¿Saldré de esta, doctor?

Christopher Kelly
Marc Eisenberg

Fragmento

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Introducción

Es la gran pregunta que nuestros pacientes quieren que contestemos, la que los carcome por la noche y los impulsa a pedir cita con el médico por primera vez desde hace años. Es la pregunta que les impide ignorar ese nuevo síntoma tan raro que seguramente no sea nada. Pero y si... ¡Ay, Dios mío! ¿Y si de verdad es algo malo? ¿Y si resulta que es el primer indicio de que me pasa algo serio, algo que pega mucho que me pase justo a mí?

¿Saldré de esta? ¿Me estoy muriendo, doctor?

Naturalmente, la respuesta es: pues sí. Para ser más precisos: te estás muriendo desde el momento en que naciste.

La pregunta correcta en realidad es: ¿será antes de lo que yo me esperaba?

Afortunadamente, la mayoría de esos nuevos síntomas que advertimos no suelen ser indicio de nada grave. Eso sí, a veces un dolor de cabeza es más que un simple dolor de cabeza y se convierte en la señal de algo serio, como puede ser una hemorragia cerebral. En mitad de la noche, ese 1 por ciento de probabilidades de que derive en un desenlace fatal parece constituir un 98 por ciento. Lo cierto es que al final nadie está muy dispuesto a pasar por alto un problema que puede suponer su propio fin.

Por lo tanto, ¿cómo conviene que actuemos ante la aparición de un nuevo síntoma? ¿Debemos asustarnos o estar tranquilos? ¿Tu comportamiento obedece a la hipocondría o más bien estás reaccionando como una persona razonable? A lo largo de este libro vamos a repasar los síntomas más frecuentes y a proporcionarte una guía para que sepas cuáles son los pasos que debes seguir en cada caso, ya sea cuestión de prepararte una copa, llamar al médico para pedirle cita o salir pitando para urgencias.

Desde luego, también puedes buscar tus síntomas en Google. Adelante, hazlo, no tenemos prisa. ¿Cómo? ¿Pone que esa nariz congestionada es un síntoma de cáncer? No sabes cuánto lo sentimos, pero, claro, ¿desde cuándo míster Google es licenciado en Medicina?

La mayoría de las páginas web coinciden en meter miedo a sus lectores para que estos sigan clicando o, peor aún, para que se rasquen el bolsillo y adquieran la cura milagrosa. Nosotros, en cambio, te diremos las cosas como son y te aconsejaremos lo mismo que aconsejaríamos a nuestros parientes (esto es, a los que no nos caen fatal, al menos). Eso quiere decir que, en la mayoría de los casos, podrás prepararte una copa tranquilamente.

Por supuesto, resulta imposible contemplar todas las posibilidades, y puede que este libro no trate específicamente la dolencia que padeces. En caso de duda, consulta a tu médico. De igual modo, y a menos que digamos lo contrario, damos por sentado que, por lo general, eres una persona adulta y sana y cuentas con un diagnóstico previo relacionado con tus síntomas. Dicho de otro modo: si te duele el pecho y resulta que hace quince días te han operado del corazón, por favor, ¡ni se te ocurra acudir a nosotros! Por otra parte, si eres, querido lector, una persona joven y precoz de doce años, ten en cuenta que este libro no está pensado en concreto para niños ni para adolescentes (¡pero espera a que aparezcan nuestras próximas secuelas!). Y, por último, si ves que recomendamos una medicación a la que sabes que tienes alergia, ¡por favor, no la uses! (¿O acaso dejarías que tu GPS te guiara hasta más allá de un precipicio?)

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Dolor de cabeza

A la mayoría de nosotros nos resulta familiar esa sensación de martilleo que nos invade al final de una semana larga, cuando ya no contamos con la ayuda del café, cuando las paredes parecen venírsenos encima, y lo único que buscamos es el escritorio más próximo para escondernos debajo. A menudo un fuerte dolor de cabeza es la única respuesta a la pregunta de ¿cómo puede empeorar este día tan puñetero?

Pero ¿qué pasa si tu dolor de hoy es diferente? ¿Qué pasa si es de los fuertes, de los gordos de verdad? ¿Qué pasa si tu jefe, tu mujer o tus hijos por fin han logrado que te reviente ese aneurisma que tienes, como siempre dijiste que ocurriría?

Bien, antes de dejarnos arrastrar por el pánico, examinemos los hechos. Mucha gente ha tenido dolores de cabeza lo bastante fuertes como para acabar en urgencias. De hecho, una de cada cincuenta visitas a urgencias es por un dolor de cabeza. Y resulta que la mayoría de las personas que lo sufren sobreviven. Y tú también sobrevivirás (probablemente). Como dijo una vez Arnold Schwarzenegger (en la película Poli de guardería): «¡No es un tumorrr!».

¿O sí? A veces, los dolores de cabeza son el primer síntoma de un problema médico subyacente, que quizá pueda ser grave para tu salud. Por otra parte, mucha gente sufre sin necesidad dolores de cabeza recurrentes que mejorarían con el tratamiento adecuado. Así pues, ¿cómo podemos saber si ha llegado el momento de que te hagas un chequeo de la sesera?

No te angusties si...

Tu dolor de cabeza se localiza sobre todo en la frente o en la cara y hace poco has tenido los síntomas de un resfriado, como pueden ser la fiebre o la congestión nasal. Seguramente tienes los senos nasales obstruidos con mucosidad y están demasiado inflamados para drenar como es debido. Puedes intentar reducir la mucosidad inhalando vapor. Si eres valiente, utiliza directamente un producto de lavado nasal para despejártelos (pero te sugerimos que no lo hagas delante de alguien a quien quieras volver a ver). Por último, puedes tomar ibuprofeno (Neobrufen® o Nurofen®) junto con un descongestionante tipo pseudoefedrina o fenilefrina; estas se encuentran en productos como Respirina® o Couldina®, todas ellas se venden sin receta médica. (En cambio, sí necesitarás una receta para comprar cualquier producto que contenga pseudoefedrina, dado que su venta está controlada, porque puede transformarse en metanfetamina.) Si el dolor de cabeza va claramente a más y se prolonga más allá de una semana, es posible que precises de antibióticos y te convenga pedir hora con el médico.

También tienes fiebre, malestar general, te duele la garganta. Seguramente has pillado un gripazo. Por desgracia, ni siquiera la vacuna contra la gripe puede protegerte completamente de una infección. Si hace menos de dos días que arrastras esos síntomas, puedes pedirle a tu médico que te recete oseltamivir (Tamiflu®), ya que acortará la enfermedad. (El tratamiento es menos efectivo si se empieza después.) De lo contrario, lo mejor es reposo y mucho líquido, todo acompañado de paracetamol (Gelocatil®).

Hace poco que has dejado el café. Nunca habías pensado que te diagnosticarían que estás con el «mono», ¿verdad? No pasa nada, siempre hay una primera vez para todo. La cafeína se suele utilizar para tratar dolores de cabeza, pero dejarla de golpe puede producirlos de rebote. Lo lamentamos mucho, pero tendrás que soportarlos lo mejor que puedas, o si no tómate un analgésico, tipo ibuprofeno (Neobrufen® o Nurofen®).

Tu dolor de cabeza es como si te estuvieran estrujando el cráneo con un cepo, pero mejora con un poco de descanso y paracetamol (Gelocatil®). Esos son los síntomas típicos de un dolor de cabeza tensional, y es la más común y menos peligrosa de las cefaleas. El nombre le viene que ni pintado por dos motivos: primero, porque lo que uno nota es tensión, una presión alrededor de la cabeza; segundo, porque está producida por las tensiones de la vida, como el estrés y la falta de sueño. Es un tipo de dolor de cabeza que no necesita atención médica a menos que lo sufras tan a menudo que interfiere con tu vida normal.

El dolor es incómodo, pero no insoportable, se presenta de manera gradual y no viene acompañado de otros síntomas. Algunas cefaleas no encajan en un patrón específico, pero tampoco presentan rasgos alarmantes. Puedes tomar un calmante con un vaso de agua y reposar en una habitación tranquila. Dale un par de horas al medicamento para que haga efecto; deberías encontrarte mejor pasado ese rato. Si el dolor empeora o aparece con mayor frecuencia, échales un vistazo a los apartados siguientes.

Pídele hora a tu médico si...

Tienes dolores de cabeza frecuentes o intensos que no habías tenido antes. Un nivel de estrés alto, dormir poco o mal o un brusco descenso del consumo de cafeína pueden desencadenar dolores de cabeza en una persona que hasta entonces normalmente no los sufría. Sin embargo, si no encuentras una explicación evidente para el tuyo, deberías consultar al médico. En función del tipo de cefalea, es posible que debas hacerte algunas pruebas. Las personas mayores de cincuenta años o que sufren algún tipo de déficit inmunitario (por ejemplo, personas con el virus del VIH, o que siguen un tratamiento de quimioterapia) tienen un riesgo mayor de sufrir un problema grave.

De vez en cuando sufres dolores de cabeza que se presentan de manera gradual y se convierten en una especie de latido acompañado de náuseas y una creciente sensibilidad a la luz y los sonidos. Se trata del patrón clásico de las migrañas. Estos dolores de cabeza pueden ser sumamente dolorosos, pero no suelen implicar peligro. Las migrañas son más frecuentes entre las mujeres que entre los hombres, y en la mayoría de los casos empiezan pasados los veinte o los treinta años. Lo típico (aunque no siempre es así) es que el dolor se localice solamente en un lado de la cabeza. Con frecuencia, las migrañas responden a desencadenantes concretos como pueden ser el estrés, el hambre, los olores fuertes e incluso el mal tiempo. En los instantes previos al ataque de migraña, algunas personas experimentan una especie de aura que puede manifestarse en forma de olores extraños, luces brillantes u otras señales de advertencia.

Si crees que sufres migrañas, visita a un médico para que te confirme el diagnóstico y te recete la medicación oportuna. Las migrañas ocasionales se pueden tratar simplemente con paracetamol (Gelocatil®) o ibuprofeno (Neobrufen® o Nurofen®). Es importante tomarse la pastilla tan pronto como se presente el dolor (o el aura); de lo contrario, será menos efectiva. Los ataques más fuertes y frecuentes requieren de medicamentos como el sumatriptán (Imigran®). Si sufres migrañas con mucha frecuencia, puedes hacer dos cosas: una, declararte oficialmente productor de migrañas, lo cual te da derecho a ingresar como miembro de pleno derecho en uno de los clubes menos atractivos de este mundo; o dos, tomar una medicación para prevenir los ataques, en lugar de limitarte a tratarlos cuando sobrevienen.

Tienes periódicamente la sensación de que te están clavando un clavo en un ojo y, al mismo tiempo, ese mismo ojo se te pone rojo, se te tapona la nariz y notas la frente caliente y sudorosa. Este ciclo infernal, conocido como clúster de dolor de cabeza, es tan insoportable que ha llevado a más de un desdichado al suicidio (va en serio), y se presenta de manera habitual, en ocasiones más de una vez al día. Por lo tanto, ni se te ocurra tratar el problema por tus propios medios. Además, lo más seguro es que tu médico quiera hacerte un escáner cerebral para comprobar la existencia de posibles tumores, ya que suelen estar asociados con este tipo de síntomas.

Tienes más de cincuenta años, te duele el cuero cabelludo cuando te peinas y se te cansa la mandíbula cuando llevas unos pocos minutos masticando. Es posible que padezcas lo que se conoce como arteritis temporal, una dolencia en la que las arterias del lado de la cara enferman y se estrechan. Los síntomas principales incluyen cefaleas, sensibilidad al dolor en el cuero cabelludo, fatiga maxilar y alteraciones e incluso pérdida de la visión. Si esta dolencia no se diagnostica y trata a tiempo, puede provocar la pérdida permanente de la vista. Ve a ver al médico lo antes posible.

Ve corriendo a urgencias si...

Te cuesta hablar o te sientes débil y notas un brazo, una pierna o un lado de la cara entumecido o flojo. Podrías estar sufriendo una apoplejía, o ictus, que es lo que ocurre cuando el cerebro de pronto se ve bruscamente privado del riego sanguíneo. Ve corriendo al hospital. Como se dice en la profesión en estos casos, en alusión al famoso Time is money: «El tiempo transcurrido es tejido cerebral perdido». Si llegas al hospital a tiempo, es posible que los médicos puedan administrarte algún medicamento de urgencia que mejore el riego sanguíneo en tu cerebro. (Pero ¿qué haces leyendo esto? ¡Ve corriendo al hospital!)

Notas como aturdimiento y no terminas de sentir que estés a lo que estás. Un dolor de cabeza acompañado de confusión, somnolencia o cambios de personalidad puede indicar una presión cerebral alta derivada de una infección, de un tumor o una hemorragia. (Si, por el contrario, primero sientes un adormecimiento por motivos perfectamente normales y ya después pasas a notar que te duele la cabeza, seguramente se trate de una cefalea tensional y no tengas por qué preocuparte.)

Tienes fiebre y también te duele el cuello. Una infección en torno a la zona del cerebro, conocida como «meningitis», provoca fiebre alta, dolor de cabeza y dolor o sensación de rigidez en el cuello. Algunas personas también se vuelven sensibles a la luz brillante. Si no se recibe enseguida un tratamiento con antibióticos, la meningitis puede provocar convulsiones, un coma o la muerte. También resulta muy contagiosa, así que olvídate de los besitos de despedida mientras te meten en la ambulancia.

El dolor de cabeza sobreviene muy fuerte y de golpe. Los dolores de cabeza que aceleran de cero a cien en cuestión de unos pocos minutos se llaman cefaleas en trueno y son la señal que indica que algo está yendo mal y empeora rápido; como, por ejemplo, una hemorragia cerebral. Tienes que ir a urgencias a toda prisa para que te hagan un escáner cerebral.

Te has golpeado en la cabeza con fuerza. Una lesión en la cabeza seguida de un dolor de cabeza que va en aumento puede ser perfectamente el indicio de una conmoción o de algún problema grave, como una hemorragia cerebral. Para más detalles, consulta el capítulo dedicado a las lesiones de cabeza.

El dolor de cabeza empezó cuando estabas dándote caña en el gimnasio. Si te dedicas a impresionar a tus compañeros de gimnasio y de repente notas como si te hubieran clavado una piqueta en el cráneo, es posible que el esfuerzo haya provocado la rotura de un vaso sanguíneo del cuello o de la cabeza. Si tu principal fuente de ejercicio consiste en trotar del sillón al aseo siempre que ponen anuncios en la tele, es posible que sufras este problema cuando practiques actividades de menor intensidad, como correr en la cinta. Dado que la presencia de sangre alrededor del cerebro puede provocarte una muerte inmediata, deberías presentarte enseguida en urgencias para que te hagan un diagnóstico completo.

El dolor de cabeza empezó durante o después del sexo. Si experimentas por primera vez un dolor de cabeza brusco y explosivo durante una relación sexual, deberías solicitarle educadamente tiempo muerto a tu pareja, vestirte y presentarte en urgencias. Al igual que cualquier ejercicio que implique un sobreesfuerzo, el sexo puede provocar la rotura de un vaso sanguíneo del cerebro y causar un dolor intenso y repentino. Si, en cambio, notas que el sexo te produce cefaleas que se presentan de modo gradual y que empeoran a medida que te aproximas al clímax, puedes prescindir de los servicios de urgencias, pero deberías consultarlo con tu médico lo antes posible. Es probable que debas hacerte un escáner cerebral, ya que los tumores y otras anomalías pueden causar este tipo de síntomas.

Pierdes la visión de un ojo, o de ambos. Son varias las situaciones que pueden provocar dolor de cabeza y vista borrosa. Y casi todas ellas requieren de una atención urgente. Un exceso de presión alrededor del cerebro puede pinzarte los nervios que conectan con los ojos y provocar que se te nuble la vista. Tal como hemos descrito anteriormente, un bloqueo de las arterias que suministran sangre a los ojos y al cráneo puede provocar que se te nuble la visión, sensibilidad al dolor en el cuero cabelludo y fatiga maxilar después de masticar. El glaucoma agudo (un problema derivado de la circulación de líquidos dentro del ojo) también puede ser la causa de pérdidas de visión, enrojecimiento de los ojos y fuertes cefaleas. En algunos casos, pero pocos, la migraña puede igualmente causar pérdida de visión. Sin embargo, a menos que tengas un historial reconocido de tales migrañas, deberías hacerte un chequeo completo siempre que hayas sufrido un dolor de cabeza acompañado de cambios en la visión.

Otros habitantes de tu hogar sufren también dolores de cabeza sin motivo aparente. ¿Te has acordado de cambiarle las pilas a tu detector de monóxido de carbono? ¡Deprisa, abre las ventanas y sal de casa! El monóxido de carbono es inodoro e incoloro y puede colarse en casa por las conducciones de gas, desde el garaje —si has dejado el coche en marcha con la puerta cerrada—, o ir llenando la casa si has encendido la chimenea y te has olvidado abrir el tiro. El envenenamiento por monóxido de carbono produce dolor de cabeza, aturdimiento, náuseas, falta de aire y, por último, la muerte. El tratamiento consiste en respirar oxígeno puro, que acelera la eliminación del monóxido en sangre. Una intoxicación grave requiere de un tratamiento especial dentro de una cámara de cristal que suministra oxígeno puro a alta presión.

Has consumido cocaína o metanfetamina. No habrás pensado que estas drogas vayan a mejorar tu salud, ¿verdad? En realidad, aumentan considerablemente el riesgo de sufrir una apoplejía o un derrame cerebral. Si te entra un fuerte dolor de cabeza tras haberlas consumido, acude corriendo al hospital. En serio, no te preocupes por una posible denuncia. Tu vida es más importante. Además, la mayoría de salas de Urgencias están a rebosar de tipos más colgados que tú. A menos que te comportes agresivamente, que pongas la vida de otras personas (y la tuya) en peligro, es sumamente improbable que el médico de turno llame a la policía.

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Fatiga

¿No alcanzas a correr tanto como el Correcaminos? ¿Eres incapaz de saltar por encima de los rascacielos como Superman?

Es triste, pero no siempre podemos sentirnos como los superhéroes. La vida nos exige mucho, y a veces nos cuesta dormir nuestras buenas ocho horas diarias. Hay temporadas en que no tenemos más remedio que trabajar hasta tarde, porque nuestro jefe es un tipo caótico y algo psicópata, o nos toca despertarnos en plena noche para tranquilizar a un bebé que llora.

Pero la pregunta es: ¿sientes cansancio todo el tiempo, sin razón aparente y aun durmiendo suficientes horas? ¿Es una sensación muy diferente a la que sentías hace unos años? A menudo, la sensación exacta resulta complicada de explicar, pero solemos decir que estamos agotados, hechos polvo, que nos sentimos flojos y que somos incapaces de concentrarnos. Vamos, que no somos nosotros mismos. Si estos síntomas duran más de seis meses, pueden considerarse crónicos, aunque hay que subrayar que sufrir fatiga crónica no significa necesariamente que se padezca eso que denominamos «síndrome de fatiga crónica».

Es posible que solo necesites dormir mejor. Pero también es posible que estés sufriendo alguna dolencia que te está dejando sin fuerzas. Así pues, ¿de qué estamos hablando: de un colchón nuevo o de una evaluación médica completa?

No te angusties si...

Nadie te canta aquello de «Vamos a la cama, que hay de que descansar...». ¿De verdad duermes lo suficiente? Que tus compañeros de trabajo puedan funcionar con solo seis horas de sueño no significa que tú también puedas. Existen sobradas pruebas de que hay personas que necesitan dormir más que otras para funcionar a pleno rendimiento. Si tus síntomas mejoran tras una o dos semanas de vacaciones —el tiempo suficiente para recuperar el sueño perdido—, entonces seguramente bastará con que reorganices tu vida para dormir más entre semana.

Te has quedado sin pilas. ¿Acabas de empezar una dieta rigurosa? ¿Estás en fase de ayuno? ¿Has eliminado de repente un grupo de alimentos importante, como los carbohidratos? Si es así, puede que tu cuerpo no esté recibiendo el aporte de calorías necesario para funcionar a tope. Si además tiendes a la delgadez, tampoco tendrás demasiadas reservas para quemar. Una dieta extrema (un bajón de calorías) o una dieta de esas en la que te atiborras y después te matas de hambre (no comer nada hasta la noche o comer un día sí y otro no) provocarán que tu suministro de energía sea escaso, intermitente y a menudo insuficiente. Si lo que quieres es perder peso, proponte reducir el consumo de calorías de una manera realista (reduce la cantidad normal entre un 10 y un 20 por ciento) y hacerlo de manera constante a lo largo del día.

Necesitas ponerte las pilas. Si no haces ejercicio con regularidad, tu cuerpo puede quedar atascado en un modo de funcionamiento de baja energía. Intenta dedicar al menos media hora a pasear a buen ritmo casi todos los días (lo ideal sería más de cinco veces a la semana).

Lo tuyo es el gin tonic. Puede ser que el alcohol te ayude a dormir, pero cuando desaparezcan sus efectos sedantes seguramente volverás a despertarte. También aumenta la producción de orina, lo cual a su vez te deshidrata y te obliga a hacer frecuentes visitas al baño a lo largo de la noche. Y, aunque por las mañanas no te levantes con demasiada resaca, tampoco funcionarás a pleno rendimiento. Siempre que sea posible, limítate a tomar una o dos copas, y que en las ocasiones especiales no sean más de tres.

Tomas somníferos. Las píldoras para dormir suelen ser de acción prolongada, para que puedas conservar el sueño toda la noche. Si las tomas demasiado tarde, notarás que sus efectos se prolongan hasta bien entrada la mañana siguiente. Tómatelas al acostarte y siempre ocho horas antes de levantarte, como mínimo. Si no quieres tomarte la pastilla hasta después de haber intentado dormirte por tus propios medios, pídele a tu médico que te recete una pastilla de acción reducida. Para más detalles, ve a la consulta rápida Medicación para el sueño.

Es cosa de tu medicación. Muchos medicamentos pueden provocar fatiga, sobre todo los antihistamínicos (para las alergias), los analgésicos, los antidepresivos y algunos tratamientos para la tensión arterial (especialmente los betabloqueantes). Si has perdido peso recientemente, tal vez convenga que reduzcas la dosis de alguna medicina. Repasa con tu médico lo que tienes prescrito y, por favor, ¡que no se te ocurra cambiar nada por tu cuenta y riesgo!

Pídele hora a tu médico si...

Te deprimen tu vida y el panorama general. La depresión puede ser causa de múltiples síntomas, entre los que figuran la fatiga general, irritabilidad, pérdida de interés en las actividades habituales, dificultad para concentrarse, cambios en el apetito o en el peso, pérdida de deseo sexual o dificultad para conciliar el sueño. No lo olvides, los superhéroes también se deprimen. (Mira Batman, ¡qué deprimido está siempre!) Si crees que sufres algún tipo de depresión, ve a ver al médico para que valoréis el tratamiento que más te conviene. No te imaginas hasta qué punto puede cambiar tu calidad de vida. A mejor, claro.

Si vives en pleno campo y los vecinos se quejan de tus ronquidos. La apnea del sueño es una dolencia frecuente que provoca que tus vías respiratorias se cierren periódicamente mientras duermes. El resultado son grandes ronquidos y breves períodos de apnea —interrupción de la respiración— que hacen que te despiertes durante unos pocos segundos. Lo cierto es que quien lo sufre puede despertarse cientos de veces durante la noche, sin darse cuenta y sin recordar nada al día siguiente. Ah, y cuando te levantes de la cama sentirás un tremendo cansancio, desde luego. Si te dicen que roncas y te despiertas con sensación de cansancio, y si también tienes sobrepeso, más de cincuenta años, un poco de papada y la tensión alta, deberías pedir una prueba de sueño. Si sufres apneas del sueño, los tratamientos disponibles pueden mejorar notablemente tu manera de dormir y tus niveles de energía. Mucha gente utiliza una mascarilla que inyecta aire en los pulmones y ayuda a respirar. Si tienes sobrepeso, perder unos kilos también aliviará tus síntomas.

Has sufrido una fatiga severa durante al menos seis meses, una fatiga que empeora después de hacer ejercicio, y no sientes mejoría después de toda una noche de sueño y descanso. La dolencia denominada «enfermedad de intolerancia al esfuerzo físico/síndrome de fatiga crónica» (EIES/SFC) no ha sido exhaustivamente estudiada y resulta difícil de diagnosticar.

Podrías padecer EIES/SFC si tus niveles de energía han disminuido notablemente, si la sensación de cansancio perturba tu vida normal y si la has notado durante más de seis meses. En ocasiones, la EIES/SFC aparece tras un resfriado o una pequeña infección. Normalmente, la fatiga aumenta justo después de hacer ejercicio y no mejora con el sueño (te despiertas y no sientes que hayas descansado). Otros síntomas son la pérdida de atención, los mareos al levantarse después de estar sentado y dolores de cabeza, musculares y en las articulaciones.

Si tu médico cree que padeces la EIES/SFC, sería importante que antes de darlo por confirmado te hicieras algunas pruebas para descartar otras posibles causas de fatiga. Una vez confirmado el diagnóstico, la combinación de psicoterapia y un programa de ejercicios puede mejorar notablemente tu calidad de vida.

Has subido de peso, sufres estreñimiento y tienes frío hasta en pleno verano. Es posible que tu glándula tiroides, la que te ayuda a regular el metabolismo del cuerpo, esté trabajando por debajo de su rendimiento habitual. Basta con un simple análisis de sangre para detectar el hipotiroidismo (una tiroides poco activa), que es en este caso la causa de la fatiga, el aumento de peso, el estreñimiento y la intolerancia al frío. La mayor parte de las veces basta con tomar un suplemento hormonal de tiroides para que tu cuerpo recupere el buen tono.

Notas que te cuesta respirar y te falta el aliento. Puede que tu sangre no esté suministrando suficiente oxígeno a los músculos y al corazón. La causa más frecuente es la anemia —una cantidad insuficiente de glóbulos rojos—, que puede diagnosticarse fácilmente con un análisis de sangre. (Hallar la causa de la anemia puede ser más complicado y tal vez requiera de una colonoscopia, ya que las hemorragias de colon son una causa habitual, sobre todo en personas mayores.) Entre otras posibles causas están los problemas cardíacos, que afectan al riego sanguíneo de tu cuerpo, y los problemas pulmonares, que interfieren en el aporte de oxígeno del aire a la sangre.

Haces pis y bebes agua constantemente. Puede que tengas diabetes, que es lo que pasa cuando tu cuerpo se queda sin insulina o deja de responder a ella. La consecuencia es que tu organismo deja de procesar el azúcar, y este se acumula en el torrente sanguíneo. Entonces los riñones empiezan a producir grandes cantidades de orina para descargar todo ese azúcar en el inodoro. El resultado es que te deshidratas, te cansas y tienes sed. Si arrastras estos síntomas, debes consultarlo con tu médico, a ser posible hoy mismo, ya que seguramente precises de un tratamiento con insulina. Si además sientes muchos mareos o náuseas, preséntate en Urgencias sin falta.

Has tenido fiebre recurrente, has perdido peso y/o tienes sudores nocturnos. Una infección podría estar dejándote bajo de energía sin provocarte otros síntomas. Entre los culpables habituales figuran las infecciones del corazón (endocarditis), la infección por VIH y la tuberculosis. Estos síntomas también se relacionan con algunos tipos de cáncer, como el linfoma. ¡Consulta a tu médico ya!

Sabes que padeces alguna enfermedad del riñón o sientes hinchazón y no has hecho mucho pis en los últimos días. Un fallo renal causa muchos problemas que pueden contribuir a la fatiga. Por ejemplo, provoca anemia (falta de glóbulos rojos), reducción del apetito y acumulación de líquido en los pulmones (lo cual disminuye los niveles de oxígeno) o de elementos químicos tóxicos con efectos sedantes. Otras señales de un fallo renal pueden ser la tensión alta o la hinchazón de la cara y las piernas. Si no has tenido problemas de riñón, pero sí los síntomas que hemos descrito, consulta a tu médico lo antes posible. Si sabes que tienes problemas de riñón, un aumento de la sensación de fatiga puede indicar que deberías cambiar la medicación o empezar con la diálisis.

El blanco de los ojos se te ha puesto amarillo. Los problemas hepáticos pueden provocar ictericia (que la piel y los ojos adquieran un tono amarillento), picores y la acumulación de elementos químicos tóxicos capaces de causar aturdimiento, fatiga y, finalmente, un coma. Las primeras manifestaciones del aturdimiento por causas hepáticas son el cansancio, la lentitud al reaccionar, la dificultad para concentrarse y la irritabilidad. Después vienen la desorientación, la dificultad para hablar y el estupor. Una señal delatora de los problemas hepáticos serios es la incapacidad de mantener los brazos extendidos, con las palmas mirando hacia fuera (como si quisieras detener el tráfico) durante unos pocos segundos sin que se te caigan las manos (ahora bien, si has llegado hasta ese punto, seguramente ya no estarás leyendo este libro). Ve a ver a tu médico hoy mismo.

Ve corriendo a Urgencias si...

Sientes un gran aturdimiento y confusión sin motivo aparente. De acuerdo, si te encuentras así, seguramente ya no estás leyendo esto, pero quizá has llegado aquí fijándote en otra persona. Son muchas las situaciones graves que pueden provocar un cansancio agudo acompañado de aturdimiento, y entre ellas figuran las infecciones cerebrales (encefalitis), las apoplejías, las sobredosis de drogas (por ejemplo, con anestésicos), el envenenamiento con monóxido de carbono, las infecciones severas (sepsis) y unas cuantas dolencias más. Si este es de veras tu caso, llama a una ambulancia antes de que sea demasiado tarde.

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Insomnio

CON LA COLABORACIÓN DE LA DOCTORA AMY ATKESON

El insomnio se podría definir como los problemas para rendir adecuadamente durante el día por la dificultad para conciliar el sueño y para permanecer dormido, y/o por despertarse demasiado pronto y no poder quedarse dormido de nuevo. Y vale, si no te has dormido leyendo este rollo, puede ser que padezcas insomnio.

No todo el mundo necesita la misma cantidad de sueño. Si te cuentas entre los pocos afortunados que pueden dormitar unas pocas horas y se despiertan sintiéndose como si fueran Superman, te deseamos sinceramente que disfrutes de tu vida de lujo como banquero de inversiones o especialista en cirugía cardíaca.

Si en cambio eres como el resto de los mortales, quizá haya indicios de que no estás durmiendo lo suficiente. Si das cabezadas en los momentos más tranquilos del día (cuando ves la televisión o vas en autobús), si te cuesta concentrarte, si por lo general tiendes a olvidarte de las cosas o te sientes irritable, con tendencia a la depresión o la ansied

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