Prólogo
Marzo de 1321
El viento del norte venía a buscarme; mis cabellos se mecían por las ráfagas de aire frío. Mi mirada se centró en las oscuras aguas del océano Atlántico; el pánico comenzó a apoderarse de mí al ver las grandes olas que se formaban por el temporal y avanzaban hasta el barco. Sí, sentía miedo porque siempre había temido navegar. Yo, la mujer valiente que no dudó en enfrentarse al highlander más sangriento y diabólico de las Tierras Altas, Kyan Keith, ahora sentía terror de ser arrastrada por el oleaje hasta el fondo del mar.
—¡Edine, refúgiate en el camarote! —gritó Paul, mi fiel lacayo.
Paul nunca me abandonó y siempre me protegió, tal y como prometió a mi madre. Juró entregar su vida por mí, por la hija de su señora.
—¡Por favor! —me rogó.
Lo miré con lágrimas en los ojos; no podía apartarme de allí y él lo sabía. Deseaba que mi vida acabara, ya nada tenía sentido, ni siquiera huir a Irlanda para ocultarme de él.
—¡Te lo suplico! Todo va a salir bien, créeme, yo estoy aquí para que así sea.
—Lo sé. Gracias, Paul. Dame unos segundos más y me reúno contigo—. Él, obediente, asintió.
Lo seguí con la mirada hasta que se metió en la estancia del capitán del barco. Suspiré y observé mi anillo, su anillo, el que me hacía suya, el que me identificaba de su propiedad; una alianza de acero con sus palabras grabadas, en gaélico, que él mandó forjar bajo el fuego: «gealladh gràidh», promesa de amor: ese era su significado. La misma frase que estaba escrita en su estandarte, esas dos palabras que identificaban al clan Keith. Un símbolo de su poder que fue hecho con la medida exacta de mi dedo para que nunca pudiese quitármelo. ¿Su crueldad llegó hasta ese punto para que siempre lo tuviese presente?
Suspiré, debía sentirme libre, aliviada de haber podido huir de él, de mi gran enemigo, del hombre frío y cruel que se adueñó de mi corazón, pero… no me sentía bien conmigo misma. ¿Por qué estaba triste? A pesar de todo lo vivido…, un pensamiento rondaba por mi mente: «había cometido un gran error al alejarme de él». ¿Por qué sentía que estaba enamorada del mismísimo diablo disfrazado de Kyan Keith? ¿Cómo permití que ocurriera? ¿Quizás había llegado hasta su alma? ¿Podría ser que hubiera descubierto al hombre valiente, bueno, cariñoso que había bajo esa coraza fría y cruel? Quería pensar que había tomado la mejor decisión, intuía que huir de él era mi salvación, pero…, también era consciente de que jamás podría olvidarlo. Vinieron por capricho a mi mente las palabras de Margaret, su hermana: «Solo aceptas lo que los demás te muestran. Sigue a tu corazón, solo en él encontrarás la verdad». Nunca entendí la razón de su comentario. Mi verdad…, pensé, la única verdad era que Kyan me había secuestrado, me había obligado a ser su esposa, y después destruyó mi mundo y todo lo que yo amaba.
Recordaba cada detalle de aquella noche cálida de julio de 1320, donde mi vida cambió para siempre: «escuché gritos, sentí pánico al ver las llamas en las caballerizas. Bajé hacia la sala donde mi padre se reunía con sus esbirros y ahí fue donde lo vi: extraía su espada con lentitud del corazón de mi progenitor, lo había asesinado. Se giró al irrumpir yo en la estancia; su expresión era fría y sus pupilas estaban encendidas de odio, sentí la oscuridad de su alma, no podía apartar mi mirada de él y del cuerpo sin vida de mi padre. Di pasos lentos hacia la puerta de salida, tropecé con un libro de tapas doradas que había en el suelo, deseé cogerlo, alguna vez vi a mi padre con este entre sus manos, pero no podía entretenerme ni un segundo más en ese lugar. Hui de allí, Paul me esperaba, corrí hacia las cuadras, entre llamas y cuerpos sin vida, monté en mi caballo y escapé de mi hogar». ¡Ingenua de mí!, en aquel momento pensaba que podía escapar de él, pero nadie puede ocultarse del Diablo…
Una ola tambaleó el barco, caí al suelo y sentí cómo el agua me mojaba al completo. Me golpeé la cabeza al derrumbarme, estaba mareada. Mantuve la mirada fija en el oscuro cielo, podía ver su rostro allí reflejado, estaba por todas partes; sabía que su presencia siempre me perseguiría, nunca podría apartarlo de mis pensamientos. Al poco me quedé inconsciente. Cuando estás en ese estado de paz nadie puede controlar las imágenes que muestra tu mente, así que volé hacia un momento de mi adolescencia que yo misma había olvidado: «corría por el prado, mi madre me seguía entre risas y súplicas para que me parase. Ella no me detuvo, pero sí la figura, en la lejanía, de mi tío Dark; se acercaba hacia nosotras; no estaba solo, a su lado había una joven rubia, muy bonita, sería dos años mayor que yo; junto a ellos también había un muchacho más pequeño que ella, pelirrojo. La joven me observaba con interés, sus grandes ojos azules escrutaban cada parte de mi ser. Me fijé en que ambos tenían el mismo colgante que asomaba por encima de sus ropas, una piedra circular de color anaranjado con un sol del que salían tres rayos y que resplandecía cuando un rayo de luz lo atravesaba». Ese recuerdo dio paso a otro: «Estaba con mi madre, me hablaba mientras me mostraba su anillo con el diamante azul que tanto había observado en mis encuentros con ella. Estaba preocupada, pero no lograba entender lo que me decía».
Capítulo 1
Edine
Julio de 1320
Mi caballo cabalgaba con rapidez, Paul me seguía. El corazón me latía con celeridad mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas: «no podía olvidar la mirada fría del highlander mientras extraía con lentitud la espada clavada en el corazón de mi padre». ¿Por qué lo había hecho? Mi progenitor nunca me había comentado que tuviera enemigos. ¿Quién era ese hombre?
Estábamos cerca del bosque de las brujas, como yo lo llamaba; mi madre siempre me había contado historias acerca de este lugar, todas siniestras. A ella le encantaba relatar leyendas de los bosques de las Highland. Lo que me fascinaba de la zona eran los campos de brezo blanco y los frondosos árboles alrededor del camino pedregoso. La mayoría de las veces, por la humedad del lugar, se creaba una niebla espesa que impedía ver con claridad el curso del camino.
En mitad de la senda encontramos una rama de un árbol, gruesa, de grandes dimensiones; mi caballo se asustó y se detuvo con brusquedad haciéndome caer al suelo, sentí un gran dolor en mis posaderas y mi tobillo izquierdo. Estaba segura que me lo había torcido.
—¡Por el amor de Dios! —exhortó Paul. Enseguida lo encontré de cuclillas, a mi lado, analizando con detalle cada uno de mis huesos—. ¡Edine, ibas muy deprisa!
—No quiero que nos alcancen.
—No lo harán. —Paul siempre era optimista —. Debemos descansar aquí esta noche, estamos bastante lejos del castillo y en el bosque es más difícil que nos localicen. Nos apartaremos del camino principal. No puedes forzar ese tobillo, intuyo que mañana estará muy inflamado.
—¡No, debemos continuar!
—Lamento contradecirte en esta ocasión, debes reposar. Intentaré buscar consuelda en la orilla del río para que no se inflame mucho.
Accedí, sabía que tenía razón, extendió mi tartán sobre el suelo húmedo y me senté observando cómo ataba a los caballos a uno de los troncos de los árboles de alrededor y después, con rapidez, se acercó a la ribera del río para encontrar la hierba medicinal. Pasados unos minutos lo vi aparecer con varias hojas frescas de dicha planta, la mojó con agua y la empezó a machacar con una piedra; yo arranqué tela de la parte baja de mi vestido para que pudiera hacer un vendaje. Paul colocó la cataplasma sobre mi tobillo y después lo rodeó con la tira de ropa para evitar que se desplazase el mejunje medicinal. Transcurridos unos segundos cogió unas ramas del suelo y las colocó cerca de mí, se puso de cuclillas y empezó a golpear con fuerza dos piedras hasta que apareció una pequeña llama, creando así una fogata que nos mantendría calientes gran parte de la noche.
A pesar de que estábamos en pleno mes de julio las noches eran frías y húmedas, y más en un bosque donde la espesa niebla apenas dejaba traspasar los rayos de luz durante el día. Una vez que Paul se cercioró de que no pasaría frío, se marchó hasta el río y, pasados unos minutos, lo vi aparecer con un pez entre sus manos; lo puso sobre las llamas y una vez cocinado, comimos.
—¿Has hecho esto alguna vez? —pregunté.
—¿El qué?
—Pescar.
—Sí. Cuando era niño acompañaba a mi padre.
—Nunca me has hablado de tu infancia, Paul. — Él sonrió.
—Nunca me preguntaste.
—Háblame de ello.
—Mi madre murió cuando yo era pequeño, no tengo ningún recuerdo de ella.
—Lo siento mucho, Paul.
—Mi padre fue mi maestro en todo. Nos quedamos solos, él trabajaba las tierras y me enseñaba a cómo cultivar y cuidar el grano, a pescar…, a sobrevivir. Éramos felices. —Permaneció en silencio, tenía su mirada fija en las llamas —. Hasta que lo asesinaron.
—¿Qué ocurrió?
—Tenía catorce años, mi padre estaba nervioso porque los esbirros de su señor irían esa mañana a recoger parte de la cosecha por el arriendo de sus tierras y su protección. Mi padre nunca permitió que me vieran, cuando los soldados aparecían me obligaba a esconderme en la arboleda cercana a nuestra casa. Yo me ocultaba entre los arbustos desde donde podía observar todo lo que ocurría sin ser visto. Mi progenitor siempre me decía que no saliese de mi escondite hasta que los soldados se hubiesen alejado. Ese día él no tenía nada que darles, la cosecha había sido escasa debido a las nieves y heladas del invierno. Lo poco que había dado fruto era lo único que teníamos para comer y poder sobrevivir, así que mi progenitor lo escondió. Vi a mi padre suplicar a esos hombres, ellos se iban a marchar confiando en las explicaciones de él, pero algo los hizo cambiar de idea y registraron toda nuestra casa. —Guardó silencio.
—¿Y qué pasó?
—Encontraron los sacos que él había escondido y lo mataron. Lo vi todo… Ese recuerdo nunca podré olvidarlo.
—Lo siento mucho, Paul. ¿Hicieron justicia por la muerte de tu padre?
—No, a los pobres nunca se les hace justicia, Edine.
—Pues no debería ser así —respondí.
—En eso tienes razón. Cuando todo esto ocurrió me adentré en los bosques, ese era mi hogar hasta que un día tu madre se cruzó en mi camino y cambió mi vida. La vi asustada, corría a mucha velocidad porque la perseguía un jabalí; lo maté. Tu abuelo, agradecido, me llevó con ellos y desde ese día me convertí en el protector y sombra de Lid. —Me sorprendí al escucharlo decir su nombre.
—¡Mamá nunca me lo contó!
—Lo sé, fue algo del pasado sin interés para una niña traviesa como tú. Bueno…, ya está bien de relatar historias, tienes que descansar.
—¿Sabes, Paul? Me alegro que se cruzase ese día mi madre en tu camino. Tú sabes que eres muy importante para mí, has sido como un padre.
—Y yo siempre te he considerado como una hija. ¡Ahora, a descansar!
¿Por qué mi madre nunca me contó esa hazaña? Hablábamos mucho de todo, ella me relataba anécdotas de su infancia, y siempre Paul estaba con nosotras y participaba en las historias que ella describía con agrado. Adoraba a mi madre, su muerte me hundió en una gran tristeza y Paul fue el único que estuvo conmigo, consolándome y enjugando mis lágrimas. Mi padre se ausentaba con asiduidad del hogar y cuando regresaba al castillo nunca tenía tiempo para mí y tampoco para mi madre. La mayoría de las veces, estaba reunido con jefes de otros clanes. «Sí, en realidad Paul había sido como un padre para mí», pensé. Me quedé dormida.
La imagen de mi padre, muerto, me venía en sueños; tuve una noche agitada y con pesadillas. Unos ruidos me despertaron, abrí los ojos: había amanecido; observé que Paul estaba amordazado, mirándome con intensidad sin apartar sus pupilas de mi cuerpo tumbado en el suelo. Enseguida me percaté de quién era el artífice de todo aquello: allí estaba ese hombre, aquel que había asesinado a mi progenitor. La misma mirada fría y de odio. Por instinto oculté mi rostro con el tartán de mi padre, escuché las carcajadas de sus guerreros, esperé unos minutos y bajé con lentitud la tela descubriendo solo mis ojos. Ingenua de mí, pensé que así ese bárbaro desaparecería, que era un mal sueño y podría volatilizarse; pero no, era real a pesar de que me resistiera a creerlo.
—¡Aléjate de mí, asesino! —grité.
Él permanecía inmóvil. Intenté incorporarme, pero el dolor en el tobillo me hizo recordar que se me había torcido. Rodeé mi cuerpo con el tartán, hacía frío y permanecí sentada. El highlander se percató enseguida de lo que me pasaba y fijó su mirada sobre mi pie. Era muy alto y fuerte, a su lado cualquiera parecía insignificante. Estaba llena de rabia y resentimiento hacia el hombre que estaba de pie, frente a mí. Sin mediar palabra clavó sus rodillas sobre el suelo húmedo y estiró su mano con la intención de sujetarlo.
—¡No se atreva a hacerlo! —Me miró, sus ojos verdes, del color de la esmeralda, estaban fijos en los míos.
—¡Nadie me da órdenes y menos una mujer!
—¿Por qué mató a mi padre? ¿Qué es lo que quiere de mí? —No me respondió.
Rodeó mi cintura y me cogió en brazos. Protesté y lo aporreé con mis puños para que me dejase en el suelo, pero era una batalla perdida, mis golpes no le hacían un ápice de daño, ni siquiera lo molestaban, mientras que a mis manos no le producían ningún beneficio ya que era como hostigar un muro.
—¿Qué es lo que pretende? —volví a preguntarle.
Me subió a mi caballo, sin responder. Miré hacia atrás y vi que Paul también estaba sobre el suyo, aunque a él lo tenían amordazado y uno de los hombres de ese salvaje sujetaba las riendas de su animal. Lo vi dar órdenes a sus esbirros, me dirigió una mirada dura mientras hablaba con ellos, y yo no pude controlar el no protestar ante el guerrero que odiaba.
—¡Le aseguro que cuando Eduardo I descubra todo lo ocurrido lo degollará!
Se hizo un silencio entre todos sus soldados, él avanzó con su caballo hacia mí, con lentitud, podía ver la tensión de su rictus.
—¿Acaso piensa que su padre era amigo del rey inglés? Si usted fuese un hombre le aseguro que, por su comentario, recibiría un castigo en este mismo instante.
Fueron cinco segundos los que me escrutó con frialdad; llegué a pensar que me mataría, pero se giró con brusquedad y comenzó a cabalgar. Quitaron la mordaza a Paul y le dieron las riendas de su caballo. Sus guerreros nos rodearon e iniciamos la marcha, en silencio, siguiendo al jefe de los bárbaros.
***
El tobillo me dolía, podía sentir la hinchazón; llevábamos horas galopando y creí que me iba a desmayar. La tristeza por la muerte de mi padre y nuestra captura por el highlander me estaban destruyendo por dentro. Mi vida había dado un giro completo y ahora no sabía lo que pasaría conmigo. Alguien descubriría todo lo sucedido, pensé, sí, mi tío Dark Buchanan lo averiguaría y daría con nosotros. No es que apreciase a mi tío, siempre había envidiado a mi padre y a mí me aborrecía, pero sabía que intentaría vengar la muerte de su hermano y el secuestro de su sobrina. Dark era un ser despreciable, intuía que tenía dos hijos bastardos y, que a ambos, los había reconocido como hijos suyos; la madre de ellos era una desconocida para mi madre y para mí, se rumoreaba que fue su amante durante mucho tiempo, que su esposo era un líder de uno de los clanes más fuertes de Escocia y que Dark lo mató; pero solo eran rumores, nunca se supo la verdad sobre su pasado oscuro. Mi padre trató de ocultarlo y mi madre temía tanto a mi tío que evitaba hablar de él y encontrarse con este cara a cara.
Se me empezaba a nublar la vista, estaba desfallecida, miré a Paul, sabía que él estaba sufriendo por mí.
—Por favor, tenemos que detenernos, mi señora está a punto de desmayarse —gritó mi lacayo.
Nadie hizo caso a su súplica.
—¡Por favor, señor, se lo ruego!
—¡No! —dijo con rotundidad el escocés. Paul ya no se atrevió a hablar más, pero yo sabía que estaba muy preocupado por mí.
Tenía claro una cosa, no iba rebajarme ni a suplicarle que se detuviera; sabía que estaba agotada y no aguantaría mucho sin derrumbarme, pero debía ser fuerte y mantenerme firme ante el asesino de mi padre.
Salimos del bosque y por fin hubo un foco de claridad. Respiré en profundidad, necesitaba descansar y por fin lo hicimos. Detuvieron los caballos cerca de la ribera de un riachuelo. Paul me ayudó a extender mi tartán y me senté, miró mi tobillo, estaba muy inflamado.
—El ir montada a caballo no ayuda a que baje la hinchazón —dijo.
—¿Qué crees que quiere de nosotros, Paul? —Él estaba centrado en mi tobillo —. ¿Por qué mataría a mi padre?
—No lo sé. Oí hablar de él, del escocés que porta los colores rojos y azules en su tartán, el mismo que lleva una cicatriz en su hombro derecho. —Era él, exponía su hombro como si fuese un orgullo tener esa herida de guerra.
—¿Y qué es lo que escuchaste?
—En una de las visitas de Dark, escuché una conversación entre dos de sus soldados que hablaban del escocés con la cicatriz en forma de cruz, como la de él; de aquel que porta los colores rojo y azul y tiene una mirada despiadada. Se referían a él como el Diablo. Decían que era un asesino sin corazón, que tu tío lo temía porque sabía que había jurado matarlo y acabar con todos los miembros del Círculo …
—¿El Círculo? ¿A qué se referían? —Paul levantó la mirada.
—No lo sé.
—¡Qué extraño! —Se acercaba hacia nosotros uno de los guerreros del Diablo.
—¡Comed! —Extendió su mano para ofrecernos pan y tocino.
Paul cogió su parte, pero yo la rechacé.
—No tengo apetito, gracias.
Su esbirro me miró serio y se dirigió a su jefe a quien comunicó mi negativa. Vi cómo se levantaba del círculo de hombres alrededor de la hoguera y observé, sin apartar mi vista de él, como avanzaba hacia donde yo estaba.
—¡Come! —ordenó dándome el pan y el tocino.
—No voy a tomar nada que venga del asesino de mi padre.
—¡Come! —repitió mirándome con frialdad. Dejó los alimentos a mis pies y se marchó.
—Es mejor que tomes algo, Edine, piensa que si no lo haces no aguantarás el viaje y necesitas estar fuerte para vengar la muerte de tu padre. —Sabía que tenía razón, necesitaba reponerme.
El descanso fue breve, Paul iba a ayudar a levantarme, pero fue el líder del clan el que se acercó a nosotros y me cogió en brazos, sin mediar palabra alguna, hasta subirme al caballo.
—¿Me dirá, al menos, adónde nos lleva?
—A mis tierras.
Capítulo 2
Kyan
Sabía lo que tenía que hacer, aunque no iba ser fácil. Ella era rebelde y estaba llena de odio hacia mí; lo podía entender pues me encontró junto al cuerpo muerto de su padre y había dado por hecho que yo era su asesino, algo que no estaba dispuesto a desmentir, al menos por el momento. No podía confiar en una mujer y menos en aquella joven impulsiva, orgullosa y… ¡qué no me temía! ¿Cómo podía ser que una mujer como ella, con apariencia frágil y delicada, no me tuviera miedo? Todo guerrero inglés o escocés temblaba ante mi presencia, de ahí que me conociesen como el Diablo, pero ella…, era diferente; su mirada era de odio no de miedo y, en el fondo, eso me gustaba, tenía que admitirlo.
Nos habíamos detenido un poco antes de llegar a mis tierras, las del clan Keith; no podía regresar a mi hogar sin que la mujer Buchanan fuese mi esposa, sabía que mi gente se haría preguntas y de esta manera nadie cuestionaría mi decisión, ni siquiera Margaret podría poner ninguna objeción, aunque sabía que mi hermana se enfadaría por no haberla avisado de que otra mujer ocuparía el castillo.
Me giré para observar a Edine mientras no me veía. Nunca me agradó la idea de casarme, pero William Lamberton, obispo de Saint Andrews, había sido claro en sus palabras: «debes casarte con la hija de Antel Buchanan, él lo desea también. Los intereses de Escocia tienen que estar por encima de los tuyos. Bruce fue coronado en marzo como rey de nuestras tierras y, sabes qué desde entonces, Eduardo I busca venganza por la muerte de su aliado Comyn y la traición de Robert Bruce. Desean la muerte de Antel Buchanan…, y ahora el objetivo no es solo él, sino su hija también. Ya intuyes el porqué: Dark Buchanan está detrás de todo esto y si no te casas con ella él lo hará y será el dueño del diamante azul. Si este cae en manos de Dark…, el Círculo será invencible y utilizará su poder para extender el mal y hacerse con el dominio de nuestras Highlands». Fueron las últimas palabras que me dijo William Lamberton antes de que partiese hacia Roma, sin saber entonces que Antel Buchanan moriría unos días después.
«¡El diamante azul! Esa piedra maldita era la causante de todas las desgracias de mi familia». Brike interrumpió mis pensamientos.
—¡Está aquí! —dijo.
—¡Tráela! —ordené.
Sidon y Moler, mis fieles esbirros, se pusieron detrás de mí; Brike se acercó a Edine. Ella se resistía.
—¿Qué es lo que quiere ahora? —Sonaba su voz preocupada. Brike la colocó a mi lado. Mis hombres hicieron un semicírculo entorno a los dos.
—Mi comandante, el padre Peter también está aquí —espetó Moler.
Enseguida lo vi. Quería a ese sacerdote que apenas podía andar con su prominente barriga. El padre Peter me miraba con gesto de enfado, sabía que Moler lo había informado e intuía que no era de su agrado y estaría en desacuerdo con mi forma de actuar. Era al único que lo permitía llevarme la contraria. Él me había cuidado desde que mataron a mis padres y lo quería como tal.
—¿Qué es lo que pasa aquí, Kyan? —protestó.
—Creo que ya lo sabe, padre. —Edine analizaba la escena con desconfianza.
—Sí, lo sé, y no lo entiendo ni lo acepto.
—Me lo imaginaba. —Me aproximé a él y le susurré al oído —. Pero ya sabe lo que tiene que hacer.
El sacerdote observó a Edine y se acercó a ella.
—Hija mía, soy el padre Peter. ¿Eres consciente de lo que va a suceder hoy aquí?
—No lo sé, padre. —Peter me miró con reprobación.
—¡Empiece ya! —ordené.
Mis hombres cerraron más el círculo y el sacerdote se vio forzado a iniciar la ceremonia. Envolví la mano de Edine con la mía y la aproximé a mí, ella se resistió, pero poco podía hacer.
—¿Qué es lo que ocurre? —espetó.
—Te vas a casar conmigo.
—¿Qué? ¡Nunca! No puede forzarme a hacerlo.
—Sí, ya lo creo que puedo.
—¡Te odio!
—¡Padre! —Me estaba impacientando. Sentía la desaprobación del sacerdote.
Cogí mi tartán y con una de sus esquinas envolví nuestras manos. Ella me observaba con expresión de terror en sus ojos. Podía imaginar lo que estaría pensando y sus sentimientos en ese momento hacia mí, pero todo era por su bien y el de Escocia.
—¡No puedo casarme! —gemía.
—¿Por qué? —respondí.
—¡Usted asesinó a mi padre! ¡Siempre lo odiaré!
—No me importa que me odies, todo el mundo lo hace. ¡Padre! —insistí para que diera comienzo con la ceremonia.
El sacerdote observó, aterrorizado, la escena.
—¡Breve! Y ya sabe a lo que me refiero con breve… — susurré al oído del padre.
—Kyan Keith y…
—Edine Buchanan —respondí por ella.
—Y Edine Buchanan. —Peter colocó sus manos sobre la tela de mi tartán que envolvía las nuestras—. Por el poder que Dios me ha otorgado yo…—Lo miré con impaciencia y él continuó—, os uno en matrimonio. A partir de ahora tú, Edine Buchanan, pasarás a ser Edine Keith, velarás por tu esposo y vuestra descendencia. Y tú, Kyan Keith, protegerás a tu esposa y cuidarás por su bienestar y la de tus herederos…, y te encargarás de que sea feliz—musitó en mi oído—. Edine Buchanan este es tu esposo. Kyan Keith, ella es tu esposa. Ya sois marido y mujer —dicho esto se apartó, malhumorado.
—¡Hecho, nos vamos! — Ordené.
Desenvolví mi tartán de su mano y la observé, vi lágrimas en sus ojos y sentí la necesidad de retirarlas de su mejilla, pero no lo hice, cualquier muestra de compasión me hacía vulnerable y eso era algo con lo que había luchado hacía mucho tiempo. Prefería que me odiase a que apreciase caridad en mí.
—¡Te odio, Kyan Keith! —se alejó a los brazos de su fiel lacayo.
Peter se acercó a mí.
—¿Se puede saber qué es lo que está pasando?
—Era necesario.
—¡Y ya está! —espetó, enfurecido —. Acabo de ver a la que es tu esposa apartarse de ti, llorando. Me has obligado a celebrar una boda en mitad del bosque, cerca de las inmediaciones de tu castillo; me has forzado a unirte a una mujer que, por la expresión de sus ojos, diría que te odia más que ama…
—¡No me importa lo que sienta hacia mí! ¡Monte en su caballo, padre!
Sabía que tenía razón, pero no podía desvelar mis intenciones a nadie, solo a mis tres hombres de confianza: Brike, Sidon y Moler.
***
Los campesinos estaban contentos de verme ya que hacía un mes que no aparecía por mis tierras. Todos nos recibieron con sonrisas y dirigían sus miradas hacia Edine y Paul. Mis soldados dejaron de entrenar para darnos la bienvenida. Margaret apareció en el patio de armas y echó a correr a mis brazos. ¡Cuánto había extrañado a mi hermana mayor! La amaba, era mi única familia. Di un salto del caballo, la rodeé con mis brazos y giré sobre mí mismo con ella. Enseguida se dio cuenta de que no venía solo; analizó a Edine y a Paul y luego fijó sus pupilas s
