En otra piel

Raquel Gil Espejo

Fragmento

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Prólogo

Desde que su vida, tal y como la conocía, se desmoronara, se rompiera en miles de pedazos hasta quedar reducida a añicos, se tornara soledad y un vacío con los que convivía a diario y de los que no pretendía escapar…, Angie no era nada más que una caricatura desdibujada de la mujer que un día había habitado por debajo de su piel.

Se había acostumbrado a sobrevivir y ni tan siquiera lo hacía por ella misma. Quizá, ese esfuerzo titánico por abrir los ojos, cada mañana, se lo debiera a Alicia Solís, su madre, o a Daniel Castillo, su padre. Ninguno de los dos soportaba la idea de ir perdiendo a su única hija, a la más pequeña de sus tres vástagos. Ser testigos de excepción de su decadencia, ver cómo en su interior anidaba un alma marchita y no poder hacer nada por auparla, por volver a ver en ese rostro demacrado el brillo que antaño lo envolviera, los había sumido en una especie de ensoñación en la que Alicia, especialmente, comenzaba a ahogarse.

Si echaba la vista atrás, Angie podía llegar a acariciar parte de esa felicidad que un día sí sintió. Fue una niña feliz. Siempre recordó su infancia con una bonita curva que arqueaba sus labios. Sin embargo, ya no pensaba en aquel ciclo de su vida. No lo había hecho durante los últimos cinco años. Su etapa en la educación primaria fue un regalo llovido del mismísimo cielo. De esos días de dicha, aún conservaba a Bea, su mejor amiga, esa hermana que no compartía su misma sangre… No, ellas estaban unidas en corazón y en alma. Cuando Angie conoció a Benji, Bea fue la primera persona en saberlo. Sucedió una fría mañana de otoño, en la cafetería de la Universidad Autónoma de Madrid, donde ambos habían comenzado a cursar sus estudios en Derecho.

—¿Te importa si me siento en esta silla?

Angie elevó la mirada y se encontró con un chico alto, de ojos claros, como los suyos, cabello acaracolado y sonrisa endiabladamente hermosa.

—Claro —respondió.

—¿Claro…? —Se quedó algo pensativo—. ¿Te importa o no que me siente?

—Puedes sentarte.

Y, en ese instante, fue ella quien le dedicó una sonrisa que iluminó todo su rostro.

—Por cierto, soy Benji —se presentó al tiempo que ocupaba aquella silla, justo enfrente de ella.

—Yo soy Angélica, pero me puedes llamar Angie —dijo, mirándolo directo a los ojos.

Aquel primer encuentro se fue repitiendo a lo largo de los días, de las semanas, de los meses. Su amor se fue fraguando a fuego lento. Angie tenía la sensación de haberlo estado esperando toda una vida. Con Benji no había complicaciones. Él era esa clase de persona que huía de la confrontación, que siempre veía el vaso medio lleno, que siempre hallaba una solución, que siempre encontraba esa palabra de aliento que la hacía renacer o que le arrancaba una sonrisa cuando de sus ojos brotaban lágrimas. Y el sexo… con él, el sexo era bueno, realmente bueno.

Benji era mejor que ella en todos los aspectos. Así lo pensaba. Así lo sentía.

Una vez finalizada la Universidad, y con veintitrés años de edad, Angie comenzó a trabajar en el bufete de abogados que sus padres habían fundado hacía más de veinte años y que se ubicaba junto a la plaza de Cibeles. Su despacho estaba entre el de Nico y el de Darío, sus hermanos. Nico era el mayor de los hermanos Castillo Solís y, por ese entonces, estaba a escasos días de contraer matrimonio con Lucía, su pareja desde la adolescencia. Darío, por su parte, se catalogaba a sí mismo como un alma libre que rehuía de los compromisos. Ambos sentían adoración por Angie, esa pequeña de cabello castaño y acaracolado que siempre tuvo la mirada más expresiva e inquisitiva de todas cuantas habían contemplado. Los tres hermanos habían heredado la altura de su padre. Las facciones serenas de su madre, así como el color azulado de sus ojos, habían pasado a Angie; mientras que Darío y Nico compartían el matiz marrón de su progenitor, así como el azabache de su cabello.

Cuando Angie presentó a Benji a su familia, este tuvo que soportar que esos dos lo sometieran a un tercer grado del que consiguió salir airoso.

—Ya está bien, niños —les había llamado la atención Alicia en incontables ocasiones mientras que Daniel permanecía expectante.

—¿Niños? ¿Será posible, mamá? —se había lamentado Nico.

—Te guste o no, eres mi niño, Jesús Nicolás —le dejó claro su madre.

—No vuelvas a llamarme así, mamá… ¿En qué demonios estabais pensando para ponerme un nombre tan…?

—¿De telenovela? —se burló su hermana.

—Cállate, Angie.

—Parece una venganza —apostilló Darío.

—Pues a mí… Jesús Nicolás me gusta.

Nico se giró hacia su derecha, lugar que ocupaba Lucía, y la fulminó con la mirada. A Angie se le escapó una sonrisilla, pero fue Darío quien acabó soltando una estridente carcajada. Su risa terminó por contagiar al resto. A todos, menos a Benji, que continuaba hecho un manojo de nervios.

—Si Angie te ha elegido, hijo, cuentas con nuestra bendición —trató de poner algo de cordura Daniel.

—Gracias, señor —titubeó Benji.

—No me llames así, hijo.

—Sí, señor… Digo, sí, suegro… ¿O debería llamarle Daniel, a secas?

Benji buscó la mirada cómplice de Angie. La encontró. Sin embargo, Darío volvió a reír y, con él, lo hicieron los demás, incluyendo a Angie. El propio Benji acabaría esbozando una tímida sonrisa.

Angie era feliz en esos ratos compartidos en familia. También lo era con Benji y con Bea, su mejor amiga. A veces, sentía que era cuanto necesitaba. La vida le había regalado todo o más de lo que pudiera desear a nivel material, pero ella sabía que lo único importante eran las personas.

Benji había rechazado la petición de Daniel. El padre de Angie le había propuesto pasar a formar parte de su plantilla en el bufete familiar. Él se excusó en sus dudas a la hora de mezclar la vida profesional con la sentimental. Fue sincero. Y su negativa se prolongó durante dos años. Al tercero, y tras trabajar para dos bufetes diferentes, se había reunido de nuevo con Daniel Castillo y le había preguntado si aún seguía en pie su propuesta.

—Bienvenido a Castillo & Solís, hijo —había sido la respuesta de Daniel, que le había ofrecido su mano para que él la estrechara.

—¿Y…? —le había preguntado Angie al verlo aparecer por su despacho.

—Pues… ha aceptado —le sonrió Benji.

—¡Eso es maravilloso!

Angie, que sabía la respuesta de antemano, rodeó su mesa, lo miró a los ojos y se abrazó a él. Benji se apartó de ella, y lo hizo para besarla en los labios.

—¿Así va a ser a partir de ahora? ¡Decidme que no! —los interrumpió Darío.

—¿Cuántas veces te he dicho que llames antes de entrar? —Se mostró algo malhumorada Angie.

—No, claro que no… Ha sido la emoción del momento —trató de excusarse Benji.

—No tienes por qué darle explicaciones… Y en cuanto a ti —Angie se dirigió a su hermano—, déjame decirte que voy a besar a mi novio cada vez que me venga en gana, ¿te ha quedado claro?

—Sí, señora.

Darío se llevó la mano derecha a la frente para recrear el saludo militar. Angie puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza. Benji, por su parte, no pudo evitar sonreír ante la ocurrencia de su cuñado.

Benji estaba encantado de formar parte de esa panda tan peculiar. A partir de ese día, también lo haría en el terreno laboral. Pese a sus reticencias iniciales, había acabado aceptando que era su mejor opción; siempre lo había sido. Castillo & Solís Asociados era uno de los bufetes de abogados más prestigiosos no solo de la ciudad, sino del país, y Benji pasaría a ser uno de sus socios más destacados e influyentes.

La devastadora noticia llegaría cuatro años más tarde. La salud de Benji se venía resintiendo en los últimos meses. Él se empeñaba en restarle importancia, pese a la insistencia de Angie para que acudiera a su médico de cabecera, o bien concertara una cita con el seguro privado.

—Lo haré, cariño, pero hoy tengo una reunión importante. —Era la repetitiva respuesta de Benji.

—Siempre me dices lo mismo… ¡No te das cuenta de que tú eres lo único importante! Lo eres para mí. Por favor, Benji, prométeme que no lo dejarás pasar más. —Lo miró suplicante—. ¿Olvidas que en unos meses me convertiré en tu esposa? ¿Y si…?

—¿Y si…? ¡Nada, Angie! Te prometo que iré.

—¿Cuándo será eso?

Angie estaba tumbada en uno de los sofás del salón y su cabeza descansaba sobre las piernas de su prometido.

—En esta semana.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —le respondió Benji antes de besarla en los labios—. Y has de saber, señorita Castillo Solís, que nada ni nadie te librará de convertirte en mi esposa.

Benji se irguió sobre ella y la besó apasionadamente.

—¿Aún no te has enterado de que eres todo cuanto quiero en este mundo? —Angie lo miró con pasión al tiempo que hacía girar el anillo de compromiso que portaba en el dedo anular de su mano derecha.

Tal vez, no hubiese sido demasiado original al elegir la ciudad de París, y más concretamente la Torre Eiffel, para pedirle matrimonio, pero Angie recordaba aquel momento como el más feliz de su vida. Las lágrimas que corrían por sus mejillas no le impidieron darle una respuesta afirmativa, abalanzarse sobre él, rodearle su cuello y besarlo con ese amor tan entregado que siempre le había hecho sentir.

—Lo sé, Angie… Tú también eres mi mundo.

—Y entonces ¿por qué no…?

—Shhhh… Lo haré. Te he dicho que lo voy a hacer.

Y lo hizo. Benji fue sometido a varias pruebas y, un día antes de la fecha fijada para recoger los resultados, recibió una llamada del médico del seguro privado.

—¿Quién era? —quiso saber Angie, que había visto cómo el semblante de Benji se había ensombrecido.

—Tengo que ir a la clínica —dijo con voz ausente.

—¿Ahora? —se sorprendió Angie.

—Sí —fue la escueta respuesta de Benji.

—Voy contigo.

—No sé si…

—He dicho que voy contigo.

Y Benji supo que no podría hacerla cambiar de opinión.

Angie cogió su bolso y, juntos, salieron del despacho, dejando atrás el bufete. Apenas intercambiaron unas palabras en todo el trayecto. Nunca lo había visto tan preocupado. Benji era un hombre vital y optimista. Tal vez, en esa llamada, le habían dicho más de lo que él quiso compartir con ella. A Angie comenzaban a pasársele miles de ideas por la cabeza, a cual de ellas más descabellada. Apretó fuerte la mano de Benji y trató de mantener su mente en blanco.

Apenas tuvieron que esperar unos minutos antes de ser llamados a la consulta. Cada uno de ellos ocupó una de las sillas que había dispuestas frente al doctor Arellano, y Angie siguió apretando muy fuerte la mano de Benji.

Ambos escucharon atentamente todo cuanto el doctor tenía que decir.

—Creo que no lo estoy entendiendo.

Llegó un punto en el que a Angie comenzaron a atropellársele las palabras que aquel hombre trataba de transmitirles.

—Pues yo creo que está muy claro —fue Benji quien decidió intervenir.

—¿Qué es lo que está claro?

Angie no fue capaz de mirarlo a los ojos.

—Me estoy muriendo, Angie.

—No.

—Ya lo has oído.

—Yo no he oído nada.

—Tengo un cáncer terminal.

—No, eso no es verdad. Nunca te he visto enfermo, no hasta ahora, y tampoco te ves tan mal… No es verdad. —Angie no estaba dispuesta a aceptar tan devastador diagnóstico.

—Yo soy la primera persona que desearía que nada de esto fuera cierto —dijo Benji.

—Y no lo es —se atrevió a afirmar Angie.

Benji suspiró muy profundo antes de dirigirse de nuevo al doctor Arellano.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando, doctor? Necesito que sea lo más sincero posible —le pidió.

—Verá, Benji… Hablamos de dos meses, tres a lo sumo.

—No, no, nooooo… Esto no es verdad. Dígame que no es cierto, doctor… Benji, mi amor, todo esto es una broma, ¿verdad? Te estás vengando de mí por todas las ocasiones en las que te he hecho rabiar. Claro, es eso… Ya sabes que en mi familia todos somos unos bromistas y hasta unos tocapelotas, lo acepto. —Angie se detuvo unos instantes y tomó el valor para mirarlo a los ojos. Fue entonces cuando se encontró con el mar de lágrimas que bañaba las mejillas de Benji—. Mi amor, ¿es…?

—Nunca frivolizaría con algo así… Se trata de mí, de mi salud, de mi vida… Me estoy muriendo, Angie —repitió.

Angie gritó con desgarro antes de que él la cubriera con sus brazos. El doctor quiso dejarlos a solas, y ellos lloraron hasta casi desfallecer, y lo hicieron entre las promesas de amor eterno de ella.

La noticia devastó a dos familias: a la de Benji y a la de Angie. Los padres de Benji, que vivían en Valencia, se trasladaron a Madrid; y Lorena, su única hermana, dos años menor que él, decidió instalarse en el apartamento que la pareja compartía en Gran Vía. Angie no tuvo fuerzas para negarse. No aceptaba que el amor de su vida se estuviera consumiendo. ¿Cómo podía hacerlo? Alicia y Daniel trataban de pasar el máximo tiempo posible con ella. También Nico, Lucía, Darío y Bea. Con esta última era con la única persona con la que Angie hallaba algo de consuelo. Bea no le hacía preguntas, saltaba a la vista el estado anímico en el que se encontraba su amiga. Ella se limitaba a abrazarla y a dejarla llorar. Era cuanto Angie necesitaba.

Los dos últimos meses, y por necesidad imperativa, la clínica se convirtió en su hogar. Benji recibió cuidados paliativos, y Angie no se separó de su lado un solo día. Tan solo abandonaba la habitación para ir a su apartamento a ducharse. Entonces, los padres de Benji o su hermana tomaban el relevo. A veces, también lo dejaba a solas con ellos. Angie entendía que eran su familia, y necesitaban despedirse de él.

—Sabes que te amo y que siempre vas a ser el amor de mi vida, ¿verdad? —le susurró Angie al oído.

Como cada noche, se había tumbado a su lado y le acariciaba el cabello. Su aspecto físico lucía demacrado. Había perdido mucho peso y apenas tenía fuerzas para comunicarse.

—Lo sé —le dijo Benji—. Me has hecho el hombre más feliz del mundo.

—Tú me has hecho la mujer más feliz del mundo… Benji, mi amor, ¿quieres ser mi marido?

—Era todo lo que quería.

—¿Ya no lo quieres?

—Me temo que ya no va a ser posible —se hizo entender.

—Quiero casarme contigo, aquí y ahora —insistió Angie—. Necesito saber que lo conseguimos, que cumplimos nuestra promesa, que nuestra unión será para siempre.

—Lo haremos, pero solo… si me prometes algo.

—Pídeme lo que quieras.

—Angie, no te quedarás llorando mi muerte. Eres una mujer joven y muy bonita… —Benji necesitó hacer una pausa—. Tienes toda una vida por delante. Tú…

—No, no me lo pidas.

Angie comenzaba a ahogarse entre lágrimas.

—Es mi último deseo… Necesito marcharme sabiendo que vas a ser feliz. Dime que vas a rehacer tu vida… Dime que te darás una nueva oportunidad en el amor… Lo harás, algún día, cuando estés lista.

—Yo, no…

—Angie, por favor.

Sus ojos se encontraron, y un escalofrío recorrió el cuerpo de Angie.

—Angie… —insistió Benji.

—Está bien, mi amor, te doy mi palabra. —Se vio obligada a complacerlo.

En los labios de Benji se dibujó una última sonrisa, pidió a Angie que lo besara, y cerró sus ojos.

—Benji, cariño… Benji, ¿me escuchas? No, no, noooo… Mi vida, quédate conmigo. Aún no me he convertido en tu mujer… Benji… Benji…

—Señorita Castillo, su novio nos acaba de dejar —le dijo una enfermera que acudió a la habitación alertada por el llanto descarnado de Angie.

—No, no es verdad… Él y yo estábamos llamados a ser eternos… Benji, mi vida, abre los ojos, mírame, por favor, te lo suplico… —Angie se había aferrado a su cuerpo—. Sí, quiero… Quiero ser tu esposa. Sí, quiero… Sí, quiero… Me dijiste que nada ni nadie me libraría de convertirme en tu esposa… ¡Lo prometiste!

—Angie, cariño… Él ya no está —le dijo su madre.

—No es verdad… Abre los ojos, mi vida… Regresa a mí, por favor… Lo prometiste… Lo prometiste.

Alicia consiguió atraerla hacia ella y, poco a poco, la fue apartando de aquella cama y del que era el amor de su vida.

Su madre, al igual que el resto de familiares, esperaba en una sala que habían destinado exclusivamente para ellos, ante el inminente y esperado desenlace. Todos eran conscientes de ello. Todos, menos Angie, quien siempre se había negado a aceptar su pérdida. Benji era el único hombre que había conseguido robarle un corazón que aquella noche se marchó con él.

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Capítulo 1

Cinco años después

Angie no tenía intención de levantarse. Era fin de semana. Sabía lo que le esperaba al otro lado de la puerta de su habitación. Alicia, su madre, se desviviría por agradarla en todo; y Daniel, su padre, la miraría con desaprobación.

***

Angie dejó el apartamento que había compartido con Benji pasado un mes desde su fallecimiento y se trasladó al chalet de Boadilla del Monte, a la casa familiar. Ubicado en la exclusiva urbanización de Montepríncipe, contaba con una superficie edificada que rondaba los dos mil metros cuadrados y ocupaba la parcela casi cinco mil metros cuadrados de extensión. De tres plantas, contaba con amplios espacios, así como con un jardín arbolado, pista de tenis y piscina.

En la planta baja, se disponía un imponente y luminoso hall desde el que nacían unas escaleras en forma de caracol que daban a la planta superior. Esta planta presentaba un espacioso salón, con varios ambientes y salida al jardín, y estaba conectada con un comedor independiente que se comunicaba, a su vez, con una gran cocina con isla central, zona de office y despensa. El resto de la planta se completaba con dos aseos, una amplia sala de estar y una biblioteca.

En cuanto a la planta superior, esta se componía de dos alas diferenciadas a las que se accedía por medio de un amplio recibidor que también daba paso al despacho de Daniel. En una de las alas, se encontraba el dormitorio principal, que compartía el matrimonio Castillo Solís, y que disponía de cuarto de baño propio y vestidor. También se distribuían dos dormitorios tipo suite con el cuarto de baño incorporado. Cuatro suites más se repartían a lo largo y ancho de la otra ala, y contaban, todas ellas, con baño y vestidor. Desde ahí, se daba paso a dos espaciosas terrazas. En la zona del sótano, convivían un salón con chimenea y una bodega, el área destinada a gimnasio, una sauna, un jacuzzi y un amplio garaje en el que bien podían coger la friolera de siete u ocho coches. La vivienda estaba construida con materiales de lujo, entre los que destacaban los suelos de mármol, la madera de pino o la calefacción por suelo radiante. Las tonalidades predominantes eran el blanco y el marrón, mientras que la decoración, a base de materiales de diseño, era minimalista.

Angie no pudo seguir viviendo en el apartamento al que se había mudado a vivir con Benji. No lo soportó. No había un solo rincón que no le recordara a él, y comenzaba a ahogarse. Sus padres la acogieron con los brazos abiertos. Durante el primer año, se obligó a presentarse, puntual, cada mañana, en el bufete de abogados. Pensó que si se mantenía ocupada, su día a día sería más llevadero. Se mentía a sí misma. Lo sabía, pero… ¿qué más podía hacer? Fue en el primer aniversario de la muerte de Benji cuando se vio en la necesidad de apartarse de todo y casi de todos. Dejó el trabajo y se recluyó entre esas cuatro paredes, que abandonaba para bajar al salón y tomar algo de alimento, y lo hacía más por imposición que por voluntad propia. Eran muchas las ocasiones en las que Dori, la asistenta, o la propia Alicia le subían la comida a la habitación. También se la podía ver paseando por el jardín, si el tiempo lo permitía, machacándose en el gimnasio, como terapia para dejar de pensar, o encerrada en la biblioteca, y desde hacía seis meses, cada viernes, abandonaba el hogar de los Castillo Solís para acudir a una protectora de animales. Este último se había convertido en el único lugar en el que encontraba algo de paz.

***

Haciendo un esfuerzo titánico, echó hacia atrás las mantas que la cubrían, se incorporó y posó los pies sobre el suelo. Resopló antes de ponerse en pie. Deambuló por la habitación antes de decidirse a abrir la puerta y comenzar a bajar las escaleras que la llevarían hasta la planta baja. Para su sorpresa, no había nadie en la cocina. Abrió el frigorífico, cogió una caja de leche y se sirvió un vaso. Sus pasos la llevaron hasta uno de los sofás del salón principal. No recordaba haber visto nunca el cuadro que tenía justo enfrente. Tenía motivos florales. A sus padres siempre les había gustado la naturaleza. Fe de ello era la casa de campo que tenían en la sierra y que quedaba a menos de una hora de Boadilla del Monte. Angie se recordó en ella, de pequeña, correteando detrás de sus hermanos, y se le escapó un suspiro. Depositó el vaso en la mesa de cristal y se acomodó en el sofá.

—Cariño, has madrugado mucho… ¿Estás bien?

Alicia se acercó a su hija y la besó en la frente.

—No sé qué hora es, mamá.

—Las siete y media —escuchó decir a su padre.

—Vaya… En ese caso, me vuelvo a la cama.

—Pero…

—Déjala, Alicia, déjala —le dijo Daniel.

Angie era consciente de que la relación con su padre no pasaba por su mejor momento. El desdén con el que su hija había decidido enfrentarse a la vida y la pena que asolaba a su mujer también comenzaban a hacerle mella a él. Sin embargo, una profesión como la suya requería de toda la lucidez del mundo. Intentaba por todos los medios que el bache emocional de su hija, que ya duraba cinco años, no le pasara factura. A veces, no era sencillo. Daniel se había cansado de pedirle a Angie que volviera al bufete. Si decidía hacerlo, habría de ser por ella misma, sin presiones.

Angie, tal y como le había hecho saber a sus progenitores, volvió a tumbarse sobre la cama, cerró los ojos, dejó la mente en blanco y esperó a que el sueño la venciera. Se odiaba a sí misma. No soportaba al ser tan anodino en el que se había convertido, pero tampoco pretendía revertir su situación. Cada noche, antes de dormir, besaba la fotografía de Benji que reposaba sobre su mesita de noche. En el dedo anular de su mano derecha aún conservaba su alianza, y no hacía nada sin antes contárselo a él. Su madre se había acostumbrado a escucharla hablar a solas. Se le partía el corazón cada vez que la oía pronunciar el nombre de Benji. Habían sido muchas las noches en las que Daniel se había visto en la necesidad de apartarla de la puerta de la habitación de su hija.

***

—No sé qué más puedo hacer por ella —se lamentó Alicia tras ver cómo su hija los dejaba a solas.

—Tiene que dejarse ayudar, cariño… Si no, no tenderemos mucho que hacer —trataba de consolarla su marido.

—¿Cuánto puede durar el duelo? —quiso saber Alicia.

—No sé qué responderte. —Fue sincero Daniel.

—Necesita ponerse en manos de una especialista.

—No podemos obligarla a hacer algo que no quiere.

—Lo sé, Daniel, pero han pasado cinco años y no veo que mejore lo más mínimo. No soporto ver cómo se marchita entre esas paredes… Es joven. Nuestra hija tiene toda una vida por delante.

—Tiene que salir de ella, tiene que querer, Alicia… A ti y a mí solo nos queda esperar, quererla con toda nuestra alma y esperar —le había dicho Daniel antes de besarla en los labios, con suavidad, y de dedicarle una triste sonrisa.

—Dime que no has tirado la toalla con nuestra hija. —Lo miró suplicante.

—Nunca, cariño… Pero he de reconocerte que comienzo a desesperarme —le dijo cuanto sentía.

—Prométeme que te armarás de paciencia. Angie nos necesita. Nuestra hija necesita…

—Angie necesita recuperarse a sí misma —la interrumpió Daniel—. Eso es todo.

—¿Crees que lo hará?

—Es todo cuanto debemos creer. —Volvió a sonreírle y, en esa ocasión, sí había un halo de esperanza.

Daniel y Alicia siempre fueron una pareja sólida. Se conocieron en una comida de Navidad que reunió a un nutrido elenco de abogados madrileños. Los presentó un amigo en común. Por ese entonces, el nombre de Daniel ya sonaba con fuerza, mientras que Alicia era una recién llegada al mundo de la abogacía. No habían pasado más de dos años desde ese primer encuentro cuando contrajeron matrimonio y, ocho meses más tarde, Nico llegó a sus vidas. A él, le siguió Darío, tres años menor y, con cuatro años y medio de diferencia respecto a su primogénito, nació Angie. Que todos sus vástagos hubieran seguido sus pasos siempre había sido motivo de orgullo para los dos.

***

El teléfono móvil de Angie estuvo recibiendo llamadas todo el día. A media tarde, y ante la falta de respuestas, Bea decidió personarse en su casa. Se encontró con Darío, quien acostumbraba a dejarse caer por el hogar de sus padres muy a menudo.

—Vaya, grandullón, cuánto tiempo sin verte, ¿has conseguido centrar ya la cabeza? —se burló Bea al verlo caminar hacia ella.

—Vaya, pequeñaja, ¿has aceptado ya que estás loquita por mí? —fue la réplica de Darío.

—Serás pretencioso. —Fingió malestar al tiempo que lo besaba en las mejillas.

—Ya, ya… Seré lo que tú quieras, pero los dos sabemos que te mueres por mis huesos —siguió picándola.

—Más quisieras tú. —Bea cambió el cariz de su rostro—. ¿Dónde está?

—¿Dónde crees?

—En su habitación —afirmó Bea.

—Otro día que pasa encerrada.

—Voy a sacarla de ahí, aunque sea a rastras. —Sonó contundente.

—¿Estás segura? —Se mostró escéptico Darío.

—Ya lo verás.

Bea le guiñó un ojo antes de darle la espalda. La mirada de Darío recaló en su trasero.

Bea era una mujer de armas tomar. Siempre lo había sido. Debajo de esa apariencia frágil, habitaba una personalidad arrolladora. Su metro sesenta y cinco de altura y ese rostro aniñado, en el que convivían en perfecta armonía

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