Ja. La ciencia de cuándo reímos y por qué

Scott Weems

Fragmento

Durante la primera escena terrorífica, muchas personas entre el público gritaron. Siguieron algunos periodos de calma puntuados por gritos ahogados que se anticipaban a lo que íbamos a presenciar, y luego volvieron los gritos. Al principio me pareció que la reacción del público ya no iba a ir más allá, pero algo extraño ocurrió. Durante la siguiente escena terrorífica, en la que uno de los personajes principales entra en un sótano poseído, más que gritar, varias personas se rieron. No se había dicho ningún chiste, y solo se habían oído unos pájaros asustados, pero la gente se rio de todos modos. Eso ocurrió varias veces, sobre todo en las escenas que llegaban después de un prolongado suspense.

¿Qué hizo reír al público? ¿Y por qué los sujetos del estudio de Andrade afirmaban sentir alegría durante las escenas de terror? Una de las últimas manipulaciones experimentales de Andrade proporcionó la respuesta a ambas preguntas. Antes de pasar a los fragmentos de las películas de terror, les presentó a los sujetos breves biografías de los actores principales para recordarles que iban a observar a personas «interpretando un papel». También colocó fotos de los actores junto a la pantalla durante las películas. En esta ocasión, incluso los no aficionados revelaron sentimientos de dicha durante las escenas de terror, casi en el mismo grado que los aficionados. Evidentemente, las fotos y las biografías proporcionaban a los sujetos lo que Andrade llamó un «marco protector» con el que ver los sucesos que se desarrollaban en la pantalla. Al recordarles que simplemente veían una película, les permitía superar su miedo y que surgiera el placer. Es como si los sujetos quisieran disfrutar de las películas, pero su miedo no se lo permitiera. El experimento permitió liberar por fin esos sentimientos latentes.

Harald Høffding fue un filósofo danés bastante conocido a finales del siglo xix y principios del xx, pero que hoy en día ya no le suena a casi nadie. Llevó a cabo una inmensa contribución, a menudo olvidada, al estudio del humor que vale la pena mencionar: lo que él denominaba el «Gran Humor». Las emociones, afirmaba Høffding, se revelan en muchas formas, habitualmente en la de sentimientos «simples», como la tristeza o la felicidad. Pero en oca

Escala en el Empire State Building siones nuestras emociones se fusionan y forman complejos organizados que reflejan perspectivas completamente nuevas. Esto ocurre en lo que él llamaba «las cimas de la vida», momentos en los que sintonizamos tanto con nuestras emociones que actuamos basándonos en la totalidad de nuestras experiencias en lugar de responder a las exigencias emocionales o cognitivas inmediatas que nos impone nuestro entorno.

Las reflexiones de Høffding sobre el Gran Humor sirvieron de útil introducción a la idea de la complejidad emocional. De hecho, el Gran Humor refleja una apreciación de la vida no solo desde la perspectiva de la felicidad o la tristeza, sino más total, a través de una síntesis compleja de esas emociones. Cuando el humor es realmente bueno, no solo nos sentimos simplemente de una manera u otra. Es más que eso. Nos reímos del chiste de discapacitados al tiempo que sentimos compasión por su protagonista9.

«Es absurdo pensar en el humor en términos de catarsis. No estamos hablando de ninguna purificación», afirma Davies, y estoy de acuerdo. El humor de mal gusto no purga la tensión emocional de nuestro sistema: «cultiva» la tensión para que podamos alcanzar algún tipo de resolución. Esto nos lleva a diferenciar entre los conceptos griegos de catarsis y catexis. La catarsis es la purificación de los sentimientos. La catexis es justamente lo opuesto, una noción menos conocida. Es la inversión de la energía emocional, la aceleración de la libido. El humor nos proporciona alivio no mediante la eliminación de los sentimientos negativos, sino mediante su activación, junto con otros positivos, a fin de que podamos disfrutar de una experiencia emocional compleja.

Donde se ve más claramente es en el humor negro, la forma cómica más oscura en la que uno se toma a la ligera sus tristes circunstancias. Cuando los miembros de Monty Python cantan «Always Look on the Bright Side of Life» en el funeral de su difunto amigo Graham Chapman, no están celebrando su muerte: están celebrando su vida. De hecho, los entornos trágicos, como los funerales y las guerras, son un caldo de cultivo eficaz para el humor porque proporcionan la misma liberación que las películas de terror y permiten que los participantes aborden sin tapujos sus emociones. «“¿Por qué

ler todavía no ha invadido Inglaterra?”, pregunta un checo en el otoño de 1940. “Porque los oficiales alemanes todavía no han conseguido aprenderse todos los verbos ingleses irregulares”».

Quizá el ejemplo más famoso de humor negro sea la historia de Gerald Santo Venanzi, un capitán de la Fuerza Aérea de Trenton, Nueva Jersey. Durante una misión sobre Vietnam del Norte, en septiembre de 1967, el RF-4C de Venanzi fue derribado cerca de Hanoi. Casi de inmediato fue hecho prisionero, y junto con otros soldados fue sometido a un trato brutal. Muchos de sus acompañantes estaban en peor estado que él, atados, abatidos y desesperados por ver algo positivo. Al ver la desolación que le rodeaba, Venanzi hizo lo único que pudo: creó una motocicleta imaginaria, y también un chimpancé ficticio llamado Barney.

Para divertir a los demás prisioneros de guerra, Venanzi «montaba» en su motocicleta por el complejo de la prisión siempre que podía, llevaba a cabo algunos trucos y de vez en cuando sufría una caída, tal como sería de esperar en unas maniobras tan arriesgadas. Casi todos los guardias lo consideraban un desequilibrado mental, pero a los demás prisioneros les encantaba. Venanzi no tardó en añadir efectos sonoros, y de vez en cuando el espectáculo se animaba tanto que los guardias le obligaban a parar. No era justo para los demás prisioneros, explicaron, porque ellos tampoco tenían motos.

Por suerte, cuando los guardias se llevaban su motocicleta imaginaria, Venanzi tenía a Barney, que lo acompañaba mientras lo confinaban en régimen de aislamiento, así como a los numerosos interrogatorios. Barney profería comentarios insultantes acerca de sus captores, siempre dirigidos tan solo a Venanzi, pero oídos indirectamente por todos los demás. Los guardias, ya convencidos de que se enfrentaban a un trastornado, le seguían la corriente, y a veces le pedían a Venanzi que repitiera las insultantes respuestas de Barney. Un guardia incluso le ofreció té a Barney, cosa que Venanzi rechazó, aunque posteriormente se rio de ese diálogo con los demás prisioneros. Aunque resultara extraño desde la perspectiva de sus captores, esas payasadas eran el máximo entretenimiento que Venanzi y sus compañeros podían compartir. Y el esfuerzo acabó gran

Escala en el Empire State Building jeándole la Estrella de Plata, la tercera condecoración más importante que puede recibir un militar en tiempos de guerra10.

Los prisioneros no son el único grupo que de manera habitual utiliza el humor para enfrentarse a unas condiciones macabras. También los médicos pasan parte de su tiempo expuestos a la sangre, las vísceras y la depresión general, y de nuevo su manera de afrontarlo parece ser la risa.

Lo que Catch-22 hizo por la guerra, La casa de Dios lo hizo por la medicina. Escrita bajo el seudónimo de Samuel Shem, esta novela de Stephen Bergman se centra en un grupo de internos de un hospital que se esfuerzan por hacer frente a la presión y la complejidad de la medicina. Crean nombres para pacientes que están graves pero no son interesantes, como Sauri (un acrónimo de «salga de urgencias inmediatamente»), y hablan de «endosar» a los pacientes difíciles a otros equipos. Incluso se suicidan y, en secreto, practican la eutanasia a los pacientes, todo ello como reacción a la tensión extrema que les impone su trabajo. Aunque no tan extrema como la guerra, la situación de los internos es intensa, y las decisiones que toman pueden salvar una vida o perderla.

La medicina está plagada de humor, incluso allí donde no esperaría encontrarlo. El libro de texto Base patológica de la enfermedad describe el enfisema intersticial como una hinchazón del tejido subcutáneo hasta alcanzar «el aspecto alarmante, pero generalmente inofensivo, de un neumático Michelín». El mismo libro de texto advierte que, puesto que la probabilidad de contraer hepatitis por comer ostras es de 1 entre 10.000, los médicos advierten a los aficionados a las ostras que nunca consuman más de 9.999 de una sentada. El Manual de diagnóstico y terapia Merck clasifica la descarga del flato, también conocida como pedo, en tres categorías: el deslizante, el esfínter cañón y el stacatto.

Si estos ejemplos parecen suaves, y nos cuesta decidir si el humor es inapropiado o no, consideremos la siguiente historia real sobre un grupo de médicos que debatían cómo tratar a un bebé que había nacido con graves defectos neurológicos. Los médicos comentaban numerosas pruebas, contemplaban toda la posible información que podían reunir acerca del estado del niño. Pronto quedó

claro que la situación no tenía remedio, aunque ninguno quería ser el primero en tirar la toalla. Finalmente uno de los médicos finalizó el debate: «Mirad. Es más probable que sea la segunda base a que juegue en ella».

¡Uau! Por suerte, los padres no estaban presentes. Pero esa no es la cuestión. El médico no pretendía ser cruel. Estaba haciendo lo que el autor estadounidense George Saunders denomina «la verdad sin florituras». El término fue acuñado originariamente en referencia al uso que hace Kurt Vonnegut del humor rotundo y sin adornos en el libro Matadero cinco para describir la depravación de la guerra. Tal como lo expresa Saunders: «El humor es lo que ocurre cuando nos cuentan la verdad de manera más rápida y directa de lo que estamos acostumbrados». En otras palabras, comparar a un bebé que lucha por su vida con una zona del campo de béisbol es divertido por la misma razón que es horrible: expresa una idea tan espantosa que no estamos acostumbrados a abordarla de manera directa.

En casi todos los ejemplos de humor de mal gusto, no está claro de quién se burla. El humor médico, sobre todo el macabro, no se ríe de los pacientes: se ríe de la muerte. He aquí una antigua historia, también cierta, acerca de un grupo de médicos que una noche trabajaban hasta tarde en urgencias y deciden pedir una pizza. Son las tres de la mañana y todavía no se la han traído; de repente una enfermera interrumpe sus quejas al traer a un paciente herido de bala. Los médicos enseguida reconocen que el paciente es el repartidor de pizzas, al que al parecer han disparado mientras entregaba su pedido justo delante del edificio. Trabajan durante horas para salvarle la vida, y llegan a abrirle la caja torácica para practicar un masaje cardiaco. Pero sus esfuerzos son inútiles y el muchacho muere.

Cansados y deprimidos por haber perdido a su paciente, uno de los médicos finalmente pregunta lo que todos están pensando:

—¿Qué creéis que ha pasado con la pizza?

Otro médico sale del edificio y divisa la caja, boca arriba, a pocos pasos de las puertas de urgencias. Recupera la comida y la coloca delante de sus colegas.

Escala en el Empire State Building —¿Qué propina crees que deberíamos darle?
¿Qué transmite realmente la pregunta de la propina? Yo creo que diversas cosas. En primer lugar que todos moriremos, y que los asuntos triviales, como por ejemplo las propinas, seguirán existiendo mucho después de que hayamos desaparecido. En segundo, que estar vivo es algo muy especial, y que no habría que desperdiciarlo, al igual que la pizza. Y en tercero, que la muerte puede llegar y llevarse incluso a las personas más inocentes, pero no puede asustarnos si no se lo permitimos. El enemigo es la muerte, no la pizza, y la única manera en que el cerebro puede expresar todas estas ideas complejas es mediante la risa.

Una de las grandes ventajas de una fuente de información como Internet es que incluso los no científicos tienen acceso a los últimos descubrimientos en la ciencia del cerebro. Consideremos por ejemplo las neuronas espejo: células cerebrales que se accionan cuando emprendemos una acción, pero también cuando vemos a otra persona que hace lo mismo. Se accionan en el momento en que alguien extiende el brazo para coger comida, estrecha la mano de otra persona o coge un libro, pero les da igual si somos nosotros quienes lo hacemos o vemos a otro hacerlo a distancia. Las neuronas espejo se descubrieron en la década de 1990, y ahora son bastante conocidas, en parte porque resultan asombrosas. Muchos científicos afirman ahora que estas células son las responsables de adivinar las intenciones de los demás, y quizá incluso de la empatía.

Pero hay una clase neuronas incluso más excitantes, al menos en un sentido neurocientífico, que recientemente han llamado la atención de la gente, y se conocen como neuronas en huso11. Estas células (cuyo nombre científico es neuronas de Von Economo, por el neurocientífico rumano Constantin Von Economo) son relativamente escasas, y solo aparecen en unas pocas regiones del cerebro. Una de ellas es el cingulado anterior. Su aspecto también es inusual: cuatro veces más grandes que casi todas las demás neuronas y con

unos filamentos extremadamente largos. Y se encuentran en unas pocas especies aparte de los humanos: en nuestros parientes simios más inteligentes, como los gorilas y los orangutanes, y en algunos mamíferos avanzados como las ballenas y los elefantes.

¿Y qué hacen? Mientras que las neuronas espejo son responsables de la empatía, las neuronas en huso son responsables de la conciencia social y el control emocional. Las investigaciones sugieren que llevan a cabo actualizaciones rápidas e intuitivas de sentimientos y reacciones emocionales. Sus filamentos alargados les permiten comunicarse de manera eficaz a través de amplias religiones del cerebro, y el hecho de que aparezcan después del nacimiento —contrariamente a casi todas las demás neuronas, que se desarrollan de manera prenatal— sugiere que su desarrollo viene influido por factores ambientales como la cualidad de la interacción social. Y finalmente, las neuronas en huso se observan tan solo en animales cuyos cerebros poseen un equilibrio entre el pensamiento cognitivo y emocional. Existe una región que cada uno de estos animales tiene en común, el mismo lugar en que se encuentran en más abundancia estas neuronas en huso, el cingulado anterior.

En este capítulo hemos visto que el conflicto puede ser emocional y cognitivo. Cuando experimentamos sentimientos en conflicto, necesitamos conciliarlos y establecer un control emocional. Las neuronas en huso, al haber sido creadas para una comunicación rápida y de largo alcance, están perfectamente adaptadas para ese objetivo.

Algo que todavía no he mencionado del cingulado anterior es que no se trata de una sola entidad. Consta de diversas partes, de manera muy parecida al cerebro en su conjunto, y una de sus divisiones más importantes es la que separa la sección dorsal de la ventral (las palabras latinas dorsum y ventralis, que significan «arriba» y «abajo»). Estas secciones dividen las responsabilidades cognitivas y emocionales del cingulado anterior, respectivamente. La parte superior —o dorsal— del cingulado anterior se encarga en gran medida del conflicto cognitivo. La parte inferior o ventral se centra más bien en las emoción.

Regresando ahora al efecto Stroop del capítulo 2: leer palabras con un color distinto al que definen es una tarea cognitiva, así que

Escala en el Empire State Building lo habitual es que se active el cingulado anterior dorsal. Pero también hay una versión emocional de la prueba, llamada Test Emocional de Stroop12. Por ejemplo, en lugar de pedir a los sujetos que indiquen el color de palabras neutrales como A-Z-U-L, la tarea emocional de Stroop utiliza palabras como A-S-E-S-I-N-A-T-O y V-I-O-LA-C-I-Ó-N. Estas palabras tan terribles no tienen relación con la tarea, pero la parte ventral del cingulado anterior se fija en ellas de todos modos. Entonces manda una advertencia al resto del cerebro: ¡no confiéis en este investigador!

Es probable que las neuronas en huso sean clave para compartir tales advertencias. Parecen concentrarse en la parte ventral del cingulado anterior, que es el responsable de detectar tales mensajes emocionales, y también se encuentran en una región llamada la fronto-ínsula, otra zona fundamental para procesar la emoción. Ello hace que estén perfectamente adaptadas para abordar el conflicto en situaciones sociales, en especial aquellas en que aparecen emociones encontradas o contradictorias. Tanto la parte ventral del cingulado anterior como la fronto-ínsula se activan durante los momentos de empatía, culpa, engaño... y humor. En resumen, estas dos regiones cerebrales tienen una intervención especial a la hora de enfrentarse a sentimientos confusos.

Esta cuestión de los sentimientos confusos es importante porque nos lleva a otro tipo de conflicto relevante para el humor: el conflicto personal. A veces el objetivo de nuestros chistes no tiene nombre, pero gran parte del tiempo nuestra comicidad se dirige a individuos concretos. En estos casos el humor es personal, pues en él aparecen sentimientos acerca de personas concretas, y quizá incluso insultos. Aunque todavía no hemos identificado con precisión qué respuestas neurales participan en estos tipos de interacciones, gracias al descubrimiento de las neuronas en huso puede que no andemos lejos. Sus alargados filamentos y sus conexiones con nuestros centros emocionales permiten que estas células accedan a una amplia variedad de sentimientos, ayudándonos así a dilucidar reacciones emocionales complejas. Una manera de hacerlo consiste en contar un chiste.

Un día, la secretaria del ministro de Asuntos Exteriores israelí, David Levy, oye por la radio que un lunático circula en dirección contraria por la concurrida autopista Jerusalén/Tel Aviv. Sabiendo que esa es la ruta de su jefe, inmediatamente llama a su coche para advertirle. «¿Solo un lunático?», le grita el ministro. «¡Todos conducen en dirección contraria!».

Para entender el chiste tiene que saber quién es David Levy, y muchos lectores no lo saben, pero lo incluyo porque pone de relieve dos tipos de humor. En primer lugar es claramente un insulto. Al final del chiste tenemos varias impresiones claras de Levy: es un mal conductor, no es muy inteligente y a lo mejor también bastante testarudo. Existe también una sátira política, puesto que Levy es una figura pública. Y también polariza la opinión pública, lo que lo hace aún más divertido.

David Levy fue un importante y polémico político israelí de finales del siglo xx. Solo fue a la escuela hasta octavo curso, y comenzó a trabajar en la construcción antes de alinearse con el partido Likud, en la derecha moderada de su país. Tras desempeñar varios puestos ministeriales obtuvo una posición reconocida en el gobierno, pero algunos desafortunados rasgos de su carácter le impidieron progresar. Uno de ellos era que a menudo se le veía adusto y pomposo. Otro, que nunca aprendió inglés, lo que le limitaba en sus relaciones internacionales. Incluso en su lengua nativa a menudo cometía lapsus que le hacían parecer un poco sandio. Con el tiempo se convirtió en un símbolo de los políticos estúpidos y egoístas dispuestos a decir cualquier cosa que la gente quiera oír.

Analicemos la moda Bedichot David Levi, que en hebreo significa «Los chistes de David Levy». Este fenómeno, tal como lo registra Hagar Salamon13, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, arrasó en Israel y los países vecinos. Los chistes se burlaban de la inteligencia de Levy, de su arrogancia y —sobre todo— de su incapacidad para reconocer sus propias carencias. Los chistes se extendieron hasta tal punto que un periodista de Los Angeles Times incluso escribió un artículo preguntándose si alguna vez podría sobreponerse. He aquí uno especialmente popular: «Un hombre se acerca a David

Escala en el Empire State Building

Levy y le dice: “¿Ha oído el último chiste de David Levy?”. A lo que este responde: “Perdone, yo soy David Levy”. Y el hombre le dice: “Ah, entonces se lo contaré despacio”».

A primera vista, esto podría parecer simplemente un ejemplo más de humor político dirigido contra un objetivo fácil. A principios de la década de 1990, casi todo el mundo contaba chistes de Dan Quayle aparentemente por las mismas razones. Los nombres de Quayle, Clinton y Palin pueden intercambiarse fácilmente por el de Levy en cualquiera de los chistes y serían igual de divertidos. ¿O no?

Aunque las diferencias idiomáticas dificultan la respuesta a esta pregunta, un examen más atento muestra que el humor que hay detrás de estos chistes es más complicado. Para empezar, Levy no había nacido en Israel, sino en Marruecos, y en cuanto judío marroquí, representaba una nueva facción de la política israelí. Hasta la época de Levy, Israel había estado dominado por el sionismo europeo; no obstante, cuando Levy llegó al poder, los judíos de países orientales y tradicionalmente musulmanes comenzaban a transformar el equilibrio étnico de la sociedad israelí. El hecho de que Levy a menudo pusiera énfasis en su origen étnico solo acentuaba las crecientes tensiones asociadas a ese cambio. Los aspectos de la personalidad de Levy hacían que sin duda fuera fácil ridiculizarlo, pero el conflicto que la gente experimentaba acerca de la antigua y la nueva sociedad también desempeñaba un papel importante. Levy a menudo se quejaba de que los chistes de que era objeto estaban motivados por un racismo latente, y quizá esa acusación surtiera efecto, porque la moda de chistes que se burlaban de él con el tiempo terminó.

Resulta fácil encontrar chistes parecidos sobre figuras estadounidenses conocidas, aunque pocos tienen que ver con el racismo. A finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, cuando los chistes sobre Dan Quayle alcanzaron su máxima popularidad, Estados Unidos estaba obsesionado con el dinero y el poder. La presidencia de Reagan fue el preludio de una época en que la riqueza era el símbolo social más importante, ya fuera obtenida tra

bajando o heredada, y Quayle era el ejemplo perfecto de esta última, pues procedía de dos generaciones de editores que habían ganado mucho dinero. Aunque él, por sí solo, había tenido un éxito económico moderado, se le veía como alguien que no tenía idea de nada, bobo y alejado del norteamericano medio. Desde luego, tampoco ayudó que no supiera deletrear patata*, pero en una época en que Estados Unidos se encontraba a punto de rebelarse contra los ricos y los privilegiados, estaba destinado a fracasar.

En la década de 1990 el blanco de los chistes fue Clinton. En la primera década del siglo xxi, fue Sarah Palin. Cada uno de ellos representaba un aspecto de la sociedad caracterizada por el conflicto, ya fuera la crónica infidelidad de Clinton durante una época de prosperidad económica o las carencias intelectuales de Palin en contraste con su campechanía populista. ¿Por qué los estadounidenses se regodean en estos ciclos de chistes y en cambio dejan bastante tranquilo a un personaje como Jimmy Carter? Naturalmente, Carter no se fue de rositas: a finales de la década de 1970 en Washington aparecieron varios chistes sobre cultivadores de cacahuetes. Pero, considerando sus fallos, sus chistes son relativamente escasos. El aumento del precio de la gasolina, la inflación y la crisis de los rehenes iraníes condujo a considerar la presidencia de Carter como una de las más ineficaces de la historia reciente. Sin embargo, los chistes a sus expensas fueron pocos, principalmente porque Carter no era un hombre que suscitara emociones opuestas. Simpático, ético e inteligente, fue considerado en general una buena persona, más valioso para misiones de paz que para liderar el mundo libre.

Los chistes políticos son populares porque se alimentan de los sentimientos encontrados de la gente sobre las figuras públicas, pero ¿y si esos sentimientos se extienden a grupos más numerosos? Cuando políticos como Barack Obama y Newt Gingrich se presentaron para el cargo, ya contaban con que se les ridiculizaría como parte del proceso, pero ¿y los chistes de mexicanos o pola

*potatopotatoe potatoes(N. del T.)

Escala en el Empire State Building cos? ¿Qué revelan de la sociedad los chistes que tratan de grupos étnicos y sociales más amplios?

Cuando yo era niño, abundaban los chistes de polacos. Aunque terriblemente incorrectos, casi todos los niños sabían unos cuantos. «¿Qué se puede leer en el culo de las botellas de Coca-Cola polacas? “Ábrase por el otro extremo”». «¿Cómo le rompes un dedo a un polaco? Le das un puñetazo en la nariz».

Todos los países tienen un grupo social más proclive a ser objeto de burla. Los rusos se ríen de lo

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