Capítulo 1
«Querido Universo:
Es hora de parar.
Tómate un mojito, haz yoga, adopta un gato, no sé... Lo que sea, pero: DEJA DE COMPLICARME LA VIDA.
Hay muchas ofertas en internet para gente aburrida como tú. Algunas de ellas, por cierto, me encantaría poder hacerlas, en cambio, no dejas de mandarme más trabajo. Sé que un día dije que lo único que me importaba en la vida era mi carrera: estaba enfadada. ¿No sabes perdonar? Fue después de lo de Jaime. ¿Te acuerdas? Creo que tenía motivos para estarlo. Supéralo. No seas rencoroso. Quiero hacer algo más que trabajar en esta vida, y tú, en vez de mandarme de crucero con mi amiga a beber mojitos, me mandas a un retiro de quince días —o mejor debería llamarlo tortura— con mis compañeros de trabajo. ¿A quién se le ocurre eso? Maldito seas».
Con eso en mente, y la sensación de que iba de cabeza a la más terrible de mis experiencias, estaba plantada en la puerta de casa poco después de las cinco de la mañana, esperando un taxi para ir al aeropuerto. Había huelga de metro y el servicio estaba colapsado, pero la compañía me había avisado de que estaba en camino, así que respiré hondo y aguardé.
Minutos después, uno enfiló nuestra calle y se detuvo ante mí.
—¿Ha pedido usted el taxi? —preguntó el conductor tras bajar la ventanilla del copiloto.
Estaba de tan mal humor que casi le suelto un «no, estoy en una calle de Madrid, de madrugada, esperando ver pasar un ovni».
—Sí, señor —dije en cambio.
Se apeó para ayudarme a guardar la maleta y, entretanto, yo iba a tirar de la manilla de una de las puertas traseras cuando alguien más, que se había situado a mi lado a toda prisa, puso la mano sobre ella. Alcé la mirada y me encontré con quien menos esperaba ver en ese momento y lugar: Roi, mi compañero de trabajo.
Nadie me había despertado tantos sentimientos contradictorios como él. En la oficina siempre era callado y no perdía horas de trabajo; era raro verlo distraído o que se dejase engatusar para tomar un café extra. Se pasaba horas sin decir nada, centrado en sus cosas. A veces casi parecía que no respiraba. Solo observaba a su alrededor, de vez en cuando. Me lo imaginaba como en las escenas en las que Iron Man, dentro de su traje, recibe datos y coordenadas: así debía funcionar su mirada. Sin embargo, en los descansos, era muy cercano. Cuando coincidíamos, hablábamos largo rato sobre cosas que teníamos en común, pues también le gustaban los musicales y los libros. Quizá por eso me fastidiaba más sospechar que era él quien estaba robando la información. La última vez que algo se filtró, acabábamos de estar juntos y yo le había hablado de una nueva idea. No podía ser coincidencia. Además, eso de que nos mirase a unos y otros, desde la seguridad de su puesto, sonaba a vigía del enemigo.
—Hola, Elisabeth.
Solo él me llamaba por mi nombre completo. Su voz era preciosa, muy suave. De las que hipnotizan. No obstante, por más bonita que fuera, no iba a dejarme engañar. En ese viaje estaba dispuesta a desenmascararlo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté un tanto seca.
—Vivo en este barrio, ya lo sabes.
Un dato que yo había elegido olvidar.
Debía haberse duchado hacía poco porque desprendía un agradable olor a jabón y a colonia. Ningún perfume caro. Roi era un tío sencillo, educado, encantador y nada presumido. Moreno, de pelo ensortijado y barba bien recortada. Aquel día llevaba vaqueros, camiseta blanca, una pequeña mochila y, colgando del asa de la maleta, muy parecida a la mía, un abrigo negro de paño, de esos de estilo militar.
En el edificio donde trabajábamos había quien tenía puesto el ojo en él, no porque fuera increíblemente guapo, pues no tenía una de esas bellezas destacables, pero era atractivo a su manera y cuando sonreía tenía un halo especial. Su sonrisa podía llegar a ser un arma de destrucción masiva si se lo proponía. Suerte que yo no le hacía mucho caso. Igual que a sus ojos miel, cargados también de un influjo particular.
Bajé la mirada hacia nuestras manos, consciente de que llevaban la una junto a la otra un tiempo prolongado y de que no había sentido deseos de retirar la mía.
—Lo siento. No quería molestarte —dijo él, apartando la suya—. Llevo más de media hora buscando taxi. Con la huelga están saturados.
—No pasa nada.
No era habitual que alguien se disculpara con tanta sinceridad en uno de estos encontronazos y eso me hizo sonreír. Sus ojos y los míos se clavaron los unos en los otros. Durante unos segundos no hubo nada más. Me había pasado antes con él.
Un coche se situó tras el taxi y pitó, reclamando el paso, y nos sacó de esa mirada. Sacudí la cabeza y anclé mi pensamiento a la tierra para que dejara de volar. El taxista nos apremió a tomar una decisión. Puede que estuviera en guerra con Roi, pero hasta en la contienda se tenían gestos de cortesía, así que le ofrecí compartirlo.
—Pasa, por favor. —Retiré la mano.
Él abrió la puerta y me invitó a pasar.
—Tú primero —dijo.
Le di las gracias. La única puerta que me había abierto un tío antes era la de su dormitorio cuando me quería llevar a la cama. Y a veces ni eso.
Entré en el taxi y me acomodé tras el asiento del conductor. Él cerró y, después de que el taxista se hiciera cargo de las maletas, se sentó al otro lado, a cierta distancia de mí.
Poco a poco dejamos atrás las calles del centro para tomar la carretera que nos llevaría a nuestro destino. Aunque traté de mantener la vista en el paisaje al otro lado de la ventanilla, o en el móvil revisando las redes sociales, me fue imposible no dirigirle alguna mirada furtiva. Me puso nerviosa darme cuenta de que, en más de una ocasión, él también me miraba. No dijimos nada, solo nos sonreímos. Abrí el chat con Nerea y le escribí:
«Voy en el taxi con Roi. Socorro».
Seguro que contestaba con una burrada propia de ella. Reí para mis adentros al pensarlo.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él de repente, rompiendo el silencio.
—¿Por qué me preguntas eso? —Lo miré extrañada.
—No te gusta volar. Ni las alturas.
No sabía si sentirme halagada o disgustada porque se acordase de esos detalles.
—Estoy atacada, pero tengo pastillas para relajarme en el vuelo. —Saqué de mi mochila los medicamentos y los agité como si fueran un sonajero—. Magia.
—Esos tumban a un elefante, eh.
—Pues a mí casi no me hacen efecto. —Los guardé—. Tengo que tomarme dos.
—Vigilaré que no te quedes dormida de pie.
La sonrisa de su cara llamó a la mía a manifestarse, por más que me resistí.
—Gracias. Tú... tú me dijiste que sueles leer en los viajes para distraerte, ¿no?
Sobre las piernas había dejado la chaqueta y la mochila. La abrió para sacar un libro que me mostró. Tenía ese aspecto de los ejemplares que han sido usados con cariño. Cuando vi el título me sorprendí. Me encantaba.
—Los miserables, de Víctor Hugo —dije en voz alta.
—¿Lo has leído?
—Varias veces.
—Yo también. —Acarició la cubierta con cariño—. Es uno de mis libros favoritos.
—Y de los míos.
Una sonrisa cómplice, de quien comparte el mismo amor por las cosas, surgió entre nosotros.
—Se nota que lo has leído muchas veces.
—Y alguien más antes que yo. —Me enseñó una primera página, en la que había escrito un nombre y una fecha de hacía más de seis décadas—. Lo compré de segunda mano en La Cuesta de Moyano.
—Me encanta ese sitio.
—Lo sé. Me lo has dicho alguna vez.
Nuestras miradas se encontraron de nuevo, prolongándose curiosas, perdidas en los recuerdos que teníamos de viejas conversaciones. Buscando huir de ese momento tan íntimo, le pregunté si había dormido bien.
«A ti qué te pasa, Eli», sonó una voz en mi cabeza.
—No mucho. Estuve enganchado a ese thriller que me recomendaste hace tiempo.
—No pensé que lo leerías al final.
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—Porque... bueno...
—Porque ya apenas me hablas en la oficina, ¿no?
—Yo...
El sonido de un claxon, tocado con agresividad, me salvó, obligándonos a mirar hacia delante. A causa de la huelga, había más vehículos particulares y el tráfico era denso.
—Espero que no lleguemos tarde —dijo, tras un carraspeo.
El conductor le dijo que no se preocupase y comentaron algo sobre la huelga. Entretanto, abrí el chat con Nerea.
«Hay un atasco tremendo así que igual pierdo el vuelo. Llorando de pena estoy», escribí.
Acompañé el mensaje con un sticker de un extravagante gato sonriendo y miré mi teléfono, nostálgica. Me di cuenta de que pronto tendría que separarme de él. ¿Cómo iba a vivir sin hablar con Nerea? Era una hermana para mí. Necesitaba saber de ella. Por la frustración solté un suspiro que me salió entrecortado. El taxista había dado un volantazo y de no haber llevado puesto el cinturón habría acabado encima de Roi. Mi móvil tuvo peor suerte y voló de las manos hasta caer bajo los asientos.
—¡Desgraciao! —El grito del conductor retumbó en el vehículo—. Será hijo de... ¿Pues no habéis visto que casi se nos echa encima? Tiene uno que andar con mil ojos.
—Por suerte no ha sido nada —dijo Roi con voz reposada.
—Ya, por suerte —resoplé.
Tanteaba a ciegas entre mis pies para buscar el móvil, cuando una luz blanca lo iluminó todo. Roi había encendido la linterna del suyo y apuntaba al suelo. Alcé la cabeza para darle las gracias y encontré su rostro a un palmo del mío. El color de sus ojos, así de cerca y con esa luz, era precioso. Nos escudriñamos con curiosidad hasta que conseguí alejarme de su mirada e incorporarme, móvil en mano. Me dejé caer en el asiento y clavé la vista en el frente, jugando con el teléfono, pasándolo de una mano a otra.
—¿Qué ibas a decirme antes, Elisabeth? —soltó Roi.
A ver cómo esquivaba eso.
—¿Por qué me llamas Elisabeth? —Me crucé de brazos—. Nadie me llama así.
—Una pena, es un nombre muy bonito.
—Y muy largo.
Sacudió la cabeza y se rio.
—¿Qué problema hay con que sea largo?
—Que la gente es muy vaga y prefiere siempre las versiones cortas.
Las luces que nos rodeaban se hicieron más nítidas y enfilamos el carril de la terminal.
—No estoy de acuerdo.
—¿Con que la gente es muy vaga?
—No me refiero a eso. Piensa en las películas: si son buenas, cuanto más largas, mejor.
—El apunte de «si son buenas» es importante, porque si no menudo tostón.
—Tostón —repitió, echándose a reír—. Siempre me ha hecho gracia esa palabra, cada vez que la escucho me imagino una tostada enorme.
Solté una carcajada. Hasta el taxista se rio.
El ambiente se quedó relajado tras su broma y descrucé los brazos. Pareció que fuera a decirme algo; sin embargo, su móvil sonó y tuvo que contestar. A juzgar por la conversación había quedado con alguien en el aeropuerto, que se retrasaba. No parecía ningún compañero.
—Te veo en la cafetería. Te mandaré un mensaje y te diré en cuál. Hasta ahora. —Colgó.
Apenas lo había hecho cuando el taxista detuvo el vehículo en nuestro destino.
—Pago yo —se ofreció Roi, antes de que yo pudiera decir nada.
—Paso mi tarjeta. Paga la empresa. Les pasaré la factura por gastos de viaje.
—Eso puedo hacerlo yo también.
—Queden en casarse si quieren, pero háblenlo fuera, por favor. Tengo prisa.
—Oiga —me quejé, mirando al conductor con cara de pocos amigos.
Roi, en cambio, soltó una carcajada.
—No te pongas tan seria, que era solo una broma.
Tras decir esto, acordó sacar él mismo las maletas y bajó del taxi. Pagué y, cuando abandoné el vehículo, Roi me esperaba con el equipaje, de pie en la acera. Las luces del aeropuerto solían favorecer a muy pocas personas y él era una de ellas. Me irritó.
El taxista tardó menos de dos segundos en arrancar. Guardé la factura en el bolso y tendí la mano para coger mi maleta. Roi insistió en llevarla.
—No, gracias. Igual sales corriendo y me la robas.
—No sé por qué piensas que haría eso, pero... —puso cara de pillo—, ¿llevas algo de valor?
«El vibrador».
—Solo mi ropa.
—Igual no me dan mucho por ella, aunque he visto en un programa que la ropa interior se vende cara en el mercado negro.
—¿En serio? —Alcé las cejas—. ¿Hay gente que paga por las bragas de otra persona?
«¿De verdad estoy hablando de mis bragas con Roi?».
—Bastante.
—No voy a preguntarte en qué clase de programa has visto eso.
—En los programas de aduanas.
—A mi amiga Nerea le encantan. Creía que era la única chalada que los veía.
—Ya ves que no. Disfruto mucho cuando confiscan cosas raras. —Me miró con media sonrisa—. Bien, entonces... adiós.
Hizo amago de echar a correr, fingiendo que me robaba, y se detuvo a unos pasos, dedicándome un gesto divertido. Me reí mientras sacudía la cabeza. La verdad es que había echado de menos estar con él.
Comprobó la hora en su reloj de pulsera y dijo:
—Todavía es pronto, ¿quieres tomar un café?
—Pues...
Era eso o deambular sola por el aeropuerto, presa de los nervios, hasta la hora del vuelo. El dicho reza: «Mejor sola que mal acompañada», pero yo estaba tan tensa que lo último que deseaba era ver pasar los minutos en soledad hasta el tortuoso momento del despegue. Si volar me ponía nerviosa, tener que esperar para hacerlo lo duplicaba.
—Venga, Elisabeth. —Puso cara de pena.
Terminé por asentir. Tenía que tomarme la pastilla para caer en coma en el avión, así que no me vendría mal beber algo para acompañarla. Aunque fuera con Roi.
Capítulo 2
Fuimos hasta una cafetería que empezaba a servir sus primeros desayunos. El olor a café, zumo de naranja y tostadas lo llenaba todo; mi estómago rugió. Sin embargo, sabía por experiencia que no era buena idea comer antes de subir al avión. Todavía recordaba aquel fatídico viaje de vuelta desde Irlanda en el que los scones que comí acabaron encima de Nerea.
Ocupamos una mesa, alejada de la barra, junto a unos grandes maceteros en los que plantas artificiales hacían las veces de separador, pretendiendo dar sensación de intimidad en medio de lo diáfano de la terminal. El lugar, a pesar de lo temprano que era, estaba casi lleno. Roi dejó las maletas a un lado. No había nadie más atendiendo las mesas y la camarera apenas daba abasto tratando de lidiar con las exigencias de clientes poco considerados.
—¿Por qué la gente es tan mal educada? —dijo Roi con disgusto—. Iré a pedir a la barra y lo traeré yo mismo. ¿Quieres de esa cosa que llamas Cola Cao?
Él bebía Nesquik. Habíamos tenido conversaciones afiladas al respecto en los descansos y ninguno cedía reconociendo el gusto del otro.
—Ese manjar de dioses, sí. —Le saqué la lengua—. Y una botella de agua. Gracias.
—¿No quieres comer nada?
Negué con la cabeza de forma apresurada.
—No queremos catástrofes aéreas hoy.
Arrugó la nariz.
—¿Por qué dices eso?
—No es buena idea que coma antes de subir a un avión, créeme. ¿Te ayudo?
—No. Tranquila.
Fue hacia la barra. Lo vi hablar por teléfono de nuevo y detener la conversación unos momentos para pedir las bebidas. De vez en cuando, miraba a un lado y al otro, alzando la cabeza como si buscase a alguien entre la multitud. Dejé de prestarle atención y le mandé un mensaje a Nerea, haciéndome una foto con la caja de pastillas y forzando mi mejor sonrisa.
«Una hora para el vuelo. Socorro».
Sentí algo de frío. No sabía si era por los nervios o por la temperatura del aeropuerto, pero puse una story echándole la culpa a esto último y guardé el móvil, porque Roi ya se acercaba con nuestro pedido. Lo dejó sobre la mesa, sin derramar una gota, y después volvió a la barra a por el agua. Una vez de vuelta, ya sentado, cogió su sobre de Nesquik y lo agitó con brío antes de abrirlo, como si quisiera recordarme que estaba ahí.
—Puag —dije.
—No sabes lo que dices.
Abrí mi sobre de Cola Cao y lo eché en la leche, agitando la cucharilla enérgicamente.
—Se trata de removerlo, Elisabeth, no de hacerle la competencia al acelerador de partículas.
La moví más aprisa todavía. Él puso los ojos en blanco y bebió.
—¿Tú tampoco comes nada? —le pregunté.
—No. Anoche cené demasiado. Estuve con unos amigos.
Di un trago y agarré la caja de pastillas que había dejado sobre la mesa.
—¿Sabes cuántas horas son de vuelo? —le pregunté.
—De aquí a Santiago hay una hora y poco.
Me metí las dos pastillas en la boca y bebí agua.
—¿No es mucho para tan poco tiempo? —Se mostró preocupado.
—Ya te lo he comentado. Si no me tomo dos, no me hace efecto.
—Te pasarás el vuelo, y algo más, durmiendo.
—En coma, espero. Si muero, al menos que sea soñando algo bonito.
—Exagerada —resopló—. El avión es el medio de transporte más seguro.
—He visto episodios de Mayday: catástrofes aéreas que afirman lo contrario.
—Con tanto miedo que le tienes a volar, no deberías ver ese programa.
—Mejor ver uno donde hablan de bragas de segunda mano —bromeé.
—Desde luego.
Me guiñó un ojo y se echó el flequillo hacia atrás. Ese gesto no lo llevaba estudiado. Le salía solo y le quedaba bien, y a mí solía ponerme nerviosa y no en un modo negativo. Evité mirarlo más de la cuenta, bebiendo cacao y fingiendo poner gran interés en el techo.
—No me quiero ni imaginar si alguna vez visitas la Capilla Sixtina...
Casi escupo el cacao de la risa. Bajé la vista hacia él y vi que me miraba con gesto guasón.
—Es un asunto pendiente —le dije.
—También para mí. Italia en general lo es. Salvo Milán, porque tengo allí a un amigo, no conozco más ciudades.
—Yo solo he estado en Roma.
Iba a decirme algo cuando una voz femenina irrumpió entre ambos.
—¡Marín!
«¿Marín? ¿Por qué lo llamaba por su apellido?».
Era una chica bellísima: de rostro dulce, ojos azules y pelo largo hasta más allá de la cintura, muy rubio. Aunque vestía ropa informal, colorida, su estilo era cuidado, bien escogido. Portaba una maleta amarillo mostaza y un maletín de igual color.
Se levantó de un salto y fue a abrazarla. La muchacha se hallaba al otro lado de las macetas y las sorteó como si fueran obstáculos de una yincana. Al encontrarse, se fundieron en un fuerte abrazo. O eran familia o algo más íntimo. Descarté el segundo pensamiento cuando vi que se besaban en las mejillas de forma amistosa. Él le dijo algo en noruego, para mi sorpresa. La cogió de la mano y, cuando llegaron juntos a la mesa, nos presentó.
—Esta es Elisabeth. Ella es Cristina Tønsberg, una vieja amiga y nuestra jefa.
«Lo siento, Nerea. No hay vikingo a lo Ragnar. Aunque te alegraría saber que hay una vikinga al mando».
—Llámame Eli. —Me levanté para saludarla.
Ella me dio un abrazo que pareció sincero. Aparentaba ser de esa clase de personas cercanas y amables por naturaleza.
—Solo voy a ser vuestra jefa durante el viaje. Mi hermano Erik, vuestro jefe de verdad, no ha podido venir al final, y estoy haciéndole el favor —explicó ella. No perdía su acento, pero su español era perfecto—. ¿Me da tiempo a tomar un café?
Roi miró el reloj y asintió. Después le retiró una de las sillas.
—Te traigo uno ahora mismo.
Sin que tuviera que decirle más, él volvió a la barra. Cristina, con gesto afable, dijo:
—Me alegra conocerte por fin. —Miró de reojo a Roi—. Me ha hablado muy bien de ti. Dice que eres una tía genial y la mejor del departamento con los colores.
—Bueno... —me sonrojé más de lo que habría deseado—, se me dan bien.
Volvió a mirarlo de soslayo, de forma enigmática. Su gesto me intrigó. Pensé en sacar el móvil e informar a Nerea, pero no quería ser maleducada y que pareciese que la ignoraba.
—No seas modesta.
