John y Rosie tenían una gatita. Había nacido hacía tres meses, era negra como el carbón y tenía los ojos tan verdes como un pepino. Era la gata más alegre, adorable y cariñosa que puedas imaginar, y los dos niños la querían con todas sus fuerzas.
Se llamaba Peluche y siempre acudía cuando la llamaban por su nombre. Era muy traviesa y le encantaba esconderse debajo de las camas o de las sillas y, desde allí, saltar hacia los pies de la gente. Peluche quería a todo el mundo y todo el mundo quería a Peluche.
Y, entonces, un día desapareció. Fue una cosa extrañísima. La gatita estaba jugando con los dos niños en la cocina y, al instante, ¡había desaparecido!
La madre de John y Rosie estaba ocupada. Era lunes por la mañana y tenía mucho que hacer. Había fregado. Había hecho la colada y había metido las sábanas y las toallas sucias en la cesta grande para que el señor de la lavandería se las llevara. Había hecho las camas y pelado unas patatas para la comida. Y durante todo ese tiempo, Peluche había estado jugueteando con los niños, a veces abalanzándose sobre ella, a veces intentando cazar el cinturón de su delantal mientras la mujer se apresuraba de un lado a otro.
¡Y, de pronto, ya no estaba!
—Mamá, ¿dónde se ha metido Peluche? —preguntó Rosie mirando a su alrededor.
—Estará escondida en algún sitio, supongo —contestó su madre mientras cerraba la cesta de la ropa sucia a toda prisa, pues había oído que el señor de la lavandería se acercaba por el callejón.
—¡Peluche, Peluche! —la llamó John y, a modo de respuesta, recibió un maullido diminuto.
—¡MiiiaUUU!
—¡Tiene que estar por aquí! —exclamó el niño, y su hermana y él empezaron a buscarla bajo el aparador y debajo de los fogones.
El señor de la lavandería llamó al timbre y la madre de los niños le entregó la cesta de la ropa sucia. Luego cerró la puerta enseguida para que Peluche no se escapara si estaba escondida en algún rincón. John la llamó de nuevo:
—¡Peluche! ¡Peluche!
Pero, por más que aguzó el oído, no volvió a oír ningún maullido. No, Peluche no contestaba. Rosie miró debajo del último estante del escobero y luego en la alacena donde guardaban los periódicos. Pero ¡no había ni rastro de Peluche en ningún sitio!
—Ay, mamá, Peluche se ha esfumado —dijo Rosie casi llorando.
—No te preocupes, cariño —repuso su madre—. No debe de andar muy lejos. Está escondida. A lo mejor ha subido al piso de arriba y se ha metido debajo de una de las camas.
—Pero, mamá, la puerta de la cocina ha estado cerrada todo el rato —señaló John—. Si está en algún sitio, tiene que ser en la cocina.
—Bueno, pues ya aparecerá —dijo la madre—, no os angustiéis. Ahora mismo no tengo tiempo de ayudaros a buscarla; pero, cuando termine de preparar este pudin para la comida, echaré un vistazo por aquí. Sin embargo, estoy segura de que para entonces Peluche ya habrá salido de su escondite, tan tranquila.
Pero ¿sabes qué? ¡No fue así! Por eso, cuando la mujer acabó de preparar el pudin y lo metió en el horno para que se cuajara, también tuvo que ponerse a buscar a Peluche. Sacó el platillo de leche y pescado de la gatita y la llamó.
—¡Peluche! ¡Peluche! ¡Peluche! ¡Michi, michi, michi! ¡A comer, a comer!
Aun así, la gata no salió de ningún rincón correteando sobre sus patitas negras y aterciopeladas. Rosie lloraba desconsolada.
—¡Mamá, esto es cosa de magia! ¡Un hada se ha llevado a Peluche!
—¡Qué va, cariño! —replicó la mujer entre risas—. Las hadas nunca hacen cosas malas. Peluche debe de estar en el jardín.
Así que se pusieron el abrigo y recorrieron el jardín de arriba abajo. Ni rastro de Peluche. Se acercaron a la casa de al lado, pero la señora Brown no había visto a su gatita por ningún lado. También fueron a preguntarle a la señora White, pero ella tampoco había visto a Peluche desde el día anterior.
Los niños se pasaron toda la mañana buscándola y llamándola, pero no consiguieron encontrarla. Se sentaron a comer y después retomaron la búsqueda.
—No pasa nada —les aseguró su madre—, Peluche volverá cuando tenga hambre.
—Mamá, no creo que haya podido salir de casa —dijo John—. De verdad que no. Estaba jugando con nosotros al escondite y la puerta de la cocina estaba cerrada, estoy seguro. Y, un instante después, había desaparecido.
Aunque la madre de los niños puso un platito con leche en el jardín, además de en la cocina, Peluche no acudió a bebérsela… y entonces ella también empezó a inquietarse. Le tenía muchísimo cariño a la gatita negra y era incapaz de imaginarse dónde se habría metido. Pero ¡al fin lo supo!
Alguien ll
