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—Tienes las mejillas excesivamente sonrojadas, Christine —comentó su madre al tiempo que soltaba la costura en su regazo para echarle un vistazo más concienzudo—. Y los ojos muy brillantes. Espero que no tengas fiebre.
Christine se echó a reír.
—Vengo de la vicaría. He estado jugando con los niños —explicó—. Alexander quería jugar al críquet, pero enseguida nos dimos cuenta de que Marianne no podía atrapar la pelota y de que Robin era incapaz de golpearla. Así que decidimos jugar al escondite, aunque a Alexander le parecía un juego demasiado infantil para sus nueve años y tuve que pedirle que se pusiera en el lugar de su pobre tía con sus ¡veintinueve años! Como era de esperar, me tocó a mí buscarlos. Nos lo estábamos pasando en grande hasta que Charles asomó por la ventana de su despacho y nos ha preguntado, aunque supongo que fue una pregunta retórica, que cómo iba a terminar el sermón con todo el jaleo que estábamos haciendo. En ese momento salió Hazel con los vasos de limonada y se llevó a los niños al salón para que se entretuvieran leyendo en silencio, pobrecillos, y yo decidí volver a casa.
—Me parece que no llevabas el bonete mientras correteabas de un lado para otro con los niños —comentó su hermana mayor, Eleanor, que apartó la mirada del libro para observarla por encima de sus anteojos—. No estás sonrojada, ¡es que te ha dado demasiado el sol!
—¿Cómo quieres que meta la cabeza en los escondrijos más diminutos si el bonete dobla su tamaño? —le preguntó, echando mano de la lógica al tiempo que comenzaba a colocar en un jarrón con agua que había cogido de la cocina las flores que había cortado del jardín antes de entrar en casa.
—Que sepas que tienes el pelo hecho un desastre —añadió Eleanor.
—Eso tiene fácil arreglo —le aseguró, pasándose las manos por los cortos rizos con una carcajada—. Ya está. ¿Mejor así?
Eleanor meneó la cabeza antes de devolver la mirada al libro; aunque lo hizo con una sonrisa.
Un agradable silencio reinó de nuevo en la estancia mientras las tres mujeres se concentraban en sus respectivas tareas. Sin embargo, el silencio (enmarcado por los trinos de los pájaros y el zumbido de los insectos que revoloteaban al otro lado de las ventanas abiertas) fue interrumpido al cabo de unos minutos por el sonido del carruaje que enfiló la calle en dirección a Hyacinth Cottage. Había más de un caballo y el sonido de las ruedas indicaba que era un vehículo grande. Debía de ser el carruaje de Schofield Park, la casa solariega del barón Renable emplazada a unos tres kilómetros de distancia, supuso de forma distraída.
Ninguna de las tres le prestó mucha atención a la llegada del vehículo. Lady Renable solía utilizarlo cuando iba de visita, aunque una calesa podría haberle servido para el mismo propósito, o un simple caballo… o sus dos pies. Eleanor solía describir a la dama como frívola y ostentosa, y no era una descripción desacertada. Aunque también era amiga de Christine.
En ese momento comprendieron que los caballos estaban aminorando el paso. Las ruedas del carruaje chirriaron en protesta. Las tres alzaron la vista a la vez.
—Creo que lady Renable viene de visita —dijo Eleanor, con la vista clavada al otro lado de la ventana por encima de los anteojos—. ¿A qué se deberá el honor? ¿La estabas esperando, Christine?
—Sabía que tenía que haberme cambiado de cofia después del almuerzo —dijo su madre—. Christine, por favor, dile a la señora Skinner que suba corriendo a por una limpia.
—La que llevas te sienta muy bien, mamá —le aseguró mientras le daba los últimos toques al ramo, tras lo cual atravesó la estancia para darle un beso en la frente—. Además, solo es Melanie.
—Ya sé que es lady Renable. De ahí mi preocupación —replicó exasperada su madre, aunque no volvió a insistir con el tema de la cofia.
No hacía falta ser un genio para adivinar el motivo de la visita de Melanie.
—Supongo que viene a preguntar por qué has rechazado la invitación —aventuró Eleanor, poniéndole voz a sus propios pensamientos—. Y supongo que no aceptará un no por respuesta ahora que ha venido en persona. Pobre Christine. ¿Quieres correr a esconderte en tu dormitorio mientras yo le digo que has contraído un leve episodio de viruela?
Se echó a reír al escuchar el comentario de su hermana mientras su madre se llevaba las manos a la cabeza.
Era por todos sabido que Melanie jamás aceptaba un no por respuesta. Independientemente de lo que Christine estuviera haciendo, y siempre estaba ocupada con algo (daba clases en la escuela del pueblo varios días a la semana; visitaba y ayudaba a los ancianos y a los enfermos, a alguna mujer que acababa de dar a luz, a algún niño enfermo o a algún amigo; y jugaba y entretenía a sus sobrinos en la vicaría, ya que en su opinión Charles y Hazel los desatendían con la excusa de que los niños no necesitaban que un adulto jugara con ellos cuando se tenían unos a otros para entretenerse), Melanie se empeñaba en creer que debía de estar languideciendo a la espera de que apareciera alguien con alguna diversión frívola.
Claro que Melanie era su amiga y le encantaba estar con ella y con sus hijos. Pero dentro de unos límites. Estaba segura de que su visita no tenía otro fin que repetir en persona la invitación que le había llevado por escrito un criado el día anterior. Y que ella había rehusado también por escrito, con tacto pero con firmeza. En realidad había rehusado un mes antes, la primera vez que la invitó.
El carruaje se detuvo frente a la verja del jardín con tal jaleo que todos los habitantes del pueblo debieron de ser conscientes de que la baronesa se había tomado la molestia de hacerles una visita a la señora Thompson y a sus hijas, residentes de Hyacinth Cottage. Se escuchó el ruido de la portezuela al abrirse y cerrarse, justo antes de que alguien (posiblemente el cochero, puesto que era imposible que fuese Melanie) llamara a la puerta de la casa con insistencia.
Suspiró y se sentó a la mesa. Su madre soltó la costura y se enderezó la cofia. Y Eleanor regresó a su libro con una sonrisa socarrona.
Melanie, lady Renable, entró en la estancia al cabo de un instante, dejando atrás a la señora Skinner, el ama de llaves, que había abierto la puerta para anunciarla. Como era habitual, iba demasiado arreglada para la vida rural. Su atuendo era tan elegante como si fuese a dar un paseo por Hyde Park, en Londres. Su rígido sombrero estaba coronado por unas coloridas y espigadas plumas cuyo fin era el de hacerla parecer más alta. Llevaba guantes y una de sus manos aferraba unos impertinentes. Su persona parecía ocupar la mitad de la estancia.
Le sonrió con jovial afecto.
—¡Vaya, aquí estás, Christine! —exclamó Melanie con grandilocuencia después de los saludos y las cortesías de rigor con las otras dos damas.
—Aquí estoy —reiteró—. ¿Cómo estás, Melanie? Siéntate en el sillón, frente a mamá.
Sin embargo, su señoría declinó la invitación con un gesto de los impertinentes.
—No tengo tiempo —adujo—. Estoy segura de que sufriré una de mis migrañas antes de que acabe el día. Tú tienes la culpa de que esta visita sea necesaria, Christine. La invitación debería haber bastado, que lo sepas. No entiendo por qué has tenido que enviarme esa nota rechazándola. Bertie asegura que es un exceso de falsa modestia y dice que debería darte una lección y no venir en persona para hacerte recapacitar. El pobre no dice más que tonterías… Pero yo sé por qué has rechazado la invitación, y estoy aquí para decirte que tú también haces tonterías de vez en cuando. Es porque Basil y Hermione están invitados, ¿verdad? Y porque discutiste con ellos después de la muerte de Oscar. Pero de eso hace mucho tiempo, y tú tienes el mismo derecho que ellos a venir a mi casa. Al fin y al cabo, Oscar era el hermano de Basil y, aunque el pobre ya no esté con nosotros, tú eres y seguirás siendo parte de nuestra familia porque estuviste casada con él. Christine, no seas testaruda. Ni peques de falsa modestia. ¡Recuerda que eres la viuda del hermano de un vizconde!
Era imposible que lo olvidara, aunque en ocasiones le gustaría hacerlo. Había estado casada durante siete años con Oscar Derrick, hermano de Basil, vizconde de Elrick, y primo de lady Renable. Se conocieron en Schofield Park, en la primera fiesta que organizó Melanie justo después de casarse con Bertie, el barón Renable. Para ella, hija de un caballero con unos recursos tan escasos que se había visto obligado a complementar sus ingresos con el salario de maestro de pueblo, había sido un matrimonio muy ventajoso.
Y en esos momentos Melanie quería que asistiera a otra de sus fiestas.
—Es todo un detalle por tu parte que me invites —dijo Christine—. Pero de verdad que preferiría no ir.
—¡Tonterías! —Melanie se llevó los impertinentes a los ojos e inspeccionó la estancia con ellos, un gesto afectado que les hacía mucha gracia a Eleanor y a ella; y cómo no, su hermana no tardó en esconder la cabeza detrás del libro para ocultar su sonrisa—. Por supuesto que quieres venir. ¿Quién no iba a querer? Mi madre vendrá, acompañada de Audrey y sir Lewis Wiseman. En realidad, la fiesta es la celebración de su compromiso, aunque ya haya sido anunciado. Incluso hemos convencido a Hector, aunque ya sabes que es imposible convencerlo de que se divierta a menos que alguien lo obligue.
—¿También vendrá Justin? —preguntó.
Audrey era la hermana pequeña de Melanie; Hector y Justin, sus hermanos. Justin era su amigo desde que los presentaron en aquella más que lejana primera fiesta. Prácticamente había sido su único amigo durante los últimos años de su matrimonio.
—Por supuesto que sí —contestó Melanie—. ¿Acaso no va donde quiere? Sobre todo a mi casa, que es donde más tiempo pasa. Siempre te has llevado muy bien con mi familia. Pero además de ellos, esperamos a un sinfín de invitados distinguidos y agradables, y hemos planeado un buen número de actividades para que todo el mundo se divierta, mañana, tarde y noche. Tienes que venir. Insisto.
—Melanie —protestó Christine—, de verdad que…
—Deberías ir, Christine —la interrumpió su madre—, y divertirte. Siempre estás pendiente de las necesidades de los demás.
—Ya puedes ir diciendo que sí —añadió Eleanor, que prefirió volver a mirar por encima de los anteojos en lugar de quitárselos hasta que la visita se marchara y pudiera regresar a la lectura—. Sabes muy bien que lady Renable no se irá hasta que te haya convencido.
Miró con exasperación a su hermana, que se limitó a enfrentar su mirada con expresión risueña. ¿Por qué nadie invitaba a Eleanor a ese tipo de acontecimientos? Sin embargo, conocía la respuesta. A sus treinta y cuatro años, su hermana había aceptado con placidez su papel como solterona y como apoyo de su madre, y no parecía añorar la juventud perdida. Porque ese fue el camino que eligió de forma deliberada cuando el único pretendiente que tuvo murió en combate en la Península muchos años atrás, y desde entonces ningún hombre había logrado hacerla cambiar de opinión, aunque unos cuantos lo habían intentado.
—Tiene usted mucha razón, señorita Thompson —replicó Melanie, y las plumas de su sombrero se inclinaron cuando asintió con la cabeza—. Porque ha pasado algo terrible. Como siempre, Hector se ha dejado llevar por su carácter impulsivo.
Hector Magnus, vizconde de Mowbury, era un erudito que vivía prácticamente apartado del mundo. Era imposible imaginárselo haciendo algo impulsivo…
Melanie comenzó a golpear la mesa con los dedos.
—El pobre no sabe cómo comportarse —afirmó—. Ha tenido la temeridad de invitar a un amigo a la fiesta, asegurándole que era yo quien lo invitaba. Y ha tenido la amabilidad de informarme de este cambio de planes hace apenas dos días; demasiado tarde como para encontrar a una dama que cuadre el número de invitados.
¡Ah! Por fin lo entendía. Su invitación había llegado el día anterior por la mañana, un día después de que Melanie descubriera la catástrofe que se cernía sobre su mundo.
—Tienes que venir —repitió—. Querida Christine, no puedes negarte. Sería una desgracia impensable verme obligada a celebrar una fiesta con un número impar de invitados. Tú no lo permitirías, ¿verdad? Mucho menos cuando mi salvación está en tus manos.
—Sería muy bochornoso, la verdad —reconoció su madre—. Sobre todo cuando Christine no tiene nada especial que hacer durante las próximas dos semanas.
—¡Mamá! —protestó.
Los ojos de Eleanor seguían mirándola con expresión risueña por encima de los anteojos.
Suspiró… con fuerza. Estaba decidida a mantenerse firme. Nueve años antes había entrado a formar parte de la alta sociedad gracias a su matrimonio. En aquella época la idea le había resultado maravillosa. Además de estar enamoradísima de Oscar, la posibilidad de formar parte de los círculos sociales más exquisitos la había deslumbrado por completo. Y durante unos cuantos años todo había ido bien; tanto en su matrimonio como en la alta sociedad. Después todo comenzó a ir cuesta abajo. Todo. Aún se sentía aturdida y dolida cuando lo recordaba. Sobre todo el desenlace… En fin, se había asegurado de mantenerlo todo enterrado en el fondo de su mente a fin de conservar la cordura y recuperar el ánimo, y en ese momento no necesitaba ningún recordatorio del pasado. No quería ver a Basil ni a Hermione ni en pintura.
Sin embargo, era incapaz de quedarse de brazos cruzados cuando alguien estaba en apuros. Y Melanie parecía necesitar de verdad su ayuda, porque la fama de anfitriona meticulosa era su mayor orgullo. Además, por encima de cualquier cosa, eran amigas.
—¿Qué te parece si sigo aquí en casa pero me uno a la fiesta en alguna que otra ocasión? —sugirió con una nota esperanzada en la voz.
—Pero Bertie tendría que ordenar que prepararan el carruaje todas las noches para traerte y que te recogieran por la mañana —adujo Melanie—. Sería un incordio, Christine.
—Podría ir caminando —señaló.
—¿Y llegar con el bajo del vestido polvoriento o embarrado, las mejillas sonrojadas y el pelo alborotado? —preguntó—. Para eso, mejor no vayas. Tienes que quedarte a dormir con nosotros. Y no hay más que hablar. Los invitados llegarán pasado mañana. Te enviaré el carruaje temprano para que puedas instalarte cómodamente.
Comprendió que el momento para negarse en redondo ya había pasado. Al parecer, estaba condenada a asistir a una de las fiestas campestres de Melanie. ¡Por el amor de Dios! ¡Si no tenía nada que ponerse ni dinero para comprarse un guardarropa nuevo! Claro que, de todas formas, tampoco había ningún lugar donde comprar un guardarropa nuevo en ochenta kilómetros a la redonda. Melanie acababa de regresar de Londres, donde había pasado la temporada social actuando como madrina del debut de su hermana y su presentación a la reina. Todos sus invitados, ¡salvo ella!, acabarían de regresar de la capital y llevarían consigo sus mejores galas y sus exquisitos modales. Aquello era una pesadilla.
—Muy bien —dijo—. Iré.
Melanie olvidó su dignidad lo suficiente como para rebajarse a sonreír de oreja a oreja, antes de golpearle el brazo con los impertinentes.
—Sabía que lo harías —afirmó—. Aunque me habría gustado que no me hubieras hecho perder todo este tiempo para venir a convencerte. Tengo un sinfín de cosas que hacer. Me dan ganas de estrangular a Hector. De todos los caballeros a los que podría haber invitado, ha tenido que elegir al único capaz de convertir una fiesta en un sinvivir para la anfitriona. ¡Y para colmo me avisa de su llegada con un par de días de antelación!
—¿El príncipe de Gales? —aventuró Christine, riéndose entre dientes.
—No creo que nadie desee tenerlo en su casa —contestó Melanie—, aunque supongo que sería todo un logro contar con él. Más o menos como sucede con mi invitado, que no es otro que el duque de Bewcastle.
Enarcó las cejas al escucharla. Conocía al duque de oídas, pero jamás se lo habían presentado. Era increíblemente poderoso y arrogante… y también frío como un témpano de hielo, según los rumores. Comprendía el nerviosismo de Melanie. ¿Y la había elegido a ella para cuadrar el número de invitados? La idea le resultó hilarante hasta que comprendió que la presencia del duque era una razón más para quedarse en casa. Claro que ya era demasiado tarde.
—¡Ay, Dios! —exclamó su madre, que parecía muy impresionada.
—Sí —convino Melanie con los labios apretados al tiempo que sus plumas se balanceaban—. Pero no tienes por qué preocuparte, Christine. Hay un buen número de caballeros que te resultarán muy agradables y que estarán encantadísimos de buscar tu compañía. Siempre tienes ese efecto en los hombres, ¿sabes? A pesar de tus años. Yo misma estaría muerta de celos si no estuviera tan apegada a Bertie, aunque se ponga tan insufrible cada vez que organizo una fiesta. No para de gruñir, de quejarse y de insinuar que divertirse no le interesa en lo más mínimo. De todas formas, supongo que no tendrás que cruzar ni una palabra con su excelencia si no quieres. Su arrogancia y su reserva son archiconocidas, y posiblemente ni siquiera llegue a reparar en ti.
—Te prometo que no me tropezaré con sus pies —replicó—, porque me mantendré bien lejos de él.
Los labios de Eleanor volvieron a esbozar otra sonrisa cuando la miró.
Sin embargo, pensó, el problema era que tal vez sucediera lo que tanto deseaba evitar: tropezarse con él. O más bien se tropezaría consigo misma cuando pasara frente al duque mientras llevaba en las manos una bandeja con gelatina o una jarra de limonada. Estaría mucho más contenta quedándose en casa, pero ya no podía hacer nada. Había accedido a quedarse en Schofield Park durante dos semanas.
—Ahora que el número de invitados vuelve a ser par —dijo Melanie—, intentaré perdonar a Hector. Esta será la fiesta campestre más sonada de todos los tiempos. Seguro que será el tema de conversación en todos los salones londinenses la próxima temporada. Voy a convertirme en la envidia de todas las anfitrionas inglesas y aquellos que no están invitados buscarán con ahínco una invitación el año que viene. El duque de Bewcastle nunca sale de Londres a menos que sea a una de sus propiedades. No logro entender cómo consiguió Hector convencerlo de que viniera. Tal vez le hayan llegado rumores de lo exquisitas que son mis fiestas. O tal vez…
No obstante, ella había dejado de escucharla. Las siguientes dos semanas estaban abocadas a ser cualquier cosa menos agradables. Y para colmo estaba el agravante de la presencia del duque de Bewcastle como invitado, cosa que la haría sentirse avergonzada. En vano, por supuesto, ya que tal como Melanie acababa de afirmar, era improbable que se percatara de su presencia, del mismo modo que no se percataría si pisaba una lombriz. ¡Cómo detestaba sentirse avergonzada! Nunca lo había hecho hasta unos años después de su boda, cuando se convirtió de repente en la protagonista de las habladurías de la gente sin comerlo ni beberlo. Después de enviudar se prometió que jamás volvería a ponerse en esa situación, que jamás abandonaría los límites de su reducido mundo.
Claro que los años no pasaban en balde. Estaba a punto de cumplir los treinta… ¡era un vejestorio! Nadie esperaría que se uniera a los jóvenes para retozar alegremente. Podía formar parte del grupo de adultos dignos. Podía acomodarse en su silla y observar los acontecimientos en lugar de participar en ellos. De hecho, incluso podría resultar muy entretenido.
—¿Le apetece tomar una taza de té con pastas, lady Renable? —preguntó su madre.
—No tengo tiempo, señora Thompson —respondió Melanie—. Los invitados llegan pasado mañana y todavía me quedan mil y un detalles que atender. La vida de una baronesa no es tan glamurosa como parece, se lo aseguro. Tengo que marcharme.
Se despidió con un elegante gesto de la cabeza, aunque a ella le dio un beso en la mejilla y un cariñoso apretón en el brazo, y salió de la estancia agitando los impertinentes entre un revuelo de plumas y faldas.
—Christine —dijo Eleanor—, sería preferible que recordaras para futuras ocasiones que es mejor decirle que sí a su señoría la primera vez que te pida algo, ya sea por escrito o en persona.
Su madre ya estaba de pie.
—Tenemos que subir a tu dormitorio ahora mismo, Christine —dijo—, para ver si hay que limpiar, remendar o adornar tu ropa. ¡Por el amor de Dios, el duque de Bewcastle! ¡Además del vizconde de Mowbury, de su madre y del vizconde de Elrick con su esposa! Y de lord y lady Renable, por supuesto.
Subió corriendo la escalera por delante de su madre para ver si, por algún milagro, habían aparecido de repente en su armario diez o doce vestidos elegantes y a la moda desde que se vistió esa mañana.
Wulfric Bedwyn, duque de Bewcastle, estaba sentado tras el enorme escritorio de roble de la magnífica y bien surtida biblioteca de su residencia londinense, Bedwyn House. Se había arreglado para la velada con mucho esmero y elegancia, aunque no había cenado con ningún invitado ni había nadie presente en esos momentos. El tapete de cuero de su escritorio estaba vacío, salvo por el papel secante, varias plumas recién afiladas y el tintero con su tapón de plata. No tenía nada que hacer, puesto que siempre se aseguraba de concluir los asuntos de negocios durante el día, y ya era de noche.
Podría haber salido; de hecho, todavía podía hacerlo. Tenía varias invitaciones entre las que elegir, aunque la temporada había concluido y la mayoría de sus pares se había marchado a Brighton o a sus respectivas propiedades en el campo para pasar el verano. Sin embargo, nunca le habían gustado las reuniones sociales a menos que su presencia fuera requerida por un motivo muy concreto.
Podría haber pasado la noche en White’s. Aunque el club no estaría muy concurrido en esa época del año, era un buen lugar donde buscar compañía agradable y conversación. No obstante, había pasado demasiado tiempo en sus distintos clubes a lo largo de la última semana más o menos, desde que el Parlamento cerró sus puertas.
Ningún miembro de su familia estaba en la ciudad. Lord Aidan Bedwyn, el hermano con el que menos diferencia de edad tenía y su legítimo heredero, ni siquiera había puesto un pie en Londres esa primavera. Se había quedado en Oxfordshire con su esposa, Eve, debido al nacimiento de su primogénito, que había sido una niña. Tras tres años de matrimonio había sido un acontecimiento muy celebrado y esperado. El bautizo había tenido lugar en mayo y él mismo había asistido, aunque solo se había quedado con ellos un par de días. Lord Rannulf Bedwyn, el tercero de los Bedwyn por orden de nacimiento, estaba en Leicestershire con Judith y sus dos hijos, un niño y una niña. Desde la muerte de su abuela, momento en el que heredó la propiedad, se tomaba sus obligaciones como terrateniente con más seriedad que nunca. Freyja, una de sus hermanas, estaba en Cornualles con el marqués de Hallmere, su marido, que ese año había descuidado sus obligaciones parlamentarias y tampoco había pisado la capital. Freyja estaba embarazada de nuevo. Su primer hijo nació a principios del año anterior y al parecer los dos deseaban una niña en esa ocasión.
Lord Alleyne Bedwyn estaba en el campo con su esposa, Rachel, y sus gemelas, que nacieron el verano anterior. Estaban muy preocupados por la salud del barón Weston, el tío de Rachel, con el que vivían, y no querían dejarlo solo. El corazón volvía a darle problemas. Morgan, la benjamina de la familia, estaba en Kent. Ella y su marido, el conde de Rosthorn, habían pasado unas semanas en la ciudad, pero el clima de Londres no le había sentado muy bien a su hijo, de modo que Morgan lo había llevado de vuelta a casa. Rosthorn había pasado la primavera viajando entre Londres y el campo hasta que el Parlamento cerró sus puertas, momento en el que se marchó sin pérdida de tiempo. No volvería a repetir la experiencia jamás, le había asegurado antes de partir. En el futuro, si su esposa y sus hijos no podían acompañarlo, se quedaría en casa, y que se fuera a hacer puñetas el Parlamento. «Sus hijos», había dicho. En plural. Lo que seguramente quería decir que Morgan también estaba embarazada.
Era muy gratificante, concluyó mientras cogía una de las plumas y la acariciaba con el índice y el pulgar, ver que sus hermanos estaban felizmente casados. Sus obligaciones en lo referente a ellos habían concluido de forma satisfactoria.
Sin embargo, Bedwyn House estaba vacía sin ellos. Morgan ni siquiera se había alojado con él durante las semanas que había estado en la ciudad. Lo que era lógico, claro estaba.
Lindsey Hall, la casa solariega emplazada en Hampshire, iba a parecerle aún más vacía.
Tal vez fue esa conclusión la que lo había llevado a tomar una decisión impulsiva, cosa inusual en él, pocos días antes. Había aceptado una invitación verbal de parte de lady Renable (ofrecida de labios de su hermano, el vizconde de Mowbury) para asistir a la fiesta campestre que la dama celebraba en Schofield Park, en Gloucestershire. Jamás asistía a fiestas campestres. Era incapaz de imaginarse una forma más insípida de pasar dos semanas. Claro que Mowbury le había asegurado que la compañía sería excepcional y la conversación, inteligente, y que podrían pescar. De todas formas, dos semanas rodeado por las mismas personas, por muy afables que estas fueran, podrían acabar con la paciencia de cualquiera.
Se reclinó en el sillón y apoyó los codos en los reposabrazos, tras lo cual unió las manos por las puntas de los dedos y clavó la mirada al frente. Echaba de menos a Rose más de lo que se atrevía a admitir. La que fuera su amante durante más de diez años había muerto en febrero. Un resfriado inofensivo en apariencia, aunque él insistió en llamar a su médico personal para que la atendiera. A pesar de dicha atención, acabó convirtiéndose en una inflamación de los pulmones, y lo único que el médico pudo hacer fue evitarle las molestias en la medida de lo posible. Su muerte había sido un duro golpe. Estuvo a su lado en el último momento, al igual que durante la práctica totalidad de su enfermedad.
Y se sentía exactamente igual que si hubiera enviudado.
Rose y él habían disfrutado de una relación muy agradable. Durante los meses del año en los que residía en la ciudad, se encargaba de que ella estuviera alojada con todos los lujos y comodidades, y cuando se marchaba a Lindsey Hall, ella se iba a casa de su padre, un herrero, donde su condición de amante rica de un duque le reportaba cierta fama y un considerable respeto. Siempre que estaba en Londres solía pasar las noches con ella. La suya no había sido una relación apasionada (la pasión era algo ajeno a él) y tampoco habían disfrutado de una amistad especialmente íntima, puesto que sus intereses y su educación eran muy diferentes. No obstante, sí habían tenido un agradable compañerismo. Estaba seguro de que para ella también había sido una relación satisfactoria. De no ser así, lo habría notado a lo largo de los diez años de su relación. Siempre se había alegrado de no haber tenido ningún hijo con ella. Aunque los habría mantenido si hubieran nacido, le habría resultado incómodo tener hijos bastardos.
Su muerte había dejado un enorme vacío en su vida.
La echaba de menos. Había llevado una existencia célibe desde febrero, pero no sabía cómo podía reemplazarla. Tampoco estaba seguro de querer hacerlo. Al menos, de momento. Rose había sabido complacerlo y satisfacerlo. Y él había sabido complacerla y satisfacerla, pero ¿estaría dispuesto a amoldarse a otra persona? A los treinta y cinco años se sentía como un anciano.
En ese momento apoyó la barbilla en la punta de los dedos.
Tenía treinta y cinco años.
Había cumplido sus obligaciones como duque de Bewcastle al pie de la letra, y eso que nunca había querido el título, a pesar de haberlo heredado a los diecisiete años. Todas las obligaciones salvo la de casarse y engendrar hijos y herederos. Muchos años antes había estado a punto de cumplir también esa obligación, cuando era joven y albergaba la esperanza de que la felicidad personal y las obligaciones pudieran ir de la mano. Sin embargo, su futura esposa puso en marcha un elaborado plan a fin de librarse de un matrimonio que le resultaba repugnante la misma noche elegida para anunciar el compromiso, ya que les tenía demasiado miedo (a él y a su propio padre) como para decir la verdad.
¿Cómo iba un duque a elegir a una mujer como su duquesa y a esperar que la unión le reportara felicidad personal? ¿Quién iba a casarse con un duque por la persona, no por el título? De una amante era fácil deshacerse. De una esposa, no.
De ahí que la pequeña rebelión que se había permitido desde aquel asunto con lady Marianne Bonner no fuera otra que la de permanecer soltero. Y satisfacer sus necesidades con Rose, a quien conoció e hizo su amante menos de dos meses después de aquella desastrosa noche.
Pero Rose estaba muerta; y enterrada gracias a su generosidad en una iglesia próxima a la forja de su padre. El duque de Bewcastle había dejado al vecindario boquiabierto con su presencia en el funeral.
¿Por qué demonios había aceptado ir a Schofield Park con Mowbury? ¿Porque no quería volver solo a Lindsey Hall, pero al mismo tiempo tampoco soportaba la idea de quedarse en Londres? Una razón de poco peso, aunque Mowbury fuera muy inteligente y un gran conversador, y le hubiera asegurado que el resto de los invitados cumpliría la misma premisa. De todas formas, habría sido mejor pasar el verano inspeccionando sus diversas propiedades en Inglaterra y Gales, y tal vez quedándose unos días con cada uno de sus hermanos mientras viajaba de una a otra. No, lo último no habría sido buena idea. Todos ellos tenían vidas propias. Cónyuges e hijos. Todos eran felices. Sí, así lo creía. Eran felices de verdad. Todos ellos.
Y se alegraba muchísimo.
El duque de Bewcastle, completamente a solas con su esplendor y poder personal, y rodeado por la magnificencia de la mansión londinense que habitaba, siguió mirando al vacío mientras se golpeaba la barbilla con las puntas de los dedos.

2
El carruaje del barón Renable llegó bastante pronto esa mañana para recoger a Christine y llevarla a Schofield Park. Melanie, con aspecto agitado, aceptó gustosa que la ayudara con los preparativos de última hora. Christine se pasó por la habitación que le habían asignado (una estancia del tamaño de una caja de zapatos situada en la parte posterior de la mansión entre dos chimeneas, que a su vez bloqueaban la vista de la ventana y solo le permitían ver un trocito del huerto) para coger su bonete, arreglarse el pelo y colocar su escaso equipaje. Después subió a la habitación infantil para saludar a los niños, y pasó el resto de la mañana y parte de la tarde de un lado para otro haciendo diversos recados. Habría estado haciéndolo todo el día si Melanie no la hubiera visto a media tarde subiendo la escalera a toda prisa, cargada de toallas en dirección a una de las habitaciones de invitados más lujosas, y le hubiera echado una regañina por su aspecto.
—Tienes que vestirte ahora mismo, Christine —dijo horrorizada con una mano sobre el corazón—, y arreglarte el pelo. Te dije que podías ayudar, no que te dejases tratar como una criada. ¿Eso que llevas son toallas? Ve a tu habitación ahora mismo, tonta, y empieza a comportarte como una invitada.
Menos de media hora después, reapareció en la planta baja vestida decentemente, si bien no a la moda, con su segundo mejor vestido de muselina bordada y el cabello lustroso después de habérselo cepillado. Detestaba con toda su alma estar nerviosa… y haberse dejado atrapar. Podría estar en mitad de la lección de geografía en la escuela y disfrutando de lo lindo con ello.
—Vaya, aquí estás —dijo Melanie cuando se reunió con ella en el vestíbulo. Le cogió una mano y le dio un apretón un tanto doloroso—. Va a ser muy divertido, Christine. Espero no haberme olvidado de nada. Y también espero no ponerme a vomitar cuando vea llegar a los invitados. ¿Por qué vomito siempre en este tipo de situaciones? Es de lo más inapropiado.
—Como de costumbre, todo saldrá tan maravillosamente bien que te declararán la mejor anfitriona del verano —le aseguró.
—¿De verdad lo crees? —Melanie se colocó una mano sobre el corazón como si quisiera refrenar su errático latir—. Me gusta cómo te queda el pelo corto, Christine. Estuvo a punto de darme un soponcio cuando me dijiste que ibas a cortártelo, pero pareces más joven y guapa, como si alguien hubiera retrocedido el tiempo para ti… Claro que siempre has sido guapa. No sabes los celos que tengo. ¿Qué has dicho, Bertie?
Sin embargo, lord Renable, que estaba a unos cuantos pasos de ellas, se había limitado a carraspear con una especie de gruñido.
—Se acerca un carruaje, Mel —dijo el barón—. Empieza la fiesta. —Miró a su esposa como si el condestable estuviera a punto de invadir Schofield Park para llevarse todos sus bienes terrenales—. Sube a tu cuarto a esconderte, Christine. Creo que podrás disfrutar de otra hora de libertad.
Melanie le dio un golpecito en el brazo con brusquedad e inspiró de forma audible. Dio la sensación de crecer varios centímetros y se transformó al punto en una anfitriona elegante y aristocrática que jamás en la vida había experimentado los nervios ni la necesidad de vomitar en tiempos de crisis.
Aunque estuvo a punto de hacerlo cuando bajó la vista de repente y se dio cuenta de que tenía un vaso de limonada a medio beber en la mano derecha.
—¡Que alguien se lleve esto! —ordenó mientras miraba a su alrededor en busca del criado más cercano—. ¡Por el amor de Dios! Podría haberlo derramado sobre las botas o sobre el vestido de alguien.
—Ya lo cojo yo. —Se ofreció ella con una carcajada mientras se lo quitaba de la mano—. Y derramar la bebida sobre alguien es algo típico en mí, no en ti, Melanie. Desapareceré con la limonada para evitar el peligro.
Subió la escalera en dirección a la salita amarilla, donde las invitadas debían reunirse con ella. Por alguna razón que solo ella conocía, Melanie siempre mantenía a las damas y a los caballeros separados hasta que podía recibirlos conjuntamente en el salón para tomar el té, momento en el que se inauguraba de forma oficial la fiesta.
Sin embargo, se detuvo un momento en el descansillo, situado justo sobre el vestíbulo, de modo que se podía ver lo que había abajo si se asomaba por la barandilla. El carruaje que había oído Bertie debía de estar más cerca de lo que pensaba. Los primeros invitados ya estaban entrando en el vestíbulo. Fue incapaz de resistirse a echar un vistazo para comprobar si conocía a alguno de los recién llegados.
Se trataba de dos caballeros. Uno de ellos, vestido descuidadamente con una chaqueta marrón arrugada y demasiado grande, pantalones azul oscuro con bolsas a la altura de las rodillas, botas desgastadas que habían vivido mejores tiempos, una corbata que parecía anudada al cuello con prisas y sin ayuda ni de espejo ni de sirviente, el cuello de la camisa sin apresto, y el pelo alborotado como si acabara de levantarse de la cama, era Hector Magnus, vizconde de Mowbury.
—¡Mel, aquí estás! —exclamó con una sonrisa en dirección a su hermana, como si hubiera esperado que lo recibiera otra persona en su casa—. ¿Cómo estás, Bertie?
Christine sonrió con afecto, y lo habría saludado de no ser por la presencia del otro caballero. No habría sido más opuesto a Hector aunque lo hubiera intentado. Era alto, bien formado y muy elegante. Llevaba una magnífica chaqueta azul sobre un chaleco bordado en gris claro, unos pantalones gris oscuro y unas relucientes botas de montar rematadas en blanco. El nudo de la corbata era elegante y preciso, sin caer en la ostentación. El cuello almidonado de la camisa le llegaba justo a la mandíbula. Ambas prendas eran de un blanco prístino. Llevaba un sombrero de copa en la mano. Su cabello era oscuro y abundante, con un corte exquisito y muy bien peinado.
Bajo el elegante atuendo su pecho y sus hombros parecían muy anchos y poderosos, y en comparación sus caderas resultaban muy estrechas. Saltaba a la vista que esos muslos no necesitaban que el sastre rellenara los pantalones.
Aunque no fue su impresionante aspecto lo que la mantuvo en silencio y clavada en el sitio, espiándolo en lugar de seguir su camino, sino la seguridad de su porte, la orgullosa y arrogante inclinación de su cabeza. Estaba claro que se trataba de un hombre que dominaba su mundo con facilidad y que exigía obediencia inmediata de sus subordinados, entre los que se encontraba, por supuesto, prácticamente el resto de los mortales… Tal vez fuera una idea ridícula, aunque no tanto si era el archiconocido duque de Bewcastle.
Su aspecto era el que esperaba, por lo que conocía de él.
Era un aristócrata de los pies a la cabeza.
Vio parte de su rostro cuando Melanie y Bertie lo saludaron y él hizo una reverencia. Era guapo, pese a la frialdad y austeridad de su atractivo, con una mandíbula firme, labios delgados, rasgos marcados y una nariz prominente, ligeramente curvada y muy aristocrática.
Sin embargo, no le vio los ojos. Tras saludar a Melanie se había movido hasta colocarse casi debajo de ella mientras su amiga charlaba con Hector, de modo que se inclinó ligeramente sobre la barandilla en el preciso instante en el que el duque echaba la cabeza hacia atrás y levantaba la vista hacia ella.
Se habría retirado a toda prisa, avergonzada porque la hubiese pillado espiando, si no la hubieran sorprendido los ojos que intentaba ver. Porque parecieron atravesarla hasta llegar hasta su nuca. No tenía muy claro su color: ¿azul claro?, ¿gris claro?; pero la distancia que los separaba no era suficiente para librarse de su efecto.
¡Con razón tenía semejante reputación!
Por un breve instante tuvo la impresión de que el duque de Bewcastle podía ser un hombre muy peligroso. El corazón se le desbocó como si la acabaran de descubrir mirando por el ojo de la cerradura de una habitación donde se estuvieran cometiendo actos escandalosos.
Y en ese momento sucedió algo extraordinario.
El duque le guiñó un ojo.
O eso le pareció por otro brevísimo instante.
No obstante y mientras abría los ojos como platos, se percató de que estaba frotándose el ojo que le había guiñado, y entonces cayó en la cuenta de que al inclinarse sobre la barandilla también había inclinado el vaso que tenía en la mano. ¡Había derramado limonada sobre el ojo del duque de Bewcastle!
—¡Ay! —exclamó—. Lo siento muchísimo.
Acto seguido, dio media vuelta y subió la escalera todo lo deprisa que le permitieron las piernas. ¡Qué bochorno más horroroso! ¡Qué torpeza por su parte! Había prometido que no se tropezaría con él el primer día, pero no se le había ocurrido prometer que no le derramaría limonada en un ojo.
Deseaba con toda su alma que ese incidente no fuera un mal presagio de los días venideros.
Tenía que recuperar la compostura antes de que las damas se reunieran con ella, pensó una vez que llegó sana y salva a la salita amarilla. Y debía mantenerse bien lejos del duque de Bewcastle durante los siguientes trece días y medio. Claro que eso no sería muy difícil. Seguramente ni siquiera la reconocería cuando volviera a verla. Además, no era la clase de persona en la que el duque podría fijarse en circunstancias normales.
A pesar del accidente con la limonada, el duque de Bewcastle ni siquiera significaría un ligero peligro para alguien tan insignificante como ella.
Además, ¿por qué debería afectarla su presencia? Era uno de esos hombres a los que jamás intentaría impresionar.
Era limonada, se percató Wulfric al punto. No obstante, aunque la limonada fuera una bebida refrescante para los que no gustaban del vino ni de otros licores en días calurosos, no podía decirse que fuera un colirio agradable…
No se quejó en voz alta. Los Renable no parecían haberse dado cuenta del incidente, a pesar de que la criatura que le había echado la limonada desde la galería superior había sido lo bastante impertinente como para disculparse a gritos antes de salir huyendo como un conejo asustado… y había hecho bien. Los Renable estaban muy ocupados con Mowbury.
Se limpió el ojo con un pañuelo y esperó que no estuviera tan irritado como lo sentía.
De todas formas, no era un comienzo prometedor para una visita de dos semanas. Un criado que trabajase para él no seguiría siéndolo durante mucho tiempo si espiaba a los invitados, les derramaba algún líquido encima, se disculpaba en voz alta y luego salía huyendo. Esperaba que fuera un episodio aislado y no un indicio de la pobre calidad del servicio doméstico.
La criatura ni siquiera llevaba cofia. Había alcanzado a ver que tenía el pelo rizado, el rostro redondo y unos ojos enormes aunque, evidentemente, no había tenido la oportunidad de echarle un buen vistazo.
Hecho que no lamentaba en lo más mínimo.
La desterró de sus pensamientos. Si los Renable eran incapaces de controlar a sus criados, no sería él quien se preocupara de la mala calidad del servicio. Eso era cosa de los barones. Al fin y al cabo, él iba acompañado de su ayuda de cámara para que se encargara de sus necesidades personales.
Todavía albergaba la esperanza de que la fiesta campestre en Schofield Park fuera de su agrado. Mowbury, un hombre de unos treinta años que era un lector compulsivo y que había viajado por todo el mundo, sobre todo a Grecia y
