Prólogo
Escocia, 1858
Tierras del clan Cameron
La pequeña Sophie Douglas observaba escondida en lo alto de las escaleras; escuchaba a la perfección la discusión que se estaba llevando a cabo en el gran salón. Aunque no comprendía mucho, sabía que se trataba de un acuerdo matrimonial. Lo que nadie aún sabía era quién era la elegida.
Dado que no era inusual que las promesas ocurrieran cuando ambas partes eran todavía infantes, la reunión no era algo inusual, excepto porque parecía que los ánimos cada vez se alteraban más.
—El abuelo no tiene idea de lo que está haciendo.
—Cállate, Nevin. El laird Finlay es el mejor de todos —declaró su primo Joshua mirando a su hermano con disgusto.
—¿El mejor? Eso es mentira. Si así fuera tendríamos más tierras, más ganado, y mi padre no tendría que trabajar tanto.
—¿Trabajar? Tu padre lo único que hace es visitar a las putas del pueblo y beber hasta que tu madre envía a alguno de sus soldados a que lo arrastren de regreso a casa —soltó Deirdre, la hermana mayor de Sophie, con sorna.
—¡Eso es mentira! Finlay lo obliga a hacer todo eso.
—Nadie obliga a un hombre a acostarse con una mujer. Deja de ser tan tarado, Nevin —volvió a intervenir Joshua dándole un empellón—. Todo lo que el abuelo hace es para protegernos y darnos un futuro mejor. Desde la guerra que las cosas no han sido fáciles, al menos así podemos sobrevivir.
—Cuando sea grande, voy tomar el control del clan y nadie va a poder decirme lo que tengo o no que hacer. Incluso voy a hacer que Deirdre sea mi esposa y Sophie, mi amante. O mejor aún, no me casaré con ninguna y ambas serán mis amantes para hacerles lo que quiera.
—¡Nevin!
La pequeña Sophie había comprendido lo suficiente de sus palabras y, antes de que Joshua pudiera intervenir, ella se había levantado de su asiento en las escaleras y, sin darle tiempo a reaccionar, cerró la mano hasta convertirla en un puño y lo estrelló contra el rostro de su primo, que, sorprendido, perdió el equilibrio y rodó un par de escalones hasta que los adultos notaron la conmoción.
—¿Quién fue? —Angus, el padre de Joshua y Nevin parecía furioso.
—Fui yo, padre. Él estaba hablando sin sentido —saltó el joven, pero Sophie lo aparto de un empellón y se detuvo frente a su tío.
—Nevin dijo que va a tomar el lugar del abuelo Finlay y que Deirdre y yo vamos a ser sus amantes para hacer con nosotras lo que quiera —declaró sin siquiera sopesar lo que sus palabras iban a causar.
Lo próximo que supo fue que Nevin era sacado de la oreja del salón por su madre mientras su abuelo la recogía en sus brazos y se la llevaba a su estudio.
—¿Hice algo malo, abuelo?
—No, mi niña.
—¿Entonces porque la tía estaba tan enojada?
—Porque el que hizo algo malo fue Nevin, tú hiciste lo que debías, mi pequeña. Defendiste a la familia.
—Y siempre lo voy a hacer, abuelo.
—Así me gusta, mi tesoro. —El anciano la depositó en el interior del estudio—. Ahora, ven, ya es hora de que hablemos algo.
***
Cunando recibió la misiva de su primo Joshua, lo último que Sophie esperó fue lo que descubrió apenas llegó al hogar Cameron en las Tierras Altas. No solo era preocupante el tema de la salud de su abuelo, sino que descubrir que su hermana Deirdre había tenido un hijo y lo había dejado abandonado, sabiendo lo vulnerable que estaba el clan sin la presencia siempre sólida y atemporal de su abuelo, hacía que le dieran ganas de arrancarle todos los pelos de la cabeza.
Probablemente por eso accedió al loco plan de su primo cuando le sugirió huir con el pequeño querubín. Sabía que era del clan MacLeon, él se lo había dejado escrito en una nota, pero eso era todo. Y las relaciones entre ese clan y los Cameron no eran lo suficientemente buenas como para que ella solicitase asilo con ellos.
Desesperada, y luego de mucho pensarlo, aprovechó la primera tormenta que apareció y, con ayuda de Joshua, se embarcó en el primer navío con rumbo a Londres. Sabía que el viaje podía ser largo, pero, aun así, no se arrepentía de su decisión.
La familia era lo más importante, y si para eso tenía que fingir ser la madre del pequeño e indefenso niño, lo haría.
Capítulo 1
Londres, 1870
Lady Sophia Douglas supo el momento exacto en que se volvió una dama inadecuada. Muchos pensarían que fue tan pronto arribó a Londres y varios conocidos la vieron forcejear con un desconocido que resultó ser un matón enviado por su tío. Otros de seguro murmuraban sobre el pequeño que ella había estado cargando en sus brazos en el momento del incidente, pero ella sabía que no era así.
Su destino había cambiado irrevocablemente la noche en que decidió huir con el futuro heredero del clan MacLeod. Fue un acto desesperado producto del más absoluto temor. No tanto por la reacción de su abuelo, sino por las consecuencias que las acciones de su desparecida hermana pudieran causar.
Lo que la había llevado de regreso a Inglaterra y al lugar donde creyó estar a salvo, pero resultó no ser así. Y eso la dejaba en la situación en la que se hallaba, teniendo que presentar una fachada de calma y tranquilidad en medio de la celebración de cumpleaños de lady Habersham, a quien ella no conocía en lo más mínimo, pero según parecía tenía algún ancestro escocés cuyos orígenes provenían del clan de su madre, los Cameron. Ella ignoraba si era así o no, en las Tierras Altas no eran exactamente conocidos por llevar todo registrado en papeles, al menos no hasta que la religión católica no llegó hasta ellos, en cuyo caso todo pasó a ser registrado por los sacerdotes en las iglesias. Aunque, conociendo a su abuelo, quizás él supiera esa información con precisión. Siempre había tenido una memoria prodigiosa y amaba mantener viva la tradición oral que implicaba transmitir sus bastos conocimientos a su descendencia.
El pensar en su siempre vivaz abuelo Finlay, laird del clan, en ese momento postrado en una cama, la entristeció. Cuando ella era niña, muy a pesar de lo que sus primos dijeran, se volvió la favorita del hombre tan pronto ella expresó interés en cosas que no eran exactamente femeninas. No que alguien más lo supiera además de ellos dos. Su abuelo le había hecho jurar que jamás se lo revelaría a nadie. Pero mientras sonreía, saludaba y se mostraba educada, y esperaba que alguna de sus amigas llegara, sus pensamientos se fueron al pasado.
Podía recordar a la perfección cómo luego de que derribase a su primo Nevin de un puñetazo, más allá de la reprimenda recibida, los ojos del hombre habían brillado de orgullo. Sophie siempre supo que lo único que tenía en común con su madre eran sus ojos, de un profundo verde como las colinas escocesas, y que por el resto había heredado el explosivo temperamento del clan Douglas, la familia de su padre. Pero nunca fue realmente consiente de la importancia de ello hasta ese anochecer tantos años atrás.
«—Te amo, mi pequeña leanbh —le había susurrado su abuelo luego de besarla en la frente—. Sé que tu madre vela por ti siempre, pero desearía que estuviera aquí con nosotros.
—Ella está, abuelo —le había respondido ella con absoluta convicción en su inocencia infantil, y aunque no tenia vividos recuerdos de ella, sabía por boca de otros que su madre había sido una mujer dulce y gentil con todos.
—La veo en tus ojos, mi niña, y a pesar de lo mucho que siempre la voy a amar, me alivia saber que tu espíritu es puro fuego.
—¿Fuego?
—Así es. Tu madre, mi hija..., ella era demasiado frágil para nuestra existencia en las Tierras Altas. Por eso sentí alivio cuando se enamoró de tu padre. Él la alejo de las duras realidades de nuestros clanes y la protegió y amó hasta su último suspiro.
—¿Y a mí?
—Tu eres lo mejor de ellos dos, peq
