LA AVENTURA DEL ESPAÑOL
José María Merino
Cuando yo era mozalbete, me fascinaban las películas de Cantinflas hablando de aquel modo tan divertido: ándele, ahoritita, nomás, quihúbole… Dentro del indudable sentido cómico, había una peculiar cadencia que le daba a la misma lengua que yo hablaba una alegre y fascinante sonoridad… Poco tiempo después, y gracias al gusto familiar, descubriría los preciosos tangos que cantaba Carlos Gardel de modo inolvidable…, ¡lo hacía también en mi lengua aunque con curiosa dicción y misteriosas palabras! Y vendrían luego los boleros, los corridos —es sorprendente la presencia de lo hispanoamericano en la afición popular durante aquellos años oscuros del franquismo—, trayendo con su música real la otra música, la de la forma de decir.
En otra ocasión he contado cómo, años más tarde, ya trabajando en temas educativos, en un bohío de los canales del Tortuguero, en Costa Rica, una anciana me habló en un increíble español que parecía del Siglo de Oro, mientras entonaba su relato con otra música, que hacía resonar las erres de forma inimitable. Y con el tiempo, fui descubriendo también las melodías de la oralidad caribeña, peruana, uruguaya…
A lo largo de mi tiempo hay pocos países hispanoamericanos que no haya conocido, y el oír hablar español con tantos matices sonoros y tanta riqueza de vocabulario es uno de los regalos que me ha dado la vida, y lo digo así en homenaje expreso a Violeta Parra. Pues, además, me ha hecho descubrir que no hay ningún lugar en el que hoy se pueda decir que se habla “el mejor español”, porque, con tantas melodías y modulaciones verbales distintas, yo he oído hablar un español magnífico en innumerables lugares del mundo…
Así, poco a poco, fui descubriendo las numerosas resonancias, los múltiples léxicos y otros aspectos de la lengua española, y haciéndome consciente de ello incluso a este lado del océano: empecé a comprender de otra manera las hablas andaluza o canaria, por ejemplo… Además, la multiplicidad de variedades léxicas americanas ofrecían palabras en principio ininteligibles, pero eso no era tampoco raro en España, donde en cada región hay vocablos al principio extraños para el forastero: en algunos sitios de Burgos se llama “golorito” al jilguero, y en Extremadura “añugarse” es atragantarse, como en León “forroñoso” es oxidado; en Aragón “chiparse” es mojarse cuando llueve; “zaraballo”, trozo de pan en La Mancha, etcétera, etcétera. Como la inmensa mayoría de los vocablos es similar a la acostumbrada, a esas pequeñas excepciones uno se adapta con mucha rapidez y gustosa sorpresa.
Además, descubrí también que el español “de acá” está lleno de americanismos desde los tiempos de Colón —canoa, hamaca…—, pues las palabras nuevas, si cuajan en el lenguaje popular, acaban imponiéndose, como de sobra se sabe… Y ahora es normal tomarse un mojito o llamar guayabera a una prenda de vestir, por no hablar de cigarro, chocolate, petate, afanar, jícara, cancha, guita, carpa, barbacoa, macuto, enagua…
Sin embargo, me costó algo ser consciente de lo que significaba esa dispersión de mi lengua por tantos lugares. Me había educado en el contexto del aislacionismo franquista, y en su falta de perspectiva para descubrir el verdadero lugar del español, y a raíz de la Constitución de 1978, cuando se reconocieron las distintas lenguas nacionales, que representan un indudable y rico patrimonio cultural y sentimental, y algunos dialectos buscaron su reafirmación, nació la idea, vaga pero poderosa, de que el llamado en la Carta Magna “castellano” es una lengua más, sin considerar su indiscutible condición de koiné nacional y universal. Por eso a veces asistimos en España a enfrentamientos disparatados entre nuestras propias lenguas, y acaso aquí, precisamente, no hay una conciencia lúcida de la dimensión social y mundial del español.
Y aunque desde mis tiempos de jovencísimo lector yo había disfrutado de Rubén Darío, hasta descubrir a Vallejo y a Neruda, y más adelante, con sor Juana Inés de la Cruz, a Rulfo, a Carpentier, a Roa Bastos y a los escritores del boom, no había pensado que yo formaba parte de el más grande país del mundo, ese ámbito que calificó así Carlos Fuentes, denominándolo el territorio de La Mancha.
Nunca olvidaré la sorpresa con que asistí en Nueva York hace diez años, inesperadamente, al Columbus Day, una cabalgata que arrancaba con cuatro policías a caballo —dos hombres y dos mujeres— que llevaban la bandera de los Estados Unidos, la bandera de Nueva York, la bandera de México y la bandera de España, y a quienes seguía una comitiva interminable —varias horas duraba su transcurso— con modestas carrozas engalanadas y gente que vestía sus trajes nacionales, entre músicas y danzas, y que representaba a todos los colectivos hispanos de la ciudad. Miles de personas asistían al acto, y nunca en mi vida he visto ondear tantas banderas españolas… El asentamiento de esta lengua en la ciudad —ojo, no del espanglish— era ya indudable entonces.
Y es que, desde hace bastante tiempo, está clara la importancia de la lengua española, tanto por su creciente difusión en el mundo como por la general unificación de estructuras y reglas que mantiene, por la riqueza de su vocabulario y por sus prestigiosas referencias culturales.
Como el tema merece un análisis desde diversas perspectivas, en las que, con voluntad divulgativa, se consideren aspectos especialmente importantes del fenómeno —ese conjunto de elementos significativos cuya pujanza y extensión universales acaso no sean tan conocidas entre sus hablantes como sería lo lógico—, Álex Grijelmo y yo nos propusimos preparar un libro en el que especialistas relevantes en diferentes materias y con distintos orígenes —entre ellos, el propio Álex— aportasen consideraciones y estudios inéditos sobre distintos aspectos, tales como la inicial consolidación del español, la contradictoria normativa que lo fijó como lengua general en América, su dispersión y variedad, las previsiones de crecimiento, su valor económico, algunas de las instituciones que lo apoyan, su enseñanza, temas relacionados con el diccionario, la gramática y la ortografía, americanismos y regionalismos que ya son panhispánicos, la presencia de lo femenino, aspectos del lenguaje rural o del deporte, la irrupción muchas veces innecesaria de otras lenguas…
He titulado a este prologuillo La aventura del español, porque considero que la historia de esta lengua, a lo largo de tantos avatares y mudanzas en el tiempo y en el espacio, tiene mucho de notable aventura, ya desde sus lejanos orígenes latinos —el Imperio romano se expandió para quedarse, y dejó muestras físicas de su presencia en Hispania, en todo el Mediterráneo y en la Europa central e insular—, como el Imperio español, se expandió también para quedarse. Claro que hablamos de otros tiempos, pero del mismo modo que muchos pueblos heredamos el latín, muchos pueblos hemos heredado esto que llamamos el español.
A mi juicio, el libro presenta, a través de múltiples facetas y esa sabia intervención de numerosos especialistas en diferentes materias, un panorama de la lengua española interesante y sustancioso en muchos aspectos. Los temas y los puntos de vista son dispares, y aunque los participantes asumen la propiedad de la lengua sin disidencias, no dejan de manifestarse ciertas opiniones críticas desde algunas perspectivas. También esta obra tiene sustancia de aventura, y sus voces no son unánimes, como corresponde a las buenas novelas. En cualquier caso, esos aspectos demuestran que el libro se planteó con generosa amplitud de criterios y sin ánimo de orientar, y menos coartar, la libertad de expresión de cada articulista.
Mas, felizmente, su gran protagonista es esta lengua que nos permite decir, y entender, y contrastar, todo lo que pensamos… más de 555 millones de seres humanos.
OCHO SIGLOS DE HISTORIA
Inés Fernández-Ordóñez
Todos hemos oído hablar alguna vez del origen del idioma y, con cierta frecuencia, se discute en los periódicos sobre cuál es la cuna de nuestra lengua. La obsesión por esta cuestión es, hasta cierto punto, lógica. Es un deseo natural saber de dónde se viene, cuáles son nuestros antepasados. Sin embargo, las lenguas no son seres vivos y de ellas no pueden predicarse, salvo metafóricamente, los estados o periodos vitales, como el nacimiento, la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez o la muerte. Pese a ello, es muy común oír que el latín es una lengua muerta, que el español nació en San Millán de la Cogolla o que el castellano alcanzó su madurez en el periodo clásico. Veamos por qué.
El «nacimiento» de una lengua no es un proceso lingüístico, sino metalingüístico. En esencia, implica que los hablantes de una comunidad lingüística perciban que hablan algo distinto de lo que hablan sus vecinos o de lo que hablaban sus antepasados. La conciencia de una identidad lingüística diferencial es, pues, el primer paso para que «nazca» una lengua. De hecho, el latín nunca ha dejado de hablarse. Las lenguas romances son la continuación natural y espontánea del latín hablado, transmitido de forma ininterrumpida de padres a hijos. Sin embargo, aunque podría hipotéticamente haber sucedido, hoy no nos consideramos hablantes del latín, sino del español, el francés, el italiano o el rumano. La ruptura identitaria es la conditio sine qua non, la condición sin cuyo cumplimiento no se dan las circunstancias necesarias para que una variedad de una lengua pase a considerarse a sí misma lengua.
En el caso del español y las demás lenguas romances peninsulares esa condición no se cumple hasta principios del siglo XIII. Es verdad que antes de esa fecha, ya desde el siglo XI, hay testimonios aislados que revelan la existencia de una conciencia diferenciada entre la lengua escrita, en forma tradicionalmente latina, y la lengua hablada, carente de escritura hasta entonces. Esos atisbos de oralidad, y de conciencia asociada a ella, se manifiestan sobre todo cuando hay que transcribir topónimos, voces árabes o euskeras, esto es, aquellas palabras que no tenían una correspondencia fácil en la escritura latina. Por ello, su mención se ve precedida por fórmulas como vulgo dicitur o vocatur, «se dice vulgarmente, se llama», con las que se alude a una variedad distinta de la escrita. Hay también algunos documentos en que la falta de formación del amanuense en la grafía latina lo inclina a escribir, más o menos, como habla. Ejemplo muy temprano de este tipo de testimonios es la llamada Nodizia de kesos o Lista de quesos consumidos por los monjes del monasterio de Rozuela, en la provincia de León, en 976. Sin embargo, documentos como la Nodizia no dan fe de que el celoso despensero del monasterio fuera consciente de que lo que hablaba fuera una variedad autónoma de la lengua latina. Más bien todo lo contrario. Estos testimonios que reflejan algunos trazos de la oralidad no son diferentes de las licencias que nos tomamos hoy cuando en un contexto informal, como el de los mensajes de WhatsApp, escribimos, por ejemplo, «hasta aquí hemos llegao» o «agotaíta me tienes». No por ello pensamos que estemos escribiendo en una lengua diferente.
Dentro de este panorama en que no tenemos testimonio seguro de conciencia lingüística propia, destaca la enorme singularidad de las Glosas emilianenes y silenses, así llamadas en atención a los monasterios de los que proceden los códices que las conservan, San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos. En las Glosas sí hay indicios claros de conciencia lingüística diferenciada. Junto al texto latino se traducen, entre líneas o al margen, ciertas palabras al romance y al vasco. Esas anotaciones tratan, además, de desentrañar las complejidades de la sintaxis latina y proponen un orden de palabras muy parecido al románico. El glosador tenía que ser bilingüe y haber estado en contacto con cierta innovación cultural que estaba cundiendo más allá de los Pirineos, en concreto, en el mundo occitánico. La novedad a que me refiero penetró tempranamente en la península Ibérica por los dos territorios mejor conectados con el Languedoc, Navarra y Cataluña, ya a finales del siglo XI, fecha probable de las Glosas más antiguas. Es el invento de una nueva escritura para la lengua hablada.
Si bien tímidamente, desde entonces y a lo largo del siglo XII, tenemos pruebas de que en algunos territorios peninsulares se fue desarrollando la percepción de la modalidad hablada como una variedad diferente del latín. Y ese pensamiento, acompañado del contacto cultural con el modelo ultrapirenaico, condujo a un hecho revolucionario: emplear la grafía latina para transcribir la oralidad romance. El movimiento se detecta antes en el área pirenaica, pero ya desde principios del XIII se va extendiendo como una ola, de este a oeste y de norte a sur, por toda la Península. A partir de ese momento no hay vuelta atrás y la grafía románica no hará sino ganar terreno a lo largo de los siglos.
La transcripción escrita de lo que en la Edad Media se llamará «romance» es un hecho trascendental no siempre suficientemente valorado en la historia de nuestra lengua. Es la prueba definitiva de que lo hablado se percibe como una variedad independiente del latín. Pero no solo eso. Porque esa autonomía se edifica sobre el giro copernicano que supuso la aplicación, a la variedad propia, de la misma «tecnología» antes reservada a la lengua latina: la escritura. Toda una proclamación de intenciones sobre la condición que los hablantes aspiraban conferir a esa variedad. Esta solución de continuidad identitaria puede estimarse, por ello, el verdadero «nacimiento» del español y de las demás lenguas romances peninsulares.
LA ESCRITURA
No quiere ello decir que esas variedades no se hablaran antes. Sin duda, se venían utilizando siglos atrás. Sin embargo, su representación escrita arrastró esa existencia a un nivel de conciencia y aceptación entre los hablantes antes desconocido. Y así comenzó el proceso de su estandarización.
A menudo se identifica lengua con lo que los lingüistas llamamos lengua estándar. La mayor parte de las lenguas habladas en el mundo no son lenguas estandarizadas: solo una pequeña parte de ellas, entre las que se encuentran las europeas, lo son. Debemos preguntarnos entonces qué tienen esas lenguas que no tengan las demás.
Entre otros elementos, las lenguas estándar cuentan con escritura, sistemas gráficos que permiten representar con cierta fidelidad la oralidad. El desarrollo de una escritura más o menos fonológica es el punto de arranque ineludible de cualquier estandarización. Aquella oralidad que recibe refrendo escrito se nos presenta inmediatamente como preferible a la que no se escribe y se convierte, así, en la variedad con más posibilidades de evolucionar a una lengua estándar.
El mundo occidental, desde época romana, es un mundo graficéntrico. Todas las relaciones sociales y humanas necesitan corroboración escrita para «existir». ¿Ha nacido un niño si no tiene partida de nacimiento? ¿Ha fallecido una persona sin el certificado de defunción? ¿Podemos identificarnos recurriendo solo a nuestra palabra, sin mostrar el DNI? ¿Es posible comprar un piso con un simple apretón de manos? ¿Y qué sucede si afirmamos que poseemos unos estudios universitarios y no exhibimos el título que lo acredite? A efectos sociales nada existe si no está escrito. La lengua escrita desencadena consecuencias económicas y sociales de las que carece la lengua hablada. De ahí que aquella oralidad que se escribe se transforme inmediatamente en la más valorada, la que cuenta con mayor prestigio social dentro de la comunidad.
Porque cabe preguntarse: cuando comenzó la escritura románica, ¿se escribieron todas las variedades orales? La historia lingüística peninsular nos ofrece un buen caso de estudio. Cuando empieza a despuntar y a ganar espacio la grafía románica, entre 1200 y 1250, no todas las variedades accedieron por igual a ella. Para medir la diferencia es importante tener en cuenta qué se escribió y con qué regularidad, los contenidos y los ámbitos sociales de la escritura, y si estos perduraron con el paso del tiempo. Tres tipos de textos fueron los que primero manifestaron la escritura románica: la literatura, los documentos notariales y los textos legislativos, como los fueros. Pronto fueron seguidos por la historia, pero otros contenidos textuales, como la ciencia o la teología, permanecieron durante mucho más tiempo ajenos a la innovación. El motivo que subyace a la pronta adopción de la grafía románica en algunos tipos textuales y no en otros es la necesidad de su elicitación oral. Eran textos que estaban destinados, en origen, a ser pronunciados en voz alta para poder ser comprendidos. La lectura visual y silenciosa fue algo extraño hasta finales de la Edad Media.
El catalán, el castellano, el navarro, el aragonés y el gallego-portugués fueron las variedades románicas que contaron con un cultivo escrito más amplio en contenidos y en ámbito social. El asturleonés, en cambio, si bien da señales de seguir el mismo proceso en el siglo XIII, cuando se escribió en documentos privados y algunos fueros, pronto —ya en el siglo siguiente— se vio desviado de ese camino y pervivió sobre todo como variedad oral. Esta temprana interrupción de la cultura escrita en asturleonés, que dificultó la creación de una conciencia lingüística propia, tiene varias causas, pero la principal es política.
La filología española ha tendido a separar el castellano del asturleonés en atención a que, desde el siglo XI hasta 1230, hubo algunos periodos en que existieron dos reinos diferenciados, el de León y el de Castilla. Pero lo cierto es que la evolución lingüística de ese territorio en que se fraguaron los romances centrooccidentales no permite erigir fronteras lingüísticas motivadas por esos pasajeros avatares políticos, ni tampoco hay señales de que los hablantes que allí vivían diferenciaran entre sus variedades orales. Al proyectar la historia política sobre la lingüística, se falsearon en gran medida los hechos. Cuando hace acto de aparición la escritura, en cada lugar —Galicia, Asturias, León o Castilla— se aplica a lo allí hablado y así vemos emerger por escrito algunas variantes de pronunciación, morfología, sintaxis o léxico que entonces seguramente eran percibidas como las que hoy observamos entre Argentina y España, por ejemplo. Esta situación cambió a mediados del siglo XIII. Tras la unión definitiva de los dos reinos bajo un mismo cetro, en 1230, la rápida adopción en la corte regia de la variedad escrita que se identificó como romance de Castilla o castellano terminó por desplazar a otras formas alternativas de escribir y, en especial, a la que reflejaba la oralidad asturleonesa. No hay que ignorar que Galicia formaba parte del mismo reino pero mantuvo viva su scripta hasta el siglo XV. La lengua escrita en la corte del rey se difundió por todos sus dominios a través de los documentos cancillerescos y los textos legislativos y, gracias a esa extensión paulatina, se elevó a modelo lingüístico que se superpuso sobre la oralidad en todos los rincones del reino. La difusión de ese modelo tuvo pocas trabas, ya que no parece haber existido en esa época ni hasta mucho después una clara conciencia de las diferencias lingüísticas entre el romance hablado en el reino de León y en el de Castilla.
La larga y compleja creación de una lengua estándar supone siempre diferencias de poder entre los hablantes, entre aquellos que controlan la escritura y los valores que esta entraña, y los que no la controlan. La escritura no solo construye los cimientos sobre los que comienza a edificarse la estandarización. Es más: siempre implica la postergación social de la oralidad, sacrificada ante el poderoso dios de la escritura.
¿QUÉ ERA LO LINGÜÍSTICAMENTE «CASTELLANO»?
Es difícil definir una lengua. Con frecuencia se habla del castellano como lengua y del leonés y aragonés como dialectos «históricos», al tiempo que se proporciona un repertorio de rasgos lingüísticos que permitirían diferenciarlos. Esta perspectiva es algo engañosa, al proyectar hacia el pasado medieval el resultado sociolingüístico de una evolución bastante posterior, en virtud de la cual el castellano se transformó en una lengua estándar mientras que el asturleonés y el aragonés no llegaron a culminar procesos de estandarización y solo se conservaron como variedades orales de uso reducido. Sin embargo, en la Edad Media las lenguas romances peninsulares estaban en una posición mucho más igualitaria. Hasta finales del siglo XIV, ni la lengua románica del reino de Navarra ni las del reino de Aragón tenían mucho que envidiar al castellano en cuanto a su elaboración formal ni a su implantación sociolingüística: en ellas se manejaban los escritos de la corte regia, los documentos privados, las crónicas, las leyes, la literatura y muchos textos doctrinales. También, según veremos, hay testimonios claros de su identidad diferencial, revelada en la existencia de un nombre para la lengua.
A principios del siglo XV, la llegada de los Trastámara al trono aragonés frustró esta progresión. En 1409, en el llamado Compromiso de Caspe, la nobleza aragonesa y la burguesía catalana eligieron al hermano del rey de Castilla, Fernando de Antequera, como el futuro rey de Aragón, con el nombre de Fernando I. La presencia de una dinastía castellana en la corte regia de Aragón tuvo como consecuencia que se acelerara la adopción de soluciones castellanoleonesas en todo tipo de escritos y, viceversa, que en el reino de Castilla y León se difundieran de forma creciente los usos aragoneses. Fue entonces cuando los pronombres personales nós y vós pasaron a ser nosotros y vosotros siguiendo el modelo del catalán y el aragonés. Y al revés, el relativo quien se abrió camino en Aragón de acuerdo con el empleo del leonés y el castellano.
La convergencia fue facilitada no solo porque esa intensificación de los contactos acarreó la difusión de innovaciones lingüísticas, sino también porque, en realidad, los romances peninsulares eran, y son, muy similares entre sí. El contacto entre ellos y su mutua influencia había estado siempre ahí, como aspecto definitorio de su propia existencia y de la convivencia en el solar territorial ibérico desde siglos atrás.
Los lingüistas saben bien que las lenguas se componen de inventarios de sonidos (o fonemas), paradigmas morfológicos, estructuras sintácticas y léxico, pero no todo ello es compartido por los dialectos de una lengua. No todos los elementos son comunes ni tampoco las reglas para combinarlos. Pero en la Península, en la Edad Media, toda el área occidental y central se desenvolvía en dialectos que apenas se separaban por algunos elementos y pocas reglas. Pese a los límites políticos entre los reinos, desde el área gallega hasta la aragonesa oriental se sucedían variedades que evolucionaron, para muchos aspectos, de forma conjunta. Sucede así que algunos de los supuestos rasgos originales del castellano, como tener ch en palabras del estilo de dicho o leche, se daban también en toda el área central y oriental del reino de León. Y lo mismo cabe afirmar del reino de Navarra, que coincidía, por ejemplo, con el castellano en las formas del verbo ser, es, era, y carecía de los diptongos asturleoneses y aragoneses, ye, yera. Además de la coincidencia originaria o temprana, las variedades centrales tendieron a converger aún más entre sí por la nivelación lingüística desencadenada por el contacto entre pobladores de distintos orígenes dialectales en los lugares arrebatados a los musulmanes, en el centro y sur peninsular.
Por ello, la denominación que se generalizó para nuestra lengua desde el siglo XIII, cuando Alfonso X proclamó escribir en lenguaje de Castilla o romance castellano, no nos debe llevar a engaño. Desde un punto de vista político o geográfico, bien podemos llamar castellano a todas las variedades incluidas bajo esa jurisdicción. Desde el punto de vista lingüístico, ciertamente no lo eran en exclusiva, pues variedades muy similares a algunas de las utilizadas en Castilla ya se hablaban entonces en territorios jurisdiccionalmente leoneses, navarros o aragoneses. Incluso el castellano escrito en la corte de Alfonso X carece de uniformidad, con textos y documentos de carácter occidental y otros de sesgo oriental. Castellano es la lengua en que proclaman estar escritos tanto unos como otros, aunque en un análisis lingüístico en poco o casi nada se diferenciaban de algunas variedades del leonés, del navarro o del aragonés. Las fronteras políticas entre los reinos no coincidían con las isoglosas lingüísticas, así que es poco adecuado proyectarlas automática y anacrónicamente hacia el pasado para definir los límites de las lenguas en la Edad Media.
LA IDENTIDAD
¿Podemos existir sin ser conscientes de ello? La identidad, la conciencia de la propia existencia, es vital para las lenguas. Ya expliqué que es desde el siglo XIII cuando los textos se escriben en romance y aluden con cierta regularidad a él, normalmente para contrastarlo con el latín o el árabe. El nombre por el que se denomina la lengua oral es romance, sin más precisiones. ¿Cuándo entonces podemos documentar la conciencia de las diferencias ocultas en esa denominación genérica? Las lenguas peninsulares que más tempranamente se llaman a sí mismas recurriendo a un gentilicio son el castellano (gracias a Alfonso X, ya en 1250), el aragonés (lengoage de Aragón, hacia 1270) y el catalán (Jofre de Foixà, que escribe en Sicilia hacia 1290). El empleo de gentilicios por parte de sus hablantes se retrasa más en los casos del navarro (in ydiomate Navarre terre, 1350), el gallego (lingoajen galego, 1390-1420) o el portugués (nossa linguajem portugués, 1430-1455). Y hay que esperar hasta la Edad Moderna para encontrar conciencia de una identidad lingüística asturiana.
Esa tempranísima denominación del romance hablado en los territorios del rey castellanoleonés bajo la rúbrica de lenguaje de Castilla, castellano o romance castellano es muy llamativa por pionera en el contexto peninsular y explica, en cierta forma, que posteriormente muchas de las formas de hablar en esos dominios se acogieran bajo el paraguas de «ser» castellano. La conciencia de los hablantes y el análisis lingüístico no necesariamente coinciden.
Lengua castellana fue la denominación más habitual en la península Ibérica para nuestra lengua desde el siglo XIII hasta el XX, pero esa etiqueta no debe hacernos pensar que se trata de una variedad nacida en Castilla y desde Castilla difundida a León, Navarra o Aragón, sino más bien de una designación que originalmente englobaba variedades habladas tanto en Castilla como en otros territorios jurisdiccionalmente no castellanos. Tanto la una como los otros participaron en la gestación compleja del español.
Desde el siglo XVI en adelante una nueva denominación, lengua española o español, comenzó a competir con la tradicional de lengua castellana. La novedosa etiqueta se originó y cundió fuera de las fronteras de la península Ibérica, en boca de los europeos, para referirse a la lengua más extendida y hablada en el marco territorial peninsular ibérico o España, la heredera de la antigua Hispania romana. Y así, poco a poco, impulsada desde el exterior, la denominación lengua española concurrió con lengua castellana al sur de los Pirineos hasta que, en el siglo pasado, castellano y español se hicieron términos intercambiables en la lengua culta.
San Isidoro creía poder llegar a comprender el fondo de las cosas a través del origen de las palabras que las designaban, su etimología. Esa perspectiva medieval se aplicó al término castellano y condujo a algunos filólogos a extrapolar hacia el pasado el origen de nuestra lengua y a buscarlo en el primitivo condado de Castilla en el siglo X, mucho antes de que se escribiera el romance y de que tengamos testimonio alguno de conciencia lingüística diferencial. Y esa distorsión también se extendió hacia el futuro, al vincular estrechamente la historia de la lengua con la del reino de Castilla. Sin embargo, la historia lingüística no es una simple proyección de la historia política. Hoy sabemos que la etimología de un nombre no explica necesariamente su denotación, su significado.
LA ESTANDARIZACIÓN Y EL PODER
Es famosa la cita atribuida a Max Weinreich según la cual una lengua es un dialecto con ejército y armada: «A language is a dialect with an army and navy». Ello revela, como saben bien todos los lingüistas, que la diferencia entre lengua y dialecto no se encuentra en aspectos lingüísticos, sino que reside en factores extralingüísticos y, en esta cita, se indica que son aspectos relacionados claramente con el poder. De hecho, se alude a la potencia militar, a la imposición de la fuerza. Pero ¿en qué consiste el poder de algunas lenguas?
En el pensamiento común, no en el de los lingüistas, lengua se identifica con ‘lengua escrita’, ‘lengua culta’, ‘lengua de la educación’, ‘lengua oficial’, ‘lengua intertraducible a otras lenguas’, ‘lengua comprendida en todas las áreas’…; y dialecto, con una variedad que no se escribe, oral y coloquial, cuyos hablantes no han tenido acceso a la educación, o que se adscribe a una zona geográfica restringida o a un grupo social determinado… Sin embargo, estos contrastes no son los que caracterizan a una lengua frente a un dialecto, sino los que definen una variedad estándar frente a una variedad no estándar. No podemos identificar lengua con lengua estándar. En realidad, la lengua estándar es una variedad artificial, un dialecto que resulta de una larga e intensa construcción cultural y que, en gran medida, es solo propia de las lenguas europeas y poco conocida en otros dominios lingüísticos. La lengua estándar no es la lengua materna de nadie, por lo que su adquisición y dominio necesita largos años de entrenamiento y aprendizaje.
Ya vimos que la escritura es determinante para que una variedad pueda llegar a la condición de lengua estándar. Pero no solo. Es necesario además que esa variedad haya experimentado un proceso de elaboración, social y metalingüística. La «elaboración» social supone que los hablantes son conscientes de la propia lengua, le otorgan una identidad y la asumen como variedad preferida en todo tipo de situaciones comunicativas y en cualquier categoría de producciones textuales. Este proceso también se denomina capacitación (o normalización). La «elaboración» metalingüística consiste en la discusión sobre el uso lingüístico estimado preferible o correcto y tiene como resultado la creación de tratados dedicados a la lengua, como ortografías, gramáticas o diccionarios. Esta actividad se conoce como codificación (o normativización).
La lengua estándar es, pues, una variedad escrita, capacitada y codificada como resultado de un largo proceso de intervención sobre el uso lingüístico, en el que se requiere la cooperación y aceptación de la comunidad y, sobre todo, de los grupos socialmente dominantes. Con el tiempo, el resultado es la institucionalización de la lengua codificada a través de la educación u otras vías, como puede ser la creación de entidades especializadas en la regulación de la codificación o, incluso, su elevación a lengua oficial.
Si las lenguas romances peninsulares llegaron en una situación de desigualdad a la Edad Moderna, ello fue porque los procesos de estandarización que se iniciaron en la Edad Media no avanzaron en la misma medida. Lo que cambió fue la relación de fuerzas entre la oralidad y la escritura, entre lo que se hablaba y lo que se escribía, debido ante todo a razones políticas. Hasta finales del siglo XIV, todas las variedades románicas peninsulares, salvo el asturleonés, adoptaron la escritura y, en diversos grados, fomentaron la elaboración culta de la lengua, su normalización. A partir del siglo XV, todas ellas fueron abandonando los pasos que conducían hacia su estandarización, mientras que el castellano progresó sin obstáculos hacia ella. Es la lengua estándar la que está vinculada al poder, a la armada y el ejército de Weinreich.
LA CAPACITACIÓN
El desalojo del asturleonés de la escritura que tuvo lugar ya desde el siglo XIV fue seguido por el desplazamiento progresivo del aragonés, el navarro, el gallego y el catalán entre los siglos XV y XVI. Las lenguas permanecieron de forma oral, pero la cantidad y la calidad de los textos que en ellas se escribieron fueron cada vez menores. A la par, crecieron los textos redactados en castellano en todos los territorios de la Península, incluido Portugal. De esta forma, se daba otro de los pasos habituales en los procesos de estandarización: la variedad seleccionada como base de la lengua estándar se promocionó como modelo lingüístico oral gracias a la extensión de lo escrito en ella. El castellano fue adoptado y difundido por ciertos grupos de hablantes de los reinos de Portugal, León, Navarra y Aragón, en detrimento de las lenguas allí habladas.
Las razones que se esconden detrás de este cambio fueron políticas. Los altos estamentos del reino adoptaron consciente y voluntariamente la lengua del rey, la corte y sus aledaños: el castellano. Este movimiento comienza en la época de los Reyes Católicos, incluso antes de la anexión de Navarra en 1516, y se intensifica a lo largo del siglo XVI, en tiempos de Carlos I y Felipe II. Algunos intelectuales, como el jurista aragonés Micer Gonzalo García de Santamaría, expresan sin tapujos los motivos que los conducen a emplear el castellano en lugar del aragonés: a la vista de que la corte regia reside en Castilla y de que el rey y sus cortesanos personifican el ideal del buen hablar, decide escribir en castellano, puesto que «la fabla comúnmente, más que otras cosas, sigue al imperio» (1491).
En las monarquías del Antiguo Régimen cunde la idea de que el rey y las personas que lo rodean —los cortesanos— encarnan la perfección humana, puesta de manifiesto en su mesurada combinación de dominio de las armas y las letras, de acción y reflexión, o en su forma de vestir o de hablar. La lengua de la corte devien
