Introducción
No.
Ésta no es una tierra paradisiaca. Acapulco está lejos de ser el paraíso que los gobiernos se han empeñado en construir en el imaginario colectivo. Guerrero es una tierra desigual en la que 3 millones y medio de habitantes buscan sobrevivir a calamidades de todo tipo: huracanes y narcos; plagas y hambre; malos gobiernos y peores poderes fácticos. Acá nacieron las primeras autodefensas campesinas cuyo destino ha sido más atroz que las vidas más fatídicas que han segado en su camino. Ocurrió después de que los narcos del norte del país —los del Golfo, los Zetas, los Beltrán Leyva, los de Sinaloa— trasladaran sus disputas a Acapulco e hicieran de la ciudad su centro de operaciones, y de Guerrero su zona de guerra.
Lo que dejaron a su paso no fueron los miles de muertos tanto como los miles de vidas desgraciadas para siempre, en medio de un dolor que lejos de desaparecer encarna y se disuelve entre las venas como la sal en el agua. Millares de desplazados, de viudas y huérfanos, de familias desintegradas; y una cantidad inconmensurable de desaparecidos y cuerpos en fosas clandestinas que aún no terminan de desenterrarse. Historias dignas de contar más allá de la anécdota, revestidas de datos duros que, si bien han ido cambiando, y no siempre para mejorar, son tan vigentes no sólo por verificables, sino porque son un punto de apoyo, una referencia para vernos en ese espejo y llenarnos de vergüenza. Los datos duros son el andamiaje del periodismo. El celebérrimo Julio Scherer García lo decía: “En periodismo, nada sustituye al dato exacto y a la palabra precisa”, salvo porque los datos y las cifras son tan fluctuantes como las aguas de un río. Los que aquí se ofrecen son eso, datos de los años en que estas crónicas fueron reporteadas, desde 2012 hasta 2020.
Un espejo.
Hubiera querido que cambiaran para bien y que estas historias nunca hubieran existido, pero Alfredo, Toño y La Juana existen; y la enfermera por quien los conocí, y los cientos de chicos que pasan su infancia volando cometas al sol de las azoteas en temporada de papalotes, en un Acapulco lejos del alcance de sus manos, meta de sus vidas y motivo de sus muertes. Chuy también existe, así como Maruja, quien me acercó a él y me regaló una Santa Muerte, que aún conservo —no sé por qué— y que fue muy importante para poder reportear el texto homónimo de este libro, “No hay asesinos en el paraíso”. Clave para acercarme a estos chicos que se ha dado por llamar sicarios y etiquetarlos como mercancía editorial de moda. Hubiera querido que no mataran a Maruja, pero la mataron, y de la peor manera. Fueron por ella afuera de una escuela donde vendía dulces y churritos; corrió adentro a esconderse, pensando que estaría a salvo. Fue en la colonia Renacimiento, en Acapulco, y entraron por ella. Se la llevaron. La torturaron y apareció muerta a los tres días, con una manguera introducida en la vagina.
Ojalá que todo fuera ficción tipo Paul Auster en su distópico país de las últimas cosas. Desearía no haber conocido a Paola, de 15 años, desaparecida y hallada en huesos en una fosa clandestina seis meses después; ni a Leonid, el antropólogo forense que la encontró y la rescató como a cientos que ha sacado de este cementerio en el que se ha convertido Guerrero; y no haber incluido “Desenterrar cuerpos en tierra de nadie” en este volumen. Hubiera querido no escuchar la historia del médico forense de la morgue de Chilpancingo sobre cuando una madrugada de 2008 le llamaron para que se reportara de inmediato, pues habían dejado 13 hombres decapitados regados por toda la ciudad; ni presenciar cómo diseccionaba un cadáver de días hallado en una fosa para no escribir “Los muertos que no reciben flores”.
La peor cara de Acapulco existe aunque parezca ficción, aunque se esconda bajo el césped de sus zonas exclusivas. Guerrero no es un paraíso si bien es tierra, también, de Valentina y de Reynaldo; de Élida y de Adriana; de Raymundo y de Amílcar, que aún confían, que son optimistas. Los burócratas intentan enterrar las evidencias y elevar las apariencias a verdades, garantizar la ilusión del Guerrero paradisiaco. Por fortuna no todo está perdido. Hay quienes creen que esto aún es posible. Que Guerrero, Acapulco, aún son posibles. Es como buscar una aguja en un pajar, es cierto; buscar pepitas de oro en medio de un río embravecido y turbulento, lo saben. Con todo y eso, creen que con paciencia podrán hallar algo que valga la pena. A ellos los conocí también. Charlamos y por un instante me contagiaron su optimismo, y así terminé “La violinista”. Me acerqué lo mismo a colegas periodistas extranjeros en busca de historias y de explicaciones (Hans y Giulio, Elisabet y Parish) que a clavadistas en decadencia o a las mismas chicas de la Velázquez de León que dieron forma a “Acapulco, el caníbal”, un texto en el que la ciudad cobra vida como un ente que crece, colapsa y se devora a sí mismo en una maldición diaria e insaciable.
De eso trata este libro: ocho historias hiladas a lo largo de ocho años, a lo ancho de Acapulco y del resto de Guerrero, con víctimas y victimarios; actores sociales, médicos, forenses, choferes, vendedores ambulantes, colegas… y artistas tan sensibles que aún creen en el alma sólo porque les parece percibirla en las notas musicales cuando tocan sus instrumentos y cuando enseñan a tocarlos. Desde Puerto las Ollas hasta Cruz de Ocote, todo el macizo de la Sierra Madre del Sur, de donde bajaron y siguen bajando por miles los desplazados del narco; muchos también en ataúdes porque no les alcanza el aliento y se quedan en tumbas que nunca más son visitadas. ¿Quién rezará por los desplazados si nadie queda allá arriba? “Es el costo de la guerra”, me dijo Salvador Alanís desde su trinchera, el líder de un grupo de autodefensa que se desprendió de la UPOEG (Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero, fundada por Bruno Plácido Valerio en 2013) y que creó su propia organización. Milicianos más parecidos a paramilitares que a autodefensas campesinas —ya no digamos indígenas— dieron forma a “Oro y goma, y los motivos de los desplazados”. Hasta 2020, según las últimas cifras ofrecidas por el Inegi (Instituto Nacional de Estadística y Geografía), había en el estado 18 mil 147 personas que, por circunstancias expresas de violencia, tuvieron que salir de sus pueblos o ciudades.
Guerrero no sólo es Acapulco, y eso parece haber quedado bastante claro en 2014 desde que se conoció, de mala manera, de la peor, que también existe una ciudad llamada Iguala, donde policías y narcos desparecieron a 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. El
