Suite presidencial

Silvia López

Fragmento

Suite presidencial

1

Siempre lo supe, lo importante es desear. Sin deseo la vida se va como si nada, las horas, las semanas y las cosas de todos los días comienzan a parecer aburridas, sin sentido, a la vez que en alguna parte tuya se agita el presentimiento de que en un momento impreciso, no muy lejano, podría realizarse el deseo que no se atreve a aparecer y sin embargo te envuelve, te habita, anula parcialmente los sentidos y deja todo entre paréntesis a la espera de su realización. Yo habría podido descansar en ese estado para siempre, pero se desarmó por completo el día que cumplí treinta y siete.

Es un hecho, a los treinta se trata sobre todo del amor. Cada cumpleaños te empuja a buscar lo que no encontraste. Un día la libertad que apreciabas se convierte en una mancha difícil, tu cuerpo no es el mismo, el pantalón te ajusta, el pelo pierde brillo, la soledad comienza a ser un enemigo al acecho; el viernes, que había sido el mejor día de la semana, no te da respiro hasta que llega el lunes y volvés a trabajar. Mi deseo había sido casarme antes de cumplir cuarenta. Lo pedí frente a una torta de dos pisos con velas hundidas en el mazapán; eran esas velas que, en vez de arder como las tradicionales hasta consumirse, hacen una especie de fogonazo mientras la gente canta. Que los cumplas feliz. Pero un deseo no alcanza, según la tradición tienen que ser tres. Hay gente confundida en cuanto al deseo, vacilan, miran las velas de la torta como pensando, a mí no me costó nada decidir, sabía de memoria lo que quería. Mi segundo deseo era estar en otra parte, borrar la angustia de la vida familiar; vivir lejos de mi padre, que se encontraba en los bordes del alzhéimer, lejos de los delirios pasionales de mi hermana, María Dolores, y de la foto de mi madre muerta que parecía observarme desde arriba del aparador.

El tercer deseo no se emparentaba en nada con los anteriores, era puramente material, sin embargo lo pedí con mayor fuerza, cerrando los ojos y cruzando los dedos. Quería renunciar a mi puesto en el hospital y conseguir otro trabajo, lejos. Lejos era mi mayor condición. Que los cumplas feliz. Sonaba como si estuvieran dándome una orden. Soplé las velas, abrí grandes los ojos. Y ahí estaba el balcón sin mi madre, con el jazmín seco en una maceta de lata. Que los cumplas feliz. Y ahí dormitaba mi padre en el sillón, con su cerebro hundiéndose en el olvido. La felicidad tenía que ser algo más amable que la encargada del edificio de la calle Rivadavia, mi hermana y otras personas alrededor de una mesa tomando espumante y cantando feliz, feliz en tu día, amiguita, que Dios te bendiga. Pero la vida te sorprende, cuando pensás que aprendiste el papel, alguien del reparto comienza a improvisar y cambia la función. A partir de aquel día, como si en vez de apagar las velas hubiese frotado la lámpara de Aladino, mis deseos comenzaron a cumplirse.

Lucio, el traductor de inglés que vivía en el décimo piso de mi edificio, me invitó a salir. Raro, pensé, Lucio era un pibe tímido que nunca hablaba con nadie. La cita fue a las seis de la tarde en un bar de la calle Bermúdez. Raro, también. Mi hermana me prestó ropa, me arregló el pelo y me puso varias gotas de un perfume fuerte y dulce que, según ella, no fallaba a la hora de seducir. Salí de casa antes de tiempo y llegué temprano al bar, media hora antes, soy británica en cuanto a la puntualidad. Pedí un café cortado y revisé el teléfono, un colega me había enviado el siguiente mensaje: Nena, buscan médicos en Tierra del Fuego, ¿te interesa?, la clínica se llama Riviere, está ubicada en Paso Bernina y la dirige un tal Lancy.

Pasame el teléfono, contesté.

Pensándolo bien, para una vida que se acerca a los cuarenta, no es mucho pedir, no prueba inconsistencia ni falta de seriedad cambiar de trabajo y empezar de nuevo en un pueblo chico. Solo que Bernina no era exactamente un pueblo chico, era un lugar aislado y de difícil acceso, el último pueblo del mundo. Cierro los ojos y lo veo como la primera vez, aprisionado entre la cordillera y el mar, protegido de la luz solar por un conjunto de nubes estables, en una zona montañosa donde parece no haber más que silencio, ancianos deambulando, casas con chimeneas, un velero balanceándose que es un desecho, apenas algo más que un resto de naufragio.

El inicio de lo que allí ocurrió fue tan repentino y brutal que ni siquiera lo pude entender. Sigo preguntándome si la historia me pertenece o fui solamente testigo de los hechos. Pero hay que ir de a poco. Los deseos tienen un orden, primero lo primero: seis meses después de cumplir años, me casé con Lucio y me trasladé del tercero al décimo piso del edificio como si fuera un ascenso, una manera elevada de modificar mi estatuto de mujer sola y a la espera. Después de pasar por el Registro Civil, que resultó ser tan engorroso como cualquier trámite, me dejé llevar por el entusiasmo y llamé por teléfono a Lancy, el director de la Riviere. Tuvimos un primer contacto de pocas palabras, solo pude presentarme. La segunda vez que hablamos tuve que responder una serie de preguntas sobre mi profesión, mi especialización como médica, etcétera. Tres días más tarde, después de un rápido proceso de selección, Lancy me citó a una entrevista. Tenía que viajar de inmediato a Bernina. Allí estaré, le dije. De paso evitaba la luna de miel, que no sabía bien qué era, pero la expresión me empalagaba.

Suite presidencial

2

A mi reciente marido la posibilidad de trabajar en el sur no le molestó, en ningún momento puso objeciones. Cuando le dije que tenía que viajar a Bernina, miró el círculo en el mapa y sonrió con ternura. Andá tranquila, te espero en casa, me dijo. Actuaba como un hombre enamorado.

—¿A vos te parece que es la reacción de un enamorado? —dijo mi hermana, María Dolores—. Yo creo que está reaccionando como un tipo indiferente que no registra si venís o te vas.

María Dolores, la bella delirante y seductora, sabía todo sobre los hombres y los tenía a sus pies. A los quince había iniciado una preparación sexual que incluía entrenamiento físico, ropa nueva, peluquería, manos y pies esmaltados, salidas nocturnas en compañía de varones y mujeres que, a escondidas de mis padres, invitaba a nuestro dormitorio compartido. Cuando llegó a la treintena era una especialista. En cambio yo, solitaria, ignorante en el amor, pensé que no era relevante que Lucio actuara como alguien indiferente o enamorado, después de todo ya nos habíamos casado. Un deseo se había cumplido. Ahora lo importante era entrevistarme con el director de la clínica, encontrar un lugar nuevo y ganar dinero desplegando mi fortaleza principal: el trabajo.

Poco después de casarme, viajé a Bernina. Recuerdo el vuelo, mi asiento junto a la ventanilla, la cortesía de las azafatas, el encendido de los motores, el despegue. Era un día otoñal. Faltaban horas para llegar cuando el avión comenzó a temblar y se encendió una luz amarilla, había que ajustarse el cinturón de seguridad. Turbulencias. Me sobresaltó la sacudida, me dio pánico el cielo negro que parecía una criatura viviente. Me pregunté en qué momento del choque con la nube oscura iba a desmayarme, rogué que fuera antes de que el avión explotara. No sucedió, gracias a Dios. Apelo a Dios cuando la cosa se pone difícil. Más tarde comenzó el descenso, una ráfaga de humo gris atravesó las nubes y aterrizamos, por fin.

Durante el vuelo, la tormenta fue brutal y, sin embargo, al llegar el día se iluminó de repente y la gran masa de nubes que había sacudido el avión hasta hacerlo temblar desapareció como si hubieran corrido un telón y el verdadero protagonista fuera el cielo despejado. El lugar me estaba dando la bienvenida, con una especie de euforia triunfal me acerqué al bar del aeropuerto y pedí un café con leche. Fue un festejo por haber aterrizado, haber sido arrojada nuevamente a la vida, sin golpe mortal, sin explosión ni servicios contra incendios. No obstante, enseguida surgió un dato al que le había restado importancia, el camino entre el aeropuerto y mi destino: ciento veinte kilómetros de ruta peligrosa. Miré la altura de las montañas, la zona boscosa de un verde casi negro, la bruma que desprendía el frío, los bloques de nieve en el perfil de la cordillera y volví a tomar conciencia del peligro. De nuevo al cielo, pensé.

Frío. Lo primero que registro al salir del aeropuerto es el frío. Seis taxis en hilera esperan detrás de la puerta giratoria. No se puede elegir, te toca el que te toca, la cosa funciona según el orden de llegada. Subo al que me corresponde, soy respetuosa de las normas, llevo la vida encausada en un carril de conductas aceptables. Me dirijo al chofer, un hombre desalineado que no me inspira confianza, le digo que voy a Paso Bernina y le pregunto cuánto cuesta el viaje. Es caro, no me importa, el deseo es a cualquier precio, pensé, por razones menores había gastado todo mi sueldo del hospital en María Dolores, en su ropa, sus médicos, su locura.

Subí al taxi. Acomodé el bolso a un costado del asiento y me abroché el cinturón de seguridad. ¿Seguridad? El auto se puso en marcha, el chofer no decía ni una palabra, era hostil, antipático. Fuimos por una ruta de tierra que terminaba en una curva cerrada, y después comenzamos a subir. Miré hacia abajo y nada, nada más que el mar. Montañas a la izquierda, precipicios a la derecha. Precipicios lisos y perfectos como un tapizado de piedra. Esa armonía natural, frenética y precisa, me hacía pensar que la ruta construida por la mano del hombre era como lo que verdaderamente es, un pobre recurso. ¿Qué esperabas?, ¿una autopista de doble mano? De a ratos, el conductor disminuía la velocidad y asomaba la cabeza por la ventanilla para asegurarse el paso en las curvas. El andar del auto parecía más peligroso que el avión en la tormenta. Rogué que no cayera al vacío. Por favor, Dios mío, no quiero desbarrancar. El volumen interno del segundo ruego del día explotaba en mi cabeza. Es una señal, pensé, mejor doy la vuelta y vuelvo a casa. Pero a veces no hay chance, no se puede dar la vuelta así nomás en un camino finito como una cinta para el pelo, es preferible cerrar los ojos y entregarse al camino sin arrepentimiento.

El viento soplaba con una potencia inusitada, se metía en el interior del taxi no sé por dónde, por alguna hendija. Tiritaba, igual que yo, una muñequita vestida de color fucsia que colgaba de un hilo en el espejo retrovisor. Miré hacia la derecha, el cuadro era completamente azul, el único movimiento era el sistemático rosario de las olas. Adormecen, anestesian, me marean las olas y el mar. Dormí no sé cuánto tiempo y cuando miré de nuevo el reloj, faltaba menos para llegar a Bernina. Si consigo el empleo, pensé, me voy a olvidar del viaje en avión, la altura de las montañas, el vértigo que me provocan los caminos en zigzag y el frío de este día interminable

Suite presidencial

3

Mi primera visión del pueblo fue desde lo alto. Mínimo, brumoso, tan solitario que daba lástima. No había ninguna razón evidente para su existencia, podría haber sido una ensoñación, una película, la tapa de algún cuento. Para ingresar, había que cruzar una barrera. Dos guardias vestidos de gris se acercaron al taxi, pidieron nuestros documentos y los revisaron letra por letra, parecían espías buscando la clave secreta. Absurdo, no se me ocurría que alguien pudiera planificar un ataque terrorista en un lugar así. Comenzaron a hacer preguntas. Qué fastidio, empezando por mi nombre, responder casi siempre me exigía un esfuerzo considerable, sobre todo cuando no le encontraba sentido a la pregunta. ¿Motivo del viaje? ¿Fecha de salida? ¿A quién viene a ver? Tuve que mostrarles la invitación que me había enviado Lancy. Nunca me gustaron los interrogatorios, contesto con desgano, no soy amable, lo siento. Sin embargo, en aquella ocasión traté de serlo, como si la entrevista de trabajo hubiese comenzado frente a los guardias. Tenía que ser eficaz desde el primer saludo. Ni un paso en falso, pensé. Aunque por poco me rebelo cuando acercaron la primera hoja del documento a mi cara para constatar ¿qué?, ¿yo era yo? Ridículo, ¿quién iba a hacerse pasar por mí?

Por último, levantaron la barrera. Intriga o ansiedad, cuando el taxi se puso en marcha, hice preguntas que el chofer antipático se negó contestar. ¿Qué significa este control? ¿Vive alguien importante en Bernina? En silencio, el hombre sacó el freno de mano, el auto se deslizó en barranca por su propia inercia y alcanzamos una velocidad de vértigo. Me dejé llevar. Vamos para adelante, pensé. En mi vida todo había sido hecho y derecho, reglas, escrúpulos, conducta y control de mí misma. Pero llegaba la hora de cambiar, cualquier desgarro del orden establecido me podía hacer bien.

El taxi se detuvo en la puerta del Imperial, el único hotel que había en el pueblo. Revolví el fondo del bolso buscando la billetera y, cuando estaba sacando el dinero para pagar el viaje, ocurrió algo extraño. Un anciano con bastón y boina intentó subir al taxi por la otra puerta, pero el chofer arrancó bruscamente:

—¡Volvé a tu casa! No me metas en problemas —le gritó.

—¿Qué pasa?, ¿por qué no lo deja subir? —pregunté.

Puso primera y avanzó. Me dejó en la esquina. Pagué, bajé del coche y cerré la puerta con un golpe que hizo temblar a la muñequita fucsia. Yo había imaginado el pueblo como un lugar tranquilo y distante del conflicto urbano. Pero qué lástima, ningún lugar se salva de la violencia callejera, pensé mientras arrastraba el bolso hacia el hotel.

El taxista giró en sentido contrario y se alejó en dirección a la montaña.

El Imperial era cálido, confortable, tenía olor a cera, muebles antiguos, un resplandor casi palpable que venía del mar; un vestíbulo prolijo y silencioso, por poco me arrepentí de perturbarlo. Dos ancianos vestidos con ropa holgada atendían la recepción. El mayor, con pulso tembloroso, anotó mi nombre y dirección en un libro de tapa dura que apenas podía sostener. El otro, como si saliera de una zona letárgica en la que había dormitado durante mucho tiempo, cargó mi bolso con dificultad y me acompañó a la habitación. Subimos a un ascensor estrecho y espejado. Yo estaba deseando descansar, recostarme inmóvil un buen rato y dejar que mi deseo se cumpliera por sí solo al día siguiente en la entrevista con Lancy.

Al llegar a la habitación, me desplomé en un sillón de color naranja que había frente a la ventana y miré el paisaje, parecía obra de marcianos. No pertenezco a la clase de gente que dice ser amiga de la naturaleza. Mi madre había sido profesora de botánica y zoología, siempre hablaba de esos temas, pero yo no la escuchaba. Más que las algas, hongos y líquenes, más que el aparato digestivo de las lombrices, me interesaban el cine y la televisión. Me aburría si pasaba demasiado tiempo delante de un paisaje. La naturaleza era algo por lo que había enloquecido mi hermana, había enfermado el cerebro de mi padre y se achicharraba como una pasa de uva. Pensaba en eso cuando el anciano que me había acompañado a la habitación se acercó a decirme que él agradecía el hecho de estar vivo y mirar el paisaje todos los días.

Quise sacármelo de encima. Tiene suerte, murmuré con indiferencia. Por favor, un poco de cordura, no entiendo para qué tiene que agradecer este hombre el hecho de estar vivo, si la misma fuerza que le dio todo se lo va a quitar en cualquier momento. Arrastrando los pies, abrió una hoja de la ventana y dijo: Venga, mire, desde acá se ven los glaciares. El viento entró sin contemplaciones. Yo no sabía cómo hacer para decirle que cerrara la ventana porque el paisaje no me interesaba, no me ponía a temblar cuando estaba frente al mar, fracasaba ante el intento de desarrollar cualquier emoción estética. Cómo explicarle que todo eso que él apreciaba no significaba nada para mí. Para mí, lo único admirable de la naturaleza era su puntualidad, su rigor. Y aunque nunca había entendido bien por qué, la Tierra giraba sin parar, la tarde y la noche pasarían rapidísimo y al día siguiente tenía que encontrarme con Lancy. Era el único orden natural que me importaba. Faltaba poco para poner en funcionamiento mi deseo. Pero ahora, por favor, cerremos esa ventana, no voy a asomarme a ver glaciares, no me gusta el hielo por más azul que sea.

Entró a la habitación una viejita con cara de abuela que prepara bizcochuelos, dejó un puñado de caramelos sobre la mesa de luz y le dijo al anciano que yo había viajado muchas horas y tenía que descansar. Quedé a solas, dormité en el sillón anaranjado hasta que un pájaro cantó y me despertó. Saqué del bolso un abrigo de lana que, a juzgar por el clima, parecía insuficiente, y salí a conocer el lugar.

Caminar era mi placer, me desentumecía, recobraba fuerza, elasticidad. Caminé con miedo de morir de frío si me detenía en alguna parte, creí que iba a congelarme. Recorrí de punta a punta la escollera, pasé por una cueva rocosa y por un acantilado con halcones revoloteando. Todo el tiempo preguntándome si Lucio iba a poder vivir en un lugar así o Bernina se convertiría en el famoso punto de inflexión que, al poco tiempo de haber contraído matrimonio, podía conducirnos a la puerta del divorcio y dejarla entreabierta para que pasáramos y nos acomodáramos de nuevo en la vida de solteros. ¿Y yo? ¿Iba a adaptarme a vivir en Bernina? Sí, yo con tal de salir de Flores podía adaptarme a vivir en un ropero.

Despejada de los planteos que me habían invadido, me senté en un banco de la rambla y vi pasar un grupo de octogenarios. Se movían lentamente y en hilera, como en una peregrinación. Yo estaba agotada por el viaje, medio mareada, no sabía si se trataba de seres concretos, sugestión o realidad física. Pero de repente me di cuenta, hasta el momento no había visto un solo joven en Bernina. ¿Y si no había? Fue una intuición, una idea vaga que inmediatamente dejé ir. Puse toda mi atención en los viejos, en su ritmo lento, sus dificultades para poner un pie delante del otro; caminaban arrastrando sus abrigos largos. En el conjunto, reconocí al anciano que había intentado subir al taxi, iba con la mirada distraída, como si no estuviese del todo seguro de adónde se dirigía. Al rato, la luz pareció adensarse, algo poderoso se imponía entre la rambla y la tarde. Anochecía de manera abrupta, una oscuridad enorme descendía sobre el pueblo y sobre mí. Los viejos se alejaron. La neblina de la noche lo detuvo todo, no había nada en aquel anochecer que pudiera volverse nítido. Había llegado la hora de regresar al hotel. Subí a la habitación, me senté de nuevo en el sillón anaranjado y tuve un presentimiento que traté de ignorar. Miré el paisaje, el pueblo, sus luces escasas, titilantes. Y después dormí.

Suite presidencial

4

A la mañana siguiente, desayuné en el Inmaculado, un bar frente al puerto. Al entrar, en una brevísima visión panorámica descubrí que eran todos, todos, viejos. Algunos miraban televisión; otros se habían sentado frente a la ventana como muñecos acomodados en una vidriera de antigüedades. Tuve la misma sensación de irrealidad que había tenido el día anterior, cuando los vi caminando por la rambla. Tres mujeres vestidas de negro llamaron al mozo y pidieron el desayuno. Son viudas, pensé. No me equivoco en esa clase de observaciones. Ninguna quería parecer ansiosa, pero desde su mesa redonda seguían cada movimiento del mozo y miraban con insistencia hacia la cocina. Me senté a una mesa cercana y traté de escuchar la conversación. La viuda más joven hablaba de la ausencia de su marido, lo culpaba de haber muerto, habría sido importantísimo contar con él para salir a caminar. De pronto, giró la cabeza y su mirada resbaló sobre mi abrigo insuficiente:

—¿No estarás un poco desabrigada para subir a la Riviere? —me preguntó.

Quedé perpleja, observándola. Contesté con aire natural:

—Justo estaba pensando en eso.

Me devolvió una expresión comprensiva:

—Suerte en la entrevista, querida. ¿Tu nombre?

—Encarnación, pero me dicen Nena. ¿Y el tuyo?

—Elena, pero me dicen Elenita.

Si querés sobrevivir en Bernina, hacete amiga de las viudas, pensé. Llamé al mozo, un hombre reumático y torpe, parecía circular a ciegas por el bar; mientras se acercaba a mi mesa, tropezó con una silla y derramó el vaso con agua que llevaba sobre la bandeja. Él también era anciano. Sentí que había hecho una pausa general en mi historia y aparecía de repente en una vida de ficción. No tuve en ese momento ninguna esplendorosa nitidez de pensamiento, ninguna revelación, pero tampoco hacía falta tenerla porque estaba todo a mi alcance. Faltaban conocer algunos detalles y me los dio Elena, cuando más tarde se acercó a mi mesa y, mientras compartíamos un té con leche, me contó que los ancianos que llegaban a Bernina pedían en la Riviere una especie de amparo, algo así como una escala previa al último viaje. Gracias al cielo, el señor Lancy, dueño del pueblo y sus alrededores, atendía el reclamo.

No sabría cómo expresar la sensación que tuve cuando recibí una mirada despierta de Elena, infinitamente clara, preguntando si yo estaba de acuerdo. A su entender, el procedimiento no era del todo santo, pero tampoco le parecía un pecado que la gente pudiera decidir el día de su muerte. Los que no estaban dispuestos a perdurar, soportando a cualquier precio el deterioro, firmaban un consentimiento, subían a la Riviere y recibían un suero que los sacaba del mundo sin otro inconveniente que el natural temor a lo desconocido. Así las cosas. Mientras tanto, podían vivir y disfrutar de Bernina. Alguien encontraba una esposa, un amigo. Algunos trabajaban en lo que habían aprendido en su juventud. Si hacía buen tiempo, los que podían movilizarse salían a pasear por la rambla, iban al cine, pescaban en la escollera. Lo único prohibido era comunicarse con los de afuera.

Todo se aclaró de pronto, había resuelto la totalidad de los enigmas en una sola mañana. Miré el puerto a través del ventanal, titilaba como un objeto flamante, la luz pálida sumergía el paisaje en una esfera de aspecto sobrenatural. No podía existir un lugar mejor para crear esa especie de limbo donde estaba permitido morir.

Al salir, me despedí de las viudas y puse en cuestión varias cosas acerca de lo prohibido, la ilegalidad, el juramento hipocrático, pero recordé la enfermedad de mi padre y en el mismo instante las dejé pasar. ¿Sería una violación de la ley, del decoro, incluso de los derechos más elementales, mi posible trabajo en la Riviere?

Suite presidencial

5

Para alguien como yo, exiliada de la felicidad, solitaria, prudente, sin tendencia a la vida social, el trabajo en la clínica parecía hecho a medida. El director se dio cuenta en la primera entrevista. Nunca olvidé nuestro primer encuentro. Si cierro los ojos y me parece estar de nuevo en su oficina. Lancy me espera detrás del escritorio, impecable traje azul, corbata celeste, gemelos de plata, la mano apoyada en el mentón. Hace preguntas y no me cuesta responder ninguna. Me comporto como si hubiese estudiado de memoria un manual de instrucciones. Sé con exactitud lo que está buscando. En cada respuesta utilizo mis mejores recursos y argumentos. Los nervios no me traicionan, trasmito esa especie de suficiencia que da la certidumbre de saber el verdadero propósito del entrevistador. Lo escucho, adivino en cada uno de sus gestos lo que no puede decir, lo innombrable. Pasan los minutos, su objetivo es convencerme, limar cualquier arista de reproche o denuncia. De pronto, se me ocurre un atajo, lo miro a los ojos, le digo que la prolongación artificial de la vida es algo inadmisible.

Nunca más pude desprenderme de aquella afirmación. Me sentí capaz de practicar la eutanasia sin proyectar nada sombrío ni transformarme en alguien temible. Después de escuchar mis frases con atención, Lancy me invitó a recorrer la clínica, la sala oval y sus esculturas, la suntuosa escalera de mármol, el ascensor transparente, las suites

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos