El libro de los americanos desconocidos

Cristina Henríquez

Fragmento

El libro de los americanos deconocidos

PRIMERA EDICIÓN VINTAGE ESPAÑOL, JUNIO 2014

Copyright de la traducción © 2014 por Vintage Español, una división de Random House LLC

Todos los derechos reservados. Publicado en los Estados Unidos de América por Vintage Español, Nueva York, y en Canadá por Random House of Canada Limited, Toronto, compañías Penguin Random House. Simultáneamente publicado en inglés como The Book of Unknown Americans en los Estados Unidos por Alfred A. Knopf, una división de Random House LLC, Nueva York. Copyright © 2014 por Cristina Henríquez.

Vintage es una marca registrada y Vintage Español y su colofón son marcas de Random House LLC.

Esta novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes o son producto de la imaginación del autor o se usan de forma ficticia. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, eventos o escenarios es puramente casual.

Información de catalogación de publicaciones disponible en la Biblioteca del
Congreso de los Estados Unidos.

Vintage Español ISBN en tapa blanda: 978-0-345-80641-3
Vintage Español eBook ISBN: 978-0-345-80642-0

www.vintageespanol.com

Diseño de la cubierta: Kelly Blair
Imagen de la cubierta: Elizabeth Mayville

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El libro de los americanos deconocidos

A mi padre, Pantaleón Henríquez III

El libro de los americanos deconocidos

Seamos todos de alguna parte.

Contérminos unos a otros todo lo que podamos.

— BOB HICOK, “A PRIMER” (“UNA CARTILLA”)

El libro de los americanos deconocidos

Índice

Cubierta

Acerca de la autora

Página de título

Copyright

Dedicatoria

Epígrafe

Alma
Mayor
Rafael Toro
Alma
Mayor
Benny Quinto
Alma
Mayor
Gustavo Milhojas
Alma
Mayor
Quisqueya Solís
Alma
Mayor
Adolfo “Fito” Angelino
Alma
Mayor
Nelia Zafón
Alma
Mayor
José Mercado
Alma
Mayor
Micho Álvarez
Alma
Mayor
Alma
Arturo Rivera

Agradecimientos

El libro de los americanos deconocidos

Alma

Por aquel entonces, lo único que deseábamos eran las cosas más esenciales: comer bien, dormir por las noches, sonreír, reír, estar sanos. Creíamos tener derecho a esas cosas tanto como cualquiera. Por supuesto, cuando pienso en ello ahora, me doy cuenta de que era una ingenua. Me cegaban una enorme esperanza y la promesa de una posibilidad. Daba por sentado que todo lo que podía salir mal en nuestras vidas ya había sucedido.

LLEGAMOS TREINTA HORAS después de cruzar la frontera, los tres en el asiento trasero de una camioneta roja que olía a humo de cigarrillo y a gasolina.

—Despierta —susurré, dándole a Maribel con el codo al tiempo que el conductor hacía girar el vehículo y entraba en un aparcamiento.

—¿Hmmm?

—Hemos llegado, hija.

—¿A dónde? —inquirió Maribel.

—A Delaware,

Maribel me miró, parpadeando en la oscuridad.

Arturo estaba sentado al otro lado de nosotras.

—¿Está bien? —preguntó.

—No te preocupes —le dije—. Sí, está bien.

Acababa de anochecer, y la oscuridad se filtraba desde los rincones más lejanos de cielo. Minutos antes, circulábamos por una concurrida carretera, atravesando cruces de cuatro direcciones y dejando atrás centros comerciales y restaurantes de comida rápida, pero a medida que nos íbamos aproximando al bloque de apartamentos, todo aquello había desaparecido. Lo último que vi antes de que tomáramos el largo sendero de grava que conducía al aparcamiento fue un taller de carrocería abandonado, con el letrero pintado a mano que lo anunciaba en el suelo, apoyado contra la fachada gris de estuco.

El conductor aparcó la camioneta y encendió otro cigarrillo, Había fumado todo el viaje. Supongo que de este modo tenía algo que hacer con la boca, pues había dejado bien claro desde el momento en que nos había recogido en Laredo que no le interesaba la conversación.

Arturo se bajó primero del auto, se arregló el sombrero de cowboy e inspeccionó el edificio. Dos pisos, cemento y bloques de hormigón, un pasillo exterior con escaleras de metal a ambos extremos que discurría a lo largo del segundo piso, pedazos de espuma de polietileno rotos en la hierba, una alambrada de tela metálica que rodeaba el perímetro del parking, grietas en el asfalto. Me lo esperaba más bonito. Con persianas blancas y ladrillo rojo, con arbustos bien cuidados y jardineras en las ventanas. Como las casas americanas de las películas. Pero era la única opción que el nuevo empleo de Arturo nos permitía, y me dije que teníamos mucha suerte de tenerla.

En silencio, en aquel ambiente sombrío y extraño, descargamos nuestras cosas: bolsas de basura atiborradas de ropa, sábanas y toallas; cajas de cartón llenas de platos envueltos en papel de periódico; una nevera atestada de pastillas de jabón, botellas de agua, aceite de cocina y champú. Durante el viaje habíamos pasado junto a un televisor abandonado en la cuneta y el conductor, al verlo, frenó en seco y dio marcha atrás.

—¿Lo quieren? —nos preguntó. Arturo y yo nos miramos, confusos.

—¿El televisor? —inquirió Arturo.

—Si lo quieren, cójanlo —dijo el conductor.

—¿Pero eso no es robar? —replicó Arturo.

El conductor lanzó un bufido.

—En los Estados Unidos, la gente lo tira todo. Incluso cosas que están aún en perfecto estado.

Más tarde, cuando volvió a detenerse y señaló una mesa de cocina desechada y después apuntó a un colchón que estaba apoyado contra el buzón de alguien como si se tratara de una tabla de deslizamiento, comprendimos lo que había que hacer y los cargamos en la camioneta.

Después de encontrar la llave que el casero nos había dejado pegada con cinta adhesiva al marco de la puerta y subir todo hasta el apartamento por la oxidada escalera de metal, Arturo regresó al parking para pagarle al conductor. Le dio la mitad del dinero que teníamos. Así se nos fue. Sin más. El hombre se metió los billetes en el bolsillo y sacudió la ceniza del cigarrillo por la ventana.

—Buena suerte —le oí decir antes de marcharse.

UNA VEZ DENTRO del apartamento, Arturo pulsó el interruptor de la pared y se encendió una bombilla desnuda que colgaba del techo. Los suelos de linóleo estaban sucios y gastados. Las paredes estaban todas pintadas de un oscuro color amarillo mostaza. Había dos ventanas, una grande que daba a la calle y otra, más pequeña, en la parte de atrás, en el único dormitorio. Ambas estaban cubiertas con láminas de plástico sujetas con cinta adhesiva y tenían los marcos de madera torcidos y astillados. Al otro lado del recibidor, frente al dormitorio, había un baño con una bañera de bebé azul, un retrete manchado de óxido y una cabina de ducha sin puerta ni cortina. A primera vista, la cocina estaba en mejores condiciones —por lo menos era más grande— aunque los fogones estaban envueltos en papel de aluminio y, en los armarios inferiores, en vez de puertas, habían fijado unas sábanas con grapas. En la esquina había una nevera vieja con las puertas abiertas de par en par. Arturo se acercó a ella y asomó la cabeza dentro.

—¿Es esto lo que huele tan mal? —preguntó—. ¡Huácala!

La casa entera hedía a moho y había un leve olor a pescado.

—La limpiaré por la mañana —dije, mientras Arturo cerraba las puertas.

Miré a Maribel, de pie junto a mí. Estaba inexpresiva, como siempre, y aferraba su cuaderno contra el pecho. Me pregunté qué pensaría de todo aquello. ¿Comprendía dónde nos encontrábamos?

No teníamos fuerzas para deshacer el equipaje, ni lavarnos los dientes, ni cambiarnos de ropa siquiera, de modo que después de echar un vistazo a nuestro alrededor, dejamos caer el colchón recién adquirido en el suelo del dormitorio, nos tumbamos sobre él y cerramos los ojos.

Durante casi una hora, quizá más, permanecí acostada escuchando el suave coro de las respiraciones largas y regulares de Maribel y Arturo. Dentro y fuera. Dentro y fuera. El estímulo de la posibilidad. La desazón de la duda. Me pregunté si habíamos hecho lo correcto al viajar hasta allí. Por supuesto, sabía la respuesta. Habíamos hecho lo que debíamos. Habíamos hecho lo que nos habían dicho los médicos. Coloqué las manos, una sobre otra, sobre mi abdomen y respiré profundo. Relajé los músculos del rostro, aflojé la mandíbula. Pero estábamos muy lejos de todo lo que nos era conocido. Aquí, todo —el aire rancio, los ruidos amortiguados, la profundidad de las tinieblas— era diferente. Habíamos hecho un fardo con nuestra vieja vida y la habíamos dejado atrás, y después nos habíamos lanzado a otra vida nueva sin más que unas pocas pertenencias, la mutua compañía y la esperanza. ¿Bastaría eso? Todo irá bien, me dije a mí misma. Todo irá bien. Lo repetí como si fuera una plegaria hasta que, por fin, también yo me quedé dormida.

NOS DESPERTAMOS POR la mañana, perplejos y desorientados, mirándonos los unos a los otros y a las paredes alrededor. Y entonces nos acordamos. Delaware. A más de tres mil kilómetros de nuestra casa de Pátzcuaro. A tres mil kilómetros y un mundo de distancia.

Maribel se frotó los ojos.

—¿Tienes hambre? —le pregunté.

Ella asintió.

—Prepararé el desayuno —dije.

—No tenemos comida —murmuró Arturo. Estaba sentado con cara de sueño y los codos apoyados en las rodillas.

—Podemos ir a comprar algo —repliqué.

—¿A dónde? — inquirió él.

—A donde sea que vendan comida.

Pero no teníamos la menor idea de adónde ir. Salimos del apartamento, al sol resplandeciente y húmedo aire matutino —Arturo con su sombrero, Maribel con las gafas de sol que el médico había sugerido que usara para ayudarla a aliviar sus dolores de cabeza— y echamos a andar por el camino de grava que conducía a la carretera principal. Al llegar a ella, Arturo se detuvo y se acarició el bigote, mirando en ambas direcciones.

—¿Qué te parece? —inquirió.

Miré a sus espaldas mientras un auto pasaba a toda velocidad zumbando.

—Probemos por aquí —contesté, apuntando hacia la izquierda sin ningún motivo en particular.

Entre los tres, sólo sabíamos el inglés más mínimo, palabras y frases que habíamos aprendido de los turistas que viajaban a Pátzcuaro y en las tiendas que los servían. No entendíamos los letreros dispuestos sobre la entrada de los establecimientos al pasar frente a ellos, de modo que atisbábamos en todos los escaparates que encontrábamos a nuestro paso para ver qué había en el interior. Durante los veinte minutos siguientes, se sucedieron una tras otra fachadas planas de cristal. Una tienda de productos de belleza con varias pelucas en el escaparate, una tienda de alfombras, una lavandería, una tienda de electrónicos, una casa de cambio. Y a continuación, por fin, en la esquina de un cruce muy concurrido, llegamos a una gasolinera que tuvimos el buen juicio de no pasar de largo.

Pasamos junto a los surtidores en dirección a la puerta principal. Fuera, había un adolescente apoyado contra la pared, sujetando una patineta por un extremo. Nos miraba mientras nos acercábamos. Llevaba una camiseta negra suelta y unos vaqueros con los dobladillos deshilacliados. Tenía el cabello castaño oscuro, con un corte despuntado y peinado hacia adelante que rebasaba el nacimiento del pelo. Por debajo del escote de su camiseta brotaba un tatuaje azul oscuro que ascendía serpenteando por un costado de su cuello.

Le di a Arturo con el codo.

—¿Qué? —preguntó.

Señalé al muchacho con la cabeza.

Arturo miró en su dirección.

—No pasa nada —dijo, pero noté que me empujaba la espalda mientras pasábamos junto a él, haciéndonos entrar a Maribel y a mí en la gasolinera con cierta urgencia.

Una vez en el interior, examinamos las estanterías de metal, buscando algo que reconociéramos. En un momento dado, Arturo afirmó haber encontrado salsa pero, cuando tomé el frasco y miré a través del fondo de cristal, me eché a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Esto no es salsa.

—Dice salsa —insistió, señalando la palabra en la etiqueta de papel.

—Pero mírala —repliqué—. ¿A ti te parece salsa?

—Es salsa estadounidense.

Volví a levantar el frasco y lo agité ligeramente.

—Quizá esté buena —señaló Arturo.

—¿Es que piensan que esto es lo que comemos? —pregunté.

Arturo me sacó el envase de la mano y lo metió en la cesta.

—Claro que no. Ya te lo he dicho. Es salsa estadounidense.

Al terminar la compra, teníamos salsa estadounidense, huevos, una caja de arroz instantáneo, una barra de pan cortado en rebanadas, dos latas de frijoles, un cartón de jugo y un paquete de perritos calientes que Maribel había dicho que quería.

Una vez en la caja, Arturo colocó todo sobre el mostrador y desdobló el dinero que había traído en el bolsillo. Sin decir una palabra, le tendió al cajero un billete de veinte dólares. El cajero lo deslizó en el cajón de la caja registradora y extendió la mano. Arturo levantó del suelo la cesta azul de plástico y la puso boca abajo para mostrarle que estaba vacía. El hombre dijo algo y flexionó la mano extendida, así que Arturo le entregó la cesta, pero él simplemente la dejó caer detrás del mostrador.

—¿Qué sucede? —le pregunté a Arturo.

—No lo sé —respondió—. Le di el dinero, ¿no? ¿Debería hacer algo más?

La gente se había ido poniendo en fila detrás de nosotros y estiraba el cuello para ver qué pasaba.

—¿Tal vez deberíamos darle más? —inquirí.

—¿Más? Ya le he dado veinte dólares. Sólo estamos comprando unas pocas cosas.

Alguna de las personas de la fila gritó con impaciencia. Arturo se volvió a mirar pero permaneció en silencio. Me pregunté qué debía de pensar de nosotros aquella gente. Hablando español, vestidos con la ropa arrugada que no habíamos cambiado en cuatro días.

—¿Mami? —dijo Maribel.

—No pasa nada —la tranquilicé—. Sólo estamos tratando de pagar.

—Tengo hambre.

—Estamos comprando comida para ti.

—¿Dónde?

—Aquí.

—Pero en México tenemos comida.

La mujer que hacía cola detrás de mí, con las gafas de sol encima del cabello rubio, me dio unos golpecitos en el hombro y me preguntó algo. Le hice un gesto con la cabeza y sonreí.

—Dale más dinero —le indiqué a Arturo.

Alguien de la fila volvió a gritar.

—Mami —dijo Maribel.

—Voy a llevármela fuera —le dije a Arturo—. Es demasiado jaleo para ella.

Al salir Maribel y yo del establecimiento tintineó una campana y, antes de que la puerta se hubiera cerrado a nuestras espaldas, volví a ver al muchacho, aún repantingado contra la pared, sosteniendo su patineta en posición vertical. Prácticamente no se movió al vernos y observé su mirada vuelta hacia Maribel, recorriéndola de pies a cabeza en actitud aprobadora y descarada, con los ojos entornados.

Yo estaba acostumbrada a que la gente la mirara. Cuando vivíamos en Pátzcuaro, sucedía a menudo. Maribel tenía esa belleza que dejaba a la gente embobada. Hubo una época en que hombres hechos y derechos sonreían al verla pasar. Los chicos de su escuela aparecían en nuestro domicilio, empujándose nerviosos unos a otros cuando yo abría la puerta, y preguntaban si Maribel estaba en casa. Pero eso era antes del accidente, claro. Ahora tenía el mismo aspecto de siempre, pero la gente sabía, casi todo el mundo en nuestra ciudad sabía, que había cambiado. Parecían creer que ya no era digna de su atención o tal vez que, ahora, mirarla no era correcto, que había algo perverso en ello, y apartaban la vista.

Pero este chico la miraba. La miraba porque no sabía. Y el modo en que la miraba me hacía sentir incómoda.

Atraje a Maribel más cerca de mí y la hice retroceder varios pasos.

El muchacho avanzó un paso hacia nosotras.

Volví a retroceder, agarrando a Maribel del codo. ¿Dónde estaba Arturo? ¿Es que no había terminado aún?

El chico levantó la patineta, se la metió bajo el brazo y echó a andar en nuestra dirección cuando, de pronto —¡gracias a Dios!—, se abrió la puerta de la gasolinera y Arturo salió del establecimiento con una bolsa de plástico en una mano. Meneaba la cabeza.

—¡Arturo! —le grité.

—¡Veintidós dólares! —exclamó al verme—. ¿No te parece increíble? ¿Crees que se han aprovechado de nosotros?

Pero, a mí, cuánto dinero habíamos gastado me importaba un comino. Levanté la barbilla para que Arturo captara lo que le quería mostrar y detrás de él. El joven seguía ahí de pie, mirándonos ahora a los tres. Arturo se dio media vuelta despacio.

—¿Están listas? —nos preguntó a Maribel y a mí en un tono demasiado alto, como si hablando fuerte pudiera a espantar al muchacho.

Asentí y Arturo se acercó a nosotras, pasándose la bolsa de una mano a otra al tiempo que agarraba a Maribel del brazo y me ponía una mano en la parte inferior de la espalda.

—Camina —murmuró—. Todo va bien.

Nos encaminamos los tres hacia la carretera, recorriendo en dirección contraria el camino por el que habíamos venido, de vuelta a casa.

El libro de los americanos deconocidos

Mayor

Nos habían dicho que eran de México.

—No hay duda —dijo mi madre, observándolos a través de la ventana que daba a la calle mientras se instalaban—. Mira qué bajitos son.

Volvió a dejar caer la cortina y se dirigió hacia la cocina, secándose las manos con el trapo que llevaba colgado del hombro.

Yo espié también, pero no vi más que a tres personas que se movían en la oscuridad, trasladando cosas de una camioneta al apartamento 2D. Cruzaron varias veces el haz de luz de los faros del vehículo y distinguí su rostro, pero sólo el tiempo suficiente para ver a una madre, un padre y una chica de más o menos mi edad.

—¿Y bien? —preguntó mi padre cuando me senté a la mesa del comedor con él y con mi madre.

—En realidad no he visto nada —contesté.

—¿Tienen auto?

Negué con la cabeza.

—La camioneta sólo los ha traído hasta aquí, creo.

Mi padre cortó un trozo de pollo con el cuchillo y se lo embutió en la boca.

—¿Tienen muchas cosas?

—Parece que no.

—Bien —añadió mi padre—. Entonces, tal vez sean como nosotros.

QUISQUEYA SOLÍS NOS había dicho que se apellidaban Rivera.

—Y son legales —informó a mi madre una tarde mientras tomaban café—. Los tres tienen visas.

—¿Cómo lo sabes? —quiso saber mi madre.

—Eso es lo que me dijo Nelia. A ella se lo dijo Fito. Al parecer, los ha patrocinado la plantación de champiñones.

—Claro —dijo mi madre.

Yo me encontraba en la sala, escuchando con disimulo, aunque se suponía que estaba haciendo la tarea de geometría.

—Bueno —prosiguió mi madre, aclarándose la garganta—. será agradable tener otra familia en el edificio. Serán una buena incorporación.

Quisqueya me lanzó una rápida mirada antes de volverse hacia mi madre y encorvarse sobre su taza de café.

—Excepto que… —comenzó.

Mi madre se inclinó hacia adelante.

—¿Qué?

—La chica. —continuó Quisqueya. Volvió a mirarme.

Mi madre atisbó por encima del hombro de Quisqueya.

—Mayor, ¿nos estás escuchando?

Traté de actuar sorprendido.

—¿Eh? ¿yo?

Pero mi madre me conocía demasiado bien. Miró a Quisqueya negando con la cabeza para indicarle que, si no quería que yo oyera lo que iba a decir, sería mejor que se lo guardara, fuera lo que fuera.

—Bueno, en tal caso no es preciso que hablemos de ello —dijo Quisqueya—. Te darás cuenta tú misma, estoy segura.

Mi madre entornó los ojos pero, en vez de insistir, se acomodó en la silla y dijo en voz alta:

—Bueno. —Y añadió—: ¿Más café?

LA GENTE DECÍA muchas cosas, pero ¿quién sabía hasta qué punto eran verdad? Los detalles sobre los Rivera no tardaron en parecer disparatados. Habían tratado de entrar anteriormente a los Estados Unidos pero los habían mandado de vuelta a México. Sólo iban a quedarse unas cuantas semanas. Trabajaban de incógnito para el Departamento de Seguridad Nacional. Eran amigos personales del gobernador. Dirigían un refugio para inmigrantes ilegales. Tenían vinculaciones con una red de narcotraficantes mexicanos. Estaban forrados. Eran pobres. Viajaban con el circo.

Pronto me desconecté de aquel asunto. La secundaria había empezado dos semanas antes y, aunque me había dicho a mí mismo que aquel iba a ser el año en que los demás chicos dejarían de acosarme, el año en que encajaría de verdad por una vez en la vida, las cosas ya no estaban sucediendo como lo había planeado. La primera semana de clase, estaba en el vestuario poniéndome los pantalones cortos de gimnasia, cuando Julius Olsen se puso las manos bajo las axilas y comenzó a agitar los brazos como si fueran alas. “¡Cloc cloc cloc!”, dijo, mirándome. Lo ignoré y me ceñí el cordón de los pantalones. En realidad, se trataba de los pantalones que yo había heredado de mi hermano mayor, Enrique, pero los usaba porque pensaba que a lo mejor me harían parecer más cool de lo que era, que a lo mejor parte de la popularidad de Enrique estaba atrapada entre las fibras y se me pegaría.

Enrique había sido estudiante de último curso el año anterior, cuando yo estaba en primero, y todo el mundo en la escuela lo adoraba. Era un as en fútbol. Tenía novias a docenas. Era el rey de la comida casera. Tan opuesto a mí que cuando traté de ganar puntos con Shandie Lewis, con quien hubiera dado cualquier cosa por salir, diciéndole que era el hermano de Enrique Toro, ella me contestó que se trataba de una mentira realmente estúpida.

—¡Cloc cloc cloc! —dijo Julius en voz más alta, estirando el cuello hacia mí.

Hice una pelota con los pantalones y los arrojé al interior de mi taquilla.

Garrett Miller, que el año anterior básicamente había hecho el meterse conmigo en uno de sus pasatiempos favoritos, me apuntó con el dedo, soltó una carcajada, y dijo:

—Vaya mierda de piernas de gallina. —Me arrojó al pecho una de sus botas.

Julius soltó una risotada.

Respiré hondo y cerré la taquilla. Estaba acostumbrado a este tipo de abusos. El año anterior, cada vez que a Enrique le llegaban rumores de episodios de este tipo, me decía que me defendiera.

—Sé que no quieres pelearte —me dijo una vez—. Pero al menos deberías mandarlos a la mierda. —Y mentalmente lo hice. En mis pensamientos, era Jason Bourne o Jack Bauer o James Bond o los tres juntos. Pero fuera de mi cabeza, sólo llegué a ignorarlo todo y largarme.

—¿Cómo se dice chicken en español? —me preguntó Garrett.

—Gallina —respondió alguien.

—Mayor Gallina —se burló Garrett.

A los chicos de mi escuela les encantaba traducir mi nombre y después añadirle insultos. Mayor Pan (abreviatura de panameño). Mayor Grano en el Culo. Mayor Cabrón.

Julius empezó a descostillarse de risa y volvió a graznar como una gallina. Algunos de los otros chicos en el vestuario se rieron con disimulo.

Eché a andar —lo único que quería era salir de allí— pero, al hacerlo, tropecé con la bota de Garrett, que se encontraba en el suelo frente a mí.

—No toques mi zapato, Gallina —me advirtió Garrett.

—Patéamela —me dijo Julius.

—Cabrón —espetó Garrett—. No le digas que patee mi zapato.

—No te preocupes —replicó Julius—. No tiene ni puta idea de cómo patear. ¿No lo has visto ahí fuera después de clase intentando jugar al fútbol? Es un patoso de campeonato.

—Mayor Patoso —exclamó Garrett, plantándose frente a mí para sabotear cualquier esperanza que yo tuviera de marcharme.

Garrett estaba delgado, pero era alto. Todos los días sin excepción, no importa el tiempo que hiciera, llevaba un abrigo militar color verde, y tenía un águila tatuada en el cuello. El año anterior había pasado varios meses en un centro de detención juvenil en Ferris porque le había dado tal paliza a Ángelo Puente que, cuando término con él, Ferris porque le había dado tal paliza angelo tenía dos brazos rotos y sangraba por la nariz. Desde luego, yo no iba a provocarlo.

Pero cuando sonó la campana y los demás chicos empezaron a salir al gimnasio, Garrett siguió sin moverse. El vestuario se encontraba en el sótano de la escuela y en aquellos momentos estaba tan silencioso que oía correr el agua por las tuberías. No podía irme a ningún sitio. Garrett se acercó un paso más. Yo no sabía qué hacer. En aquel preciso instante, Mr. Samuels, el profesor de gimnasia, asomó la cabeza por la puerta.

—Eh, chicos, deberían estar en el gimnasio —nos dijo.

Garrett no se movió. Yo tampoco.

—¡Ahora! —bramó el profesor.

Así que una cosa era esta. La otra, como había señalado Julius, era el fútbol. La única razón por la que había entrado en el equipo era que mi padre me había obligado a ello. Para él, el razonamiento era más o menos así: yo era latino, era hombre y no estaba lisiado; por ello debía jugar al fútbol. En su opinión, el fútbol era para los latinos, el baloncesto para los negros, y los blancos podían quedarse con su tenis y su golf. También había aplicado este mismo razonamiento con mi hermano, salvo que en el caso de Enrique había funcionado a la perfección. Enrique había sido el

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