1
Es un bonito día de abril en Playalinda, Florida, no muy lejos de Cabo Cañaveral. Corre el año de nuestro señor 2026, y ya solo unos pocos de la multitud congregada en la orilla oriental de la ensenada Max Hoeck llevan mascarilla. En su mayoría son gente mayor, que se acostumbró a ponérsela y ya lo hace casi por inercia. El coronavirus sigue dando vueltas, como un invitado que se resiste a marcharse de la fiesta, y aunque muchos temen que pueda mutar de nuevo e inutilizar las vacunas, de momento la batalla está empatada.
Algunas personas llevan prismáticos —de nuevo, los más mayores, quienes ya no tienen tan buena vista—, pero son las menos. El grupo que posa para las fotos en la plataforma de lanzamiento de Playalinda es el más numeroso que haya tripulado jamás una misión que vaya a despegar desde la Madre Tierra. Con una masa total de 2,07 millones de kilos, el cohete se gana con creces su nombre de Eagle-19 Heavy. Una neblina de vapor cubre los últimos quince de sus ciento veinte metros de altura, pero incluso quienes tienen la vista algo deteriorada distinguen las tres letras que descienden en vertical por el lado de la astronave:
T
E
T
Y no es necesario gozar de un oído perfecto para escuchar los aplausos cuando arrancan. Un hombre lo bastante mayor para recordar que oyó la crepitante voz de Neil Armstrong anunciando al mundo que la Eagle había aterrizado se vuelve hacia su esposa con lágrimas en los ojos y la piel de gallina en los brazos flacos y morenos. El anciano es Douglas Brigham, alias Dusty. Su esposa es Sheila Brigham. Hace diez años se jubilaron y se mudaron al pueblo de Destin, pero ambos son oriundos de Castle Rock, Maine. Sheila, de hecho, trabajaba como oficial de comunicaciones en la oficina del sheriff.
En la plataforma de lanzamiento de la Corporación Tet, a dos kilómetros y medio de distancia, el aplauso continúa. A oídos de Dusty y Sheila suena flojo, pero debe de ser mucho más estruendoso al otro lado de la ensenada, porque las garzas despiertan de su reposo matutino en una perezosa nube blanca.
—Para allá que van —dice Dusty a la que es su esposa desde hace cincuenta y dos años.
—Dios bendiga a nuestra chica —responde Sheila, y se santigua—. Dios bendiga a nuestra Gwendy.
2
Ocho hombres y dos mujeres caminan en fila india por el lado derecho del centro de control de la Corporación Tet. Los protege una pared de plexiglás, porque llevan doce días en cuarentena. Los técnicos se levantan detrás de sus ordenadores y aplauden. Hasta ahí solo están cumpliendo con la tradición, pero ese día también hay vítores. Llegarán más aplausos y aclamaciones de los quinientos empleados de Tet que esperan fuera, con parches en las camisas, chaquetas y monos que los identifican como los Tet Rocket Jockeys. Cualquier misión tripulada ya es un acontecimiento, pero esa es más especial.
En penúltimo lugar de la fila camina una mujer de cabello largo, ya entrecano, recogido en una coleta que el cuello de su traje de presión hace invisible casi por completo. Su cara apenas tiene arrugas y es todavía hermosa, aunque se distinguen unas finas líneas en las comisuras de los ojos y la boca. Se llama Gwendy Peterson, tiene sesenta y cuatro años y, antes de que transcurra una hora, será la primera senadora estadounidense en activo que viaje en cohete a la nueva estación espacial MF-1. Entre los colegas políticos de Gwendy hay cínicos que afirman que las siglas MF corresponden a cierto concepto sexual incestuoso[1], pero en realidad significan Many Flags, «muchas banderas».
Los tripulantes llevan el casco bajo el brazo por el momento, de modo que nueve de ellos tienen una mano libre para saludar y agradecer los vítores. Gwendy, que sobre el papel pertenece a la tripulación, no puede hacerlo sin sacudir el pequeño maletín blanco que lleva en la otra mano. Y esa no es una opción.
Así que en lugar de saludar, grita:
—¡Muchas gracias, os queremos! ¡Esto es un paso más hacia las estrellas!
Las aclamaciones y los aplausos se redoblan. Alguien vocifera: «¡Gwendy a la Casa Blanca!», y unos cuantos más repiten la frase, pero no muchos. Gwendy es popular, pero no tanto, y menos en Florida, que pasó a votar republicano (de nuevo) en las últimas elecciones generales.
La tripulación sale del edificio y monta en el tranvía de tres coches que los llevará a la Eagle Heavy. Gwendy tiene que estirar el cuello todo lo que su traje reforzado le permite para ver la punta del cohete. ¿De verdad voy a subirme en ese trasto?, se pregunta, y no por primera vez.
En el asiento de al lado, el biólogo alto y rubio del equipo se inclina hacia ella para hablarle en voz baja.
—Aún estás a tiempo de echarte atrás. Nadie te lo reprocharía.
Gwendy ríe. La carcajada le sale nerviosa y demasiado aguda.
—Si te crees eso, también creerás en Papá Noel y el Ratoncito Pérez.
—Bueno, es cierto —dice él—, pero qué más dará lo que opine la gente. Si tienes el temor, por mínimo que sea, de que cuando enciendan los cohetes vas a entrar en pánico y ponerte a gritar que te lo has pensado mejor y que paren la nave, mejor retírate ahora. Porque cuando arranque ese motor, ya no habrá vuelta atrás, y lo último que queremos llevar a bordo es una política frenética. O un multimillonario frenético, ya puestos.
El biólogo mira hacia el coche de delante, donde un hombre está taladrando el oído de la comandante de operaciones. Con su traje de presión blanco, el hombre recuerda un poco al Poppy Fresco, la mascota de la empresa de repostería Pillsbury.
El tranvía de tres coches empieza a moverse. Hombres y mujeres vestidos con monos aplauden a su paso. Gwendy deja el maletín blanco en el suelo, encajado con firmeza entre los pies. Ya puede saludar.
—Estaré bien. —No está completamente segura de que sea así, pero se dice a sí misma que debe estarlo, por el maletín blanco. A ambos lados lleva letras rojas grabadas en relieve que componen las palabras MATERIAL CLASIFICADO—. ¿Y tú?
El biólogo sonríe y Gwendy cae en la cuenta de que no recuerda cómo se llama. Ha sido su compañero de entrenamiento durante las anteriores cuatro semanas, y hace escasos minutos han hecho las últimas comprobaciones al traje del otro antes de salir de la zona de espera, pero Gwendy no se acuerda de su nombre. Eso es M. A., como lo habría llamado su difunta madre: mal asunto.
—No habrá problema. Es ya mi tercer viaje, y cuando el cohete empieza a ascender en serio y sientes la presión hacia abajo… no sé los demás, pero es el mejor orgasmo que ha tenido un servidor.
—Gracias por esa comparación —dice Gwendy—. Me aseguraré de incluirlo en el primer informe que envíe ahí abajo.
Así es como llaman a la Tierra, «ahí abajo». Eso lo recuerda, pero ¿cómo diantres se llama el biólogo?
En el bolsillo del mono lleva un cuaderno donde ha apuntado todo tipo de información, además de un punto de libro muy especial. Incluye los nombres de todos los tripulantes, pero en esos momentos le es imposible sacarlo y, aunque pudiera, casi sin duda despertaría sospechas. De modo que Gwendy recurre a la técnica que le enseñó el doctor Ambrose. A veces falla, pero en esa ocasión da resultado. El hombre que va sentado a su lado es alto, de mandíbula cuadrada y ojos azules, con una mata de pelo color arena. Las mujeres opinan que está… ¿cañón? ¿Como un queso? No, más sencillo: que está bueno.
Bern. Así se llama. Bern Stapleton. El profesor Bern Stapleton, que también es el mayor Bern Stapleton, retirado.
—Por favor, no lo hagas —le pide Bern.
Gwendy está bastante segura de que se refiere a su símil del orgasmo. Su memoria a corto plazo no le falla, al menos de momento.
Bueno… no le falla mucho.
—Era broma —responde Gwendy, y le da una palmadita en la mano enguantada con la suya—. Y no te preocupes, Bern. Estaré bien.
Se dice a sí misma de nuevo que debe estarlo. No quiere dejar en la estacada a sus electores ni a su público, que ese día incluye a todos los habitantes de los Estados Unidos y a la mayoría de los del resto del mundo, pero esa preocupación es secundaria comparada con la que le produce la caja blanca cerrada con llave que tiene entre las botas. Esa caja sí que no puede dejarla, ni en la estacada ni en ninguna parte. Porque hay otra caja dentro de la caja, no hecha de acero de alto impacto, sino de caoba. Tiene unos treinta centímetros de ancho, algo más de largo y poco menos de veinte de alto. Hay botones en la parte superior de la caja, y unas palancas a ambos lados tan pequeñas que solo se puede tirar de ellas con el dedo meñique.
Solo hay un pasajero de pago en ese vuelo a la estación MF, y no es Gwendy. Ella tiene un trabajo que hacer. No es gran cosa, ya que consistirá sobre todo en registrar datos en su iPad y enviarlos al centro de control de Tet, pero tampoco es del todo una cortina de humo para lo que va a hacer en realidad allá arriba. Gwendy es controladora climática, su identificador de vuelo es Chica del Tiempo y algunos tripulantes la llaman en broma Tempest Storm, el nombre artístico de una antigua ecdisiasta.
¿Qué significa eso?, se pregunta a sí misma. Debería saberlo.
Como no lo sabe, aplica de nuevo la técnica del doctor Ambrose. La palabra que busca es parecida a «embarazo», ¿verdad? No, a embarazo no. A lo que aparece después, las estrías. Así que…
—Stripper —murmura.
—¿Cómo? —pregunta Bern. Estaba distraído por unos hombres que aplauden junto a un camión de emergencia, que si Dios quiere no tendrá que arrancar ese bonito día primaveral.
—Nada —dice ella, pensando: Una ecdisiasta es una bailarina de striptease.
Siempre es un alivio cuando le vuelven las palabras perdidas. Gwendy sabe muy bien que tardarán poco en dejar de hacerlo. No le hace ninguna gracia, y de hecho la aterroriza, pero es una preocupación para el futuro. De momento, solo tiene que superar el día de hoy. Una vez esté allá arriba, donde el aire no solo escasea sino que no existe, ya no podrán enviarla de vuelta si descubren lo que le pasa, ¿verdad? Pero sí que podrían jorobarle la misión si lo averiguan. Y hay otra cosa, algo que podría ser incluso peor. Gwendy no quiere ni pensarlo, pero se ve incapaz de evitarlo.
¿Y si olvida el verdadero motivo por el que está allá arriba? El verdadero motivo es la caja dentro de la caja. Sonará melodramático, pero Gwendy sabe que es cierto: el destino del mundo depende de lo que hay dentro de esa caja.
3
La estructura de mantenimiento y despegue que se alza junto a la Eagle Heavy es un entramado de travesaños de acero entrecruzados que alberga un enorme ascensor abierto. Gwendy y sus compañeros de expedición suben los nueve peldaños y entran en él. Pese a que la plataforma tiene capacidad para tres docenas de personas y hay espacio de sobra, Gareth Winston se queda de pie a su lado, con su considerable panza abultándole el blanco traje de presión.
Winston es su persona menos favorita del viaje hacia allá arriba, aunque Gwendy pondría la mano en el fuego a que él no lo sabe. Su cuarto de siglo largo en la política ha enseñado a Gwendy el delicado arte de ocultar los sentimientos y poner su cara de «pero qué fascinante es usted». Cuando salió elegida por primera vez para la Cámara de Representantes, una veterana de la política llamada Patricia Follett, Patsy, hizo de mentora a Gwendy y le dio algunos buenos consejos. Aquel día en concreto fue sobre un viejo buitre de Misisipi llamado Milton Jackson, que se marchó hace tiempo ya a la gran asamblea del cielo, pero Gwendy siempre le ha encontrado mucha utilidad al consejo desde entonces: «Guárdate las mejores sonrisas para los gilipollas y no dejes de mirarlos a los ojos. Las mujeres pensarán que te encantan sus pendientes. Los hombres, que te tienen en el bote. A nadie se le ocurrirá que en realidad estás dedicándote a observarlos».
—¿Preparada para el viaje de su vida, senadora? —pregunta Winston mientras el ascensor inicia su lento desplazamiento hasta los ciento veinte metros de altura por el lado del cohete.
—Preparadísima —responde Gwendy, dedicándole la amplia sonrisa que reserva para los gilipollas—. ¿Y usted?
—¡Más que emocionado! —proclama Winston. Abre los brazos de golpe y Gwendy tiene que dar un paso atrás para que no le dé en el pecho. Gareth Winston es propenso a los gestos expansivos. Debe de suponer que su fortuna de ciento veinte mil millones de dólares, que no llega a la de Jeff Bezos pero casi, le da el derecho a ocupar todo el espacio que quiera—. ¡Más que entusiasmado, más que dispuesto, más que deseoso!
Sobra decir que Winston es el pasajero de pago, y en el caso de un vuelo espacial se paga de lo lindo. Su pasaje le costó 2,2 millones de dólares, pero Gwendy sabe que el precio no es solo ese. Una fortuna como la de Winston equivale a influencia política, y la Corporación Tet necesita todos los aliados políticos posibles mientras se prepara para enviar una misión tripulada a Marte. Gwendy solo espera que Winston sobreviva a la travesía y tenga ocasión de aplicar dicha influencia. Tiene sobrepeso y, en el último control, su presión sanguínea estaba al límite. Tal vez otros miembros de la tripulación no estén al tanto, pero Gwendy sí. Tiene un dosier sobre ese hombre. ¿Él será consciente de que sabe tanto sobre él? A Gwendy no le extrañaría nada.
—Llamar a esto el viaje de nuestra vida es quedarnos cortos —dice Winston.
Habla tan alto que los demás se vuelven para mirar hacia ellos. La comandante de operaciones, Kathy Lundgren, guiña el ojo a Gwendy y un atisbo de sonrisa le roza la comisura de los labios. Gwendy no necesita ningún poder telepático para saber lo que significa: «Ahora te toca a ti, hermana».
Mientras el lento ascensor pasa por la te más baja de TET, Winston decide ir al grano. No es la primera vez.
—No está usted aquí solo para enviar palabrería a esos fans suyos que la adoran, ni para mirar la gran canica azul y comprobar en qué afectan los incendios del Amazonas a las corrientes de viento en Asia —afirma, con una mirada significativa al maletín blanco y su letrero de MATERIAL CLASIFICADO.
—No me subestime, Gareth. Estudié meteorología en la universidad y me he pasado todo el invierno empollando para ponerme al día —replica Gwendy, haciendo caso omiso tanto al comentario como a la pregunta implícita. Tampoco es que a Winston se le caigan los anillos por preguntar directamente: ya lo ha hecho varias veces, tanto durante las cuatro semanas de entrenamiento de vuelo como en los doce días de cuarentena—. Y resulta que Bob Dylan se equivocaba.
El amplio ceño de Winston se frunce.
—Ahí me he perdido, senadora.
—En realidad sí que hace falta un hombre del tiempo para saber hacia dónde sopla el viento. Los incendios del Amazonas y los de Australia están provocando cambios fundamentales en los patrones climáticos de la Tierra. Algunos son malos, pero también hay cambios que hasta podrían beneficiar el medio ambiente, por raro que suene. Quizá amortigüen el calentamiento global.
—Yo nunca he creído en esas cosas. Exageraciones en el mejor de los casos, invenciones en el peor.
Ya están ascendiendo por la E. Que alguien me aleje de este tipo, piensa Gwendy…, y entonces cae en la cuenta de que, si no quería estar cerca de una persona como Gareth Winston, podría haber evitado el viaje desde un principio.
Solo que no podía.
Alza la mirada hacia él, manteniendo la que llama la Sonrisa Patsy Follett.
—¿La Antártida se funde como un cubito dejado al sol y usted no cree que exista el calentamiento global?
Pero Winston se niega a desviarse del tema que le interesa. Será un fanfarrón con sobrepeso, pero no ganó todos sus millones por ser tonto. Ni por dejarse distraer.
—Daría una buena suma por saber qué lleva en esa cajita blanca, senadora, y dispongo de una buena suma, como supongo que ya sabe.
—Uy, eso suena sospechosamente a intento de soborno.
—En absoluto, es solo una forma de hablar. Y por cierto, ya que seremos compañeros espaciales muy pronto, ¿me permite tutearla, Gwendy?
Ella mantiene su radiante sonrisa, aunque ya empieza a dolerle la cara.
—Cómo no. Y en cuanto a lo que contiene el maletín —responde, levantándolo—, revelártelo nos metería a los dos en muchos líos, de los que acaban en una prisión federal, y de verdad que no merece la pena. Te llevarías una decepción, y no querría hacerle eso al cuarto hombre más rico del mundo.
—El tercero —la corrige él, ofreciendo a Gwendy una sonrisa tan radiante como la suya. Menea un dedo enguantado delante de su cara—. No voy a rendirme, ¿sabes? Puedo ser muy insistente. Y a mí no me mete nadie en la cárcel, querida.
Ay, madre, piensa Gwendy. Hemos pasado de «senadora» a «Gwendy» y ahora a «querida» en menos de lo que tarda en subir el ascensor. Aunque es un ascensor muy lento, eso sí.
—La economía se vendría abajo —añade Winston.
Gwendy ya no responde a eso, pero está pensando en que si cayera en malas manos la caja que hay dentro de la caja, es decir, la caja de botones, todo se vendría abajo.
Al sol podría hasta salirle un nuevo cinturón de asteroides entre Marte y Venus.
4
Coronando la torre de lanzamiento hay una gran sala blanca donde los viajeros espaciales levantan los brazos y ruedan sobre sí mismos en lenta pirueta mientras los rocían con un aerosol desinfectante que huele parecidísimo a la lejía. Será su última limpieza antes del despegue.
No hace mucho tiempo había otra habitación allí arriba, más pequeña, con un letrero en la puerta que rezaba: «Bienvenidos al último inodoro de la Tierra», pero la Eagle Heavy es un crucero de lujo equipado con su propio cuarto de baño. Que, al igual que los tres camarotes, en realidad es poco más que una cápsula. Uno de los camarotes privados lo ocupará Gareth Winston. En opinión de Gwendy, se lo merece tras lo mucho que ha pagado por él. El segundo es de Gwendy. En otras circunstancias, quizá se habría quejado de recibir un trato especial, por muy senadora que fuese, pero teniendo en cuenta la razón principal por la que emprendía ese viaje, había aceptado. La directora del Control de Misión, Eileen Braddock, había sugerido que los otros seis tripulantes sin responsabilidades de vuelo (todos excepto la comandante Kathy Lundgren y su segundo al mando, Sam Drinkwater) se sortearan el otro camarote, pero la tripulación había decidido por unanimidad concedérselo a Adesh Patel, el entomólogo. Sus especímenes vivos ya estaban cargados en el módulo. Adesh dormiría en un estrecho catre, rodeado de bichos y arañas, entre ellos —uf, puaj, piensa Gwendy— una tarántula llamada Olivia y un escorpión llamado Boris.
El cuarto de baño será común, y nadie se alegra tanto de ello como la comandante de la misión. «Se acabaron los pañales —había dicho Kathy Lundgren a Gwendy durante la cuarentena—. Eso, mi querida senadora, sí que es un gran paso para la humanidad. Sobre todo para la mitad a la que pertenecemos».
—Ingreso —atruenan los altavoces del Control de Misión—. Dos horas y quince minutos para al lanzamiento. Todo el tablero en verde.
Kathy Lundgren y el segundo Sam Drinkwater se vuelven hacia los demás tripulantes. Kathy, su pelo castaño rojizo brillando por las diminutas joyas de neblina desinfectante, se dirige a los otros ocho, pero a Gwendy le da la impresión de que presta una atención especial a la senadora y al multimillonario.
—Antes de que empecemos con los preparativos finales, voy a resumirles la cronología de la misión. Ya la conocen todos, pero TetCorp requiere que lo haga una vez más antes de embarcar. Alcanzaremos la órbita terrestre en ocho minutos y veinte segundos. Rodearemos el planeta durante dos días, trazando treinta y dos o treinta y tres revoluciones completas en órbitas que variarán levemente con forma de lazo de corona navideña. Sam y yo cartografiaremos la posición de la basura espacial para recogerla en una misión posterior. La senadora Peterson, Gwendy, iniciará sus actividades de monitorización meteorológica. Adesh sin duda jugará con sus bichitos.
Se oyen risas generalizadas. David Graves, el estadístico y especialista en informática de la misión, añade:
—Y como se escape alguno, lo soltamos por la escotilla, Adesh. Junto contigo.
Lo cual provoca más risas. A Gwendy le suenan bastante despreocupadas y confía en que la suya también lo haga.
—El tercer día nos acoplaremos a la Many Flags, que ahora mismo está bastante desierta salvo por un contingente chino…
—Uuuh, qué miedo —ulula Winston.
Kathy lo mira inexpresiva y sigue hablando.
—Los chinos irán a la suya en el radio nueve. Nosotros ocuparemos los radios uno, dos y tres. Los radios cuatro a ocho no están habitados en estos momentos. Si llegan a ver a los chinos en algún momento, será mientras corren por el anillo exterior. Lo hacen mucho. Tendrán espacio de sobra, lo cual es todo un lujo teniendo en cuenta que estaremos allí arriba otros diecinueve días. Lo entenderán después de pasar cuarenta y ocho horas en la Eagle Heavy.
»Y ahora viene lo importante, así que presten mucha atención. Bern Stapleton es veterano, con otras dos travesías a sus espaldas. Dave Graves ha hecho una. Sam, mi segundo al mando, lleva cinco, y yo siete. Todos los demás son novatos, y voy a decirles lo mismo que digo a todos los novatos: esta es su última oportunidad de dar media vuelta. Si alguien tiene la menor duda sobre su capacidad de cumplir su cometido desde el ingreso hasta la egresión final, deben decirlo ahora.
Nadie abre la boca.
Kathy asiente.
—Estupendo. Pues venga, vamos tirando.
Uno por uno cruzan el brazo de acceso y entran en la nave espacial con la ayuda de un cuarteto vestido de blanco y desinfectado, perteneciente al personal de apoyo. Lundgren, Drinkwater y Graves, que supervisarán el vuelo desde un panel de pantallas táctiles, pasan en primer lugar.
Por debajo de ellos, en el segundo nivel, el doctor Dale Glen, el físico Reggie Black y el biólogo Bern Stapleton se sientan uno al lado de otro.
El tercer y más amplio nivel, donde en el futuro viajarán más pasajeros de pago (o eso espera TetCorp), lo ocupan Jafari Bankole, el astrónomo, que no tendrá mucho que hacer hasta llegar a la estación MF, el entomólogo Adesh Patel, el pasajero Gareth Winston y, la última pero no la menos importante, la senadora electa más reciente por el estado de Maine, Gwendy Peterson.
5
Gwendy se sitúa entre Bankole y Patel. Su silla de vuelo se parece a una butaca reclinable La-Z-Boy un poco futurista. Por encima de cada uno de ellos hay tres pantallas apagadas y, durante un momento de pánico, Gwendy no se acuerda de para qué sirven. Se supone que tenía que hacer algo para activarlas, pero ¿qué era?
Mira a su derecha aún a tiempo de ver como Jafari Bankole conecta un cable que sale de ellas a un puerto en el pecho de su traje, y entonces se enfoca todo. No te distraigas, Gwendy.
Se conecta y las pantallas que tiene encima primero se iluminan y luego arrancan. Una muestra el vídeo en directo del cohete en su plataforma de lanzamiento. La segunda tiene sus constantes vitales: presión sanguínea un poco alta, ritmo cardiaco normal. En la última aparece el flujo de información y cifras que lanza Becky, el ordenador de la Eagle Heavy, mientras lleva a cabo sus procesos de autodiagnóstico. Para Gwendy todos esos datos no significan nada, pero cabe suponer que sí para Kathy Lundgren. También para Sam y para Dave Graves, claro, pero son Kathy y Eileen Braddock, la directora del Control de Misión, quienes prestarán más atención al diagnóstico, ya que son quienes pueden cancelar la misión si ven algo que no les gusta. Gwendy sabe que esa decisión costaría más de diecisiete millones de dólares.
Por el momento, todas las cifras están en verde. Sobre las columnas de datos hay un reloj haciendo una cuenta atrás, también en verde.
—Escotilla cerrada —informa Becky con su voz suave, casi humana—. Todas las condiciones dentro de rango. Una hora, cuarenta y ocho minutos para el lanzamiento.
—Comprobación de trayectoria baja —ordena Kathy desde dos niveles por encima de Gwendy.
—La climatología en la trayectoria baja… —comienza a responder Becky.
—Cancela, Becky. —Kathy no puede girar mucho la cabeza por culpa del traje, pero hace un gesto con el brazo—. Que me la dé Gwendy.
Durante un espantoso momento, Gwendy no tiene ni idea de qué hacer ni cómo responder. Se le ha quedado la mente en blanco. Entonces ve que Adesh Patel señala bajo su asiento y las cosas le encajan. Comprende que el estrés le empeora su dolencia, y se dice de nuevo que debe tranquilizarse. Tienes que hacerlo. Le da mucho menos miedo estar sentada encima de miles de toneladas de combustible altamente inflamable para cohete que el implacable deterioro de la esponja gris que tiene entre las orejas.
Saca el iPad de sus enganches bajo el asiento, con el apellido PETERSON grabado en la funda. Lo desbloquea con la huella dactilar y pulsa en la aplicación meteorológica. La excelente conexión inalámbrica de la cabina de la nave reemplaza el diagnóstico de la pantalla superior con un mapa del tiempo parecido al que podría verse en un boletín televisivo.
—Todo estupendo en trayectoria baja —dice a Kathy—. Altas presiones en todo el recorrido, cielo claro, nada de viento.
Además de que Gwendy sabe muy bien que harían falta vientos huracanados para sacar a la Eagle Heavy de su trayectoria una vez se haya puesto en marcha de verdad. En términos meteorológicos, lo más preocupante son el despegue y la reentrada.
—¿Y qué tiempo hará allá arriba? —le pregunta Sam Drinkwater con una sonrisa en la voz.
—Tormenta eléctrica a ciento veinticinco kilómetros de altura, con una ligera probabilidad de chubascos de meteoritos —replica ella, y todos se ríen. Gwendy apaga la tableta y los datos del diagnóstico regresan a su monitor.
—Si prefiere ventanilla, senadora, aún estamos a tiempo de cambiar —le dice Jafari Bankole.
Hay dos ojos de buey en el tercer nivel, también pensados para los futuros turistas. Por supuesto, Gareth Winston va sentado junto a una. Gwendy niega con la cabeza.
—Como astrónomo de la tripulación, creo que deberías tener un buen puesto de observación. ¿Y cuántas veces te he dicho que me llames Gwendy?
Bankole sonríe.
—Muchas. Es solo que no me sale natural.
—Entendido. Y hasta lo agradezco. Pero mientras estemos embutidos en la lata de sardinas más cara del mundo, ¿lo intentarás al menos?
—De acuerdo. Te llamaré Gwendy, al menos hasta que nos acoplemos a la estación Many Flags.
Esperan. Los minutos se escurren entre sus dedos y Gwendy no puede evitar pensar: Igual que se me escurre la mente. Al llegar a cuarenta minutos para el lanzamiento, Becky informa de que el andamiaje auxiliar está retirándose sobre sus gigantescos raíles. Cuando quedan treinta y cinco, Becky anuncia:
—Se ha iniciado la carga de combustible. Todos los sistemas permanecen dentro de rango.
En otros tiempos —en realidad hace solo diez o doce años, pero las cosas avanzan deprisa en el siglo XXI— el combustible se cargaba antes que la tripulación, pero SpaceX acabó con esa costumbre, igual que con tantas otras. Ya no hay aparatosos controles de vuelo, sino solo las omnipresentes pantallas táctiles, y es Becky quien de verdad dirige la misión, tanto que Gwendy espera que no acabe convirtiéndose en una versión femenina de HAL 9000. Lundgren y Drinkwater están presentes sobre todo para lo que Kathy llama «el temible momento del hostia puta». En realidad Dave Graves es más importante que ellos, porque si Becky tiene una crisis nerviosa, puede resolverla. Probablemente. Esperemos.
—Cascos —dice Sam Drinkwater, y se pone el suyo—. Confirmen todos.
Responden uno tras otro. A Gwendy le cuesta un momento acordarse de dónde están los cierres, pero entonces le viene a la mente y los fija.
—Veintisiete minutos para el lanzamiento —informa Becky—. Sistemas en rango.
Gwendy echa una mirada a Winston, y comprueba con pérfido placer que se ha evaporado parte de su afabilidad de ricachón. Está mirando por su ojo de buey hacia el cielo azul y la esquina del edificio que alberga el Control de Misión. Gwendy le distingue una marca roja en el carnoso moflete, pero por lo demás parece blanquecino. Quizá esté pensando que aquello no es tan buena idea, a fin de cuentas.
Como si le leyera la mente, Winston se vuelve hacia ella y le levanta el pulgar. Gwendy le devuelve el gesto.
—¿Tienes tu caja especial bien asegurada? —pregunta el hombre.
Gwendy la lleva bajo una rodilla, de donde no saldrá volando a menos que también lo haga ella. Y está sujeta al asiento por un arnés de cinco puntos, como una piloto de caza.
—Todo en orden —dice, y luego, aunque ya no está muy segura de lo que significa, si es que alguna vez significó algo, añade—: Morrocotudo.
Winston gruñe y devuelve su atención a la ventanilla.
A la izquierda de Gwendy, Adesh ha cerrado los ojos. Mueve un poco los labios, casi con toda seguridad rezando. A Gwendy le gustaría hacer lo mismo, pero ya hace mucho tiempo que no tiene una verdadera confianza en Dios. Sin embargo, sí que existe algo. De eso está segura, porque no le entra en la cabeza que ningún poder terrenal haya creado el extraño dispositivo que en esos momentos está oculto dentro de un contenedor de acero que solo se abre introduciendo un código de siete dígitos. El porqué de que haya terminado de nuevo en sus manos es una pregunta para la que cree tener respuesta, parcial por lo menos. El motivo de que le hayan encomendado la caja de botones mientras padece las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer de inicio temprano ya es menos comprensible. También es horriblemente injusto, además de absurdo, pero ¿desde cuándo tiene algo que ver la justicia con los acontecimientos humanos? El día en que Job clamó a Dios, la respuesta del Todopoderoso fue de lo más fría: «¿Estabas tú allí cuando creé el mundo?».
Da lo mismo, piensa Gwendy. A la tercera va la vencida, seguro que sí. Haré lo que tengo que hacer y conservaré la mente el tiempo necesario para hacerlo. Se lo prometí a Farris, y yo cumplo mis promesas.
Al menos, hasta ahora siempre lo ha hecho.
Si no fuera por las personas inocentes que viajan conmigo, se dice, en su mayoría buena gente, valiente y dedicada (con la posible excepción de Gareth Winston), casi desearía que el cohete estallara en la plataforma de lanzamiento o a ochenta kilómetros de altura, y asunto resuel…
Solo que el asunto no se resolvería. Es otra idea que se ha colado en su mente, cada vez menos fiable. Según Richard Farris, responsable de todas sus miserias, una explosión no resolvería nada, igual que lastrar la condenada caja de botones con piedras y hundirla en la fosa de las Marianas no resolvería nada.
Tenía que ser el espacio. No solo la última frontera, sino también el erial definitivo.
Dame fuerzas, pide Gwendy al Dios de cuya existencia duda mucho. Como en respuesta, Becky, la diosa de la Eagle Heavy, avisa a la tripulación de que quedan diez minutos para el lanzamiento y todos los sistemas permanecen en verde.
Sam Drinkwater dice:
—Visores bajados y cerrados. Confirmen.
Los tripulantes bajan el visor de sus cascos y responden. Al principio Gwendy lo ve todo oscuro, y entonces recuerda que la lente polarizada también ha descendido. La sube con el pulpejo de la mano enguantada.
—Inicien flujo d
