El silencio del contador de historias

Pierre Jarawan

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Todo late, todo brilla. Beirut de noche, esa belleza resplandeciente, una diadema de luces centelleantes, una banda que quita la respiración. Ya de niño, me encantaba soñar con venir aquí algún día. Ahora, sin embargo, siento la navaja clavada entre las costillas, y el dolor que me atraviesa el tórax es tan intenso que ni siquiera soy capaz de hablar. «Pero si somos hermanos», quiero gritar mientras me arrancan la mochila de la espalda y me patean hasta hacerme caer de rodillas. El asfalto está caliente. Desde la Corniche llega la brisa, oigo el mar acariciando la orilla y la música de los restaurantes del paseo. Huelo la sal del aire, y el polvo, y el calor. Noto el sabor de la sangre en los labios, un reguero metálico sobre piel seca. Siento que me invade el miedo. Y la rabia. «No soy un extranjero», quiero gritar tras ellos. El eco de sus pasos se burla de mí. «Aquí tengo mis raíces», quiero vociferar, pero solo me sale una gárgara.

Veo el rostro de mi padre. Su silueta en el vano de la puerta de mi habitación infantil antes de que se me cerraran los ojos, nuestro último momento juntos. Me pregunto si el tiempo y los remordimientos le habrán pasado factura.

Recuerdo los versículos que el anciano de la barba murmuraba hace un rato: «Nadie podría ayudarles y no se salvarían».

«La mochila», pienso, y con ello no me refiero al dinero ni al pasaporte, que ya han volado. Me refiero a la fotografía del compartimento secreto de la parte delantera. Y a su diario. Todo ha desaparecido. El dolor casi me hace perder la consciencia.

«Soy responsable de la muerte de un hombre», pienso.

Y después, mientras la sangre mana de la herida: «Serénate, esto tiene que significar algo. Es una señal».

Los pasos de los hombres se pierden a lo lejos, estoy solo, no oigo más que los latidos de mi corazón.

«Si sobrevives a esto —me digo, y de repente siento una extraña calma—, es que hay un motivo. Es que tu viaje no ha terminado aún. Es que realizarás un último intento de dar con él».

Capítulo 1

1

1992.

Mi padre estaba subido al tejado. Mejor dicho: hacía equilibrios sobre él. Yo estaba abajo, haciéndome visera con la mano mientras entornaba los ojos para mirar a lo alto, donde él se recortaba como un acróbata oscuro contra el cielo estival. Mi hermana, sentada en la hierba, agitaba un diente de león y observaba las piruetas que hacían sus diminutos paracaídas. Tenía las piernas dobladas de una forma tan complicada como solo los niños pequeños son capaces de ponerlas.

—¡Ya falta poco! —exclamó nuestro padre con alegría, y siguió girando la parabólica mientras separaba mucho las piernas para apuntalarse mejor—. ¿Está bien así?

Abajo, en el piso, Hakim asomó la cabeza por la ventana.

—No, ahora salen unos coreanos por la tele —informó.

—¿Unos coreanos?

—Sí, jugando al tenis de mesa.

—Al tenis de mesa… ¿Y los comentaristas? ¿Hablan en coreano?

—No, en ruso. En tu tele hay unos coreanos jugando al tenis de mesa mientras un ruso lo va comentando.

—¿Y qué hacemos nosotros viendo tenis de mesa? —gritó mi padre.

—Creo que te has ido demasiado a la derecha.

Mi cabeza también había quedado atrapada en una partida de tenis de mesa al seguir el diálogo entre ambos y dirigir la mirada de uno a otro. Mi padre se sacó una llave inglesa del bolsillo del pantalón y aflojó las fijaciones; después consultó la brújula y giró un poco la parabólica hacia la izquierda.

—Recuerda: veintiséis grados este —exclamó Hakim, y su cabeza de pelo gris desapareció de nuevo en el salón.

Antes de subir al tejado, de pie en la estrecha franja de hierba que había delante de nuestro edificio, mi padre me lo había explicado con todo detalle. Ya tenía la escalera apoyada en la pared, la luz del sol se colaba por entre las hojas del cerezo y proyectaba sombras caprichosas sobre el asfalto.

—En el espacio hay satélites que orbitan alrededor de la Tierra —había dicho—. Más de diez mil satélites. Nos dicen qué tiempo va a hacer, miden la Tierra, además de otros planetas y estrellas, y también se encargan de que podamos ver la televisión. La mayoría ofrece unos canales bastante malos, pero hay alguno que tiene cosas buenas. Nosotros buscamos el satélite con la mejor televisión, y ese está más o menos por ahí. — Miró la brújula y la hizo girar en su mano hasta que la aguja se alineó con el norte. Después señaló al cielo siguiendo la marca de veintiséis grados del lado derecho, y mi mirada siguió su dedo.

—¿Siempre? —quise saber.

—Siempre —respondió. Se inclinó, acarició a mi hermana en la cabeza y cogió dos cerezas que habían caído en la hierba. Se comió una y sostuvo la otra a la altura de nuestros ojos. Luego tomó el hueso roído de la primera con la punta de dos dedos y lo hizo girar a cierta distancia de la segunda—. Da vueltas alrededor de la Tierra a la misma velocidad que la Tierra gira sobre sí misma. —Despacio, fue dibujando una semicircunferencia con el hueso en el aire—. Por eso siempre está en la misma posición.

Me gustó esa idea de una televisión extraterrestre, pero aún me gustó más la idea de que en algún lugar, allá en lo alto, hubiera un satélite que, aun desplazándose, siempre estuviera en el mismo lugar, siempre siguiendo la misma órbita, constante e inalterable. Sobre todo ahora que también nosotros habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo.

—¿Ahora va? —volvió a preguntar mi padre desde el tejado.

Miré hacia la ventana del salón, por donde Hakim asomó la cabeza enseguida.

—La verdad es que no.

—¿Más tenis de mesa?

—Hockey sobre hielo con comentarista italiano. Creo que te has ido demasiado a la izquierda.

—Pues yo creo que voy a volverme loco —respondió mi padre.

A esas alturas, varios hombres habían salido a la calle y se habían reunido frente al edificio, donde compartían unos pistachos. En los balcones del otro lado, las mujeres habían dejado de colgar la ropa en los tendederos y contemplaban el espectáculo con semblante divertido y los brazos en jarras.

—¿Arabsat? —preguntó uno de los hombres en dirección al tejado.

—Sí.

—Excelente televisión —opinó otro.

—Lo sé —fue la respuesta de mi padre, que volvía a aflojar los tornillos para girar la parabólica un poco hacia la derecha.

—Veintiséis grados este —señaló uno de los espectadores.

—Si se va demasiado a la izquierda, pillará la televisión italiana —advirtió otro.

—Sí, y los rusos no andan lejos, así que tenga cuidado.

—El mundo entero se dedica a hacer deporte. También yo debería hacer un poco más de ejercicio —fue el comentario de Hakim, esta vez algo pesaroso, y su cabeza volvió a desaparecer en el salón.

—Mi suegro se cayó un día del tejado por querer salvar a un gato —explicó un hombre que acababa de unirse al grupo—. Al gato le va de maravilla.

—¿Quiere que suba y le aguante la brújula? —se ofreció un joven.

—Sí, ayúdalo, Khalil —lo animó uno de los mayores, probablemente su padre—. La televisión rusa es un espanto. ¿Alguna vez habéis visto las noticias rusas? No hacen más que sacar a Yeltsin, y un montón de tanques… ¡Y ese idioma que tienen, que es una catástrofe! —Se metió otro pistacho en la boca y, mirando hacia arriba, preguntó—: ¿Quiere que saque la barbacoa? Veo que tiene aún para un buen rato. —Parecía decirlo en broma.

A mi alrededor, los hombres rieron. Mi padre no. Mi padre lo pensó un momento y luego puso esa sonrisa pícara que aparecía en sus labios cada vez que se le ocurría un plan.

—Sí, buen hombre, saque la barbacoa. Cuando termine con esto, lo celebraremos. —Y luego miró hacia donde estaba yo—: Samir, habibi, ve a decirle a tu madre que prepare ensalada. Los vecinos vienen a comer.

Era típico de él: identificaba de manera instintiva situaciones que podían acabar en celebración. Cuando la vida le ofrecía la ocasión de transformar un momento corriente en uno extraordinario, nunca se lo pensaba dos veces. Era como si lo envolviera un manto de confianza. Desprendía una alegría contagiosa que emanaba de él como una nube de perfume y atrapaba a todo el que estuviera cerca. En sus ojos, que solían ser castaño oscuro pero que a veces adoptaban un brillo verdoso e irisado apenas perceptible, se adivinaba esa chispa que ponía en marcha sus ideas disparatadas, y entonces parecía recién salido de las páginas de una novela picaresca. Una sonrisa ágil danzaba en sus labios. Por mucho que las leyes naturales dictasen que más por menos era igual a menos, él eliminaba de un plumazo el signo negativo para quedarse solo con lo positivo; esa clase de reglas no tenían validez para mi padre. Salvo durante las últimas semanas que pasamos juntos, casi siempre lo conocí así: como un espíritu alegre que se nutría de las buenas noticias de la vida, mientras que las malas nunca encontraban la forma de introducirse por sus conductos auditivos, como si allí tuviera un misterioso filtro de felicidad que les impidiera alcanzar sus pensamientos.

También poseía otras facetas. Momentos en los que transmitía algo diferente: un aplomo esculpido en piedra, como una estatua viviente, algo imperturbable. Entonces parecía meditabundo, la respiración se le ralentizaba y su mirada adquiría la profundidad de las aguas abisales. Y era cariñoso. Siempre me pasaba una mano cálida por el pelo, o por las mejillas, y cuando explicaba algo, su voz adoptaba ese tono alentador de la paciencia infinita. Igual que aquel día, cuando me mandó entrar en casa porque acababa de tomar la decisión de organizar una fiesta con todos esos vecinos a quienes aún no conocía.

De modo que fui para adentro y me puse a ayudar a mi madre a lavar lechuga y cortar hortalizas. El edifico al que acabábamos de trasladarnos debía de ser muy viejo. Los peldaños de la escalera tenían las huellas desgastadísimas y crujían a cada paso. Olía a madera húmeda y a moho. El papel pintado de las paredes estaba abombado. Unas manchas oscuras con forma de nubes se habían afincado en lo que un día fuera blanco, y del portalámparas colgaba una bombilla desnuda que no funcionaba.

A mí, en cambio, me olía a nuevo. En los rincones de nuestro piso todavía quedaban cajas de cartón de la mudanza, y el olor de las paredes recién pintadas inundaba las habitaciones como una alegre melodía. Todo estaba limpio. La mayor parte de los armarios estaban montados, pero aún se veían tornillos sueltos y herramientas por todas partes: un taladro aquí, un martillo allá, destornilladores, cables alargadores, tacos de madera, todo revuelto. En la cocina, ollas, sartenes y cubiertos estaban ya en su sitio. Incluso les habíamos sacado brillo antes de guardarlos, y también los fogones relucían. Nunca habíamos tenido un hogar tan grande ni tan bonito. A mí me recordaba a un palacio encantado, un poco carcomido por el tiempo pero provisto del brillo innegable de días pasados. Lo que todavía faltaba eran unas cortinas claras, un par de plantas y fotos en las paredes: de mis padres, de mi hermana, mías. Me imaginé que pronto colgarían allí, varias en la pared del televisor y, junto a la puerta del salón, una ampliada que todo el mundo vería cada vez que saliera al pasillo, donde yo me encontraba en esos momentos.

Miré un instante al salón. Allí estaba Hakim, sentado frente al televisor, en cuya pantalla solo se veía una neblina blanca. Se volvió hacia mí, me sonrió y levantó la mano para saludarme. Hakim era el mejor amigo de mi padre. Yo lo conocía de toda la vida y me encantaba su extravagancia. Siempre llevaba la camisa arrugada, y su pelo alborotado apuntaba en todas direcciones, lo cual le daba cierto aire de genio desastrado al que te encantaría peinar. Sus ojos curiosos se movían como si siempre estuvieran sobresaltados; recordaba un poco a un suricata, solo que algo más rechoncho. Hakim es una de las personas más amables que he conocido jamás, siempre dispuesto a escucharte y a compartir un consejo bienintencionado o algún que otro chiste. Todos esos rasgos de su personalidad componen el recuerdo que tengo de él, pese a lo que me ocultó durante años. Ya en el viejo piso, pasaba a vernos todos los días con Yasmin, su hija, y cuando nos trasladamos a ese otro apartamento, Yasmin y Hakim se instalaron en el de debajo del nuestro. En el fondo, ambos eran como de la familia.

Poco después, cuando mi madre y yo salimos del portal con ensaladas y panes planos, el olor del pescado a la parrilla ya flotaba en el aire. En un rincón del césped había varios hombres con bigote, sentados en círculo alrededor de un narguile. El aroma del tabaco —de manzana o de higo, no lo recuerdo bien— resultaba agradable, pero me mareaba un poco. Otros dos jugaban a las damas. Alguien había montado tres mesas plegables con sus correspondientes bancos y varias mujeres distribuían platos de cartón y cubiertos de plástico sobre ellas. Los niños jugaban delante del cobertizo, y de vez en cuando recibían la advertencia de que no corrieran por la calzada. En resumen, frente a nuestro edificio debían de pulular más de dos docenas de simpáticos desconocidos a los que cada vez se sumaban más vecinos de la calle. Algunos hombres llevaban niños en brazos, las mujeres lucían vestidos largos hasta los tobillos y cargaban con enormes cazuelas llenas de comida.

Hay algo que cualquiera debe saber sobre mi padre, una regla que yo no hice más que ver confirmada durante todos esos años: nadie rechazaba jamás una de sus invitaciones. Ni siquiera personas que no lo conocían de nada.

Aquello sucedió una cálida tarde del verano de 1992, el día de nuestro traslado. Todavía lo recuerdo bien. Habíamos conseguido dejar el diminuto piso social de la periferia en el que nunca acabamos de sentirnos en casa y por fin estábamos allí. En el centro de la ciudad. Por fin teníamos un hogar bonito y grande, y mi padre estaba en el tejado, instalando una parabólica que quedaría orientada para siempre hacia un satélite que orbitaba a nuestro alrededor siguiendo una trayectoria fija. Todo iba bien.

—¿Es que no piensas bajar nunca? —exclamó mi madre.

—No hasta que esto funcione —replicó mi padre mientras aceptaba la llave inglesa de manos de Khalil.

Los hombres que había a mi alrededor saludaron a mi madre con un amistoso gesto de la cabeza.

—Ahlan wa sahlan —dijeron. «Sean bienvenidos».

Uno me tocó ligeramente el hombro.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Samir.

—Dame eso, Samir —dijo con una sonrisa, y me quitó el cuenco de ensalada de las manos.

De repente oímos una música árabe que salía por la ventana de nuestro salón. Unos segundos después, la cabeza de Hakim apareció por ella con la cara colorada.

—¡Funciona!

—¿Seguro que no es un partido de tenis? —preguntó mi padre desde arriba.

—¡Es música! —exclamó Hakim—. ¡Rotana TV!

—¡Música! —exclamó también otro hombre, que se puso en pie de un salto.

Antes de que me diera cuenta, el desconocido me agarró de las manos y se puso a bailar conmigo en círculos, saltando de una pierna a la otra y riendo, sin dejar de dar vueltas como un tiovivo de feria.

—¡Sube el volumen, Hakim! —gritó mi padre desde el tejado.

Su amigo desapareció en el salón y, en un abrir y cerrar de ojos, la música árabe resonaba por toda la calle. Tambor, pandereta, cítara, flauta y violines se fundieron en mil y un sonidos a los que siguió el canto de una mujer. Todo el mundo se puso a bailar y a seguir el ritmo dando palmas; los niños giraban con torpeza; los hombres los levantaban en alto y les hacían dar vueltas; las mujeres vitoreaban y proferían estridentes gritos de alegría. Después formaron una fila agarrándose de los hombros y empezaron a bailar el dabke dando fuertes pisotones. Era una locura. Era un sueño. En aquel momento, nada hacía pensar que vivíamos en Alemania. Bien podría haber sido una calle apartada de un barrio de Zahlé, la ciudad natal de mi padre, en las estribaciones de la cordillera del Líbano. Zahlé, la ciudad del vino y la poesía. La ciudad de los escritores y los poetas. A nuestro alrededor solo había libaneses que hablaban y comían y celebraban como libaneses.

Mi padre salió entonces del portal. Cojeaba un poco, como siempre que había realizado un esfuerzo físico, pero reía y se puso a bailar con pasitos rápidos mientras silbaba la melodía. Lo seguían Hakim y el joven Khalil. Los bailarines formaron un pasillo y lo guiaron con palmadas en los hombros, lo acogieron y también a él le dieron la bienvenida con sus Ahlan wa sahlan.

Miré a mi hermana, que estaba agarrada a la pierna de mi madre con cara de asombro, observando con los ojos muy abiertos a todas esas personas que nos saludaban como si fuéramos viejos amigos, una familia que vivía allí desde hacía tiempo y a quien conocían de sobra.

No sé a qué hora me metí en la cama, saciado, cansado y rendido. El vocerío y las animadas canciones me habían dejado un zumbido en los oídos. Las imágenes del día regresaban a mí una y otra vez. Esas fuentes llenas de hojas de parra, olivas, hummus, fattush, pescado a la parrilla, almendras, empanadillas, panes planos. Anís estrellado, sésamo, azafrán. Familias. Mujeres que les limpiaban la boca a los niños que pataleaban en su regazo; hombres que fumaban del narguile y se pasaban los dedos por el bigote, riendo y charlando como si la calle fuese un mundo aparte que les pertenecía solo a ellos. Hakim contando sus chistes a todo el que quisiera oírlos. Yasmin, dos años mayor que yo, sentada algo más allá, dibujando con lápiz y papel mientras sus largos rizos negros y rebeldes no dejaban de caerle a la cara. De vez en cuando se los apartaba de la frente con un soplido o un gesto rápido del dorso de la mano, y me saludaba cada vez que miraba hacia ella. Mi madre, con su sonrisa ensimismada. Mi alegría, la sensación de haber llegado a nuestro destino. Aquel era nuestro sitio, nuestro hogar. Allí, todos se ayudaban. Allí no se necesitaba ninguna brújula. En nuestra calle, todas las parabólicas apuntaban a veintiséis este.

Y en medio de todo aquello, mi padre, que adoraba las celebraciones y daba renqueantes vueltas igual que un satélite alrededor de sus recién encontrados amigos.

Capítulo 2

2

Varios días después, mi padre y yo estábamos sentados junto al lago. Exhalamos a la vez. La cadena de cimas montañosas de la orilla contraria describía en el cielo nerviosas líneas de electrocardiograma cuyos picos llegaban hasta las nubes. Nosotros, en cambio, estábamos tranquilos. Un rato entre padre e hijo. Un día para nosotros dos. En la orilla, los abetos lucían su grueso traje de agujas y parecían tan bien arraigados que nada sería capaz de hacerlos tambalear. Cada uno de nosotros tenía dos docenas de nueces delante, en la hierba, y una piedra puntiaguda en la mano.

—Ve con cuidado de no aplastar demasiado la cáscara — me advirtió mi padre—. Lo ideal es que las dos mitades queden enteras.

No sabía cuáles eran sus planes, pero tampoco me importaba. Estaba contento porque habíamos salido los dos juntos. Los días pasaban volando, las cajas de cartón de la mudanza ya estaban dobladas en el sótano, y los armarios, ordenados. El olor a pintura nueva se había disipado. En su lugar, lo que perfumaba el salón era la colada limpia. Y cuando no había ropa tendida, olía a mis padres, que pasaban mucho tiempo allí. La cocina olía por turnos a platos sucios, a especias o a la harina que mi madre espolvoreaba sobre la masa extendida con un rodillo cuando hacía panes. El baño olía unas veces a jabón, ya fuera limpiador cítrico o champú, otras a toallas húmedas y a menudo a ambas cosas. Todo olía a hogar. El pasillo, a zapatos usados. Pero daba lo mismo, porque eso solo demostraba que allí vivían unas personas que siempre que salían regresaban a su hogar, donde se descalzaban y se dejaban arropar por los olores de su familia. A nuestro alrededor, más familias. Cada vez que salía a la calle, alguien me hacía una señal o me saludaba amablemente con la mano; allí estaban esos hombres con bigote y boina, sentados en la acera junto a sus mesas plegables, jugando a las damas o al tres en raya, comiendo pistachos y lanzando volutas de humo de shisha por todo el barrio. Me sentía a gusto.

Mi padre y yo empezamos a partir las nueces con las piedras intentando no romper demasiado las cáscaras. Era una cálida tarde de finales de verano. Las pocas nubes que había en el cielo dibujaban formas juguetonas y grotescas, una leve brisa nos susurraba secretos desde el agua. Dos libélulas volaban en círculos por encima de nosotros. Mi padre reparó en que yo no hacía más que mirar hacia los abetos de la orilla.

—Lástima que no sean cedros.

Cedros. El mero sonido de esa palabra me hacía soñar.

—¿Te gustan, de todos modos?

—Ajá…

—Entonces, los cedros te encantarían. No hay un árbol más bonito.

—Ya lo sé —susurré. Aunque nunca había visto ninguno, y ese era un detalle que me preocupaba. Cómo me habría gustado poder participar en las conversaciones de los hombres cuando se sentaban juntos a deleitarse con sus recuerdos…

—¿Sabes por qué nuestra bandera tiene un cedro?

—¿Porque no hay un árbol más bonito?

Mi padre rio.

—Porque no hay un árbol más fuerte. Es el rey de las plantas.

—¿Por qué?

—Así lo llamaron los fenicios. —Cada vez que hablaba del Líbano, su voz se teñía de una nostalgia secreta y su tono cambiaba, como si recordara a una amante a quien añoraba con locura—. Construyeron barcos con él. El cedro los convirtió en un pueblo de grandes comerciantes. Los egipcios utilizaron el aceite de nuestros cedros para embalsamar a sus muertos, y el rey Salomón erigió con ellos su templo de Jerusalén. Imagínate: nuestros cedros en Sion y en el Valle de los Reyes, junto a las pirámides…

Yo siempre imaginaba todo lo que me contaba con gran detalle y colorido, tal como imagina un niño de siete años las historias de su padre cuando este habla con pasión y entusiasmo.

A menudo me describía los cedrales del Líbano. De pequeño, y también de joven, había pasado mucho tiempo en las montañas de Chouf. Allí se sentaba a la sombra de esos gigantes arbóreos que tenían siglos de antigüedad e inhalaba el especiado y tranquilizador aroma de un futuro seguro. Buscaba un lugar bajo la espesa cubierta de agujas, al amparo de las coníferas, se apoyaba en un tronco y bajaba la mirada desde los valles altos y pelados hasta la costa, para luego contemplar los destellos plateados del Mediterráneo, junto al que el resplandeciente Beirut yacía delicadamente recostado en su bahía. A medida que yo iba cumpliendo años, lo imaginaba sentado allí tan a menudo que acabé identificando esa imagen suya con la idea de una infancia feliz.

Mi padre se sacó unos cuantos palillos del bolsillo de la camisa, y también una bolsita de tela con papel crepé rojo. Rasgó un trozo de papel y me lo puso en la mano.

—Para las banderas ondeantes —dijo, y siguió rompiendo el papel en pequeños jirones alargados.

Pegamos con paciencia los papelitos a los palillos, que luego clavamos en las mitades de cáscaras de nuez que habían quedado intactas. Al cabo de poco, en la hierba teníamos ya un montón de barquitos de cáscara de nuez, una flota de banderas rojas lista para hacerse a la mar.

—Ven.

Se levantó, y juntos nos acercamos al agua, que lamía la orilla con suavidad. El sol y las montañas se reflejaban en el verde malaquita del lago. Nos quedamos un rato allí plantados, con los barquitos en las manos, respirando juntos.

—Los cedros viven varios miles de años —dijo mi padre—. Si un cedro pudiera hablar, nos contaría historias que jamás olvidaríamos.

—¿Qué clase de historias?

—Seguro que muchas divertidas, pero también otras tantas tristes. Historias de su vida. Historias de la gente que ha pasado por delante de él o que ha descansado a su sombra.

—¿Como tú?

—Como yo. Inténtalo. Imagínatelo. Con los abetos.

De pie en la orilla, imaginé el viento colándose por entre las agujas. El sonido que producía era el susurro de los abetos hablando de su vida. Deseé que en algún momento recordaran que mi padre y yo habíamos estado en ese lago, fantaseando con lo que contarían de nosotros.

De niño, sentía un anhelo irresistible de ver el Líbano, una gran curiosidad por una belleza desconocida y envuelta en leyendas. La forma en que mi padre hablaba de su hogar, su pasión, su entusiasmo, se me contagiaban como una enfermedad. El Líbano con el que crecí era una idea: la idea de la tierra más bella del mundo, con antiguas y misteriosas ciudades que se alineaban a lo largo de una costa rocosa para abrirse al mar con sus coloridos puertos. Tras ellas, un sinfín de serpenteantes pasos montañosos por cuyos flancos se extendían valles fluviales de fértiles orillas que ofrecían un suelo perfecto para ese vino de fama mundial. Y más allá aún, los densos cedrales de los territorios más elevados y fríos, rodeados por la cordillera del Líbano, cuyas cumbres permanecían nevadas también en verano, visibles incluso desde una colchoneta inflable, allá abajo, en el mar.

Aquel día, junto a aquel lago, ambos respiramos el mismo aire y compartimos el mismo anhelo. Aparte del amor mutuo, creo que no existe entre dos personas un vínculo más fuerte que el de un anhelo compartido.

—¿Qué diría el cedro de nuestra bandera? —pregunté.

Mi padre sonrió un instante y sentí cómo las palabras acudían a su boca, cómo se esforzaba por encontrar una respuesta. Aun así, se limitó a apretar los labios.

Pusimos los barquitos en el agua. Solo unos pocos perdieron la bandera tras unos metros; los demás, en cambio, las hicieron ondear con orgullo en el aire. Mi padre me pasó un brazo por los hombros mientras los contemplábamos.

—Como los fenicios —dijo.

Eso me gustó. Yo, Samir, capitán fenicio de un cascarón de nuez.

—¡Navegarán mil años!

—¡Y volverán con historias épicas!

Mi padre rio.

He recordado muchas veces ese día. Sé que entonces, a finales del verano de 1992, quiso darme una alegría y, en efecto, me sentí muy contento. No se nos hundió casi ningún barquito. Alguno se balanceó de forma amenazante, pero ninguno llegó a volcar. Nos quedamos allí de pie hasta que la última cáscara de nuez se convirtió en un punto minúsculo, y recuerdo que me sentí muy orgulloso.

Sin embargo, también recuerdo que el brazo de mi padre pesaba cada vez más sobre mis hombros. Su respiración se volvió más profunda y su mirada se perdía, como si ya no contemplara los barcos, sino algún punto lejano. Lo recuerdo muy bien, porque fue uno de los últimos días que pasamos juntos.

Capítulo 3

3

Por aquella misma época, en el Líbano se estaba escribiendo la historia. Beirut, la belleza resplandeciente de antaño, salía cojeando de entre las ruinas y acariciaba su rostro destruido; una ciudad que se tomaba el pulso. En los barrios, los vecinos se sacudían el polvo de la ropa y alzaban la cabeza con cansancio. La guerra había terminado. Los milicianos volvían a ser ciudadanos, dejaban las armas y las cambiaban por palas. Tapaban los agujeros de las balas, encalaban las fachadas de los edificios, retiraban de las aceras los coches quemados. Limpiaban los escombros y disipaban el humo. Descolgaban las amplias telas de las calles, pues ya no había francotiradores a quienes entorpecer la vista. Mujeres y niños barrían los cascotes de los balcones y quitaban los tablones de las ventanas mientras los padres sacaban los colchones de los sótanos donde se habían refugiado y volvían a subirlos a los pisos. En resumen, los libaneses hacían lo que siempre habían hecho: seguir adelante.

Sin embargo, de noche, cuando la luna iluminaba las fachadas recién embellecidas y el mar devolvía el reflejo de las luces de la ciudad, en calles y callejones se oía una trápala de botas. Y no solo allí. También en las barriadas chabolistas de la periferia, en los pueblos de los alrededores y en las demás ciudades de la costa y las montañas, desde la septentrional Trípoli hasta la meridional Tiro; esa trápala se oía por todos los rincones del país. El Líbano había organizado un baile y Beirut quería ser la más bonita, pero los encargados de acicalarla eran soldados sirios. Y después, cuando la luz del día regresaba y desvelaba que el maquillaje y la noche solo habían ocultado las cicatrices temporalmente, en los muros de las casas se veía el trabajo de esos hombres de botas trapaleantes. A primera hora de la mañana, los libaneses salían a las calles y alzaban la mirada hacia esas paredes en las que colgaban carteles con el rostro del presidente sirio, Háfez al-Ásad, que los contemplaba desde lo alto con la raya muy bien hecha. De modo que ya no había duda alguna, era innegable y evidente para todo el mundo: en el Líbano mandaban los sirios, y se encargarían de hacerles bailar al son que ellos escogieran.

Iban a celebrarse unas elecciones parlamentarias. Las primeras desde el final de la guerra. Las primeras en veinte años.

En el Líbano, el principio de distribución confesional estipula que cada comunidad religiosa esté representada en el Parlamento por una cantidad determinada de diputados. Una particularidad única. En un país en el que todos los grupos religiosos llevaban quince años matándose entre sí, a partir de entonces ya no se lucharía con las armas, sino mediante la palabra. Los mismos grupos religiosos que se habían lanzado a combatir en las calles debían sentarse unos frente a otros en el Parlamento como si no hubiese ocurrido nada. Amnistía general. Se cerraba el libro de historia y se miraba hacia delante. Todo el que recorriera las calles de Beirut durante las ajetreadas semanas previas a los comicios debió de llevarse la impresión de que todavía reinaba el caos, solo que ya no se oían tiros y explosiones, sino el salvaje griterío de los voluntarios electorales repartiendo octavillas. Esos comandos móviles iban armados con brochas y cola para empapelar los muros de los barrios con sus carteles. Cuando los conductores quedaban atrapados en el denso tráfico de la ciudad, alguien les ponía un folleto en la mano. Desde: «Yo soy vuestro hombre, tanto en los buenos tiempos como en los malos», hasta: «Este es mi hijo, votad por él». En esas octavillas podía leerse de todo menos promesas concretas. La gente se las llevaba a sus casas, donde muchos las tiraban a la basura, molestos por el absurdo teatro. Otros sacaron sus mejores ropas y salieron hacia las urnas con ánimo festivo para dar un paso en dirección al futuro. No hubo una campaña electoral ante la que posicionarse, con argumentos sólidos o planes de reconstrucción. ¿Para qué? Damasco había confeccionado los distritos electorales a la medida de la mayoría de los candidatos. En un país en el que más de la mitad de la población solo había conocido el estallido de las bombas y el retumbar de los disparos durante toda su vida, los sirios, que en 1976 habían entrado como potencia protectora —para luego quedarse—, organizaron unas elecciones con cuarenta mil soldados dentro de las fronteras libanesas. A esas alturas ya casi no quedaba nadie que creyera que fuesen a abandonar el país antes de finales de año, tal como estaba previsto. La cámara que saldría de esas elecciones contemporizaría demasiado con ellos para exigírselo.

Beirut se puso sus mejores galas y salió a bailar. En los hoteles de la Corniche volvieron a celebrarse bodas bulliciosas. El maquillaje le sentaba bien. El hormigón nuevo recomponía las deterioradas fachadas de sus edificios y hacía que parecieran estables. Las cámaras de medios de comunicación árabes y occidentales destaparon sus objetivos y pusieron el espectáculo en marcha. En las pantallas de los televisores de Alemania pudo verse un país que aún cojeaba un poco, cierto, pero que ya caminaba sin muletas y quizá incluso conseguiría resurgir y recuperar su antigua belleza. Tras las elecciones, muchos apretones de manos y muchos vencedores exultantes.

Sin embargo, nadie quitó los carteles de las paredes. Háfez al-Ásad siguió sonriendo a Beirut desde lo alto.

—Son demasiado idiotas hasta para timarnos con, al menos, un poco de elegancia —se lamentó Hakim, y lanzó un cacahuete a nuestro televisor, donde los diferentes programas informativos mostraban las mismas imágenes de Beirut desde hacía días.

Entonces reparó en la mirada de reprobación que le lanzó mi madre mientras me señalaba a mí con un gesto de la cabeza. Hakim murmuró una disculpa, se inclinó hacia delante, recogió el cacahuete y se lo metió en la boca de mala gana. Iba igual de despeinado que siempre, y su aire de suricata no desaparecía ni cuando se acaloraba hablando de política.

—Hay urnas electorales que han tardado nueve horas en recorrer un trayecto de diez minutos… ¿y a nadie le parece extraño? La gente que ni siquiera hemos votado les estamos poniendo el país en bandeja a los sirios. Habrían tenido que permitirnos votar a todos los libaneses, también a los que hemos abandonado el país y hemos huido. ¡Nosotros sí que habríamos mandado a ese burro al diablo!

—Hakim… —le llamó la atención mi madre.

—Perdón.

—Saldrá bien —murmuró mi padre, que estaba sentado en su lugar habitual del sofá, a la derecha. Mi hermana se había quedado dormida en su regazo.

—Lo que el Líbano necesita es un objetivo —opinó Hakim—. Si esa gente no tiene nada que hacer, empezará a echar de menos los fusiles. Tenemos que volver a convertirnos en el centro económico que éramos, para que los jeques dejen de gastarse el dinero en los países del golfo y empiecen a invertir en nosotros: en empresas, escuelas internacionales, universidades, infraestructuras y hoteles. Así volveremos a ser ese país que al mundo le gusta visitar, un país de encuentro, de congresos, de ferias…

—Saldrá bien —repitió mi padre—. Es bueno que haya ganado Hariri.

—Tiene dinero, sus empresas reconstruirán el país y todo, calles, edificios, plazas…, todo brillará. Pero después vendrán esos idiotas que han aterrizado en el Parlamento con él y se mearán en las bonitas paredes de las casas.

—¡Hakim! —lo reprendió de nuevo mi madre.

—Perdón —volvió a decir él, y luego se dirigió a mí—: Samir, ¿quieres que te cuente un chiste?

Sí quería.

—Un sirio entra en una tienda de electrodomésticos y le pregunta al dependiente: «Disculpe, ¿tiene televisores en color?». Y el vendedor responde: «Sí, tenemos una amplia gama de televisores en color», a lo que el sirio exclama: «¡Qué bien! Entonces, quisiera uno de color verde».

Me eché a reír. Hakim se sabía un montón de chistes de sirios y le encantaba contarlos a la menor ocasión. Solía ser él mismo quien soltaba la risa más escandalosa. Ese en concreto se lo había oído por lo menos tres veces ya, aunque siempre cambiaba el color del final. Nunca me había preguntado por qué eran justamente los sirios quienes hacían de tontos. Los alemanes contaban chistes de la gente de Frisia Oriental; los libaneses contaban chistes de sirios. Parecía lógico.

Mi padre no se había reído con nosotros. Puede que ni siquiera hubiera oído el chiste. Seguía mirando la pantalla con las cejas enarcadas, como si viera avecinarse una tormenta. Llevaba varios días un poco extraño. Yo no sabía por qué, así que de vez en cuando me preguntaba si había hecho algo malo. Sus cambios de humor eran extremos, comparables a esos días de abril que miras por la ventana y brilla el sol, pero poco después empieza a llover y caen rayos y truenos. A menudo se quedaba ausente y no reaccionaba cuando me dirigía a él. Algo raro le pasaba. Su comportamiento me generaba inseguridad, porque nunca lo había visto así. Claro que alguna vez estaba de mal humor, e incluso me regañaba cuando hacía alguna tontería, pero en comparación con ese nuevo estado de ánimo, aquellos arranques apenas parecían sombras pasajeras. Ese tipo de conducta no encajaba ni con el pillo que estaba constantemente ideando formas nuevas de disfrutar de la vida ni con el padre sensato y tranquilo. También mi madre estaba desconcertada, lo cual me preocupaba más aún, porque ella lo conocía desde hacía mucho más que yo y, aun así, esa faceta suya parecía resultarle nueva. Mi padre no le hacía ningún caso, apenas contestaba a sus preguntas, se retraía cada vez más. Era como si su parte pensativa y serena se hubiera transformado en algo sombrío. Lo que ocurría en el Líbano en aquellos momentos, y que había encontrado la forma de llegar hasta nuestro televisor, lo absorbía como una magia oscura. No me quedó más remedio que contentarme pensando que sería una fase natural después del ajetreo que habíamos vivido con la mudanza, así que de vez en cuando me pegaba a sus piernas igual que un perro que no sabe si se ha portado mal, o lo observaba en silencio desde un rincón. En cualquier caso, deseaba que no tuviera nada que ver con nuestro cambio de domicilio; me daba miedo tener que dejar el nuevo apartamento si a él no le gustaba. Sentir miedo por algo relacionado con mi padre era algo completamente nuevo para mí. Ahora que también teníamos a mi hermana, éramos una gran familia en un gran piso y, sin embargo, mi padre estaba triste.

Yo nunca lo había visto triste de verdad. Hasta entonces había sido como un general a cuyas campañas todos querían apuntarse. No le costaba entablar conversación con desconocidos, le resultaba fácil ganarse a la gente. El hecho de que jamás olvidara un nombre ayudaba mucho. Cuando íbamos por la calle y veía en la acera contraria a alguien a quien había conocido varias semanas antes solo de pasada, levantaba la mano para saludar con una sonrisa y lo llamaba por su nombre. Cuántas veces nos habíamos parado junto a un tal señor Al-Qasimi, una tal señora Fjodorow, la familia El-Tayeb o Schmid, un tal Bilaal, una Ivana o una Inge… Ni una sola vez me dio la impresión de que esas personas no se detuvieran de buena gana a hablar con nosotros. La conversación trivial era el fuerte de mi padre, que no solo recordaba nombres, sino también detalles de todo tipo. De modo que preguntaba: «¿Cómo están los niños?», o: «¿Se ha arreglado ya ese asunto de los frenos que chirriaban?». A menudo ofrecía ayuda: «Si sigue teniendo molestias en el hombro, nosotros vamos a comprar todos los días. Nos da una lista, y Samir le llevará a casa todo lo que necesite», o: «¿Cómo progresa la casa? ¿Ya han terminado el tejado? Si necesitan que alguien les eche una mano para impermeabilizarlo, llámenme». Al cabo de un rato, todo el que hablaba con mi padre tenía la sensación de conocerlo desde hacía tiempo, y tal vez incluso de ser su amigo. Lo había visto saludar a toda clase de personas con esa misma cordialidad. Nunca se limitaba a estrecharles una mano, sino que al mismo tiempo les ponía la otra en el hombro. O estrechaba la mano del otro con las dos suyas a la vez. Un gesto cálido, como de dos personas que cierran un trato y, bueno, a mí me daba la sensación de que así lo veía él: «¡Bienvenido! Ya formas parte de mi mundo».

Aunque no era especialmente alto, a mí me parecía un faro: alguien a quien localizabas desde lejos y que te servía de guía. Estoy convencido de que también muchos otros lo veían de esa forma. En el mercado saludaba a los vendedores, se interesaba por su estado de salud con amabilidad y, así, entablaba conversación con tanta naturalidad que casi no se daban cuenta de cuando empezaba a negociar. Y negociar le encantaba. En eso era árabe hasta la médula. No solo probaba suerte cuando me llevaba con él al mercado, también en el súper se acercaba a veces con gesto conspirativo al perplejo empleado que estaba en las estanterías de copos de avena y platos preparados y le susurraba: «Ese queso… ¿por cuánto podría dejármelo?».

Y cantaba. Otra cosa en la que era típicamente árabe. Cantaba por la calle y no se cortaba porque lo miraran.

—Los alemanes no cantan en voz alta cuando van por la calle —me dijo una vez que volvíamos a casa del mercado, cogidos de la mano y cargados con bolsas llenas de fruta y verdura fresca.

El día parecía hecho para cantar; era un día como de canción veraniega: un sol resplandeciente, toldos que daban sombra, niños con la cara manchada de helado de chocolate, parejas haciendo manitas, un joven con rastas y tejanos cortados que avanzaba traqueteando con su monopatín por el bordillo de la acera.

—¿Por qué no? —pregunté.

—Porque le dan demasiada importancia a lo que piensen de ellos los demás. Creen que los tomarán por locos si van cantando por la calle.

—A lo mejor tú estás loco.

—Es posible. —Me guiñó un ojo, sacó una manzana de la bolsa, le dio un mordisco y me la ofreció—. O a lo mejor a ellos les gustaría cantar por la calle, pero no se atreven porque piensan que para eso necesitan un permiso.

Le gustaba burlarse de que en Alemania se necesitara un permiso para todo. Le había visto hacerlo varias veces, casi siempre con mi madre, y por eso sabía que lo decía en broma.

Y entonces se puso a cantar:

—Bhebak ya lubnān, yā watanī bhebak, bišmālak biĝnūbak bisahlak bhebak… —«Te quiero, Líbano, tierra mía, te quiero. Tu norte, tu sur, tus campos, te quiero».

Me agarré a su mano con más fuerza. Conocía la canción. Conocía a la cantante. Había oído muchas veces su voz; una voz imbuida de una tristeza nostálgica y de una poesía que se abría paso con delicadeza en casi todas las canciones hasta quedar por encima de la melodía. Fairuz. Así se llamaba la mujer. La había visto una vez por televisión, plantada como una esfinge ante las ruinas del templo de Baalbek, cantando esa misma canción delante de miles de personas que la vitoreaban. Una mujer hermosa con facciones pronunciadas y fuertes, inaccesible, el pelo rojo como la fronda otoñal y los hombros cubiertos por un vestido dorado. La luz de los focos la hacía parecer irreal, casi como el retrato de una noble dama que hubiera cobrado vida y, sublime, se acercara al micrófono. También mi madre adoraba sus canciones. Todo el mundo adoraba a Fairuz. Era el arpa del Este, el ruiseñor de Oriente Próximo, que proclamaba el amor por su hogar desde los escenarios. Alguien, creo que fue Hakim, la llamó una vez «la madre de todos los libaneses».

Así que regresamos a casa con mi padre cantando. En algún momento también yo me uní a él. No nos importaba que la gente nos mirara raro. De hecho, cuantas más personas nos cruzábamos en el camino, más fuerte cantábamos, y lo mismo nos daba desafinar en casi todas las notas. Íbamos cogidos de la mano, con las bolsas de la compra susurrando al viento, y cantábamos en árabe porque en alemán no podríamos haber expresado lo que sentíamos en ese instante.

Capítulo 4

4

Mi padre comprendió enseguida lo importante que era aprender alemán. Después de huir de un Beirut en llamas y llegar a Alemania en la primavera de 1983, el primer lugar donde alojaron a mis padres fue el gimnasio del instituto de enseñanza secundaria de nuestra ciudad. Habían cerrado el centro durante las vacaciones de verano del curso anterior porque, al realizar unas pruebas rutinarias de la calidad del aire, descubrieron niveles altos de amianto. A falta de alternativas, sin embargo, la instalación se utilizó como centro de acogida para refugiados. Ya allí, mi padre consiguió libros para aprender aquel idioma extranjero y por las noches, mientras a su alrededor todos dormían en el suelo envueltos en mantas, él encendía una linterna y estudiaba alemán. También durante el día lo veían a veces de pie en un rincón, repitiendo palabras con los ojos cerrados. Aprendió deprisa. Los voluntarios de ayuda a los refugiados pronto empezaron a recurrir a él para que les tradujera. Mi padre se colocaba en el centro del grupo que formaban los demás y, con su alemán chapurreado, explicaba a los voluntarios qué medicamentos necesitaban y qué decía en los certificados y documentos que les mostraban. No era un intelectual, nunca había estudiado. Ni siquiera sé si era más inteligente que la media, pero fue astuto y comprendió que hacerse imprescindible le vendría muy bien.

En el gimnasio los ánimos se exaltaban con frecuencia. Todas esas personas que habían llegado allí sin más equipaje que la esperanza de encontrar una nueva vida se veían de pronto condenadas a aguardar para saber qué sería de ellas. El aire resultaba sofocante, faltaba espacio. Bajo el techo del pabellón se percibía un murmullo constante, nunca había silencio de verdad. Por las noches se oía el llanto de los niños o de las madres, los ronquidos, el rascarse o las toses de los refugiados. Si uno se resfriaba, muchos caían enfermos pocos días después. Los voluntarios hacían todo lo que estaba en sus manos, pero faltaba de todo: medicamentos, artículos de higiene y alimentos suficientes, además de juguetes para los niños y oportunidades de empleo para los adultos.

El hecho de haber perdido su hogar unía a aquellas personas; todos eran refugiados por igual. Sin embargo, también sabían que debían conseguir un permiso de residencia y tenían muy claro que no los autorizarían a todos a quedarse. De vez en cuando se repetía la escena de una madre que se aferraba al poste de una canasta de baloncesto y gritaba para que no la sacaran del pabellón junto a sus hijos. Podía ser cualquiera, quien acabara quitándole el sitio al de al lado, por lo que las peleas se convirtieron en un grave problema. Sin embargo, también en eso supo cómo mediar mi padre. Les hablaba a los demás con calma, los convencía de lo importante que era no crear dificultades. Les decía que más les valía causar una buena impresión, ya que todo lo que ocurriera dentro de aquel gimnasio encontraría la forma de llegar al exterior. Y allí, delante del pabellón, a veces había vecinos enarbolando pancartas en las que ponía que la ciudad no tenía sitio para tanta gente.

Aunque también estaban los otros, los que les llevaban sacos llenos de ropa, eran una minoría. De modo que muchos refugiados empezaron a ver en mi padre una figura de autoridad a quien podían confesar sus preocupaciones. «Nosotros también somos personas —se quejaban—, no animales, y sin embargo nos tienen aquí encerrados», o: «En Jounieh era abogado, tenía un bufete que quedó destruido. ¿Adónde voy a ir si no me dejan quedarme? ¿Tendré que volver? No hay vuelta posible. Ya no tengo casa, ni familia…». Y mi padre les daba la razón, aunque nunca incondicionalmente. Siempre insistía en que era importante entender a esas personas que se manifestaban delante del pabellón, que sin duda tenían miedo a lo desconocido, igual que muchos otros. Y cuanto más se llenaba el gimnasio, más se tensaba la situación. Porque no era solo el estrés y la incertidumbre lo que hacía reaccionar a la gente de forma desproporcionada; también las diferencias religiosas hacían de detonante de insultos y peleas. Muchos de los refugiados libaneses se habían distribuido según su confesión, de manera que el gimnasio se asemejaba a las calles de la dividida Beirut: a la izquierda, musulmanes; a la derecha, cristianos maronitas. Y los unos culpaban a los otros de su destino. De haberlo perdido todo, de haber tenido que huir, de verse viviendo en un gimnasio.

La autoridad de mi padre se vio reforzada por su amistad con Hakim. Hakim y Yasmin, que por entonces no tenía ni dos años, eran musulmanes. Mis padres eran cristianos. Habían huido juntos de Beirut. Hakim y Yasmin ocupaban un sitio justo al lado de mis padres, en el sector cristiano del pabellón, por así decir. Sin embargo, Hakim animaba a su hija a jugar con cualquier niño y jamás hacía distinciones con nadie. Mi padre y Hakim iban juntos a hablar con todo el mundo. «Ya no estamos en el Líbano —les decían—. Todos hemos venido aquí buscando la paz, no la guerra. Ahora ya no importa quién es cristiano y quién musulmán. Lo que importa es que todos somos libaneses».

No obstante, a veces sus palabras caían en saco roto. Una noche, un ruido sordo despertó a mi padre, como si un objeto duro golpeara contra algo blando a intervalos regulares. Movió la mano a tientas

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos