Prólogo
Cualquiera que haya vivido en un pueblo en el que la ganadería es el medio de vida más común, sabrá lo mal que huele el aire. A mierda. Es posible que haya muchas formas menos agresivas o soeces de decirlo, pero no por ello cambiarían la realidad. Mi pueblo no era diferente. El aire olía a estiércol. Sí, a tierra mojada después de la lluvia también. Y a flores cuando despuntaba la primera. Incluso a frío, si es que eso es posible, en la época de nieve. Pero a orín y a excrementos siempre. Sin importar la época del año. Cómo era posible que los habitantes no muriéramos por asfixia al evitar respirar ese olor solo se explicaba por la costumbre. La costumbre que todos teníamos de vivir rodeados de esos aromas tan naturales. Por eso respirábamos con tranquilidad. En mi caso, además, estaba doblemente vacunada, porque nuestro sustento venía dado por el beneficio que la granja de cerdos familiar nos proporcionaba año tras año.
Sí, en ese ambiente crecí yo. La pequeña de cinco hermanas.
Llegué después de Sandra, el gran disgusto de mis padres, según dicen, pues confiaban en que ella fuera él. Nunca me lo confirmaron, pero podría apostar las dos manos sin miedo a perderlas a que ni se molestaron en preguntarse cuál sería mi sexo. Tan habituados estaban ya a que las féminas ocuparan el entorno familiar. Y es que aquello, según mi padre, era una «maldita maldición». Sí, doble. Nadie intentó decirle ninguna vez que la expresión era redundante. Y dudo que lo entendiera, además. Él solo pedía un varón y el cielo solo le mandaba hembras. Otra de sus frases. Quizá por eso, por representar un nuevo disgusto para ellos, pasé mi infancia entre dos mundos: el de los cerdos y el de mi hermana Sandra. La mierda y la gloria, como le gustaba a ella describirlos. ¿Cuál era la vida a la que mi hermana huía después de ayudar en la granja? Tanto hubiera dado que esta abarcase el oro y el moro o que consistiera en deslomarse cavando un huerto. Cualquier cosa era mejor que hundirse hasta la rodilla en montañas de mierda porcina. Pero en este caso, era la gloria de verdad.
A Sandra le apasionaban las estrellas, la luna, el universo y las historias del alma. Y ahí me arrastraba cada noche después de cenar. Y a nadie le importaba. Mi padre no tenía quien lo ayudase como él consideraba en condiciones y mi madre y mis tres hermanas mayores ya eran demasiadas personas recogiendo la cocina. Gracias a eso, daba igual dónde estuviéramos Sandra y yo a la hora de dormir. Al final, no nos consideraban más que un estorbo cuando habíamos acabado nuestras tareas. Y así fue como ella y yo nos hicimos inseparables. Dos hadas entre los puercos, eso decía ella, leyendo e inventando historias. O inventando historias y leyendo, porque los libros eran nuestra pasión.
Y todo iba de maravilla, hasta el año en el que tuvo que marcharse a estudiar fuera del pueblo. El instituto quedaba bien lejos y por eso volvía solo los fines de semana. Al principio yo lo llevaba bien, no me costaba centrarme en las tareas escolares por la mañana y en la granja por las tardes; además, le había prometido a Sandra que durante las noches inventaría historias que compartiría con ella cuando volviera los viernes. Pero, con el tiempo, la imaginación dejó de ser suficiente para mí y la alegría de verla se transformaba en angustia al pensar que pronto volvería a marcharse. Sin embargo, como la vida sigue, continué creciendo, abrieron un instituto más cerca del pueblo y, como resultado, acabé pasando más tiempo entre los cerdos, ¡quién lo hubiera creído!, y terminé resultando una ayuda inestimable para mi padre. Y, por qué no decirlo, encontré en estos apestosos animales más inspiración que en las estrellas, o que en aquel libro que Sandra me regaló un año, comprado en una feria del libro, al que, según ella, podría preguntar sobre mi futuro…
Al contar yo con dieciséis años, Sandra abandonó definitivamente el pueblo y se marchó a Guadalajara a estudiar Psicología. Y, aunque nunca dejamos de estar en contacto y de pasar siempre un mínimo de una hora al teléfono cada día, mi mundo se fue ampliando. Tanto, que le puse nombre propio: Rubén. Sin embargo, con el paso de los años, acabó convirtiéndose en la borrasca que desbarató mi vida al principio… y al final.
Capítulo 1
—¡Bárbara! Jacinta está a punto de parir. ¿Dónde demonios te has metido?
Corría como loca por la nave, tratando de no derramar el agua con la que lavaría a la cerda. El viejo veterinario que nos asistía en este tipo de ocasiones había sufrido un accidente en el quad con el que se trasladaba de un pueblo a otro, y no se le había ocurrido otra cosa que decirle a mi padre que yo podía encargarme del parto. ¡Yo! No es que no me sintiera capaz, pero me habría gustado que mi primera vez hubiera sido con ayuda. Sin embargo, ahí estaba, cumpliendo escrupulosamente con las indicaciones que el hombre me había dado por teléfono y rezando al universo para que no me dejara sola en ese momento. La noche anterior había hablado con mi hermana Sandra. Ella siempre lograba infundirme valor.
—Linda, sabes tan bien como yo que estás hecha para esto.
—¿Para ayudar a traer cerdos al mundo? No sé si eso encaja de alguna manera en mi visión de futuro.
—No, corazón, para comunicarte con ellos, con todos los animales en general. Siempre se te han da
