Nada serio (Quinteto de la muerte 5)

Sandra Heys

Fragmento

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Capítulo uno

La novia estaba radiante, bellísima. «Es bella», pensó Octavio, viendo cómo se movía feliz por la pista en brazos de su ahora esposo, y uno de sus dos mejores amigos.

A Eduardo lo conocía desde que eran niños. A Isabel, casi cinco meses atrás, un día a comienzos de septiembre, cuando ella llegó al bar donde él estaba con el grupo de amigos que aún conservaba de los tiempos de la escuela.

Era una mujer asombrosa, eso lo había reconocido desde el primer segundo. Se necesitaba mucho coraje para hacer lo que hizo. Y estar muy enamorada. Es decir, llegar a un bar vistiendo de esa manera tan extremadamente sexy y poner en su lugar a un grupo de buenos para nada como eran sus amigos, llamándolos pelmazos, requería mucho valor. Por eso, estaba muy feliz por Eduardo.

De manera objetiva, debía aceptar que era la más bella de todo el grupo con el que había llegado, pero no pudo dejar de contemplar maravillado el cabello como el fuego y las formas redondeadas de Pamela.

En ese instante, la observaba bailar con Jorge, otro de los asistentes a la memorable noche en que habían chocado sus mundos. Por lo que veía, Jorge seguía siendo Jorge, porque ni la distancia podía borrar el gesto de incomodidad de Pamela. Al parecer, había llegado el momento señalado por Isabel de ir al rescate de la colorina. Por un momento, recordó la conversación que había tenido con ella unos días atrás, con una serie de instrucciones que él había seguido al pie de la letra.

«Primero —le había dicho—, revolotea, pero sin tomarla en cuenta a ella. Van a estar en distintas mesas, pero al lado. Te voy a dejar de espaldas a ella, así, ocasionalmente, le puedes dar un codazo y disculparte. Ofrecerle ayuda al pararse o sentarse, cosas de cortesía general, no particular. Ya sabes, el perfecto caballerito que tu mamá educó», concluyó, Octavio estaba seguro, advertida por Eduardo de la manera en que su amada madre hablaba.

Entre muchas otras cosas, Isabel le aconsejó no invitarla a bailar enseguida ni tampoco muchas veces. Y, sobre todo, nada de atosigarla. Por ejemplo, si iba a la barra, ofrecerle una bebida a todos en la mesa y, finalmente, a ella. Y cuando Jorge se comportara como todos sabían que haría, sería su oportunidad de rescatarla.

Cuando le habló de decirle a Juan que estropeara el único vehículo en el que irían Catalina, la mamá de Pamela y Jacqueline, su tía, él supo que sería el favor más grande que recibiría jamás de parte de Isabel. Lo harían de tal manera que requeriría el uso de la grúa, para dejarlas a ellas sin medio de transporte.

«Tienes que estar muy atento —lo había instruido—, así, cuando ellas se empiecen a despedir, tú también sales y les ofreces, primero, ir a buscar a alguno de los mecánicos... Obviamente, será Juan y, después, las llevas a su casa. Cuento con que mi tía Cata acepte de inmediato, ya está mayor y cansada. Tal vez, en casa, te ofrezcan café. De hecho, sería bueno que bostezaras un par de veces».

Entonces, había tomado forma en Isabel el cambio más drástico que Octavio había visto. Ya no era la simpática vecinita de la que su amigo se había enamorado perdidamente. Era la fiera mujer que había salido a defenderlo de sus propios amigos.

«Que te quede claro —había exigido golpeando su pecho repetidamente con un dedo—, solo estoy haciendo por ti lo que mi hermana hizo por mí al dejarme a Dimi, que es crearte la oportunidad. Cómo la aproveches es cosa tuya y, a partir de ese momento, mi intervención a tu favor va a ser nula. Es más, hazla sufrir y yo voy a hacer que me las pagues».

Octavio no tenía ninguna duda de que el costo a pagar sería elevadísimo. Si no se había enterado en ese momento, en la oficina de Isabel, por cierto que lo hizo cuando se acostó por la noche. Se había desnudado y fue al baño a lavarse los dientes. Entonces vio tres o cuatro pequeños pero marcados hematomas producidos por los golpes de Isabel en su pecho.

Pero la cuestión era que Octavio no quería hacerla sufrir, muy por el contrario. Le gustaba Pamela, le gustaba mucho. Incluso había ido un par de veces al taller de mecánica automotriz, que era propiedad de la familia de Isabel y donde trabajaba Pamela, bajo cualquier pretexto.

La tercera vez que fue, Isabel lo había enfrentado, sospechaba que alertada por Eduardo. Fue el día en que ofreció ayuda, ya que había hecho todas las averiguaciones pertinentes y había concluido que valía la pena. Sus palabras exactas fueron: «Estás bien para ser un rubiecito translúcido».

Así que, siguiendo el plan cuidadosamente trazado, se puso de pie rápidamente y caminó hasta donde la colorina estaba bailando con Jorge. Aunque decir que bailaba era mucho, se había quedado quieta y tenía los puños apretados.

Algo que había aprendido era que todas las amigas de Isabel eran mujeres de armas tomar y, si no se equivocaba, Jorge pronto recibiría más que un trago en la cabeza, como esa noche, varios meses atrás.

—Permiso —dijo al llegar junto a la pareja—. Espero que no les moleste que interrumpa, pero me parece que Jorge tiene que ir a tomar aire puro.

—No necesito... —empezó a decir el hombre, pero Octavio detectó inmediatamente los dos o tres tragos de más que había bebido.

—Yo creo que sí, Jorge. Ten presente lo que acordamos —murmuró calmo, poniendo una mano sobre el hombro de su amigo.

—Lo siento, Tavo, tienes razón. —Jorge soltó a Pamela, que suspiró aliviada—. Voy a salir un rato y a tomar un café.

Lo vieron caminar en dirección a la puerta, con un ligero bamboleo que dejaba claro el estado del hombre.

—Lo siento, Pamela. —Octavio le ofreció la mano para seguir bailando—. Desde que se separó, Jorge ha tenido muchos problemas.

—Lo siento por él —le respondió la joven, tomándola—, pero no tiene por qué hacerme cargar a mí con sus problemas.

—Lo sé. Por eso es que estaba pendiente de él.

—Ah. —¿Era su impresión o Pamela sonaba un poco decepcionada?—. Bueno, en fin, igual me alegro de que llegaras, no quiero arruinarle la fiesta a Isa, pero estaba dispuesta a darle un buen golpe.

—Todos lo habríamos entendido. Tal vez, hasta lo necesite. Es más, seguro que al menos Héctor me ayuda a agarrarlo para que tú puedas... ya sabes. —Octavio levantó un puño y dio un golpe en el aire—. Pero es mejor evitarlo y no arruinar la fiesta, como dices.

En ese momento, terminó la canción que bailaban y la cambiaron por música tropical, de la que Octavio no era muy fanático, pero por tener a Pamela junto a él, haría cualquier cosa.

Por dos canciones más, hizo lo poco que sabía para defenderse, pero estaba en obvia desventaja. Pamela se movía con tal gracia que hubiera preferido sentarse a observarla que seguir bailando con ella. Lo salvaron las palabras de la novia, que le había recomendado no bailar más de dos o tres canciones con Pamela.

—Tengo una sed terrible, Pamela —le dijo acercándose a ella—. ¿Vamos a buscar algo para beber?

—Bueno. —Lo miró brevemente, luego se giró y se dirigió a la barra.

—¿Por qué no vas a la mesa y yo voy a buscar lo que desees? —le ofreció el hombre tomándola por la cintura para empujarla en la dirección que le indicaba.

Pamela lo miró con cara de pocos amigos, Octavio pensó en seguida que había cometido un error.

—O vienes conmigo, como quieras —continuó rápidamente, encogiendo los hombros—. Yo lo decía para evitarte el amontonamiento. Mi tío Pablo va a tener que agrandar el local de aquí a que se case Claudio, el mayor de los nietos, si quiere seguir celebrando acá los matrimonios.

—Cuando Isa decía que la familia de Eduardo era grande, yo pensaba que se limitaba a tener cuatro hermanas —comentó Pamela confidente.

—No, para nada —le explicó Octavio—. Además, hay que considerar que faltan varios tíos y más de la mitad de los primos.

—Oh, por Dios. —Pamela rio entornando los ojos.

—Yo estoy acostumbrado, aunque no tengo más que un hermano.

—Me lo dices a mí, que soy hija única.

Mientras conversaban, siguieron caminando hasta llegar a la barra, donde Octavio pidió cuatro jugos, ya que Pamela quería llevarles algo a su mamá y a su tía.

—¿No vas a tomar nada? —le preguntó la joven.

—Es que tengo que manejar y ya bebí vino con la cena, con eso completé mi cuota.

—Un hombre responsable. —Pamela aplaudió dos o tres veces—. Eres una especie en extinción.

—Gracias —replicó él con una leve inclinación—, aunque no creo que sea gran cosa.

—Lo es, créeme. —Recibió dos vasos y comenzó a caminar hacia su mesa—. Acuérdate de que trabajo en un taller automotriz y veo todos los días un montón de tipos que se toman un par de copas de más y chocan, algunos con resultados muy catastróficos.

Cuando llegaron donde su madre y su tía estaban sentadas, la muchacha les entregó los vasos y recibió el que traía Octavio, que le sonrió, pero no se sentó a su lado, sino que ocupó la silla donde había dejado su chaqueta y que estaba a casi un metro de la silla de Pamela.

—¿Por qué te sentaste tan lejos? —le preguntó la joven.

Octavio no le respondió, sino que volvió a ponerse de pie y se sentó en una silla más cercana.

—¿Aquí sí? —interrogó Octavio con una ceja arqueada.

—Claro. —Pamela giró la cabeza con indiferencia, pero Octavio pensó que estaba fingiendo. Hubo algo curioso en sus ojos, un brillo delator que decía que se había acordado a último momento que debía o quería mantenerse alejada de él. Octavio se sintió muy esperanzado, ya que no era la primera vez, desde que se conocían, que Pamela actuaba de la misma manera. Lo incentivaba, como hubiese dicho su madre, solo para alejarlo en el último minuto.

—Hola, Tavo. —La alegre y profunda voz de una bellísima joven morena interrumpió los pensamientos de Octavio.

—Hola, Claudia. —El hombre se puso de pie para saludar a la recién llegada con un beso en las mejillas—. ¿Cómo estás?

—Bien, Tavo. ¿Y tú?

—Muy bien. Claudia, déjame presentarte a Pamela, una amiga de Isabel. —Señaló a la joven—. Su madre, la señora Catalina, y su tía, Jacqueline. Ella es Claudia, una prima de Eduardo.

—Hola —saludó Claudia a Pamela y a las otras mujeres, sonriendo amistosa—. Un gusto. ¿Cómo lo están pasando?

—Hola —respondió una fría Pamela.

—Hola —la saludaron las mujeres mayores con la mayor cortesía.

—Muy bien, gracias. ¿Y usted? —agregó Jacqueline.

—Excelente. Mi tío Pablo sí que sabe cómo dar una fiesta. —La recién llegada se sentó junto a Octavio y señaló el vaso de jugo que estaba en la mesa como preguntando si era de él. Ante su respuesta positiva, lo cogió y bebió un trago.

—Estoy cansada, he tenido una semanita de aquellas. —Apoyó su cabeza en el hombro de Octavio, que la miró extrañado. Aunque mantenían una relación muy cercana, nunca había sido de esa naturaleza, pero luego ella acercó su boca al oído de Octavio y habló muy despacio—. Me mandó Eduardo.

—¿Mucho trabajo? —preguntó, ignorando el último cometario y rodeando sus hombros con un brazo.

—Bastante.

Siguieron conversando un rato, Octavio intentaba incorporar a Pamela y a las otras mujeres en su conversación, pero Claudia se mostraba muy posesiva. Rio internamente por lo curioso de la situación. Nunca había estado tratando de conquistar a una mujer y recibiendo tan obvias insinuaciones de otra.

Cuando la música volvió a cambiar, en esa ocasión, a rock latino, Claudia se puso de pie rápidamente y tiró de la mano de Octavio.

—Vamos, me encanta esa canción.

Octavio la siguió, se volvió brevemente hacia Pamela y le sonrió.

—¿Se puede saber qué te traes? —le preguntó a Claudia cuando la alcanzó en la pista.

—Eduardo me dijo que Isabel le había contado que la dama en cuestión era bastante huidiza —le explicó acercándose a él—, por lo que me reclutó para ayudarte.

—Por Dios, ¿Es que todo el mundo lo sabe? —Octavio tomó la mano de la muchacha y la forzó a dar un giro—. ¿Y nadie tiene confianza en mi capacidad de...?

—No todos, pero los novios lo tienen muy claro. Y no es que no tengan confianza en ti, pero según Isabel, a Pamela hay que darle un par de garrotazos antes que reconozca que le interesa alguien para algo más que divertirse un rato y, naturalmente, tú no quieres solo divertirte, así que...

—¿Tienes algo concreto que decir o te vas a enredar con tanta palabrería, mocosa?

—Objeción, su señoría. Bueno, aparte de a mí, reclutaron a Héctor y Juan, el que trabaja con Isabel, pero no a sus esposas, porque Johanna no sabe guardar un secreto y Adriana, creo que es el nombre de la esposa de Juan, los manda a todos a dormir a la casa del perro de enterarse.

—Adriana tiene un par de cosas que enseñarle a tu prima Sara, es terrible. La primera vez que fui al taller, me miró de pies a cabeza y me preguntó que qué diablos pensaba que estaba haciendo de pie en medio de la recepción. —Octavio, medio exasperado, medio burlón, entornó los ojos antes de exhalar—. «Busco a Isabel», le respondí, y ella me preguntó si la estupidez era contagiosa o solo había tomado las mismas pastillas para atontarme que Eduardo.

—No entiendo.

—Isabel está el noventa por ciento del tiempo en el taller...

—Por supuesto.

—Dice Eduardo que Juan siempre aconseja quedarse callado con Adriana. Y ahora que está a punto de tener el bebé es peor aún.

—¡Santo Cielo! Al menos, a Sara solo le gusta mangonearnos de acá para allá. En fin, creo que nuestra empresa va por buen camino.

—¿Por qué dices eso?

—Porque tu Pamela no nos saca los ojos de encima y me mira como si quisiera matarme, así que ahora la segunda parte.

—¿Y cuál es la segunda parte?

—Volvemos a la mesa y yo te convierto en un ser divino, todo un buen chico y tan lindo que no entiendo por qué ninguna mujer ha sido aún lo suficientemente inteligente como para atraparte, y dejo claro que para mí eres como una especie de hermano. —Octavio se rio—. Ya sé que es exagerar y mucho, pero todo vale en el amor y en la guerra.

—¿Es que no soy un buen chico y tan lindo que una mujer tiene que ser como la contraparte femenina de Forrest Gump para dejarme huir de su lado? —Claudia solo lo miró con sus oscuros ojos brillando y un gesto travieso en sus labios—. Bien, vamos a lo nuestro entonces. Tal vez, después consiga bailar con ella.

Fueron a sentarse de nuevo, Octavio preguntó si alguien deseaba algo de beber y solo Claudia le pidió un vaso de jugo.

—Vuelvo inmediatamente.

Cuando llegó a la mesa, Claudia contaba historias de ellos cuando eran niños. Eduardo y su amigo eran cuatro años mayores que ella, por lo que, en gran parte de sus cuentos, los perseguía y ellos la ignoraban, exceptuando el bueno de Octavio, que, siempre tan compasivo, jugaba un rato con sus muñecas.

—¿Te acuerdas del día en que mi tía Magda nos llevó al supermercado y yo me perdí? —le preguntó al joven que llevaba varios minutos sentado en silencio, escuchándola.

—Cómo no acordarme si, además de los gritos de la tía Magda y el tío Pablo, tuve que aguantar dos semanas de castigo en casa. —Octavio tironeó el pelo de Claudia, reprendiéndola—. Eso, después del susto más grande que había pasado en mis diez años de vida.

—Pobre Tavo —le dijo la muchacha compasiva.

—Y que lo digas, todo por ser el único que tenía paciencia para aguantarte. Ni tu primo se hacía responsable de ti. Era un pequeño diablillo —le explicó Octavio a las otras mujeres.

—Oh, sigo siéndolo, pregúntale a cualquier abogado de la fiscalía oriente. Los tengo locos a todos, y no de la buena manera. —Claudia tomó la mano que Octavio tenía sobre la mesa—. Eduardo también lo pasó fatal. Su castigo, además de no poder salir a jugar contigo, incluía la eliminación total de los dulces y postres. Y sermones a destajo por parte de tío Pablo, tía Magda y Sara. Claro que, a partir de ese día, Eduardo desarrolló su ya famosa paciencia y sentido de responsabilidad. Y aprender a cocinar para que nunca más le negaran algo que quisiera comer.

—Exacto, no puede haber un niño desatendido en su presencia. A veces, pienso que Eduardo tiene un radar que detecta un estómago vacío o alguna necesidad inminente —aportó Octavio.

—Entonces, a la larga, le hiciste un favor a Eduardo, ¿no? —dijo Jacqueline, sonriéndole a Claudia.

—¿Por qué dices eso, tía? —le preguntó, arisca, Pamela.

—Es obvio. Piensa. Un día, la prima se pierde —explicó la mujer—, a Eduardo lo retan y lo castigan. Por eso, aprende de todo lo necesario para cuidar a un niño. Muchos años después, Baran tiene un accidente, Franny tiene que salir corriendo a Estados Unidos e Isa se hace cargo de Dimi. Creo que Octavio tiene razón con lo del radar, detectó un pequeño en problemas a través de las paredes y en pleno apagón. Si Eduardo no hubiese sabido lo que sabe, ni se habría asomado a la puerta y no habría conocido a Isabelita. Y nosotros no estaríamos acá, teniendo esta conversación.

—Tiene toda la razón, señora —le contestó Claudia, feliz—. Y qué buen argumento, debería de ser abogada. Si no le molesta, voy a usurparlo para incordiar a mi querido primo, ya que hasta el día de hoy me molesta por mi extravío.

—Pero tienes que reconocer que hay razones para molestarte —dijo Octavio tomándole el pelo—, después de todo, te soltaste de mi mano porque nosotros estábamos viendo las pelotas de básquetbol y tú querías ir a ver las muñecas. Y todavía no entiendo qué tienen las muñecas de fascinantes.

—¡Hombres! —Claudia levantó las manos—. Bien, si me disculpan, veo que mi primo tocayo me está haciendo señas, seguramente, para bailar, así que ahí voy. —Se puso de pie, se despidió de las mujeres y le revolvió el pelo a Octavio.

Octavio trató de ordenárselo, pero no obtuvo un buen resultado. Pamela sonrió al ver cómo se desordenaba aún más su rubia cabellera.

—Ven acá. —Estiró sus manos y le arregló lo peinó—. Ya, ahora sí.

—Gracias —contestó Octavio, haciendo un gran esfuerzo por mantener su voz normal. Era la primera vez, desde que conocía a Pamela, que ella lo tocaba por iniciativa propia. No sabía qué más decir o hacer. Por suerte, no tuvo que esforzarse demasiado, ya que los novios se habían acercado al micrófono y estaban pidiendo la atención de la concurrencia.

—Hola —saludó Isabel—. ¿Cómo lo están pasando?

Los presentes manifestaron su satisfacción con gritos, aplausos y golpes en las mesas.

—Excelente —continuó la novia—. Bueno, con Eduardo queremos darles las gracias por estar con nosotros en este día tan especial.

—Mi esposa y yo. —Eduardo le quitó el micrófono a Isabel, pero se interrumpió de inmediato. Con una enorme sonrisa, continuó hablando—: ¡Qué lindo suena eso!

Nuevamente los asistentes aplaudieron a rabiar y se escucharon algunos gritos, entre ellos, a Sara que exclamaba «¡Por fin!».

—Sigue, Eduardo. —Octavio trataba de hacerse escuchar sobre los gritos.

—Era todo lo que quería decir —explicó el novio—. Mi esposa y yo.

—Pero yo tengo algo más que decir —agregó Isabel—. Algunos me han preguntado cómo me las arreglé para organizar la boda tan rápido. Entonces, voy a mezclar los agradecimientos con las explicaciones.

Eduardo se sentó sabiendo que vendría un discurso largo.

—Lo primero que uno tiene que tener es un primo que sea oficial del Registro Civil, entonces puede ir a casarte cuando quieras y donde quieras. —Había levantado un dedo al comenzar a hablar—. Así pues, un aplauso para el primo Gerardo. Lo segundo —levantó otro dedo después de que cesaran los aplausos— es tener un tío cura que mueve otros compromisos para presidir tu matrimonio. Gracias, tío Jorge.

—De nada, hija —dijo el hombre, poniéndose de pie para recibir su aplauso.

—Lo tercero —siguió contando con sus dedos— es tener una prima que te ha hecho ropa toda la vida y conoce tus medidas y gustos como los propios y es la mejor diseñadora del mundo, dicho sea de paso. La llamas y le dices: «Lorena, necesito un vestido de novia para tal día», y después vas a probártelo y es perfecto. Gracias, Lore. —Más aplausos cuando una muchacha muy parecida a Isabel hizo un par de reverencias traviesas—. También es muy importante tener una amiga y una cuñada que separadas son mandonas, pero juntas son dinamitas. Literalmente. Estoy segura de que a pura fuerza de voluntad serían capaces de mover una montaña. Ellas se encargaron de todos los detalles, incluyendo llevarme a la rastra a probarme el vestido. Gracias, Adriana y Sara. —Dos mujeres, una alta y morena y la otra baja, igualmente morena y muy embarazada, saludaron a la concurrencia.

—¡Del sobrino me encargo yo, así que, Sara, que no se te metan ideas en la cabeza! —exclamó Eduardo, lo que arrancó una risotada, particularmente, de los hombres.

—Cuarto —continuó Isabel después de darle un pequeño golpe en el hombro a Eduardo—, le agradezco infinitamente a mi querido cuñado por acompañarme al altar y tomar el lugar de mi padre en este día tan especial.

—Solo te devolvía el favor, dorogaya Isabel —dijo un hombre alto, rubio y muy guapo que estaba sentado en la mesa principal junto a una mujer pequeñita, bella y etérea, también embarazada. La hermana de la novia—. Y cumplía con la promesa que le hice a mi suegro. Me falta solo una y termino.

—Con esa te ayudo yo. —Isabel le guiñó un ojo, lo que dejó a casi todos los presentes desconcertados. Octavio el que más al notar lo sonrojada que estaba Pamela y el gesto pícaro de Jacqueline, quienes obviamente entendían de qué hablaban.

—Bueno, Baran, yo también tengo que agradecer que te cayeras y a Fran por dejar a Dimi con Isa —agregó Eduardo.

—Pero no te acostumbres —replicó el aludido con el ceño fruncido.

—Y lo quinto y último —continuó la novia— es que tu suegro sea el propietario de este magnífico local y que esté dispuesto a cerrarlo el día que tú le digas para celebrar tu fiesta.

Una versión envejecida del novio se puso de pie e hizo una pequeña reverencia mientras los amigos del novio gritaban «¡Pablo! ¡Pablo!».

—Es un placer, querida. —El hombre levantó las manos para callar a sus invitados—. Y espero celebrar un bautizo dentro de poco.

—Ay, suegro...

—Tus deseos son órdenes para mí —dijo Eduardo, interrumpiendo a la mujer—. Al menos, lo voy a intentar. Todos los días.

Una nueva ola de vítores y gritos recorrió el lugar. Sobresalía el grito de Pablo, que decía su frase favorita: «Hijo de Tigre».

—¡Y antes que me olvide! —Isabel casi gritaba, intentando obtener calma entre la audiencia—. Antes que me olvide, también quiero agradecer al personal de mi suegro por el maravilloso trabajo que han hecho esta noche. Y a todo mi personal por aguantarme estos meses, les juro que ahora van a mejorar las cosas.

—O a empeorar si consigo mis objetivos —gritó, nuevamente, Pablo.

—¡Pablo! —se escuchó la voz disgustada de Magdalena, la madre de Eduardo.

—No se preocupe, suegra —Isabel le guiñó un ojo a la mujer—, mejor compremos su silencio con un baile. Acompáñeme, suegro querido. Música, por favor.

Isabel se reunió en medio de la pista con Pablo y comenzaron a bailar, mientras Eduardo caminaba a donde estaba sentada la madre de Isabel. La mujer había tenido un derrame cerebral hacía poco, pero con la ayuda de un excelente grupo médico, había recuperado gran parte de su movilidad, por lo que acompañó algunos minutos a su nuevo hijo en la pista.

—Isabel parece llevarse muy bien con su suegro —escuchó Octavio que decía Jacqueline, por lo que se volvió hacia las mujeres que lo acompañaban.

—Lo adora —agregó Pamela—, creo que se debe fundamentalmente a que llega al taller a cualquier hora del día con algún nuevo plato para ella.

—Yo creo que es porque le recuerda a su papá —acotó Octavio.

—El caballero no se parece en nada a don Cristian —murmuró Catalina, algo molesta le pareció a Octavio—, excepto en que ambos son altos.

—La misma Isabel me lo dijo —agregó Octavio tratando de no sonar como que contradecía a la mujer—. No sé si se parecerán, ya que no conocí al padre de Isabel.

—Nosotras sí, por eso se lo digo, joven —insistió Catalina—. De hecho, Isabelita se parece mucho a él. Altos, delgados, la tez clara y el cabello castaño claro, medio rojizo.

—Hermana, Isabelita se parece más a la señora Anunciación —replicó Jacqueline—, aunque es innegable el aire Irribarren que ti...

—¿Será porque la señora Anunciación es la mamá de don Cristian? —Catalina le habló a su hermana como si aún fuera una niña.

—Sí, pero don Cristian era rubio, como don Tomás —porfió, una vez más, Jacqueline.

—Como sea —las interrumpió Pamela—, la cosa es que físicamente no se parecen en nada, excepto en la estatura. Mi tío Cristian era... —La colorina sonrió con ternura—. Era el hombre más bueno y despistado del mundo, con un sentido de la oportunidad único y terriblemente generoso. Siempre estaba alegre. Nunca se enojaba y, si lo hacía, procuraba no demostrarlo. Isabel se parece a él en eso. Sé que don Pablo es así en algunos sentidos, pero tiene algo muy especial y es que, cuando le hablas, parece que no hubiera nadie más importante para él en el mundo. Y debe ser difícil de conseguir, considerando que es obvio que adora a su mujer, que tiene cinco hijos, doce nietos y la familia más grande que he visto en mi vida.

¿Sabes, Pamela?, tienes toda la razón —confirmó Octavio—. Mi tío Pablo se desvive por atender a todo el mundo. Eso lo heredó Eduardo de él. Yo siempre me sentí muy bien acogido en su casa. Más ahora, desde que fallecieron mis padres, me han incorporado como uno más del clan.

—¿Sus padres murieron, joven? —preguntó Catalina.

—Sí, hace unos años ya.

—¿De qué? —interrogó, nuevamente, la mujer.

—¡Mamá! —exclamó Pamela, horrorizada.

—No hay problema, Pamela, no me molesta hablar de ellos —dijo el joven tomando la mano de Pamela—. Mi papá sufría Alzheimer, se deterioró muy rápido, pero antes que muriera, mi mamá enfermó de cáncer. No hubo mucho que hacer, murió en poquísimo tiempo. Y él la siguió a los diez meses. A pesar que ya casi ni la reconocía, no aguantó mucho sin ella.

—¿No tiene más familia entonces? —Al parecer, Catalina no quería dejar a su presa.

—Mamá...

—¿Qué? ¿Está prohibido hacer preguntas acaso?

—Un hermano, pero él no vive acá. Y no nos llevamos muy bien, de cualquier manera —contestó Octavio impidiendo que madre e hija siguieran discutiendo. Sus ojos verdes se iluminaron con ternura cuando miró la pista, donde Magdalena había llevado a varios de sus nietos pequeños a bailar para evitar que se quedaran dormidos—. Por eso, mi tía Magda me invita siempre a almorzar. O yo mismo voy con alguna cosa comprada en el supermercado a tomar onces con ella. Como mi tío Pablo siempre llega tarde...

—Eso es bueno —aportó Jacqueline en un tono más alegre—. ¡Oh! ¡Me gusta mucho esta canción! —agregó después de una pausa.

—¿Quiere bailar? —le preguntó Octavio, tendiéndole la mano.

—Debería bailar con una muchacha jovencita como usted. No con un vejestorio como yo.

—¿Vejestorio? —le dijo Octavio poniéndose de pie—. ¿No es usted la hermana menor de Pamela?

—La hermana menor de Catalina —replicó la mujer antes de ponerse de pie y tomar su mano.

—Casi lo mismo, ¿no? —Riendo, la guió a la pista de baile.

Bailaron un buen rato, hasta que volvieron a apagar la música y encender las luces. Había llegado el momento de cortar la torta.

—Me salvé —suspiró Jacqueline al sentarse—, un minuto más y habría tenido que reconocer que ya no estoy para estas actividades.

—Tonteras. —Octavio desestimó sus quejas con un movimiento de las manos—. Si parece lola de quince.

—Lolasauria de quince siglos, dirá. —Jacqueline se daba aire con una servilleta—. Y muy sedienta. Voy a buscar un jugo.

—Yo voy. —Octavio se puso rápidamente de pie—. ¿Alguien quiere algo?

—Yo me tomaría un té, joven. ¿Sabe a quién hay que pedírselo? —preguntó Catalina.

—A alguno de los meseros —explicó Octavio—. No se preocupe, yo le digo a Roberto, el asistente de mi tío Pablo. Pamela, ¿tú quieres algo?

—No, gracias —negó la colorina sonriendo.

Octavio caminó hasta donde estaba parado un hombre de unos cuarenta años, de aspecto ratonil, le solicitó el té e indicó la mesa. Cuando iba hacia el bar, fue interceptado por un hombre joven, aproximadamente de su misma edad.

—Compadre —le habló con voz profunda y pausada—, ¿se acuerda de mí?

—Claro que sí, hombre. Eres Juan, el jefe del taller, amigo y compañero de Isabel del colegio y esposo de Adriana —respondió Octavio a su interlocutor, como recitando todo lo que sabía de él—. No sé si felicitarte o compadecerte por eso último.

—Espero sus felicitaciones, mi general es una mujer muy especial. —El hombre le tendió la mano—. Un gustazo volver a verlo. Oiga, ya está listo su pedido.

—¿Qué pedido? —le preguntó Octavio después de soltarse de su apretón.

—Un encargo que me hizo Isabel para usted.

—¡No, por Dios! —exclamó sorprendido—. No pensé que Isabel estuviera hablando en serio.

—Isa es una mujer bastante seria. O lo era antes de conocer a Eduardo. Más bien, lo fingía, aunque... —Sonrió—. Bueno, no importa. Lo que sí es cierto es que jamás ha hecho una broma a expensas de un automóvil. Menos aún de echar a perder uno a propósito.

—Bueno, si es así, no me queda otra que seguir adelante entonces. —Rio—. La verdad es que parece que todos están muy interesados en ayudarme.

—Yo estoy en esto porque me lo pidió mi tío Cristian —le explicó Juan—. Isabel está convencida de que eres el candidato ideal para Pamela, y con Baran ya estamos algo desesperados con ella. Le advierto, eso sí, que Pamela es dura de mollera y que convencerla puede costarle mucho trabajo. Así que suerte, la va a necesitar. Y mucho aguante. Ah, y paciencia y, probablemente, la compasión de todos nosotros. Y... No le digo más, que ya parece asustado, pero no se preocupe. En fin, cuando ustedes se pongan de pie para irse, voy a ir a la puerta para que no se demore mucho en encontrarme.

—Gracias por todo.

Siguió su camino hacia el bar, donde pidió el jugo de Jacqueline, y volvió a su mesa.

—Te dejaron tu torta, Octavio —le indicó Pamela cuando él se sentó.

—Gracias. —El joven cogió el plato y se llevó un trozo a la boca—. Prepárate, me imagino que ya van a tirar el ramo.

—Prepárese usted también entonces, porque seguro Eduardo hace escándalo al tirar la liga —le dijo Jacqueline risueña.

—La gran diferencia es que a Isabel solo le queda una amiga soltera. —Octavio señaló a Pamela—. En cambio, en nuestro grupo, Héctor es el único casado. Claro que yo tengo ventaja, después de tantos años de básquetbol, soy capaz de recibir cualquier pase que Eduardo me lance.

—Pero parece que hubieran más hombres que mujeres solteras —comentó Jacqueline.

—De lo mismo se quejaron los tres pelmazos —agregó Octavio, lo que provocó las risas de Pamela y Jacqueline.

—¿Qué es eso de los tres pelmazos? —preguntó Catalina.

—Mamá, acuérdate que te conté, ese día en el bar, cuando conocí a Octavio e Isabel puso en su lugar a unos amigos de Eduardo.

—Ah, por supuesto, hija —murmuró la mujer entristecida—. Lo siento, mi memoria ya no es la misma.

—¿Estás cansada, mamá?

—Un poco, hijita —respondió la mujer, ocultando un bostezo.

—Cuando quieras, nos vamos. —Pamela acarició la mano de su madre.

—Después de que Isabelita tire el ramo —le respondió Catalina.

—Bueno. —Pamela se giró y miró a Octavio, que sonreía ante la ternura de la escena.

Y también sonreía por el gusto que le había dado escuchar a Pamela decir «cuando conocí a Octavio» antes de mencionar a Isabel.

—Creo que yo también me voy a retirar temprano —comentó Octavio—. Tengo mucho que hacer en casa mañana.

—Pamela, anda, que Isabelita te está haciendo señas. —Catalina sonrió a la muchacha—. Quisiera llevarme el ramo a casa.

—Lo intentaré, mamá —respondió Pamela, se puso de pie y fue al centro de la pista donde se habían reunido unas pocas mujeres.

Isabel, parada en el escenario, bromeó con sus invitadas, haciéndolas bailar, y con falsos intentos de tirar el ramo.

Cuando por fin lo hizo, utilizó mucha fuerza y arrojó el ramo más allá de donde estaban reunidas las mujeres, por lo que Pamela, que estaba en la última fila, fue la beneficiada al conseguir llegar más rápido al lugar donde había caído.

Fue al escenario para tomar la foto solicitada por la novia, que aprovechó de susurrar algo en el oído de Pamela. La muchacha, con las mejillas enrojecidas por la vergüenza que le provocó el comentario, volvió hasta la mesa en medio de aplausos.

Luego llegó el turno de los hombres solteros. Como dictaba la tradición, el novio se sentó en una silla que estaba sobre el escenario, se bajó la intensidad de las luces y se puso una música sugerente para que la novia bailara un poco hasta que el novio consiguiera sacar la liga que portaba en su muslo.

Cuando Eduardo consiguió su objetivo, se puso de espaldas al grupo y esperó la indicación de su esposa para saber hacia qué lado debía lanzar. Obviamente, se habían puesto de acuerdo para conseguir que tanto Pamela como Octavio fueran los solteros señalados como aquellos que, en teoría, serían los próximos en casarse.

Los hombres se comportaron casi como niños, se empujaron, se tiraron al suelo y casi pelearon por obtener el premio. Tal como había anunciado Octavio, con su instinto refinado por años y años jugando básquetbol con el novio, fue quien se alzó con la prenda.

Cuando el fotógrafo se acercó a los hombres, Octavio y Eduardo jugaban con la liga. Se la ponían de pulsera o collar, incluso Eduardo llegó a colocarla como una especie de tiara en la cabeza de su amigo.

Isabel quiso sacarse una foto en grupo, los novios y aquellos que habían obtenido los recuerdos, luego ella con Octavio, Eduardo con Pamela y, finalmente, Octavio y Pamela.

Antes que se reanudara la música, los novios volvieron a tomar la palabra para despedirse. Fueron abrazados por sus progenitores y familia y dejaron el salón al ritmo de la marcha nupcial.

—Puede que los novios se hayan ido —dijo el padre del novio—, pero la fiesta sigue, así que música, maestro.

Varios volvieron a la pista, pero en la mesa de Pamela, el movimiento que se suscitó fue el de retirada. Muy atenta, la joven ayudó a Catalina a acomodarse el chal con el que andaba, se cubrió ella misma con un pequeño bolero y, tomando el brazo de su madre, se encaminó a la salida junto a su tía.

Octavio, que estaba muy nervioso, fue rápidamente a despedirse de los anfitriones y, de paso, de sus amigos. Héctor, su otro mejor amigo, le deseó suerte, lo que no consiguió calmarlo. Muy por el contrario.

Salió hacia el estacionamiento y vio que las mujeres ya estaban instaladas en el automóvil, con Pamela al volante. Tratando de disimular, les hizo un gesto con la mano derecha y se encaminó hacia su vehículo.

Pamela ya giraba la llave cuando Octavio se sentó. El rostro de la mujer cambió de tranquilo a ligeramente molesto cuando Octavio comenzaba a avanzar hacia ellas. En el momento en el que el joven llegaba junto a Pamela, ésta abrió el capó y salió del automóvil.

—¿Algún problema? —preguntó Octavio, tragando saliva, después de detener su vehículo y salir de él.

—No parte esta porquería —dijo Pamela muy molesta—. Se supone que lo revisaron hace menos de un mes.

—Voy a buscar a alguno de los muchachos —ofreció, volvió a entrar en el automóvil y detuvo su funcionamiento.

—Gracias, Octavio —replicó la muchacha sin mirarlo.

El hombre fue hacia la puerta y encontró a Juan de pie a escasos metros de ella.

—Está enojadísima —le contó a Juan—, dice que se supone que hace menos de un mes lo revisaron.

—No se preocupe, compadre. —Octavio se preguntaba cómo Juan podía estar tan calmado, aunque, claro, no era su cuello el que estaba en juego—. Ya lo tengo todo pensado.

Fueron tranquilamente hacia donde estaban las mujeres, conversaban de la fiesta y disimulaban su verdadero propósito.

—¿Qué pasa, Pame? —preguntó Juan al llegar a su destino.

—Esta porquería no parte —repitió Pamela molesta—. Exijo una explicación. ¿No se supone que le hicieron una mantención?

—Y se la hicimos. Fue Rafael quien se encargó de de todos los vehículos del taller —comentó el hombre reflejando mucha extrañeza en su voz—, y yo lo supervisé. Déjame ver, es posible que sea un cable suelto.

El hombre se acercó al automóvil, sacó de su bolsillo una navaja multifuncional, que usaba de llavero, junto con una pequeña linterna. Revisó por unos minutos, hizo algunos ajustes y pidió que lo pusieran en marcha.

Pamela fue hacia el asiento del piloto e hizo contacto. Por un breve instante, el vehículo cobró vida, pero murió inmediatamente.

—No sigas, Pame —indicó el mecánico volviendo a inclinarse sobre el capó—, ya sé qué es lo que está fallando.

—¿Qué pasa? —preguntó Pamela preocupada.

—Nada grave, en todo caso —explicó Juan, haciendo una pausa para esperar a Pamela. Cuando ella estuvo a su lado, continuó—: Fatiga de materiales. Imposible de detectar a menos que falle. Tiene que haber algún problema en el registro, porque debió haberse cambiado unos conectores con sus tornillos y sistema de ajuste, se ven viejos.

—¿Puedes arreglarlo? —le preguntó Jacqueline, que había bajado del automóvil y escuchaba las explicaciones.

—Sí, pero no tengo acá ni las herramientas ni el repuesto —sentenció Juan—. Lo mejor que se puede hacer es ir al taller a buscar la grúa y arreglarlo allá.

—¡Por Dios! —exclamó Pamela—. ¿Y ahora cómo voy a llevar a mi mamá a casa?

—Si me esperan, yo puedo llevarte —le dijo Juan de inmediato—, pero primero quiero ir con Rafael a buscar la grúa y llevarme el automóvil al taller al tiro. El lunes lo arreglo con calma.

—¿Y cuánto te vas a demorar? ¿No puedes ir a dejarnos primero? —preguntó Pamela, impaciente.

—No puedo arriesgarme a que Rafael se vaya antes que yo vuelva, Pame —concluyó Juan, comprensivo—, por lo que creo que lo mejor es que esperen adentro.

Octavio había observado, silencioso, la escena, no quería ponerse en evidencia, pero captó una mirada rápida de Juan e intervino.

—Yo puedo llevarlas, Pamela —ofreció Octavio adelantándose un paso hacia la mujer—, no tengo ningún problema. ¿Dónde viven?

Jacqueline ni siquiera dejó que su sobrina hablara, respondió de inmediato, preguntando, a su vez, si no era demasiado lejos de su ruta.

—Algo. —Octavio encogió los hombros ligeramente antes de continuar—. Pero, repito, no tengo ningún problema.

—Listo entonces —intervino Juan estirando su mano hacia Pamela—. Déjame las llaves y yo me encargo de todo. Mientras, mi compadre las lleva a la casa.

—Hermana —Jacqueline fue hacia la puerta del copiloto—, Juan se lleva el automóvil al taller. Octavio nos va a dejar. —Abrió la puerta y tomó el brazo de Catalina para ayudarla a bajar.

Juntas se dirigieron al vehículo de Octavio, quien, diligente, se acercó y abrió las puertas para que ambas mujeres se acomodaran.

Pamela sacó las llaves del contacto y lo cerró, se las pasó a Juan y fue hacia su puesto, junto a Octavio.

—Me tienes que indicar cómo llegar hasta tu casa, Pamela —señaló Octavio, poniendo en marcha el motor.

La muchacha estaba sentada muy enfurruñada y con los brazos cruzados sobre el pecho, por lo que fue Jacqueline quien contestó y siguió dando las instrucciones por el camino.

Las dos mujeres mayores y el hombre mantuvieron una conversación alegre y distendida en el trayecto. Pamela se limitó a mirar por la ventana sin intervenir para nada en el diálogo.

Iban a la mitad del camino cuando Octavio recordó el último consejo de Isabel. Aprovechó una luz roja para bostezar muy exageradamente.

—Tengo sueño —murmuró, como excusándose, antes de reanudar el camino.

—Yo también estoy cansadísima —dijo Jacqueline—. Hoy el taller fue una locura, a pesar que habíamos anunciado desde hace un mes que estaría abierto solo hasta la una de la tarde.

—¿Y qué hace usted en el taller, Jacqueline? —preguntó el joven

—El aseo, el orden y apoyar cualquier función que pueda, especialmente a mi sobrina, cuando llegan los clientes en masa a hablar con Isabelita —respondió la mujer—. Hay que servirles café y hacerles un poco la pelota.

—¿Van muchos a hablar con I-Isabel? —preguntó Octavio fingiendo otro bostezo.

—Bastantes. Le pasa por ser tan buena en lo que hace —Jacqueline sonaba medio tierna y orgullosa, medio irónica y disgustada.

—En tiempos de don Cristian —intervino Catalina—, no había tal cosa como pedir hora para hablar con nadie. El mecánico que te tocó, te tocó y punto.

—Pero Isabelita atrae una clientela especial, hermana —contradijo Jacqueline.

—Acá, dobla a la derecha, Octavio, por favor —Pamela hablaba por primera vez en muchos minutos—. Y en el ceda el paso, dentro de dos cuadras, de nuevo a la derecha; la tercera casa es la nuestra. Y ustedes déjense de hablar de trabajo, si me hacen el favor.

—Hija, yo hablo de lo que quiero y se acabó —dijo Catalina reprendiendo a Pamela.

—¿Era acá a la derecha, Pamela? —preguntó Octavio para evitar una confrontación entre madre e hija.

—Sí, Octavio, gracias. —Pamela levantó una mano y apuntó una casa—. La casa verde es la nuestra.

Octavio estacionó donde le indicaban y bajó rápidamente. Abrió la puerta de Pamela, quien aceptó su mano para apearse. Luego Octavio dio la vuelta para ir a ayudar a la madre de Pamela, pero Jacqueline ya asistía a Catalina.

—Pamelita —se escuchó que decía Jacqueline—, despeja el camino y vienes a ayudarme, tu mamá no puede mover las piernas.

—¿Qué pasa, señora Jacqueline? —preguntó Octavio.

—Es que mis piernas no funcionan todo lo bien que quisiera, joven —respondió la mayor de las hermanas, triste—, así que, a veces, me tienen que llevar cargada.

—Yo la llevo, si gusta —se ofreció el joven de inmediato.

—Gracias —aceptó la señora, con la cabeza erguida, dignamente.

Cuando estuvo acomodada en su cama, Octavio recordó que se suponía que tenía sueño, por lo que aprovechó la instancia para bostezar.

—Hija —un nudoso dedo de Catalina señaló la puerta—, prepárele un café al joven, que todavía tiene que manejar hasta su casa.

—No se preocupe... —comenzó a decir Octavio tratando de que no pensaran que estaba imponiendo su presencia.

—No es ninguna molestia. —Probablemente, la tranquilidad que le daba ver a su madre acomodada en su cama hizo sonreír a Pamela—. Ven conmigo.

—Si no es molestia, te sigo. —Octavio la miraba fijo—. Buenas noches, señora Catalina, que descanse. Señora Jacqueline.

—Buenas noches, joven, y gracias por todo —replicó Catalina, que fue rápidamente secundada por su hermana.

Pamela y Octavio salieron de la habitación y fueron a la cocina, que estaba en el primer piso. En el camino, Octavio observó todos los detalles de la pequeña casa, en especial, las fotos que estaban colgadas en las paredes. Se fijó particularmente en una en la que aparecían cinco niñas. No necesitaba que nadie le dijera quiénes eran. Se distinguía con claridad el cabello rojo de Pamela, la figura etérea de Francisca, la alta y espigada Isabel, la determinación en los ojos de Adriana y, en el centro, la mayor de todas, Lorena, tratando de organizar a sus primas y amigas, aun cuando parecía la más traviesa de todas.

—A mi tío Cristian le encantaba retratarnos a las cinco juntas —le explicó Pamela al notar la fotografía que miraba.

—Querías mucho al papá de Isabel —le dijo Octavio mirándola con ternura.

—Bastante. Fue como un padre para mí —aseguró la muchacha cuando llegó al pie de la escalera.

—Disculpa que te pregunte, pero ¿y tu papá? —dudoso, Octavio la interrogó mientras la seguía. El problema era que Eduardo le había transmitido sus propias dudas. Nadie hablaba nunca del progenitor de la colorina, ya que nadie parecía saber nada de él. Ni siquiera la misma Pamela.

—Para eso tendrás que preguntarle a mi mamá. —Su tono había cambiado bruscamente—. A mí nunca me ha querido decir quién era. Lo único que sé es que estuvo el tiempo justo para concebirme y después se fue. Dejó a mi mamá totalmente sola, ya que mi abuelo la echó de la casa cuando supo que estaba embarazada.

—¿Y tu abuela? Normalmente, las mamás son más comprensivas —preguntó el joven mientras veía como la mujer hablaba sin dejar de moverse por la cocina y preparaba el café ofrecido.

—Mi abuela murió cuando mi mamá era una niña. Para esa época, él se había casado con la mamá de mi tía Jacque —respondió en un tono robótico, evidenciando que ese tema no le resultaba agradable. Y él podía entenderlo. Ni siquiera le gustaba recordar a su hermano—. Mi tía se enojó mucho cuando supo lo que había pasado. Había salido del colegio un par de años antes y, a pesar del deseo de su madre de que estudiara, había empezado a trabajar haciendo aseo en una empresa. Mi mamá también trabajaba, no en el taller, eso sí. Así que mi tía la buscó y con sus respectivos sueldos arrendaron un departamento muy pequeño y se fueron a vivir juntas. Se las arreglaban como podían para trabajar y cuidarme. Y nunca volvieron a ver a su papá. Yo nunca lo conocí.

—No me extraña, entonces, que estés tan apegada a ellas —comentó Octavio al recibir la taza de café que Pamela le entregaba.

—Tanto, que a veces me gustaría tener otro trabajo. —Su gesto se aligeró notablemente—. Por suerte, como mi tía sí tiene otro trabajo en las tardes y va a la casa de Isabel tres veces por semana, al menos no nos vamos juntas a la oficina. Cada una sale de acá en su propio automóvil.

—Parece que todos en el taller tienen vehículo propio —le comentó tratando de cambiar el tema.

—Así es. Isabel ha insistido mucho en eso. —Se sentó frente a él con una taza en las manos—. Incluso Rafael, que entró a trabajar en julio del año pasado, ya tiene uno.

Siguieron conversando por un rato, recordaron momentos de la boda y la fiesta, y hablaron de cosas sin importancia como el clima o el último escándalo de la farándula.

Una hora después, Octavio empezó a sentir sueño, esta vez, de verdad. Antes que Pamela pudiera notar la diferencia entre sus bostezos fingidos y los reales, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida, seguido de cerca por la muchacha.

Cuando llegaron a la puerta, Octavio se giró para quedar de frente a Pamela.

—Gracias por el café —le dijo mirándola a los ojos.

—Gracias a ti por la ayuda —le respondió Pamela un poco nerviosa—. No sé qué habría hecho sin ti.

—De nada —murmuró Octavio sintiéndose culpable. Sin él, no habría necesitado ayuda.

—Llámame cuando llegues a tu casa, por favor —pidió Pamela acercándose un paso hacia él—, así sabré que llegaste bien.

—Pero va a pasar mucho rato —como siempre se repetía, Octavio podía ser muchas cosas, pero tonto no, así que aprovechó que ella se había acercado para tomar una mano suave, blanca y con un par de pecas entre las suyas—, incluso considerando que, por la hora, no va a haber nadie en las calles.

—¿Mucho rato? —preguntó Pamela entrecerrando los ojos—. Dijiste que no te alejabas mucho de tu ruta.

—Mentí. —Casi sin vergüenza, Octavio encogió los hombros—. Si te hubiera dicho dónde vivo, no me habrías permitido que te trajera.

—¿Y dónde vives? —Con brusquedad, Pamela se soltó del agarre masculino y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Recuerdas dónde vive mi tío Pablo?

—Sí, ahí celebraron el cumpleaños de Eduardo el año pasado. Y la fiesta de compromiso —respondió Pamela.

—¿Y conoces ya la casa que se compraron Eduardo e Isabel?

—Esa pregunta es estúpida —murmuró Pamela cada vez más molesta—. Fuimos la semana pasada cuando la entregaron, pero recuerdo claramente que estuviste ahí el día que la vieron por primera vez. De hecho, ¿no fuiste tú quien le consiguió ese dato a Isa?

—Claro, tienes razón. ¿Sabes? Había olvidado que andaban todos ustedes de acá para allá encontrándole defectos a la casa.

—No eran defectos, sino... inconvenientes —replicó Pamela con altivez, solo para después relajarse y acercarse una vez más a Octavio—. ¿Entonces?

—Yo vivo en la misma calle, a tres cuadras de Eduardo, pero en dirección opuesta a mi tío Pablo —explicó Octavio—. De hecho, la casa de Eduardo queda a medio camino entre mi casa y la de mi tío Pablo.

—¡Eso es lejísimo! —exclamó Pamela subiendo mucho su voz.

—Shh. —El joven llevó sus dedos sobre los labios de Pamela—. Vas a despertar a todos tus vecinos.

—Pero es muy lejos —repitió ella despacio, alejándose de ese calor—. No deberías haber venido hasta acá.

—Mira, Pame, si te hubiera dicho dónde vivía, habríamos tenido esta conversación en el restaurant y, probablemente, aún estarías allá. —Octavio trataba de sonar razonable—. En cambio, ahora ya estás acá y tu mamá descansa tranquilamente...

—Y tú vas a tener que atravesar la mitad de la ciudad para llegar a tu casa. Solo y a altas horas de la noche.

—¿Preocupada? —preguntó Octavio esperanzado. Tal vez, sí lo estaba. Tal vez, le interesaba aunque sea un poquito.

—Un poco —le dijo la muchacha bajando la mirada—, no me gustaría que te pasara nada.

Octavio la tomó por el mentón y la obligó a mirarlo.

—No me va a pasar nada. Te lo aseguro. Y si quieres, te aviso cuando llegue a mi casa. —Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una billetera. La abrió y retiró una tarjeta. Rebuscó nuevamente hasta encontrar un lápiz. Anotó algo por el reverso y se la tendió—. Ten. Además de los teléfonos de la oficina, sale mi número de celular, y te escribí el de mi casa. Llámame. Aunque sería más fácil si me dieras tu teléfono y yo te llamo.

—No a casa, probablemente despiertes a todo el mundo. Al celular. —Le dictó un número que él anotó inmediatamente en su teléfono.

—Bueno, Pame, me voy —le dijo sonriéndole—. Te llamo apenas llegue.

Miró a la muchacha unos instantes, luego se inclinó y besó su mejilla derecha, que era suave y delicada. El calor que la piel de la muchacha emitía quedó impregnado en sus labios. Pamela lo miró con los ojos brillantes. Tal vez, si se atreviera a besarla de verdad, ella le respondería.

Antes de que pudiera tomar una decisión, Pamela se giró y empujó la puerta de calle para cerrarla.

—Hasta mañana, Octavio —se despidió antes de desaparecer hacia el interior de la vivienda.

Octavio llegó hasta su automóvil, se subió y lo puso en marcha. Sonrió ante lo bien que había salido todo. Pamela no había sospechado nada. Había puesto el primer granito de arena y construiría su montaña.

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Capítulo dos

Cuando cerró la puerta, Pamela se apoyó en ella y respiró profundamente para tranquilizar su corazón. Si se hubiera quedado un par de segundos parada junto a Octavio, de seguro él la habría besado. ¿Quería que la besara? ¿La verdad? Sí. Era un hombre atractivo. Alto y delgado, con su fino cabello rubio y sus ojos verdes parecía un niño travieso. Le gustaba, en particular, la manera en la que brillaban sus ojos cuando reía.

Hacía mucho tiempo que no salía con nadie. Su último ligue había sido durante el matrimonio de Lorena, ya más de un año atrás. ¡Santo Cielo, si seguía así, pronto volvería a ser virgen! Pero la salud de su madre se deterioraba más y más y cada minuto que tenía libre lo dedicaba a ella.

Lo curioso era que las pocas veces que había salido en el último año, Octavio estuvo presente. El día que fueron al bar. Ese día le llamó la atención por ser el único rubio entre tantos morenos. Y porque no insistió con el tema de los bailes y los tragos como lo había hecho Jorge el asqueroso.

Después, el día del cumpleaños de Eduardo. La fiesta de compromiso de sus amigos. El cumpleaños de Isabel. En resumen, la única ocasión festiva que no compartieron fue la despedida de soltera de Isabel.

Y siempre era lo mismo. Triple A. Amigable, atento y atractivo. Le encantaba cómo la trataba. Como una dama.

Por otra parte, y jamás le confesaría a nadie eso, le encantaría que fuera un poco menos delicado. No neandertal, no, solo un poco... decidido, atrevido. Como recién, por ejemplo. Sabía que quería besarla, sin embargo, la había dejado ir.

Tal vez le habría gustado que la tomara del brazo y la obligara a volverse.

Hombres. «¿No se dan cuenta, acaso, de que no me voy a quebrar?» Quería... No...no... ¡Necesitaba un poco más de aventura en su vida! Tal vez, que la raptaran y la llevaran a algún lugar lejano y solitario y la convirtieran en esclava sexual.

Solo el pensamiento le provocó risa. Esclava sexual. Sí, claro. Si Adriana la escuchara, la llevaría inmediatamente a un psiquiatra y a una terapia de reforzamiento de feminismo.

Pobre Adriana, no se daba cuenta de que no todo se manejaba con fuerza. También, con astucia. Si no, pregúntenle a Juan quién mandaba en la casa. Aparentemente, ella, pero Juan sabía cómo conseguir lo que quería de su esposa.

—Me gusta tu amigo —escuchó la voz de su tía interrumpir sus pensamientos—. Y a tu mamá también.

—No es mi amigo —respondió Pamela automáticamente, casi en un acto reflejo—. Es amigo de Eduardo.

Jacqueline conoc

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