Dos vidas en una alma (Secretos del alma 5)

Victoria Magno

Fragmento

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1

Zarah salió de la ducha con cautela. Tenía la cabeza perdida, como si hubiera metido su cerebro en una licuadora durante la noche y al despertar tuviera un batido muy revuelto en su lugar.

Después de colocarse la ropa interior, se envolvió en una toalla y salió en dirección a su habitación, antes de comenzar a escuchar los habituales golpes matinales de Maricarmen exigiendo el uso del baño.

Con el frío que estaba haciendo le hubiera venido bien su bata, pero no tenía idea de dónde estaba, como tantas otras de sus cosas.

Esas últimas semanas habían sido una locura. Desde que había vuelto a casa se sentía como si se hubiera subido en una rueda de la fortuna, con momentos arriba y otros abajo. Aunque últimamente estaba más abajo que arriba…

Definitivamente la parte económica no mejoraba en su hogar y eso afectaba a su familia de muchos modos distintos. Ya casi no veía a sus padres; sus hermanos estaban distantes, Javier no dejaba de trabajar, Maricarmen de estudiar, Marijó se había vuelto más antipática que nunca y los pequeños sumamente rebeldes y tenían pataletas a cada oportunidad. Si a eso aumentaba la presión de la escuela, los exámenes y el entrenamiento (en el que todavía no mejoraba en absoluto), se sentía como si cargara el mundo entero sobre los hombros.

Ya ni mencionar el hecho de tener a toda su familia vigilándola de cerca, como si fuera una especie de bomba que estuviera a punto de hacer explosión en cualquier momento.

Su abuelo había enviado al equipo completo de Allan a casa con ellos cuando regresó a su hogar, y tenía visitas frecuentes de Aidan y Alberto, como si debieran cerciorarse con sus propios ojos de que continuaba con vida.

Eso no ayudaba en nada a la relación con sus padres, quienes parecían más tensos que nunca, como si su privacidad fuera invadida a cada segundo. Sin mencionar que ahora ellos también estaban tras ella, en especial Miranda, a cada momento del día, preocupados de que no fuera a caer en «coma» una vez más.

Allan debió usar esa palabra para tranquilizarlos, lo cual sin duda era mucho mejor que decir «su hija ha estado muerta gracias a un hechizo sumamente potente y extraño que su madre natural hizo en ella cuando solo era una niña, para ocultar un secreto que nadie conoce, y puede que nadie llegue a conocer antes de que la mate de un momento a otro».

Sí, eso sería fabuloso para terminar de volver locos a sus padres…

Lo único bueno de todo esto, era que Javier había optado por dormir en la habitación de Manolo hasta que ella mejorara, y así le había dado la oportunidad de tener su propia habitación por más tiempo.

Unos días de paz, en medio de esa locura, le venían de maravilla, sin duda.

Intentando apartar todas esas ideas dramáticas de su cabeza, Zarah entró en su habitación, cuidando de cerrar con llave la puerta. Manolo tenía la mala costumbre de entrar sin tocar, y odiaba tener que gritarle a su hermanito por pillarla siempre en bragas y sostén. Definitivamente ese día no estaba de humor para soportar aquello, mucho menos cuando traía solo una toalla...

—Zarah —escuchó un susurro en su oído que la hizo pegar un grito. Allan se apuró a cubrirle la boca con la mano, aunque demasiado tarde.

En seguida escucharon un golpe en la puerta, acompañada por la voz de Miranda.

—¿Zarah, estás bien?

Zarah inspiró hondo, intentando calmarse. No le convenía que su voz sonara alterada. No si quería convencer a su madre de que estaba bien y pasara desapercibido el novio en su habitación mientras ella estaba casi desnuda, por excepción de una simple toalla y su ropa interior.

—Sí, mamá… Vi una araña y me asusté —mintió, diciendo lo primero que se le ocurrió.

—Ay, hija, son solo criaturas inocentes, no las temas, sirven para matar otros insectos que de otro modo formarían plagas.

—Vale, mamá… gracias —masculló, intentando ignorar la sensación del cuerpo de Allan abrazado al suyo, su mano en derredor de sus hombros desnudos…—. Prometo no matarla si ella no se mete conmigo de nuevo.

Miranda rio.

—Me parece bien, Zarah. De lo contrario sácala al jardín, allí no molestará a nadie.

—Ok, mamá…

—Vale, te dejo vestirte en paz. Date prisa, se hace tarde para el colegio.

—Sí, mamá. —Exhaló una bocanada de aire cuando finalmente escuchó los pasos de su madre alejándose por el pasillo.

—¿Vas a sacarme al jardín o vas a terminar de darme con un zapato? —bromeó Allan en su oído, pero su aliento cálido contra su oreja no hizo más que aumentar su nerviosismo.

Lentamente se dio media vuelta, todavía perturbada por su tacto cálido, tan cercano a ella…

Y su intranquilidad creció al toparse de frente con Allan. Había algo en él, algo extraño… Sus ojos… Eran sus mismos ojos, pero a la vez, lucían diferentes… Como si se hubieran oscurecido y al mismo tiempo brillaran intensamente.

Sin decir una palabra, él la besó, un beso profundo como nunca le había dado antes. Zarah se estremeció, no se esperaba ese beso, tampoco sus manos recorriendo su espalda hasta llegar a su cintura y alzarla en brazos, pegándola contra su cuerpo en un abrazo tan intenso como era ese beso.

Y sencillamente se dejó perder…

Le rodeó el cuello con los brazos, dejándose llevar por ese momento, buscando de algún modo sentirse más unida a él. Lo amaba, Dios, cómo lo amaba, y se sentía tan bien estar tan cerca de él… Se sentía… correcto.

Las manos de él vagaron por su espalda, desde sus hombros hasta su cintura. La toalla cayó al piso, dejándola expuesta únicamente con el sujetador y las bragas, pero a ella no le importó, solo le importaba estar unida a él, no romper ese momento mágico entre ellos.

Allan la cargó en brazos y ambos cayeron en la cama, todavía deshecha, un amasijo de brazos y piernas. De algún modo, Zarah había conseguido quitarle la camisa, y ahora se encontraban piel con piel, unidos en un beso apasionado y tan ardiente como ella no había conocido otro en su vida.

Las manos de él exploraban su cuerpo, acariciándola en lugares que nunca antes la había tocado otra persona. Zarah suspiró, invitándolo a continuar, a ahondar ese acercamiento como solo querría hacerlo con él…

Allan se apartó, solo un poco, buscando con sus ojos su mirada, contemplándola… Zarah se sintió estremecer, era como si pudiera leer su pensamiento, como si pudiera saber lo mucho que él la amaba, como si con solo los ojos pudiera expresarle una adoración silenciosa. Un amor que solo era para ella…

Y se sintió plena, dichosa, amada… completamente entregada a él.

Le rodeó el cuello con los brazos, acercándolo una vez más a ella para besarlo. Y entonces sucedió…

Una luz en su cuello se encendió y atrapó su mirada.

Zarah se vio inmersa en la oscuridad una vez más… La única luz existente provenía del pecho de Allan… ¡Allan!

Él la miró a los ojos, que ahora se habían vuelto tan luminosos como la piedra que colgaba de su cuello. La miraba fijamente, como si sintiera la necesidad de mantener la vista sobre ella sin detenerse ni siquiera para parpadear.

El mundo comenzó a cambiar a su alrededor. La oscuridad se volvió turbia, la luz se mezclaba con el humo y la niebla, la nada fue reemplazada por altos cerros verdes y fueron rodeados por vegetación selvática. El suelo a sus pies se volvió inestable…

—No… —musitó Zarah, reconociendo el lugar—. No otra vez…

Sintió la calidez conocida de la mano de Allan cerrándose sobre la suya.

Zarah alzó la vista y sus ojos se conectaron con los de él, no había palabras entre ellos, pero sabía que él estaba allí para ella, apoyándola… Él también sabía dónde se encontraban.

Y entonces la vio…

Por primera vez desde la perspectiva de un espectador.

Su madre corría con la versión infantil de ella en brazos. Elizabeth mantenía el rostro de su hija oculto sobre su hombro, intentando protegerla del horror que las rodeaba.

Y Zarah vio por primera vez aquello de lo que su madre la había protegido…

El terror había tomado forma en los miles de figuras oscuras que se cernían sobre ellas. En sus recuerdos eran solo unos cuantos, no fue hasta ese momento que se dio cuenta del ataque masivo que habían sufrido con su madre.

«Tu madre era poderosa», recordaba haber escuchado decir a su tío, «debió ser un gran ataque para que ella sucumbiera…».

Y tenían razón. De verdad que tenían razón…

Miles de seres de todo tipo se cernían sobre ellas, más de los que podía vislumbrar, como si de gotas de lluvia se tratasen. Elizabeth hacía lo posible por defenderla, por huir… Pero no había escape posible. Estaban completamente rodeadas.

Zarah sintió la desesperación en carne viva, el dolor de su madre por saber que pronto se separaría de su hija para siempre, por aquello que pronto estaba por suceder…

Y sucedió…

Vio caer a su madre una vez más, solo que ahora tenía la visión completa al estar observando desde la distancia:

Su madre había puesto algo en su cuello, una luz que se encendió un momento antes de que Zarah desapareciera y su madre se lanzara al vacío, llevando con ella la capa de su hija. De lejos no se notó, lució natural, como si Elizabeth hubiera preferido lanzarse con su hija en brazos al vacío, una muerte mucho más noble que caer en las inciertas garras de sus enemigos.

Escuchó el grito furioso de sus atacantes, frustrados ante la pérdida de su presa. Ellos no habían visto la luz, no la habían visto desaparecer. Todos se arremolinaban en torno al puente roto, observando a la distancia el profundo cañado por el que su madre había caído…

—Zarah, no… —Sintió la mano de Allan apretar con más fuerza la suya, impidiéndole avanzar.

Ni siquiera había notado que lo hacía.

Él parecía sorprendido de poder hablar, caminó hasta que su cuerpo bloqueó el de ella, impidiéndole ver más.

—Será mejor que no veas eso…

—¿Por qué no? Es mi madre… —El gruñido de un conjunto de voces interrumpió sus palabras.

Vio pasar a Flagpaom a su lado, corriendo en dirección al puente acompañado por Flérida… La ira se encendió en su interior. Ellos habían sido los culpables de ese ataque, de la muerte de su madre…

—Zarah, tu luz… —escuchó a Allan antes de darse cuenta de que ella comenzaba a brillar, envuelta en una luz azul.

—¿Puedes verla? —La voz de Flérida llegó hasta ella, sobre los gruñidos bestiales de los raya, sus atacantes, reunidos en torno a la cañada, todos con sus fieros ojos fijos en el vacío.

—Se ha ido… —Escuchó una profunda voz a su espalda.

Zarah se giró, había un hombre oculto en la penumbra. No pudo ver de quién se trataba, su rostro estaba oculto tras una máscara y su cuerpo cubierto con una capa con capucha.

—Señor… No ha sido culpa mía… —La voz de Flagpaom se interrumpió repentinamente. Él se llevó ambas manos al cuello, jadeando estrepitosamente cuando una mano invisible se cernió sobre su cuello, ahogándolo.

—No me interesan tus excusas, Flagpaom —escuchó decir al hombre de la capucha—. Baja enseguida y sondea el río, no me importa si has de tener que drenar hasta la última gota, hazlo y encuéntrala…

—Pero señor…

—¡Encuéntrala! —repitió el hombre, y Flagpaom se retorció en su lugar, como si hubiera sido electrocutado de repente.

El ataque cesó y Flagpaom cayó al piso, flácido y tirado sobre el suelo de tierra como una alfombra vieja…

Y Zarah sonrió de gusto de verlo de ese modo.

—Encuéntrala —repitió el hombre, retrayéndose más entre las sombras—. Ella es la única que sabe dónde encontrar la Mariantella…

Allan lanzó una exclamación ahogada y soltó su mano, dispuesto a salir en persecución de ese hombre.

Al instante el mundo a su alrededor se sumergió en un torbellino de luz y oscuridad. Allan volvió sobre sus pasos, abrazando a Zarah con la intención de protegerla, pero era tarde. Ella caía en el remolino.

—¡Zarah…! —gritó, alzando la mano hacia ella.

—¡Allan! —Zarah se estiró todo cuanto pudo. Los dedos de su mano rozaron los de Allan… Y entonces él se disolvió en la nada.

Al igual que todo a su alrededor.

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2

El mundo se convirtió en un remolino de humo, luz y oscuridad, y pronto Zarah se encontró una vez más en su habitación, recostada con Allan sobre su cama.

Allan se apartó de ella bruscamente, sus ojos se agrandaron por la sorpresa de aquella visión que habían compartido juntos. Y lo hicieron aún más cuando la realidad del presente los golpeó de frente, y ambos se encontraron en la misma posición que habían dejado hacía un momento, ella en sujetador y bragas, casi completamente desnuda bajo sus brazos…

Zarah pegó un chillido, ocultándose bajo las mantas al tiempo que sentía que el rubor le cubría el rostro y el cuerpo entero.

—Zarah, no… Por favor… —tartamudeó él, volviéndose de espaldas a ella.

—¿Qué fue lo que dijo ese hombre que te impresionó tanto? —preguntó ella, sin conseguir pensar en otra cosa que en la visión.

—¿Qué…? —Allan se giró y sus ojos dieron directo hacia su escote, al tiempo que el rubor se subía en sus mejillas.

Zarah no pudo evitar sonreír. Un Allan sonrojándose no era algo que viera todos los días.

—Allan, concéntrate en mi pregunta —le pidió—. ¿Qué fue lo que ese hombre encapuchado dijo sobre encontrar la Mar…?

Allan volvió a darle la espalda, pegando los puños a los costados, como si luchara internamente por volver a concentrarse en el tema del que estaban hablando.

—La Mariantella —contestó Allan, antes de girarse y mirar a Zarah con una expresión de completo desconcierto y, a la vez, de entendimiento—. ¡Tu madre tenía la Mariantella!

—La Mariantella, sí, eso fue lo que él dijo —Zarah se enderezó, cubriéndose con la sábana—. ¿Qué es la Mariantella?

Allan se acercó a ella, sus ojos todavía oscurecidos… Y Zarah no pudo evitar sonreír al notar que se ruborizaba una vez más. Ese hombre podía tener mil años, pero aún le afectaba ver a una chica semidesnuda cubierta únicamente con una sábana.

O tal vez era que le afectaba verla a ella semidesnuda…

—¡Zarah, date prisa que se te hace tarde para ir a la escuela! —escuchó la voz de su madre desde la cocina.

—¡Mierda! —chilló ella, poniéndose de pie bruscamente al tiempo que Allan se agachaba a recoger su camisa. Ambos chocaron, convirtiéndose en un nudo de piernas, sábanas y ropa tirada.

Allan la miró a los ojos, encendidos de una forma muy similar a carbones ardientes.

—Debo irme —le dijo con la respiración entrecortada, posando una mano sobre su mejilla.

Zarah asintió, notando que todo su cuerpo vibraba bajo su tacto.

—Volveré, lo prometo.

—Eso espero —susurró cuando él la besó una vez más, provocando que su corazón se desbocara en su pecho.

—¿Zarah, me prestas tu pijama de Sailor Moon? —Escuchó la voz de Marijó al otro lado de la puerta—. Tengo que hacer la interpretación de una niña boba para la escuela, y no tengo nada que ponerme.

Zarah sintió que el color le invadía las mejillas.

—¿Sailor Moon? —repitió Allan, reprimiendo una risita.

—No te burles —Zarah frunció el ceño—. Era muy niña e ingenua para conocer lo que es realmente bueno.

—Espero que ahora lo sepas —sonrió él, besándola fugazmente antes de ponerse de pie, y ayudarla a ella a hacer lo mismo.

—Seguro que sí —contestó Zarah, preparándose para recibir un nuevo beso cuando la voz de Marijó los volvió a interrumpir.

—¡Zarah, no me ignores! ¡Sé que estás allí! Si no quieres prestarme el pijama, dame alguna otra cosa tuya. Cualquier cosa será buena para interpretar a una niña geek de preparatoria.

—¡Ya voy, Marijó! ¡Dame un minuto ¿quieres?! —gruñó Zarah.

—Será mejor que me vaya —Allan se encaramó al alféizar de la ventana y se volvió una vez más hacia ella para despedirse—. Nos vemos pronto.

Zarah lo vio desaparecer por la ventana con un gesto de tristeza. No tenía idea si fuera el anhelo de una vida pasada o es que sencillamente amaba demasiado a ese hombre, pero hubiera deseado con todo su corazón que se quedara con ella para no volver a marcharse jamás de su lado.

Un golpe en la puerta la devolvió a la realidad, acompañado por un grito enfurruñado de Marijó.

De un salto abrió su armario y se colocó la blusa del uniforme y la falda antes de correr a abrir la puerta.

—¡Zarah, sal de ahí de una vez, si no quieres que abra esta puerta en este mismo instante!

—¡¿Qué es lo que quieres?! —gruñó Zarah, abriendo la puerta en el preciso instante en el que Marijó sacaba unas pinzas de su bolsillo—. ¿Qué demonios estás haciendo?

—Eso mismo podría preguntarte yo —respondió Marijó dedicándole una mirada acusatoria.

Zarah sintió que las mejillas se le encendían, ¿es que habría escuchado algo? O peor, ¿qué tal si había usado esas pinzas y abierto la puerta sin que ella lo notara…?

Oh, mi Dios.

—¿Sabes la hora que es? —continuó Marijó, sin notar su mortificación—. Mamá está abajo, histérica, esperando que comas tu desayuno antes de llevarnos a la escuela. Porque claro, podremos llegar una hora tarde a clases, pero su hijita consentida no se puede saltar la comida más importante del día —replicó, imitando la voz de su madre en un tono bastante meloso.

—¿Qué pasa contigo, Marijó? —Zarah la encaró—. ¿Qué te he hecho para que estés tan molesta conmigo? ¿Y qué demonios ibas a hacer con eso? —Señaló la pinza que su hermana había guardado de vuelta en su bolsillo.

—Abrir la puerta, ¿qué más? —Se encogió de hombros—. Vaya pregunta tonta.

—¿Y por qué ibas a abrir mi puerta? Esta aún es mi habitación, si no te has dado cuenta.

—Te lo dije, necesito tu pijama para la escuela. Ahora dámelo. —Tendió la mano.

—Al menos podrías pedirlo de un modo amable.

—Tan dramática como siempre. —Rodó los ojos—. Hazte a un lado, lo buscaré yo misma.

—¡Hey! —Zarah chilló cuando su hermana la hizo a un lado de un manotazo y entró en su habitación—. ¡Marijó, ¿qué bicho te picó?! —La detuvo por el brazo—. ¡No puedes solo entrar aquí y coger mis cosas!

—Claro que puedo. —La miró a los ojos, desafiante—. Lo he hecho miles de veces y ni cuenta te das.

—¿Has sido tú…? —Zarah abrió la boca al máximo—. ¿Tú has estado tomando mis cosas?

—No, han sido los duendes —le dijo de forma sarcástica y sonrió falsamente—. Los mismos que te roban los zapatos izquierdos y mandan uno de tus calcetines al centro de la tierra para que te quedes semanas preguntándote qué demonios pasó con el otro calcetín que metiste en la lavadora. Ellos han tomado tus cosas, Zaritah. —Le dio una palmadita en la mejilla.

Fue la gota que colmó el vaso para Zarah.

—Basta —siseó, cogiendo el brazo de su hermana en un gesto impulsivo—. Sal de mi habitación. Ahora.

—Con gusto. —Marijó retiró el brazo bruscamente—. En cuanto me lleve el pijama.

—¡No toques mis cosas!

—¿Y de dónde voy a conseguir el disfraz para representar a una geek-friki fracasada?

La mandíbula de Zarah cayó. No podía creer que su hermana le hubiera dicho algo como eso.

—Podrías probar con cualquiera de tus conjuntos —replicó, sintiendo la furia ardiendo en su interior—. Encajan a la perfección.

—¿Qué está pasando aquí? —Miranda se asomó por la puerta—. Sus gritos se escuchan hasta la calle. Han asustado a Dany.

Marijó y Zarah se miraron fijamente, ambas respirando de forma agitada, como si hubieran estado en una contienda a muerte.

Y en cierto modo, ese enfrentamiento fue mucho peor que cualquiera que Zarah hubiera tenido en los entrenamientos.

—Nada, mamá —Zarah fue la primera en hablar—. Siento haber asustado a Dany.

—Bajen a desayunar en este instante si no quieren que las castigue a las dos. —Los ojos de su madre eran dos rayos laser capaces de reducirlas a polvo con una sencilla mirada.

Zarah inspiró hondo. Era increíble que una mujer normal, sin ningún poder sobrenatural, fuera capaz de provocar tanto respeto… y miedo.

—Bien —gruñó Marijó, caminando al lado de Zarah y pasándola a llevar a propósito.

Zarah fijó la vista en las pantuflas de oso polar que su hermana usaba, ¡eran las suyas!

Reprimió el deseo de gritarle. Ya habían sido bastantes gritos por esa mañana.

Pero sin duda hablaría con Marijó después.

Esto no se podía quedar así.

Ya tenía bastante con averiguar qué demonios era la Mariantella, como para tener que aguantar a su hermana hurtando sus cosas y portándose como un demonio con ella.

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3

Zarah observaba fijamente el reloj colgado en la pared sobre el pizarrón del salón de clases. Nuevamente la Pera, la profesora de Matemáticas, se estaba tomando tiempo extra tras su hora de clase. O, mejor dicho, tiempo extra para dejar tarea.

Con un suspiro, Zarah se llevó una mano al puente de la nariz. Comenzaban a arderle los ojos por mantener tanto tiempo fija la mirada. Esa profesora gustaba de anotar a toda velocidad números en la pizarra, para borrarlos tan rápido como terminaba de escribirlos.

Zarah habría apostado que gozaba con los suspiros de frustración de sus alumnos, tras no conseguir anotar todo lo necesario a su ritmo, y quejarse de sus muñecas adoloridas al terminar de escribir.

De pronto, una silueta oscura junto a la ventana llamó su atención y por poco Zarah pega un grito al ver a Allan asomado desde afuera.

—¿Zarah, quieres dejar de distraerte con los pajaritos del árbol y poner atención? —la reprendió la profesora.

—Eh, sí maestra. Perdone… —contestó, fijando la vista una vez más en la ventana para descubrir que Allan había desaparecido.

Rápidamente apuntó los últimos números antes de ponerse de pie.

—¿Maestra, puedo ir al baño?

La mujer, dedicada a los números en el pizarrón, murmuró un «sí» sin voltear a verla. Ni siquiera para eso daría una tregua a sus alumnos, perdiendo el tiempo girándose para contestarlos.

Zarah prácticamente corrió hacia la puerta y salió por el pasillo rumbo a los jardines, buscando en todas direcciones a Allan.

—Hola, princesa —la saludó él, aterrizando justo delante de ella.

—¡Mierda!

—¿Tanto gusto te da verme? —preguntó él, sarcástico.

—Allan, me has dado un susto de muerte. —Zarah frunció el ceño, cuidando que nadie los viera—. ¿Qué haces aquí? ¿Pasa algo?

—Supuse que no podrías dejar de pensar en otra cosa que no fuera la Mariantella, así que vine a hablar contigo. Y creo que acerté, por la expresión que tenías en tu cara mientras tomabas apuntes, era claro que no podías concentrarte.

—No me culpes por ello, esa clase debió terminar hace veinte minutos —masculló, molesta de que él supusiera que era mala estudiante. Lo era, pero al menos intentaba no serlo. Por lo general...—. La Pera siempre se alarga en sus clases.

—¿Quién?

—La profesora de Matemáticas. ¿Y bien? ¿Qué es la Mariantella?

Allan miró en ambas direcciones, asegurándose de que nadie los escuchara.

—Ven conmigo —le dijo, tomando su mano.

—Espera, ¿qué hay de mis cosas? ¿Y mis hermanos? Debo llevarlos a casa.

—Raquel y Patrick pueden hacerse cargo de eso —dijo él, sin disminuir el paso, llevándola con él rumbo a las canchas de básquetbol.

Allan se detuvo ante ella y la envolvió en un apretado abrazo. Antes de que pudiera siquiera asimilar lo que hacía, él cambió de forma, su cuerpo se estiró y ensanchó, poderoso como el Kinam que era, al tiempo que un par de enormes alas se desplegaban tras su espalda.

Zarah tragó fuerte cuando ambos se elevaron en el aire. Odiaba las alturas, pero estando entre los brazos de Allan, cualquier cosa era buena.

Arriba les dio encuentro una enorme águila negra, sus alas tan extensas como las de un aeroplano. Era Spirit, la mascota de Allan. A diferencia de los demás Capadocia, quienes solían utilizar los jaguares negros alados, Allan poseía este majestuoso animal, similar a las criaturas mitológicas y mágicas que Zarah tanto había soñado poseer de niña. Y quizá por eso le encantaba. Aunque no por ello, la altura le ocasionaba menos temor.

Zarah se estremeció cuando ambos se posaron sobre el lomo del águila. Con fuerza se aferró a las suaves plumas de su cuello, rezando en silencio por que no fuera a darse la vuelta y dejarla caer al vacío.

—Tranquila, estás a salvo. Ella no dejaría que te pasara nada —le dijo Allan con una sonrisa, adivinando los pensamientos que cruzaban por su mente.

—Eso espero —musitó Zarah, sin soltarse del cuello del animal. Podría parecer una maldita garrapata, pero no le importaba, no iba a soltarse de ella.

Allan tomó asiento a su lado, guiando al águila por el aire en un vuelo pacífico. Incluso agradable, si no se tomaba en cuenta que se encontraban a tanta altura.

—Bien, creo que ahora podremos hablar —dijo él tras unos minutos, permitiendo que Spirit planeara libremente en el cielo.

—Sí, dudo que alguien pueda espiarnos aquí —Zarah sonrió, sarcástica.

Definitivamente la altura le estaba dañando el sentido del humor. O el cerebro. Sabía que la falta de oxígeno se daba a mucha altura, quizá eso le estuviera afectando.

—Hablemos de l

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