INTRODUCCIÓN
Un viernes de mediados de febrero de 2020, durante una cena, comprendí que la COVID-19 se convertiría en un desastre a escala mundial.
Llevaba varias semanas consultando a expertos de la Fundación Gates sobre una nueva enfermedad respiratoria que circulaba por China y había empezado a extenderse a otros países. Tenemos la fortuna de contar con un equipo de profesionales de primer nivel con décadas de experiencia en la detección, el tratamiento y la prevención de enfermedades infecciosas, que estaban siguiendo con atención la evolución de la COVID-19. El virus había comenzado a circular en África y, basándonos en la valoración inicial de la fundación y en peticiones de gobiernos africanos, habíamos asignado ayudas por varios millones de dólares para impedir que se propagara más, así como para ayudar a otros países a prepararse para un eventual repunte. Nuestro razonamiento era el siguiente: esperamos que el virus no se extienda por todo el mundo, pero, a falta de más información, debemos dar por sentado que esto es lo que va a ocurrir.
En aquel entonces, todavía había motivos para creer que era posible contener el virus y que no provocaría una pandemia. El gobierno chino había tomado[1] medidas de seguridad sin precedentes para imponer un confinamiento en Wuhan, la ciudad donde había surgido el virus: se cerraron colegios y espacios públicos, y se expidieron a los ciudadanos tarjetas de autorización con las que podían salir de casa un día sí y otro no durante treinta minutos seguidos. Además, la incidencia del virus aún era lo bastante baja para que los países permitieran a las personas viajar libremente. Yo había volado a Sudáfrica a principios de febrero para asistir a un partido benéfico de tenis.
Cuando regresé a Estados Unidos, me propuse mantener una charla en profundidad sobre la COVID-19 en la fundación. Había una pregunta esencial a la que no dejaba de dar vueltas y que quería explorar a fondo: ¿era posible frenar el avance del virus, o se expandiría por todo el mundo?
Recurrí a una táctica socorrida que utilizaba desde hacía años: la cena de trabajo. No hace falta elaborar un orden del día; basta con invitar a cerca de una decena de personas inteligentes, proporcionarles comida y bebida, plantearles unas preguntas preparadas y dejar que piensen en voz alta. Algunas de las mejores conversaciones de mi vida profesional las he tenido con un tenedor en la mano y una servilleta sobre las piernas.
Así que, un par de días después de regresar de Sudáfrica, mandé un correo electrónico con vistas a organizar algo para la noche del viernes: «Podríamos montar una cena con la gente que está investigando el tema del coronavirus para una toma de contacto». Casi todos tuvieron la amabilidad de aceptar —a pesar de la poca antelación del aviso y de sus agendas apretadas— y, ese viernes, una docena de expertos de la fundación y otras organizaciones acudieron a mi oficina, situada a las afueras de Seattle, para participar en la cena. Mientras comíamos asado de tira con ensalada, abordamos la pregunta clave: ¿la amenaza de la COVID-19 se traduciría en una pandemia?
Esa noche me enteré de que las cifras no eran muy prometedoras para la humanidad. Puesto que la enfermedad se contagia por el aire —lo que la hace más transmisible, por ejemplo, que los virus que se propagan por contacto, como el VIH o el ébola—, había pocas posibilidades de evitar que se extendiera más allá de unos pocos países. En cuestión de unos meses, millones de personas de todo el planeta contraerían la COVID-19, y millones morirían a causa de ella.
Me extrañaba que los gobiernos no mostraran una mayor preocupación por esa catástrofe que se avecinaba.
—¿Por qué los gobiernos no están actuando con más urgencia? —pregunté.
Un científico del equipo, un investigador sudafricano llamado Keith Klugman que había desembarcado en nuestra fundación procedente de la Universidad de Emory, simplemente respondió:
—Deberían.
Las enfermedades infecciosas —tanto las que dan lugar a pandemias como las que no— representan casi una obsesión para mí. A diferencia de los asuntos que trataba en mis libros anteriores, el software y el cambio climático, las enfermedades infecciosas mortales no son cuestiones en las que la gente quiera pensar (la COVID-19 es la excepción que confirma la regla). Había tenido que aprender a moderar mi entusiasmo cuando hablaba de tratamientos para el sida y una vacuna contra la malaria en las fiestas.
Mi pasión por el tema se remonta veinticinco años atrás, a enero de 1997, cuando Melinda y yo leímos un artículo en de The New York Times firmado por Nicholas Kristof. En él aseguraba que la diarrea mataba[2] a 3,1 millones de personas cada año, en su mayoría niños. Esto nos alarmó. ¡Tres millones de criaturas al año! ¿Cómo era posible que murieran tantos debido a algo que, a nuestros ojos, era poco más que una molestia incómoda?

De The New York Times © The New York Times Company. Todos los derechos reservados. Publicada bajo licencia.[3]
Descubrimos que existía un sencillo tratamiento para la diarrea que salvaba vidas —una fórmula económica que reponía los nutrientes que se perdían en cada episodio—, pero que no llegaba a millones de niños. Nos pareció que podíamos contribuir a resolver este problema, así que instituimos becas para ampliar el acceso al tratamiento y apoyar el desarrollo de una vacuna que previniera directamente las enfermedades diarreicas.(1)
Quería informarme más. Contacté con el doctor Bill Foege, uno de los epidemiólogos que consiguieron erradicar la viruela y exdirector de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Bill me proporcionó una pila de ochenta y un libros de texto y artículos especializados sobre la viruela, la malaria y la sanidad pública en países pobres; los leí tan deprisa como pude y le pedí más. Uno de los que más influyeron[4] en mí tenía un título más bien prosaico: World Development Report 1993: Investing in Health, Volume 1 [Informe sobre el desarrollo mundial 1993: invertir en salud, volumen 1]. Así nació mi obsesión por las enfermedades infecciosas, y sobre todo por los problemas que causan en los países de rentas bajas y medias.
Cuando uno empieza a leer sobre enfermedades infecciosas, no tarda en toparse con el tema de los brotes, epidemias y pandemias. No existen definiciones estrictas para estos términos. A grandes rasgos, podemos considerar que un brote es cuando una enfermedad circula a nivel local; una epidemia es cuando un brote se extiende a escala nacional; y una pandemia es cuando una epidemia adquiere una dimensión global y afecta a más de un continente. Por otro lado, algunas enfermedades no van y vienen, sino que permanecen circunscritas a una zona determinada; se las conoce como enfermedades endémicas. La malaria, por ejemplo, es endémica en muchas regiones ecuatoriales. Si la COVID-19 nunca desaparece del todo, será catalogada como enfermedad endémica.
No es raro que se descubran patógenos nuevos. En los últimos cincuenta años, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los científicos han identificado más de 1.500, en su mayoría transmitidos de animales a seres humanos.
Algunos apenas han resultado dañinos; otros, como el VIH, han tenido efectos catastróficos. El VIH/sida ha matado a más de 36 millones de personas, y más de 37 millones conviven con el VIH en la actualidad. Se diagnosticaron 1,5 millones de casos nuevos[5] en 2020, aunque la cifra se reduce año tras año porque los pacientes que reciben un tratamiento adecuado con antivirales no propagan la enfermedad.

Y, con excepción de la viruela —la única enfermedad humana que se ha conseguido erradicar—, las antiguas patologías infecciosas aún persisten. Incluso la peste, un mal que solemos relacionar con la época medieval, sigue entre nosotros. Golpeó Madagascar en 2017[6], donde infectó a más de dos mil cuatrocientas personas y acabó con la vida de más de doscientas. La OMS recibe informes de por lo menos cuarenta brotes de cólera al año. Entre 1976 y 2018, se registraron veinticuatro brotes localizados y una epidemia de ébola. Si incluimos los pequeños, seguramente se producen anualmente más de doscientos brotes de enfermedades infecciosas.[7]

Asesinas endémicas. El VIH/sida, la malaria y la tuberculosis han matado a más de cien millones de personas en todo el mundo desde 1990. (Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud).[8]
El sida y otras de las ahora llamadas «epidemias silenciosas» —como la tuberculosis o la malaria— constituyen el principal objetivo de la labor sanitaria de la fundación, junto con las enfermedades diarreicas y la mortalidad materna. En el año 2000, más de quince millones de personas, entre ellas muchos niños, murieron a causa de estas dolencias, y a pesar de ello, se han destinado fondos irrisorios a combatirlas. Melinda y yo consideramos que ese era el terreno en que nuestros recursos y conocimientos sobre la organización de equipos para el desarrollo de innovaciones tendrían un mayor impacto.[9]

Valla en Lusaka, Zambia, que promueve la concienciación sobre el sida y su prevención.
Esto ha dado pie a un malentendido frecuente sobre el trabajo que realiza nuestra fundación en materia de salud. No se centra en proteger a ciudadanos de países ricos de las enfermedades, sino en reducir la brecha sanitaria entre los países de rentas altas y los de rentas bajas. Ahora bien, al trabajar en ello, descubrimos muchas cosas sobre enfermedades que pueden aquejar al mundo próspero, y parte de nuestros fondos contribuye a la lucha contra ellas, pero no son el objetivo prioritario de las becas que concedemos. El sector privado, los gobiernos de los países ricos y otros filántropos invierten muchos recursos en ello.
Las pandemias afectan a todos los países, por supuesto, y me preocupan mucho desde que me embarqué en el estudio de enfermedades infecciosas. Los virus respiratorios, incluidos los de la familia de la gripe y del coronavirus, resultan especialmente peligrosos debido a la rapidez con que se propagan.
Por otro lado, la probabilidad de que sobrevenga una pandemia no deja de aumentar. Esto se debe en parte a que, como consecuencia de la urbanización, los humanos estamos invadiendo hábitats naturales a un ritmo cada vez más acelerado, interactuando cada vez más con animales y, por tanto, incrementando las posibilidades de que una enfermedad pase de ellos a nosotros. También se debe a que los viajes internacionales se han disparado (o al menos así era antes de que la COVID-19 frenara su crecimiento):[10] en 2019, antes de la pandemia, se registraban mil cuatrocientos millones de llegadas internacionales de turistas al año, cuando en 1950 se produjeron solo veinticinco millones. El hecho de que la humanidad llevara un siglo sin sufrir una pandemia catastrófica —la más reciente, la gripe de 1918, había matado a cerca de cincuenta millones de personas— había sido en gran medida una cuestión de suerte.
Antes de la COVID-19, la posibilidad de que estallara una pandemia de gripe era relativamente bien conocida: muchos habían oído hablar al menos de la gripe de 1918 y quizá recordaban la pandemia de gripe porcina de 2009-2010. Pero un siglo es mucho tiempo, por lo que casi no quedaba nadie que hubiera vivido la pandemia de gripe, y la de gripe porcina no había supuesto un problema muy serio porque no era mucho más letal que la gripe normal. En la época en que yo estudiaba todo esto, en los primeros años del siglo XXI, se hablaba bastante menos de los coronavirus —uno de los tres tipos de virus que causan la mayor parte de los resfriados comunes— que de la gripe.

Octavilla del gobierno de EE. UU. que recomendaba una higiene adecuada y el distanciamiento social durante la pandemia de gripe de 1918.
Cuanto más aprendía, más consciente era de lo poco prevenido que estaba el mundo para lidiar con una epidemia importante causada por un virus respiratorio. Leí un informe sobre la actuación de la OMS ante la pandemia de gripe porcina de 2009 que finalizaba con estas proféticas palabras: «El mundo está mal preparado para reaccionar frente a una pandemia grave de gripe o cualquier otra emergencia sanitaria global, prolongada y potencialmente catastrófica». El informe exponía paso a paso un plan de prevención. Se tomaron pocas de las medidas propuestas.
El año siguiente, mi amigo Nathan Myhrvold me habló de la investigación que estaba realizando sobre las mayores amenazas que afrontaba la humanidad. Aunque su mayor preocupación era el desarrollo de un arma biológica —una enfermedad creada en un laboratorio—, los virus surgidos de forma natural ocupaban un puesto alto en la lista.
Hace décadas que conozco a Nathan: fundó el innovador departamento de investigación de Microsoft y es un hombre de vastos conocimientos que ha estudiado a fondo temas tan diversos como la cocina (!), los dinosaurios y la astrofísica, entre otros. Por eso, cuando me aseguró que los gobiernos del mundo no estaban haciendo prácticamente nada para prepararse de cara al posible estallido de una pandemia, tanto de origen natural como artificial, nos planteamos cómo poner remedio a eso.(2)
Nathan utiliza una analogía que me gusta. Ahora mismo, el edificio en el que se encuentra el lector (suponiendo que no esté leyendo el libro en la playa) seguramente cuente con detectores de humo. Ahora bien, las probabilidades de que el inmueble quede reducido a cenizas son muy bajas; de hecho, podrían pasar cien años sin que se incendiara. Sin embargo, no es la única construcción que existe, claro está, y en este preciso instante, en algún lugar del mundo, hay algún edificio en llamas. Como tenemos esto bien presente, instalamos detectores de humo: para protegernos de algo infrecuente pero muy destructivo en potencia.
En lo que a las pandemias se refiere, el mundo es un edificio gigantesco equipado con detectores de humo que no son muy sensibles y tienen dificultades para comunicarse entre sí. Si se produce un incendio en la cocina, puede extenderse hasta el comedor antes de que se entere un número suficiente de personas para apagarlo.
Cuesta formarse una idea de la rapidez con que puede propagarse una enfermedad, porque el crecimiento exponencial no es algo con lo que nos encontremos en la vida diaria. Pero hagamos cuentas. Si cien personas contraen una enfermedad infecciosa el día 1, y el número de casos se duplica cada día, la población mundial quedará infectada en su totalidad el día 27.
En la primavera de 2014 empecé a recibir mensajes de correo electrónico del equipo de la fundación especializado en salud en relación con un brote que tenía visos preocupantes: se habían diagnosticado algunos casos de ébola en el sudeste de Guinea. Cuando llegó el mes de julio,[11] se habían diagnosticado casos de ébola en Conakri, capital de Guinea, así como en las ciudades principales de las vecinas Liberia y Sierra Leona. Al final, el virus se extendió a siete países más, incluido Estados Unidos, lo que ocasionó la muerte de más de once mil personas.

Durante la epidemia de ébola de 2014-2016 en África Occidental, muchas personas se contagiaban en los entierros por estar en contacto estrecho con víctimas recientes del virus.[12]
El ébola es una enfermedad terrorífica —los infectados a menudo sangran por los orificios—, pero debido a la rápida aparición de los síntomas, que suelen ser inhabilitantes, no llega a transmitirse a millones de personas. El ébola se propaga solo a través del contacto físico con los fluidos corporales de una persona infectada, y cuando se alcanza el momento de máxima infecciosidad, uno se encuentra demasiado mal para salir. Los más expuestos al riesgo eran quienes cuidaban de los pacientes de ébola en casa o en el hospital, así como quienes asistían a los ritos funerarios en los que alguien lavaba el cuerpo de una persona fallecida a causa de la enfermedad.
Aunque el ébola no acabó con la vida de muchos estadounidenses, les recordó que una enfermedad infecciosa puede recorrer grandes distancias. Durante el brote de ébola, aquel virus aterrador había llegado a Estados Unidos, y también al Reino Unido e Italia, destinos habituales para muchos turistas estadounidenses. El episodio se saldó en estos países con un total de seis casos y un fallecimiento, en contraste con los once mil que se habían registrado en África Occidental, pero tanto daba: los estadounidenses estaban atentos a las pandemias, por lo menos por el momento.
Me pareció una buena oportunidad para recalcar que el mundo no estaba listo para enfrentarse a una enfermedad infecciosa con la capacidad de provocar una pandemia real. «Si el ébola os parece malo, esperad a que os cuente los estragos que podría ocasionar la gripe». Durante las vacaciones navideñas de 2014, comencé a escribir un memorando sobre los fallos de prevención del mundo que el ébola había puesto de manifiesto.
Eran fallos mayúsculos. No existía una manera sistematizada de monitorizar la evolución de la enfermedad en las distintas poblaciones. Las pruebas diagnósticas, cuando estaban disponibles, tardaban días en arrojar resultados, una eternidad cuando es necesario aislar a los infectados. Una red de valerosos especialistas en enfermedades infecciosas se ofreció voluntaria para ayudar a las autoridades de los países afectados, pero no había un equipo de expertos remunerados que trabajaran en ello a tiempo completo. Y aunque lo hubiera habido, no se había trazado un plan para desplazarlos a donde hacían más falta.

En otras palabras, el problema no residía en que el sistema implementado no funcionara lo bastante bien, sino en que prácticamente no había sistema.
Yo seguía creyendo que no tenía sentido que la Fundación Gates convirtiera esta cuestión en una de sus prioridades. Al fin y al cabo, nos centramos en terrenos en los que los mercados no consiguen solucionar los grandes problemas, y suponía que los gobiernos de los países prósperos se pondrían las pilas después del susto del ébola, si habían comprendido lo que estaba en juego. En 2015 publiqué un artículo en The New England Journal of Medicine en el que señalaba lo poco preparado que estaba el mundo y exponía lo que haría falta para remediarlo. Adapté la advertencia que había lanzado en una charla TED titulada «The Next Epidemic? We’re Not Ready» [¿La próxima epidemia? No estamos preparados], que incluía una animación en la que treinta millones de personas perecían debido a una gripe tan infecciosa como la de 1918. Quería transmitir un mensaje alarmante para asegurarme de que el mundo tomara medidas y subrayé que se producirían pérdidas económicas de billones de dólares y graves trastornos. Si bien este vídeo ha conseguido cuarenta y tres millones de visionados, el 95 por ciento de ellos se ha registrado después del inicio de la pandemia de la COVID-19.
La Fundación Gates, en colaboración con los gobiernos de Alemania, Japón y Noruega, así como con la entidad benéfica Wellcome Trust, creó una organización llamada CEPI —siglas en inglés de la Coalición para la Innovación en la Preparación contra Epidemias— con el fin de acelerar el desarrollo de vacunas contra nuevas enfermedades infecciosas y ayudar a hacerlas llegar a las personas de los países más pobres. Además, financié un estudio realizado a escala local en Seattle para investigar cómo se comportan la gripe y otras enfermedades respiratorias en una población.
Aunque la CEPI y el Estudio sobre la Gripe de Seattle [Seattle Flu Study] fueron buenas inversiones que resultaron de utilidad cuando apareció la COVID-19, no se consiguió gran cosa aparte de eso. Más de ciento diez países analizaron su grado de preparación, y la OMS esbozó una serie de pasos para corregir las deficiencias, pero nadie actuó sobre la base de las valoraciones y los planes. Se hizo un llamamiento en favor de introducir mejoras, pero estas nunca se llevaron a cabo.
Seis años después de que pronunciara la charla TED y publicara aquel artículo en el NEJM, mientras la COVID-19 se extendía por el mundo, periodistas y amigos me preguntaban si me arrepentía de no haber hecho más en 2015. No sé cómo habría podido atraer más la atención sobre la importancia de contar con mejores instrumentos y práctica para desplegarlos con rapidez. Tal vez habría debido escribir este libro en 2015, pero dudo que mucha gente lo hubiera leído.
A principios de enero de 2020, el equipo de la Fundación Gates que habíamos constituido para monitorizar los brotes después de la alarma por el ébola realizaba un seguimiento de la propagación del SARS-CoV-2, el virus que en la actualidad conocemos como causante de la COVID-19.(3)
El 23 de enero, Trevor Mundel, presidente del programa de salud mundial de la fundación, nos mandó a Melinda y a mí un correo electrónico en el que resumía la opinión de su equipo y solicitaba la primera ronda de financiación para la investigación sobre la COVID-19. «Por desgracia —escribió—, el brote de coronavirus sigue propagándose, con el potencial de convertirse en una pandemia grave (es demasiado pronto para saberlo con certeza, pero resulta esencial actuar cuanto antes)».(4)
Melinda y yo tenemos desde hace tiempo un sistema para resolver peticiones urgentes que no pueden esperar a nuestra revisión estratégica anual. El que lo ve primero se lo manda al otro con un mensaje que viene a decir: «Tiene buena pinta. ¿Das tu visto bueno para tirar hacia adelante?». Entonces el otro envía un correo electrónico anunciando la aprobación del gasto. Como copresidentes, aún recurrimos a este sistema para tomar decisiones importantes relacionadas con la fundación, aunque ya no estemos casados y trabajemos con un patronato.
Diez minutos después de recibir el mensaje de Trevor, le sugerí a Melinda que concediéramos esos fondos; ella se mostró de acuerdo y le respondió a Trevor: «Vamos a asignar cinco millones hoy y somos conscientes de que quizá sea necesaria una aportación adicional en el futuro. Nos alegramos de que el equipo se haya hecho cargo de la situación tan rápidamente. Es muy preocupante».
En efecto, tal como sospechábamos los dos, harían falta cifras adicionales, cosa que quedó clara en aquella cena de mediados de febrero, entre muchas otras reuniones. La fundación ha contribuido con más de dos mil millones de dólares a los diversos objetivos de la lucha contra la COVID-19, como el de frenar la expansión, elaborar vacunas y tratamientos, y ayudar a que estas herramientas que salvan vidas lleguen a los habitantes de los países pobres.
Desde el inicio de la pandemia, he tenido la oportunidad de trabajar con incontables expertos en salud, tanto de la fundación como de otros ámbitos, y he aprendido mucho de ellos. Hay uno que merece una mención especial.
En marzo de 2020 mantuve mi primera conversación telefónica con Anthony Fauci, director del instituto de enfermedades infecciosas de los Institutos Nacionales de Salud. Tengo la suerte de conocer a Tony desde hace años (desde mucho antes de que apareciera en la portada de revistas de cultura pop), y quería saber su opinión sobre estas cuestiones, en especial sobre el potencial de las vacunas y tratamientos que se estaban desarrollando. Como nuestra fundación estaba respaldando económicamente muchos de ellos, quería asegurarme de que nuestras directrices para la creación y la aplicación de innovaciones estuvieran en la misma línea que las suyas. Por otro lado, también quería entender lo que él decía en público sobre temas como el distanciamiento social y el uso de mascarillas para echar una mano recalcando los mismos puntos en las entrevistas.
Tras esa primera conversación productiva, Tony y yo nos poníamos en contacto cada mes durante el resto del año para comentar el progreso de los distintos tratamientos y vacunas, y planear estrategias para que el trabajo que se llevaba a cabo en Estados Unidos beneficiara al resto del mundo. Incluso concedimos varias entrevistas juntos. Era un honor comparecer a su lado (de manera virtual, por supuesto).
Un efecto secundario de haber expresado mi punto de vista es que ha suscitado más críticas a la labor de la Fundación Gates como las que llevo años escuchando. La versión más amable podría resumirse así: Bill Gates es un multimillonario a quien no ha votado nadie; ¿quién se cree
