1
EL SEGUNDO PEOR DÍA DE MI VIDA
Hay días que son luz radiante y sábanas blancas. Días que empiezan con el sol colándose por una ventana de madera, dejando que caliente la habitación y los pliegues de tu almohada. Entonces solo quieres cerrarle la puerta al mundo y perderte en la cama, entremeter la nariz en varios libros y beber mucho café. Hoy podría ser uno si no fuera porque, al abrir un ojo, noto algo incómodo y doloroso moviéndose en mi interior. Un quejido involuntario sale de mi garganta en forma de «otra vez no», pero sí, otra vez sí. De hecho, tan solo me da tiempo a incorporarme lo justo para no ahogarme porque enseguida una arcada hace que mi puñetero estómago salga a saludar, y todo el alcohol de ayer mezclado con el mísero sándwich de jamón de york que cené son expulsados de mi boca rumbo a la alfombrilla junto a la cama. Qué asco. Empezar el día vomitando no es un buen principio.
Por lo menos todo mi ser agradece el vómito y respiro tranquila cuando termino de toser los rescoldos de anoche; así que cuando me calmo, me levanto y me dirijo al baño. Al ritmo de varios estornudos encadenados que denotan que marzo y mi alergia ya están aquí, llego al lavabo y abro el grifo, gruñendo al ver mi maquillaje corrido, mis ojeras tipo oso panda y mi pelo rubio enredado en una maraña que pide acondicionador en cantidades industriales. Ñeh, soy un puto adefesio. Un puto adefesio con una resaca como una catedral. Eso sí, me doy una buena ducha y al salir tengo la impresión de volver a ser persona: así que me armo de valor y voy a mi habitación para tirar la alfombra llena de, ejem, residuos directamente en el contenedor de basura que hay frente a mi portal. Bien, ya vuelvo a tener el dormitorio de alguien normal y soy un ser humano en plenas facultades. Enhorabuena, Lena.
Ahora toca hacer recuento de daños.
Enciendo los altavoces para el iPad que me regaló mi padre en Navidad y pongo a todo volumen Interpol. Tengo lagunas mentales más grandes que Brasil, así que me siento en mi escritorio para pasar al ordenador las fotos de ayer que tengo en la réflex. Ah, sí. Empiezo a acordarme de la noche a fogonazos. Salimos a celebrar mi veintiséis cumpleaños Daniel, Darío, Lidia, Luis y yo. Nos metimos en un antro de mala muerte y nos vinimos arriba con todo el equipo. Acabamos de cubatas hasta las cejas y terminé en medio de la pista bailando a lo místico mientras Daniel y Darío se partían de risa. Lidia desapareció con Luis, de nuevo sin decir nada. Todos vemos que ocurre algo entre ellos, pero se empeñan en ocultarlo, así que ellos sabrán. El caso es que yo seguí bailando hasta que me comí la boca con un chico ante la atenta mirada de Daniel, que hizo lo mismo con una desconocida. También Darío ligoteó con un tío, y se fue guiñándome un ojo cómplice mientras salía del bar rumbo a su casa. Frunzo el ceño tratando de recordar por qué nos besamos ese chico y yo. Había bebido y no sé por qué me estaba acordando tanto de Mara que me entró el bajón. Fuerte y despiadado. Y entonces recuerdo el motivo por el que me había venido Mara a la cabeza: sonó su canción favorita, «Wish you were here», de Pink Floyd, y a mí se me heló el alma. Lo siguiente de lo que tengo conciencia es de beber algo infernal de un trago, ponerme a bailar sola en la pista, empezar a hablar con el chico y dejar que su boca llenara la mía hasta que nos despedimos sin llegar a más.
Dios mío, no vuelvo a beber.
Ni a bailar.
El timbre de la puerta me devuelve a la realidad y me levanto a abrir. Es Daniel. Él y Darío viven juntos en un pequeño apartamento cercano a mi casa. Darío es físico y becario, aunque se gana un dinerillo extra dando clases particulares en su piso. Así que como su hogar es un ir y venir de adolescentes, Dani siempre viene a la mía a pasar el rato.
Entra dándome un beso en la mejilla y solo verlo ya me hace sonreír. Lleva un sombrero borsalino echado hacia atrás, resaltando así sus saltones ojos azules. Pasa a mi dormitorio y se tumba encima de mi cama dejando caer todo su peso en los muelles.
—Me vas a joder la cama —protesto.
—No sería la primera vez. —Me saca la lengua y yo me río mientras me acerco a la mesilla para coger un cigarrillo.
Daniel me atrapa entonces y me sube a su regazo. Me siento a horcajadas y me tumbo encima de su pecho, que huele a él y me hace suspirar por la sensación de comodidad que siempre me proporcionan su piel y sus brazos enredados en mi cintura.
—¿Qué tal con el pavo de anoche? —me pregunta, apretando su abrazo.
—Sin más. ¿Y tú?
—Sin más. —Sonreímos.
Me besa el pelo y me acaricia la cara. Con su índice y pulgar agarra mi barbilla, me levanta la cabeza, y deja mis labios a la altura de su boca. Me da un beso que nos hace sonreír. Entonces nos damos otro. Y otro. Y otro más. Hasta que dejan de ser besos suspirados para ser bocas clamando urgencia una vez más.
—Paso de ir a ningún sitio esta tarde —me dice sonriendo.
Asiento, y en menos de lo que tardo en pestañear, lo tengo dentro mí, llenándolo todo. Y así nos vamos moviendo en la cama, y creamos una especie de coreografía entretejida por los gemidos de dos personas que se sienten en casa cuando se tocan. Sin tiempo, sin ruido. Todo deja de importar con la más tibia de nuestras caricias. Todo. El sexo con Daniel es lo único que me llena, lo único que me hace ir más allá de todos los fantasmas que me rodean. Lo único que no es apatía. Terminamos y él se tumba encima de mi cuerpo, abrazándome muy fuerte. Abro las piernas para acomodarlo y rodeo su cintura con ellas. Me besa bonito. Yo sonrío. Hasta que se incorpora un poco, apoyando su cabeza en su mano. Y vuelven el tiempo y el ruido.
—¿Por qué Luis y Lidia se esconden? —le pregunto—. Parecen niños.
—Porque se han enamorado y eso suele dar vergüencita al principio —dice sonriendo.
—¿Enamorado? ¿Después de tanto tiempo siendo amigos?
—El roce hace el cariño, supongo.
—Tú y yo tenemos mucho roce desde hace meses y no nos hemos enamorado.
—Porque tú y yo nos queremos demasiado para enamorarnos, Lena.
Daniel y yo nos despedimos en la puerta de mi casa a las ocho de la tarde con un beso y un abrazo. Al final nos hemos quedado holgazaneando en mi cama y hablando de todo un poco. Con Daniel se me pasan las horas tan rápido que ni me entero de que las manillas del reloj han corrido. A él le ocurre lo mismo y por eso tratamos de vernos lo más posible. A veces recorremos Madrid dando larguísimos paseos, yendo de compras, tomando cañas, o follando en su casa o en la mía si mi padre y mi abuela no están, como hoy. Otras veces solo nos quedamos callados, tumbados en cualquier parque mirando al cielo, hasta que uno de los dos se acuerda de que hay que moverse. Ambos trabajamos juntos en una tienda de vinilos que ahora se ha puesto muy de moda por lo cool que parece, pero que, en realidad, la gestiona un jefe déspota que paga mal y valora más bien poco lo que hacemos. Sí, soy la compañera de Daniel, y nos acostamos cuando nos apetece desde que lo conocí hace un año. Mi abuela, la pobre, piensa que Daniel y yo somos novios porque en su cabeza, por muy moderna que sea, no cabe la palabra «follaamigo», por eso nunca he intentado explicarle lo que en realidad hay. Además, sé que ella se siente más tranquila pensando que tengo a alguien importante en mi vida y que así los fantasmas duelen menos. Que soy más feliz. Que vuelvo a tener las ilusiones que Mara se llevó. Que vuelvo a querer volar. ¿Cómo voy a sacarla de su error diciéndole que Dani no es esa persona y que no creo que llegue nunca? No, pobre. Mejor así.
Mi abuela vive con mi padre y conmigo desde que tengo uso de razón. Se mudó al poco de fallecer mi madre, cuando yo aún era una bebé, para ayudar a mi padre con la crianza. Él es un afamado escritor y se pega el año viajando de aquí para allá, bien para temas de promoción bien para, según él, inspirarse y documentarse para sus novelas históricas. Eso ha hecho que mi padre haya sido una figura ausente en mi vida. Su profesión por encima de su familia. Así que mi abuela y yo siempre hemos estado la una con la otra y por no dejarla sola, no me he independizado aún. Ella siempre insiste en que debería mirarme un piso, que tengo que soltar amarras, pero me niego: no quiero dejarla sola ni tampoco abandonar esta casa tan llena de recuerdos. Sería como cortar raíces con todo lo que ha pasado aquí y no puedo. Hace un par de semanas se fue a su pueblo natal, donde también vive mi tía, «la rancia», y se quedará allí unos días más. Y al acordarme de mi abuela decido llamarla a ver cómo está. La echo de menos.
—Hola, tía Amparo. ¿Está Yayi?
—Hola, Elena. —Mi tía es la única persona que me llama por mi nombre completo—. Sí, te la paso.
Oigo unos pasos y a mi tía gritando como si mi abuela no la oyese. Me río entre dientes porque es probable que mi abuela se esté haciendo la sorda para no oír las chorradas de su propia hija, que es una arpía.
—¿Dígame? —responde con su voz quebrada.
—¡Yayi! ¿Qué hace mi abu?
—¡Hola, mi vida! —Y a mí se me pone una sonrisa al escuchar su tono cariñoso como una caricia—. Estoy viendo la televisión…, ¿y tú?
—Estaba echándote de menos.
—Bueno. Queda poco para vernos, flor. Dentro de nada cojo el tren y vuelvo. ¿Cómo fue la celebración de tu cumpleaños?
—Superbien.
—Superguay. —Se ríe de mí y yo con ella—. ¿Hoy no trabajas?
—No, hoy tengo libre, afortunadamente —resoplo.
—Si no estás contenta con ese trabajo, déjalo. Eres muy joven todavía para estar donde no quieres estar.
—Están las cosas como para dejar trabajos, abuela —rebufo entre dientes.
—Pues escribe.
—Ya sabes que eso se acabó.
—Y es una tontería como un piano, Lena. Que tu padre sea crítico y duro contigo o que hiciera aquello no significa que seas mediocre. Significa que él es un profesional y quiere enseñarte, solo que no siempre sabe cómo hacerlo.
—Bueno.
—A veces las ilusiones se debilitan porque no tenemos la fuerza para pelearlas. Y entonces entramos en el bucle de la apatía. Tienes que salir de ahí, mi niña. Tienes veintiséis años y toda la vida por delante.
—Tengo que dejarte, Yayi. Papá vuelve hoy de su viaje y he de hacer la cena.
—De acuerdo —resopla resignada—. Dile que mañana por la mañana le llamo para que me cuente cómo le ha ido por Italia. Dile que he leído su borrador, que me ha gustado mucho y que le he enviado a su asistente eso.
—¿El qué? —le interrogo curiosa.
—Ya lo sabrás…, cuando llegue la hora, Lena.
—Qué jodida eres, Yayi —digo riéndome.
—Anda, ve a hacer la cena. —Se ríe también.
Nos despedimos y colgamos.
Dejo la cena preparada en la encimera de la cocina tapada con papel de aluminio y salgo de casa hacia el garaje. Los garajes siempre me han dado mucho repelús. Me da la sensación de que monstruos horribles se ocultan en ellos, tipo la habitación 101 de 1984 de Orwell, y que cualquier cosa me puede pasar. Aun así no me queda más remedio que atravesar el frío, gris y denso pasillo hasta llegar al coche: tengo que ir a buscar a mi padre al aeropuerto. Los aeropuertos son los peores lugares del mundo para mí, junto con los garajes. En ellos me he pasado media vida, bien esperando a que mi padre llegue de sus viajes, bien despidiéndole cuando se va. Es un buen hombre y ha sido un buen padre, pero ha estado siempre ausente y mi relación con él es la más extraña del mundo. Básicamente no se mete en mi vida y yo no me meto en la suya. Me da dinero si lo necesito, y me deja hacer y deshacer a mi antojo. Esto parece muy cool, pero si no hubiera sido por mi abuela yo no habría terminado la carrera y estaría puesta hasta las cejas, porque cuando te crías sin disciplina, cariño, ni control, acabas siendo un juguete roto que solo busca destrozarse aún más. Por eso mi abuela es intocable para mí. Ha sido la brújula que me ha guiado toda la vida. Sobre todo cuando pasó lo de Mara. Pero no quiero pensar en ella, porque con la resaca me dará bajón otra vez y ahora tengo que conducir hasta el aeropuerto.
Mi padre y yo nos saludamos con un abrazo que pretende ser cariñoso y dos besos fríos como el hielo. Me cuenta que está cansado del viaje, pero lleno de experiencias e inspiración. En el trayecto de vuelta a casa me pregunta por el trabajo, por si he vuelto a escribir algo, por mis amigos y por si tengo novio. Todo así como de carrerilla, como por obligación. «Tengo que preguntarle a mi hija por los aspectos de su vida». Algo así. Y cuando nos hemos hecho todas las preguntas del mundo, nos quedamos callados sin saber de qué hablar.
Llegamos a casa y cenamos en silencio. Solo se rompe cuando alaba mi cocina y me dice que lo he heredado de mi madre. Sonrío dándole las gracias y seguimos comiendo sin mediar palabra. Lo miro con disimulo y no sé dónde tiene la mente ahora mismo, pero estoy segura de que no es aquí. Hacía semanas que no nos veíamos y solo nos da para unos diez minutos de conversación banal. Cuánto echo de menos a Yayi ahora mismo. Y a mi padre, también.
El teléfono fijo suena interrumpiendo tan, ejem, amena velada y mi padre se levanta a cogerlo. No le oigo hablar, porque está en el salón y el piso es grande, pero tarda un buen rato en volver a la cocina. Yo he estado esperándolo para comernos juntos el postre, pero, cuando vuelve, trae una cara que me indica que no le apetece una mierda la naranja que le estaba pelando.
—Lena —me dice con los ojos llorosos y el puño en su boca.
—¿Qué ocurre?
—Lena, hija. Ha pasado una cosa terrible. Levántate.
Y cuando me pide levantarme, se me hiela la sangre porque mi padre siempre dice que las malas noticias hay que acogerlas de pie, para poder abrazarte a alguien en cuanto te las digan.
—¿Yayi? —digo sin pensar. Él asiente y yo dejo escapar un suspiro de dolor.
—Era tu tía Amparo. A Yayi le ha dado una embolia hace cuarenta minutos y se ha muerto en el acto.
Y menos mal que estoy de pie y al lado de mi padre, porque nada más oír la noticia casi me desplomo en sus brazos. Nos abrazamos con fuerza y sollozamos juntos. Y por primera vez en seis años, él y yo nos aferramos a algo con la misma necesidad: al dolor de la pérdida.
2
MARA
Mara, Lena…, la comida está en la mesa!
Mara y yo nos reíamos ajenas a todo y seguíamos jugando en el salón a que ella era una princesa montada a caballo y yo una pistolera que debía liberarla de las garras del sheriff malo.
—¡Bang, bang! ¡Muere villano! —gritaba yo.
—¡Oh, Dios mío! ¡La pistolera de Ohio me ha salvado! —Mara fingía desmayarse.
—¡Jo, Mara, así no es! —protestaba yo con los brazos en jarra—. La historia es que tú le disparas también a él y las dos nos vamos en tu caballo a conquistar las tierras de una tribu perdida de Canadá.
—Ese juego es un rollo, Lena. Siempre estás pensando en historias rarísimas que no tienen sentido y me aburro.
—¡Pues no juegues conmigo! Me gustan mis historias y quiero jugar a ellas, así que déjame en paz.
—A ver, niñas —intervenía Yayi—, si digo que la comida está en la mesa, hay que venir ipso facto. Ya jugaréis luego.
Mara se iba dando saltitos hacia la cocina.
—Yo no juego más con Lena. Se inventa cosas muy raras —decía al llegar a la mesa.
—Porque Lena tiene mucha imaginación, hija, y no sabe usarla aún. Pero ya aprenderá. —Me guiñaba un ojo y yo me reía dando vueltas sobre mí misma.
No puedo evitar sonreír al acordarme de esa escena, banal y cotidiana, de dos hermanas siendo niñas mientras me fumo un cigarrillo tumbada en mi cama, a oscuras. Mara, Yayi y yo, siempre juntas. Como un triángulo equilátero que se ve desequilibrado si uno de sus ángulos flaquea. Yayi, que viene de yaya-yayita-yayi, nos crio a ambas como si fuéramos sus propias hijas, siendo nuestra abuela. Tras la muerte de mi madre, otra ausencia en mi vida, volcó toda su energía en hacer de nosotras dos niñas normales y corrientes que crecieran en un hogar con un padre ausente. Gracias a ella, Mara y yo llegamos a ser quienes éramos y gracias a ella siempre nos llevamos bien. Mejor que bien.
Mara era dos años mayor que yo y, desde el día que nací, fue mi mejor amiga. Quizá por la ausencia de nuestra madre y lo poco que veíamos a nuestro padre, nos aferramos la una a la otra y las dos a Yayi. Supongo que, inconscientemente, llenamos así los vacíos que sentíamos y nos creíamos menos solas de lo que estábamos. Éramos dos almas gemelas, inseparables, cómplices y amigas que no sabían hacer nada si no era juntas. Para mí, Mara era el pilar básico de mi familia, en la que Yayi era como una madre y mi padre un ente que nos proporcionaba sustento económico y poco más. ¿Cómo no iban a ser ellas dos mi todo si no tenía nada más? Pero, a pesar de la cantidad de cosas que no encajaban en esta curiosa familia, yo era feliz. Quizá porque cuando dejé de serlo, distorsioné los recuerdos del pasado haciéndolos más agradables de lo que fueron, pero si visualizo mi infancia, veo un hogar cálido, con ausencias suplidas por las risas y el cariño de mi hermana y de mi abuela, con ilusiones y ganas de ser mayor para comerme el mundo. Si mi infancia fuera un color, sería el amarillo. Un amarillo alegre y vivo.
Hasta que dejó de serlo.
Mi hermana cayó enferma cuando tenía dieciséis años. Recuerdo perfectamente el verano en el que nuestra vida se desmoronó. Mara era una chica muy tranquila y dulce que de repente se tornó hostil e irascible. Nadie pensó que fuera algo distinto a lo propio de la adolescencia, pero la situación empezó a preocuparnos cuando en cuestión de días comenzó a tener dolores de cabeza agudos que le impedían salir de la cama. Un día. Otro día. Enseguida llegaron los vómitos, los mareos y la visión doble de objetos, lo que nos terminó de asustar y alertar. Mi padre la llevó a los mejores especialistas para contrastar diagnósticos, desesperándose cuando todos apuntaban a lo mismo: un tumor cerebral. A partir de ahí, vinieron las operaciones, los tratamientos que la tuvieron sumergida en quirófanos y las consultas médicas durante los seis largos años siguientes, en los que el tumor fue comiéndose poco a poco su cuerpo, hasta que al final apenas tenía fuerzas ni para hablar.
—Cuéntame, cuéntame cómo es —me dijo Mara con un hilito de voz, un día postrada en la cama, conmigo sentada a su lado, abrazándola.
—¡Eres una morbosa, Mara! —Reí yo.
—Por favor, Lena. Cuéntamelo todo. ¿Qué se siente?
—Como le digas algo a Yayi te juro que te mato. —Ella sonrió—. A ver —carraspeé—, pues me tumbé bocarriba y Felipe empezó a darme besos por el cuello y luego en la boca. Estábamos los dos tan nerviosos que temblábamos, pero aun así le toqué…, ya sabes…, ahí; y se endureció enseguida.
—Sigue.
—Entonces, sacamos el condón y lo ayudé a ponérselo. Nos costó un montón porque no teníamos ni idea de cómo se hacía, pero al final lo conseguimos y yo volví a recostarme en la cama. Él se tumbó encima de mí y empezó como a buscar…, bueno, ya sabes. —Reímos—. No atinábamos ninguno de los dos, pero al final se metió un poco, luego empujó un poco más… «¿Te duele?», me preguntó. Yo le dije que no, pero sí que me dolía un poco. Como si me pellizcaran ahí dentro. Pero después se me pasó y comenzó a gustarme. Es un gustito raro. Te hace querer más y te enciende todo el cuerpo. Tienes que estirar los dedos de los pies para absorberlo. Pero antes de que pudiera…, ya sabes…; él se corrió.
—¿Tan pronto? —Rio.
—¡Serás! —Y me reí con ella—. Estábamos los dos muy nerviosos y era su primera vez también. Es normal que durara unos —me rasqué la cabeza— dos minutos.
—Yo nunca lo haré —dijo con la mirada esquiva.
Mis ojos se llenaron de lágrimas en ese momento porque sabía que tenía razón. Mara se nos iba y era cuestión de tiempo que nos dejara del todo. Ella nunca había ido más allá de un beso con lengua. Nunca la habían tocado. No sabía lo que era enamorarse y desenamorarse y sufrir porque tu novio se va con otra o te deja en la estacada. Se perdió infinitas borracheras llenas de euforia y locura. Jamás probaría alguna droga de diseño para jugar a ser malota ni se decepcionaría con amigas que no son lo que parecen. No trabajaría nunca, no maldeciría a su jefe, no odiaría el despertador, no tendría hijos, no pagaría una hipoteca. Todo lo que había vivido se paró a la edad de dieciséis años, sin darle tiempo a casi nada.
—Claro que sí. —Sonreí—. Te curarás y serás la más guarrona del barrio.
Eso la hizo reír y estalló en carcajadas que la dejaban sin respiración. Yo me reí con ella porque al final era lo único que nos quedaba.
Mara nos dejó un 2 de mayo. Nos miró a mi padre, a Yayi y a mí, hizo un amago de sonrisa y se fue. De la forma más digna, silenciosa y feliz que podáis imaginar. Se le fue el dolor, se le fue el sufrimiento y se le fue la vida.
Y ahora, seis años después (seis años también duró su enfermedad), me estoy terminando el cigarro encima de la cama sin poder dormir porque mi abuela ha muerto. Me acuerdo de Mara; de nuestras charlas, nuestros juegos, nuestras historias. Y me acuerdo de Yayi, que se acaba de ir con ella. El triángulo roto. Sé que la muerte de Yayi era más esperada. Era mi abuela y, como tal un día u otro más pronto que tarde, nos dejaría. La mayor parte de mis conocidos ni siquiera tienen a sus abuelos vivos, así que he sido una afortunada por tener a la mía conmigo media vida. Quiero quedarme con eso. Pero oigo gemidos al otro lado de la pared y sollozo. Es mi padre. Y entonces pienso que si para mí está siendo difícil por todos los recuerdos que me trae, para él tiene que estar siendo atroz. Primero pierde a su padre, luego a su mujer, después a su hija y ahora a su madre. Una familia rota. Solo me tiene a mí. Y yo solo a él.
Mi padre se quedó mudo durante varias semanas tras la muerte de Mara. No podía hablar. Tenía tal conmoción que era incapaz de pronunciar palabra, aunque lo intentara. Los médicos le dijeron que era normal, que llevaba mucho a sus espaldas y que se le pasaría. Y así fue. Al cabo de unas semanas su voz volvió alta y firme, pero jamás le abandonó la pena. Durante los cuatro años siguientes mi padre entró en un estado depresivo que lo anuló emocionalmente. Demasiadas pérdidas. Demasiado dolor. Se dejó ir, así de simple. Vivía porque sus órganos funcionaban, pero su cabeza se distanció aún más de todo lo que le rodeaba. Y eso me incluía. Sé que no lo hizo de forma consciente. Sé que no se percataba de que tenía otra hija adolescente con tanto dolor y tantas necesidades como él. Pero también sé que su comportamiento hizo mella en mí, no solo por la evidente ausencia, sino porque de alguna forma lo imité. Mi padre era el ejemplo a seguir y su ejemplo me hizo cerrarme en banda al mundo, a la vida, a los sueños y a mí misma. Yayi, él y yo luchamos contra el dolor por la pérdida de Mara de formas tan distintas que se crearon conflictos silenciosos entre nosotros. Él y yo éramos dos líneas paralelas, idénticas en sentimientos, pero que jamás se acercaban. Y Yayi era la que veía esta distancia e intentaba romperla. Pero era imposible. En esos cuatro años, nuestra vida se sumió en un agujero negro del que apenas tengo siquiera recuerdos. Todo era inercia. Para los tres. Mi padre, de hecho, dejó de viajar, dejó de escribir y comenzamos a vivir de las rentas. Y vivir de las rentas tiene fecha de caducidad, claro. Eso fue lo que le sacó de su estado depresivo: que el dinero empezó a escasear y aunque yo trabajaba para pagarme la universidad, no nos llegaba para vivir los tres, así que mi padre volvió a escribir. Su siguiente trabajo fue un éxito de ventas y lo catapultó de nuevo a ser uno de los autores más vendidos de España y Latinoamérica, recibiendo además varios premios nacionales e internacionales y siendo, según la crítica, su mejor obra y una de las más importantes de la última década. Se llama Amar. Anagrama de Mara.
Volvieron los viajes, volvieron las ausencias y volvimos a estar mejor. Porque regresó la normalidad. Ver que todo volvía a ser como siempre era un paso adelante que todos necesitábamos dar. Todos. Mi padre, yo y Yayi. Pobre Yayi. Casi se muere cuando Mara se fue. Aún la oigo llorar por las noches cuando mi hermana iba enfermando poco a poco y rezar durante horas a todos los santos de este mundo para que se curara, hasta que ya no hubo rezo capaz de evitar lo inevitable. Su nieta se fue y, como mi padre y como yo, Yayi jamás se recuperó del golpe. Una parte de nosotros se fue con ella, está claro. La ilusión por las cosas desapareció y todo se convirtió en mera supervivencia. No es que sea un trauma. No es que yo no lo haya superado. Es que todo lo que soñaba ha dejado de tener significado. Todas las cosas buenas que me pasan son insípidas. Todas las personas que conozco, insuficientes. Mara era mi timón en la vida y me lo arrancaron, dejándome solo los brazos de mi abuela para agarrarme. Para mí, la vida tras la muerte de Mara dejó de tener sentido, no me apetecía nada. Relacionarme con gente se convirtió en innecesario; terminar la carrera de Periodismo para ser periodista y escritora, la gran pasión de mi vida, dejó de ilusionarme hasta que quedaron únicamente las cenizas de un sueño que no me permití volver a tener; enamorarme me parecía ridículo; independizarme, una aberración hacia mi casa y sus recuerdos; y solo tenía ganas de quedarme en la cama escuchando su canción favorita, que también era la mía: «Wish you were here». Me aferré al dolor como me había aferrado a Mara y no permití que nada, nunca más, pasara por mi vida si venía con una sonrisa. No más sueños. No más ilusiones. No más risas. Porque estaba rota. Sigo rota. Rota. Creo que es la palabra que mejor describe cómo me sentí, qué significó para mí su muerte y todo lo que vino después. Rota. Porque mis sentimientos se rompieron. Mis ilusiones se rompieron. Mi mundo se rompió. Mi padre se rompió. Yo me rompí. Y Yayi intentó arreglarlo todo sin éxito.
Un bip me saca de mis recuerdos. Es mi móvil. Un wasap de Daniel.
¿Cómo vas?
En cuanto ve que estoy escribiendo, me llama, sin dejarme terminar.
—Hola —digo bajito.
—Hola. —El tono cariñoso de mi mejor amigo me hace llorar.
Daniel respeta mi llanto y no dice nada hasta que paro. Cuando por fin consigo decir algo, él sigue ahí.
—Uff —suspiro, recomponiéndome.
—Estoy aquí.
—Lo sé. Joder, qué de repente todo.
—Supongo que ahora es cuando te digo eso de no sufrió, es ley de vida y tonterías así que nos dan por saco, ¿no? —Me hace dar una pequeña carcajada entre sollozos.
—Supongo que sí. Me hubiera gustado despedirme de ella, joder.
—Hazlo ahora.
—¿Cómo? —Frunzo el ceño.
—Di en alto lo que le hubieras dicho. Si quieres, colgamos. Pero hazlo.
—Bueno. —Suspiro—. Sí, me irá bien. Lo haré.
—¿Quieres intimidad?
—No. No hace falta.
—Te escucho.
Carraspeo y empiezo a hablar.
—Pues…, Yayi, me hubiera gustado despedirme de ti. Cogerte tu mano áspera de tanto trabajar y decirte que eres la mujer más fuerte que conozco. Que eres un ejemplo a seguir porque no has parado de luchar y de cuidarnos toda tu vida. Que lidiaste con una época dura como toda una señora, y que te vas de este mundo con la cabeza bien alta porque eres una mujer con alma. Que has sido mi madre y te querré siempre. Te estaré eternamente agradecida por haberme criado, cuidado y enseñado todo lo que sé. Gracias por existir. Adiós, abu; cuida a Mara y a mi madre allá dónde estéis y reencuéntrate con el abuelo al que tanto has añorado. Un besito. Te quiero.
Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que Daniel suspira y habla.
—Precioso.
—Moñas. —Me río secándome las lágrimas.
—Tu abuela estaba muy orgullosa de ti.
—Gracias. Debería levantarme a ver cómo está mi padre. Tiene que ser horroroso para él.
—Lo imagino.
—Voy a ver a mi padre, ¿vale?
—Vale. Hablamos luego.
Colgamos y me encamino a su dormitorio con el paquete de tabaco en una mano y una tila recién hecha en la otra. Él está en la cama con un brazo sobre los ojos.
—Lena —murmura.
—Tila a domicilio. —Sonrío con pena—. Y tabaco.
—A Yayi le encantaba que fumaras, aunque te riñera —dice con una mueca burlona.
—Lo sé. Yayi era una rebelde. —Reímos.
—¿Sabes que Yayi fumaba cuando era joven?
—¿Ah, sí? Nunca la vi fumar.
—No. No quería dar que hablar. —Pongo cara de asco—. Ya sabes que eran otros tiempos.
—Ya bueno, pero aun así…
—Aun así Yayi fumaba a escondidas. —Sonreímos—. Todo porque había que guardar las formas.
—Estúpidas formas.
—A Yayi siempre le importaron mucho. A mi padre, menos.
—Me cuesta verlos juntos. El abuelo que según dices siempre era tan serio y autoritario, y Yayi tan vivaz y alocada, tan adelantada a su tiempo.
Mi padre sonríe y pone una cara rara, como si fuera a decir algo, pero al final se arrepiente y solo asiente. Tiene las cuencas enrojecidas y acusa unas grandes bolsas en los ojos. Con Yayi siempre nos reíamos porque le decíamos que parecía un presidente de Gobierno cuando deja el mandato, todos llenos de ojeras y bolsas que denotan preocupaciones.
—Solo quedamos nosotros —dice lacónico.
—Al menos nos tenemos —corrijo yo.
Me mira y asiente con una sonrisa tierna y acongojada.
—Siempre fuiste la optimista y la fuerte. Tu madre estaría muy orgullosa de ti.
—Háblame de ella, papá. Cuéntame otra vez todas las historias de mamá.
Mi padre sonríe y me coge de la mano. Empieza a contarme cosas de mi madre, de lo guapa que era, lo mucho que nos quería, las canciones que nos cantaba, la comida que nos hacía. De cómo bailaba conmigo en brazos y con Mara. De cuánto sonreía siempre, como yo. De lo buena que era, como Mara. Y terminamos hablando de ellas una vez más. De mi madre, de Yayi, de Mara, de las ilusiones y de todas las cosas buenas de este mundo que no deberían irse jamás.
3
EL CHICO DEL SOMBRERO
La primera vez que vi a Daniel fue hace poco más de un año en mi primer día de trabajo. Él llegó tarde y lo miré durante un buen rato. Se había puesto un sombrero hacia atrás, dejando entrever su pelo rubio oscuro despeinado, e iba vestido con zapatillas Vans desgastadas. Me fijé en sus azules ojos saltones, su boca pequeña y su nariz grande. No era un chico que definirías como guapo en una primera impresión, pero sí tenía algo que te hacía mirarlo con disimulo. De esas personas que si analizas cada elemento de su cara no tienen nada bonito y, sin embargo, el conjunto te llama la atención por algo que no sabes determinar. Quizá un fuerte atractivo y un magnetismo innato que solo con verlo, ya tienes ganas de sonreír. Y de que se quede donde tú estés.
Cuando terminé de trabajar, él ya se había marchado. Yo me había quedado un ratito más por ser el primer día, pero cuando por fin salí a la calle, Dani estaba sentado en la terracita del bar que hay al lado de la tienda.
—Hasta mañana, chico del sombrero.
Levantó la vista de su libro y me miró con una sonrisa.
—Ey. ¿Qué tal ha ido tu primer día?
—Cansado. Pero muy bien.
—¿Sí? —Asentí con mi cabeza—. Me acabo de pedir una caña antes de irme a casa. ¿Te apuntas?
—Pues…, vale.
Ese fue el primer día que Daniel y yo nos pegamos unas horas juntos, sin parar de reír. Hablamos hasta la madrugada. Me contó que él había estudiado Publicidad y aspiraba a tener su propio estudio de márquetin, pero que mientras se formaba con cursos complementarios, trabajaba en lo que le iba saliendo. Yo le dije que había estudiado Periodismo y que quería trabajar en algo relacionado con la música. No le hablé de mi pasión secreta ni de todo lo que me pesa, pero hablamos tanto que a partir de ese día nos hicimos amigos, además de compañeros de trabajo. De hecho, desde que mi hermana murió, él ha sido la única persona con la que me he abierto un poco. Conforme íbamos haciéndonos más amigos y cogíamos confianza, le hablé de Mara, de mi familia, y le conté que me encantaba escribir hasta que dejé de hacerlo. No es que le haya revelado mis secretos, desde luego, pero sabe más de mí que nadie. Y lo cierto es que eso me da miedo. Descubrirme ante una persona me hace sentir insegura y, por tanto, no le he contado mucho más y tampoco le he hablado de mis emociones profundas. Pero, aun así, es la persona en la que más confío y con la que más a gusto me siento. De hecho, en poco tiempo conocí a sus amigos y amigas y me hice asidua al grupo. Daniel y yo nos convertimos en uña y carne por lo que no fue extraño que una noche en la que habíamos bebido un montón, termináramos liándonos. Ya se sabe: empezamos a bailar, nos rozamos, fuimos a su casa a por la última, una cosa llevó a la otra y… nos pusimos tiernos. Bailábamos el «Perfect», de Ed Sheeran, lentos y pegados. Nos dejamos llevar, supongo. Nos olimos el cuello y nos apretamos más. Hasta que por una inercia que no entendimos, comenzamos a besarnos, a desnudarnos a zarpazos y antes de darnos cuenta, estaba empujando encima de mí hasta correrse. Dentro. A pelo. Tuvimos que correr a por la píldora del día después nada más terminar y ser conscientes de que no nos habíamos acordado de los condones. Eso hizo que no pudiéramos pensar en qué habíamos hecho y qué iba a suceder con nuestra amistad, teniendo en cuenta que ninguno sentía amor por el otro. No ese amor, al menos. Lo que pasó fue que nos vestimos a toda leche para ir a la farmacia de guardia más cercana y durante el trayecto no paramos de discutir.
—Hace falta ser gilipollas, joder, Daniel, ¿cómo te corres dentro?
—Que te crees que me he dado cuenta, coño.
Y entre refunfuños llegamos a la farmacia, me dieron la pastilla, me la tomé y acto seguido le pegué un puñetazo en el hombro, pero con la borrachera que llevaba no atiné y acabé dando una vuelta sobre mí misma con el puño en alto. Eso nos hizo reír a carcajadas de la situación en medio de la calle. Él me agarraba uno de mis hombros con una mano y con la otra me mesaba el pelo, y seguimos caminando hasta llegar de nuevo a su casa y quedarnos dormidos con la ropa puesta, borrachos y más unidos que nunca.
Después de esa noche, vinieron más similares. Cuando llevábamos un tiempo acostándonos, tuvimos una conversación sincera. Daniel me dijo que estar a mi lado le gustaba mucho, que le encantaba hacerlo conmigo porque conectábamos muy bien y que no quería perderme, pero que no estaba enamorado de mí ni quería dejar de vivir su vida. No sabía cómo decírmelo y estaba pasándolo mal. Yo me reí porque sentía lo mismo: nos habíamos enredado en una historia que ambos sabíamos que no era amor, pero ni queríamos pararla ni queríamos perdernos el uno al otro. Así que hicimos una especie de pacto: seríamos amigos y si nos apetecía, nos acostaríamos juntos, pero sin ser excluyentes con otras personas y sin dramas.
Y así un año.
Un año siendo felices, sin necesitar nada más. Él se tira a todas las tías que puede y yo hago lo mismo. Nunca nos hemos puesto celosos. Nunca nos hemos pedido explicaciones. Y si alguna vez él decide sentar la cabeza y conoce a la chica adecuada, yo me alegraré por él, aunque sea consciente de que nuestra relación terminaría. Del mismo modo, él sabe que en mi caso pasaría lo mismo, aunque es más difícil: cuando Mara murió, mis ganas de amar a otra persona murieron con ella. Eso o que nadie ha vuelto a encender esa chispa en mí. Nadie salvo el chico del sombrero cuando me toca, claro.
4
EL REGALO
He quedado a desayunar en el Federal Café con Lidia antes de ir a trabajar. Ayer me llamó para ver qué tal estaba y me dio palabras de ánimo. No me mandó un wasap con las típicas frases condescendientes ni esperó unos días tras el funeral para no enfrentarse al dolor ajeno en toda su plenitud, no. Me llamó por teléfono el mismo día del funeral, que fue en estricta intimidad fami
