Prólogo
1 de diciembre de 1819
Casphairn Manor, valle de Casphairn
Galloway Hills, Escocia.
Jamás había tenido una visión semejante.
Unos ojos azules —azules, azules— como los cielos, azules como las flores de aciano que moteaban los campos del valle. Era la mirada de un pensador, clarividente aunque concentrada.
O la de un guerrero.
Catriona despertó, casi sorprendida de encontrarse sola. Desde las profundidades de la enorme cama observó el entorno familiar, las gruesas cortinas de terciopelo que envolvían la cama a medias y también las de las ventanas, más allá de las cuales el viento murmuraba cuentos del invierno que se avecinaba a quienquiera que aún estuviese despierto. En la chimenea relucían las brasas, derramando su resplandor sobre la lustrosa madera, el brillo suave del suelo y los tonos más claros de la silla y el tocador. Era noche cerrada, la hora en que un día da paso al siguiente. Todo era de una normalidad tranquilizadora; nada había cambiado.
Sin embargo, sí que lo había hecho.
Con el corazón latiéndole despacio, Catriona se arrebujó bajo las mantas y meditó sobre la visión que la había asaltado... la visión de la cara de un hombre. Los detalles permanecían grabados en su memoria, junto con la convicción de que aquel hombre significaría algo que incidiría en su vida de forma trascendental.
Quizá fuera el mismo que «la Señora» había escogido para ella.
Aquel pensamiento la sobresaltó. Después de todo, tenía veintidós años, una edad en la que las jovencitas ya no invitaban a los amantes a sus camas, cuando tal vez habría podido interpretar su papel en aquel rito interminable. No es que se lamentara de cómo había sido su vida, lo cual no importaba, porque de hecho su camino había sido establecido desde el instante mismo de su nacimiento. Ella era «la Señora del valle».
El título, una tradición local, era suyo y sólo suyo; ninguna otra podía reclamarlo. Como hija única, a la muerte de sus padres había heredado Casphairn Manor junto con el valle y las responsabilidades inherentes. Con su madre —que antes que Catriona había heredado de la suya la casa solariega, las tierras y la posición— había pasado lo mismo. Todas sus antepasadas directas habían sido «la Señora del valle».
Arrebujada en el cálido edredón de plumas, Catriona sonrió. Eran pocos los extraños que entendían el significado exacto de su título. Algunos pensaban que era bruja..., algo que incluso había utilizado para espantar a algún aspirante a pretendiente. Tanto la Iglesia como el Estado sentían poca devoción por las brujas, pero el aislamiento del valle la mantenía a salvo; sí, pocos conocían su existencia, y nadie cuestionaba la autoridad de Catriona o la doctrina de la que brotaba.
No obstante, todos los habitantes del valle sabían quién era Catriona y lo que implicaba su posición. Con unas raíces hundidas en el fértil suelo durante generaciones, sus aparceros (todos ellos habitantes y trabajadores del valle) veían a «su Señora» como a la representante local de la mismísima Señora que, más vieja que el tiempo, era el espíritu de la tierra que los mantenía y guardiana de su pasado y su futuro. Todos, cada uno a su manera, rendían tributo a la Señora, confiando con absoluta e incondicional seguridad en su representante terrenal para que los cuidara a ellos y al valle.
Guardar, proteger, criar, alimentar y curar... Ésos eran los principios de la Señora, las únicas directrices que seguía Catriona y a las cuales consagraría, infatigable, su vida. Al igual que su madre, su abuela y su bisabuela antes que ella. Vivía la vida con sencillez, de acuerdo con los dictados de la Señora, lo que en general resultaba una tarea sencilla.
Excepto en un cometido.
Dirigió la mirada hacia el pergamino desplegado sobre el tocador. Un abogado de Perth le había escrito para informarla de la muerte de su tutor, Seamus McEnery, y ofrecerle asistir a McEnery House para la lectura del testamento. McEnery House se erguía sobre una inhóspita ladera de los Trossachs, al noroeste de Perth; estaba muy presente en su memoria: era el único lugar fuera del valle en el que había permanecido más de un día.
Cuando seis años atrás, sus padres murieron, de acuerdo con la costumbre, Seamus, el primo de su padre, se había convertido en su tutor legal. Era un hombre duro y frío, que había insistido en que Catriona aceptara McEnery House como residencia, de manera que le resultara más fácil encontrarle un pretendiente. Aquel hombre inflexible tenía el puño bien cerrado sobre la bolsa de su dinero, por lo que Catriona se había visto obligada a obedecer. Así pues, dejó el valle y se fue al norte para encontrarse con Seamus.
Fue a batallar con Seamus... por su herencia, su independencia, por su derecho inalienable a permanecer como Señora del valle, a residir en Casphairn Manor y a cuidar de su gente. Tres dramáticas semanas de confusión más tarde, había regresado al valle; Seamus no había vuelto a hablar de pretendientes ni de la vocación de Catriona, que casi tenía la certeza de que su tutor no había vuelto a pronunciar el nombre de la Señora en vano.
Ahora, Seamus, el diablo al que había derrotado, estaba muerto. Su hijo mayor, Jamie, le sucedería. Catriona lo conocía; al igual que todos los hijos de Seamus, era un hombre amable y pusilánime. Jamie no era Seamus. Al meditar sobre la mejor respuesta posible a la petición del abogado, había sentido un fuerte impulso de contestar sugiriendo que, una vez que fuera leído el testamento y se designara formalmente a Jamie como su tutor, éste pasara a visitarla allí, a la casa solariega. Aunque no preveía ninguna dificultad en el trato con Jamie, prefería negociar desde una posición ventajosa. El valle era su hogar; y entre sus brazos, ella la reina suprema. Sin embargo...
Volvió a concentrarse en el pergamino. Al cabo, las líneas se difuminaron... y, una vez más, la visión apareció en su mente. La estudió durante un minuto. Vio la cara con nitidez... la poderosa nariz patriarcal, la barbilla obstinadamente cuadrada, la angulosidad y dureza de los rasgos labrados en piedra. Un mechón de pelo negro le caía en la frente; los penetrantes ojos azules se hundían bajo unas cejas negras, enmarcados por unas pestañas también negras. Los labios, contenidos en una línea recta e inflexible, le dijeron poco... De hecho, aquél era su resumen de la cara del hombre... cuyo rostro pretendía ocultar los pensamientos y las emociones a los observadores ocasionales.
Ella no era una observadora ocasional. El presentimiento —¡no!, la certeza— de un contacto futuro se le impuso. Concentró su mente y se deslizó por debajo de las defensas del hombre, por detrás de su aspecto reservado, y abrió sus sentidos con cautela.
Anhelante (ardiente, voraz), un impulso acechante y animal la rozó, acariciándola con dedos de fuego. Más allá, en las sombras más profundas, yacía... la inquietud. Un profundo sentimiento de ir a la deriva, sin timón, por el mar de la vida.
Catriona parpadeó y se retiró a su aposento. Entonces vio la carta, todavía sobre el escritorio. Hizo una mueca. Era una experta en interpretar los mensajes de la Señora... y éste era obvio. Debía ir a McEnery House. En algún momento allí conocería a ese hombre reservado, ávido e inquieto, de rostro pétreo y ojos de guerrero.
Un guerrero perdido... Un guerrero sin causa.
Catriona frunció el entrecejo y se arrebujó aún más en las mantas. Cuando vio aquella cara por primera vez en lo más hondo de su ser, había sentido que finalmente la Señora le enviaba un consorte, alguien que permanecería a su lado, que compartiría la tarea de la protección del valle..., el mismo que la llevaría a su cama. Por fin. Sin embargo, ahora...
«Su cara es demasiado enérgica. Demasiado enérgica.»
Como Señora del valle, era imprescindible que fuera la pareja dominante en el matrimonio, como su madre lo había sido en el suyo. Estaba escrito en piedra que ningún hombre podría dominarla. Un marido arrogante y dominante no era para ella... Eso jamás ocurriría, lo que en este caso era una pena. Una verdadera decepción.
No tardó en reconocer el origen de la inquietud del hombre (la de aquel que carece de una meta), pero Catriona no había conocido nada igual a la avidez que merodeaba en su interior. Una fuerza tangible, viva, que se había dilatado y la había tocado, obligándola a saciarla. Un impulso de aliviarlo, de llevarlo hasta el fin. De...
Era incapaz de encontrar las palabras, pero no podía negar un sentimiento de excitación, de atrevimiento, de desafío. Nada de aquello solía estar presente en sus quehaceres diarios. Pero por otro lado, ¿acaso no sería simplemente que sus instintos de curandera la incitaban? Catriona soltó una exclamación de incredulidad. «Quienquiera que sea, no puede ser el que la Señora me tiene reservado... No, con una cara como ésa.»
¿Le enviaba la Señora un hombre herido, un caso perdido para que lo cuidara? Los ojos del hombre, aquellos rasgos de afilada dureza, no parecían los de un lisiado.
No importaba; ella tenía instrucciones. Iría a las Highlands, a McEnery House, y vería qué —o mejor, quién— se cruzaba en su camino.
Con otra exclamación de incredulidad, Catriona se abrigó un poco más bajo las mantas. Poniéndose de costado, cerró los ojos y deseó que su mente se alejara una vez más en pos de la cara del extraño.
1
5 de diciembre de 1819
Keltyburn, los Trossachs
Las Highlands de Escocia
—¿Tomará algo más, señor?
En la mente de Richard Cynster se formó una ingeniosa disposición de elegantes y núbiles extremidades femeninas desnudas. El posadero había terminado de limpiar los restos de la cena... Las extremidades femeninas satisfarían aquel apetito todavía no mitigado, pero...
Richard meneó la cabeza. No es que temiera escandalizar a su ceremonioso ayuda de cámara, Worboys, que permanecía de pie, erguido como un palo. Tras ocho años en su empleo, Worboys estaba curado de espanto. Sin embargo, Richard no era mago, y tenía la firme convicción de que serían necesarios poderes mágicos para encontrar algo satisfactorio que llevarse a los brazos en Keltyburn.
Habían llegado al poblado cuando las últimas luces abandonaban el cielo plomizo; la noche había caído con rapidez como una mortaja negra. La espesa niebla que había bajado desde las montañas oscureciendo el estrecho y sinuoso camino que los llevaba desde Keltyhead a su destino, había convertido en atractiva la propuesta de pasar la noche en la dudosa comodidad de la posada de las Armas de Keltyburn.
Además, deseaba que la primera visión de la última morada de su madre se produjera a la luz del día, y antes de abandonar Keltyburn había una cosa que deseaba hacer.
Richard se estremeció.
—Me retiraré pronto. Vete a la cama. No te necesitaré más por esta noche. —Worboys dudó, Richard sabía que se preguntaba quién iba a cepillar y colgar la levita, quién iba a ocuparse de sus botas. Suspiró—. Vete a la cama, Worboys.
—Muy bien, señor. Pero desearía que siguiéramos camino hacia McEnery House —dijo Worboys sin dar su brazo a torcer—. Al menos, allí podría confiar en los limpiabotas.
—Da las gracias de que estemos aquí —le aconsejó Richard— y que no nos saliéramos del camino o quedáramos atrapados en un ventisquero en mitad de esa condenada montaña.
Worboys se sorbió las narices de manera elocuente. Claro indicio de que pensaba que quedarse atascados en la nieve era preferible a un betún negro de mala calidad. Por fin su imponente humanidad se alejó sin rechistar por las sombrías profundidades de la posada.
Con una leve sonrisa, Richard acercó las piernas al fuego que crepitaba en la chimenea. Cualquiera que fuese el estado del betún negro de la posada, el patrón no había escatimado esfuerzos en hacerla confortable. Richard no había visto ningún otro huésped, pero en un lugar tan apartado y tranquilo no era de extrañar.
Las llamas brillaban. Fijó la mirada en ellas... y se preguntó, no por primera vez, si esa expedición a las Highlands, causada por el aburrimiento y un temor muy concreto, habría sido un tanto precipitada. Pero los espectáculos londinenses estaban trasnochados; los cuerpos perfumados, tan fáciles de conseguir (demasiado incluso), ya no le deparaban ningún placer. Aunque el deseo y la lujuria seguían allí, se había vuelto demasiado remilgado, exigente, aún más de lo que ya había sido.
De una mujer deseaba algo más que su cuerpo y unos pocos momentos de dicha.
Puso ceño y relajó los hombros, tratando de ordenar sus pensamientos. Era una carta lo que le había llevado hasta allí, la del albacea testamentario de Seamus McEnery —el marido de su madre, muerta hacía ya tiempo—, que había abandonado este mundo hacía poco. La escueta misiva legal le citaba a la lectura del testamento, que tendría lugar al cabo de dos días en McEnery House. Si deseaba reclamar un legado que le había dejado su madre, y que al parecer Seamus había ocultado durante casi treinta y seis años, debía acudir en persona.
Por lo poco que sabía del último marido de su madre, aquello era propio de Seamus McEnery. Había sido un déspota, astuto, exaltado, decidido, estricto, enérgico y desenvuelto. Sin embargo, casi con absoluta seguridad, era la razón de que él hubiera nacido. Su madre no había sido feliz en su matrimonio con aquel hombre. El padre de Richard, Sebastian Cynster, quinto duque de St. Ives, enviado a McEnery House para sofocar el ardor político de Seamus, se había apiadado de su madre y la había hecho todo lo feliz que pudo.
De su amor había nacido Richard. La historia era tan vieja —treinta años, para ser exactos— que ya no le provocaba ningún sentimiento, a excepción de un lejano pesar por la madre que en realidad no había llegado a conocer. Ella había muerto de fiebres pocos meses después del nacimiento de Richard. Seamus le había enviado de inmediato a los Cynster, el gesto más misericordioso que podría haber hecho. Éstos le habían reclamado, criándolo como a uno de los suyos, pues en todos los aspectos importantes así era. Los Cynster engendraban purasangres, especialmente varones. Y sin duda era un Cynster hasta la médula.
Ésa era otra de las razones de que hubiera abandonado Londres. El único acontecimiento social de importancia que se estaba perdiendo era el tardío desayuno nupcial de su primo Vane, una oportunidad que había considerado con recelo. No estaba ciego... y había visto el incesante brillo que resplandecía en los ojos de las Cynster más mayores. Como el caso de Helena, la duquesa viuda y su muy amada madrastra, y eso por no citar a su legión de tías. De haber acudido a la celebración de Vane y Patience, no le habrían quitado ojo de encima. Todavía no estaba lo bastante aburrido, lo bastante inquieto, para ofrecerse como pasto de las maquinaciones matrimoniales de las mayores. Todavía no.
Se conocía bien, acaso demasiado bien. No era un hombre impulsivo. Le gustaba su vida, bien ordenada, predecible... y también le gustaba mantener el control. En su momento había visto la guerra, pero era un hombre de paz. Apasionado, amante del hogar.
La frase hizo surgir algunas imágenes en su cabeza... Vane y su nueva novia, su propio hermanastro, Diablo, y su duquesa, Honoria, y el hijo de ambos. Richard se acomodó demasiado consciente de lo que su hermano y su primo tenían ahora. Lo que él mismo deseaba... y anhelaba. Después de todo, era un Cynster; empezaba a sospechar que aquellos enojosos pensamientos eran una vulnerabilidad heredada, arraigada. Se metían bajo la piel de un hombre y hacían de él alguien inquieto, insatisfecho... vulnerable.
Crujió un tablón. Richard levantó la vista y miró a través del arco hacia el pasillo que se abría más allá. De las sombras surgió una mujer. Envuelta en un insulso mantón, una anciana de rostro ajado lo miró directamente a los ojos. Estudió a Richard con rapidez; su mirada se tornó glacial. Richard reprimió una sonrisa burlona. Erguida, con el paso resuelto, la mujer se volvió y subió las escaleras.
Richard volvió a sentarse en la silla y sonrió. En aquella posada estaba a salvo de tentaciones.
Miró las llamas de nuevo y poco a poco su sonrisa se esfumó. Dio un respingo y luego se levantó y se acercó a la ventana empañada.
Frotó el cristal para desempañarlo y miró hacia fuera. Su mirada se encontró con un decorado de estrellas, la luz de la luna arrancaba destellos de la leve capa de nieve que cubría el suelo. De soslayo, entrecerrando los ojos, distinguió la iglesia. La iglesia presbiteriana escocesa. Richard vaciló y se irguió. Cogió el abrigo del perchero que había junto a la puerta y salió.
Escaleras arriba, Catriona se hallaba sentada a una mesa pequeña de madera sobre cuya superficie desnuda sólo había un tazón de plata lleno de agua pura de manantial, de la que no apartaba la mirada. En la distancia, oyó a su dama de compañía, Algaria, caminar por el pasillo y entrar en el cuarto contiguo. Catriona permaneció inmóvil, la mirada fija en el agua, totalmente absorta.
Y entonces se formó la imagen: los mismos rasgos poderosos, la misma mirada arrogante, el mismo halo de inquietud. No sondeó más, no se atrevía. La imagen era muy nítida... el hombre estaba cerca.
Respiró hondo, parpadeó y se apartó. Alguien llamó con los nudillos a la puerta. Luego Algaria entró y de inmediato se percató de lo que había estado haciendo Catriona. Cerró la puerta a toda prisa.
—¿Qué has visto?
Catriona meneó la cabeza.
—Es confuso.
El rostro era aún más imperioso de lo que había imaginado. La esencia de su energía estaba presente, delineada para que la estudiara cualquiera. Aquel hombre no parecía tener ningún motivo para ocultar su carácter. Mostraba las señales abiertamente, con arrogancia, como si fuera un cacique.
Como un guerrero.
Catriona frunció el entrecejo, pensando en aquella palabra. No necesitaba un guerrero, sino un caballero manso y sumiso, a ser posible enamoradizo, con el que pudiera casarse y así engendrar una heredera. Aquel hombre encajaba sólo en un aspecto: era indiscutiblemente varonil. Dudaba de que la Señora, la omnipresente, aceptara a ese hombre.
—Pero si no se trata de eso, ¿entonces qué es? —Apartó el tazón de plata, se inclinó sobre la mesa y apoyó la barbilla en la palma de la mano—. Tal vez estoy mezclando los mensajes. —No le había ocurrido nada igual desde que tenía catorce años—. ¿Habrá quizá dos?
—¿Dos? —inquirió Algaria, acercándose a ella—. ¿Qué visión has tenido?
Catriona meneó la cabeza. El problema era demasiado personal, demasiado delicado para revelarlo, aunque fuese a Algaria, su mentora desde que muriera su madre. No, antes debía descubrir la verdad del asunto por sí misma y comprenderlo del todo.
Fuera lo que fuese, se suponía que debía entenderlo.
—Es inútil. —Se levantó con decisión—. Debo consultar a la Señora directamente.
—¿Qué? ¿Ahora? —Algaria la miró fijamente—. Fuera está helando.
—Sólo iré al círculo que hay al final del patio. No estaré mucho rato fuera. —Odiaba la incertidumbre, dudas del camino que debía seguir. Además, en esta ocasión la duda había traído consigo un inusitado nerviosismo, la promesa de un encuentro excitante y perturbador. Nada a lo que estuviera acostumbrada. Se cubrió con la capa e hizo un lazo con las cintas del cuello.
—Abajo hay un caballero. —Los ojos negros de Algaria centellearon—. Deberías evitarle.
—¿Ah, sí? —Catriona vaciló. ¿Sería posible que su hombre estuviera allí, bajo el mismo techo? La tensión que la atenazó fortaleció su decisión. Desató las cintas—. Me aseguraré de que no me ve. Todo el pueblo me conoce de vista, al menos con este aspecto. —Se soltó el recogido, dejando que el pelo le cubriera los hombros—. Aquí no hay peligro.
Algaria suspiró.
—Muy bien, pero no te entretengas. Supongo que cuando puedas me contarás de qué va todo esto.
Catriona le sonrió desde la puerta.
—Te lo prometo. En cuanto lo averigüe.
En mitad de las escaleras vio al caballero, bajo, corpulento, vestido con suma pulcritud, que examinaba los boletines de noticias en el salón de la posada. Al igual que el cuerpo, tenía la cara rolliza; sin duda no era un guerrero. Catriona se deslizó en silencio por el pasillo. Tardó un rato en abrir con sigilo la pesada puerta, todavía sin el pestillo echado.
Una vez en el exterior, se detuvo en el escalón de piedra. Aspiró el aire frío y vigorizante y sintió que se despejaba. Fortalecida, se cerró la capa y echó a andar, tratando de no resbalar sobre la nieve helada.
En el patio, al abrigo de una pared, Richard contemplaba la tumba de su madre. La inscripción de la lápida era escueta: «Lady Eleanor McEnery, esposa de Seamus McEnery, señor de Keltyhead.» Eso era todo. Ningún recuerdo cariñoso, ninguna mención al hijo bastardo que dejaba atrás.
La expresión de Richard se mantuvo impasible, hacía tiempo que había aceptado su condición. Tras ser abandonado en la puerta de su padre, Helena, la madre de Diablo, había sorprendido a todo el mundo reclamándolo como propio. Al hacerlo, le había proporcionado su sitio entre la alta sociedad... Nadie, incluso a esas alturas, se arriesgaría a contrariarla —ni al clan Cynster al completo—, insinuando que Richard no era quien ella afirmaba: el hijo legítimo de su padre. Hábil por instinto y vitalmente generosa, Helena le había garantizado su puesto en la elite de la sociedad, algo que Richard no había dejado de agradecerle desde lo más profundo de su corazón.
Sin embargo, la mujer cuyos huesos yacían bajo aquella fría piedra le había dado la vida... y no podía hacer nada para agradecérselo.
Excepto quizá... vivir la vida con intensidad.
Lo único que sabía de su madre se lo había contado su padre, cuando, con total inocencia, le había preguntado si la había amado. Sebastian, alborotándole el cabello, le había dicho: «Era una mujer preciosa y estaba muy sola... Merecía más de lo que obtuvo de su matrimonio. —Tras una pausa, había añadido—: Sentí lástima por ella. —Richard lo había mirado. En el rostro de Sebastian creyó adivinar una débil sonrisa—. Sí la amé. Lamento que muriera, pero no puedo lamentar tu nacimiento.»
Comprendía los sentimientos de su padre. Después de todo era un Cynster hasta la médula. Familia, hijos, casa, hogar... Eso era lo que les importaba a los Cynster, la quintaesencia de los objetivos de los guerreros, lo que para ellos suponían las victorias supremas de la vida.
Permaneció de pie ante la tumba durante unos minutos largos y silenciosos, hasta que el frío acabó por atravesarle las botas. Suspiró y, tras una última y prolongada mirada, volvió sobre sus pasos.
¿Qué sería lo que le había dejado su madre? ¿Y por qué, después de haber escondido el legado durante todos esos años, Seamus le hacía volver ahora, después de su muerte? Richard rodeó la iglesia presbiteriana escocesa y siguió andando parsimoniosamente. El ruido de las pisadas se sumó al suave silbido de la brisa al atravesar las ramas cargadas de nieve. Al llegar al camino principal oyó otros pasos decididos que se acercaban desde más allá de la iglesia. Se detuvo y miró...
Una criatura de magia y claro de luna.
Una mujer, envuelta en una capa oscura que se mecía con el viento, con la cabeza descubierta. Sobre los hombros y bajándole por la espalda se desparramaba la más extraordinaria de las cabelleras, una melena abundante, sedosa y rizada, que brillaba con destellos cobrizos a la luz de la luna: un faro contra los árboles invernales que se alzaban tras ella. Andaba con paso firme. Tenía la mirada baja, pero Richard habría jurado que la mujer no observaba sus pasos.
Avanzaba directamente hacia él. Richard no podía verle la cara ni el cuerpo que ocultaba la capa, pero su instinto rara vez le engañaba. Sus sentidos se agitaron, aguzándose, y se concentraron con fuerza... Un caso evidente de lujuria a primera vista. Arrugó los labios con picardía, se volvió en silencio y se dispuso a presentarse a la dama.
Sumida en sus pensamientos, Catriona caminaba con paso vivo por el sendero. Llevaba de discípula de la Señora demasiado tiempo como para no saber formular sus preguntas. Y la que había hecho en aquella ocasión era sucinta y precisa. Le había preguntado por el significado exacto del hombre cuya cara la perseguía. La respuesta de la Señora, las palabras que había formado en la mente de Catriona, habían sido de una concisión brutal: «Engendrará a tus hijos.»
Sin duda no había muchas formas de interpretar aquellas palabras, por más que las hubiera retorcido.
Lo cual le planteaba un problema descomunal. Por inaudito que resultara, la Señora «debía» de haber cometido un error. Aquel hombre, quienquiera que fuese, era arrogante, implacable... dominante. Ella necesitaba un alma sencilla y amable, alguien que se contentara con apoyarla en silencio mientras ella dirigía la situación. No precisaba fuerza, sino debilidad. Era un absoluto despropósito que le enviara un guerrero sin causa.
Catriona lanzó una exclamación de contrariedad. A través de la nube de aliento que se formó ante su cara descubrió, justo en mitad del camino, lo último que realmente esperaba ver: un par de grandes botas de Hesse, negras y muy lustrosas. Intentó detenerse. De pronto sus suelas resbalaron en el sendero helado... Quiso sacudir los brazos, pero estaban atrapados bajo la capa. Con un grito ahogado, levantó la vista en el momento en que chocaba con el portador de las botas.
El impacto la dejó sin respiración; por un momento le pareció que se había golpeado contra un árbol. Pero enseguida notó en el rostro el suave contacto del fular que el hombre llevaba por encima del chaleco de seda. La barbilla del desconocido le pasó por encima de la cabeza y sintió la áspera caricia de su mandíbula en el pelo. Luego unos brazos de acero se cerraron sobre ella con lentitud.
Instintivamente alzó las manos y empujó el pecho del desconocido.
Catriona volvió a resbalar y, antes de caer, se aferró desesperadamente. Los fuertes brazos se apretaron sobre ella y, de repente, advirtió que sólo tocaba la nieve con la punta de los pies. Le costaba respirar. Sentía los pulmones oprimidos por el fuerte abrazo del hombre, la cabeza a punto de estallar.
No era cualquier hombre. Su cuerpo era duro como el acero, pero al mismo tiempo cálido y flexible. Levantó la cabeza para mirarle a la cara.
Una mirada azul se cruzó con la suya.
Catriona trató de serenarse y lo miró fijamente. Luego parpadeó. Tardó un instante en comprobar que era él, con su semblante arrogante y el vigoroso mentón.
Entrecerrando los ojos, se dijo que si la Señora no se había equivocado, entonces su deber era actuar con firmeza.
—Bájeme.
Había aprendido el don de infundir respeto en las rodillas de su madre, y aquella sencilla palabra contenía una mezcla de autoridad y coacción.
Él la oyó, ladeó la cabeza y arqueó una de las cejas negras, mientras esbozaba una sonrisa.
—Desde luego.
Catriona adivinó el propósito que anidaba en el profundo ronroneo del hombre. Abrió los ojos desorbitadamente.
—Pero primero...
Si hubiera sido capaz de pensar, habría gritado, pero el impacto de aquella presencia y la íntima calidez de la palma de la mano cuando se ahuecó sobre su cara la distrajeron. Los labios del extraño culminaron la conquista: bajaron, arrogantemente seguros, y se posaron sobre los suyos.
El primer contacto la aturdió y contuvo el aliento. El concepto mismo de respiración desapareció de su mente mientras los labios del hombre se movían con indolencia sobre los suyos. No eran cálidos ni fríos, aunque el calor se prolongó con el contacto. Firmes y exigentes, perturbaron los sentidos de Catriona, llegando a lo más profundo y estimulándola.
Catriona se agitó entre el brazo que la ceñía con fuerza. El calor la invadió, atravesó incluso la tupida capa y llegó hasta ella, envolviéndola, para luego hundirse en su carne. Y creció, como una ola incontenible que buscaba liberarse. La avidez ardiente del hombre fue contagiosa. Trastornada, intentó en vano frenar su avance, negar su existencia, sofocarla.
Fue incapaz. Se enfrentaba a una ignominiosa derrota, saber cuál sería el siguiente paso, cuando la mano firme que le sujetaba la cara se movió. El hombre apoyó el dedo pulgar en el centro de la barbilla sin dejar de presionar.
La mandíbula de Catriona se relajó y sus labios se separaron.
Al sentir la calidez de su lengua se estremeció. Habría gritado, pero era imposible; no podía hacer otra cosa que sentir. Sentir y percibir la realidad de aquella avidez ardiente, la sutil necesidad de seducción física, profundamente evocadora. Y mantenerse firme resistiendo la tentación que le recorrió el cuerpo como una centella. Sin embargo, el hombre condujo su arrogancia a nuevas cotas.
Catriona no había imaginado que fuera posible, pero la estrechó aún más contra él, presionando contra ella su dureza masculina. Con una seguridad despiadada, el hombre torció la cabeza y gozó de Catriona, lánguida y pausadamente, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Avanzaba y retrocedía, atrayéndola astutamente al deleite del juego. La sola idea la sacudió de arriba abajo... y envió mensajes de excitación a través de sus nervios. Mientras, los labios y la lengua del desconocido prosiguieron su danza tentadora.
Catriona respondió con cautela, y en lugar de la reacción agresiva que esperaba, los labios del hombre suavizaron su acoso. Ella se atrevió a más, correspondiendo a la presión de los labios y a la sensual caricia de aquella lengua.
Sin apenas ser consciente, Catriona se entregó en ese beso.
Un sentimiento de victoria embargó a Richard, que se pavoneó mentalmente. Había derribado la férrea resistencia de la chica; era fácil y maleable, pura magia en sus brazos. Era más dulce que el más dulce de los vinos de verano y una sensación embriagadora inundó su mente, alcanzando otras partes de su cuerpo.
Conjurando el creciente dolor, volvió a besarla tratando de no asustarla y de dejar que la muchacha fuera consciente de las licencias que se estaba tomando. No era tan idiota como para pensar que ella cedería si iba demasiado lejos. No se trataba de una simple campesina ni de una ingenua doncella; la orden proferida y la actitud evidenciaban su autoridad. Y tampoco era joven. Ninguna jovencita habría tenido la seguridad suficiente como para intimidarle, precisamente a él, con aquel «Bájeme». No era una niña, sino toda una mujer... la que tenía entre sus brazos.
Qué maleable era, qué tentadoras sus curvas, atrapada con firmeza contra él, retenida... La lujuria de Richard alcanzó nuevas cotas. El balanceo suave y sedoso del abundante pelo, un velo cálido y vivo a merced de sus manos, y el perfume de flores silvestres, la promesa de la primavera y la fecundidad de las cosas que crecen, que ascendía de los mechones de seda, hicieron que el deseo casi se transformara en dolor.
Finalmente él se apartó y concluyó el beso. Era preferible a sufrir una agonía peor, puesto que tendría que dejarla ir, sin tocarla, sin probarla, anhelando más, ya que el patio de una iglesia aislado por la nieve en plena noche invernal era un desafío que incluso él rehusaba.
Y a pesar de las íntimas caricias compartidas, supo que no era de esa clase de mujeres. Había violado sus muros por pura imprudencia, por insolencia, provocado por la altanería en la orden de bajarla. No le hubiera importado obedecer en el acto, pero supo que no iba a ser así.
Richard levantó la cabeza.
Catriona abrió los ojos y lo miró como si fuera un fantasma.
—La Señora me protege.
Las palabras surgieron en un ferviente susurro y, condensadas por el frío, empañaron el aire que los separaba. Catriona buscó la cara del hombre. Éste, sin saber por qué, arqueó las cejas con su arrogancia habitual.
Los labios de Catriona, suaves y rosados (más ahora que antes), se endurecieron.
—¡Por el velo de la Señora! ¡Esto es una locura!
Meneó la cabeza y empujó el pecho de Richard que, sonriendo, finalmente la bajó con cuidado y la soltó. Con aire distraído, Catriona puso ceño y, pasando por su lado, lo rodeó. Luego se volvió y preguntó:
—¿Quién sois?
—Richard Cynster. —Insinuó una elegante reverencia, se incorporó y le sostuvo la mirada—. Para servirla en todo.
Los ojos de Catriona se movieron con rapidez.
—¿Tiene la costumbre de acosar a las mujeres inocentes en los cementerios?
—Sólo cuando caen en mis brazos.
—Le pedí que me bajara.
—Me ordenó que la bajara... y así lo hice. Al menos al final.
—Sí, pero... —Su invectiva (Richard estaba seguro de que habría sido una invectiva) murió en sus labios. Catriona parpadeó—. ¡Es usted inglés!
Más que una observación era una acusación. Richard arqueó una ceja.
—Los Cynster lo son.
Con los ojos entrecerrados, Catriona observó su cara.
—¿Descendientes de normandos?
Richard sonrió con orgullo.
—Descendemos del Conquistador. —Su sonrisa se intensificó y miró a la joven de arriba abajo—. Todavía nos gusta hacer alguna incursión, claro está. —Levantó la vista y le sostuvo la mirada—. Para no perder la práctica de la conquista esporádica.
Incluso a la débil luz, Richard vio el resplandor, las chispas que brillaban en los ojos de la mujer.
—¡Debo hacerle saber que esto ha sido un tremendo error!
Catriona se volvió con gesto altivo. La nieve crujió bajo sus pies cuando, entre un aleteo de faldas y capa, se alejó indignada. Richard observó con expresión de asombro la tormenta provocada por Catriona al salir por la entrada techada al camposanto, y vio la mirada fugaz y ceñuda que le lanzó desde las sombras. Luego, con un brusco movimiento de la cabeza y la barbilla levantada, Catriona se alejó resueltamente por el camino.
Hacia la posada.
Richard sonrió al tiempo que sus cejas se arqueaban con aire reflexivo. ¿Error?
Siguió observándola hasta que desapareció de la vista. Entonces por fin se movió, irguió los hombros y, sin dejar de sonreír maliciosamente, siguió los pasos de Catriona sin ninguna prisa.
2
A la mañana siguiente Richard madrugó. Se afeitó y se vistió sintiendo una excitación que le era familiar... La excitación de la caza. Mientras le hacía el último pliegue a la corbata y tendía la mano hacia el prendedor de diamantes, llegó hasta sus oídos un grito ronco. Permaneció inmóvil... Oyó, amortiguado por la ventana cerrada herméticamente contra el frío invernal, el inconfundible tableteo de unos cascos sobre los adoquines.
Con tres rápidas zancadas llegó hasta la ventana y miró a través de la hoja helada. Un pesado coche de viaje estaba parado delante de la puerta de la posada, mientras los mozos de cuadra sujetaban a un par de poderosos caballos que piafaban expulsando el vaho de sus alientos. Dirigidos por el posadero, los mozos batallaban con un baúl que subían al portaequipajes del carruaje.
Entonces, del porche que había justo debajo de Richard, surgió una dama. El posadero se apresuró a abrir la puerta del coche. La reverencia fue respetuosa, lo que no sorprendió a Richard... Era la dama que había conocido en el camposanto.
—¡Maldición! —masculló, la mirada fija en los largos mechones de Catriona, resplandecientes como el fuego en la mañana, meciéndose como un río que le bajara por la espalda.
Con un regio saludo, la dama entró en el coche sin mirar hacia atrás, seguida de la mujer mayor que Richard había visto en la posada. Justo antes de subir los escalones del coche, la anciana se volvió y dirigió la mirada hacia Richard. Éste resistió el impulso de retroceder. Por fin, la mujer siguió a su acompañante al interior del coche.
El posadero cerró la puerta, el cochero hizo chasquear las riendas y el carruaje salió pesadamente del patio. Richard volvió a maldecir en voz alta. Su presa escapaba. El coche llegó al final de la calle de la aldea y giró, no a la izquierda, hacia Crieff, sino a la derecha, por el camino de Keltyhead.
Richard frunció el entrecejo. Según Jessup, su mozo de cuadra y cochero, el angosto y sinuoso camino de Keltyhead llevaba a McEnery House y a ninguna otra parte.
Se oyó un discreto golpecito en la puerta. Worboys entró y, tras cerrar la puerta, anunció:
—La dama por la que estuvo preguntando acaba de abandonar la posada, señor.
—Ya lo sé. —Richard se apartó de la ventana; el coche se había perdido de vista—. ¿Quién es?
—Es la señorita Catriona Hennessy, señor. Una pariente del difunto señor McEnery. —La expresión de Worboys se tornó desdeñosa—. El posadero, un pagano ignorante, sostiene que la dama es una bruja, señor.
Richard gruñó y volvió al espejo. Bruja, sí. Una bruja, ¿eh? No había sido ningún encantamiento exótico lo que le había hechizado la noche anterior en el vigorizante frío del jardín de la iglesia presbiteriana. Volvieron los recuerdos de las elegantes y cálidas curvas femeninas, de los labios suaves y exquisitos, de un beso embriagador...
Se colocó el prendedor en la corbata y cogió la levita.
—En cuanto haya desayunado, nos vamos.
Su primera visión de McEnery House empañó el recuerdo de los últimos años de su madre y Seamus McEnery. Colgada de la ladera de la montaña, la estructura de dos plantas daba la impresión de estar tallada en la roca y de ser víctima, en la misma medida, de las inclemencias del tiempo, haciéndola nada aconsejable como hábitat para los humanos. De hecho, el lugar bien podría calificarse de mausoleo. La impresión dominante de dureza y frío se acentuaba por la ausencia del más mínimo vestigio de un jardín; incluso los árboles, que podrían haber suavizado la severidad de las líneas, se detenían a bastante distancia por detrás de la casa, como si temieran crecer en su cercanía.
Al bajar del coche, Richard no percibió ningún signo de calidez o de vida, ninguna luz que ardiera desafiando al día gris, ninguna cortina que colgara con elegancia de los marcos de las ventanas. De hecho, éstas eran estrechas y escasas, presumiblemente por necesidad. Si había hecho frío en Keltyburn, al pie de la montaña, sin duda aquel lugar en lo alto de la misma era gélido.
La puerta principal se abrió ante la insistente llamada de Worboys. Richard subió los escalones, dejando que Worboys y dos lacayos se encargaran del equipaje. Un viejo mayordomo esperaba al otro lado de la puerta.
—Richard Cynster —dijo arrastrando las palabras al tiempo que entregaba el bastón al mayordomo—. Estoy aquí a instancias del difunto señor McEnery.
El mayordomo hizo una reverencia.
—La familia está en el salón, señor.
Tras aliviar a Richard del pesado abrigo, el hombre echó a andar. Richard lo siguió. La impresión de hallarse en un sepulcro se intensificó a medida que recorrían los largos pasillos embaldosados sin alfombras, atravesaban los arcos de piedra flanqueados por columnas de sólido granito y cruzaban una puerta tras otra, todas cerradas herméticamente contra el mundo. El frío era penetrante, y cuando Richard empezaba a considerar la posibilidad de pedirle el abrigo de nuevo, el mayordomo se detuvo y abrió una última puerta.
Tras ser anunciado, Richard entró.
—¡Ah, vaya! —Un caballero de tez rubicunda y abundante pelo rojo se esforzó por ponerse en pie. Al parecer estaba jugando a los palitos chinos con un niño y un niña sobre la alfombra, delante del fuego.
Aquella escena le resultaba tan familiar, que la fría expresión del rostro de Richard se suavizó.
—No se interrumpa por mí.
—¡No, no! Ya está... —Respirando hondo, el hombre le tendió la mano—. Jamie McEnery. —Se presentó, y como si se acordara del asunto con cierta sorpresa, añadió—: Señor de Keltyhead.
Richard estrechó la mano que le ofrecía. Unos tres años más joven que él, Jamie era un hombre fuerte, tenía la cara redonda y una expresión que sólo podría definirse como abierta. Richard era bastante más alto.
—¿Ha tenido un buen viaje?
—Tolerable. —Richard echó un vistazo al resto de los presentes que, sentados por toda la estancia, formaban un sorprendente y apagado grupo de gente enlutada.
—Venga. Le presentaré.
Jamie procedió a las presentaciones; Richard reconoció sin dificultad a Mary, la esposa de Jamie, una joven de expresión dulce, demasiado pasiva para su gusto, aunque supuso que resultaba ideal para Jamie. También estaban sus hijos, Martha y Alister, que le observaban con ojos grandes y redondos, como si nunca hubieran visto a alguien como él. Luego les toco el turno a los hermanos de Jamie: las dos hermanas, de tez pálida, acompañadas de sus afables maridos y sus jovencísimas camadas de aspecto más que enfermizo; y por último, el hermano menor, Malcolm, que no sólo parecía débil, sino también malhumorado.
Al aceptar una silla, Richard se sintió más que nunca como un gran depredador que fuera inesperadamente recibido en una habitación atestada de pollos esqueléticos. Decidió ocultar los colmillos y, como era de rigor, aceptó un té para calentarse después del viaje. De inmediato, el tiempo se convirtió en tema de conversación.
—Parece que hay más nieve en el camino —dijo Jamie—. Ha sido una suerte que llegara antes de que empezara la tormenta.
Richard asintió y bebió un sorbo de té.
—Este año es particularmente frío aquí arriba —le informó Mary con nerviosismo—. En las ciudades, Edimburgo y Glasgow, el clima es más suave.
Sus cuñadas convinieron entre dientes de forma inaudible.
Contrariado, Malcolm frunció el ceño y dijo:
—No entiendo por qué no podemos movernos de aquí durante el invierno al igual que nuestros vecinos. Aquí no se puede hacer nada.
Jamie rompió de inmediato el tenso silencio que se produjo.
—¿Le gusta la caza? Hay buenas piezas por aquí. Papá siempre insistía en que la espesura se mantuviera en condiciones.
Con una sonrisa amable, Richard recogió el guante que se le lanzaba y ayudó a Jamie a alejar la conversación de las circunstancias económicas, sin duda difíciles, de aquellas familias. Tras echar un vistazo, confirmó que las levitas y las botas de los caballeros estaban bastante ajadas, incluso remendadas, y que los trajes de las damas distaban mucho de las últimas tendencias de la moda. Las prendas de los más pequeños no ocultaban su condición de heredadas, mientras que la levita bajo la que se encorvaba Malcolm le quedaba demasiado grande, pues en realidad pertenecía a Jamie.
La respuesta a Malcolm era obvia: los hijos de Seamus vivían bajo su helado techo porque no tenían ningún otro sitio adonde ir. Al menos, se dijo Richard, disponían de aquel lugar como refugio, y Seamus debía de haberles dejado el porvenir bien asegurado: no había el menor indicio de pobreza en la casa ni en la servidumbre, ni tampoco en la calidad del té.
Cuando lo terminó, Richard depositó la taza y se preguntó, no por primera vez, dónde estaría escondida su bruja. No había visto rastro de ella ni de su vieja sombra, ni siquiera en las facciones de los demás. La luz de la luna le había mostrado su hermoso rostro, pero el único parecido que compartía con Jamie y sus hermanos era el pelo rojo. Y quizá las pecas.
Las caras de Jamie y Malcolm eran un collage de pecas; sus hermanas apenas les iban a la zaga. El recuerdo que tenía del cutis de la bruja era el de una suavidad inmaculada, a excepción de unas pocas pecas en la nariz respingona. Tendría que comprobarlo la próxima vez que la viera. Sin saber quién era y qué lugar ocupaba en la familia, le sobraba prudencia para mencionar su encuentro con ella o expresar algún interés en cualquiera de los que pudieran estar allí.
Se levantó lánguidamente, lo que provocó un revuelo nervioso entre las damas.
Jamie le imitó de inmediato.
—¿Hay algo que podamos hacer por usted? Quiero decir... ¿necesita algo?
Mientras se esforzaba por dar con el tono justo como cabeza de familia, Jamie resultó de una transparencia tal que agradó a Richard. Le sonrió con desgana.
—No, gracias. Tengo todo lo que necesito.
Excepto a una bruja esquiva.
Con una sonrisa amable y su habitual elegancia, se excusó y salió de la habitación para asearse antes del almuerzo.
No vio a su bruja hasta aquella noche, cuando ésta entró majestuosamente en el salón precedida a pocos pasos por el mayordomo. Cuando el venerable individuo entonó «La cena está servida», Catriona se unió a la concurrencia con una sonrisa distante y serena... hasta que llegó a Richard, que permanecía de pie junto a la silla de Mary.
La sonrisa se esfumó... y un atisbo de aturdimiento ocupó su lugar.
Lentamente, con deliberada intención, Richard le devolvió la sonrisa.
El silencio de Catriona se impuso durante un instante de estremecimiento. Luego Jamie dio un paso adelante.
—Ah, Catriona. Éste es el señor Cynster. Ha sido convocado a la lectura del testamento.
Catriona clavó la mirada en Jamie.
—¿Ah, sí? —El tono expresaba mucho más que una simple pregunta.
Jamie movió los pies y lanzó una mirada de disculpa hacia Richard.
—La primera esposa de papá le dejó un legado. Papá lo retuvo hasta ahora.
Catriona abrió los labios para interrogar a Jamie. Tras acercarse astutamente en silencio, Richard le cogió la mano. Ella dio un respingo e intentó soltarse de un tirón, pero no lo logró:
—Buenas noches, señorita... —Miró a Jamie, pero fue su bruja la que contestó con tono gélido.
—Señorita Hennessy.
Una vez más, trató de que la soltara. Richard la miró a los ojos, esperó a que ella levantara la vista y le alzó la mano con suavidad.
—Es un placer —susurró, y con suma lentitud le rozó los nudillos con los labios... sintiendo el temblor que la recorrió por completo, imposible de ocultar. Richard sonrió—. Encantado, señorita Hennessy.
La mirada que le lanzó habría fulminado a cualquier otro hombre sobre la alfombra Aubusson. Richard se limitó a arquear una ceja con seductora arrogancia, sin soltarle la mano ni dejar de mirarla.
—Señorita Hennessy, es comprensible que Jamie dude en explicarle que la primera esposa de McEnery era mi madre.
Perpleja, Catriona miró a Jamie, que se ruborizó.
—¿Su...? —Por fin lo comprendió. Sus mejillas pálidas se tiñeron de un inconfundible tono rosa cuando volvió a mirar a Richard—. Entiendo.
Para sorpresa de Richard, no hubo el menor atisbo de condena ni consternación en la voz de Catriona... Ni siquiera tiró de la mano para liberarse, como estaba convencido de que ocurriría. Sus dedos permanecieron inmóviles entre las suyas. Los ojos de Catriona buscaron su mirada y luego inclinó la cabeza con fría elegancia, sin duda para demostrar que era sincera y que aceptaba el derecho de Richard a estar presente. Ni un solo detalle sugirió que la hubiera perturbado saber que era un bastardo.
A lo largo de su vida, Richard no se había encontrado con nadie que lo hubiera aceptado con tanta naturalidad.
—Mi padre era... —Jamie se interrumpió y carraspeó—. En realidad, Catriona es mi pupila.
—Ya. —Richard sonrió a la muchacha con cortesía—. Así pues, eso explica su presencia.
Volvió a sorprenderla mirándolo, pero antes de que pudiera responder, Mary se levantó y reclamó el brazo de Jamie.
—¿Querría conducir a Catriona hasta el comedor, señor Cynster?
Mary y Jamie abrieron la comitiva; sin caber en sí de gozo, Richard colocó la mano de la enigmática señorita Hennessey sobre su brazo y la condujo con elegancia tras los pasos de los anfitriones.
Catriona avanzó a su lado, un galeón completamente artillado, con una regia indiferencia que la envolvía como si fuera una capa. Al abandonar el salón, Richard se percató de que también había hecho acto de presencia la anciana, permaneciendo de pie junto a la puerta.
—¿La señora que le acompaña?
Tras un instante de vacilación, Catriona contestó:
—La señorita O’Rourke es mi dama de compañía.
El comedor se abría al otro lado del pasillo profundo y oscuro. Richard condujo su hermosa carga hasta la silla junto a Jamie, en la cabecera de la mesa y, a instancias de éste, se sentó en la silla de enfrente, a la derecha del anfitrión. La habitación era espaciosa, y la mesa, larga; la distancia entre los comensales era suficiente para desalentar a mantener aquellas conversaciones que hubieran quedado pendientes. A pesar del fuego que rugía en el hogar hacía frío, y una sensación de arraigada austeridad flotaba en el ambiente.
—¿Podría pasarme la salsa?
En aquellas circunstancias Richard aprovechó entre plato y plato para satisfacer su curiosidad sobre Seamus McEnery. Analizó la casa, la servidumbre y la familia de Seamus, valiéndose de las opiniones que podían ofrecerle.
Un somero examen de aquella gente a la que acababa de conocer le dijo poco más. Eran, todos y cada uno de ellos, sumisos, afables y retraídos, y la timidez que mostraban resultaba de lo más elocuente sobre Seamus y la manera en que había criado a sus hijos. La señorita O’Rourke tenía una cara interesante, surcada de arrugas e inusitadamente curtida para una señora; Richard no necesitó analizarla durante mucho tiempo para saber que desconfiaba de él sin remisión. El hecho le traía sin cuidado. Por lo general, las damas de compañía de las señoras hermosas desconfiaban de él en el acto. Así pues, sólo quedaba... Catriona Hennessey.
Sin duda era la presencia más interesante de la habitación. Ataviada con un vestido de seda azul lavanda oscuro, llevaba los brillantes rizos —ni dorados ni rojos del todo, sino verdaderamente cobrizos— recogidos en un moño alto, aunque algunos escapaban graciosamente para enmarcarle en fuego la cara; el escote del vestido era lo bastante atrevido como para dar una pista precisa de la munificencia que albergaba; los hombros y los brazos, ligeramente girados, mostraban una piel delicada y pálida. Toda ella era una visión excitante.
Richard la observó atentamente. La cara de Catriona era un óvalo delicado, con la nariz pequeña y recta y una frente amplia y suave. Las cejas y las pestañas, de color castaño claro, enmarcaban unos ojos de un verde radiante, algo que no había podido distinguir a la luz de la luna, aunque recordaba que las pupilas doradas del interior habían brillado de indignación. Estaba seguro de que resplandecerían de furia... y arderían de pasión. El único rasgo que no alcanzaba la perfección era la barbilla que, en opinión de Richard, resultaba demasiado firme, demasiado obstinada. De estatura inferior a la media, era menuda y delgada, pero su tipo, aunque elegante y flexible, no era de chico. Por supuesto que no. Su figura hizo que a Richard le picaran las palmas de las manos.
Hastiado por las naturales exigencias de la conversación educada durante la cena, dejó que su vista se recreara en ella. Sólo cuando les sirvieron los postres, se apoyó en el respaldo de la silla y dejó que sus sentidos sociales evaluaran la situación. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, mientras los demás intercambiaban ocasionales miradas y algún que otro extraño y desganado comentario, nadie lo miraba, ni tampoco a Catriona. De hecho, con la sola excepción de la silenciosa pero acechante y desaprobadora señorita O’Rourke, todos los demás procuraban apartar la mirada, como si temieran atraer la atención de Richard. Sólo Jamie se relacionaba tanto con Catriona como con él, siempre y cuando no quedara más remedio.
Curioso, Richard intentó atraer la mirada de Malcolm y fracasó, pues el joven pareció hundirse aún más en la silla. Luego vio que Catriona levantaba la mirada y escudriñaba la mesa. Todos evitaron su mirada. Imperturbable, Catriona se limpió delicadamente los labios con la servilleta. Richard se concentró en aquellas suaves curvas rosas y recordó su sabor con asombrosa claridad y precisión.
Apartando el recuerdo de su mente, meneó la cabeza con disimulo. Al parecer, la familia de Seamus era de una timidez tan contumaz que se veían obligados a tratarlos, tanto a Catriona como a él, como si fueran animales potencialmente peligrosos, capaces de morder si se les provocaba.
Lo que sin duda decía algo sobre su bruja.
¿Sería realmente una bruja?
De pronto aquel pensamiento dio paso a la pregunta de cómo sería una bruja en la cama. Se hallaba sumido en tales fantasías cuando Jamie carraspeó nerviosamente y se volvió hacia Catriona.
—Mira, Catriona, he estado pensando que, ahora que papá ha muerto y serás mi pupila, en realidad sería mejor... es decir, más adecuado que vinieras a vivir aquí.
Incapaz de tragar el pedazo de pastel que se había llevado a la boca, Catriona se quedó inmóvil. Al cabo de unos segundos, dejó la cuchara y miró directa
