Amantes con conservantes y colorantes (Hadas de Manhattan 1)

Ruth M. Lerga

Fragmento

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1. Qué bello es vivir

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Qué bello es vivir

Cinco días antes de la tragedia.

Ubicación: el Fat Cat.

Situación: Domingo, esperando a Dev.

Estado: la calma habitual.

¿Sabéis ese momento incómodo entre el domingo y el lunes? Pues mi hermana y yo llevábamos evitándolo desde los catorce años con una cita privada, una en la que solo cabíamos ella y yo. No teníamos un lugar fijo, nos permitíamos ser promiscuas, Nueva York asiste a los perversos en la ruta a la perdición. Así que, mientras Dev me elevaba a las terrazas más cosmopolitas del skylane del Midtown East, yo la deslizaba a ras de suelo en el Village. Y hoy me tocaba elegir a mí.

Miré a mi alrededor: mesas de billar, futbolín y shuffleboard, y, en un rincón, barajas, tableros de ajedrez y Scrabble. Adoraba el Fat Cat, era un gimnasio urbanita para vagos. De fondo, música de lo que se cocía en Brooklyn y que en breve serían los hits del momento. Sonreí satisfecha. ¿Encerradas en un antro en lugar de disfrutar de un Central Park florido en mayo?, mi hermana iba a detestarlo.

A vosotras, no obstante, os iba a encantar Dev: uno setenta y cinco, cuerpo esculpido a base de deporte, pero indudablemente femenino, melena rubia dorada, ojos violáceos y cutis perfecto. Y con tanta clase como estilo. Todo el mundo se detenía a mirarla, hombres y mujeres.

—Keyra, ¿te pongo algo mientras esperas?

Miré el reloj. Pasaban cinco minutos de la hora. Dudaba que llegara antes de las seis y cuarto. Rara vez lo hacía, quedáramos donde quedáramos.

—Prepara dos mimosas, Jamie.[2] —Para cuando apareciera, la bebida ya estaría en la mesa y entendería que llegaba tarde—. Uno sin champán —protesté.

El mío era el mimosa aburrido. Estaba intentando quedarme embarazada, hormonándome cual vaca texana camino del matadero para quedarme embarazada, para ser más exactos. No os aburriré con el pésimo funcionamiento de mis ovarios, pero sí os diré que te envían directamente al banquillo de los abstemios. Y que eso no es ni bueno ni malo, es aburrido.

Como para hacerme quedar mal ante vosotras, mi hermana decidió llegar justo entonces. Eso sí, como os había dicho, la acosó un reguero de miradas. Nos saludamos, pero no hubo besos. No me gusta besar... bueno, ya me entendéis, me gusta besar cuando el beso es para lo que es y acaba como tiene que acabar. Pero eso de los besos a modo de saludo tan europeo no es para mí.

Nos sentamos y apenas habíamos cruzado las cuatro frases habituales sobre su trabajo cuando Jamie nos interrumpió.

—Un mimosa sin champán y un... —Se le cortó la voz y nos miró desorientado.

No os lo he dicho porque, justo hoy, mi hermana, ella sabrá por qué, ha decidido ser puntual y no me ha dado tiempo, pero Dev y yo somos gemelas. Devaney y Keyra. No, no tenemos antepasados irlandeses que expliquen unos nombres tan excéntricos, es que mi madre es artista: escultora, concretamente.

Y sí, a mí también me miran al pasar, porque somos gemelas idénticas, porque llevamos la misma melena, porque salgo a correr a diario y porque también yo destilo clase y estilo. Cuando naces en el seno de una familia de abolengo y con dinero sueles ser así, supongo.

—No te preocupes, son muy pocas las personas que nos distinguen —lo disculpó ella con una sonrisa, para añadir—: incluso su marido nos confunde.

—No dejo de preguntarme —le dije resentida por la verdad de su comentario en cuanto se marchó el camarero— qué ocurrió en el vientre de nuestra madre para que la genética se equivocara tanto.

Dev obvió mi enfado. No le gustaba David, mi marido. Lo que no le gustaba de él, o eso decía, era que fuera mi marido. Creía que no era el amor de mi vida y que yo era tan parca en lo sentimental que ni siquiera lo entendía.

—¿Te refieres al hecho de que papá sea uno de los hombres de negocios más fríos y despiadados del Distrito Financiero y nuestra madre una escultora romántica y bohemia, y que yo sea una mujer de negocios romántica y tú una escritora fría del tipo ameba?

Curioso, ¿no? La genética puede ser muy retorcida.

—No soy una ameba.

—Desde luego que lo eres.

—No, no lo soy. Yo soy un caleid...

—Kee, no me cuentes tu maldita teoría del caleidoscopio.

De acuerdo, pues os la contaré a vosotras. Mi teoría es que hay tres tipos de personas: unas son como mi madre y mi hermana, con una capacidad de sentir ridículamente infinita; después están las que son como yo, que tienen una sensibilidad limitada pero que son un caleidoscopio, es decir, que tienen la habilidad de recoger los sentimientos de otros y reflejarlos multiplicados y embellecidos hasta hacerlos indescriptibles, de ahí que yo escriba sobre algo de lo que sé tan poco; y después están las personas como mi padre, que son amebas que ni sienten ni padecen.

—Para ser una ameba, cuento historias de amor —disentí con petulancia.

Otra cosa que no os he podido contar. ¡Menudo día ha elegido mi hermana para llegar diez minutos antes de lo esperado, la verdad! Además de Keyra Johnson soy Blue Scarlett, seudónimo de autora con el que solo mis íntimos me relacionaban y con el que había firmado una docena de novelas que me habían catapultado a la lista de best sellers y coronado como la romántica por excelencia. Lo que era contradictorio, porque la romántica bohemia era mi hermana, que trabajaba como mujer de negocios que pateaba culos de ejecutivos agresivos a diario. En serio, no sé qué fue mal en el útero de nuestra madre mientras Dev y yo nos estábamos gestando.

—No solo escribes romántica, Kee. —Ahora era ella quien me miraba con gesto engreído—. ¿Le has dicho ya a David...?

—No.

Lo que no quería que dijera, que nadie escuchara, era que también había publicado con otro seudónimo, uno que no os confesaré ni a vosotras, la trilogía erótica del año, cuyos derechos me había comprado una de las grandes cinematográficas hacía tres meses para proyectarla en los cines de todo el planeta en menos de dos años. Iba a escribir el guion, mi primer guion, y me permitirían formar parte del equipo de casting. Me habían pedido incluso ser miembro del rodaje, pero por más que quisiera no iba a ser posible.

Porque no, porque David no sabía nada al respecto y lo que menos necesitaba ahora mi matrimonio era que mi esposo pudiera pensar que lo que ocurría en nuestra cama no cumplía las expectativas de mis fantasías. No, cuando no podía quedarme embarazada, cuando él sentía que no podía dejarme embarazada. ¿Vuestros chicos también son así de cavernícolas con cualquier cosa que esté relacionada con su pene? Tenía una vida sexual satisfactoria. Minar la seguridad de David en sí mismo, concentrada en su bragueta como suele ocurrir en muchos hombres, no entraba en mis planes.

Gracias, pero no.

Se hizo un silencio incómodo. Dev y yo nos considerábamos nuestra única familia. Porque éramos gemelas idénticas y porque nuestros padres se habían divorciado poco después de que naciéramos y ninguno de los dos se había hecho cargo de nosotras, no de verdad. Así que nos lo contábamos todo y opinábamos sobre la otra con libertad. Pero mi matrimonio era un tema espinoso. Ya os lo he dicho, a mi hermana no le convencía David.

—¿Zumo de naranja? —me sonrió con tiento—. ¿Estás ya...?

—No —respondí tajante.

Pero no era tajante con ella porque pusiera a mi esposo en tela de juicio, lo era porque detestaba todo lo que conllevaba no quedarme embarazada.

—Kee, si no quieres ser madre, díselo. Habla con él. David está loco por ti, no haría nada que tú no quisieras.

¿Veis?, sabía por qué me sentía contrariada. Suspiré resignada.

—Sí quiero ser madre, es solo que no quiero tener hijos. —No espero que lo entendáis, pero mi hermana sí lo hizo—. Y después está el tema de las hormonas. No soy yo, Dev, no me reconozco. Mi cuerpo se hincha, mi humor se descontrola...

Disimuló una carcajada con una tos para componer una sonrisa pecaminosa, una que solo me dedicaba a mí, y preguntarme con voz pícara:

—¿Prefieres contarme lo de tu actor?

Por eso la quería tanto, porque sabía cuándo presionar y cuándo darme espacio. Y él era el lugar con el que soñaba cuando la realidad no me gustaba. Un pequeño escalofrío me recorrió la espina dorsal. Di por sentado que no lo notó porque no se burló de mí.

—Voy a conocerle, Dev. Al fin, voy a conocerle —mi voz fue un susurro complacido.

Siempre había sabido que antes o después ocurriría, que él y yo nos encontraríamos. Según su última entrevista se había comprado una casa en Manhattan, cerca de Central Park y de Broadway, ahora que Hollywood había descubierto el talento de los actores ingleses. Y a pesar de lo que pueda parecer, Nueva York no es tan grande y según quiénes nos movemos en los mismos ambientes. No es difícil, si eres cien por cien New Yorker, conocer a alguien que conozca a alguien que te pueda llevar a una fiesta donde coincidas con el otro alguien a quien estás buscando. En el Lincoln Center, en la Gala del Met, en el ático de alguna anfitriona de la ciudad... Pero yo iba a cenar con él. A solas. Y en Londres.

—¿Y a David no le preocupa que vayas a cenar con el tío bueno del que estás locamente enamorada desde hace diez años?

«Nadie se enamora de alguien a quien no conoce», quise decirle. Es ridículo. Eso solo ocurría en las novelas que escribía, pero no en la vida real. En la vida real el amor es práctico y no se nutre de alguien que te deja sin aliento cuando lo ves. Vives con alguien que tenga un proyecto de futuro similar al tuyo y a quien tus manías no le parezcan insoportables. Lo sé: no soy «la» romántica, soy una estafa.

Me encogí de hombros.

—Mientras esté de vuelta el sábado de madrugada, le parece bien. —La realidad era que le había dado un pretexto vago, sabía a quién iba a conocer, pero no para qué. Alzó las cejas en una pregunta muda—. Acabo ciclo hormonal el viernes por la mañana, y tendré mis malditas treinta y seis horas fértiles desde entonces. David no piensa en actores, piensa en tráfico aéreo y en si los baños de los aeropuertos tienen cámaras de seguridad en caso de que mi avión llegue con retraso. No me mires así, es como funciona cuando te estás haciendo estimulaciones ováricas, todo va medido al milímetro. Hace dos meses que se niega a tener un orgasmo si no es... —Dev arrugó la nariz y supe que me estaba extralimitando—. Digamos que todo es muy tántrico excepto en el día correspondiente.

—Exceso de información, Kee —me riñó, y levantó su copa—. Por tu actor de Londres y una velada maravillosa.

Levanté también yo mi mimosa sin champán, y ya que nos poníamos a pedir...

—Y por los polvos espontáneos.

Tal vez no lo hayáis notado porque al parecer soy un poco fría, aunque en realidad solo soy comedida en la manifestación de mis sentimientos, pero me encantan los domingos con mi hermana. Son mi mejor momento de la semana.

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2. Mi mejor no cita

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Mi mejor no cita

La noche de la tragedia

Me encanta el Claridge’s. Es la razón principal por la que no me compro una casa en Londres: hospedarme allí. Si fuera un poco superficial, o quizá más superficial, diría en voz alta que todo el mundo debería hospedarse, al menos una vez en la vida, en una de sus habitaciones. Aunque habría significado que mi hermana me gritara que la gente tiene otras necesidades más prioritarias, porque mi hermana grita cuando no trabaja y solo cuando no trabaja, tal es su yin y yang; mi padre me hubiera acusado de socialista, tal es su concepto de repartición de la riqueza; y mi madre se hubiera sorprendido de que alguien eligiera otro hotel si no era porque el Claridge’s estaba lleno, tal es su concepto de la vida.

Como veis me crie en un entorno absolutamente normalizado. Que a mi hermana le rompan el corazón dos o tres veces al año o yo sea un caleidoscopio no es nada en comparación con lo que pudo ocurrir dada nuestra infancia. Pudimos ser la versión americana de los Hermanos Kray.[3]

Suspiré mientras miraba las calles pasar a través de la ventanilla del taxi, rumbo al Ametsa.[4] Londres me tenía seducida y me escapaba, so pretexto de documentarme para mis novelas de Regencia, dos o tres veces al año, así que conocía la extensa zona centro bastante bien. Miré mi reloj de muñeca: faltaban siete minutos para mi cita y el tráfico era un infierno. Pero habíamos rodeado ya Buckingham y las fachadas eran de un blanco neopalladiano. Estábamos cerca. Llegaría puntual.

Claro que yo siempre era puntual.

Pensar en verle hizo que se me cortara la respiración. Me recordé que necesitaba calmarme. ¡Keyra, cálmate!, terminé por gritarme cuando un temblor desconocido alcanzó mis dedos. Me concentré al máximo.

Coartada: se suponía que representaba una de las revistas de mi padre, aunque por supuesto nadie sabía que yo era su hija, y estaba entrevistando a las caras conocidas que participaban con ACNUR.

Él no debía saber que yo era la escritora y guionista de la película en la que, según su agente, estaba interesado en participar y de la que nada se sabía por el momento. Quería conocerlo sin la presión por un papel de protagonista que podía consolidarlo en el estrellato o estrellarlo para siempre.

—El tráfico a estas horas es siempre un infierno, señorita —me devolvió a la realidad el conductor, un hombre que debía de estar a punto de jubilarse—, pero no tema, llegará puntual. En tres minutos estaremos allí. Aunque, si me permite decírselo —me miró por el retrovisor y carraspeó—, yo, por una dama tan hermosa como usted, esperaría toda la noche si fuera necesario.

Sentí que enrojecía. Nunca había hecho esperar a nadie. Sí, las protagonistas de mis novelas solían tener un contratiempo de última hora que tenía al protagonista esperando y en vilo por si ella había cambiado de idea. Pero, a: yo no vivía en una novela; b: hacía años que no tenía una cita; y c: lo de aquella noche ni siquiera era una cita.

Mis nervios ante una no cita me hicieron sentir absurda, me repetí. Pero ya no eran solo mis dedos, las dos manos preferían ignorar mis órdenes y moverse sin ton ni son, descompasadas.

Perspectiva. Lo que necesitaba para serenarme era perspectiva; como si estuviera escribiendo mi propia historia.

Análisis de mi ropa: perfecta. Una estilista de Bergdorf Goodman me había ayudado a escoger un vestido muy años veinte en nude con abalorios en dorado, y unos zapatos y clutch a juego. Me había permitido traerme un collar de perlas negras de mi bisabuela, algo excepcional en mí.

Composición de mi aspecto: mejor que nunca. Como cada vez que iba a la ciudad, había visitado a Luciano Rodrigues, y hoy me había peinado según el outfit que le había enseñado en una foto del móvil. Su equipo me había maquillado con discreción, realzando mis ojos almendrados, mis pómulos, oscureciendo cejas y pestañas y destacando mis labios, demasiado carnosos para mi gusto.

Detalles a tener en cuenta: no llevaba el anillo de casada, pero porque no conjuntaba con las perlas ni el color del vestido, al ser de oro blanco. Buena excusa, no lo neguéis.

Estado: impresionante.

Veredicto: Por una vez en mi vida me permitía sentirme hermosa y deseaba que otros me creyeran deseable. Quería gustar, aunque solo fuera una entrevista tan falsa como mi dedo desnudo sin alianza.

Quería gustar mucho y, si eso era una forma de infidelidad, entonces no se lo contaría a nadie.

—Tres calles más y llegamos, señorita.

—Detenga el taxi, por favor.

¡¿Había dicho yo eso?!

El coche se apartó a un lado y el conductor me miró, interrogante.

—¿Quiere bajarse aquí?

Dado que no había nadie más allí era obvio que debía haber sido yo quien le había pedido que estacionara. Aunque, ¡qué demonios!, nadie iba a enterarse. Había pasado horas buscando un vestido y otras tantas en la peluquería. Había traído incluso el perfume para él. Bien podía hacerle esperar un poco, ¿no? Una especie de feminidad sobrevenida rugió en mis venas.

—Sí, por favor. Creo que caminaré esas tres calles.

Me sonrió cómplice, cogió dos billetes de veinte libras, rechacé el cambio y me apeé. Miré a la derecha, como se indica en el suelo de todos los cruces de la ciudad para evitar que los peatones civilizados seamos atropellados por un coche inglés, y comencé mi andadura hacia el Ametsa.

Posición: en el Berkeley, a tres calles del restaurante.

Hora: siete cincuenta y seis. Llegaría entre cinco y seis minutos tarde.

Estado anímico: me sentía una diosa.

Goyo me recibió en la puerta y me ayudó con el abrigo.

—El señor Campbell la está esperando, señorita Johnson.

Era señora, pero como usaba el apellido de soltera de mi madre y no el de David, nunca puntualizaba.

Cuando quise seguirle sentí que toda yo temblaba. Dos metros después temí no ser capaz de llegar a la mesa, tan poco firmes eran mis pasos. Tenía la vista fija en la espalda del jefe de sala, incapaz de apreciar el cristal soplado que vestía el techo o las ventanas que daban al patio interior. El corazón parecía querer escapárseme a través de las costillas, mis piernas se habían convertido en gelatina y un ruido sordo me tamborileaba en los oídos.

Dios mío, había estado más serena camino del altar el día de mi boda. De acuerdo que David no era comparable a... una punzada de culpabilidad me golpeó como un mazo y la ausencia de mi alianza hizo que el dedo me ardiera. Pero no podía evitar sentirme como me sentía. Como solo imaginarle me hacía sentir.

La realidad era que ni David ni ningún otro hombre conocido o idealizado me hechizaba como lo hacía quien me esperaba esa noche. Y nada tenían que ver su pelo negro y frondoso o sus hombros anchos. Era su voz, su mirada; era lo que decía y lo que insinuaba. Ese algo que lograba agitarme y que nunca...

De pronto me di cuenta de que ya no caminaba y de que la espalda del maître había desaparecido y la sustituía una mano grande que se extendía hacia mí.

El aire de los pulmones pareció evaporarse sin control, lo que explicaba a la perfección mi pequeño jadeo y el calor que me envolvió. Extendí también yo la mano sin atreverme a alzar la mirada, tratando en vano de controlar el ligero temblor de mis dedos. Me sentía tan... tan... Estaba tan... ¡maldita escritora era que no sabía explicar qué me estaba ocurriendo!

Vi cómo envolvía mi mano en su palma y la cerraba con firmeza en un apretón que, dado su tamaño y seguridad, pudo estrujarme y no obstante hizo que la piel me cosquilleara como si hubiera sido acariciada.

—Señorita Johnson, supongo.

Aquella voz... aquella voz grave y fascinante. Tragué saliva y levanté la vista sin soltarle para encontrarme con sus ojos. Aquellos ojos... Aquellos ojos azules y embriagadores.

Sin pretenderlo quería memorizarlo para siempre, rescatar aquel instante del implacable olvido. Su mentón masculino... Su nariz irregular... encontrarlo me había revelado el deseo de besar cada ángulo de su cara antes de perderme en su boca... Su boca tentadora. Y su pelo. Tenía un pelo negro y exuberante en el que enterrar los dedos.

¿Dedos? ¡¡Dedos!!

Aún tenía su mano atrapada a pesar de que él me había soltado, suponía, en el momento adecuado. La aparté con brusquedad y sentí que el rubor bañaba mis pómulos.

—Keyra —susurré; me miraba con fijeza, sin sonreír. Sus ojos parecían leer en mí y acrecentaban mi inquietud tanto como lo hacía su mera presencia—. Quiero decir que sí, que soy Keyra Johnson, pero prefiero que me llame Keyra.

—Keyra, entonces. —Me sonrió y me faltó el aire. Tuve que controlar un segundo jadeo—. Yo soy...

Terminé por él según mi mala costumbre. Terminé por él sin poder evitarlo, diciendo al fin su nombre en voz alta:

—Martin Campbell.

¿Aquella voz enronquecida, invitadora, sensual, era la mía? Sentí que era infiel solo con pronunciar su nombre, seguramente porque lo paladeé y dejé que se deslizara por la lengua antes de resbalarme por los labios.

—Martin está bien.

Y volvió a tomar mi mano y a darme un ligero apretón que envió una cadena de escalofríos al resto de mis extremidades. Al soltarme sentí una caricia tanto como su seguida ausencia.

Martin.

Mi Martin Campbell.

El sonido del corcho de una botella de champán recién abierta en algún punto del restaurante me sacó de su embrujo. Sacudí la cabeza e intenté serenarme. Me senté y acto seguido lo hizo él, ofreciéndome la carta de bebidas.

—Tal vez deberíamos pedir antes de comenzar la entrevista, para evitar interrupciones. —Asentí, confusa todavía—. ¿Te apetece vino, o prefieres champán o cerveza?

El recordatorio de mi obligada abstinencia me devolvió a la realidad. A la fría realidad. Tenía vedado el alcohol, cierto, pero no necesitaba conocer la razón de mi abstemia sobrevenida. Entre nosotras, y siendo honestas: los hombres, en general, no necesitan saberlo todo. Y muchas veces ni «una parte».

—Me temo que estoy tomando antibiótico y no puedo beber, pero, por favor, no te prives por mí.

—¿Abstemia? —Su voz sí era ronca, invitadora y sensual—. Me pregunto qué otros pecados ocultarás.

Y aunque lo dijo sonriendo mientras leía las sugerencias del chef, un ligero temblor me sacudió.

¿Yo, pecados ocultos cual mujer misteriosa? Una voz quiso decirme que era absurdo, pero mis ojos, que seguían hechizados, ya no escuchaban.

—... un personaje no es como una bata blanca o un mono azul de trabajo que ponerse y quitarse. Es una segunda piel y no es tan sencillo como llegar a casa, ducharse y dejar que el psicópata, o el padre con un hijo enfermo, o el rey sin trono resbalen por tu piel junto con el agua caliente y desaparezcan por el sumidero. —Sonrió con timidez, como había estado haciendo cada vez que hablaba con vehemencia—. O tal vez soy yo quien no sabe hacerlo.

Lejos había quedado la conversación sobre Naciones Unidas y los refugiados. Antes de que nos sirvieran el pescado ya hablábamos entusiasmados sobre literatura inglesa y en el postre habíamos repasado las obras de teatro que más nos habían impactado. Martin se había formado en los escenarios del West End, que le habían proporcionado, además de magníficas dotes interpretativas, una voz rica y llena de matices. Una voz que me traspasaba tanto como lo que decía.

Porque él lo entendía. Entendía lo que era vivir durante meses con un personaje que no te dejaba dormir porque quería más espacio, o porque se escondía y no te dejaba saber quién era, o porque sufría y te arrastraba el ánimo con él.

Al fin había alguien que lo entendía. No que escuchaba para, al acabar, dedicarme una mirada de cariño o una sonrisa llena de displicencia.

Martin Campbell me entendía.

—Creo que es hora de irnos. —La decepción me tomó por sorpresa y dudé que mi gesto la disimulara—. No queda nadie más en el local.

Miré a mi alrededor por primera vez desde que me había sentado a cenar y descubrí que, efectivamente, estábamos solos. Únicamente Goyo y Álvaro esperaban, sin presiones. Aquello no podía ser el final, no ahora que analizábamos el sustentáculo de un personaje en el tiempo que se necesitaba para vivirlo.

—Sí —susurré resignada—, creo que sí.

Quería decirle que se me había pasado la noche en un suspiro, que si saber de él por entrevistas me había hecho creer que lo había idealizado, conocerlo me había presentado a alguien distinto pero mucho más interesante.

Quería decirle muchas cosas que no tenía derecho a decirle.

—¿Discutiremos durante mucho tiempo?

—¿Disculpa? —Alcé la vista, desorientada. ¿Discutir, había dicho? Yo no quería discutir con él. Yo prefería hacer otras cosas.

Cosas a las que no tenía derecho.

—Si discutiremos mucho tiempo antes de que me permitas pagar la cuenta. —¿Pagar él? Pagaríamos a medias. Nunca me había gustado que mis citas... ¡No!, me recordé. Era una entrevista y, por lo tanto, debía pagar yo. La revista, quería decir—. Keyra...

Cómo dijo mi nombre, con voz grave, entre seductora y divertida, hizo que mi estómago se contrajera; no fue lo único que se alteró en mí. ¡Qué diablos!, tampoco pasaba nada porque un hombre me pagara la cena, ¿no? El hecho de que fuera la primera vez que cedía y de que ni a David le hubiera consentido invitarme nunca más allá del día de mi cumpleaños no era relevante.

O no mientras David no se enterara.

—De acuerdo —dije, y también mi voz sonó entre seductora y divertida. Y tentadora—. Si me permites invitarte a una copa.

—Me temo que no.

¿No?, la tristeza cayó sobre mí sin aplomo. ¿Se había acabado la noche, entonces? Toda la energía me abandonó. No estaba preparada para dejar de verle. No lo estaba.

E iba a dejar de verle. Seguramente para siempre.

—Lo que quiero decir —continuó con voz seductora— es que no pagarás tú cuando yo pediré un gin-tonic y a ti, con suerte, te tentaré para que te tomes una Thomas Henry Elderflower en copa de balón con unas hojas de menta. Solo te permitiría pagar si te decidieras a saltarte tu dieta antialcohol.

Tomaríamos esa copa. Volví a la vida y asentí con espontaneidad, olvidada cualquier pose sofisticada.

Pero no bebería alcohol. Había límites que no podía sobrepasar.

Y ¿cómo podía saber que la Elderflower era una de mis tónicas favoritas? No creía en el destino, pero sí en la afinidad. Y el caballero y yo afinábamos tan bien que podríamos componer juntos la más hermosa de las melodías. Uff, me estaba poniendo romántica. Era mejor que me tomase un par de minutos a solas en los lavabos para volver a la realidad.

—Pide la cuenta. Mientras, iré un segundo...

Y no dije dónde porque no hacía falta.

Cuando entré, las luces se encendieron automáticamente, y cuando me miré en el espejo, me impactó tanto lo que vi en él que ahogué un grito de sorpresa: una mujer hermosa, de tez clara y perfecta, cabello rubio dorado y ondulado al agua en una falsa melena bob, cejas y pestañas oscurecidas, ojos violáceos, pómulos altos y orejas pequeñas. Pero no era yo quien me miraba desde el otro lado: era mi hermana.

Porque la mirada reflejaba ilusión, expectación, fogosidad, entusiasmo... estaba llena de matices.

Parecía el rostro de una mujer que sentía plenamente. Estuve un par de minutos mirándome al espejo, tratando en balde de hacer desaparecer a Dev de mi reflejo para volver a verme. No lo logré y algo en mí se agitó, anhelante.

Sin querer darle importancia, caminé hacia la puerta. Mis stiletto de nueve centímetros no se escuchaban a pesar de la firmeza de mis pasos; sencillamente flotaba.

Cuando salí, Martin me esperaba, asiendo mi abrigo abierto. Lo pasó sobre mis hombros y aprovechó para acariciarme levemente las clavículas con los pulgares. Me estremecí y supe que lo había notado, pero no me importó que supiera cuánto me afectaba. También yo le afectaba a él, pues al volverme pude ver sus ojos azules arder de deseo.

—¿Vamos? —Su voz enronquecida me seducía.

—Donde quieras llevarme. —La mía sonó a promesa.

Y salimos al frío de la noche primaveral, pero no lo sentí. Diría que ninguno de los dos lo hicimos.

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3. Cuando la noche invita al pecado

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Cuando la noche invita al pecado

—¿Cuántas veces te han preguntado si tu concepto del amor se había elevado tras protagonizar aquel clásico para la BBC? —le pregunté tras unos minutos de silencioso paseo.

Yo detestaba aquel tipo de preguntas. No dejaba de recibir mensajes en el muro de Blue Scarlett y también en privado pidiéndome consejos sobre relaciones. Como si por escribir novelas románticas tuviera que serlo o viviera un romance infinito al que no le afectara lo cotidiano. Como si existiera un romance así, ¡por favor!

Lo escuché reír en voz baja. Caminábamos muy cerca el uno del otro, rozándonos a cada paso, buscándonos con prudencia.

—Tantas que estuve a punto de decir que sí, que había alcanzado el nirvana del amor.

Ahora fui yo quien rio.

—Es como si por interpretar a un sicópata salieras cada noche a acuchillar a alguna inocente en Whitechapel. —Que era lo que respondía a Dev, mi padre, David o mi editor cuando se burlaban de mí por escribir algo que me era tan ajeno: que hasta donde sabía, Agatha Christie no había ido cuchillo en mano por las callejuelas más oscuras de Londres y sin embargo escribió magníficos crímenes.

Se detuvo y me detuve a mirarle. Parecía buscar algo en mí.

—¿Eres actriz? —me dijo al fin, y emprendió la marcha y yo con él.

Algunos hombres me lo habían preguntado. Pero no porque escucharan lo que decía, sino para halagarme por mi belleza. Dev y yo detestábamos aquella estupidez.

Por primera vez me enterneció escucharla.

—No —susurré.

—Pareces saber mucho sobre personajes para no serlo. —No sonaba suspicaz, solo curioso.

Y en un singular arranque de locura, porque solo la locura explicaría lo que quería hacer aunque por supuesto no lo hice, deseé compartir mi

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