1
Llevaba recorridos poco más de setenta kilómetros, pero parecía que había pasado una eternidad desde que salió de Madrid. Una hora daba para pensar mucho. Tiempo de sobra para confirmar que había tomado la decisión acertada. No tenía la menor duda. El simple hecho de poner el pie en el acelerador resultaba liberador después de tantos años acostumbrado a sentarse en el asiento de atrás, mirando el móvil compulsivamente, como si la vida se le fuera en ello, como si no hubiera nada más importante que lo que dijeran de él en ese momento. Porque lo dicho en el instante anterior ya lo había visto y revisado, por supuesto. Ahora tenía el control, por eso pisaba a conciencia el acelerador. Necesitaba sentirlo, reafirmárselo con cada acción. Pero pasados los primeros minutos superando los límites permitidos, estableció la velocidad media en ciento veinte kilómetos por hora. Ni más ni menos: más le acojonaba y menos le impacientaba. Quería llegar cuanto antes. Había tomado la decisión hacía bastante tiempo, pero esperó a que todo estuviera listo para comunicarla de forma precipitaba, «sobre todo teniendo en cuenta la magnitud de sus consecuencias», como le habían reprochado. Por muchas vueltas que le diera, no le quedaba otra opción, si no quería dar mucho margen a chantajes e intentos para que se quedara. Tenía que ser un golpe seco que pusiera fin a todo. Ahora, después de tanta espera, no podía esperar a llegar a su destino. Pero la leve sonrisa de confianza, que le provocaba ver por el retrovisor cómo dejaba atrás su querida Madrid, se transformó en un gesto serio conforme recorría kilómetros, y la incertidumbre, que le provocaba lo desconocido, se hacía cada vez más presente. Por fin era dueño de su porvenir, pero ¿resultaría todo como había planeado? ¿Realmente encontraría lo que estaba buscando? ¿Dejaría atrás todo aquello que le perturbaba y que temía que acabara sacando lo peor de él? ¿Conseguiría volver a ser el mismo de siempre?
El corazón le dio un vuelco al divisar el cartel que anunciaba la distancia y el nombre del lugar elegido. Por tonto que sonara, tenía la corazonada de que aquel cambio de rumbo, aquella decisión que pocos compartían, cambiaría su vida para siempre. Aminoró la velocidad y fue serpenteando las curvas contemplando el paisaje. Cauteloso, estudiando cada finca, cada urbanización, cada sendero de acceso a las casas desperdigadas por las laderas. Haciendo hincapié en las señales que anunciaban el camino hacia el pueblo. Su mirada se afilaba como la de un águila en busca de su presa, y en cuanto veía el menor riesgo de cruzarse con alguien, aceleraba para evitar llamar su atención. Se había cortado su larga melena impuesta por contrato. Llevaba gorra y gafas de sol: era prácticamente imposible que alguien le reconociera tan de pasada, más aún dentro de aquel vehículo. Nadie, ni siquiera él mismo, podría imaginarse que condujese un coche así, pero, aun así, toda precaución le parecía poca. Le había costado la vida dejar aparcado su cochazo, aquel que contradecía su discurso de que no le gustaba llamar la atención y que, por supuesto, seguía siendo el mismo de siempre. No lo era, ese era el problema y por eso tenía que cortar por lo sano. Su deportivo último modelo gris oscuro, con las ruedas y demás elementos externos en negro, pedía a gritos que le miraran: «Mírame bien, voy de que no, pero tengo un coche que tú no te lo podrías permitir ni en tus mejores sueños», podría haber sido perfectamente su eslogan. Le encantaba su coche pero había tenido que prescindir de él. Era tan espectacular que llamaba demasiado la atención y no solo por su diseño, sino porque, además, todo el mundo lo asociaba a él: la marca se lo había cedido tres años a cambio de subir un post mensual a sus redes sociales: maravillosas fotografías megaestudiadas acompañadas de textos en los que —aunque cantara La traviata, no habían sido escritos por él— no había podido cambiar ni una sola coma. La agencia de publicidad le obligaba a transcribirlos literalmente para asegurarse de que llegara su mensaje tal y como lo habían diseñado. Jon consideraba que ese peloteo mediático resultaba bochornoso y que realmente no era más que una manera de prostituirse. De ahí venía su conflicto: si lo pensaba fríamente, él ya tenía un buen coche y además el noventa y cinco por ciento de las veces le llevaban y le traían de vuelta. Pero, por otro lado, su parte en la transacción resultaba ridícula y tener el último modelo en el mercado a cambio de tan poco esfuerzo resultaba de lo más tentador. Al fin y al cabo, ¡¿qué eran unas cuantas fotos más, comparadas con la exposición constante a la que se veía sometido?! Así que aceptó el trato. No podía negar que había sido una buena gestión de Julio. Él era su mejor amigo y representante. En ese orden, aunque lo segundo llevara a lo primero. Jon se sentía afortunado por ello: en el mundillo de los actores había mucho encantador de serpientes y no era fácil encontrar gente noble a la que le importaras de verdad. Julio se preocupaba por él, le cuidaba y mimaba en el día a día. Jon llevaba tantos años en los que el ámbito profesional se había impuesto al personal que, al final, se habían fundido en uno solo y lo había acabado compartiendo con él al cien por cien. La prueba de fuego para su amistad vino el día en el que Jon le contó que quería rescindir el contrato. En un primer momento puso el grito en el cielo, pero después terminó entendiendo la situación. Al menos de momento, porque Julio no se daba por vencido tan fácilmente. Pero Jon se lo perdonaba porque sabía que, por encima de todo, Julio era un buen tipo. Por eso Jon le dejó su coche con dos condiciones: que no se lo destrozara y que dejara de repetirle que estaba tomando la decisión equivocada.
Cada vez faltaba menos para llegar según el GPS, que le indicaba que serpenteara el pequeño núcleo urbano. Así lo hizo, siguió conduciendo hasta alcanzar una de las zonas más altas que rodeaban al pueblo. Desde ahí se podían ver las estrechas calles que daban a la plaza principal, donde estaban el ayuntamiento, el mercado y los principales servicios. Aunque a esa altura todo parecía una maqueta, resultaba igual que en las fotos que había estudiado. La carretera continuaba hacia arriba y Jon siguió subiendo. Conforme el camino se estrechaba, el verde predominante desaparecía y el paisaje se volvía más árido y rocoso. A su mente vinieron miles de imágenes de los programas de Félix Rodríguez de la Fuente que veía cuando era pequeño. Las encinas y los alcornoques predominaban en el monte. En aquella época del año, sin apenas hojas, resultaban imponentes: sus enormes ramificaciones, con todo tipo de deformaciones, recordaban a largos brazos que parecía que quisieran agarrarle. No podía evitar imaginárselo, era el precio que pagaba por haberse criado viendo películas de terror sin parar. Pisó el acelerador. Tomó un par de curvas cerradas más y continuó hasta el final de la carretera, casi al borde del precipicio. Ahí, en medio de la nada, aparecía la vieja edificación que captaba toda su atención. Por más que supiera de su existencia, era irremediable no sorprenderse al encontrar una construcción tan alejada de todo, tan al borde del abismo. Aminoró la marcha y fue acercándose poco a poco, reconociendo el entorno escogido. Ahora que por fin estaba ahí le parecía como si aquel momento perteneciera a otra vida. Como si volviera a no ser él mismo, sino un nuevo personaje dentro de una nueva historia filmada por otro director con quien pelear hasta que le viera como él creía que debía de ser. Bajó la ventanilla, y el aire, que chocaba contra el flequillo de su tupé, que asomaba por la visera, refrescó la densidad del interior del Cuatro Latas que conducía muy a su pesar. Aquel lugar seguía tan decadente como lo recordaba. Cumplía todos sus requisitos y expectativas a la perfección: la fachada era muy antigua, de bloques de piedra vieja con zonas erosionadas y cubierta en gran parte por musgo incipiente. Estaba presidida por tres puertas que se extendían a lo largo de su perímetro: una de hierro industrial imitando antiguo; junto a ella, otra de óxido del tamaño estándar de un garaje particular, y, más apartada, una tercera realmente ajada, cubierta con maderas superpuestas con clavos oxidados, perteneciente a una casa que había pegada a la suya. De lejos parecía una sola vivienda, pero cuando te acercabas, pese a tener prácticamente los mismos materiales típicos de las casas antiguas de los pueblos, la división entre ambas se hacía evidente. Las dos tenían un aspecto decrépito como resultado de un largo abandono. Parecían haber sobrevivido a veinte guerras, probablemente lo hubieran hecho, pero daba la impresión de que en cualquier momento podían venirse abajo y rodar por el precipicio que había a su espalda. «Tranquilo, que no tiene ningún peligro. Esta estructura, estos muros son más duros que todas las mierdas que se construyen hoy en día. Te aseguro que nos sobrevivirán a ti y a mí», le dijo el arquitecto en la reunión en la que discutieron si el lugar era o no el idóneo para lo que Jon estaba buscando. Se había ocupado en encontrar el mejor profesional de toda España, así que no tenía por qué ponerlo en duda. Si ninguna persona se podría imaginar que condujera aquel coche de mierda, estaba convencido de que ni por asomo sospecharían que él podría vivir ahí dentro. Nadie tendría ni puta idea de que él era el misterioso comprador y menos aún de lo que se escondía detrás de ese frente tan deteriorado. Su aspecto destartalado era perfecto para que nadie sospechara. No había tenido que tocar absolutamente nada de la parte exterior, pese a la continua insistencia del constructor: «Esto no es propio de la casa de lujo que estamos haciendo dentro», repetía. Esa era precisamente la intención, pensaba Jon, pero no quería perder el tiempo explicándoselo. Lo único que cambió de la fachada fue la puerta principal. Al fin y al cabo, ¿no dicen que lo importante está en el interior?
2
Jon acercó el coche hasta pararse frente al portón del garaje y volvió a contemplar la que se convertiría en su fortaleza mientras cerraba la aplicación Spotify de su móvil. La música dejó de sonar en el interior del vehículo. En su lugar apareció la voz de un locutor: «Un año lleno de crímenes espantosos, violencia de género, violaciones en grupo… La violencia machista planea sobre una sociedad en la que la mujer sigue siendo la peor parada. Aunque no olvidemos tampoco algunos de los crímenes cometidos por mujeres, y es que en los próximos días se cumplirán diez años del espantoso crimen de…». Jon apagó la radio sin prestar atención. Prefería el silencio que le llenaba de aplomo ante la nueva etapa de su vida que por fin inauguraba. Para él solo existía el microcosmos que se había construido y que estaba a punto de descubrir. Pasados unos segundos, abrió la puerta con el mando a distancia. Pese a su aspecto robusto y oxidado, funcionaba perfectamente. Jon aceleró e introdujo el vehículo dentro del oscuro interior. Aunque no se veía absolutamente nada, conocía las indicaciones: solo tenía que meter el coche de frente, sin preocuparse de chocar con nada. Había espacio de sobra, la planificación no dejaba escapar el más mínimo detalle: cuando la puerta estuviera a un palmo del suelo, las luces se encenderían gracias a los sensores instalados en los laterales del acceso. Así fue; iluminado, el garaje resultaba bastante ecléctico. El espacio estaba prácticamente vacío, pintado de gris antracita. El resultado era una mezcla en sintonía de elementos rústicos, como el hormigón pulido del suelo y la puerta oxidada, y los muy modernos como el techo, que parecía descender en todo el perímetro central para que la luz blanca, si bien tenue, de los ledes, bañara el espacio desde los huecos laterales que quedaban entre el techo y el descuelgue. Se bajó del coche, con la bolsa en la mano, y se dirigió al fondo, donde, según los planos, debía de estar la zona de despensa. El minimalismo era tal que, a simple vista, se sentía incapaz de apreciarlo. En uno de los frentes de pared, perfectamente integradas, había unas ranuras verticales. Jon abrió una de las puertas y contempló la cantidad de productos gourmet perfectamente ordenados que iban de arriba abajo. Abrió la siguiente puerta ,que se plegaba junto con las dos siguientes, para dejar a la vista una enorme cámara frigorífica llena de comida congelada y bolsas de hielos. Jon la cerró y dejó todo como estaba. Al lado de los armarios había otra puerta que pasaba desapercibida. Era la caja fuerte, que solo se abría con su huella dactilar. La misma medida de seguridad que había elegido Julio para acceder desde el ascensor que unía la vivienda con el espacio en el que se encontraba en ese momento. Así, a la vez que funcionaba como garaje y despensa, podría hacer las funciones de búnker, en el caso de que lo necesitara. En cambio, para subir y bajar de la calle a la vivienda, o viceversa, no había más que presionar un botón estándar. Junto a la zona de seguridad, había otra puerta que ocultaba el ascensor. Jon se paró frente a él y posó su dedo índice en la pequeña marca ovalada, a la altura de su hombro derecho. La puerta se abrió al instante dejando escapar una luz casi cegadora que más parecía una bola de fuego dentro de tanta penumbra. Jon entró y contempló el interior, que estaba forrado por dentro con cuatro espejos de arriba abajo. El techo desprendía la misma luz que los ledes del cuarto. Apretó el botón de acceso a la vivienda, la puerta se cerró y la oscuridad desapareció tras ella. Por un momento se sintió como si fuera Bruce Wayne haciendo un crossover en un episodio de Black Mirror. Se hubiera cortado una mano por trabajar en esa serie, pero el inglés nunca fue su fuerte y pese a las ofertas que habían llegado, decidió que era mejor ahorrarse el mal trago de estar en el set y no entender las indicaciones del director sin la ayuda de alguien. El ascensor se paró enseguida, aun así tuvo el tiempo suficiente para hacerse un repaso en el espejo: tenía cara de cansado, las noches anteriores no había conseguido dormir en condiciones. Demasiados cambios. Demasiados riesgos. Se quitó la gorra y se removió el pelo. Su aspecto era desaliñado, pero conservaba su atractivo con aquel chándal que dejaba intuir su buena forma física.
Cuando la puerta del ascensor se abrió, Jon contempló por primera vez el interior de la casa y sonrió de oreja a oreja lleno de satisfacción. Dio un paso y entró directamente a un espacio diáfano, rodeado de cristaleras, que reunía todas las estancias salvo el dormitorio, el cuarto de baño y un pequeño gimnasio, cada uno oculto tras una gran puerta corredera. La cocina, separada del comedor por una enorme isla con dos taburetes, era negra, con la encimera de mármol oscuro y vetas blancas a juego con la isla. Pasó la mano para tocar el material tan imponente. Pasaba de una casa decorada toda en blanco a una en la que imperaban las paredes y detalles oscuros. Había tanta luz que se había podido dar el gustazo. Todo estaba impoluto. Al igual que en el garaje, en la estancia contrastaban los materiales originales —como el ladrillo visto, las vigas en el techo, una antigua chimenea de óxido en uno de los extremos, etcétera— con los que él había elegido de un estilo más moderno e industrial —las pocas paredes que quedaban alrededor de las imperantes cristaleras también eran de color gris antracita, decoradas con neones, mucho hierro cromado en los detalles, plantas estratégicamente colocadas o un plasma descomunal colgado de la pared…—. El conjunto resultaba muy moderno y funcional. Nada frío y con aroma a «hogar». El espacio no era excesivamente grande, pero eso no representaba un problema porque no pensaba tener visitas y mucho menos reuniones. Era su lugar de retiro, su guarida de lujo. Sin embargo, resultaba realmente impresionante con las enormes cristaleras que daban al valle. Se acercó hacia la enorme puerta que había en uno de los extremos del salón, la deslizó hacia uno de los lados y se encontró con que el dormitorio tampoco tenía nada que ver con la habitación cochambrosa que visitó casi dos años atrás. Con el lavado de cara y los muebles nuevos parecía mucho más grande. Una cama enorme presidía el espacio. Las sábanas eran negras y las paredes del mismo tono oscuro del resto de la casa. Solo había una mesilla de diseño, compuesta de unas patas de hierro industrial y un trozo de un tronco cortado y apenas barnizado. La lámpara de la mesilla era una bombilla de filamento, sin cubrir, sobre una base negra. Al lado opuesto de la apertura de la puerta había un bananero enorme en un macetero también negro: el mismo que salía en todas las revistas de decoración que le habían enseñado con las propuestas para la casa; junto a él, se encontraba un armario empotrado que resultaba ridículo comparado con el enorme vestidor al que estaba acostumbrado. Podía haberle dado menos espacio a la cocina o al salón y haberlo ampliado, pero se había hecho el propósito de llevarse solo lo básico. No quería ser esclavo de tener que estar siempre cool, arreglado pero sin que se notara demasiado, y de tener que contentar a los showrooms y a las marcas que le regalaban sus productos. Todo eso se había acabado. Quería resetear y empezar de cero.
La escasez de muebles auxiliares y detalles decorativos hacía que el conjunto resultara mucho más liviano. No necesitaba más; tan solo su zona de descanso y el enorme ventanal frente a él. Los cristales estaban tintados, pero, pese a ello y a estar a mediados de octubre, entraba suficiente claridad. Jon dio unos pasos y se quedó parado en el centro de la cristalera, observando el paisaje majestuoso. Era un sueño poder vivir en una casa llena de enormes ventanales. No solo porque, si todo salía bien, no tendría que preocuparse más por sortear a los paparazzi acoplados en su puerta como buitres carroñeros, sino porque podría estar incluso desnudo sin importarle que nadie le viera y le quitara también ese pedazo de intimidad. Al otro lado del cristal el viento soplaba muy fuerte, moviendo las ramas de los enormes árboles. El ruido llegaba hasta el interior. Jon se quedó como hipnotizado y comenzó a tararear mentalmente la música de la cabecera de la serie Twin Peaks. Sintió un escalofrío. El paisaje resultaba igual de sombrío que en la serie, solo que bastante más rocoso.
Volvió a salir al salón y cogió un mando que estaba sobre un aparador colgado en la pared de separación entre las dos estancias. Apretó la tecla en la que había dibujada una flecha hacia arriba y comenzaron a levantarse las persianas, que estaban bajadas al fondo, hasta dejar al descubierto una amplia cristalera que enmarcaba una enorme terraza. Jon abrió una de las puertas. El viento le golpeó en la cara. Se descalzó y fue caminando hasta la barandilla. El tacto del césped artificial que había elegido era tan gustoso como le aseguraron. Emocionado, apoyó los codos en la barandilla para contemplar el paisaje desde aquel otro ángulo. Tampoco había ni un solo edificio que interrumpiera el maravilloso espectáculo. Únicamente el campo, la montaña, las rocas y los árboles. Respiró hondo, un sentimiento de paz se apoderó de él. Cerró los ojos para disfrutar de esa mezcla de sensaciones: el olor a naturaleza, el sol que doraba su rostro, pero sin llegar a quemarle, y el aire fresco que levantaba su flequillo y que le transportó a Nueva York, a cuando llegaba el metro como una exhalación y provocaba un vendaval. A cuando podía disfrutar de la libertad de esperar tranquilo en el andén para después mezclarse con la gente en el vagón y observarla libremente. Estudiar cada detalle de sus vestimentas o comportamiento sin tener que estar alerta constantemente por miedo a ser reconocido y que el placer se viera interrumpido de golpe. Imaginando sus vidas, sus secretos. Hacía muchísimo tiempo que no cogía el metro en España. Casi veinte años, lo sabía perfectamente. Era el tiempo que llevaba la serie en emisión. Veinte años desde que poco a poco el contacto con la gente y el mundo real fue disminuyendo hasta ser casi inexistente. Los recuerdos de Jon se vieron interrumpidos cuando, de pronto, sintió algo a su espalda. En realidad no había escuchado nada ni a nadie, pero le había ocurrido lo mismo que otras veces en las que se había vuelto cuando alguien le miraba fijamente. Con los años había desarrollado esa intuición. Al girarse se encontró con la fachada que tenía a su espalda. El paisaje la había eclipsado por completo. La pared estaba construida con la misma piedra de la fachada, en el centro había una ventana tapada por unos enormes tableros de madera superpuestos. Por un momento se había olvidado de aquella imagen que le había provocado tantos quebraderos de cabeza. Después de que hubiera sido imposible comprar la casa de al lado para no tener que renunciar a nada y poder ampliar la terraza y construir una pequeña piscina, Julio propuso denunciar en el ayuntamiento para que les obligaran a cerrarla: según los planos originales, la ventana se había abierto posteriormente, invadiendo su privacidad y, por lo tanto, era ilegal. Pues bien, por lo que le contó su amigo, algo tan lógico como eso, había sido recibido entre risas entre los técnicos. Le explicaron que esa ventana llevaba abierta desde hacía más de treinta años y que había prescrito, por lo que de alguna forma pasaba a ser legal. Al enterarse, Jon enfureció, era absurdo que no le permitieran cerrar una ventana abierta ilegalmente por más años que hubieran pasado, que además estaba tapada de mala manera con los tablones de madera astillada y, más aún, corriendo él con los gastos. ¿Cómo pensaban que las habrían puesto ahí? Habían tenido que utilizar su propiedad, evidentemente, no había otra forma. Con todo eso, la única opción que le quedaba era denunciar, pero no le daban muchas garantías de que fuera a ganar y, como propietario, tendría que ir a juicio y sería imposible que los medios y los vecinos no se acabaran enterando de todo. Jon respiró hondo mientras observaba los clavos oxidados que sobresalían entre las maderas y que junto con el moho, que lo ocupaba todo, le daban un aspecto aún más decadente. Jon negó con la cabeza y se dirigió al interior de la casa.
Ya de noche, después de colocar parte de sus cosas y darse una ducha rápida, Jon encendió una lámpara de globo, que daba calidez a la cocina, y se sentó en uno de los taburetes para servirse una copa de un tinto gran reserva. Tenía el pelo aún húmedo y vestía una camiseta básica gris de manga corta y un pantalón de pijama de cuadros. Abrió la botella y empezó a servirse, dejando caer el vino de color sangre con delicadeza, para después agitarlo como solo los buenos degustadores sabían hacer. Se llevó la copa a la boca y se humedeció los labios. El frescor en la cabeza, la relajación que le producía sentir su piel limpia y el gusto amargo en el paladar le llenaban de placer. En la barra también había preparado un plato con tacos de queso curado y jamón ibérico de la mejor calidad. La televisión estaba encendida y escuchaba de fondo cómo el presentador del telediario se despedía:
«Esto es todo por hoy. Les deseamos que pasen una buena noche y les recordamos que a continuación podrán disfrutar del último episodio de Killing neighbors. La exitosa serie de esta casa protagonizada por Jon Márquez que ha batido récords de audiencia en nuestro país con una media de más de cinco mil millones de telespectadores en sus diez años de emisión, se despide…».
Jon agarró rápidamente el mando a distancia y apagó la tele. Un poco alterado, dio un sorbo a su copa y se quedó mirando el vino, pensativo. Permaneció más de quince minutos intentando mantener la mente en blanco y sacar todos los miles de recuerdos de su cabeza. Cuando comenzaba a calmarse decidió probar el queso y el jamón con los colines que había servido. Estaban deliciosos. Siguió disfrutando de la comida hasta conseguir abstraerse por completo, hasta que su teléfono comenzó a iluminarse y a parpadear a cada segundo. Era incapaz de distinguir los mensajes de texto porque a cada instante llegaba uno nuevo. Jon lo apagó y terminó de cenar en silencio.
Después de meter los platos en el lavavajillas, cogió su cajetilla de tabaco de la encimera. Se lo pensó un instante antes de encenderse el cigarro, pero terminó por hacerlo: dejar de fumar era otro de sus propósitos, estaba seguro de que también lo conseguiría porque siempre lograba lo que se proponía, pero no era el momento para hacerlo. Esa noche no. Demasiados cambios aún por digerir. Dio un par de intensas caladas y encendió de nuevo el móvil. Al hacerlo, comprobó que tenía mil mensajes de WhatsApp y de texto sin leer y seis llamadas perdidas, una de ellas de su madre. Tomó aire y pulsó para devolver la llamada.
—¿Dígame? —contestó su madre al otro lado del teléfono.
—Hola, soy yo —dijo Jon con voz calmada imaginando lo que vendría después.
Su madre estaba terminando de recoger la cena en la cocina de su chalé adosado con la televisión encendida. Fue a bajar el volumen mientras repetía:
—¿Dígame?
—¡Mamá! ¿Me oyes? ¿Hola? —insistía Jon moviéndose por el salón en busca de cobertura.
Era ya un clásico que su madre preguntara varias veces quién llamaba, tanto como hacer algún comentario afilado a su padre, sobre la conversación que habían tenido, antes de colgar y que Jon pudiera escucharlo. Como le ocurrió la tarde en la que decidió darles la noticia, cuando después de explicarle durante casi una hora los motivos por los que abandonaba la serie, una vez que se despidieron la escuchó: «¡¿Pues no me dice que está cansado ya?! ¡Cansada estoy yo de estar aquí contigo haciendo siempre lo mismo!».
—¿Dígame? ¿Jon? ¿Eres tú, hijo? —insistía su madre cada vez más fuerte.
Jon odiaba cuando se producía esta situación, en la que los dos comenzaban a repetir lo mismo cada vez más alto. Ella lo hacía como si se acabara el mundo o la estuvieran matando al otro lado del teléfono, y él, en lugar de calmarse y esperar o volver a llamar, se ponía a su altura y lo empeoraba. Finalmente salió a la terraza, temiendo que las advertencias sobre la posible mala cobertura dentro de la casa fueran ciertas.
—¡Mamá! —gritó.
—¡Ah! Hola, hijo, es que no te oía nada —contestó su madre con voz encantadora, como si el histerismo anterior nunca se hubiera dado—. ¿Ya has llegado?
—Sí, mamá, ya estoy aquí.
—Y… ¿Has visto…? Iba a decir el nombre de la serie, pero, vamos, ¡es que no hay quien lo pronuncie bien! ¿A quién se le ocurre llamarla así…? ¡Ya le podían haber puesto el nombre en español! ¿Cómo era? Los vecinos…
—Matando vecinos —contestó Jon, a quien no le hacía ninguna gracia volver a tener la misma conversación de siempre—. Lo sabes de sobra. Suena fatal, sí. Y no, no la he visto.
—No lo entiendo, hijo de verdad. Ha estado genial, tú…
—Mamá, no he podido verlo —le interrumpió Jon—. Acabo de llegar, estoy con todo el lío y no he podido.
—Pero ¿no era mañana cuando te llevaban todo?
—Sí, pero yo he traído alguna cosa ya y… anoche no pude pegar ojo por los nervios, entre el viaje y…
—Es que no está tan cerca —interrumpió su madre.
—Está cerca, mamá, pero he parado en un pueblo de camino para comprar cosas para cenar y entre que he dejado las bolsas, me he duchado…
—¿No tienes comida? Te tenías que haber llevado lo que te hice, mira que te lo dije…
—Mamá, tengo comida, muchísima y muy rica. No me voy a morir de hambre. Es solo que me tengo que hacer a esto. Pero, vamos, quédate tranquila porque tengo provisiones para meses y, además, el sitio donde he parado está muy cerca y tienen productos de la zona. Un queso y un jamón buenísimos.
—¿Y quién te va a limpiar? Porque tú no has cogido un trapo en tu vida.
—¡Otra vez! Está todo impecable y Julio ha comprado mil aparatos de última tecnología que pasan la mopa, te…
—Una casa no se limpia con aparatitos, ya te lo digo yo. ¿Por qué no te has llevado a Petri?
—Porque la idea es estar solo y tranquilo. Además, no hay sitio, ya hablé con ella y me dijo que si la llamaba vendría sin problema… Me fío de ella, pero de momento no la necesito.
—Yo me quedaría más tranquila si estuviera ahí contigo.
—Mamá, ¡ya!
Su madre se había movido durante la conversación hasta su dormitorio. El padre de Jon estaba ya metido en la cama escuchando la radio con unos auriculares puestos. Ella le hizo un gesto para que también participara en la conversación. Pero el hombre negó con la cabeza. Ella entornó los ojos y volvió al ruedo.
—Sigo sin entender por qué no lo has visto —dijo tajantemente—. Tienes televisor, ¿no?
Cuando su madre utilizaba ese tono era como si retrocedieran veinte años atrás y volviera a ser un adolescente.
—Sí, sí tengo —contestó Jon benevolente.
—Pues entonces ya me dirás. No es normal, nos ha encantado, y tú, mejor que nunca. Mira que siempre te digo cuando haces cosas raras, pero hoy… no eras tú, eras Fran, eras un asesino de verdad…
—Mamá, en serio —volvió a interrumpir Jon—, no quiero hablar de eso ahora, hoy no. Quiero estar tranquilo. De verdad. No quiero hablar de eso.
Jon utilizó un tono imperativo, forzando un mando que nunca había tenido sobre su progenitora. Ella le conocía y supo interpretar la enorme súplica que se escondía bajo sus palabras. Los dos se quedaron en silencio. Jon mirando a la inmensa oscuridad frente a él. El bosque apenas se veía de noche. No había ninguna luz, tan solo el reflejo de la luna llena que dejaba intuir los troncos de los árboles. «Parece una animación de Tim Burton», pensó mientras retrocedía para coger la manta de pelo que tenía sobre el sofá. Su madre se encendió un cigarrillo y comenzó a deambular por la habitación más calmada, bajo la mirada de su marido, que había vuelto a subir el volumen de la radio.
—Entonces… ¿La casa es bonita? —preguntó amablemente.
—Mucho. Ya visteis los render, pues está más bonito aún —contestó de vuelta a la terraza.
—De los «prender» esos no te puedes fiar, que los retocan y luego nada que ver. Eso es como cuando ves anuncios de pisos que hacen las fotos como con una lupa que parecen el doble, vamos…
—Pues no es el caso, esto es realmente increíble. El espacio es una locura…
—Bueno, es una miniatura comparado con donde vivías, ¡no entrarás! —volvió a interrumpir su madre.
—Hubiera estado mucho mejor si hubiera conseguido comprar la casa de al lado, que es bastante más grande que la mía. Pero ya está hecho y es suficiente. Es preciosa y las vistas…, el aire… Es que no hay nadie, ni un solo ruido. Solo se escuchan los pájaros. Es una pasada.
—¿Y la ventana esa que querías tapar? —preguntó ella como si no hubiera escuchado nada más.
Jon se giró hacia la ventana al escuchar a su madre. Volvía a estar a su espalda, como una presencia que le observaba inmóvil. Por un momento imaginó que hubiera alguien escuchando al otro lado y guardó silencio.
—¡¿Jon?! —exclamó su madre.
—Aquí sigue —contestó rápidamente, volviendo en sí—. A ver, es fea, muy fea —continuó Jon—. Pero lo bueno es que la propiedad lleva años sin dar señales de vida, así que por lo menos sé que nadie me dará el co
