Cómo hacer que un conde se arrodille (La comitiva del cortejo 2)

Eleanor Rigby

Fragmento

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Prólogo

Londres, 1870

El hedor a muerte perfilaba los rincones de la estancia como una angustiosa premonición, pero ni la aparición divina de todos sus santos podría haber tentado a Abigail a salir de allí. Todo en su actitud apuntaba a que pasaría el resto de su vida arrodillada frente a la cama de su madre, especialmente si ese era el requisito para mantenerla consciente. Lady Stratford agonizaba, esclava de altas fiebres que la mecían en el limbo. Entretanto, la hija adolescente podía aprovechar sus momentos de lucidez para confiar en la utopía de su recuperación.

—Abby, mi corazón. Tienes que escucharme.

Abigail se llevó la mano de su madre al corazón. El pensamiento de cuánto le gustaría poder transmitirle el latir vital de sus órganos, cederle la vida a cambio de nada, la consumía lentamente.

—Abby, mi Abby... —repetía—. Sabes que este es nuestro último rato juntas, ¿verdad? Sabes que... Sabes que te quiero y que eres mi mayor recompensa en la vida. Mi golpe de suerte.

—Yo también te quiero. Por eso no puedes irte —añadió rápidamente—. Preferiría morir a quedarme sin ti.

—No digas esas cosas —gimoteó, estrechando con fuerza sus manos—. Yo no soy ni seré nunca un motivo por el que merezca la pena morir... Aunque no haya nada más bonito que irse amando. Y es de eso justamente de lo que quiero hablarte.

Lady Stratford sonrió y alargó una mano para acariciarle la mejilla. Había un ángel cautivo en su gesto de pura bondad, y el corazón del fuego renacido bailaba en sus ojos claros. Para Abby, era la mujer más bella del orbe pese a su estado. Si algo le consolaba, era que como criatura celeste, el Cielo la recibiría con los brazos abiertos.

—Escúchame bien, Abigail... Aún no conoces el mundo, y Dios sabe que nunca estarás preparada para su crueldad. Creo firmemente que nadie lo está. Pero cuando salgas a la luz, cuando te presenten en sociedad, cuando decidas casarte o cuando simplemente interactúes con el resto... No te asustes y sé valiente. Te van a hacer daño, ¿me entiendes? Muy pocos ahí fueran tienen tu buen corazón, y rara vez actúan movidos por el bien común. Saldrás herida en incontables ocasiones porque las personas como tú nunca llegan a entender la maldad ajena, del mismo modo que ellos tampoco comprenderán tu magnanimidad, y a menudo querrán destruirla, o apropiarse de ella... Por eso quiero que me prometas que te protegerás y serás fuerte y, al mismo tiempo, no dejarás que nadie te quite lo que te pertenece: tu esencia. No le des a nadie la oportunidad de destruir quien eres. Y si te destruyen, mi dulce Abby... Si se les ocurre intentarlo... Renace. Renace siendo quien eres o una mejor versión de ti misma, pero jamás te amoldes a lo que ellos establecen, porque siempre habrá alguien que valore así. Alguien que te querrá tal y como eres, que amará cómo te muestras, que se desesperará por extraer el dolor de tu alma…

—Y esa eres tú —sollozó Abby—. Solo tú… Ni siquiera padre…

—No pienses en él ahora, y deja que…

Una tos ronca y violenta se apoderó de lady Stratford. Se cubrió la boca con el fino pañuelo bordado que no había soltado en días, en el que aún relucían los lamparones de sangre seca. Tras recomponerse, separó con dificultad el broche de la cadena que llevaba al cuello. Del cordel de plata pendía una minúscula lágrima de un material humilde, cuya esquina apuntaba hacia arriba. La observó con seriedad unos segundos, hasta que se la tendió a Abigail con aire solemne.

—Esto es quien eres, mi amor. Y eres también lo que le falta. —Señaló la esquina de la piedra—. Esto es lo que me queda por decirte.

»Solamente tú decides a dónde perteneces. No hay nada escrito sobre ello, por mucho que hayan intentado inculcártelo. Ni tu marido es tu dueño, ni tu madre, ni tu padre, ni esta casa hace tu hogar. Cuando llegue ese momento en el que necesites echar raíces, has de dejar que sea tu corazón quien decida, no ninguna condición o rutina previa. El hogar no viene establecido —sonrió, trémula—. Tú lo creas.

»Elige o crea uno perfecto para ti, Abby.

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1

«La noble empresa de buscar marido se ha de confiar al personal adecuado. Tomar la iniciativa sin un estudio previo y exhaustivo de posibilidades solo conducirá a la dama al desastre».

Extracto del Manual de modales y otros requisitos para ser la dama perfecta.

Londres, 1880

—¿Qué tal Sebastian Talbot? —sugirió Jess, ladeando la cabeza en dirección a una pareja de invitados.

Ese debía ser el «qué tal inserte-nombre-de-aristócrata» número quinientos ochenta y seis...

...como mínimo.

Lady Jezabel Ashton, gran amiga, fiel consejera y comprometida intrigante de la aventura de encontrar un marido adecuado para ella, se había tomado tan en serio su papel que solo le faltaban los prismáticos y la vara de medir para considerar a los candidatos. Su complicidad hacia el plan había sido satisfactoria desde el principio, pero ahora que la señorita Viviana Conti —tercera intrigante del objetivo matrimonial— estaba pasando por las penalidades de una enfermedad —provocada por ella misma, todo fuera dicho—, se había visto en el deber de exagerar su reincidencia en la maquinación.

A decir verdad, Abby estaba echando de menos la presencia de la italiana. No únicamente porque sus escandalosas ocurrencias quedaran para la posteridad, sino porque con su buen ojo y determinación, Viviana habría elegido al candidato que ella necesitaba en una sola noche. Aunque ni Jess ni ella lo dijeran, cada vez se notaba más que no contaban con su valiosa perspicacia. Asistían a la cuarta velada en la que intentaban ponerse de acuerdo y, a juzgar por cómo se estaba desarrollando, Abby tenía claro que no sería la última.

—Mi padre nunca permitiría que me casara con un empresario —repitió por décima vez, con ese tono paciente que consideraba su mayor virtud. Si hubiera sido enemiga de la sutileza quizá la habría zarandeado por insistir en endosarle un ricachón sin abolengo—. Y es demasiado grande y feroz para mi gusto. Es decir... No es que me halle precisamente en situación de buscarle defectos a los posibles pretendientes, pero preferiría no casarme con un hombre que a simple vista me aterroriza.

Sí, definitivamente, ese hombre le daba miedo. Era más alto que el índice de pobreza del East End y tenía la clase de mirada capaz de darle a entender a su interlocutor que era un despreciable bufón. Los motivos de su popularidad llamaban tanto la atención de las descaradas como repelía a las modestas muchachas que dedicaban su vida a la complacencia, tal y como ella. Y por si fuera poco, la temible cicatriz que le cruzaba la mejilla le confería el aspecto de un pendenciero pirata, aire que desde luego no la incitaba a hacer buenas migas con él. En todo caso, hacer como el resto de los presentes: huir como si de la peste se tratase.

No, Sebastian Talbot no era para ella... 

...pero Jess se daba golpecitos en el labio, meditándolo.

—A mí me parece muy atractivo, pese al evidente defecto físico. Y parece sano: podría darte muchos hijos.

—No lo dudo. Pero también parece capaz de arrearles palizas para educarlos —añadió, imprimiéndole toda la dulzura posible—. Y desgraciadamente no estoy preparada para lidiar con un maltratador en potencia.

Jess la miró sin parpadear.

—No me termino de acostumbrar a tus exageraciones, Abigail Appleby. De veras que no lo consigo. Pero he cogido el punto —repuso enseguida, recuperando el buen ánimo—. Así que… Adiós, Talbot.

Tachó alegremente el nombre de la lista que reposaba en su regazo, captando la atención de algunos curiosos. 

Un baile no era el mejor sitio para ponerse a tramar perversas estrategias de conquista. Entre otras cosas porque ningún lugar o acontecimiento social era bueno para maquinar… Pero la Comitiva del Cortejo seguía sus propios métodos, y dado que daban resultado —Viviana era el claro ejemplo—, Abigail no estaba por la labor de menospreciarlos. Bastaba con ignorar las miradas interesadas y quizá censuradoras de los invitados, del mismo modo que lo hacía lady Jezabel, y continuar escrutando a lo lejos con la esperanza de hallar un milagro.

—Sin Talbot nos quedan tres nombres más —anunció—. Doyle, también empresario; Leverton, al que no tocarás porque es mío, y...

Entre las muchas y curiosas características personales que definían a Jess, a Abigail le maravillaba su determinación a salirse con la suya. A veces, sirviéndose de grandes argumentos; otras, de algo tan simple como «porque lo digo yo». Aunque admiraba su resolución a quedarse con lord Leverton a literalmente cualquier precio, le asustaba que también echara mano de esa virtud tan suya para casarla con quien ella dijera.

—En tu lista solo hay caballeros altos como un campanario y más ricos que Creso. ¿No has pensado que quizá... —tanteó, muy despacio—, podría interesarme otra clase de hombre? Me es indiferente si no es joven, no cuenta con una asignación anual desproporcionada o se le cae el pelo. Tengo veintisiete años y ni una libra que ofrecer; ¿no crees que debería bajar el listón?

Jess la miró como si acabara de sugerir que se metieran desnudas en una pira ardiendo.

—Por supuesto que no —decretó, refunfuñando.

—Vale, de acuerdo. —Alzó los brazos en señal de rendición—. Pero, Jess... En tu lista solo hay candidatos que representan tu ideal. Es decir —se apresuró a explicar, temiendo ofenderla. Mosquear a lady Jezabel era tan fácil como liberar a una ballena encallada usando las manos, pero eso no significaba que no existiera el riesgo, ni que quisiera correrlo—. Imagino que todo el mundo se siente atraído por la belleza. Es solo que a mí, tan grandes y fuertes... No lo sé. Siento que podrían hacer conmigo cuanto se les antojase, y no tengo carácter para imponerme o protegerme en caso de que se sirvieran de su impunidad para obligarme a obedecer. Entiendo que buscamos a lo más apropiado para mí, pero... ¿Podría elegir yo al conjunto?

Lady Jezabel la miró un rato en silencio, meditando.

—No te gustan mis candidatos —suspiró, decepcionada consigo misma—. Lo entiendo, no pasa nada. Y me parece lícito que tomes la iniciativa. Pero ni se te ocurra señalar a un vejestorio, Abigail. —La apuntó con el lápiz, con la misma violencia con la que un soldado empuñaría su bayoneta—. No pienso pasarme los próximos meses animando tu idea de conquistar a un decrépito baboso que podría ser tu padre.

Abigail sonrió más animada tras su claudicación y estudió la aglomeración de pantalones esparcidos por el salón y sus alrededores. Desde la posición poco privilegiada que eran los palcos para las más desafortunadas, podía apreciar a todos y cada uno de los invitados. Tras hacer un barrido panorámico, ubicó a uno al azar.

—¿Qué te parece lord Chiswick? ¿No crees que podría ser amable?

Jess se pasó una mano por la cara.

—Chiswick tiene cuarenta y cinco años y ha enviudado tres veces sin dejar un solo niño. ¿Sabes lo que eso significa, Abigail? Significa que o sus mujeres tenían problemas para concebir, o es él quien no funciona como cabe esperar. Y por estadística —es decir: tres contra uno—, me atrevería a decir que, si te casas con él, morirás sin descendencia. No lo digo yo —añadió, librándose de una réplica con solo alzar las manos—. Lo dicen las ciencias matemáticas.

—Captado —murmuró Abby, desilusionada. Volvió a mirar—. ¿Lord Paynter?

Lady Jezabel hizo una mueca.

—Es demasiado conservador. Tuve una desagradable charla política con él hace relativamente poco, en la que dejó caer entre líneas que no le importaría borrar del mapa a toda la población del East End. Según él, «son solo parásitos». A saber si no acabaría acusándote a ti de lo mismo.

—Espera… ¿Hablaste de política con un caballero?

No había de lo que sorprenderse cuando los periódicos del pueblo, los panfletos de supuestamente secretas reuniones sindicales y los libros de viejos pensadores que ocupaban su mesilla de noche enriquecían día tras día de su formación intelectual. Prácticamente era de saber público su obsesión con estar al tanto de todo lo que se cocía en cada esquina de Londres; de ahí que su doncella personal, Jane, le hubiera recomendado que no se dejara ver con ella. Ni con ella ni con Viviana, por supuesto… La señorita Conti —ahora Radcliff— era italiana —ya de por sí malo— sin modales —algo terrible— y que no tenía respeto por la tradición —sencillamente imperdonable— mientras que Jess, a pesar de su buena reputación y apariencia angelical —eso estaba bien—, insistía en comportarse como un hombre —eso ya no estaba tan bien—, atreviéndose a hablar de asuntos que una mujer debía incluso desconocer —lo que alcanzaba la categoría de rotundamente inadmisible—. Si se añadía a Valentina Conti al conjunto, una muchacha con serios problemas de pronunciación y terrible a la hora de contener su entusiasmo, Jane estaría pronto por considerarlas los jinetes del Apocalipsis.

—Ya hablaremos de mis temas de conversación cuando estés casada. —Hizo un gesto airado con la mano—. ¿Alguno más?

—Eh... ¿Lord Galloway?

Jess dejó caer la mano bruscamente sobre su muslo, arrugando la lista en su mano.

—¿Me estás diciendo que lord Galloway, un hombre que lo ha perdido todo en el juego, es mejor que mi Thomas Doyle o mi Sebastian Talbot? Te recuerdo que Doyle, a pesar de ser más frío que un invierno siberiano, posee una empresa editorial sin precedentes; Sebastian Talbot incluso lo adelanta en beneficio con sus barcos en serie. Ambos son tan ricos que no les importaría que no aportaras patrimonio al matrimonio, adjuntando incluso su comprensión, ya que tendrán por entendido que si algo te falta es porque es de su propiedad.

»Y respecto a tu afán de casarte con un aristócrata, te recuerdo también que la burguesía se está empoderando, la industria crece a un ritmo vertiginoso y, tarde o temprano, derrocará a este germen social que somos nosotros, por lo que un lord, a la larga, te saldría tan rentable como una patada en los riñones. Mientras ellos ganan dinero dirigiendo negocios que aportan al Estado, luchando por el desarrollo de la sociedad, nosotros nos dedicamos a bailar y a organizar cenas, derrochando el poco dinero que nos queda. Un dinero que nunca nos hemos ganado —apostilló—, sino que nos viene perteneciendo por una estúpida ley de mayorazgo que tiene sus orígenes en el Antiguo Régimen. Un sistema de gobierno que se remonta a hace más de un siglo, lo que dice bastante del atraso que llevamos encima y lo orgullosos que estamos de ello.

Abigail asintió con una ligera sonrisa de incredulidad, esperando de todo corazón que no le hiciera ninguna pregunta acerca de lo expuesto. Siendo honesta y quizá dura consigo misma, la verdad era que Jezabel haría sentir ridículo y estúpido a un ilustrado.

—No sabía nada sobre eso, Jess.

—Solo es el pensamiento del conde de Saint-Simon. Recientemente he estado leyendo extractos de un periódico que llevaba, L’Industrie, y concuerdo con él en que la sociedad moderna crecerá de la mano de los industriales. En cuanto acabe, echaré un vistazo al último libro de Karl Marx, un político prusiano que está triunfando últimamente entre el pueblo llano —contó, con los ojos rebosantes de energía. Pronto recordó que tenían otros asuntos en los que pensar, y añadió—: Ahora... ¿Podrías darme un pretendiente en condiciones, por favor?

—¿De nuevo dando lecciones socialistas? —inquirió la novedad de la noche—. ¿No habíamos tenido una conversación al respecto?

Abigail levantó la mirada y chocó de frente con los ojos más extraordinarios que jamás hubiera visto. O quizá solo exageraba, pues compartían la característica del aderezo áureo con los de Jess, con quien pasaba suficiente tiempo como para acostumbrarse a sus detalles. No obstante, esta era la mirada de un hombre: un hombre no tan absurdamente ancho como Talbot, Doyle, Leverton o cualquier otro de los pretendientes descartados. Tampoco arrasaba con su atractivo físico, lo que no le restaba, ni de lejos, la belleza que ridiculizaba toda virtud que un ser humano podría merecer.

Sobrecogida por la visión, agachó la barbilla y buscó las puntas de los escarpines.

Quiso mantener los ojos clavados en el suelo, pero la curiosidad acabó venciéndola como de costumbre y pronto se encontró fascinándose por la perfecta estructura ósea de su rostro. Las arañas le arrancaban destellos rojizos a su cabello dorado, cediéndole la aureola de un ángel guardián. Tenía los pómulos altos de un príncipe orgulloso, los labios finos y el mentón fuerte. El toque justo de masculinidad para que su corazón se saltara un latido.

Desconocía la clase de conversación que estaba manteniendo con Jess y, aunque intentó seguirla para averiguar si podría equiparar las virtudes de su intelecto a dicha apariencia exuberante, le fue imposible. Lo único de lo que era consciente era de sus mejillas arreboladas, el nudo que se había formado en su estómago al tenerlo tan cerca y de su aroma natural, una mezcla de almidón y frescura que hizo que tuviera que agarrarse a su falda para calmar los nervios.

—Oh, pero qué despistada soy. ¿Cómo se me ha podido olvidar presentaros? —exclamó entonces Jess, que la miraba por el rabillo del ojo—. Abby, querida… Este es mi hermano, el conde de Ashton y futuro marqués de Denton. —Recalcó su título lo suficiente para que Abby captase al vuelo el mensaje entre líneas. «Aquí tienes a tu aristócrata»—. Tristane, me complace presentarte a mi muy buena amiga lady Abigail, hija de lord Stratford.

El príncipe dorado tomó la mano que le fue ofrecida, aparentemente sin percatarse de la torpeza con la que la extendió, y rozó los nudillos con los labios. El gesto de inclinarse provocó que de manera inevitable, un mechón rubio cayera sobre su frente. Cuando alzó la barbilla para mirarla con una sonrisa sincera, Abigail sintió que el sonrojo le atravesaba la piel para mancharle los huesos.

—Es un verdadero placer conocerla, milady. Mi hermana menciona a sus amigas muy a menudo, y he de decir que ya me picaba la curiosidad por conocerlas en persona.

—¡Cierto! No sé cómo no se me pudo ocurrir presentaros —comentó la susodicha, que sonreía como el gato de Cheshire—. ¿Por qué no la sacas a bailar, Tristane? Abby es una enamorada del vals, y lo ejecuta maravillosamente.

—No lo dudo. —Sonrió, fugaz. Abigail no supo qué hacer para mitigar el furioso rubor que la asediaba. «¿No puedes calmarte un poco?», se regañó. «Acabarás espantándolo»—. Desgraciadamente venía a avisarte de que ha surgido un pequeño imprevisto y tengo que marcharme, pero puedes disponer del carruaje. Iré a pie. En cuanto a usted, lady Abigail, espero que tenga la gentileza de reservarme su primer baile en la próxima velada.

Abigail contuvo la respiración. 

Jamás le habían pedido un baile y, si las matronas que se esforzaron en vano para casarla tuvieron alguna vez la pésima idea de aconsejarle a un caballero que lo hiciera, tal y como Jess acababa de hacer, el pobre hombre se había visto en dificultades para inventar una excusa. Era lógico: una mujer no demasiado atractiva pero con una buena asignación que ofrecer al matrimonio, podría haber bailado una o dos veces durante una velada. Ahora bien... Si la aportación de la susodicha era nula, poco importaba su belleza, cosa de la que para colmo carecía. Si como aditivo se contaba su avanzada edad, tal y como estaba acabaría cogiendo polvo en el rincón del olvido.

—Por supuesto, milord. —Asintió con la cabeza, forzando las comisuras de sus labios para evocar una sonrisa... O una casi sonrisa, que era su especialidad—. Será un gran honor.

Lord Ashton se retiró con una leve genuflexión, desapareciendo con el andar tranquilo y confiado de un hombre seguro de sí mismo. La corazonada de estar soñando hizo que Abigail empequeñeciera, pero no se privó del placer de admirar su salida del salón. Tuvo que ser el carraspeo de Jezabel quien la sacara de la supuesta alucinación.

—Así que... —empezó, garabateando en el papel—. Ya tenemos elegido, ¿no?

—Oh, sí… —suspiró. No tardó en reaccionar abruptamente, mirando a su amiga con los ojos muy abiertos—. Espera, espera… ¿Cómo? ¡No, por supuesto que no! Jess... ¿Lo has visto?

—Todos los días, sí. —Rodó los ojos—. Estoy bastante cansada de verlo, de hecho. ¿Por qué?

—Porque es... Es... —balbuceó, intentando averiguar cuál sería el mejor adjetivo para resumir su sublimidad—. Es demasiado atractivo, demasiado amable, demasiado rico... Demasiado todo. Si intento un acercamiento tardará dos segundos en decirme amablemente que puedo volver por donde se me ha ocurrido aparecer.

—Mi hermano no es ningún estirado, Abby. No se cree por encima de nadie y si no desdeña su título en voz alta es porque lo han educado en condiciones, porque ganas no le faltan. Jamás te despreciaría por tu edad o por no tener dinero. Como tú bien has dicho, se puede limpiar los oídos con su fortuna: me arriesgaría a decir que la dote es lo último en lo que se interesaría a la hora de elegir a una mujer. Eso es lo que debes buscar —señaló, dándole un toquecito en el muslo—. Un hombre rico y no ambicioso al que no le importe tu escaso patrimonio; gallardo, para que vuestra descendencia no desentone, y de carácter afable. 

»¡Cristo resucitado! ¿Cómo no he podido incluirlo antes...? Qué despiste... Es perfecto para ti y te ha gustado, así que no pienso oír una sola palabra más. ¿Entendido?

Abigail se mordió el labio, sin tenerlas todas consigo. Un solo vistazo había bastado para hacerse a la idea de que Tristane Ashton era la clase de hombre que no estaba al alcance de nadie: un caballero de buena cuna, modales exquisitos, y encima elegante a rabiar. Debía tener algún gran defecto, algo imperdonable…

...O no. Después de la sonrisa que le había dedicado no se atrevía a ponerse en lo peor. Un hombre de semejante dulzura comprendida no podía tener una sola sombra.

Inspiró profundamente y se dijo que, a pesar de no merecerlo, intentarlo no sería tan terrible. Estaba segura de que el no sería rotundo pero, en realidad, si existía alguna posibilidad de cazarlo, esta vendría de la mano de la Comitiva del Cortejo. No en vano, lady Jezabel y la señorita Viviana Conti, habían conseguido tramar un plan ideal para conquistar al imposible duque de Saint-John.

Si él había picado, y demostró ser bastante obstinado... ¿Por qué no Ashton?

—De acuerdo. —Sonrió, atribulada—. I-iré a por Ashton.

—¡Así me gusta! Y ahora... ¿Qué vamos a hacer con Cromwell? —preguntó Jess, mirándola seriamente—. Porque a mi hermano no le hará ninguna gracia cortejar a una mujer que tiene específicamente a ese hombre pisándole los talones.

Como cada vez que nombraban a viva voz a su mayor pesadilla, Abby contuvo un escalofrío. Esa noche podía relajarse en el asiento y animarse a sonreír, puesto que lord Cromwell no se encontraba entre los invitados… Lo que significaba que no tendría que agarrar a Jess o a cualquier otra de sus amigas de la cinta del vestido para obligarlo, indirectamente, a mantener las distancias. Cromwell no temía quebrar las incontables normas sociales que le impedían encerrarse a solas con una muchacha en biblioteca ajena; lo había demostrado más veces de las que a Abigail le habría gustado protagonizar. Sin embargo, si algo —o en ese caso, alguien— podía empujarlo a comportarse debidamente, esas eran Jezabel y Viviana, que hacía tan solo unos meses le habían dado una inolvidable lección de principios.

—Aunque... —continuó Jess, mirándola de reojo—. Si Cromwell te interesara en el fondo...

—Claro que no me interesa —interrumpió Abby. Se sonrojó enseguida por su tono vehemente—. Ese hombre me aterra, Jess. Apenas puedo hacerme una idea de lo que quiere de mí y, francamente, tampoco deseo saberlo. Lo único que quiero es que pare… y no lo hará hasta que me vea casada.

Evidentemente, aquel era el motivo principal por el que Abigail decidió retomar la cuestión del matrimonio, puesto que de otro modo habría sido imposible que se planteara aceptar la ayuda de sus amistades.

En cuanto cumplió veintisiete años, asumió su lamentable situación y olvidó por completo que existía cierta institución que unía hombres y mujeres. No era una persona romántica; si alguna vez tuvo sueños, estos estuvieron enfocados en la descendencia. Siempre quiso tener hijos a los que entregarse, o convertirse en la consentidora tía Abigail. Por desgracia, la familia Appleby se reducía a su padre, quien no parecía interesado en casarse de nuevo, y un primo lejano que según oyó decir, se encontraba en las mismas que ella: viejo, casi repudiado y sin habilidades sociales o dinero para conseguirse una compañera. Ergo, las fantasías estuvieron prontamente descartadas en pro de un pensamiento más objetivo, que fue el de aceptar que se quedaría para vestir santos, ocupando de manera indefinida su habitación de niña… En una casa donde ni siquiera se la quería.

Así pues, en el fondo, Abby debía agradecerle en cierta parte a Cromwell que le hubiese devuelto el interés hacia las bodas. Viviana y Jess le aseguraron que la mejor y única manera de espantar a un seductor, era adoptando el papel de fiel esposa. La italiana alegó que, personalmente, le parecía deplorable la necesidad de protección de un hombre en esa materia, pero no estaba en posición de ignorar la realidad. Con la amenaza adecuada del caballero adecuado, Cromwell se daría en retirada, y Abigail no solo se libraría de la angustia que le producía estar en la misma habitación que él, sino que pasaría el resto de su vida acompañada de alguien que la toleraría.

—Lo sé, lo sé, quería asegurarme —intervino Jess—. ¿Qué vamos a hacer con él, entonces?

—No tengo ni idea —admitió Abby, con la boca pequeña—. Podríamos esperar a contárselo a Viviana para que nos ilumine.

—Sí, eso sería lo mejor. A nosotras no se nos da tan bien el juego extremo —suspiró Jess, con una sombra de preocupación en los ojos.

Abigail cabeceó, lamentando para sus adentros lo mismo que la joven no decía; Viviana tenía al duque, eso era cierto, pero lo que el proceso de conquista había desencadenado no se parecía en nada al final feliz que ambas esperaban. Algo que, visto por otro lado, debería animar a las muchachas a dejar de seguir su ejemplo y solicitar la ayuda de las expertas en el asunto: las matronas.

—Debería estar aquí. Con ella todo es más sencillo —dijo Abby, clavando la vista en el vaivén de faldas que se movían al son de ese vals que podría haber bailado con lord Ashton—. Es muy ocurrente, ¿verdad? Y cuando estamos a su lado, nosotras también lo somos. Aunque… —La duda no tardó en azotarla, haciendo que se girase hacia su amiga—. Jess, ¿no crees que podríamos estar equivocándonos al imitar sus procedimientos?

—La verdad, creo que no podremos equivocarnos mientras no se nos ocurra dejar pruebas —resolvió, encogiendo los hombros—. No te preocupes, Abby. En situaciones desesperadas, las medidas han de seguir el mismo patrón. Y al final, un buen resultado suele justificar el modo de llegar a él. ¿No decía el refrán que en el amor y la guerra todo es justo?

—Sí, eso decía —cabeceó, distraída.

—Entonces hagamos la guerra… Y hagámosla bien.

»Pero cuando dejen de rugirme las tripas, ¿vale? Ahora me muero de hambre y se me antoja uno de esos pastelillos de limón…

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2

«El chismorreo es impropio e indigno de una dama que quiera considerarse como tal, mucho más cuando se tratan los asuntos notoriamente inmorales de un caballero, en los que bajo ningún concepto se debe intervenir».

Extracto del Manual de modales y otros requisitos para ser la dama perfecta.

Jess había enviado una urgente misiva a la mansión de Stratford para avisarla de que esa noche empezaría la caza. Tras una persuasiva insistencia por su parte, Tristane había accedido a presentarse en el baile organizado por los Haviland. Y por lo que Abby sabía acerca de su compromiso con las promesas que hacía, imaginaba que se cobraría el vals mencionado.

Eso, además de buenas noticias, significaba nerviosismo en su máxima extensión. Bastó con leer la nota para revolucionar todo el vestidor, buscando algo que no desentonase demasiado. Un hombre se había ofrecido a bailar con ella, y no podía recordar la última vez que salió de casa con la certeza de que no sería ignorada por todos. Oh, deseaba estar deslumbrante…, porque histérica ya estaba de sobra. Quería poder soñar con que él alimentaría su vanidad haciendo algún comentario positivo al respecto, y no podría hacerlo sin el traje adecuado.

Desgraciadamente, abrir el armario bastó para que parte de ese regocijo interior y todas sus esperanzas se fueran al garete. Solo tenía vestidos pasados de moda, mil veces remendados y que le quedaban u holgados o demasiado estrechos para gozar de amplitud de movimiento. Si algo había allí que se pudiera aprovechar o que se ajustara a sus contornos, la prenda resultaba ser una chapuza de colores, tener el escote cerrado de una novicia, o cosido con telas que ya ni se comerciaban para noches tan prometedoras como aquella.

Todo era un absoluto despropósito. Su madre murió antes de que pudiera enseñarla a vestirse o a elegir lo más apropiado en el telar, y como su doncella personal la había considerado siempre una cabeza hueca que carecía de gusto alguno para vestir, se había nombrado a sí misma la encargada de acudir a la modista. Después se arruinaron... Y no le quedó más remedio que usar los trajes de su difunta madre, que si bien se arreglaba en su tiempo para rivalizar con una princesa, seguía sin ser el atavío apropiado para una joven de finales de siglo.

—El azul oscuro no le sienta bien —apuntó Jane. 

Abby la miró expectante, dejando a medias el trabajo de cerrarse los corchetes del vestido.

—¿Qué me pongo entonces, Jane?

—Le diría que probara con el anaranjado, pero aún no está presentable. No nos quedará más remedio que utilizar ese... —Jane frunció los labios—. Eso.

A pesar de esforzarse por considerar los motivos de sus allegados para comprender su trato, Abby no era estúpida y sabía perfectamente que Jane no solía interceder en el nombre de la solidaridad cuando se trataba de ella. Podía ser su doncella, y bien presente tenía que estaba en el deber de mostrar lealtad y respeto, pero empleaba su malicia conscientemente para hacerle daño siempre que encontraba oportunidad. Nunca estaba bonita, nunca destacaría; nunca sería atractiva o decente a ojos de un caballero, y por eso estaba soltera; nunca llamaría la atención de nadie, siendo sosa y aburrida; su padre no la soportaba y debía entenderlo porque era una carga para él. Esto último nunca lo había dicho con esas palabras, mas estaba implícito en su manera de mirarla, dando a entender a veces que ella pensaba exactamente lo mismo.

Como tenía razón, Abigail la había dejado hacer durante años. Pasó un tiempo tratando de convertirla en una figura materna, alguien a quien amar y de quien protegerse de la fría distancia que su padre puso entre ambos para, suponía, superar la muerte de la matriarca... Hasta que se dio cuenta de que era inútil. Sus esfuerzos por agradar no habían hecho otra cosa que darle alas a su altanería, y en consecuencia, ahora incluso se creía con el poder de decirle lo que hacer, decir y cómo comportarse.

Sí, Abigail la había dejado hacer durante años. Pero dado que iba a dar un paso hacia una vida nueva, en la que no sería la solterona de oro de su generación sino una mujer casada, acordó que no permitiría un solo desplante más.

—Creo que este está bien. —Medio sonrió, estirando el cuello. Habló con voz dulce, pero una nota de tajante aclaración cortó su suavidad sutilmente. Lo bastante para no ofender a Jane, aunque suficiente para que no se le ocurriese replicar—. Avisaré a lord Stratford de que salimos, ¿de acuerdo? Espérame en el carruaje.

—Sí, milady.

Abigail esbozó una sonrisa confiada, se echó el chal sobre los hombros y caminó decidida hasta el estudio de su padre. Una vez delante de la imponente puerta de doble hoja, su ánimo se vino un tanto abajo, pero se dijo que nada debería poder con ella esa noche. Si regresaba a casa con la buena vibración de haber agradado a Ashton, su padre estaría orgulloso. A fin de cuentas, y aunque no lo dijera, se moría por perderla de vista.

—¿Padre?

Se asomó con cuidado bajo el umbral, hablando en voz baja para no sorprenderlo. Stratford estaba acostumbrado a la soledad, y cualquier amago de conversación repentina podía hacerle saltar y acentuar su mal humor. Además, sufría de constantes jaquecas, lo que solo agravaba el problema.

Lo encontró sentado frente al gran escritorio, de donde no levantó la cabeza ni siquiera tras su interrupción. No esperaba tampoco que lo hiciera.

—Estaré fuera esta noche, en los salones de los Haviland —anunció—. Dicen que organizan un gran banquete y la orquesta jamás defrauda, por no hablar de que tienen un jardín precioso. Quizá podrías venir con nosotras; el señor Haviland especificó que le complacería verte. —Su sonrisa decayó un poco cuando observó que él ni siquiera la escuchaba. Se aclaró la garganta y tragó como pudo el nudo instalado en ella—. ¿Quieres que les diga algo de tu parte? —intentó de nuevo—. Un saludo cordial, o felicidades por el compromiso de su hijo...

Lord Stratford levantó su fría mirada gris del escritorio, y la clavó en ella con la misma piedad de un verdugo. Tenía una curiosa manera de observar a los demás, como si en realidad no los viera, cuando Abigail sospechaba que en realidad no quería verlos.

—Envía mi más sincera enhorabuena.

Después volvió a pegar la barbilla al pecho, entregado a unos asuntos sobre los que Abby no sabía nada, pero que no pudo sino odiar por arrebatarle el interés de su única familia.

De nuevo decepcionada, abandonó el despacho silenciosamente, preguntándose qué más tendría que pasar para que sus esperanzas por congeniar con él se extinguieran.

***

—Teniendo en cuenta que vas a seducir a mi hermano, creo que te convendría saber algunos aspectos negativos de su personalidad —comentaba lady Jezabel, quien llevaba una hora de reloj parloteando sin cesar—. Empezaría comentando cuánto le apestan los pies, pero como imagino que esa no es la clase de información que necesitas, he pensado en que tú me hicieras preguntas sobre lo que te preocupa. Tranquila: si hay algo que puedo asegurarte, es que los hombres y mujeres de la familia Ashton jamás han tenido problemas para concebir. Mi madre tuvo dos hijos porque se negaba a perder la figura, pero mi tía tiene seis y mi abuela se marchó después de traer al mundo a nada más y nada menos que once criaturas. Me atrevería a decir con esto que en el asunto de la descendencia estamos cubiertos.

—A no ser que yo sea estéril —temió Abby, lúgubre—. Mi madre solo tuvo una hija. Y ella misma era hija única.

Jess suspiró.

—Por favor, Abby, haz el esfuerzo de ser optimista. Viviana no está aquí para ayudarme a creer en ti, así que sé fuerte por las tres, ¿quieres?

La mención de Viviana fue sobrado motivo para forzar una sonrisa. No ya solamente para animarse a sí misma, sino en nombre de la tercera y ausente integrante. Después de la inminente noticia de que se casaría por llevar en el vientre al hijo del duque de Saint-John, sospechaba que todo estaba por torcerse, si es que aún podía ser posible.

—De acuerdo, eh... —carraspeó—. Por casualidad no sabrás si tu hermano es hombre de…

—¡Oh, Dios mío, aquí estáis! —exclamó una voz cercana. Abby se giró para encontrarse con una pálida Elaine Haviland, que se abanicaba con las manos exageradamente—. Por favor, tenéis que ayudarme... Alguna de las dos.

Elaine era un puñado de pensamientos utópicos y nervios a flor de piel, razón por la que hacía la diferencia entre sus otras dos hermanas, Celinia y Louisa, y el muchacho mayor, Richard, quien acababa de comprometerse con la máxima representante de la flor y nata de la sociedad. Los Haviland eran un ejemplo de distinción, todos de espléndida belleza e impecables modales. En los negocios se conocían por su honradez, y eran envidiados por sus iguales siendo titánicos anfitriones.

Elaine, en cambio —y tal vez por ser la menor—, correteaba de un lado para otro sin saber a dónde se dirigía. Hacía de todo una tragicomedia y un auténtico escándalo que, en realidad, solía resolver con el encanto que le venía de familia sin dejar ni rastro de sus huellas.

—¿Qué ocurre?

—Es vergonzoso —continuó balbuceando—, pero también una cuestión de vida o muerte. Necesito que alguna de las dos... eh... suba a la habitación de mi hermana Louisa y... —carraspeó—, encuentre un pañuelo azul.

—¿Un pañuelo azul?

—Sí, un pañuelo azul —insistió Elaine, mirando a su alrededor con creciente nerviosismo. Se acercó un poco más y prosiguió en tono confidencial—. Veréis... Yo... Digamos que no he conseguido... Ejem... Sabéis que el señor Talbot y yo…

—Oh, mi buen Dios —suspiró Jess—. ¿Has vuelto a las andadas con el señor Talbot?

—¡Qué le puedo hacer yo! —se defendió, haciendo un puchero—. Ha aparecido de repente, cuando me aseguré de que no le hicieran llegar ninguna invitación… Y se me ha insinuado, y no he podido resistirme. ¡Es superior a mis fuerzas! —se lamentó—. Sus guiños son peor que un gatillo. Me mata y hace lo que quiere conmigo después… Aunque me arrepiento. Me arrepiento de lo que he hecho —aseguró, mirando a Abigail cargada de vergüenza—. Hemos tenido un encuentro clandestino en la habitación de mi hermana. Solo nos hemos besado, pero él ha perdido su pañuelo...

—Si ha perdido su pañuelo no creo que la cosa se haya limitado a un beso —comentó Jess, aparentando seriedad—. En cuyo caso creo que no deberías volver a...

—¿Te crees que no lo sé? —espetó Elaine, mirándola con los ojos espantados—. Ese hombre es un liante. Le dije que no, que debíamos parar, pero insistió y... Oh, Dios, ahora su pañuelo está en la habitación de mi hermana. Y ya sabéis cómo es Louisa conmigo. Hará lo que sea para dejarme mal delante de mi madre, y lo peor es que si llega a encontrarlo, tendrá pruebas de sobra para que me encierren durante lo que me queda de vida.

—No creo que hiciera eso —intervino Abby, conciliadora. Teniendo la prudencia de cerciorarse de que nadie miraba, llevó las manos a la cintura del vestido de Elaine. Giró la falda con cuidado, que se había puesto del revés—. Solo se enfadará un poco, y después...

Elaine le lanzó una mirada horrorizada.

—Te puedo jurar por mis ancestros que me quedaré sin descendencia si Louisa encuentra ese pañuelo —sentenció, retorciéndose las manos—. Por eso tenéis que ayudarme. Haré lo que sea a cambio, lo juro. ¿No podríais subir en un despiste y encontrarlo? Lo haría yo misma, pero he aprovechado que mi madre se había ausentado para escapar con Talbot al dormitorio... Y ahora ha vuelto. Sabe de mis correrías con ese diablo, y también sabe lo que hará conmigo si llega a sus oídos otro cuento similar —masculló por lo bajo—. Procura tenerme tan vigilada que se ha ocupado de llenar mi carnet de baile para que esté bailando durante el resto de mi vida. Ya no podré escabullirme sin que se dé cuenta. Me está observando ahora mismo, de hecho.

—Elaine... —suspiró Jess, frotándose la cara—. No es que no tenga espíritu aventurero, pero creo que no será necesario. Si Louisa encuentra el pañuelo en su habitación, ¿no la acusará tu madre a ella?

—El pañuelo tiene bordadas sus iniciales, y toda mi familia sabe que Talbot es mi punto débil. ¡Incluso le amenazaron para que me dejara en paz! No les costaría atar cabos —musitó, al borde del llanto—. Y Louisa es la favorita indiscutible, además de que ha estado a la vista durante toda la velada.

—Por el amor de...

—No te preocupes. Yo iré a por el pañuelo.

Elaine miró a Abigail como si las puertas del Paraíso se hubieran abierto ante ella.

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