El monstruo de Santa Elena

Albert Sánchez Piñol

Fragmento

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1 de marzo de 1819

¿Qué pasaría si reuniéramos en la misma habitación el Amor, la Cultura y el Poder? Creo, Diario Mío, que todo empezó porque un día me formulé esta pregunta, por otra parte tan frívola y banal.

El Poder: jamás un hombre ha sido recluido en una prisión más segura, más lejana y más inexpugnable que Napoleón Bonaparte. Todos sabemos lo que le pasó: que el mundo, harto de sus ambiciones infinitas y sus destrozos inacabables, decidió tratarlo como lo que es, un genio del Mal. Y el candil que diseñaron para encerrarlo y retenerlo se llama Santa Elena.

El Amor: durante toda mi vida solo me ha interesado una faceta humana, ese misterioso efluvio del alma por el cual los seres humanos nos sentimos atraídos por otros. Amo el amor, adoro y venero el amor, y me enorgullece que la lista de mis amantes sea más larga que una calzada romana. El último y predilecto entre todos: François-René de Chateaubriand. ¿A quién amo más? ¿Al amor o a René? Ni yo misma lo sé. Solo sé que quiero poner a prueba los límites de esta virtud superior a la que he dedicado mi vida: el Amor humano.

La Cultura: para una empresa tan osada necesito cómplices que la eleven y la hagan fructificar. Y una sagrada complicidad, en el sentido más extenso del término, es lo que me une a Chateaubriand, el gran autor de nuestro siglo (y probablemente de unos cuantos siglos más). Pensándolo bien, nuestra unión era prácticamente inevitable. Los dos nacimos el mismo año, los dos somos espíritus sensibles y amantes de las artes, y los dos somos hijos de la aristocracia francesa. La Revolución, el Terror, el Consulado, el Directorio, el Imperio, y, en definitiva, todos los regímenes y horrores de nuestra época diezmaron de tal manera nuestras filas, quedamos tan pocos nobles galos, que era prácticamente imposible que no acabásemos topando el uno con el otro.

Respecto a Chateaubriand, ¿qué podría decirse de él que no sea público ya? Es la pluma más afilada y más reconocida de nuestra era. La más artística y la más militante. La más elevada, la más didáctica y la más amena. Su estilo es supremo; tiene sentido y buen sentido, gusto y buen gusto, tono y buen tono. ¿Qué más se le puede pedir a un escritor? Ah, sí: que milite, que viaje, que aleccione y que vitupere. Él lo ha hecho todo, y más, y de manera superlativa. Ya es inmortal en vida. Y a mí me gusta acostarme con la inmortalidad. Le amo, pues. De lo que no estoy tan segura es de que él me dirija un amor de la misma calidad.

Así que hoy, Querido Diario, cuando la tertulia quincenal que convoco en mi castillo ha finalizado y los invitados nos han dejado solos, me he encarado a René y le he dicho:

—Querido: tú que reflexionas sobre tantas cosas, y lo haces antes y mejor que el resto del género humano, seguramente has observado un aspecto de la vida que el arte refleja como un espejo: que los grandes amantes, tanto de la historia como de la literatura, ponen a prueba su amor superando dos grandes obstáculos: una gran distancia y un gran adversario.

—Efectivamente, es una observación tan aguda como exacta —ha confirmado él—. Marco Antonio, por amor, se desplaza hasta Egipto, y se tiene que enfrentar al poderosísimo Augusto. O Romeo y Julieta, capaces de desafiar a sus familias, las más poderosas de Verona. De hecho, Romeo recorre una distancia incluso superior a la de Marco Antonio, porque es exiliado de la polis, si vuelve tendrá que infringir la ley. Él cruza la distancia más decisiva: la frontera de la norma sagrada.

—No te olvides de la reina de Saba, que para unirse a Salomón se adentra en los páramos arábigos que separan Put de Israel, y una vez allí sufre el poder de los fariseos.

—O de Enrique VIII —ha añadido Chateaubriand—, que por amor a Bolena se enfrenta a Roma, al Papa y a la cristiandad entera. ¡Y qué viaje el suyo! Transita de la unidad al cisma, de la ortodoxia a la heterodoxia. De la salvación al infierno.

Entonces ha apurado su copa y ha cambiado de tono:

—Y ahora ayúdame, buen Dios —ha suspirado él—, porque venimos de mantener dos horas de tertulia literaria con amigos e invitados, y esta cuestión no la has mencionado hasta ahora, cuando todos nos han dejado y no nos escucha nadie. De lo cual infiero que estás a punto de exigirme alguna proeza amorosa.

—¡Qué brillantez, de intelecto y de espíritu, concentrada en un solo hombre! —me he reído—. Porque no te falta razón.

Yo también he dado un sorbo a mi copa y he añadido:

—Soy tu amiga y amante, y soy feliz de no ser nada más que eso: delego la aspiración a la insipidez matrimonial en mujeres mediocres. Pero creo que tengo derecho a exigirte dos pruebas de amor.

Cuando Chateaubriand sufre un desconcierto, algo tan poco frecuente como la lluvia en el desierto, o mira al cielo o bien se escancia vino, para ganar tiempo. Y debía estar muy, muy desconcertado, porque ha hecho las dos cosas al mismo tiempo: mirar al techo y llenarse el vaso. (A Chateaubriand, Diario Mío, le gusta exhibir ese tipo de habilidades, tan infantiles como masculinas, del estilo de llenar un vaso hasta el límite, sin mirarlo ni derramarlo).

—Pero, adorada —ha implorado—, ¿qué mayor prueba de mi amor puedo ofrecerte que mi presencia continua y libertina, a pesar de arrastrar las cadenas del matrimonio?

—Los dos retos que acabamos de referir —le he cortado abruptamente—: que por amor a mí cubras una distancia máxima y te enfrentes al rival máximo.

A pesar de la profusión de vino que habíamos consumido esa noche, Chateaubriand se ha quedado tan pálido como el yeso. Porque una mente tan preclara como la suya ya había adivinado las pretensiones que me guiaban.

—Dentro de quince días zarpa un barco con un destino muy concreto. Tengo pasaje a bordo. Y una reserva para ti si, como espero y deseo, decides acompañarme.

Llegados a este punto, Diario Mío, Chateaubriand solo podía balbucear unos sonidos casi cánidos: «No…, pero… no, eso sí que no…».

—Eso sí que sí —le he cortado, firme, por segunda vez—: siempre he deseado conocer a ese fenómeno histórico con forma humana, a ese individuo que ha condicionado tantísimo mi vida, la tuya y la del mundo entero. Una criatura, ahora, recluida como una fiera monstruosa. En efecto: como ya has adivinado, el barco se dirige a Santa Elena. Tú eliges: satisfacerme o defraudarme, acompañarme o tolerar que me entregue a la compañía de Napoleón Bonaparte.

Las exasperaciones de Chateaubriand siempre tienen un punto melodramático. Se ha puesto de pie, manteniendo las dos palmas sobre la mesa, los brazos extendidos como pilares. Ha vociferado:

—¡Ah, no! ¡Jamás, señora de Custine! ¡Estás confundiendo el amor con la temeridad, el deseo con la excentricidad! ¡No! ¿Me oyes? ¡No! La palabra más rotunda de la lengua francesa solo tiene tres letras: non!

Me he mantenido imperturbablemente silenciosa. Pero a una mujer no le hace falta hablar cuando su actitud, su cuerpo y sus ojos, todos a la vez, afirman y confirman que no cederá. (En estos casos, Diario Mío, hay algo que una mujer no debe hacer jamás: parpadear).

Chateaubriand ha cambiado de estrategia. Ha tomado mis manos y me ha tratado dulcemente por mi nombre de pila, algo muy inhabitual incluso en los momentos más íntimos, «Delphine, Delphine…», para acto seguido, de golpe, volver a elevar el cuerpo y el volumen de la voz:

—¡No! ¡Jamás! ¡Incluso el amor y la pasión tienen límites que está prohibido cruzar! ¡Ese hombre es el horror! ¡Más que eso! Un infierno le habita, una vanidad criminal le guía. Lo lamento, querida, pero las fuerzas más imperiosas me obligan a declinar. No puedo ir, no quiero ir, no debo ir, y no lo haré. Non! ¡No me embarcaré!

—Si me quieres, lo harás.

—¡No! No, no y no. ¡Jamás!

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16 de marzo de 1819

Tal como estaba previsto, hoy hemos embarcado en Marsella, en una nave que lleva Bosphorus por nombre. Estamos yo, mi sirvienta de confianza, Fidèle, y, sí, por supuesto, François-René de Chateaubriand. (¿Te ha parecido graciosa la elipsis, Diario Mío?).

Y ahora me permitirás, Estimado Diario, cuatro líneas sobre el objeto real de este viaje tan imprudente y extravagante. Una mujer como yo siempre sabe si un hombre está enamorado de ella mucho antes de que él mismo lo sepa. Así es. Yo quiero a René, y lo sé. Y él me quiere igualmente a mí, efectivamente, pero todavía no lo sabe. Al menos no del todo. Lo que espero y deseo es que este viaje haga cristalizar su amor por mí. Cuando tenga delante a Napoleón Bonaparte, el Emperador del Mundo, y este me desee, cuando René vea que la potencia humana más grande que ha existido jamás se deleita conmigo, quizás, por fin, sus auténticos sentimientos afloren a la superficie. Créeme, Diario Mío: los caminos que llevan al Amor son infinitos, y los celos quizás no sean el camino más virtuoso, pero sí el más directo.

Somos amantes, somos amigos, somos pareja, de hecho. Desea mi cuerpo y mi intelecto, ambos veteranos de mil batallas de lecho o de salón. Eso es cierto y no tengo ninguna queja al respecto. Y ahora mismo, cuando tomo notas mientras observo a Chateaubriand, de pie en la cubierta, su presencia me deshace y humedece cuatro labios: su figura esbelta, sus cabellos negros, fustigados y enloquecidos por el viento marino, y esa expresión aguda, como de alguien que imagina abismos. Admiro su mentón afilado, sus dedos de pianista, la parsimonia total y concentrada de su cuerpo. Muero de amor por él.

Pero ¿y él por mí? A René siempre le ha faltado cruzar la última frontera; la última reticencia que implica el amor verdadero: nunca le he visto rendido, entregado, felizmente consciente de la inmensa grandeza de lo que nos une. Permíteme, Diario Mío, que te exprese esta carencia con una estampa: después de hacer el amor nunca deposita la palma de su mano en mi mejilla, mirándome con un infinito de ternura en los ojos. No. Se vuelve de espaldas para leer a Racine, y llama al servicio para que le traigan café y brioches.

Quizás te preguntes, Diario Mío, si un detalle tan fugaz, que el amante nos musite un «te adoro» definitivamente sincero, se merece que emprenda el más arriesgado y extravagante de los viajes. La respuesta: naturalmente que sí.

Yo soy Delphine Sabran, marquesa de Custine. Toda mi vida ha sido una imprudencia y una extravagancia, cosidas por la única cosa sustancial que existe en el universo: el Amor.

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Rumbo a Santa Elena

Querido Diario:

Nunca he admirado tanto como en estos días a los autores capaces de escribir relatos amenos sobre travesías marítimas. ¿Por qué? Pues porque en mi experiencia todo lo que se puede decir de un viaje por mar es que no hay nada que decir. Cada ola es idéntica a la anterior, y el color del mar es igual al del cielo: gris, gris y más gris.

Solo me distraen los juegos carnales con F. R. (Desde que hemos embarcado me refiero a mi amante por las siglas de su nombre, ya que tememos que «Chateaubriand» sea demasiado conocido, incluso para una marinería groseramente inculta). Pero, como puedes suponer, estos placeres no son ninguna novedad, y menos a nuestra edad.

Supongo que te preguntarás, Diario Mío, cómo podemos conservar en secreto el adulterio dentro de un lugar tan diminuto como un navío de línea. Muy sencillo: porque el barco dispone de unos espacios pensados para salvaguardar la hipocresía pública. Las cabinas son pequeñísimas. Pero hay dos de ellas que son contiguas y están comunicadas por una puerta en el tabique que las separa. Al anochecer, F. R. entra castamente en su cuarto y yo y Fidèle en el mío. Pero una vez dentro me desplazo por la puerta común hasta su cama. La discreción tiene un precio: cada noche una humilde sirvienta, Fidèle, duerme el doble de ancha que dos aristócratas de la más granada solera. Y te aseguro una cosa, Diario Mío: si el viaje dura mucho más, odiaré los codos y las rodillas de Chateaubriand, que cada noche se empotran en mis caderas.

La comida, espantosa. Ni Fidèle, que visita la cocina (si es que merece ese nombre) para dignificar nuestros platos, lo consigue. Además, el capitán nos ha conminado a comer limones, y no admite excusas, dilaciones ni excepciones. ¿Te lo puedes creer, Querido Diario? El capitán alega unos estrambóticos motivos de salud relacionados con el escorbuto, que ni creo ni comprendo. Los plebeyos, desde los tiempos de los hermanos Graco, siempre están buscando ocasiones para pinchar a los nobles, eso es lo que yo creo.

Solo una estampa de interés: por si necesitábamos entender el terrible destino de Bonaparte, el segundo día de navegación nos ha ofrecido una muestra. Cuando pasábamos por delante de una islita balear llamada Formentera, minúscula, el capitán nos ha comentado:

—Fijaos: Santa Elena no es mucho más extensa que esto. El Ogro, cuya ambición no estaría satisfecha ni conquistando toda la tierra del planeta, ahora descansa en un lugar tan reducido como este. Quien siembra vientos recoge tempestades.

F. R. me lee un resumen enciclopédico que ha embarcado: Santa Elena ocupa, exactamente, 121 kilómetros cuadrados. En el cenit de su imperio, Bonaparte controlaba 2.500.000 kilómetros cuadrados.

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A bordo del Bosphorus

Cierta madrugada me encontraba en cubierta, en la parte más delantera del barco, admirando un tibio sol naciente. ¿Y quieres saber en qué pensaba, Diario Mío? La respuesta es: en alguien que no conozco, una tal Marguerite D’Humblié.

Entre las cortesanas del mundo entero esta mujer es un mito, una auténtica leyenda, sí, y muy brumosa, lo cual incrementa todavía más el hálito de misterio que la rodea. Todo lo que se sabe a ciencia cierta es esto: que es la única mujer que realmente le rompió el corazón a Napoleón. Sí, ella. Ni princesas polacas ni Josefina, que era una pánfila y tenía los dientes torcidos: D’Humblié. Por ella perdió la cabeza, ejércitos y fortunas. Se rumorea que detrás de algunas invasiones napoleónicas, detrás de algunos de los derrocamientos dinásticos efectuados por el gran corso, no había altas estrategias, sino el deseo de contentarla a ella. Tanta era la influencia de esta mujer. (O de su vagina). Hoy, en todos los palacios del mundo, cuando alguien pide a la preferida del rey que interceda para conseguir un favor real, y esta quiere excusarse, siempre tiene a mano una frase hecha: «Eso solo lo haría el rey por una D’Humblié».

Y yo me hago la siguiente pregunta, Diario Mío: si quiero tentar a Bonaparte, para generar la reacción de F. R., ¿tendré que estar a la altura de D’Humblié? ¡Qué mujer! Dime, Diario Mío: ¿quién es más grande? ¿El hombre que posee el mundo o la mujer que posee al hombre que posee el mundo?

Estaba sumida en estos pensamientos cuando ha aparecido Chateaubriand. Cuanto más nos acercamos a Santa Elena, más adquiere la cara de F. R. el color de las olas y el cielo, perennemente grises. Creo que el malestar no se debe tanto al zarandeo de la nave como a la proximidad de su enemigo, hecho que, naturalmente, me llena de felicidad femenina.

Ha hecho una observación de las suyas:

—Avanzo sin remedio al encuentro con mi enemigo. Y fíjate en la paradoja: aunque ahora caminase desde la proa, donde nos encontramos, en línea recta hacia la popa, en realidad no me estaría alejando de él, sino acercándome, porque el barco me arrastra en dirección contraria y a una velocidad superior. ¿No es esta la más perfecta definición del destino?

Un gesto de despecho, un cambio de tema:

—Querida mía, cada vez estamos más cerca de Bonaparte, y, sin embargo, todavía no has especificado las normas de esta justa de amor que has organizado. ¿Có

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