PROYECTOS DE BIOGRAFÍAS
ESPAÑOLES EMINENTES
Cuando, hace unos años, puso en marcha el proyecto Españoles eminentes, la Fundación Juan March perseguía tres objetivos.
Habiendo observado que las biografías no han alcanzado en la historiografía española la maestría que es notoria en otros países, donde muchos son los aficionados a su lectura y abundante la oferta editorial, se pensó que podía contribuir al desarrollo patrio del género el encargo de varias de ellas a especialistas en el periodo histórico de que se tratara. Para el cumplimiento de ese objetivo era importante que el formato de la biografía respondiera a las expectativas de un lector culto no académico. En este sentido, la biografía sigue una secuencia cronológica desde el nacimiento hasta el fallecimiento de la persona estudiada y, en lo que se refiere al contenido, la ambición ha sido ofrecer una semblanza interesante, individualizada y realista del curso de su vida proporcionando al lector los resultados sintetizados de la última investigación más que cada uno de los detalles eruditos de ésta, sobre los que, con todo, ofrece orientaciones un capítulo específico dedicado a la bibliografía comentada.
En segundo lugar, parece extraño que, con la excepción de reyes y políticos, muchos de los españoles de méritos más sobresalientes carezcan todavía hoy, en el siglo XXI, de una auténtica biografía moderna que dé a conocer los hechos de su vida y sobre todo los rasgos que han elevado su figura a la excelencia que hoy con carácter general se les reconoce. El segundo objetivo del proyecto era, en consecuencia, cubrir esa laguna, siquiera parcialmente, escogiendo para ello un pequeño pero representativo grupo de españoles eminentes cuya biografía estaba todavía por hacer o que, por cualquier motivo, se juzgaba insuficiente. La obra encargada debía responder a la cuestión de por qué el hombre objeto de la biografía es eminente y si, a juicio de su autor, éste sigue siendo acreedor a este título en nuestros días, con el cambio de perspectiva que acompaña al paso del tiempo.
Durante siglos la historiografía explicó el devenir de un pueblo como una sucesión de hechos políticos, centrados en las decisiones diplomáticas y militares tomadas por los monarcas y sus consejeros. Durante el siglo XX, en cambio, disfrutó de amplia aceptación una forma distinta de escribir historia, una que, omitiendo la intervención de actores personales, pone el acento en el análisis de estructuras económicas y demográficas de la sociedad o en la descripción de las condiciones geográficas y climáticas del territorio. Son conocidos los grandes frutos que esta historiografía estructuralista ha producido en la última centuria, pero muchos son los signos de que esta fuente, antes tan copiosa, ha quedado enteramente exhausta y de que conviene ahora ensayar una aproximación a los hechos del pasado que tome en consideración la influencia de determinadas individualidades y de sus comportamientos paradigmáticos, ejemplares, eminentes, en la configuración de una tradición cultural colectiva. Se trataría de recuperar la perspectiva del ethos personal en la explicación histórica, pero distanciándose al mismo tiempo de la antigua narración política, diplomática o militar, hecha de genealogías, tratados entre príncipes y batallas.
Éste es el tercero de los objetivos arriba enunciados. Se ha comprobado que una historia alrededor de hechos genera una pluralidad de interpretaciones discrepantes allí donde la historia de españoles eminentes, que protagonizan o al menos son testigos privilegiados de esos hechos, suscitan con más facilidad acuerdos y convergencias. Por ejemplo, muchos y muy diferentes son los juicios que a los historiadores ha merecido la fecha de 1812, tan cargada de significaciones de todas clases, pero casi todos, pese a su opuesta ideología, se descubren con admiración o con respeto ante un Jovellanos o un Goya, por mencionar españoles que por fortuna ya cuentan con buenos estudios biográficos. El proyecto Españoles eminentes aspira a ser una contribución a una historia de la cultura española a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres, acerca de cuya excelencia moral hay amplio consenso. La aplicación de una razón histórico-ejemplar, como en este proyecto de biografías se intenta, quiere ayudar a reescribir la historia de España en una forma mucho más integradora de lo que hasta la fecha ha sido posible.
Ricardo García Cárcel (catedrático de Historia Moderna) y Juan Pablo Fusi (catedrático de Historia Contemporánea) formaron el consejo asesor y fueron determinantes, cada uno en su área correspondiente, en todas las fases del proceso, desde la elección de la biografía y de su autor hasta la culminación final del encargo. Por parte de la Fundación, Lucía Franco asumió las funciones de coordinación del proyecto. La editorial Taurus mostró interés en el proyecto desde la primera hora y lo hizo propio. Si el lector de esta biografía estima que se han cumplido alguno de los tres objetivos arriba enunciados, a ellos es debido.
Javier Gomá Lanzón
Director de la Fundación Juan March
A Patxo Unzueta, desde el ayer.
ÍNDICE
Portadilla
Índice
Proyectos de biografías. Españoles eminentes
Dedicatoria
Cómo se hace una biografía
Nota preliminar
Cita
1. Unamuno / Jugo
2. Amor / Pedagogía
3. La edad del padre
4. La edad del hijo
5. La edad del espíritu (I)
6. La edad del espíritu (II)
7. La lucha por la vida
8. La lucha de clases
9. La lucha interior
10. Rector in fabula
11. Tiempo de niebla
12. Miguel contra Miguel
13. El final del sueño
14. Las furias
15. Morir, soñar
Comentario bibliográfico
Notas
Índice onomástico
Índice de obras
Imágenes
Créditos fotográficos
Sobre el autor
Créditos
Grupo Santillana
CÓMO SE HACE UNA BIOGRAFÍA
Pero en mi método había cierta astucia que Lang, con su facilidad para la empatía, descubrió de inmediato, ya que no era su juventud la que repasábamos, sino también la mía y la de cualquiera que hubiera nacido en los años cincuenta en Gran Bretaña y madurado durante los setenta.
Robert Harris, The Ghost
Soy vasco, y llego con recelo y cautela a un terreno tan espigado que ya no quedan ni los rastrojos. Así, parafraseando e invirtiendo el sentido de la primera frase de la tesis doctoral de Unamuno, me habría gustado empezar y así empiezo, cambiando por vasco el etnónimo vascongado que él utilizó en 1884. Hay algunos que desaprobarán este cambio. Hay muchos más a los que parecerá inaceptable que me defina como vasco. A los primeros les diría que aferrarse a un término en desuso es legítimo, pero a veces roza la cursilería. El propio Unamuno dejó de presentarse como vascongado y pasó a hacerlo como vasco sin dar explicaciones. A los segundos, que no se piquen. Después de todo, se trata de lenguaje figurado, no denotativo. Si alguien me ofreciera una definición de vasco en la que esté de acuerdo no ya la totalidad, sino el cincuenta por ciento de los que creemos serlo, me lo pensaría más. En rigor, tendría que haber dicho «soy bilbaino», así, en trisílabo y sin acento ortográfico, que es como le gustaba decirlo y escribirlo a don Miguel. Me sentiría más autorizado para meterme en este embrollo. Pero tampoco estaría muy seguro de haber sido todo lo veraz que debiera. Es cierto que nací en Bilbao, con más antepasados bilbaínos —o bilbainos— a mis espaldas que Unamuno, aunque los suyos y los míos llegaron a la ciudad por las mismas fechas, durante la primera guerra civil verdaderamente española. Ahora bien, la vecindad es lo primero que se pierde cuando uno cambia de paralelo o meridiano. Unamuno murió en salmantino y yo probablemente lo haré en madrileño o en complutense, quién sabe. Todo antes que morir en Bilbao, como decía Blas de Otero.
Los títulos alegados hasta ahora, por tanto, no valen gran cosa, salvo por lo que después diré. No poseo otros ante la vasta legión de la unamunología —ciencia tan legítima como la cocotología inventada por don Miguel— que, si no ha descrito ya hasta el mínimo documento autógrafo que aquél produjo, es porque escribió más que el proverbial Tostado. Todos y cada uno de los legionarios —da risa sólo constatarlo— tienen bastante más meritos que yo, aunque los suyos sean entre sí desiguales (unos escriben muy claramente, otros la lían en cuanto aprietan la primera tecla; unos interpretan con acierto y agudeza lo que les sale al paso, otros ni se enteran de qué va). En justicia, habría debido rendirles el homenaje de una mención por cabeza, pero, a estas alturas, la nómina triplicaría —y creo que me quedo corto— la extensión de aquella bibliografía unamuniana de Pelayo Hernández que tan útil nos fue a los de mi generación. Ruego a los que no aparecen en el texto ni en las notas —ni, por descontado, en la bibliografía— que me disculpen. Los admiro a todos y agradezco sus esfuerzos, en particular los de quienes han dedicado sus vidas o los mejores años de las mismas a estudiar la de Unamuno y a intentar explicarnos su obra, siguiendo en ello el ejemplo de éste, que nunca se ocupó de las de otro autor salvo en contadas necrologías. Unos y otro, sobra decirlo, me han ahorrado mucho trabajo.
En cuanto a mis incursiones hasta la fecha en los aledaños de la especialidad, han sido tan escasas que me avergüenza enumerarlas. Para mi sorpresa, resultan ser más de las que creía: acabo de descubrir, gracias a un libro reciente de Carlos Barriuso, que publiqué un artículo del que ni el título me suena, y una de cuatro, o era tan horroroso que procuré olvidarlo; o jamás me llegó la publicación que lo recoge, disolviéndose su recuerdo en la nada; o lo escribí y lo envié en trance extático, o, lo más probable, el artículo es obra del mismo impostor que se atribuye esta biografía. Del propio Unamuno, sólo he dado a conocer una carta a su primo Telesforo de Aranzadi que me proporcionó la familia de este último. Eludí hábilmente consagrar mi tesis doctoral a su etapa de juventud, como pretendía mi director, Carlos Blanco Aguinaga, convirtiéndola en un estudio de los autores vascos que Unamuno leyó en su adolescencia. En fin, incumplí la promesa que en su día hice a Nuria Amat de escribirle una biografía de don Miguel para la misma colección en la que aparecieron otras de Pla y de Borges a cargo de mis amigos Arcadi Espada y Fernando Savater, respectivamente. Y es que no había dado aún con la fórmula.
Ésta, en realidad, es muy simple. Consiste en recurrir a la propia experiencia biográfica para saber qué es pertinente contar del biografiado y cómo hacerlo. No voy a jactarme de haberla alcanzado subiéndome a mis hombros. La encontré casi completa en un best-seller de Robert Harris, The Ghost, que inspiró un mediocre thriller de Polanski, y saqueaba a su vez un manual para negros (ghostwriters), es decir, para escritores de obras que otros firman: Ghostwriting, de Andrew Crofts. Uno de los consejos que dicho manual da a los escritores de memorias ajenas es que contrasten continuamente el relato autobiográfico oral o escrito del autor nominal con su propia memoria (la del autor real), de modo que el texto resultante represente una solución de compromiso entre la memoria del primero y la intuición analógica del segundo, derivada del conocimiento directo de las trampas y justificaciones piadosas de su memoria tácita. Eso me sacó del atasco. Si vale para las memorias, me dije, ¿por qué no para las biografías? ¿Es que hay una diferencia tan radical entre escribir la biografía de alguien y la de escribir, por encargo, sus memorias? Alguna hay, desde luego: el uso de la primera persona, por ejemplo, implica en éstas una subjetividad ausente en la biografía. Pero eso es en gran medida ilusorio, porque también en la biografía se pone en juego otra subjetividad, la del autor, por más que la convención establecida exija ignorarlo. En el fondo, la situación es bastante parecida: en ambos casos, alguien escribe una vida ajena. Cierto que, en el de las memorias, es el cliente del negro, o su secretaria, o ambos a la vez, como en The Ghost, quienes imponen lo que debe o no debe ser contado. Pero la novela de Harris trata precisamente de cómo se las arregla el autor real de las memorias (uno de ellos, porque los negros aquí son dos) para que la verdad excluida prevalezca en el texto. Y nada impide pensar —aunque sea un supuesto solamente teórico que rara vez, si alguna, se cumple— en un comitente que reclame para sus memorias un rigor biográfico absoluto, o sea, que nada importante quede en el tintero.
Es obvio, por otra parte, que el método aconsejado por el susodicho manual nunca será asumido por un biógrafo académico, que persigue —por definición— la objetividad exhaustiva. Parece más bien destinado a mercenarios desaprensivos, dispuestos a amañar lo que haga falta para halagar el gusto de patrones sin escrúpulos. No es así, sin embargo, sino precisamente al revés. De hecho constituye el método implícito de cualquier escritor responsable que, ante el reto de escribir una biografía, sabe que no todo lo que el sujeto dice de sí mismo o lo que cuentan de él tiene que ser necesariamente incluido en aquélla, y que se debe hacer un uso prudente y selectivo de la documentación acopiada. Se trata, en suma, de un protocolo de control, que, por cierto, ya había sido utilizado con brillantez en sus libros sobre Unamuno por Luciano González Egido, autor de esa joya de la prosopografía unamuniana que es Agonizar en Salamanca.
González Egido es, ante todo, un excelente escritor, y para comprobarlo basta acercar la lupa al mencionado título, que, prescindiendo de su admirable construcción poética —consta de dos pentasílabos perfectos, el primero de ellos agudo, separados por una pausa prosódica—, evoca a un tiempo los del histórico documental de Frédéric Rossif sobre la guerra civil española, Mourir à Madrid (1962), y el de uno de los ensayos mayores de Unamuno, La agonía del cristianismo (1931), además de jugar con el de la traducción española de As I Lay Dying (1930), la famosa novela de Faulkner [Mientras agonizo]. No hay duda de que a González Egido no le perjudicaron en su acercamiento a la figura y obra de don Miguel ciertas afinidades biográficas con éste: su condición de salmantino y el consiguiente conocimiento de la historia e intrahistoria de la ciudad; el hecho de haber estudiado Filología y enseñado durante varios años en la Universidad de Salamanca y, no menos significativo que todo esto, el de haber abandonado la filología por la literatura. Como González Egido, y sin presumir de semejanzas intelectuales ni morales con Unamuno (pues sería difícil encontrar alguien más distinto a mí), yo también he intentado sacar partido de algunas coincidencias entre mi biografía y la suya: el hecho de haber nacido en Bilbao, a pocos metros de la casa de la calle de la Cruz donde él vivió (desde el mirador de mi casa natal veía, como él desde el suyo, la antigua plazuela del Instituto, aunque ya sin el edificio que le dio nombre); haber asistido de niño a un colegio situado en un caserón del Casco Viejo que, si bien no era el mismo en el que Miguel estudió las primeras letras, se llamaba, como aquél, de San Nicolás; haber aprendido el vascuence en solitario mientras atravesaba un sarampión nacionalista en mi adolescencia; haberme enamorado, no ya de una, sino de algunas chicas vascas; haber traspuesto la peña de Orduña en tren, cantando zorcicos de Iparraguirre, camino de una ciudad lejana para estudiar en su universidad; haber afrontado crisis religiosas muy parecidas a las suyas de mocedad, haber dejado de ir a misa en edad parecida, haber sufrido ataques de ansiedad en la mediana, haber creído y militado en el socialismo conservando una tendencia platónica al anarquismo, haber estudiado Filología, haberme doctorado con una tesis sobre la inconsistencia histórica de la mitografía vasquista, haber hecho cinco oposiciones a plazas de instituto y universidad (al contrario que él, yo las saqué todas), haber terminado como catedrático en una antigua universidad de Castilla, haber descuidado la filología por el periodismo y la literatura, caer tan antipático como él a los nacionalistas vascos y, sobre todo, no haberme podido quitar de encima su sombra, cuando, la verdad sea dicha, me he sentido siempre más cercano a Baroja, los Machado, Menéndez Pidal y Ortega, por mencionar sólo a algunos de sus contemporáneos.
Aunque esto último es cierto, también lo es que a Unamuno lo he leído con asiduidad y fruición, irritándome a menudo y con regocijo otras veces. Nunca me ha aburrido, y creo que el «músico callado contrapunto» de la lectura prolongada equivale a una conversación en cadena perpetua. Creo también que, de habernos conocido y tratado directamente, no habríamos sido lo que se dice amigos. Salvo de un par de ellos, Unamuno exigía de los suyos una adulación constante, y yo, más por pereza que por otra cosa, rehúyo las amistades que requieren darle de continuo al botafumeiro. Pero el roce cotidiano produce cierta ilusión de amistad, y algo parecido es lo que me pasa con don Miguel, como a los neoyorquinos con Spiderman, su amigo y vecino. En el fondo, Unamuno y yo somos del mismo barrio, un barrio más importante que Manhattan, sobra decirlo. Y acaso tal circunstancia explique algunas libertades que me he tomado, raras en las biografías convencionales y totalmente desusadas en las unamunológicas. Por ejemplo, en el tratamiento de la cronología. Los años de Unamuno se reparten por igual entre el siglo XIX y el XX, lo que exigiría una distribución equitativa de las páginas del texto entre ambos. Yo he dedicado bastantes más a la primera mitad de su vida que a la segunda, quizá porque el XIX es para mí un terreno más conocido, quizá por un afán de compensar lo que ha sido norma en las biografías anteriores, mucho más prolijas al tratar del novecientos; o quizá por atenerme en exceso a mi propia percepción del tiempo, que, de los cincuenta en adelante, corre que te mata.
El lector juzgará, a la vista de los resultados, si éste ha sido un procedimiento acertado o un disparate sin remedio. Sólo me resta agradecer la confianza que pusieron en mí Javier Gomá Lanzón, Juan Pablo Fusi y Ricardo García Cárcel cuando me encargaron el libro para una colección de biografías de españoles eminentes auspiciada por la Fundación March; la de mi editora y sin embargo amiga, Inés Vergara, y la de José-Carlos Mainer, que me avaló ante todos ellos afirmando que yo les debía un Unamuno (a José-Carlos, salvo dinero —y no afirmo esto último con total seguridad—, le debo de todo, aunque él lo niegue con la generosa elegancia de un gran maestro). A Mariano Esteban de Vega y a Ana Chaguaceda les doy las gracias por sus intentos de alistarme en la legión de don Miguel —no la de san Miguel, no confundamos—, para la que no reúno dotes, aunque siempre será grato visitarlos en la Académica Palanca, y a Regino García-Badell y a Stephen G. H. Roberts, por haber accedido a leer el borrador y señalarme sus abundantes errores (los que quedan, son de mi exclusiva responsabilidad). Y, en fin, a Mira y a Íñigo les ruego que perdonen mi ensimismamiento, durante las vacaciones dálmatas de los cuatro últimos años, en la redacción de la biografía de un señor al que no conocen, pero que ya es como de la familia.
Korcula, Uvala Filologa, agosto de 2011.
NOTA PRELIMINAR
Dado el carácter divulgativo de la colección en la que aparece este libro, y tras consultar con los directores de la misma, decidí no lastrar el texto con demasiadas notas. En muchos casos, me he permitido dar en el propio cuerpo del texto las referencias cronológicas de los documentos citados y las de las publicaciones donde aparecieron. Los textos unamunianos los he tomado de ediciones solventes, prefiriendo, por su legibilidad, los de honestas ediciones anotadas a los de rigurosas ediciones críticas, y así, por ejemplo, para Cómo se hace una novela, he optado por la de Domingo Ródenas (Barcelona, Crítica, 2006) en vez de por la muy concienzuda edición crítica de Bénédicte Vauthier (Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2005) y por la anotada, asimismo excelente, de Teresa Gómez Trueba (Madrid, Cátedra, 2009). En un caso —el de Niebla— he citado por una edición no anotada, pero primorosa, tanto por su tipografía y encuadernación como por el interesante apéndice fotográfico (Madrid, Alianza, Biblioteca 30 Aniversario, 1998, con prólogo de Gonzalo Torrente Ballester), porque, en definitiva, creo que hay de facilitar al lector información sobre ediciones fácilmente accesibles y de lectura agradable, dentro de su necesario rigor. Cuando no me ha sido posible disponer de buenas ediciones anotadas, he citado por las Obras completas de Miguel de Unamuno (Madrid, Escelicer, 1966-1971), editadas por Manuel García Blanco, salvo en contados casos de artículos aparecidos en el diario La Nación, de Buenos Aires, de los que conservaba anotaciones e incluso fotocopias todavía legibles tomadas durante diversas estancias mías en dicha ciudad, y cuya consulta directa debo a mi amigo Francisco Delich, director por entonces de la Biblioteca Nacional argentina.
En las notas sólo he utilizado dos abreviaturas, a saber:
OC = Miguel de Unamuno, Obras completas, edición de Manuel García Blanco. Madrid, Escelicer, 9 tomos, 1966-1971.
CCMU = Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno. Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca.
No crea el lector, por lo que llevo dicho, que vaya a descubrirle ningún Mediterráneo ni a embellecer ignotos paisajes; voy tan sólo a indicar la ruta de uno de tales descubrimientos.
Miguel de Unamuno
1. UNAMUNO / JUGO
Las tensiones entre la ciudad y el campo son tan antiguas como los primeros castros fortificados del Neolítico, muy anteriores a la aparición de la escritura. A través de la historia, los hombres de las ciudades y los de los campos circundantes han luchado entre sí con toda suerte de pretextos. En la España del siglo XIX, sobre la oposición arquetípica ciudad/campo se proyectó el conflicto armado entre los liberales y los partidarios de la vuelta al Antiguo Régimen. El Progreso contra la Tradición. Desde 1810 hasta el Sexenio Democrático, las ciudades españolas emergieron como islotes de constitucionalismo en un mar de contrarrevolución agraria.
A lo largo de una centuria escandida por pronunciamientos militares, insurrecciones y guerras civiles, Bilbao, una villa mercantil en la orilla derecha de la ría del Ibaizábal, mal llamado Nervión, cuyo puerto fluvial distaba del mar una docena de kilómetros, se convirtió en símbolo nacional de la resistencia al absolutismo. En junio de 1835 soportó un primer cerco y bombardeo por parte del ejército carlista, que sólo cejó en su empeño en tomarla tras resultar mortalmente herido, mientras dirigía la operación, su jefe, el general Tomás de Zumalacárregui. A comienzos de noviembre del año siguiente, los carlistas volvieron a asediar Bilbao hasta que, en la noche del 23 al 24 de diciembre de 1836, el general Espartero los batió en Luchana, un paraje de las cercanías, obligándolos a levantar el sitio. Los bilbaínos salieron de estas experiencias bélicas orgullosos de su lealtad a la causa liberal y del título de Villa Invicta que les concedió la Reina Gobernadora.
A la luz de la gesta decimonónica, Bilbao reinterpretó toda su historia anterior como una lucha sin tregua de la civilización urbana contra la barbarie campesina, que se remontaría a su misma fundación, en 1300, cuando don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, concedió la carta puebla a un pequeño enclave de pescadores y mareantes situado en territorio de la anteiglesia de Begoña, elevándolo así a la condición de villa con las libertades particulares que ésta llevaba aparejadas. Como otras del señorío, sufriría durante los dos siglos siguientes la agresiva y continua extorsión de los ambiciosos linajes nobiliarios del campo de Vizcaya, la «Tierra Llana», hasta que, en la segunda mitad del siglo XV y bajo los reinados de Enrique IV e Isabel I de Castilla, la alianza de la monarquía con las hermandades de las villas vascas puso fin a las pretensiones de los pequeños señores de horca y cuchillo, inaugurando para Bilbao una dilatada época de tranquila prosperidad basada en la exportación de la lana de la Mesta y del hierro de Vizcaya a las manufacturas de Flandes e Inglaterra. El Consulado de la Villa, que agrupaba al patriciado urbano, extendió su influencia en el siglo XVI a las ciudades flamencas mediante sus casas de contratación, activas sucursales dirigidas por apoderados vizcaínos. Esta realidad histórica desmiente la visión épica liberal de Bilbao como bastión en interminable guerra contra un entorno campesino hostil. Incluso en el agitado siglo XIX, la villa conoció largos periodos de paz entre las contiendas civiles, lo que no significa que sus relaciones con el campo fueran fáciles. Las revueltas esporádicas de la población rural bajo el Antiguo Régimen, motivadas por la carestía de alimentos o por presiones fiscales (cuando no por una combinación de ambas causas), solían implicar la irrupción violenta de los amotinados en las calles bilbaínas. Eran las temidas machinadas o tumultos de los machines, los aldeanos, así llamados por la frecuencia del hipocorístico Machín —de Martín— en la onomástica de los campesinos vascos, revueltas desesperadas que se saldaban por lo general con represalias más duras que los desmanes cometidos por los amotinados. En su represión participaban de ordinario, junto a los cuerpos armados regulares, los propios vecinos de la villa, lo que no contribuyó precisamente a granjear a ésta la simpatía de las aldeas o anteiglesias, la más próxima de las cuales, Begoña, dominaba los tejados de las históricas Siete Calles de Bilbao desde la colina limítrofe, donde se levantaba el santuario, luego basílica, de la Virgen patrona de Vizcaya. De Begoña llegaban, por lo general, las oleadas furiosas de los machines, y desde allí, a la sombra del templo mariano, dirigió Zumalacárregui el primer bombardeo de la ciudad y recibió la bala que causó su muerte. En fin, el odio que profesó a la villa el campo vizcaíno se compendia en una seguidilla muy conocida: «Bilbao se está quemando, / Begoña llora / porque no se ha quemado / la Villa toda».
El siglo XIX se inauguró en Vizcaya con un conflicto típico de la crisis final del Antiguo Régimen. Tras la ruina de la Hacienda real a raíz de la guerra de la Convención, Godoy intentó extender los impuestos ordinarios y la leva militar a las provincias vascongadas, que gozaban de la exención foral. Toda vez que los municipios vizcaínos, con sus arcas asimismo vacías a causa de las exacciones sufridas durante la campaña, habían tenido que recurrir a la desamortización y venta de bienes comunales para hacer frente a sus deudas, las familias rurales se vieron bruscamente privadas de algunos de sus recursos básicos (caza, leña para el carboneo), al tiempo que se abatía sobre ellas una sucesión de años de pésimas cosechas. En 1801, Godoy pactó secretamente con los notables rurales, representados por el escribano de Dima, Simón Bernardo de Zamácola, la abolición de los fueros a cambio de la concesión a las Juntas del señorío —dominadas por la pequeña nobleza— de un puerto en la anteiglesia o república de Abando, aledaña a Bilbao, sobre la misma ría del Ibaizábal. De haberse llevado a cabo dicho proyecto, las oligarquías rurales habrían conseguido estrangular el comercio bilbaíno. Pero los mercaderes de la villa, enterados de lo que se tramaba, divulgaron el acuerdo del ministro y las juntas entre los campesinos, que pasaron sin transición del estupor a la furia y, en el verano de 1804, asaltaron las casas de los notables, sus señores naturales. El motín, conocido desde entonces como la Zamacolada, fue reprimido con dureza, según era costumbre, pero logró que los notables y Godoy renunciaran a sus planes.
Los efectos de la algarada de 1804 se hacían sentir todavía cuatro años después, cuando tuvo lugar la invasión napoleónica. Al contrario que la burguesía de San Sebastián, la de Bilbao apoyó la insurrección popular contra los franceses, pero buena parte de la pequeña nobleza vizcaína, hostil a los mercaderes y enfrentada aún con los campesinos, tomó el partido de José Bonaparte, que nombró ministros a dos de sus figuras más descollantes, el diplomático Mariano Luis de Urquijo (de Estado) y el almirante José de Mazarredo (de Marina). Para entonces, Simón Bernardo de Zamácola había sucumbido a una enfermedad mental que lo mantenía recluido en su casa solariega, pero su hermano Juan Antonio, musicólogo y escritor, fue puesto por José I al frente de la policía de la corte. Era, por otra parte, bastante lógico que un estamento identificado con el despotismo ilustrado ofreciera su apoyo al hermano favorito de Napoleón, que parecía encarnar la continuidad del reformismo borbónico (por el contrario, la burguesía bilbaína se adscribió, aunque tibiamente, al liberalismo doceañista). Pero, a la vuelta de Fernando VII, y descontando los afrancesados como Mazarredo, Urquijo o Juan Antonio de Zamácola, que tuvieron que exilarse, la nobleza rural vasca se alineó con el absolutismo y la restauración foral, ganándose de nuevo la lealtad de los campesinos. No olvidó, por supuesto, su tradicional inquina a Bilbao, agravada por el recuerdo del motín de 1804.
Los comerciantes bilbaínos recibieron con disgusto el retorno de los fueros, que, al situar de nuevo las aduanas en los puertos secos del interior, les estorbaba el acceso al mercado español, al tener que pagar sus mercancías derechos de extranjería. Frente a ellos, la nobleza rural se erigió en defensora de los privilegios tradicionales, lo que explica que el conflicto dinástico planteado a la muerte de Fernando VII adquiriese particular virulencia en las provincias forales y que Bilbao se convirtiese pronto en el principal foco de resistencia al carlismo, aunque las reformas del fuero entre 1839 y 1841, una vez concluida la guerra, y, en particular, el traslado de las aduanas a la costa, suavizaría el antifuerismo de los bilbaínos hasta hacerlo desaparecer por completo en los años del reinado efectivo de Isabel II (1843-1868), idealizados por la nostalgia burguesa de la Restauración —a la que el joven Unamuno contribuiría en no desdeñable medida—, como la época de esplendor de «la tasita de plata», la Bilbao mercantil de pujantes empresas familiares.
Poco antes de esa época, se instalaron en la villa los antepasados de Miguel, originarios de Vergara, donde los abuelos paternos del escritor, Melchor de Unamuno y Josefa Ignacia de Larraza, regentaban una pastelería. Algunas villas de Guipúzcoa —y, en particular, la mencionada, donde se selló en 1839 la paz entre los ejércitos carlista y liberal— habían desarrollado, desde el siglo XVIII, una floreciente artesanía repostera que experimentó un auge inesperado al elegir Isabel II San Sebastián como ciudad estival de la corte, con su secuela de lujosas residencias en los pueblos costeros y balnearios en el interior de la provincia destinados al veraneo burgués. A las industrias dieciochescas del chocolate, a base del cacao venezolano que llegaba a Guipúzcoa en los navíos de la Compañía de Caracas, se añadió en el siglo posterior la refinada confitería de influencia francesa (durante el Segundo Imperio, la emperatriz Eugenia alternaba temporadas en Niza y en la Costa Vasca, y visitaba con frecuencia a la reina española en San Sebastián, haciendo de la ciudad guipuzcoana un lugar de encuentro veraniego de las dos cortes). Dicha influencia se extendió a la panadería y a la cocina, por no hablar de la moda en general. El afrancesamiento donostiarra contrastaba, a mediados del XIX, con la austeridad castizamente española de la vida bilbaína. La villa aparecía, a los ojos de los menestrales guipuzcoanos de los mencionados ramos, como un territorio a colonizar, dada la escasa variedad de la dieta local que el propio Unamuno compendiaría en sus artículos de costumbres y en Paz en la guerra: bacalao, merluza, sardinas, angulas, chimbos (es decir, becafigos, un ave de paso cuya caza constituía el principal esparcimiento deportivo de los bilbaínos) y el chocolate como concesión extrema a la voluptuosidad diabética. En la segunda mitad de siglo, sin embargo, proliferaron en Bilbao las pastelerías, vinculadas o no a cafés como el antonomásico La Pastelería, sede de una conspicua tertulia romántica que evocaría el costumbrista Emiliano de Arriaga en una novela epónima publicada en 1908, el mismo año en que salieron a la luz los Recuerdos de niñez y de mocedad de Unamuno.
De la prole del confitero vergarés, llegaron primero a Bilbao dos de sus hijas, Benita y Valentina de Unamuno Larraza, casada esta última con otro confitero del mismo pueblo, Félix Aranzadi, probablemente un antiguo aprendiz de Melchor que abrió en la villa chocolatería propia. Benita casó con un propietario de tierras y rentista, José Antonio de Jugo y Erezcano, al que tomó como socio de una nueva confitería en Vergara, que abandonarían en 1835 para instalarse en Bilbao, ante el avance del ejército carlista. Un hermano de ambas las siguió, después de una larga estancia en Tepic, México, donde trabajó como panadero. Ya en Bilbao, el indiano Félix de Unamuno invirtió sus ahorros en una tahona industrial y en un despacho de pan, sito en la plaza Vieja de la villa. En torno a 1860 contrajo matrimonio con su sobrina carnal Salomé de Jugo y Unamuno, hija de Benita, estableciendo su residencia en el número 16 de la calle de la Ronda, a pocos pasos de su negocio. En dicha casa nacería, el 29 de septiembre de 1864, el tercero de sus hijos, Miguel de Unamuno y Jugo.
Unamuno no mostró un excesivo interés en allegar datos acerca de su linaje paterno, del que sólo alcanzó a conocer el nombre del abuelo Melchor. En cambio, indagó en la genealogía de los Jugo, consiguiendo remontarse hasta un Juan de Jugo, padre a su vez de un Pedro de Jugo y Sáez de Abendaño, nacido en Galdácano en el año 1608. Los motivos de esta preferencia parecen claros. Suponía optar por un abolengo vizcaíno, vagamente hidalgo, frente a la oscura cepa plebeya de los menestrales guipuzcoanos. Un esnobismo muy característico de la burguesía deferencial de la época, añorante de ciertos valores y rituales de la sociedad estamental. En Cómo se hace una novela, el curioso texto experimental de 1925-1927 escrito en Hendaya, Unamuno crea un personaje, U. Jugo de la Raza, trasunto explícito del autor en su aburrido exilio francés, en cuyo nombre desaparece el primer apellido de aquél, dejando como único rastro la inicial. Al explicar la elección del apellido Jugo, subraya Unamuno la idea tópica del arraigo ancestral de los vascos genuinos: «Jugo, el [apellido] primero de mi abuelo materno y [nombre] del viejo caserío de Galdácano de donde procedía. Larraza es el nombre, vasco también […] de mi abuela materna. Lo escribo La Raza para hacer un juego de palabras —¡gusto conceptista!—, aunque Larraza signifique pasto. Y Jugo no sé bien qué, pero no lo que en español jugo»[1].
En realidad, Jugo, nombre del «viejo caserío» de Galdácano, en el barrio de Aperribay, no tiene demasiado misterio. Se trata de una transcripción de escribano del romanismo eusquérico xuko o xukuo, «seco», emparentado con voces como xukatu, «enjugar, achicar». En una carta de 8 de abril de 1933 dirigida a unos hermanos Zárate Jugo de Galdácano, que le habían consultado sobre el significado de sus apellidos, Unamuno aventura una etimología improbable para el que tenían en común: Irugo. Ofrece además otra para Unamuno, que, según él, valdría por «gamonal» o «colina de los asfódelos» (el lingüista alavés Enrique Knörr Borrás, que fue secretario de la Real Academia de la Lengua Vasca, discrepaba de esta interpretación y proponía una diferente, más plausible, a partir de unai, «vaquero», y muno, «loma» o «colina»: «loma del vaquero»). Según Miguel, sus antepasados Jugo habían emigrado de Galdácano a Ceberio, en Arratia, donde emparentaron con unos Ibarrondo. En Ceberio nació su abuelo José Antonio, en un caserío Arilza (o Areilza), que el propio Miguel heredó de su madre y que vendió o enajenó antes de 1933. El escritor vizcaíno Anjel Zelaieta, con ascendencia en Galdácano, me informa que en el eusquera de la comarca Jugo se pronunciaba yugú. Existió, según Unamuno, otro caserío Jugo en Álava, cerca de Ubidea. En la historia vizcaína, los Jugo —y perdón por el retruécano— no jugaron un papel muy relevante (el retruécano, dicho sea de paso, es inevitable: los bilbaínos hemos leído siempre la inscripción de la lápida en la fachada de la casa natal del escritor como «Aquí nació don Miguel de Unamuno y jugó»). Quienes sí tuvieron importancia fueron los Avendaño o Abendaño, emparentados con los Jugo, que aparecen como uno de los principales linajes hidalgos de la región, y cabeza del bando de Gamboa en las guerras de los clanes nobiliarios durante el otoño medieval.
En 1910, Unamuno escribiría un soneto (incluido después en su Rosario de Sonetos Líricos), fechado el 8 de octubre de ese año «junto al caserío Jugo, barrio de Aperribay, en la anteiglesia de Galdácano, Vizcaya», en el que se refiere a la historia de su estirpe materna (o, más bien, a su intrahistoria). Dicho poema, que proporciona, a mi juicio, algunas claves preciosas para la comprensión de la contradictoria personalidad de su autor, reza como sigue:
Aquí, en la austeridad de la montaña,
con el viento del cielo que entre robles
se cierne, redondearon pechos nobles
mis abuelos. Después, la dura saña
banderiza el verdor fresco que baña
Ibaizábal con férreos mandobles
enrojeció y en los cerrados dobles
del corazón dejó gusto de hazaña
a mi linaje. Vueltos de la aldea
a la paz dulce y del trabajo al yugo,
la discordia civil prendió la tea
que iluminó su vida y fue verdugo
de la modorra que el sosiego crea.
Y así se me fraguó sangre de Jugo.
Podría considerarse este poema como una breve ejecutoria de hidalguía que actualiza, de modo no completamente irónico, el tema foral de la nobleza originaria de los vizcaínos, ilustrándolo con el ejemplo de la familia Jugo. La nobleza de origen o hidalguía universal de todos los naturales del Señorío de Vizcaya fue un mito surgido a finales del siglo XV, después de que los conflictos sociales de la Baja Edad Media se resolvieran a favor de las villas, que, con el apoyo de la Corona castellana, consiguieron someter a los bandos nobiliarios y debilitar su influencia mediante la nivelación estamental, extendiendo la condición hidalga a la totalidad de la población y convirtiendo así la región vascongada en una behetría cuyos habitantes se reputaban todos ellos nobles. A lo largo del siglo XVI, el principio de la hidalguía universal, recogido en las codificaciones forales, encontró su justificación en la creencia, ampliamente compartida, de que los vizcaínos (gentilicio que abarcaba a los vizcaínos propiamente dichos, a los guipuzcoanos y alaveses, y aun a los navarros de lengua vasca) eran los más legítimos descendientes de los primeros pobladores de España. La difusión del mito de la nobleza originaria tuvo consecuencias diversas. En el área vascongada, promovió un curioso igualitarismo que, sin suprimir las diferencias de fortuna y poder, acortaba en gran medida las distancias estamentales entre los notables y la población subalterna, campesinos y menestrales, pero suscitando al mismo tiempo en los primeros un culto a las pasadas glorias medievales del linaje, recurso desesperado para mantener la identidad hidalga paradójicamente abolida al generalizarse. Unamuno encuentra un eco mitigado de aquella contradicción en el hecho de proceder él mismo de menestrales villanos, por la vía paterna, y de hidalgüelos rentistas por la materna. Esta distinción no era en absoluto funcional en la Bilbao decimonónica, donde la oposición entre ambas categorías se había neutralizado en la común condición burguesa, pero Unamuno la rescata por diversos motivos. Uno de ellos tiene que ver con el imaginario deferencial de la propia burguesía bilbaína que, como toda la europea, en esa época, busca asimilarse en lo posible a la antigua aristocracia mediante enlaces matrimoniales, compra de títulos o adopción de costumbres vagamente connotadas como nobiliarias. El esnobismo de Unamuno parece muy residual si lo comparamos con el de la alta burguesía de la villa, que alardeaba de títulos alfonsinos o pontificios y se hacía edificar mansiones inspiradas en las torres y casonas del campo vizcaíno, pero no es desdeñable en absoluto. Un indicio de tales pujos es su manía de anteponer el de a su apellido, uso que su amigo vizcaíno José María Soltura y Pío Baroja, por ejemplo, rechazaron siempre, teniéndolo por cursilería pretenciosa de las clases medias vascas. En realidad, nada hay en las pretensiones linajudas de Unamuno y de su familia materna que no sea distintivo de la burguesía autóctona (frente al sector, cada vez más influyente en la economía local, de los comerciantes de origen extranjero, franceses, suizos y centroeuropeos que, por otra parte, emparentarían sin problemas con la antigua mesocracia de abolengo vasco). Los Unamuno Jugo —y los Aranzadi Unamuno— formaban parte de la burguesía bilbaína y participaban de sus costumbres, ritos y manías, incluso de las de grandeza (por modestas que fueran en el caso de la familia del escritor). Si se repasa la nómina de las amistades que Miguel trabó y mantuvo en Bilbao desde su adolescencia, se advertirá que en su mayoría pertenecían a la burguesía mercantil y financiera, incluyendo nombres que destacarían en la fase del capitalismo industrial. Aunque venida a menos tras la muerte del padre, la familia de Unamuno siguió contando entre las fuerzas vivas de la villa y, hasta avanzada la Restauración, estuvo bien relacionada con la clase alta de aquélla. Miguel se envanecía de que los Jugo hubieran figurado en el padrón de hidalgos de la Villa de Bilbao desde la Edad Media (Galdácano pertenecía a Bilbao, en cuya catedral había sepulturas de varios miembros del linaje Jugo), y apenas tuvo amigos íntimos entre la pequeña burguesía que nutrió las filas del republicanismo bilbaíno y del nacionalismo vasco, aunque él mismo jugase un más que discreto papel en el origen de ambos movimientos. Tampoco su breve compromiso con el socialismo implicó una cercanía afectiva con los líderes obreros de su ciudad natal. La sociedad de Bilbao se componía de varios mundos culturales (y sociales) estancos en los que el origen determinaba la pertenencia, y Unamuno, cuando volvía a la villa desde Salamanca, sólo se sentía realmente a gusto entre sus amigos de siempre, los Soltura, Gutiérrez Abascal, Verdes Montenegro, Areilza, Gortázar, Azaola, Guiard, etcétera, flor y nata de la juventud de la «tasita de plata».
Pero el uso de la oposición entre Jugo y Unamuno trasciende el mero mimetismo de la burguesía deferencial y sirve al escritor para reforzar la dualidad constitutiva de su visión del mundo en todas sus facetas, desde la antropología a la historia. De acuerdo con esta visión, cualquier realidad humana es el resultado de un compromiso inestable entre permanencia y cambio, eternidad y tiempo, fidelidad a los orígenes y ansia de lo nuevo. O entre tradición y revolución, intrahistoria e historia. Unamuno descubre esa tensión en sí mismo, como una poderosa atracción hacia la placidez de la vida comunal y anónima de los campesinos —o incluso hacia las formas de vida fetal, animal o vegetal, libres del dolor de la individuación y de la consciencia de la muerte—, opuesta al imperativo trágico de actuar e intervenir en la ciudad terrena. Carlos Blanco Aguinaga señaló en su día la simultaneidad de un Unamuno contemplativo, abstraído del presente en una suerte de indagación mística de las cuestiones intemporales de la existencia, y un Unamuno activo, volcado en las luchas políticas de su época[2]. Valdría decir que en la persona del escritor convive un hombre arcaico, supuestamente arraigado en los orígenes, y un moderno, empeñado en la transformación revolucionaria del presente. No es difícil adivinar a qué parte de la herencia genética hacía corresponder Unamuno cada uno de dichos avatares. Al contrario que los Unamuno, que van y vienen (y, a veces, no regresan, como dos tíos paternos, hermanos de Félix y, como éste, emigrados a México), los Jugo no se han movido de su sitio, de la Vizcaya originaria. Sobre esta dicotomía construye Unamuno su mito personal e intrahistórico del arraigo.
Lo primero que sorprende en el soneto de 1910 es la rotunda adscripción del autor a una sola de sus dos ramas familiares —«mis abuelos», «mi linaje»—, como si la otra, la de los Unamuno, nada tuviera que ver con él. Y es cierto que las figuras del padre y del abuelo paterno son evasivas y borrosas en comparación con la marcada presencia de la madre y de la abuela materna, Benita (Unamuno por nacimiento, pero Jugo por matrimonio), en la memoria de Miguel. Tampoco el abuelo materno, José Antonio de Jugo y Erezcano, tiene un lugar apreciable en aquélla. Miguel no lo conoció. Benita enviudó siendo aún bastante joven y había contraído después nuevas nupcias con un José Narbaiza, también tempranamente desaparecido. La abuela Benita se hallaba en su segunda y definitiva viudez cuando, en 1870, se hizo cargo de su hija Salomé y de la prole de ésta, tras la muerte de Félix Unamuno Larraza, su hermano menor. Es indudable que, en su afirmación como un Jugo legítimo, Miguel derrochó voluntarismo, porque era la menos clara de sus identidades públicas. El nexo con sus antepasados vizcaínos se había roto antes de su nacimiento, al morir su abuelo José Antonio. La abuela, Benita de Unamuno y Larraza (nunca se refiere a ella Miguel por otros apellidos), era conocida en Bilbao como viuda de Narbaiza, y no de Jugo, título que perdió tras su segundo matrimonio. Desde luego, el apellido de Salomé era el de su padre, Jugo, pero, para el vecindario nunca sería otra cosa que la viuda de Unamuno (Félix). La opción de Miguel por Jugo suponía, por tanto, una sobreactuación. No sólo era Unamuno por el primer apellido. Lo era por partida doble, por dos de sus cuatro cuartos, y probablemente este hecho le causaba cierta perturbación, por el desorden endogámico que suponía tener una abuela materna que a la vez era su tía paterna y un padre que también era su tío abuelo materno. Optar por Jugo simplificaba el caos de la estirpe, al menos en apariencia.
El soneto de 1910 comprende cuatro oraciones gramaticales, tres compuestas y una simple. La primera se refiere al origen del linaje de los Jugo, a esos abuelos primeros que adquirieron nobleza. Ahora bien, no la ganaron en la forma en que era normal hacerlo en cualquier otra parte distinta de la mítica Vasconia original (que nunca existió, dicho sea de paso y por si quedase alguna duda). Unamuno, por supuesto, sabía perfectamente que estaba recurriendo a un mito, el de la nobleza originaria y colectiva de los vascos, no concedida por rey o magnate alguno, sino por el mismísimo Dios en los comienzos del mundo. Más de una vez contaría Unamuno en sus escritos aquella anécdota probablemente apócrifa de un aristócrata francés, un Montmorency —un Chateaubriand, según otras versiones—, que se envanecía ante un vasco de la antigüedad de su linaje, haciéndolo datar del siglo X u XI, y al que su interlocutor replicó: «Pues los vascos no datamos». En otras palabras, los vascos se pretenden más antiguos que los más antiguos, y en eso consiste precisamente su nobleza. Y es que, en efecto, si hubiera existido la posibilidad de datar la nobleza colectiva de los vascos, se habría deshecho el mito que la sustentaba. Unamuno ni siquiera contempla tal posibilidad. El escenario en que tiene lugar el pacto que establece la nobleza de los Jugo —y, por extensión, la de todos los vascos— es un vago «aquí, en la austeridad de la montaña», sinécdoque de la Vasconia original, y los sujetos que lo suscriben, los que «redondearon pechos nobles» (es decir, sancionaron los pactos que les confirieron nobleza) fueron, de una parte, los primeros abuelos Jugo, como miembros del pueblo vasco ancestral, y, de la otra, «el viento del cielo que entre robles / se cierne». Unamuno era muy consciente de que «el viento del cielo» equivalía al ruah bíblico, el viento o espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas en Génesis, 1, 1. En el soneto, el viento o espíritu divino se cierne a través del tamiz del robledal, en un logrado juego de palabras que implica la tácita referencia al versículo mencionado.
La segunda oración marca la transición del mito a la historia, y se refiere a las guerras de bandos nobiliarios en la Vizcaya medieval. No consta en las crónicas de la época —no, desde luego, en Las bienandanzas e fortunas, del banderizo Lope García de Salazar (1399-1476), ni en las escritas posteriormente, en el siglo XVI, por Esteban de Garibay y Juan de Ibargüen— que los Jugo participaran en ellas, pero los Avendaño lo hicieron de modo destacado, y si los Avendaño fueron notorios representantes de la «saña banderiza», supone implícitamente Unamuno que también los Jugo, que emparentaron con aquéllos a finales del siglo XVI, pudieron verse envueltos en las luchas clánicas que tuvieron lugar en el valle del Ibaizábal (o sea, en «el verdor fresco que baña / Ibaizábal»). La localización de éstas entraña una cierta estrategia para hacer el relato verosímil y sugerir además otras implicaciones de difícil probanza. Galdácano y el barrio de Aperribay, al pie éste de la peña de Santa Marina, en efecto, están situados en la ribera derecha del Ibaizábal, y es cierto que en sus cercanías se dieron algunas grotescas y sangrientas batallas (más bien escaramuzas) entre linajes enemigos, pero, además, en el mismo valle y a pocos kilómetros río abajo se levanta Bilbao. Lo que Unamuno insinúa subrepticiamente es que sus antepasados tomaron parte en las tentativas (siempre frustradas) de someter la villa a los linajes de la Tierra Llana. En la lucha multisecular entre campo y ciudad, viene a decirnos, los Jugo —aunque avecindados en Bilbao— siempre estuvieron del lado del primero, pero desarrollar esta tesis implícita en la alusión a sus supuestos ancestros banderizos requiere situarse en el plano de la intrahistoria, abandonando el de la historia de los acontecimientos, y es lo que hace Unamuno en la tercera oración del soneto, donde nos muestra a los guerreros de antaño convertidos en pacíficos campesinos («Vueltos de la aldea / a la paz dulce y del trabajo al yugo»). Sin embargo, en el contexto de una tensión perpetua entre la ciudad y el campo, la intrahistoria irrumpe esporádica y violentamente en la historia. En los tres versos siguientes («la discordia civil prendió la tea / que iluminó su vida y fue verdugo / de la modorra que el sosiego crea»), nos introduce en la problemática que había planteado en sus dos últimas obras de juventud, En torno al casticismo (1895) y Paz en la guerra (1897), es decir, en la etiología de las guerras civiles, que Unamuno concebía como rectificación y culminación por el pueblo campesino de las revoluciones políticas iniciadas en las ciudades.
¿Siguieron los Jugo las banderas del carlismo? Es posible que algunos lo hicieran, aunque Unamuno no debía de tener esa certeza (de lo contrario, no habría dejado de mencionarlo). Benita Unamuno, la viuda del abuelo José Antonio, fue siempre una liberal arriscada, como sus hermanos, y no parece que, dado el fervor político que su nieto le atribuye, hubiera accedido a casarse con un carlista. Ni a la inversa, aunque casos más raros se han visto. Unamuno decide arbitrariamente que, según una vaga probabilidad estadística, los Jugo campesinos habrían apoyado la causa de don Carlos María Isidro y de sus descendientes, pero, como en el caso de los supuestos banderizos del mismo apellido, no hay una sola prueba que lo refrende. El último verso del soneto —la última oración— incluye un retruécano, «sangre de Jugo», cuyo sentido trasciende la mera reclamación genealógica que insertaría a Unamuno en un solo linaje, el que ostenta una nobleza originaria, vizcaína, fuera de toda duda. Sangre de jugo es, obviamente, una antítesis. Pero una antítesis que puede funcionar como una metáfora en ambos sentidos, como cuando se dice «la sangre de los árboles», o «el jugo de la vida» (título, por cierto, de un famoso ensayo de Piero Camporesi sobre la sangre y sus mitologías). En Unamuno, «sangre de Jugo» equivale a una radical afirmación de autoctonía. En el sentido etimológico, autóctono es el nacido directamente de la tierra, sin mediación de un vientre femenino. Sólo los vegetales, cuya sangre es el jugo, son propiamente autóctonos, y con este desplazamiento metafórico de Jugo y jugo jugó don Miguel de Unamuno para presentarse, en el siglo por excelencia del desarraigo, como un vasco y, por ende, un español arraigado, un auténtico nacido de la tierra, como el gigante mitológico Anteo (símil al que recurrió más de una vez para definirse), que extrae su fuerza del contacto o la continuidad física con su madre eterna.
¿Y los Unamuno? Cumplen también su función, aunque secundaria con respecto a la de los Jugo. Simbolizan la modernidad, la burguesía, la agitación de la historia, el liberalismo (por supuesto) y el progreso, y por ello precisamente es necesario abolirlos como linaje, imaginarlos como pura acción o movimiento que borra sus huellas. Padres y abuelos se desdibujan en la memoria dejando poco más que un nombre, pero le son asimismo imprescindibles para su identificación total con la ciudad propia, una ciudad de comerciantes, ahora tenderos y mayoristas; ayer, patricios urbanos que disputaban con las ciudades hanseáticas el tráfico mercante por el mar del Norte. Como lo ha escrito ya en 1906, en uno de los poemas que verán la luz en la recopilación publicada el año siguiente —Poesías— y cuyo título («En la Basílica del Señor Santiago de Bilbao») es, como en el caso del soneto de 1910, una mera determinación de lugar, «Oh, mi Bilbao, tu vida tormentosa / la he recojido yo, tus banderizos / junto a tus mercaderes en mi alma / viven sus vértigos».
A propósito de Borges, que fue un temprano admirador e imitador de Unamuno, escribe Alan Pauls: «En un país radicalmente transformado por la inmigración, cuyos primeros escritores profesionales ya lucen apellidos españoles o italianos, el culto de Borges por los antepasados criollos suena hoy como un ceremonial melancólico, a mitad de camino entre la protesta (por la alteración profunda que sufre la identidad argentina) y el desconsuelo (por la extinción de la Argentina “verdadera”). Mientras muchos de sus contemporáneos, hijos de los barcos, disimulan sus pasados europeos y apuestan a la virginidad del futuro, Borges es uno de los pocos escritores que sigue recurriendo al árbol genealógico como capital, como reserva de valor, como argumento de autoridad, y también como garantía de una cierta condición literaria»[3]. Algo muy parecido podría decirse de Unamuno, confrontado desde su primera adolescencia a la transformación de su Vizcaya natal por la inmigración, que resultó asimismo traumática para muchos otros vizcaínos de su generación —como los hermanos Luis y Sabino Arana Goiri, sin ir más lejos—, y ante la que optó por cargarse de una legitimidad histórica que le permitiera encarnar, como escritor, una literatura en tensión, arraigada en el pasado y tironeada hacia un horizonte cosmopolita, o sea, hacia el ideal moderno de una Weltliteratur. Y así como «cada vez que evoca la tradición de sus ancestros, Borges aprovecha para dividirla en dos linajes distintos, a la vez opuestos y complementarios»[4] (el de sus antepasados maternos, políticos y militares, y el «básicamente intelectual, libresco, anglófono»[5] de los Borges y Haslam), también Unamuno escinde la suya en un linaje propiamente dicho («mi linaje») de vascos primigenios, banderizos e insurrectos carlistas, y un no-linaje de menestrales e indianos arrastrados y dispersados por el viento de la modernidad. Pero Borges podía garantizar la existencia histórica de sus ancestros Acevedo, Laprida, incluso del coronel Francisco Borges, excepción castrense y heroica del abolengo intelectual paterno, porque sus nombres estaban a la vista en el callejero de Buenos Aires, y los nombres de los antepasados de Unamuno no estaban en parte alguna si no era en el silencio de la intrahistoria. Las calles de Bilbao no conmemoraban gestas ni héroes pretéritos, porque nunca los había tenido, y sus denominaciones se atenían, en castellano o vascuence, a la mera denotación espacial (Somera, Artecalle, Barrencalle, Barrencalle Barrena, Belosticalle, Ribera, paseo del Arenal, muelles de Ripa y la Sendeja), a la toponimia eusquérica del catastro (Ascao, calzadas de Mallona, Iturribide, Zabalbide) o al reparto gremial de la villa (Tendería, Sombrerería, Carnicería, Carnicería Vieja, Ollerías). Algunas antiguas rúas, como la del Perro o la de la Torre, parecían rozar lo anecdótico con su referencia a fuentes públicas o a construcciones medievales ya desaparecidas, pero ni siquiera el primer ensanche dieciochesco acusaba el impacto de la historia grande y optaba por la función (Correo, Matadero) o por el mantenimiento del marbete vernáculo (Bidebarrieta). La muralla abatida dejó pocos vestigios en el nomenclátor (La Ronda, donde nació Miguel, y los Portales de Zamudio e Ibeni). Entre la plaza Vieja y la Nueva no se resaltaba otra diferencia que la vagamente cronológica y sólo las iglesias y conventos forzaban un discreto testimonio de otra historia, la de la Salvación, por definición ajena al siglo (plazuelas de San Nicolás, de los Santos Juanes, de Santiago, de la Encarnación, el puente heráldico de San Antón y las calles de la Cruz y de la Esperanza).
Todo en Bilbao, al contrario que en la Buenos Aires de Borges, remitía a la ausencia de historia en la que viven inmersos los silenciosos, al eterno retorno de las tareas cotidianas sin relevancia heroica. Para reconstruir la historia de su linaje, su personal ejecutoria de hidalguía, Unamuno no contaba con otro apoyo documental que un caserío, es decir, un pequeño conjunto de casas rurales, tres, para ser más exacto, en el caso de Jugo (Unamuno se refiere siempre a la casa mostrenca, aislada, como casería, reservando el término caserío para la agrupación o conjunto de viviendas), en un barrio perdido de una anteiglesia. Cercano a Bilbao, sí, pero, sobra decirlo, ajeno a la villa y a su intrahistoria. Interrogando a los muros y a las ruinas, la imaginación del escritor llega sólo a lo que ya sabía, a lo que se podía suponer de los oscuros abuelos Jugo: su origen en «la austeridad de la montaña», su posible intervención en las guerras de bandos (débilmente avalada por su tardío parentesco con los Avendaño), la murria de la existencia aldeana y quizá el alistamiento de algunos de ellos en los ejércitos carlistas mientras otros quedaban al cuidado de la heredad. Si en vez de contemplar el caserío de Aperribay, Unamuno, lector juvenil de Walter Scott, hubiera dejado volar su fantasía ante los restos de un poblado de las Tierras Altas de Escocia, no habría llegado a resultados muy distintos. Probablemente, sus antiguos moradores habrían participado en las luchas de clanes, emparentado ocasionalmente con algún que otro linaje de chieftains, y tomado partido por los jacobitas antes de que todos sus descendientes emigraran a Canadá. Entre los destellos sangrientos de las guerras clánicas y legitimistas, se habrían aburrido pastoreando vacas o divertido robándoselas al vecino. Las posibilidades de individualizarse que la intrahistoria ofrece son muy escasas.
Pero, en rigor, ¿qué diferencia a los innominados Jugo de Vizcaya de los Acevedo, Laprida o Borges de Argentina, o de los Prim, Topete y Serrano de España? Lo que va del sil
