Esa locura llamada amor

Nuria Rivera

Fragmento

Capítulo 1

1

Barcelona, 12 de junio de 1886

Gonzalo Losada Martí creció con la falsa ilusión de poder escoger con libertad una profesión. Cuando terminó el colegio, su imaginación lo había llevado a soñar con ser general del ejército o incluso ministro del Gobierno y tuvo que enfrentarse a la idea de optar por una carrera en la que profundizar sus estudios y a la que consagrar su vida, como había visto hacer a su padre y a su abuelo. Creía que tenía libertad de elección. Cuán alejado estaba de los designios de su padre, que ya había trazado en su mente su futuro profesional desde los años de la primera infancia, como había hecho con su hijo mayor y como, por supuesto, haría con la pequeña.

La decisión no era sencilla, aunque, como miembro de la burguesía catalana, seguir los preceptos paternos era casi una obligación y lo había aceptado con cierta resignación. Sin embargo, él no quería seguir el deseo de su padre, sino el suyo propio. Y eso era un problema. Iba a tener que esforzarse en defender su postura si quería ser dueño de su futuro.

Con esa idea entró en la biblioteca, donde tendría lugar el encuentro con su padre. Incapaz de esperar sentado, caminaba sobre sus propios pasos a la vez que ponía en orden sus pensamientos. «¡Maldita sea!» Odiaba verse así, con un sentimiento de culpa que le estrangulaba la boca del estómago, como si lo que quería hacer fuera a convertirse en la peor decisión de su vida. Había postergado demasiado aquella conversación e iba a costarle enfrentarse a su padre, pues no iba a ponérselo fácil.

En un intento de centrar su atención, quiso repasar lo que iba a decirle. Pero el inconsciente es traicionero y, en vez de eso, su mente se abrió a recuerdos de otro tipo.

Tenía diecisiete años cuando don Rodrigo lo apremió a decantarse por una de las opciones que le presentó: el estudio de las leyes, para seguir así los pasos del abuelo Calisto, como abogado; o la medicina, como ejercía él. Poco importaba lo que su hijo quisiera. Las alternativas eran esas y no otras, y lo peor era que Gonzalo sabía que, eligiera lo que eligiese, uno de los dos acabaría decepcionado. Así que, para agradar al padre, escogió su misma profesión y se preparó para convertirse en cirujano.

Cumplió su promesa y con veintidós años se licenció; dos años después obtuvo el doctorado. Empezó su residencia en el hospital de la Santa Creu a la vez que asumía su lugar junto a su padre en la consulta privada. El tiempo pasaba y su entusiasmo decrecía. Cada vez le costaba más seguir un deseo que no era el suyo, pero tuvo que ocurrirle aquel incidente para que se diera cuenta de que algunas cosas no pasaban por casualidad.

Ese era el tema que, en realidad, le quitaba el sueño y le hacía caminar en círculos por la biblioteca de la casa de sus padres, sin ser capaz de dar con la mejor forma de enfocar la conversación.

Le pareció oír unos pasos al otro lado de la puerta y templó los nervios. Su padre se acercaba. Quería mostrarse tranquilo para exponerle con claridad sus ideas. Tuvo la impresión de que el dolor de cabeza que lo aquejaba desde que se había levantado acababa de subir un grado.

Don Rodrigo no acudía solo. Lo acompañaba el abuelo y, tras ellos, las mujeres entraban en la habitación, entretenidas en una conversación sobre moda. Solo faltaban Manuel y Mariona, sus hermanos. «Por Dios, esto parece un tribunal», pensó a la vez que tragaba saliva. Había esperado una conversación privada, pero estaba visto que en la familia Losada todo se hacía en comité.

El abuelo Calisto se sentó en un sillón y con un gesto casi imperceptible lo animó a defender sus intereses. Gonzalo esperó a que todos estuvieran sentados y, sin ser capaz de hacerlo él mismo, se mantuvo en pie y empezó a improvisar, explicando la ocupación que desempeñaba desde hacía unos meses. A medida que hablaba, la cara de su padre se crispaba y su madre le dedicaba sonrisas tensas. Sabía que era un duro golpe para don Rodrigo descubrir que su hijo no quería seguir sus pasos ni encargarse de su consulta, como él había proyectado hacía tiempo. Que se dedicara a otra cosa que no fuera la cirugía lo enfurecía. Además, parecía que a su madre fuera a darle un síncope.

—Padre, esto es lo que en realidad deseo para mi profesión. He encontrado mi vocación. Quiero estudiar las enfermedades de los nervios. Por eso es importante que me traslade a París y aprenda del mejor. En estos momentos, la Salpêtrière es el lugar idóneo para mi formación.

Su padre lo miró de hito en hito, a la vez que por el rabillo del ojo echaba un vistazo a su mujer, quizá preocupado por si se desmayaba y tenían que salir corriendo a por sus sales. Gonzalo se envalentonó al no recibir ningún argumento en contra y siguió con su discurso, pero se equivocó. De pronto, un grito parecido a un alarido lo detuvo.

—¡Por encima de mi cadáver! ¿Has oído? ¡Por encima de mi cadáver! —chilló su padre—. ¿Tu vocación? ¿De verdad crees que has encontrado tu vocación? Di más bien que huyes de ella. —Don Rodrigo se acercó a su mujer y le tomó una mano. Estaba pálida y se recostó lánguida sobre los cojines del sofá—. Vas a matar a tu madre.

—Padre...

—No exageres, hijo —intervino el abuelo. Con parsimonia, se levantó y se dirigió hacia un armarito, sacó un frasco del interior y lo abrió para dárselo a su esposa, que trataba de socorrer a su nuera

—Querida... Elvira. —La abuela acercó el pequeño bote a la nariz de su nuera, que en breves segundos se repuso.

—¡Por Dios, hijo mío! —exclamó doña Elvira—. ¿Por qué quieres trabajar con los desahuciados de la sociedad?

—No son desahuciados. Son enfermos mentales.

—Pero ¿por qué no quieres ser médico? —continuó su madre—. Mira a tu hermana: María Elvira ha seguido, como tú, los pasos de tu padre y te admira. Dice que tienes un don con los enfermos. ¡Desea seguir tus pasos! Y Dios sabe que no entiendo por qué quiere estudiar si, cuando se case, su marido no dejará que esté tantas horas en el hospital.

—Por favor, madre, no me lo ponga más difícil. No me voy a la guerra. Nunca seré un buen cirujano. —Miró a su progenitor—. Tengo la oportunidad de ir a la escuela de neurología en la Salpêtrière, en París, y trabajar con el doctor Charcot. Es uno de los mejores... Lo siento, padre, no tengo su habilidad en la mesa de operaciones, pero desde que estoy en Nueva Belén...

Su padre miró al abuelo y Gonzalo se dio cuenta de que todavía creía que seguía en el hospital de la Santa Creu como médico cirujano. Don Calisto se encogió de hombros.

—Le dije que no se metiera, me ha desautorizado. ¡Es mi hijo!

—Rodrigo..., si es lo que quiere —replicó doña Elvira.

—¡No! No te pongas de su parte. Tiene que ayudarme en la consulta. No puede marcharse. —Se dirigió a su hijo y, haciendo hincapié en cada una de sus palabras, lo amenazó—: Si no me obedeces y rechazas esa plaza, no te daré una sola peseta para irte.

—¿Sabes, hijo? —intervino doña Carmen, la abuela de Gonzalo—. Esta conversación me resulta un poco familiar.

—Manuel no se ha quejado de seguir mi consejo en su profesión; le gusta la economía y lleva muy bien los negocios familiares —refutó Rodrigo con relación a su hijo mayor.

—Me refiero a que esto mismo lo escuché hace bastantes años. Eras tú quien defendía que la medicina era tu pasión y no las leyes, y quien quiso ir a Madrid a trabajar con Alarcón porque tenía que ver otros hospitales.

Su esposa lo miró atónita, al igual que Gonzalo, pero Rodrigo Losada era demasiado orgulloso para dar su brazo a torcer, y su hijo lo sabía. No iba a facilitarle las cosas.

—No era lo mismo, madre. La cirugía es una profesión con prestigio. ¡Salva vidas!

—No siempre —intervino Gonzalo, y se ganó una mirada furibunda de su padre, pero no se amedrentó y continuó con su alegato—: Cada vez más, pero aún no lo cura todo, y la gente todavía cree que ir al hospital no garantiza la recuperación; en cambio, sí puede acabar sus días allí. Debe adaptarse a los nuevos tiempos. La medicina pasa por la palabra y otras técnicas más recientes, no todo es cirugía. Ya le he dicho que debe modernizar sus ideas. Por ejemplo, utilice la bata blanca; ese nuevo uniforme es mucho más higiénico que su traje, con el que va a todos los sitios.

Rodrigo clavó en él la mirada y luego en el abuelo.

—Ese no es el tema —replicó—. Ni una peseta, ¿me has oído?

—Padre, iré con su apoyo o sin él.

—Sea.

Con esa palabra, el padre salió de la sala y dejó envuelta en lágrimas a su mujer, que al ver que se marchaba salió detrás de él suplicándole que reconsiderara su decisión.

Gonzalo se desplomó en uno de los sillones y se cubrió la cara con las manos.

—Te lo dije, no digas que no te avisé.

Desde hacía meses, don Calisto conocía sus dilemas existenciales. No es que el chico hubiera ido a contárselos, sino que él los había averiguado a través de su amigo Juan Giné y Partagás, representante de la cátedra de Patología quirúrgica y, a la postre, su profesor y referente. Él le había ido con el cuento y a su abuelo le había faltado tiempo para llamarlo a su despacho. Tuvo que darle explicaciones, igual que se las había dado a Partagás en la facultad de medicina. No entendía por qué tanto revuelo; solo le había ocurrido dos veces, pero, avergonzado, tuvo que confesar que la vista de la sangre le había dado aversión. Creyó que se lo contaría a su padre, pero lo que le dijo le sorprendió.

—Vuelve a hablar con Giné y acepta lo que te proponga. Que no te despisten su oratoria fácil y su verbo retórico; ese hombre hace mil cosas a la vez. Sabrás que, además de su actividad docente, dirige Nueva Belén. Estoy convencido de que tendrá un lugar para ti en su sanatorio. Allí encontrarás de todo, aunque no demasiada sangre —bromeó don Calisto—. Pero no empieces nada sin decírselo a tu padre; esa contienda corre de tu cuenta.

Sí, se lo había advertido. De aquella conversación habían pasado meses, y la actividad que ejercía en el hospital lo llevó a ser médico residente en neurología. Su inquietud por formarse lo alejó del doctorado en cirugía que ansiaba su padre y lo acercó a la otra disciplina.

Qué rápido había pasado el tiempo. En su fuero interno sabía lo que iba a ocurrir cuando desvelase su decisión y no por eso le dolía menos. Parecía que su padre no iba a dirigirle nunca más la palabra. Lo había decepcionado.

La voz del abuelo lo sacó de sus pensamientos.

—No es contigo con quien está enfadado —le anunció—. A veces creo que nunca olvidará algunas cosas. No importan los años que pasen.

Don Calisto había sido un hombre absorbido por su trabajo. Su prestigio como abogado y economista propició que lo solicitaran desde Madrid. Sin dudarlo, acudió y vivió allí durante años, mientras que su mujer y sus dos hijos permanecieron en Barcelona. Entonces había pensado que era su deber; no le agradó la decisión, pero tuvo que aceptar. Creyó que sería temporal; sin embargo, el tiempo pasó y se perdió la mayor parte de la infancia de sus hijos. Desempeñó cargos de importancia en la Abogacía del Estado y en la Administración, y se codeó con gente de la corte, donde se granjeó buenas amistades. Incluso lo propusieron para cónsul, pero consideró que diez años de su vida ya eran muchos para entregarlos a la noble causa y que ver a su familia dos o tres veces al año no le compensaba, y decidió regresar.

Lo hizo en un momento crucial. Unas fiebres casi se habían llevado a su segundo hijo, José Manuel, y él se sintió muy culpable por la ausencia. Además, tuvo que cargar con el reproche de su primogénito, quien en un enfrentamiento le dijo que jamás se dedicaría a las leyes ni a otra cosa que no fuera preservar vidas; gracias a su intervención, la de su hermano se había salvado.

Pero el tiempo puso las cosas en su sitio y de aquel enfado solo quedaban los recuerdos, reminiscencias que resurgían cuando algo se escapaba del control de Rodrigo. El hermano siguió el camino del padre a través del derecho y él sí que había llegado a ser cónsul. Pero antes, cuando Rodrigo decidió ser médico, defender sus razones provocó el segundo enfrentamiento con Calisto. Quizá la culpa que siempre acompañó al abuelo lo ayudó a recapacitar, le permitió dejarle elegir el camino deseado y modificó sus valores. «Cada persona tiene un objetivo en la vida. Los hijos no deben seguir el camino de sus padres, sino construir el suyo propio», solía argumentar cuando se posicionaba en ideas progresistas. Por eso siempre era un gran defensor de sus nietos en cuanto a sus elecciones. Los tiempos habían cambiado y los hijos ya no eran propiedad de los padres, o eso intentaban algunos.

La abuela, sabedora del torbellino de ideas que pululaban en la cabeza de su marido, se levantó y le dio a Gonzalo unos papeles y un sobre.

—Debe de ser el orgullo Losada lo que mueve a tu padre, pero no dudes de que será el primero en decirte adiós.

Dicho esto, la abuela salió de la sala y dejó a Gonzalo más perplejo si cabía.

—¿Qué es esto?

—Tu abuela te cede la casa de Muntaner para que puedas tener tu espacio cuando regreses, quizá te sirva como consulta, y te da una asignación mensual para que no tengas ninguna dificultad en tierras galas.

—¿Mi abuela?

—Bueno, tu padre ha tenido que firmar algún papel para que podamos hacerlo. No queremos desproteger a tus hermanos ni a tus primos.

—Pero, entonces ¿él está de acuerdo? —preguntó ofuscado.

—Debiste hablar antes con él, se ha sentido engañado.

* * *

Horas después, Gonzalo fue al encuentro de Bernat Ferrer, su mejor amigo. Quería contarle cómo le había ido con su padre e informarlo de sus planes para marcharse cuanto antes. Su amistad se remontaba a los años de colegio, cuando Bernat apareció por la escuela vestido como un pueblerino, mirando de reojo a todos los compañeros de aula. Lo sentaron junto a él y tuvo que compartir su pupitre. Pero «el nuevo», como empezaron a llamarlo, no hablaba con nadie. Un día, su abuelo y su padre le dijeron que lo invitara a casa a jugar y a tomar un chocolate. A él le parecía el niño más triste que había visto nunca, pero resultó ser un buen adversario en las guerras simuladas que inventaban. Luego supo que su padre había muerto y que era su tío el que se hacía cargo de su educación. Desde aquella tarde, se hicieron íntimos. Además, ambos habían crecido con una figura paterna exigente, pero él tenía la suerte de contar con su abuelo, que lo protegía siempre, pues las circunstancias de la vida le habían ablandado el corazón. Más de una vez, después de una travesura, se había escondido bajo su escritorio, entre sus piernas; sabía que aquel era el lugar más seguro del mundo, porque su padre, al preguntar por él, no osaría contradecir al abuelo cuando este, con tono autoritario, le dijera que no lo entretuviera con asuntos domésticos. Parecía que las cosas no habían cambiado demasiado: seguía protegiéndolo.

Gonzalo miró su reloj con impaciencia. Habían quedado en el paseo de Gràcia, donde su amigo tenía que hacer unas gestiones, pero se retrasaba y eso empezaba a ser una costumbre.

Distraído, miró hacia los comercios, cada vez más abundantes en aquella zona del Eixample que, junto con la Rambla y zonas adyacentes, se había convertido en el nuevo eje neurálgico de la ciudad. Le llamó la atención una joven dentro de un escaparate, perdida en sus pensamientos. Una sonrisa pícara se le adivinaba en el rostro. Con ojo observador y la tranquilidad de mirar sin ser visto, contempló la figura estilizada envuelta en un modelo de vestido alejado de las modas que imperaban en el momento, quizá demasiado sencillo, según su parecer. Con mente enardecida, le pareció exquisito no tropezar con metros de tela, enaguas o el polisón si metía las manos debajo de las ropas y le palpaba las calzas.

Un golpe sobre el hombro lo sacó de sus lascivos pensamientos. Al girarse, Bernat le dedicó una mueca contrariada.

—¡Al fin apareces! ¿Por qué llegas tarde esta vez? —indagó con tono socarrón.

—Lo siento, me han entretenido. —La expresión de su rostro le anunció que no habían sido unas faldas.

—¿Algún problema? —preguntó curioso.

—Por lo visto, el lunes llegó de Madrid la noticia de que el gobernador conde de Xiquena se ha suicidado.

—¿El hijo del duque de Vivona? ¿Ese no está emparentado con la casa de Medina Sidonia?

—Sí, amigo, pero los grandes de España también tienen problemas. Por lo visto, el conde se encontraba rendido por el trabajo y magnas preocupaciones.

Gonzalo se rio con discreción. Para él, velar por la seguridad de la reina regente no debería ser una carga preocupante. Era la viuda de España, la viuda de la monarquía.

Mientras escuchaba a su amigo desgranar los desvelos de la regia mujer, por el rabillo del ojo no dejaba de escrutar la escena que se producía tras la vidriera de la tienda de enfrente. Se estremeció al percibir que la joven quizá se había pinchado, al ver como se llevaba uno de los dedos a la boca. «Ese gesto..., Dios. Es deliciosa», pensó. Luego, la joven sujetó con los labios, fruncidos en un simpático mohín, los alfileres y se dispuso a colocar un nuevo pañuelo. Intuyó al observarla que no aceptaría que quedase expuesto de cualquier forma, solo de aquella que le agradara. Gonzalo simulaba que atendía a su amigo mientras no se perdía ni un instante de la escena que se le antojaba fascinante y, sin darse cuenta, dejó que su cara mostrara una mueca bobalicona.

—No seas malpensado —lo censuró su amigo al malinterpretarlo—. Recibía muchos anuncios de posibles atentados contra la vida de la dama y él temía por el desorden social y el país. Voy a colaborar con el diario La Ilustración Ibérica para escribir un artículo.

—Entonces tengo que felicitarte. —Lo miró de frente—. El gusanillo de las noticias te ha atrapado.

—He de decirte que me han propuesto participar en un nuevo proyecto periodístico. Ya te contaré si sale adelante. Me temo que mis días de asueto han llegado a su fin.

Bernat lo miró satisfecho. A Gonzalo le pareció que su amigo había encontrado algo que lo motivaba y eso lo llenó de alegría. No tener que trabajar para ganarse la vida era algo que destrozaba a muchos nobles y burgueses. Era fácil caer en la decadencia y la tentación del despilfarro de la fortuna familiar como medio para saciar el aburrimiento.

—Aligeremos. Se me ocurre visitar ese lugar al lado de la catedral.

Por unos segundos, dudó. Un sentimiento extraño le hacía desear permanecer allí y admirar a la joven el resto del día.

—¿Vamos?

Gonzalo salió de su ensimismamiento y asintió. Alrededor del santo recinto se congregaban los mejores establecimientos, dispuestos a dar regocijo al cuerpo y llenarlo de placeres después de descargar las almas. Sin embargo, algo reclamó su atención en la cristalera que instantes antes contemplaba con tanta devoción. La joven ya no estaba.

—Espera... —Detuvo a su amigo, que se disponía a llamar a un carruaje de alquiler—. Quiero comprar unas corbatas.

Señaló la tienda de modas que había enfrente.

—Si quieres variedad, podemos acercarnos a los almacenes El Siglo; están aquí mismo, en la Rambla —aconsejó su amigo, ajeno a sus intereses.

Gonzalo no lo escuchó y se encaminó al comercio, decidido.

Era un establecimiento nuevo. Un gran cartel detrás del mostrador exhibía una imagen de hacía años de alguna empresa textil: «Ribas y Calasanz», leyó. Una joven con un moño algo destartalado apareció de pronto. Era bonita, no lo dudaba, pero no era la joven a la que había visto adornar el aparador.

—¿En qué puedo atenderlo, caballero?

Dejó su sombrero sobre el vidrio del expositor, donde distintos guantes femeninos se disponían en forma de abanico.

—Me gustaría ver ese pañuelo que tienen expuesto en el escaparate. —La chica le sonrió a la vez que se arreglaba el peinado con disimulo.

—Lali, ya me encargo yo del señor.

Aquella voz, la sonrisa que la acompañaba, la mirada verde como el jade y la fina figura de la joven del escaparate hicieron que se tambaleara.

Capítulo 2

2

Inés Ribas y Calasanz se levantó de la cama con ánimo renovado. Ese día iba a mostrarle a su padre sus diseños. Después del aseo, empezó a arreglarse, pero un triste pensamiento le cruzó la mente. Perseguir los sueños no siempre estaba al alcance de cualquiera. Quizá algún día las personas no serían tan diferentes unas de otras.

Mientras se vestía frente al espejo, su mente empezó a elucubrar y comenzó a parlotear sola, como si estuviera delante de una gran multitud.

—Algún día todos seremos iguales y las mujeres no serán ciudadanos de segunda.

Alzó la voz, como si así pudieran oírla desde la distancia.

—¡Señores! Esto que tengo en las manos es la herramienta de su opresión contra la mujer.

Ante los gritos entusiasmados del discurso, su madre entró en la habitación con la mano pegada al pecho.

—¿Quieres dejar de gritar, insensata? Van a oírte los criados. —Lanzó una mirada reprobatoria a su hija, que, cubierta con la camisola y las calzas, hablaba al espejo con un dedo acusador mientras agarraba una prenda íntima en la otra mano.

Su madre le quitó el corsé que sostenía y la ayudó a vestirse.

—Una mujer jamás les dirá esas cosas a los hombres —la sermoneó—. Además, no creo que tú tengas muchas cosas que reivindicar. Haces lo que quieres con tu padre y conmigo.

—Porque soy el hijo que no tuvo —rechistó, y se ganó una colleja.

Inés deseaba con todas sus fuerzas haber nacido en otra época en la que, imaginaba, una mujer pudiera tener más derechos. Pero como eso no era más que un sueño, se alegraba con la idea de no ser una «mujer florero». Se resistía a creer que las reivindicaciones de las mujeres de su tiempo solo concernieran a la educación y al trabajo. Ella soñaba con tener autonomía, disponer de su salario a su antojo, sin depender de la decisión de su padre o, peor aún, de un marido. No, ella no iba a casarse si ello implicaba que su vida dependiera de las decisiones de un hombre, que este pudiera controlar su fortuna. Por suerte, su padre la había educado con un pensamiento libre.

Su madre, Teresa Calasanz, a veces se alarmaba de tales ideas y le decía, con más frecuencia de la que deseaba, que soñaba con utopías. Luego acusaba a su esposo de que la niña hubiera salido tan moderna.

Sin embargo, bien pensado, a su madre no le faltaba razón. La mayoría de sus amigas de colegio estaban ya casadas o poco les faltaba para ello. Las que quisieron trabajar habían dejado de hacerlo al contraer matrimonio, en pos de una vida centrada en los quehaceres domésticos o la crianza de los hijos.

—Quizá deberías pensar más en elegir un hombre para casarte que en los derechos de las mujeres. Alguien que te quiera y se preocupe por ti.

«Mujer casada, pierna quebrada», pensó. No, eso no iba con ella.

—Lali dice que nunca se casará para no perder su independencia. Quizá yo deba jurar algo así.

—«Lali dice...» Eulalia tiene muchos pájaros en la cabeza. Y no todos los hombres son iguales.

Eso era cierto, algunos apoyaban a sus mujeres, las dejaban trabajar y las animaban a perseguir sus sueños, a ampliar sus derechos. Como su padre.

En su fuero interno soñaba que algún día un hombre la sorprendiera queriéndola por sí misma y que la respetara tal y como era, sin prestar atención a su cuenta en el banco. Con dolor recordó que sus pretendientes estaban más interesados en eso que en considerar su autonomía. ¡Si se habían alarmado al decirles que iba a trabajar en su propia tienda!

—Yo me casé con quien quise y nunca me he sentido inferior.

—Padre besa el suelo que pisa, madre —argumentó—. Prosperó en la vida y jamás se ha avergonzado de su condición humilde.

Joan Ribas era el mejor padre del mundo, su héroe, y solo podría querer a alguien como él. Si no lo encontraba, se quedaría soltera para siempre. Le ofreció todas las oportunidades que le habría presentado a un hijo varón. Le inculcó las ideas progresistas que una vida centrada en el trabajo lo había llevado a abrazar y que el enriquecimiento no le había hecho olvidar. Ella, avispada desde chica, absorbió todos los conocimientos que, después de la escuela, él le enseñaba. Su madre, cuando la fragilidad de sus nervios se lo permitía, se entretenía en dar vida a aquellos tejidos que salían de sus talleres y le confeccionaba los vestidos más vistosos que podía imaginar y que eran la envidia de muchas de sus amigas. Inés empezó a ayudarla de jovencita y así, sin querer, aquella pasión por la aguja se le metió bajo la piel.

Hacía unos meses que su padre había confiado en ella y le había permitido abrir una tienda de modas en la que vendía desde objetos de mercería a complementos de vestuario de señora y caballero, y donde Inés se había aventurado a confeccionar como modista algunas prendas y exponer sus propios diseños. Y no le iba mal. Poder modelar la tela sobre el maniquí y de ahí al cuerpo femenino se le daba cada vez mejor. Tenía estilo, le decía siempre su amiga Lali, pero ella pensaba que le hacía falta aprender más.

—No sé por qué te empeñas en llevar estos vestidos tan sencillos. Con los otros estás muy bonita.

—No voy a la ópera, madre —respondió con burla, y se dejó peinar, a sabiendas de que le haría un recogido—. Tampoco pretendo conseguirme un marido. Además, puedo ponerme un corsé menos constrictivo y más cómodo. Respiro sin temor a asfixiarme y en la tienda me siento más a gusto.

—Algún día sabrás lo que es tener esposo.

—No olvide que me lo ha explicado, incluso me ha dado detalles.

Le sonrió a través del espejo y se sorprendió al ver que no le había hecho un moño, sino que solo le había recogido algunos mechones y que el resto de su cabello lucía ondulado.

—¿Ya se ha marchado padre? —preguntó con aire inocente.

—No, todavía no, y si pretendes pedirle algo, aprovecha; está de buen humor.

Inés salió de su habitación con paso decidido. Su madre la siguió, pero antes de cerrar la puerta cogió un sombrero y unos guantes claros.

Encontró a su padre en el comedor; leía el periódico con interés.

—Creí que me tocaba desayunar solo —se quejó el hombre. Con gesto acostumbrado, se levantó y besó a su mujer. Le dedicó un mohín afectuoso que no pasó inadvertido para Inés. Luego besó a su hija.

Una doncella entró en el salón con una bandeja grande. Llevaba un servicio de café completo y unos bollos. Inés le hizo un ademán y la chica asintió. Salió y, al cabo de unos segundos, volvió a entrar con una caja grande. La depositó junto a ella y se marchó.

Teresa le sirvió un gran tazón de café a su esposo y lo colocó delante de él a la vez que retiraba el periódico de su alcance. Luego le puso otro a su hija y, por último, para sí misma. A Inés le encantaba esa costumbre de su madre; sentía que los cuidaba y sabía que para ella era un instante muy preciado comenzar un nuevo día los tres juntos. Podían compartir sus planes para la jornada y comentar sus inquietudes. Todo su universo, decía, estaba en aquella habitación sin que la vida los interrumpiera. A ella le gustaba ver que se dedicaban arrumacos cariñosos y cómo se miraban cuando creían que estaba distraída.

—¿Qué tienes en esa caja? —preguntó Joan con una mueca, como el que sabe alguna cosa.

—Es algo que he diseñado.

—¿Y cuándo piensas mostrármelo?

Inés abrió la caja con ceremonia y sacó un pañuelo estampado.

—Es muy pequeño para ser un chal —observó su madre. Al apreciarlo bien, asintió; pareció darse cuenta de que eran prendas para el cuello.

A medida que Inés extendía sobre la mesa y el respaldo de las sillas los diferentes pañuelos —más de media docena de hombre y otros tantos de mujer—, iba viendo un gesto de aprobación y satisfacción que se dibujaba en el rostro paterno. Su madre los tocó todos, con un cuidado exquisito, para descubrir que eran de fina seda. Los había de colores sólidos: negro, blanco, gris, granate. Estampados con motivos masculinos, como lunares y rombos pequeños; floreados para las señoras; incluso uno era reversible: por una cara liso y, por la otra, de un dibujo en cachemir muy fino y elegante.

Inés se impacientó al no oír ninguna palabra de boca de sus padres.

—Los he confeccionado yo misma.

Se había hecho montar una máquina de coser en la trastienda y había pasado horas en el taller hasta conseguir lo que quería.

—Me parece que has necesitado un poco de ayuda. Gregorio no estaba muy contento.

—Gregorio Prat es odioso, cree que debería estar en casa y no metiendo las manos y la nariz en el taller. No sé cómo lo soporta, padre.

—Es un hombre agradable —refutó Teresa.

—Será con usted —replicó de nuevo, y su madre le hizo una mueca de desaprobación.

—Sabe bien cuál es su sitio. Es un buen contable y un excelente encargado. Confío en él —afirmó Joan.

Inés no quiso seguir hablando del encargado de la fábrica con el que siempre acababa discutiendo porque tenían opiniones opuestas en la forma de llevar el trabajo, pero, sobre todo, porque cada vez que hablaban le hacía notar el desagrado que le producía que ella, una mujer, le diera órdenes.

—Entonces ¿le gustan?

—Es un gran trabajo —halagó orgulloso—. Tienes muy buen gusto. Se te da muy bien diseñar y has confeccionado unas piezas preciosas.

Inés sonrió agradecida. Estaba segura de que era sincero, pero también sabía que, si hubiera sido un desastre lo que le hubiera presentado, él habría encontrado palabras de alabanza para que no se decepcionara.

Una idea que le rondaba cruzó su mente, así que, sin prepararse el discurso ni hilar sus pensamientos, lo soltó a bocajarro:

—Deseo ir a París a aprender diseño y moda, padre.

—Y yo deseo un coche a gas. De esos que parecen una calesa tirada por caballos, pero sin caballos.

—¡Joan! —se carcajeó Teresa y señaló—: Eso no existe.

—Sí existe. Lo dice el periódico. Lo ha fabricado un alemán, un tal Karl Benz.

—Padre, eso no tendrá futuro. Si voy a estudiar a París, podré emular los diseños de la Casa Worth. El señor Charles Frederick Worth trata sus creaciones como verdaderas obras de arte, es un gran diseñador; fue el primero en mostrar a sus clientas las creaciones sobre modelos reales. Ha vestido a la realeza y la vestimenta, cada vez más, es sinónimo de lujo y clase; además, crea una colección distinta cada año. Es un pionero.

—Esos folletines que lees te llenan la cabeza de pajaritos —bromeó el hombre.

—No son los folletines, me lo ha explicado Mathilda. La moda es una revolución. La mayoría de las mujeres de la alta sociedad viajan a París a comprar los últimos diseños. Si yo aprendo del mejor, podré regentar mi propia línea de moda femenina y sus maridos no tendrán que viajar a la capital francesa a comprar trajes de estilo. Usted ya trae esas telas exquisitas.

Inés no quería copiar los modelos parisinos, sino aprender del mejor para diseñar los propios. La idea de que el consumismo había llevado a la sociedad no solo a querer acumular objetos de lujo, sino a mostrar en las propias ropas la distinción y elegancia de una clase que, cada vez más, adquiría una notable fuerza, la tenía deslumbrada. La burguesía hacía ostentación de su dinero no solo a través de sus viviendas, sino con joyas y la elegancia en el vestir. Inés no quería ser espectadora de un momento social en el que la figura del sastre quedaba relegada al hombre y las modistas adquirían mayor presencia como emprendedoras, con un campo propio en la confección de los trajes para mujeres. Ella quería ser actora. En poco tiempo, la ciudad se había llenado de talleres de confección exclusivos, y ella quería tener su espacio.

—Puedes aprender corte y confección sin moverte de la ciudad. Mira madame Renaud. Ve con ella.

—Pero yo no quiero ser una más en su taller. Quiero aprender del mejor —defendió.

—Una señorita no debe, ni puede, ir sola a París. Ni siquiera yo soy tan moderno —alegó el padre—. Además, a tu madre le darías un disgusto.

—Para nada, querido. Creo que nuestra hija es mucho más valiente que yo y sabe bien lo que quiere —adujo su madre, e Inés le dedicó una mirada de agradecimiento. Sabía lo frágil que podía ser algunas veces y lo que iba a echarla de menos, pero no la coartaba en su deseo—. Sabes que allí no estaría sola.

—¡Por favor, por favor! Déjeme ir, padre —suplicó a la vez que juntaba las manos de la misma manera que haría una novicia al rogarle al Altísimo, y, con una voz más propia de una niña pequeña que de una joven que hacía tiempo había cumplido los dieciocho años, añadió—: Tía Elena estará encantada y hace tiempo que no veo a mi prima. Además, no fuimos a la boda de Léonard y le debemos la visita.

El silencio en el que se había refugiado su padre empezaba a impacientarla. Miró a su madre con ojos implorantes.

—¡Por el amor de Dios, Joan! Di algo.

—Si te vas, ¿quién se hará cargo de la tienda de modas? —quiso saber su progenitor.

—Eulalia —respondió rápido. La idea de que su padre claudicaba la emocionó—. Joaquín, el mozo de tienda, puede ayudarla. Su madre también pasa mucho tiempo allí.

—No me gusta que te vayas —confesó su padre.

Ella lo miró con ojitos y el color esmeralda de sus iris brilló debido al líquido que se acumulaba en sus cuencas. Intuyó que aquel gesto instintivo estrujaba un poquito el corazón del hombre y se sintió culpable; sin embargo, sabía que no era de los que cedían sin obtener algo a cambio.

—Podrás ir con una condición.

—Lo que quiera, padre.

—Tienes que vender esos dieciocho pañuelos en tres días.

—¿Tres días? Pero...

—Si no lo consigues, tendrás que esperar a que tu madre y yo podamos ir. Ya sabes que iremos antes de que acabe el año.

Inés adoraba aquellos viajes en los que pasaban semanas seleccionando las nuevas piezas de tela y tejidos más novedosos, los hilados, las tinturas y se impregnaban de los diseños más actuales, pero no quería esperar.

* * *

Su padre le había concedido tres días. Ya habían transcurrido dos y tan solo había conseguido vender uno de los pañuelos. No entendía el motivo hasta que Encarna, la doncella, le dijo que en los almacenes El Siglo también tenían, y a un precio más bajo. Su idea no era muy original, aunque estaba segura de que el tejido no era el mismo.

Aún tenía esperanza. La singular apuesta había trascendido por el taller y no le faltaban candidatos para ayudarla a que la balanza se venciera hacia su lado. La planchadora que iba por casa le había dicho que le reservara uno, y también alguna de sus amigas. Sin embargo, no quería hacer trampas. Quería venderlos sin necesidad de que la ayudaran, pero llegados a aquel punto pensó que, si era necesario, las haría.

Decidió cambiar el modelo que tenía expuesto en el escaparate.

Por algún motivo, mientras retiraba los alfileres que lo sujetaban al tapiz recordó la escena que había presenciado a la hora del de

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