Capítulo 1
La voz en mi cabeza vuelve a estallar en un escandaloso cántico repetido, ordenándome que apague el televisor. La serie de suspenso que estoy mirando ya casi está llegando a su último capítulo, y a pesar de que son las dos de la madrugada, me niego a pulsar el botón del control remoto para detenerla. Mañana debo trabajar muy temprano y sin embargo aquí estoy, observando a los insípidos personajes descubrir un asesino que hace dos capítulos ya he descubierto (estoy segura de saber quién lo ha hecho).
Espero a que se marque «recibido» el mensaje que le he escrito a Marco unos minutos atrás. A veces hace eso... me coloca un mensaje, le contesto y luego pasa un buen rato para que responda nuevamente. Pareciera que se le ocurre decirme algo, lo escribe sin pensarlo mucho y luego se pone a hacer quién sabe qué, porque pueden pasar días sin que sepa de él. No sé por qué me escribe, pero peor aún no tengo idea de por qué respondo. Tengo rabia conmigo misma otra vez, decido alejar el teléfono y, enfrentémoslo, es médico y tiene razones para estar despierto a estas horas, pero yo, por el contrario, debo lucir descansada y feliz como una mariposa en menos de cinco horas para mostrar mi mejor cara a un equipo de ventas de diez personas. Me gusta mi trabajo. He avanzado velozmente en estos últimos tiempos y lejos ha quedado la pasante presurosa que recorría las oficinas de la multinacional farmacéutica, tratando de suplir las necesidades de todo el que me llamara. Hace ya seis años de aquella reunión en la que me avisaron que podía quedarme como empleada fija dando asistencia administrativa. Me habían asignado específicamente al área de Registros, que era el lugar más aburrido del mundo pues yo tenía un grado recién adquirido en Mercadeo, pero era trabajo, en un lugar importante donde había muchos chicos guapos. Además, quedaba muy cerca del apartamento que compartía con mi mejor amiga y pagaban muy bien, incluso cuando solo era pasante. Sin embargo, mis metas eran claras, yo me quería ir al Departamento de Ventas... allí estaba la actividad más interesante de toda la empresa y tocaba ir a mostrarle los medicamentos a los médicos más encantadores. ¡Un trabajo genial!
No fue tan fácil cambiar el rumbo. El puesto de visitador era muy codiciado y tocó esperar tres años a que se abriera una vacante. Estuve tentada a buscar otro trabajo, pero la economía iba de mal en peor y debía dar gracias al universo que no fui víctima de una de las múltiples reducciones de personal que se dieron en aquella época. Sobreviví con estoicismo a las crisis y aproveché la oportunidad cuando se presentó. Ahora tengo mayores responsabilidades y mañana es un gran día para mi equipo pues lanzaremos un nuevo producto.
Decido, sin titubeos, llevar mi móvil al salón de estar para recargarlo y regreso a la habitación decidida a dormir. El pijama de rayas azules casi borradas se confunde con las sábanas de cuadros y parezco una pintura vanguardista mientras me preparo para finalmente ir a la cama. Nunca he podido conciliar el sueño si me siento prisionera, y la coleta que recoge mi cabello corto pronto desaparece dejando los rizos dorados esparcidos en la almohada. El edredón me cubre por completo y arropo mi cara con él, percibiendo el suave perfume de jazmines del detergente nuevo que he comprado, ha sido una buena adquisición. Me entretengo con cualquier pensamiento irrelevante cuando escucho el sonido del mensaje que han respondido. Vuelvo a cubrirme con el edredón tapándome el rostro, no pienso levantarme a responder... «¡date valor, mujer!», me digo y respiro profundo para creerlo. No... ya he esperado una hora, y si bien quiero saber lo que dice, no voy a darle la satisfacción. Lo veré mañana... da igual, estoy dormida, o al menos debería estarlo. Quizá debería levantarme a colocar el móvil en silencio, así ya no lo escucho... ¡No! ¡Es una trampa! Que chille cuanto quiera, no iré... lo leeré por la mañana. Y así, luchando con mis más temidos demonios, venzo al fin y consigo olvidar que ha escrito.
Duermo profundamente casi enseguida, pero las horas pasan volando y de repente son las siete de la mañana y la lejana melodía del móvil anunciando que debo tomar agua me despierta. Ya en pie, descubro las cortinas del amplio ventanal de mi cuarto, es una de las razones por la que escogí este piso, bueno... eso y que la estación del tren está a unos pasos y en días como hoy, que la lluvia amenaza con empapar la mañana, pues es de lo más conveniente. El paseo de la Bonanova se muestra ligeramente activo ante mí, las calles húmedas reciben sus primeros visitantes y el sol, aunque tímido, despide sus primeros rayos reflejándose sobre la calle recién despierta. Respiro con profundidad y doy vuelta para continuar mi rutina de la mañana. Remuevo de su perchero el vestido violeta de falda a media pierna que me han regalado en la oficina por mi cumpleaños, espero que me quede, porque esta tela se ajusta al cuerpo como guante a la mano. El escote discreto en forma de corazón, las mangas cortas al estilo tulipán y la cintura ajustada me dicen que ha sido Paula quien lo ha escogido. Estas caderas no caben en todas partes y por más que me guste eso cuando uso pantalones, necesito que el cliente, esta mañana, mantenga los ojos en la presentación. Incluyo una chaqueta oscura de mangas tres cuartos a mi vestuario, pero dudo de mis zapatos negros de tacón con esta lluvia. «Son solo unos pasos...», pienso y decido ponérmelos de todos modos. Debí suponer cuando me corté el pelo este verano que estos rizos no iban a llevarse bien con la lluvia. Lucen más encogidos de la cuenta, así que coloco una pisa pelo de piedras brillantes para apaciguarlo al estilo Marilyn Monroe y así verme menos divertida. Me maquillo sin exagerar con un labial lila y delineo mis ojos; los días grises se reflejan en ellos y un poco de rímel les dará más luz. ¡Vamos, que luzco preciosa! Si no nos compran la investigación, al menos me harán la foto para la revista médica del mes. Me dirijo con mi paraguas hacia el tren, resistiendo las ganas de leer el mensaje de Marco, asumiendo que en realidad sea suyo. Esperaré a estar en el vagón porque así no podré responder de inmediato. Voy armando la presentación en mi cabeza y rezando que mi equipo tenga todo listo. Cuando termine esta reunión debo dar una charla de bienvenida al personal de nuevo ingreso, almorzaré con mi amiga Laia y espero ir a casa temprano. Es viernes. El vagón llega y entro con impaciencia esperando encontrar un asiento vacío. Por suerte, un chico se pone en pie para la próxima parada y solo voy unos minutos sosteniéndome del extremo de un asiento. Finalmente abro el bolso y tomo el teléfono con la misma curiosidad que vencí minutos antes cuando lo he agarrado de la mesa de mi habitación sin mirarlo. Efectivamente, tengo no uno, sino varios mensajes de él.
Viernes 2:22 a.m.
Marco: ¿Estás despierta?
Marco: ¿Raquel?
Marco: ¿Ahora vas a ignorarme? Supongo que todas las dominicanas que conozco me ignoran...
Marco: Te escribía, además de saber cómo estabas y si te había gustado la película, porque he decidido ir al congreso...
Marco: Tú estarás allí, ¿no? No pensaba ir, pero he cambiado de opinión y me voy mañana para aprovechar el fin de semana... bueno, hoy... es de madrugada.
Marco: Estás ahí leyendo en silencio o ya estás dormida?
Marco: Bien... tú ganas, Raquel. Lo siento, mi móvil se ha descargado antes y por eso no te había contestado. Espero respondas en la mañana... ¿cenamos? Mi vuelo llega a Barcelona al mediodía y estaré en el mismo hotel del congreso. ¿Será que por fin nos conocemos en persona?
Marco Stasio es un «amigo», pero está como quiere él, como quieren todas mis amigas y como queremos mi ego y yo que se vea mi novio. Es un galán italiano en todos los sentidos. Hemos hablado de mucho más que de medicamentos desde hace un par de meses, cuando una de mis ejecutivas lo invitó a nuestro congreso anual, después de verlo en otro evento. Maite, que está casada desde hace quince años y piensa que en cualquier momento voy a caerme muerta porque no me he comprometido, siempre anda persiguiendo médicos solteros con los que yo «debería salir». En esta ocasión, cuando vi sus fotos en la memoria del evento, decidí no enojarme con Maite como siempre lo hago y accedí a que lo invitara al congreso. Hará unos dos o tres meses, desde que ella le dio mi contacto para que él pudiera hablar de forma directa con la gerente, luego de mandarle por correo electrónico el video de motivación que grabamos para invitar al congreso (a alguien de Mercadeo se le ocurrió que eso le daba un toque personal). Maite es mi ejecutiva de Ventas del mercado italiano, pero Stasio habla un castellano decente porque estudió aquí en España, por lo que empezamos hablando de trabajo, luego de ciudades y finalmente de nuestra vida personal. Ya había dicho que no vendría, así que este «amor platónico» que me ata al galán al que pensaba no tendría que conocer, ahora se quiere salir por los poros pues resulta que sí viene. Justo lo que yo necesitaba escuchar cuando estoy a punto de hacer una presentación importante. El tren ha llegado a mi parada. Milagrosamente, cuando salgo a la calle, el sol ya comienza a desafiar a las nubes y el intenso azul se va apoderando del cielo. Todavía se ve gris a lo lejos, pero al menos no tendré que volver a abrir este paraguas con flores verdes que no hace juego en lo absoluto con mi vestido, pero es el único que tengo. Ni siquiera estoy segura de que sea mío, para ser justa. He guardado el móvil en mi bolso. Barcelona es una ciudad segura, pero no hay porque tentar a la suerte. Apresuro el paso para reducir el espacio que me separa del edificio, y mientras recorro la Gran Vía de las Cortes Catalanas, pienso en lo que acabo de leer en mi pantalla. No lo conozco personalmente, pero ganas no me han faltado y Maite se la pasa comentando sobre el neurólogo italiano, joven prodigio que se especializa en casos poco comunes y a quien nuestra empresa ha intentado cautivar como imagen por un par de meses. He visto videos de sus presentaciones de casos y una que otra foto profesional en las revistas médicas europeas, y claro... veo las pocas que pone en su perfil porque nos hemos hecho amigos en las redes sociales. Pero si solo contara con eso, no creo que lo conociera en lo absoluto porque casi nunca hay fotos suyas. ¡Pero, vamos! Maite dice que es alto y tiene los ojos azules como el mar embravecido y en sus notas de voz su risa es genuina, cercana, como si de verdad estuviera feliz. Eso me gusta. Nos mantenemos hablando por mensajes y notas de voz, incluso videollamadas; y aunque desde el principio me quedaba claro que no vendría al congreso, me entretengo hablando con él sobre los casos nuevos que encuentra, y por alguna razón recibir sus mensajes es parte de un ritual de coqueteo incesante que he forjado en mi soledad voluntaria. Después de mi último fiasco mal llamado noviazgo, tomé la decisión de no pensar en nada ni remotamente parecido a una relación seria y así he sobrevivido sin mayor contratiempo recién arribando a mis veintisiete años. Olvido la situación por un momento y pongo toda mi concentración en el cliente. «Una hora a la vez, Raquel». El elevador se abre y me hago paso entre los impacientes compañeros de edificio que se apresuran para llegar a tiempo a sus respectivas oficinas. Me tiene sin cuidado el tiempo, pues he llegado una hora antes de mi reunión y puedo coordinar con mi equipo todos los detalles. Desfilo majestuosa con mi nuevo vestido, pero no impresiono a nadie porque están todos ocupados en lo suyo... arrojo el odioso paraguas en una esquina de mi oficina y abandono el bolso sobre una silla para sentarme a revisar en mi ordenador los detalles finales y dirigirme al salón de conferencias. Paula, mi asistente, no está a la vista y ruego, por su propia suerte, no encontrarla en la cocina cotorreando en un día tan importante como hoy. Su carcajada de millennial desenfrenada me desmiente cuando entro buscando café y la distingo en un trío de comadres que conversa sin mayores preocupaciones. Su inconfundible cabellera castaña planchada a la perfección se eleva por los aires casi golpeándome a su paso cuando se da vuelta sobresaltada ante la señal de una de sus compañeras de plática.
—¡Raquel, qué temprano llegaste hoy! —exclama resistiendo la sonrisa seria.
—No más que tú, Paulita... ¿y qué es tan interesante como para entretenerte justo hoy que viene el equipo del hospital? —reclamo indiferente mientras sirvo una taza de café.
—Hablábamos de los nuevos... hay un par de bombones irresistibles en el grupo de hoy —dice sin el menor remordimiento.
—¿Más irresistibles que un cliente que paga nuestros sueldos? No creo que tanto, Paula. Vamos, que no quiero que pase lo de la otra vez con la proyección de las diapositivas —digo a seguidas mientras salgo de la cocina, café en mano, ante la mirada temerosa de las otras chicas.
—Te pusiste el vestido... te queda hermoso —señala intentando bajar la seriedad de mi tono.
—Ajá... —contesto y continúo en dirección al pasillo.
Paula me sigue sin responder porque me niego a continuar la superflua conversación. Tengo que concentrarme. Unos minutos más y habré cerrado la venta de todo el trimestre. ¡Hagamos esto!
Capítulo 2
Son casi las once de la mañana cuando por fin despido a toda la corte del hospital intercambiando bromas, destilando sonrisas e ignorando comentarios inoportunos. Se suponía que solo vendría el director, pero han venido siete personas y fue necesario reorganizar el salón. Por suerte todo ha ido bien; hemos cerrado con éxito el proceso y nos permitirán trabajar con el hospital, eso merece una celebración en algún momento del día y un aumento de sueldo en algún momento del año. Ya veremos qué opina Fabiana, mi jefa, sobre eso. Debo correr a la sesión de nuevo ingreso. Paula anuncia que quiere acompañarme y sé que es por los rumores de «galanes a la vista» y no por ayudar, pero se lo permito porque yo también tuve veintidós alguna vez. Ni bien entro al salón ya entiendo los rumores mañaneros. No sé a cuál de los equipos de ventas irán, pero al menos un par deberían ser del mío si quiero aumentar los números para final de año. Debo hablarles de nuestras distintas divisiones, de los principales clientes, de las políticas institucionales y de nuestro estricto código de conducta y las consecuencias del acoso laboral. Nos tomamos muy en serio estas cosas, y aunque las relaciones dentro de la empresa están permitidas, deberán ser siempre bajo un código implícito de respeto y correspondencia mutua e incuestionable. He dado el discurso varias veces este año, pues me han asignado como parte de mi crecimiento profesional apoyar en el cumplimiento de las políticas institucionales. No me molesta porque puedo siempre conocer a los nuevos talentos antes que todo el mundo y lo uso a mi favor para construir un equipo de ventas fuerte. Mientras elaboro mi exposición con simpatía, una mano morena se destaca insistente pidiendo la palabra. La cedo a un joven elegante de camisa rosada y corbata gris que está en la última fila.
—¿Significa que están prohibidas las relaciones de pareja entre personas de la oficina? —pregunta mirándome con sus ojos color miel expectantes.
—No. Significa que debe declararse posible conflicto de interés al Departamento de Gestión de Personas y entonces ellos deciden si es necesario hacer algún movimiento interno —repito de memoria y reprimiendo los deseos de entornar los ojos, porque debe ser la única pregunta que hacen el 100% de las veces.
Cierro mi participación indicando dónde pueden encontrar la cafetería, y dejo que Paula los conduzca. Observo con sorpresa que hay más mujeres que hombres esta vez, son buenas noticias.
Debo encontrarme con Laia en el restaurante de sushi de la esquina. Espero que no haya regresado la lluvia, mi oficina no tiene ventanas, así que debo esperar la sorpresa porque salgo apresurada una vez que recojo mi bolso. Me cuelo con agilidad en el elevador repleto y siento la respiración acelerada en mi cuello de alguien que ha quedado demasiado cerca. Tal vez he debido esperar el próximo. Por suerte sale un grupo en el siguiente piso y el desahogo es inmediato porque hemos quedado solo tres personas.
—Lo siento... si seguía sosteniendo la respiración me asfixiaba. —Escucho la voz detrás de mí.
—No te preocupes, soy yo quien lo lamenta; estaba atestado ya, pero estoy un poco tarde para algo y diez pisos en escaleras no son lo mío —respondo girándome para ver al dueño de la voz de locutor que da explicaciones sin yo pedirlas, definitivamente su acento no es local.
—Soy Ángel. Estaré en el Departamento de Ventas —dice extendiéndome la mano, y entonces noto que es el galán de ojos miel que antes me hizo una pregunta en el salón.
—Bienvenido, Ángel, soy Raquel, y bueno, ya sabes dónde estoy —le contesto sonriente y no puedo evitar ruborizarme un poco ante su presencia imponente tan cercana. El moreno de impecable sonrisa inclina su cabeza, y me despido con un gesto similar para, de inmediato, salir apresurada a la calle antes de que intente continuar la conversación. Ganas no me faltan, porque su perfume me envuelve tan embriagadoramente como el tono de su voz.
Mientras acelero el paso al restaurante, pienso que este debe ser uno de los bombones por los que babeaban las chicas más temprano. Podría apostar por el acento que es mi compatriota, pero su elección de palabras me hace dudar; lo que sí es seguro es que español no es. Es algo más alto que yo, pero tiene un rostro que honra su nombre y el cuerpo de un fisicoculturista en potencia. Los botones de su camisa rosada, a punto de salir volando, demuestran que pasa buena parte del tiempo en el gimnasio. Y aquella voz que envolvía todo, tan correcta y poderosa... podría quedarme hablando con él solo por el placer de
