público, y le entregó a Ludmila una botella de agua saborizada, gusto manzana. Las dos se miraron y sonrieron entusiasmadas, después de tantas idas y vueltas el libro se había publicado y ambas estaban felices, la historia prometía.

Su colega revisaba por centésima vez el escritorio, con gran presteza intercalaba algunos señaladores entre los libros, detalle que le daba un toque distinguido, alegre y en verdad de utilidad.

—Lu, en cinco minutos abrimos, hay bastante público y todos con tu obra en mano dispuestos a que se las firmes.

Levantó la vista de su celular y encontró a su amiga más que agitada, no sabía quién de las dos estaba más ansiosa.

Había llegado el día; «que locura», pensó.

—Te juro que aún no lo creo.

—Creelo, porque gracias a tu magia fue posible. Deberíamos también agradecerle a esa niña inquieta y soñadora que espero que con los años no te haya abandonado.

—Y desde luego también a tu fuerza y empuje, sin vos no lo habría logrado. No hagas esa cara de fastidio, sabés muy bien que es así

—Bueno, lo admito, somos un equipo genial.

Chocaron divertidas las manos, para enfatizar aquel contrato implícito.

Lila salió para terminar con los últimos detalles dejando a una Ludmila reflexiva y más que emocionada. Voces entusiastas se escuchaban en la librería que daba hacia la avenida, y su corazón se aceleró más de lo normal, era pura adrenalina que golpeaba su pecho.

Mientras aguardaba, observó sus manos y detectó que se había saltado un poco de esmalte en una de sus uñas. Presta, sacó de su cartera el esmalte fucsia y lo pasó en la uña para cubrirla, al terminar suspiró con alivio y sonrió ante el recuerdo de su infancia.

Marcela seguro se hubiese burlado de ella, siempre se reía de su necesidad por estar impecable por si su «príncipe» aparecía de buenas a primeras. Jamás imaginó que aquella ilusión de niña la llevaría tan lejos, con un final inimaginable.

Se abrieron las puertas y el público comenzó a ingresar, a partir de allí transcurrieron minutos, horas llenas de sonrisas, agradecimientos, firmas, selfies, personas que iban y venían. El ambiente estaba colmado de energía positiva, animosidad, besos, abrazos y felicitaciones, sin dudas, un mimo para el alma.

La concurrencia de público por la firma de su primer libro Hasta llegar a vos excedió las expectativas de Ludmila, de Lila y de la propia editorial, Haz el camino.

Horas más tarde el público dejó de entrar, estaba agotada pero feliz y, con una sonrisa que le duraría por varios días, comenzó con pura satisfacción a reunir sus pertenencias, bolso y abrigo.

—Lu, no te vayas, quedó un rezagado.

Soltó un soplido cansino, es que entre la adrenalina y lo poco que había dormido esos últimos días para llegar con las fechas pactadas... se sentía al límite de sus fuerzas.

—Lila de mi corazón, ya está cerrada la librería y nos tenemos que ir a la cena, nos están esperando.

Con exagerada teatralidad vio como con ambas manos unidas, en un claro símbolo de súplica, le pedía un último esfuerzo.

—¡Bieeeeen!, solo uno más, te lo prometo.

Se sentó de golpe en la silla que se encontraba cerca del escritorio, donde hacía minutos regalaba firmas y sentidas dedicatorias.

—Lo que yo no prometo es que me salga la firma, ya la gaste por meses.

—Engreída.

Rieron ambas.

—Dale, dejá pasar a quien sea.

Con un cierto brillo pícaro en su mirada y un halo de misterio, corrió hacia la puerta, en busca del rezagado lector, seguro deseoso de que aquella prometedora escritora estampara su firma en el ejemplar que había adquirido.

Terminó de recoger algunas pertenecías más, por poco olvidadas, cuando la voz que reconoció de inmediato le provocó, como siempre sucedía, un aleteo feroz en su estómago. Pasó por su cabeza la frase que a modo de prefacio había escrito en su libro: «El corazón no olvida».

—¿Me harías el honor de firmar mi ejemplar?

Giró su cuerpo y quedó entumecida ni bien sus ojos la atraparon, sin poder hacer otra cosa que observarlo. Fue consciente en ese instante que, alejarse de él y su posterior ausencia, la habían dañado más de lo que ella había creído.

Meses, largos días con sus interminables noches, ansiando verlo después de que toda aquella locura se desatara.

Horas pensando que su impulso desmedido había provocado aquella distancia, pero ya era hora de afrontarlo, y al ver su sonrisa que la enlazaba como un experto domador de fieras, supo con contundencia absoluta que ya todo estaría bien.

—Si querés, y si aún estoy a tiempo, tengo más que una firma para darte.

La observó asombrado por aquella actitud insegura, que la hacía ver en un verdadero estado de nerviosísimo. Increíble, ella siempre se mostró segura, llevándose quizás el mundo por delante, no de mala manera, sino que esa brillante energía que la acompañaba, la hacía ver poderosa. En ese instante, sentirla ansiosa por su respuesta a tan inconfundible mensaje lo llenó de esperanza y de un claro deseo de estar junto a quien pertenecía, junto a la mujer que estaba destinada a ser parte de su vida.

—Quiero obtener todo lo que me puedas ofrecer.

No hubo nada más que agregar porque ambos supieron, en ese preciso momento, que un «para siempre» sabría a poco.

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Capítulo 1

Pasado...

Ludmila estaba nerviosa, no podía levantar la vista del pupitre, era su primer día en la escuela secundaria y la tensión la sentía por todo su cuerpo.

«Cuantos bléiseres azules», pensó, más de los que había imaginado.

Su paso por la escuela primaria transcurrió entre el género femenino, sí, aunque aquella institución era pública, de manera excepcional solo era de mujeres y allí su recuerdo más querido, el himno que década tras década se había institucionalizado entre alumnas muy orgullosas de pertenecer a Escuela Tres.

«Escuela tres, escuela de mujeres...

Escuela tres, orgullo nacional...

Escuela tres, no se aceptan las blanditas

ni nenitas de mamita como en todas las demás

escuela tres... escuela tres... escuela tres...»

Con cierta aflicción arañaba aquel recuerdo de su pupitre, de las maestras, de sus compañeras, de los días de sol jugando al elástico, al tinenti sobre aquellas baldosas grises de cada patio. Esos tan bellos, adornados por plantas y mosaicos al estilo español que tan bien armonizaban con aquella preciosa construcción colonial.

Como si los estuviese viendo, recorrió con sus recuerdos las galerías con sus pisos relucientes y con olor a aserrín y solvente para dejarlas bien brillantes, sus salones para los actos escolares, aquel majestuoso telón del escenario, y recovecos para entrar por detrás del espacio sin que el público las advirtiera.

Con nostalgia visualizó la hermosa escalera que la llenaba de ansiedad al llegar a quinto grado, sabiendo que al año siguiente podía acceder donde las chicas más grandes de sexto y séptimo se vanagloriaban de su estatus de mujercitas. Recuerdos gratísimos que tanto amaba y que ya la añoranza le pegaba fuerte y duro. Siete años eran muchos, toda una infancia que le coloreaba los pensamientos.

Necesitaba tanto a sus compañeras, pero la vida era eso, cambios, avanzar, despedirse, recibir. Ninguna pudo coincidir con ella o bien ella no coincidió con los intereses de su grupo, por lo tanto a apechugarla y enfrentarse a los desafíos solita, era lo mejor.

Todas quedaron en distintas instituciones, ella sola ingresó al Justo José de Urquiza, en Capital Federal, barrio de Flores.

La preceptora, con cierta cadencia en su voz, pasaba lista, pero a ella no la nombraba, y ya iban por la letra M, pero así y todo seguía aguardando, quizás la señora que tenía enfrente leía los nombres según llegaban. «Que estupidez», pensó, «es una lista en orden alfabético, tonta, y ya debería haberte llamado».

Con toda timidez tomó coraje, se levantó de su asiento y pasó al frente.

—Disculpe, pero no escuché que me haya mencionado.

—¿Cómo es tu nombre, querida?

—Ludmila Dagostino.

Repasó con la mirada la lista que tenía entre manos.

—No te tengo en la lista, ¿cuál era tu división?

—Primero quinta.

—Con razón, tesoro, esta es primero tercera, es el salón de al lado.

Sonrió avergonzada por su torpeza y se dirigió al pupitre para buscar la mochila, luego saludó con un gesto de cabeza y salió.

Ya estaban terminando de pasar lista cuando entró al nuevo salón.

Treinta pares de ojos se fijaron en esa chica de pelo lacio castaño, mejillas enrojecidas y brillantes ojos color caramelo. El preceptor dejó el registro para observar a la adolescente que se notaba apenada por su llegada tarde, le sonrío para darle ánimos, era el primer día y sabía lo que a los chicos de primer año les costaba encontrar cada aula.

—Disculpe, preceptor, pero estaba en el aula de al lado, me confundí.

—No hay problema, ¿cuál es tu nombre?

—Ludmila Dagostino.

Observaba cómo repasaba la planilla, y él afirmó con la cabeza antes de contestarle.

—Sí, acá te tengo, bienvenida, podés sentarte donde gustes.

Tragó saliva y con toda inquietud dirigió su mirada a las filas de pupitres que ya estaban ocupadas, aquellos pares y pares de ojos que observaban todos sus torpes movimientos eran inquietantes, y con alivio vio un lugar vacío en la tercera fila, al lado de la pared. Aquellos eran pupitres dobles, por lo que sí o sí tendría que compartir alguno con quien le tocara en suerte o desgracia; pero como si los dioses estuvieran de su lado, aquel asiento vacío estaba junto a una chica, por lo que, con renovado entusiasmo disimulado, se acercó allí y tomó su lugar.

De forma metódica sacó su cuaderno y cartuchera para luego depositar debajo del escritorio la mochila que su madre le había regalado para comenzar el año, deseándole el mejor de los éxitos. Siempre su mamá tenía esos detalles, regalitos simbólicos para darle ánimos y mucha suerte, era su magia que la acompañaba cuando se sentía nerviosa y pensarla cuando tocaba aquel morral la tranquilizaba, era como si ella la tomara de la mano para calmarla, hacerle compañía a distancia.

Terminada la pasada de lista todos comenzaron a charlar en susurros, mientras que el preceptor empezaba a escribir en el pizarrón el calendario semanal, con las diferentes materias y horarios correspondientes a cada una.

Sacó el estuche de los lentes de su cartuchera y casi con vergüenza se los puso, deseaba que ningún chico la fastidiara diciéndole «cuatro ojos» o alguna tontería similar. Su casi nulo roce con el género masculino le traía ese tipo de consecuencias, no sabía qué esperar de ellos, pero estaba segura de que si advertían su timidez sería el punto de atracción entre ellos, o por lo menos eso era lo que decían las locas de sus amigas cuando se reunían. Ahora casi lo pensaba con tristeza, los caminos se bifurcaban y cada una había tomado uno diferente, las extrañaría mucho.

—Hola, me llamo Marcela, pero podés decirme Chela, como me llaman en casa.

Ludmila observó a aquella chica que le sonreía de una manera que toda su cara se le iluminaba, mostrando una perfecta dentadura y un brillo en sus ojos que era imposible de ignorar.

—Hola, soy Ludmila, pero me podés decir Lu.

—Buenísimo, seremos compañeras a partir de ahora y, quien te dice, amigas inseparables.

Wow, qué rapidez para aceptarla como amiga, pero sin embargo aquella chica le dio una bienvenida que no esperaba y, sin meditarlo demasiado, la aceptó con agrado sincero.

—Perfecto, entonces chocá los cinco.

Ambas lo hicieron sin causar demasiado ruido al chocar sus manos, no querían ser regañadas a menos de diez minutos de estar juntas.

Y así fue, a partir de ese día ambas comenzaron a sentirse unidas y más que compañeras.

***

—Estás loca.

—¡Noooo!

—Tu locura se me va a contagiar.

—¡NOOO!

—¿Y qué querés que haga con esto?

—Que te saques las ganas.

—Chela, no puedo, es una estupidez.

—Mariquita.

—¡Era solo un deseo al aire, además de un tonto sueño!

—No me lo parece, me estás taladrando la cabeza desde hace semanas, por lo que me parece que te afectó más de lo que querés admitir.

Se quedaron en silencio, ambas midiéndose entre una mirada con ceño fruncido y otra con toda la diversión. Pero, en realidad, lo que más la asustaba a Ludmila era lo que no entendía de aquel sueño, más de lo que la entusiasmaba. No estaba preparada aún para compartir esa parte inentendible con su amiga, quizás por temor a que ella la tomara en broma porque esa espinita y el sabor amargo que le dejó aquella imagen no la tenía resuelta todavía, y no se sentía preparada para compartirla.

—Bueno, me rindo.

Chela dio un grito de triunfo, se sabía ganadora desde un principio, pero la puja era muy divertida e intensa, el truco estaba en presionarla hasta asfixiarla.

—¡Vamos, esa es mi amiga, sin temor!

—¡Diosss, qué pesadita que sos!, ¿quién me mando a sentarme junto con vos?

—Basta ya, pasó un tiempo considerable para que cambies tu horrible destino. Tracemos un plan, organicemos bien los pasos a dar.

Si no fuera porque ella era la que había tenido el sueño, y que necesitaba encontrar una respuesta a tal acertijo, todo haría pensar que Marcela era la que estaba más ilusionada de las dos, deseosa de que a ella se le cumpliera la fantasía.

—Bueno, chica insistente, se me ocurre escribir un diario de muchas hojas y poner algunas reglas antes de empezar.

—Suena bien. ¿Cómo sería ese diario?

—Necesito que tenga tapa dura, y además lo vamos a resguardar con algún estuche.

—Anotado.

Chela hacía garabatos en el aire, como si de verdad lo estuviera anotando en un cuaderno, Ludmila solo negaba con la cabeza, divertida por las ocurrencias de su amiga.

—Me gustaría que tuviera muchas hojas porque estoy segura de que viajará por cientos de lugares.

Marcela la miró por varios minutos, su amiga era una soñadora incurable, romanticona hasta la médula. Volvió a hacer ese garabato en el aire soltando una risa contagiosa.

—Vamos ahora a la librería y busquemos lo que necesitás.

—Hecho.

***

La librería Rosso era una de las más grandes del barrio en el que aquellas dos adolescentes vivían, y si bien comprar un cuaderno no era una tarea titánica, sí lo era encontrar justo lo que Ludmila deseaba hallar.

—Este.

Unos breves segundos le tomaron para negarse.

—No, tiene ese dibujo soso que no le da sentido alguno.

—Sí que lo tiene. —Marcela tenía picardía en su sonrisa—. Tiene un sapo bobo que seguramente al final se convertirá en el príncipe que tanto querés encontrar.

Le frunció el ceño y Chela, muerta de risa, lo volvió a poner en el estante.

—Devolvelo al estante.

—Perfecto, veamos algo de princesas.

—No, no, no, princesas no.

Marcela reía con gracia y Ludmila la odiaba, lo hacía a sus expensas.

Los minutos pasaban hasta que... ¡BINGO!

—Este sísísísí...

—Dejame ver.

En la tapa de aquel cuaderno anillado de doscientas páginas tenía un corazón que salía de un libro. Aquel corazón tenía unas alas de ángeles que daban un aspecto tan místico e intrigante que era casi hipnotizador.

—Perfecto, Lu, es tan... tan vos.

Rio bajito.

—Me alegra que te guste.

—No solo me gusta, lo adoro.

—Bueno, entonces busquemos ya el estuche y salgamos rapidito de acá, tenemos mucho trabajo, doña Soñadora, el príncipe está por salir de su escondite a la espera de encontrar este bendito y maravilloso tesoro.

—Dejá de tomarte todo en broma, te recuerdo que fuiste vos la que me empujó a hacerlo.

—Sí, pero no hay que perder el buen humor, doña Gruñona.

***

Ya sentadas, de regreso en la habitación de Ludmila, ambas observaban aquel cuaderno como si de un tesoro se tratase.

Chela miró a su amiga y por poco vuelve a reírse por la seriedad que le estaba poniendo al asunto.

—¿Qué es lo que te pasa, Lu? Solo es un sueño, te veo demasiada pensativa.

No sabía qué era lo que la preocupaba, pero algo le decía que comenzar a hacer realidad su fantasía podría despertar algún tipo de energía que ella estaba segura que le traería cierto pesar, no todo en aquel sueño era claro, comprensible, había algo de misterio que le traía cierta preocupación y, aun así, no se sentía preparada para contárselo.

—Solo que es la primera vez que intento hacer realidad una ilusión.

«Y lo que no logro interpretar de él me preocupa», quiso decirle, pero optó por callárselo.

—Bien, creo que es momento de que empieces, ni los sueños ni los deseos deben demorarse. Tenés que soltarlos para que se hagan realidad, los debés liberar como ese corazón que aparece en la tapa.

A lo mejor era una tonta al hacerse tanto la cabeza y darle vueltas a algo que, en definitiva, no tenía ningún sentido, porque quién le encontraba uno real a los sueños.

—Sí, creo que me convenciste, lo voy a hacer.

—Tenés que organizarte, pensá si primero van las reglas o la dedicatoria.

Esto ya era un hecho, iría a por todo, los sueños... sueños son, pero ella lo haría a pesar de sus dudas.

—Pienso que poner las reglas y el objetivo de este libro es lo primero, y luego voy a escribir la dedicatoria.

—Correcto, entonces, deberías comenzar ya.

—Bien, acá vamos....

Hola,

Si tuviste la suerte de encontrar este cuaderno es porque fuiste elegido para hacer feliz a alguien, o una buena oportunidad para tu corazón. Sé que parece loco, pero, por favor, no lo tires ni lo rompas... no destruyas mi ilusión.

Mi nombre es Lu y tengo catorce años, con un corazón fuerte y soñador.

Y como estoy segura de que los sueños se hacen realidad, a pesar de mi amiga Marcela, es que se me ocurrió dar comienzo a esta historia que espero que vos me ayudes a que se concrete.

Tuve un sueño, soñé con el que será mi príncipe azul, y fue tan fuerte lo que sentí con él que no puedo dejar de pensar que ese príncipe será el hombre de mi vida y con quien tenga a todos mis hijitos.

Es posible que suene a niñita enamorada de la vida, pero te juro que es de verdad lo que percibía con solo su presencia en mi ensoñación, aunque ver lo que se dice ver, no lo vi a pleno, porque solo escuché su voz.

Lo que sí sé es que él era encantador y todo lo que lo rodeaba era hermoso, la sensación fue única. Yo quiero encontrarlo, de veras que quiero hacerlo... él estará esperándome en algún lugar, y llegado el momento lo voy a conocer, ¿y sabés cómo?, lo sé porque él me devolverá este libro, él será quien escriba la última página y me lo dará a mí y por fin estaremos juntos y tendremos nuestro castillo de amor.

Espero que no te rías como en este momento lo está haciendo la pesada de mi amiga Chela, porque tengo todas las esperanzas, desde lo más profundo de mi corazón, de que mi deseo se haga realidad.

Acá te paso algunas reglas de juego para tener en cuenta:

Tenés que dejarle un mensaje a la persona que amás, esas palabras que nunca te atreviste a decirle a ese amigo/a, será tu momento de gloria.

1. Debés ser muy respetuoso porque podrías ofender a los que participen de este juego.

2. Escribí en la forma que lo desees, puede ser algo que se te ocurra o, si lo preferís, referirte a algún mensaje, canción o lo que sea que alguien haya escrito para decirle a tu amor lo que tu corazón y sentimientos manden.

3. Podés dejar tu nombre o el de tu amado, pero nunca digas ni escribas nada ofensivo hacia esa persona.

4. Respetarnos es lo mejor.

5. Por favor, hacé que este sueño se haga realidad, por lo que, cuando lo dejes en algún lugar o pases a otras manos estas páginas, que sea seguro.

6. Deseame suerte, porque yo a vos te la deseo y en grande.

7. Y no te olvides de que si sos vos mi príncipe, seguro que mi libro me lo vas a entregar en mano. Solo te pido que cuando lo hagas me dediques la misma sonrisa que vi en mi sueño, que en realidad no la vi, pero sé que es hermosa.

QUEDA OFICIALMENTE INAUGURADO «EL LIBRO DE LOS TE QUIERO».

Página 1

Te vi en sueños, pero solo tu sombra.

No sé quién sos, pero de algo estoy segura... te voy a encontrar. Sé lo que hay en tu pecho, lo vi, pero no entiendo aún el porqué. Solo espero que llegue el día en que pueda descifrarlo.

Desde hoy y hasta llegar a vos, tuya.

Lu

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Capítulo 2

Presente...

«La muerte no es nada.

Yo sólo me he ido a la habitación de al lado.

Yo soy yo, tú eres tú.

Lo que éramos el uno para el otro, lo seguimos siendo.

Llámame por el nombre que me has llamado siempre, háblame como siempre lo has hecho. No lo hagas con un tono diferente, de manera solemne o triste.

Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos.

Que se pronuncie mi nombre en casa como siempre lo ha sido, sin énfasis ninguno, sin rastro de sombra.

La vida es lo que es, lo que siempre ha sido.

El hilo no está cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de tu mente, simplemente porque estoy fuera de tu vista?

Te espero...No estoy lejos, justo del otro lado del camino...Ves, todo va bien.

Volverás a encontrar mi corazón.

Volverás a encontrar mi ternura acentuada.

Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas».

El silencio se hizo denso y la tristeza cubrió a todos los presentes con un manto del que no lograban despojarse. Es que por más que las palabras de San Agustín, tan bien recitadas por Osvaldo, intentaban explicar lo injusto de su muerte, darle un sentido a tanto sinsabor, no podían siquiera sacarse el frío de los huesos, y la desolación que allí experimentaban era terrible.

La mezcla de inquietud, turbación y desesperación entre los presentes dejaba en evidencia lo increíble y fuerte de lo que estaban presenciando, y lo que intuían que a partir de ahí sería más y más insoportable.

Sentir la ausencia de Marcela los estaba, de a poco, matando en vida.

Después de darles a los presentes un minuto más de tiempo para la reflexión, para que pudiesen despedirse de aquel ataúd que contenía a una ya ausente amiga, hermana, hija; los empleados del cementerio comenzaron a bajar aquella caja hacia las entrañas de la tierra que le daba la acogida a una vida perdida, a una mujer que ahí ya no estaba.

Ese suelo le daba la bienvenida a los años sin vivir, a una calidez que se había apagado días atrás y que sin dudas ya era solo vestigios de lo que hubo, a la más hermosa sonrisa que solo resonaría con la ayuda del recuerdo, seguro que dolería por un tiempo.

Quizás con la ayuda de alguna fotografía, la invocación de su inexistencia se suavice, al ver en las imágenes sus ojos y el paso de unos años bien vividos, la picardía de lo que expresaban, la humanidad en sus gestos, los mundos que en ella convergían, universos infinitos.

El sonido de sollozos y palabras entrecortadas comprimía el estómago de Osvaldo y ni que hablar de sus padres, era tan irreal todo que los pensamientos iban y venían saltando y dispersándose con loco frenesí. La irrealidad de lo que allí acontecía era una sensación tan distorsionada que nada se sentía verdadero, es que la realidad se sentía como una mentira, una falsedad, una sensación de engaño marcado por un final que nadie, en absoluto nadie, sospechó.

Comenzaron de a poco a acercarse, y tomando algunos una pequeña porción de tierra, y a modo de ritual, la arrojaban con un adiós silencioso y otros más audibles.

Flores también dejaban sobre aquel ataúd, que de a poco se cubría palada a palada.

—Gracias una vez más a todos por haber venido, mi hermana estaría muy feliz de que la despidieran de esta manera.

Es que expresarles su frustración no tenía ningún sentido, tal vez muchos de los presentes tampoco lo encontraba. Lo que en definitiva provocaba en él toda aquella situación era la necesidad de escapar una vez que la oportunidad se presentara, necesitaba desaparecer.

Una parte importante se había ido, se desintegraba minuto a minuto, el sinsentido más brutal jamás vivido.

Comenzaron a saludarse entre palabras llenas de emoción, abrazos y calidez mientras emprendían el camino hacia los autos que habían dejado a las afuera del cementerio, Parque de Paz.

Sus ojos todavía anegados de tanta tristeza no veían un punto fijo, no podían enfocar nada aún, pero sí que le llamó la atención la esbelta figura que salía detrás de un árbol para acercarse a su tumba.

Entendió en segundos de quién se trataba y, pidiéndoles a los padres que lo esperaran en el auto, volvió sobre sus pasos para encontrarse con ella. Exhaló sabiendo que aquel encuentro no sería fácil, había tanto por decirse y temía que no lo aceptara o rechazara su verdad. Dejó un espacio para no invadirla, para que su despedida tuviera su momento, quizás sería uno muy duro, tal vez no supiera qué le diría, pero allí estaba para sostenerla si lo necesitaba.

La vio llorar con desespero, con rabia, porque aquellas palabras que lograba escuchar desprendían angustia descontrolada, y aquel «por qué Chela» lo evidenciaba. Y entonces lo sintió detrás de sí, y al volverse noto en su mirada tanto desasosiego, tanta furia, que no pudo decirle nada, solo observarla.

—¿Por qué ahora, Osvaldo, por qué ahora sí y no antes?

—Lu...

—¡Decime de una vez por qué mierda ahora sí!

Con violencia se acercó a él y comenzó a golpearle con sus pequeños puños el pecho, decidida a que le soltara de una vez por todas una respuesta, que le dijera de una bendita vez por qué le aviso ahora y no antes.

—Shhh...

Amarró sus brazos en ella, la rodeó para que se calmara, sus golpes los recibía sin protestar. Sabía que necesitaba hacerlo, descargarse de una vez.

Era consciente de que siempre se lo había preguntado, pero nunca se lo dijo, ¿lo entendería cuando se lo explicara?

—Tranquila, Lu, tranquila.

Poco a poco comenzó a calmarse, aferrarse a él era lo único que podía hacer.

Lloró, gritó, imploró para que volviera, sabiendo a conciencia de la necedad de sus suplicas. Y así la sostuvo, minuto tras minuto, no le importaba cuánto le llevaría, solo estaría para ella.

Volvió su mirada por donde sus padres se habían ido, los vio observando aquella desgarradora escena, así incluso mantenían la distancia porque sabían que ellos precisaban ese momento.

Advirtió que relajaba su agarre, y ambos se observaron sin perderse de las emociones que cada uno experimentaba.

—Decime, Osvaldo, ¿por qué ahora me llamaste y me avisaste qué había sucedido con Chela? ¿Por qué no lo hiciste las millones de veces que te pedí verla, hablarle?

—Y te lo voy a repetir mil veces más, porque ella no lo quería.

Negó frenética moviendo la cabeza y cerró sus ojos a tal punto que las lágrimas se derramaban como exprimiéndolas de sus ojos, tratando de encontrar sentido a algo.

—No lo entiendo, te juro que no comprendo por qué se negaba a verme.

—¿Todavía lo dudas, aun no lo ves?

—Es que de verdad que no concibo por qué nunca aceptó que yo, aunque sabía que ella tenía atracción por las mujeres, la iba a seguir queriendo, que no me daba r

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